Desayunar en Marruecos: el placer hecho dulce

Si has tenido algu­na vez la suerte de alo­jarte en un riad en Mar­rue­cos, habrás com­pro­ba­do que a la hora de lev­an­tarte te espera sobre la mesa un desayuno espec­tac­u­lar. Desayu­nar en Mar­rue­cos no es sim­ple­mente empezar el día comien­do algo rápi­do. Es una expe­ri­en­cia cul­tur­al que mez­cla tradi­ción bere­ber, heren­cia árabe, influ­en­cias andalusíes y, en deter­mi­nadas zonas, aporta­ciones france­sas y españo­las. A difer­en­cia del desayuno con­ti­nen­tal europeo —basa­do en café y bollería— o del desayuno anglosajón abun­dante y sal­a­do, el desayuno mar­ro­quí tiene una iden­ti­dad propia: pan recién hecho, aceite de oli­va, miel, amlou, crepes espon­josos, té a la men­ta y una hos­pi­tal­i­dad que con­vierte la mesa en un pequeño rit­u­al diario.

Los mar­ro­quíes lle­van muy a rajat­abla la ver­dad inamovi­ble de que el desayuno es la comi­da más impor­tante del día (ellos cono­cen al desayuno como futo) y saben cómo elab­o­rar un desayuno sano y vari­a­do que ten­ga un poco de todo y te nutra de energías para el resto de la jor­na­da. Y lo más curioso es que muchos de ellos hacen dos desayunos diar­ios, uno a horas muy tem­pranas, nada más lev­an­tarse, y otro a mitad de la mañana más con­sis­tente.

La base del desayuno mar­ro­quí está en el pan y los pro­duc­tos locales. Antes de la lle­ga­da del Islam y de las dinastías árabes, las pobla­ciones amazigh (bere­beres) ya elab­ora­ban panes planos coci­dos en hornos de bar­ro y acom­paña­dos de aceite de oli­va, man­te­qui­l­la o miel. La agri­cul­tura de cereales, espe­cial­mente tri­go y ceba­da, fue siem­pre fun­da­men­tal en el Magreb. Con la expan­sión islámi­ca a par­tir del siglo VIII, se incor­po­raron nuevas cos­tum­bres culi­nar­ias y una may­or sofisti­cación en el uso de espe­cias y téc­ni­cas de coci­na. El desayuno sigu­ió sien­do sen­cil­lo pero empezó a inte­grar prepara­ciones más elab­o­radas como difer­entes tipos de crepes y panes enrique­ci­dos.

Desayuno marroquí con msemen, harcha, pan tostado, aceitunas, miel, amlou, aceite de oliva y mantequilla servido en una mesa
Desayuno tradi­cional en uno de mis via­jes por Mar­rue­cos

La influ­en­cia andalusí tam­bién dejó huel­la. Tras la caí­da de Al-Ándalus, muchas famil­ias se establecieron en el norte de Mar­rue­cos, lle­van­do con­si­go rec­etas y for­mas de preparar masas, dul­ces y com­bi­na­ciones de sabores dul­ces y sal­a­dos. En el siglo XX, durante el Pro­tec­tora­do francés y español, se añadieron nuevos ele­men­tos como el café espres­so, la baguette o cier­tos tipos de bollería. Sin embar­go, el desayuno tradi­cional mar­ro­quí sigu­ió man­te­nien­do su esen­cia basa­da en pro­duc­tos bási­cos y com­par­tidos.

Si hay algo que tienen claro los mar­ro­quíes es que “cuan­to más fres­co, más rico sabe”. Es habit­u­al encon­trarte por la mañana tem­pra­no en muchas ciu­dades y pueb­los del país mer­cadil­los de fru­tas y ver­duras, gen­eral­mente a car­go de los pro­pios agricul­tores, que se encar­gan de abaste­cer­nos de pro­duc­tos total­mente orgáni­cos, sin uti­lizar quími­cos ni pes­ti­ci­das. Cuan­do voy a Mar­rue­cos, es muy habit­u­al que com­pre fru­ta en estos mer­ca­dos calle­jeros. Y es que mi máx­i­ma es que si el tomate tiene pin­ta fea a niv­el estéti­co es porque luego está de lo más sabroso, al con­trario de los que sir­ven en las grandes super­fi­cies, que son muy boni­tos pero saben a plás­ti­co.

Tenien­do en cuen­ta que en Mar­rue­cos es muy habit­u­al acom­pañar de fru­ta los desayunos, no pier­das la ocasión de vis­i­tar dichos mer­cadil­los en med­i­nas y zocos. Ten­drás que ten­er en cuen­ta que gra­cias a que esta agri­cul­tura es total­mente arte­sanal y no se tira de inver­naderos, lo habit­u­al es sólo encon­trar fru­ta de tem­po­ra­da (por lo que no busques un melón en invier­no): man­zanas, granadas, higos, peras, uvas, plá­tanos y melo­co­tones son las favoritas de nue­stros veci­nos. Tam­bién es muy común toparse en los zocos con panaderías antiquísi­mas donde des­de bien tem­pra­no se sirve el pan recien hecho, lo que ellos cono­cen como khobz: déjate guiar por el sug­er­ente olor de los bol­los hornea­d­os para lle­gar has­ta ellas. Añadi­mos tam­bién que en muchas casas no es raro que las famil­ias pre­paren su pro­pio pan.

En muchos bar­rios, espe­cial­mente fuera de las zonas más turís­ti­cas, todavía exis­ten hornos comu­ni­tar­ios. En estos lugares, las famil­ias preparan la masa en casa y la lle­van a horn­ear. Cada ban­de­ja suele mar­carse con un corte o señal para iden­ti­fi­car­la. El pan resul­tante es el clási­co khobz: redon­do, lig­era­mente plano, con corteza firme y miga com­pacta. El khobz es bara­to, acce­si­ble y se com­pra a diario. No es habit­u­al alma­ce­narlo durante días. Se com­pra fres­co cada mañana, y si sobra, se reuti­liza en otras prepara­ciones.

Este sis­tema tiene raíces antiguas. Antes de que existier­an hornos domés­ti­cos gen­er­al­iza­dos, los hornos comu­nales eran esen­ciales. Aunque hoy muchas panaderías ya pro­ducen el pan com­ple­to, en algu­nas zonas rurales todavía se mantiene esa dinámi­ca colec­ti­va. Tam­bién es habit­u­al ver bol­sas con pan duro col­gadas en muros o árboles para que alguien que lo nece­site pue­da recoger­lo. Es una for­ma infor­mal de sol­i­dari­dad.

Desayuno marroquí visto desde arriba en la mesa de un riad con pan tradicional, té a la menta, zumo natural y platos típicos sobre mosaico artesanal.

Aunque en Mar­rue­cos los desayunos sue­len ten­er denom­i­nadores comunes inde­pen­di­en­te­mente de las regiones de donde proven­gan, hay cier­tos ali­men­tos con­sum­i­dos con may­or asiduidad en lugares especí­fi­cos: por pon­er un ejem­p­lo, en Fez es común desayu­nar har­sha, un bol­lo redon­do del tamaño de una piz­za con­fec­ciona­do a base de sémo­la, aceite, sal y agua que suele servirse con que­so fres­co o miel. Y hablan­do de que­so fres­co, la ver­sión mar­ro­quí se conoce como jben, suele aderezarse con unas gotas de limón y su ver­sión más cono­ci­da tiene su orí­gen en el norte del país, en las mon­tañas del Rif. Suele tomarse en el desayuno con briouats, deli­ciosos paste­les fritos que pueden ser tan­to dul­ces como sal­a­dos.

Así, jun­to al indis­pens­able té de men­ta, servi­do con mucho azú­car, y el zumo de naran­ja, se deja notar la influ­en­cia de los col­o­nizadores france­ses con la pres­en­cia impre­scindible de crois­sants, bollería y los baghrir, que son las crepes mar­ro­quíes, mucho más porosas que las nor­males, y que sue­len acom­pañarse de miel o mer­me­la­da casera. Tam­bién hay otras crepes sim­i­lares, los rghaif, que se pueden rel­lenar tan­to con ingre­di­entes dul­ces como sal­a­dos.

El desayuno mar­ro­quí clási­co no es un pla­to úni­co, sino una com­bi­nación de pequeños ele­men­tos que se colo­can en el cen­tro de la mesa para com­par­tir.

El pan: la base de todo

El khobz (pan redon­do mar­ro­quí) es impre­scindible. Se uti­liza para untar miel, aceite o que­so fres­co. Es más den­so que el pan europeo y tiene una corteza cru­jiente.

Tam­bién es habit­u­al encon­trar:

  • Bat­bout: pan pequeño y espon­joso, coci­na­do en sartén.

  • Har­cha: pan de sémo­la con tex­tu­ra lig­era­mente arenosa.

  • Mse­men: masa lam­i­na­da y dobla­da, sim­i­lar a un crepe grue­so.

  • Baghrir: cono­ci­do como el “crepe de los mil agu­jeros”, espon­joso y absorbente.

Cada uno apor­ta una tex­tu­ra difer­ente y suele servirse caliente.

Acompañamientos tradicionales

El desayuno mar­ro­quí es fun­da­men­tal­mente dulce, aunque no exclu­si­va­mente.

  • Miel nat­ur­al

  • Aceite de oli­va vir­gen

  • Amlou: pas­ta elab­o­ra­da con almen­dras mol­i­das, aceite de argán y miel. Es uno de los pro­duc­tos más rep­re­sen­ta­tivos del suroeste del país.

  • Man­te­qui­l­la tradi­cional (smen), a veces con sabor más inten­so.

  • Que­so fres­co suave

  • Mer­me­ladas caseras

El gesto habit­u­al con­siste en cor­tar un tro­zo de pan o mse­men y mojar­lo en aceite o miel.

Una de las curiosi­dades más intere­santes es la impor­tan­cia del aceite de oli­va como ele­men­to cen­tral del desayuno. En muchas regiones, se con­sid­era más habit­u­al mojar pan en aceite que en man­te­qui­l­la.

Otra par­tic­u­lar­i­dad es que el desayuno puede alargarse sin prisas. No es raro que se con­vier­ta en un momen­to social, espe­cial­mente en fin de sem­ana.

Durante el Ramadán, el desayuno cam­bia rad­i­cal­mente, ya que la primera comi­da del día se trasla­da al momen­to pre­vio al amanecer (suhoor), y suele incluir ali­men­tos energéti­cos y líqui­dos sufi­cientes para sopor­tar el ayuno.

Algunos desayunos,los más tradi­cionales, ofre­cen un bol de bis­sara, una sopa de habas secas con aceite, comi­no y chile tan calóri­ca que no volverás a ten­er ham­bre has­ta el mediodía: no suele servirse en las grandes ciu­dades pero sí es nor­mal con­sumir­la en pobla­ciones pequeñi­tas. Tam­poco pueden fal­tar las aceitu­nas, fijas en cualquier menú mar­ro­quí y con­sum­i­das a cualquier hora (hay que recor­dar que Mar­rue­cos es el quin­to pro­duc­tor mundi­al de oli­vas y en pocos lugares vas a poder encon­trar tan­tas var­iedades difer­entes). Nue­stro jamón, veta­do para los musul­manes, suele susti­tuirse por que­so acom­paña­do de dátiles e higos. Y para con­tin­uar con una bue­na dosis de pro­teí­nas, tan nece­sarias para comen­zar el día, nada mejor que una tor­tilla de ver­duras con un toque de cilantro.


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