Italia es uno de esos países a los que siempre se quiere volver. Pero más allá de Roma, Venecia o Florencia existen regiones enteras llenas de historia que siguen relativamente fuera de los grandes circuitos turísticos. Emilia-Romaña es una de ellas, y probablemente una de las más completas para quienes quieren descubrir una Italia auténtica.
Viajar por Emilia-Romaña significa recorrer ciudades medievales perfectamente conservadas, palacios renacentistas, iglesias cubiertas de mosaicos bizantinos y algunos de los paisajes más tranquilos del norte de Italia. Pero también es adentrarse en una de las grandes capitales gastronómicas de Europa: aquí nacieron productos tan famosos como el Parmigiano Reggiano, el jamón de Parma o el auténtico vinagre balsámico de Módena.
A diferencia de otras zonas italianas, Emilia-Romaña todavía permite viajar sin prisas. Muchas de sus ciudades conservan un ritmo de vida local que hace que el visitante se sienta más viajero que turista. Es fácil encontrar plazas tranquilas, mercados tradicionales y trattorias donde se sigue cocinando como hace generaciones.
Otra gran ventaja es que se trata de una región muy cómoda para recorrer. Las distancias son cortas y ciudades como Bolonia, Parma, Módena, Ferrara o Rávena están bien comunicadas entre sí, lo que permite organizar rutas muy completas incluso con pocos días.
En esta guía encontrarás los lugares imprescindibles que ver en Emilia-Romaña, desde sus ciudades más monumentales hasta algunos rincones menos conocidos que pueden convertir el viaje en una experiencia mucho más especial.

Bolonia, la gran joya de Emilia-Romaña
Bolonia suele ser una de las grandes sorpresas de Italia. Muchos viajeros llegan pensando que es sólo una ciudad de paso y terminan descubriendo uno de los centros históricos medievales mejor conservados de Europa.
La capital de Emilia-Romaña tiene una personalidad muy marcada. Es conocida como “la dotta, la rossa y la grassa”: la sabia, la roja y la gorda. Sabia por su universidad, la más antigua de Europa; roja por su tradición política progresista; y gorda por su extraordinaria gastronomía.
El casco histórico y Piazza Maggiore
El corazón de Bolonia es la Piazza Maggiore, una de las plazas monumentales más impresionantes del norte de Italia. Aquí se concentran algunos de los edificios más importantes de la ciudad, como el Palazzo Comunale, el Palazzo del Podestà o el Palazzo dei Notai. Dominando la plaza se encuentra la Basílica de San Petronio, uno de los templos más grandes del mundo. Su fachada inacabada es una de las imágenes más características de la ciudad. En su interior se conserva una meridiana del siglo XVII que sigue funcionando hoy en día.
Muy cerca está el Archiginnasio, antigua sede de la Universidad de Bolonia, fundada en 1088 y considerada la universidad más antigua en activo de Occidente. Por sus aulas pasaron personajes como Dante o Erasmo de Rotterdam. A pocos pasos aparece la Piazza Nettuno, presidida por la famosa fuente de Neptuno, uno de los símbolos de Bolonia.
Los pórticos de Bolonia
Los pórticos de Bolonia son una de las señas de identidad más reconocibles de la ciudad y forman parte inseparable de su paisaje urbano. Caminar por sus calles significa hacerlo casi siempre bajo largas galerías cubiertas que protegen del sol y de la lluvia, creando un ambiente muy particular. Más que un simple elemento arquitectónico, los pórticos representan una forma de vida y una solución urbanística ingeniosa que ha permitido a la ciudad crecer durante siglos sin perder su carácter.
Bolonia cuenta con más de 60 kilómetros de pórticos, de los cuales unos 40 kilómetros se encuentran dentro del casco histórico. Esta enorme red de soportales es única en el mundo y permite recorrer prácticamente toda la ciudad a cubierto. En 2021 fueron reconocidos como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, lo que confirma su enorme valor histórico y cultural.
El origen de los pórticos se remonta a la Edad Media, cuando Bolonia empezó a crecer rápidamente gracias a su universidad, una de las más antiguas de Europa. La llegada de estudiantes y comerciantes provocó un aumento de población que obligó a ampliar las viviendas. Como el espacio dentro de las murallas era limitado, muchos propietarios comenzaron a construir estructuras que sobresalían hacia la calle, apoyadas en vigas de madera. De esta manera ganaban metros habitables sin ocupar suelo adicional.
Con el tiempo, aquellas ampliaciones improvisadas se transformaron en auténticos soportales sostenidos por columnas. El ayuntamiento terminó regulando su construcción y exigió que las nuevas edificaciones incluyeran pórticos lo suficientemente altos para permitir el paso de personas y caballos. Así surgió un modelo urbano muy coherente que todavía hoy define el aspecto de la ciudad.
Aunque los primeros pórticos eran de madera, muchos fueron sustituidos más tarde por estructuras de ladrillo o piedra, materiales más resistentes al paso del tiempo. Sin embargo, todavía se conserva algún ejemplo medieval, como el pórtico de la Casa Isolani, que mantiene sus vigas originales de madera y permite imaginar cómo era la ciudad siglos atrás.
Uno de los recorridos más conocidos es el pórtico que conduce al santuario de San Luca, situado en una colina a las afueras. Este impresionante conjunto está formado por casi cuatro kilómetros de galerías porticadas con cientos de arcos consecutivos. Subir caminando hasta el santuario bajo estos soportales es una experiencia muy especial y una tradición muy arraigada entre los habitantes de Bolonia.

Los pórticos no solo tenían una función práctica. También servían como espacios sociales donde se desarrollaba buena parte de la vida cotidiana. Bajo ellos se instalaban talleres artesanos, pequeñas tiendas y puestos de mercado. Hoy en día siguen cumpliendo ese papel: cafeterías, librerías y comercios se abren a estas galerías, creando una sensación de continuidad entre la calle y los edificios.
Otra característica interesante es que no hay dos pórticos exactamente iguales. Algunos son estrechos y sencillos, mientras que otros resultan amplios y monumentales. Existen galerías elegantes con columnas de mármol, otras más humildes de ladrillo y algunas decoradas con frescos o molduras. Esa variedad refleja las distintas épocas y estilos arquitectónicos que han dejado su huella en la ciudad.
La Bolonia de los canales ocultos: la ciudad que casi nadie ve
Pocos viajeros saben que bajo las calles de Bolonia se esconde una ciudad casi secreta. Durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, Bolonia estuvo surcada por una compleja red de canales que la convirtieron en uno de los centros industriales más importantes de Europa. Hoy en día la mayoría de esos canales permanecen ocultos bajo el asfalto, pero aún quedan algunos lugares donde es posible descubrir fragmentos de aquella Bolonia hidráulica que casi ha desaparecido.
Entre los siglos XII y XVI la ciudad desarrolló un avanzado sistema de ingeniería hidráulica basado en las aguas de los ríos Reno y Savena. El agua era desviada hacia el interior de la ciudad mediante canales artificiales que alimentaban molinos, talleres y pequeñas fábricas artesanales. Gracias a este sistema, Bolonia se convirtió en uno de los grandes centros textiles del continente. Los telares de seda boloñeses eran famosos en toda Europa, y la energía hidráulica permitía hacer funcionar maquinaria que en otras ciudades dependía exclusivamente del trabajo humano o animal.
Se calcula que en su momento llegó a haber más de sesenta kilómetros de canales, una extensión sorprendente si tenemos en cuenta el tamaño de la ciudad. El agua movía molinos de grano, talleres metalúrgicos, curtidores de pieles y, sobre todo, fábricas textiles. Este desarrollo económico permitió a Bolonia convertirse en una ciudad rica y próspera durante la Edad Media.
Con la llegada de la industrialización y el uso generalizado de la electricidad, los canales dejaron de ser necesarios. Muchos fueron cubiertos entre los siglos XIX y XX para facilitar el crecimiento urbano y mejorar las condiciones sanitarias. Poco a poco la memoria de esta red hidráulica fue desapareciendo hasta el punto de que hoy muchos visitantes ignoran completamente su existencia.
Sin embargo, todavía es posible descubrir algunos restos muy curiosos si sabes dónde mirar.
Uno de los lugares más conocidos es la finestrella de Via Piella, una pequeña ventana abierta en un muro de ladrillo desde la que se puede contemplar un tramo del canal delle Moline. El rincón recuerda sorprendentemente a Venecia, con las fachadas de colores reflejadas en el agua y los balcones asomándose al canal. No es casual que a este lugar se le conozca como la pequeña Venecia de Bolonia. Aunque el canal es corto, el ambiente resulta muy pintoresco y suele sorprender mucho a quienes lo descubren por primera vez.
Otro punto interesante se encuentra en Via Capo di Lucca, donde en algunos lugares aún se puede escuchar el sonido del agua circulando bajo las calles. En determinados tramos hay rejillas o pequeñas aberturas desde las que se pueden ver fragmentos de los antiguos canales. No es un lugar especialmente turístico, lo que permite imaginar mejor cómo era aquella Bolonia medieval dedicada al comercio y la artesanía.
También en Via Malcontenti se pueden observar restos de la antigua red hidráulica, aunque de forma más discreta. Son pequeños detalles que pasan desapercibidos si no sabes que están allí, pero que ayudan a entender la importancia que tuvo el agua en el desarrollo de la ciudad.
Uno de los elementos más impresionantes del sistema hidráulico boloñés es la Chiusa di Casalecchio, una gran presa situada a pocos kilómetros del centro histórico. Construida en el siglo XIV y todavía en funcionamiento, desviaba el agua del río Reno hacia los canales urbanos. Es considerada una de las obras hidráulicas medievales mejor conservadas de Europa y demuestra el alto nivel técnico que alcanzaron los ingenieros de la época.
Las torres medievales
Las torres medievales de Bolonia son uno de los elementos más característicos del perfil urbano de la ciudad. Aunque hoy solo se conservan unas pocas decenas, durante la Edad Media llegaron a existir más de un centenar, lo que hacía que Bolonia tuviera un aspecto muy distinto al actual. Las torres sobresalían por encima de los tejados y convertían el horizonte en una especie de bosque de piedra que impresionaba a quienes llegaban desde lejos.
Estas construcciones comenzaron a levantarse entre los siglos XI y XIII, en una época en la que la ciudad vivía un periodo de prosperidad económica y crecimiento. Las familias nobles competían entre sí construyendo torres cada vez más altas como símbolo de riqueza y poder. Tener una torre no solo era una cuestión práctica, sino también una forma de prestigio social. Cuanto más alta era, mayor era el prestigio de la familia que la había financiado.
Además de su función simbólica, las torres también tenían un papel defensivo. En tiempos de conflictos entre familias rivales, podían servir como refugio fortificado. Las puertas solían situarse a cierta altura sobre el suelo y se accedía mediante escaleras o estructuras de madera que podían retirarse en caso de peligro. De esta manera, los ocupantes podían protegerse con relativa facilidad durante ataques o disturbios.
Las torres se construían principalmente con ladrillo, el material más abundante en la región. Los muros eran muy gruesos en la base para soportar el peso de la estructura y se estrechaban ligeramente hacia la parte superior. El interior solía ser sencillo, dividido en varios niveles conectados por escaleras estrechas. No estaban pensadas para el confort, sino para la vigilancia y la seguridad.
Las más famosas son las Dos Torres, situadas cerca del centro histórico y visibles desde muchos puntos de la ciudad. La Torre degli Asinelli es la más alta y alcanza casi cien metros de altura. Se puede subir por una larga escalera interior que conduce a una plataforma panorámica desde donde se ven los tejados rojizos de Bolonia y las colinas cercanas.
Junto a ella se encuentra la Torre Garisenda, mucho más baja pero especialmente llamativa por su inclinación. Con el paso de los siglos el terreno cedió ligeramente, lo que provocó que la torre se inclinara de forma visible. Ya en la Edad Media se redujo su altura por motivos de seguridad. La inclinación era tan conocida que incluso fue mencionada por Dante en la Divina Comedia como ejemplo de una estructura que parece moverse cuando se la observa desde abajo.
Por último, para los que os gusten las motos, a las afueras de Bolonia tenéis el Museo Ducati (el billete de tren sólo cuesta 1,50 euros, te recordamos que la Estación Central sufrió en 1980 el mayor atentado en Italia desde la Segunda Guerra Mundial, obra del grupo fascista Ordine Nuovo y que costó la vida a 85 personas, cuyos nombres aparecen en una placa en el lugar del siniestro). La entrada conjunta al museo Ducati y la fábrica no es barata (30 euros) pero si lo tuyo es el motociclismo, estamos seguros de que saldrás más que satisfecho. En Maranello, a 50 kms. de Bolonia, también se encuentra el Museo Ferrari, para los que gusten de los coches de carreras y los deportivos de lujo.

Qué comer en Bolonia: la capital gastronómica de Italia
Bolonia está considerada una de las grandes capitales gastronómicas de Italia. No en vano se la conoce como “la grassa” (la gorda), un apodo que no tiene nada de despectivo sino que hace referencia a la riqueza y variedad de su cocina. Aquí nacieron algunos de los platos más famosos del país y muchos viajeros llegan a la ciudad casi con la misma ilusión por comer que por visitar sus monumentos. Ha sido uno de los lugares de Italia donde, con diferencia, mejor hemos comido.
La gastronomía boloñesa es contundente, sabrosa y profundamente tradicional. Está basada en productos de calidad y recetas que apenas han cambiado durante siglos. Comer bien en Bolonia es fácil: incluso los restaurantes más modestos suelen ofrecer platos excelentes.
Uno de los errores más habituales entre los viajeros es buscar espaguetis a la boloñesa. Este plato, tal como se conoce fuera de Italia, prácticamente no existe aquí. La receta original es el ragù alla bolognese, una salsa de carne cocinada lentamente que se sirve con tagliatelle frescos, nunca con espaguetis. Los auténticos tagliatelle al ragù son probablemente el plato más representativo de la ciudad.
Otro plato imprescindible son los tortellini, pequeñas piezas de pasta rellenas tradicionalmente de carne que suelen servirse en caldo (tortellini in brodo). Se trata de una receta muy vinculada a las celebraciones familiares y especialmente típica en invierno. Según la leyenda, su forma está inspirada en el ombligo de Venus, después de que un posadero espiara a una bella viajera por el ojo de la cerradura.
La lasaña verde es otra especialidad local que no deberías perderte. A diferencia de la versión más conocida, aquí la pasta se elabora con espinacas, lo que le da ese característico color verde. Se rellena con ragù, bechamel y queso parmesano, formando uno de los platos más reconfortantes de la cocina italiana.
Entre los embutidos destaca la auténtica mortadela de Bolonia, mucho más aromática y sabrosa que las versiones industriales que se encuentran fuera de Italia. Se elabora con carne de cerdo muy fina y pequeños trozos de grasa que le dan su textura característica. Es habitual tomarla en bocadillos o como parte de una tabla de embutidos.
Parma, elegancia monumental y capital del Parmigiano Reggiano
Parma es una de las ciudades más refinadas de Emilia-Romaña. Aunque en todo el mundo se la conoce por su queso parmesano y su famoso jamón curado, la ciudad es mucho más que gastronomía. Su pasado como capital de un ducado independiente dejó un importante legado artístico y arquitectónico que convierte la visita en una experiencia muy completa.
Situada entre Bolonia y Milán, Parma es muy fácil de incluir en cualquier ruta por Emilia-Romaña. Se puede llegar cómodamente en tren desde ambas ciudades en poco más de una hora, aunque si viajas en coche tendrás más libertad para visitar los pueblos y queserías de los alrededores. A diferencia de otras ciudades italianas más turísticas, Parma conserva un ambiente tranquilo y elegante. Su centro histórico es compacto y se puede recorrer fácilmente a pie, lo que permite descubrir sus monumentos sin prisas. Nosotros, al visitarla a finales de otoño, la encontramos sin apenas turistas. Y por eso la disfrutamos el doble.
Piazza Duomo y el corazón histórico
El mejor lugar para empezar la visita es la Piazza Duomo, uno de los conjuntos monumentales más bonitos de Emilia-Romaña. Aquí se concentran tres de los edificios históricos más importantes de la ciudad.
La Catedral de Santa Maria Assunta, construida en el siglo XII, es uno de los templos románicos más interesantes del norte de Italia. Su interior es especialmente espectacular gracias a los frescos de Antonio da Correggio que decoran la cúpula, considerados una de las grandes obras maestras del Renacimiento italiano. La escena representa la Asunción de la Virgen y crea un impresionante efecto de profundidad que parece abrir el techo hacia el cielo.
Frente a la catedral se levanta el Baptisterio, uno de los símbolos de Parma. Está construido con mármol rosado procedente de Verona, lo que le da un color muy característico que cambia según la luz del día. El edificio combina elementos románicos y góticos y su interior conserva interesantes esculturas medievales. Junto a ambos edificios se encuentra el Palacio Episcopal, que completa uno de los conjuntos históricos más armoniosos de la ciudad.

Palazzo della Pilotta y el Teatro Farnese
Uno de los edificios más importantes de Parma es el Palazzo della Pilotta, un enorme complejo monumental situado cerca del río Parma. Su nombre procede del juego de pelota que practicaban aquí los soldados españoles durante el dominio de los Farnesio.
En su interior se encuentran varias instituciones culturales de gran interés, como la Galleria Nazionale, donde se conservan obras de artistas como Canaletto o Correggio, el Museo Arqueológico y la Biblioteca Palatina, una de las bibliotecas históricas más importantes de Italia.
Pero el espacio más sorprendente es el Teatro Farnese, un impresionante teatro barroco construido íntegramente en madera en el siglo XVII. Aunque fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial, fue reconstruido respetando fielmente su diseño original. Su tamaño y su atmósfera hacen que la visita resulte especialmente impactante.
El Teatro Regio y la tradición musical
Parma es también una ciudad profundamente ligada a la música. Aquí nació Giuseppe Verdi y la tradición operística sigue muy viva. Uno de los mejores lugares para comprobarlo es el Teatro Regio, considerado uno de los grandes teatros de ópera de Italia.
Las visitas guiadas permiten conocer su interior, decorado con elegancia clásica y un espectacular auditorio en forma de herradura. Cada año se celebra el Festival Verdi, uno de los acontecimientos musicales más importantes de la región.
Palacios y parques
El centro histórico de Parma está lleno de palacios que recuerdan el pasado aristocrático de la ciudad. Entre los más interesantes está el Palazzo della Riserva, que fue utilizado por los Borbones para alojar a sus invitados y que hoy alberga el Museo Glauco Lombardi, dedicado a la historia del ducado de Parma.
En la Piazza Garibaldi, la plaza principal de la ciudad, se encuentran el Palazzo del Governatore y el Palazzo del Municipio, dos edificios históricos que forman el corazón administrativo de Parma. Otro lugar muy agradable es el Parco Ducale, situado frente al Palazzo Ducale. Este gran parque histórico es perfecto para descansar después de una jornada de visitas, especialmente en los meses de primavera y verano.
La gastronomía de Parma
Parma es uno de los grandes centros gastronómicos de Italia. La región produce algunos de los alimentos más famosos del país, muchos de ellos con denominación de origen protegida. El producto estrella es el Parmigiano Reggiano, que se elabora desde hace más de ochocientos años siguiendo métodos tradicionales. Visitar una quesería es una de las experiencias más interesantes que se pueden hacer en los alrededores de la ciudad. En muchas fábricas es posible ver el proceso de elaboración y probar quesos de diferentes curaciones. Otro producto imprescindible es el prosciutto di Parma, un jamón curado suave y aromático que se produce en las colinas cercanas. Muchas explotaciones ofrecen visitas que incluyen degustaciones.
En Parma se da tanta importancia a sus productos gastronómicos que hasta les dedican museos. El del queso es el Parmigiano Reggiano Museum (entrada 5 euros, abre de Marzo a Diciembre), también tenemos el Museum of Prosciutto (la versión italiana de nuestro jamón), el del salami (conocido allí como salame), el del tomate, el del vino y el de la pasta. Pero si además de instruirte quieres darle un gusto al paladar, no olvides entonces probar los boletus de Borgotaro, consideradas unas de las setas más sabrosas del mundo, las trufas negras de Fragno y el salami, la spalla cotta di San Secondo.

Módena, la ciudad del vinagre balsámico y los motores legendarios
Módena es una de las ciudades más interesantes que ver en Emilia-Romaña y, sin embargo, sigue siendo bastante desconocida para muchos viajeros. Situada a medio camino entre Bolonia y Parma, es un destino perfecto para una excursión de un día, aunque también merece una estancia más larga si quieres disfrutar con calma de su gastronomía y su patrimonio histórico.
La ciudad está íntimamente ligada a dos símbolos muy distintos pero igualmente famosos: el vinagre balsámico tradicional y los coches deportivos de lujo. Aquí nacieron marcas legendarias como Ferrari y Maserati, y en sus alrededores se producen algunos de los productos gastronómicos más apreciados de Italia.
Pero más allá de la comida y los motores, Módena conserva un centro histórico elegante y tranquilo que permite descubrir una Italia más pausada y auténtica.

Piazza Grande y el corazón histórico
El mejor lugar para comenzar la visita es la Piazza Grande, el verdadero corazón monumental de la ciudad. Este conjunto urbano, formado por la plaza, la catedral y la torre campanario, está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y constituye uno de los mejores ejemplos de arquitectura románica del norte de Italia.
La Catedral de Módena (Duomo di Modena) es uno de los templos románicos más importantes de Europa. Construida en el siglo XII, destaca por su armoniosa fachada de piedra clara y por los relieves escultóricos que decoran sus portadas. En el interior se conservan importantes obras de arte y la tumba de San Geminiano, patrón de la ciudad. Junto a la catedral se alza la Torre Ghirlandina, símbolo de Módena y visible desde muchos puntos de la ciudad. Durante siglos fue utilizada como torre de vigilancia y campanario. Subir a lo alto permite disfrutar de una bonita panorámica del centro histórico y de las colinas cercanas.
En los alrededores de la plaza se encuentran también los Palazzi Comunali, un conjunto de edificios históricos que forman el Ayuntamiento. Algunas de sus salas pueden visitarse gratuitamente y permiten conocer mejor la historia de la ciudad. Muy cerca de la catedral se encuentra la Preda Ringadora, una gran piedra que en la Edad Media se utilizaba como tribuna para proclamar leyes o sentencias. En ocasiones también se empleaba para exhibir públicamente a los condenados, lo que muestra una faceta mucho menos amable de la vida medieval.
Calles y mercados tradicionales
Desde Piazza Grande parten varias calles comerciales llenas de vida. La más importante es la Via Emilia, antigua calzada romana que atraviesa la ciudad y que sigue siendo uno de los ejes principales del centro histórico. Aquí se concentran tiendas, cafeterías y pequeñas trattorias. Otra calle interesante es la Via Farini, que conduce hasta el imponente Palazzo Ducale, antiguo palacio de los duques de Este y actualmente sede de la Academia Militar. Aunque no siempre es posible visitar el interior, el edificio impresiona por su tamaño y su elegante fachada barroca.
Uno de los lugares más auténticos de Módena es el Mercado Albinelli, un mercado cubierto inaugurado en 1931 que sigue siendo el centro de la vida cotidiana de la ciudad. Aquí se pueden ver puestos de pasta fresca, quesos, embutidos y productos locales. El mercado recibe cada semana miles de visitantes y está considerado uno de los mejores lugares para descubrir la gastronomía local. Los sábados por la mañana es cuando tiene más ambiente. Además, el cuarto fin de semana de cada mes se celebra un animado mercadillo de antigüedades en Piazza Grande, una buena oportunidad para ver la ciudad con más ambiente.
Qué comer en Módena
Módena es famosa sobre todo por su vinagre balsámico tradicional, uno de los productos más exclusivos de Italia. A diferencia del vinagre balsámico industrial que se encuentra en los supermercados, el auténtico vinagre tradicional se envejece durante años en barricas de madera y puede alcanzar precios muy elevados. En algunas acetaie tradicionales se pueden realizar visitas guiadas para conocer el proceso de elaboración. Algunas botellas del mejor vinagre pueden costar varios cientos de euros pero incluso las versiones más sencillas tienen un sabor extraordinario.
Otro plato muy típico son los tortellini, que aquí se disputan con Bolonia el honor de haberlos inventado. Según la leyenda, un posadero quedó tan fascinado por la belleza de una dama a la que espiaba por el ojo de una cerradura que decidió reproducir su ombligo en forma de pasta. También merece la pena probar el zampone di Modena, un embutido elaborado con carne de cerdo que tradicionalmente se sirve con lentejas en la cena de Nochevieja. Es un plato muy contundente pero muy representativo de la cocina local. Otra especialidad interesante es el gnocco fritto, una masa frita ligera que se sirve caliente y suele acompañarse con embutidos y quesos. Es muy típico tomarlo como desayuno salado o aperitivo.
La tierra de Ferrari y Maserati
Los amantes del motor tienen en Módena uno de los destinos más importantes del mundo. En la ciudad se encuentra el Museo Casa Enzo Ferrari, dedicado al fundador de la famosa marca. El museo combina la casa natal de Enzo Ferrari con un moderno edificio expositivo donde se pueden ver algunos de los modelos más emblemáticos.
A pocos kilómetros se encuentra Maranello, sede histórica de Ferrari y lugar donde está el Museo Ferrari. Muchos viajeros combinan la visita a Módena con una excursión hasta allí.
También Maserati tiene su origen en esta ciudad, lo que refuerza la fama de Módena como capital de los motores deportivos italianos.
Ferrara, la perla renacentista que se recorre en bicicleta
Ferrara es una de las ciudades más elegantes y mejor conservadas de Emilia-Romaña. A pesar de su extraordinario patrimonio histórico, recibe muchos menos visitantes que destinos cercanos como Venecia o Florencia, lo que permite disfrutarla con mucha más tranquilidad. Su tamaño manejable y su ambiente relajado la convierten en una parada ideal dentro de cualquier ruta por la región.
Situada a menos de una hora de Bolonia, Ferrara es una ciudad perfecta para recorrer sin prisas. Además, es uno de los lugares más agradables de Italia para moverse en bicicleta. Sus amplias avenidas y sus murallas perfectamente conservadas hacen que pedalear sea una experiencia especialmente agradable. No es casualidad que Ferrara esté considerada una de las ciudades más ciclistas de Italia.
Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Ferrara conserva un extraordinario conjunto urbano renacentista que debe gran parte de su esplendor a la familia Este, que gobernó la ciudad durante más de tres siglos y la convirtió en uno de los centros culturales más importantes de Italia.
Las murallas y el primer contacto con la ciudad
Una de las mejores maneras de empezar a conocer Ferrara es recorriendo sus murallas medievales, que se extienden a lo largo de unos nueve kilómetros alrededor de la ciudad. Se trata de uno de los sistemas defensivos mejor conservados de Italia y ofrecen un paseo muy agradable entre árboles y zonas verdes.
Muchos visitantes optan por alquilar una bicicleta para recorrerlas. Es una forma perfecta de tomar contacto con la ciudad y comprender su estructura urbana antes de adentrarse en el centro histórico. La tradición ciclista es tan fuerte en Ferrara que verás bicicletas por todas partes. Es el medio de transporte habitual entre los habitantes locales y contribuye a crear un ambiente muy diferente al de otras ciudades italianas más congestionadas.
El Castillo Estense, símbolo de Ferrara
El monumento más emblemático de Ferrara es el Castillo Estense, una impresionante fortaleza rodeada de agua que se encuentra en pleno centro histórico. Fue construido en el siglo XIV por la familia Este y durante siglos fue la residencia de los duques que gobernaron la ciudad. Sus cuatro torres, unidas por gruesas murallas de ladrillo, reflejan perfectamente el poder que tuvo la familia Este durante el Renacimiento. El castillo combina elementos defensivos con espacios residenciales decorados con frescos y artesonados. En el interior pueden visitarse salas históricas, antiguas prisiones y apartamentos ducales. Desde las torres se obtienen buenas vistas de la ciudad.
El castillo está unido al Palazzo Municipale mediante un pasaje elevado conocido como la Via Coperta, que permitía a los duques desplazarse sin exponerse al exterior. El Palacio Municipal fue también residencia de la familia Este antes de la construcción del castillo y hoy alberga el Ayuntamiento.
La catedral y el centro medieval
Muy cerca del castillo se encuentra la Catedral de San Jorge, uno de los edificios religiosos más importantes de la ciudad. Su fachada combina elementos románicos y góticos y está ricamente decorada con esculturas medievales. En el interior se conserva un interesante museo catedralicio que permite conocer mejor la historia religiosa de Ferrara.
El centro histórico está formado por calles tranquilas y palacios renacentistas que reflejan el pasado aristocrático de la ciudad. A diferencia de muchas ciudades italianas, el casco antiguo de Ferrara no sigue el típico trazado romano, sino que fue diseñado durante el Renacimiento como una ciudad moderna para su época.

El barrio renacentista y los palacios de los Este
La expansión urbana promovida por los duques de Este dio lugar a uno de los primeros planes urbanísticos modernos de Europa. Esta zona, conocida como la Addizione Erculea, representa uno de los ejemplos más importantes de urbanismo renacentista. Aquí se encuentran algunos de los edificios más interesantes de la ciudad, como el Palazzo Schifanoia, cuyo nombre significa literalmente “escapar del aburrimiento”. Era un palacio de recreo de los duques y conserva frescos que representan escenas astrológicas y alegóricas.
Otro edificio destacado es el Palazzo Ludovico il Moro, que actualmente alberga el Museo Arqueológico Nacional. También merece la pena acercarse a iglesias como San Francesco, Santa Maria in Vado o Corpus Christi, donde está enterrada Lucrecia Borgia, una de las figuras más fascinantes del Renacimiento italiano.
Gastronomía ferrarense
Ferrara tiene una gastronomía muy característica que mezcla tradiciones rurales con influencias aristocráticas. Uno de los productos más típicos es la coppia ferrarese, un pan crujiente con forma retorcida muy fácil de reconocer. Suele acompañar embutidos y quesos locales. También es muy típica la torta tenerina, un dulce de chocolate húmedo y compacto que se ha convertido en uno de los postres más populares de la ciudad.
Otra especialidad sorprendente son las anguilas del delta del Po, un producto tradicional que se cocina de muchas formas distintas en la región. El cercano delta del río Po ha sido durante siglos una importante zona pesquera y las anguilas forman parte esencial de la cocina local.
Rávena, la ciudad de los mosaicos bizantinos
Rávena es una ciudad histórica del noreste de Italia, en la región de Emilia-Romaña, conocida sobre todo por sus extraordinarios mosaicos bizantinos. Aunque hoy tiene un ambiente tranquilo y algo provinciano, durante siglos fue una ciudad de enorme importancia política y cultural. Llegó a ser capital del Imperio romano de Occidente, más tarde centro del reino ostrogodo y después sede del poder bizantino en Italia. Ese pasado explica la extraordinaria riqueza artística que todavía conserva.
A diferencia de otras ciudades italianas más espectaculares a primera vista, Rávena no impresiona por grandes plazas monumentales ni por palacios renacentistas. Su atractivo está en el interior de sus iglesias, donde se esconden algunos de los mosaicos más antiguos y mejor conservados de Europa. Estas obras, realizadas entre los siglos V y VI, destacan por sus colores intensos, fondos dorados y figuras estilizadas que reflejan claramente la influencia del arte oriental.
Uno de los edificios más famosos es la Basílica de San Vital, una iglesia de planta octogonal cuyo interior está cubierto de mosaicos brillantes. Entre las escenas más conocidas aparecen las representaciones del emperador Justiniano y la emperatriz Teodora rodeados de su corte. Estas imágenes ofrecen un testimonio excepcional del poder bizantino en Occidente y muestran con gran detalle los vestidos, las joyas y las ceremonias de la época.

Muy cerca se encuentra el Mausoleo de Gala Placidia, un pequeño edificio de ladrillo cuyo aspecto exterior resulta sorprendentemente sencillo. Sin embargo, el interior está cubierto por mosaicos de tonos azules y dorados que crean una atmósfera casi mágica. El techo representa un cielo estrellado con una cruz central, una de las imágenes más célebres del arte paleocristiano.
Otro monumento importante es la Basílica de Sant’Apollinare Nuovo, donde una larga serie de mosaicos recorre las paredes laterales. Estas escenas representan procesiones de santos y santas que avanzan hacia Cristo y la Virgen. El conjunto destaca por su ritmo visual y por la sensación de solemnidad que transmite.
Además de sus iglesias, Rávena tiene un centro histórico agradable y fácil de recorrer. Las calles son bastante tranquilas y el ambiente resulta más relajado que en otras ciudades italianas muy turísticas. Hay plazas pequeñas, cafeterías y rincones que conservan un aire cotidiano que contrasta con la importancia histórica del lugar.
Rávena también está vinculada a la figura de Dante Alighieri, el autor de la Divina Comedia, que pasó aquí los últimos años de su vida. Su tumba se encuentra en un pequeño monumento cerca de la iglesia de San Francisco y es uno de los lugares más simbólicos de la ciudad. Muchos visitantes se acercan para rendir homenaje al poeta, que murió en Rávena en 1321.
Rimini, entre historia romana y playas del Adriático
Rimini es una ciudad costera del Adriático que combina el ambiente relajado de un destino de playa con un pasado histórico sorprendentemente antiguo. Situada en la región de Emilia-Romaña, ha sido durante más de dos mil años un importante punto de paso entre el norte y el centro de Italia. Hoy es conocida sobre todo por sus largas playas, pero su historia romana y medieval sigue muy presente en el centro histórico.
La ciudad fue fundada por los romanos en el siglo III a.C. con el nombre de Ariminum. Su posición estratégica, en el cruce de varias vías importantes, hizo que se convirtiera rápidamente en un centro comercial y militar relevante. De aquella época se conservan algunos monumentos muy bien preservados que todavía forman parte del paisaje urbano.
Uno de los más impresionantes es el Arco de Augusto, levantado en el año 27 a.C. para conmemorar la consolidación del poder del emperador Augusto. Esta antigua puerta monumental marcaba la entrada a la ciudad desde la Via Flaminia, la carretera que conectaba Roma con el norte de Italia. A pesar del paso de los siglos, el arco sigue en pie y conserva una presencia imponente que recuerda la importancia que tuvo Rimini en la Antigüedad.
Otro testimonio excepcional del pasado romano es el Puente de Tiberio, construido hace casi dos mil años sobre el río Marecchia. Sus sólidos arcos de piedra han resistido guerras y transformaciones urbanas, y el puente continúa utilizándose en la actualidad. Cruzarlo permite experimentar una sensación curiosa: caminar sobre una obra romana que sigue cumpliendo su función original.
El centro histórico de Rimini es compacto y bastante agradable para pasear. Las calles conservan un aire tranquilo que contrasta con la animación de la zona de playa. Alrededor de plazas como Piazza Tre Martiri o Piazza Cavour aparecen edificios antiguos, mercados y cafeterías donde se puede observar la vida cotidiana de la ciudad lejos del ambiente turístico del litoral.

Aunque Rimini es conocida hoy principalmente como destino vacacional, su tradición turística tiene más de un siglo. A finales del siglo XIX empezó a desarrollarse como lugar de veraneo, convirtiéndose en uno de los primeros centros de turismo de playa de Italia. La larga costa arenosa y el mar poco profundo favorecieron un modelo de turismo familiar que todavía define el carácter de la ciudad.
Las playas de Rimini se extienden durante kilómetros formando una franja continua de arena clara. A diferencia de otras zonas del litoral italiano con acantilados o calas pequeñas, aquí la costa es amplia y abierta. Esto ha permitido la creación de numerosos establecimientos de playa con sombrillas alineadas y servicios muy organizados. En verano la zona marítima tiene un ambiente animado, con restaurantes, heladerías y bares abiertos hasta tarde.
Más allá del mar y de los monumentos romanos, Rimini tiene también una dimensión cultural interesante. La ciudad es el lugar de nacimiento del director de cine Federico Fellini, una de las figuras más importantes del cine italiano. Muchos rincones de Rimini aparecen reflejados en sus películas y en su memoria personal, lo que ha contribuido a dar a la ciudad una cierta aura nostálgica.
Dozza, el pueblo de los murales
Dozza es un pequeño pueblo medieval de la región de Emilia-Romaña que destaca por un rasgo muy poco habitual: sus calles están decoradas con murales y pinturas que convierten el casco histórico en una especie de galería de arte al aire libre. Situado en una colina entre Bolonia e Imola, Dozza combina el ambiente tranquilo de los pueblos italianos con un carácter artístico muy original que lo distingue de otros destinos similares.
El pueblo conserva su estructura medieval casi intacta. Se accede a través de una antigua puerta que conduce a una calle principal empedrada que atraviesa el casco histórico en ligera subida hasta el castillo. A ambos lados aparecen casas antiguas con balcones de hierro forjado, contraventanas de colores y pequeños detalles arquitectónicos que recuerdan su pasado. Sin embargo, lo que realmente llama la atención son las pinturas que cubren muchas de las fachadas.
Estos murales no son simples decoraciones improvisadas. Desde la década de 1960, Dozza organiza periódicamente una bienal de pintura mural en la que artistas contemporáneos son invitados a decorar las paredes del pueblo. Gracias a esta iniciativa, las calles han ido transformándose poco a poco en un museo permanente donde conviven estilos muy distintos: desde composiciones abstractas hasta escenas figurativas o ilusiones ópticas que juegan con la perspectiva.

Pasear por Dozza se convierte así en una experiencia diferente, porque cada rincón puede esconder una obra inesperada. Algunas pinturas ocupan grandes superficies, mientras que otras aparecen en espacios pequeños como marcos de puertas o rincones entre ventanas. El contraste entre las construcciones medievales y el arte contemporáneo crea un ambiente muy especial.
En lo alto del pueblo se encuentra la Rocca Sforzesca, una fortaleza que domina el paisaje circundante. Este castillo, bien conservado, permite hacerse una idea bastante clara de cómo eran las residencias fortificadas de la nobleza local. En el interior se pueden ver salas amuebladas, cocinas antiguas y algunas dependencias que muestran la vida cotidiana en siglos pasados. Desde las murallas se obtiene una buena vista de las colinas cultivadas que rodean Dozza.
Otro detalle curioso es que en los sótanos del castillo se encuentra una enoteca regional, donde se almacenan y venden vinos de Emilia-Romaña. Las galerías subterráneas ofrecen condiciones ideales para conservar el vino y permiten descubrir variedades locales menos conocidas. Es un lugar interesante para quien quiera probar productos de la zona sin salir del pueblo.
Brisighella, uno de los pueblos más bonitos de Emilia-Romaña
Brisighella es uno de los pueblos medievales más bonitos y mejor conservados de la región italiana de Emilia-Romaña. Situado entre colinas suaves cubiertas de viñedos y olivares, este pequeño municipio conserva un aire tranquilo y auténtico que contrasta con las ciudades cercanas como Bolonia o Rávena. A primera vista parece un lugar detenido en el tiempo, con calles empedradas, casas de colores cálidos y un paisaje dominado por tres colinas rocosas que definen su silueta.
El casco histórico de Brisighella es compacto y muy agradable para recorrer a pie. Uno de sus rincones más característicos es la Via degli Asini, una antigua calle elevada y cubierta que en la Edad Media servía para proteger el tránsito de mercancías transportadas por burros. Esta galería con arcos irregulares y ventanas abiertas hacia el valle crea un ambiente muy evocador. Caminar por allí permite imaginar cómo era la vida comercial del pueblo cuando Brisighella era un pequeño centro de intercambio agrícola.
Sobre el pueblo destacan tres construcciones que se levantan en lo alto de crestas rocosas estrechas y escarpadas. Estas tres elevaciones forman la imagen más conocida de Brisighella. La primera es la Rocca Manfrediana, una fortaleza de origen medieval que fue ampliada durante el Renacimiento. Desde sus murallas se obtiene una vista magnífica del casco antiguo y de las colinas que lo rodean. En el interior suele haber exposiciones relacionadas con la historia local y con la vida militar de la región.

En otra de las colinas se alza la Torre del Reloj, que ha sido reconstruida varias veces a lo largo de los siglos tras sufrir daños por guerras y terremotos. El camino hasta la torre atraviesa un paisaje agradable y ofrece miradores naturales desde donde se ve el entramado de tejados rojizos del pueblo. La subida no es muy larga, pero sí suficiente para apreciar la tranquilidad del entorno.
La tercera colina está ocupada por el Santuario de Monticino, una iglesia situada en un lugar muy panorámico. Este pequeño santuario se construyó en el siglo XVIII y sigue siendo un lugar importante para las celebraciones religiosas locales. La combinación de arquitectura sencilla y paisaje abierto crea una atmósfera muy serena, especialmente al atardecer.
Más allá de sus monumentos, parte del encanto de Brisighella está en su ritmo pausado. No es un destino de grandes atracciones ni de visitas apresuradas. Aquí el atractivo consiste en perderse por callejuelas estrechas, observar las fachadas antiguas y sentarse en una plaza tranquila. El pueblo conserva un carácter muy local, con pocos negocios orientados exclusivamente al turismo, lo que contribuye a que la experiencia resulte auténtica.
La gastronomía también forma parte importante de la identidad del lugar. Brisighella es conocida por su aceite de oliva, que tiene denominación de origen protegida y se produce en los olivares que rodean el municipio. El terreno ondulado y el clima relativamente suave permiten cultivar variedades que dan un aceite suave y aromático. En muchos restaurantes del pueblo se puede probar acompañado de pan recién hecho o formando parte de platos tradicionales de la región. Otro producto típico es el vino, especialmente las variedades que se cultivan en las colinas cercanas. Las pequeñas bodegas familiares producen vinos sencillos pero muy ligados al territorio, y no es raro encontrar establecimientos donde ofrecen degustaciones informales.
Llegar a Brisighella es relativamente sencillo. El pueblo está bien conectado por carretera con ciudades cercanas como Faenza o Rávena, y también cuenta con estación de tren en la línea regional. Esto permite visitarlo en una excursión de un día, aunque muchos viajeros prefieren quedarse una noche para disfrutar del ambiente cuando desaparecen los visitantes.
Comacchio, la pequeña Venecia del delta del Po
Comacchio es una pequeña ciudad situada en el delta del río Po, en la región italiana de Emilia-Romaña. A primera vista sorprende por sus canales, puentes y casas bajas de colores suaves, que le han valido el sobrenombre de “la pequeña Venecia”. Sin embargo, a diferencia de destinos más conocidos, Comacchio conserva un ambiente tranquilo y muy local que permite recorrerla sin prisas y con la sensación de estar descubriendo un lugar poco masificado.
La ciudad se desarrolló en una zona de lagunas y marismas donde el agua ha sido siempre protagonista. Durante siglos, Comacchio estuvo formada por pequeñas islas conectadas por puentes, y su vida económica dependía de la pesca y de la explotación de las salinas cercanas. Esa relación constante con el agua explica la presencia de canales que atraviesan el casco histórico y que todavía hoy marcan el ritmo de la ciudad.
El símbolo más conocido de Comacchio es el Trepponti, un curioso puente de ladrillo construido en el siglo XVII. En realidad no se trata de un único puente, sino de una estructura formada por varias escalinatas que se cruzan sobre el canal. Desde lo alto se obtiene una vista muy bonita de los tejados y de las casas que bordean el agua. Es el lugar más fotografiado de la ciudad y también el mejor punto para comprender su estructura urbana.

El casco antiguo es pequeño y fácil de recorrer caminando. Las calles son estrechas y aparecen interrumpidas con frecuencia por canales tranquilos donde el agua apenas se mueve. A lo largo del recorrido aparecen fachadas sencillas, ventanas con contraventanas de colores y pequeños embarcaderos que recuerdan el pasado marinero del lugar. El ambiente es relajado y bastante silencioso, sobre todo fuera de los meses de verano.
Uno de los aspectos más interesantes de Comacchio es su tradición pesquera, especialmente relacionada con la anguila, que durante siglos fue uno de los productos más importantes de la zona. En las lagunas del delta del Po abundaban estos peces, y su captura y conservación formaban parte esencial de la economía local. Todavía hoy existe una antigua fábrica donde se elaboraban anguilas marinadas según métodos tradicionales, convertida actualmente en museo.
El entorno natural es otro de los grandes atractivos de la zona. Comacchio se encuentra dentro del Parque Regional del Delta del Po, un espacio de marismas, canales naturales y humedales donde viven numerosas especies de aves. Es un lugar muy apreciado por quienes disfrutan de la naturaleza tranquila y de los paisajes abiertos. En algunas áreas se pueden ver flamencos y otras aves acuáticas, especialmente al amanecer o al atardecer.
Cómo organizar una ruta por Emilia-Romaña
Una buena forma de recorrer Emilia-Romaña es establecer Bolonia como base y desde allí hacer excursiones a las ciudades cercanas. Muchas de ellas están muy bien conectadas por tren y las distancias son cortas.
Si dispones de varios días, alquilar un coche permite llegar también a pueblos pequeños y zonas rurales donde el transporte público es más limitado.
Un itinerario clásico podría ser:
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Día 1: Bolonia
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Día 2: Parma y Módena
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Día 3: Ferrara o Rávena
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Día 4: Rimini o Delta del Po
La región también es muy interesante desde el punto de vista gastronómico, por lo que merece la pena tomarse el viaje con calma y dedicar tiempo a disfrutar de la comida local.
Cuántos días dedicar a Emilia-Romaña
Una de las grandes ventajas de Emilia-Romaña es que se trata de una región relativamente compacta, lo que permite visitar varios destinos sin necesidad de recorrer largas distancias. Las principales ciudades están bien comunicadas entre sí y pueden combinarse fácilmente en un mismo viaje.
Para una primera toma de contacto, lo ideal es dedicar entre cuatro y seis días, lo que permite conocer Bolonia con calma y visitar algunas de las ciudades más interesantes como Parma, Módena, Ferrara o Rávena.
Si dispones de menos tiempo, incluso una escapada de dos o tres días puede ser suficiente para descubrir Bolonia y hacer alguna excursión cercana.
Quienes dispongan de una semana completa podrán añadir lugares menos conocidos como Comacchio, el Delta del Po o algunos pueblos medievales del interior, que ofrecen una visión más tranquila y auténtica de la región.
Emilia-Romaña también se presta muy bien a viajes pausados. Es una región ideal para quienes prefieren recorrer pocos lugares pero disfrutarlos a fondo, combinando visitas culturales con experiencias gastronómicas.
Cuál es la mejor época para viajar a Emilia-Romaña
Emilia-Romaña puede visitarse durante todo el año, aunque algunas estaciones resultan especialmente agradables.
La primavera y el otoño son probablemente los mejores momentos para viajar. Las temperaturas suelen ser suaves y permiten recorrer las ciudades cómodamente sin el calor intenso del verano. Además, hay menos turistas que en los meses estivales.
El verano es una buena época si quieres combinar el viaje con algunos días en la costa del Adriático. Ciudades como Rimini tienen mucho ambiente durante estos meses, aunque en el interior el calor puede ser bastante intenso.
El invierno suele ser frío y con nieblas frecuentes, especialmente en la llanura del Po. Sin embargo, las ciudades tienen un ambiente muy auténtico y los precios suelen ser más bajos. Es también una buena época para disfrutar de la gastronomía regional, especialmente platos calientes como tortellini en caldo o ragú.
En general, Emilia-Romaña es menos turística que otras regiones italianas, por lo que rara vez se encuentra saturada fuera de fechas muy concretas.
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