Nápoles — La Italia más auténtica

Napoles

Nápoles. Orgul­losa damisela sureña que encan­di­la con sus embau­cadores encan­tos de sire­na a todo aquel que arri­ba a sus costas. Esa Nápoles que eligió como emba­jado­ra uni­ver­sal a la gran diva ital­iana, Sophia Loren, que pese a nac­er en Roma, se crio en el litoral napoli­tano y gra­cias a pelícu­las como “El oro de Nápoles” llevó la ima­gen de esta ciu­dad por todo el mun­do. Una Nápoles rebelde, incon­formista, micro­mun­do den­tro de ese cos­mos pecu­liar que es Italia, rep­re­sen­tante máx­i­ma del espíritu del sur. Esa Nápoles que aparece retrata­da en las postales de cartón como un paraí­so marinero baña­do por las aguas añiles del mar Mediter­rá­neo y al mis­mo tiem­po, vilipen­di­a­da por la mala fama que le acom­paña.

Son muchos los que la temen, los que no se atreven a perder­se entre sus caóti­cas calle­jue­las. Y otros tan­tos, como yo, que caí­mos ren­di­dos sin reme­dio a sus encan­tos nada más pis­ar­la. En mi caso fue amor a primera vista. Pocas veces he queda­do tan fasci­na­da por una ciu­dad. Supon­go que cuan­do acabes de leer este rela­to, tal vez te extrañe esta afir­ma­ción pero es este un des­ti­no paradóji­co, al que se le ama o se le odia, sin tér­mi­no medio. Yo regresé a casa enam­ora­da has­ta el tué­tano. 

Cuan­do era jovenci­ta y pens­a­ba en cono­cer Italia, me imag­in­a­ba ante el Col­iseo de Roma, pase­an­do entre los canales de Vene­cia o toman­do un café en la ter­raza de cualquier pueblecito de la Toscana. Pero sobre todo, me imag­in­a­ba a mí mis­ma en Nápoles, per­di­da en sus calle­jones con olor a sal, abru­ma­da por los gri­tos de los vende­dores (¡ma che cosa fai!), comien­do una piz­za espon­josa a la oril­la del mar. Nápoles rep­re­senta­ba para mí esa Italia desver­gon­za­da del sur que tan poco tiene que ver con la del norte. No obstante, has­ta cuen­tan con su pro­pio idioma, el napoli­tano, y muchos de sus ciu­dadanos, cuan­do salen de Nápoles y via­jan “hacia arri­ba”, con­sid­er­an que “van ahí fuera, a Italia”. Yo os ase­guro que después de haber cono­ci­do varias ciu­dades ital­ianas, creo que ningu­na me ha impre­sion­a­do tan­to como Nápoles. Nadie como ella para mostrar la Italia más pro­fun­da, la más de ver­dad, la que yo no cam­biaría por ningu­na otra.

Barrio Español

Llegábamos a Nápoles un sába­do por la mañana, tras dos horas y medio de trayec­to en avión des­de Madrid. Nada más salir del aerop­uer­to Capodichi­no y pon­er un pie en la acera del exte­ri­or de la ter­mi­nal, entendi­mos esa famosa frase de que “en Nápoles te parece no estar en Europa”. Como nos ha pasa­do tan­tas veces en Cen­troaméri­ca o el Sud­este Asiáti­co, se nos ech­a­ba enci­ma una avalan­cha de taxis­tas (muchos de ellos no ofi­ciales) ofre­cien­do sus ser­vi­cios de coche com­par­tido, a seis euros por per­sona. Esta sólo fue una de las muchas veces que nos pare­ció sen­tirnos en Mar­rue­cos…

Mi recomen­dación es que hagáis como nosotros (y como la may­oría de los pasajeros). No os com­pliquéis la exis­ten­cia y usad el ser­vi­cio de Alibus, el auto­bús que enlaza el aerop­uer­to con el cen­tro de Nápoles. El trayec­to cues­ta cin­co euros y se tar­da, si el trá­fi­co lo per­mite, poco más de 20 min­u­tos en lle­gar a la Piaz­za Garibal­di. Puedes com­prar los bil­letes en el aerop­uer­to o direc­ta­mente en el auto­bús.

De camino al cen­tro, atrav­es­an­do los sub­ur­bios de la ciu­dad, comien­zas a con­tem­plar la cara más oscu­ra de Nápoles. Que la tiene, no hay que escon­der­la y es nece­sario hablar de ella. Porque la pobreza, el desem­pleo y las desigual­dades sociales son evi­dentes como en pocos lugares de Europa: val­ga el dato de que los nive­les del paro trip­li­can a los de las ciu­dades del norte. Calles comi­das por la basura, per­ros vagabun­de­an­do, fachadas descas­car­il­ladas, coches aban­don­a­dos, tien­das cer­radas. Esa es la primera ima­gen que, como un latiga­zo, te azo­ta al lle­gar aquí. El dra­ma del sur ital­iano, con casi medio mil­lón de tra­ba­jadores irreg­u­lares y la pan­demia local de la Camor­ra, la mafia que extor­siona a los sufri­dos dueños de los nego­cios locales y que tan­to daño ha hecho. Y sigue hacien­do.

Napoles

Con este panora­ma, puedes casi enten­der a muchos via­jeros que lle­garon a Nápoles y se les quitaron las ganas de regre­sar. Insis­to en que no ha sido nue­stro caso, quizás porque nos habían espan­ta­do tan­to con adver­ten­cias apoc­alíp­ti­cas de lo dura que era esta ciu­dad para el que lle­ga de fuera que al final debi­mos recono­cer que no es tan fiero el león como lo pin­tan. Creo que Nápoles puede lidiar con todos esos prob­le­mas de delin­cuen­cia que no hay que obviar pero en la prác­ti­ca, seamos jus­tos, nosotros no tuvi­mos en ningún momen­to sen­sación de peli­gro, pese a andar muchas noches por calle­jones que a pri­ori pare­cerían poco recomend­ables.

El mejor con­se­jo que puedo dar es ten­er sen­ti­do común, el mis­mo que ten­drías en otras grandes ciu­dades: inten­tar lle­var el bol­so cruza­do (en Nápoles es bas­tante común lo de los tirones des­de motos), no ir paseán­dote con una cámara de fotos de mil euros o enjoy­a­do has­ta el esófa­go. Pero es que no hay que ser Ein­stein para darse cuen­ta que esta es la acti­tud lóg­i­ca cuan­do via­jas, da igual el des­ti­no. Os ase­guro que no he pasa­do más miedo pase­an­do por Nápoles, inclu­so de noche, que por El Raval de Barcelona. Sim­ple­mente hay que evi­tar los bar­rios con­flic­tivos, caso de Scampia, pero eso es como adver­tirte de que no vayas en Sevil­la a las Tres Mil Vivien­das: una obviedad.

 

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Alo­jamien­to

 

Del asun­to de la seguri­dad hablaré a lo largo de este post pero ya que hemos men­ciona­do el tema de los bar­rios, aprove­cho para recomen­darte Chi­a­ia para bus­car alo­jamien­to. Es el bar­rio más chic de la ciu­dad (la ver­sión napoli­tana del madrileño bar­rio de Sala­man­ca), donde se acu­mu­lan las tien­das de ropa de mar­ca y los antigu­os palacetes. Es la zona más ele­gante de Nápoles, con restau­rantes caros y mujeres octo­ge­nar­ias pase­an­do a sus per­ros minús­cu­los. Cier­to es que se supone que aquí es donde los pre­cios de los hote­les son los más altos. Pero en gen­er­al Nápoles nos pare­ció bas­tante bara­to, por lo que insis­to en que os quedéis en esta zona, que además está bien comu­ni­ca­da en metro con otras partes de la ciu­dad y a un paso del paseo marí­ti­mo. Además, el paseo has­ta el cen­tro (área del Bar­rio Español) no es demasi­a­do largo, unos veinte min­u­tos. Y hay un mon­tón de locales chu­los para com­er, aparte de esos restau­rantes más caros de los que os habla­ba.

En Italia está muy exten­di­da la alter­na­ti­va del bed & break­fast y esta fue la opción que elegi­mos. El B&B Mar­tuc­ci Avenue está a ape­nas cin­co min­u­tos andan­do del metro de Piaz­za Amadeo, en un edi­fi­cio seño­r­i­al con un amplio patio inte­ri­or. La noche salía a 63 euros con desayuno inclu­i­do (el desayuno con­sta­ba de un café y un bol­lo recién hecho, fru­gal pero riquísi­mo). Nues­tra habitación era enorme y tenía de todo, nev­era, hervi­dor, una mesa con dos buta­cas para desayu­nar, sofá y un pequeño bal­cón que daba a la calle. El dueño, Mar­co, fue de lo más amable y nos dio un mapa y un mon­tón de recomen­da­ciones. En la mis­ma calle teníamos un pequeño super­me­r­ca­do que nos vino estu­pen­do para com­prar agua y algo de fru­ta fres­ca.

B&B Martucci Avenue

 

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Moverse por Nápoles

 

¿Cómo mover­nos en Nápoles? Mi recomen­dación es que si estás unos cuan­tos días en la ciu­dad y el tiem­po te lo per­mite, lo hagas andan­do. Nápoles es una ciu­dad de cues­tas, de subidas y bajadas, de largas avenidas y, al mis­mo tiem­po, calle­jones estrechísi­mos, pla­zo­le­tas escon­di­das y un dis­eño abso­lu­ta­mente caóti­co y laberín­ti­co. Es por ello que la mejor man­era de des­cubrir­la es cam­i­nan­do. Sé que es un con­se­jo que os doy siem­pre al lle­gar a una ciu­dad inex­plo­ra­da (¡cam­i­nad, cam­i­nad y cam­i­nad!) pero en este caso mi insis­ten­cia se dupli­ca. Además, aunque Nápoles sea una ciu­dad enorme, el cen­tro urbano, donde se acu­mu­lan las prin­ci­pales atrac­ciones turís­ti­cas, es fácil­mente acce­si­ble a pie.

Aún así, tam­poco sería raro que vayas a tirar en algún momen­to del metro (la met­ro­pol­i­tana, como lo cono­cen los napoli­tanos). El metro de Nápoles con­s­ta sólo de dos líneas. El pre­cio del bil­lete es de poco más de un euro, bas­tante bara­to si lo com­para­mos con otras ciu­dades euro­peas. Recor­dad que cuan­do com­préis el bil­lete, luego debéis val­i­dar­lo en una maquini­ta como la que veis aquí aba­jo, es impor­tante porque si pasa el revi­sor y no habéis pic­a­do el bil­lete, cae mul­ta. 

Metro Napoles

El metro de Nápoles está con­sid­er­a­do uno de los más curiosos del mun­do gra­cias al proyec­to Stazioni del­l’arte, medi­ante el cual se restau­raron quince esta­ciones para acer­car el arte con­tem­porá­neo a locales y tur­is­tas. Algu­nas de ellas, como la de Munici­pio, exhiben además restos arque­ológi­cos encon­tra­dos durante difer­entes excava­ciones (me recordó bas­tante a lo que vi en su día en el metro de Ate­nas). La más espec­tac­u­lar es la estación de Tole­do, dis­eña­da por el español Oscar Tus­quets.

Metro Toledo Napoles

Eso sí, lo que nun­ca, nuu­un­ca recomen­daría en Nápoles es moverse en coche. Si por lo que sea habéis lle­ga­do has­ta aquí en coche de alquil­er o pro­pio, dejad­lo meti­do en un gara­je y olvi­daos de él has­ta que os vayáis. Como ejem­p­lo os dejo el vídeo de aquí aba­jo, graba­do en la Piaz­za Garibal­di, una de las más tran­si­tadas de la ciu­dad. Como veis, las imá­genes hablan por sí solas. No se respetan semá­foros ni ceda el paso ni pasos de cebra ni pri­or­i­dad de peatones ni nada de nada. La ley del más fuerte. No sólo vas a acabar con­ducien­do ata­ca­do de los nervios y dis­cutien­do con otros con­duc­tores (que, te ase­guro, están más acos­tum­bra­dos que tú a hac­er pir­u­las) sino que enci­ma vas a tar­dar el doble en lle­gar a cualquier sitio que si vas cam­i­nan­do o en trans­porte públi­co.

Otra opción es usar alguno de los cua­tro funic­u­lares (Chi­a­ia, Mergel­li­na, Mon­te­san­to y Cen­tral) que conectan con la parte alta de Nápoles. Es la for­ma más cómo­da de subir has­ta el Castil­lo de San Elmo y obten­er unas bue­nas vis­tas de la bahía de Nápoles. 

 

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Lun­go­mare di Napoli

 

Si queréis comen­zar a cono­cer la ciu­dad por un lugar de lo más agrad­able, yo lo haría por donde empezamos nosotros: el paseo marí­ti­mo o lun­go­mare di Napoli. Son tres kilómet­ros de aveni­da, bor­de­an­do el mar Mediter­rá­neo y con unos atarde­ceres esplén­di­dos. Nápoles no cuen­ta con playas nat­u­rales ya que cuan­do se con­struyó el paseo se crearon arrecifes y espigones arti­fi­ciales pero a cam­bio se con­sigu­ió un paseo que se suele cer­rar a menudo al trá­fi­co, para ale­gría de los transeúntes, y que es uno de los lugares más tran­si­ta­dos de la ciu­dad.

Se divide en varias zonas, sien­do la del puer­to de Mergel­li­na la que con­ser­va ese ambi­ente marinero y de pescadores tan entrañable. En el extremo opuesto, en el área de Nazario Sauro, es donde se dan cita los restau­rantes más exclu­sivos o algunos de los hote­les más lujosos de Nápoles, como el Grand Hotel Vesu­vio. 

Napoles

 

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Vesubio

 

Hablan­do del Vesubio, él será pro­tag­o­nista del rela­to de nues­tra visi­ta a Pom­peya en otro post pero debe­mos dejar­le aquí tam­bién un hue­co. Era imposi­ble igno­rar­le mien­tras paseábamos y lo divisábamos en la dis­tan­cia, espe­cial­mente bajo ese cielo tan ame­nazador. A fin de cuen­tas, está cerquísi­ma de la ciu­dad, ape­nas nueve kilómet­ros. Los napoli­tanos pare­cen más que acos­tum­bra­dos a con­vivir con el que está con­sid­er­a­do el vol­cán más peli­groso del mun­do, ya que vive rodea­do de tres mil­lones de per­sonas. Es el úni­co vol­cán de la Europa no isleña (en Sicil­ia o nues­tra ama­da isla de La Pal­ma tam­bién han sufri­do la furia de la lava) que ha vivi­do erup­ciones en los últi­mos cien años, la últi­ma en 1944. 

Vesubio

 

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Vil­la Comu­nale

 

Villa Comunale

Un oasis de paz den­tro de Nápoles y cer­ca del mar es la Vil­la Comu­nale, un par­que antiquísi­mo que aunque a pri­ori parece algo des­cuida­do (como todo en esta ben­di­ta ciu­dad), a mí me pare­ció que con­serv­a­ba muchísi­mo encan­to. En for­ma de aveni­da, en dicho par­que se remem­o­ra la época romana con copias de escul­turas de aque­l­la época; además, con­s­ta de varias fuentes (para mí la más boni­ta la del Rap­to de las Sabi­nas), inspi­radas tam­bién la época clási­ca, bus­tos de per­son­ajes influyentes napoli­tanos, un obelis­co y algunos tem­p­los del siglo XIX como el de Torqua­to Tas­so y Vir­gilio. Este de aquí arri­ba es el bel­lísi­mo quiosco de músi­ca Cas­sa Armon­i­ca, donde durante bas­tantes años toca­ba al aire libre la Ban­da Munic­i­pal de Nápoles. Frente a él se encon­tra­ba el Cafe Vac­ca, el primer café lit­er­ario napoli­tano y que desafor­tu­nada­mente fue destru­i­do por los bom­bardeos de la Segun­da Guer­ra Mundi­al.

 

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Cas­tel del­l’O­vo

 

Castillo Napoles

 

Nápoles es una ciu­dad vol­ca­da al mar, no sólo geográ­fi­ca­mente hablan­do. Su puer­to, el más impor­tante del país, da tra­ba­jo a más de 5.000 per­sonas y es eje bási­co de la economía de la ciu­dad. Además, aquí lle­gan muchísi­mos cruceros car­ga­dos de tur­is­tas que vienen a vis­i­tar Nápoles, Pom­peya y algunos de los pueb­los de la cos­ta amal­fi­tana. Uno de los lugares en los que más se fotografían (no obstante, es la primera ima­gen que se encuen­tran al lle­gar en bar­co) es el Cas­tel del­l’O­vo o Castil­lo del Hue­vo. Se cree que se lla­ma así por la exis­ten­cia de un hue­vo mági­co en sus maz­mor­ras y cuya rotu­ra supon­dría infinidad de des­gra­cias para la ciu­dad. Actual­mente las salas inte­ri­ores se encuen­tran vacías, ya que en algu­nas oca­siones se usan para difer­entes even­tos. El acce­so es gra­tu­ito.

 

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Castil­lo Nue­vo

 

Castillo Napoles

 

El otro gran castil­lo napoli­tano es el Mas­chio Angioino, el Castil­lo Nue­vo, que pese a su nom­bre, tiene una antigüedad de más de 800 años: se le llamó así para difer­en­cia­r­lo de los dos castil­los ante­ri­ores, el Cas­tel del­l’O­vo y el Cas­tel Capuano. Con­stru­i­do en un tiem­po récord (cin­co años), rodea­do por un foso y com­puesto por cin­co inmen­sos torre­ones, el castil­lo vivió su época de may­or bril­lo bajo el gob­ier­no de un rey español, Alfon­so V, quien se ocupó de su restau­ración, bus­can­do con­ver­tir­lo en una for­t­aleza abier­ta al mar pero cer­ra­da al resto de la ciu­dad. Dicho monar­ca mandó con­stru­ir el ele­gante arco mon­u­men­tal que se ubi­ca entre las dos tor­res de entra­da y con el que debiera pre­tender equipararse a antigu­os emper­adores romanos como Julio César.

Sin embar­go, cuan­do Nápoles volvió a caer en manos de la coro­na españo­la años después, al castil­lo se le despo­jó de su esta­tus de res­i­den­cia real y pasó a con­ver­tirse en una mera for­t­aleza mil­i­tar. Per­di­do el boa­to de antaño, sufrió durante años saque­os y aban­dono, has­ta que la ciu­dad decidió recu­per­ar­lo como sede del Museo Cívi­co. 

Si quieres vis­i­tar el castil­lo, la entra­da cues­ta 6 euros y está abier­to de lunes a sába­do. 

 

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La Nápoles españo­la

Pocas ciu­dades en el mun­do con­ser­van en su haber tan­ta influ­en­cia del impe­rio español. Y es que el que fue reino de Nápoles perteneció durante cer­ca de dos sig­los a España, primero a la Coro­na de Aragón, luego a los Aus­trias y después a los Bor­bones. Durante aquel peri­o­do Nápoles no sólo era la ciu­dad más rica de Italia sino tam­bién una de las más pobladas de Europa. En los astilleros de Castel­la­mare se con­struyó el primer bar­co de vapor del Viejo Con­ti­nente, en Nápoles se dis­eñó el primer fer­ro­car­ril de Italia, se real­izó una orga­ni­za­da vac­u­nación masi­va con­tra la viru­ela y se llenó la ciu­dad de teatros, man­siones y pala­cios. Pese a que actual­mente haya alguno que culpe a los españoles del atra­so que en muchos aspec­tos vive esta ciu­dad (y en parte algo de razón tienen pues durante dicho peri­o­do se reprim­ió bas­tante la lib­er­tad de pen­samien­to), lo cier­to es que la bel­la Napoli nun­ca vivió tal época de esplen­dor como la del siglo XIX y la may­oría de los napoli­tanos te reciben con una son­risa de ore­ja a ore­ja cuan­do les dices que vienes de España.

Los difer­entes vir­reyes que fueron pasan­do por Nápoles se rodearon antaño de un buen puña­do de mece­nas, nobles en su gran may­oría, que con­tribuyeron a enrique­cer las colec­ciones de arte napoli­tanas. Castil­los y pala­cios se vieron inva­di­dos por cuadros, tapices y escul­turas, dejan­do en heren­cia un vastísi­mo pat­ri­mo­nio que a día de hoy está con­sid­er­a­do de los más impor­tantes del mun­do. Fue la esplen­dorosa época del Sei­cen­to Napo­le­tano, cuan­do las famil­ias ric­as se gasta­ban autén­ti­cas for­tu­nas en finan­ciar no sólo a los artis­tas locales, espe­cial­mente a los arqui­tec­tos, sino tam­bién trayen­do a la ciu­dad a artis­tas de otros lugares como Car­avag­gio. Además, no deja­ban de expor­tar obras de arte a otros lugares del mun­do: muchas de ellas pueden admi­rarse en el Museo del Pra­do, sin ir más lejos.

La huel­la prin­ci­pal españo­la (y además la más vis­i­ble) es el pro­pio dis­eño de Nápoles como ciu­dad. Aún con­tinúa sien­do la arte­ria más impor­tante de la ciu­dad la Via Tole­do, que con­struyó Pedro de Tole­do para comu­nicar el recin­to de la corte con la ciu­dad antigua, y se mantiene como edi­fi­cio indis­pens­able el Pala­cio Real de Nápoles, hog­ar de la coro­na españo­la, así como el Museo Arque­ológi­co, que mandó con­stru­ir el conde de Lemos. A lo largo de las avenidas, se puede admi­rar la suce­sión inter­minable de palacetes de aque­l­la época. Y las mujeres napoli­tanas, cuan­do lle­ga el calor del ver­a­no, sacan sus insep­a­ra­bles aban­i­cos.

 

 

 

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Bar­rio Español

El Bar­rio Español o Quartieri Spag­no­li se lla­ma así porque se creó en el siglo XVI con la idea de dar alo­jamien­to a los mil­itares españoles encar­ga­dos de man­ten­er el orden en la ciu­dad. Ya entonces era un bar­rio con­flic­ti­vo (en real­i­dad son tres bar­rios, San Fer­di­nan­do, Avvo­ca­ta y Mon­te­cal­vario) y su mala fama, crea­da por esos mis­mos sol­da­dos que aquí bus­ca­ban la diver­sión en for­ma de bebi­da, juego y pros­ti­tu­tas, ha sido una con­stante des­de su nacimien­to. Hoy, cin­co sig­los más tarde, con­tinúa sien­do un lugar en el que muchos via­jeros pre­fieren no aden­trarse. Se lim­i­tan a pasear por la larguísi­ma aveni­da de Via Tole­do, siem­pre ates­ta­da de gente por ser una de las arte­rias com­er­ciales más impor­tantes de la ciu­dad, pero la gran may­oría pre­fiere no entrar en el Bar­rio Español, al que deben ver como una especie de Bronx a la ital­iana con cuer­ni­tos, rabo y un tri­dente.

Nosotros, como vamos siem­pre con­tra­cor­ri­ente, fue el segun­do lugar al que fuimos en nue­stro primer día en Nápoles. Y además, de noche. Cen­amos allí y decidi­mos dar después una vuelta para tomar un primer pul­so al bar­rio. Si la cosa pinta­ba tan mal, mejor saber­lo des­de el prin­ci­pio. Y qué queréis que os diga, veía poca difer­en­cia con la sen­sación que tienes cuan­do paseas por una med­i­na de Mar­rue­cos. Vamos, que estu­vi­mos metién­donos por calle­jones oscuros bus­can­do una cerve­cería arte­sanal que Juan llev­a­ba ano­ta­da y no sen­ti­mos inse­guri­dad en ningún momen­to. Es más, mi may­or pre­ocu­pación era no verme arrol­la­da por cualquiera de las motos que, con tres o cua­tro ocu­pantes a bor­do (y, por supuesto, sin cas­co), tran­si­tan por la acera sin ningún tipo de respeto por los peatones que debe­mos cam­i­nar arañan­do la pared. De hecho, cuan­do volví a España, fui un día a com­er a uno de mis restau­rantes habit­uales en Madrid, el Pic­co­la Napoli, y cuan­do comenta­ba con el dueño, un napoli­tano de pura cepa, el miedo que te metían en el cuer­po para que no entraras allí, me hizo un gesto bas­tante expre­si­vo que podríamos tra­ducir como… ¡paparruchas! y me con­testó una gran ver­dad “¡pero si de noche es un sitio mucho más tran­qui­lo que Lava­piés!”

Barrio Español

Regre­samos al Bar­rio Español, ya de día, en las jor­nadas pos­te­ri­ores porque nos habíamos queda­do fasci­na­dos con la vida que allí se res­pira­ba. En el sen­ti­do más amplio de la pal­abra. Tan­ta ropa ten­di­da en los bal­cones que cues­ta ver un cachi­to de cielo, mamás en bata y zap­atil­las que char­lan en la puer­ta de las casas o bar­reños con fru­ta y ver­du­ra que se izan des­de las ven­tanas ata­dos a una cuer­da. Han sobre­vivi­do al paso del tiem­po los bassi (bajos), minús­cu­las vivien­das de una sola habitación en la que con­vivían famil­ias de diez o doce miem­bros en condi­ciones deplorables. Aunque muchos siguen dan­do cobi­jo a veci­nos napoli­tanos, otros tan­tos se han recon­ver­tido en taber­nas, restau­rantes dimin­u­tos, talleres arte­sanales donde aún se fab­ri­can a mano zap­atos, bol­sos o cin­tur­ones y establec­imien­tos de ali­mentación al esti­lo de los ultra­mari­nos.

¿Ponemos en duda el prob­le­ma que se ha vivi­do aquí durante años por la pres­en­cia de la Camor­ra o los altos nive­les de delin­cuen­cia del sur de Italia? En abso­lu­to. Pero al mis­mo tiem­po creemos que Nápoles arras­tra una fama injus­ta de ciu­dad peli­grosa que no creamos que merez­ca (o, al menos, no has­ta el pun­to en que se la pub­lici­ta). Pese a que en el pro­pio cen­tro sean habit­uales imá­genes como esta.

Napoles
La suciedad es uno de los grandes prob­le­mas de Nápoles

Evi­den­te­mente, meterte en bar­rios de los sub­ur­bios como Scampia no es de ser temer­ario, es de ser gilipol­las. Pero en el cen­tro, Bar­rio Español inclu­i­do, insis­to en que nosotros no tuvi­mos prob­le­ma ninguno. De hecho, nos llamó bas­tante la aten­ción ver una pres­en­cia poli­cial bas­tante impac­tante (en el paseo marí­ti­mo, el sába­do que lleg­amos nos cruzamos con un mon­tón de “lecheras” con agentes antidis­tur­bios y era habit­u­al ver a mil­itares arma al hom­bro patrul­lan­do por las calles). En nue­stro caso, coin­cidi­mos siem­pre con gente ama­bilísi­ma y de lo más hos­pi­ta­lar­ia, napoli­tanos humildes que dis­fru­tan lo indeci­ble de char­lar un rato con cualquiera que ven­ga de fuera. Irse de Nápoles sin perder­se en el Bar­rio Español, en defin­i­ti­va, es irse sin cono­cer el Nápoles de ver­dad.

 

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Pul­cinel­la

Aunque el car­naval vene­ciano sea el más famoso de Italia, Nápoles vive con extrema pasión cada año su car­naval, espe­cial­mente en el bar­rio de Vomero, donde has­ta muchos per­ros salen dis­fraza­dos.  Si hay un per­son­aje que no sólo es el emble­ma del car­naval napoli­tano sino de la propia ciu­dad en sí, este es Pul­cinel­la (a quien los españoles cono­ce­mos como Polichinela), de quien se dice que nació de un hue­vo y su for­ma de andar emu­la la de un pol­li­to (de ahí deri­va su nom­bre, de pul­licinel­lo). Esta figu­ra tan míti­ca (pese a su ori­gen rur­al caló pro­fun­da­mente en los bar­rios urban­i­tas) a fin de cuen­tas tiene mucho de napoli­tana: un per­son­aje que siem­pre está sin dinero pero se vale de su inge­nio y astu­cia para con­seguir lo que desea. 

Pulcinella Napoles

A par­tir del siglo XVIII la com­me­dia dell’arte (teatro que le vio nac­er) comen­zó a decaer pero el per­son­aje de Pul­cinel­la con­tin­uó más vivo que nun­ca en la cul­tura napoli­tana, espe­cial­mente gra­cias a los titiriteros, que seguían rep­re­sen­tan­do sus obras en las plazas. En su hon­or se erige en el cen­tro históri­co de Nápoles, en Vico del Fico al Pur­ga­to­rio (ojo que es fácil pasar­lo por alto, está en un calle­jón oscuro), este bus­to obra de Lel­lo Espos­i­to (hay otra estat­ua de Pul­cinel­la del mis­mo autor en la para­da de metro de Sal­va­tor Rosa). Como veis, la nar­iz está des­gas­ta­da porque dice la leyen­da que has de fro­tar­la para que atraigas la bue­na for­tu­na.

 

 

 

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Altares calle­jeros

 

Barrio Español

Barrio Español

Estas dos imá­genes de aquí arri­ba son una con­stante en las calles napoli­tanas. Y es que esta es una ciu­dad que rinde cul­to a sus fal­l­e­ci­dos has­ta pun­tos nun­ca vis­tos; de hecho, la todopoderosa igle­sia ital­iana con­sid­era que estos cul­tos rozan la here­jía y a finales de los años 60 lanzó un edic­to cen­suran­do dichas prác­ti­cas. Vayas por donde vayas, te encuen­tras fachadas for­radas de esque­las que, emu­lan­do a los carte­les pub­lic­i­tar­ios en épocas de elec­ciones, luchan por con­seguir un hue­co en el muro de turno. 

Por otro lado están los altares y capil­las impro­visadas que se encuen­tran en cada esquina. Con ellos los napoli­tanos, tan super­sti­ciosos, no sólo ven­er­an a sus san­tos y madon­nas sino tam­bién a ído­los locales, por lo que la reli­giosi­dad se mez­cla con el pagan­is­mo sin ningún tipo de tapu­jo. Se jac­tan los napoli­tanos de con­tar con más de 50 san­tos que les dan cobi­jo y paz espir­i­tu­al pero el que desta­ca entre todos ellos es San Genaro. Pre­sentes en estas calles des­de el siglo XVI, los altares han sido la mues­tra del deseo de los napoli­tanos de con­tar con la pro­tec­ción de un ser divi­no que les pro­te­giese de catástro­fes como la que bor­ró del mapa a Pom­peya (y es que vivir a la som­bra del Vesubio y su ame­naza con­stante hace creyente has­ta al más agnós­ti­co).

 

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Diego Arman­do Maradona

 

Luego está el caso inau­di­to de Maradona, a quien aquí direc­ta­mente se le conoce como Dios y que vivió en Nápoles siete años, des­de 1984 a 1991. La huel­la que dejó el fut­bolista argenti­no ya era enorme pero después de su fal­l­ec­imien­to, la figu­ra del Pelusa se agrandó aún más en el sub­con­sciente napoli­tano. En un país donde el fút­bol lo es todo, la lle­ga­da de Maradona al Napoli en el año 1984 fue el acon­tec­imien­to social más impor­tante para esta ciu­dad en el siglo XX: 70.000 per­sonas core­aron su nom­bre cuan­do se le pre­sen­tó ofi­cial­mente como jugador en el esta­dio de San Pao­lo. En una liga dom­i­na­da por los equipos norteños, el pequeño gran astro argenti­no con­sigu­ió para los napoli­tanos dos Scud­et­tos (los úni­cos de la his­to­ria del club), una Copa, una Super­co­pa y una Copa de la UEFA. Casi nada.

Napoles Maradona

El día que murió Maradona, el 25 de Noviem­bre de 2020, Nápoles entera se echó a la calle para llo­rar el fal­l­ec­imien­to de su héroe. El alcalde de la ciu­dad anun­ció que el esta­dio del Napoli pasaría a lla­marse Diego Arman­do Maradona y miles de per­sonas se reunieron ante los murales de Maradona, repar­tidos por difer­entes pun­tos de la ciu­dad, para lle­var velas y lan­zar ben­galas. Des­de entonces, la figu­ra de Maradona es una con­stante en estas vie­jas calles. Se venden todo tipo de sou­venirs, en espe­cial su míti­ca camise­ta con el número 10, se lev­an­tan altares en su hon­or y en lugares como el bar Nilo (con­sid­er­a­do el “tem­p­lo marado­niano”) exhiben con orgul­lo un mechón de cabel­lo del fut­bolista. Este y la Bode­ga de D10S, en el Bar­rio Español, son des­ti­nos de pere­gri­na­je de fut­boleros de todo el mun­do. La ciu­dad vive una maradona­manía tan bru­tal que has­ta las agen­cias locales ofre­cen tours inspi­ra­dos en Maradona.

 

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Nápoles Sub­ter­ránea

 

Napoles Subterranea

 

Hablan­do de tours. Quien no sufra de claus­tro­fo­bia tiene la opción de hac­er la visi­ta Nápoles Sub­ter­ránea. Para ello hay que ir has­ta la Piaz­za Gae­tano 68 y pre­vio pago de 10 euros, apun­tarse a una de las vis­i­tas guiadas que salen cada dos horas y recor­ren el laber­in­to que yace en el sub­sue­lo napoli­tano. Durante hora y media se recorre parte de los inter­minables túne­les que ser­pen­tean a 40 met­ros de pro­fun­di­dad y que sirvieron de refu­gio a miles de ciu­dadanos en la Segun­da Guer­ra Mundi­al, que pre­tendían escapar aquí de los bom­bardeos. Hay que recor­dar que Nápoles fue arrasa­da por las tropas nazis, que que­maron cien­tos de edi­fi­cios e hicieron todo tipo de bar­bari­dades a la población. Nápoles fue la primera gran ciu­dad euro­pea en sub­l­e­varse con­tra sus opre­sores; el méri­to es may­or si ten­emos en cuen­ta que fueron los pro­pios ciu­dadanos, sin ape­nas armas ni ayu­da de la policía ni ejérci­to local, quienes lograron expul­sar a las tropas fascis­tas.

⭐ Hay otra visi­ta bas­tante intere­sante, la de la Galería Bor­bóni­ca, en la que se recorre un túnel que va des­de la Plaza del Plebisc­i­to has­ta la Plaza Vit­to­ria. La mandó con­stru­ir el rey Fer­nan­do II como ruta de evac­uación de la realeza en caso de emer­gen­cia. Después, lle­garía a servir como refu­gio de los napoli­tanos en la Segun­da Guer­ra Mundi­al y a par­tir de los años 70, como impro­visa­do almacén de reci­cla­je de lo que el ayun­tamien­to había ido encon­tran­do tras los bom­bardeos. Hace unos 20 años se abrió al públi­co como atrac­ción turís­ti­ca y hoy se ofre­cen vis­i­tas de una hora de duración, durante las cuales se recorre el kilómetro y medio de galería. En ella se pueden ver entre otros enseres una vas­ta colec­ción de coches antigu­os que quedaron aban­don­a­dos. Las entradas (10 euros) pueden adquirirse sin reser­va pre­via en Vico del Grot­tone 4. 

 

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La calle de los belenes

 

A veces puede ser un poco ago­b­iante, espe­cial­mente si vienes en fin de sem­ana, pero no te puedes ir de Nápoles sin haber venido a la Via San Gre­go­rio Armeno, una pequeña calle estrecha y ates­ta­da de gente que se acer­ca a cono­cer uno de los lugares más pecu­liares del mun­do. Y es que si en el resto de país­es los mer­cadil­los navideños sólo pueden dis­fru­tarse en Diciem­bre, aquí las tien­das de belenes abren todo el año: aunque parez­ca raro, vas a encon­trar estas 50 tien­das fun­cio­nan­do en pleno ver­a­no. Eso sí, no busques guir­nal­das ni arboli­tos ni a Papa Noel. Aquí lo que se venden son pre­sepi (pese­bres): se dice que aunque hayas naci­do aquí, poco napoli­tano eres si en casa no tienes un belén en mitad del salón. Nápoles se enorgul­lece de ser la ciu­dad donde nacieron los belenes en el siglo XV, gra­cias a los nobles que extendieron su pop­u­lar­i­dad al comen­zar a mon­tar­los en sus lujosas res­i­den­cias.

Napoles belenes

La may­oría de las tien­das son nego­cios famil­iares que han ido heredán­dose de gen­eración en gen­eración. Todo es arte­sanal, hecho con el may­or de los car­iños, y hay fig­uras que son autén­ti­cas obras de arte. Algunos de ellos lle­gan a costar cer­ca de 5.000 euros, aunque no te pre­ocu­pes, que los hay más ase­quibles. Además, no sólo vas a encon­trar fig­u­ri­tas del niño Jesús, la Vir­gen María, San José y los Reyes Magos. Aho­ra se ha puesto de moda hac­er fig­uras de per­son­ajes famosos, des­de Fred­die Mer­cury a Mar­i­lyn Mon­roe, Michael Jack­son, Don­ald Trump o Raf­fael­la Car­rá. Y Maradona, claro.

 

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Más de 400 igle­sias

 

¿Sabes que Nápoles es la ciu­dad del mun­do con más igle­sias? Más de 400, que se dice pron­to. Los napoli­tanos son exager­ada­mente reli­giosos, de hecho la Cat­e­dral la visi­ta­mos un domin­go por la mañana y com­pro­bamos que no cabía un alfil­er. Esta­ba has­ta arri­ba de famil­ias que venían a misa con sus mejores galas (y es que aquí, como en muchos pueb­los de Andalucía, aún parece lle­varse lo de “vestirse de domin­go”, cos­tum­bres más que arraigadas).

Es pre­cisa­mente la cat­e­dral, el Duo­mo o la cat­e­dral de San­ta María, el tem­p­lo más impre­sio­n­ante de la ciu­dad. Con­stru­i­da en el siglo XIV pero restau­ra­da en difer­entes oca­siones (de hecho su facha­da es de esti­lo neogóti­co), en mi opinión es de las más boni­tas de Italia. Vive su día grande el 19 de Sep­tiem­bre, cuan­do se cel­e­bra la onomás­ti­ca de San Genaro, el patrón de Nápoles. Ese día se supone que acon­tece el mila­gro de que la san­gre del san­to, guarda­da en el inte­ri­or de la igle­sia, se vuelve líqui­da… y si eso no ocurre, acon­tec­imien­tos funestos esper­an a la vuelta de la esquina. En real­i­dad, el asun­to tiene tru­co: el tar­ri­to se agi­ta con ímpetu y ¡ohlalá! la san­gre se licua.

Catedral Napoles

Si la cat­e­dral es boni­ta por fuera, más lo es por den­tro. Techos que sobrepasan los 40 met­ros de altura, un altar espec­tac­u­lar, la capil­la del tesoro (donde se guardan esta­tu­il­las de oro don­adas por famil­ias acau­dal­adas y otras joyas, se dice que es más valioso que el de la coro­na británi­ca), las tum­bas de per­son­ajes ilus­tres como el rey Car­los I de Anjou o Clemen­cia de Hab­s­bur­go o pin­turas de Rib­era. Una deli­cia arqui­tec­tóni­ca.

Catedral Napoles

La Capil­la de San Severo es cono­ci­da en el mun­do entero no por el edi­fi­cio en sí (que tam­bién, por la colec­ción de arte sacro que con­ser­va y por haber sido un antiguo tem­p­lo masóni­co) sino por la emo­cio­nante escul­tura que se encuen­tra en su inte­ri­or, la de Cristo Vela­do; de hecho, la fama es tal que por ello el tick­et de entra­da es uno de los más caros de Nápoles, 8 euros. Su autor, Giuseppe San­marti­no, hizo un tra­ba­jo casi imposi­ble tal­lan­do el már­mol y con­sigu­ien­do este velo tan real­ista que veis en la fotografía. Sobran las pal­abras.

Cristo Velado

La Basíli­ca de San­ta Chiara es otro de los lugares más vis­i­ta­dos de Nápoles. Ocu­pan­do el solar donde antigua­mente se encon­tra­ban unos baños romanos (aún se pueden admi­rar restos de dichas ter­mas), el com­ple­jo agluti­na una igle­sia, un con­ven­to y un monas­te­rio. Lo más lla­ma­ti­vo de este lugar es el col­ori­do claus­tro de las clar­isas, con su incon­fundible dec­o­ra­do de cerámi­ca mayóli­ca.

Basilica Santa Chiara

La igle­sia de San­ta Tere­sa de Chi­a­ia es uno de los tem­p­los bar­ro­cos más impor­tantes de Nápoles. El ter­re­mo­to de 1688 dañó seri­amente su estruc­tura de plan­ta grie­ga y debió ser recon­stru­i­da.

Santa Teresa de Chiaia

Este de aba­jo es el Cam­panile del­la Pietrasan­ta, uno de los cam­pa­narios más antigu­os de Italia (data del siglo XI). Pertenece a la igle­sia de San­ta Maria Mag­giore  y se con­struyó sobre las ruinas de un tem­p­lo romano, el de Diana. De hecho, en la base se con­ser­van bases de már­mol con inscrip­ciones. Es curioso cómo se ha inte­gra­do en la estruc­tura de la ciu­dad y a su lado aho­ra hay un hotel.

Campanile della Pietrasanta

Otras igle­sias destaca­bles son la Basíli­ca de San Loren­zo Mag­giore y su con­ven­to (aquí se reunía el par­la­men­to de la ciu­dad y Fer­nan­do el Católi­co llegó a pre­sidir algu­na de dichas reuniones), la curiosa Igle­sia mon­u­men­tal del Gesù Nuo­vo (con su facha­da con pun­tas de dia­mante, un caso excep­cional en Italia), la Igle­sia de San­t’Aniel­lo a Capon­apoli (donde se con­ser­van restos de las antiguas mural­las), la Basíli­ca de San Pao­lo Mag­giore (increíbles los poli­cro­ma­dos) o la igle­sia del­la Cer­tosa di San Mar­ti­no, con un inte­ri­or fran­ca­mente espec­tac­u­lar.

 

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Plaza del Plebisc­i­to

 

Plaza del Plebiscito

 

Si quer­e­mos bus­car el corazón de la ciu­dad, donde se reú­nen los napoli­tanos para cel­e­brar las vic­to­rias de su equipo o protes­tar con­tra las últi­mas medi­das del gob­ier­no, aquí le ten­emos. Con­sid­er­a­da una de las plazas más grandes de Italia (25.000 met­ros cuadra­dos), aquí se encuen­tra la grandísi­ma basíli­ca de San Fran­cis­co de Pao­la. Sus­ten­ta­da su cúpu­la sobre una trein­te­na de colum­nas cor­in­tias, es prob­a­ble que su fisionomía te recuerde al Pan­teón de Agri­pa de Roma.

En la plaza desta­can dos estat­uas ecuestres, las de Car­los de Bor­bón y Fer­nan­do I. Cuan­do estu­vi­mos allí, al ser medi­a­dos de Diciem­bre, vimos que había una exposi­ción de pin­turas con­tem­poráneas (al pare­cer es algo que hacen todos los años) y se había insta­l­a­do un gigan­tesco árbol de Navi­dad.   

 

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Pala­cio Real

 

Palacio Real Napoles

 

El Pala­cio Real se con­struyó en el siglo XVII, bas­tantes años antes que la propia plaza. Su fun­ción sería la de res­i­den­cia de los reyes españoles cuan­do vis­i­taran Nápoles y se ubicó en esta pequeña col­i­na des­de la que se divis­a­ba el puer­to para estar pre­venidos en caso de ataque por mar y que la famil­ia real pudiera huir ráp­i­da­mente. Curiosa­mente, encar­gó su con­struc­ción el vir­rey Fer­nan­do Ruiz de Cas­tro, que esper­a­ba la visi­ta del rey Felipe III, quien final­mente no apare­ció y así, sin com­er­lo ni beber­lo, Nápoles se encon­tró con uno de los pala­cios más impor­tantes de Europa.

Den­tro se pueden recor­rer el Teatro de la Corte, la Sala del Trono, la Sala di Maria Cristi­na di Savoia y la Capil­la Real, así como el Patio de Hon­or, el de Car­ru­a­jes y los jar­dines reales, rodea­d­os de leyen­das. La entra­da cues­ta 6 euros (cier­ra los miér­coles).

 

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Galería Umber­to I

 

Galeria Umberto I Napoles

 

Debo recono­cer que esta deslum­brante galería de inspiración parisi­na, que tan­to me recordó a la de Víc­tor Manuel II de Milán, fue de lo que más me gustó en Nápoles. No es demasi­a­do antigua (data de finales del siglo XIX) pero se ha con­ver­tido por dere­cho pro­pio en el sím­bo­lo de la ele­gan­cia escon­di­da de Nápoles, eclip­sa­da por tan­ta atmós­fera deca­dente. De hecho, la con­struc­ción de dicha galería vino prop­i­ci­a­da por el inten­to del gob­ier­no local de hac­er un lava­do de cara de este bar­rio, donde las peleas y los robos eran con­tin­u­os. Las colum­nas de la entra­da prin­ci­pal rep­re­senta­ban a Asia, África, Améri­ca y Europa y otras cua­tro estat­uas sim­bolizan las esta­ciones del año. 

Sus 150 met­ros de lon­gi­tud se vieron copa­dos por establec­imien­tos llenos de glam­our y coque­tas cafeterías donde las damas de la alta sociedad venían a pasar la tarde. Aquí se abrió el primer cafe-con­cert de Italia, el Salone Murgheri­ta, un tipo de establec­imien­to que la Belle Epoque france­sa había pop­u­lar­iza­do en el país veci­no y en el que los clientes podían degus­tar sus bebidas mien­tras dis­fruta­ban de un espec­tácu­lo. Fue en esta mis­ma galería donde se proyec­taron las primeras pelícu­las de los her­manos Lumiere y donde se inau­gu­raría el primer cine de Nápoles.

 

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Teatro di San Car­lo

 

Teatro San Carlo Napoles

 

Este teatro de esti­lo neo­clási­co, con­stru­i­do en el siglo XVIII por orden del rey Car­los III de Bor­bón, es la joya de la coro­na de Nápoles a niv­el cul­tur­al. Es el teatro de ópera en acti­vo más antiguo del mun­do, tiene el títu­lo de Pat­ri­mo­nio de la Humanidad y su sala prin­ci­pal, con for­ma de her­radu­ra, sirvió de inspiración a otros muchos teatros del país. Todos los días se real­izan vis­i­tas guiadas en inglés e ital­iano (9 euros).

 

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Gas­tronomía Napoli­tana

 

Hemos de recono­cer que en ningún otro lugar de Italia hemos comi­do tan bien como lo hemos hecho en Nápoles. Los pequeños restau­rantes de comi­da casera están a la orden del día, acoge­dores nego­cios famil­iares que heredan las rec­etas de gen­eración en gen­eración y te hacen sen­tir como en casa. Si en Roma o Vene­cia vives con la sen­sación con­tin­ua, de lo más desagrad­able, de que bue­na parte de los restau­rantes son una tram­pa-tima-tur­is­tas, aquí sucede todo lo con­trario. El establec­imien­to que pre­dom­i­na es el de toda la vida, en el que comen los pro­pios napoli­tanos, coman­da­do por la non­na de turno, cua­tro o cin­co mesi­tas apiñadas con sus incon­fundibles man­te­les de cuadros rojos y blan­cos y un aro­ma a comi­da recién hecha que inun­da los calle­jones cer­canos. El paraí­so culi­nario.

 

Gastronomia Napoles

 

Ragú. Apun­ta bien esta pal­abra porque después de la piz­za, es lo que más verás en los menús. Las famil­ias napoli­tanas aprovechan el domin­go para reunirse para degus­tar­la, por lo que decir “ragú” en Nápoles es decir “cel­e­bración”. Los ital­ianos en gen­er­al (y los napoli­tanos aún más) son muy famil­iares (se jac­tan de que los hijos, aunque ten­gan cin­cuen­ta años, reciben la lla­ma­da de “la mam­ma” cua­tro o cin­co veces al día), por lo que las comi­das jun­to a tíos y pri­mos son la excusa per­fec­ta para hom­e­na­jearse con un buen ban­quete.

Esta deli­ciosa sal­sa, cuyo nom­bre se orig­i­na en el sonido que hace al hervir durante su preparación, ha de elab­o­rarse a fuego lento durante al menos seis o siete horas. Al pare­cer, la leyen­da cuen­ta que la rec­eta la inven­tó un con­ser­je que no tenía nada que hac­er y como disponía del día entero para pasar­lo en la coci­na, lo dedicó a con­fec­cionar esta sal­sa de carne. El ragú puede acom­pañar a casi todas las pas­tas pero con quien mejor que­da es con los ziti, esos tubitos tan pare­ci­dos a los macar­rones.

 

Ragu Napoles

 

Sí, parece que su nom­bre dice lo con­trario pero la otra gran sal­sa de Nápoles es la gen­ovesa. Yo nun­ca la había proba­do y alu­ciné, me encan­tó. La comí en un restau­rante espec­tac­u­lar que encon­tramos escon­di­do en las calles de Chi­a­ia, la Trat­to­ria del­l’O­ca, acom­pañan­do a una pas­ta humeante y ase­guro que es de los mejores platos que he comi­do en Italia. Aunque es una sal­sa bas­tante sen­cil­la a base de cebol­la y carne, está deli­ciosa.

Nápoles es una ciu­dad llena de famil­ias humildes y son pre­cisa­mente ellas las que han deja­do como heren­cia algunos de los platos más típi­cos. Entre ellos, el saltea­do napoli­tano, a base de despo­jos por­ci­nos adereza­dos con espe­cias: si no eres amante de la cas­quería, olví­date. En Nápoles, espe­cial­mente en Car­naval, se come tam­bién lasaña: lo que hace espe­cial a la de esta región del país es que se prepara durante una mañana entera, se uti­liza que­so pecori­no y se pre­scinde de la bechamel.

¿Otros platos que añadiríamos a esta sug­er­ente lista? Los gnoc­chi alla sor­renti­na, que se sue­len servir con que­so fior de lat­te, spaghet­ti con aceitu­nas negras y alca­parras, man­fre­di con ricot­ta, pas­ta con scarpariel­lo (un pla­to que solían com­er a menudo los zap­a­teros del Bar­rio Español) y sal­s­ic­cia e fri­arel­li, una especie de gre­los pero más amar­gos con salchichas fres­cas.

Debe­mos insi­s­tir tam­bién en que Nápoles, al ser ciu­dad marí­ti­ma, tiene muy buenos restau­rantes espe­cial­iza­dos en pro­duc­tos de mar: por pon­er un ejem­p­lo, en el encan­ta­dor D’Angiò comi­mos una ensal­a­da de pulpo y una ban­de­ja de frit­u­ra de pesca­do que poco debían envidiar a las que encon­tramos en Andalucía. Es bas­tante habit­u­al mezclar pas­ta con cualquier cosa (inclu­so legum­bres como alu­bias, fri­joles o gar­ban­zos) pero tam­bién con marisco y espe­cial­mente con alme­jas y mejil­lones, que con la pas­ta que mejor com­bi­nan es con los scialatiel­li.

 

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Las mejores piz­zas del mun­do

 

Pizza Napoles

 

Se dice de Nápoles que este es el úni­co lugar del mun­do donde los nobles pedían com­er lo que comían los pobres. Y es que fue aquí donde se inven­tó la piz­za, ese man­jar humilde a base de hari­na, tomate, moz­zarel­la, aceite y alba­ha­ca. La primera pizzería, inau­gu­ra­da en 1830, fue la Port’ Alba, que aún sigue en acti­vo, aunque des­de el siglo XVI los napoli­tanos ya cocían en sus hornos unos panes aplas­ta­dos, más pare­ci­dos a las focac­cias, con que­so, ajo, aceite, romero o espe­cias que tuvier­an a mano. E inclu­so se vendían estos panes en unos pequeños establec­imien­tos al aire libre. Pero sería Port’Al­ba la primera pizzería autén­ti­ca. Inmedi­ata­mente, ante el éxi­to del pla­to entre las clases humildes, comen­zaron a abrirse pizzerías por toda la ciu­dad y has­ta los pro­pios monar­cas de entonces, los Saboya, pedían que se las lle­varan a pala­cio (vamos, que fueron las primeras piz­zas a domi­cilio de la his­to­ria).

Los napoli­tanos están orgul­losísi­mos de haber inven­ta­do la piz­za y tam­bién de que se haya recono­ci­do su aporte a la gas­tronomía mundi­al dán­dole a la piz­za napoli­tana y al arte de los piz­zaioli (pizze­ros) el títu­lo de Pat­ri­mo­nio Inma­te­r­i­al de la UNESCO. Hay que ten­er en cuen­ta que el modo de preparar estas piz­zas ha de ceñirse a un patrón muy especí­fi­co: usar moz­zarel­la di Bufala Cam­pana, preparar la masa a mano o con una mez­clado­ra de baja veloci­dad y horn­ear entre 60 y 90 segun­dos a 480 gra­dos. Además, la piz­za napoli­tana tiene una denom­i­nación de ori­gen recono­ci­da, la de Ver­ace Piz­za Napo­le­tana (ver­dadera piz­za napoli­tana). Os ase­guro que se mere­cen ambas dis­tin­ciones. Hemos comi­do piz­zas a lo largo y ancho del mun­do en muchísi­mos país­es pero nada se puede com­parar a las piz­zas de Nápoles, pese a que en un prin­ci­pio puedan pare­cer bas­tante sim­ples. He ahí donde pre­cisa­mente reside su grandeza.

En Nápoles hay miles de pizzerías. La com­pe­ten­cia es atroz y aún así, exis­ten los que se con­sid­er­an los “tem­p­los de la piz­za” como la pizzería Da Michelle o Sor­bil­lo donde debes esper­ar una media de dos horas para poder sen­tarte. Mi recomen­dación es que no gastes dos horas de tu via­je (el tiem­po es oro) guardan­do turno cuan­do puedes ir a otras pizzerías que a lo mejor no son tan famosísi­mas pero donde te vas a dar el gus­ta­zo de catar unas piz­zas insu­per­a­bles. Nosotros os recomen­damos la pizzería del Popo­lo, ‘Ntretel­la, la Oste­ria Il Gob­bet­to, Del­la Mat­tonel­la y Noi del Man­zoni.

La piz­za fri­ta es algo muy típi­co de Nápoles que tam­bién has de pro­bar, aunque a primera vista parez­ca algo gra­sosa (ojo, que si la preparan como hay que hac­er­lo, no debería sobrar­le ni una gota de aceite). Se coci­nan como las cal­zone, emu­lan­do a una empana­da, y el rel­leno tradi­cional suele ser de ricot­ta, cic­ci­oli (pare­ci­do a la panc­eta), tomate, pimien­to y alba­ha­ca. Recomen­damos que las probéis en las pizzerías Con­cetti­na ai Tre San­ti, La Masar­dona y en Da Fer­nan­da.

 

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Los dul­ces de Nápoles

 

¿Cómo irse de Nápoles sin pro­bar sus deli­ciosos dul­ces? La ciu­dad entera está llena de pequeñas pastel­erías donde se exhiben orgul­losos los dul­ces napoli­tanos. Nue­stros favoritos fueron sin dudar­lo las sfogli­atelle. Es el dulce más típi­co de Nápoles, con un hojal­dre duri­to y cru­jiente y un rel­leno de ricot­ta que qui­ta el sen­ti­do. Nos gus­taron tan­tísi­mo que todas las noches nos llevábamos un par al hotel para endulzarnos el últi­mo momen­to del día. Vamos, que en cuan­to regre­samos a Madrid, lo primero que hice fue inda­gar a ver si podía encon­trar­las en algún lugar. Y sí, las he podi­do com­prar en Zuc­caru, una pequeña pastel­ería sicil­iana cer­cana al Teatro Real donde las preparan estu­pen­da­mente.

 

Sfogliatelle Napoles

 

Aunque las sfogli­atelle son las bom­bas de azú­car más cono­ci­das, tam­bién podéis pro­bar el babá, gen­eral­mente baña­do en ron (para mi gus­to algo empalagoso), gal­letas de cereza, can­no­li sicil­ianos, pastiera (que aunque es típi­ca de Sem­ana San­ta, suele encon­trarse tam­bién en otras épocas del año y lle­va requesón y naran­ja), zep­pole di San Giuseppe (lo mis­mo, del Día del Padre pero comunes en otras épocas), los riquísi­mos taral­li (gal­letas sal­adas) y las capresinas, unos paste­les de choco­late en for­ma de corazón.

 

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La serie “Gomor­ra”

 

Gomorra Napoles
Car­i­cat­uras de Enzo Sangue­blú y Gen­naro Savas­tano, dos de los pro­tag­o­nistas de “Gomor­ra”

 

En el artícu­lo Los esce­nar­ios de mis series favoritas dejamos un buen espa­cio para una de nues­tras series-top, “Gomor­ra”. Que men­tiríamos si dijéramos que no nos ha influ­i­do a la hora de via­jar a Nápoles. Y diréis vosotros que vaya mor­bosos que somos si mues­tra ese Nápoles azo­ta­do por la Camor­ra donde los asesinatos están a la orden del día y ado­les­centes de 14 años se han con­ver­tido en los nuevos dueños de los bar­rios mar­ginales. Pero es que ese Nápoles, exi­s­tir, existe, y además la serie mues­tra tam­bién, y muy bien además, cuáles son las cos­tum­bres y tradi­ciones napoli­tanas tan arraigadas en la sociedad a todos los nive­les.

Ignorábamos cuál era la ima­gen que tenían los napoli­tanos de “Gomor­ra”, si se encon­tra­ban molestos con la ima­gen que se da de la ciu­dad. Hace un par de años, el pro­pio alcalde de Nápoles se que­ja­ba de que el éxi­to de la serie había venido acom­paña­do de un aumen­to de la delin­cuen­cia pero la real­i­dad es que en los bar­rios per­iféri­cos, donde muchas veces no quiere entrar la policía, no se nece­si­ta de serie ningu­na para moti­var a los mafiosos a gob­ernar como pequeños reyezue­los.

El roda­je no ha sido tarea fácil (los capos extor­sion­a­ban a los pro­duc­tores para per­mi­tir­les grabar sin “com­pli­ca­ciones”) y en Scampia se que­ja­ban de que se da una ima­gen neg­a­ti­va del bar­rio. Pero es que no se puede negar lo evi­dente: durante el roda­je de las cin­co tem­po­radas de “Gomor­ra”, fueron asesinadas por la camor­ra napoli­tana más de 1.500 per­sonas en ajustes de cuen­tas. El prob­le­ma está ahí y ahí con­tinúa. Creo que, inde­pen­di­en­te­mente de que nos fascine la serie por retratar tan cruda­mente cómo es la vida en los bajos fon­dos napoli­tanos, nadie puede ser tan idio­ta como para irse a recor­rer Sec­ondigliano, el bar­rio más peli­groso de Europa. Así que aunque cuan­do pasees por la ciu­dad, veas en las tien­das camise­tas con la cara de Gen­naro Savas­tano o Ciro Di Marzio e inclu­so fig­u­ri­tas suyas en la calle de los belenes, no te vayas a “inves­ti­gar” por tu cuen­ta en los bar­rios de las afueras. Pese a que insis­ti­mos que en el cen­tro de Nápoles nos sen­ti­mos bas­tante seguros, no hay que tomarse a bro­ma cómo están las cosas en áreas como Scampia.

 

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El Museo Arque­ológi­co

 

Nápoles es una ciu­dad de museos, con más de una trein­te­na de los ofi­ciales. El Museo Arque­ológi­co de Nápoles es, en mi opinión, la visi­ta impre­scindible, aún más si después, como hici­mos nosotros, vas a vis­i­tar Pom­peya, ya que aquí se expo­nen muchos de los restos arque­ológi­cos que se encon­traron en la ciu­dad sepul­ta­da por el Vesubio, espe­cial­mente mosaicos. La entra­da cues­ta 15 euros y acon­se­jo guardar como mín­i­mo cua­tro horas ya que sus cua­tro plan­tas dan para mucho.

Coin­cidió con nues­tra visi­ta una exposi­ción bas­tante intere­sante sobre la his­to­ria de los glad­i­adores, con más de 150 obje­tos. La expo se dividía en varias sec­ciones, des­de las armas o tra­jes que usa­ban has­ta su vida diaria, maque­tas de los anfiteatros donde com­bat­ían a su heren­cia artís­ti­ca al ser rep­re­sen­ta­dos en pin­turas encon­tradas en muchas casas romanas. Me pare­ció bas­tante curioso que estu­viera en parte enfo­ca­da tam­bién a los críos, con recrea­ciones de las luchas a base de muñe­quitos. 

Expo gladiadores Napoles

Expo gladiadores Napoles

El edi­fi­cio que acoge el museo data del siglo XVII y como podéis com­pro­bar, ya es una obra de arte por sí mis­mo. El espa­cio más espec­tac­u­lar es el Sal­lone de la Merid­i­ana, una sala de más de 50 met­ros de largo coro­n­a­da por una cúpu­la mar­avil­losa pla­ga­da de fres­cos. El prin­ci­pal, de Pietro Bardelli­no, rep­re­sen­ta al rey Fer­nan­do IV y su esposa María Car­oli­na como pro­tec­tores del arte. 

Napoles Museo

Si por algo desta­ca el Museo Arque­ológi­co es por con­tar en su poder con la colec­ción romana más impor­tante del mun­do, la de la famil­ia Far­ne­sio. Dicha famil­ia, una de las más impor­tantes de la aris­toc­ra­cia ital­iana, nos dejó un lega­do espec­tac­u­lar, un mon­tón de escul­turas gigan­tescas, encon­tradas la may­oría en las Ter­mas de Cara­calla en Roma. Impre­sio­n­an no sólo por su tamaño sino tam­bién por la pul­cri­tud con que fueron mod­e­ladas. A mí me emo­cionó mucho verme por fin delante del gran Toro de Far­ne­sio, de cua­tro met­ros de altura, que tan­tas veces había estu­di­a­do en el insti­tu­to.

Toro Farnesio 

Escul­tura de Pan enseñan­do a Daf­nis a jugar a los tubos

 

Pan Dafne

 

Apo­lo tocan­do la lira

 

Apolo Farnesio

 

Estat­ua de Flo­ra Maior

 

Flora Farnese

En la plan­ta infe­ri­or se expone a lo largo de siete salas una intere­sante colec­ción egip­cia, la más impor­tante de Italia después de la de Turín. Este­las funer­arias, ajuares de fal­l­e­ci­dos, relieves, escul­turas como el Mon­u­men­to de Amenomone y var­ios sar­cófa­gos son las piezas más desta­cadas.

Napoles Museo

Los egip­cios tam­bién momi­fi­ca­ban ani­males, espe­cial­mente gatos (a los que con­sid­er­a­ban sagra­dos). Otros casos más excep­cionales eran los cachor­ros de león, gace­las, monos o esta de aquí aba­jo de un coco­dri­lo, se cree que hom­e­na­je al dios-coco­dri­lo Sobek. El cul­to a los coco­dri­los esta­ba bas­tante exten­di­do, espe­cial­mente durante el Impe­rio Medio y en lugares como el oasis de Fayum, donde vivían muchos de estos ani­males, o el tem­p­lo de Kom Ombo, donde inclu­so existe un museo ded­i­ca­do a esta divinidad. 

Napoles Museo

Una de las partes más intere­santes del museo es la ded­i­ca­da a los mosaicos encon­tra­dos en Pom­peya: son impre­sio­n­antes. El de la calav­era de aba­jo a la izquier­da es espe­cial­mente cono­ci­do, los que sigu­ierais la serie “Roma” de HBO lo recor­daréis porque aparecía en la intro. Hablam­os de “Memen­to Mori”, en el que se rep­re­sen­ta a la rue­da de la for­tu­na, con­vir­tien­do a los pobres en ricos y a los ricos en pobres y recordán­doles a todos que la muerte les per­sigue por igual (la mari­posa que está sobre la rue­da sim­boliza a la vida). 

Mosaicos Museo Arqueologico Napoles

Algunos de los mosaicos expuestos

Mosaicos Museo Arqueologico Napoles

Mosaicos Museo Arqueologico Napoles

Mosaicos Museo Arqueologico Napoles

Mosaicos Museo Arqueologico Napoles

 

 

Gabi­nete Secre­to: hom­e­na­je a la lujuria

 

Uno de los lugares que más ganas tenía de cono­cer no sólo en Nápoles sino en Europa entera: el Gabi­net­to Seg­re­to del Museo Arque­ológi­co, que en sus ini­cios de llam­a­ba el Gabi­nete de Obje­tos Obscenos. Es más que prob­a­ble que no hayas oído hablar de él y no te culpo ya que has­ta hace ape­nas 20 años estu­vo cen­sura­do al públi­co en gen­er­al e inclu­so se llegó a bara­jar la destruc­ción de las piezas. Aún a día de hoy, cualquier menor que quiera acced­er ha de hac­er­lo acom­paña­do por un adul­to. Es decir, que vis­to lo que se expone den­tro de esta sala, los romanos nos demostraron que tenían la mente mucho más abier­ta que la sociedad actu­al más de 2000 años después.

La may­oría de las piezas que se expo­nen en el Gabi­nete Secre­to cuen­tan con un denom­i­nador común: su alto niv­el de ero­tismo y obscenidad. Gran parte de los obje­tos, pin­turas y escul­turas se encon­traron en las ciu­dades sepul­tadas por el Vesubio y han lle­ga­do has­ta nue­stros días prác­ti­ca­mente intac­tos. Tan­to en Pom­peya como en Her­cu­lano esta­ba asen­ta­do con fuerza el arte eróti­co. Imá­genes de pare­jas cop­u­lan­do eran algo habit­u­al en las dec­o­ra­ciones de vajil­las o enseres del hog­ar y de los muros de las casas col­ga­ban pin­turas y mosaicos de alto con­tenido sex­u­al. Nadie se escan­dal­iz­a­ba ni ponía el gri­to en el cielo por pres­en­ciar esce­nas que, a fin de cuen­tas, son una parte más de la vida. Reprim­ir la sex­u­al­i­dad, la his­to­ria lo ha demostra­do, sólo ha con­segui­do degener­ar en sociedades infe­lices e indi­vid­u­os frustra­dos.

Gabinete Secreto

La figu­ra del falo no se con­sid­er­a­ba algo vul­gar sino que era un sím­bo­lo de fer­til­i­dad y buenos augu­rios. Las vír­genes vestales rendían cul­to a Fasci­nus, la ima­gen de un falo enorme que inclu­so se saca­ba en pro­ce­sión por las calles del impe­rio y al que las matronas adorn­a­ban con coro­nas de flo­res. Cuan­do los gen­erales regresa­ban de sus exi­tosas cam­pañas mil­itares, lo hacían rodea­d­os de amule­tos fáli­cos que repelían la envidia de sus rivales, las embarazadas se los col­ga­ban del cuel­lo esperan­do un par­to sin com­pli­ca­ciones y los legionar­ios los llev­a­ban enci­ma cuan­do se dirigían a la batal­la. Su sim­bolis­mo ha con­segui­do eludir sig­los de cen­sura: ¿de dónde creéis que viene el gesto de lev­an­tar el dedo corazón para man­dar a alguien al cara­jo? De la cos­tum­bre romana de exten­der ese dedo, emu­lan­do a un falo erec­to, para repel­er la mala suerte.

Aquí aba­jo podéis admi­rar estos curiosos tintinábu­los, cam­panil­las o cas­ca­beles que se colo­ca­ban en las entradas de las casas no sólo para avis­ar de la lle­ga­da de invi­ta­dos (aún exis­ten muchos com­er­cios que con­ser­van cam­panil­las pare­ci­das en sus puer­tas, espe­cial­mente far­ma­cias) sino tam­bién para ahuyen­tar a los mal­os espíri­tus. Tam­bién se col­ga­ban, emu­lan­do a los atra­pa­sueños, sobre las cunas de los bebés ya que los niños pequeños eran los que menos defen­sa tenían ante las maldiciones. La may­oría de estos tintinábu­los esta­ban hechos de bronce, un mate­r­i­al acce­si­ble para las clases más humildes; las clases adin­er­adas los fab­ri­ca­ban con ámbar, coral u oro.

Gabinete Secreto

Rep­re­sentación de Príapo y su pene desco­mu­nal. Este dios tenía espe­cial rel­e­van­cia en el mun­do rur­al, donde no sólo garan­ti­z­a­ba bue­nas cose­chas sino que su figu­ra además pro­tegía huer­tas y jar­dines de ladronzue­los y ani­males sal­va­jes. Hijo de Dion­i­sio (dios del vino) y Afrodi­ta (diosa del amor y la lujuria), Príapo rep­re­sen­ta el descon­trol abso­lu­to del instin­to sex­u­al ya que esta dei­dad sufría la con­de­na no sólo de ten­er un pene total­mente despro­por­ciona­do sino en con­tin­ua erec­ción (de aquí viene el nom­bre de la enfer­medad del pri­apis­mo). 

Gabinete Secreto

El sexo en el mun­do romano fue con­sid­er­a­do a menudo como tal­is­mán. El pro­pio Mer­cu­rio, dios del com­er­cio, solía lle­var enci­ma, jun­to a una bol­sa de mon­edas, unos cuan­tos amule­tos fáli­cos. Pom­peya y Her­cu­lano fueron ejem­p­lo per­fec­to de cómo la sex­u­al­i­dad esta­ba pre­sente en el día a día de los romanos: se han encon­tra­do penes rep­re­sen­ta­dos en las entradas de las panaderías, sobre los hornos o en las fachadas de las casas.

Den­tro de las piezas recu­per­adas, algu­nas de las más impor­tantes son la serie de pin­turas que rep­re­sen­tan esce­nas mitológ­i­cas car­gadas de ero­tismo. Esta cos­tum­bre la había ini­ci­a­do ante­ri­or­mente el griego Par­ra­sio de Éfe­so, cono­ci­do por pin­tar a los dios­es helenos en las más vari­adas pos­turas. El arte helenís­ti­co, por prox­im­i­dad, tuvo una espe­cial influ­en­cia en las ciu­dades del sur de Italia, por lo que es en Nápoles y alrede­dores donde más ves­ti­gios eróti­cos se han encon­tra­do. Así, en las pare­des de Pom­peya se encon­traron retratos de Marte y Venus, Apo­lo y Dafne o Polifemo y Galatea, todos dis­fru­tan­do sin pudor del plac­er car­nal. Aquí aba­jo ten­emos una de las pin­turas más destaca­bles, “El sátiro y la nin­fa”.

Gabinete Secreto   

La sex­u­al­i­dad se rep­re­senta­ba en el mun­do romano de cuan­tas man­eras dis­tin­tas puedas imag­i­nar: des­de un modo total­mente banal y fes­ti­vo a otro pro­fun­da­mente reli­gioso, con con­no­ta­ciones esotéri­c­as, impreg­na­do de un aura car­i­ca­turesco, con motivos com­er­ciales… El sexo era una con­stante abso­lu­ta en la vida de los romanos y lugares como Pom­peya han queda­do empa­pa­dos de aquel modo de enten­der la vida. Son múlti­ples las pin­turas, los graf­fi­tis de la época, que se han con­ser­va­do: “el que escribió la chu­pa”, “quí­tate la túni­ca y mues­tra tus pelu­das partes”, “Ampli­ca­tus, sé que Icaro te sodom­iza”, “me fol­lé a la camar­era”, “con­sid­era aten­ta­mente esta adiv­inan­za de Epafra: lo meto en un lugar negro, lo saco rojo”… como veis, los romanos no se and­a­ban con chiq­ui­tas a la hora de “dec­o­rar” el mobil­iario urbano.

 

Gabinete Secreto

 

 

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2 Comments

  1. Yo tam­bién des­cubrí Napoles y Pom­peya recien­te­mente. Gra­cias por tu mar­avil­losa Entra­da y recor­ri­do.

  2. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Gra­cias Lizette. Pom­peya tam­bién nos gustó muchísi­mo, es espec­tac­u­lar!

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