¡Zamora enamora!

Merlu Zamora

 

Le lla­man Zamo­ra pero yo pre­fiero referirme a ella como Samu­rah, que es como la conocían los árabes que por aquí pasaron: no me negaréis que el nom­bre es pre­cioso. La “ciu­dad turque­sa” que se ele­va orgul­losa sobre una col­i­na a oril­las del Duero, a ape­nas cin­cuen­ta kilómet­ros de Por­tu­gal, y que sor­prende por ate­so­rar tan­ta belleza acu­mu­la­da en tan exiguo ter­reno. Esa fue la sen­sación que nos llevábamos al des­pedirnos de ella… ¿cómo puede ser tan boni­ta una ciu­dad tan pequeña y escon­der tan­tas sor­pre­sas en su inte­ri­or? ¿cómo habíamos podi­do esper­ar tan­to tiem­po para venir a cono­cer­la?

Zamora

Nues­tra primera inten­ción era haber venido en coche, ya que son poco más de 280 kilómet­ros los que sep­a­ran Zamo­ra de Madrid, lo que hacen de ella des­ti­no ide­al para escapa­da de fin de sem­ana. Pero resultó que hace unos meses se inau­gura­ba, ya por fin, la línea de AVE a Gali­cia, que casual­mente pasa por Zamo­ra. Así que con­seguimos engan­char un par de bil­letes de la pro­mo­ción de RENFE (lo que os ase­guro que no es moco de pavo, ya que suele haber tal deman­da que la web se que­da col­ga­da a menudo) y nos sal­ió irnos en tren por 25 euros ida y vuelta (en tem­po­ra­da alta en fin de sem­ana lo habit­u­al es que cueste el triple). Además, el tren nos salía des­de la estación Chamartín, que nos coge al lado de casa. En defin­i­ti­va, que una goza­da pre­sen­tarte en Zamo­ra en ape­nas una hora. La estación de tren se encuen­tra a unos quince o veinte min­u­tos andan­do del cen­tro, por lo que a no ser que lleguéis con muchas male­tas o cansa­dos, no merece la pena gas­tar el dinero en un taxi. 

Zamora

Zamo­ra, al ser una ciu­dad tan pequeña, no es exce­si­va­mente bara­ta a la hora de bus­car hote­les ya que hay pocos. Sin embar­go, si no os impor­ta ir a la aven­tu­ra, remar­co que en el cen­tro hay bas­tantes hostales y pen­siones, de esos que gen­eral­mente no cuen­tan ni con pági­na web, lle­gas y lo reser­vas si tienen habita­ciones libres (vamos, como via­jábamos a menudo hace años).

En nue­stro caso, encon­tramos por medio de Book­ing un alo­jamien­to encan­ta­dor, La Casa de Zamo­ra.  Fue todo un acier­to ya que íbamos bus­can­do algo más “casero” y nos gustó muchísi­mo. Es un piso enorme que han refor­ma­do para con­ver­tir­lo en un pequeño hotel bou­tique de sólo tres habita­ciones. A nosotros nos tocó la Suite Viri­a­to que podéis ver aquí aba­jo. Acoge­do­ra al máx­i­mo, con baño amplio y una sali­ta común con nev­era, cafetera y has­ta unas mag­dale­nas por si te apetecía tomar un ten­tem­pié al lev­an­tarte. El pre­cio fue de 55 euros por noche.

Los anfitri­ones fueron majísi­mos. Nada más lle­gar nos dieron mapas y un mon­tón de recomen­da­ciones de lugares para vis­i­tar, taber­nas y restau­rantes. Como el domin­go nue­stro tren no salía has­ta las 17,30, se ofrecieron a guardarnos las male­tas para que pudiéramos pasear tran­qui­los, lo que tam­bién fue de agrade­cer. Por cier­to, recomen­dación para desayu­nar el Café Havana, en la calle San Tor­cu­a­to (que los zamora­nos cono­cen como “la calle de las zap­a­terías”), que encuen­tras al girar la esquina y preparan unas tostadas con pan de pueblo, tomate y jamón ser­ra­no que están fetén.

La Casa de Zamo­ra se hal­la en pleno cen­tro, en la Plaza de San­ti­a­go, jus­to detrás de la igle­sia de San­ti­a­go del Bur­go. Y cuan­do digo detrás, es lit­er­al: cuan­do nos asomábamos a la ven­tana, teníamos a ape­nas dos met­ros los muros de una igle­sia románi­ca del siglo XI ¡casi la podías tocar con la mano! Era una sen­sación alu­ci­nante des­per­tarse por la mañana y que la primera ima­gen fuera esa.

Iglesia Santiago Burgo Zamora

 

 

Dónde y qué com­er en Zamo­ra

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Arroz a la zamorana

Es difí­cil ser obje­ti­va con un pla­to como este cuan­do eres una arro­cera de pura cepa. Que me pasa como con las ensal­adas, que podría com­er arroz todos los días. Así que bas­ta que llegue a un lugar donde el arroz es el pro­tag­o­nista y ahí me tenéis prepara­da tene­dor en mano.

El arroz a la zamorana es un pla­to de ori­gen humilde que toma­ban los campesinos y labradores para enfrentar esas largas jor­nadas de tra­ba­jo. Era duro tra­ba­jar el cam­po en invier­no por lo que la mejor for­ma de acom­pañar el arroz era con carne, pro­teí­nas que apor­taran la energía nece­saria para afrontar el día. Man­i­tas de cer­do, ore­ja, mor­cil­la, chori­zo, jamón, bacon… todo tiene cabi­da en este pla­to muy, muy con­tun­dente en el que el pimen­tón da el toque final. Mira que he comi­do arro­ces en España. Pero os ase­guro que pocos me han gus­ta­do tan­to como este. ¡Espec­tac­u­lar!

Arroz zamorana

Cachue­las

En Zamo­ra gus­ta bas­tante la cas­quería y bue­na prue­ba de ello son las molle­jas de pol­lo, que aquí se cono­cen como cachue­las y sue­len servirse en muchos bares. Hay mil for­mas de preparar­las, aunque dos son las más pop­u­lares: a la plan­cha o en sal­sa. Recuer­da que son bas­tante fuertes, tan­to de sabor como de digestión, así que mejor para com­er que para cenar. 

Cachuelas Zamora

Bacalao a la tran­ca

A los zamora­nos, emu­lan­do a sus veci­nos por­tugue­ses, les encan­ta el bacalao (como a nosotros). Es algo más que evi­dente cuan­do das un par de voltios por la ciu­dad y ojeas las car­tas de los exte­ri­ores de bares y restau­rantes. Siem­pre hay un hue­co para este pesca­do, prepara­do de mil y una for­mas. Aunque la más pop­u­lar, y con­sum­i­da has­ta la exten­uación en Sem­ana San­ta, es “a la tran­ca”. Ajo, pimen­tón, aceite de oli­va y pimien­tos son los sim­ples pero efec­tivos com­pañeros de un bacalao de matrícu­la de hon­or.

Coci­do zamora­no

A los madrileños nos encan­ta decir eso de que “como nue­stro coci­do, ninguno” pero lo cier­to es que a lo largo y ancho de España hay un mon­tón de ver­siones regionales del coci­do, a cuál más apeti­tosa. El puchero andaluz, la escud­el­la cata­lana, el coci­do mara­ga­to, la olla gitana, el coci­do mon­tañés… qué ricos están todos. Poco tiene que envidiar­les el coci­do zamora­no, con gar­ban­zos de la tier­ra y el famoso chori­zo local, de los mejorci­tos de España.

Judiones de Sanabria

Judiones o habones, tan­to mon­ta, mon­ta tan­to. Para el amante de la legum­bre, el habón de Sanabria es una exquis­itez por su sabor suave y tex­tu­ra man­te­cosa. Sue­len acom­pañarse por guar­ni­ciones con­tun­dentes (mor­ro, ore­ja, chori­zo, ) y son un pla­to ide­al para el invier­no.

Sopa de ajo

Aunque las sopas de ajo, por su carác­ter humilde, se comen en prác­ti­ca­mente cualquier lugar de España, en Zamo­ra tienen una impor­tan­cia máx­i­ma en los menús. Nosotros, que somos soper­os a tope, las recomen­damos con ahín­co. Aunque ven­gas en pleno ver­a­no. Siem­pre sien­tan bien.

Dos y pin­ga­da

Diréis que qué cosa más sim­ple un par de huevos fritos con la carne magra del jamón (aunque a veces se cam­bia por chori­zo, panc­eta o mor­cil­la y se acom­paña de patatas). Pero en la sen­cillez rad­i­ca su encan­to y este es un potente desayuno que los zamora­nos con­sumen mucho, en espe­cial el Domin­go de Res­ur­reción, cuan­do aca­ba la cuares­ma y se vuelve a per­mi­tir el con­sumo de carne.

Pulpo a la sanabre­sa

Zamo­ra no es tier­ra de mar pero su cer­canía a Gali­cia ha influ­i­do en la pres­en­cia común del pulpo en la gas­tronomía local. Se hace de difer­entes man­eras pero en Puebla de Sanabria elab­o­ran una rec­eta exquisi­ta, pare­ci­da a la gal­le­ga, en la que se le añade ajo y cebol­la, el omnipresente pimen­tón y se le da un her­vor. Y a chu­parse los dedos.

Postres

Para los postres vamos a optar por var­ios dul­ces. Los más cono­ci­dos son los rebo­jos, unos biz­co­chos pare­ci­dos a las mag­dale­nas pero menos espon­josos y sin tan­ta grasa (por lo tan­to, mucho más sanos). Se dice de ellos que su capaci­dad de absor­ción es casi la de una toal­la, que si lo mojas en una taza de leche, ha de lle­varse con­si­go la mitad del líqui­do.

Durante tus paseos por Zamo­ra, com­pro­barás que es con­stante la pres­en­cia de pastel­erías y con­fiterías ofre­cien­do sus dul­ces arte­sanales en los escaparates. Des­de cañas zamoranas rel­lenas de cre­ma a aceitadas, feos, bol­lo Coscarón (a base de chichar­rones), flo­res de car­naval o amar­guil­los.

Postre Zamora

 

 

De tapeo

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La calle Alfon­so de Cas­tro es un ani­ma­do calle­jón que hay que vis­i­tar sí o sí y que se encuen­tra has­ta arri­ba de gente, espe­cial­mente cuan­do cae el calor y lle­ga la noche. Al ser fin de sem­ana, nosotros encon­tramos mesa libre en la ter­raza casi de casu­al­i­dad, ya que los hue­cos esta­ban de lo más coti­za­dos. No nos extraña porque aquí se con­gre­gan algunos de los bares más afama­dos de Zamo­ra para tapear y hay una com­peti­ción por ver quién con­sigue tapas más chu­lonas. La com­pe­ten­cia es atroz; los ben­e­fi­ci­a­dos, nosotros, los afor­tu­na­dos clientes.

Bar Bam­bú: Los “cul­pa­bles” de que las tapas zamoranas ten­gan nom­bre y apel­li­dos. En este caso, perdices (sar­di­nas rebozadas con puré de pata­ta y tomate) y tiberios, unos potentes mejil­lones adereza­dos con sal­sa picante.

El Lobo: ¡Dos que sí, uno que no! Así gri­tan las coman­das los camareros del Lobo, alu­di­en­do si el cliente desea sus famosos pin­chos morunos con brío o sin él, es decir, picantes o no picantes. 

El Abue­lo: Aquí los pin­chos se preparan con aceite, ajo y pere­jil y la gran espe­cial­i­dad son los mon­ta­di­tos de chori­zo a la brasa.

La Casa de los Pin­chi­tos: Otro clási­co cuyos pin­chos están de tirar cohetes (nosotros nos quedamos con los que pican) y hacen unos huevos rotos de los mejores que hemos cata­do nun­ca (y os ase­gu­ramos que en huevos rotos somos exper­tos).

La Casa de los Pinchitos

Por la zona de la Plaza May­or y alrede­dores  hay un mon­tón de barecitos y restau­rantes donde tomarse una tapa se con­vierte en un deber. Los más intere­santes son:

Mesón Los Her­reros: Increíble la pasión que le ponen las chi­cas que regen­tan este bar escon­di­do en la calle del mis­mo nom­bre que parte de la Plaza May­or. La espe­cial­i­dad son las cro­que­tas de jalapeños (una deli­cia) pero nada que envidiar las tostas de bacalao con aceite y pimen­tón o las molle­jas de pol­lo, tiernísi­mas.

Bar Bayadoliz: Jus­to al lado de Los Her­reros, otro de los clási­cos zamora­nos. Aquí el pla­to estrel­la son los cuadra­dos (sand­wich­es mix­tos) pero no hay que dejar de lado otras tapas como la mor­cil­la o los champiñones.

El Chori: Si lo tuyo es el chori­zo, aquí lo preparan de vicio. A la brasa y calen­ti­to. Y con olor a leña.

El Col­ma­do: Aquí la espe­cial­i­dad son las tostas. Recomend­able sobre todo la de gam­bas con ali­oli.

Los Capri­chos de Mene­ses: Está siem­pre a tope así que si vienes en fin de sem­ana, preferi­ble reser­var. Tapas la mar de orig­i­nales.

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Restau­rantes

 

El Horno: Nues­tra recomen­dación para meterse entre pecho y espal­da un buen arroz a la zamorana. Lo preparan de mar­avil­la y con una cazuela para dos tenéis más que de sobra. No dejéis hue­co para segun­dos platos ni postres porque os ase­guro que no os van a entrar. Nos encan­tó su ambi­ente de casa de comi­das de las de toda la vida, con un salón en la plan­ta supe­ri­or que le suma intim­i­dad a la comi­da. Oji­to a sus sucu­len­tas tablas (gigan­tescas) de ver­duras, carne o marisco.

La Bara­ka: Aquí se puede venir de raciones o de menú pero lo ide­al es pedir a la car­ta y dejarse aseso­rar por los camareros. Se espe­cial­izan en arroz a la zamorana, solomil­lo al roque­fort y las cro­que­tas de bacalao.

La Cue­va de la Mari­na: A las afueras del cen­tro históri­co (a diez min­u­tos cam­i­nan­do). El pla­to estrel­la es la carne (entre­cot, chur­ras­co) y las cro­que­tas caseras.

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Para los cerve­ceros: tomad nota de la Cerve­cería CR, en el número 1 de la Plaza Cristo Rey. Lleg­amos cuan­do casi esta­ban cer­ran­do pero nos  atendieron súper bien y nos pusieron unas cervezas arte­sanales para lle­var. Tienen una selec­ción de craft beer bas­tante potente para lo chiq­ui­ta que es Zamo­ra. Y ya que estás por aquí cer­ca, para rematar la noche, acér­cate a La Valen­ciana: hacen unos hela­dos espec­tac­u­lares.

 

 

Igle­sias románi­cas

Aquí donde la veis, tan minús­cu­la ella, esta es la ciu­dad del mun­do con más igle­sias románi­cas y la may­or con­cen­tración románi­ca en Europa por metro cuadra­do. Vein­tidós igle­sias, nada más y nada menos. En el pasa­do llegó a haber seten­ta y cua­tro.

Entre las más destaca­bles, recor­dare­mos la igle­sia de San Pedro y San Ilde­fon­so. Comen­zó a con­stru­irse en 1260 (en hon­or a San Pedro) y fue cuan­do se encon­traron las reliquias de San Ilde­fon­so: ahí surge la duda entonces ¿a quién dedicamos el tem­p­lo? Así que, para no enfadar a ninguno de los dos san­tos, se le dedicó a ambos.

Esta de aquí aba­jo es la igle­sia de San Cipri­ano, a cuya izquier­da se encuen­tra uno de los mejores miradores del cas­co antiguo.

Iglesia Zamora

Mi favorita, sin embar­go, fue la de San­ta María Mag­dale­na. Y no sólo por su exte­ri­or (en el que en su facha­da sur se rep­re­sen­ta el cielo, el infier­no y el pur­ga­to­rio) sino aún más por su inte­ri­or, que me pare­ció mag­ní­fi­co pese a la sobriedad que suele car­ac­teri­zar al románi­co. Esper­amos a que se largara el numeroso grupo de jubi­la­dos que esta­ba vis­i­tan­do el tem­p­lo para dis­fru­tar a solas de esta úni­ca nave en la que desta­ca ese sepul­cro románi­co ded­i­ca­do a una dama descono­ci­da (se cree que es doña Urra­ca la que yace aquí). En él prevale­cen fig­uras fan­tás­ti­cas de influ­en­cia ori­en­tal que entre­lazan sus cuel­los en pos­turas imposi­bles y esce­nas que retratan el trasla­do del alma al paraí­so.

Sepulcro Santa Maria Magdalena Zamora

 

Cat­e­dral

Su cim­bor­rio bizan­ti­no puede admi­rarse des­de muchísi­mos pun­tos de Zamo­ra, rival­izan­do con esa torre maciza cuadra­da que le acom­paña. La cat­e­dral de Zamo­ra sobre­sale con hol­gu­ra entre los teja­dos, en un cas­co antiguo donde las vivien­das rara vez super­an las tres o cua­tro plan­tas. La cúpu­la, divi­di­da por gajos de naran­ja de piedra, es una de las bóvedas más impre­sio­n­antes de Castil­la-León.

Además, esta es una cat­e­dral que com­bi­na esti­los difer­entes, pues aunque comen­zó a con­stru­irse fiel al románi­co, después se le añadieron ele­men­tos góti­cos y bar­ro­cos. Aunque cuen­ta con una dec­o­ración bási­ca, propia del primer románi­co, al mis­mo tiem­po sor­prende con ele­men­tos tan par­tic­u­lares como los rol­los zamora­nos, unos arcos de her­radu­ra muy pro­nun­ci­a­dos en for­ma de rol­lo de papel y cuya influ­en­cia se cree que tra­jeron con­si­go los sirios.

Catedral de Zamora

 

La entra­da a la cat­e­dral cues­ta 5 euros (3 euros a estu­di­antes, pen­sion­istas, per­sonas con dis­capaci­dad, desem­plea­d­os y famil­ias numerosas). Los menores de 12 años no pagan y el acce­so es gra­tu­ito los domin­gos por la tarde. De Abril a Octubre abre inin­ter­rump­i­da­mente de 10:00 a 20:00, el resto del año de 10:00 a 14:00 y de 16:30 a 19:00.

 

 

Castil­lo

¿Cono­ces el dicho de “Zamo­ra no se tomó en una hora”? Pues nos va a servir de ide­al intro­duc­ción para pre­sen­tarte a uno de los orgul­los zamora­nos, su castil­lo del siglo XI. Como bien nos nar­ra el romancero zamora­no, el rey Fer­nan­do I, antes de fal­l­e­cer, dividió su reino entre sus hijos. A San­cho le dejó Castil­la, a Alfon­so Asturias, León y Sanabria y a Gar­cía Gali­cia y Por­tu­gal (este pasaje se rela­ta estu­pen­da­mente en la serie “El Cid” que podéis ver en Ama­zon).

Las dos hijas, Elvi­ra y Urra­ca, se qued­a­ban sin su parte del pas­tel por lo de siem­pre: ser mujeres. Urra­ca, famosa por su sober­bia y mal carác­ter, no acep­ta de bue­na gana el tra­to y ame­naza con ofre­cerse, más en cuer­po que en alma, a cualquiera que desee dis­fru­tar de los plac­eres ter­re­nales. El rey Fer­nan­do, escan­dal­iza­do, decide entonces ced­er­le como com­pen­sación la ciu­dad de Zamo­ra. A par­tir de entonces, San­cho comien­za a guer­rear con­tra sus her­manos, inten­tan­do recu­per­ar el reino al com­ple­to: con­sid­era que le pertenece por ser el her­mano may­or. Urra­ca, que era una mujer de armas tomar y edu­ca­da para lle­gar a ser reina, fue la que le plan­tó cara con más fiereza. A San­cho y a su “asalari­a­do”, el Cid Campeador; ambos cer­caron la ciu­dad durante siete meses. Siete meses larguísi­mos, durante los que la población sufrió todo tipo de penurias. Y de ahí el dicho de “Zamo­ra no se tomó en una hora”.

El castil­lo se lev­an­ta en la parte más occi­den­tal del cas­co antiguo, en una col­i­na rodea­da por el Duero y el extin­to cauce del río Valderaduey, que acabó desa­pare­cien­do por la fal­ta de cau­dal. Este era un castil­lo-for­t­aleza for­ma­do por var­ios cír­cu­los con­cén­tri­cos que hoy en día puede vis­i­tarse de man­era gra­tui­ta. En el inte­ri­or podrás dis­fru­tar de escul­turas de Bal­tasar Lobo como “Gran Desnudo Recosta­do”, otras están expues­tas en el antiguo patio de armas, hoy con­ver­tido en un jardín. Lobo fue el artista zamora­no más famoso del siglo XX y en 1986 donó estas escul­turas de bronce que hoy pueden admi­rarse en este museo al aire libre. Tam­bién hay un pequeño museo cer­ra­do, con más de trein­ta escul­turas del autor y var­ios dibu­jos y boce­tos, que abar­can medio siglo de la car­rera de Bal­tasar Lobo.

La obra más cono­ci­da de Lobo es “La Mater­nidad”, que se encuen­tra en la cén­tri­ca calle San­ta Clara, con el pre­cioso Pala­cio de los Momos de fon­do. El artista se inspiró en una esce­na real para plas­mar en piedra la idea del ser madre.

La Maternidad Baltasar Lobo

Com­ple­men­tan­do al castil­lo, aún podemos encon­trar algún recuer­do de lo que fue aquel primer recin­to amu­ral­la­do, como la Puer­ta de Doña Urra­ca, la Puer­ta del Obis­po o la Puer­ta de la Leal­tad (que los zamora­nos cono­cen como el Por­tillo de la Traición, ya que esta puer­ta sirvió como excusa para ale­jar al rey San­cho de sus sol­da­dos, bus­can­do un lugar por donde atrav­es­ar la mural­la, y que le asesinara el gal­lego Vel­li­do Dol­fos claván­dole una daga).  

Zamora
Calles de Zamo­ra

 

Los murales de Zamo­ra

 

Una de las cosas que más nos gustó de Zamo­ra era ese con­traste que se pal­pa­ba al pasear por sus calles, con casonas antiquísi­mas que con­vivían con mues­tras con­tem­poráneas de arte urbano. Esta pequeña ciu­dad castel­lana ha sabido con­ju­gar extra­or­di­nar­i­a­mente ambos mun­dos, dejan­do un hue­co más que mere­ci­do a estas crea­ciones artís­ti­cas en muros y fachadas.

El proyec­to, lla­ma­do Zamo­ra Var­i­opin­ta, está pro­movi­do por el pro­pio Ayun­tamien­to (no obstante, este mur­al de temáti­ca steam­punk ante el que se fotografió Juan se encuen­tra en la parte trasera de la casa con­sis­to­r­i­al). Es una boni­ta for­ma de des­cubrir Zamo­ra, dejan­do que estos murales nos sir­van de guía. Algunos de ellos inclu­so gozan de ilu­mi­nación durante la noche para que los dis­frutes de un modo difer­ente cuan­do se pone el sol.

Murales Zamora

Hay cer­ca de 60 murales repar­tidos por la ciu­dad, lo que es un récord tenien­do en cuen­ta las dimen­siones de Zamo­ra. La var­iedad es inmen­sa. Los hay ded­i­ca­dos a per­son­ajes céle­bres de Zamo­ra como Ángel Bariego, un cono­ci­do activista defen­sor de los dere­chos sociales, el pin­tor Anto­nio Pedrero o el escul­tor Ramón Abrantes, a la lit­er­atu­ra zamorana, a Ángel Nieto, a Mar­lene Diet­rich, a los tram­pan­to­jos, los zap­a­teros ¡has­ta a las cin­tas de cas­sette! Es alu­ci­nante la ampli­tud de miras de los artis­tas zamora­nos. Ole por ellos. 

;ural Doña Urraca Zamora
Mur­al hom­e­na­je a doña Urra­ca

 

Plaza May­or

Aquí aba­jo ten­emos a la coque­ta Plaza May­or, pequeñi­ta, pro­por­cional a la ciu­dad, casi de estar por casa, lo que hace de ella un lugar acoge­dor y cáli­do. Es aquí donde zamora­nos y tur­is­tas se reú­nen en las ter­razas a tomar el aper­i­ti­vo y a res­guardarse en sus sopor­tales del ardi­ente sol del ver­a­no. Desta­can en ella el Ayun­tamien­to y la igle­sia de San Juan Bautista. 

Plaza Mayor de Zamora

 

Calle  Bal­bor­raz

La calle Bal­bor­raz, si no es la más boni­ta (y la más fotogéni­ca) de Zamo­ra, poco le fal­ta. Y no lo dec­i­mos nosotros sino el Por­tal de Tur­is­mo de España, que la ha elegi­do entre las doce calles más boni­tas de nue­stro país. Es con difer­en­cia el lugar más retrata­do por los pin­tores zamora­nos, ya que en ella reside el autén­ti­co alma de la ciu­dad. Sus fachadas de col­ores, bajan­do en cues­ta, y en la lejanía el Duero y las tier­ras castel­lanas bañadas por el sol, hacen de ella una aveni­da úni­ca.

Calle Balborraz

 

Parador de Zamo­ra

Sabéis de sobra lo defen­sores que somos en este blog de la red de Paradores, a la que dedicamos el artícu­lo Paradores de España: hote­les que son pura magia . Por eso, aunque no te alo­jes en ellos, ani­mamos a que cuan­do vis­ites una ciu­dad y te coja un parador cer­ca, aprovech­es para irte a tomar un café y así lo ves por den­tro.

En ese aspec­to, el Parador de Zamo­ra merece mucho la pena porque está situ­a­do en un esplen­doroso pala­cio del siglo XV, en cuyo inte­ri­or se ha man­tenido bue­na parte del mobil­iario de antaño (armaduras, camas con dosel, alfom­bras y tapices).

Parador de Zamora

 

Mer­ca­do de Abas­tos

Uno de los primeros lugares que piso cada vez que llego por primera vez a una ciu­dad es su mer­ca­do prin­ci­pal. En este caso lo teníamos fácil ya que el Mer­ca­do de Abas­tos ape­nas esta­ba a cin­co min­u­tos andan­do de nue­stro alo­jamien­to. El edi­fi­cio, de esti­lo mod­ernista (una cor­ri­ente que impera en la ciu­dad, como os detal­lam­os ahí aba­jo), va a ver en breve una pro­fun­da restau­ración, ya que este siglo de vida le ha cas­ti­ga­do mucho. De hecho, nos sor­prendió con­statar que las que­jas de muchos zamora­nos tenían fun­da­men­to: se están cer­ran­do infinidad de puestos y el mer­ca­do nece­si­ta con urgen­cia una remod­elación no sólo arqui­tec­tóni­ca sino a niv­el económi­co. Esper­amos que la con­si­ga.

Mercado de Abastos Zamora

 

El río Duero

La mejor for­ma de dis­fru­tar del río Duero es des­de esa pequeña pla­zo­le­ta que es el Mirador del Tron­coso, sobre las peñas de San­ta Mar­ta, a unos veinte met­ros de altura. A los zamora­nos (y a los que no lo son) les encan­ta venir aquí a ver atarde­cer. Y es que en una ciu­dad sin mar y donde tan­to calor hace en ver­a­no, recon­for­ta ver el cau­dal del Duero con sus fres­cas aguas.

Aquí aba­jo ten­emos las aceñas, unas curiosas con­struc­ciones de piedra y ladrillo, con for­ma de bar­co. Moli­nos acuáti­cos que aprovech­a­ban la fuerza del agua para mover sus grandísi­mas palas. Estas en con­cre­to, las aceñas de Oli­vares, son de las más antiguas de España: estu­vieron en fun­cionamien­to durante más de mil años, que se dice pron­to. Se pueden vis­i­tar ya que en su inte­ri­or se ha con­stru­i­do el Cen­tro de Inter­pretación de las Indus­trias Tradi­cionales del Agua. En Zamo­ra aún se con­ser­van otros dos con­jun­tos de aceñas más, las de Cabañales y las de Pinil­la, estas últi­mas con­ver­tidas en restau­rante.

Aceñas Zamora

El río Duero y sus más de 200 met­ros de anchu­ra a su paso por Zamo­ra dejan estam­pas como esta, la del Puente de Piedra. 

Duero Zamora

Cuan­do baja el calor, os acon­se­jo cruzar a la otra oril­la y dar un paseo por Los Pelam­bres. Allí se encuen­tra una pequeña playa flu­vial (las aguas del Duero son aptas para el baño, al menos en este tramo) y con­sti­tuye un respiro para los zamora­nos en las épocas más calurosas del duro ver­a­no castel­lano. De hecho, los locales lo cono­cen car­iñosa­mente como “el Benidorm de Zamo­ra”. Si no deseas bañarte, tam­poco pasa nada: tienes un meren­dero enorme donde preparan unos moji­tos estu­pen­dos.

 

La tradi­ción de la Sem­ana San­ta

En Zamo­ra la Sem­ana San­ta se vive durante todo el año. Prob­a­ble­mente sea esta una de las ciu­dades de España donde con más fer­vor se siente la religión, con tan­ta igle­sia aquí y allá. Y ojo, aquí no están de adorno, como en otros lugares; entramos en varias de ellas para ver­las por den­tro y esta­ban petadas de gente asistien­do a misa. El eslo­gan del car­tel que veis aquí no engaña: “vive la pasión todo el año”. Aquí la Sem­ana San­ta está pre­sente los 365 días.

Zamo­ra no sólo se enorgul­lece de con­tar con una de las cel­e­bra­ciones de Sem­ana San­ta más antiguas de Europa (casi 900 años) sino que además es la úni­ca ciu­dad de nue­stro país que cuen­ta con un museo ded­i­ca­do a esta fes­tivi­dad. El Museo de la Sem­ana San­ta, el más vis­i­ta­do de Zamo­ra, se encar­ga de con­ser­var los pasos pro­ce­sion­ales que cada año se pasean por la ciu­dad, más de una trein­te­na. 

Zamora

El Museo de la Sem­ana San­ta se encuen­tra en la Plaza de San­ta María la Nue­va. La entra­da gen­er­al cues­ta 4 euros. Abre de martes a sába­do de 10,00 a 14,00 y de 17,00 a 20,00 (los domin­gos sólo de mañana).

 

Mon­u­men­to al Mer­lú

Hay un mon­u­men­to que rep­re­sen­ta a Zamo­ra más que ningún otro. Y este es, no os quepa duda, el Mer­lú, que son estos dos her­manos enca­pucha­dos (qué sinie­stro me ha pare­ci­do siem­pre eso de las capuchas en Sem­ana San­ta), encar­ga­dos de lla­mar al resto de los cofrades. En real­i­dad no son dos her­manos sino doce, repar­tidos en seis pare­jas, los que durante el Viernes San­to van por toda la ciu­dad lla­man­do a los cofrades a golpe de tam­bor y cor­ne­ta.

Merlu Zamora

 

Teatro Ramos Car­rión

Este teatro, el más impor­tante de Zamo­ra, está ded­i­ca­do al humorista Miguel Ramos Car­rión, cuyo bus­to pre­side la entra­da al edi­fi­cio. Suele ten­er una ani­ma­da agen­da cul­tur­al: a los zamora­nos les encan­ta el teatro y es común encon­trarte a un mon­tón de gente los sába­dos por la noche esperan­do a ver los estrenos. Además, no sólo se rep­re­sen­tan obras de teatro sino que tam­bién se orga­ni­zan monól­o­gos y concier­tos. Por aquí han pasa­do artis­tas como José Mer­cé, Jorge Sanz, la gente de Mon­go­lia, el Bal­let de San Peters­bur­go, Rosana, Luis Piedrahi­ta o Goyo Jiménez. 

Teatro Ramos Carrion

 

La ruta del mod­ernismo

Al igual que cuan­do estu­vi­mos de via­je por Teru­el nos sor­prendió que una ciu­dad tan pequeñi­ta fuera cap­i­tal mundi­al del mudé­jar, en Zamo­ra ocurre algo sim­i­lar con el mod­ernismo (y pasa lo mis­mo en Melil­la, que después de Barcelona es la ciu­dad con más edi­fi­cios mod­ernistas de España). Lla­ma la aten­ción que en Zamo­ra en tan sólo unas cuan­tas calles pue­da acu­mu­la­rse tal can­ti­dad de con­struc­ciones mod­ernistas. Y todas tan boni­tas.

Zamo­ra a medi­a­dos del siglo XIX se vio mod­ern­iza­da como nun­ca en toda su his­to­ria. Comen­z­a­ban a insta­larse las primeras fábri­c­as, lle­ga­ba el tan ansi­a­do fer­ro­car­ril y en la ciu­dad empez­a­ban a con­stru­irse edi­fi­cios de fachadas inno­vado­ras que rompían las cade­nas que unían a Zamo­ra con la estéti­ca medieval de antaño. La impor­tan­cia de dicha arqui­tec­tura es tal que des­de el año 2010 a Zamo­ra se le incluye en la Ruta Euro­pea del Mod­ernismo.

Arqui­tec­tos como Miguel Math­et y Francesc Fer­riol fueron los prin­ci­pales respon­s­ables de esta rev­olu­ción artís­ti­ca que cam­bió de por vida el aspec­to de las calles zamoranas. Como heren­cia quedaron las casas de Juan Gato, Gre­go­rio Pra­da, Nor­ber­to Macho o Crisan­to Aguiar, mar­avil­losas res­i­den­cias que com­bin­a­ban la piedra, el vidrio, los motivos veg­e­tales y unos bel­lísi­mos bal­cones que per­mitían con­tem­plar lo que ocur­ría en las calles unos met­ros más aba­jo. 

Modernismo Zamora
Casa de las Car­iátides

La calle mod­ernista por exce­len­cia es San­ta Clara, una calle peaton­al en la que pre­cisa­mente residió Fer­riol, que durante var­ios años fue el arqui­tec­to munic­i­pal (pese a que en muchas oca­siones tuvo encon­tron­a­zos con el clero y los sec­tores más con­ser­vadores de la ciu­dad, que no veían con buenos ojos los pro­fun­dos cam­bios artís­ti­cos que esta­ba vivien­do Zamora).Aquí se encuen­tra la casa de Valen­tín Guer­ra, la de Félix Galarza, la de Valen­tín Matil­la, la de Fran­cis­co Antón y el Casi­no.

Una de las obras cum­bres del mod­ernismo zamora­no es el Casi­no de Zamo­ra. Se inau­guró en el año 1910, durante muchos años lan­guide­ció cer­ra­do pese a haber acogi­do las reuniones de la clase media-alta zamorana y aquí se encuen­tra el que está con­sid­er­a­do el café más ele­gante de la ciu­dad.

Casino Zamora

 

El héroe de Zamo­ra: Viri­a­to

Como casi todas las ciu­dades, Zamo­ra cuen­ta con su pro­pio héroe local. Este no es otro que Viri­a­to, el famoso com­bat­iente lusi­tano que se enfren­tó a las tropas romanas y a quien hace unos años se le dedicó una serie de tele­visión que segu­ra­mente conoz­cas, “His­pania”. La may­oría de los zamora­nos te dirán que Viri­a­to de lusi­tano nada, que era de Zamo­ra, pero lo cier­to es que casi todos los his­to­ri­adores sitúan su nacimien­to en Por­tu­gal.

Este pas­tor de orí­genes humildes acabó con­vir­tién­dose en un que­bradero de cabeza para las legiones romanas durante ocho lar­gos años. Fue una pesadil­la espe­cial­mente para el gob­er­nador de la época, Gal­ba, que vio cómo se sub­l­ev­a­ban los lusi­tanos, har­tos de tan­ta repre­sión, coman­da­dos por este hom­bre que comen­zó ejer­cien­do de ban­dolero para acabar como uno de los estrate­gas mil­itares más val­o­rados de toda la His­to­ria. 

Viriato Zamora

Viri­a­to con­sigu­ió pon­er en pie de guer­ra no sólo a lusi­tanos sino tam­bién a baste­tanos y vac­ceos. Todos unieron sus fuerzas con­tra un ene­mi­go común, Roma. Y lo hicieron en un planteamien­to béli­co que era una novedad para la época, la guer­ra de guer­ril­las. Día tras día, los sol­da­dos romanos morían masacra­dos en emboscadas en valles y des­filaderos. Las bajas se con­ta­ban por miles y a Roma no le quedó más reme­dio que clau­dicar y acep­tar muchas de las condi­ciones impues­tas por Viri­a­to y su ejérci­to. Al final, el gen­er­al Viri­a­to murió asesina­do por tres de sus colab­o­radores más cer­canos, quienes solic­i­taron una pos­te­ri­or rec­om­pen­sa a Roma… y de ahí viene el dicho “Roma no paga traidores”, porque fue lo que les con­tes­taron (no lit­eral­mente pues la frase se inven­tó con pos­te­ri­or­i­dad) y, además, les con­denaron a muerte. Por cabrones.

Así que actual­mente Viri­a­to cuen­ta en Zamo­ra con una plaza en su hon­or y, den­tro de ella, esta escul­tura tan orig­i­nal que ves aquí arri­ba y que llegó a estar expues­ta durante veinte años en la Acad­e­mia de Bel­las Artes de Madrid. Está cus­to­di­a­da por mul­ti­tud de pla­taneros, el Hos­pi­tal de la Encar­nación (donde se encuen­tra la Diputación Provin­cial) y el pro­pio Parador de Tur­is­mo. 


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4 Comments

  1. Me encan­tó tu escrito! Aho­ra quiero ir a Zamo­ra!

  2. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Pues aní­mate ¡es una pre­ciosi­dad!

  3. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Mil gra­cias por tus apuntes y con­se­jos!! Echare­mos un ojo a lo de los gigantes porque te ase­guro que Zamo­ra, como dice el artícu­lo, nos enam­oró. Me ale­gra que te haya gus­ta­do el repor­ta­je. Un abra­zo!!!

  4. Anónimo

    at

    Zamo­ra es mar­avil­losa. Pero pequeño apunte: la serie del Cid no es cor­rec­ta históri­ca­mente en lo que respec­ta a los pro­tag­o­nistas del Cer­co. Urra­ca no era de mal carác­ter, solo reclam­a­ba lo jus­to, inclu­so menos ya que ella era la pri­mogéni­ta. Y la puer­ta de la Traición no es como lla­mamos al Por­tillo, si no como se llam­a­ba antes. Aho­ra es de la Leal­tad. Os acon­se­jo mucho dis­fru­tar de los espec­tácu­los que hacen los gigantes de vez en cuan­do rela­tan­do el acon­tec­imien­to porque es chulísi­mo y lo dis­fru­taréis mucho (el 10 de sep­tiem­bre hacen una, bus­cad por rutas teatrales del Cer­co que este año al ser aniver­sario se están hacien­do muchas).
    Me encan­ta leer tan­to car­iño hacia mi ciu­dad y ver lo bien que habéis aprovecha­do el via­je ♥

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