Calico Ghost Town: un pueblo del salvaje Oeste en California

En el desier­to de Mojave, cer­ca de Barstow, se encuen­tra Cal­i­co Ghost Town, uno de los mejores pueb­los fan­tas­ma de Esta­dos Unidos. Nosotros era uno de los lugares que más ganas teníamos de cono­cer en nues­tra ruta por Cal­i­for­nia, ya que con­ser­va intac­ta la memo­ria de un pueblo que cre­ció gra­cias a la pla­ta y fue per­di­en­do habi­tantes cuan­do las minas dejaron de sosten­er su economía. Hoy sus fachadas de madera, su antigua mina y sus saloons per­miten acer­carse a aque­l­la his­to­ria durante un via­je por Cal­i­for­nia. Entre los per­son­ajes que apare­cen en ella hay empre­sar­ios, com­er­ciantes y has­ta un per­ro que repartía el correo con unas boti­tas de cuero. Pero antes de entrar con­viene saber qué vamos a encon­trar: Cal­i­co com­bi­na edi­fi­cios históri­cos, recon­struc­ciones y activi­dades turís­ti­cas. El nom­bre de «pueblo fan­tas­ma» se refiere a su pasa­do minero; sus calles actuales reciben vis­i­tantes y tienen tien­das y restau­rantes.

Una de las cosas más fasci­nantes de Cal­i­for­nia es la can­ti­dad de pueb­los aban­don­a­dos que puedes encon­trarte. Unos en mejor esta­do que otros, todo hay que decir­lo. Y cuan­do digo “pueb­los”, hazte a la idea de que son idén­ti­cos a los que de pequeñi­tos veíamos los sába­dos en la sobreme­sa de la 1, con su ofic­i­na del sher­iff, la casa del her­rero, el cabaret (con sus puer­tas de hoja)… te sen­tías como en una pelícu­la. Creo que de las dos per­sonas que más me acordé en este via­je fué de mis dos abue­los, ambos unos lec­tores emped­ernidos de las nov­e­las de Mar­cial Lafuente, que hubier­an sido tremen­da­mente felices com­pro­ban­do que en la real­i­dad esos pueb­los son mucho más boni­tos que en las pelícu­las de John Wayne y James Stew­art.

Dónde está Calico 

Cal­i­co se encuen­tra cer­ca de Yer­mo y Barstow, en el desier­to de Mojave, den­tro del con­da­do de San Bernardi­no, Cal­i­for­nia. El acce­so que­da a unas tres mil­las —algo menos de cin­co kilómet­ros— de la Inter­state 15, por lo que se pres­ta a hac­er una para­da cuan­do se via­ja por este corre­dor entre Los Ánge­les y Las Vegas. La direc­ción es 36600 Ghost Town Road, Yer­mo, CA 92398. Por su ubi­cación, resul­ta sen­cil­lo plantear­lo como una visi­ta inter­me­dia para romper una jor­na­da larga de car­retera; nosotros la incluí­mos como para­da entre Las Vegas y Los Ange­les.

Para orga­ni­zar la visi­ta, reser­varía unas dos o tres horas, ampli­ables si quieres com­er y pro­bar todas las activi­dades. Lo que evi­taría es enca­jar­lo entre demasi­a­dos planes con hora fija. El coche es la opción más sen­cil­la para inte­grar Cal­i­co en una ruta. Y, si estás sigu­ien­do la Ruta 66, sitúa­lo cor­rec­ta­mente en el mapa: puede ser un desvío des­de la zona de Barstow pero no está sobre el traza­do históri­co. La aso­ciación entre car­retera, desier­to y pueb­los del Oeste hace que muchas veces lo meta­mos todo en el mis­mo saco, aunque las rutas y la his­to­ria de cada lugar sean difer­entes.

Calico

La historia de Calico

Antes de hablar de minas merece la pena deten­erse en el nom­bre porque Cal­i­co tiene una expli­cación bas­tante más visu­al de lo que parece. Su denom­i­nación está rela­ciona­da con los col­ores de las rocas de la zona. La aso­ciación con el teji­do lla­ma­do cal­i­co, una tela de algo­dón que puede lle­var estam­pa­dos, per­mite enten­der la com­para­ción: el paisaje min­er­al se miró como si fuera una super­fi­cie de col­ores. Es un detalle pequeño pero ayu­da a lev­an­tar los ojos de las fachadas y prestar aten­ción a las mon­tañas. En un pueblo tan prepara­do para ser fotografi­a­do, resul­ta fácil pasar más tiem­po enfo­can­do carte­les que miran­do el lugar en el que fue con­stru­i­do.

El ori­gen de Cal­i­co está en el des­cubrim­ien­to de pla­ta del 6 de abril de 1881 y en la explotación de la Sil­ver King Mine. La noti­cia atra­jo población y nego­cios a una zona donde el atrac­ti­vo prin­ci­pal esta­ba bajo tier­ra. El pueblo llegó a dispon­er de sher­iff y tri­bunal pro­pios, señal de que aquel asen­tamien­to esta­ba adquirien­do sufi­ciente impor­tan­cia como para nece­si­tar una orga­ni­zación propia. Había min­er­al, parecía rentable extraer­lo y muchas per­sonas acud­ieron a bus­car tra­ba­jo o for­tu­na. La prome­sa de ganar dinero podía pesar bas­tante más que los incon­ve­nientes de estable­cerse en medio del ári­do desier­to.

En 1887 llegó a ten­er aprox­i­mada­mente 1.200 habi­tantes y 22 saloons, además de escuela, ofic­i­na de corre­os, per­iódi­co, cemente­rio y has­ta un bar­rio chi­no. La pro­por­ción de bares da para algu­na bro­ma pero lo intere­sante es imag­i­nar una población con una vida bas­tante más com­ple­ja que la suce­sión de pis­toleros que hemos vis­to en los west­erns. Había famil­ias, com­er­ciantes, tra­ba­jadores y necesi­dades cotid­i­anas. Una escuela o una ofic­i­na de corre­os cuen­tan mucho sobre la vol­un­tad de estable­cerse en un lugar, aunque después la economía ter­mi­nara ponien­do fecha de caduci­dad al proyec­to.

Calico Town

La caí­da del mer­ca­do de la pla­ta durante la déca­da de 1890 debil­itó el nego­cio. A ello se sumó el final de la min­ería de bórax en 1907, den­tro de un declive que fue vacian­do Cal­i­co. Su trans­for­ma­ción en pueblo fan­tas­ma fue un pro­ce­so lig­a­do a la pér­di­da de activi­dad económi­ca. Una comu­nidad lev­an­ta­da alrede­dor de una riqueza que dependía de lo que otros estu­vier­an dis­puestos a pagar por ella. Cuan­do cam­bió ese equi­lib­rio, tam­bién cam­biaron las posi­bil­i­dades de quedarse.

La exis­ten­cia de un bar­rio chi­no tam­bién merece aten­ción. La ima­gen pop­u­lar del Oeste ha deja­do a menudo en segun­do plano a quienes no enca­jan en el per­son­aje del vaque­ro de pelícu­la. Mirar Cal­i­co con algo de interés sig­nifi­ca pre­gun­tarse quiénes tra­ba­ja­ban, quiénes atendían los com­er­cios y qué his­to­rias ape­nas apare­cen en la fotografía turís­ti­ca. Un pueblo minero nece­sita­ba mucho más que per­sonas tra­ba­jan­do bajo tier­ra: com­er­cios, ser­vi­cios y una red de rela­ciones que per­mi­tiera man­ten­er la vida cotid­i­ana.

La pro­duc­ción históri­ca del dis­tri­to se esti­ma en unos 86 mil­lones de dólares en pla­ta y 45 mil­lones en bórax a lo largo de tres décadas. Eso describe el val­or de la activi­dad pero no per­mite con­cluir que toda la población viviera hol­gada­mente. A veces se habla de una fiebre min­era como si encon­trar min­er­al repartiera automáti­ca­mente la riqueza. Lo que sabe­mos es que Cal­i­co atra­jo gente y cre­ció; cómo se dis­tribuían los ben­efi­cios es una pre­gun­ta dis­tin­ta. La pros­peri­dad de una explotación y la for­tu­na per­son­al de cada tra­ba­jador no tenían por qué ir de la mano.

Dorsey : el perro que repartía el correo

Entre las anéc­do­tas de Cal­i­co hay una que parece prepara­da para un cuen­to infan­til. En 1885, un per­ro lla­ma­do Dorsey cubría una ruta postal de unas tres mil­las entre Cal­i­co y Bis­mark. Le hicieron una bol­sa para trans­portar las car­tas y unas boti­tas de cuero para pro­te­ger sus patas. Dorsey se retiró en 1886, pasó al propi­etario de la mina de Bis­mark y más tarde fue lle­va­do a San Fran­cis­co. Cues­ta imag­i­nar un per­son­aje más fácil de recor­dar entre tan­tos nom­bres de minas, fechas y cifras de pro­duc­ción. Además, la anéc­do­ta ayu­da a enten­der el ais­lamien­to de aque­l­los asen­tamien­tos: comu­nicar un cam­pa­men­to con otro era una necesi­dad conc­re­ta. Para quienes esper­a­ban noti­cias, la lle­ga­da de las car­tas debía de ten­er un val­or que cues­ta imag­i­nar en una época en la que podemos enviar un men­saje des­de casi cualquier sitio.

Bas­ta pen­sar en lo que supon­dría via­jar durante meses sin esa facil­i­dad para enten­der por qué una ruta postal merece un lugar en la his­to­ria del pueblo. Una car­ta podía ser la conex­ión con quienes se habían queda­do lejos. Al cono­cer a Dorsey, la antigua ofic­i­na de corre­os deja de pare­cer sim­ple­mente otro edi­fi­cio y pasa a for­mar parte de una his­to­ria de dis­tan­cias, tra­ba­jo y noti­cias esper­adas.

Dorsey fue hom­e­na­jea­do en una can­ción de Ken­ny Rogers de 1972 y en una pro­duc­ción tele­vi­si­va de Dis­ney de 1974. Es curioso cómo una tarea cotid­i­ana puede ter­mi­nar con­ver­ti­da en memo­ria cul­tur­al. De todo lo que ocur­rió en Cal­i­co, uno de los per­son­ajes que ha segui­do des­per­tan­do sim­patía es un per­ro que trans­porta­ba car­tas. Durante el paseo, bus­car las ref­er­en­cias a Dorsey puede dar un hilo espe­cial­mente entretenido a la visi­ta, sobre todo si via­jas con niños. Hay his­to­rias que con­siguen que una fecha deje de ser una fecha y se con­vier­ta en algo que apetece recor­dar.

Cuánto hay de auténtico en Calico

Wal­ter Knott, fun­dador de Knott’s Berry Farm, com­pró Cal­i­co en 1951 y lo donó al con­da­do de San Bernardi­no en 1966. El con­jun­to actu­al com­bi­na estruc­turas históri­c­as con recon­struc­ciones. Entre los edi­fi­cios orig­i­nales se encuen­tran Lil’s Saloon y la casa de los Lane, dos paradas que ayu­dan a dis­tin­guir la memo­ria históri­ca de la ambi­entación turís­ti­ca.

Calico wild west

Las fachadas recu­per­adas ayu­dan a visu­alizar una población min­era pero no todo lo que se fotografía lle­va intac­to des­de el siglo XIX. Una visi­ta puede ser entreteni­da y ten­er val­or históri­co sin pre­sen­tar­la como una cáp­su­la del tiem­po per­fec­ta. Aquí se ha tra­ba­ja­do para hac­er el pasa­do vis­i­ble al vis­i­tante y para con­ver­tir­lo en una activi­dad turís­ti­ca. Por eso, antes de decidir si merece la pena, con­viene ten­er claro qué bus­cas. Si te apetece un paseo con estéti­ca del Oeste y algu­nas activi­dades, el planteamien­to puede enca­jar muy bien. Si esperas explo­rar un asen­tamien­to aban­don­a­do en silen­cio, la pres­en­cia de com­er­cios y vis­i­tantes puede decep­cionarte. El atrac­ti­vo de Cal­i­co está en esa mez­cla de pat­ri­mo­nio y recreación, y resul­ta más fácil dis­fru­tar­la cuan­do se conoce de ante­mano.

La recu­peración de Cal­i­co tuvo, además, una ver­tiente per­son­al. Knott pasó tiem­po allí durante su infan­cia con su tío John King, uno de los primeros hom­bres vin­cu­la­dos a la con­ce­sión de la Sil­ver King Mine. Años después colaboró en la con­struc­ción de una plan­ta para recu­per­ar pla­ta. Cuan­do adquir­ió el pueblo, por tan­to, existía una relación pre­via con su his­to­ria y con su famil­ia. Cal­i­co forma­ba parte de sus recuer­dos mucho antes de con­ver­tirse en un proyec­to de recu­peración.

Esa conex­ión ayu­da a com­pren­der su interés, aunque cada decisión de recon­struc­ción tam­bién responde a la for­ma en que se quería pre­sen­tar el lugar. Una per­sona puede quer­er preser­var un pueblo y, al mis­mo tiem­po, preparar­lo para recibir vis­i­tantes. Ahí aparece una cuestión que afec­ta a muchos des­ti­nos históri­cos: qué se con­ser­va, qué se recom­pone y qué se añade para facil­i­tar la visi­ta. En Cal­i­co, el paisaje y los edi­fi­cios orig­i­nales con­viv­en con una ima­gen del Oeste que varias gen­era­ciones recono­cen gra­cias al cine y al tur­is­mo.

La casa que se levantó con 5.419 botellas

La Bot­tle House es uno de los mejores ejem­p­los de esa mez­cla. Se con­struyó en 1953–1954, durante la recu­peración turís­ti­ca, uti­lizan­do 5.419 botel­las. Knott había vis­to la casa de botel­las de Rhy­o­lite, en Neva­da, la fotografió y la tomó como mod­e­lo. No se ha estable­ci­do que existiera una con­struc­ción equiv­a­lente en Cal­i­co durante su apo­geo minero, de modo que su his­to­ria pertenece a esa segun­da vida del pueblo.

Casa hecha de botellas

Lucy Lane y la memoria de quienes vivieron aquí

La casa de Lucy Lane, hoy museo, per­mite pon­er un nom­bre pro­pio a la his­to­ria local. Lucy es recor­da­da como la res­i­dente más longe­va de Cal­i­co. Es un cam­bio de escala que le viene bien a la visi­ta: después de hablar de minas, de pre­cios de la pla­ta y de pobla­ciones que cre­cen o dis­min­uyen, aparece una per­sona cuya vida estu­vo vin­cu­la­da al lugar.

Los museos pequeños tienen a veces esa ven­ta­ja. No nece­si­tan una colec­ción inmen­sa para explicar algo; una fotografía, un doc­u­men­to o un obje­to domés­ti­co pueden des­per­tar pre­gun­tas más conc­re­tas que un pan­el con cifras de pro­duc­ción. En Cal­i­co con­viene entrar con tiem­po para obser­var y leer, sin tratar el museo como una pausa oblig­a­to­ria antes de volver a las fotos. Saber qué obje­tos se con­ser­van, cómo se iden­ti­f­i­can y a quién pertenecieron ayu­da a acer­carse a la vida del pueblo.

Calico Ghost Town

El Lucy Lane Muse­um, inclu­i­do sin suple­men­to en la visi­ta al recin­to, reúne obje­tos, fotografías y doc­u­men­tos sobre los orí­genes de Cal­i­co. Puede ser una bue­na primera para­da para pon­er con­tex­to a lo que después se ve en las calles. Dedi­caría un rato a esas imá­genes antiguas: com­parar un edi­fi­cio con su fotografía históri­ca suele explicar mejor una restau­ración que lim­i­tarse a leer que el pueblo ha sido recon­stru­i­do. Tam­bién per­mite recono­cer detalles que, de otra man­era, pasarían inad­ver­tidos.

Cómo eran los hoteles del Salvaje Oeste

Al obser­var una facha­da como la de Hank’s Hotel resul­ta fácil imag­i­nar un establec­imien­to de los que apare­cen en los west­erns: un mostrador jun­to a la entra­da, una escalera que con­duce a las habita­ciones y una bal­cona­da des­de la que alguien vig­i­la la calle. Pero los hote­les del Oeste esta­dounidense de finales del siglo XIX eran bas­tante más vari­a­dos de lo que nos ha enseña­do el cine. Su aspec­to y sus como­di­dades dependían del tamaño de la población, de su pros­peri­dad y del bol­sil­lo de sus hués­pedes. Un alo­jamien­to de un asen­tamien­to minero recién for­ma­do podía ser muy sen­cil­lo, mien­tras que una ciu­dad enrique­ci­da por las minas podía dispon­er de hote­les que bus­ca­ban demostrar que allí tam­bién había dinero, ele­gan­cia y ser­vi­cios mod­er­nos.

En las pobla­ciones que crecían alrede­dor de una explotación min­era, alo­jar a los recién lle­ga­dos era una necesi­dad y una opor­tu­nidad de nego­cio. No todos acud­ían para pasar una noche: algunos nece­sita­ban una base mien­tras bus­ca­ban tra­ba­jo o intenta­ban estable­cerse. Por eso, jun­to a los hote­les existían casas de hués­pedes y pen­siones, inclu­idas vivien­das par­tic­u­lares adap­tadas para recibir inquili­nos. La difer­en­cia con nues­tra idea actu­al de hotel podía ser con­sid­er­able, porque el alo­jamien­to esta­ba más lig­a­do a la vida cotid­i­ana y, en muchos casos, incluía las comi­das. Para quien lle­ga­ba a un lugar descono­ci­do, ten­er cama y mesa resueltas per­mitía con­cen­trarse en el moti­vo del via­je, aunque ese moti­vo fuera la esper­an­za, bas­tante incier­ta, de encon­trar for­tu­na.

Hotel del salvaje oeste

Los edi­fi­cios tam­bién podían com­bi­nar var­ios usos. Había establec­imien­tos con habita­ciones en las plan­tas supe­ri­ores y nego­cios a pie de calle; otros reunían come­dor, saloon y espa­cios para el juego. El hotel era, por tan­to, algo más que un lugar donde cer­rar la puer­ta y dormir. El con­jun­to per­mitía des­cansar, com­er y entreten­erse den­tro del mis­mo establec­imien­to. Esa var­iedad de ser­vi­cios ayu­da a enten­der por qué los hote­les tenían tan­ta pres­en­cia en las calles prin­ci­pales: atendían necesi­dades que iban bas­tante más allá de pro­por­cionar una cama.

La cuestión del baño merece un capí­tu­lo aparte, sobre todo si via­jamos men­tal­mente al Oeste con nues­tras exi­gen­cias actuales. Una habitación no implic­a­ba dispon­er de un baño pri­va­do y las insta­la­ciones com­par­tidas podían resul­tar escasas. Un hotel podía anun­ciar una como­di­dad mod­er­na y, al mis­mo tiem­po, ofre­cer unas condi­ciones para el aseo que hoy nos harían mirar dos veces la reser­va. Con seme­jante pro­por­ción, encon­trar la bañera libre debía de ser una cuestión bas­tante más intere­sante que pedir una habitación con bue­nas vis­tas.

Inclu­so la for­ma de cobrar fue cam­bian­do. En las pen­siones y posadas era habit­u­al esper­ar alo­jamien­to y comi­da como parte del ser­vi­cio, mien­tras que durante las últi­mas décadas del siglo XIX se extendió en algu­nas ciu­dades el lla­ma­do plan europeo, que sep­a­ra­ba el pre­cio de la habitación del de las comi­das. En otras ciu­dades como Salt Lake City ganó pres­en­cia des­de medi­a­dos de la déca­da de 1880. Así, el huésped podía pagar por dormir y decidir después dónde com­er, una fór­mu­la que hoy nos parece de lo más nor­mal. Mirar los hote­les del Oeste des­de esa per­spec­ti­va per­mite recono­cer algo famil­iar detrás de sus fachadas: via­jeros com­para­n­do pre­cios, propi­etar­ios inten­tan­do dis­tin­guirse y difer­entes nive­les de como­di­dad según lo que cada uno pudiera gas­tar. Nada tan dis­tin­to a la actu­al­i­dad.

La escuela de Calico Ghost Town

En la parte alta de Cal­i­co se encuen­tra la escuela, uno de los edi­fi­cios que mejor ayu­dan a imag­i­nar la vida cotid­i­ana del antiguo pueblo minero. Entre saloons, com­er­cios y explota­ciones de pla­ta, su pres­en­cia recuer­da que aquí tam­bién hubo famil­ias que inten­taron estable­cerse y niños que nece­sita­ban apren­der. El Oeste que hemos vis­to tan­tas veces en el cine parece habita­do casi exclu­si­va­mente por adul­tos arma­dos pero una población que crecía nece­sita­ba ser­vi­cios bas­tante menos cin­e­matográ­fi­cos. Con­stru­ir una escuela era una for­ma de pen­sar en el futuro, aunque ese futuro dependiera de una economía tan inestable como la min­ería.

La escuela orig­i­nal se con­struyó en 1885, en este emplaza­mien­to ele­va­do sobre el pueblo. Sin embar­go, el edi­fi­cio que vemos hoy es una répli­ca lev­an­ta­da a comien­zos de los años cin­cuen­ta, durante la recu­peración de Cal­i­co. Para repro­ducir su aspec­to se uti­lizaron fotografías antiguas, aunque hay una curiosi­dad: la recon­struc­ción es aprox­i­mada­mente un ter­cio más pequeña que la escuela orig­i­nal. 

Escuela antigua americana

La enseñan­za había empeza­do antes de que existiera un edi­fi­cio pro­pio. Las primeras clases se orga­ni­zaron en una casa de hués­pedes, una solu­ción pro­vi­sion­al has­ta dispon­er de la nue­va escuela. El dis­tri­to esco­lar de Cal­i­co fun­cionó des­de el otoño de 1882 has­ta el de 1899, cuan­do el declive del pueblo minero esta­ba reducien­do sus posi­bil­i­dades de man­ten­er la activi­dad. Mien­tras lle­ga­ban tra­ba­jadores y se abrían nego­cios, tam­bién se bus­ca­ba un espa­cio donde enseñar a los niños. La vida de una comu­nidad tenía que orga­ni­zarse con lo que hubiera disponible, sin esper­ar a que todo estu­viera ter­mi­na­do.

Se trata­ba de una escuela de una sola aula, un mod­e­lo que oblig­a­ba a con­cen­trar la enseñan­za en un mis­mo espa­cio. Los reg­istros esco­lares men­cio­nan una matrícu­la media de unos 30 alum­nos, aunque la asis­ten­cia diaria rond­a­ba aprox­i­mada­mente la mitad. Es una difer­en­cia con­sid­er­able pero las cifras por sí solas no expli­can los motivos de las ausen­cias. Otro detalle rompe con la ima­gen de una clase for­ma­da úni­ca­mente por hijos de mineros: muchos estu­di­antes eran hijos e hijas de los com­er­ciantes, mien­tras que numerosos tra­ba­jadores de las minas no tenían allí a sus famil­ias.

Maggie Mine

Si hay una visi­ta que ayu­da a enten­der por qué nació Cal­i­co, es Mag­gie Mine. Las fachadas de madera, los saloons y las tien­das per­miten imag­i­nar la vida del pueblo pero esta antigua mina de pla­ta nos acer­ca al tra­ba­jo que sostenía su economía. Estu­vo en activi­dad en la déca­da de 1880 y hoy dispone de un recor­ri­do acondi­ciona­do para vis­i­tantes. Entrar en ella per­mite pon­er algo de con­tex­to a esa expre­sión tan repeti­da de «fiebre de la pla­ta»: detrás de la lle­ga­da de población y de los nego­cios había per­sonas ded­i­cadas a extraer y proce­sar min­er­al.

La visi­ta es auto­gu­ia­da, tiene una lon­gi­tud aprox­i­ma­da de 300 met­ros y suele com­ple­tarse en unos 10 o 15 min­u­tos, aunque merece la pena deten­erse en las expli­ca­ciones. Al comien­zo hay una exposi­ción con luz ultra­vi­o­le­ta que per­mite obser­var cómo reac­cio­nan algunos min­erales. Después, el recor­ri­do con­tinúa por la galería, con infor­ma­ción sobre la mina y sobre la for­ma en que tra­ba­ja­ban los mineros de las mon­tañas de Cal­i­co. Es una activi­dad breve pero apor­ta una per­spec­ti­va dis­tin­ta a la del paseo exte­ri­or: las cifras de pro­duc­ción empiezan a rela­cionarse con un espa­cio con­cre­to y con las tar­eas nece­sarias para obten­er aque­l­la riqueza.

Mina del oeste

Antes de entrar tam­bién se pueden ver ele­men­tos ded­i­ca­dos al pro­ce­so de extrac­ción de la pla­ta del min­er­al, una recreación de una ofic­i­na de ensayo y ejem­p­los de los moli­nos de trit­u­ración uti­liza­dos en la min­ería de la época. La ofic­i­na de ensayo tenía una fun­ción impor­tante: analizar las mues­tras para deter­mi­nar su con­tenido metáli­co. Porque encon­trar una roca que parecía prom­ete­do­ra era solo el prin­ci­pio; había que saber qué con­tenía y si com­pens­a­ba explotar­la. Entre el entu­si­as­mo del des­cubrim­ien­to y el dinero que podía gener­ar existían var­ios pasos que sole­mos pasar por alto cuan­do resum­i­mos toda la his­to­ria en que alguien encon­tró pla­ta y el pueblo empezó a cre­cer.

La min­ería nece­sita­ba conocimien­tos, her­ramien­tas, insta­la­ciones y una orga­ni­zación del tra­ba­jo. La visi­ta per­mite acer­carse a esa parte de la his­to­ria, que quizá resulte menos vis­tosa que un saloon pero expli­ca mucho mejor el ori­gen de Cal­i­co. Tam­bién ayu­da a mirar el pueblo de otra man­era al salir: los com­er­cios y ser­vi­cios dependían, en bue­na medi­da, de que aque­l­la activi­dad sigu­iera fun­cio­nan­do. Cuan­do dejó de sosten­er la economía local, sus con­se­cuen­cias ter­mi­naron lle­gan­do a las calles, los nego­cios y las famil­ias.

La entra­da a Mag­gie Mine se paga aparte de la entra­da gen­er­al a Cal­i­co.  Cues­ta 5 dólares para per­sonas de 11 años o más y 3 dólares para niños de 5 a 10 años; los menores de 5 años acce­den gra­tuita­mente acom­paña­dos de un adul­to de pago. Tam­bién está inclu­i­da en el paque­te que reúne la mina, Mys­tery Shack y la activi­dad de bateo. Si hubiera que escoger una sola activi­dad de pago para com­ple­tar el paseo, pri­orizaría esta por su relación direc­ta con la his­to­ria del lugar. Y con­viene lim­i­tar la explo­ración a la zona habil­i­ta­da: las otras minas y galerías del entorno son peli­grosas y no deben vis­i­tarse por cuen­ta propia.

El tren Calico & Odessa Railroad

El Cal­i­co & Odessa Rail­road ofrece un recor­ri­do de unos ocho min­u­tos con vis­tas a lugares y ele­men­tos rela­ciona­dos con la min­ería. Fue insta­l­a­do en 1958, así que for­ma parte de la recu­peración turís­ti­ca del pueblo. Es un paseo breve que puede enca­jar bien si dis­fru­tas de los pequeños trenes o via­jas con niños y per­mite añadir una activi­dad difer­ente al recor­ri­do a pie.

Si el pre­supuesto es ajus­ta­do, decidiría antes qué intere­sa más: el paseo fer­roviario o la mina. No hace fal­ta com­prar todas las activi­dades para aprovechar la entra­da. La suma de pequeños suple­men­tos ter­mi­na sien­do bas­tante may­or de lo que parecía en la taquil­la, espe­cial­mente cuan­do via­jan varias per­sonas y todavía que­da por pagar la comi­da o algún recuer­do.

La vida en el saloon

Cuan­do imag­i­namos un saloon del Viejo Oeste, casi todos ten­emos la mis­ma esce­na en la cabeza: un hom­bre empu­ja las puer­tas de vaivén, el pianista deja de tocar y los clientes lev­an­tan la vista de sus vasos de whisky. El cine ha repeti­do tan­to esa entra­da que parece que nadie pudiera acer­carse a una bar­ra sin estar bus­can­do pelea. Pero en los pueb­los mineros y las ciu­dades de fron­tera de la segun­da mitad del siglo XIX, estos establec­imien­tos atendían una necesi­dad bas­tante más cotid­i­ana: ofre­cer un lugar donde beber, encon­trarse con otros y dis­traerse después del tra­ba­jo. Para quienes habían lle­ga­do solos, atraí­dos por una veta de oro o pla­ta, el saloon era tam­bién uno de los pocos espa­cios donde encon­trar com­pañía. En Whiskey­town, un asen­tamien­to minero de Cal­i­for­nia que rond­a­ba los mil habi­tantes a medi­a­dos de la déca­da de 1850, ya había var­ios. Encon­trar min­er­al era incier­to; encon­trar a alguien dis­puesto a pagar una copa, bas­tante menos.

No todos los saloons tenían el aspec­to que les atribuimos hoy. En los cam­pa­men­tos recién estable­ci­dos podía bas­tar una tien­da de lona y unas insta­la­ciones rudi­men­ta­rias, mien­tras que los nego­cios de local­i­dades más prósperas invertían en bar­ras tra­ba­jadas, cristalería y una dec­o­ración que ayu­dara a dis­tin­guir­los de la com­pe­ten­cia. Tam­poco las puer­tas de hoja eran un req­ui­si­to uni­ver­sal. El tamaño, los mate­ri­ales y los ser­vi­cios dependían del lugar y del dinero que cir­cu­lase por él. Los saloons no tenían tabu­retes: los clientes bebían de pie, apoy­a­dos en el mostrador, con una bar­ra infe­ri­or para des­cansar los pies y escu­pi­deras para quienes con­sumían taba­co. Un detalle bas­tante menos román­ti­co que el piano, aunque igual­mente rev­e­lador del ambi­ente.

Calico Ghost Town

El whisky ocu­pa­ba un lugar impor­tante pero tam­bién se servía cerveza, y la ofer­ta no era idén­ti­ca en todos los locales. A veces se ofrecían comi­das gra­tu­itas para atraer clientes y ani­mar­los a beber. Entre los platos doc­u­men­ta­dos apare­cen sopa de alme­jas, cos­til­las, chu­crut y enchi­ladas, una var­iedad que desmon­ta un poco la idea de que todo el mun­do vivía exclu­si­va­mente de judías y carne seca. El sis­tema tenía su lóg­i­ca com­er­cial: la comi­da era el reclamo y las con­sum­i­ciones sostenían el nego­cio. Lo de atraer al cliente por el estó­ma­go, como vemos, viene de bas­tante antes de las pro­mo­ciones de nue­stros bares.

Las car­tas, el bil­lar, los cig­a­r­ros y la músi­ca añadían motivos para quedarse, aunque tam­poco todos los saloons reunían cada uno de estos entreten­imien­tos. El juego era una parte impor­tante de muchos establec­imien­tos, con espa­cios reser­va­dos donde podía cir­cu­lar tan­to dinero como en la bar­ra. La vio­len­cia exis­tió y dejó episo­dios céle­bres por toda Cal­i­for­nia.

Además, el saloon podía fun­cionar como pun­to de infor­ma­ción y encuen­tro. Se leían per­iódi­cos en voz alta y el telé­grafo per­mitía recibir noti­cias y resul­ta­dos deportivos. Durante la fiebre del oro, algunos via­jeros inclu­so extendían sus man­tas en el sue­lo para dormir antes de con­tin­uar el camino. Beber, enter­arse de lo que pasa­ba y encon­trar un sitio donde pasar unas horas podían suced­er bajo el mis­mo techo.

Esa socia­bil­i­dad, sin embar­go, tenía límites. Las mujeres no dis­fruta­ban nece­sari­a­mente de la mis­ma lib­er­tad para entrar y beber, y las restric­ciones vari­a­ban según la local­i­dad y la leg­is­lación. En eal­gunos saloons debían uti­lizar una entra­da lat­er­al para com­prar alco­hol y llevárse­lo, y en 1903 se les pro­hibió inclu­so ese acce­so. Tam­bién existían bar­reras raciales: en Skag­way, solo algunos saloons per­mitían beber den­tro a per­sonas de col­or. Con­viene recor­dar­lo cuan­do con­tem­plam­os estas bar­ras con­ver­tidas en atrac­ción turís­ti­ca. Tras la madera, las botel­las y la dec­o­ración pin­toresca había nego­cios que ofrecían diver­sión y com­pañía pero tam­bién repro­ducían las desigual­dades de su época. Esa mez­cla ayu­da a com­pren­der mucho mejor los saloons que la ima­gen de una habitación donde todos llev­a­ban revólver y siem­pre esta­ba a pun­to de volar una sil­la.

Mystery Shack y la búsqueda de «oro»

Entre las minas, los saloons y los edi­fi­cios de madera de Cal­i­co Ghost Town hay una atrac­ción que cam­bia por com­ple­to el rit­mo de la visi­ta: el Mys­tery Shack, una pequeña cabaña donde nue­stros ojos empiezan a lle­var­le la con­traria a nue­stro sen­ti­do del equi­lib­rio. Su prin­ci­pal reclamo es tan sen­cil­lo como descon­cer­tante: ver cómo el agua parece desplazarse cues­ta arri­ba. Y digo «parece» porque aquí la gravedad sigue hacien­do su tra­ba­jo; lo que fal­la es nues­tra per­cep­ción de dónde está real­mente la pen­di­ente. Después de recor­rer un pueblo naci­do de la explotación de la pla­ta, esta para­da intro­duce un entreten­imien­to bas­tante difer­ente, de esos que con­siguen que te quedes miran­do algo tan cotid­i­ano como un poco de agua con una expre­sión de abso­lu­ta descon­fi­an­za.

El efec­to se con­sigue medi­ante una con­struc­ción incli­na­da que altera las ref­er­en­cias visuales con las que nor­mal­mente inter­pre­ta­mos el espa­cio. Esta­mos acos­tum­bra­dos a uti­lizar pare­des, sue­los y mar­cos de puer­tas para decidir qué está rec­to y qué está tor­ci­do pero den­tro del Mys­tery Shack esas ref­er­en­cias nos engañan. El agua desciende sigu­ien­do la pen­di­ente real, aunque el entorno haga que parez­ca ascen­der. Saber­lo no impi­de que la demostración resulte curiosa: una cosa es enten­der la expli­cación y otra con­seguir que el cere­bro deje de insi­s­tir en que aque­l­lo no debería estar pasan­do. Las demostra­ciones tam­bién han inclu­i­do escobas que pare­cen man­ten­erse en pie sin apoyo, reforzan­do esa sen­sación de haber entra­do en una casa donde las reglas cotid­i­anas se han vuel­to un poco capri­chosas.

Edificio de Mystery Shack en Calico Ghost Town

Estas activi­dades enca­jan si apetece añadir un rato de entreten­imien­to. Para una visi­ta cen­tra­da en la his­to­ria, daría más peso al museo y a la mina; para una para­da famil­iar, el tren y las expe­ri­en­cias par­tic­i­pa­ti­vas pueden ayu­dar a vari­ar el paseo. Lo impor­tante es escoger lo que real­mente apetece y dejar tiem­po para recor­rer el pueblo, en lugar de ir de una entra­da a otra pen­di­entes de com­ple­tar todas las opciones.

Datos prácticos

Las tar­i­fas dis­tinguen entre la entra­da al pueblo y los suple­men­tos de las atrac­ciones. La entra­da ordi­nar­ia cues­ta 8 dólares para adul­tos, 5 dólares para niños de 4 a 11 años y es gra­tui­ta para menores de 4 años. En los even­tos espe­ciales, las tar­i­fas gen­erales anun­ci­adas son de 15 dólares para adul­tos y 10 dólares para niños de 4 a 11 años.

En cuan­to a las activi­dades, Mag­gie Mine, Mys­tery Shack y Gold Pan­ning Adven­ture cues­tan, cada una, 5 dólares para per­sonas de 11 años o más y 3 dólares para niños de 5 a 10 años. El tren cues­ta 6 y 3,50 dólares, respec­ti­va­mente. Existe un paque­te que reúne la mina, Mys­tery Shack y el bateo por 13 dólares para la cat­e­goría adul­ta y 7 dólares para la infan­til. Los niños de 4 años o menos pueden acced­er gra­tuita­mente a estas activi­dades acom­paña­dos de un adul­to de pago.

Hay dos detalles que con­viene ten­er pre­sentes: el paque­te no incluye el tren y los gru­pos de edad de las activi­dades son dis­tin­tos a los de la entra­da gen­er­al. Un niño de 11 años, por ejem­p­lo, entra den­tro de la tar­i­fa infan­til del pueblo pero en las activi­dades cor­re­sponde a la cat­e­goría de may­or edad. Puede pare­cer una cuestión menor has­ta que toca cal­cu­lar el pre­supuesto de toda la famil­ia.

Para un adul­to, en un día ordi­nario, la entra­da más Mag­gie Mine suman 13 dólares; con el tren, 19 dólares. La entra­da, el paque­te de tres activi­dades y el tren ascien­den a 27 dólares, antes de comi­da o com­pras. Estos cál­cu­los ayu­dan a decidir qué intere­sa real­mente. Con­viene con­fir­mar las tar­i­fas antes de via­jar, espe­cial­mente si la visi­ta coin­cide con un fes­ti­val.

El horario habit­u­al es de 9:00 a 17:00, todos los días sal­vo Navi­dad. Procu­raría lle­gar con mar­gen sufi­ciente para pasear y escoger las activi­dades sobre el ter­reno, en vez de entrar cer­ca del cierre y des­cubrir que hay que hac­er­lo todo deprisa. Una visi­ta que con­siste en mirar, leer y deten­erse pierde bas­tante cuan­do se hace pen­di­ente del reloj.

Al preparar una visi­ta al desier­to, lle­varía agua, pro­tec­ción solar, som­brero y calza­do cómo­do. Si la pre­visión anun­cia mucho calor, inten­taría lle­gar a primera hora y reduciría las expec­ta­ti­vas de hac­er un paseo largo. Una cosa es que el paisaje ári­do quede estu­pen­do en las fotos y otra pasar la visi­ta bus­can­do dónde sen­tarse. Con­viene ajus­tar el rit­mo a la tem­per­atu­ra y a las per­sonas que via­jan, espe­cial­mente si hay niños o alguien que se cansa con facil­i­dad. Tam­bién hay que ten­er en cuen­ta que no todas las zonas son acce­si­bles para per­sonas con movil­i­dad reduci­da. 

Comer y dormir cerca de Calico

Den­tro del recin­to hay establec­imien­tos como Cal­i­co House Restau­rant y Lil’s Saloon. Com­er allí puede servir para pro­lon­gar la ambi­entación, aunque decidiría en fun­ción del menú y del pre­supuesto del día. Si pre­fieres con­tin­uar la ruta, puedes reser­var la comi­da para otra para­da. En un via­je con muchas jor­nadas de car­retera, orga­ni­zar dónde se come tam­bién ayu­da a repar­tir mejor el tiem­po y los gas­tos. Nosotros comi­mos en un área de ser­vi­cio unos kilómet­ros más allá, donde tenían más var­iedades salud­ables en el menú.

Cal­i­co ofrece camp­ing y cabañas. Para una para­da de unas horas no veo nece­sario dormir en el pro­pio recin­to pero puede ser una opción a estu­di­ar si via­jas en auto­car­a­vana o quieres orga­ni­zar la jor­na­da con más cal­ma. Antes de reser­var, com­pro­baría qué incluye el alo­jamien­to y sus condi­ciones. Dormir en un pueblo fan­tas­ma sue­na muy cin­e­matográ­fi­co; orga­ni­zar bien la noche es fun­da­men­tal si tienes en cuen­ta que cer­ca hay poco que hac­er y el desier­to cuan­do cae el sol es negro como boca de lobo.


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