Qué ver en Emilia-Romaña: ciudades imprescindibles y ruta por el norte de Italia

Paisaje urbano en Emilia-Romaña Italia uno de los destinos más bonitos que ver en Emilia-Romaña

Italia es uno de esos país­es a los que siem­pre se quiere volver. Pero más allá de Roma, Vene­cia o Flo­ren­cia exis­ten regiones enteras llenas de his­to­ria que siguen rel­a­ti­va­mente fuera de los grandes cir­cuitos turís­ti­cos. Emil­ia-Romaña es una de ellas, y prob­a­ble­mente una de las más com­ple­tas para quienes quieren des­cubrir una Italia autén­ti­ca.

Via­jar por Emil­ia-Romaña sig­nifi­ca recor­rer ciu­dades medievales per­fec­ta­mente con­ser­vadas, pala­cios rena­cen­tis­tas, igle­sias cubier­tas de mosaicos bizan­ti­nos y algunos de los paisajes más tran­qui­los del norte de Italia. Pero tam­bién es aden­trarse en una de las grandes cap­i­tales gas­tronómi­cas de Europa: aquí nacieron pro­duc­tos tan famosos como el Parmi­giano Reg­giano, el jamón de Par­ma o el autén­ti­co vina­gre bal­sámi­co de Móde­na.

A difer­en­cia de otras zonas ital­ianas, Emil­ia-Romaña todavía per­mite via­jar sin prisas. Muchas de sus ciu­dades con­ser­van un rit­mo de vida local que hace que el vis­i­tante se sien­ta más via­jero que tur­ista. Es fácil encon­trar plazas tran­quilas, mer­ca­dos tradi­cionales y trat­to­rias donde se sigue coci­nan­do como hace gen­era­ciones.

Otra gran ven­ta­ja es que se tra­ta de una región muy cómo­da para recor­rer. Las dis­tan­cias son cor­tas y ciu­dades como Bolo­nia, Par­ma, Móde­na, Fer­rara o Ráve­na están bien comu­ni­cadas entre sí, lo que per­mite orga­ni­zar rutas muy com­ple­tas inclu­so con pocos días.

En esta guía encon­trarás los lugares impre­scindibles que ver en Emil­ia-Romaña, des­de sus ciu­dades más mon­u­men­tales has­ta algunos rin­cones menos cono­ci­dos que pueden con­ver­tir el via­je en una expe­ri­en­cia mucho más espe­cial.

Emilia

 

Con­tenido de este artícu­lo

Bolonia, la gran joya de Emilia-Romaña

Bolo­nia suele ser una de las grandes sor­pre­sas de Italia. Muchos via­jeros lle­gan pen­san­do que es sólo una ciu­dad de paso y ter­mi­nan des­cubrien­do uno de los cen­tros históri­cos medievales mejor con­ser­va­dos de Europa.

La cap­i­tal de Emil­ia-Romaña tiene una per­son­al­i­dad muy mar­ca­da. Es cono­ci­da como “la dot­ta, la rossa y la gras­sa”: la sabia, la roja y la gor­da. Sabia por su uni­ver­si­dad, la más antigua de Europa; roja por su tradi­ción políti­ca pro­gre­sista; y gor­da por su extra­or­di­nar­ia gas­tronomía.

El casco histórico y Piazza Maggiore

El corazón de Bolo­nia es la Piaz­za Mag­giore, una de las plazas mon­u­men­tales más impre­sio­n­antes del norte de Italia. Aquí se con­cen­tran algunos de los edi­fi­cios más impor­tantes de la ciu­dad, como el Palaz­zo Comu­nale, el Palaz­zo del Podestà o el Palaz­zo dei Notai. Dom­i­nan­do la plaza se encuen­tra la Basíli­ca de San Petro­n­io, uno de los tem­p­los más grandes del mun­do. Su facha­da inacaba­da es una de las imá­genes más car­ac­terís­ti­cas de la ciu­dad. En su inte­ri­or se con­ser­va una merid­i­ana del siglo XVII que sigue fun­cio­nan­do hoy en día.

Muy cer­ca está el Archig­in­na­sio, antigua sede de la Uni­ver­si­dad de Bolo­nia, fun­da­da en 1088 y con­sid­er­a­da la uni­ver­si­dad más antigua en acti­vo de Occi­dente. Por sus aulas pasaron per­son­ajes como Dante o Eras­mo de Rot­ter­dam. A pocos pasos aparece la Piaz­za Net­tuno, pre­si­di­da por la famosa fuente de Nep­tuno, uno de los sím­bo­los de Bolo­nia.

Los pórticos de Bolonia

Los pór­ti­cos de Bolo­nia son una de las señas de iden­ti­dad más recono­ci­bles de la ciu­dad y for­man parte insep­a­ra­ble de su paisaje urbano. Cam­i­nar por sus calles sig­nifi­ca hac­er­lo casi siem­pre bajo largas galerías cubier­tas que pro­te­gen del sol y de la llu­via, cre­an­do un ambi­ente muy par­tic­u­lar. Más que un sim­ple ele­men­to arqui­tec­tóni­co, los pór­ti­cos rep­re­sen­tan una for­ma de vida y una solu­ción urbanís­ti­ca inge­niosa que ha per­mi­ti­do a la ciu­dad cre­cer durante sig­los sin perder su carác­ter.

Bolo­nia cuen­ta con más de 60 kilómet­ros de pór­ti­cos, de los cuales unos 40 kilómet­ros se encuen­tran den­tro del cas­co históri­co. Esta enorme red de sopor­tales es úni­ca en el mun­do y per­mite recor­rer prác­ti­ca­mente toda la ciu­dad a cubier­to. En 2021 fueron recono­ci­dos como Pat­ri­mo­nio de la Humanidad por la UNESCO, lo que con­fir­ma su enorme val­or históri­co y cul­tur­al.

El ori­gen de los pór­ti­cos se remon­ta a la Edad Media, cuan­do Bolo­nia empezó a cre­cer ráp­i­da­mente gra­cias a su uni­ver­si­dad, una de las más antiguas de Europa. La lle­ga­da de estu­di­antes y com­er­ciantes provocó un aumen­to de población que obligó a ampli­ar las vivien­das. Como el espa­cio den­tro de las mural­las era lim­i­ta­do, muchos propi­etar­ios comen­zaron a con­stru­ir estruc­turas que sobre­salían hacia la calle, apoy­adas en vigas de madera. De esta man­era gan­a­ban met­ros hab­it­a­bles sin ocu­par sue­lo adi­cional.

Con el tiem­po, aque­l­las amplia­ciones impro­visadas se trans­for­maron en autén­ti­cos sopor­tales sostenidos por colum­nas. El ayun­tamien­to ter­minó reg­u­lan­do su con­struc­ción y exigió que las nuevas edi­fi­ca­ciones incluy­er­an pór­ti­cos lo sufi­cien­te­mente altos para per­mi­tir el paso de per­sonas y cabal­los. Así surgió un mod­e­lo urbano muy coher­ente que todavía hoy define el aspec­to de la ciu­dad.

Aunque los primeros pór­ti­cos eran de madera, muchos fueron susti­tu­i­dos más tarde por estruc­turas de ladrillo o piedra, mate­ri­ales más resistentes al paso del tiem­po. Sin embar­go, todavía se con­ser­va algún ejem­p­lo medieval, como el pór­ti­co de la Casa Isolani, que mantiene sus vigas orig­i­nales de madera y per­mite imag­i­nar cómo era la ciu­dad sig­los atrás.

Uno de los recor­ri­dos más cono­ci­dos es el pór­ti­co que con­duce al san­tu­ario de San Luca, situ­a­do en una col­i­na a las afueras. Este impre­sio­n­ante con­jun­to está for­ma­do por casi cua­tro kilómet­ros de galerías por­ti­cadas con cien­tos de arcos con­sec­u­tivos. Subir cam­i­nan­do has­ta el san­tu­ario bajo estos sopor­tales es una expe­ri­en­cia muy espe­cial y una tradi­ción muy arraiga­da entre los habi­tantes de Bolo­nia.

Hombre bajo los porticos de Bolonia
Juan y los bel­lísi­mos pór­ti­cos de Bolo­nia

Los pór­ti­cos no solo tenían una fun­ción prác­ti­ca. Tam­bién servían como espa­cios sociales donde se desar­rol­la­ba bue­na parte de la vida cotid­i­ana. Bajo ellos se insta­l­a­ban talleres arte­sanos, pequeñas tien­das y puestos de mer­ca­do. Hoy en día siguen cumplien­do ese papel: cafeterías, libr­erías y com­er­cios se abren a estas galerías, cre­an­do una sen­sación de con­tinuidad entre la calle y los edi­fi­cios.

Otra car­ac­terís­ti­ca intere­sante es que no hay dos pór­ti­cos exac­ta­mente iguales. Algunos son estre­chos y sen­cil­los, mien­tras que otros resul­tan amplios y mon­u­men­tales. Exis­ten galerías ele­gantes con colum­nas de már­mol, otras más humildes de ladrillo y algu­nas dec­o­radas con fres­cos o molduras. Esa var­iedad refle­ja las dis­tin­tas épocas y esti­los arqui­tec­tóni­cos que han deja­do su huel­la en la ciu­dad.

La Bolonia de los canales ocultos: la ciudad que casi nadie ve

Pocos via­jeros saben que bajo las calles de Bolo­nia se esconde una ciu­dad casi sec­re­ta. Durante la Edad Media y bue­na parte de la Edad Mod­er­na, Bolo­nia estu­vo sur­ca­da por una com­ple­ja red de canales que la con­virtieron en uno de los cen­tros indus­tri­ales más impor­tantes de Europa. Hoy en día la may­oría de esos canales per­manecen ocul­tos bajo el asfal­to, pero aún quedan algunos lugares donde es posi­ble des­cubrir frag­men­tos de aque­l­la Bolo­nia hidráuli­ca que casi ha desa­pare­ci­do.

Entre los sig­los XII y XVI la ciu­dad desar­rol­ló un avan­za­do sis­tema de inge­niería hidráuli­ca basa­do en las aguas de los ríos Reno y Save­na. El agua era desvi­a­da hacia el inte­ri­or de la ciu­dad medi­ante canales arti­fi­ciales que ali­menta­ban moli­nos, talleres y pequeñas fábri­c­as arte­sanales. Gra­cias a este sis­tema, Bolo­nia se con­vir­tió en uno de los grandes cen­tros tex­tiles del con­ti­nente. Los telares de seda boloñe­ses eran famosos en toda Europa, y la energía hidráuli­ca per­mitía hac­er fun­cionar maquinar­ia que en otras ciu­dades dependía exclu­si­va­mente del tra­ba­jo humano o ani­mal.

Se cal­cu­la que en su momen­to llegó a haber más de sesen­ta kilómet­ros de canales, una exten­sión sor­pren­dente si ten­emos en cuen­ta el tamaño de la ciu­dad. El agua movía moli­nos de gra­no, talleres met­alúr­gi­cos, cur­tidores de pieles y, sobre todo, fábri­c­as tex­tiles. Este desar­rol­lo económi­co per­mi­tió a Bolo­nia con­ver­tirse en una ciu­dad rica y próspera durante la Edad Media.

Con la lle­ga­da de la indus­tri­al­ización y el uso gen­er­al­iza­do de la elec­t­ri­ci­dad, los canales dejaron de ser nece­sar­ios. Muchos fueron cubier­tos entre los sig­los XIX y XX para facil­i­tar el crec­imien­to urbano y mejo­rar las condi­ciones san­i­tarias. Poco a poco la memo­ria de esta red hidráuli­ca fue desa­pare­cien­do has­ta el pun­to de que hoy muchos vis­i­tantes igno­ran com­ple­ta­mente su exis­ten­cia.

Sin embar­go, todavía es posi­ble des­cubrir algunos restos muy curiosos si sabes dónde mirar.

Uno de los lugares más cono­ci­dos es la finestrel­la de Via Piel­la, una pequeña ven­tana abier­ta en un muro de ladrillo des­de la que se puede con­tem­plar un tramo del canal delle Moline. El rincón recuer­da sor­pren­den­te­mente a Vene­cia, con las fachadas de col­ores refle­jadas en el agua y los bal­cones asomán­dose al canal. No es casu­al que a este lugar se le conoz­ca como la pequeña Vene­cia de Bolo­nia. Aunque el canal es cor­to, el ambi­ente resul­ta muy pin­toresco y suele sor­pren­der mucho a quienes lo des­cubren por primera vez.

Otro pun­to intere­sante se encuen­tra en Via Capo di Luc­ca, donde en algunos lugares aún se puede escuchar el sonido del agua cir­cu­lan­do bajo las calles. En deter­mi­na­dos tramos hay rejil­las o pequeñas aber­turas des­de las que se pueden ver frag­men­tos de los antigu­os canales. No es un lugar espe­cial­mente turís­ti­co, lo que per­mite imag­i­nar mejor cómo era aque­l­la Bolo­nia medieval ded­i­ca­da al com­er­cio y la arte­sanía.

Tam­bién en Via Mal­con­tenti se pueden obser­var restos de la antigua red hidráuli­ca, aunque de for­ma más disc­re­ta. Son pequeños detalles que pasan desapercibidos si no sabes que están allí, pero que ayu­dan a enten­der la impor­tan­cia que tuvo el agua en el desar­rol­lo de la ciu­dad.

Uno de los ele­men­tos más impre­sio­n­antes del sis­tema hidráuli­co boloñés es la Chiusa di Casalec­chio, una gran pre­sa situ­a­da a pocos kilómet­ros del cen­tro históri­co. Con­stru­i­da en el siglo XIV y todavía en fun­cionamien­to, desvi­a­ba el agua del río Reno hacia los canales urbanos. Es con­sid­er­a­da una de las obras hidráuli­cas medievales mejor con­ser­vadas de Europa y demues­tra el alto niv­el téc­ni­co que alcan­zaron los inge­nieros de la época.

Las torres medievales

Las tor­res medievales de Bolo­nia son uno de los ele­men­tos más car­ac­terís­ti­cos del per­fil urbano de la ciu­dad. Aunque hoy solo se con­ser­van unas pocas dece­nas, durante la Edad Media lle­garon a exi­s­tir más de un cen­te­nar, lo que hacía que Bolo­nia tuviera un aspec­to muy dis­tin­to al actu­al. Las tor­res sobre­salían por enci­ma de los teja­dos y con­vertían el hor­i­zonte en una especie de bosque de piedra que impre­sion­a­ba a quienes lle­ga­ban des­de lejos.

Estas con­struc­ciones comen­zaron a lev­an­tarse entre los sig­los XI y XIII, en una época en la que la ciu­dad vivía un peri­o­do de pros­peri­dad económi­ca y crec­imien­to. Las famil­ias nobles com­petían entre sí con­struyen­do tor­res cada vez más altas como sím­bo­lo de riqueza y poder. Ten­er una torre no solo era una cuestión prác­ti­ca, sino tam­bién una for­ma de pres­ti­gio social. Cuan­to más alta era, may­or era el pres­ti­gio de la famil­ia que la había finan­cia­do.

Además de su fun­ción sim­bóli­ca, las tor­res tam­bién tenían un papel defen­si­vo. En tiem­pos de con­flic­tos entre famil­ias rivales, podían servir como refu­gio for­ti­fi­ca­do. Las puer­tas solían situ­arse a cier­ta altura sobre el sue­lo y se accedía medi­ante escaleras o estruc­turas de madera que podían reti­rarse en caso de peli­gro. De esta man­era, los ocu­pantes podían pro­te­gerse con rel­a­ti­va facil­i­dad durante ataques o dis­tur­bios.

Las tor­res se con­struían prin­ci­pal­mente con ladrillo, el mate­r­i­al más abun­dante en la región. Los muros eran muy grue­sos en la base para sopor­tar el peso de la estruc­tura y se estrech­a­ban lig­era­mente hacia la parte supe­ri­or. El inte­ri­or solía ser sen­cil­lo, divi­di­do en var­ios nive­les conec­ta­dos por escaleras estre­chas. No esta­ban pen­sadas para el con­fort, sino para la vig­i­lan­cia y la seguri­dad.

Las más famosas son las Dos Tor­res, situ­adas cer­ca del cen­tro históri­co y vis­i­bles des­de muchos pun­tos de la ciu­dad. La Torre degli Asinel­li es la más alta y alcan­za casi cien met­ros de altura. Se puede subir por una larga escalera inte­ri­or que con­duce a una platafor­ma panorámi­ca des­de donde se ven los teja­dos roji­zos de Bolo­nia y las col­i­nas cer­canas.

Jun­to a ella se encuen­tra la Torre Garisen­da, mucho más baja pero espe­cial­mente lla­ma­ti­va por su incli­nación. Con el paso de los sig­los el ter­reno cedió lig­era­mente, lo que provocó que la torre se incli­nara de for­ma vis­i­ble. Ya en la Edad Media se redu­jo su altura por motivos de seguri­dad. La incli­nación era tan cono­ci­da que inclu­so fue men­ciona­da por Dante en la Div­ina Come­dia como ejem­p­lo de una estruc­tura que parece moverse cuan­do se la obser­va des­de aba­jo.

Por últi­mo, para los que os gusten las motos, a las afueras de Bolo­nia tenéis el Museo Ducati (el bil­lete de tren sólo cues­ta 1,50 euros, te recor­damos que la Estación Cen­tral sufrió en 1980 el may­or aten­ta­do en Italia des­de la Segun­da Guer­ra Mundi­al, obra del grupo fascista Ordine Nuo­vo y que costó la vida a 85 per­sonas, cuyos nom­bres apare­cen en una pla­ca en el lugar del sinie­stro). La entra­da con­jun­ta al museo Ducati y la fábri­ca no es bara­ta (30 euros) pero si lo tuyo es el moto­ci­clis­mo, esta­mos seguros de que sal­drás más que sat­is­fe­cho. En Maranel­lo, a 50 kms. de Bolo­nia, tam­bién se encuen­tra el Museo Fer­rari, para los que gusten de los coches de car­reras y los deportivos de lujo.

Bolonia

Qué comer en Bolonia: la capital gastronómica de Italia

Bolo­nia está con­sid­er­a­da una de las grandes cap­i­tales gas­tronómi­cas de Italia. No en vano se la conoce como “la gras­sa” (la gor­da), un apo­do que no tiene nada de despec­ti­vo sino que hace ref­er­en­cia a la riqueza y var­iedad de su coci­na. Aquí nacieron algunos de los platos más famosos del país y muchos via­jeros lle­gan a la ciu­dad casi con la mis­ma ilusión por com­er que por vis­i­tar sus mon­u­men­tos. Ha sido uno de los lugares de Italia donde, con difer­en­cia, mejor hemos comi­do.

La gas­tronomía boloñe­sa es con­tun­dente, sabrosa y pro­fun­da­mente tradi­cional. Está basa­da en pro­duc­tos de cal­i­dad y rec­etas que ape­nas han cam­bi­a­do durante sig­los. Com­er bien en Bolo­nia es fácil: inclu­so los restau­rantes más modestos sue­len ofre­cer platos exce­lentes.

Uno de los errores más habit­uales entre los via­jeros es bus­car espaguetis a la boloñe­sa. Este pla­to, tal como se conoce fuera de Italia, prác­ti­ca­mente no existe aquí. La rec­eta orig­i­nal es el ragù alla bolog­nese, una sal­sa de carne coci­na­da lenta­mente que se sirve con tagli­atelle fres­cos, nun­ca con espaguetis. Los autén­ti­cos tagli­atelle al ragù son prob­a­ble­mente el pla­to más rep­re­sen­ta­ti­vo de la ciu­dad.

Otro pla­to impre­scindible son los tortelli­ni, pequeñas piezas de pas­ta rel­lenas tradi­cional­mente de carne que sue­len servirse en cal­do (tortelli­ni in bro­do). Se tra­ta de una rec­eta muy vin­cu­la­da a las cel­e­bra­ciones famil­iares y espe­cial­mente típi­ca en invier­no. Según la leyen­da, su for­ma está inspi­ra­da en el ombli­go de Venus, después de que un posadero espi­ara a una bel­la via­jera por el ojo de la cer­radu­ra.

La lasaña verde es otra espe­cial­i­dad local que no deberías perderte. A difer­en­cia de la ver­sión más cono­ci­da, aquí la pas­ta se elab­o­ra con espinacas, lo que le da ese car­ac­terís­ti­co col­or verde. Se rel­lena con ragù, bechamel y que­so parme­sano, for­man­do uno de los platos más recon­for­t­antes de la coci­na ital­iana.

Entre los embu­ti­dos desta­ca la autén­ti­ca mor­tadela de Bolo­nia, mucho más aromáti­ca y sabrosa que las ver­siones indus­tri­ales que se encuen­tran fuera de Italia. Se elab­o­ra con carne de cer­do muy fina y pequeños tro­zos de grasa que le dan su tex­tu­ra car­ac­terís­ti­ca. Es habit­u­al tomar­la en bocadil­los o como parte de una tabla de embu­ti­dos.

Parma, elegancia monumental y capital del Parmigiano Reggiano

Par­ma es una de las ciu­dades más refi­nadas de Emil­ia-Romaña. Aunque en todo el mun­do se la conoce por su que­so parme­sano y su famoso jamón cura­do, la ciu­dad es mucho más que gas­tronomía. Su pasa­do como cap­i­tal de un duca­do inde­pen­di­ente dejó un impor­tante lega­do artís­ti­co y arqui­tec­tóni­co que con­vierte la visi­ta en una expe­ri­en­cia muy com­ple­ta.

Situ­a­da entre Bolo­nia y Milán, Par­ma es muy fácil de incluir en cualquier ruta por Emil­ia-Romaña. Se puede lle­gar cómoda­mente en tren des­de ambas ciu­dades en poco más de una hora, aunque si via­jas en coche ten­drás más lib­er­tad para vis­i­tar los pueb­los y que­serías de los alrede­dores. A difer­en­cia de otras ciu­dades ital­ianas más turís­ti­cas, Par­ma con­ser­va un ambi­ente tran­qui­lo y ele­gante. Su cen­tro históri­co es com­pacto y se puede recor­rer fácil­mente a pie, lo que per­mite des­cubrir sus mon­u­men­tos sin prisas. Nosotros, al vis­i­tar­la a finales de otoño, la encon­tramos sin ape­nas tur­is­tas. Y por eso la dis­fru­ta­mos el doble.

Piazza Duomo y el corazón histórico

El mejor lugar para empezar la visi­ta es la Piaz­za Duo­mo, uno de los con­jun­tos mon­u­men­tales más boni­tos de Emil­ia-Romaña. Aquí se con­cen­tran tres de los edi­fi­cios históri­cos más impor­tantes de la ciu­dad.

La Cat­e­dral de San­ta Maria Assun­ta, con­stru­i­da en el siglo XII, es uno de los tem­p­los románi­cos más intere­santes del norte de Italia. Su inte­ri­or es espe­cial­mente espec­tac­u­lar gra­cias a los fres­cos de Anto­nio da Cor­reg­gio que dec­o­ran la cúpu­la, con­sid­er­a­dos una de las grandes obras maes­tras del Renacimien­to ital­iano. La esce­na rep­re­sen­ta la Asun­ción de la Vir­gen y crea un impre­sio­n­ante efec­to de pro­fun­di­dad que parece abrir el techo hacia el cielo.

Frente a la cat­e­dral se lev­an­ta el Bap­tis­te­rio, uno de los sím­bo­los de Par­ma. Está con­stru­i­do con már­mol rosa­do proce­dente de Verona, lo que le da un col­or muy car­ac­terís­ti­co que cam­bia según la luz del día. El edi­fi­cio com­bi­na ele­men­tos románi­cos y góti­cos y su inte­ri­or con­ser­va intere­santes escul­turas medievales. Jun­to a ambos edi­fi­cios se encuen­tra el Pala­cio Epis­co­pal, que com­ple­ta uno de los con­jun­tos históri­cos más armo­niosos de la ciu­dad.

centro historico de parma

Palazzo della Pilotta y el Teatro Farnese

Uno de los edi­fi­cios más impor­tantes de Par­ma es el Palaz­zo del­la Pilot­ta, un enorme com­ple­jo mon­u­men­tal situ­a­do cer­ca del río Par­ma. Su nom­bre pro­cede del juego de pelota que prac­ti­ca­ban aquí los sol­da­dos españoles durante el dominio de los Far­ne­sio.

En su inte­ri­or se encuen­tran varias insti­tu­ciones cul­tur­ales de gran interés, como la Gal­le­ria Nazionale, donde se con­ser­van obras de artis­tas como Canalet­to o Cor­reg­gio, el Museo Arque­ológi­co y la Bib­liote­ca Palati­na, una de las bib­liote­cas históri­c­as más impor­tantes de Italia.

Pero el espa­cio más sor­pren­dente es el Teatro Far­nese, un impre­sio­n­ante teatro bar­ro­co con­stru­i­do ínte­gra­mente en madera en el siglo XVII. Aunque fue destru­i­do durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, fue recon­stru­i­do respetan­do fiel­mente su dis­eño orig­i­nal. Su tamaño y su atmós­fera hacen que la visi­ta resulte espe­cial­mente impac­tante.

El Teatro Regio y la tradición musical

Par­ma es tam­bién una ciu­dad pro­fun­da­mente lig­a­da a la músi­ca. Aquí nació Giuseppe Ver­di y la tradi­ción operís­ti­ca sigue muy viva. Uno de los mejores lugares para com­pro­bar­lo es el Teatro Regio, con­sid­er­a­do uno de los grandes teatros de ópera de Italia.

Las vis­i­tas guiadas per­miten cono­cer su inte­ri­or, dec­o­ra­do con ele­gan­cia clási­ca y un espec­tac­u­lar audi­to­rio en for­ma de her­radu­ra. Cada año se cel­e­bra el Fes­ti­val Ver­di, uno de los acon­tec­imien­tos musi­cales más impor­tantes de la región.

Palacios y parques

El cen­tro históri­co de Par­ma está lleno de pala­cios que recuer­dan el pasa­do aris­tocráti­co de la ciu­dad. Entre los más intere­santes está el Palaz­zo del­la Ris­er­va, que fue uti­liza­do por los Bor­bones para alo­jar a sus invi­ta­dos y que hoy alber­ga el Museo Glau­co Lom­bar­di, ded­i­ca­do a la his­to­ria del duca­do de Par­ma.

En la Piaz­za Garibal­di, la plaza prin­ci­pal de la ciu­dad, se encuen­tran el Palaz­zo del Gov­er­na­tore y el Palaz­zo del Munici­pio, dos edi­fi­cios históri­cos que for­man el corazón admin­is­tra­ti­vo de Par­ma. Otro lugar muy agrad­able es el Par­co Ducale, situ­a­do frente al Palaz­zo Ducale. Este gran par­que históri­co es per­fec­to para des­cansar después de una jor­na­da de vis­i­tas, espe­cial­mente en los meses de pri­mav­era y ver­a­no.

La gastronomía de Parma

Par­ma es uno de los grandes cen­tros gas­tronómi­cos de Italia. La región pro­duce algunos de los ali­men­tos más famosos del país, muchos de ellos con denom­i­nación de ori­gen pro­te­gi­da. El pro­duc­to estrel­la es el Parmi­giano Reg­giano, que se elab­o­ra des­de hace más de ochocien­tos años sigu­ien­do méto­dos tradi­cionales. Vis­i­tar una que­sería es una de las expe­ri­en­cias más intere­santes que se pueden hac­er en los alrede­dores de la ciu­dad. En muchas fábri­c­as es posi­ble ver el pro­ce­so de elab­o­ración y pro­bar que­sos de difer­entes cura­ciones. Otro pro­duc­to impre­scindible es el pro­sciut­to di Par­ma, un jamón cura­do suave y aromáti­co que se pro­duce en las col­i­nas cer­canas. Muchas explota­ciones ofre­cen vis­i­tas que incluyen degusta­ciones.

En Par­ma se da tan­ta impor­tan­cia a sus pro­duc­tos gas­tronómi­cos que has­ta les ded­i­can museos. El del que­so es el Parmi­giano Reg­giano Muse­um (entra­da 5 euros, abre de Mar­zo a Diciem­bre), tam­bién ten­emos el Muse­um of Pro­sciut­to (la ver­sión ital­iana de nue­stro jamón), el del sala­mi (cono­ci­do allí como salame), el del tomate, el del vino y el de la pas­ta. Pero si además de instru­irte quieres dar­le un gus­to al pal­adar, no olvides entonces pro­bar los bole­tus de Bor­go­taro, con­sid­er­adas unas de las setas más sabrosas del mun­do, las tru­fas negras de Frag­no y el sala­mi, la spal­la cot­ta di San Sec­on­do.

Queso Parmesano

Módena, la ciudad del vinagre balsámico y los motores legendarios

Móde­na es una de las ciu­dades más intere­santes que ver en Emil­ia-Romaña y, sin embar­go, sigue sien­do bas­tante descono­ci­da para muchos via­jeros. Situ­a­da a medio camino entre Bolo­nia y Par­ma, es un des­ti­no per­fec­to para una excur­sión de un día, aunque tam­bién merece una estancia más larga si quieres dis­fru­tar con cal­ma de su gas­tronomía y su pat­ri­mo­nio históri­co.

La ciu­dad está ínti­ma­mente lig­a­da a dos sím­bo­los muy dis­tin­tos pero igual­mente famosos: el vina­gre bal­sámi­co tradi­cional y los coches deportivos de lujo. Aquí nacieron mar­cas leg­en­darias como Fer­rari y Maserati, y en sus alrede­dores se pro­ducen algunos de los pro­duc­tos gas­tronómi­cos más apre­ci­a­dos de Italia.

Pero más allá de la comi­da y los motores, Móde­na con­ser­va un cen­tro históri­co ele­gante y tran­qui­lo que per­mite des­cubrir una Italia más pau­sa­da y autén­ti­ca.

Catedral de Modena uno de los lugares imprescindibles que ver en Emilia-Romaña Italia

Piazza Grande y el corazón histórico

El mejor lugar para comen­zar la visi­ta es la Piaz­za Grande, el ver­dadero corazón mon­u­men­tal de la ciu­dad. Este con­jun­to urbano, for­ma­do por la plaza, la cat­e­dral y la torre cam­pa­nario, está declar­a­do Pat­ri­mo­nio de la Humanidad por la UNESCO y con­sti­tuye uno de los mejores ejem­p­los de arqui­tec­tura románi­ca del norte de Italia.

La Cat­e­dral de Móde­na (Duo­mo di Mod­e­na) es uno de los tem­p­los románi­cos más impor­tantes de Europa. Con­stru­i­da en el siglo XII, desta­ca por su armo­niosa facha­da de piedra clara y por los relieves escultóri­cos que dec­o­ran sus por­tadas. En el inte­ri­or se con­ser­van impor­tantes obras de arte y la tum­ba de San Gem­ini­ano, patrón de la ciu­dad. Jun­to a la cat­e­dral se alza la Torre Ghirlan­d­i­na, sím­bo­lo de Móde­na y vis­i­ble des­de muchos pun­tos de la ciu­dad. Durante sig­los fue uti­liza­da como torre de vig­i­lan­cia y cam­pa­nario. Subir a lo alto per­mite dis­fru­tar de una boni­ta panorámi­ca del cen­tro históri­co y de las col­i­nas cer­canas.

En los alrede­dores de la plaza se encuen­tran tam­bién los Palazzi Comu­nali, un con­jun­to de edi­fi­cios históri­cos que for­man el Ayun­tamien­to. Algu­nas de sus salas pueden vis­i­tarse gra­tuita­mente y per­miten cono­cer mejor la his­to­ria de la ciu­dad. Muy cer­ca de la cat­e­dral se encuen­tra la Pre­da Ringado­ra, una gran piedra que en la Edad Media se uti­liz­a­ba como tri­buna para procla­mar leyes o sen­ten­cias. En oca­siones tam­bién se emplea­ba para exhibir públi­ca­mente a los con­de­na­dos, lo que mues­tra una fac­eta mucho menos amable de la vida medieval.

Calles y mercados tradicionales

Des­de Piaz­za Grande parten varias calles com­er­ciales llenas de vida. La más impor­tante es la Via Emil­ia, antigua calza­da romana que atraviesa la ciu­dad y que sigue sien­do uno de los ejes prin­ci­pales del cen­tro históri­co. Aquí se con­cen­tran tien­das, cafeterías y pequeñas trat­to­rias. Otra calle intere­sante es la Via Fari­ni, que con­duce has­ta el impo­nente Palaz­zo Ducale, antiguo pala­cio de los duques de Este y actual­mente sede de la Acad­e­mia Mil­i­tar. Aunque no siem­pre es posi­ble vis­i­tar el inte­ri­or, el edi­fi­cio impre­siona por su tamaño y su ele­gante facha­da bar­ro­ca.

Uno de los lugares más autén­ti­cos de Móde­na es el Mer­ca­do Albinel­li, un mer­ca­do cubier­to inau­gu­ra­do en 1931 que sigue sien­do el cen­tro de la vida cotid­i­ana de la ciu­dad. Aquí se pueden ver puestos de pas­ta fres­ca, que­sos, embu­ti­dos y pro­duc­tos locales. El mer­ca­do recibe cada sem­ana miles de vis­i­tantes y está con­sid­er­a­do uno de los mejores lugares para des­cubrir la gas­tronomía local. Los sába­dos por la mañana es cuan­do tiene más ambi­ente. Además, el cuar­to fin de sem­ana de cada mes se cel­e­bra un ani­ma­do mer­cadil­lo de antigüedades en Piaz­za Grande, una bue­na opor­tu­nidad para ver la ciu­dad con más ambi­ente.

Qué comer en Módena

Móde­na es famosa sobre todo por su vina­gre bal­sámi­co tradi­cional, uno de los pro­duc­tos más exclu­sivos de Italia. A difer­en­cia del vina­gre bal­sámi­co indus­tri­al que se encuen­tra en los super­me­r­ca­dos, el autén­ti­co vina­gre tradi­cional se enve­jece durante años en bar­ri­c­as de madera y puede alcan­zar pre­cios muy ele­va­dos. En algu­nas acetaie tradi­cionales se pueden realizar vis­i­tas guiadas para cono­cer el pro­ce­so de elab­o­ración. Algu­nas botel­las del mejor vina­gre pueden costar var­ios cien­tos de euros pero inclu­so las ver­siones más sen­cil­las tienen un sabor extra­or­di­nario.

Otro pla­to muy típi­co son los tortelli­ni, que aquí se dis­putan con Bolo­nia el hon­or de haber­los inven­ta­do. Según la leyen­da, un posadero quedó tan fasci­na­do por la belleza de una dama a la que espi­a­ba por el ojo de una cer­radu­ra que decidió repro­ducir su ombli­go en for­ma de pas­ta. Tam­bién merece la pena pro­bar el zam­pone di Mod­e­na, un embu­ti­do elab­o­ra­do con carne de cer­do que tradi­cional­mente se sirve con lente­jas en la cena de Nochevie­ja. Es un pla­to muy con­tun­dente pero muy rep­re­sen­ta­ti­vo de la coci­na local. Otra espe­cial­i­dad intere­sante es el gnoc­co frit­to, una masa fri­ta lig­era que se sirve caliente y suele acom­pañarse con embu­ti­dos y que­sos. Es muy típi­co tomar­lo como desayuno sal­a­do o aper­i­ti­vo.

La tierra de Ferrari y Maserati

Los amantes del motor tienen en Móde­na uno de los des­ti­nos más impor­tantes del mun­do. En la ciu­dad se encuen­tra el Museo Casa Enzo Fer­rari, ded­i­ca­do al fun­dador de la famosa mar­ca. El museo com­bi­na la casa natal de Enzo Fer­rari con un mod­er­no edi­fi­cio expos­i­ti­vo donde se pueden ver algunos de los mod­e­los más emblemáti­cos.

A pocos kilómet­ros se encuen­tra Maranel­lo, sede históri­ca de Fer­rari y lugar donde está el Museo Fer­rari. Muchos via­jeros com­bi­nan la visi­ta a Móde­na con una excur­sión has­ta allí.

Tam­bién Maserati tiene su ori­gen en esta ciu­dad, lo que refuerza la fama de Móde­na como cap­i­tal de los motores deportivos ital­ianos.

Ferrara, la perla renacentista que se recorre en bicicleta

Fer­rara es una de las ciu­dades más ele­gantes y mejor con­ser­vadas de Emil­ia-Romaña. A pesar de su extra­or­di­nario pat­ri­mo­nio históri­co, recibe muchos menos vis­i­tantes que des­ti­nos cer­canos como Vene­cia o Flo­ren­cia, lo que per­mite dis­fru­tar­la con mucha más tran­quil­i­dad. Su tamaño mane­jable y su ambi­ente rela­ja­do la con­vierten en una para­da ide­al den­tro de cualquier ruta por la región.

Situ­a­da a menos de una hora de Bolo­nia, Fer­rara es una ciu­dad per­fec­ta para recor­rer sin prisas. Además, es uno de los lugares más agrad­ables de Italia para moverse en bici­cle­ta. Sus amplias avenidas y sus mural­las per­fec­ta­mente con­ser­vadas hacen que ped­alear sea una expe­ri­en­cia espe­cial­mente agrad­able. No es casu­al­i­dad que Fer­rara esté con­sid­er­a­da una de las ciu­dades más ciclis­tas de Italia.

Declar­a­da Pat­ri­mo­nio de la Humanidad por la UNESCO, Fer­rara con­ser­va un extra­or­di­nario con­jun­to urbano rena­cen­tista que debe gran parte de su esplen­dor a la famil­ia Este, que gob­ernó la ciu­dad durante más de tres sig­los y la con­vir­tió en uno de los cen­tros cul­tur­ales más impor­tantes de Italia.

Las murallas y el primer contacto con la ciudad

Una de las mejores man­eras de empezar a cono­cer Fer­rara es recor­rien­do sus mural­las medievales, que se extien­den a lo largo de unos nueve kilómet­ros alrede­dor de la ciu­dad. Se tra­ta de uno de los sis­temas defen­sivos mejor con­ser­va­dos de Italia y ofre­cen un paseo muy agrad­able entre árboles y zonas verdes.

Muchos vis­i­tantes optan por alquilar una bici­cle­ta para recor­rerlas. Es una for­ma per­fec­ta de tomar con­tac­to con la ciu­dad y com­pren­der su estruc­tura urbana antes de aden­trarse en el cen­tro históri­co. La tradi­ción ciclista es tan fuerte en Fer­rara que verás bici­cle­tas por todas partes. Es el medio de trans­porte habit­u­al entre los habi­tantes locales y con­tribuye a crear un ambi­ente muy difer­ente al de otras ciu­dades ital­ianas más con­ges­tion­adas.

El Castillo Estense, símbolo de Ferrara

El mon­u­men­to más emblemáti­co de Fer­rara es el Castil­lo Estense, una impre­sio­n­ante for­t­aleza rodea­da de agua que se encuen­tra en pleno cen­tro históri­co. Fue con­stru­i­do en el siglo XIV por la famil­ia Este y durante sig­los fue la res­i­den­cia de los duques que gob­ernaron la ciu­dad. Sus cua­tro tor­res, unidas por grue­sas mural­las de ladrillo, refle­jan per­fec­ta­mente el poder que tuvo la famil­ia Este durante el Renacimien­to. El castil­lo com­bi­na ele­men­tos defen­sivos con espa­cios res­i­den­ciales dec­o­ra­dos con fres­cos y artes­on­ados. En el inte­ri­or pueden vis­i­tarse salas históri­c­as, antiguas pri­siones y aparta­men­tos ducales. Des­de las tor­res se obtienen bue­nas vis­tas de la ciu­dad.

El castil­lo está unido al Palaz­zo Munic­i­pale medi­ante un pasaje ele­va­do cono­ci­do como la Via Cop­er­ta, que per­mitía a los duques desplazarse sin expon­erse al exte­ri­or. El Pala­cio Munic­i­pal fue tam­bién res­i­den­cia de la famil­ia Este antes de la con­struc­ción del castil­lo y hoy alber­ga el Ayun­tamien­to.

La catedral y el centro medieval

Muy cer­ca del castil­lo se encuen­tra la Cat­e­dral de San Jorge, uno de los edi­fi­cios reli­giosos más impor­tantes de la ciu­dad. Su facha­da com­bi­na ele­men­tos románi­cos y góti­cos y está rica­mente dec­o­ra­da con escul­turas medievales. En el inte­ri­or se con­ser­va un intere­sante museo cat­e­dra­li­cio que per­mite cono­cer mejor la his­to­ria reli­giosa de Fer­rara.

El cen­tro históri­co está for­ma­do por calles tran­quilas y pala­cios rena­cen­tis­tas que refle­jan el pasa­do aris­tocráti­co de la ciu­dad. A difer­en­cia de muchas ciu­dades ital­ianas, el cas­co antiguo de Fer­rara no sigue el típi­co traza­do romano, sino que fue dis­eña­do durante el Renacimien­to como una ciu­dad mod­er­na para su época.

Catedral de Ferrara vista desde un arco medieval en Emilia-Romaña Italia

El barrio renacentista y los palacios de los Este

La expan­sión urbana pro­movi­da por los duques de Este dio lugar a uno de los primeros planes urbanís­ti­cos mod­er­nos de Europa. Esta zona, cono­ci­da como la Addizione Erculea, rep­re­sen­ta uno de los ejem­p­los más impor­tantes de urban­is­mo rena­cen­tista. Aquí se encuen­tran algunos de los edi­fi­cios más intere­santes de la ciu­dad, como el Palaz­zo Schi­fanoia, cuyo nom­bre sig­nifi­ca lit­eral­mente “escapar del abur­rim­ien­to”. Era un pala­cio de recreo de los duques y con­ser­va fres­cos que rep­re­sen­tan esce­nas astrológ­i­cas y alegóri­c­as.

Otro edi­fi­cio desta­ca­do es el Palaz­zo Ludovi­co il Moro, que actual­mente alber­ga el Museo Arque­ológi­co Nacional. Tam­bién merece la pena acer­carse a igle­sias como San Francesco, San­ta Maria in Vado o Cor­pus Christi, donde está enter­ra­da Lucre­cia Bor­gia, una de las fig­uras más fasci­nantes del Renacimien­to ital­iano.

Gastronomía ferrarense

Fer­rara tiene una gas­tronomía muy car­ac­terís­ti­ca que mez­cla tradi­ciones rurales con influ­en­cias aris­tocráti­cas. Uno de los pro­duc­tos más típi­cos es la cop­pia fer­rarese, un pan cru­jiente con for­ma retor­ci­da muy fácil de recono­cer. Suele acom­pañar embu­ti­dos y que­sos locales. Tam­bién es muy típi­ca la tor­ta tene­r­i­na, un dulce de choco­late húme­do y com­pacto que se ha con­ver­tido en uno de los postres más pop­u­lares de la ciu­dad.

Otra espe­cial­i­dad sor­pren­dente son las anguilas del delta del Po, un pro­duc­to tradi­cional que se coci­na de muchas for­mas dis­tin­tas en la región. El cer­cano delta del río Po ha sido durante sig­los una impor­tante zona pes­quera y las anguilas for­man parte esen­cial de la coci­na local.

Rávena, la ciudad de los mosaicos bizantinos

Ráve­na es una ciu­dad históri­ca del noreste de Italia, en la región de Emil­ia-Romaña, cono­ci­da sobre todo por sus extra­or­di­nar­ios mosaicos bizan­ti­nos. Aunque hoy tiene un ambi­ente tran­qui­lo y algo provin­ciano, durante sig­los fue una ciu­dad de enorme impor­tan­cia políti­ca y cul­tur­al. Llegó a ser cap­i­tal del Impe­rio romano de Occi­dente, más tarde cen­tro del reino ostro­go­do y después sede del poder bizan­ti­no en Italia. Ese pasa­do expli­ca la extra­or­di­nar­ia riqueza artís­ti­ca que todavía con­ser­va.

A difer­en­cia de otras ciu­dades ital­ianas más espec­tac­u­lares a primera vista, Ráve­na no impre­siona por grandes plazas mon­u­men­tales ni por pala­cios rena­cen­tis­tas. Su atrac­ti­vo está en el inte­ri­or de sus igle­sias, donde se escon­den algunos de los mosaicos más antigu­os y mejor con­ser­va­dos de Europa. Estas obras, real­izadas entre los sig­los V y VI, desta­can por sus col­ores inten­sos, fon­dos dora­dos y fig­uras estilizadas que refle­jan clara­mente la influ­en­cia del arte ori­en­tal.

Uno de los edi­fi­cios más famosos es la Basíli­ca de San Vital, una igle­sia de plan­ta octog­o­nal cuyo inte­ri­or está cubier­to de mosaicos bril­lantes. Entre las esce­nas más cono­ci­das apare­cen las rep­re­senta­ciones del emper­ador Jus­tini­ano y la emper­a­triz Teodo­ra rodea­d­os de su corte. Estas imá­genes ofre­cen un tes­ti­mo­nio excep­cional del poder bizan­ti­no en Occi­dente y mues­tran con gran detalle los vesti­dos, las joyas y las cer­e­mo­nias de la época.

Rávena que ver en emilia romaña

Muy cer­ca se encuen­tra el Mau­soleo de Gala Placidia, un pequeño edi­fi­cio de ladrillo cuyo aspec­to exte­ri­or resul­ta sor­pren­den­te­mente sen­cil­lo. Sin embar­go, el inte­ri­or está cubier­to por mosaicos de tonos azules y dora­dos que cre­an una atmós­fera casi mág­i­ca. El techo rep­re­sen­ta un cielo estrel­la­do con una cruz cen­tral, una de las imá­genes más céle­bres del arte pale­ocris­tiano.

Otro mon­u­men­to impor­tante es la Basíli­ca de Sant’Apollinare Nuo­vo, donde una larga serie de mosaicos recorre las pare­des lat­erales. Estas esce­nas rep­re­sen­tan pro­ce­siones de san­tos y san­tas que avan­zan hacia Cristo y la Vir­gen. El con­jun­to desta­ca por su rit­mo visu­al y por la sen­sación de solem­nidad que trans­mite.

Además de sus igle­sias, Ráve­na tiene un cen­tro históri­co agrad­able y fácil de recor­rer. Las calles son bas­tante tran­quilas y el ambi­ente resul­ta más rela­ja­do que en otras ciu­dades ital­ianas muy turís­ti­cas. Hay plazas pequeñas, cafeterías y rin­cones que con­ser­van un aire cotid­i­ano que con­trasta con la impor­tan­cia históri­ca del lugar.

Ráve­na tam­bién está vin­cu­la­da a la figu­ra de Dante Alighieri, el autor de la Div­ina Come­dia, que pasó aquí los últi­mos años de su vida. Su tum­ba se encuen­tra en un pequeño mon­u­men­to cer­ca de la igle­sia de San Fran­cis­co y es uno de los lugares más sim­bóli­cos de la ciu­dad. Muchos vis­i­tantes se acer­can para rendir hom­e­na­je al poeta, que murió en Ráve­na en 1321.

Rimini, entre historia romana y playas del Adriático

Rim­i­ni es una ciu­dad costera del Adriáti­co que com­bi­na el ambi­ente rela­ja­do de un des­ti­no de playa con un pasa­do históri­co sor­pren­den­te­mente antiguo. Situ­a­da en la región de Emil­ia-Romaña, ha sido durante más de dos mil años un impor­tante pun­to de paso entre el norte y el cen­tro de Italia. Hoy es cono­ci­da sobre todo por sus largas playas, pero su his­to­ria romana y medieval sigue muy pre­sente en el cen­tro históri­co.

La ciu­dad fue fun­da­da por los romanos en el siglo III a.C. con el nom­bre de Arim­inum. Su posi­ción estratég­i­ca, en el cruce de varias vías impor­tantes, hizo que se con­virtiera ráp­i­da­mente en un cen­tro com­er­cial y mil­i­tar rel­e­vante. De aque­l­la época se con­ser­van algunos mon­u­men­tos muy bien preser­va­dos que todavía for­man parte del paisaje urbano.

Uno de los más impre­sio­n­antes es el Arco de Augus­to, lev­an­ta­do en el año 27 a.C. para con­mem­o­rar la con­sol­i­dación del poder del emper­ador Augus­to. Esta antigua puer­ta mon­u­men­tal mar­ca­ba la entra­da a la ciu­dad des­de la Via Flaminia, la car­retera que conecta­ba Roma con el norte de Italia. A pesar del paso de los sig­los, el arco sigue en pie y con­ser­va una pres­en­cia impo­nente que recuer­da la impor­tan­cia que tuvo Rim­i­ni en la Antigüedad.

Otro tes­ti­mo­nio excep­cional del pasa­do romano es el Puente de Tiberio, con­stru­i­do hace casi dos mil años sobre el río Marec­chia. Sus sóli­dos arcos de piedra han resis­ti­do guer­ras y trans­for­ma­ciones urbanas, y el puente con­tinúa uti­lizán­dose en la actu­al­i­dad. Cruzar­lo per­mite exper­i­men­tar una sen­sación curiosa: cam­i­nar sobre una obra romana que sigue cumplien­do su fun­ción orig­i­nal.

El cen­tro históri­co de Rim­i­ni es com­pacto y bas­tante agrad­able para pasear. Las calles con­ser­van un aire tran­qui­lo que con­trasta con la ani­mación de la zona de playa. Alrede­dor de plazas como Piaz­za Tre Mar­tiri o Piaz­za Cavour apare­cen edi­fi­cios antigu­os, mer­ca­dos y cafeterías donde se puede obser­var la vida cotid­i­ana de la ciu­dad lejos del ambi­ente turís­ti­co del litoral.

Puente de Tiberio en Rimini uno de los lugares que ver en Emilia-Romaña Italia

Aunque Rim­i­ni es cono­ci­da hoy prin­ci­pal­mente como des­ti­no vaca­cional, su tradi­ción turís­ti­ca tiene más de un siglo. A finales del siglo XIX empezó a desar­rol­larse como lugar de ver­a­neo, con­vir­tién­dose en uno de los primeros cen­tros de tur­is­mo de playa de Italia. La larga cos­ta arenosa y el mar poco pro­fun­do favorecieron un mod­e­lo de tur­is­mo famil­iar que todavía define el carác­ter de la ciu­dad.

Las playas de Rim­i­ni se extien­den durante kilómet­ros for­man­do una fran­ja con­tin­ua de are­na clara. A difer­en­cia de otras zonas del litoral ital­iano con acan­ti­la­dos o calas pequeñas, aquí la cos­ta es amplia y abier­ta. Esto ha per­mi­ti­do la creación de numerosos establec­imien­tos de playa con som­bril­las alin­eadas y ser­vi­cios muy orga­ni­za­dos. En ver­a­no la zona marí­ti­ma tiene un ambi­ente ani­ma­do, con restau­rantes, heladerías y bares abier­tos has­ta tarde.

Más allá del mar y de los mon­u­men­tos romanos, Rim­i­ni tiene tam­bién una dimen­sión cul­tur­al intere­sante. La ciu­dad es el lugar de nacimien­to del direc­tor de cine Fed­eri­co Felli­ni, una de las fig­uras más impor­tantes del cine ital­iano. Muchos rin­cones de Rim­i­ni apare­cen refle­ja­dos en sus pelícu­las y en su memo­ria per­son­al, lo que ha con­tribui­do a dar a la ciu­dad una cier­ta aura nos­tál­gi­ca.

Dozza, el pueblo de los murales

Doz­za es un pequeño pueblo medieval de la región de Emil­ia-Romaña que desta­ca por un ras­go muy poco habit­u­al: sus calles están dec­o­radas con murales y pin­turas que con­vierten el cas­co históri­co en una especie de galería de arte al aire libre. Situ­a­do en una col­i­na entre Bolo­nia e Imo­la, Doz­za com­bi­na el ambi­ente tran­qui­lo de los pueb­los ital­ianos con un carác­ter artís­ti­co muy orig­i­nal que lo dis­tingue de otros des­ti­nos sim­i­lares.

El pueblo con­ser­va su estruc­tura medieval casi intac­ta. Se accede a través de una antigua puer­ta que con­duce a una calle prin­ci­pal empe­dra­da que atraviesa el cas­co históri­co en lig­era subi­da has­ta el castil­lo. A ambos lados apare­cen casas antiguas con bal­cones de hier­ro for­ja­do, con­tra­ven­tanas de col­ores y pequeños detalles arqui­tec­tóni­cos que recuer­dan su pasa­do. Sin embar­go, lo que real­mente lla­ma la aten­ción son las pin­turas que cubren muchas de las fachadas.

Estos murales no son sim­ples dec­o­ra­ciones impro­visadas. Des­de la déca­da de 1960, Doz­za orga­ni­za per­iódica­mente una bien­al de pin­tu­ra mur­al en la que artis­tas con­tem­porá­neos son invi­ta­dos a dec­o­rar las pare­des del pueblo. Gra­cias a esta ini­cia­ti­va, las calles han ido trans­for­mán­dose poco a poco en un museo per­ma­nente donde con­viv­en esti­los muy dis­tin­tos: des­de com­posi­ciones abstrac­tas has­ta esce­nas fig­u­ra­ti­vas o ilu­siones ópti­cas que jue­gan con la per­spec­ti­va.

Murales de Dozza pueblo artístico que ver en Emilia-Romaña Italia

Pasear por Doz­za se con­vierte así en una expe­ri­en­cia difer­ente, porque cada rincón puede escon­der una obra ines­per­a­da. Algu­nas pin­turas ocu­pan grandes super­fi­cies, mien­tras que otras apare­cen en espa­cios pequeños como mar­cos de puer­tas o rin­cones entre ven­tanas. El con­traste entre las con­struc­ciones medievales y el arte con­tem­porá­neo crea un ambi­ente muy espe­cial.

En lo alto del pueblo se encuen­tra la Roc­ca Sforzesca, una for­t­aleza que dom­i­na el paisaje cir­cun­dante. Este castil­lo, bien con­ser­va­do, per­mite hac­erse una idea bas­tante clara de cómo eran las res­i­den­cias for­ti­fi­cadas de la nobleza local. En el inte­ri­or se pueden ver salas amue­bladas, coci­nas antiguas y algu­nas depen­den­cias que mues­tran la vida cotid­i­ana en sig­los pasa­dos. Des­de las mural­las se obtiene una bue­na vista de las col­i­nas cul­ti­vadas que rodean Doz­za.

Otro detalle curioso es que en los sótanos del castil­lo se encuen­tra una enote­ca region­al, donde se alma­ce­nan y venden vinos de Emil­ia-Romaña. Las galerías sub­ter­ráneas ofre­cen condi­ciones ide­ales para con­ser­var el vino y per­miten des­cubrir var­iedades locales menos cono­ci­das. Es un lugar intere­sante para quien quiera pro­bar pro­duc­tos de la zona sin salir del pueblo.

Brisighella, uno de los pueblos más bonitos de Emilia-Romaña

Brisighel­la es uno de los pueb­los medievales más boni­tos y mejor con­ser­va­dos de la región ital­iana de Emil­ia-Romaña. Situ­a­do entre col­i­nas suaves cubier­tas de viñe­dos y oli­vares, este pequeño munici­pio con­ser­va un aire tran­qui­lo y autén­ti­co que con­trasta con las ciu­dades cer­canas como Bolo­nia o Ráve­na. A primera vista parece un lugar detenido en el tiem­po, con calles empe­dradas, casas de col­ores cáli­dos y un paisaje dom­i­na­do por tres col­i­nas rocosas que definen su silue­ta.

El cas­co históri­co de Brisighel­la es com­pacto y muy agrad­able para recor­rer a pie. Uno de sus rin­cones más car­ac­terís­ti­cos es la Via degli Asi­ni, una antigua calle ele­va­da y cubier­ta que en la Edad Media servía para pro­te­ger el trán­si­to de mer­cancías trans­portadas por bur­ros. Esta galería con arcos irreg­u­lares y ven­tanas abier­tas hacia el valle crea un ambi­ente muy evo­cador. Cam­i­nar por allí per­mite imag­i­nar cómo era la vida com­er­cial del pueblo cuan­do Brisighel­la era un pequeño cen­tro de inter­cam­bio agrí­co­la.

Sobre el pueblo desta­can tres con­struc­ciones que se lev­an­tan en lo alto de crestas rocosas estre­chas y escarpadas. Estas tres ele­va­ciones for­man la ima­gen más cono­ci­da de Brisighel­la. La primera es la Roc­ca Man­fre­di­ana, una for­t­aleza de ori­gen medieval que fue ampli­a­da durante el Renacimien­to. Des­de sus mural­las se obtiene una vista mag­ní­fi­ca del cas­co antiguo y de las col­i­nas que lo rodean. En el inte­ri­or suele haber exposi­ciones rela­cionadas con la his­to­ria local y con la vida mil­i­tar de la región.

Brisighella uno de los pueblos más bonitos que ver en Emilia-Romaña Italia

En otra de las col­i­nas se alza la Torre del Reloj, que ha sido recon­stru­i­da varias veces a lo largo de los sig­los tras sufrir daños por guer­ras y ter­re­mo­tos. El camino has­ta la torre atraviesa un paisaje agrad­able y ofrece miradores nat­u­rales des­de donde se ve el entra­ma­do de teja­dos roji­zos del pueblo. La subi­da no es muy larga, pero sí sufi­ciente para apre­ciar la tran­quil­i­dad del entorno.

La ter­cera col­i­na está ocu­pa­da por el San­tu­ario de Mon­ti­ci­no, una igle­sia situ­a­da en un lugar muy panorámi­co. Este pequeño san­tu­ario se con­struyó en el siglo XVIII y sigue sien­do un lugar impor­tante para las cel­e­bra­ciones reli­giosas locales. La com­bi­nación de arqui­tec­tura sen­cil­la y paisaje abier­to crea una atmós­fera muy ser­e­na, espe­cial­mente al atarde­cer.

Más allá de sus mon­u­men­tos, parte del encan­to de Brisighel­la está en su rit­mo pau­sa­do. No es un des­ti­no de grandes atrac­ciones ni de vis­i­tas apresuradas. Aquí el atrac­ti­vo con­siste en perder­se por calle­jue­las estre­chas, obser­var las fachadas antiguas y sen­tarse en una plaza tran­quila. El pueblo con­ser­va un carác­ter muy local, con pocos nego­cios ori­en­ta­dos exclu­si­va­mente al tur­is­mo, lo que con­tribuye a que la expe­ri­en­cia resulte autén­ti­ca.

La gas­tronomía tam­bién for­ma parte impor­tante de la iden­ti­dad del lugar. Brisighel­la es cono­ci­da por su aceite de oli­va, que tiene denom­i­nación de ori­gen pro­te­gi­da y se pro­duce en los oli­vares que rodean el munici­pio. El ter­reno ondu­la­do y el cli­ma rel­a­ti­va­mente suave per­miten cul­ti­var var­iedades que dan un aceite suave y aromáti­co. En muchos restau­rantes del pueblo se puede pro­bar acom­paña­do de pan recién hecho o for­man­do parte de platos tradi­cionales de la región. Otro pro­duc­to típi­co es el vino, espe­cial­mente las var­iedades que se cul­ti­van en las col­i­nas cer­canas. Las pequeñas bode­gas famil­iares pro­ducen vinos sen­cil­los pero muy lig­a­dos al ter­ri­to­rio, y no es raro encon­trar establec­imien­tos donde ofre­cen degusta­ciones infor­males.

Lle­gar a Brisighel­la es rel­a­ti­va­mente sen­cil­lo. El pueblo está bien conec­ta­do por car­retera con ciu­dades cer­canas como Faen­za o Ráve­na, y tam­bién cuen­ta con estación de tren en la línea region­al. Esto per­mite vis­i­tar­lo en una excur­sión de un día, aunque muchos via­jeros pre­fieren quedarse una noche para dis­fru­tar del ambi­ente cuan­do desa­pare­cen los vis­i­tantes.

Comacchio, la pequeña Venecia del delta del Po

Comac­chio es una pequeña ciu­dad situ­a­da en el delta del río Po, en la región ital­iana de Emil­ia-Romaña. A primera vista sor­prende por sus canales, puentes y casas bajas de col­ores suaves, que le han vali­do el sobrenom­bre de “la pequeña Vene­cia”. Sin embar­go, a difer­en­cia de des­ti­nos más cono­ci­dos, Comac­chio con­ser­va un ambi­ente tran­qui­lo y muy local que per­mite recor­rerla sin prisas y con la sen­sación de estar des­cubrien­do un lugar poco masi­fi­ca­do.

La ciu­dad se desar­rol­ló en una zona de lagu­nas y maris­mas donde el agua ha sido siem­pre pro­tag­o­nista. Durante sig­los, Comac­chio estu­vo for­ma­da por pequeñas islas conec­tadas por puentes, y su vida económi­ca dependía de la pesca y de la explotación de las sali­nas cer­canas. Esa relación con­stante con el agua expli­ca la pres­en­cia de canales que atraviesan el cas­co históri­co y que todavía hoy mar­can el rit­mo de la ciu­dad.

El sím­bo­lo más cono­ci­do de Comac­chio es el Trep­pon­ti, un curioso puente de ladrillo con­stru­i­do en el siglo XVII. En real­i­dad no se tra­ta de un úni­co puente, sino de una estruc­tura for­ma­da por varias escali­natas que se cruzan sobre el canal. Des­de lo alto se obtiene una vista muy boni­ta de los teja­dos y de las casas que bor­dean el agua. Es el lugar más fotografi­a­do de la ciu­dad y tam­bién el mejor pun­to para com­pren­der su estruc­tura urbana.

Canales de Comacchio uno de los lugares más bonitos que ver en Emilia-Romaña Italia

El cas­co antiguo es pequeño y fácil de recor­rer cam­i­nan­do. Las calles son estre­chas y apare­cen inter­rump­i­das con fre­cuen­cia por canales tran­qui­los donde el agua ape­nas se mueve. A lo largo del recor­ri­do apare­cen fachadas sen­cil­las, ven­tanas con con­tra­ven­tanas de col­ores y pequeños embar­caderos que recuer­dan el pasa­do marinero del lugar. El ambi­ente es rela­ja­do y bas­tante silen­cioso, sobre todo fuera de los meses de ver­a­no.

Uno de los aspec­tos más intere­santes de Comac­chio es su tradi­ción pes­quera, espe­cial­mente rela­ciona­da con la anguila, que durante sig­los fue uno de los pro­duc­tos más impor­tantes de la zona. En las lagu­nas del delta del Po abund­a­ban estos peces, y su cap­tura y con­ser­vación forma­ban parte esen­cial de la economía local. Todavía hoy existe una antigua fábri­ca donde se elab­ora­ban anguilas mari­nadas según méto­dos tradi­cionales, con­ver­ti­da actual­mente en museo.

El entorno nat­ur­al es otro de los grandes atrac­tivos de la zona. Comac­chio se encuen­tra den­tro del Par­que Region­al del Delta del Po, un espa­cio de maris­mas, canales nat­u­rales y humedales donde viv­en numerosas especies de aves. Es un lugar muy apre­ci­a­do por quienes dis­fru­tan de la nat­u­raleza tran­quila y de los paisajes abier­tos. En algu­nas áreas se pueden ver fla­men­cos y otras aves acuáti­cas, espe­cial­mente al amanecer o al atarde­cer.

Cómo organizar una ruta por Emilia-Romaña

Una bue­na for­ma de recor­rer Emil­ia-Romaña es estable­cer Bolo­nia como base y des­de allí hac­er excur­siones a las ciu­dades cer­canas. Muchas de ellas están muy bien conec­tadas por tren y las dis­tan­cias son cor­tas.

Si dispones de var­ios días, alquilar un coche per­mite lle­gar tam­bién a pueb­los pequeños y zonas rurales donde el trans­porte públi­co es más lim­i­ta­do.

Un itin­er­ario clási­co podría ser:

  • Día 1: Bolo­nia

  • Día 2: Par­ma y Móde­na

  • Día 3: Fer­rara o Ráve­na

  • Día 4: Rim­i­ni o Delta del Po

La región tam­bién es muy intere­sante des­de el pun­to de vista gas­tronómi­co, por lo que merece la pena tomarse el via­je con cal­ma y dedicar tiem­po a dis­fru­tar de la comi­da local.

Cuántos días dedicar a Emilia-Romaña

Una de las grandes ven­ta­jas de Emil­ia-Romaña es que se tra­ta de una región rel­a­ti­va­mente com­pacta, lo que per­mite vis­i­tar var­ios des­ti­nos sin necesi­dad de recor­rer largas dis­tan­cias. Las prin­ci­pales ciu­dades están bien comu­ni­cadas entre sí y pueden com­bi­na­rse fácil­mente en un mis­mo via­je.

Para una primera toma de con­tac­to, lo ide­al es dedicar entre cua­tro y seis días, lo que per­mite cono­cer Bolo­nia con cal­ma y vis­i­tar algu­nas de las ciu­dades más intere­santes como Par­ma, Móde­na, Fer­rara o Ráve­na.

Si dispones de menos tiem­po, inclu­so una escapa­da de dos o tres días puede ser sufi­ciente para des­cubrir Bolo­nia y hac­er algu­na excur­sión cer­cana.

Quienes dispon­gan de una sem­ana com­ple­ta podrán añadir lugares menos cono­ci­dos como Comac­chio, el Delta del Po o algunos pueb­los medievales del inte­ri­or, que ofre­cen una visión más tran­quila y autén­ti­ca de la región.

Emil­ia-Romaña tam­bién se pres­ta muy bien a via­jes pau­sa­dos. Es una región ide­al para quienes pre­fieren recor­rer pocos lugares pero dis­fru­tar­los a fon­do, com­bi­nan­do vis­i­tas cul­tur­ales con expe­ri­en­cias gas­tronómi­cas.

Cuál es la mejor época para viajar a Emilia-Romaña

Emil­ia-Romaña puede vis­i­tarse durante todo el año, aunque algu­nas esta­ciones resul­tan espe­cial­mente agrad­ables.

La pri­mav­era y el otoño son prob­a­ble­mente los mejores momen­tos para via­jar. Las tem­per­at­uras sue­len ser suaves y per­miten recor­rer las ciu­dades cómoda­mente sin el calor inten­so del ver­a­no. Además, hay menos tur­is­tas que en los meses esti­vales.

El ver­a­no es una bue­na época si quieres com­bi­nar el via­je con algunos días en la cos­ta del Adriáti­co. Ciu­dades como Rim­i­ni tienen mucho ambi­ente durante estos meses, aunque en el inte­ri­or el calor puede ser bas­tante inten­so.

El invier­no suele ser frío y con nieblas fre­cuentes, espe­cial­mente en la lla­nu­ra del Po. Sin embar­go, las ciu­dades tienen un ambi­ente muy autén­ti­co y los pre­cios sue­len ser más bajos. Es tam­bién una bue­na época para dis­fru­tar de la gas­tronomía region­al, espe­cial­mente platos calientes como tortelli­ni en cal­do o ragú.

En gen­er­al, Emil­ia-Romaña es menos turís­ti­ca que otras regiones ital­ianas, por lo que rara vez se encuen­tra sat­u­ra­da fuera de fechas muy conc­re­tas.

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