Belgrado: qué ver y todo lo que necesitas saber antes de viajar
Tengo que reconocer que Belgrado no era una de esas ciudades que lleváramos años soñando con conocer. No tiene la monumentalidad de Budapest, ni la fama de Praga, ni probablemente sea la primera capital europea que a uno se le ocurre cuando empieza a buscar una escapada. Y quizá precisamente por eso terminó sorprendiéndonos bastante más de lo esperado. Porque Belgrado no es una ciudad especialmente coqueta ni pretende serlo. Es grande, un poco caótica, en algunos lugares bastante gris y en otros sorprendentemente elegante; está llena de edificios desconchados, bloques de hormigón, tranvías que parecen sacados de otra época, iglesias ortodoxas, palacios, grafitis y cicatrices de una historia reciente que aquí todavía se ve perfectamente en las calles.
Y es que para entender Belgrado hay que recordar que durante décadas fue la capital de Yugoslavia, uno de los países más peculiares de la Europa del siglo XX. Aquí gobernó Tito, aquí se reunieron algunos de los grandes líderes mundiales del Movimiento de Países No Alineados, aquí se levantaron gigantescos barrios de arquitectura modernista y brutalista y aquí, en 1999, volvieron a caer bombas en pleno corazón de una capital europea. Algunas de aquellas heridas continúan siendo visibles y encontrarnos con los restos del antiguo Estado Mayor yugoslavo mientras un tranvía rojo pasaba tranquilamente por delante fue una de esas imágenes que explican Belgrado mucho mejor que cualquier guía de viajes.
Pero sería injusto quedarse únicamente con esa cara gris y complicada de la ciudad, porque Belgrado tiene muchísimo ambiente. Muchísimo. Terrazas llenas, músicos callejeros —y unos cuantos acordeones—, cafeterías, cervecerías artesanales, restaurantes, arte urbano y una vida nocturna que tiene fama de ser de las más animadas de Europa. A eso tenemos que sumar el enorme parque de Kalemegdan, la fortaleza, la calle Knez Mihailova, los barrios de Dorćol y Zemun, el gigantesco templo de San Sava y, por supuesto, dos de los grandes ríos europeos: el Sava y el Danubio, que se encuentran precisamente a los pies de la antigua fortaleza.

Además, tiene otra ventaja: todavía podemos viajar a Belgrado sin dejarnos una fortuna. Ya no es aquella ciudad baratísima de hace unos años y los precios han subido, especialmente en las zonas más turísticas, pero continúa siendo bastante más asequible que muchas capitales de Europa occidental. Y si haces como nosotros y buscas restaurantes locales, nos alejamos un poco de las calles más turísticas y combinamos las visitas imprescindibles con simplemente caminar, podemos montar una escapada bastante económica.
Datos prácticos para viajar a Belgrado
Lo primero que tenemos que saber es que Serbia no pertenece a la Unión Europea ni utiliza el euro. Su moneda es el dinar serbio (RSD) y, como referencia, en 2026 un euro ronda aproximadamente los 117 dinares. En hoteles, restaurantes y establecimientos grandes podemos pagar normalmente con tarjeta pero recomiendo llevar siempre algo de efectivo para pequeñas compras, mercados y determinados establecimientos. Encontraremos casas de cambio —las famosas menjačnice— por toda la ciudad y suele ser mejor cambiar allí que hacerlo en el aeropuerto.
Para los españoles, viajar a Serbia es bastante sencillo: los ciudadanos de la Unión Europea pueden entrar para estancias turísticas de hasta 90 días sin visado y Serbia permite la entrada con DNI válido a ciudadanos de la UE. Aun así, nosotros siempre recomendamos comprobar los requisitos oficiales antes de viajar porque estas cosas pueden cambiar.
Si llegamos en avión aterrizaremos en el Aeropuerto Nikola Tesla, situado aproximadamente a 18 kilómetros del centro de Belgrado. Y aquí tenemos varias posibilidades para llegar a la ciudad. Una de las más económicas es utilizar el transporte público; también existe el minibús A1 que conecta el aeropuerto con la zona de Slavija. Para coger un taxi desde el aeropuerto es importante dirigirse al mostrador oficial y obtener el comprobante con el precio correspondiente al destino antes de subir al vehículo, evitando así historias con taxistas piratas que, como en tantas ciudades del mundo, también pueden aparecer por aquí.
Y aquí llega una de las mejores noticias para nuestro bolsillo: desde el 1 de enero de 2025 el transporte público ordinario de Belgrado es gratuito para todo el mundo, incluidos los turistas. Autobuses, tranvías, trolebuses y determinadas líneas urbanas de tren pueden utilizarse sin comprar billete. Existen algunas excepciones, como ciertos minibuses exprés y el A1 del aeropuerto, que continúan siendo de pago. Pero otros buses, como el 72 o su versión nocturna el 72N, conectan el aeropuerto con la ciudad gratuitamente. No vas a ver esto en muchas otras ciudades.
De todas formas, gran parte del centro de Belgrado se puede recorrer perfectamente andando. Knez Mihailova, la Plaza de la República, Kalemegdan, Dorćol y buena parte de los lugares que vamos a visitar están relativamente próximos entre sí. Para desplazamientos más largos —por ejemplo, hacia Novi Beograd o Zemun— podemos aprovechar el transporte público. Y os recomiendo montar al menos una vez en alguno de sus tranvías, aunque solamente sea porque algunos tienen ese aspecto ligeramente retro que encaja perfectamente con la ciudad.
Otro dato importante: Serbia tampoco forma parte del roaming de la Unión Europea. No deis por hecho que podéis aterrizar, encender los datos y utilizar el móvil como haríais en Italia, Francia o Alemania, porque dependiendo de vuestra compañía la factura puede daros una sorpresa bastante desagradable. Conviene comprobar las condiciones de nuestro operador antes de salir y, si no incluye Serbia, comprar una SIM local. El wifi, por el contrario, está muy extendido en hoteles, cafeterías y restaurantes.
En cuanto a cuántos días dedicarle, yo reservaría un mínimo de dos días completos, aunque tres permiten verla con mucha más tranquilidad e incluir Novi Beograd y Zemun sin ir corriendo de un lado para otro. Belgrado no es una ciudad de veinte monumentos espectaculares concentrados en quinientos metros; parte de su interés consiste precisamente en recorrer barrios diferentes, sentarse en alguna terraza, caminar junto al río y descubrir esos edificios y rincones que no siempre aparecen entre los diez imprescindibles de las guías.
Respecto a la época para viajar, primavera y principios de otoño me parecen probablemente los mejores momentos, porque Belgrado es una ciudad para caminar muchísimo. Los veranos pueden ser bastante calurosos (nosotros los sufrimos) y los inviernos fríos, así que si podemos elegir, unos días de temperaturas suaves nos permitirán disfrutar mucho más de Kalemegdan, las riberas de los ríos y las terrazas.
Y una última recomendación antes de empezar nuestra ruta: no vengáis buscando una ciudad perfectamente restaurada y preparada para gustar al turista, porque probablemente os llevaréis una impresión equivocada. Belgrado tiene fachadas preciosas junto a edificios medio desconchados, arquitectura imperial junto a enormes bloques yugoslavos y elegantes avenidas a pocos minutos de zonas bastante caóticas. Precisamente esa mezcla es parte de su personalidad.
Así que en este artículo vamos a recorrer la Belgrado monumental, la otomana, la yugoslava, la brutalista, la alternativa y también la que todavía conserva las cicatrices de las guerras del siglo XX.
La fortaleza de Belgrado y Kalemegdan
Si solamente pudiéramos elegir un lugar imprescindible de Belgrado, probablemente tendría que ser este. La Fortaleza de Belgrado se levanta en lo alto de una colina dominando la confluencia del Sava y el Danubio, y cuando una llega hasta aquí entiende perfectamente por qué durante más de dos mil años medio mundo quiso controlar este pedazo de tierra. Desde arriba se vigilan los dos ríos, las llanuras que se extienden al otro lado y buena parte de la actual ciudad, así que como posición defensiva aquello era prácticamente un regalo. El problema es que, claro, todo el mundo quería el regalo. Celtas, romanos, bizantinos, húngaros, serbios, otomanos y austriacos fueron dejando aquí su huella, destruyendo, reconstruyendo y volviendo a destruir las murallas una y otra vez. De hecho, lo que vemos actualmente es una especie de puzzle gigantesco de la historia de Belgrado, con estructuras levantadas unas encima de otras a lo largo de siglos.
Los romanos conocían esta ciudad como Singidunum y en el siglo II instalaron aquí el campamento permanente de la Legión IV Flavia. Muchísimo después, ya en la Edad Media, llegaría uno de los momentos de mayor esplendor de la fortaleza. A comienzos del siglo XV, el déspota Stefan Lazarević convirtió Belgrado por primera vez en capital del Estado serbio y transformó aquel lugar en una auténtica ciudad fortificada, dividida entre la Ciudad Alta y la Ciudad Baja. Dentro había un palacio, una capilla, una biblioteca, un tesoro y las viviendas de los nobles. Vamos, que cuando caminamos hoy tranquilamente entre árboles, turistas y gente paseando al perro, estamos haciéndolo por donde hace seiscientos años se encontraba el mismísimo corazón político de la Serbia medieval.
Y la tranquilidad duró más bien poco, porque Belgrado tenía la mala suerte de encontrarse justo en uno de esos lugares del mapa donde todo el mundo acababa pegándose con todo el mundo. Los otomanos intentaron conquistarla en 1440 y nuevamente en 1456, aunque tuvieron que esperar hasta 1521, cuando las tropas de Solimán el Magnífico consiguieron finalmente tomar la ciudad. Más adelante llegaron los enfrentamientos entre otomanos y austriacos y la fortaleza volvió a cambiar de manos varias veces. En el siglo XVIII los austriacos llegaron a transformarla en una de las fortalezas militares más poderosas de Europa. Y aquí tenemos una de esas historias que parecen inventadas: Nicolas Doxat de Démoret, uno de los ingenieros responsables de aquellas impresionantes fortificaciones, terminó siendo fusilado precisamente delante de las murallas que él mismo había ayudado a construir, después de ser responsabilizado de una derrota militar. Desde luego, a la fortaleza de Belgrado no le faltan historias truculentas.

Continuando nuestro paseo por la fortaleza, muy cerca de la iglesia Ružica nos encontramos con la Torre Jakšić, una enorme torre defensiva de piedra que, con sus almenas, el puente de madera y las murallas que la rodean, parece el escenario perfecto para una película ambientada en la Edad Media. Y medieval es pero con truco. La torre original se levantó durante la segunda mitad del siglo XV, cuando la artillería empezaba a cambiar por completo la manera de defender las ciudades. De hecho, estaba preparada para albergar hasta quince cañones, encargados de proteger el acceso norte a Belgrado. Incluso estaba comunicada con la parte baja de la fortaleza mediante un pasadizo subterráneo. El nombre procede de los hermanos Jakšić, nobles medievales serbios que acabaron convertidos en personajes de las leyendas y canciones épicas populares del país.

Y todavía guarda otra historia bastante más triste. En el muro situado bajo la Torre Jakšić hay un osario con los restos de soldados serbios muertos defendiendo Belgrado durante 1914 y 1915, en plena Primera Guerra Mundial. Fue construido en 1937, coincidiendo con la reconstrucción de esta parte de la fortaleza y con las obras de la cercana iglesia de Santa Petka.
Por cierto, aunque normalmente hablamos de Kalemegdan como si fuera el nombre de toda la fortaleza, en realidad no es exactamente así. La fortaleza es Beogradska tvrđava, mientras que Kalemegdan es el parque que se extiende junto a ella. Y hasta el nombre tiene historia: procede de las palabras turcas kale, fortaleza, y meydan, campo o plaza, una referencia al espacio situado frente a las defensas. Lo que antiguamente era terreno militar terminó convirtiéndose, a partir del siglo XIX, en el enorme parque por el que paseamos actualmente.
Y no cometáis el error de venir hasta aquí únicamente para hacer la fotografía de los dos ríos y marcharos, porque dentro del recinto hay muchísimo que ver. Encontraremos puertas fortificadas, torres, bastiones, el Museo Militar, el curioso Pozo Romano —que, pese al nombre, ni siquiera es romano—, la Torre Nebojša, antiguos almacenes de pólvora, la iglesia de Ružica y la pequeña iglesia de Santa Petka. Y, por supuesto, está Pobednik, «El Vencedor», la enorme figura masculina que contempla los ríos desde lo alto de una columna y que se ha terminado convirtiendo en uno de los grandes símbolos de Belgrado.
Pero dejando por un momento tanta guerra, emperador, pólvora y asedio, lo que más disfrutamos nosotros de Kalemegdan fue simplemente pasearlo. Es enorme, está lleno de árboles y continuamente aparecen restos de murallas, torres y rincones desde los que asomarse hacia el río. Y después de conocer todo lo que ha sucedido aquí resulta bastante curioso ver a la gente corriendo, familias paseando y parejas sentadas tranquilamente sobre las murallas de un lugar por el que durante siglos pasaron ejércitos enteros.
Y dejad para el final la zona del monumento de Pobednik, porque desde allí tenemos una de las panorámicas más espectaculares de Belgrado. Justo debajo de nosotros vemos cómo el Sava termina uniéndose al gigantesco Danubio y, enfrente, se extienden Novi Beograd y Zemun. Si podéis hacer coincidir la visita con las últimas horas de la tarde, muchísimo mejor. Después de todo lo que hemos contado sobre guerras y conquistas, resulta hasta paradójico terminar sentados tranquilamente sobre aquellas murallas viendo ponerse el sol. Y probablemente esa mezcla sea precisamente una de las cosas que mejor define Belgrado: una ciudad tremendamente castigada por la historia que ha aprendido a seguir viviendo encima de ella.
Iglesia Ružica, una de las iglesias más curiosas de Belgrado
Escondida entre las murallas de la Fortaleza de Belgrado y justo debajo de la puerta de Zindan encontramos la pequeña iglesia Ružica, que, si no sabemos que está ahí, casi puede pasar desapercibida. Y sería una pena, porque detrás de ese exterior bastante sencillo de piedra se esconde uno de los templos más curiosos que vimos en Belgrado. Ružica está dedicada a la Natividad de la Virgen y se considera uno de los lugares de culto más antiguos de la ciudad, aunque aquí hay que hacer una pequeña aclaración: la tradición asegura que ya existía una iglesia en este mismo lugar durante la Edad Media pero no hay pruebas definitivas de que fuese exactamente el mismo templo. La iglesia actual nació en 1867, cuando un antiguo almacén de pólvora del siglo XVIII situado dentro de la fortaleza fue transformado en iglesia militar.

Y precisamente su pasado militar es el responsable de la sorpresa que encontramos al entrar. Los enormes candelabros están fabricados con material bélico de la Primera Guerra Mundial: casquillos, munición, granadas austrohúngaras y sables de oficiales serbios. Puede sonar un poco macabro —yo desde luego no recuerdo haber visto algo parecido en ninguna otra iglesia—, pero la intención era precisamente la contraria: transformar objetos creados para matar en elementos de un lugar de culto. Incluso existe un simbolismo precioso relacionado con la cera de las velas cayendo sobre las armas como si fueran lágrimas, recordando la barbaridad de la guerra.
La pobre Ružica, además, sabe bastante de guerras. Quedó gravemente dañada durante los combates de 1915, en plena Primera Guerra Mundial, y tuvo que ser restaurada en 1925, momento en el que adquirió buena parte del aspecto que vemos actualmente. Y fijaos también en la entrada porque hay dos soldados de bronce custodiándola: uno representa a un guerrero medieval de la época del emperador Dušan y el otro a un soldado serbio de comienzos del siglo XX. ¿Y sabéis con qué se hicieron? Pues siguiendo la misma filosofía del interior, fueron fundidos utilizando casquillos de artillería.
Todavía guarda otra curiosidad: en su interior se conservan dos de las seis imágenes religiosas que soldados serbios llevaron consigo desde Bizerta, en Túnez, al regresar a su país después de la Primera Guerra Mundial. Y los frescos tampoco son tan antiguos como podríamos imaginar al entrar: fueron realizados en 1938 por el pintor ruso Andréi Bicenko y, mezclados con las escenas religiosas, aparecen personajes históricos como el zar Nicolás II de Rusia y varios monarcas serbios.

Monumento de Gratitud a Francia
En mitad de Kalemegdan nos encontramos con este enorme monumento que, a primera vista, puede resultar un poco desconcertante porque ¿qué hace una estatua dedicada a Francia en plena Fortaleza de Belgrado? Pues para entenderlo tenemos que volver a la Primera Guerra Mundial, cuando Francia se convirtió en uno de los grandes aliados de Serbia. La ayuda no fue solamente militar: tras la durísima retirada del ejército serbio a través de Albania y durante los años de guerra, Francia también acogió y ayudó a formar a numerosos jóvenes serbios. Cuando terminó el conflicto, aquella relación había dejado una huella tan profunda que diferentes asociaciones comenzaron a recaudar dinero para levantar un monumento de agradecimiento en Belgrado. Finalmente se inauguró el 11 de noviembre de 1930, exactamente doce años después del armisticio, y para la ceremonia Kalemegdan se llenó de banderas francesas y yugoslavas y se calcula que acudieron alrededor de 20.000 personas.
La obra es del famoso escultor Ivan Meštrović y la mujer de bronce que vemos en lo alto no representa a ningún personaje real: es Francia, avanzando con una energía tremenda para acudir en ayuda de Serbia. Pero no os limitéis a mirar la figura de arriba porque el pedestal esconde parte de la historia. En uno de sus laterales aparece el relieve de Los Guerreros, que recuerda a los soldados franceses y serbios luchando juntos, mientras que en el otro encontramos La Sorbona, una mujer rodeada de estudiantes que simboliza la ayuda francesa en la educación de los jóvenes serbios durante y después de la guerra. Y detrás aparece una frase que resume perfectamente el motivo por el que se levantó todo aquello: «Amamos a Francia como ella nos amó, 1914–1918».

La Asamblea Nacional de Serbia
Con su enorme cúpula verdosa, las columnas de la entrada y esa iluminación que al caer la tarde consigue que parezca todavía más espectacular, cuesta imaginar que este edificio tardara nada menos que 29 años en terminarse. La primera piedra se colocó en 1907 pero entre falta de dinero, las guerras balcánicas, la Primera Guerra Mundial y varios cambios en el proyecto, las obras fueron avanzando a trompicones hasta que finalmente se inauguró en 1936. Dos días después se celebraba aquí la primera sesión parlamentaria.

Y fijaos cuando lleguéis en las enormes esculturas de bronce situadas a ambos lados de la escalinata porque tienen una historia de lo más curiosa. Son obra de Toma Rosandić y representan a unos hombres intentando dominar a unos caballos negros desbocados. La idea era simbolizar la fuerza —los caballos— controlada por el ser humano y la razón, algo bastante apropiado teniendo en cuenta que estamos delante del Parlamento. Pero lo mejor es que originalmente se había pensado colocar dos leones de bronce y finalmente alguien debió de pensar que aquello de los caballos y sus domadores representaba mucho mejor al pueblo serbio.
El edificio, además, ha visto pasar prácticamente toda la convulsa historia del país durante el último siglo: nació como Parlamento del Reino de Yugoslavia, fue utilizado durante la ocupación en la Segunda Guerra Mundial, posteriormente albergó las diferentes asambleas de la Yugoslavia socialista y, desde la independencia de Serbia en 2006, es la sede de su Asamblea Nacional. Vamos, que si estas paredes pudieran hablar tendríamos historias para escribir unos cuantos artículos más. Y un consejo: acercaos al atardecer, porque cuando empiezan a encender la iluminación exterior y las cúpulas todavía se recortan contra el cielo azul, el edificio está especialmente bonito. Ya lo veis en la foto.
Iglesia de San Marcos
Muy cerca del Parlamento y presidiendo uno de los extremos del parque Tašmajdan se encuentra la Iglesia de San Marcos, una de esas construcciones que llaman la atención incluso antes de saber qué estamos viendo, principalmente por su enorme tamaño y por esa preciosa fachada de piedra en diferentes tonos rojizos. Aunque por su aspecto pueda parecernos bastante más antigua, en realidad fue construida entre 1931 y 1940 siguiendo los planos de los hermanos Petar y Branko Krstić, que se inspiraron en el monasterio medieval de Gračanica para crear este enorme templo de estilo serbio-bizantino. Cuando terminó de construirse llegó a ser el templo más grande del entonces Reino de Yugoslavia y sus dimensiones siguen impresionando: tiene unos 62 metros de largo, 45 de ancho y su cúpula principal alcanza aproximadamente los 60 metros de altura.

Pero lo más curioso es que esta no fue la primera iglesia de San Marcos que hubo aquí. A pocos metros existía otra mucho más pequeña construida en 1835, cuando esta zona estaba ocupada por el antiguo cementerio de Belgrado; de hecho, los propios habitantes de la ciudad la conocían como la «iglesia del cementerio». Durante algunos años llegaron incluso a convivir las dos iglesias, hasta que el pequeño templo antiguo resultó gravemente dañado durante el bombardeo alemán de Belgrado de 1941 y sus restos terminaron siendo retirados.
Y merece la pena entrar porque guarda unas cuantas sorpresas. Aquí se encuentra el sarcófago con los restos del emperador Stefan Dušan, una de las figuras más importantes de la Serbia medieval, que reinó en el siglo XIV y llegó a gobernar un enorme territorio balcánico. Pero todavía hay más: en la cripta descansan el rey Alejandro Obrenović y su esposa, la reina Draga Mašin, protagonistas de uno de los episodios más truculentos de la historia serbia, ya que ambos fueron asesinados durante el golpe de Estado de 1903. La iglesia conserva además una de las colecciones de iconos serbios de los siglos XVIII y XIX más importantes del país.
Y fijaos también antes de entrar en el mosaico situado justo encima de la puerta principal, que aparece perfectamente en las fotografías. Representa a San Marcos Evangelista y fue realizado por el pintor Veljko Stanojević en 1961. Otra curiosidad es que la Segunda Guerra Mundial interrumpió los trabajos y durante décadas buena parte del gigantesco interior permaneció sin la decoración que inicialmente se había proyectado.
A mí me parece además que San Marcos es una de las iglesias más fotogénicas de Belgrado. Quizá no tenga la fama del gigantesco Templo de San Sava, pero su fachada a rayas rojizas, sus cúpulas y ese enorme campanario central hacen que sea completamente diferente. Y como se encuentra dentro del parque Tašmajdan y prácticamente de camino entre varios de los lugares que vamos a visitar en el centro, no hay ninguna excusa para no acercarse. La entrada es gratuita y, aunque solamente tengáis unos minutos, entrad a echar un vistazo porque es una de esas iglesias que por dentro guarda mucha más historia de la que uno imagina al verla desde fuera.
El extraño monumento al patriarca Pavle
Y justo delante de la Iglesia de San Marcos nos encontramos con una de esas estatuas raras de Belgrado que a mí me encantan. El personaje es el patriarca Pavle, que fue máximo responsable de la Iglesia ortodoxa serbia entre 1990 y su muerte en 2009 y llegó a convertirse en una figura enormemente popular en Serbia. La escultura, obra de Zoran Maleš, se colocó aquí en 2018 y representa al patriarca sentado y ligeramente inclinado hacia delante. Hasta aquí todo normal. Lo curioso llega cuando nos fijamos bien y descubrimos que ¡no hay silla!. Pavle parece estar literalmente sentado en el aire, algo que generó bastante polémica cuando se inauguró el monumento. Y la explicación es mucho más interesante de lo que parece: el escultor se inspiró en una conocida fotografía del patriarca viajando sentado en un tranvía de Belgrado y quiso transmitir al mismo tiempo una sensación de ligereza y espiritualidad.

Y todavía hubo otra polémica: a algunos habitantes de Belgrado tampoco les gustó demasiado hacia dónde miraba la estatua, porque en lugar de estar orientada hacia la iglesia parecía mirar hacia un establecimiento cercano. El propio escultor tuvo que explicar que la orientación se había elegido simplemente para que los peatones pudieran contemplar mejor la figura completa. Personalmente, me parece uno de esos pequeños monumentos que probablemente pasaríamos por alto si no conocemos su historia y que, una vez que sabemos lo que representa, se vuelve muchísimo más interesante. Así que cuando salgáis de San Marcos, buscad a ese extraño señor barbudo que parece estar sentado en una silla invisible porque, además de conseguir una fotografía de lo más curiosa, estaréis delante de uno de los personajes religiosos más queridos de la Serbia contemporánea.
Belgrado y sus dos ríos: el Danubio y el Sava
Una de las cosas que más me sorprendieron de Belgrado es la enorme presencia que tienen sus dos ríos, el Danubio y el Sava, porque aquí no estamos hablando precisamente de dos pequeños cauces atravesando la ciudad, sino de dos auténticos gigantes que forman parte inseparable del paisaje de la capital serbia.

Controlar esta confluencia significaba controlar una importantísima vía de comunicación entre Europa Central y los Balcanes, así que no resulta extraño que romanos, bizantinos, otomanos, húngaros y austriacos se pelearan una y otra vez por Belgrado. Pero los ríos no son únicamente parte de su historia: siguen estando completamente integrados en la vida cotidiana de la ciudad. A sus orillas encontramos largos paseos, carriles para bicicletas, restaurantes, terrazas y los famosos splavovi, esos curiosos locales flotantes que se han convertido en una de las señas de identidad de la noche belgradense.
El Palacio Viejo de Belgrado
A apenas unos minutos caminando del Parlamento nos encontramos con otro de esos edificios de Belgrado que, especialmente cuando empieza a anochecer y encienden toda la iluminación de la fachada, parece pedirte que saques la cámara. Es el Stari Dvor o Palacio Viejo, construido en la década de 1880 por orden del rey Milan Obrenović, precisamente en los años en los que Serbia acababa de convertirse en reino. Y aunque hoy alberga dependencias del Ayuntamiento de Belgrado, durante mucho tiempo fue un auténtico palacio real.

Y si hoy lo vemos tan estupendo, nadie diría que ha llevado una vida bastante accidentada: sufrió importantes daños tanto durante la Primera Guerra Mundial como durante el bombardeo alemán de Belgrado de abril de 1941 y las posteriores reconstrucciones llegaron incluso a modificar parte de su aspecto original. Una curiosidad que me encantó descubrir es que lo que vemos actualmente era solamente una parte de un proyecto muchísimo más ambicioso: se había imaginado como una de las alas de un enorme complejo palaciego que nunca llegó a construirse tal y como estaba previsto. Además, justo al otro lado del parque se encuentra el Palacio Nuevo, así que en apenas unos metros tenemos palacios, jardines, Parlamento y un buen pedazo de la historia política de Serbia.
Cuando Belgrado era comunista
Para entender de verdad Belgrado hay que hacer un pequeño ejercicio de imaginación y regresar a una ciudad que ya no existe: la Belgrado comunista, capital de la República Federal Socialista de Yugoslavia. Y aquí conviene olvidarnos un poco de la imagen que solemos tener de los países comunistas de Europa del Este, porque la Yugoslavia de Josip Broz Tito fue un caso bastante peculiar.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Tito gobernaba un país socialista, sí, pero en 1948 rompió con Stalin y se negó a seguir las órdenes de Moscú. Aquello fue una auténtica bomba política en plena Guerra Fría. Yugoslavia acabó construyendo su propia versión del socialismo y jugando una complicadísima partida entre los dos grandes bloques: ni completamente con los soviéticos ni integrada en Occidente. Esa independencia terminaría convirtiendo a Belgrado en una capital con muchísimo más peso internacional del que hoy podríamos imaginar.

De hecho, en 1961 Belgrado acogió la primera gran conferencia del Movimiento de Países No Alineados. Durante unos días llegaron a la ciudad algunos de los dirigentes más importantes del planeta: Nasser, Nehru, Sukarno, Nkrumah, Haile Selassie… Imaginaos la escena. Una Belgrado socialista recibiendo delegaciones procedentes de Asia y África mientras Estados Unidos y la Unión Soviética se vigilaban mutuamente con medio mundo dividido entre ambos. Incluso se organizó una ceremonia en Nuevo Belgrado en la que aquellos dirigentes plantaron árboles acompañados por jóvenes yugoslavos vestidos con uniformes de exploradores y trajes tradicionales. Tito había conseguido colocar a Yugoslavia en medio del tablero internacional sin pertenecer oficialmente a ninguno de los dos grandes bandos.
Y mientras Tito hacía política internacional, Belgrado estaba cambiando a una velocidad tremenda. En 1948 comenzó la construcción de Novi Beograd sobre unos terrenos prácticamente vacíos y pantanosos al otro lado del Sava. Allí apareció aquella nueva ciudad de avenidas enormes, bloques residenciales, edificios gubernamentales y toneladas de hormigón que hoy nos parece uno de los grandes legados arquitectónicos de la época yugoslava. La idea no era solamente solucionar la falta de viviendas: Nuevo Belgrado debía enseñar al mundo cómo imaginaba el régimen la ciudad moderna del futuro. De aquellos años proceden muchos de esos edificios gigantescos y brutalistas que hoy resultan tan fascinantes.
Pero probablemente lo más curioso sea cómo vivían los propios yugoslavos aquel comunismo. Mientras en otros países del bloque oriental viajar al extranjero podía convertirse en toda una odisea, Yugoslavia fue abriendo progresivamente sus fronteras durante los años sesenta. Sus ciudadanos viajaban, compraban fuera del país y podían encontrarse con productos y formas de ocio occidentales. Había publicidad, electrodomésticos, moda, vacaciones en la costa del Adriático, agencias de viajes, discotecas y una cultura de consumo que a veces resulta difícil encajar con nuestra imagen tradicional de un país socialista. Los historiadores han llegado a hablar de aquel peculiar fenómeno como una especie de socialismo de consumo, y precisamente esa mezcla entre comunismo y cultura occidental fue una de las grandes particularidades de Yugoslavia.
Hasta ir de compras al extranjero terminó convirtiéndose en una costumbre. Muchos yugoslavos cruzaban las fronteras buscando determinados productos y regresaban cargados con aquello que no encontraban fácilmente en casa. Y las vacaciones también formaban parte de esa idea yugoslava de la buena vida: durante las décadas de 1960 y 1970 se impulsó enormemente el turismo entre los trabajadores y tener unos días de descanso junto al Adriático dejó de ser algo reservado exclusivamente a las clases privilegiadas. Esa es quizá una de las razones por las que todavía existe entre algunos habitantes de la antigua Yugoslavia cierta nostalgia por aquellos años, aunque esa memoria convive, por supuesto, con la falta de libertades políticas, la censura y el carácter autoritario del régimen.

Y luego estaba Tito, omnipresente y rodeado de una imagen que mezclaba líder comunista, estadista internacional y personaje casi de película. Resulta bastante paradójico que el dirigente de un Estado socialista llevara una vida que podía estar bastante alejada de la austeridad proletaria: residencias oficiales, viajes internacionales y encuentros con jefes de Estado y celebridades formaban parte de su mundo. Los estudios sobre su figura han señalado precisamente esa contradicción entre la ideología oficial y ciertos aspectos casi aristocráticos de su forma de viajar y representarse públicamente.
Así que cuando hoy caminamos por Belgrado y encontramos viejos teléfonos públicos como el de la fotografía, bloques de hormigón, edificios monumentales de Novi Beograd o pequeños detalles que parecen haberse quedado congelados varias décadas atrás, estamos viendo los restos de una ciudad que fue capital de un país de más de veinte millones de habitantes y uno de los experimentos políticos más singulares de la Europa del siglo XX. Y creo que precisamente ahí está buena parte del atractivo de Belgrado: no es una ciudad que haya borrado completamente su pasado para ponerse guapa de cara al turista. La antigua Yugoslavia continúa apareciendo continuamente por las esquinas, a veces en forma de arquitectura monumental y otras en cosas tan sencillas como una vieja cabina telefónica cubierta de pegatinas y grafitis. Y a mí, qué queréis que os diga, son precisamente estas pequeñas cicatrices del pasado las que hacen que una ciudad me resulte muchísimo más interesante.
El brutalismo de Belgrado
Y si hay algo que convierte a Belgrado en una ciudad completamente diferente de otras capitales europeas es su arquitectura brutalista, especialmente cuando cruzamos el río Sava y llegamos a Novi Beograd, el Nuevo Belgrado. Reconozco que este tipo de arquitectura me parece fascinante. No porque sea bonita en el sentido tradicional de la palabra, porque algunos edificios son directamente unos mamotretos de hormigón bastante tremendos, sino porque parecen transportarnos de golpe a otra época. Tras la Segunda Guerra Mundial, Belgrado se convirtió en la capital de la Yugoslavia socialista de Tito y comenzó a levantarse al otro lado del río una ciudad prácticamente nueva, formada por enormes bloques residenciales, avenidas gigantescas y edificios públicos construidos siguiendo las corrientes modernistas de la época. El hormigón visto, las formas geométricas, las dimensiones descomunales y ese aspecto casi futurista —o distópico, según se mire— terminaron creando uno de los paisajes urbanos más peculiares de los Balcanes.
Y aquí encontramos auténticas joyas para quienes disfrutamos con los edificios raros y un poquito inquietantes. Uno de los más famosos es la Torre Genex, oficialmente Western City Gate, formada por dos enormes torres de hormigón conectadas en la parte superior por una estructura que originalmente albergaba un restaurante giratorio. Otro edificio absolutamente impresionante es el antiguo Palacio de Serbia, construido para albergar las instituciones de la Yugoslavia socialista y cuyas dimensiones nos dan una idea de la importancia que tuvo Belgrado como capital de aquel país. Y tampoco podemos olvidarnos del enorme complejo residencial conocido como Bloque 23, del brutalista Hotel Jugoslavija o de las diferentes construcciones que aparecen desperdigadas por Novi Beograd. No todo lo que vemos aquí pertenece estrictamente al brutalismo —muchos edificios encajan mejor dentro del modernismo socialista yugoslavo— pero en conjunto crean esa estética monumental de hormigón que hoy asociamos inevitablemente con el Belgrado de la época comunista de Tito.

Personalmente, creo que merece muchísimo la pena cruzar hasta Novi Beograd aunque solamente sea durante unas horas, porque es casi como visitar otra ciudad sin salir de Belgrado. Pasamos de las calles del centro histórico, las iglesias ortodoxas y los edificios del siglo XIX a enormes avenidas rodeadas de bloques de hormigón que parecen escenarios de una película de ciencia ficción de los años setenta. Habrá quien los encuentre horrorosos —y puedo entender perfectamente el motivo— pero a mí me parecen una parte imprescindible de la historia de Belgrado. Al fin y al cabo, esta ciudad no se entiende únicamente a través de sus fortalezas y sus iglesias: también fue la capital de Yugoslavia y pocas cosas cuentan aquella etapa de una manera tan espectacular como estos gigantes de hormigón que todavía dominan el paisaje de Nuevo Belgrado.
La Plaza de la República
Si hay un lugar por el que tarde o temprano vamos a terminar pasando durante cualquier recorrido por Belgrado, ese es la Plaza de la República, Trg Republike, uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad y, especialmente al caer la tarde, un sitio con muchísimo ambiente. Presidiendo la plaza encontramos la enorme estatua ecuestre del príncipe Mihailo Obrenović, inaugurada en 1882, aunque lo más divertido es que los habitantes de Belgrado prácticamente han conseguido que el pobre príncipe pierda todo el protagonismo: cuando quedan aquí suelen decir simplemente «kod konja», es decir, «junto al caballo». Vamos, que es un poco como nuestro «quedamos en el Oso y el Madroño» madrileño.

La estatua tiene además algunos detalles curiosos en los que merece la pena fijarse: Mihailo aparece señalando con una mano hacia los territorios serbios que todavía quedaban por liberar del dominio otomano y alrededor del pedestal aparecen inscritos los nombres de diferentes ciudades. Y justo detrás tenemos el espectacular Museo Nacional de Serbia, que por la noche, completamente iluminado, forma una de las imágenes más bonitas de la plaza. Es el museo más antiguo del país y guarda una colección enorme que va desde piezas arqueológicas hasta pintura europea y arte serbio y yugoslavo. Pero incluso aunque no vayáis a entrar, merece la pena acercarse hasta aquí simplemente para disfrutar del ambiente: gente sentada alrededor del monumento, músicos callejeros, terrazas llenas y grupos de amigos esperando —cómo no— junto al famoso caballo. Además, desde esta misma plaza comienza Knez Mihailova, la gran calle peatonal de Belgrado, así que prácticamente sin darnos cuenta acabaremos pasando por aquí unas cuantas veces durante el viaje.
Knez Mihailova, el gran paseo de Belgrado
Si hay una calle que vais a recorrer una, dos y probablemente diez veces durante vuestra estancia en Belgrado, esa es Knez Mihailova. Es el gran paseo peatonal de la ciudad, siempre lleno de gente, terrazas, músicos callejeros, tiendas y edificios señoriales, y además funciona casi como una autopista para turistas a pie: por un extremo nos lleva hacia la Plaza de la República y por el otro terminamos prácticamente entrando en Kalemegdan. Pero lo que hoy vemos como una elegante calle comercial tiene bastante más historia debajo de sus adoquines de la que parece. Hace casi dos mil años ya pasaba por esta zona una de las principales vías de la Singidunum romana y la entrada al campamento de la Legión IV Flavia se encontraba aproximadamente hacia el extremo que hoy conduce a la fortaleza. De hecho, cuando reformaron el edificio de la Biblioteca de Belgrado en los años ochenta aparecieron bajo sus cimientos restos de la puerta del antiguo castrum romano. Así que mientras nosotros vamos mirando escaparates tan tranquilamente, literalmente estamos caminando sobre la antigua Belgrado romana.
La calle que vemos actualmente empezó realmente a tomar forma después de 1867, cuando las últimas tropas otomanas abandonaron la fortaleza y Belgrado comenzó a transformarse en una capital mucho más europea. El urbanista Emilijan Josimović diseñó una nueva vía que comunicaba directamente la ciudad con Kalemegdan y, pocos años después, en 1870, recibió el nombre de Knez Mihailova en honor al príncipe Mihailo Obrenović. Y aquí tenemos una curiosidad que me encanta: el pobre Mihailo no llegó a verla bautizada con su nombre porque había sido asesinado dos años antes. Aun así, su nombre quedó unido para siempre al corazón de Belgrado, porque además de esta calle tenemos su enorme estatua a caballo en la cercana Plaza de la República.

A finales del siglo XIX aquello se convirtió en la dirección donde había que vivir si uno era alguien en Belgrado. Comerciantes, banqueros, políticos y algunas de las familias más adineradas comenzaron a levantar aquí sus casas y por eso todavía encontramos una sucesión de fachadas elegantes con balcones, columnas, esculturas y todo tipo de detalles decorativos. Algunas esconden antiguas cafeterías, bancos y hoteles que fueron auténticos centros de la vida social de la ciudad. En la fotografía, por ejemplo, aparece el edificio que albergó la Primera Caja de Ahorros Croata y actualmente parte del inmueble está ocupado por el Museo Zepter.
Knez Mihailova no siempre fue peatonal. Hasta los años ochenta circulaban coches por ella y existían calzada y aceras como en cualquier otra calle. Después llegó una profunda remodelación y se transformó en ese enorme salón urbano al aire libre que vemos actualmente. Cuesta imaginarla llena de coches cuando hoy lo normal es encontrar músicos tocando, gente paseando con un helado y terrazas abarrotadas.
Las cicatrices de los bombardeos de 1999
Desde esta zona podemos continuar caminando por Kneza Miloša, porque aquí Belgrado cambia completamente de registro. Entre ministerios y grandes edificios oficiales aparece uno de los lugares que mejor nos recuerda que algunas de las páginas más duras de la historia de la ciudad no ocurrieron precisamente hace siglos. En 1999, durante la guerra de Kosovo, la OTAN inició una campaña aérea contra la entonces República Federal de Yugoslavia que se prolongó durante casi tres meses. Belgrado fue bombardeada repetidamente y varios objetivos se encontraban en pleno centro de la capital. La propia sede del Gobierno de Serbia que acabamos de ver sufrió daños graves y posteriormente tuvo que ser restaurada.
Pero si hay un edificio que se ha convertido en la imagen de aquellos bombardeos es el antiguo complejo del Estado Mayor yugoslavo, el Generalštab, situado en el cruce de Kneza Miloša y Nemanjina. Y antes de hablar de las bombas merece la pena saber qué estamos mirando, porque aquello no era un edificio cualquiera. Fue diseñado por Nikola Dobrović, una de las grandes figuras de la arquitectura yugoslava, y construido entre los años cincuenta y sesenta. Los dos enormes bloques escalonados estaban concebidos como una composición arquitectónica monumental y se han relacionado con el desfiladero del río Sutjeska, escenario de una de las batallas más mitificadas por la Yugoslavia de Tito durante la Segunda Guerra Mundial.

Y entonces llegó 1999. El complejo fue alcanzado durante los ataques de la OTAN en la noche del 29 al 30 de abril y volvió a ser bombardeado en mayo. Los impactos destrozaron buena parte de los edificios y dejaron esas fachadas abiertas y estructuras quebradas que durante años se convirtieron en una de las imágenes más reconocibles de Belgrado.
Lo que más impresiona es precisamente dónde está. No tenemos que desplazarnos hasta las afueras ni buscar un antiguo campo de batalla. Está en una avenida céntrica, rodeado de tráfico, edificios oficiales y gente que continúa tranquilamente con su vida. Pasas por delante y, de repente, aparece ante ti una enorme construcción destrozada. Algunas partes tuvieron que retirarse posteriormente por motivos de seguridad pero durante mucho tiempo las ruinas permanecieron prácticamente como quedaron tras los ataques. En 2005, además, el complejo fue declarado Patrimonio cultural por su importancia arquitectónica.
Y esta fue una de las cosas que más me llamaron la atención de Belgrado. La ciudad no ha escondido todas sus cicatrices. Podemos estar hablando de elegantes palacios del siglo XIX, cruzar una calle y encontrarnos con la Yugoslavia socialista y, apenas unos metros después, plantarnos delante de las consecuencias de una guerra que ocurrió cuando muchos de nosotros ya éramos adultos. Yo recuerdo perfectamente ver aquellas imágenes de los bombardeos en televisión y encontrarte años después delante de algunos de los lugares que aparecían en las noticias produce una sensación bastante emotiva.
También ayuda a entender por qué 1999 continúa siendo un tema tremendamente sensible en Serbia. No es una historia remota que pertenezca únicamente a los libros: muchísimos belgradenses actuales vivieron aquellas semanas, escucharon las sirenas antiaéreas y pasaron noches pendientes de dónde caería el siguiente ataque. Según la historia oficial de la ciudad, durante aquellos casi tres meses hubo muy pocas jornadas sin alarmas aéreas.
Por eso yo recorrería esta parte de Kneza Miloša sin prisas. No es el Belgrado más bonito ni seguramente el que aparecerá en la portada de una guía turística pero sí uno de los que mejor explica la ciudad que tenemos delante hoy. Porque Belgrado ha sido destruida, reconstruida y vuelta a destruir tantas veces que sus edificios funcionan casi como las páginas de un enorme libro de historia. Y en esta avenida encontramos uno de sus capítulos más recientes: el de una ciudad europea que, cuando el siglo XX estaba prácticamente terminando, todavía veía caer bombas sobre sus calles.
Hotel Moskva
Os presento al Hotel Moskva, uno de los edificios más reconocibles de Belgrado. Se encuentra en plena plaza Terazije y es bastante difícil pasar por delante sin fijarse en él, especialmente por la noche, cuando iluminan la fachada y aparece ese enorme letrero de «Хотел Москва», que no hace falta saber cirílico para terminar deduciendo que significa Hotel Moscú. El edificio se inauguró en 1908, aunque en realidad nació como sede de la compañía de seguros Rossiya y hotel de lujo, y desde el principio fue uno de los lugares más elegantes de la capital serbia. Su fachada es una auténtica preciosidad, con esos característicos detalles de cerámica verde que contrastan con el color claro del edificio y que hacen que sea completamente diferente a todo lo que encontramos alrededor.

Y la cantidad de personajes conocidos que han pasado por aquí. Por las habitaciones y salones del Moskva han desfilado reyes, políticos, escritores, actores y músicos, y entre sus huéspedes más famosos aparecen nombres como Albert Einstein, Alfred Hitchcock, Luciano Pavarotti, Robert De Niro o Brad Pitt. Y hay una historia especialmente curiosa relacionada con Alfred Hitchcock: durante su estancia en Belgrado en 1964 parece ser que quedó encantado con la posibilidad de poder asustar a las palomas de la terraza del hotel, algo bastante acorde, todo hay que decirlo, con el director de Los pájaros. El Moskva también sobrevivió a guerras, bombardeos, ocupaciones y a todos los cambios políticos que ha vivido Serbia durante más de un siglo, así que pocas paredes de Belgrado deben de haber visto pasar tantas historias.
Y aunque no tengáis presupuesto —o ganas— de alojaros aquí, se puede entrar perfectamente a curiosear o sentarse en su famosa cafetería, porque otra de las pequeñas instituciones del hotel es su pastelería. De hecho, tienen hasta su propio pastel, la Moskva Šnit, creado en el propio hotel en 1974 y preparado con fruta, almendras y crema. Vamos, que tenemos la excusa perfecta para entrar. Nosotros nos encontramos el hotel completamente iluminado y con muchísimo ambiente delante de la entrada, y tengo que reconocer que es precisamente de noche cuando más espectacular me pareció. Así que cuando paséis por Terazije, aunque solamente sea para hacer una fotografía, parad un momento delante del Moskva, porque estamos ante uno de esos lugares que llevan más de cien años viendo cambiar Belgrado desde primera fila.
El arte urbano de Belgrado
Hay ciudades donde los grafitis parecen simples pintadas y otras donde las paredes funcionan casi como un periódico gigantesco al aire libre, y Belgrado pertenece claramente al segundo grupo. Basta con alejarse un poco de las calles más monumentales para empezar a encontrarnos fachadas cubiertas de murales, retratos, plantillas, pegatinas, mensajes políticos y grafitis que aparecen hasta en el rincón más insospechado. Y a mí estas cosas me encantan, porque muchas veces cuentan bastante más sobre una ciudad que una fachada perfectamente restaurada. En Belgrado, además, el arte urbano tiene mucho que ver con todo lo que ha vivido Serbia durante las últimas décadas: la desaparición de Yugoslavia, las guerras de los noventa, las protestas contra Milošević, los bombardeos de la OTAN de 1999 y todos los cambios políticos y sociales posteriores. La calle se convirtió en un lugar donde protestar, recordar, reivindicar y, por supuesto, también provocar, una tradición que continúa muy presente.
Uno de los barrios donde mejor se aprecia esta faceta es Savamala, que durante años fue una zona bastante degradada junto al río y terminó transformándose en uno de los focos de la cultura alternativa belgradense. Almacenes abandonados, viejos edificios y medianeras comenzaron a llenarse de intervenciones de artistas locales y extranjeros. Algo parecido ocurre en Dorćol, uno de mis barrios favoritos para caminar sin rumbo, y alrededor de Cetinjska, donde antiguas instalaciones industriales han acabado compartiendo espacio con bares, salas de conciertos y proyectos culturales. Aquí el Belgrado monumental desaparece por momentos y aparece otro mucho más desordenado, creativo y canalla.
Y hay una cosa que enseguida llama la atención: en Belgrado casi nada permanece impoluto durante demasiado tiempo. Un mural puede ser precioso y, unas semanas después, aparecer cubierto por firmas, mensajes o nuevas pintadas. En la fotografía se ve perfectamente: tenemos una gran obra ocupando toda una fachada y, debajo, varias capas de grafitis que han ido apareciendo posteriormente. Puede parecernos vandalismo —y algunas veces evidentemente lo es—, pero también forma parte de esa especie de conversación permanente que mantienen las paredes de la ciudad. Aquí una obra urbana no siempre se considera algo terminado e intocable; otro puede llegar después, responder, tacharla o colocar su propia firma encima.

También encontramos muchísimo contenido político, y conviene recordar que no todo el arte callejero de Belgrado es decorativo ni necesariamente amable. Hay murales dedicados a personajes históricos, deportistas, músicos y figuras relacionadas con las guerras de los Balcanes; mensajes nacionalistas conviven con reivindicaciones antifascistas, feministas, pacifistas o ecologistas. Incluso cuestiones internacionales terminan rápidamente pintadas en alguna pared. Es decir, caminando por Belgrado podemos encontrarnos en apenas unas calles mensajes que defienden ideas completamente enfrentadas. Y precisamente por eso resulta tan interesante observarlos: las paredes reflejan muchas de las contradicciones que siguen existiendo dentro de la propia sociedad serbia.
Además, el grafiti tuvo un papel curioso durante los años de Milošević. En las protestas de los noventa, las paredes sirvieron para difundir consignas contra el régimen cuando los grandes medios estaban fuertemente controlados. A finales de aquella década apareció también el famoso movimiento estudiantil Otpor!, cuyo símbolo —un puño negro cerrado— empezó a reproducirse mediante pegatinas, carteles y plantillas por toda Serbia. Aquella imagen sencillísima terminó siendo uno de los símbolos más reconocibles de la oposición que contribuyó a movilizar a una parte de la población hasta la caída de Milošević en el año 2000. Es un buen ejemplo de hasta qué punto una pared, una plantilla y un bote de pintura pueden convertirse también en herramientas políticas.
Docker Brewery & Beer Garden, una cervecería entre los antiguos muelles de Belgrado
Si os gusta la cerveza artesanal, hay un lugar que merece muchísimo la pena incluir durante un viaje a Belgrado: Docker Brewery & Beer Garden. Y no solamente por la cerveza, sino también porque está en una zona bastante curiosa de la ciudad, en Dorćol, junto al antiguo entorno portuario de Belgrado, rodeada de ese paisaje industrial de naves, grúas, contenedores y viejas instalaciones que a mí particularmente me encanta. No esperéis la típica cervecería bonita y perfectamente decorada del centro. Aquí precisamente la gracia está en ese aspecto un poco bruto e industrial que encaja perfectamente con esta parte de Belgrado.
Docker Brewery & Beer Garden es además una auténtica fábrica de cerveza, así que parte de lo que bebemos se elabora prácticamente delante de nosotros. El local combina la zona de producción con un enorme espacio tipo beer hall y, cuando hace buen tiempo, un Beer Garden exterior bastante grande. Todo tiene ese aire de antigua nave industrial reconvertida, con los depósitos de cerveza a la vista, mesas compartidas y muchísimo ambiente.

Yo incluiría Docker especialmente si buscáis lugares diferentes y con un punto alternativo en Belgrado, porque permite salir durante un rato del circuito de iglesias, monumentos y calles turísticas para meternos en esa otra Belgrado industrial y creativa que a mí me parece muchísimo más interesante de lo que aparece en las típicas guías. Y si encima os gusta la cerveza artesanal, tenemos la excusa perfecta: sentarnos en el Beer Garden, pedir una que no hayamos probado nunca y descansar un rato antes de continuar recorriendo la ciudad.
Qué comer en Belgrado: aquí se viene con hambre
Si hay una cosa que aprendimos rápidamente en Belgrado es que la cocina serbia no entiende demasiado bien eso de comer poquito. Aquí las raciones suelen ser generosas, la carne aparece por todas partes, el pan sirve para acompañar prácticamente cualquier cosa y sentarse a comer puede acabar convirtiéndose en un pequeño homenaje gastronómico. La cocina serbia es además el resultado perfecto de la historia del país: encontramos influencias otomanas, austrohúngaras y de otros pueblos balcánicos, así que muchos sabores nos resultarán familiares si hemos viajado anteriormente por esta parte de Europa.

Uno de los platos que vais a encontrar hasta debajo de las piedras son los ćevapi, esos pequeños cilindros de carne picada hechos a la parrilla que normalmente llegan acompañados de cebolla y pan tipo lepinja o somun. Y aquí aparece uno de mis descubrimientos favoritos: el kajmak, una especie de crema láctea espesa y tremendamente adictiva que se pone sobre la carne caliente y empieza a derretirse. No es precisamente el acompañamiento que recomendaría vuestro nutricionista pero tampoco hemos venido hasta Serbia para cenar una ensalada triste.
Otro imprescindible es la pljeskavica, que a primera vista podríamos definir como la prima balcánica de la hamburguesa, aunque sería simplificarla bastante. Es una gran pieza de carne picada especiada preparada a la parrilla que podemos encontrar tanto servida en plato como metida dentro de pan y cargada de acompañamientos. Y si veis ajvar, pedidlo. Esta crema elaborada fundamentalmente con pimientos rojos asados aparece constantemente en la mesa serbia y es una de esas cosas que empiezas probando con prudencia y terminas untando en absolutamente todo.
Pero Serbia no vive solamente de carne a la parrilla. Tenemos la sarma, hojas de col rellenas; el prebranac, elaborado con alubias y cebolla; la gibanica, una especie de pastel de masa filo con queso y huevo; y el omnipresente burek, perfecto para desayunar o solucionar una comida rápida sin gastar demasiado. Las pekara, las panaderías serbias, son además grandes aliadas de cualquier viajero que quiera comer barato.

Y después están las kafanas, que son mucho más que simples restaurantes. Son una institución balcánica: lugares donde se come, se bebe, se charla durante horas y muchas veces aparece la música tradicional para terminar de animar la cosa. Si queréis probar la gastronomía serbia con un poco más de ambiente, merece la pena entrar al menos una vez en una kafana tradicional. Eso sí, cuidado con el momento en que alguien nos ofrece un chupito de rakija como si fuera la cosa más inocente del mundo. Es aguardiente, frecuentemente de ciruela cuando hablamos de šljivovica, y puede bajar estupendamente hasta que intentamos levantarnos de la silla.
Precisamente el restaurante de nuestra fotografía, Zavičaj Balkanska (que significa Patria Balcánica), es uno de esos establecimientos dedicados a la cocina serbia tradicional. Y su aspecto encaja perfectamente con lo que nos fuimos encontrando por Belgrado: restaurantes sin demasiadas pretensiones estéticas pero con cartas llenas de platos caseros y contundentes, que son exactamente los sitios que solemos buscar nosotros cuando viajamos.
Una última advertencia: no os emocionéis pidiendo. En Serbia es bastante fácil pensar «pedimos un par de entrantes y luego cada uno su plato» y descubrir cinco minutos después que acabamos de encargar comida para una pequeña boda balcánica.
Imprescindible saber esto antes de viajar a Belgrado
No hace falta alquilar coche
Para visitar Belgrado exclusivamente, nosotros no alquilaríamos coche. El centro se presta muchísimo más a caminar y, teniendo transporte público gratuito, el coche termina siendo más un estorbo que una ventaja. Además, aparcar en el centro no es precisamente sencillo. Existen diferentes zonas de estacionamiento con límites de tiempo y la propia Oficina de Turismo recomienda utilizar aparcamientos públicos ante la dificultad de encontrar plaza en las calles céntricas.
Otra historia sería que Belgrado fuese solamente el comienzo de una ruta por Serbia. En ese caso sí puede resultar interesante disponer de coche para salir hacia otros puntos del país. Nosotros recorrimos el país en coche de alquiler pero al llegar a Belgrado, lo dejamos en el garaje de nuestro apartamento y nos olvidamos de él hasta que nos fuimos.
Serbia no utiliza euros
Aunque estemos en Europa, Serbia conserva su propia moneda, el dinar serbio (RSD). Encontraremos casas de cambio constantemente, especialmente por el centro, así que no es necesario llegar desde España cargados de dinares. Nosotros llevaríamos algo de efectivo para pequeños gastos aunque actualmente se puede pagar con tarjeta en muchísimos restaurantes, hoteles, supermercados y establecimientos turísticos.
Y un consejo que aplicamos prácticamente en cualquier país: cuando un terminal de pago nos pregunte si queremos pagar en euros o en moneda local, normalmente interesa seleccionar la moneda local, en este caso dinares, y dejar que sea nuestro banco quien haga la conversión.
Ojo con los datos del móvil
Os lo comenté arriba y este dato es importante porque podemos llevarnos un susto: Serbia no pertenece a la Unión Europea, así que no debemos dar automáticamente por hecho que nuestro roaming europeo incluye Serbia. Antes de viajar comprobad las condiciones de vuestra compañía. Si Serbia no está incluida, o recomiendo comprar una SIM local en cualquier tienda de telefonía.
En Belgrado encontrar wifi es facilísimo en alojamientos, cafeterías y restaurantes pero para nosotros tener internet mientras viajamos resulta especialmente útil para mapas, horarios y transporte.
Belgrado es mucho más grande de lo que parece
Mirando un mapa podemos tener la sensación de que está todo relativamente cerca y, efectivamente, el núcleo turístico se recorre bastante bien andando. El problema empieza cuando añadimos San Sava, Zemun, Novi Beograd, algunos edificios brutalistas y otros lugares alejados del casco histórico. Así que no intentéis organizar el viaje calculando únicamente distancias en línea recta. Hay días en los que podemos acabar caminando una barbaridad sin darnos prácticamente cuenta.
Para una primera visita yo dedicaría como mínimo dos días completos, aunque me parecen mucho mejores tres si queremos visitar Belgrado tranquilamente y salir del recorrido más turístico.
No os limitéis al casco histórico
Knez Mihailova, Kalemegdan y la Plaza de la República son imprescindibles, por supuesto, pero si únicamente vemos esa parte nos estaremos llevando una versión bastante incompleta de Belgrado. Hay que cruzar hacia Novi Beograd para encontrarnos con aquella gigantesca planificación urbana de la época yugoslava, acercarnos hasta Zemun para descubrir una ciudad que parece casi distinta, recorrer Dorćol y buscar algunos de sus murales y edificios decadentes.
Precisamente uno de los mayores atractivos de Belgrado es comprobar lo diferente que puede llegar a ser de un barrio a otro.
Mirad hacia arriba
Parece una tontería pero buena parte de los edificios más bonitos del centro tienen los detalles interesantes en los pisos superiores: esculturas, balcones, cúpulas, relieves y fachadas que pasan completamente desapercibidas cuando caminamos mirando escaparates.
Nos ocurrió especialmente en Knez Mihailova y sus alrededores. A ras de calle vemos Zara, cafeterías, restaurantes y comercios como en cualquier otra capital europea; levantamos la cabeza y aparecen algunos de los edificios más elegantes de Belgrado.
No esperéis una ciudad baratísima
Serbia continúa resultándonos generalmente más económica que muchas capitales de Europa occidental pero Belgrado ya no es aquel destino tirado de precio que describen algunos artículos antiguos. Especialmente alrededor de Knez Mihailova, el paseo fluvial y las zonas más turísticas podemos encontrar precios bastante más elevados de lo que uno espera de Serbia.
La solución es bastante sencilla: alejarse unas calles, buscar restaurantes donde veamos clientes locales y utilizar las pekara —panaderías— para algún desayuno o comida rápida. Ahí empezamos a encontrar precios bastante más interesantes.
El agua del grifo de Belgrado es potable, según confirma la propia Oficina de Turismo de la ciudad. Así que podemos rellenar nuestra botella en el alojamiento y ahorrarnos estar comprando continuamente botellas de plástico.
No necesitáis adaptador de enchufe
Otra cosa que podemos dejar tranquilamente en casa. Belgrado utiliza enchufes europeos y corriente de 220 V, por lo que viajando desde España podemos conectar nuestros cargadores normalmente.
El cirílico asusta más de lo que realmente complica. La primera vez que vemos un cartel completamente escrito en cirílico podemos pensar: «estupendo, no entiendo absolutamente nada». Pero tranquilos. En Serbia se utilizan tanto el alfabeto cirílico como el latino, y en las zonas turísticas encontraremos muchísimos nombres escritos también en caracteres que podemos leer. Además, en hoteles, restaurantes y establecimientos turísticos normalmente podremos desenvolvernos en inglés.
Aprended al menos una palabra: hvala, gracias. Es fácil y siempre queda bien hacer el pequeño esfuerzo de utilizar alguna palabra local.
No juzguéis Belgrado durante las primeras dos horas
Este probablemente sería mi consejo principal. Belgrado no es una ciudad que necesariamente nos enamore nada más llegar. Puede parecer gris, caótica, demasiado grande e incluso un poco desordenada. Hay fachadas desconchadas junto a edificios monumentales, bloques comunistas enormes y zonas que estéticamente tienen poco que ver unas con otras. Dadla tiempo.
Cuando empiezas a descubrir Kalemegdan, los dos ríos, Zemun, las iglesias, los edificios brutalistas, las terrazas, la historia yugoslava y ese ambiente ligeramente canalla que tiene la ciudad, las piezas empiezan a encajar. Y probablemente esa sea la cosa más importante que nos hubiera gustado saber antes de viajar a Belgrado: no hay que venir esperando encontrarnos otra Praga, otra Budapest ni otra Viena. Belgrado juega en otra liga. Es más áspera, más desordenada, más contradictoria y bastante menos preocupada por resultar bonita. Pero precisamente por eso, cuando empiezas a rascar un poquito bajo la superficie, termina siendo muchísimo más interesante de lo que parecía a primera vista.
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