Sigüenza, Albarracín y Teruel

Como teníamos muchas ganas de hacernos una escapada a la zona de Teruel,un destino que teníamos muy pendiente desde hace bastante tiempo, aprovechamos el fin de semana para coger el coche y hacernos un combinado de Sigüenza (en la provincia de Guadalajara) y Albarracín y Teruel capital, ambas en la provincia de Teruel. Vamos con el relato.

Para llegar desde Madrid a Sigüenza se requiere poco más de hora y cuarto en coche. De todas formas, os comento que hay otra forma bien bonita de llegar a Sigüenza y no es otra que en el tren medieval: sale de la estación de Chamartín a las diez de la mañana, tarda una hora y media y el viaje se ve amenizado por actores disfrazados de personajes de la época. El trayecto de ida y vuelta cuesta 30 euros a los adultos y 16 euros a los niños.

Sigüenza se encuentra en el alto valle del río Henares y sus raíces, debido precisamente a su estratégica situación, se remontan a la lejana Edad de Hierro, para que seáis conscientes de su antigüedad. Segontia, como se la conocía entonces, era una de las ciudades prerromanas más importantes de la península ibérica, lo que era antiguamente Celtiberia. Precisamente tras las Guerras Celtíberas sufrió la colonización de los romanos, que la convirtieron en una de sus bases claves por estar situada en la ruta que enlazaba Mérida (Emerita Augusta) con Zaragoza (Caesar Augusta).

Sigüenza, pese a ser hoy un pequeño pueblo de 5.000 habitantes, ha sido a lo largo de la Historia de España una ciudad muy relevante. Tras el paso de los romanos y con la llegada de los visigodos, pasó a convertirse en sede episcopal de la iglesia, de ahí que de Sigüenza salieran varios obispos en dicha época. Con la posterior invasión musulmana, Sigüenza se recicló en una importante fortaleza defensiva, aunque después volvería a ser reconquistada por los cristianos. Su época de mayor gloria llegó, precisamente, cuando se convirtió en obispo de la ciudad el cardenal Mendoza, uno de los personajes más influyentes durante el reinado de los Reyes Católicos (tanto como para que llegara a considerársele el tercer soberano y que tuvo un papel fundamental en el descubrimiento de América y la expulsión de los judíos). Seis siglos después, todavía se puede respirar en las calles de Sigüenza la importancia de su obispado. Éste propició que incluso existiera aquí una universidad (que cerró en 1824), que junto a las salinas de Imón, hoy abandonadas, llevaron a Sigüenza a ser una de las ciudades con mayor poderío económico de su época.

Lo recomendable, si venís en coche, es que aparqueis en la calle Villaviciosa, donde se encuentra la antigua universidad, y subáis por la bonita calle Cardenal Mendoza, donde los establecimientos han sabido adaptarse a la arquitectura de época. Por cierto, en la calle Humilladero podéis encontrar librerías con numerosas obras que os podrán ilustrar sobre la historia de la ciudad.

Sigüenza hay que comenzar a recorrerla justamente por su edificio más importante y en torno al cual gira toda la vida del pueblo: la Catedral de Santa María de Sigüenza. Tiene una antigüedad de casi 900 años, ahí donde la veis, aunque los diferentes obispos que pasaron por aquí se fueron encargando de añadir a la construcción nuevos elementos, fundiendo magistralmente los estilos gótico, románico e incluso barroco. Es una iglesia grandísima si la comparamos con el tamaño del pueblo:la razón no es otra que haber servido durante siglos como fortaleza religiosa en las incontables batallas que han asolado la ciudad. Entre sus múltiples capillas destaca el sepulcro de Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza, uno de los personajes más queridos de la localidad. Su sepulcro, en el que se le representa recostado, es una de las obras cumbres del gótico español.

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La Catedral de Sigüenza, debido a tanto asedio bélico,ha sufrido tanto como los seguntinos. De hecho, como podéis observar en la fotografía, aún son visibles las huellas de la metralla. A mediados de 1936, en el inicio de la triste Guerra Civil, más de 800 personas se refugiaron de la barbarie entre los muros de la Catedral. Los bombardeos se cebaron con Sigüenza, especialmente con el hospital y el hospicio, donde fallecieron todos los niños y las celadoras que se ocupaban de su cuidado. Murieron un total de más de 500 personas, la mayor parte de ellos civiles, masacrados por las tropas franquistas.  Cuando se les preguntó a los fascistas por qué no dejaban salir de la catedral a los niños refugiados, esta fue su respuesta:”Hay que matar la semilla para que no vuelva a brotar la planta”. Una parte de nuestra historia que nunca, nunca debemos olvidar: el fascismo es la peor plaga que ha sufrido nuestro país en el último siglo y lugares como la Catedral de Sigüenza son prueba evidente del dolor que causaron a la población el Caudillo y sus mercenarios.

En la fotografía de la Torre del Gallo, que antiguamente era desde donde se lanzaba la voz de alarma al castillo en caso de peligro, se pueden apreciar 70 años después las heridas de la metralla.

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Nos vamos a la preciosa Plaza Mayor, mandada construir, como no, por el Cardenal Mendoza en el siglo XVI para que acogiera al Ayuntamiento, la Casa de la Tesorería y el mercado local. Hay que recordar que Mendoza fue uno de los principales impulsores del Renacimiento en España y quiso dejar su huella estilística precisamente en la Plaza Mayor. Aunque su obra se demoró debido a la peste que asoló la ciudad y las discusiones entre los diferentes entes gubernamentales, quienes no veían con buenos ojos la construcción de una nueva plaza en detrimento de la anterior y encima en el lugar donde se ubicaba la antigua cárcel, hoy en día mantiene la herencia de sus bellísimos soportales, levantados inicialmente con la intención de dar sombra a los vendedores ambulantes. Actualmente, es el rincón con más bullicio de Sigüenza y donde suelen concentrarse los turistas, aprovechando para tomar un refrigerio en un escenario realmente espectacular.

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Sigüenza, como comentaba antes, es una ciudad que no puede ni quiere escapar de su pasado eclesiástico ya que fue éste el que la dio boato e importancia. Así, las otras dos construcciones más relevantes son,precisamente,dos templos cristianos:la Iglesia de San Vicente y la Iglesia de Santiago. La primera,como su propio nombre indica, está dedicada al patrón de la ciudad. La segunda,la de Santiago, también sufrió los estragos de la Guerra Civil, cuando quedó prácticamente destruida.Tras décadas de abandono, por fin recibió agradecida hace pocos años las tareas de restauración:su labor ahora ya no es sólo religiosa sino abierta a otros campos culturales.

Un rincón de Sigüenza que,a poco que te descuides,pasa desapercibido y que a nosotros nos pareció súper especial:la Puerta del Sol. Está escondida en un callejón, situada frente a la Travesaña Baja,antiguamente se la conocía como Puerta del Portalejo y cambió su nombre debido a su orientación, hacia el este, por donde salía el sol. Data del siglo XIII y era una de las puertas de acceso a la villa. La leyenda cuenta que era la única puerta de la muralla que nunca cerraba al caer la noche. Esto respondía a que los enfermos de peste eran desterrados extramuros para evitar que propagaran la enfermedad. A sus familares se les permitía venir por las noches a darles alimentos, agua y mantas para resguardarse del frío, imaginaos los inviernos de Guadalajara pasándolos a la intemperie.

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Otra de las puertas que se mantiene en pie, esta en la Plaza Mayor, es la Puerta del Toril, ya que en la plaza se celebraban eventos taurinos. En total, había siete puertas que permitían cruzar las murallas.

Esta de abajo es la Puerta del Hierro. Era la entrada que utilizaban los mercaderes cuando cada semana acudían al mercado local. Las puertas servían para tres cosas: como torres defensivas (de ahí la torre de la fotografía), como punto de entrada y salida y lugar de recaudación de impuestos. Si querían vender su mercancía dentro de la ciudad, antes debían pasar por caja y pagar los correspondientes alcabalas y portazgos.

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La Casa del Doncel es uno de los edificios de los que más orgullosos se sienten los vecinos de Sigüenza. Se encuentra en pleno casco antiguo,data del siglo XIII y ha sido residencia de familias ilustres como los Vázquez de Arce y Sosa y los Marqueses de Bedmar. En el exterior se pueden observar los escudos nobiliarios de las diferentes familias. Puedes visitarla por dentro,pese a que albergue la sede del Archivo Histórico Municipal:la entrada es totalmente gratuita.

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El Castillo de Sigüenza actualmente es un Parador pero ello no excluye que puedas visitar sus patios interiores. El patio principal, cuya estructura recuerda mucho a las alcazabas árabes, aún conserva el pozo que abastecía de agua a la fortaleza, algo necesario en un edificio que era donde se refugiaban los ciudadanos en caso de guerra. Ha sido residencia de nobles y obispos aunque la huésped que más quieren y admiran los lugareños es Blanca de Borbón (aunque no estuvo aquí prisionera sino desterrada). Repudiada desde el día siguiente a su boda por su esposo el rey Pedro I, quien la mandó asesinar posteriormente cuando la reina sólo contaba 22 años, fue una víctima absoluta de las intrigas palaciegas de entonces. Los vecinos de Sigüenza son fieles a la leyenda que relata como el espíritu de la reina francesa aún vaga lastimero por una de las torres del castillo.Como curiosidad, comentar que la belleza del castillo es tal que aquí se han rodado películas como “1492:La Conquista del Paraíso” de Ridley Scott o “Días Contados” de Imanol Uribe.

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Antes de acabar con Sigüenza, una recomendación: el restaurante Don Rodrigo (C/ Cardenal Mendoza 16). Comimos allí y la verdad, para ser Sigüenza un pueblo tan turístico, relación calidad precio inmejorable. Tienen un menú del día (incluso fines de semana) por 12 euros con muy buenas opciones gastronómicas (muy recomendables las migas con huevo roto y los medallones de cerdo a la salsa de Oporto).

Tiramos hacia Albarracin… y vaya odisea para llegar. No es que no haya autopista,lo cual es comprensible sabiendo que está escondido en mitad de la sierra. Es que las carreteras comarcales pasan a ser regionales, luego secundarias muy secundarias… hasta que de repente un cartel bien explícito te avisa de lo que te espera los próximos kilómetros: Camino Rural.  Los amortiguadores del coche se emplearon a fondo, vaya que sí. Apenas señalización, tramos por los que apenas caben dos vehículos, baches y socavones. Parece que al estar la provincia de Teruel tan poco poblada, el Gobierno se ha olvidado del trazado y conservación de las vías de comunicación entre unos pueblos y otros. Pero digo yo que los turolenses pagarán impuestos como los demás y se merecerán que si se ponen enfermos las ambulancias no tarden dos horas en llegar ¡como para tener una emergencia! Lo bueno del viaje, al que pasamos a denominar con humor el Rural Tour, es que nos permitió pasar por pueblos minúsculos donde no se veía un alma (es una barbaridad los cientos de casas abandonadas que hay despedigadas por los campos de Teruel) y admirar, aunque fuera desde el exterior, el impresionante castillo de Molina de Aragón: no me le esperaba tan grande, tan imponente ni tan bien conservado.

Teníamos muchas ganas de conocer Albarracín y desde que se le ha otorgado hace tiempo el título de Pueblo más Bonito de España, pues más. No obstante, Albarracín ha presentado su candidatura a la UNESCO para ser declarado Patrimonio de la Humanidad. Y sinceramente, deberían concedérselo. Mira que he visitado cientos de pueblos en nuestro país. Nunca en la vida, jamás, me he topado con uno de semejante belleza y eso que sus rivales son de órdago. Asi que sí, mereció la pena (y mucho) el viaje por carreteras pedregosas. Nos alegramos un montón de haber escogido pasar noche allí según nos acercábamos y veíamos las montañas gigantescas entre las que se encuentra el pueblo, espectaculares es poca palabra para definirlas.

Hablando de dormir, habíamos reservado antes de ir en el hotel rural Mesón del Gallo. Y sí, es rural y mucho, que es precisamente lo que íbamos buscando. La habitación una cucada y con un balconcito con unas vistas preciosas del pueblo.

Además, al estar al lado del río y en plena montaña, pese a ser Julio por la noche bajan un montón las temperaturas y hasta pudimos dormir con manta, lo que fue de agradecer. Insisto en que el hotel genial, muy limpio, con un personal muy amable (eso sí,has de llamar a la campana porque la recepción suele estar desierta) y encima tiene un restaurante francamente bueno,llamado también Mesón del Gallo, regentado por una pareja italiana que ha sabido combinar la gastronomía de su país, con una oferta de dos docenas de pizzas caseras, con la no menos sabrosa gastronomía turolense. Nosotros cenamos allí esa noche y quisimos aprovechar tan curiosa mezcla optando por la ensalada caprese regada con aceite ecológico y la trucha con pisto. Riquísimo todo.

Albarracin es un pueblo pequeñito, de poco más de un millar de habitantes, y eso le otorga aún más mérito a la magnitud de su belleza, totalmente inigualable. Su pasado morisco (su nombre proviene del apellido Aben Razin, perteneciente a una familia bereber que le convirtió en un minúsculo reino taifa) se siente a cada paso,con callejones tan estrechos que dos personas pueden darse la mano de una ventana a otra y apenas logra entrar la luz del sol. Eso es lo que hace tan especial pasear por Albarracin,esas calles por la que apenas puede pasar una pareja de personas, esos miles de recovecos medievales detenidos en el tiempo.

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Lo que más impresiona de Albarracin, sin embargo, es observarlo desde el exterior porque su disposición es única y fascinante. Lo había visto mil veces en foto pero cuando llegamos allí,lo primero que le comenté a mi novio fue “¿cómo habrán sido capaces los albañiles antiguos de construir esas casas en esos sitios?” Porque Albarracin es un pueblo que sería imposible si no lo tuviéramos delante de los ojos y lo pudiéramos tocar con nuestras propias manos. Suspendido sobre un risco vertiginoso, dando la sensación siempre de estar a punto de caer, mira altanero a toda la comarca de la Sierra de Albarracín. Que para eso es el más bonito de España.

Albarracin es un pueblominúsculo pero con mucha historia. Después de los árabes, llegaron los cristianos a imponer su ley, los Azagra (curiosamente, Al Sajra, de donde proviene el apellido, es un vocablo árabe que significa “la peña”, no podían haber escogido mejor lugar que Albarracín). El caso es que los Azagra, que eran muy suyos,en el siglo XII crearon aquí un obispado propio y eran reino independiente de Castilla y Aragón. Hasta el 1285 los aragoneses no lograron conquistarla pero el botín les mereció la pena: era una ciudad practicamente inexpugnable, ellos bien lo habían comprobado. Se encuentra escondida en un valle, a 182 metros de altitud, protegida por el río Guadalaviar y por las murallas larguísimas que han sobrevivido hasta nuestros días.

Las rutas turísticas que realizan los guías locales de El Andador tienen muy buena fama (te las recomiendan en todos los establecimientos y en internet sólo reciben alabanzas), son muy baratas, 3 euros por persona, y te explican un montón de cosas. Pero como dependes de horarios, nosotros decidimos documentarnos por nuestra cuenta antes de ir y hacer las visitas solos. Lo cierto es que nos sorprendió que pese a ser un pueblo muy turístico, la gente se agrupaba en las terrazas de la Plaza Mayor pero luego podías pasear por un montón de callejones sin cruzarte con nadie. Por cierto,la Plaza Mayor de Albarracín es muy curiosa ya que su trazado es totalmente irregular,algo excepcional en un pueblo aragonés. Antes se celebraba aquí el mercado pero ahora lo que destaca es su bonito ayuntamiento y el mirador de los arcos,desde el que se tienen unas vistas preciosas de las casas rojas colgantes del pueblo.

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Como os digo,las vistas desde el mirador dejan sin habla. Mirad qué panorámica, con la Iglesia de Santa María,la más antigua del pueblo. El primer templo cristiano de Albarracin, fundado antes del 1200, muestra en su tejado una de las mejores muestras de arte mudéjar de todo Aragón.

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Entre tanta casa rojiza destaca esta de color azul celeste: la de los Navarro de Arzuriaga. Fue una de las familias más influyentes de Albarracín en el siglo XVII. Según la leyenda,un miembro de la familia Navarro se casó con una andaluza y esta hizo pintar las fachadas de azul para recordar a su tierra, además de llenarla de macetas con geranios.

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La Casa de la  Julianeta, la más famosa de Albarracín, por como impecablemente representa la arquitectura típica del pueblo. Es muy pequeñita y sencilla pero al mismo tiempo llena de irregularidades, algo que tienen común las casas de Albarracín. Obligadas, se han debido adaptar de las maneras más inverosímiles a la fisionomía del terreno, lo que las convierte en viviendas que parecen extraídas de un cuadro de Dalí.

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Así son las farmacias en Albarracín: ¡auténticas obras de arte!

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La calle Azagra es una de las más bonitas de Albarracín. Como os comentaba antes, es tan estrecha que apenas entran los rayos del sol, lo que le da un aire súper siniestro y nos transporta a esos tiempos tan misteriosos de la Edad Media.

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En la parte de abajo del pueblo tienes el río Guadalaviar, precioso en esta época del año y que invita a pasear por sus orillas buscando el frescor y mitigar el calor de las tardes de verano turolenses. Ojito con el puente,que es muy inestable y sólo aguanta el peso de cinco personas.

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Dormimos como marmotas después de un día agotador (si algo caracteriza a Sigüenza y Albarracín son las cuestas) y el domingo por la mañana enfilamos hacia Teruel: aunque sólo está a 33 kilómetros de Albarracín, no te dejes engañar, por las carreteras de la sierra se tarda casi tres cuartos de hora en llegar. Quizás porque en verano muchos de los habitantes de la capital huyen hacia la playa o las montañas, no encontramos demasiado problema en aparcar a diez minutos andando del centro histórico: en la ciudad lo que se veían principalmente eran turistas, hasta nos encontramos con un grupo de 30 rusos sudando la gota gorda y alucinando con la belleza de las callecitas turolenses. Y es que no permitas que te vendan la moto con eso de que “Teruel no existe”. No sé a quien se le ocurrió iniciar esa campaña de linchamiento con una ciudad tan encantadora pero desde luego es totalmente injusta: es una pena que se infravalore tanto a una ciudad que es la más importante a nivel mundial en lo que a arte mudéjar se refiere.

Imagen de la Catedral de Santa María de Mediavilla, la más importante de la ciudad. Su torre, cimborrio y techumbre son Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

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Aunque Teruel tenga fama de ser la capital de provincia menos poblada de España, poco menos de 30.000 habitantes (vamos,que es más bien un pueblo grande), su escasa densidad geográfica poco tiene que ver con su historia y su patrimonio artístico. Nada más llegar, lo que más sorprende encontrarse son los restos de las antiguas murallas que protegían al castillo (del que no ha quedado nada). Hay que mencionar que estas murallas que protegían la ciudad contaban con nada más y nada menos que 40 torres de vigilancia.

Los muros se levantaron entre el siglo XIII y el siglo XV. Las murallas eran muy importantes para Teruel (debemos recordar que esta región ejercía frontera con el reino musulmán,por lo que era indispensable mantenerlas en buen estado y se dedicaba buena parte de los impuestos para las labores de conservación). La muralla original tenía forma de elipse y su perímetro alcanzaba casi los dos kilómetros. De las siete puertas originales, quedan la de Daroca y San Miguel; en cuanto a los torreones, se conservan en pie los de San Esteban, Ambeles, La Lombardera y del Rincón. El de Ambeles es este que podéis contemplar aquí abajo.

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El bonito Archivo Histórico Provincial, de estilo modernista, ocupa un edificio de 1911

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El Acueducto de los Arcos o Traída de las Aguas de Teruel, una de las mayores obras de ingeniería del Renacimiento español, fue construido a mediados del siglo XVI y sirvió no sólo para abastecer de agua a la población, que traían de la cercana Peña del Macho, sino también como viaducto. Está considerado Bien de Interés Cultural y tiene 140 arcos.

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El precioso Museo de Teruel, construido en 1542 y destinado a preservar el patrimonio cultural turolense. Se encuentra ubicado en la Casa de la Comunidad, de estilo renacentista, y en sus cinco plantas se exponen restos arqueológicos que se remontan hasta la Prehistoria.

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Vistas de la bellísima Torre de San Martín, también Patrimonio de la Humanidad. Es una de las obras cumbres del arte mudéjar aragonés. El arte mudéjar, pese a ser cristiano, tiene múltiples influencias del mundo musulmán,lo que hace de él un estilo arquitectónico fascinante.  Mudéjar es una palabra que desciende del vocablo árabe “mudayyan”, que significa domesticado: los mudéjares eran musulmanes que se quedaron viviendo en la península pese a la reconquista cristiana y a los que en un principio se les permitió mantener su culto al islam, hablar su lengua y conservar sus costumbres. Lamentablemente, con el tiempo se prohibieron los matrimonios mixtos entre musulmanes y cristianos y se comenzó a forjar un clima de intolerancia religiosa que derivó en las revueltas mudéjares y provocó que muchos de ellos se fueran del país (a finales de la Edad Media sólo constituían el 11% de la población). Los que se quedaron pasaron a ser denominados moriscos y obligados a practicar sus ritos religiosos en la más absoluta clandestinidad.

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Plaza Mayor de Teruel. También se la conoce como Plaza del Mercado. Aunque es muy pequeñita, está llena de vida, sobre todo un domingo por la mañana, día festivo, que fue cuando la visitamos. De ella parten ocho calles hacia diferentes puntos del centro histórico.

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Esta plaza también es conocida como Plaza del Torico, ya que precisamente esta escultura es la que la preside. El Torico (y no torito,ya sabeis que los aragoneses utilizan sus particulares diminutivos) es la “mascota” más querida por los turolenses, pese a lo pequeñín que es. La leyenda cuenta que cuando se fundó la ciudad, dejaron suelto a un toro para elegir el lugar del asentamiento. Este se detuvo bajo una estrella y así surgió el nombre de Toruel ( por toro y actuel (estrella)). Aunque yo esté en contra de la tauromaquia y del maltrato animal, los turolenses son muy amantes del toreo y todos los meses de Julio, a mediados, visten al Torico con el Pañuelico Rojo en honor de las festividades locales.

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Ya que hemos mencionado la plaza, hago un inciso para recomendaros que en sus inmediaciones busquéis el Gran Café de Teruel, que fue donde comimos. La decoración es totalmente irlandesa pero la comida es muy típica de la zona,asi que podrás degustar algunas de las delicias de la gastronomía aragonesa: nosotros optamos por las migas, embutido ibérico, carne de secreto y bacalao, que aunque era a la vizcaína, estaba riquísimo.

Torre de San Pedro, otra maravilla arquitectónica. Su campanario, del siglo XIII, es el más antiguo del arte mudéjar turolense.

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La Iglesia de San Pedro es una de las más bonitas que he visitado nunca en España. Es de estilo gótico-mudéjar y fue concebida como una iglesia-fortaleza. Su altar mayor (que no se decoró debido a que se consideraba que la pintura camuflaba las imperfecciones de las esculturas) y el más pequeño de los Santos Médicos son francamente impresionantes. Aunque los altares no estén pintados, sí lo están, y mucho, el resto de los muros, haciendo de este templo un edificio único en España.

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Y terminamos el relato con el monumento que más ganas tenía de conocer en este viaje: el Mausoleo de los Amantes de Teruel. La entrada cuesta 4 euros pero yo os recomiendo que hagáis lo que nosotros, coger la entrada completa (9 euros), que permite también el acceso a la Iglesia de San Pedro, el claustro, la torre, recorrer el ándito exterior del templo (es una maravilla poder ver todos los tejados de Teruel desde las alturas) y además,la visita es guiada. La guía que nos tocó, aparte de muy simpática, nos enseñó un montón de cosas de la historia de Teruel y nos hizo bien amena la hora y media de visita.

El Mausoleo de los Amantes es,simplemente,maravilloso. Antes de llegar a él se exponen varias pinturas dedicadas a esta infeliz pareja, que vivió una de las más trágicas historias de amor de nuestro país. Y es que,pese a lo que muchos crean erróneamente, la historia de los amantes no es una leyenda sino una realidad: Juan Diego de Marcilla e Isabel de Segura (vaya casualidad que sus nombres fueran los mismos que el de mi novio y el mío) existieron, vaya si existieron. De hecho,estuvimos viendo sus momias en los sepulcros. Hace unos años, se mandaron analizar en Madrid y Estados Unidos muestras del tejido de los cadáveres: efectivamente, pertenecen a una pareja del siglo XIII y se certifica que,por el tamaño de las caderas, ella era una mujer que nunca llegó a tener descendencia. Asi que estamos delante de los protagonistas de una historia real digna de cualquier novela.

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La historia de los amantes es muy,muy triste. Isabel y Juan se conocían desde la infancia, se enamoraron siendo unos niños y desde el principio,la familia de ella se opuso a la relación ya que eran una familia acaudalada y Juan no tenía bienes. Esto le impulsó a alistarse en el ejército e irse a la guerra a hacer fortuna. Allí estuvo cinco años y cuando regresó a Teruel, se encontró con que habían obligado a Isabel a casarse con el Señor de Albarracín. Furtivamente, se introdujo en la residencia de su amada, pidiéndola un beso de despedida, a lo que ella se negó por estar comprometida. Juan murió de dolor y al día siguiente, amortajado ya para ser enterrado, Isabel acudió al sepelio, cubierta con un velo negro que ocultaba su verdadera identidad, para darle el beso que le negó en vida. Rota de dolor, murió en sus brazos, los expertos creen que de un infarto,al no poder soportar tanta desdicha.

Ocho siglos después,los amantes reposan juntos para toda la eternidad y se han convertido en los personajes más queridos por los habitantes de Teruel. La fantástica obra de los sepulcros, realizada por Juan de Ávalos, les representa, no obstante, con las manos sin llegar a tocarse y las miradas dirigidas cada una a un punto diferente como símbolo de su amor incompleto. Una escultura lindísima,pese a lo trágico de su historia, que constituía el mejor punto final que podíamos darle a nuestro viaje.

 

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