Qué ver en Belgrado: guía completa para visitar la capital de Serbia

Belgrado: qué ver y todo lo que necesitas saber antes de viajar

Ten­go que recono­cer que Bel­gra­do no era una de esas ciu­dades que lleváramos años soñan­do con cono­cer. No tiene la mon­u­men­tal­i­dad de Budapest, ni la fama de Pra­ga, ni prob­a­ble­mente sea la primera cap­i­tal euro­pea que a uno se le ocurre cuan­do empieza a bus­car una escapa­da. Y quizá pre­cisa­mente por eso ter­minó sor­prendién­donos bas­tante más de lo esper­a­do. Porque Bel­gra­do no es una ciu­dad espe­cial­mente coque­ta ni pre­tende ser­lo. Es grande, un poco caóti­ca, en algunos lugares bas­tante gris y en otros sor­pren­den­te­mente ele­gante; está llena de edi­fi­cios descon­cha­dos, blo­ques de hormigón, tran­vías que pare­cen saca­dos de otra época, igle­sias orto­doxas, pala­cios, grafi­tis y cica­tri­ces de una his­to­ria reciente que aquí todavía se ve per­fec­ta­mente en las calles.

Y es que para enten­der Bel­gra­do hay que recor­dar que durante décadas fue la cap­i­tal de Yugoslavia, uno de los país­es más pecu­liares de la Europa del siglo XX. Aquí gob­ernó Tito, aquí se reunieron algunos de los grandes líderes mundi­ales del Movimien­to de País­es No Alin­ea­d­os, aquí se lev­an­taron gigan­tescos bar­rios de arqui­tec­tura mod­ernista y bru­tal­ista y aquí, en 1999, volvieron a caer bom­bas en pleno corazón de una cap­i­tal euro­pea. Algu­nas de aque­l­las heri­das con­tinúan sien­do vis­i­bles y encon­trarnos con los restos del antiguo Esta­do May­or yugosla­vo mien­tras un tran­vía rojo pasa­ba tran­quil­a­mente por delante fue una de esas imá­genes que expli­can Bel­gra­do mucho mejor que cualquier guía de via­jes.

Pero sería injus­to quedarse úni­ca­mente con esa cara gris y com­pli­ca­da de la ciu­dad, porque Bel­gra­do tiene muchísi­mo ambi­ente. Muchísi­mo. Ter­razas llenas, músi­cos calle­jeros —y unos cuan­tos acordeones—, cafeterías, cerve­cerías arte­sanales, restau­rantes, arte urbano y una vida noc­tur­na que tiene fama de ser de las más ani­madas de Europa. A eso ten­emos que sumar el enorme par­que de Kale­meg­dan, la for­t­aleza, la calle Knez Mihailo­va, los bar­rios de Dorćol y Zemun, el gigan­tesco tem­p­lo de San Sava y, por supuesto, dos de los grandes ríos europeos: el Sava y el Danu­bio, que se encuen­tran pre­cisa­mente a los pies de la antigua for­t­aleza.

Además, tiene otra ven­ta­ja: todavía podemos via­jar a Bel­gra­do sin dejarnos una for­tu­na. Ya no es aque­l­la ciu­dad baratísi­ma de hace unos años y los pre­cios han subido, espe­cial­mente en las zonas más turís­ti­cas, pero con­tinúa sien­do bas­tante más ase­quible que muchas cap­i­tales de Europa occi­den­tal. Y si haces como nosotros y bus­cas restau­rantes locales, nos ale­jamos un poco de las calles más turís­ti­cas y com­bi­namos las vis­i­tas impre­scindibles con sim­ple­mente cam­i­nar, podemos mon­tar una escapa­da bas­tante económi­ca.

Datos prácticos para viajar a Belgrado

Lo primero que ten­emos que saber es que Ser­bia no pertenece a la Unión Euro­pea ni uti­liza el euro. Su mon­e­da es el dinar ser­bio (RSD) y, como ref­er­en­cia, en 2026 un euro ron­da aprox­i­mada­mente los 117 dinares. En hote­les, restau­rantes y establec­imien­tos grandes podemos pagar nor­mal­mente con tar­je­ta pero recomien­do lle­var siem­pre algo de efec­ti­vo para pequeñas com­pras, mer­ca­dos y deter­mi­na­dos establec­imien­tos. Encon­traremos casas de cam­bio —las famosas men­jačnice— por toda la ciu­dad y suele ser mejor cam­biar allí que hac­er­lo en el aerop­uer­to.

Para los españoles, via­jar a Ser­bia es bas­tante sen­cil­lo: los ciu­dadanos de la Unión Euro­pea pueden entrar para estancias turís­ti­cas de has­ta 90 días sin visa­do y Ser­bia per­mite la entra­da con DNI váli­do a ciu­dadanos de la UE. Aun así, nosotros siem­pre recomen­damos com­pro­bar los req­ui­si­tos ofi­ciales antes de via­jar porque estas cosas pueden cam­biar.

Si lleg­amos en avión ater­rizare­mos en el Aerop­uer­to Niko­la Tes­la, situ­a­do aprox­i­mada­mente a 18 kilómet­ros del cen­tro de Bel­gra­do. Y aquí ten­emos varias posi­bil­i­dades para lle­gar a la ciu­dad. Una de las más económi­cas es uti­lizar el trans­porte públi­co; tam­bién existe el minibús A1 que conec­ta el aerop­uer­to con la zona de Slav­i­ja. Para coger un taxi des­de el aerop­uer­to es impor­tante diri­girse al mostrador ofi­cial y obten­er el com­pro­bante con el pre­cio cor­re­spon­di­ente al des­ti­no antes de subir al vehícu­lo, evi­tan­do así his­to­rias con taxis­tas piratas que, como en tan­tas ciu­dades del mun­do, tam­bién pueden apare­cer por aquí.

Y aquí lle­ga una de las mejores noti­cias para nue­stro bol­sil­lo: des­de el 1 de enero de 2025 el trans­porte públi­co ordi­nario de Bel­gra­do es gra­tu­ito para todo el mun­do, inclu­i­dos los tur­is­tas. Auto­bus­es, tran­vías, trole­bus­es y deter­mi­nadas líneas urbanas de tren pueden uti­lizarse sin com­prar bil­lete. Exis­ten algu­nas excep­ciones, como cier­tos minibus­es exprés y el A1 del aerop­uer­to, que con­tinúan sien­do de pago. Pero otros bus­es, como el 72 o su ver­sión noc­tur­na el 72N, conectan el aerop­uer­to con la ciu­dad gra­tuita­mente. No vas a ver esto en muchas otras ciu­dades.

De todas for­mas, gran parte del cen­tro de Bel­gra­do se puede recor­rer per­fec­ta­mente andan­do. Knez Mihailo­va, la Plaza de la Repúbli­ca, Kale­meg­dan, Dorćol y bue­na parte de los lugares que vamos a vis­i­tar están rel­a­ti­va­mente próx­i­mos entre sí. Para desplaza­mien­tos más lar­gos —por ejem­p­lo, hacia Novi Beograd o Zemun— podemos aprovechar el trans­porte públi­co. Y os recomien­do mon­tar al menos una vez en alguno de sus tran­vías, aunque sola­mente sea porque algunos tienen ese aspec­to lig­era­mente retro que enca­ja per­fec­ta­mente con la ciu­dad.

Otro dato impor­tante: Ser­bia tam­poco for­ma parte del roam­ing de la Unión Euro­pea. No deis por hecho que podéis ater­rizar, encen­der los datos y uti­lizar el móvil como haríais en Italia, Fran­cia o Ale­ma­nia, porque depen­di­en­do de vues­tra com­pañía la fac­tura puede daros una sor­pre­sa bas­tante desagrad­able. Con­viene com­pro­bar las condi­ciones de nue­stro oper­ador antes de salir y, si no incluye Ser­bia, com­prar una SIM local. El wifi, por el con­trario, está muy exten­di­do en hote­les, cafeterías y restau­rantes.

En cuan­to a cuán­tos días dedi­car­le, yo reser­varía un mín­i­mo de dos días com­ple­tos, aunque tres per­miten ver­la con mucha más tran­quil­i­dad e incluir Novi Beograd y Zemun sin ir cor­rien­do de un lado para otro. Bel­gra­do no es una ciu­dad de veinte mon­u­men­tos espec­tac­u­lares con­cen­tra­dos en quinien­tos met­ros; parte de su interés con­siste pre­cisa­mente en recor­rer bar­rios difer­entes, sen­tarse en algu­na ter­raza, cam­i­nar jun­to al río y des­cubrir esos edi­fi­cios y rin­cones que no siem­pre apare­cen entre los diez impre­scindibles de las guías.

Respec­to a la época para via­jar, pri­mav­era y prin­ci­p­ios de otoño me pare­cen prob­a­ble­mente los mejores momen­tos, porque Bel­gra­do es una ciu­dad para cam­i­nar muchísi­mo. Los ver­a­nos pueden ser bas­tante calurosos (nosotros los suf­rimos) y los invier­nos fríos, así que si podemos ele­gir, unos días de tem­per­at­uras suaves nos per­mi­tirán dis­fru­tar mucho más de Kale­meg­dan, las rib­eras de los ríos y las ter­razas.

Y una últi­ma recomen­dación antes de empezar nues­tra ruta: no vengáis bus­can­do una ciu­dad per­fec­ta­mente restau­ra­da y prepara­da para gus­tar al tur­ista, porque prob­a­ble­mente os lle­varéis una impre­sión equiv­o­ca­da. Bel­gra­do tiene fachadas pre­ciosas jun­to a edi­fi­cios medio descon­cha­dos, arqui­tec­tura impe­r­i­al jun­to a enormes blo­ques yugoslavos y ele­gantes avenidas a pocos min­u­tos de zonas bas­tante caóti­cas. Pre­cisa­mente esa mez­cla es parte de su per­son­al­i­dad.

Así que en este artícu­lo vamos a recor­rer la Bel­gra­do mon­u­men­tal, la otomana, la yugosla­va, la bru­tal­ista, la alter­na­ti­va y tam­bién la que todavía con­ser­va las cica­tri­ces de las guer­ras del siglo XX. 

La fortaleza de Belgrado y Kalemegdan

Si sola­mente pudiéramos ele­gir un lugar impre­scindible de Bel­gra­do, prob­a­ble­mente ten­dría que ser este. La For­t­aleza de Bel­gra­do se lev­an­ta en lo alto de una col­i­na dom­i­nan­do la con­flu­en­cia del Sava y el Danu­bio, y cuan­do una lle­ga has­ta aquí entiende per­fec­ta­mente por qué durante más de dos mil años medio mun­do quiso con­tro­lar este peda­zo de tier­ra. Des­de arri­ba se vig­i­lan los dos ríos, las lla­nuras que se extien­den al otro lado y bue­na parte de la actu­al ciu­dad, así que como posi­ción defen­si­va aque­l­lo era prác­ti­ca­mente un rega­lo. El prob­le­ma es que, claro, todo el mun­do quería el rega­lo. Celtas, romanos, bizan­ti­nos, hún­garos, ser­bios, otomanos y aus­tri­a­cos fueron dejan­do aquí su huel­la, destruyen­do, recon­struyen­do y volvien­do a destru­ir las mural­las una y otra vez. De hecho, lo que vemos actual­mente es una especie de puz­zle gigan­tesco de la his­to­ria de Bel­gra­do, con estruc­turas lev­an­tadas unas enci­ma de otras a lo largo de sig­los.

Los romanos conocían esta ciu­dad como Singidunum y en el siglo II insta­laron aquí el cam­pa­men­to per­ma­nente de la Legión IV Flavia. Muchísi­mo después, ya en la Edad Media, lle­garía uno de los momen­tos de may­or esplen­dor de la for­t­aleza. A comien­zos del siglo XV, el déspota Ste­fan Lazare­vić con­vir­tió Bel­gra­do por primera vez en cap­i­tal del Esta­do ser­bio y trans­for­mó aquel lugar en una autén­ti­ca ciu­dad for­ti­fi­ca­da, divi­di­da entre la Ciu­dad Alta y la Ciu­dad Baja. Den­tro había un pala­cio, una capil­la, una bib­liote­ca, un tesoro y las vivien­das de los nobles. Vamos, que cuan­do cam­i­namos hoy tran­quil­a­mente entre árboles, tur­is­tas y gente pase­an­do al per­ro, esta­mos hacién­do­lo por donde hace sei­scien­tos años se encon­tra­ba el mis­mísi­mo corazón políti­co de la Ser­bia medieval.

Y la tran­quil­i­dad duró más bien poco, porque Bel­gra­do tenía la mala suerte de encon­trarse jus­to en uno de esos lugares del mapa donde todo el mun­do acaba­ba pegán­dose con todo el mun­do. Los otomanos inten­taron con­quis­tar­la en 1440 y nue­va­mente en 1456, aunque tuvieron que esper­ar has­ta 1521, cuan­do las tropas de Solimán el Mag­ní­fi­co con­sigu­ieron final­mente tomar la ciu­dad. Más ade­lante lle­garon los enfrentamien­tos entre otomanos y aus­tri­a­cos y la for­t­aleza volvió a cam­biar de manos varias veces. En el siglo XVIII los aus­tri­a­cos lle­garon a trans­for­mar­la en una de las for­t­alezas mil­itares más poderosas de Europa. Y aquí ten­emos una de esas his­to­rias que pare­cen inven­tadas: Nico­las Dox­at de Démoret, uno de los inge­nieros respon­s­ables de aque­l­las impre­sio­n­antes for­ti­fi­ca­ciones, ter­minó sien­do fusila­do pre­cisa­mente delante de las mural­las que él mis­mo había ayu­da­do a con­stru­ir, después de ser respon­s­abi­liza­do de una der­ro­ta mil­i­tar. Des­de luego, a la for­t­aleza de Bel­gra­do no le fal­tan his­to­rias tru­cu­len­tas.

Con­tin­uan­do nue­stro paseo por la for­t­aleza, muy cer­ca de la igle­sia Ruži­ca nos encon­tramos con la Torre Jakšić, una enorme torre defen­si­va de piedra que, con sus alme­nas, el puente de madera y las mural­las que la rodean, parece el esce­nario per­fec­to para una pelícu­la ambi­en­ta­da en la Edad Media. Y medieval es pero con tru­co. La torre orig­i­nal se lev­an­tó durante la segun­da mitad del siglo XV, cuan­do la artillería empez­a­ba a cam­biar por com­ple­to la man­era de defend­er las ciu­dades. De hecho, esta­ba prepara­da para alber­gar has­ta quince cañones, encar­ga­dos de pro­te­ger el acce­so norte a Bel­gra­do. Inclu­so esta­ba comu­ni­ca­da con la parte baja de la for­t­aleza medi­ante un pasadi­zo sub­ter­rá­neo. El nom­bre pro­cede de los her­manos Jakšić, nobles medievales ser­bios que acabaron con­ver­tidos en per­son­ajes de las leyen­das y can­ciones épi­cas pop­u­lares del país.

Y todavía guar­da otra his­to­ria bas­tante más triste. En el muro situ­a­do bajo la Torre Jakšić hay un osario con los restos de sol­da­dos ser­bios muer­tos defen­di­en­do Bel­gra­do durante 1914 y 1915, en ple­na Primera Guer­ra Mundi­al. Fue con­stru­i­do en 1937, coin­ci­di­en­do con la recon­struc­ción de esta parte de la for­t­aleza y con las obras de la cer­cana igle­sia de San­ta Pet­ka.

Por cier­to, aunque nor­mal­mente hablam­os de Kale­meg­dan como si fuera el nom­bre de toda la for­t­aleza, en real­i­dad no es exac­ta­mente así. La for­t­aleza es Beograd­s­ka tvrđa­va, mien­tras que Kale­meg­dan es el par­que que se extiende jun­to a ella. Y has­ta el nom­bre tiene his­to­ria: pro­cede de las pal­abras tur­cas kale, for­t­aleza, y mey­dan, cam­po o plaza, una ref­er­en­cia al espa­cio situ­a­do frente a las defen­sas. Lo que antigua­mente era ter­reno mil­i­tar ter­minó con­vir­tién­dose, a par­tir del siglo XIX, en el enorme par­que por el que paseamos actual­mente.

Y no cometáis el error de venir has­ta aquí úni­ca­mente para hac­er la fotografía de los dos ríos y mar­charos, porque den­tro del recin­to hay muchísi­mo que ver. Encon­traremos puer­tas for­ti­fi­cadas, tor­res, bas­tiones, el Museo Mil­i­tar, el curioso Pozo Romano —que, pese al nom­bre, ni siquiera es romano—, la Torre Nebo­jša, antigu­os almacenes de pólvo­ra, la igle­sia de Ruži­ca y la pequeña igle­sia de San­ta Pet­ka. Y, por supuesto, está Pobed­nik, «El Vence­dor», la enorme figu­ra mas­culi­na que con­tem­pla los ríos des­de lo alto de una colum­na y que se ha ter­mi­na­do con­vir­tien­do en uno de los grandes sím­bo­los de Bel­gra­do.

Pero dejan­do por un momen­to tan­ta guer­ra, emper­ador, pólvo­ra y ase­dio, lo que más dis­fru­ta­mos nosotros de Kale­meg­dan fue sim­ple­mente pasear­lo. Es enorme, está lleno de árboles y con­tin­u­a­mente apare­cen restos de mural­las, tor­res y rin­cones des­de los que aso­marse hacia el río. Y después de cono­cer todo lo que ha suce­di­do aquí resul­ta bas­tante curioso ver a la gente cor­rien­do, famil­ias pase­an­do y pare­jas sen­tadas tran­quil­a­mente sobre las mural­las de un lugar por el que durante sig­los pasaron ejérci­tos enteros.

Y dejad para el final la zona del mon­u­men­to de Pobed­nik, porque des­de allí ten­emos una de las panorámi­cas más espec­tac­u­lares de Bel­gra­do. Jus­to deba­jo de nosotros vemos cómo el Sava ter­mi­na unién­dose al gigan­tesco Danu­bio y, enfrente, se extien­den Novi Beograd y Zemun. Si podéis hac­er coin­cidir la visi­ta con las últi­mas horas de la tarde, muchísi­mo mejor. Después de todo lo que hemos con­ta­do sobre guer­ras y con­quis­tas, resul­ta has­ta paradóji­co ter­mi­nar sen­ta­dos tran­quil­a­mente sobre aque­l­las mural­las vien­do pon­erse el sol. Y prob­a­ble­mente esa mez­cla sea pre­cisa­mente una de las cosas que mejor define Bel­gra­do: una ciu­dad tremen­da­mente cas­ti­ga­da por la his­to­ria que ha apren­di­do a seguir vivien­do enci­ma de ella.

Iglesia Ružica, una de las iglesias más curiosas de Belgrado

Escon­di­da entre las mural­las de la For­t­aleza de Bel­gra­do y jus­to deba­jo de la puer­ta de Zin­dan encon­tramos la pequeña igle­sia Ruži­ca, que, si no sabe­mos que está ahí, casi puede pasar desapercibi­da. Y sería una pena, porque detrás de ese exte­ri­or bas­tante sen­cil­lo de piedra se esconde uno de los tem­p­los más curiosos que vimos en Bel­gra­do. Ruži­ca está ded­i­ca­da a la Nativi­dad de la Vir­gen y se con­sid­era uno de los lugares de cul­to más antigu­os de la ciu­dad, aunque aquí hay que hac­er una pequeña aclaración: la tradi­ción ase­gu­ra que ya existía una igle­sia en este mis­mo lugar durante la Edad Media pero no hay prue­bas defin­i­ti­vas de que fuese exac­ta­mente el mis­mo tem­p­lo. La igle­sia actu­al nació en 1867, cuan­do un antiguo almacén de pólvo­ra del siglo XVIII situ­a­do den­tro de la for­t­aleza fue trans­for­ma­do en igle­sia mil­i­tar.

Iglesia

Y pre­cisa­mente su pasa­do mil­i­tar es el respon­s­able de la sor­pre­sa que encon­tramos al entrar. Los enormes can­de­labros están fab­ri­ca­dos con mate­r­i­al béli­co de la Primera Guer­ra Mundi­al: casquil­los, muni­ción, granadas aus­tro­hún­garas y sables de ofi­ciales ser­bios. Puede sonar un poco macabro —yo des­de luego no recuer­do haber vis­to algo pare­ci­do en ningu­na otra igle­sia—, pero la inten­ción era pre­cisa­mente la con­traria: trans­for­mar obje­tos crea­d­os para matar en ele­men­tos de un lugar de cul­to. Inclu­so existe un sim­bolis­mo pre­cioso rela­ciona­do con la cera de las velas cayen­do sobre las armas como si fuer­an lágri­mas, recor­dan­do la bar­bari­dad de la guer­ra.

La pobre Ruži­ca, además, sabe bas­tante de guer­ras. Quedó grave­mente daña­da durante los com­bat­es de 1915, en ple­na Primera Guer­ra Mundi­al, y tuvo que ser restau­ra­da en 1925, momen­to en el que adquir­ió bue­na parte del aspec­to que vemos actual­mente. Y fijaos tam­bién en la entra­da porque hay dos sol­da­dos de bronce cus­todián­dola: uno rep­re­sen­ta a un guer­rero medieval de la época del emper­ador Dušan y el otro a un sol­da­do ser­bio de comien­zos del siglo XX. ¿Y sabéis con qué se hicieron? Pues sigu­ien­do la mis­ma filosofía del inte­ri­or, fueron fun­di­dos uti­lizan­do casquil­los de artillería.

Todavía guar­da otra curiosi­dad: en su inte­ri­or se con­ser­van dos de las seis imá­genes reli­giosas que sol­da­dos ser­bios lle­varon con­si­go des­de Biz­er­ta, en Túnez, al regre­sar a su país después de la Primera Guer­ra Mundi­al. Y los fres­cos tam­poco son tan antigu­os como podríamos imag­i­nar al entrar: fueron real­iza­dos en 1938 por el pin­tor ruso Andréi Bicenko y, mez­cla­dos con las esce­nas reli­giosas, apare­cen per­son­ajes históri­cos como el zar Nicolás II de Rusia y var­ios monar­cas ser­bios.

Monumento de Gratitud a Francia

En mitad de Kale­meg­dan nos encon­tramos con este enorme mon­u­men­to que, a primera vista, puede resul­tar un poco descon­cer­tante porque ¿qué hace una estat­ua ded­i­ca­da a Fran­cia en ple­na For­t­aleza de Bel­gra­do? Pues para enten­der­lo ten­emos que volver a la Primera Guer­ra Mundi­al, cuan­do Fran­cia se con­vir­tió en uno de los grandes ali­a­dos de Ser­bia. La ayu­da no fue sola­mente mil­i­tar: tras la durísi­ma reti­ra­da del ejérci­to ser­bio a través de Alba­nia y durante los años de guer­ra, Fran­cia tam­bién acogió y ayudó a for­mar a numerosos jóvenes ser­bios. Cuan­do ter­minó el con­flic­to, aque­l­la relación había deja­do una huel­la tan pro­fun­da que difer­entes aso­cia­ciones comen­zaron a recau­dar dinero para lev­an­tar un mon­u­men­to de agradec­imien­to en Bel­gra­do. Final­mente se inau­guró el 11 de noviem­bre de 1930, exac­ta­mente doce años después del armisti­cio, y para la cer­e­mo­nia Kale­meg­dan se llenó de ban­deras france­sas y yugoslavas y se cal­cu­la que acud­ieron alrede­dor de 20.000 per­sonas.

La obra es del famoso escul­tor Ivan Meštro­vić y la mujer de bronce que vemos en lo alto no rep­re­sen­ta a ningún per­son­aje real: es Fran­cia, avan­zan­do con una energía tremen­da para acud­ir en ayu­da de Ser­bia. Pero no os lim­itéis a mirar la figu­ra de arri­ba porque el pedestal esconde parte de la his­to­ria. En uno de sus lat­erales aparece el relieve de Los Guer­reros, que recuer­da a los sol­da­dos france­ses y ser­bios luchan­do jun­tos, mien­tras que en el otro encon­tramos La Sor­bona, una mujer rodea­da de estu­di­antes que sim­boliza la ayu­da france­sa en la edu­cación de los jóvenes ser­bios durante y después de la guer­ra. Y detrás aparece una frase que resume per­fec­ta­mente el moti­vo por el que se lev­an­tó todo aque­l­lo: «Amamos a Fran­cia como ella nos amó, 1914–1918».

La Asamblea Nacional de Serbia

Con su enorme cúpu­la ver­dosa, las colum­nas de la entra­da y esa ilu­mi­nación que al caer la tarde con­sigue que parez­ca todavía más espec­tac­u­lar, cues­ta imag­i­nar que este edi­fi­cio tar­dara nada menos que 29 años en ter­mi­narse. La primera piedra se colocó en 1907 pero entre fal­ta de dinero, las guer­ras bal­cáni­cas, la Primera Guer­ra Mundi­al y var­ios cam­bios en el proyec­to, las obras fueron avan­zan­do a trompi­cones has­ta que final­mente se inau­guró en 1936. Dos días después se cel­e­bra­ba aquí la primera sesión par­la­men­taria.

Asamblea Belgrado

Y fijaos cuan­do lleguéis en las enormes escul­turas de bronce situ­adas a ambos lados de la escali­na­ta porque tienen una his­to­ria de lo más curiosa. Son obra de Toma Rosandić y rep­re­sen­tan a unos hom­bres inten­tan­do dom­i­nar a unos cabal­los negros des­bo­ca­dos. La idea era sim­bolizar la fuerza —los cabal­los— con­tro­la­da por el ser humano y la razón, algo bas­tante apropi­a­do tenien­do en cuen­ta que esta­mos delante del Par­la­men­to. Pero lo mejor es que orig­i­nal­mente se había pen­sa­do colo­car dos leones de bronce y final­mente alguien debió de pen­sar que aque­l­lo de los cabal­los y sus domadores rep­re­senta­ba mucho mejor al pueblo ser­bio.

El edi­fi­cio, además, ha vis­to pasar prác­ti­ca­mente toda la con­vul­sa his­to­ria del país durante el últi­mo siglo: nació como Par­la­men­to del Reino de Yugoslavia, fue uti­liza­do durante la ocu­pación en la Segun­da Guer­ra Mundi­al, pos­te­ri­or­mente albergó las difer­entes asam­bleas de la Yugoslavia social­ista y, des­de la inde­pen­den­cia de Ser­bia en 2006, es la sede de su Asam­blea Nacional. Vamos, que si estas pare­des pudier­an hablar ten­dríamos his­to­rias para escribir unos cuan­tos artícu­los más. Y un con­se­jo: acer­caos al atarde­cer, porque cuan­do empiezan a encen­der la ilu­mi­nación exte­ri­or y las cúpu­las todavía se recor­tan con­tra el cielo azul, el edi­fi­cio está espe­cial­mente boni­to. Ya lo veis en la foto.

El templo de San Sava

Puedes haber vis­to cien fotografías antes de via­jar a Bel­gra­do, cono­cer sus dimen­siones e inclu­so saber que está con­sid­er­a­do uno de los may­ores tem­p­los orto­dox­os del mun­do. Pero has­ta que no lle­gas a la enorme explana­da de Vračar y te plan­tas delante de seme­jante mole blan­ca, no ter­mi­nas de hac­erte una idea de sus pro­por­ciones. En nues­tra fotografía se apre­cia bas­tante bien, aunque os ase­guro que en per­sona parece todavía may­or. Y si por fuera impre­siona, esper­ad a entrar, porque ahí es donde San Sava jue­ga defin­i­ti­va­mente su mejor car­ta.

 

La elec­ción de este lugar no fue casu­al. Según la tradi­ción, fue en esta zona de Vračar donde los otomanos que­maron a finales del siglo XVI las reliquias de San Sava, una figu­ra fun­da­men­tal para la his­to­ria ser­bia: hijo de Ste­fan Neman­ja y primer arzo­bis­po de la Igle­sia orto­doxa ser­bia autocé­fala. Tres sig­los después surgió la idea de lev­an­tar aquí un gigan­tesco tem­p­lo en su memo­ria. En 1895 se creó la sociedad encar­ga­da de impul­sar­lo, aunque entre con­cur­sos arqui­tec­tóni­cos, guer­ras y prob­le­mas políti­cos, aque­l­lo iba a con­ver­tirse en una de esas obras que pare­cen con­de­nadas a no ter­mi­nar nun­ca. Como La Sagra­da Famil­ia, vamos.

La con­struc­ción comen­zó final­mente en 1935, sigu­ien­do el proyec­to de los arqui­tec­tos Bog­dan Nestorović y Alek­san­dar Deroko. Pero ape­nas habían con­segui­do lev­an­tar una parte de la estruc­tura cuan­do llegó la Segun­da Guer­ra Mundi­al. En 1941 los tra­ba­jos quedaron par­al­iza­dos y el edi­fi­cio inacaba­do tuvo usos bas­tante poco reli­giosos: durante la ocu­pación llegó a uti­lizarse para guardar vehícu­los.

Y después llegó la Yugoslavia social­ista de Tito. El nue­vo Esta­do comu­nista no tenía pre­cisa­mente entre sus pri­or­i­dades ter­mi­nar una gigan­tesca igle­sia orto­doxa en mitad de la cap­i­tal. Durante décadas las autori­dades rec­haz­aron las peti­ciones para con­tin­uar las obras. El patri­ar­ca Ger­man con­vir­tió la recu­peración del proyec­to casi en una batal­la per­son­al: llegó a pre­sen­tar dece­nas y dece­nas de solic­i­tudes para poder seguir con­struyen­do. El enorme solar inacaba­do ter­minó inclu­so uti­lizán­dose como zona de jue­gos y acogió espec­tácu­los circens­es. Cues­ta bas­tante imag­i­narlo cuan­do uno está hoy delante de seme­jante tem­p­lo.

Final­mente, en 1984 se autor­izó la con­tin­uación de las obras y la con­struc­ción se reanudó al año sigu­iente. Y aquí encon­tramos una de mis curiosi­dades favoritas de San Sava: su gigan­tesca cúpu­la, de unas 4.000 toneladas, fue con­stru­i­da a niv­el del sue­lo y pos­te­ri­or­mente ele­va­da has­ta colo­car­la sobre el edi­fi­cio. La operación duró alrede­dor de cuarenta días. Solo imag­i­nar cua­tro mil toneladas subi­en­do lenta­mente has­ta enca­jar sobre la estruc­tura ya da una idea de la mag­ni­tud de todo aque­l­lo.

El tem­p­lo alcan­za unos 79 met­ros de altura con­tan­do la cruz y puede alber­gar alrede­dor de 10.000 per­sonas entre la plan­ta prin­ci­pal y las galerías. Pero todas estas cifras dejan de impor­tar bas­tante en cuan­to atrav­es­amos las puer­tas. Porque si el exte­ri­or es mon­u­men­tal, el inte­ri­or es abso­lu­ta­mente desmesura­do.

Las pare­des, los arcos y espe­cial­mente la inmen­sa cúpu­la están cubier­tos por mosaicos de fon­do dora­do que trans­for­man com­ple­ta­mente el espa­cio. Se cal­cu­la que hay más de 15.000 met­ros cuadra­dos de mosaicos en el con­jun­to. Cuan­do lev­an­ta­mos la cabeza hacia la cúpu­la, la sen­sación es casi de estar den­tro de una gigan­tesca caja de oro. Y aunque una no sea espe­cial­mente reli­giosa, por no decir nada —que no hace ningu­na fal­ta para dis­fru­tar de la visi­ta—, artís­ti­ca­mente es uno de esos inte­ri­ores ante los que resul­ta com­pli­ca­do no soltar un «¡joder!».

Y no os vayáis sin bajar a la crip­ta. Sería un error enorme entrar, ver la igle­sia prin­ci­pal y mar­charse pen­san­do que ya está todo vis­to. La parte infe­ri­or con­tinúa con esa dec­o­ración abso­lu­ta­mente exu­ber­ante y es uno de los espa­cios más espec­tac­u­lares del con­jun­to. Nosotros somos bas­tante afi­ciona­dos a meter­nos en crip­tas, igle­sias, pasadi­zos y cualquier sitio que ten­ga pin­ta de escon­der algo intere­sante, así que evi­den­te­mente esta no iba a escaparse.

Iglesia de San Marcos

Muy cer­ca del Par­la­men­to y pre­si­di­en­do uno de los extremos del par­que Taš­ma­j­dan se encuen­tra la Igle­sia de San Mar­cos, una de esas con­struc­ciones que lla­man la aten­ción inclu­so antes de saber qué esta­mos vien­do, prin­ci­pal­mente por su enorme tamaño y por esa pre­ciosa facha­da de piedra en difer­entes tonos roji­zos. Aunque por su aspec­to pue­da pare­cer­nos bas­tante más antigua, en real­i­dad fue con­stru­i­da entre 1931 y 1940 sigu­ien­do los planos de los her­manos Petar y Branko Krstić, que se inspi­raron en el monas­te­rio medieval de Gračan­i­ca para crear este enorme tem­p­lo de esti­lo ser­bio-bizan­ti­no. Cuan­do ter­minó de con­stru­irse llegó a ser el tem­p­lo más grande del entonces Reino de Yugoslavia y sus dimen­siones siguen impre­sio­n­an­do: tiene unos 62 met­ros de largo, 45 de ancho y su cúpu­la prin­ci­pal alcan­za aprox­i­mada­mente los 60 met­ros de altura.

Pareja en iglesia de Belgrado

Pero lo más curioso es que esta no fue la primera igle­sia de San Mar­cos que hubo aquí. A pocos met­ros existía otra mucho más pequeña con­stru­i­da en 1835, cuan­do esta zona esta­ba ocu­pa­da por el antiguo cemente­rio de Bel­gra­do; de hecho, los pro­pios habi­tantes de la ciu­dad la conocían como la «igle­sia del cemente­rio». Durante algunos años lle­garon inclu­so a con­vivir las dos igle­sias, has­ta que el pequeño tem­p­lo antiguo resultó grave­mente daña­do durante el bom­bardeo alemán de Bel­gra­do de 1941 y sus restos ter­mi­naron sien­do reti­ra­dos.

Y merece la pena entrar porque guar­da unas cuan­tas sor­pre­sas. Aquí se encuen­tra el sar­cófa­go con los restos del emper­ador Ste­fan Dušan, una de las fig­uras más impor­tantes de la Ser­bia medieval, que reinó en el siglo XIV y llegó a gob­ernar un enorme ter­ri­to­rio bal­cáni­co. Pero todavía hay más: en la crip­ta des­cansan el rey Ale­jan­dro Obren­ović y su esposa, la reina Dra­ga Mašin, pro­tag­o­nistas de uno de los episo­dios más tru­cu­len­tos de la his­to­ria ser­bia, ya que ambos fueron asesina­dos durante el golpe de Esta­do de 1903. La igle­sia con­ser­va además una de las colec­ciones de iconos ser­bios de los sig­los XVIII y XIX más impor­tantes del país.

Y fijaos tam­bién antes de entrar en el mosaico situ­a­do jus­to enci­ma de la puer­ta prin­ci­pal, que aparece per­fec­ta­mente en las fotografías. Rep­re­sen­ta a San Mar­cos Evan­ge­lista y fue real­iza­do por el pin­tor Veljko Stano­je­vić en 1961. Otra curiosi­dad es que la Segun­da Guer­ra Mundi­al inter­rumpió los tra­ba­jos y durante décadas bue­na parte del gigan­tesco inte­ri­or per­maneció sin la dec­o­ración que ini­cial­mente se había proyec­ta­do.

A mí me parece además que San Mar­cos es una de las igle­sias más fotogéni­cas de Bel­gra­do. Quizá no ten­ga la fama del gigan­tesco Tem­p­lo de San Sava, pero su facha­da a rayas rojizas, sus cúpu­las y ese enorme cam­pa­nario cen­tral hacen que sea com­ple­ta­mente difer­ente. Y como se encuen­tra den­tro del par­que Taš­ma­j­dan y prác­ti­ca­mente de camino entre var­ios de los lugares que vamos a vis­i­tar en el cen­tro, no hay ningu­na excusa para no acer­carse. La entra­da es gra­tui­ta y, aunque sola­mente tengáis unos min­u­tos, entrad a echar un vis­ta­zo porque es una de esas igle­sias que por den­tro guar­da mucha más his­to­ria de la que uno imag­i­na al ver­la des­de fuera.

El extraño monumento al patriarca Pavle

Y jus­to delante de la Igle­sia de San Mar­cos nos encon­tramos con una de esas estat­uas raras de Bel­gra­do que a mí me encan­tan. El per­son­aje es el patri­ar­ca Pavle, que fue máx­i­mo respon­s­able de la Igle­sia orto­doxa ser­bia entre 1990 y su muerte en 2009 y llegó a con­ver­tirse en una figu­ra enorme­mente pop­u­lar en Ser­bia. La escul­tura, obra de Zoran Maleš, se colocó aquí en 2018 y rep­re­sen­ta al patri­ar­ca sen­ta­do y lig­era­mente incli­na­do hacia delante. Has­ta aquí todo nor­mal. Lo curioso lle­ga cuan­do nos fijamos bien y des­cub­ri­mos que ¡no hay sil­la!. Pavle parece estar lit­eral­mente sen­ta­do en el aire, algo que gen­eró bas­tante polémi­ca cuan­do se inau­guró el mon­u­men­to. Y la expli­cación es mucho más intere­sante de lo que parece: el escul­tor se inspiró en una cono­ci­da fotografía del patri­ar­ca via­jan­do sen­ta­do en un tran­vía de Bel­gra­do y quiso trans­mi­tir al mis­mo tiem­po una sen­sación de ligereza y espir­i­tu­al­i­dad.

Estatua Belgrado

Y todavía hubo otra polémi­ca: a algunos habi­tantes de Bel­gra­do tam­poco les gustó demasi­a­do hacia dónde mira­ba la estat­ua, porque en lugar de estar ori­en­ta­da hacia la igle­sia parecía mirar hacia un establec­imien­to cer­cano. El pro­pio escul­tor tuvo que explicar que la ori­entación se había elegi­do sim­ple­mente para que los peatones pudier­an con­tem­plar mejor la figu­ra com­ple­ta. Per­sonal­mente, me parece uno de esos pequeños mon­u­men­tos que prob­a­ble­mente pasaríamos por alto si no cono­ce­mos su his­to­ria y que, una vez que sabe­mos lo que rep­re­sen­ta, se vuelve muchísi­mo más intere­sante. Así que cuan­do sal­gáis de San Mar­cos, bus­cad a ese extraño señor bar­bu­do que parece estar sen­ta­do en una sil­la invis­i­ble porque, además de con­seguir una fotografía de lo más curiosa, estaréis delante de uno de los per­son­ajes reli­giosos más queri­dos de la Ser­bia con­tem­poránea.

Belgrado y sus dos ríos: el Danubio y el Sava

Una de las cosas que más me sor­prendieron de Bel­gra­do es la enorme pres­en­cia que tienen sus dos ríos, el Danu­bio y el Sava, porque aquí no esta­mos hablan­do pre­cisa­mente de dos pequeños cauces atrav­es­an­do la ciu­dad, sino de dos autén­ti­cos gigantes que for­man parte insep­a­ra­ble del paisaje de la cap­i­tal ser­bia. 

Río de Belgrado

Con­tro­lar esta con­flu­en­cia sig­nifi­ca­ba con­tro­lar una impor­tan­tísi­ma vía de comu­ni­cación entre Europa Cen­tral y los Bal­canes, así que no resul­ta extraño que romanos, bizan­ti­nos, otomanos, hún­garos y aus­tri­a­cos se pelear­an una y otra vez por Bel­gra­do. Pero los ríos no son úni­ca­mente parte de su his­to­ria: siguen estando com­ple­ta­mente inte­gra­dos en la vida cotid­i­ana de la ciu­dad. A sus oril­las encon­tramos lar­gos paseos, car­riles para bici­cle­tas, restau­rantes, ter­razas y los famosos splavovi, esos curiosos locales flotantes que se han con­ver­tido en una de las señas de iden­ti­dad de la noche bel­gradense.

El Palacio Viejo de Belgrado

A ape­nas unos min­u­tos cam­i­nan­do del Par­la­men­to nos encon­tramos con otro de esos edi­fi­cios de Bel­gra­do que, espe­cial­mente cuan­do empieza a anochecer y encien­den toda la ilu­mi­nación de la facha­da, parece pedirte que saques la cámara. Es el Stari Dvor o Pala­cio Viejo, con­stru­i­do en la déca­da de 1880 por orden del rey Milan Obren­ović, pre­cisa­mente en los años en los que Ser­bia acaba­ba de con­ver­tirse en reino. Y aunque hoy alber­ga depen­den­cias del Ayun­tamien­to de Bel­gra­do, durante mucho tiem­po fue un autén­ti­co pala­cio real. 

Palacio Belgrado

Y si hoy lo vemos tan estu­pen­do, nadie diría que ha lle­va­do una vida bas­tante acci­den­ta­da: sufrió impor­tantes daños tan­to durante la Primera Guer­ra Mundi­al como durante el bom­bardeo alemán de Bel­gra­do de abril de 1941 y las pos­te­ri­ores recon­struc­ciones lle­garon inclu­so a mod­i­ficar parte de su aspec­to orig­i­nal. Una curiosi­dad que me encan­tó des­cubrir es que lo que vemos actual­mente era sola­mente una parte de un proyec­to muchísi­mo más ambi­cioso: se había imag­i­na­do como una de las alas de un enorme com­ple­jo palac­i­ego que nun­ca llegó a con­stru­irse tal y como esta­ba pre­vis­to. Además, jus­to al otro lado del par­que se encuen­tra el Pala­cio Nue­vo, así que en ape­nas unos met­ros ten­emos pala­cios, jar­dines, Par­la­men­to y un buen peda­zo de la his­to­ria políti­ca de Ser­bia. 

Cuando Belgrado era comunista

Para enten­der de ver­dad Bel­gra­do hay que hac­er un pequeño ejer­ci­cio de imag­i­nación y regre­sar a una ciu­dad que ya no existe: la Bel­gra­do comu­nista, cap­i­tal de la Repúbli­ca Fed­er­al Social­ista de Yugoslavia. Y aquí con­viene olvi­darnos un poco de la ima­gen que sole­mos ten­er de los país­es comu­nistas de Europa del Este, porque la Yugoslavia de Josip Broz Tito fue un caso bas­tante pecu­liar.

Al ter­mi­nar la Segun­da Guer­ra Mundi­al, Tito gob­ern­a­ba un país social­ista, sí, pero en 1948 rompió con Stal­in y se negó a seguir las órdenes de Moscú. Aque­l­lo fue una autén­ti­ca bom­ba políti­ca en ple­na Guer­ra Fría. Yugoslavia acabó con­struyen­do su propia ver­sión del social­is­mo y jugan­do una com­pli­cadísi­ma par­ti­da entre los dos grandes blo­ques: ni com­ple­ta­mente con los soviéti­cos ni integra­da en Occi­dente. Esa inde­pen­den­cia ter­mi­naría con­vir­tien­do a Bel­gra­do en una cap­i­tal con muchísi­mo más peso inter­na­cional del que hoy podríamos imag­i­nar.

De hecho, en 1961 Bel­gra­do acogió la primera gran con­fer­en­cia del Movimien­to de País­es No Alin­ea­d­os. Durante unos días lle­garon a la ciu­dad algunos de los diri­gentes más impor­tantes del plan­e­ta: Nass­er, Nehru, Sukarno, Nkrumah, Haile Selassie… Imag­i­naos la esce­na. Una Bel­gra­do social­ista reci­bi­en­do del­e­ga­ciones proce­dentes de Asia y África mien­tras Esta­dos Unidos y la Unión Soviéti­ca se vig­i­la­ban mutu­a­mente con medio mun­do divi­di­do entre ambos. Inclu­so se orga­nizó una cer­e­mo­nia en Nue­vo Bel­gra­do en la que aque­l­los diri­gentes plan­taron árboles acom­paña­dos por jóvenes yugoslavos vesti­dos con uni­formes de explo­radores y tra­jes tradi­cionales. Tito había con­segui­do colo­car a Yugoslavia en medio del tablero inter­na­cional sin pertenecer ofi­cial­mente a ninguno de los dos grandes ban­dos.

Y mien­tras Tito hacía políti­ca inter­na­cional, Bel­gra­do esta­ba cam­bian­do a una veloci­dad tremen­da. En 1948 comen­zó la con­struc­ción de Novi Beograd sobre unos ter­renos prác­ti­ca­mente vacíos y pan­tanosos al otro lado del Sava. Allí apare­ció aque­l­la nue­va ciu­dad de avenidas enormes, blo­ques res­i­den­ciales, edi­fi­cios guber­na­men­tales y toneladas de hormigón que hoy nos parece uno de los grandes lega­dos arqui­tec­tóni­cos de la época yugosla­va. La idea no era sola­mente solu­cionar la fal­ta de vivien­das: Nue­vo Bel­gra­do debía enseñar al mun­do cómo imag­in­a­ba el rég­i­men la ciu­dad mod­er­na del futuro. De aque­l­los años proce­den muchos de esos edi­fi­cios gigan­tescos y bru­tal­is­tas que hoy resul­tan tan fasci­nantes.

Pero prob­a­ble­mente lo más curioso sea cómo vivían los pro­pios yugoslavos aquel comu­nis­mo. Mien­tras en otros país­es del bloque ori­en­tal via­jar al extran­jero podía con­ver­tirse en toda una odis­ea, Yugoslavia fue abrien­do pro­gre­si­va­mente sus fron­teras durante los años sesen­ta. Sus ciu­dadanos via­ja­ban, com­pra­ban fuera del país y podían encon­trarse con pro­duc­tos y for­mas de ocio occi­den­tales. Había pub­li­ci­dad, elec­trodomés­ti­cos, moda, vaca­ciones en la cos­ta del Adriáti­co, agen­cias de via­jes, dis­cote­cas y una cul­tura de con­sumo que a veces resul­ta difí­cil enca­jar con nues­tra ima­gen tradi­cional de un país social­ista. Los his­to­ri­adores han lle­ga­do a hablar de aquel pecu­liar fenó­meno como una especie de social­is­mo de con­sumo, y pre­cisa­mente esa mez­cla entre comu­nis­mo y cul­tura occi­den­tal fue una de las grandes par­tic­u­lar­i­dades de Yugoslavia.

Has­ta ir de com­pras al extran­jero ter­minó con­vir­tién­dose en una cos­tum­bre. Muchos yugoslavos cruz­a­ban las fron­teras bus­can­do deter­mi­na­dos pro­duc­tos y regresa­ban car­ga­dos con aque­l­lo que no encon­tra­ban fácil­mente en casa. Y las vaca­ciones tam­bién forma­ban parte de esa idea yugosla­va de la bue­na vida: durante las décadas de 1960 y 1970 se impul­só enorme­mente el tur­is­mo entre los tra­ba­jadores y ten­er unos días de des­can­so jun­to al Adriáti­co dejó de ser algo reser­va­do exclu­si­va­mente a las clases priv­i­le­giadas. Esa es quizá una de las razones por las que todavía existe entre algunos habi­tantes de la antigua Yugoslavia cier­ta nos­tal­gia por aque­l­los años, aunque esa memo­ria con­vive, por supuesto, con la fal­ta de lib­er­tades políti­cas, la cen­sura y el carác­ter autori­tario del rég­i­men.

Ves­ti­gios de la antigua Yugoslavia

Y luego esta­ba Tito, omnipresente y rodea­do de una ima­gen que mez­cla­ba líder comu­nista, estadista inter­na­cional y per­son­aje casi de pelícu­la. Resul­ta bas­tante paradóji­co que el diri­gente de un Esta­do social­ista lle­vara una vida que podía estar bas­tante ale­ja­da de la aus­teri­dad pro­le­taria: res­i­den­cias ofi­ciales, via­jes inter­na­cionales y encuen­tros con jefes de Esta­do y cele­bri­dades forma­ban parte de su mun­do. Los estu­dios sobre su figu­ra han señal­a­do pre­cisa­mente esa con­tradic­ción entre la ide­ología ofi­cial y cier­tos aspec­tos casi aris­tocráti­cos de su for­ma de via­jar y rep­re­sen­tarse públi­ca­mente.

Así que cuan­do hoy cam­i­namos por Bel­gra­do y encon­tramos viejos telé­fonos públi­cos como el de la fotografía, blo­ques de hormigón, edi­fi­cios mon­u­men­tales de Novi Beograd o pequeños detalles que pare­cen haberse queda­do con­ge­la­dos varias décadas atrás, esta­mos vien­do los restos de una ciu­dad que fue cap­i­tal de un país de más de veinte mil­lones de habi­tantes y uno de los exper­i­men­tos políti­cos más sin­gu­lares de la Europa del siglo XX. Y creo que pre­cisa­mente ahí está bue­na parte del atrac­ti­vo de Bel­gra­do: no es una ciu­dad que haya bor­ra­do com­ple­ta­mente su pasa­do para pon­erse gua­pa de cara al tur­ista. La antigua Yugoslavia con­tinúa apare­cien­do con­tin­u­a­mente por las esquinas, a veces en for­ma de arqui­tec­tura mon­u­men­tal y otras en cosas tan sen­cil­las como una vie­ja cab­i­na tele­fóni­ca cubier­ta de pegati­nas y grafi­tis. Y a mí, qué queréis que os diga, son pre­cisa­mente estas pequeñas cica­tri­ces del pasa­do las que hacen que una ciu­dad me resulte muchísi­mo más intere­sante.

El brutalismo de Belgrado

Y si hay algo que con­vierte a Bel­gra­do en una ciu­dad com­ple­ta­mente difer­ente de otras cap­i­tales euro­peas es su arqui­tec­tura bru­tal­ista, espe­cial­mente cuan­do cruzamos el río Sava y lleg­amos a Novi Beograd, el Nue­vo Bel­gra­do. Reconoz­co que este tipo de arqui­tec­tura me parece fasci­nante. No porque sea boni­ta en el sen­ti­do tradi­cional de la pal­abra, porque algunos edi­fi­cios son direc­ta­mente unos mamotre­tos de hormigón bas­tante tremen­dos, sino porque pare­cen trans­portarnos de golpe a otra época. Tras la Segun­da Guer­ra Mundi­al, Bel­gra­do se con­vir­tió en la cap­i­tal de la Yugoslavia social­ista de Tito y comen­zó a lev­an­tarse al otro lado del río una ciu­dad prác­ti­ca­mente nue­va, for­ma­da por enormes blo­ques res­i­den­ciales, avenidas gigan­tescas y edi­fi­cios públi­cos con­stru­i­dos sigu­ien­do las cor­ri­entes mod­ernistas de la época. El hormigón vis­to, las for­mas geométri­c­as, las dimen­siones desco­mu­nales y ese aspec­to casi futur­ista —o dis­tópi­co, según se mire— ter­mi­naron cre­an­do uno de los paisajes urbanos más pecu­liares de los Bal­canes.

Y aquí encon­tramos autén­ti­cas joyas para quienes dis­fru­ta­mos con los edi­fi­cios raros y un poquito inqui­etantes. Uno de los más famosos es la Torre Genex, ofi­cial­mente West­ern City Gate, for­ma­da por dos enormes tor­res de hormigón conec­tadas en la parte supe­ri­or por una estruc­tura que orig­i­nal­mente alber­ga­ba un restau­rante gira­to­rio. Otro edi­fi­cio abso­lu­ta­mente impre­sio­n­ante es el antiguo Pala­cio de Ser­bia, con­stru­i­do para alber­gar las insti­tu­ciones de la Yugoslavia social­ista y cuyas dimen­siones nos dan una idea de la impor­tan­cia que tuvo Bel­gra­do como cap­i­tal de aquel país. Y tam­poco podemos olvi­darnos del enorme com­ple­jo res­i­den­cial cono­ci­do como Bloque 23, del bru­tal­ista Hotel Jugoslav­i­ja o de las difer­entes con­struc­ciones que apare­cen des­perdi­gadas por Novi Beograd. No todo lo que vemos aquí pertenece estric­ta­mente al bru­tal­is­mo —muchos edi­fi­cios enca­jan mejor den­tro del mod­ernismo social­ista yugosla­vo— pero en con­jun­to cre­an esa estéti­ca mon­u­men­tal de hormigón que hoy aso­ci­amos inevitable­mente con el Bel­gra­do de la época comu­nista de Tito.

Torre Genex

Per­sonal­mente, creo que merece muchísi­mo la pena cruzar has­ta Novi Beograd aunque sola­mente sea durante unas horas, porque es casi como vis­i­tar otra ciu­dad sin salir de Bel­gra­do. Pasamos de las calles del cen­tro históri­co, las igle­sias orto­doxas y los edi­fi­cios del siglo XIX a enormes avenidas rodeadas de blo­ques de hormigón que pare­cen esce­nar­ios de una pelícu­la de cien­cia fic­ción de los años seten­ta. Habrá quien los encuen­tre hor­ro­rosos —y puedo enten­der per­fec­ta­mente el moti­vo— pero a mí me pare­cen una parte impre­scindible de la his­to­ria de Bel­gra­do. Al fin y al cabo, esta ciu­dad no se entiende úni­ca­mente a través de sus for­t­alezas y sus igle­sias: tam­bién fue la cap­i­tal de Yugoslavia y pocas cosas cuen­tan aque­l­la eta­pa de una man­era tan espec­tac­u­lar como estos gigantes de hormigón que todavía dom­i­nan el paisaje de Nue­vo Bel­gra­do.

La Plaza de la República

Si hay un lugar por el que tarde o tem­pra­no vamos a ter­mi­nar pasan­do durante cualquier recor­ri­do por Bel­gra­do, ese es la Plaza de la Repúbli­ca, Trg Repub­like, uno de los grandes pun­tos de encuen­tro de la ciu­dad y, espe­cial­mente al caer la tarde, un sitio con muchísi­mo ambi­ente. Pre­si­di­en­do la plaza encon­tramos la enorme estat­ua ecuestre del príncipe Mihai­lo Obren­ović, inau­gu­ra­da en 1882, aunque lo más diver­tido es que los habi­tantes de Bel­gra­do prác­ti­ca­mente han con­segui­do que el pobre príncipe pier­da todo el pro­tag­o­nis­mo: cuan­do quedan aquí sue­len decir sim­ple­mente «kod kon­ja», es decir, «jun­to al cabal­lo». Vamos, que es un poco como nue­stro «quedamos en el Oso y el Madroño» madrileño.

La estat­ua tiene además algunos detalles curiosos en los que merece la pena fijarse: Mihai­lo aparece seña­lan­do con una mano hacia los ter­ri­to­rios ser­bios que todavía qued­a­ban por lib­er­ar del dominio otomano y alrede­dor del pedestal apare­cen inscritos los nom­bres de difer­entes ciu­dades. Y jus­to detrás ten­emos el espec­tac­u­lar Museo Nacional de Ser­bia, que por la noche, com­ple­ta­mente ilu­mi­na­do, for­ma una de las imá­genes más boni­tas de la plaza. Es el museo más antiguo del país y guar­da una colec­ción enorme que va des­de piezas arque­ológ­i­cas has­ta pin­tu­ra euro­pea y arte ser­bio y yugosla­vo. Pero inclu­so aunque no vayáis a entrar, merece la pena acer­carse has­ta aquí sim­ple­mente para dis­fru­tar del ambi­ente: gente sen­ta­da alrede­dor del mon­u­men­to, músi­cos calle­jeros, ter­razas llenas y gru­pos de ami­gos esperan­do —cómo no— jun­to al famoso cabal­lo. Además, des­de esta mis­ma plaza comien­za Knez Mihailo­va, la gran calle peaton­al de Bel­gra­do, así que prác­ti­ca­mente sin darnos cuen­ta acabare­mos pasan­do por aquí unas cuan­tas veces durante el via­je.

Knez Mihailova, el gran paseo de Belgrado

Si hay una calle que vais a recor­rer una, dos y prob­a­ble­mente diez veces durante vues­tra estancia en Bel­gra­do, esa es Knez Mihailo­va. Es el gran paseo peaton­al de la ciu­dad, siem­pre lleno de gente, ter­razas, músi­cos calle­jeros, tien­das y edi­fi­cios seño­ri­ales, y además fun­ciona casi como una autopista para tur­is­tas a pie: por un extremo nos lle­va hacia la Plaza de la Repúbli­ca y por el otro ter­mi­namos prác­ti­ca­mente entran­do en Kale­meg­dan. Pero lo que hoy vemos como una ele­gante calle com­er­cial tiene bas­tante más his­to­ria deba­jo de sus ado­quines de la que parece. Hace casi dos mil años ya pasa­ba por esta zona una de las prin­ci­pales vías de la Singidunum romana y la entra­da al cam­pa­men­to de la Legión IV Flavia se encon­tra­ba aprox­i­mada­mente hacia el extremo que hoy con­duce a la for­t­aleza. De hecho, cuan­do refor­maron el edi­fi­cio de la Bib­liote­ca de Bel­gra­do en los años ochen­ta aparecieron bajo sus cimien­tos restos de la puer­ta del antiguo cas­trum romano. Así que mien­tras nosotros vamos miran­do escaparates tan tran­quil­a­mente, lit­eral­mente esta­mos cam­i­nan­do sobre la antigua Bel­gra­do romana.

La calle que vemos actual­mente empezó real­mente a tomar for­ma después de 1867, cuan­do las últi­mas tropas otomanas aban­donaron la for­t­aleza y Bel­gra­do comen­zó a trans­for­marse en una cap­i­tal mucho más euro­pea. El urban­ista Emil­i­jan Josi­mović dis­eñó una nue­va vía que comu­ni­ca­ba direc­ta­mente la ciu­dad con Kale­meg­dan y, pocos años después, en 1870, recibió el nom­bre de Knez Mihailo­va en hon­or al príncipe Mihai­lo Obren­ović. Y aquí ten­emos una curiosi­dad que me encan­ta: el pobre Mihai­lo no llegó a ver­la bau­ti­za­da con su nom­bre porque había sido asesina­do dos años antes. Aun así, su nom­bre quedó unido para siem­pre al corazón de Bel­gra­do, porque además de esta calle ten­emos su enorme estat­ua a cabal­lo en la cer­cana Plaza de la Repúbli­ca.

A finales del siglo XIX aque­l­lo se con­vir­tió en la direc­ción donde había que vivir si uno era alguien en Bel­gra­do. Com­er­ciantes, ban­queros, políti­cos y algu­nas de las famil­ias más adin­er­adas comen­zaron a lev­an­tar aquí sus casas y por eso todavía encon­tramos una suce­sión de fachadas ele­gantes con bal­cones, colum­nas, escul­turas y todo tipo de detalles dec­o­ra­tivos. Algu­nas escon­den antiguas cafeterías, ban­cos y hote­les que fueron autén­ti­cos cen­tros de la vida social de la ciu­dad. En la fotografía, por ejem­p­lo, aparece el edi­fi­cio que albergó la Primera Caja de Ahor­ros Croa­ta y actual­mente parte del inmue­ble está ocu­pa­do por el Museo Zepter.

Knez Mihailo­va no siem­pre fue peaton­al. Has­ta los años ochen­ta cir­cu­la­ban coches por ella y existían calza­da y aceras como en cualquier otra calle. Después llegó una pro­fun­da remod­elación y se trans­for­mó en ese enorme salón urbano al aire libre que vemos actual­mente. Cues­ta imag­i­narla llena de coches cuan­do hoy lo nor­mal es encon­trar músi­cos tocan­do, gente pase­an­do con un hela­do y ter­razas abar­ro­tadas.

Las cicatrices de los bombardeos de 1999

Des­de esta zona podemos con­tin­uar cam­i­nan­do por Kneza Miloša, porque aquí Bel­gra­do cam­bia com­ple­ta­mente de reg­istro. Entre min­is­te­rios y grandes edi­fi­cios ofi­ciales aparece uno de los lugares que mejor nos recuer­da que algu­nas de las pági­nas más duras de la his­to­ria de la ciu­dad no ocur­rieron pre­cisa­mente hace sig­los. En 1999, durante la guer­ra de Koso­vo, la OTAN ini­ció una cam­paña aérea con­tra la entonces Repúbli­ca Fed­er­al de Yugoslavia que se pro­longó durante casi tres meses. Bel­gra­do fue bom­bardea­da repeti­da­mente y var­ios obje­tivos se encon­tra­ban en pleno cen­tro de la cap­i­tal. La propia sede del Gob­ier­no de Ser­bia que acabamos de ver sufrió daños graves y pos­te­ri­or­mente tuvo que ser restau­ra­da.

Pero si hay un edi­fi­cio que se ha con­ver­tido en la ima­gen de aque­l­los bom­bardeos es el antiguo com­ple­jo del Esta­do May­or yugosla­vo, el Gen­er­alštab, situ­a­do en el cruce de Kneza Miloša y Neman­ji­na. Y antes de hablar de las bom­bas merece la pena saber qué esta­mos miran­do, porque aque­l­lo no era un edi­fi­cio cualquiera. Fue dis­eña­do por Niko­la Dobrović, una de las grandes fig­uras de la arqui­tec­tura yugosla­va, y con­stru­i­do entre los años cin­cuen­ta y sesen­ta. Los dos enormes blo­ques escalon­a­dos esta­ban con­ce­bidos como una com­posi­ción arqui­tec­tóni­ca mon­u­men­tal y se han rela­ciona­do con el des­filadero del río Sut­jes­ka, esce­nario de una de las batal­las más miti­fi­cadas por la Yugoslavia de Tito durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al.

Y entonces llegó 1999. El com­ple­jo fue alcan­za­do durante los ataques de la OTAN en la noche del 29 al 30 de abril y volvió a ser bom­bardea­do en mayo. Los impactos destrozaron bue­na parte de los edi­fi­cios y dejaron esas fachadas abier­tas y estruc­turas que­bradas que durante años se con­virtieron en una de las imá­genes más recono­ci­bles de Bel­gra­do.

Lo que más impre­siona es pre­cisa­mente dónde está. No ten­emos que desplazarnos has­ta las afueras ni bus­car un antiguo cam­po de batal­la. Está en una aveni­da cén­tri­ca, rodea­do de trá­fi­co, edi­fi­cios ofi­ciales y gente que con­tinúa tran­quil­a­mente con su vida. Pasas por delante y, de repente, aparece ante ti una enorme con­struc­ción destroza­da. Algu­nas partes tuvieron que reti­rarse pos­te­ri­or­mente por motivos de seguri­dad pero durante mucho tiem­po las ruinas per­manecieron prác­ti­ca­mente como quedaron tras los ataques. En 2005, además, el com­ple­jo fue declar­a­do Pat­ri­mo­nio cul­tur­al por su impor­tan­cia arqui­tec­tóni­ca.

Y esta fue una de las cosas que más me lla­maron la aten­ción de Bel­gra­do. La ciu­dad no ha escon­di­do todas sus cica­tri­ces. Podemos estar hablan­do de ele­gantes pala­cios del siglo XIX, cruzar una calle y encon­trarnos con la Yugoslavia social­ista y, ape­nas unos met­ros después, plan­tarnos delante de las con­se­cuen­cias de una guer­ra que ocur­rió cuan­do muchos de nosotros ya éramos adul­tos. Yo recuer­do per­fec­ta­mente ver aque­l­las imá­genes de los bom­bardeos en tele­visión y encon­trarte años después delante de algunos de los lugares que aparecían en las noti­cias pro­duce una sen­sación bas­tante emo­ti­va.

Tam­bién ayu­da a enten­der por qué 1999 con­tinúa sien­do un tema tremen­da­mente sen­si­ble en Ser­bia. No es una his­to­ria remo­ta que pertenez­ca úni­ca­mente a los libros: muchísi­mos bel­gradens­es actuales vivieron aque­l­las sem­anas, escucharon las sire­nas anti­aéreas y pasaron noches pen­di­entes de dónde caería el sigu­iente ataque. Según la his­to­ria ofi­cial de la ciu­dad, durante aque­l­los casi tres meses hubo muy pocas jor­nadas sin alar­mas aéreas.

Por eso yo recor­rería esta parte de Kneza Miloša sin prisas. No es el Bel­gra­do más boni­to ni segu­ra­mente el que apare­cerá en la por­ta­da de una guía turís­ti­ca pero sí uno de los que mejor expli­ca la ciu­dad que ten­emos delante hoy. Porque Bel­gra­do ha sido destru­i­da, recon­stru­i­da y vuelta a destru­ir tan­tas veces que sus edi­fi­cios fun­cio­nan casi como las pági­nas de un enorme libro de his­to­ria. Y en esta aveni­da encon­tramos uno de sus capí­tu­los más recientes: el de una ciu­dad euro­pea que, cuan­do el siglo XX esta­ba prác­ti­ca­mente ter­mi­nan­do, todavía veía caer bom­bas sobre sus calles.

Hotel Moskva

Os pre­sen­to al Hotel Mosk­va, uno de los edi­fi­cios más recono­ci­bles de Bel­gra­do. Se encuen­tra en ple­na plaza Ter­az­i­je y es bas­tante difí­cil pasar por delante sin fijarse en él, espe­cial­mente por la noche, cuan­do ilu­mi­nan la facha­da y aparece ese enorme letrero de «Хотел Москва», que no hace fal­ta saber ciríli­co para ter­mi­nar deducien­do que sig­nifi­ca Hotel Moscú. El edi­fi­cio se inau­guró en 1908, aunque en real­i­dad nació como sede de la com­pañía de seguros Rossiya y hotel de lujo, y des­de el prin­ci­pio fue uno de los lugares más ele­gantes de la cap­i­tal ser­bia. Su facha­da es una autén­ti­ca pre­ciosi­dad, con esos car­ac­terís­ti­cos detalles de cerámi­ca verde que con­trastan con el col­or claro del edi­fi­cio y que hacen que sea com­ple­ta­mente difer­ente a todo lo que encon­tramos alrede­dor.

Y la can­ti­dad de per­son­ajes cono­ci­dos que han pasa­do por aquí. Por las habita­ciones y salones del Mosk­va han des­fi­la­do reyes, políti­cos, escritores, actores y músi­cos, y entre sus hués­pedes más famosos apare­cen nom­bres como Albert Ein­stein, Alfred Hitch­cock, Luciano Pavarot­ti, Robert De Niro o Brad Pitt. Y hay una his­to­ria espe­cial­mente curiosa rela­ciona­da con Alfred Hitch­cock: durante su estancia en Bel­gra­do en 1964 parece ser que quedó encan­ta­do con la posi­bil­i­dad de poder asus­tar a las palo­mas de la ter­raza del hotel, algo bas­tante acorde, todo hay que decir­lo, con el direc­tor de Los pájaros. El Mosk­va tam­bién sobre­vivió a guer­ras, bom­bardeos, ocu­pa­ciones y a todos los cam­bios políti­cos que ha vivi­do Ser­bia durante más de un siglo, así que pocas pare­des de Bel­gra­do deben de haber vis­to pasar tan­tas his­to­rias.

Y aunque no tengáis pre­supuesto —o ganas— de alo­jaros aquí, se puede entrar per­fec­ta­mente a curiosear o sen­tarse en su famosa cafetería, porque otra de las pequeñas insti­tu­ciones del hotel es su pastel­ería. De hecho, tienen has­ta su pro­pio pas­tel, la Mosk­va Šnit, crea­do en el pro­pio hotel en 1974 y prepara­do con fru­ta, almen­dras y cre­ma. Vamos, que ten­emos la excusa per­fec­ta para entrar. Nosotros nos encon­tramos el hotel com­ple­ta­mente ilu­mi­na­do y con muchísi­mo ambi­ente delante de la entra­da, y ten­go que recono­cer que es pre­cisa­mente de noche cuan­do más espec­tac­u­lar me pare­ció. Así que cuan­do paséis por Ter­az­i­je, aunque sola­mente sea para hac­er una fotografía, parad un momen­to delante del Mosk­va, porque esta­mos ante uno de esos lugares que lle­van más de cien años vien­do cam­biar Bel­gra­do des­de primera fila.

El arte urbano de Belgrado

Hay ciu­dades donde los grafi­tis pare­cen sim­ples pin­tadas y otras donde las pare­des fun­cio­nan casi como un per­iódi­co gigan­tesco al aire libre, y Bel­gra­do pertenece clara­mente al segun­do grupo. Bas­ta con ale­jarse un poco de las calles más mon­u­men­tales para empezar a encon­trarnos fachadas cubier­tas de murales, retratos, plan­til­las, pegati­nas, men­sajes políti­cos y grafi­tis que apare­cen has­ta en el rincón más insospecha­do. Y a mí estas cosas me encan­tan, porque muchas veces cuen­tan bas­tante más sobre una ciu­dad que una facha­da per­fec­ta­mente restau­ra­da. En Bel­gra­do, además, el arte urbano tiene mucho que ver con todo lo que ha vivi­do Ser­bia durante las últi­mas décadas: la desapari­ción de Yugoslavia, las guer­ras de los noven­ta, las protes­tas con­tra Miloše­vić, los bom­bardeos de la OTAN de 1999 y todos los cam­bios políti­cos y sociales pos­te­ri­ores. La calle se con­vir­tió en un lugar donde protes­tar, recor­dar, reivin­dicar y, por supuesto, tam­bién provo­car, una tradi­ción que con­tinúa muy pre­sente.

Uno de los bar­rios donde mejor se apre­cia esta fac­eta es Sava­mala, que durante años fue una zona bas­tante degrada­da jun­to al río y ter­minó trans­for­mán­dose en uno de los focos de la cul­tura alter­na­ti­va bel­gradense. Almacenes aban­don­a­dos, viejos edi­fi­cios y medi­an­eras comen­zaron a llenarse de inter­ven­ciones de artis­tas locales y extran­jeros. Algo pare­ci­do ocurre en Dorćol, uno de mis bar­rios favoritos para cam­i­nar sin rum­bo, y alrede­dor de Cetinjs­ka, donde antiguas insta­la­ciones indus­tri­ales han acaba­do com­par­tien­do espa­cio con bares, salas de concier­tos y proyec­tos cul­tur­ales. Aquí el Bel­gra­do mon­u­men­tal desa­parece por momen­tos y aparece otro mucho más des­or­de­na­do, cre­ati­vo y canal­la.

Y hay una cosa que ensegui­da lla­ma la aten­ción: en Bel­gra­do casi nada per­manece impo­lu­to durante demasi­a­do tiem­po. Un mur­al puede ser pre­cioso y, unas sem­anas después, apare­cer cubier­to por fir­mas, men­sajes o nuevas pin­tadas. En la fotografía se ve per­fec­ta­mente: ten­emos una gran obra ocu­pan­do toda una facha­da y, deba­jo, varias capas de grafi­tis que han ido apare­cien­do pos­te­ri­or­mente. Puede pare­cer­nos van­dal­is­mo —y algu­nas veces evi­den­te­mente lo es—, pero tam­bién for­ma parte de esa especie de con­ver­sación per­ma­nente que mantienen las pare­des de la ciu­dad. Aquí una obra urbana no siem­pre se con­sid­era algo ter­mi­na­do e into­ca­ble; otro puede lle­gar después, respon­der, tachar­la o colo­car su propia fir­ma enci­ma.

Tam­bién encon­tramos muchísi­mo con­tenido políti­co, y con­viene recor­dar que no todo el arte calle­jero de Bel­gra­do es dec­o­ra­ti­vo ni nece­sari­a­mente amable. Hay murales ded­i­ca­dos a per­son­ajes históri­cos, deportis­tas, músi­cos y fig­uras rela­cionadas con las guer­ras de los Bal­canes; men­sajes nacional­is­tas con­viv­en con reivin­di­ca­ciones antifascis­tas, fem­i­nistas, paci­fis­tas o ecol­o­gis­tas. Inclu­so cues­tiones inter­na­cionales ter­mi­nan ráp­i­da­mente pin­tadas en algu­na pared. Es decir, cam­i­nan­do por Bel­gra­do podemos encon­trarnos en ape­nas unas calles men­sajes que defien­den ideas com­ple­ta­mente enfrentadas. Y pre­cisa­mente por eso resul­ta tan intere­sante obser­var­los: las pare­des refle­jan muchas de las con­tradic­ciones que siguen existien­do den­tro de la propia sociedad ser­bia.

Además, el grafi­ti tuvo un papel curioso durante los años de Miloše­vić. En las protes­tas de los noven­ta, las pare­des sirvieron para difundir consignas con­tra el rég­i­men cuan­do los grandes medios esta­ban fuerte­mente con­tro­la­dos. A finales de aque­l­la déca­da apare­ció tam­bién el famoso movimien­to estu­di­antil Otpor!, cuyo sím­bo­lo —un puño negro cer­ra­do— empezó a repro­ducirse medi­ante pegati­nas, carte­les y plan­til­las por toda Ser­bia. Aque­l­la ima­gen sen­cil­lísi­ma ter­minó sien­do uno de los sím­bo­los más recono­ci­bles de la oposi­ción que con­tribuyó a mov­i­lizar a una parte de la población has­ta la caí­da de Miloše­vić en el año 2000. Es un buen ejem­p­lo de has­ta qué pun­to una pared, una plan­til­la y un bote de pin­tu­ra pueden con­ver­tirse tam­bién en her­ramien­tas políti­cas.

Dock­er Brew­ery & Beer Gar­den, una cerve­cería entre los antigu­os muelles de Bel­gra­do

Si os gus­ta la cerveza arte­sanal, hay un lugar que merece muchísi­mo la pena incluir durante un via­je a Bel­gra­do: Dock­er Brew­ery & Beer Gar­den. Y no sola­mente por la cerveza, sino tam­bién porque está en una zona bas­tante curiosa de la ciu­dad, en Dorćol, jun­to al antiguo entorno por­tu­ario de Bel­gra­do, rodea­da de ese paisaje indus­tri­al de naves, grúas, con­tene­dores y vie­jas insta­la­ciones que a mí par­tic­u­lar­mente me encan­ta. No esperéis la típi­ca cerve­cería boni­ta y per­fec­ta­mente dec­o­ra­da del cen­tro. Aquí pre­cisa­mente la gra­cia está en ese aspec­to un poco bru­to e indus­tri­al que enca­ja per­fec­ta­mente con esta parte de Bel­gra­do.

Dock­er Brew­ery & Beer Gar­den es además una autén­ti­ca fábri­ca de cerveza, así que parte de lo que bebe­mos se elab­o­ra prác­ti­ca­mente delante de nosotros. El local com­bi­na la zona de pro­duc­ción con un enorme espa­cio tipo beer hall y, cuan­do hace buen tiem­po, un Beer Gar­den exte­ri­or bas­tante grande. Todo tiene ese aire de antigua nave indus­tri­al recon­ver­ti­da, con los depósi­tos de cerveza a la vista, mesas com­par­tidas y muchísi­mo ambi­ente. 

Craft beer Belgrado

Yo incluiría Dock­er espe­cial­mente si buscáis lugares difer­entes y con un pun­to alter­na­ti­vo en Bel­gra­do, porque per­mite salir durante un rato del cir­cuito de igle­sias, mon­u­men­tos y calles turís­ti­cas para meter­nos en esa otra Bel­gra­do indus­tri­al y cre­ati­va que a mí me parece muchísi­mo más intere­sante de lo que aparece en las típi­cas guías. Y si enci­ma os gus­ta la cerveza arte­sanal, ten­emos la excusa per­fec­ta: sen­tarnos en el Beer Gar­den, pedir una que no hayamos proba­do nun­ca y des­cansar un rato antes de con­tin­uar recor­rien­do la ciu­dad.

Qué comer en Belgrado: aquí se viene con hambre

Si hay una cosa que aprendi­mos ráp­i­da­mente en Bel­gra­do es que la coci­na ser­bia no entiende demasi­a­do bien eso de com­er poquito. Aquí las raciones sue­len ser gen­erosas, la carne aparece por todas partes, el pan sirve para acom­pañar prác­ti­ca­mente cualquier cosa y sen­tarse a com­er puede acabar con­vir­tién­dose en un pequeño hom­e­na­je gas­tronómi­co. La coci­na ser­bia es además el resul­ta­do per­fec­to de la his­to­ria del país: encon­tramos influ­en­cias otomanas, aus­tro­hún­garas y de otros pueb­los bal­cáni­cos, así que muchos sabores nos resul­tarán famil­iares si hemos via­ja­do ante­ri­or­mente por esta parte de Europa.

Uno de los platos que vais a encon­trar has­ta deba­jo de las piedras son los ćeva­pi, esos pequeños cilin­dros de carne pic­a­da hechos a la par­ril­la que nor­mal­mente lle­gan acom­paña­dos de cebol­la y pan tipo lep­in­ja o somun. Y aquí aparece uno de mis des­cubrim­ien­tos favoritos: el kaj­mak, una especie de cre­ma láctea espe­sa y tremen­da­mente adic­ti­va que se pone sobre la carne caliente y empieza a der­re­tirse. No es pre­cisa­mente el acom­pañamien­to que recomen­daría vue­stro nutri­cionista pero tam­poco hemos venido has­ta Ser­bia para cenar una ensal­a­da triste.

Otro impre­scindible es la pljeskav­i­ca, que a primera vista podríamos definir como la pri­ma bal­cáni­ca de la ham­bur­gue­sa, aunque sería sim­pli­fi­car­la bas­tante. Es una gran pieza de carne pic­a­da espe­ci­a­da prepara­da a la par­ril­la que podemos encon­trar tan­to servi­da en pla­to como meti­da den­tro de pan y car­ga­da de acom­pañamien­tos. Y si veis ajvar, pedid­lo. Esta cre­ma elab­o­ra­da fun­da­men­tal­mente con pimien­tos rojos asa­dos aparece con­stan­te­mente en la mesa ser­bia y es una de esas cosas que empiezas proban­do con pru­den­cia y ter­mi­nas untan­do en abso­lu­ta­mente todo.

Pero Ser­bia no vive sola­mente de carne a la par­ril­la. Ten­emos la sar­ma, hojas de col rel­lenas; el pre­branac, elab­o­ra­do con alu­bias y cebol­la; la giban­i­ca, una especie de pas­tel de masa filo con que­so y hue­vo; y el omnipresente burek, per­fec­to para desayu­nar o solu­cionar una comi­da ráp­i­da sin gas­tar demasi­a­do. Las pekara, las panaderías ser­bias, son además grandes ali­adas de cualquier via­jero que quiera com­er bara­to.

Y después están las kafanas, que son mucho más que sim­ples restau­rantes. Son una insti­tu­ción bal­cáni­ca: lugares donde se come, se bebe, se char­la durante horas y muchas veces aparece la músi­ca tradi­cional para ter­mi­nar de ani­mar la cosa. Si queréis pro­bar la gas­tronomía ser­bia con un poco más de ambi­ente, merece la pena entrar al menos una vez en una kafana tradi­cional. Eso sí, cuida­do con el momen­to en que alguien nos ofrece un chupi­to de rak­i­ja como si fuera la cosa más inocente del mun­do. Es aguar­di­ente, fre­cuente­mente de ciru­ela cuan­do hablam­os de šljivovi­ca, y puede bajar estu­pen­da­mente has­ta que inten­ta­mos lev­an­tarnos de la sil­la.

Pre­cisa­mente el restau­rante de nues­tra fotografía, Zav­ičaj Balka­n­s­ka (que sig­nifi­ca Patria Bal­cáni­ca), es uno de esos establec­imien­tos ded­i­ca­dos a la coci­na ser­bia tradi­cional. Y su aspec­to enca­ja per­fec­ta­mente con lo que nos fuimos encon­tran­do por Bel­gra­do: restau­rantes sin demasi­adas pre­ten­siones estéti­cas pero con car­tas llenas de platos caseros y con­tun­dentes, que son exac­ta­mente los sitios que sole­mos bus­car nosotros cuan­do via­jamos.

Una últi­ma adver­ten­cia: no os emo­cionéis pidi­en­do. En Ser­bia es bas­tante fácil pen­sar «ped­i­mos un par de entrantes y luego cada uno su pla­to» y des­cubrir cin­co min­u­tos después que acabamos de encar­gar comi­da para una pequeña boda bal­cáni­ca. 

Imprescindible saber esto antes de viajar a Belgrado

No hace fal­ta alquilar coche

Para vis­i­tar Bel­gra­do exclu­si­va­mente, nosotros no alquilaríamos coche. El cen­tro se pres­ta muchísi­mo más a cam­i­nar y, tenien­do trans­porte públi­co gra­tu­ito, el coche ter­mi­na sien­do más un estor­bo que una ven­ta­ja. Además, aparcar en el cen­tro no es pre­cisa­mente sen­cil­lo. Exis­ten difer­entes zonas de esta­cionamien­to con límites de tiem­po y la propia Ofic­i­na de Tur­is­mo recomien­da uti­lizar aparcamien­tos públi­cos ante la difi­cul­tad de encon­trar plaza en las calles cén­tri­c­as.

Otra his­to­ria sería que Bel­gra­do fuese sola­mente el comien­zo de una ruta por Ser­bia. En ese caso sí puede resul­tar intere­sante dispon­er de coche para salir hacia otros pun­tos del país. Nosotros recor­ri­mos el país en coche de alquil­er pero al lle­gar a Bel­gra­do, lo dejamos en el gara­je de nue­stro aparta­men­to y nos olvi­damos de él has­ta que nos fuimos.

Ser­bia no uti­liza euros

Aunque este­mos en Europa, Ser­bia con­ser­va su propia mon­e­da, el dinar ser­bio (RSD). Encon­traremos casas de cam­bio con­stan­te­mente, espe­cial­mente por el cen­tro, así que no es nece­sario lle­gar des­de España car­ga­dos de dinares. Nosotros lle­varíamos algo de efec­ti­vo para pequeños gas­tos aunque actual­mente se puede pagar con tar­je­ta en muchísi­mos restau­rantes, hote­les, super­me­r­ca­dos y establec­imien­tos turís­ti­cos.

Y un con­se­jo que apli­camos prác­ti­ca­mente en cualquier país: cuan­do un ter­mi­nal de pago nos pre­gunte si quer­e­mos pagar en euros o en mon­e­da local, nor­mal­mente intere­sa selec­cionar la mon­e­da local, en este caso dinares, y dejar que sea nue­stro ban­co quien haga la con­ver­sión.

Ojo con los datos del móvil

Os lo comen­té arri­ba y este dato es impor­tante porque podemos lle­varnos un sus­to: Ser­bia no pertenece a la Unión Euro­pea, así que no debe­mos dar automáti­ca­mente por hecho que nue­stro roam­ing europeo incluye Ser­bia. Antes de via­jar com­pro­bad las condi­ciones de vues­tra com­pañía. Si Ser­bia no está inclu­i­da, o recomien­do com­prar una SIM local en cualquier tien­da de tele­fonía.

En Bel­gra­do encon­trar wifi es facilísi­mo en alo­jamien­tos, cafeterías y restau­rantes pero para nosotros ten­er inter­net mien­tras via­jamos resul­ta espe­cial­mente útil para mapas, horar­ios y trans­porte.

Bel­gra­do es mucho más grande de lo que parece

Miran­do un mapa podemos ten­er la sen­sación de que está todo rel­a­ti­va­mente cer­ca y, efec­ti­va­mente, el núcleo turís­ti­co se recorre bas­tante bien andan­do. El prob­le­ma empieza cuan­do añadi­mos San Sava, Zemun, Novi Beograd, algunos edi­fi­cios bru­tal­is­tas y otros lugares ale­ja­dos del cas­co históri­co. Así que no inten­téis orga­ni­zar el via­je cal­cu­lan­do úni­ca­mente dis­tan­cias en línea rec­ta. Hay días en los que podemos acabar cam­i­nan­do una bar­bari­dad sin darnos prác­ti­ca­mente cuen­ta.

Para una primera visi­ta yo dedi­caría como mín­i­mo dos días com­ple­tos, aunque me pare­cen mucho mejores tres si quer­e­mos vis­i­tar Bel­gra­do tran­quil­a­mente y salir del recor­ri­do más turís­ti­co.

No os lim­itéis al cas­co históri­co

Knez Mihailo­va, Kale­meg­dan y la Plaza de la Repúbli­ca son impre­scindibles, por supuesto, pero si úni­ca­mente vemos esa parte nos estare­mos lle­van­do una ver­sión bas­tante incom­ple­ta de Bel­gra­do. Hay que cruzar hacia Novi Beograd para encon­trarnos con aque­l­la gigan­tesca plan­i­fi­cación urbana de la época yugosla­va, acer­carnos has­ta Zemun para des­cubrir una ciu­dad que parece casi dis­tin­ta, recor­rer Dorćol y bus­car algunos de sus murales y edi­fi­cios deca­dentes.

Pre­cisa­mente uno de los may­ores atrac­tivos de Bel­gra­do es com­pro­bar lo difer­ente que puede lle­gar a ser de un bar­rio a otro.

Mirad hacia arri­ba

Parece una ton­tería pero bue­na parte de los edi­fi­cios más boni­tos del cen­tro tienen los detalles intere­santes en los pisos supe­ri­ores: escul­turas, bal­cones, cúpu­las, relieves y fachadas que pasan com­ple­ta­mente desapercibidas cuan­do cam­i­namos miran­do escaparates.

Nos ocur­rió espe­cial­mente en Knez Mihailo­va y sus alrede­dores. A ras de calle vemos Zara, cafeterías, restau­rantes y com­er­cios como en cualquier otra cap­i­tal euro­pea; lev­an­ta­mos la cabeza y apare­cen algunos de los edi­fi­cios más ele­gantes de Bel­gra­do.

No esperéis una ciu­dad baratísi­ma

Ser­bia con­tinúa resultán­donos gen­eral­mente más económi­ca que muchas cap­i­tales de Europa occi­den­tal pero Bel­gra­do ya no es aquel des­ti­no tira­do de pre­cio que describen algunos artícu­los antigu­os. Espe­cial­mente alrede­dor de Knez Mihailo­va, el paseo flu­vial y las zonas más turís­ti­cas podemos encon­trar pre­cios bas­tante más ele­va­dos de lo que uno espera de Ser­bia.

La solu­ción es bas­tante sen­cil­la: ale­jarse unas calles, bus­car restau­rantes donde veamos clientes locales y uti­lizar las pekara —panaderías— para algún desayuno o comi­da ráp­i­da. Ahí empezamos a encon­trar pre­cios bas­tante más intere­santes.

El agua del gri­fo de Bel­gra­do es potable, según con­fir­ma la propia Ofic­i­na de Tur­is­mo de la ciu­dad. Así que podemos rel­lenar nues­tra botel­la en el alo­jamien­to y ahor­rarnos estar com­pran­do con­tin­u­a­mente botel­las de plás­ti­co.

No nece­sitáis adap­ta­dor de enchufe

Otra cosa que podemos dejar tran­quil­a­mente en casa. Bel­gra­do uti­liza enchufes europeos y cor­ri­ente de 220 V, por lo que via­jan­do des­de España podemos conec­tar nue­stros car­gadores nor­mal­mente.

El ciríli­co asus­ta más de lo que real­mente com­pli­ca. La primera vez que vemos un car­tel com­ple­ta­mente escrito en ciríli­co podemos pen­sar: «estu­pen­do, no entien­do abso­lu­ta­mente nada». Pero tran­qui­los. En Ser­bia se uti­lizan tan­to el alfa­beto ciríli­co como el lati­no, y en las zonas turís­ti­cas encon­traremos muchísi­mos nom­bres escritos tam­bién en car­ac­teres que podemos leer. Además, en hote­les, restau­rantes y establec­imien­tos turís­ti­cos nor­mal­mente podremos desen­volver­nos en inglés.

Aprend­ed al menos una pal­abra: hvala, gra­cias. Es fácil y siem­pre que­da bien hac­er el pequeño esfuer­zo de uti­lizar algu­na pal­abra local.

No juzguéis Bel­gra­do durante las primeras dos horas

Este prob­a­ble­mente sería mi con­se­jo prin­ci­pal. Bel­gra­do no es una ciu­dad que nece­sari­a­mente nos enam­ore nada más lle­gar. Puede pare­cer gris, caóti­ca, demasi­a­do grande e inclu­so un poco des­or­de­na­da. Hay fachadas descon­chadas jun­to a edi­fi­cios mon­u­men­tales, blo­ques comu­nistas enormes y zonas que estéti­ca­mente tienen poco que ver unas con otras. Dad­la tiem­po.

Cuan­do empiezas a des­cubrir Kale­meg­dan, los dos ríos, Zemun, las igle­sias, los edi­fi­cios bru­tal­is­tas, las ter­razas, la his­to­ria yugosla­va y ese ambi­ente lig­era­mente canal­la que tiene la ciu­dad, las piezas empiezan a enca­jar. Y prob­a­ble­mente esa sea la cosa más impor­tante que nos hubiera gus­ta­do saber antes de via­jar a Bel­gra­do: no hay que venir esperan­do encon­trarnos otra Pra­ga, otra Budapest ni otra Viena. Bel­gra­do jue­ga en otra liga. Es más áspera, más des­or­de­na­da, más con­tra­dic­to­ria y bas­tante menos pre­ocu­pa­da por resul­tar boni­ta. Pero pre­cisa­mente por eso, cuan­do empiezas a ras­car un poquito bajo la super­fi­cie, ter­mi­na sien­do muchísi­mo más intere­sante de lo que parecía a primera vista.


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