Viaje a los mejores barrios chinos del mundo

Los que seguís habit­ual­mente el blog sabéis lo amante que soy de los bar­rios chi­nos. Siem­pre me ha fasci­na­do esa capaci­dad de la comu­nidad chi­na para dis­per­sarse por cualquier rincón del plan­e­ta, has­ta los más insospecha­dos, y sin embar­go, man­ten­er intac­tas sus tradi­ciones de sig­los. Pon­go el ejem­p­lo de mi ciu­dad, Madrid, donde has­ta hace pocos años los chi­nos eran pocos y se ded­i­ca­ban a regen­tar restau­rantes úni­ca­mente y aho­ra, en la actu­al­i­dad, han ocu­pa­do un dis­tri­to entero, el de Usera, y nos han dado a los madrileños esa expe­ri­en­cia que nos resulta­ba descono­ci­da pero que tan común es des­de hace años en otros lugares del mun­do: la de ten­er nue­stro pro­pio bar­rio chi­no.

En el Chi­na­town madrileño, donde vive el grue­so de esta comu­nidad, no sólo hay tien­das regen­tadas por chi­nos, tam­bién puedes encon­trar restau­rantes donde la gas­tronomía no está occi­den­tal­iza­da, inmo­bil­iarias, gabi­netes de abo­ga­dos, tien­das de vesti­dos de novia, mer­ca­dos de ali­mentación con pro­duc­tos autóctonos y has­ta un casi­no. Todo lle­va­do por chi­nos y ori­en­ta­do hacia chi­nos porque para muchos de ellos la bar­rera del idioma con­tin­ua sien­do un prob­le­ma: de hecho hay más de una tien­da en la que entrarás y no enten­derán una pal­abra en castel­lano, por lo que te dejarán que deam­bules a tu aire mien­tras ellos siguen engan­cha­dos a los pro­gra­mas de tele­visión de su país, prác­ti­ca no demasi­a­do común en los establec­imien­tos españoles, eso de que te cobren mien­tras ven la tele.

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Chi­na­town de Lon­dres (Reino Unido)

Aunque raro es el bar­rio de Madrid donde no haya unas cuan­tas dece­nas de tien­das de ali­mentación o bazares de Todo a 1 euro regen­tadas por chi­nos, es en Usera donde encon­trarás los nego­cios más espe­cial­iza­dos, como con­sul­tas de acupun­tu­ra, pelu­querías o para­far­ma­cias donde encon­trar mil y una póci­mas. Usera, pese a que no ten­ga el col­ori­do de otros Chi­na­towns o esas puer­tas grandiosas que dan la bien­veni­da al bar­rio, como la que ves en la foto de arri­ba que me hice en uno de mis via­jes al Chi­na­town de Lon­dres, es el rincón más asiáti­co de Madrid: sólo hay que darse una vuelta por cualquiera de sus calles y dejar que los aro­mas que se escapan de las coci­nas te abran el apeti­to.

Aunque la sociedad chi­na en gen­er­al siem­pre ha sido bas­tante cer­ra­da y her­méti­ca (aprove­cho para recomen­daros un libro de lo más intere­sante, “1421: el año que Chi­na des­cubrió el mun­do”, donde una rig­urosa inves­ti­gación demues­tra como los chi­nos lle­garon a Améri­ca 70 años antes que Colón y cuan­do regre­saron a Chi­na el emper­ador destruyó casi todas las prue­bas de su des­cubrim­ien­to y frenó las ansias expan­sion­istas de los nave­g­antes), ello no ha impe­di­do que des­de hace sig­los fun­daran bar­rios, que muchas veces eran más bien ghet­tos, en otros rin­cones del sud­este asiáti­co: el Chi­na­town más antiguo del mun­do es el de Mani­la (Fil­ip­inas), que se creó hace casi 500 años.

Los chi­nos comen­z­a­ban a par­tir de entonces a estable­cer sus pro­pios bar­rios en Indone­sia, Viet­nam, Tai­lan­dia e inclu­so otros país­es asiáti­cos donde la cul­tura local era diame­tral­mente opues­ta a la suya como India o Japón. A par­tir de ahí, y dada su condi­ción de com­er­ciantes y de tra­ba­jadores sac­ri­fi­ca­dos (lo de “tra­ba­jar como un chi­no” viene por algo), los chi­nos comen­zaron a emi­grar a lugares aún más lejanos: en Sudáfrica se encuen­tra la comu­nidad chi­na más grande del con­ti­nente negro, en Norteaméri­ca cuen­tan con bar­rios chi­nos gigan­tescos en ciu­dades como San Fran­cis­co, a donde lle­garon para la con­struc­ción del fer­ro­car­ril, Nue­va York o Van­cou­ver.

Aunque hay que mati­zar que el nacimien­to de estos bar­rios no tuvo nada de idíli­co: la may­oría de ellos surgieron por motivos racis­tas. Los tra­ba­jadores chi­nos se mata­ban a tra­ba­jar  por suel­dos muy bajos, lo que les ganó las antipatías de muchos (más o menos como ocurre aho­ra en tan­tos país­es, no os creáis que hemos avan­za­do tan­to). A finales del siglo XIX, casi 200 revueltas anti-chi­nos estal­laron en la cos­ta oeste de USA: una de las más trág­i­cas acon­te­ció en Wyoming, donde los mineros prendieron fuego a las casas de los chi­nos y asesinaron a 28 per­sonas. Así, muchos chi­nos se vieron forza­dos a emi­grar a la cos­ta este: allí, muer­tos de miedo, fun­daron sus primeros bar­rios, donde se sen­tían pro­te­gi­dos y a sal­vo de las ame­nazas exte­ri­ores.

El pro­pio gob­ier­no comen­zó a estable­cer leyes que fre­naran la inmi­gración y arrebataran dere­chos fun­da­men­tales a chi­nos que se habían gana­do a pul­so el ser ciu­dadanos esta­dounidens­es: fue la primera vez en la his­to­ria (a excep­ción de los años en que la esclav­i­tud era legal) que el Con­gre­so emitía leyes que dis­tin­guían y mar­gin­a­ban a los ciu­dadanos por su raza. Aho­ra Trump tam­bién quiere pro­hibir la entra­da a los musul­manes o a los que, aunque no lo sean, ven­gan de deter­mi­na­dos país­es: como decía antes, qué poco ha avan­za­do el ser humano tiran­do los muros de los pre­juicios.

San Francisco

Cuan­do se habla de Chi­na­town, uno pien­sa automáti­ca­mente en drag­ones dora­dos, dim sum y carte­les en man­darín. Pero lo cier­to es que los orí­genes del bar­rio están mar­ca­dos por la dureza. El Chi­na­town de San Fran­cis­co es el más antiguo de Améri­ca del Norte (y tam­bién el más grande), fun­da­do en 1848, jus­to cuan­do la fiebre del oro empez­a­ba a atraer a miles de inmi­grantes chi­nos en bus­ca de for­tu­na.

Lo que encon­traron fue racis­mo, explotación lab­o­ral y bar­rios mar­ginales. Durante décadas, los chi­nos fueron dis­crim­i­na­dos, rel­e­ga­dos a vivir en condi­ciones insalu­bres y exclu­i­dos de muchos dere­chos. En 1882 el gob­ier­no esta­dounidense aprobó la infame Chi­nese Exclu­sion Act, una ley que pro­hibía la inmi­gración de tra­ba­jadores chi­nos y que no se derogó has­ta 1943.

Pese a todo, la comu­nidad resis­tió. Lev­an­taron tem­p­los, fun­daron aso­cia­ciones y man­tu­vieron vivas sus tradi­ciones, trans­for­man­do un gue­to en un enclave cul­tur­al úni­co. Hoy en día, más de 100.000 per­sonas viv­en en Chi­na­town y aunque el bar­rio ha cam­bi­a­do mucho, sigue sien­do el alma de la diás­po­ra chi­na en la cos­ta oeste.

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Chi­na­town de San Fran­cis­co (Esta­dos Unidos)

La puer­ta de entra­da al bar­rio no puede ser más icóni­ca: la Drag­on Gate, situ­a­da en la inter­sec­ción de Bush Street y Grant Avenue. Es el típi­co arco tradi­cional chi­no, dec­o­ra­do con drag­ones de piedra, leones guardianes y tejas verdes. Esta puer­ta mar­ca el comien­zo de Grant Avenue, la calle más turís­ti­ca del bar­rio, pla­ga­da de tien­das de recuer­dos, faro­lil­los y restau­rantes.

Pero si quieres ver el ver­dadero Chi­na­town, tienes que aden­trarte en las calles menos tran­si­tadas, como Stock­ton Street o Waver­ly Place, donde las amas de casa com­pran pesca­do vivo a gri­tos y los abue­los jue­gan al mahjong en los calle­jones.

Tem­p­lo de Tin How

Ubi­ca­do en el 125 de Waver­ly Place, este tem­p­lo ded­i­ca­do a la diosa del mar es uno de los más antigu­os del bar­rio (data de 1852). No esperes una gran estruc­tura dora­da: está en el cuar­to piso de un edi­fi­cio anodi­no pero su inte­ri­or es un reman­so de paz, con incien­so per­fuman­do el ambi­ente y lám­paras voti­vas ilu­mi­nan­do las estat­uas de los dios­es.

Gold­en Gate For­tune Cook­ie Fac­to­ry

¿Sabías que las famosas gal­letas de la for­tu­na no exis­ten en Chi­na? Son un inven­to 100% esta­dounidense y uno de sus orí­genes se encuen­tra aquí, en un calle­jón lla­ma­do Ross Alley. En esta pequeña fábri­ca puedes ver cómo se hacen a mano estas gal­letas y has­ta encar­gar una con tu pro­pio men­saje per­son­al­iza­do.

Museo Chi­no Amer­i­cano

Situ­a­do en el 965 de Clay Street, este pequeño museo es ide­al para enten­der la his­to­ria del bar­rio, con exposi­ciones sobre la inmi­gración, la exclusión racial y la vida cotid­i­ana de los primeros colonos chi­nos. Impre­scindible para pon­er en con­tex­to todo lo que ves en las calles.

Portsmouth Square

Este par­que no tiene mucho de chi­no a sim­ple vista pero es el corazón sim­bóli­co del bar­rio. Aquí fue donde se izó por primera vez la ban­dera esta­dounidense en San Fran­cis­co y donde hoy se reú­nen los ancianos a prac­ticar tai chi, jugar a las car­tas o ver la vida pasar.

🔮 Chi­na­town esconde pasadi­zos secre­tos (de ver­dad)

Durante las décadas más oscuras de la his­to­ria del bar­rio, muchos nego­cios oper­a­ban en la clan­des­tinidad. A través de un sis­tema de túne­les y sótanos inter­conec­ta­dos, se accedía a fumaderos de opio, casi­nos ile­gales, prostíbu­los y salas de juego. Muchos de estos túne­les siguen ahí, tapi­a­dos o cer­ra­dos al públi­co, aunque algunos tours pri­va­dos te per­miten explo­rar­los (ojo, hay que reser­var con antelación y no todos son fiables).

🏮 ¿Por qué hay tantos farolillos rojos?

Los faro­lil­los, además de dec­o­rar, tienen un fuerte sim­bolis­mo. En la cul­tura chi­na, el rojo rep­re­sen­ta la bue­na suerte, la feli­ci­dad y la pro­tec­ción con­tra los mal­os espíri­tus. En Chi­na­town se usan para reforzar la iden­ti­dad cul­tur­al, y ver­los encen­di­dos por la noche es toda una expe­ri­en­cia visu­al, casi cin­e­matográ­fi­ca.

🎊 El Año Nue­vo Chi­no

Es el even­to más grande de Chi­na­town. El des­file del Año Nue­vo Lunar incluye car­rozas, tam­bores, drag­ones gigantes, fue­gos arti­fi­ciales y tra­jes tradi­cionales. Pero lo que lo hace espe­cial es que es el des­file chi­no más antiguo y más grande fuera de Asia. Se cel­e­bra des­de 1851 y no para de cre­cer.

Durante esos días, las calles se llenan de puestos de comi­da calle­jera, lin­ter­nas flotantes y dan­zas.

El Nue­vo Año Chi­no se cel­e­bra por todo lo alto, con un des­file espec­tac­u­lar que atrae a más de 500.000 per­sonas. Si puedes, via­ja en Enero o Febrero y vívelo en primera fila.

🧧 Chinatown tiene su propio periódico en chino

Se lla­ma Sing Tao Dai­ly y es uno de los per­iódi­cos chi­nos más antigu­os fuera de Asia. Hay var­ios quioscos que lo venden, y tam­bién puedes encon­trar revis­tas, libros y has­ta nov­e­las de detec­tives en chi­no. Es una for­ma de preser­var el idioma y man­ten­er infor­ma­da a una comu­nidad que, en muchos casos, sigue hablan­do can­tonés como lengua prin­ci­pal.

🎥 Un barrio de película

Chi­na­town ha servi­do de esce­nario para un sin­fín de pelícu­las. Algu­nas de las más cono­ci­das:

  • “Big Trou­ble in Lit­tle Chi­na” (1986) – Un clási­co de cul­to con luchas mís­ti­cas, demo­ni­os y mucho neón.

  • “The Pur­suit of Hap­py­ness” (2006) – Varias esce­nas con Will Smith se rodaron cer­ca del bar­rio.

  • “The Joy Luck Club” (1993) – Basa­da en la nov­ela de Amy Tan, mues­tra la expe­ri­en­cia de mujeres chi­nas en San Fran­cis­co.

Puedes mon­tar un recor­ri­do ciné­fi­lo si te intere­sa el tema, o inclu­so usar­lo como con­tenido visu­al en Insta­gram o Tik­Tok.

Nueva York

Respec­to al Chi­na­town de Nue­va York, ya hablé largo y ten­di­do de él en el rela­to de mi via­je a la Gran Man­zana. Posi­ble­mente uno de los bar­rios chi­nos más intere­santes del mun­do y tam­bién de los más vis­tosos. Ubi­ca­do en el bajo Man­hat­tan, cuen­ta con una población de 150.000 chi­nos, 600 restau­rantes y 20 ban­cos. En el pasa­do, tenía su pro­pio gob­ier­no, con­for­ma­do por difer­entes famil­ias y clanes, y mul­ti­tud de empre­sas de nego­cios que intenta­ban acoger a los inmi­grantes recién lle­ga­dos. Y estos no sólo venían de Chi­na sino de lugares tan dis­pares como Cuba o las islas Mauri­cio. Hoy en día, uno de cada diez neoy­orki­nos tiene raíces chi­nas, para que veáis la impor­tan­cia que ha tenido la inmi­gración chi­na en el desar­rol­lo de la ciu­dad.

Para enten­der el Chi­na­town neoy­orquino, hay que remon­tarse al siglo XIX. Tras la fiebre del oro en Cal­i­for­nia y la con­struc­ción del fer­ro­car­ril transcon­ti­nen­tal, miles de inmi­grantes chi­nos se desplazaron al este del país, escapan­do no solo de la pobreza sino tam­bién del racis­mo bru­tal que se vivía en la cos­ta oeste.

En 1882 se aprobó la Chi­nese Exclu­sion Act de la que hablábamos antes, la primera ley esta­dounidense que pro­hibía la inmi­gración basa­da en la raza. ¿El resul­ta­do? Una comu­nidad reduci­da a la clan­des­tinidad, hom­bres que no podían traer a sus famil­ias y bar­rios enteros con­de­na­dos a sobre­vivir al mar­gen del sis­tema.

Así nació Chi­na­town: no como un lugar exóti­co, sino como un refu­gio ante la dis­crim­i­nación. Durante décadas fue un enclave de hom­bres solos, sociedades sec­re­tas y tien­das de pro­duc­tos imposi­bles de encon­trar en otro lugar. Hoy, aunque las cosas han cam­bi­a­do, sigue sien­do un bar­rio con cica­tri­ces.

Ofi­cial­mente, Chi­na­town ocu­pa una bue­na parte del Low­er Man­hat­tan, abar­can­do calles como Canal Street, Bow­ery, Mott Street, Mul­ber­ry, Pell, Doy­ers y más allá. Pero la real­i­dad es que sus límites son bor­rosos y, en algunos casos, se sola­pan con Lit­tle Italy, el Low­er East Side o inclu­so Tribeca.

La entra­da más cin­e­matográ­fi­ca es bajan­do por Canal Street des­de Soho: los carte­les en man­darín, los puestos calle­jeros ven­di­en­do fal­si­fi­ca­ciones de bol­sos, el olor a pesca­do fres­co mez­cla­do con incien­so… Es un shock sen­so­r­i­al inmedi­a­to. Pero si quieres ver el corazón del bar­rio, empieza por Mott Street: aquí está la sede de muchas de las orga­ni­za­ciones más antiguas de la comu­nidad chi­na, como la Chi­nese Con­sol­i­dat­ed Benev­o­lent Asso­ci­a­tion.

Los mejores barrios chinos del mundo

Lo que no debes perderte

🏮 Doy­ers Street: la calle más san­gri­en­ta de Nue­va York

Es una de las calles más cor­tas de Man­hat­tan… y tam­bién una de las más car­gadas de his­to­ria. En el siglo XIX, Doy­ers Street era cono­ci­da como “Bloody Angle”, ya que su cur­va cer­ra­da la con­vertía en el lugar per­fec­to para emboscadas entre ban­das rivales. Aquí se libraron guer­ras entre tongs (sociedades sec­re­tas), con machetes, pis­to­las y cuchil­los volan­do entre pelu­querías clan­des­ti­nas y fumaderos de opio.

Hoy, la calle está dec­o­ra­da con murales y luce bas­tante pací­fi­ca, pero si prestas aten­ción aún puedes ver inscrip­ciones mis­te­riosas, calle­jones que no lle­van a ningu­na parte y puer­tas que pare­cen no haber sido abier­tas en décadas.

🧧 El tem­p­lo Mahayana Bud­dhist

Situ­a­do al final de Canal Street, jus­to al lado del puente de Man­hat­tan, este tem­p­lo no suele apare­cer en las guías turís­ti­cas… y sin embar­go alber­ga una de las estat­uas de Buda sen­ta­do más grandes de Nue­va York, rodea­da de ofren­das, incien­so y papeli­tos con deseos escritos a mano. La entra­da es gra­tui­ta (aunque se agrade­cen dona­ciones), y la atmós­fera de paz que se res­pi­ra con­trasta total­mente con el caos del exte­ri­or.

🥠 La Gold­en Fung Wong Bak­ery 

Ubi­ca­da en el 41 de Mott Street, esta pastel­ería es famosa por sus paste­les de luna, sus tar­tas de hue­vo y sus mochis de sabores rarísi­mos. Lle­van abier­tos des­de 1938, y aunque su escaparate no es pre­cisa­mente Insta­gram-friend­ly, todo lo que venden es una explosión de tradi­ción.

  • Hay más de 300 restau­rantes chi­nos en Chi­na­town, muchos sin nom­bre en inglés. A veces, lo mejor es sim­ple­mente seguir a los locales.

  • El cemente­rio de Mahayana, en Queens, guar­da tum­bas de inmi­grantes chi­nos del siglo XIX, muchos de ellos sin famil­ia. Es un lugar melancóli­co y poco cono­ci­do.

  • En algu­nas tien­das aún se puede pagar con ren­min­bi, la mon­e­da chi­na. Y sí, los dueños te hacen la con­ver­sión men­tal en un segun­do.

Vancouver

El Chi­na­town de Van­cou­ver nos impre­sionó por sus grandísi­mas dimen­siones: no obstante es el may­or bar­rio chi­no de Canadá. Se encuen­tra cer­ca del ya extin­to Japan­town (desa­pare­ció durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al cuan­do a los inmi­grantes japone­ses se les req­ui­s­aron sus propiedades). En Chi­na­town viv­en tam­bién muchos inmi­grantes de Hong Kong y Tai­wan, que lle­garon aquí a medi­a­dos de los 80; de hecho muchos asiáti­cos cono­cen a Van­cou­ver como Hong­cou­ver. En el bar­rio has­ta cuen­tan con su pro­pio per­iódi­co, el Sing Tao Dai­ly, y merece la pena vis­i­tar los acoge­dores jar­dines del Dr. Sun Yat-Sen.

El úni­co pero es que en los últi­mos años se ha incre­men­ta­do el tema de la delin­cuen­cia (nos llamó la aten­ción la can­ti­dad de junkies que había vagan­do por el bar­rio), lo que ha provo­ca­do que muchos chi­nos se hayan muda­do a vivir a Rich­mond. Pese a su aspec­to pin­toresco, Chi­na­town tam­bién es un bar­rio gol­pea­do por prob­le­mas estruc­turales. El Down­town East­side, jus­to al lado, es una de las zonas más pobres de Canadá, con altísi­mas tasas de dro­gadic­ción, sin­hog­a­ris­mo y enfer­medades men­tales. Esto afec­ta al bar­rio: muchos nego­cios cier­ran tem­pra­no, hay calles con pres­en­cia poli­cial con­stante y un cier­to aire de deca­den­cia que no todos los vis­i­tantes están prepara­dos para enfrentar.

Pero tam­bién hay mucha dig­nidad y comu­nidad. Las aso­cia­ciones veci­nales se esfuerzan por ayu­dar a la población vul­ner­a­ble, y muchos nego­cios colab­o­ran con ONGs y cam­pañas de inclusión.

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Chi­na­town de Van­cou­ver (Canadá)

El Chi­na­town de Van­cou­ver nació en el siglo XIX, cuan­do miles de inmi­grantes chi­nos lle­garon a la Colum­bia Británi­ca para tra­ba­jar en la fiebre del oro y en la con­struc­ción del fer­ro­car­ril cana­di­ense. Lo que encon­traron, sin embar­go, fue explotación, racis­mo y leyes seg­re­ga­cionistas.

Durante décadas, a los chi­nos se les pro­hibió votar, com­prar tier­ras fuera del bar­rio e inclu­so entrar a cier­tos establec­imien­tos. Las vivien­das eran insalu­bres y el tra­ba­jo, duro y mal paga­do. Y aún así, resistieron. Crearon tem­p­los, aso­cia­ciones, per­iódi­cos en man­darín y una red de apoyo comu­ni­tario que les per­mi­tió sobre­vivir, inclu­so cuan­do en 1923 se aprobó la Chi­nese Immi­gra­tion Act, que pro­hibía por com­ple­to la entra­da de inmi­grantes chi­nos a Canadá.

No fue has­ta 1947 que esta ley se derogó, y des­de entonces Chi­na­town ha vivi­do altiba­jos: auge, aban­dono, gen­tri­fi­cación, olvi­do… y en los últi­mos años, una ren­o­va­da vital­i­dad impul­sa­da por jóvenes activis­tas, artis­tas y chefs que están recu­peran­do la esen­cia del bar­rio sin con­ver­tir­lo en un par­que temáti­co.

Imprescindibles de Chinatown

🌸 El Dr. Sun Yat-Sen Classical Chinese Garden

Este jardín tradi­cional chi­no es el úni­co fuera de Chi­na con­stru­i­do con téc­ni­cas clási­cas. Es un reman­so de paz, donde cada roca, cada árbol y cada estanque tienen un sig­nifi­ca­do sim­bóli­co. Ide­al para pasear, med­i­tar o sim­ple­mente escapar del rui­do de la ciu­dad.

La entra­da al jardín gra­tu­ito (el par­que ady­a­cente) es muy recomend­able pero si puedes, entra tam­bién al jardín pri­va­do, donde se orga­ni­zan vis­i­tas guiadas, exposi­ciones de arte y has­ta concier­tos de músi­ca chi­na tradi­cional.

🐉 El edificio Sam Kee: el más estrecho del mundo

Sí, has leí­do bien. En 1912, al empre­sario Chang Toy le expropi­aron casi toda su parcela, deján­dole ape­nas 1,5 met­ros de ancho. En lugar de rendirse, con­struyó ahí un edi­fi­cio de ofic­i­nas, con sótano, plan­ta baja y supe­ri­or. Hoy es el edi­fi­cio com­er­cial más estre­cho del mun­do, según el Libro Guin­ness, y una prue­ba más del inge­nio de esta comu­nidad.

Lo encon­trarás en 8 West Pen­der Street, y aunque no se puede vis­i­tar por den­tro, su his­to­ria lo con­vierte en una para­da oblig­a­to­ria.

🏮 Chinese Cultural Centre Museum and Archive

Este museo es pequeño pero intere­san­tísi­mo: doc­u­men­ta la his­to­ria de la inmi­gración chi­na a Canadá, des­de los primeros tra­ba­jadores has­ta la lucha por los dere­chos civiles. Además, alber­ga exposi­ciones tem­po­rales, talleres de caligrafía, clases de tai chi y mucho más.

 

Uno de los espa­cios más vibrantes es Cen­tre A: Van­cou­ver Inter­na­tion­al Cen­tre for Con­tem­po­rary Asian Art, donde puedes ver obras de artis­tas emer­gentes de ori­gen asiáti­co que hablan sobre iden­ti­dad, diás­po­ra y comu­nidad.

  • El bar­rio tiene más de 200 letreros históri­cos en chi­no y en inglés, muchos con caligrafía tradi­cional.

  • Bruce Lee vivió en Van­cou­ver durante un tiem­po, y hay fotos suyas comien­do con chop­sticks en alguno de estos locales.

  • El fes­ti­val del Medio Otoño es uno de los even­tos más impor­tantes del cal­en­dario: incluye dan­zas del león, comi­da calle­jera, talleres y faro­lil­los por todas partes.

  • Hay un jardín escon­di­do en lo alto del edi­fi­cio Chi­na­town Plaza, abier­to al públi­co… pero casi nadie lo visi­ta. Ide­al para una foto en silen­cio con vis­tas al bar­rio.

MONTREAL

Si alguien te dijera que uno de los bar­rios chi­nos más intere­santes de Norteaméri­ca está en una ciu­dad francó­fona, hela­da en invier­no y famosa por su bagel y su pou­tine, prob­a­ble­mente lev­an­tarías una ceja. Pero sí: el Chi­na­town de Mon­tre­al es una joya com­pacta, históri­ca y con mucha más pro­fun­di­dad de la que su tamaño sug­iere.

Situ­a­do entre el Viejo Mon­tre­al y el cen­tro financiero, este bar­rio chi­no lle­va más de 150 años sien­do el hog­ar de migrantes, tem­p­los ocul­tos, restau­rantes famil­iares y nego­cios que han pasa­do de abue­los a nietos. Y aunque las fuerzas de la gen­tri­fi­cación y el olvi­do han gol­pea­do duro, la comu­nidad sigue defen­di­en­do su espa­cio con uñas, dientes… y baos al vapor.

En su época dora­da, Chi­na­town tenía far­ma­cias tradi­cionales, aso­cia­ciones comu­ni­tarias, tem­p­los, panaderías y has­ta un per­iódi­co en chi­no. Hoy en día, aunque más pequeño, aún con­ser­va parte de esa esen­cia, con faro­lil­los col­gan­do de cables y murales que cuen­tan su his­to­ria.

El bar­rio se extiende prin­ci­pal­mente alrede­dor de La Gauchetière Street, entre el Boule­vard Saint-Lau­rent y Jeanne-Mance Street, jus­to al sur del Quarti­er des Spec­ta­cles. No hace fal­ta mapa: en cuan­to ves el arco tradi­cional chi­no (Paifang), sabes que has lle­ga­do.

🏮 La calle La Gauchetière

Es la arte­ria peaton­al del bar­rio, dec­o­ra­da con faro­lil­los rojos y con pequeñas tien­das que venden des­de gal­letas de la for­tu­na has­ta tés, bál­samos, amule­tos y cuchil­los de coci­na.

🧧 Arcos de entrada

Hay cua­tro puer­tas tradi­cionales (Paifang) que mar­can los acce­sos al bar­rio, cada una con inscrip­ciones en chi­no y arqui­tec­tura típi­ca. Son un sím­bo­lo de orgul­lo cul­tur­al y una especie de escu­do frente a la gen­tri­fi­cación que ame­naza con reducir el bar­rio a una postal sin alma.

🛕 Templos y asociaciones

Hay var­ios tem­p­los dis­cre­tos, muchos ubi­ca­dos en pisos supe­ri­ores de edi­fi­cios. Uno de los más cono­ci­dos es el Tem­ple Chan She Shu Yuen, que tam­bién fun­ciona como cen­tro cul­tur­al.

Uno de los aspec­tos más intere­santes (y pre­ocu­pantes) del Chi­na­town de Mon­tre­al es cómo la comu­nidad ha lucha­do con­tra la desapari­ción del bar­rio. Durante décadas, se demolieron edi­fi­cios históri­cos para con­stru­ir autopis­tas, cen­tros com­er­ciales o com­ple­jos res­i­den­ciales.

En los últi­mos años, han surgi­do movimien­tos ciu­dadanos para pro­te­ger el pat­ri­mo­nio cul­tur­al, man­ten­er los edi­fi­cios históri­cos y evi­tar que el bar­rio se con­vier­ta en un sim­ple “tema turís­ti­co”.

El colec­ti­vo Chi­na­town Work­ing Group y otros gru­pos locales han impul­sa­do peti­ciones, even­tos cul­tur­ales, vis­i­tas guiadas y exposi­ciones sobre la his­to­ria del bar­rio.

Resto del mundo

En Sudaméri­ca, los chi­nos plan­taron sus raíces en las prin­ci­pales cap­i­tales como Buenos Aires, Méx­i­co DF o Lima. Inclu­so has­ta, como ya os comen­té en su día, en La Habana: el Chi­na­town de la cap­i­tal de Cuba es el más sur­re­al­ista del mun­do porque te das una vuelta por allí y los úni­cos chi­nos que ves son tur­is­tas que han via­ja­do des­de Chi­na cámara en mano. Por cer­canía, los chi­nos tam­bién establecieron comu­nidades en Aus­tralia, que les qued­a­ba algo menos lejos que Améri­ca. Y, por supuesto, lle­garon a Europa. El may­or Chi­na­town del Viejo Con­ti­nente podemos encon­trar­lo en París pero tam­bién hay impor­tan­tísi­mos bar­rios chi­nos en Lon­dres, Ams­ter­dam, Milán, Roma, Ate­nas, Bruse­las o, como os comenta­ba antes, Madrid.

De todos estos bar­rios chi­nos, conoz­co la gran may­oría: como os digo, en cuan­to llego a una ciu­dad, si tiene bar­rio chi­no, allá que voy. Y es que aunque los bar­rios chi­nos parez­can iguales todos, hay sutiles difer­en­cias respec­to al lugar donde estén ubi­ca­dos, aunque tienen en común su facil­i­dad para atraer a otras comu­nidades asiáti­cas como la viet­na­mi­ta, la tai­lan­desa o la laosiana, que sue­len estable­cer sus nego­cios en dichos bar­rios. Aunque la comu­nidad chi­na no tien­da a mezclarse con otras etnias (algo que, por ejem­p­lo, en USA poco a poco ha ido cam­bian­do y ya hay muchos mat­ri­mo­nios mix­tos), es cier­to que no logran abstraerse del todo del país donde emi­gran. En Ams­ter­dam, uno de mis Chi­na­towns favoritos europeos pese a que es de los más jóvenes, es curioso ver como muchos nego­cios y tien­das ocu­pan casonas de var­ios sig­los, cre­an­do un curioso con­traste, o que entre canales y a escasas man­zanas del Bar­rio rojo podamos encon­trarnos con el tem­p­lo He Hua, el may­or monas­te­rio bud­ista de Europa (y real­mente boni­to, nun­ca me can­so de ir a ver­lo).

LA HABANA

El úni­co Chi­na­town del mun­do donde no viv­en chi­nos… pero sí cubanos dis­fraza­dos de chi­nos. Cuan­do volví a España y lo con­ta­ba, se creían que esta­ba de cachon­deo.

Hablar de un Chi­na­town en Cuba puede pare­cer, de entra­da, un oxí­moron. Y sin embar­go, en pleno corazón de La Habana existe un bar­rio chi­no, o mejor dicho, los restos de lo que un día fue uno de los enclaves chi­nos más grandes y vibrantes de Améri­ca Lati­na. Un lugar que, como casi todo en Cuba, oscila entre la nos­tal­gia, la resisten­cia y lo sur­re­al­ista.

El Bar­rio Chi­no de La Habana, tam­bién cono­ci­do como El Cuchil­lo de Zan­ja, no es como los de Nue­va York, San Fran­cis­co o Van­cou­ver. Aquí no hay luces de neón, ni drag­ones dora­dos col­gan­do de los postes de luz, ni dece­nas de tien­das de sou­venirs con gal­leti­tas de la for­tu­na. Lo que hay es his­to­ria. Mucha. Mez­cla­da con ruinas, aro­mas a cer­do asa­do y tem­p­los en deca­den­cia.

Los mejores barrios chinos del mundo

Con la abol­i­ción pro­gre­si­va de la esclav­i­tud y la necesi­dad de mano de obra en las planta­ciones de azú­car, el gob­ier­no colo­nial español comen­zó a impor­tar tra­ba­jadores chi­nos, cono­ci­dos como “culíes”, des­de Can­tón (hoy Guangzhou) y Macao.

Estos tra­ba­jadores firma­ban con­tratos de has­ta ocho años, que en real­i­dad eran for­mas encu­bier­tas de esclav­i­tud. Las condi­ciones eran durísi­mas: tra­ba­jo forza­do en cañav­erales, cas­ti­gos físi­cos, haci­namien­to y dis­crim­i­nación. Muchos murieron. Otros resistieron. Y algunos, al acabar su con­tra­to, se quedaron en la isla, for­man­do pequeñas comu­nidades en La Habana, Matan­zas y otras ciu­dades del inte­ri­or.

Hacia finales del siglo XIX, ya existía en La Habana un Chi­na­town con miles de res­i­dentes chi­nos, tem­p­los, sociedades de ayu­da mutua, per­iódi­cos en man­darín y has­ta un teatro. Se cal­cu­la que más de 100.000 chi­nos lle­garon a Cuba entre 1847 y 1874. La may­oría eran hom­bres. Y eso mar­có el des­ti­no del bar­rio.

Uno de los hechos más curiosos –y a la vez tristes– de la inmi­gración chi­na en Cuba es que la inmen­sa may­oría de los inmi­grantes eran hom­bres. Por múlti­ples razones (políti­cas, económi­cas y cul­tur­ales), las mujeres no solían via­jar. Eso gen­eró una situación úni­ca: muchos chi­nos se casaron con mujeres cubanas, sobre todo de ori­gen africano, dan­do lugar a una comu­nidad mes­ti­za fasci­nante, con ras­gos asiáti­cos y cul­tura afrocubana.

Esto expli­ca por qué hoy, al cam­i­nar por el bar­rio chi­no de La Habana, no verás casi ros­tros “típi­ca­mente chi­nos”. La heren­cia chi­na se diluyó con los años, pero se con­ser­va en los apel­li­dos, en la comi­da, en los rit­uales… y en una iden­ti­dad híbri­da pro­fun­da­mente cubana.

El Chi­na­town habanero se ubi­ca en Cen­tro Habana, muy cer­ca del Par­que de la Frater­nidad y del Capi­to­lio. Su eje cen­tral es la calle Zan­ja, aunque tam­bién abar­ca parte de Ger­va­sio, Rayo, San Nicolás y Drag­ones. La entra­da más emblemáti­ca es el Arco de Chi­na­town, con­stru­i­do en 1999 con mate­ri­ales traí­dos des­de Chi­na, como un gesto sim­bóli­co de recu­peración del bar­rio.

Sin embar­go, una vez que cruzas el arco, la ima­gen no es la que uno esper­aría. El bar­rio está en gran parte dete­ri­o­ra­do. Muchos edi­fi­cios están en ruinas o con­ver­tidos en solares, y las calles mues­tran más cica­tri­ces que faro­lil­los. Pero, si uno sabe mirar, encon­trará pequeños tesoros escon­di­dos.

Qué ver en el Bar­rio Chi­no de La Habana

🏮 El Arco de Chi­na­town

Es el sím­bo­lo más recono­ci­ble del bar­rio. Aunque su con­struc­ción es reciente (finales de los 90), rep­re­sen­ta un guiño a la heren­cia per­di­da. Curiosa­mente, la inscrip­ción en chi­no dice “Bar­rio Chi­no de La Habana”, pero con car­ac­teres sim­pli­fi­ca­dos, algo que los inmi­grantes orig­i­nales, proce­dentes del sur de Chi­na, jamás usa­ban. Un detalle menor para algunos, pero rev­e­lador para los más puris­tas.

🥡 La gas­tronomía: el corazón pal­pi­tante del bar­rio

Si hay algo que ha sobre­vivi­do con fuerza en el bar­rio chi­no es la coci­na. Los restau­rantes chi­nos-cubanos son una insti­tu­ción. Pero aten­ción: no esperes coci­na chi­na tradi­cional. Lo que se sirve aquí es una fusión deli­ciosa y extraña de sabores caribeños y can­tone­ses: arroz frito con plá­tano maduro, chow mein con fri­joles negros, cer­do agridulce con toque criol­lo.

Algunos clási­cos del bar­rio son:

  • Tien-Tan (Zan­ja 710): uno de los más antigu­os y autén­ti­cos. El arroz frito espe­cial es épi­co.

  • Flor de Loto (San Nicolás 359): fusión total de sabores. Tienen has­ta “ropa vie­ja chi­na”.

  • El Pací­fi­co (Zan­ja y Ger­va­sio): un local modesto con platos abun­dantes y pre­cios pop­u­lares.

Y si tienes suerte, aún puedes encon­trar pastel­erías con pan de coco al esti­lo can­tonés o locales que venden té de jazmín a granel.

🕯️ Las sociedades y tem­p­los ocul­tos

En el pasa­do, Chi­na­town tenía más de 30 sociedades chi­nas, muchas de ellas sec­re­tas o reli­giosas. Algu­nas aún sobre­viv­en, medio ocul­tas tras fachadas disc­re­tas. La Sociedad Lung Kong o la Chung Wah Kung Su (Casa de la Sociedad Chi­na de Benef­i­cen­cia y Recreo) son tes­ti­gos del pasa­do esplen­dor del bar­rio.

  • En 1958, vivían en La Habana más de 60.000 per­sonas de ori­gen chi­no. Hoy, quedan menos de 200 hablantes de can­tonés en la ciu­dad.

  • El primer per­iódi­co en chi­no de Améri­ca Lati­na se pub­licó en La Habana: “Kwong Wah Po”, en 1880.

  • La gas­tronomía chi­no-cubana se exportó a Mia­mi y Nue­va Jer­sey, donde muchos de los antigu­os res­i­dentes de Chi­na­town mon­taron restau­rantes tras el éxo­do de los años 60.

  • En Cuba, muchos descen­di­entes de chi­nos tienen apel­li­dos como Wong, Chan, Lam o Tam… pero no saben una pal­abra de chi­no. Sin embar­go, mantienen altares famil­iares y cos­tum­bres que han sobre­vivi­do al tiem­po.

El Bar­rio Chi­no de La Habana no es el más grande, ni el más limpio, ni el más espec­tac­u­lar. Pero es, quizá, el más con­move­dor. Porque detrás de sus pare­des descas­caradas y sus tol­dos polvorien­tos, hay his­to­rias de migración, de resisten­cia, de mes­ti­za­je y de adaptación.

En un mun­do que tiende a uni­for­mar­lo todo, el Chi­na­town habanero es una rareza que resiste el olvi­do. Un bar­rio que no se deja encasil­lar. Que no quiere ser postal. Que sigue sien­do pro­fun­da­mente cubano y pro­fun­da­mente chi­no… a su man­era. Y eso para mí lo hace úni­co.

Bangkok

Otro de mis Chi­na­towns favoritos es el de Bangkok, que se fundó cuan­do los inmi­grantes fueron con­trata­dos para tra­ba­jar en las mural­las de la ciu­dad, ya que había sido traslada­da de Ayut­thaya a Bangkok. Si ya de por sí la cap­i­tal tai­lan­desa es exóti­ca de por sí, imag­i­naos el bar­rio chi­no. En el primero de mis cua­tro via­jes a Tai­lan­dia, como nos coin­cidían allí las fechas, cel­e­bramos en Chi­na­town la Nochebue­na, alo­ja­dos en un hotel chi­no-chi­no donde la bañera de la habitación era una tina­ja de bar­ro enorme donde cabía de pie una per­sona, uno de los hote­les más curiosos donde he esta­do nun­ca.

En la calle prin­ci­pal, Yaowarat, sus veci­nos se enorgul­le­cen de que la propia aveni­da ase­me­je a un dragón que ser­pen­tea entre los edi­fi­cios ( (lit­er­al: fue dis­eña­da así para traer bue­na for­tu­na según el feng shui): es aquí donde se lle­van a cabo las cel­e­bra­ciones del Año Nue­vo, a las que a menudo asiste la famil­ia real tai­lan­desa, muy queri­da por la comu­nidad chi­na. Darse una vuelta por el mer­cadil­lo de Sam­p­eng o vis­i­tar el Yaowarat Her­itage Cen­ter, donde se nar­ra la his­to­ria del bar­rio, es una bue­na for­ma de comen­zar el recor­ri­do. Sólo un avi­so: los que llevéis mal lo de los “olores potentes”, tened en cuen­ta que debido al calor, es muy habit­u­al que los cocineros estén en las puer­tas de los restau­rantes, sen­ta­dos limpiando el pesca­do y con un cubo lleno de vísceras mac­erán­dose a casi 40 gra­dos. Toda una expe­ri­en­cia.

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Chi­na­town de Bangkok (Tai­lan­dia)

Qué ver (y vivir) en el Chi­na­town de Bangkok

🏮 Yaowarat Road de noche

Por el día es caóti­ca, por la noche se trans­for­ma en una de las calles gas­tronómi­cas más famosas del mun­do. A par­tir de las 18 h, dece­nas de car­ri­tos de comi­da toman la calza­da: fideos con can­gre­jo, bro­chetas de marisco, cala­mares a la brasa, ostras crudas, sopa de ale­ta de tiburón (sí, aún se sirve) y dul­ces que pare­cen plas­tili­na de col­ores.

Y entre puestos, las luces de neón con car­ac­teres chi­nos y tai­lan­deses hacen que te sien­tas den­tro de una peli de Blade Run­ner roda­da en Asia trop­i­cal.

A lo largo de Yaowarat Road encon­trarás dece­nas de joy­erías tradi­cionales con escaparates que pare­cen saca­dos de una pelícu­la de Tri­adas. Algu­nas han esta­do ahí más de 70 años, pasan­do de gen­eración en gen­eración.

Los tai­lan­deses y chi­nos tai­lan­deses com­pran oro en for­ma de col­gantes, braza­letes y lin­gotes no solo como ahor­ro, sino tam­bién como amule­to. Es común regalar oro en nacimien­tos, bodas y fes­tivi­dades como el Año Nue­vo Lunar.

¿Un con­se­jo? Aunque no vayas a com­prar, entra en algu­na joy­ería solo para obser­var. El pro­to­co­lo, la for­ma de aten­der, el ambi­ente… todo es parte de la expe­ri­en­cia.

🐉 Wat Traim­it: el tem­p­lo del Buda de Oro

A pocos pasos del comien­zo de Yaowarat Road se encuen­tra uno de los tem­p­los más impac­tantes de Bangkok: Wat Traim­it, famoso por alber­gar la may­or estat­ua de Buda hecha en oro maci­zo del mun­do. Nada menos que 5,5 toneladas de oro, ocul­tas durante sig­los bajo yeso para evi­tar que fuera saque­a­da.

Hoy, la estat­ua bril­la bajo el sol y es sím­bo­lo de la riqueza espir­i­tu­al (y mate­r­i­al) del bar­rio. El museo anexo cuen­ta la his­to­ria del Buda, de Chi­na­town y de la inmi­gración chi­na en Tai­lan­dia.

🛍️ Sam­p­eng Lane: el paraí­so del caos orga­ni­za­do

Si quieres una expe­ri­en­cia sen­so­r­i­al al 300%, entra en Sam­p­eng Lane, un mer­ca­do en for­ma de laber­in­to donde se vende abso­lu­ta­mente de todo: ropa, juguetes, cos­méti­cos, gafas, dul­ces, uten­sil­ios de coci­na, obje­tos reli­giosos, imita­ciones baratas y tesoros escon­di­dos. Es un lugar donde el rega­teo es ley y la pacien­cia, vir­tud.

Aten­ción: no es apto para claus­trofóbi­cos ni para quienes odi­an las mul­ti­tudes. Pero si te gus­tan los lugares donde se mez­cla lo local con lo com­er­cial, te vas a enam­orar.

 

Londres

Aunque el Chi­na­town más antiguo del Reino Unido (y de Europa) sea el de Liv­er­pool, que se for­mó a raíz de la lle­ga­da de miles de marineros a medi­a­dos del siglo XIX, y en el de Birm­ing­ham has­ta podamos encon­trar una pago­da, el bar­rio chi­no más pop­u­lar del país es el de Lon­dres, al que han lle­ga­do miles de hongkone­ses (Hong Kong ha sido una de las últi­mas colo­nias británi­cas en inde­pen­dizarse).

Para mí es uno de los rin­cones más encan­ta­dores de la ciu­dad y, además, tam­bién uno en los que mejor se come. Lo que antigua­mente era un hervidero de fumaderos de opio (cuan­do el opio esta­ba legal­iza­do y los londi­nens­es se colo­ca­ban que daba gus­to) hoy en día es uno de los vecin­dar­ios más vibrantes del Soho: su cer­canía a Pic­cadil­ly Cir­cus atrae a diario a miles de tur­is­tas. En Ger­rard Street, su calle prin­ci­pal, es habit­u­al encon­trarse guir­nal­das, faro­lil­los rojos y leones de piedra; en sus aledaños, más de 80 restau­rantes sir­ven comi­da chi­na de-la-de-ver­dad donde el pato laque­a­do es el pla­to estrel­la y pastel­erías como Kowloon o Gold­en Gate Cake Shop están espe­cial­izadas en dul­ces asiáti­cos. Aunque es infini­ta­mente más pequeño que otros bar­rios chi­nos de Esta­dos Unidos, el Chi­na­town londi­nense en mi opinión tiene mucho encan­to, espe­cial­mente si tu visi­ta coin­cide con el año Nue­vo Chi­no, que suele cel­e­brarse entre medi­a­dos de Enero y prin­ci­p­ios de Febrero.

Japon

He tenido la suerte de recor­rer otros cuan­tos Chi­na­towns asiáti­cos, todos grandes atrac­ciones turís­ti­cas en sus respec­ti­vas ciu­dades. Me sor­prendió mucho el de Yoko­hama en Japón, porque a excep­ción del bar­rio core­ano en Tokio y Kore­atown en Osa­ka, no he vis­to muchas comu­nidades extran­jeras en tier­ras niponas. Este se fundó en 1859 cuan­do tras sig­los de ais­lamien­to, Japón se abrió al com­er­cio exte­ri­or. Aunque ha sufri­do difer­entes des­gra­cias, como ter­re­mo­tos o la guer­ra de 1937, que forzó a muchos chi­nos a regre­sar a su país de orí­gen, el bar­rio sobre­vivió y actual­mente es el Chi­na­town más grande de toda Asia. Visual­mente es muy lla­ma­ti­vo: cuen­ta con diez paifangs (puer­tas de entra­da) y tiene tem­p­los intere­san­tísi­mos como el de Guan Gong.

Me gustó tam­bién muchísi­mo el Chi­na­town de Kobe, que aunque no es exce­si­va­mente grande (poco más de una calle) me pare­ció de lo más bul­li­cioso.

Singapur

Otro de los bar­rios chi­nos que más nos gustó es el de Sin­ga­pur, que como los esta­dounidens­es tam­bién nació por motivos dudosa­mente racis­tas. El gob­ier­no estable­ció dividir los bar­rios por etnias y así apare­ció Chi­na­town al sudoeste del río. En 1900 la Hokkien Street era una de las calles más tran­si­tadas de la ciu­dad, pese a que entonces lo que pre­dom­ina­ban eran los coches de cabal­los; Niu Che Shui, que es como los locales cono­cen al bar­rio, con­tin­ua sien­do a día de hoy un dis­tri­to lleno de tien­das y com­er­cios. Su mer­ca­do noc­turno estu­vo en fun­cionamien­to has­ta 1983, cuan­do las tien­das fueron recolo­cadas en un com­ple­jo cer­cano.

El gob­ier­no se encar­gó tam­bién de con­stru­ir una puer­ta de entra­da, de la que carecía; con el tiem­po, comen­zaron a vivir aquí tam­bién hindúes y musul­manes, por lo que es común encon­trarse con tem­p­los indios y mezquitas escon­di­dos en sus calle­jones y que han con­ver­tido a Chi­na­town en el bar­rio más mul­ti­ét­ni­co de todo el país. Por otro lado, ten­emos un segun­do Chi­na­town, Gey­lang, que fue donde nosotros estu­vi­mos alo­ja­dos, con calle­jue­las estre­chas (los lorongs) y del que los pro­pios locales dicen que es el bar­rio chi­no más autén­ti­co de la ciu­dad, con menos tur­is­tas y pre­cios más baratos: además, tiene joyas arqui­tec­tóni­cas como el tem­p­lo Soon Thi­an Keing. Un bar­rio caóti­co que vive su apo­geo al caer la noche y donde degus­ta­mos por cua­tro duros algu­nas de las mejores comi­das del via­je.

Chi­na­town se encuen­tra en el dis­tri­to cen­tral de Sin­ga­pur (Cen­tral Busi­ness Dis­trict), jus­to al suroeste de Mari­na Bay. Puedes lle­gar fácil­mente en MRT (metro), baján­dote en la para­da “Chi­na­town” (líneas azul y mora­da), que te deja jus­to en el corazón del bar­rio.

El área abar­ca varias calles: Pago­da Street, Smith Street, Tem­ple Street, South Bridge Road y Mosque Street, entre otras. Cada una tiene su per­son­al­i­dad y está reple­ta de shop­hous­es restau­radas con col­ores pas­tel, ban­der­ines rojos, carte­les en man­darín y una mez­cla ecléc­ti­ca de nego­cios.

🛕 Sri Mari­amman Tem­ple

Sí, has leí­do bien: el tem­p­lo hindú más antiguo de Sin­ga­pur está en pleno Chi­na­town. Sri Mari­amman Tem­ple, con­stru­i­do en 1827, es un fes­ti­val visu­al de fig­uras mitológ­i­cas, col­ores estri­dentes y arqui­tec­tura dravídi­ca. Y una prue­ba más de cómo la mul­ti­cul­tur­al­i­dad en Sin­ga­pur no es un eslo­gan: es una real­i­dad diaria.

Durante el día, puedes entrar libre­mente (descal­zo, eso sí), y ver cómo con­viv­en tur­is­tas curiosos con devo­tos que hacen ofren­das a la diosa de la llu­via y la curación.

🕯️ Thi­an Hock Keng Tem­ple: el corazón espir­i­tu­al

Este tem­p­lo taoís­ta, ded­i­ca­do a la diosa del mar Ma Zu, es uno de los más antigu­os del país. Lo con­struyeron inmi­grantes hokkien que lle­ga­ban por bar­co y venían aquí a agrade­cer haber lle­ga­do con vida.

El patio, los techos de tejas chi­nas, los drag­ones esculpi­dos y las puer­tas de madera tal­la­da hacen que uno se olvide por un instante de que está en una de las ciu­dades más mod­er­nas del mun­do.

🧧 Bud­dha Tooth Rel­ic Tem­ple

El más impre­sio­n­ante a niv­el arqui­tec­tóni­co. Este gigan­tesco tem­p­lo bud­ista fue con­stru­i­do en 2007, pero parece ten­er sig­los de his­to­ria. En su inte­ri­or, todo está dis­eña­do con detalle: colum­nas doradas, techos orna­men­ta­dos, un museo de arte sacro y, supues­ta­mente, una reliquia den­tal de Buda, cus­to­di­a­da como un tesoro.

Tan­to si eres creyente como si no, este tem­p­lo impone respeto. Y te recuer­da que en Sin­ga­pur, la espir­i­tu­al­i­dad con­vive con el com­er­cio, pero no se diluye.

🍜 Maxwell Food Cen­tre

Un hawk­er cen­ter míti­co, con dece­nas de puestos y mesas com­par­tidas. Aquí tienes que pro­bar:

  • Tian Tian Hainanese Chick­en Rice: el más famoso de Sin­ga­pur, alaba­do inclu­so por Antho­ny Bour­dain.

  • Zhen Zhen Por­ridge: con­gee can­tonés recon­for­t­ante, per­fec­to para desayu­nar.

  • Hum Jin Pang: donuts chi­nos rel­lenos de fri­jol rojo, fritos al momen­to.

Kuala Lumpur y Malacca

En Mala­sia tam­bién hemos dado bue­na cuen­ta de los bar­rios chi­nos. En Kuala Lumpur, Chee Cheong Kai (la Calle de la Fábri­ca de Almidón) es el paraí­so de las com­pras. Petal­ing Street, la aveni­da prin­ci­pal y cer­ra­da al trá­fi­co, cuen­ta con cen­tenares de puestos, la gran may­oría ofre­cien­do pro­duc­tos de imitación. Es el mejor lugar para atre­verse con la bakkwa, una carne típi­ca del sur de Chi­na que se prepara a la bar­ba­coa, o los pastelitos chi­nos. 

El Chi­na­town de Kuala Lumpur nació a finales del siglo XIX, cuan­do miles de inmi­grantes chi­nos (prin­ci­pal­mente de la etnia hokkien y can­tonés) lle­garon para tra­ba­jar en las minas de estaño que flo­recían alrede­dor del río Klang. Lo que empezó como un asen­tamien­to de obreros pron­to se trans­for­mó en un bar­rio vibrante de com­er­ciantes, tem­p­los, médi­cos tradi­cionales y clanes famil­iares.

En 1881, un gran incen­dio destruyó bue­na parte del asen­tamien­to, pero los chi­nos recon­struyeron con aún más fuerza, dan­do ori­gen a Petal­ing Street, la actu­al arte­ria del bar­rio. Durante las sigu­ientes décadas, Chi­na­town se con­vir­tió en el cen­tro com­er­cial y espir­i­tu­al de la comu­nidad chi­na en Kuala Lumpur, a pesar de las ten­siones con los colonos británi­cos y otras etnias locales.

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Chi­na­town de Kuala Lumpur (Mala­sia)

Qué ver en el Chi­na­town de Kuala Lumpur

🏮 Jalan Petal­ing: el mer­cadil­lo sin fin

Es el epi­cen­tro del bar­rio y la ima­gen que la may­oría de los tur­is­tas se lle­va. Aquí se vende de todo: gafas de sol fal­sas, mochi­las imi­tadas, camise­tas de mar­ca (de esas que se desin­te­gran en tres lava­dos) y pro­duc­tos tec­nológi­cos de dudosa proce­den­cia.

Pero lo mejor es el ambi­ente: los gri­tos de los vende­dores, el olor a fri­tan­ga, el ir y venir con­stante de locales y vis­i­tantes, y ese aire pega­joso del trópi­co que hace que todo se sien­ta más inten­so.

🧧 Tem­p­lo Sri Mahamari­amman: el sin­cretismo en su máx­i­ma expre­sión

Sí, has leí­do bien: uno de los tem­p­los más famosos de Chi­na­town no es chi­no, sino hindú. El tem­p­lo Sri Mahamari­amman está jus­to en el bor­de del bar­rio, y su torre frontal (gop­u­ram), reple­ta de fig­uras mul­ti­col­ores de dei­dades hindúes, es un espec­tácu­lo visu­al. Rep­re­sen­ta per­fec­ta­mente la mez­cla cul­tur­al de Mala­sia, donde hin­duis­mo, islam, bud­is­mo y cris­tian­is­mo con­viv­en en cada esquina.

🕯️ Guan Di Tem­ple y Sin Sze Si Ya Tem­ple: joyas espir­i­tuales

Los dos grandes tem­p­los chi­nos del bar­rio son Guan Di Tem­ple (ded­i­ca­do al dios de la guer­ra) y Sin Sze Si Ya, un rincón más ínti­mo y espir­i­tu­al. Ambos están llenos de incien­so, estat­uas con ojos vivos, tablil­las de oración y sím­bo­los del taoís­mo y el bud­is­mo chi­no.

Si tienes suerte, puedes pres­en­ciar rit­uales con músi­ca tradi­cional, adiv­inación con var­il­las de bam­bú o con­sul­tas con mon­jes. Eso sí, siem­pre con respeto. Aquí no se viene a hac­er self­ies.

En cuan­to al otro Chi­na­town que visi­ta­mos, el de la ciu­dad de Malac­ca, es el más antiguo de Mala­sia y fue fun­da­do por los hokkiens en el 1400. Aunque se ha con­ver­tido en un reclamo turís­ti­co, merece la pena darse una vuelta por allí pues aún con­ser­va algunos tem­p­los y es muy pop­u­lar el fes­ti­val Wang Kang. Jun­to al Chi­na­town de Penang, tam­bién en Mala­sia, y el de Luang Pra­bang en Laos, es el úni­co del mun­do que tiene el títu­lo de Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO.

AMSTERDAM

El Chi­na­town de Áms­ter­dam tiene su ori­gen en el puer­to. En el siglo XIX, cuan­do los País­es Bajos aún tenían colo­nias en Asia —incluyen­do Indone­sia—, marineros chi­nos lle­garon a la ciu­dad como parte de la trip­u­lación de bar­cos mer­cantes. Muchos venían de Can­tón (Guangzhou), otros de Hong Kong. Al lle­gar al puer­to, algunos deci­dieron quedarse, bus­can­do nuevas opor­tu­nidades en Europa.

Así, en las primeras décadas del siglo XX, empezaron a sur­gir pequeños restau­rantes, tien­das y casas de té en la zona del Zeed­ijk, una calle históri­ca cer­cana al puer­to. Al prin­ci­pio eran pocos y dis­per­sos, pero con el tiem­po for­maron una comu­nidad sól­i­da que resis­tió la guer­ra, la pobreza y el olvi­do insti­tu­cional.

En los años 70 y 80, el bar­rio vivió una trans­for­ma­ción: lle­garon más migrantes, no solo chi­nos, sino tam­bién viet­na­mi­tas, tai­lan­deses, suri­name­ses e indone­sios. Esa mez­cla étni­ca dio for­ma a lo que hoy cono­ce­mos como el Chi­na­town de Áms­ter­dam, una joya cul­tur­al entre los ado­quines del cen­tro.

El bar­rio chi­no no está ais­la­do ni ale­ja­do. Está en pleno corazón de la ciu­dad, jus­to al lado del Bar­rio Rojo, alrede­dor de la calle Zeed­ijk y el Nieuw­markt. Lo fasci­nante es que puedes estar pase­an­do entre pros­ti­tu­tas en vit­ri­nas, cruzar una calle… y encon­trarte frente a un tem­p­lo bud­ista.

Chi­na­town se inte­gra per­fec­ta­mente en el urban­is­mo de Áms­ter­dam, con edi­fi­cios típi­ca­mente holan­deses dec­o­ra­dos con car­ac­teres chi­nos, ban­der­ines rojos, lám­paras de papel y sím­bo­los bud­is­tas. Una mez­cla que, lejos de resul­tar arti­fi­cial, fun­ciona como un espe­jo del mul­ti­cul­tur­al­is­mo de la ciu­dad.

🛕 El templo Fo Guang Shan He Hua

Prob­a­ble­mente el corazón espir­i­tu­al del bar­rio. Con­stru­i­do en el año 2000, es el tem­p­lo bud­ista más grande de Europa, y un lugar de paz ines­per­a­do en medio del aje­treo urbano.

He Hua sig­nifi­ca “loto en flor”, y es parte de una red mundi­al de tem­p­los bud­is­tas tai­wane­ses. Su arqui­tec­tura clási­ca —tejas naran­jas, colum­nas rojas, leones de piedra— con­trasta con las fachadas de ladrillo holan­desas. Aquí se real­izan med­ita­ciones abier­tas al públi­co, talleres de caligrafía, cel­e­bra­ciones del Año Nue­vo Chi­no y sesiones de filosofía bud­ista.

La entra­da es gra­tui­ta, y aunque se encuen­tra en una de las calles más turís­ti­cas, muy poca gente entra. Si lo haces con respeto, te recibirán con una son­risa, y puede que inclu­so con una taza de té.

🧧 La calle Zeedijk: dragones, dumplings y arte urbano

La Zeed­ijk es la arte­ria prin­ci­pal del Chi­na­town. Aquí se encuen­tran los restau­rantes más antigu­os, las far­ma­cias tradi­cionales, los super­me­r­ca­dos con pro­duc­tos impor­ta­dos, los tem­p­los pequeños ocul­tos entre cafés hip­sters y las tien­das de té y med­i­c­i­na ances­tral.

Tam­bién verás murales con motivos asiáti­cos, carte­les en man­darín mez­cla­dos con neer­landés y escaparates donde se venden des­de tam­bores chi­nos has­ta incien­so, lám­paras o fig­uras de gatos que mueven la pati­ta.

De noche, Zeed­ijk se trans­for­ma: faro­lil­los encen­di­dos, bares con cerveza arte­sanal, fideos a toda veloci­dad y olor a wok. Es un bar­rio vivo, pero sin estri­den­cias.

Chinatown de Madrid: el barrio que no sabía que era chino

Cuan­do uno pien­sa en bar­rios chi­nos famosos, le vienen a la cabeza imá­genes de faro­lil­los col­gan­do en Nue­va York, drag­ones dora­dos cus­to­dian­do por­tales en San Fran­cis­co o calles ati­bor­radas de tur­is­tas en Bangkok. Pero Madrid… ¿Madrid tiene un Chi­na­town? La respues­ta es sí, aunque no en el sen­ti­do más tradi­cional del tér­mi­no. No hay arco cer­e­mo­ni­al de entra­da, ni tem­p­los bud­is­tas ocul­tos entre los blo­ques, pero lo que sí hay es una zona que ha cre­ci­do en los últi­mos años has­ta con­ver­tirse en uno de los enclaves más fasci­nantes, autén­ti­cos y descono­ci­dos de la cap­i­tal: el Chi­na­town no ofi­cial del bar­rio de Usera.

Usera: de periferia gris a corazón asiático

Durante décadas, Usera fue un bar­rio per­iféri­co más, sin demasi­a­do bril­lo. Con sus blo­ques de pisos con­stru­i­dos en los años 60 y 70, era el típi­co lugar donde vivían famil­ias tra­ba­jado­ras que prefer­ían no ale­jarse demasi­a­do del cen­tro pero tam­poco podían per­mi­tirse vivir en él. Sin embar­go, algo cam­bió a finales de los años 90: una comu­nidad cada vez más numerosa de inmi­grantes chi­nos comen­zó a insta­larse allí, atraí­da por alquil­eres bajos, bue­na conex­ión en trans­porte públi­co y una comu­nidad que, poco a poco, empez­a­ba a hac­er piña.

Hoy, Usera alber­ga la comu­nidad chi­na más grande de Madrid y una de las más impor­tantes de España. Se esti­ma que más del 15% de sus habi­tantes son de ori­gen chi­no, aunque la cifra puede ser aún may­or si se cuen­tan los nego­cios regen­ta­dos por famil­ias chi­nas que no viv­en en el bar­rio. Y no hablam­os solo de bazares, sino de super­me­r­ca­dos, pelu­querías, panaderías, acad­e­mias de chi­no, her­bo­lar­ios, y por supuesto, una ofer­ta gas­tronómi­ca que ya la quer­rían para sí muchas cap­i­tales asiáti­cas.

Una calle, mil sabores

Si hay una arte­ria clave para enten­der el Chi­na­town madrileño, esa es la calle Dolores Bar­ran­co. En ape­nas unos cien­tos de met­ros, uno puede pro­bar baozi recién hechos, com­prar fideos de bata­ta impor­ta­dos de Zhe­jiang, tomar un té de bur­bu­jas (el céle­bre bub­ble tea) con nata mon­ta­da de que­so o sumer­girse en un super­me­r­ca­do que parece saca­do direc­ta­mente de Shang­hai.

Una de las joyas más queri­das del bar­rio es el restau­rante Roy­al Can­tonés, famoso por su pato laque­a­do al esti­lo pekinés. Es habit­u­al ver colas en la puer­ta los fines de sem­ana, con famil­ias chi­nas que vienen des­de otras zonas de Madrid solo para com­er allí. Y lo curioso es que, has­ta hace pocos años, estos restau­rantes eran secre­tos a voces, ape­nas cono­ci­dos fuera de la comu­nidad chi­na. Pero gra­cias al boca a boca, y más recien­te­mente a influ­encers y food­ies que bus­can “lo más autén­ti­co”, Usera se ha puesto en el mapa gas­tronómi­co de Madrid.

Una anéc­do­ta que me con­taron en uno de estos restau­rantes es la del “menú B”, que muchos comen­sales no ven. ¿Cómo fun­ciona? Pues resul­ta que algunos establec­imien­tos tienen un menú exclu­si­vo para clientes chi­nos, que no aparece tra­duci­do ni en las car­tas vis­i­bles. Allí fig­u­ran platos más tradi­cionales o que podrían no ser del gus­to del comen­sal español medio: pies de pol­lo mari­na­dos, estó­ma­go de cer­do esto­fa­do o pesca­dos fer­men­ta­dos. 

Las celebraciones del Año Nuevo Chino

El ver­dadero momen­to en el que el Chi­na­town de Madrid se trans­for­ma es durante el Año Nue­vo Chi­no. Lo que empezó hace unos años como una pequeña cel­e­bración comu­ni­taria, se ha con­ver­tido en un even­to mul­ti­tu­di­nario patroci­na­do inclu­so por el Ayun­tamien­to. Calles dec­o­radas con lin­ter­nas rojas, espec­tácu­los de dan­za del dragón, talleres de caligrafía, puestos de street food y un ambi­ente de fies­ta que rival­iza con cualquier ver­be­na de bar­rio.

Durante el Año Nue­vo, muchas famil­ias chi­nas preparan un sobre rojo lla­ma­do hóng­bāo, con dinero en su inte­ri­or, que se entre­ga como sím­bo­lo de pros­peri­dad. En Usera, los com­er­ciantes sue­len regalar pequeños sobres con mon­edas de choco­late a los niños, adap­tan­do la tradi­ción a su entorno.

La otra medicina

No hace fal­ta volar a Asia para entrar en una bot­i­ca de med­i­c­i­na tradi­cional chi­na. Bas­ta con ir a cualquiera de los her­bo­lar­ios de Usera, donde se venden des­de gin­seng core­ano has­ta raíces de angéli­ca, pasan­do por pol­vo de cuer­no de cier­vo. Muchos madrileños han empeza­do a con­fi­ar en estas ter­apias alter­na­ti­vas, sobre todo para prob­le­mas de insom­nio, digestión o ansiedad.

Los pioneros: cómo empezó todo

Los primeros inmi­grantes chi­nos lle­garon a Madrid en los años 80, aunque en un número muy reduci­do. La may­oría pro­cedía de la provin­cia de Zhe­jiang, en la cos­ta este de Chi­na, cono­ci­da por su espíritu com­er­ciante. Al prin­ci­pio se insta­laron en Lava­piés y en zonas cén­tri­c­as, abrien­do pequeños bares y tien­das de ali­mentación. Pero con el tiem­po, empu­ja­dos por los altos alquil­eres y la necesi­dad de espa­cios más grandes para vivir en famil­ia, muchos se desplazaron hacia el sur de la ciu­dad, has­ta que Usera se con­vir­tió en su nue­vo pun­to de ref­er­en­cia.

Algunos com­er­ciantes chi­nos comen­zaron ven­di­en­do flo­res de plás­ti­co en los mer­cadil­los para poco después abrir sus pro­pios bazares. En aque­l­los primeros años, no era raro ver a famil­ias enteras dur­mien­do en la trastien­da de la tien­da, tra­ba­jan­do sin des­can­so los siete días de la sem­ana. No había horar­ios ni vaca­ciones. El obje­ti­vo era claro: salir ade­lante. Muchos de esos nego­cios siguen hoy en pie pero ya son sus hijos, naci­dos en España, los que los ges­tio­nan.

Y es que si algo define a la comu­nidad chi­na en Madrid, es su capaci­dad de esfuer­zo. El estereotipo del “tra­ba­jador incans­able” no nace del vacío: responde a una cul­tura que val­o­ra la auto­su­fi­cien­cia, el emprendimien­to y la dis­cre­ción. Aunque durante mucho tiem­po los chi­nos eran vis­tos con rece­lo o descon­fi­an­za, su inte­gración ha sido silen­ciosa pero con­stante. Sin grandes declara­ciones, sin protes­tas, pero con una pres­en­cia cada vez más sól­i­da en el teji­do económi­co y social de la ciu­dad.

El choque cultural: tópicos y realidades

Hay algo fasci­nante en la for­ma en que dos cul­turas tan dis­tin­tas como la españo­la y la chi­na con­viv­en en un mis­mo espa­cio. En Madrid, esto a veces da lugar a malen­ten­di­dos diver­tidos, y otras, a ten­siones más serias. Por ejem­p­lo, la famosa cos­tum­bre de no hablar demasi­a­do con los clientes en los com­er­cios fue durante años inter­pre­ta­da como fri­al­dad o mala edu­cación. Lo que para muchos españoles era “un tra­to seco”, para los com­er­ciantes chi­nos era sim­ple­mente una man­era respetu­osa de no invadir al cliente.

Otra difer­en­cia cul­tur­al intere­sante es la rela­ciona­da con la comi­da. Muchos platos tradi­cionales chi­nos incluyen ingre­di­entes o tex­turas que, para el pal­adar occi­den­tal, pueden resul­tar extraños: gelati­nas, cartíla­gos, sabores muy fer­men­ta­dos… Por eso muchos restau­rantes del bar­rio tienen dos car­tas: una “para españoles” y otra “para chi­nos”. Pero tam­bién ha habido puentes: cada vez más madrileños se ani­man a pro­bar platos como los xiao­long­bao (empanadil­las al vapor rel­lenas de sopa), el hot pot (una especie de fon­due chi­na en la que se coci­nan ingre­di­entes al momen­to) o el té con leche sal­a­da, que al prin­ci­pio sue­na a locu­ra has­ta que se prue­ba.

Y luego están los niños. Los hijos de los inmi­grantes, naci­dos o cri­a­dos aquí, son los grandes tra­duc­tores cul­tur­ales. Hablan chi­no con sus abue­los, español con sus ami­gos, y una mez­cla adorable con sus padres. Son quienes ayu­dan con los trámites, quienes mane­jan el What­sApp del nego­cio famil­iar, y quienes, poco a poco, están generan­do una nue­va iden­ti­dad madrileño-chi­na que ya no cabe en eti­que­tas fáciles.

Una comunidad en transformación

El Chi­na­town de Madrid no es estáti­co: está en ple­na evolu­ción. Hoy ya no solo hay chi­nos en Usera. Han lle­ga­do tam­bién comu­nidades de Pak­istán, Bangladesh, Perú, Mar­rue­cos… El bar­rio se ha con­ver­tido en un mosaico mul­ti­cul­tur­al donde puedes com­prar dumplings, empanadas argenti­nas o una pal­ta a buen pre­cio en la mis­ma man­zana.

Este cruce de cul­turas ha dado lugar a colab­o­ra­ciones insól­i­tas. Hay car­nicerías halal regen­tadas por chi­nos que han adap­ta­do su nego­cio al públi­co musul­mán y panaderías lati­nas donde las empleadas hablan man­darín bási­co para aten­der mejor a la clien­tela. En este con­tex­to, Usera ya no es solo un Chi­na­town: es un lab­o­ra­to­rio de con­viven­cia urbana que desafía los clichés.

Y tam­bién ha lle­ga­do el arte. En los últi­mos años, han surgi­do ini­cia­ti­vas como el Chi­na Taste, un fes­ti­val gas­tronómi­co que conec­ta coci­nas de Chi­na con chefs locales, o exposi­ciones orga­ni­zadas en colab­o­ración con el Insti­tu­to Con­fu­cio. Inclu­so han apare­ci­do artis­tas urbanos chi­nos que pin­tan murales en las calles del bar­rio con men­sajes de orgul­lo iden­ti­tario.

Curiosidades que no sabías sobre el Chinatown de Madrid

  • El pato que se reser­va con antelación: En algunos restau­rantes de Usera, si quieres pro­bar el pato laque­a­do autén­ti­co, tienes que reser­var­lo el día antes. No lo tienen siem­pre lis­to porque el pro­ce­so de preparación tar­da más de 24 horas.

  • Tat­u­a­jes con car­ac­teres chi­nos: Hay un estu­dio de tat­u­a­jes que se espe­cial­iza en caligrafía chi­na.

  • Un super­me­r­ca­do 24 horas de tres plan­tas: Existe un col­ma­do en la calle Nicolás Sánchez que es una mez­cla entre ultra­mari­nos, her­bo­lario y tien­da de rega­los, abier­to todos los días has­ta la medi­anoche. Allí puedes com­prar des­de tofu fres­co has­ta répli­cas de papel de bil­letes del más allá para que­mar en ofren­das funer­arias.

  • El mito del gato en la car­ta: Durante años cir­cu­laron rumores infun­da­dos sobre el uso de carne de gato o per­ro en cier­tos restau­rantes del bar­rio. Esto no solo es fal­so sino que ha sido una fuente de estigma­ti­zación que la comu­nidad ha tenido que com­bat­ir acti­va­mente.

  • Los chi­nos tam­bién cel­e­bran Reyes: Aunque el Año Nue­vo Chi­no es la gran fies­ta, muchas famil­ias han adop­ta­do tradi­ciones españo­las. Es común ver a niños chi­nos con coro­na de cartón el 6 de enero, comien­do roscón rel­leno y abrien­do rega­los como cualquier otro niño madrileño.

Lo curioso de todo esto es que en Chi­na actual­mente exis­ten pueb­los que inten­tan imi­tar a algunos europeos como Hall­statt (no es que se parez­ca: es una répli­ca). ¿Habrá allí tam­bién Amer­i­can­towns o Europetowns? Supon­go que no. Pero deberían pen­sar en crear­los. Ya me imag­i­no a todos los pekine­ses volvien­do a casa car­ga­dos de salchichas Bratwurst y gaz­pa­cho fres­qui­to. Que cosas más raras se han vis­to.


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2 Comments

  1. En mi ciu­dad ten­go uno y siem­pre me estoy acer­can­do a com­prar té y espe­cias que con­si­go los mas orig­i­nales. Y tu en otra vida has sido asiáti­ca evi­den­te­mente jaja

  2. Jaja­ja­ja­ja yo creo que sí porque es que ten­go amor extremo por Asia! Me pasa como a ti, que en Madrid voy mucho a los mer­ca­dos asiáti­cos, me viene estu­pen­do para preparar luego en casa la comi­da india y tai­lan­desa!

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