Catacumbas de Palermo: el inquietante mundo de las momias de Sicilia

Momias vestidas con ropas antiguas colgadas en las paredes de las Catacumbas de los Capuchinos en Palermo, Sicilia

Mi visita a las catacumbas de Palermo

Las cat­acum­bas de Paler­mo es de esos lugares que te atraen de una for­ma casi hip­nóti­ca. Siem­pre me habían pro­duci­do una mez­cla extraña de curiosi­dad y fasci­nación, pues aunque ya había esta­do en otras cat­acum­bas como la Crip­ta de los Capuchi­nos de Roma , las cat­acum­bas de París ‚la Capela dos Ossos en Evo­ra (Por­tu­gal) o inclu­so el osario de Wam­ba ya en nue­stro país, se qued­a­ban pequeñas al lado de las cat­acum­bas sicil­ianas.  Aquí la muerte no está ocul­ta bajo tier­ra, fuera del alcance de las miradas de los vivos. Aquí la muerte está expues­ta, lit­eral­mente, en las pare­des.

El día que decidí vis­i­tar­las recuer­do que el sol bril­l­a­ba con fuerza en Paler­mo, por lo que el con­traste con lo que me esper­a­ba allí den­tro se acen­tu­a­ba. La ciu­dad esta­ba llena de rui­do, de trá­fi­co, de vida. Nada hacía sospechar que, a pocos met­ros de allí, se encon­tra­ba uno de los lugares más inqui­etantes de Europa. Entré en el con­ven­to de los capuchi­nos casi con la sen­sación de estar a pun­to de cruzar una fron­tera invis­i­ble. Y en cier­to modo lo era.

Bastó descen­der las escaleras para que todo cam­biara. La tem­per­atu­ra bajó lig­era­mente, el aire se volvió más seco y el silen­cio se hizo mucho más pro­fun­do. Y entonces aparecieron ante mí. Cuer­pos. Dece­nas primero. Luego cien­tos.

Hom­bres con tra­jes oscuros del siglo XVIII, mon­jes con hábitos gas­ta­dos, mujeres vesti­das con ropas ele­gantes, inclu­so niños. Algunos parecían dormi­dos. Otros con­serv­a­ban todavía mechones de pelo, big­otes per­fec­ta­mente recono­ci­bles o expre­siones extraña­mente ser­e­nas. No esta­ban den­tro de ataúdes. No esta­ban enter­ra­dos. Esta­ban allí, de pie, alin­ea­d­os en los muros de los pasil­los como si sigu­ier­an for­man­do parte de la vida cotid­i­ana de la ciu­dad. Algunos de ellos expuestos den­tro de urnas de cristal. Otros con la mira­da per­di­da en la eternidad.

Mien­tras cam­ina­ba por aque­l­las galerías tuve la sen­sación de estar recor­rien­do un lugar donde el tiem­po se había detenido. Como si Paler­mo hubiese deci­di­do, durante sig­los, man­ten­er a sus muer­tos cer­ca de los vivos. Y lo más sor­pren­dente es que durante mucho tiem­po aque­l­lo no se con­sid­eró algo macabro. Era, sim­ple­mente, una for­ma difer­ente de recor­dar a los que ya no están. 

Momias infantiles y de adultos expuestas en una pared de las catacumbas de los capuchinos de Palermo

En total, más de 8000 cuer­pos des­cansan en este lugar, con­vir­tien­do a las cat­acum­bas en uno de los espa­cios funer­ar­ios más inqui­etantes del plan­e­ta. Durante sig­los, las famil­ias más ric­as de Paler­mo soña­ban con que sus seres queri­dos acabaran aquí. Ser enter­ra­do en estas galerías sub­ter­ráneas era un priv­i­le­gio, una for­ma de man­ten­er la pres­en­cia del difun­to entre los vivos.

Hoy, en cam­bio, las cat­acum­bas se han con­ver­tido en una de las vis­i­tas más extrañas y fasci­nantes de Sicil­ia. Algunos via­jeros lle­gan movi­dos por la curiosi­dad históri­ca. Otros, por la atrac­ción que ejerce el lla­ma­do tur­is­mo oscuro, ese interés por los lugares rela­ciona­dos con la muerte y lo macabro. Sea cual sea el moti­vo, una cosa está clara: pocos lugares en Europa provo­can una impre­sión tan pro­fun­da como este laber­in­to sub­ter­rá­neo donde los muer­tos pare­cen seguir for­man­do parte del mun­do de los vivos.

Pero para enten­der cómo nació este lugar tan sin­gu­lar hay que retro­ced­er var­ios sig­los atrás, has­ta un momen­to en que unos mon­jes des­cubrieron algo com­ple­ta­mente ines­per­a­do. Te recomien­do, además, que vayas a vis­i­tar­las después de hac­er un free tour por Paler­mo, para que entien­das mejor el con­tex­to en el que la sociedad sicil­iana, ayu­da­da por el clero, dio ori­gen a un lugar tan macabro.

Qué son las catacumbas de Palermo y dónde están

Las cat­acum­bas de Paler­mo, cono­ci­das ofi­cial­mente como Cat­acum­bas de los Capuchi­nos, se encuen­tran en las afueras del cen­tro históri­co de la ciu­dad, bajo el Con­ven­to de los Frailes Capuchi­nos.

La entra­da está situ­a­da en la Piaz­za Cap­puc­ci­ni, una zona tran­quila de Paler­mo que no hace sospechar en abso­lu­to lo que se esconde bajo tier­ra. Des­de el exte­ri­or, el edi­fi­cio parece un monas­te­rio más, dis­cre­to y aus­tero. Nada en su apari­en­cia sug­iere que bajo sus cimien­tos se encuen­tra uno de los lugares funer­ar­ios más extra­or­di­nar­ios del mun­do. Sin embar­go, bajo ese con­ven­to se extiende una red de galerías sub­ter­ráneas que for­man un autén­ti­co laber­in­to de corre­dores llenos de cadáveres momi­fi­ca­dos.

Durante sig­los, esta prác­ti­ca fue com­ple­ta­mente nor­mal en Paler­mo. Las famil­ias acud­ían a las cat­acum­bas para vis­i­tar a sus pari­entes fal­l­e­ci­dos. Algunos inclu­so cam­bi­a­ban per­iódica­mente la ropa de los difun­tos o les llev­a­ban obje­tos per­son­ales. Era una for­ma pecu­liar de man­ten­er el vín­cu­lo entre vivos y muer­tos, una tradi­ción pro­fun­da­mente arraiga­da en la cul­tura local. Con el paso del tiem­po, el número de cuer­pos fue cre­cien­do has­ta super­ar los 8000 cadáveres.

Las galerías se orga­ni­zaron en difer­entes corre­dores según el sexo, la edad o la pro­fe­sión de los difun­tos. Así surgieron pasil­los ded­i­ca­dos a los hom­bres, a las mujeres, a los niños, a los sac­er­dotes o a deter­mi­na­dos gru­pos sociales.

Catacumbas de Palermo con momias

En un mis­mo pasil­lo pueden verse dece­nas de fig­uras humanas alin­eadas en las pare­des. Algu­nas están com­ple­ta­mente desecadas, con la piel pega­da al hue­so. Otras con­ser­van todavía ras­gos sor­pren­den­te­mente definidos. Las ropas, en muchos casos, siguen intac­tas: som­breros, cha­que­tas, vesti­dos de época. Cada cuer­po cuen­ta una his­to­ria. Entre ellos se encuen­tran nobles, mil­itares, médi­cos, reli­giosos e inclu­so niños que murieron muy jóvenes. Todos ellos for­man una especie de galería humana con­ge­la­da en el tiem­po.

Pero lo más sor­pren­dente de todo es que este fenó­meno no fue fru­to de una decisión plan­i­fi­ca­da des­de el prin­ci­pio. Todo comen­zó de man­era casi acci­den­tal.

En algún momen­to del siglo XVI, los frailes capuchi­nos des­cubrieron que los cadáveres enter­ra­dos en cier­tas zonas del monas­te­rio no se descom­ponían como era habit­u­al. Algo en el ambi­ente sub­ter­rá­neo parecía con­ser­var­los de una for­ma extra­or­di­nar­ia.

Ese des­cubrim­ien­to cam­biaría para siem­pre la his­to­ria de este lugar y acabaría dan­do ori­gen a uno de los espa­cios funer­ar­ios más inqui­etantes del plan­e­ta.

El origen de las catacumbas: cuando los monjes descubrieron algo inesperado

La his­to­ria de las cat­acum­bas de Paler­mo comien­za a finales del siglo XVI, en una época en la que los frailes capuchi­nos nece­sita­ban ampli­ar el espa­cio funer­ario del con­ven­to donde enterra­ban a sus her­manos fal­l­e­ci­dos. En aquel tiem­po, era habit­u­al que las comu­nidades reli­giosas dis­pusier­an de pequeñas crip­tas o cemente­rios pro­pios. Los frailes eran enter­ra­dos bajo tier­ra, nor­mal­mente en nichos o tum­bas sen­cil­las, y el paso del tiem­po hacía el resto. Nada demasi­a­do difer­ente de lo que ocur­ría en cualquier otro lugar de Europa.

Pero en Paler­mo ocur­rió algo extraño.

En torno al año 1599, los mon­jes deci­dieron abrir una crip­ta sub­ter­ránea bajo el con­ven­to para enter­rar a sus miem­bros fal­l­e­ci­dos. Allí deposi­taron el cuer­po de un fraile lla­ma­do Sil­ve­stro de Gub­bio, con­sid­er­a­do el primer cadáver que se con­servó en las cat­acum­bas. Tiem­po después, cuan­do los mon­jes regre­saron a la crip­ta para realizar nuevas inhu­ma­ciones, se lle­varon una sor­pre­sa ines­per­a­da.

El cuer­po de Sil­ve­stro no se había descom­puesto.

En lugar de con­ver­tirse en hue­sos, como era lo habit­u­al, el cadáver se había seca­do lenta­mente, con­ser­van­do parte de su for­ma orig­i­nal. El aire seco del lugar, com­bi­na­do con las car­ac­terís­ti­cas del sue­lo y la ven­ti­lación nat­ur­al de las galerías, había provo­ca­do un pro­ce­so de deshidrat­ación nat­ur­al que actu­a­ba como una especie de momi­fi­cación. Para los frailes, aque­l­lo debió pare­cer casi un mila­gro.

En una época pro­fun­da­mente reli­giosa, la con­ser­vación de un cuer­po podía inter­pre­tarse como un sig­no de san­ti­dad o de inter­ven­ción div­ina. Sin embar­go, más allá de las inter­preta­ciones espir­i­tuales, los mon­jes com­prendieron ráp­i­da­mente que aquel fenó­meno tenía un enorme poten­cial. Si el lugar era capaz de con­ser­var los cuer­pos, ¿por qué no aprovechar­lo?

Así comen­zó una prác­ti­ca que acabaría dan­do lugar a uno de los espa­cios funer­ar­ios más extra­or­di­nar­ios del mun­do.

Fraile capuchino sentado leyendo un libro en las catacumbas de Palermo rodeado de momias

Los frailes empezaron a colo­car los cadáveres en posi­ciones ver­ti­cales, apoy­a­dos en las pare­des o sus­pendi­dos con cuer­das. El obje­ti­vo era per­mi­tir que el aire cir­cu­lase alrede­dor del cuer­po para favore­cer el pro­ce­so de dese­cación. Con el paso del tiem­po, el méto­do se per­fec­cionó. Pron­to no solo se enterra­ba allí a los frailes. Las famil­ias aco­modadas de Paler­mo comen­zaron a intere­sarse por aque­l­la prác­ti­ca tan pecu­liar. Ser enter­ra­do en las cat­acum­bas se con­vir­tió en un priv­i­le­gio reser­va­do a quienes podían per­mitírse­lo.

Las galerías comen­zaron a ampli­arse. Se excavaron nuevos corre­dores. Y poco a poco aquel espa­cio sub­ter­rá­neo se fue llenan­do de cuer­pos que, lejos de desa­pare­cer bajo tier­ra, per­manecían vis­i­bles. A lo largo de los sig­los sigu­ientes, las cat­acum­bas pasaron de ser un sim­ple lugar de enter­ramien­to monás­ti­co a con­ver­tirse en un autén­ti­co museo de la muerte.

Pero para que los cuer­pos se con­ser­varan de man­era tan sor­pren­dente no basta­ba úni­ca­mente con el ambi­ente de las galerías. Con el tiem­po, los capuchi­nos desar­rol­laron méto­dos cada vez más elab­o­ra­dos para preser­var los cadáveres. Y algunos de ellos resul­tan hoy bas­tante per­tur­badores.

Cómo momificaban los cuerpos en Palermo

Aunque el cli­ma de las cat­acum­bas ayud­a­ba de for­ma nat­ur­al a con­ser­var los cuer­pos, los frailes pron­to comen­zaron a aplicar téc­ni­cas especí­fi­cas de momi­fi­cación para mejo­rar los resul­ta­dos.

El obje­ti­vo era sen­cil­lo: evi­tar la descom­posi­ción y per­mi­tir que el cadáver man­tu­viera una apari­en­cia recono­ci­ble durante el may­or tiem­po posi­ble.

Para lograr­lo, los cuer­pos eran someti­dos a un pro­ce­so bas­tante metic­u­loso.

El pro­ce­so de deshidrat­ación

El primer paso con­sistía en colo­car el cadáver en una sala espe­cial cono­ci­da como cola­toio. Este espa­cio esta­ba dis­eña­do para facil­i­tar la elim­i­nación de los líqui­dos del cuer­po.

Los cadáveres se colo­ca­ban sobre estruc­turas de piedra o rejil­las y per­manecían allí durante var­ios meses. Durante ese tiem­po, el aire seco y la ven­ti­lación nat­ur­al del lugar provo­ca­ban una lenta deshidrat­ación del cuer­po. Este pro­ce­so podía durar aprox­i­mada­mente ocho meses. Al finalizar, el cadáver qued­a­ba com­ple­ta­mente seco. La piel se tens­a­ba sobre los hue­sos, los teji­dos se endurecían y el cuer­po adquiría ese aspec­to car­ac­terís­ti­co de las momias.

Una vez com­ple­ta­da esta fase, el cadáver se limpia­ba cuida­dosa­mente y se prepara­ba para su exposi­ción.

Baños quími­cos y tratamien­tos adi­cionales

Con el paso de los sig­los, los méto­dos se fueron per­fec­cio­nan­do. En algunos casos, los cuer­pos eran lava­dos con vina­gre para desin­fec­tar­los. En otros, se uti­liz­a­ban sus­tan­cias quími­cas des­ti­nadas a retrasar la descom­posi­ción. Durante el siglo XIX, por ejem­p­lo, comen­zaron a emplearse mez­clas de arséni­co, cal y otros com­puestos con­ser­vantes. Estas téc­ni­cas per­mitían preser­var mejor la apari­en­cia del ros­tro y de los teji­dos.

El obje­ti­vo no era úni­ca­mente con­ser­var el cuer­po, sino hac­er­lo de una for­ma que per­mi­tiera recono­cer a la per­sona fal­l­e­ci­da. En cier­to modo, las cat­acum­bas fun­ciona­ban como una especie de galería social de la ciu­dad.

Momias vestidas con ropa de época en una galería de las catacumbas de Palermo
@: Autor Rolf Diet­rich Brech­er – Wiki­me­dia Com­mons – licen­cia CC BY-SA.

Vestir a los muertos

Una vez prepara­do el cadáver, la famil­ia elegía la ropa con la que sería expuesto. Y aquí aparece uno de los aspec­tos más sor­pren­dentes de las cat­acum­bas.

Muchos difun­tos fueron vesti­dos con sus mejores tra­jes: vesti­dos de seda, uni­formes mil­itares, hábitos reli­giosos o ele­gantes tra­jes de época. Algu­nas famil­ias inclu­so deja­ban instruc­ciones para que la ropa se cam­biara per­iódica­mente. De esta for­ma, los cadáveres per­manecían durante décadas —o inclu­so sig­los— como si sigu­ier­an for­man­do parte de la sociedad paler­mi­tana.

Hoy, recor­rer los pasil­los de las cat­acum­bas es como cam­i­nar por una extraña fotografía del pasa­do. Cada cuer­po rep­re­sen­ta una his­to­ria, una famil­ia, una época dis­tin­ta.

Cuerpo momificado de una mujer con vestido verde expuesto en las catacumbas de los capuchinos de Palermo

Los pasillos más inquietantes de las catacumbas

Con el paso de los sig­los, las cat­acum­bas de Paler­mo dejaron de ser una sim­ple crip­ta monás­ti­ca para con­ver­tirse en un com­ple­jo laber­in­to sub­ter­rá­neo for­ma­do por lar­gos corre­dores reple­tos de cuer­pos momi­fi­ca­dos

Recor­rer estos pasil­los es una expe­ri­en­cia pro­fun­da­mente inqui­etante. No se tra­ta de hue­sos antigu­os ni de restos arque­ológi­cos. Son cuer­pos humanos com­ple­tos, vesti­dos con ropa de otra época, alin­ea­d­os en las pare­des como si obser­varan en silen­cio el paso de los vis­i­tantes.

Cada corre­dor tiene su propia atmós­fera.

El corredor de los frailes

Este es el lugar donde comen­zó todo. En este pasil­lo se encuen­tran los primeros habi­tantes de las cat­acum­bas: los frailes capuchi­nos que vivieron en el con­ven­to.

Muchos de ellos siguen vistien­do el tradi­cional hábito mar­rón de la orden, con la capucha caí­da sobre los hom­bros y las manos entre­lazadas. Algunos están colo­ca­dos en nichos. Otros per­manecen de pie, apoy­a­dos con­tra las pare­des. Sus ros­tros sec­os y hun­di­dos trans­miten una sen­sación extraña, casi como si con­tin­uaran en una eter­na vig­ilia.

Entre ellos se encuen­tra el men­ciona­do Sil­ve­stro de Gub­bio, con­sid­er­a­do el primer cadáver con­ser­va­do en las cat­acum­bas.

El corredor de los hombres

A medi­da que las cat­acum­bas fueron ganan­do fama, las famil­ias aco­modadas de Paler­mo comen­zaron a solic­i­tar que sus pari­entes fuer­an enter­ra­dos allí. Así surgió el corre­dor ded­i­ca­do a los hom­bres.

Aquí pueden verse bur­gue­ses, com­er­ciantes, médi­cos, mil­itares y nobles que murieron entre los sig­los XVII y XIX.

Muchos lle­van tra­jes ele­gantes, cha­que­tas largas o som­breros de época. Algunos con­ser­van inclu­so guantes o bas­tones. Resul­ta par­tic­u­lar­mente per­tur­bador obser­var los ros­tros de estos hom­bres que pare­cen con­ge­la­dos en una expre­sión indefinible. En algunos casos, la piel se ha retraí­do tan­to que los dientes quedan expuestos en una especie de mue­ca per­ma­nente.

La sala de las vírgenes

Den­tro del intrin­ca­do laber­in­to de pasil­los que for­man las cat­acum­bas de los capuchi­nos de Paler­mo, existe una pequeña sec­ción que lla­ma espe­cial­mente la aten­ción por su sim­bolis­mo y su atmós­fera: la lla­ma­da sala de las vír­genes. Este espa­cio está ded­i­ca­do a las mujeres jóvenes que murieron sin haber con­traí­do mat­ri­mo­nio, una condi­ción que en la sociedad de los sig­los XVIII y XIX tenía un sig­nifi­ca­do reli­gioso y social muy mar­ca­do.

En la men­tal­i­dad de la época, morir sien­do vir­gen se con­sid­er­a­ba un sig­no de pureza espir­i­tu­al. Por ese moti­vo, estas mujeres recibían un tratamien­to funer­ario espe­cial den­tro de las cat­acum­bas. Sus cuer­pos eran colo­ca­dos en una sala especí­fi­ca y prepara­dos con ele­men­tos que refle­ja­ban ese ide­al de inocen­cia.

Uno de los ras­gos más curiosos de esta galería es que muchas de las jóvenes apare­cen coro­n­adas con pequeños aros o coro­nas metáli­cas. Estos obje­tos sim­boliz­a­ban su vir­ginidad y fun­ciona­ban como una especie de reconocimien­to públi­co de su esta­do.

Las coro­nas, nor­mal­mente hechas de met­al sen­cil­lo, se colo­ca­ban sobre la cabeza o suje­tas al crá­neo de la difun­ta. Con el paso del tiem­po, la piel y los teji­dos de los cuer­pos se han dete­ri­o­ra­do, pero en muchos casos esas coro­nas siguen sien­do vis­i­bles. Este detalle añade un ele­men­to espe­cial­mente inqui­etante a la sala: ros­tros momi­fi­ca­dos que todavía con­ser­van ese sím­bo­lo de pureza colo­ca­do sobre sus crá­neos.

Al igual que en otras zonas de las cat­acum­bas, los cuer­pos de la sala de las vír­genes fueron vesti­dos con ropas ele­gantes antes de ser expuestos. En muchos casos se uti­lizaron vesti­dos lar­gos, man­tos o pren­das que refle­ja­ban la moda de la época. Estas ropas eran elegi­das por las famil­ias y a menudo rep­re­senta­ban las mejores pren­das que había tenido la joven en vida. Para los pari­entes, vestir­las de esta for­ma era una man­era de preser­var su dig­nidad y su memo­ria. En oca­siones inclu­so se añadían pequeños acce­so­rios o adornos que ayud­a­ban a iden­ti­ficar su posi­ción social o el car­iño de la famil­ia.

La exis­ten­cia de una sala ded­i­ca­da exclu­si­va­mente a mujeres vír­genes rev­ela mucho sobre la men­tal­i­dad de la Sicil­ia de aque­l­la época. La pureza femeni­na era un val­or pro­fun­da­mente lig­a­do a la religión y a la moral social. Por ello, la muerte de una joven que no había lle­ga­do a casarse se inter­preta­ba de una man­era espe­cial. Su cuer­po no se mez­cla­ba con el resto de los difun­tos, sino que se colo­ca­ba en un espa­cio difer­en­ci­a­do que resalta­ba su condi­ción.

Hoy en día, este tipo de clasi­fi­cación puede pare­cer extraña o inclu­so incom­pren­si­ble, pero en su momen­to respondía a una visión muy conc­re­ta de la vida, la moral y la religión.

El corredor de las mujeres

Este pasil­lo tiene una atmós­fera com­ple­ta­mente dis­tin­ta. Las mujeres enter­radas en las cat­acum­bas sue­len apare­cer vesti­das con tra­jes ele­gantes, vesti­dos de enca­je o ropas negras de luto. Algu­nas lle­van todavía peine­tas, velos o adornos en el cabel­lo.

Con el paso del tiem­po, muchos de estos vesti­dos se han dete­ri­o­ra­do, pero aún per­miten imag­i­nar la moda de las dis­tin­tas épocas. Las fig­uras pare­cen frágiles, casi etéreas. Algu­nas están colo­cadas den­tro de vit­ri­nas de cristal para pro­te­gerlas del dete­ri­oro.

El corredor de los niños

Entre todos los espa­cios inqui­etantes de las cat­acum­bas de los capuchi­nos de Paler­mo, hay uno que provo­ca una impre­sión espe­cial­mente pro­fun­da en los vis­i­tantes: el lla­ma­do corre­dor de los niños. No es nece­sari­a­mente el más grande ni el más famoso de las cat­acum­bas pero sí uno de los más per­tur­badores. Allí des­cansan dece­nas de pequeños cuer­pos momi­fi­ca­dos, vesti­dos con tra­jes, vesti­dos y ropas infan­tiles que pare­cen con­ge­la­dos en el tiem­po.

Cam­i­nar por este pasil­lo pro­duce una sen­sación difí­cil de describir. Las pare­des están llenas de nichos en los que se con­ser­van los restos de niños fal­l­e­ci­dos hace sig­los. Algunos apare­cen de pie, otros den­tro de pequeños ataúdes o colo­ca­dos en vit­ri­nas. Sus cuer­pos dimin­u­tos, vesti­dos con del­i­cadas pren­das, cre­an una ima­gen que mez­cla ter­nu­ra, trage­dia e inqui­etud.

Niños momificados catacumbas de Palermo

Un espa­cio ded­i­ca­do a los más pequeños

El corre­dor de los niños for­ma parte de la com­ple­ja red de galerías que com­po­nen las cat­acum­bas. En este enorme laber­in­to sub­ter­rá­neo los cuer­pos se orga­ni­z­a­ban por cat­e­gorías sociales: reli­giosos, hom­bres, mujeres, pro­fe­sion­ales o famil­ias enteras. Sin embar­go, los niños tenían un lugar pro­pio.

Muchos de los pequeños que se encuen­tran aquí murieron durante los sig­los XVIII y XIX, una época en la que la mor­tal­i­dad infan­til era muy ele­va­da. Enfer­medades que hoy se con­sid­er­an fácil­mente trat­a­bles, como infec­ciones o prob­le­mas res­pi­ra­to­rios, podían resul­tar fatales para los más pequeños. Las famil­ias que podían per­mitírse­lo paga­ban para que los cuer­pos fuer­an momi­fi­ca­dos y expuestos en las cat­acum­bas, un priv­i­le­gio reser­va­do prin­ci­pal­mente a las clases aco­modadas de Paler­mo.

Uno de los aspec­tos que más impre­siona en este corre­dor es el extra­or­di­nario esta­do de con­ser­vación de algunos cuer­pos infan­tiles. Aunque han pasa­do más de cien años des­de su muerte, en algunos casos todavía se pueden dis­tin­guir ras­gos faciales, cabel­lo o inclu­so la expre­sión del ros­tro. Las pren­das que lle­van estos niños cuen­tan mucho sobre la sociedad de la época. Algunos apare­cen vesti­dos con tra­jes ele­gantes, enca­jes o vesti­dos cer­e­mo­ni­ales, como si hubier­an sido prepara­dos para una ocasión espe­cial.

Para las famil­ias, vestir­los de esa for­ma era una man­era de mostrar su esta­tus social inclu­so después de la muerte. Además, muchos padres querían que sus hijos fuer­an recor­da­dos tal como habían sido en vida, con sus mejores ropas. Con el paso del tiem­po, esos teji­dos se han vuel­to frágiles y des­col­ori­dos pero siguen apor­tan­do una dimen­sión muy humana a las momias.

Cuerpo momificado de un niño en las catacumbas de los capuchinos de Palermo
@Tony Gen­tile / Reuters

El corredor de los profesionales

Otra de las galerías curiosas de las cat­acum­bas es la ded­i­ca­da a per­sonas que ejercieron deter­mi­nadas pro­fe­siones. Aquí pueden encon­trarse médi­cos, abo­ga­dos, mil­itares o fig­uras impor­tantes de la vida públi­ca de Paler­mo. Algunos apare­cen con uni­formes o con ropa que refle­ja­ba su posi­ción social.

Este corre­dor mues­tra has­ta qué pun­to las cat­acum­bas se con­virtieron, con el tiem­po, en una especie de refle­jo de la sociedad paler­mi­tana. No era sim­ple­mente un lugar para enter­rar a los muer­tos. Era una for­ma de per­pet­u­ar la iden­ti­dad social inclu­so después de la muerte.

Pero entre todos los cuer­pos que habi­tan estas galerías hay uno que ha fasci­na­do a vis­i­tantes, cien­tí­fi­cos y curiosos durante más de un siglo. El de una niña cuya momia es tan per­fec­ta que muchos ase­gu­ran que parece sim­ple­mente dormi­da.

Rosalía Lombardo: la niña más famosa de las catacumbas

Entre todos los cuer­pos con­ser­va­dos en las cat­acum­bas de los capuchi­nos de Paler­mo, hay uno que se ha con­ver­tido en el más céle­bre y tam­bién en el más inqui­etante: Ros­alía Lom­bar­do. Su pequeña figu­ra, aparente­mente dormi­da den­tro de un ataúd de cristal, ha fasci­na­do y per­tur­ba­do a vis­i­tantes de todo el mun­do durante más de un siglo.

Ros­alia murió en 1920, cuan­do ape­nas tenía dos años. Su muerte fue dev­as­ta­do­ra para su famil­ia. Según la ver­sión más acep­ta­da, la niña fal­l­e­ció a causa de una neu­monía, una enfer­medad que en aque­l­la época podía resul­tar mor­tal inclu­so en cuestión de días. Su padre, pro­fun­da­mente afec­ta­do por la pér­di­da, tomó una decisión poco habit­u­al: quiso que el cuer­po de su hija fuera preser­va­do para siem­pre.

El embal­samador que desafió al tiem­po

Para con­seguir­lo recur­rió a Alfre­do Salafia, un quími­co y embal­samador sicil­iano cono­ci­do por sus avan­zadas téc­ni­cas de con­ser­vación. Salafia era famoso por haber desar­rol­la­do méto­dos capaces de man­ten­er los cuer­pos en un esta­do sor­pren­den­te­mente nat­ur­al. El resul­ta­do fue extra­or­di­nario.

Más de cien años después de su muerte, Ros­alía sigue pare­cien­do una niña que duerme plá­ci­da­mente. Su piel con­ser­va un tono claro, sus ras­gos faciales siguen per­fec­ta­mente definidos y sus pes­tañas todavía se dis­tinguen con clar­i­dad. La expre­sión de su ros­tro es tan tran­quila que muchos vis­i­tantes tienen la impre­sión de que podría abrir los ojos en cualquier momen­to.

Por esa razón se la conoce a menudo como “la Bel­la Dur­miente de Paler­mo”.

Un secre­to quími­co des­cu­bier­to décadas después

Durante décadas nadie supo exac­ta­mente cómo había con­segui­do Salafia ese niv­el de con­ser­vación. Su téc­ni­ca se man­tu­vo en secre­to durante mucho tiem­po.

No fue has­ta prin­ci­p­ios del siglo XXI cuan­do se encon­traron sus notas orig­i­nales, en las que explic­a­ba el pro­ced­imien­to uti­liza­do. El embal­samador había emplea­do una mez­cla de sus­tan­cias bas­tante sofisti­ca­da para la época. Entre los com­po­nentes fig­ura­ban for­mol, alco­hol, áci­do sal­icíli­co, glice­ri­na y sales de zinc. Cada uno de estos ele­men­tos cumplía una fun­ción conc­re­ta: desin­fec­tar el cuer­po, evi­tar la descom­posi­ción, impedir la pro­lif­eración de bac­te­rias y man­ten­er los teji­dos rígi­dos.

Gra­cias a esa fór­mu­la, el cuer­po de Ros­alía quedó prác­ti­ca­mente momi­fi­ca­do de for­ma per­fec­ta, algo extremada­mente raro inclu­so entre los miles de cadáveres de las cat­acum­bas.

Rosalia Lombardo momia de niña en catacumbas de Palermo

Durante años ha cir­cu­la­do una curiosa his­to­ria que ha ali­men­ta­do el mis­te­rio en torno a Ros­alía. Algunos vis­i­tantes ase­gura­ban que, en deter­mi­nadas horas del día, parecía que la niña abría y cerra­ba lig­era­mente los ojos. Las fotografías tomadas en dis­tin­tos momen­tos parecían mostrar pequeñas varia­ciones en la aper­tu­ra de sus pár­pa­dos, lo que dio lugar a numerosas teorías e inclu­so leyen­das sobre­nat­u­rales.

Sin embar­go, los inves­ti­gadores han expli­ca­do que el fenó­meno tiene una causa mucho más sim­ple. Los espe­cial­is­tas que han estu­di­a­do el caso sostienen que no se tra­ta de nada para­nor­mal. Prob­a­ble­mente se tra­ta de un efec­to ópti­co cau­sa­do por la luz nat­ur­al que entra en la vit­ri­na y por el ligero dete­ri­oro del teji­do que rodea los pár­pa­dos. Aun así, la sen­sación que pro­duce obser­var su ros­tro sigue sien­do pro­fun­da­mente inqui­etante.

Ros­alía se encuen­tra en una pequeña capil­la lat­er­al den­tro de las cat­acum­bas. Su dimin­u­to ataúd de cristal está colo­ca­do en el cen­tro de la sala, lig­era­mente ele­va­do, lo que per­mite obser­var­la con clar­i­dad.

A difer­en­cia de otros cuer­pos de las cat­acum­bas, que cuel­gan de las pare­des o reposan en nichos, el suyo se con­ser­va con espe­cial cuida­do. Con el paso del tiem­po se han real­iza­do varias inter­ven­ciones de con­ser­vación, incluyen­do una cáp­su­la espe­cial que con­tro­la la humedad y pro­tege el cuer­po. Esto se hizo nece­sario porque la exposi­ción con­stante al aire y a la luz esta­ba empezan­do a afec­tar lenta­mente a los teji­dos.

Hoy Ros­alía Lom­bar­do es prob­a­ble­mente la figu­ra más famosa de todo el com­ple­jo funer­ario. Su his­to­ria aparece en libros, doc­u­men­tales y repor­ta­jes ded­i­ca­dos a uno de los lugares más extraños de Italia. Pero más allá del interés históri­co o cien­tí­fi­co, su pres­en­cia tiene un fuerte com­po­nente emo­cional. A difer­en­cia de muchos otros cuer­pos de las cat­acum­bas, que se han dete­ri­o­ra­do con el tiem­po, Ros­alia con­ser­va una apari­en­cia tan humana que resul­ta imposi­ble no pen­sar en la niña que fue.

Historias inquietantes y leyendas de las catacumbas

Un lugar como las cat­acum­bas de Paler­mo, donde miles de cuer­pos momi­fi­ca­dos per­manecen expuestos des­de hace sig­los, no podía escapar a la apari­ción de his­to­rias inqui­etantes y leyen­das oscuras. A lo largo del tiem­po, vis­i­tantes, guías e inclu­so algunos tra­ba­jadores del lugar han con­ta­do expe­ri­en­cias difí­ciles de explicar. Muchas de ellas for­man ya parte del imag­i­nario pop­u­lar de Paler­mo, ali­men­tan­do la rep­utación mis­te­riosa de este lugar.

Algu­nas per­sonas ase­gu­ran que al recor­rer los pasil­los han tenido la sen­sación de no estar com­ple­ta­mente solos. El silen­cio de las galerías, inter­rumpi­do solo por el eco de los pasos, crea una atmós­fera que resul­ta fácil aso­ciar con lo sobre­nat­ur­al. Hay quienes dicen haber sen­ti­do miradas que parecían seguir­les des­de las pare­des. Otros afir­man que cier­tos cadáveres pare­cen haber cam­bi­a­do lig­era­mente de posi­ción entre una visi­ta y otra, algo que prob­a­ble­mente ten­ga expli­ca­ciones mucho más mun­danas rela­cionadas con la con­ser­vación de los cuer­pos o con pequeños movimien­tos provo­ca­dos por la humedad o el dete­ri­oro de los soportes.

Tam­bién exis­ten his­to­rias rela­cionadas con antiguas tradi­ciones locales. Durante sig­los, algu­nas famil­ias acud­ían reg­u­lar­mente a las cat­acum­bas para vis­i­tar a sus pari­entes fal­l­e­ci­dos. Se cuen­ta que habla­ban con ellos, les llev­a­ban flo­res o inclu­so les cam­bi­a­ban la ropa. En cier­to modo, las cat­acum­bas no eran solo un cemente­rio. Eran un lugar donde los muer­tos seguían for­man­do parte de la vida cotid­i­ana.

El declive de las catacumbas y el final de las momificaciones

Ser enter­ra­do en las cat­acum­bas de Paler­mo fue con­sid­er­a­do un priv­i­le­gio social. Las famil­ias más influyentes de la ciu­dad com­petían por con­seguir un espa­cio en sus galerías.

La pro­hibi­ción de mostrar los cuer­pos

Durante sig­los, las cat­acum­bas de los capuchi­nos de Paler­mo fun­cionaron de una for­ma que hoy resul­taría difí­cil de imag­i­nar. No eran sim­ple­mente un cemente­rio sub­ter­rá­neo, sino tam­bién un espa­cio donde los muer­tos per­manecían vis­i­bles para los vivos. Los cuer­pos momi­fi­ca­dos se colo­ca­ban en nichos, col­ga­dos en las pare­des o den­tro de ataúdes abier­tos, y los famil­iares acud­ían reg­u­lar­mente a vis­i­tar­los.

Sin embar­go, esta prác­ti­ca comen­zó a gener­ar cada vez más críti­cas a lo largo del siglo XIX. Las autori­dades san­i­tarias y reli­giosas empezaron a con­sid­er­ar que la exposi­ción públi­ca de cadáveres podía resul­tar insalu­bre, además de poco apropi­a­da des­de el pun­to de vista moral.

Por esa razón, en 1837 se aprobó una nor­ma­ti­va que pro­hibía mostrar los cuer­pos de for­ma abier­ta en las cat­acum­bas.

Una cos­tum­bre difí­cil de erradicar

El prob­le­ma era que, para los habi­tantes de Paler­mo, vis­i­tar a sus muer­tos forma­ba parte de la vida cotid­i­ana. Durante gen­era­ciones, muchas famil­ias habían acu­d­i­do a las cat­acum­bas para ver a sus pari­entes fal­l­e­ci­dos, hablar­les o rezar jun­to a ellos. Los cuer­pos no se con­sid­er­a­ban sim­ples restos humanos ocul­tos bajo tier­ra. En cier­to modo, con­tinu­a­ban for­man­do parte de la comu­nidad.

Por eso, cuan­do las autori­dades inten­taron impon­er la pro­hibi­ción, se encon­traron con una fuerte resisten­cia social. Las famil­ias que habían paga­do grandes sumas de dinero para que sus pari­entes des­cansaran allí no esta­ban dis­pues­tas a renun­ciar a ese con­tac­to visu­al.

La solu­ción llegó en for­ma de un curioso com­pro­miso. En lugar de expon­er los cuer­pos com­ple­ta­mente al aire, muchas famil­ias comen­zaron a uti­lizar ataúdes con pan­e­les de cristal o pequeñas ven­tanas trans­par­entes. De esta for­ma, el cadáver per­manecía den­tro del ataúd —cumplien­do téc­ni­ca­mente con la nor­ma­ti­va— pero seguía sien­do vis­i­ble para quienes acud­ían a vis­i­tar­lo.

Este tipo de ataúdes se volvió bas­tante común en algu­nas galerías de las cat­acum­bas. A través del vidrio podían verse los ros­tros momi­fi­ca­dos, las ropas ele­gantes o los obje­tos per­son­ales que acom­paña­ban al difun­to. El resul­ta­do era una esce­na bas­tante pecu­liar: filas de ataúdes con pequeñas ven­tanas que per­mitían obser­var a los muer­tos, como si se tratara de una exposi­ción silen­ciosa.

Una tradi­ción que lle­ga a su fin

A pesar de estos inten­tos de adaptación, las autori­dades ter­mi­naron imponien­do grad­ual­mente restric­ciones más estric­tas. Las pre­ocu­pa­ciones san­i­tarias y los cam­bios en la men­tal­i­dad social hicieron que esta tradi­ción empezara a pare­cer cada vez más extraña.

Final­mente, en 1882 se tomó una decisión defin­i­ti­va: se pro­hi­bieron los nuevos enter­ramien­tos en las cat­acum­bas.

Con ello se cerra­ba una eta­pa que había dura­do casi tres sig­los. A par­tir de entonces, los nuevos entier­ros comen­zaron a realizarse en cemente­rios con­ven­cionales situ­a­dos fuera de la ciu­dad. Uno de los últi­mos cuer­pos en ser admi­ti­do fue pre­cisa­mente el de Ros­alia Lom­bar­do, en 1920. Después de ese momen­to, las cat­acum­bas dejaron de recibir nuevos cadáveres y pasaron a con­ver­tirse en un lugar históri­co y cul­tur­al.

Hoy en día, el con­jun­to se con­sid­era un mon­u­men­to históri­co y una de las atrac­ciones más pecu­liares de Paler­mo. Y, sin dudar­lo, una de las más impac­tantes.

 

Cómo visitar las catacumbas de Palermo

Las cat­acum­bas de los Capuchi­nos son hoy uno de los lugares más curiosos que pueden vis­i­tarse en Paler­mo. Aunque la expe­ri­en­cia puede resul­tar inqui­etante para algu­nas per­sonas, tam­bién ofrece una opor­tu­nidad úni­ca de cono­cer una tradi­ción funer­aria muy par­tic­u­lar.

Dónde están

Las cat­acum­bas se encuen­tran bajo el Con­ven­to de los Capuchi­nos, en la Piaz­za Cap­puc­ci­ni, a unos 20 min­u­tos cam­i­nan­do des­de el cen­tro históri­co de Paler­mo.

Tam­bién es posi­ble lle­gar fácil­mente en auto­bús o taxi des­de la may­oría de pun­tos de la ciu­dad.

Horar­ios

Lunes a domin­go

Mañana 9.00 – 12.30 (Últi­ma admisión 12.10)

Tarde 15.00 – 17.30 (Últi­ma admisión 17.10)

Pre­cio de la entra­da

El pre­cio es de 5 euros, lo que con­vierte a esta visi­ta en una de las más económi­cas de Paler­mo.

En la entra­da se venden tam­bién pequeñas guías explica­ti­vas para com­pren­der mejor la his­to­ria del lugar. Recuer­da que las entradas se venden úni­ca­mente en taquil­las.

Nor­mas den­tro de las cat­acum­bas

Para preser­var los cuer­pos y el respeto hacia los difun­tos, exis­ten algu­nas nor­mas impor­tantes.

Una de las más impor­tantes es que no está per­mi­ti­do hac­er fotografías den­tro de las galerías. Esta nor­ma pre­tende evi­tar el dete­ri­oro de los restos y tam­bién man­ten­er cier­to respeto hacia quienes des­cansan allí.

Además, se recomien­da man­ten­er un com­por­tamien­to tran­qui­lo y respetu­oso durante la visi­ta.

¿Por qué nos fascinan tanto las catacumbas de Palermo?

Pocas expe­ri­en­cias via­jeras gen­er­an una mez­cla tan inten­sa de curiosi­dad, inco­mo­di­dad y fasci­nación como las cat­acum­bas de Paler­mo. En parte, esto se debe a que esta­mos acos­tum­bra­dos a man­ten­er una cier­ta dis­tan­cia con la muerte. En muchas cul­turas mod­er­nas, los cemente­rios son lugares dis­cre­tos donde los cuer­pos desa­pare­cen ráp­i­da­mente bajo tier­ra.

Las cat­acum­bas rompen com­ple­ta­mente con esa idea.

Aquí los muer­tos siguen vis­i­bles, for­man­do parte del paisaje. Sus ros­tros, sus ropas y sus pos­turas nos recuer­dan con­stan­te­mente que fueron per­sonas reales que vivieron, amaron, tra­ba­jaron y murieron en la ciu­dad. Esa pres­en­cia tan direc­ta resul­ta pro­fun­da­mente per­tur­bado­ra, pero tam­bién increíble­mente humana.

Por eso las cat­acum­bas se han con­ver­tido en uno de los lugares más rep­re­sen­ta­tivos del lla­ma­do tur­is­mo oscuro, una for­ma de via­jar que explo­ra sitios rela­ciona­dos con la muerte, la trage­dia o la his­to­ria más som­bría de la humanidad. Sin embar­go, más allá del mor­bo, vis­i­tar las cat­acum­bas tam­bién invi­ta a reflex­ionar.

Nos recuer­da que la muerte ha sido inter­pre­ta­da de for­mas muy difer­entes a lo largo del tiem­po. Y que, en algunos lugares, el vín­cu­lo con quienes ya no están era mucho más vis­i­ble y cotid­i­ano de lo que sole­mos imag­i­nar.


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