Pompeya: la ciudad que devoró el Vesubio

Casa Vetii pompeya

Con­tenido de este artícu­lo

Pompeya: la ciudad que devoró el Vesubio

Pom­peya, la leg­en­daria ciu­dad del sur de Italia que desa­pare­ció bajo la furia del vol­cán Vesubio, es uno de los sitios arque­ológi­cos más fasci­nantes del mun­do. De hecho, cuan­do estu­vi­mos vis­itán­dola, no podíamos creer lo enorme que es. Estu­vi­mos un día entero recor­rién­dola sin des­can­so y aún así, nos fuimos con la sen­sación de lo mucho que nos qued­a­ba por ver. Hace más de dos mil años Pom­peya fue destru­i­da y sepul­ta­da bajo una capa de ceniza, piedra pómez y otros mate­ri­ales vol­cáni­cos emi­ti­dos por la vio­len­ta erup­ción del monte Vesubio. Lo que ocur­rió después fue un mila­gro para la arque­ología: Pom­peya quedó con­ser­va­da casi intac­ta, preser­van­do las huel­las de la vida cotid­i­ana romana durante dos mile­nios. Esta cáp­su­la del tiem­po nos ofrece un vis­ta­zo úni­co a una civ­i­lización úni­ca y nos per­mite cam­i­nar por las mis­mas calles que una vez recor­rieron los pom­peyanos, admi­rar sus vivien­das, tem­p­los y com­er­cios y des­cubrir cómo era real­mente la vida en una próspera ciu­dad de la antigua Roma.

El modo de vida en Pompeya

Pom­peya, al igual que muchas otras ciu­dades romanas, tenía una sociedad jer­ar­quiza­da. Los habi­tantes de la ciu­dad se dividían en clases sociales clara­mente definidas, des­de los patri­cios adin­er­a­dos has­ta los esclavos que tra­ba­ja­ban para ellos. La may­oría de la población esta­ba for­ma­da por ciu­dadanos libres pero tam­bién había un gran número de esclavos, espe­cial­mente en las áreas ded­i­cadas a la agri­cul­tura, el com­er­cio y los ser­vi­cios.

Los patri­cios eran los dueños de las grandes vil­las y las tier­ras. Y tam­bién los que ocu­pa­ban los car­gos de poder en la admin­is­tración local, claro. Vivían en vivien­das lujosas, dec­o­radas con fres­cos y mosaicos, y podían per­mi­tirse con­tratar esclavos para las tar­eas domés­ti­cas y el tra­ba­jo en sus propiedades. Solían finan­ciar obras públi­cas para ganar pop­u­lar­i­dad. Luego esta­ban los com­er­ciantes y los arte­sanos. Gente aco­moda­da que pros­per­a­ba con el com­er­cio de vino, aceite de oli­va y pro­duc­tos de lujo. A menudo tenían tien­das en la plan­ta baja de sus casas. Los ple­be­yos: campesinos, obreros y pequeños vende­dores que llev­a­ban una vida más mod­es­ta y hab­it­a­ban vivien­das más humildes, aunque muchas de estas casas tenían un dis­eño sim­i­lar al de los patri­cios, con un atri­um o patio cen­tral, alrede­dor del cual se orga­ni­z­a­ban las habita­ciones. Y en el escalafón más bajo, los esclavos, una parte esen­cial de la economía pom­peyana. Tra­ba­ja­ban en hog­a­res, nego­cios y el cam­po. Algunos podían com­prar su lib­er­tad y con­ver­tirse en lib­er­tos.

 

Pasear por Pompeya

Cam­i­nar por Pom­peya supone el más osa­do de los desafíos para los tobil­los del paseante. No sólo las irreg­u­lar­i­dades de la calza­da, con piedras que sobre­salen aquí y allá, pon­drán a prue­ba tus andares (insis­to, insis­to e insis­to en que traigas calza­do cómo­do, si son zap­atil­las de trekking, mejor). A esto le sumamos el dis­eño de estas calles, que sue­len ten­er unos cua­tro met­ros de anchu­ra, con aceras que se lev­an­tan las más de las oca­siones a un metro de altura. ¿Y esto por qué? Pues porque si aho­ra es una odis­ea cam­i­nar por Pom­peya, imagí­nate antaño, cuan­do estas calles esta­ban comi­das por la basura.

Primero esta­ban los excre­men­tos deja­dos por cabal­los, bur­ros, bueyes y cualquier ani­mal que pasara por aquí, en una época en que eran el prin­ci­pal trac­tor de car­ga: se cal­cu­la que a una media de diez kilos diar­ios por cabeza. Pero es que no eran sólo los ani­males los que venían a defe­car a las car­reteras, tam­bién bue­na parte de los pom­peyanos. Y es que a excep­ción de las grandes man­siones, que con­ta­ban con cuar­tos de baño pri­va­dos, la may­oría de la gente mal­vivía en una sola habitación, con poca ven­ti­lación y condi­ciones higiéni­cas deplorables, por lo que no les qued­a­ba más reme­dio que hac­er sus necesi­dades al aire libre: se han encon­tra­do pin­tadas en las pare­des con leyen­das que decían “¡cagón!¡aguántate las ganas has­ta que hayas pasa­do de aquí!”. Puedes encon­trar más curiosi­dades de la vida en la antigua roma en nue­stro artícu­lo ¡Están locos estos romanos!: las cos­tum­bres que el impe­rio nos dejó en heren­cia.

Teng­amos en cuen­ta que los romanos esta­ban muy avan­za­dos en muchos aspec­tos pero no se les ocur­rió algo tan bási­co como dotar a Pom­peya de un ser­vi­cio de recogi­da de basur­as. Que habría venido estu­pen­da­mente. Aunque a su favor debe­mos decir que recien­te­mente se han encon­tra­do los restos de lo que pudiera ser un vert­edero a las afueras de la ciu­dad y se cree que muchos ciu­dadanos iban allí a bus­car yeso, cerámi­ca y cualquier mate­r­i­al con el que pudier­an con­tribuir a la con­struc­ción de sus vivien­das. Pero lo que es un equipo de limpieza en condi­ciones, con bar­ren­deros, car­ros y escobas sufra­ga­dos por el gob­ier­no, no, no había.

Tan­ta suciedad acu­mu­la­da (sí, Pom­peya era una ciu­dad muy sucia por muy boni­ta que nos la quier­an pin­tar aho­ra y lo del “¡agua va!” des­de las ven­tanas era algo común) obligó a insta­lar estos curiosos pasos de cebra, unos prim­i­tivos puente­cil­los a base de rocas enormes que per­mitían a los peatones cruzar de un lado a otro sin meter la pier­na has­ta la rodil­la en el fan­go. Tam­bién eran muy útiles en días de llu­via; en Pom­peya llovía mucho y estas calzadas, cuyo desniv­el lle­ga­ba a alcan­zar en algunos pun­tos más del 30% (la ciu­dad es un chorreo con­tin­uo de cues­tas), se veían inun­dadas por tor­rentes de agua. Y no sólo cuan­do llovía: el agua cam­pa­ba a sus anchas, ver­ti­da por las fuentes públi­cas, las ter­mas y los desagües de las casas. La ven­ta­ja era que al menos estas riadas a su paso se llev­a­ban con ellos toneladas de basura, lo que era de agrade­cer.

Pompeya

Estos prim­i­tivos pasos de cebra deja­ban un espa­cio sufi­ciente entre roca y roca para que pudier­an pasar car­ros y ani­males, así como las per­sonas que los con­ducían. En aque­l­la época, pese a no exi­s­tir coches ni semá­foros (pero sí señales), los “atas­cos de trá­fi­co” eran una con­stante. Las cenizas han preser­va­do las rodadas en las avenidas, alertán­donos de cuáles eran las más tran­si­tadas. Y eran tan cívi­cos como para estable­cer horar­ios para el trans­porte de mer­cancías, que solía hac­erse de noche para evi­tar las horas de más bul­li­cio pero oblig­a­ban a muchos a pon­erse tapones para con­cil­iar el sueño. De hecho, si os fijáis bien, com­pro­baréis que en bue­na parte de las calzadas aún se con­ser­van unas pequeñas tese­las blan­cas que bril­l­a­ban en la oscuri­dad y que servían para indicar por donde iba la car­retera en la oscuri­dad. Bien lis­tos eran los romanos.

 

El foro de Pompeya: el corazón de la ciudad antigua

El foro de Pom­peya era el cen­tro neurál­gi­co de la ciu­dad, donde se desar­rol­la­ban las prin­ci­pales activi­dades políti­cas, económi­cas, reli­giosas y sociales. Se tra­ta de una gran plaza rodea­da de tem­p­los, edi­fi­cios admin­is­tra­tivos y mer­ca­dos que refle­ja­ban la orga­ni­zación de una ciu­dad romana en su máx­i­mo esplen­dor. Este espa­cio, que hoy vemos en ruinas, fue tes­ti­go del auge y la trage­dia de Pom­peya. En su momen­to, estu­vo dec­o­ra­do con colum­nas, estat­uas de per­son­ajes ilus­tres y mon­u­men­tos que mostra­ban el poder de Roma en esta próspera urbe.

El foro se encuen­tra en la zona suroeste de la ciu­dad y esta­ba pavi­men­ta­do con grandes losas de piedra cal­iza. Su dis­eño seguía el típi­co esque­ma romano: una gran plaza rec­tan­gu­lar (38 met­ros de ancho por 157 met­ros de largo), rodea­da por una colum­na­ta (peri­s­ti­lo) que delim­ita­ba el área peaton­al. Alrede­dor, tem­p­los, edi­fi­cios admin­is­tra­tivos y mer­ca­dos.

El Foro no solo era un lugar de reunión sino tam­bién un sím­bo­lo de poder y orden. Aquí se real­iz­a­ban los dis­cur­sos políti­cos, se admin­is­tra­ba jus­ti­cia, se hacían transac­ciones com­er­ciales y se cel­e­bra­ban fes­tivi­dades reli­giosas. Era el lugar de encuen­tro de los ciu­dadanos para con­ver­sar, hac­er nego­cios o sim­ple­mente cotil­lear. Tam­bién se cel­e­bra­ban even­tos públi­cos, como dis­cur­sos, juicios y fes­te­jos. Los oradores sub­ían a platafor­mas para dar dis­cur­sos y cap­tar la aten­ción del pueblo. Los muros y tablones del foro esta­ban llenos de inscrip­ciones y grafi­tis con noti­cias, anun­cios de even­tos, men­sajes políti­cos y has­ta chismes de la ciu­dad. Se han encon­tra­do inscrip­ciones en los muros pro­movien­do can­didatos a elec­ciones. Era el Twit­ter de la época.

Pompeya

Edificios principales 

El templo de Júpiter

Ubi­ca­do en el extremo norte del Foro, era el tem­p­lo más impor­tante de Pom­peya y esta­ba ded­i­ca­do a Júpiter, el dios supre­mo del pan­teón romano. Tam­bién tenía espa­cio para rendir cul­to a Juno y Min­er­va, for­man­do la tría­da capi­toli­na, común en muchas ciu­dades romanas. Tenía un podio ele­va­do y una gran escali­na­ta y alber­ga­ba una gran estat­ua de Júpiter, de la cual solo se con­ser­van frag­men­tos. Fue daña­do por el ter­re­mo­to del año 62 d.C. y no había sido com­ple­ta­mente restau­ra­do cuan­do ocur­rió la erup­ción del Vesubio en el 79 d.C.

La basílica de Pompeya

La Basil­i­ca de Pom­peya fue con­stru­i­da alrede­dor del 120 a.C., y se man­tu­vo en uso has­ta la erup­ción del Vesubio en el 79 d.C. El edi­fi­cio tiene un dis­eño de plan­ta rec­tan­gu­lar y cuen­ta con una gran nave cen­tral flan­quea­da por colum­nas. El sue­lo de la basíli­ca esta­ba dec­o­ra­do con mosaicos y piedras dec­o­ra­ti­vas, lo que refle­ja­ba la riqueza y el poder de la ciu­dad. Al final de la nave cen­tral se encuen­tra un ábside semi­cir­cu­lar, que era el lugar donde se real­iz­a­ban las activi­dades jurídi­cas y judi­ciales. Los jue­ces o mag­istra­dos se senta­ban en este espa­cio durante los pro­ced­imien­tos judi­ciales.

Basilica Pompeya

Al igual que otras basíli­cas romanas, la basíli­ca de Pom­peya tenía diver­sos usos cívi­cos, judi­ciales y com­er­ciales. Era uno de los cen­tros prin­ci­pales para el ejer­ci­cio de la jus­ti­cia. Las dis­putas legales, como los juicios civiles y crim­i­nales, se resolvían den­tro de sus muros. 

Durante la época romana, las basíli­cas tam­bién fun­ciona­ban como mer­ca­dos o pun­tos de encuen­tro para el com­er­cio. Los ciu­dadanos de Pom­peya acud­ían a este edi­fi­cio para cer­rar nego­cios, nego­ciar pre­cios y dis­cu­tir tér­mi­nos com­er­ciales. Además de ser el lugar para la res­olu­ción de dis­putas, la basíli­ca tam­bién se uti­liz­a­ba para reuniones públi­cas de carác­ter políti­co o social. En este espa­cio, los ciu­dadanos se reunían para tratar temas de interés común y tomar deci­siones impor­tantes para la ciu­dad. Por últi­mo, era tam­bién un cen­tro de admin­is­tración públi­ca. Aquí se llev­a­ban a cabo las activi­dades de los mag­istra­dos locales, así como algu­nas de las fun­ciones de la alta admin­is­tración.

Una curiosi­dad intere­sante es que la basil­i­ca de Pom­peya sirvió tan­to como cen­tro judi­cial como com­er­cial. En muchos otros lugares de Roma, los mer­ca­dos y los tri­bunales esta­ban sep­a­ra­dos, pero en Pom­peya, el edi­fi­cio cumplía ambas fun­ciones, lo que demues­tra la flex­i­bil­i­dad de la arqui­tec­tura romana.

Tras la erup­ción del Vesubio, la basíli­ca fue enter­ra­da bajo las cenizas y se pre­servó en un esta­do excep­cional. Sin embar­go, muchas de las dec­o­ra­ciones, como los mosaicos, fueron dañadas por las tem­per­at­uras extremas. En la actu­al­i­dad, ha sido restau­ra­da para preser­var su estruc­tura orig­i­nal y es uno de los edi­fi­cios mejor con­ser­va­dos de la ciu­dad. 

El Macellum (mercado de alimentos)

El Macel­lum de Pom­peya es uno de los lugares mejor con­ser­va­dos de la ciu­dad antigua. Se tra­ta de un mer­ca­do en el que los pom­peyanos com­pra­ban ali­men­tos fres­cos, espe­cial­mente carnes, pesca­dos, fru­tas y otros pro­duc­tos cotid­i­anos. En un con­tex­to urbano tan vibrante como Pom­peya, el macel­lum era un cen­tro clave para el com­er­cio y la inter­ac­ción social, jugan­do un papel fun­da­men­tal en la vida diaria de los pom­peyanos.

Pompeya

Es un edi­fi­cio rec­tan­gu­lar, dis­eña­do de man­era que per­mi­tiera la cir­cu­lación flu­i­da de com­pradores y vende­dores. Es un mer­ca­do cubier­to, lo que sig­nifi­ca­ba que esta­ba pro­te­gi­do de las inclemen­cias del tiem­po, lo que era esen­cial para la con­ser­vación de los pro­duc­tos que se vendían. Esta­ba ubi­ca­do en el noroeste de Pom­peya, cer­ca de la Vía Abun­dante, una de las prin­ci­pales arte­rias com­er­ciales de la ciu­dad.

La estruc­tura del macel­lum se car­ac­ter­i­z­a­ba por varias colum­nas que rode­a­ban el espa­cio cen­tral y por una serie de naves o pasil­los lat­erales donde se dis­tribuían los puestos de ven­ta. En el cen­tro de la edi­fi­cación se encon­tra­ba una fuente cir­cu­lar que servía no solo como un ele­men­to dec­o­ra­ti­vo sino tam­bién como una fuente de agua para los com­er­ciantes y com­pradores.

El Macel­lum era esen­cial­mente un mer­ca­do de ali­men­tos fres­cos, aunque tam­bién se podían encon­trar otros pro­duc­tos como espe­cias, aceites, per­fumes y artícu­los de lujo. Los prin­ci­pales pro­duc­tos ven­di­dos en este mer­ca­do eran carnes (aunque no se sabe con certeza qué tipos de carne esta­ban disponibles, se cree que había carne de cer­do, cordero, vaca y aves), pesca­do y mariscos (sar­di­nas y atunes, además de mariscos, lo que indi­ca la conex­ión de Pom­peya con el com­er­cio marítimo).También se vendían fru­tas y ver­duras; la dieta romana esta­ba muy cen­tra­da en pro­duc­tos fres­cos y la pres­en­cia de estos en el mer­ca­do era esen­cial para el bien­es­tar de la población.

Curiosi­dades

La fuente cen­tral: Una de las car­ac­terís­ti­cas más desta­cadas del Macel­lum es su fuente cen­tral. Aunque a primera vista podría pare­cer un ele­men­to dec­o­ra­ti­vo, su fun­ción era tam­bién prác­ti­ca. La fuente pro­por­ciona­ba agua para los vende­dores y com­pradores y posi­ble­mente tam­bién servía para man­ten­er fres­cos los pro­duc­tos pere­cederos como la carne y el pesca­do.

Los fres­cos: En las pare­des del Macel­lum se pueden obser­var fres­cos que rep­re­sen­tan esce­nas rela­cionadas con el com­er­cio de ali­men­tos. Estos fres­cos mues­tran tan­to pro­duc­tos como esce­nas de la vida cotid­i­ana de los vende­dores y com­pradores. En algu­nas de las pin­turas se pueden ver fig­uras de dios­es romanos, lo que podría indicar la impor­tan­cia reli­giosa del acto de com­er y com­er­ciar.

El com­er­cio inter­na­cional: Aunque Pom­peya era una ciu­dad bas­tante autóno­ma en tér­mi­nos de com­er­cio, el macel­lum era tam­bién un lugar donde se inter­cam­bi­a­ban pro­duc­tos de diver­sas regiones del impe­rio romano. Al ser un cen­tro de inter­cam­bio y ven­ta de pro­duc­tos, es prob­a­ble que algunos artícu­los lle­garan a Pom­peya des­de lugares lejanos, como Egip­to, África del Norte e inclu­so Asia Menor.

Muchos de los obje­tos que se encon­tra­ban en el mer­ca­do, como vasi­jas de ter­ra­co­ta y her­ramien­tas de tra­ba­jo, fueron hal­la­dos en las excava­ciones, brin­dan­do infor­ma­ción valiosa sobre las cos­tum­bres de los vende­dores y los pro­duc­tos de la época.

El Macel­lum no solo era un mer­ca­do donde se inter­cam­bi­a­ban bienes sino que tam­bién era un lugar de inter­ac­ción social. En la antigua Roma, los mer­ca­dos eran lugares donde se for­ja­ban conex­iones sociales y redes com­er­ciales y el Macel­lum de Pom­peya no era la excep­ción. Era habit­u­al que los com­er­ciantes y com­pradores com­partier­an chismes, noti­cias y se inter­cam­biaran favores, por lo que este lugar no solo era un cen­tro económi­co sino tam­bién un lugar de encuen­tro y con­viven­cia.

Además, el macel­lum podía servir como un recorda­to­rio de la impor­tan­cia de la ali­mentación y del com­er­cio en la vida romana. Las difer­entes mer­cancías ven­di­das allí refle­ja­ban la diver­si­dad y el poder del Impe­rio Romano, pues en Pom­peya se podían encon­trar pro­duc­tos locales pero tam­bién artícu­los traí­dos des­de otras partes del impe­rio.

El templo de Apolo

Uno de los tem­p­los más antigu­os de Pom­peya, ded­i­ca­do a Apo­lo, dios del sol, la músi­ca y la pro­fecía. Su ori­gen es osco, ante­ri­or a la influ­en­cia romana y esta­ba dec­o­ra­do con estat­uas de Apo­lo y Diana. Tenía un altar donde se real­iz­a­ban sac­ri­fi­cios.

El Santuario de los Lares Públicos

Un pequeño tem­p­lo ded­i­ca­do a los lares, los espíri­tus pro­tec­tores de la ciu­dad. Fue con­stru­i­do después del ter­re­mo­to del año 62. Rep­re­sen­ta la impor­tan­cia de la religión en la vida cotid­i­ana de los pom­peyanos.

El edificio de Eumachia

Era una sede com­er­cial y gremi­al, con­stru­i­da por Eumachia, una influyente sac­er­do­ti­sa y empre­saria de Pom­peya. Se cree que era la sede de los ful­lones, los arte­sanos que tra­ba­ja­ban con telas. Tenía un dis­eño mon­u­men­tal, con már­mol y grandes colum­nas. Fue uno de los edi­fi­cios más lujosos del Foro.

Curiosidades

Sin car­ros ni cabal­los – A difer­en­cia de otras partes de la ciu­dad, en el foro esta­ba pro­hibido el trá­fi­co de car­ros y cabal­los para per­mi­tir el trán­si­to peaton­al.

Colum­nas rotas por la erup­ción – Las excava­ciones han rev­e­la­do colum­nas caí­das y frag­men­tos de estat­uas, tes­ti­gos de la destruc­ción cau­sa­da por el Vesubio.

Se encon­traron tablil­las de cera – En el foro se hal­laron tablil­las con inscrip­ciones de con­tratos y doc­u­men­tos legales, lo que demues­tra que aquí se firma­ban acuer­dos com­er­ciales y jurídi­cos.

Inscrip­ciones de grafit­tis políti­cos – En las pare­des cer­canas al foro hay men­sajes elec­torales y pro­pa­gandís­ti­cos escritos por los ciu­dadanos, sim­i­lares a los carte­les políti­cos actuales.

El ter­re­mo­to del 62 d.C. dañó el Foro – Varias estruc­turas aún esta­ban en pro­ce­so de recon­struc­ción cuan­do la erup­ción del 79 d.C. sepultó la ciu­dad, por lo que algu­nas ruinas mues­tran doble daño.

Pompeya

La Estat­ua del Cen­tau­ro es una escul­tura de bronce y piedra, crea­da por el artista pola­co Igor Mitoraj e insta­l­a­da en el Foro de Pom­peya en 2013. Rep­re­sen­ta un cen­tau­ro, la míti­ca criatu­ra mitad hom­bre y mitad cabal­lo de la mitología grie­ga y romana, que en este caso se alza con una pos­tu­ra impo­nente y solemne, evo­can­do tan­to la fuerza como la trage­dia.

La estat­ua se encuen­tra en una posi­ción ele­va­da, sobre una base de piedra con inscrip­ciones lati­nas y frag­men­tos arqui­tec­tóni­cos que refuerzan su conex­ión con el pasa­do de Pom­peya. Su cuer­po está mar­ca­do por un esti­lo frac­tura­do, car­ac­terís­ti­co del tra­ba­jo de Mitoraj, lo que le otor­ga una apari­en­cia de estat­ua incom­ple­ta, como si fuera un ves­ti­gio antiguo.

Granero del Foro

El Granai del Foro (o Mag­a­zz­i­ni del Foro) es un edi­fi­cio en Pom­peya que se encuen­tra en el foro, el cen­tro com­er­cial, políti­co y reli­gioso de la ciu­dad. Su nom­bre, que sig­nifi­ca lit­eral­mente “granero”, se debe a la fun­ción que desem­peña­ba este edi­fi­cio: alma­ce­nar y dis­tribuir gra­no y otros pro­duc­tos agrí­co­las, espe­cial­mente en tiem­pos de escasez o para ser uti­liza­dos en activi­dades públi­cas, como en cel­e­bra­ciones o para la dis­tribu­ción gra­tui­ta de ali­men­tos. En la antigua Roma, las ciu­dades como Pom­peya dependían en gran medi­da de estos almacenes públi­cos para ase­gu­rar la esta­bil­i­dad ali­men­ta­ria de la población.

Pompeya Vesubio

Curiosi­dades

  • En las excava­ciones, se han encon­tra­do inscrip­ciones y mar­cas en los muros del Granai, que daban cuen­ta de la can­ti­dad y tipo de gra­no alma­ce­na­do.
  • Tam­bién se encon­traron restos de cereales en algunos de los almacenes, lo que con­fir­ma la fun­ción ali­men­ta­ria del edi­fi­cio.
  • Aunque el Granai del Foro se uti­liz­a­ba prin­ci­pal­mente para alma­ce­nar gra­no, tam­bién podría haber sido uti­liza­do en tiem­pos de emer­gen­cia para alma­ce­nar otros pro­duc­tos bási­cos.
  • El edi­fi­cio tam­bién refle­ja el sis­tema económi­co romano y el con­trol estatal sobre el sum­in­istro de ali­men­tos, que era esen­cial para man­ten­er el orden social y evi­tar el descon­tento pop­u­lar.

El Granai del Foro no era el úni­co almacén de Pom­peya; de hecho, había otros graneros en la ciu­dad, espe­cial­mente en áreas como el Puer­to de Pom­peya y cer­ca de la Vía del Foro. Sin embar­go, el Granai del Foro es uno de los más grandes y mejor con­ser­va­dos, lo que hace que sea una de las estruc­turas más rep­re­sen­ta­ti­vas de la gestión ali­men­ta­ria en la antigua Roma.

Las casas pompeyanas

Debe­mos imag­i­narnos Pom­peya como una ciu­dad de vivos col­ores, en muchos casos rozan­do las vivien­das la más extrema extrav­a­gan­cia. Rara era la facha­da que no esta­ba dec­o­ra­da con pin­turas de todo tipo, ya que los romanos aso­cia­ban una pared blan­ca con la pobreza y la vul­gar­i­dad. Podían tratarse de dibu­jos tem­po­rales, como los carte­les elec­torales que se pinta­ban de noche y a mano pidi­en­do el voto para uno u otro can­dida­to. O de dibu­jos fijos, como los fres­cos que dec­ora­ban los espa­cios inte­ri­ores y que con­ta­ban todo tipo de his­to­rias, des­de ges­tas de héroes mitológi­cos a esce­nas del día a día. Gra­cias a muchos de estos fres­cos hemos logra­do cono­cer a fon­do cómo era la vida en Pom­peya.

En el inte­ri­or de estas man­siones, los fres­cos eran una de las car­ac­terís­ti­cas más dis­tin­ti­vas, rep­re­sen­tan­do esce­nas mitológ­i­cas, paisajes idíli­cos y even­tos de la vida cotid­i­ana. Las casas de lujo tam­bién con­ta­ban con baños ter­males pri­va­dos, lo que refle­ja­ba la impor­tan­cia del baño y la higiene en la vida romana. Uno de los ele­men­tos más impre­sio­n­antes de las vivien­das pom­peyanas es la dec­o­ración mur­al, espe­cial­mente los mosaicos y fres­cos que adorn­a­ban tan­to las pare­des como los sue­los de las casas. Estos detalles no solo eran una for­ma de embel­le­cer los espa­cios sino tam­bién de mostrar el esta­tus y el gus­to de los propi­etar­ios.

Los mosaicos eran hechos con pequeñas piezas de piedra, vidrio o cerámi­ca, y rep­re­senta­ban una var­iedad de esce­nas, des­de imá­genes de la nat­u­raleza has­ta esce­nas mitológ­i­cas y de la vida cotid­i­ana. Por su parte, los fres­cos cubrían las pare­des de muchas vivien­das y esta­ban pin­ta­dos direc­ta­mente sobre el yeso. Estas pin­turas eran a menudo de gran cal­i­dad y detalle y en algunos casos, como en la Casa de los Mis­te­rios, rep­re­senta­ban ritos reli­giosos mis­te­riosos que se descono­cen por com­ple­to.

Por otro lado, las vivien­das mod­estas eran más pequeñas y sen­cil­las pero aún así seguían cier­tos patrones arqui­tec­tóni­cos sim­i­lares. Muchas de estas casas con­ta­ban con un solo atri­um y pocas habita­ciones pero las pare­des a menudo esta­ban ador­nadas con mosaicos sim­ples y fres­cos, lo que demues­tra que inclu­so las clases bajas apre­cia­ban el arte y la estéti­ca.

La orga­ni­zación del espa­cio en las vivien­das de Pom­peya no solo tenía en cuen­ta la estéti­ca sino tam­bién la fun­cional­i­dad y el cli­ma local. En una ciu­dad tan calurosa, las vivien­das esta­ban dis­eñadas para aprovechar al máx­i­mo la ven­ti­lación nat­ur­al y la luz solar, mien­tras que la dis­posi­ción de las habita­ciones per­mitía que los habi­tantes pudier­an adap­tarse a las altas tem­per­at­uras sin perder como­di­dad.

Las vil­las de cam­po que rode­a­ban Pom­peya esta­ban con­stru­idas con un dis­eño más abier­to, con ven­tanas y puer­tas grandes que conecta­ban el inte­ri­or de la casa con los jar­dines y patios exte­ri­ores. Esto ayud­a­ba a crear un ambi­ente fres­co y agrad­able, espe­cial­mente en los meses de ver­a­no. Además, los sis­temas de cale­fac­ción como los hipocaus­tos eran comunes en las vivien­das más grandes, per­mi­tien­do que los pom­peyanos pudier­an dis­fru­tar de una tem­per­atu­ra más cál­i­da durante los meses fríos.

Lo que aho­ra nos pare­cería una aber­ración, en Pom­peya resulta­ba de lo más nor­mal: ten­er el retrete den­tro de la coci­na. Y si no den­tro, sep­a­ra­do como mucho por una mam­para. Sólo en las casas más grandes se tenía el lujo de con­tar con un excu­sa­do (qué gra­cia me ha hecho siem­pre esta pal­abra) y las más de las veces se situ­a­ba en la coci­na por una cuestión de como­di­dad: los des­perdi­cios de la comi­da tam­bién se tira­ban den­tro de la let­ri­na. Además, en aque­l­la época el con­cep­to de pri­vaci­dad era bas­tante difer­ente al que ten­emos aho­ra y a nadie la parecía extraño irse a preparar un ten­tem­pié a mitad de la noche y encon­trarse al padre o a la her­mana hacien­do sus cosil­las.

A los esclavos, para des­gra­cia suya, se les rel­e­ga­ba a salas oscuras y lóbre­gas donde ape­nas lle­ga­ba la luz del sol. Esta sen­sación de ahogo se acen­tu­a­ba por la noche, ya que las casas ape­nas tenían ilu­mi­nación, unos pocos can­diles de aceite o sebo y poco más. En algu­nas vivien­das aún se con­ser­van unos pequeños agu­jeros que se real­iz­a­ban sobre las puer­tas para que entrara algo de luz cuan­do dichas puer­tas se cerra­ban. 

La arqui­tec­tura de Pom­peya es uno de los aspec­tos más fasci­nantes de la ciu­dad, ya que, a pesar de los sig­los que han tran­scur­ri­do des­de su destruc­ción, los restos de sus vivien­das nos ofre­cen una visión sor­pren­dente de cómo vivían los pom­peyanos. La ciu­dad, a menudo con­sid­er­a­da una cáp­su­la del tiem­po, con­ser­va una gran var­iedad de edi­fi­cios que nos per­miten estu­di­ar los esti­los y téc­ni­cas arqui­tec­tóni­cas uti­lizadas por los romanos en su vida diaria.

Pompeya
Recreación de casa típi­ca pom­peyana

El diseño de las casas: Atrium y Peristilo

Una car­ac­terís­ti­ca común en las casas de Pom­peya es el atri­um, el patio cen­tral que servía como espa­cio de bien­veni­da y que esta­ba rodea­do por las habita­ciones de la casa. Este patio era un lugar de tran­si­ción entre el exte­ri­or y el inte­ri­or y en muchos casos esta­ba dec­o­ra­do con una fuente cen­tral que rep­re­senta­ba la abun­dan­cia y la hos­pi­tal­i­dad. El atri­um no solo era estéti­ca­mente atrac­ti­vo sino tam­bién fun­cional, ya que per­mitía la cir­cu­lación del aire y la luz en el inte­ri­or de la casa, ayu­dan­do a refres­car las estancias en los días calurosos.

Alrede­dor del atri­um se dis­tribuían varias habita­ciones. En las casas más grandes, el peri­s­ti­lo, un patio rodea­do de colum­nas, com­pleta­ba el dis­eño. Este patio era un espa­cio pri­va­do que a menudo con­ta­ba con jar­dines, fuentes y zonas de esparcimien­to. El peri­s­ti­lo pro­por­ciona­ba un lugar tran­qui­lo y aparta­do, ide­al para el des­can­so y las activi­dades famil­iares. 

La Casa del Fauno 

La Casa del Fauno es una de las vivien­das más emblemáti­cas de la antigua Pom­peya, cono­ci­da no solo por su impre­sio­n­ante tamaño y arqui­tec­tura sino tam­bién por la riqueza de sus fres­cos, mosaicos y escul­turas. Esta casa se encuen­tra en el corazón de la ciu­dad, en el foro de Pom­peya, y es uno de los ejem­p­los más desta­ca­dos de las vivien­das aris­tocráti­cas que existían en la ciu­dad antes de la erup­ción del Vesubio en el año 79 d.C. Un pun­to desta­ca­do en la casa es la exe­dra, un espa­cio semi­cir­cu­lar uti­liza­do para ban­quetes y recep­ciones de invi­ta­dos. Este área esta­ba dec­o­ra­da con mag­ní­fi­cas escul­turas y mosaicos.

His­to­ria y Des­cubrim­ien­to

La Casa del Fauno fue des­cu­bier­ta en el siglo XIX y su nom­bre proviene de una famosa escul­tura de fauno (una figu­ra mitológ­i­ca que es una mez­cla entre hom­bre y cabra) que fue encon­tra­da en uno de sus patios inter­nos. La casa data de alrede­dor del siglo II a.C., aunque fue ren­o­va­da varias veces a lo largo de los años, lo que refle­ja la riqueza y el esta­tus de los propi­etar­ios que la habitaron. Se cree que la casa pertenecía a una famil­ia de la élite pom­peyana, prob­a­ble­mente de los patri­cios o de algún com­er­ciante rico, ya que el tamaño de la casa y la cal­i­dad de las dec­o­ra­ciones indi­can un niv­el de vida ele­va­do. 

Pompeya

Fres­cos y Mosaicos

La Casa del Fauno es famosa por la cal­i­dad de sus fres­cos y mosaicos, que ilus­tran esce­nas de la vida cotid­i­ana, mitología y nat­u­raleza. El mosaico más famoso de la casa es el que rep­re­sen­ta al Fauno Dan­zante, una obra de gran tamaño (aprox­i­mada­mente 2,4 x 2,4 met­ros), que fue encon­tra­do en el patio prin­ci­pal de la casa y que puedes obser­var en esta foto de aquí arri­ba. En este mosaico, el fauno aparece en una pose ale­gre, cel­e­bran­do la dan­za y la nat­u­raleza, un sím­bo­lo de la conex­ión entre los romanos y el mun­do mitológi­co. Este mosaico, hecho de pequeñas tese­las, es una de las obras más impre­sio­n­antes de Pom­peya.

Otro mosaico céle­bre que se encuen­tra en la Casa del Fauno es el Mosaico de Ale­jan­dro, que rep­re­sen­ta la famosa batal­la de Gaugamela entre el Rey Darío III de Per­sia y Ale­jan­dro Mag­no. Este mosaico se encuen­tra en el piso del come­dor y es una obra maes­tra que mues­tra la habil­i­dad de los artis­tas pom­peyanos en la recreación de esce­nas históri­c­as.

El Jardín de la Casa del Fauno

El jardín de la Casa del Fauno es uno de los espa­cios más rep­re­sen­ta­tivos de la vida en Pom­peya. Aunque ha sido obje­to de excava­ciones y restau­ra­ciones, sigue sien­do un lugar que trans­mite la tran­quil­i­dad y la belleza del entorno nat­ur­al de la ciu­dad romana. En el cen­tro del jardín se encuen­tra una fuente cir­cu­lar y el espa­cio está rodea­do por una serie de colum­nas y estat­uas que rep­re­sen­tan tan­to fig­uras mitológ­i­cas como ani­males exóti­cos. Este espa­cio era uti­liza­do para rela­jarse y dis­fru­tar de la nat­u­raleza, y es una mues­tra de cómo los romanos solían com­bi­nar arte, nat­u­raleza y con­fort en sus vivien­das.

Curiosi­dades

En la Casa del Fauno se encon­traron varias estat­uas de faunos y fig­uras mitológ­i­cas, lo que refle­ja­ba el gus­to por la cul­tura helenís­ti­ca y la fasci­nación por los dios­es y mitos grie­gos. Estas estat­uas eran uti­lizadas no solo como dec­o­ración sino tam­bién como una for­ma de mostrar la riqueza cul­tur­al de la famil­ia propi­etaria.

Aunque la casa esta­ba clara­mente dis­eña­da para impre­sion­ar a los vis­i­tantes, tam­bién servía como un espa­cio para la vida cotid­i­ana. Se cree que los propi­etar­ios de la Casa del Fauno orga­ni­z­a­ban ban­quetes y recep­ciones, dado el tamaño de la casa y la dis­posi­ción de las habita­ciones. Además, los mosaicos y fres­cos dec­ora­ban las pare­des de las áreas pri­vadas, lo que sug­iere que el lujo y el arte forma­ban parte inte­gral de la vida diaria de la famil­ia.

La ubi­cación de la Casa del Fauno, cer­ca del foro, sug­iere que los propi­etar­ios de la casa prob­a­ble­mente par­tic­i­pa­ban en el com­er­cio. Pom­peya era una ciu­dad acti­va com­er­cial­mente y su prox­im­i­dad al puer­to y al foro habría pro­por­ciona­do a la famil­ia una gran opor­tu­nidad para enrique­cerse.

La Casa di Sirico

La Casa di Siri­co es una de las vivien­das más cono­ci­das de Pom­peya, famosa por su arqui­tec­tura, fres­cos y detalles orna­men­tales. Su nom­bre proviene de una inscrip­ción encon­tra­da en la entra­da que hace ref­er­en­cia a un indi­vid­uo lla­ma­do Siri­co, aunque se desconoce si esta per­sona era el dueño de la casa o un per­son­aje rela­ciona­do con ella.

Pompeya

La Casa di Siri­co se encuen­tra en la zona norte de Pom­peya, cer­ca de la Vía degli Augustali, una de las calles prin­ci­pales de la ciu­dad. Esta ubi­cación estratég­i­ca sug­iere que la casa podría haber esta­do habita­da por una famil­ia de cier­to ran­go den­tro de la sociedad pom­peyana, ya que se encon­tra­ba cer­ca de impor­tantes áreas com­er­ciales y públi­cas.

La casa sigue el dis­eño tradi­cional de las domus romanas. Tiene una dis­tribu­ción que incluye un atrio cen­tral con un implu­vi­um (una especie de estanque cuadra­do en el cen­tro del atrio para recoger agua de llu­via), y un perí­patos o pasil­lo por­ti­ca­do que rodea el atrio. Además, como es común en las casas pom­peyanas, pre­sen­ta una serie de habita­ciones dis­pues­tas alrede­dor de este espa­cio cen­tral. En el fon­do del atrio se local­iza el tablinum, un espa­cio des­ti­na­do a la recep­ción de vis­i­tantes impor­tantes o para activi­dades admin­is­tra­ti­vas.

Los fres­cos que dec­o­ran las habita­ciones de la casa mues­tran un claro gus­to por las rep­re­senta­ciones mitológ­i­cas, con esce­nas de dios­es y héroes, muy comunes en las casas de Pom­peya. Estas dec­o­ra­ciones eran un sím­bo­lo de esta­tus social, ya que refle­ja­ban el conocimien­to de las tradi­ciones cul­tur­ales romanas y la admiración por los mitos grie­gos. Los col­ores uti­liza­dos en los fres­cos son vivos y detal­la­dos, uti­lizan­do tonos de rojo, verde, azul y blan­co, muy car­ac­terís­ti­cos de los fres­cos pom­peyanos.

Casa de los Amantes

La Casa degli Aman­ti pre­sen­ta una dis­tribu­ción arqui­tec­tóni­ca muy intere­sante y uno de los aspec­tos que más lla­ma la aten­ción es su dis­eño de dos plan­tas. Aunque la may­oría de las casas de Pom­peya siguen el patrón típi­co de una plan­ta baja con un patio cen­tral, esta casa pre­sen­ta una plan­ta supe­ri­or que le da una estruc­tura más com­ple­ja y refi­na­da. 

Pompeya

En la plan­ta baja se encuen­tra el atri­um, un espa­cio cen­tral que servía como pun­to de recep­ción de los vis­i­tantes. Des­de este área se accedía a diver­sas estancias, inclu­idas las habita­ciones pri­vadas, donde se encon­tra­ban los famosos fres­cos eróti­cos. Además, es común encon­trar una coci­na o área de ser­vi­cio en la plan­ta baja, que podría haber esta­do situ­a­da en la parte trasera de la casa.

La plan­ta baja tam­bién incluye un perí­patos (jardín por­ti­ca­do), un espa­cio al aire libre cubier­to por colum­nas que per­mitía dis­fru­tar del fres­cor en las tardes calurosas. Este tipo de patio, típi­co en las casas romanas, era uti­liza­do tan­to para la rela­jación como para activi­dades sociales más pri­vadas. A menudo el perí­patos se vin­cu­la­ba con el con­cep­to de espa­cio de reflex­ión y des­can­so.

Las estancias pri­vadas de la plan­ta baja esta­ban dec­o­radas con los famosos fres­cos eróti­cos. Los dis­eños en las pare­des eran sofisti­ca­dos, lo que indi­ca­ba que la famil­ia que hab­it­a­ba la casa tenía un niv­el social ele­va­do. En algu­nas de estas habita­ciones se rep­re­senta­ban esce­nas mitológ­i­cas y amorosas que tam­bién refle­ja­ban la conex­ión entre el plac­er y la fer­til­i­dad, con­cep­tos muy impor­tantes en la Roma antigua.

La plan­ta supe­ri­or de la Casa degli Aman­ti esta­ba conec­ta­da a la plan­ta baja medi­ante una escalera inter­na. Aunque no todas las casas de Pom­peya tenían un segun­do niv­el, muchas casas de la élite romana aprovech­a­ban el espa­cio supe­ri­or para crear habita­ciones adi­cionales o zonas pri­vadas más ale­jadas de las activi­dades del niv­el infe­ri­or. La plan­ta supe­ri­or podría haber servi­do como zona de des­can­so más exclu­si­va para la famil­ia. Al estar más ele­va­da, era un lugar más tran­qui­lo, ide­al para la pri­vaci­dad. Aquí, las habita­ciones tam­bién podían estar dec­o­radas con fres­cos, a menudo más elab­o­ra­dos, y otros detalles arqui­tec­tóni­cos que servían para resaltar la riqueza de la famil­ia que vivía en la casa.

Algunos estu­dios sug­ieren que la plan­ta supe­ri­or de la casa tam­bién podría haber inclu­i­do espa­cios des­ti­na­dos a almacén o guarda­do de obje­tos valiosos, ya que se han encon­tra­do huel­las de mue­bles y otros arte­fac­tos que apun­tan a su uso prác­ti­co y fun­cional. El hecho de que la casa tuviera dos plan­tas en lugar de una sola refle­ja el alto esta­tus social de los propi­etar­ios. Las casas romanas de élite no solo bus­ca­ban como­di­dad sino tam­bién demostrar su riqueza y pres­ti­gio medi­ante el uso del espa­cio, la dec­o­ración y la altura de los edi­fi­cios. 

Los frescos de Pompeya

El fres­co es una téc­ni­ca de pin­tu­ra mur­al en la que los pig­men­tos se apli­can sobre el yeso fres­co, lo que per­mite que la pin­tu­ra se adhiera de for­ma duradera a la pared a medi­da que el yeso se seca. Este pro­ce­so garan­ti­z­a­ba que las imá­genes se preser­varan durante sig­los, como se puede obser­var en los restos de Pom­peya, que han per­maneci­do notable­mente bien con­ser­va­dos des­de la erup­ción del Vesubio en el año 79 d.C.

Estilos de Frescos en Pompeya

Los fres­cos de Pom­peya no son una unidad homogénea; en lugar de ello, se desar­rol­laron diver­sos esti­los a lo largo de los sig­los de exis­ten­cia de la ciu­dad, refle­jan­do influ­en­cias artís­ti­cas de difer­entes épocas y cul­turas. Se pueden dis­tin­guir cua­tro esti­los prin­ci­pales de fres­cos en Pom­peya, cada uno con sus car­ac­terís­ti­cas propias.

El esti­lo incrus­ta­do (200–80 a.C.)

Este es el esti­lo más antiguo encon­tra­do en Pom­peya y se car­ac­ter­i­za por el uso de pin­turas que imi­tan pan­e­les de már­mol y piedras pre­ciosas incrus­tadas en las pare­des. Los fres­cos de este esti­lo imi­tan la apari­en­cia de una pared de piedra pero están dec­o­ra­dos con esce­nas geométri­c­as y fig­uras de gran detalle. Es un esti­lo que se aso­cia con la influ­en­cia helenís­ti­ca y el arte de la región ori­en­tal.

El esti­lo arqui­tec­tóni­co (80–15 a.C.)

En este perío­do, los fres­cos se hicieron más com­ple­jos y comen­zaron a rep­re­sen­tar per­spec­ti­vas arqui­tec­tóni­cas. Se pinta­ban colum­nas, ven­tanas y puer­tas para crear la ilusión de espa­cios tridi­men­sion­ales. Se bus­ca­ba un efec­to de pro­fun­di­dad y real­is­mo, con rep­re­senta­ciones de paisajes, esce­nas de la vida cotid­i­ana, fig­uras mitológ­i­cas y humanas. Este esti­lo refle­ja el cre­ciente interés romano por la arqui­tec­tura y el espa­cio urbano.

El esti­lo orna­men­tal (15 a.C.-62 d.C.)

Este esti­lo se car­ac­ter­i­za por una dec­o­ración más sen­cil­la y orna­men­tal, con motivos flo­rales y geométri­cos. Las esce­nas rep­re­sen­tadas son más abstrac­tas y menos real­is­tas que en el esti­lo arqui­tec­tóni­co y a menudo se uti­lizan col­ores vivos y detalles estiliza­dos. Este esti­lo refle­ja una estéti­ca más refi­na­da y es común en las casas de clase media.

El esti­lo bar­ro­co (62–79 d.C.)

El últi­mo esti­lo de fres­cos pom­peyanos, pos­te­ri­or a la erup­ción del Vesubio, es el más dec­o­ra­do y exu­ber­ante de todos. Este esti­lo es cono­ci­do por su uso de col­ores bril­lantes, for­mas flu­idas y la rep­re­sentación de esce­nas mitológ­i­cas y cotid­i­anas en un esti­lo más libre y dinámi­co. Este es el esti­lo que se encuen­tra en las casas de lujo, como la Casa del Fauno o la Casa de los Vet­tii.

Temas Comunes en los Frescos de Pompeya

Mitología Grie­ga y Romana

La mitología era una fuente con­stante de inspiración para los artis­tas pom­peyanos. Esce­nas de los dios­es del pan­teón romano y griego adorn­a­ban las pare­des de las casas, con rep­re­senta­ciones de Zeus, Apo­lo, Afrodi­ta, Dion­i­sio y otras dei­dades. En muchos casos, estas fig­uras mitológ­i­cas se usa­ban para dec­o­rar las habita­ciones más impor­tantes de la casa, como el atri­um o el tri­clin­i­um (come­dor), indi­can­do que la famil­ia que hab­it­a­ba la casa se iden­ti­fi­ca­ba con los val­ores y las his­to­rias de los dios­es.

Esce­nas de la Vida Cotid­i­ana

En muchas casas de Pom­peya los fres­cos rep­re­senta­ban esce­nas de la vida diaria, tales como ban­quetes, mer­ca­dos, jue­gos y tra­ba­jos agrí­co­las. Estos fres­cos eran una for­ma de recor­dar las activi­dades cotid­i­anas que definían la exis­ten­cia romana y pro­por­ciona­ban una visión de las cos­tum­bres y hábitos de los pom­peyanos. Además, algu­nas casas tam­bién incluían esce­nas de tra­ba­jos domés­ti­cos, como la cosecha de vino o la preparación de ali­men­tos, lo que refle­ja la impor­tan­cia de la agri­cul­tura en la economía de Pom­peya.

Esce­nas Eróti­cas

Las esce­nas eróti­cas son una de las car­ac­terís­ti­cas más cono­ci­das de los fres­cos de Pom­peya, espe­cial­mente en lugares como la Casa del Lupa­nar, que era un bur­del. Estas rep­re­senta­ciones, a menudo explíc­i­tas, mostra­ban actos sex­u­ales y se con­sid­er­a­ban parte de la cul­tura pop­u­lar romana, en la que el sexo no era un tema tabú. Estas esce­nas eróti­cas tam­bién pueden inter­pre­tarse como una ref­er­en­cia a la fer­til­i­dad, que tenía un fuerte com­po­nente reli­gioso en la sociedad romana.

Puedes con­sul­tar más infor­ma­ción sobre el interés de los romanos en el ero­tismo en el artícu­lo ded­i­ca­do a nue­stro via­je por Nápoles , donde visi­ta­mos el intere­sante Gabi­nete Secre­to en el Museo Arque­ológi­co.

Paisajes y Nat­u­raleza

En muchos fres­cos de Pom­peya se rep­re­sen­tan paisajes idíli­cos, con mon­tañas, ríos y plan­tas exóti­cas, lo que refle­ja el interés de los romanos por la nat­u­raleza. Estas rep­re­senta­ciones tam­bién podían ten­er un sig­nifi­ca­do sim­bóli­co, rela­ciona­do con la abun­dan­cia, la belleza y la armonía con el mun­do nat­ur­al.

Curiosidades

El Mosaico de Ale­jan­dro Mag­no: Uno de los fres­cos más famosos de Pom­peya es el mosaico de la batal­la de Issos, que mues­tra la vic­to­ria de Ale­jan­dro Mag­no sobre el rey per­sa Darío III. Este mosaico, que se encuen­tra en la Casa del Fauno, es una de las rep­re­senta­ciones más real­is­tas y detal­ladas de una batal­la en la antigua Roma.

El Fres­co de la Casa de los Vet­tii: En la Casa de los Vet­tii, uno de los fres­cos más cono­ci­dos es el que rep­re­sen­ta Venus y Dion­i­sio, en el que los dios­es apare­cen en una pos­tu­ra sug­es­ti­va. Este fres­co es con­sid­er­a­do un ejem­p­lo de la influ­en­cia de los temas helenís­ti­cos y mues­tra la sofisti­cación artís­ti­ca de los romanos de la época.

Casa de los Vettii

La Casa de los Vet­tii es una de las res­i­den­cias más cono­ci­das y mejor con­ser­vadas de Pom­peya. Este impor­tante edi­fi­cio no solo desta­ca por su tamaño y ele­gan­cia sino tam­bién por sus fres­cos, que ofre­cen una visión fasci­nante de la vida, los gus­tos y el esta­tus de los romanos en el siglo I d.C. La casa pertenecía a dos her­manos de clase alta, Aulus Vet­tius Resti­tu­tus y Aulus Vet­tius Con­vi­va, quienes eran empre­sar­ios o mer­caderes adin­er­a­dos. Este hecho se infiere a par­tir de algu­nas inscrip­ciones encon­tradas en las pare­des y el tipo de bienes que poseían.

His­to­ria y des­cubrim­ien­to

La Casa de los Vet­tii fue excava­da a finales del siglo XIX y, des­de entonces, ha sido una de las prin­ci­pales atrac­ciones turís­ti­cas de Pom­peya. Aunque en su ori­gen fue una casa mod­es­ta de una famil­ia de clase media, a lo largo de los años fue ren­o­va­da y ampli­a­da, lo que refle­ja el cre­ciente poder adquis­i­ti­vo de sus propi­etar­ios.

El resto de la casa está bas­tante bien con­ser­va­do y estruc­tura­do, lo que nos per­mite cono­cer la dis­posi­ción típi­ca de las vivien­das de los romanos adin­er­a­dos de la época. Las habita­ciones están orga­ni­zadas alrede­dor de dos patios cen­trales: el atri­um (un patio cen­tral con un pequeño estanque de agua en su cen­tro) y el peri­s­ti­lo (un jardín rodea­do por colum­nas).

Casa Vettii

La Casa de los Vet­tii es famosa por la cal­i­dad y el esti­lo de sus fres­cos, que son un ejem­p­lo desta­ca­do de la pin­tu­ra romana tardía. Los fres­cos fueron eje­cu­ta­dos en el esti­lo denom­i­na­do Pom­peyano Tardío y pre­sen­tan esce­nas mitológ­i­cas, rep­re­senta­ciones de dios­es y esce­nas eróti­cas, lo que refle­ja el esti­lo de vida lujoso y hedo­nista de la alta sociedad romana. Muchos de los fres­cos de la casa incluyen imá­genes de dios­es y diosas romanos, como Venus, Apo­lo, Dion­i­sio, y Marte. Los temas mitológi­cos no solo esta­ban pre­sentes como dec­o­ración sino que tam­bién servían para mostrar la riqueza y el gus­to refi­na­do de los propi­etar­ios.

Uno de los pun­tos más desta­ca­dos es el Salón de los Fres­cos, donde se pueden ver var­ios pan­e­les que rep­re­sen­tan esce­nas de la mitología romana. Entre ellos desta­ca una pin­tu­ra de Venus en su con­cha, en la que la diosa es rodea­da por los ele­men­tos de la nat­u­raleza, como delfines y pájaros. Esta es una de las rep­re­senta­ciones de Venus más famosas y apre­ci­adas.

Muchos de los fres­cos tienen un claro propósi­to de exhibir la riqueza y el poder social de los propi­etar­ios. Por ejem­p­lo, el fres­co de Venus, que aparece en la pared de la habitación prin­ci­pal, podría haber sido un sím­bo­lo de la fer­til­i­dad, el amor y la belleza, vir­tudes muy val­o­radas en la sociedad romana.

Muchos fres­cos están dis­eña­dos para sim­u­lar un fon­do arqui­tec­tóni­co tridi­men­sion­al. Las pare­des están pin­tadas de tal man­era que pare­cen ten­er colum­nas y otros ele­men­tos arqui­tec­tóni­cos, cre­an­do una ilusión de pro­fun­di­dad.

El lujo de la casa se refle­ja en sus mosaicos, fres­cos, y en los detalles arqui­tec­tóni­cos. Las colum­nas de már­mol, las estat­uas y los ajustes de lujo dan cuen­ta de la riqueza que los Vet­tii acu­mu­la­ban gra­cias a su éxi­to com­er­cial. En la casa tam­bién se encon­traron obje­tos de vidrio, vajil­las dec­o­radas y otros ele­men­tos que deno­tan un esti­lo de vida opu­len­to.

.La casa de los Vet­tii era propiedad de mer­caderes, lo que era inusu­al en Pom­peya, donde las casas más lujosas gen­eral­mente pertenecían a miem­bros de la clase sen­a­to­r­i­al o a políti­cos. Sin embar­go, este detalle tam­bién es impor­tante porque mues­tra la pros­peri­dad económi­ca alcan­za­da por el com­er­cio y la indus­tria en la ciu­dad. 

El papel de las mujeres: Las rep­re­senta­ciones de Venus y otras fig­uras femeni­nas en los fres­cos son un refle­jo del rol impor­tante que las mujeres tenían en el con­tex­to social y políti­co de la época. En algu­nas esce­nas, Venus aparece como una figu­ra dom­i­nante, sim­bolizan­do tan­to el poder femeni­no como la fer­til­i­dad.

El mis­te­rio de los Vet­tii: A pesar de los detalles sobre la vida de los propi­etar­ios, Aulus Vet­tius Resti­tu­tus y Aulus Vet­tius Con­vi­va, los detalles exac­tos de su vida siguen sien­do un mis­te­rio. Se sabe que la famil­ia Vet­tii alcanzó riqueza gra­cias al com­er­cio pero hay poca infor­ma­ción acer­ca de cómo exac­ta­mente lograron esta for­tu­na.

El thermopillium: las tabernas pompeyanas

Se cal­cu­la que en Pom­peya existía casi un cen­te­nar de taber­nas: toca­ban a una por cada 125 habi­tantes, lo cual no está nada mal. A los romanos les encanta­ba el vino pero aún más en este área, donde dos ter­cios de los ter­renos que rode­a­ban al Vesubio esta­ban pla­ga­dos de viñe­dos. Cam­pa­nia era uno de los lugares del impe­rio donde más vino se pro­ducía (algunos de mejor cal­i­dad y otros no tan­to), debido a la fer­til­i­dad del sue­lo vol­cáni­co: per­mitía el abastec­imien­to tan­to de los ricos como de las clases más humildes. Tan­to unos como otros com­partían la cos­tum­bre de reba­jar el vino con agua ya que el que se con­sumía es el que cono­ce­mos como vino for­ti­fi­ca­do, pare­ci­do al Opor­to actu­al. Ya entonces Italia, Fran­cia (Galia) y España (His­pania) vivían una seria rival­i­dad en lo que a exportación de vino se refiere.

El cul­to a Dion­i­sio, el dios griego del vino al que los romanos conocían como Baco, esta­ba muy exten­di­do. En mul­ti­tud de casas, inclu­so en las menos lujosas, aparecía su ima­gen en los muros o se mold­e­a­ban estat­uas a su ima­gen y seme­jan­za. Era habit­u­al encon­trar fres­cos inspi­ra­dos en su figu­ra, espe­cial­mente en las salas donde se pis­a­ban las uvas, para que Baco vig­i­lase el pro­ce­so de elab­o­ración del vino. En una excavación se encon­tró una enorme pren­sa de vino que nos ayudó a enten­der cómo tra­ba­ja­ban entonces los vinateros. Las uvas, amon­ton­adas en cubas de madera, se aplas­ta­ban con ayu­da de unas bar­ras y unos molinetes y el zumo obtenido se alma­cen­a­ba en unas vasi­jas de ter­ra­co­ta, enter­radas en el sue­lo para garan­ti­zar al vino unas condi­ciones ópti­mas de madu­ración.  

Las taber­nas tam­bién fun­ciona­ban como restau­rantes de comi­da ráp­i­da ¡los primeros establec­imien­tos de fast food de la his­to­ria! Es curioso pero al con­trario que aho­ra, cuan­do salir a com­er fuera de casa supone un lujo extra, en época romana los que comían fuera eran los pobres, ya que no disponían de coci­nas donde elab­o­rar los ali­men­tos. En los mostradores ya se esti­l­a­ba lo de enseñar a la clien­tela los platos del día. Muchos de estos platos esta­ban acom­paña­dos de garum, la sal­sa favorita en Roma. Se hacía con pesca­do azul proce­dente del Mediter­rá­neo : cabal­la, anchoa y sar­di­na. Se deja­ba mac­er­ar al sol has­ta que se hacía una pas­ta de sabor inten­sísi­mo. Los romanos esta­ban acos­tum­bra­dos a los sabores fuertes, usa­dos para enmas­carar otros sabores que indi­ca­ban que la comi­da no esta­ba en muy buen esta­do ya que en aque­l­la época los úni­cos méto­dos de con­ser­vación eran la sal y la miel (y los que vivían en las mon­tañas lo tenían mejor, ya que al menos con­ta­ban con nieve). 

El Ther­mopoli­um Veti­tus es uno de los más céle­bres en Pom­peya debido a su exce­lente esta­do de con­ser­vación y a los detalles que ha deja­do atrás. Se encuen­tra cer­ca de la Vía del­l’Ab­bon­dan­za, una de las prin­ci­pales calles de la ciu­dad, lo que indi­ca que este lugar tenía un alto trán­si­to de per­sonas, lo que lo con­vertía en un nego­cio rentable.

Pompeya

El Ther­mopoli­um Veti­tus esta­ba bien situ­a­do para atraer a los transeúntes, con una gran ven­tanil­la en su parte frontal que facil­ita­ba la ven­ta al paso. Era una con­struc­ción de madera y piedra, con un mostrador donde se exhibían los ali­men­tos y una serie de vasi­jas incrus­tadas en el ban­co, lo que per­mitía man­ten­er los ali­men­tos calientes. Estas vasi­jas eran sim­i­lares a grandes jar­rones de bar­ro y tenían una capaci­dad impre­sio­n­ante. Los dolia eran per­fec­tos para man­ten­er los ali­men­tos a una tem­per­atu­ra agrad­able durante todo el día.

El dis­eño del local era muy típi­co en los ther­mopo­lia de Pom­peya. La zona donde se alma­cen­a­ban los ali­men­tos esta­ba pro­te­gi­da por una bar­ra de madera o piedra para evi­tar que el calor escapara. Además, en el mostrador se encon­tra­ban difer­entes imá­genes de ali­men­tos pin­tadas que ayud­a­ban a los clientes a ele­gir qué pedir.

En el Ther­mopoli­um Veti­tus se han encon­tra­do fres­cos rep­re­sen­tan­do a un per­ro, lo que era un sím­bo­lo común en muchas taber­nas y ther­mopo­lia de la época, como un sím­bo­lo de fidel­i­dad y pro­tec­ción. Tam­bién hay rep­re­senta­ciones de ani­males exóti­cos, lo que sug­iere que algunos de los ali­men­tos ven­di­dos podrían haber sido más raros o cos­tosos. Aunque el Ther­mopoli­um Veti­tus estu­vo cer­ra­do y sel­l­a­do durante sig­los debido a la erup­ción del Vesubio, los arqueól­o­gos han encon­tra­do una serie de restos de ali­men­tos en el inte­ri­or de las vasi­jas y otros uten­sil­ios del establec­imien­to. Entre los restos que se han encon­tra­do se incluyen hue­sos de ani­males, semi­l­las y otros indi­cios de la dieta romana de la época.

Muchos ther­mopoli­um de Pom­peya con­ta­ban con una rica dec­o­ración, espe­cial­mente en los mosaicos y fres­cos que adorn­a­ban sus pare­des. Estas dec­o­ra­ciones no solo servían para embel­le­cer el local sino tam­bién para atraer a los clientes. Se encon­tra­ban en áreas muy tran­si­tadas de la ciu­dad, cer­ca de mer­ca­dos, plazas o calles prin­ci­pales, lo que ase­gura­ba un flu­jo con­stante de clientes. Esto era espe­cial­mente impor­tante para los tra­ba­jadores y las per­sonas de clases bajas, que a menudo no tenían acce­so a una coci­na pri­va­da.

Uno de los ther­mopoli­um más cono­ci­dos fue des­cu­bier­to en 2019 en Pom­peya, en la Vía de las Cis­ter­nas, y es famoso por su exce­lente esta­do de con­ser­vación. El fres­co que dec­ora­ba su bar­ra mues­tra imá­genes de difer­entes platos y bebidas, lo que ha pro­por­ciona­do valiosa infor­ma­ción sobre la dieta romana. Algunos de los fres­cos encon­tra­dos en las pare­des de los ther­mopoli­um mostra­ban esce­nas de preparación de ali­men­tos y rep­re­senta­ciones de los platos que se servían, como pesca­do, carne y pan. Esto per­mitía a los clientes cono­cer lo que podían esper­ar del menú.

Los ther­mopoli­um no solo fueron una car­ac­terís­ti­ca clave de la vida social y ali­men­ta­ria de Pom­peya sino que tam­bién ofre­cen una ven­tana a la vida cotid­i­ana de la antigua Roma. Nos mues­tran cómo los romanos de todas las clases sociales se ali­menta­ban, cómo inter­ac­tu­a­ban en los espa­cios públi­cos y cómo la cul­tura del com­er fuera de casa era ya algo muy común. La sociedad romana,en muchos aspec­tos, no era tan difer­ente a la nues­tra.

La erupción

Sólo 17 años antes de la erup­ción del Vesubio, en el año 62, Pom­peya había sufri­do un ter­re­mo­to de 6 gra­dos de mag­ni­tud que destrozó bue­na parte de las casas; por dicho moti­vo se han encon­tra­do los restos de algu­nas vivien­das en pleno pro­ce­so de restau­ración o con claros sig­nos de estar deshabitadas. Sin embar­go, los pobres romanos no supieron ver en este seís­mo las señales de alar­ma de lo que lle­garía pocos años después. La catástrofe que acabaría defin­i­ti­va­mente con Pom­peya.

Según Plinio, la erup­ción del Vesubio se pro­du­jo el 24 de Agos­to del año 79 DC. Pero entonces ¿qué expli­ca que se hayan encon­tra­do cadáveres de romanos vesti­dos con ropa de invier­no o fru­tas típi­cas de otoño como las cas­tañas o las granadas? En el 2018 se encon­tró una casa refor­ma­da sólo dos días antes de la erup­ción con una fecha ano­ta­da: “16 días antes de las Cal­en­das de Noviem­bre”. Es decir, el 17 de Octubre, dos meses después del desas­tre. En cualquier caso, mes arri­ba o mes aba­jo, lo más impor­tante es lo que sucedió en aquel día aci­a­go.

Vesubio

Con­trari­a­mente a lo que la may­oría de la gente cree, Pom­peya no pere­ció bajo la lava sino enter­ra­da por seis met­ros de cenizas. La nube que eman­a­ba del vol­cán, cono­ci­da como colum­na plini­ana, llegó a alcan­zar los 30 kilómet­ros de altura. Dicha nube comen­zó a expul­sar mil­lones de toneladas de piedra pómez y cenizas, cubrien­do por com­ple­to cien­tos de kilómet­ros cuadra­dos. El flu­jo piro­clás­ti­co, com­puesto por mil­lones de partícu­las sól­i­das y gas­es que lle­garon a alcan­zar los 800 gra­dos de tem­per­atu­ra, fue letal. Esta nube tóx­i­ca asesina bajó por la ladera de la mon­taña a una veloci­dad de 700 kilómet­ros por hora, arrasan­do con todo lo que encon­tra­ba a su paso. Es prác­ti­ca­mente imposi­ble sobre­vivir a un fenó­meno de tal mag­ni­tud. 

La erup­ción del Monte Vesubio en el año 79 d.C. es uno de los desas­tres nat­u­rales más impac­tantes en la his­to­ria de la Humanidad. Este vol­cán, que sigue acti­vo has­ta el día de hoy, destruyó por com­ple­to las ciu­dades romanas de Pom­peya, Her­cu­lano, Stabia y otras local­i­dades cer­canas.  Se tra­ta de un estra­to­vol­cán, lo que sig­nifi­ca que sus erup­ciones son extremada­mente vio­len­tas debido a la acu­mu­lación de gas­es y mag­ma en su inte­ri­or, generan­do explo­siones de gran mag­ni­tud. El Monte Vesubio había esta­do rel­a­ti­va­mente tran­qui­lo durante sig­los pero comen­zó a dar señales de que algo peli­groso se esta­ba ges­tando en su inte­ri­or.

La región cer­cana al Vesubio exper­i­men­tó ter­re­mo­tos leves y emi­siones de humo pero la población no com­prendía que estos eran sig­nos de una futu­ra catástrofe. De hecho, el con­cep­to de activi­dad vol­cáni­ca era poco com­pren­di­do en la antigua Roma y aunque algu­nas per­sonas percibieron estos even­tos como señales, muchos con­tin­uaron con sus ruti­nas diarias sin pre­ocu­parse demasi­a­do. Nada indi­ca­ba que una explosión dev­as­ta­do­ra esta­ba por lle­gar.

La erup­ción se supone que comen­zó el 24 de agos­to de 79 d.C. y la catástrofe se desar­rol­ló en una serie de eta­pas explo­si­vas y mor­tales. A lo largo de varias horas el Vesubio liberó una com­bi­nación de cenizas, gas­es tóx­i­cos, lava y flu­jos piro­clás­ti­cos, cau­san­do una destruc­ción inmedi­a­ta. El tes­ti­mo­nio más famoso de la erup­ción proviene de Plinio el Joven, quien escribió una car­ta al his­to­ri­ador Tác­i­to, en la que relató cómo pres­en­ció la erup­ción des­de un lugar alñe­ja­do. En los primeros momen­tos de la erup­ción, el Vesubio liberó una colum­na de humo y cenizas que alcanzó alturas impre­sio­n­antes, esti­madas en has­ta 33 kilómet­ros. Este fenó­meno fue tan espec­tac­u­lar que, des­de muchas partes de la región, se podía ver cómo el vol­cán lan­z­a­ba una colum­na masi­va de gas­es calientes y mate­r­i­al vol­cáni­co.

La nube fue tan grande que oscure­ció el cielo y cam­bió el cli­ma de la zona. Los primeros efec­tos vis­i­bles fueron las llu­vias de ceniza que comen­zaron a caer sobre Pom­peya y las ciu­dades veci­nas. La ceniza se acu­mu­la­ba ráp­i­da­mente en las calles, cubrien­do las casas, los edi­fi­cios públi­cos y las per­sonas, has­ta que alcanzó una altura de 6 met­ros en algu­nas áreas. La caí­da de ceniza fue el primer golpe de la erup­ción pero lo peor aún esta­ba por lle­gar.

La fase ini­cial de la erup­ción fue rel­a­ti­va­mente explo­si­va, lo que sig­nifi­ca que la pre­sión acu­mu­la­da en el inte­ri­or del vol­cán liberó una enorme can­ti­dad de energía en for­ma de explo­siones masi­vas. A medi­da que los gas­es calientes y el mate­r­i­al vol­cáni­co salían a gran veloci­dad, los habi­tantes de las ciu­dades cer­canas exper­i­men­ta­ron un res­p­lan­dor cegador, segui­do de vibra­ciones vio­len­tas. La erup­ción comen­zó a gener­ar grandes ter­re­mo­tos que sacud­ieron las estruc­turas, muchas de los cuales se der­rum­baron debido al peso de la acu­mu­lación de ceniza. Al mis­mo tiem­po, los flu­jos de lava comen­zaron a avan­zar hacia las ciu­dades. La lava, a menudo com­bi­na­da con gas y frag­men­tos de roca, avan­z­a­ba a una veloci­dad impre­sio­n­ante. La lava alcanzó tem­per­at­uras de has­ta 1.000°C, lo que instan­tánea­mente mata­ba a cualquier per­sona o ani­mal en su camino.

La ver­dadera dev­astación vino con los flu­jos piro­clás­ti­cos, nubes calientes de gas y ceniza que descendieron ráp­i­da­mente por los flan­cos del Vesubio. Estas nubes ardi­entes via­jaron a veloci­dades de has­ta 100 km/h, arrasan­do con todo lo que encon­traron a su paso. Los flu­jos piro­clás­ti­cos fueron respon­s­ables de las muertes instan­táneas de muchas per­sonas en Pom­peya y Her­cu­lano. Las altas tem­per­at­uras de las nubes de gas, com­bi­nadas con la caí­da de frag­men­tos de roca, provo­caron que las per­sonas muri­er­an asfix­i­adas o que­madas vivas. El calor de estos flu­jos fue tan inten­so que las víc­ti­mas quedaron pet­ri­fi­cadas, con sus cuer­pos lit­eral­mente con­ge­la­dos en el momen­to de su muerte, preser­va­dos por la ceniza que los rode­a­ba.

A medi­da que las cenizas caían sobre Pom­peya, las calles de la ciu­dad fueron cubier­tas ráp­i­da­mente y los edi­fi­cios comen­zaron a hundirse bajo el peso del mate­r­i­al vol­cáni­co. La ciu­dad fue sepul­ta­da bajo una capa espe­sa de ceniza y rocas vol­cáni­cas, con algu­nas zonas alcan­zan­do los 6 met­ros de altura. La catástrofe ocur­rió tan ráp­i­da­mente que muchas per­sonas no tuvieron tiem­po de huir.

Después de la erup­ción, Pom­peya y otras ciu­dades quedaron enter­radas bajo ceniza y rocas y la ciu­dad per­maneció ocul­ta durante casi 1.700 años. No fue has­ta 1748 cuan­do las primeras excava­ciones comen­zaron a desve­lar la ciu­dad sepul­ta­da. La capa de ceniza que cubrió Pom­peya pre­servó muchas de las estruc­turas, obje­tos y fres­cos de la ciu­dad de man­era excep­cional. De hecho, los arqueól­o­gos han encon­tra­do mue­bles, uten­sil­ios e inclu­so panes hornea­d­os en los hog­a­res de Pom­peya.En algunos casos los arqueól­o­gos han encon­tra­do inscrip­ciones y grafit­tis en las pare­des que mues­tran las últi­mas pal­abras de las per­sonas que veían como el trági­co final se acer­ca­ba. 

 

La muerte instantánea: los últimos momentos

Los flu­jos piro­clás­ti­cos fueron mor­tales debido a las altas tem­per­at­uras (supe­ri­ores a los 800°C) y a la tox­i­ci­dad de los gas­es. Las per­sonas que se encon­tra­ban en las cer­canías de la erup­ción murieron instan­tánea­mente. Muchos de los cuer­pos fueron sepul­ta­dos por las cenizas, cre­an­do una preser­vación nat­ur­al que ha per­mi­ti­do que hoy en día los arqueól­o­gos encuen­tren los restos humanos casi intac­tos.

Una de las car­ac­terís­ti­cas más escalofri­antes de la erup­ción del Vesubio es que los restos humanos quedaron con­ge­la­dos en sus posi­ciones finales debido a la rapi­dez con la que se cubrieron con ceniza. Cuan­do los arqueól­o­gos comen­zaron a excavar Pom­peya, encon­traron moldes de per­sonas que habían queda­do atra­padas por la erup­ción, y se uti­lizaron téc­ni­cas de yeso para llenar los vacíos deja­dos por los cuer­pos en descom­posi­ción. Los moldes de las víc­ti­mas pro­por­cio­nan una visión ater­rado­rade lo que sucedió en el momen­to de la erup­ción. Se pueden ver per­sonas en sus últi­mas pos­turas, algunos tratan­do de huir, otros sim­ple­mente pet­ri­fi­ca­dos por el miedo o el calor inten­so. Las excava­ciones han rev­e­la­do esce­nas des­gar­rado­ras: madres abrazan­do a sus hijos, esclavos inten­tan­do escapar y per­sonas al bor­de de la deses­peración.

Los moldes de yeso que se hicieron para rel­lenar los vacíos deja­dos por los cuer­pos en descom­posi­ción ofre­cen una visión des­gar­rado­ra de los últi­mos momen­tos de las víc­ti­mas. Algunos de los cuer­pos mues­tran gestos de páni­co, como per­sonas cubrién­dose la cara, y famil­ias abrazadas tratan­do de encon­trar con­sue­lo en la trage­dia. Los cadáveres y moldes de Pom­peya son uno de los hal­laz­gos más impac­tantes de las excava­ciones en la ciu­dad. Estos restos humanos, con­ser­va­dos de man­era excep­cional, per­miten enten­der cómo la gente de Pom­peya vivió sus últi­mos momen­tos y cómo quedaron atra­pa­dos por la nube de ceniza y gas­es vol­cáni­cos que sepultó la ciu­dad.

Pompeya

El descubrimiento de los moldes

En el siglo XIX, el arqueól­o­go Gio­van­ni Paoloni fue quien, al excavar la ciu­dad, des­cubrió una téc­ni­ca para crear moldes de los cuer­pos en Pom­peya. La erup­ción del Vesubio cubrió Pom­peya con una capa grue­sa de ceniza, piedra pómez y lava. A medi­da que la ceniza se asenta­ba, atrapó a los habi­tantes de la ciu­dad pero la ceniza y los mate­ri­ales vol­cáni­cos tam­bién crearon un molde nat­ur­al alrede­dor de los cuer­pos de las per­sonas que murieron. Con el paso del tiem­po, los cuer­pos se desin­te­graron pero dejaron hue­cos per­fec­tos que los arqueól­o­gos pudieron llenar con yeso para recrear las for­mas de los cuer­pos y las posi­ciones en las que murieron.

Los moldes de yeso que se pro­du­jeron mues­tran las últi­mas pos­turas de las víc­ti­mas, que esta­ban con­ge­ladas en el tiem­po. Algunos esta­ban en pos­turas de hui­da, mien­tras que otros parecían estar en oración o en posi­ción fetal, lo que sug­iere que la muerte fue repenti­na y los atrapó sin posi­bil­i­dad de escape.

¿Cómo se crean los moldes de yeso?

Cuan­do los arqueól­o­gos excav­a­ban el área de Pom­peya, comen­zaron a encon­trar vacíos en la capa de ceniza donde los cuer­pos habían esta­do orig­i­nal­mente. Estos vacíos eran las cavi­dades dejadas por los cadáveres que se habían descom­puesto con el tiem­po. Para recu­per­ar los detalles de las víc­ti­mas, los arqueól­o­gos inyec­taron yeso líqui­do en los vacíos. El yeso se secó y se endure­ció, cap­turan­do las for­mas exac­tas de los cuer­pos, inclu­i­da la ropa, los ras­gos faciales y las pos­turas.

Después de que el yeso se secó, se retiró la capa de ceniza que rode­a­ba el molde, rev­e­lando una répli­ca detal­la­da de la víc­ti­ma, que era una rep­re­sentación exac­ta de cómo se encon­tra­ba en el momen­to de su muerte. Algunos de los moldes mues­tran a las per­sonas en situa­ciones extremada­mente dramáti­cas, como un hom­bre abrazan­do a un niño o un escla­vo en acti­tud sum­isa, lo que apor­ta infor­ma­ción valiosa sobre las rela­ciones famil­iares y el con­tex­to social de Pom­peya.

Algunos de los casos más famosos

La famil­ia del hom­bre con el niño: En uno de los moldes más famosos, se mues­tra a un hom­bre abrazan­do a un niño, lo que sug­iere que intenta­ba pro­te­gerlo en el momen­to de la erup­ción. Esta esce­na con­move­do­ra ha sido inter­pre­ta­da como un ejem­p­lo del instin­to pater­nal y la vul­ner­a­bil­i­dad de las víc­ti­mas.

La mujer con la más­cara de muerte: Un molde famoso mues­tra a una mujer que parece estar en agonía, con la boca abier­ta y una expre­sión de ter­ror. El molde de su ros­tro ha sido lla­ma­do “la más­cara de la muerte” y su pos­tu­ra refle­ja la inten­si­dad de la erup­ción.

El per­ro enca­de­na­do: Tam­bién se encon­traron los restos de un per­ro que había sido deja­do enca­de­na­do. Este molde mues­tra al per­ro en una pos­tu­ra ten­sa, lo que sug­iere que intenta­ba escapar de la ceniza. El hal­laz­go es un recorda­to­rio con­move­dor de las trage­dias que afec­taron no solo a los humanos sino tam­bién a sus ani­males. Curiosa­mente, se cree que muchos de estos ani­males pre­sagia­ron la trage­dia, exhi­bi­en­do com­por­tamien­tos extraños durante los días pre­vios.

Los pri­sioneros: Se han encon­tra­do var­ios moldes de pri­sioneros que esta­ban en acti­tudes sum­isas, con las manos atadas. Esto ha lle­va­do a espec­u­la­ciones sobre si estos pri­sioneros fueron atra­pa­dos en la erup­ción mien­tras esta­ban encar­ce­la­dos.

Los moldes en la actualidad

Los moldes de Pom­peya siguen sien­do un tes­ti­mo­nio impre­sio­n­ante de la catástrofe que ocur­rió. Estos moldes se encuen­tran exhibidos en var­ios museos y en el pro­pio sitio de excavación de Pom­peya. Algunos de los moldes más famosos se pueden ver en el Museo Arque­ológi­co Nacional de Nápoles, mien­tras que otros per­manecen en el yacimien­to de Pom­peya, en lugares como la Vil­la de los Mis­te­rios y el Teatro Grande. El estu­dio de estos moldes no solo ha pro­por­ciona­do una com­pren­sión más pro­fun­da de cómo los habi­tantes de Pom­peya vivieron sus últi­mos momen­tos sino que tam­bién ha servi­do para mostrar las condi­ciones extremas a las que fueron someti­dos. 

Pompeya

Burdeles y entretenimiento erótico

La vida en Pom­peya, como en muchas ciu­dades de la antigua Roma, esta­ba llena de con­trastes, y uno de los aspec­tos más lla­ma­tivos de la sociedad pom­peyana era su enfoque rela­ja­do y prag­máti­co hacia el entreten­imien­to eróti­co. Mien­tras que la moral públi­ca romana desta­ca­ba la impor­tan­cia de la famil­ia, la piedad y la vir­tud, tam­bién existía una cier­ta per­mi­sivi­dad hacia los plac­eres físi­cos y el com­er­cio de la sex­u­al­i­dad, refle­jan­do la nat­u­raleza dual de la cul­tura romana.

En este con­tex­to, Pom­peya era famosa por ser una ciu­dad que, además de sus tem­p­los, teatros y anfiteatros, alber­ga­ba una notable can­ti­dad de bur­de­les y espa­cios ded­i­ca­dos al entreten­imien­to sex­u­al, los cuales esta­ban pre­sentes en toda la ciu­dad. Estos lugares, más que sim­ples sitios de inter­cam­bio sex­u­al, forma­ban parte de una estruc­tura social com­ple­ja y refle­ja­ban diver­sos aspec­tos de la vida cotid­i­ana en la antigua Roma.

En la Antigua Roma la pros­ti­tu­ción no solo era legal sino que tam­bién esta­ba orga­ni­za­da. Existían pros­ti­tu­tas y pros­ti­tu­tos que tra­ba­ja­ban en espa­cios públi­cos, pri­va­dos y, a menudo, en bur­de­les especí­fi­cos. A pesar de la aparente con­tradic­ción entre los ide­ales romanos de mod­es­tia y casti­dad, la sex­u­al­i­dad era un com­po­nente inte­gral de la vida romana, y las leyes sobre la pros­ti­tu­ción eran bas­tante lib­erales, siem­pre y cuan­do no se mezclaran con otros aspec­tos de la moral públi­ca.

Los bur­de­les de Pom­peya, aunque se encon­tra­ban en su may­oría fuera de la vista públi­ca, no eran algo inusu­al ni algo que se escondiera. De hecho, algunos eran bien cono­ci­dos y su pres­en­cia en la ciu­dad no era un tabú. Las per­sonas que tra­ba­ja­ban en estos lugares, cono­ci­das como mere­tri­ces, forma­ban una parte sig­ni­fica­ti­va de la economía de la ciu­dad y muchos de ellos eran esclavos o per­sonas de clases sociales bajas.

Ubicación y estructura de los burdeles 

Uno de los aspec­tos más curiosos de los bur­de­les de Pom­peya es la man­era en que esta­ban dis­tribui­dos por la ciu­dad. No solo se encon­tra­ban en las zonas más ale­jadas de la ciu­dad, como podría esper­arse, sino que en muchos casos ocu­pa­ban lugares cen­trales y eran fácil­mente acce­si­bles. 

Pompeya

El Lupanar de Pompeya

Quizás el más famoso de los bur­de­les de la ciu­dad es el Lupa­nar de Pom­peya, un establec­imien­to que todavía se puede vis­i­tar hoy en día. El Lupa­nar era un pequeño edi­fi­cio de dos pisos que con­ta­ba con varias habita­ciones pri­vadas, cada una equipa­da con una cama. Los fres­cos en las pare­des de este bur­del son algunos de los ejem­p­los más cono­ci­dos del arte eróti­co en Pom­peya y ofre­cen una visión úni­ca de las cos­tum­bres sex­u­ales de la época.

Las pare­des de este lupa­nar están dec­o­radas con fres­cos explíc­i­tos, que rep­re­sen­tan una var­iedad de esce­nas sex­u­ales, algu­nas de ellas posi­ble­mente rela­cionadas con los gus­tos y pref­er­en­cias de los clientes o con la ofer­ta de ser­vi­cios de los tra­ba­jadores sex­u­ales. Estos fres­cos no solo eran dec­o­ra­tivos sino que tam­bién servían como una especie de menú visu­al que mostra­ba las opciones disponibles, ayu­dan­do a los clientes a ele­gir lo que desea­ban exper­i­men­tar.

Los bur­de­les de Pom­peya no eran lugares de lujo ni esta­ban des­ti­na­dos a pro­por­cionar una expe­ri­en­cia pla­cen­tera más allá de la sex­u­al­i­dad mis­ma. Eran espa­cios sen­cil­los, sin adornos osten­tosos pero “efi­cientes”. Muchas de las habita­ciones de estos bur­de­les eran espa­cios cer­ra­dos con un solo acce­so, lo que pro­por­ciona­ba pri­vaci­dad tan­to al cliente como al tra­ba­jador o tra­ba­jado­ra sex­u­al. Las camas, por lo gen­er­al, eran sim­ples, con col­chones de paja, y las pare­des solían estar cubier­tas con fres­cos o pin­turas eróti­cas.

En muchos casos, el acce­so a los bur­de­les no era nece­sari­a­mente lim­i­ta­do a los hom­bres de clases bajas o medias. De hecho, algunos de estos lugares eran fre­cuen­ta­dos por ciu­dadanos de clase alta, espe­cial­mente aque­l­los que bus­ca­ban man­ten­er su ima­gen públi­ca intac­ta mien­tras dis­fruta­ban de los plac­eres de la carne en lugares pri­va­dos. Había una cier­ta seg­re­gación social den­tro de estos espa­cios: los clientes más ricos ten­drían acce­so a los pisos supe­ri­ores, mien­tras que los más pobres se lim­ita­ban a las plan­tas bajas, lo que refle­ja­ba la jer­ar­quía social de la época.

La prostitución y la sociedad romana

La pros­ti­tu­ción en la Antigua Roma, y en Pom­peya en par­tic­u­lar, esta­ba estrechamente vin­cu­la­da a la estruc­tura de la sociedad. A pesar de la ima­gen de respeto a la famil­ia y la moral, el papel de la pros­ti­tu­ción en la economía era innegable. Las mere­tri­ces (pros­ti­tu­tas) desem­peña­ban un papel económi­co impor­tante y, en algunos casos, eran inclu­so recono­ci­das por su habil­i­dad y destreza en el arte del plac­er.

En Pom­peya existían difer­entes tipos de pros­ti­tu­ción y cada una tenía su pro­pio esta­tus den­tro de la sociedad. Las mere­tri­ces eran pros­ti­tu­tas libres, que gen­eral­mente no esta­ban aso­ci­adas con ningún tipo de propi­etario o patrón. Tam­bién existían las venales, que eran esclavas que tra­ba­ja­ban para sus amos en bur­de­les orga­ni­za­dos, y las lupa­naris­tas, tra­ba­jado­ras sex­u­ales que oper­a­ban en bur­de­les públi­cos.

A pesar de la lib­er­tad con la que se prac­ti­ca­ba la pros­ti­tu­ción, existían cier­tas reg­u­la­ciones. La pros­ti­tu­ción esta­ba reg­istra­da y con­tro­la­da por las autori­dades romanas. De hecho, había impuestos especí­fi­cos sobre los bur­de­les y las pros­ti­tu­tas, y los ingre­sos gen­er­a­dos por estos establec­imien­tos eran una fuente impor­tante de finan­ciación públi­ca. Los bur­de­les debían estar reg­istra­dos y las tra­ba­jado­ras sex­u­ales a menudo eran someti­das a inspec­ciones para garan­ti­zar que se cumplían las leyes.

Frescos eróticos: arte y sexualidad

Los fres­cos de los bur­de­les de Pom­peya son una de las fuentes más rev­e­lado­ras para com­pren­der el entreten­imien­to eróti­co en la ciu­dad. Estos fres­cos no solo dec­ora­ban las pare­des de los bur­de­les sino que tam­bién eran una man­i­festación cul­tur­al de los gus­tos y las prác­ti­cas sex­u­ales de los romanos.

Los fres­cos en el Lupa­nar de Pom­peya y otros bur­de­les cer­canos mues­tran esce­nas explíc­i­tas de encuen­tros sex­u­ales entre diver­sas fig­uras mitológ­i­cas, rep­re­senta­ciones de la dom­i­nación, la sum­isión, y el plac­er com­par­tido. A menudo las esce­nas de estos fres­cos no se lim­ita­ban a rep­re­sen­tar actos sex­u­ales sen­cil­los sino que esta­ban influ­en­ci­adas por el mist­i­cis­mo y las creen­cias reli­giosas de la época, mez­clan­do el arte del plac­er con el sim­bolis­mo. La sex­u­al­i­dad no era un tema tabú sino que se con­sid­er­a­ba una parte nat­ur­al de la vida cotid­i­ana.

Algunos fres­cos mostra­ban a fig­uras mitológ­i­cas como Cupi­do, Venus, Pan y Júpiter, fig­uras que rep­re­senta­ban el deseo, la fer­til­i­dad y la nat­u­raleza sal­va­je. Estas rep­re­senta­ciones no solo tenían un fin dec­o­ra­tiv, sino que tam­bién eran una for­ma de invo­car a los dios­es en bus­ca de pro­tec­ción o para sim­bolizar la energía vital aso­ci­a­da con la sex­u­al­i­dad.

La prostitución y la religión

Es intere­sante notar que la pros­ti­tu­ción esta­ba vin­cu­la­da en muchos casos con cul­tos reli­giosos. En algu­nas cul­turas romanas, la pros­ti­tu­ción sagra­da era vista como un medio para hon­rar a las dei­dades del amor y la fer­til­i­dad. En Pom­peya, tam­bién se real­iz­a­ban rit­uales en los que las mere­tri­ces eran ado­radas como fig­uras que rep­re­senta­ban el poder de la sex­u­al­i­dad y la fer­til­i­dad. Esto refle­ja la ambigüedad de la moral romana, que acept­a­ba la pros­ti­tu­ción en cier­tos con­tex­tos como una prác­ti­ca legí­ti­ma y cul­tural­mente acep­ta­da.

Curiosidades sobre los burdeles en Pompeya

La cen­sura en la antigüedad: A pesar de que la sex­u­al­i­dad era abier­ta­mente acep­ta­da, tam­bién existían cier­tos límites en cuan­to a lo que se podía mostrar en públi­co. Por ejem­p­lo, las esce­nas de los fres­cos en los bur­de­les de Pom­peya eran explíc­i­tas pero nun­ca de una for­ma que pudiera inter­pre­tarse como inde­cente para la sociedad romana.

El com­er­cio sex­u­al como una insti­tu­ción: Los bur­de­les no solo eran cen­tros de entreten­imien­to sino que tam­bién eran lugares donde se com­er­cia­ba con la sex­u­al­i­dad. En muchos casos, las pros­ti­tu­tas eran inde­pen­di­entes, y en otros, eran esclavas someti­das a los deseos de sus dueños. Las leyes romanas trata­ban a las pros­ti­tu­tas como una clase lab­o­ral y su tra­ba­jo esta­ba reg­u­la­do y, en muchos casos, pro­te­gi­do por las autori­dades.

Como dije ante­ri­or­mente, los bur­de­les de Pom­peya y el entreten­imien­to eróti­co no solo con­sti­tuían un com­po­nente impor­tante de la vida cotid­i­ana sino que tam­bién refle­ja­ban una per­spec­ti­va cul­tur­al úni­ca de la sociedad romana. Esta visión de la sex­u­al­i­dad era muy difer­ente a la de muchas sociedades con­tem­poráneas y las prác­ti­cas sex­u­ales en Pom­peya eran mucho más públi­cas y abier­tas de lo que muchos imag­i­narían.

Prostitución y economía

En la Pom­peya antigua, la pros­ti­tu­ción era un nego­cio muy orga­ni­za­do, que involu­cra­ba no solo a las tra­ba­jado­ras sex­u­ales sino tam­bién a sus dueños y a una var­iedad de inter­me­di­ar­ios que se ben­e­fi­cia­ban de este com­er­cio. Como en otras partes del Impe­rio Romano, la pros­ti­tu­ción era vista como una activi­dad lucra­ti­va y esta­ba total­mente integra­da en la estruc­tura económi­ca de la ciu­dad.

  1. Los propi­etar­ios de bur­de­les: Los propi­etar­ios de los bur­de­les eran una clase par­tic­u­lar en la sociedad pom­peyana. A menudo, estos indi­vid­u­os no eran nece­sari­a­mente ricos en el sen­ti­do tradi­cional pero tenían una influ­en­cia con­sid­er­able gra­cias a los ingre­sos gen­er­a­dos por las activi­dades sex­u­ales en sus nego­cios. El hecho de que muchos de los bur­de­les estu­vier­an en el corazón de la ciu­dad no solo refle­ja­ba su impor­tan­cia económi­ca sino tam­bién su vis­i­bil­i­dad como parte de la vida cotid­i­ana.

  2. Los ingre­sos de los bur­de­les: Los bur­de­les de Pom­peya no solo se lim­ita­ban a ofre­cer ser­vi­cios sex­u­ales sino que tam­bién eran una fuente sig­ni­fica­ti­va de ingre­sos para el gob­ier­no local. Los impuestos sobre la pros­ti­tu­ción eran comunes en todo el Impe­rio Romano y en Pom­peya no fue la excep­ción. Los bur­de­les eran grava­dos con impuestos especí­fi­cos y este dinero ayud­a­ba a finan­ciar obras públi­cas y otros gas­tos del gob­ier­no munic­i­pal.

  3. Los esclavos en la pros­ti­tu­ción: Un dato par­tic­u­lar­mente fasci­nante sobre los bur­de­les de Pom­peya es el rol de los esclavos en el com­er­cio sex­u­al. Aunque no todos los tra­ba­jadores sex­u­ales eran esclavos, una por­ción sig­ni­fica­ti­va de las tra­ba­jado­ras eran esclavas y, en muchos casos, estas mujeres eran propiedad de los dueños de los bur­de­les. El des­ti­no de las esclavas, espe­cial­mente las jóvenes, era trági­co en muchos casos, ya que se veían oblig­adas a tra­ba­jar en estas casas de plac­er. Sin embar­go, algu­nas esclavas podrían haber sido lib­er­adas o inclu­so ten­er una cier­ta autonomía den­tro de los bur­de­les. Tam­bién había algu­nas mujeres que, por elec­ción o por necesi­dad económi­ca, se ded­i­ca­ban a la pros­ti­tu­ción como for­ma de obten­er ingre­sos.

Prostitución y religión

La pros­ti­tu­ción no solo esta­ba acep­ta­da, sino que tam­bién juga­ba un papel sig­ni­fica­ti­vo en los rit­uales sociales y reli­giosos de Pom­peya. De algu­na man­era, los bur­de­les fun­ciona­ban como cen­tros sociales que forma­ban parte del teji­do cul­tur­al y urbano de la ciu­dad.

Pompeya

  1. Rit­uales reli­giosos y pros­ti­tu­ción sagra­da: En la antigua Roma la sex­u­al­i­dad esta­ba vin­cu­la­da a diver­sas dei­dades, espe­cial­mente las aso­ci­adas con la fer­til­i­dad y el amor. La pros­ti­tu­ción sagra­da era una prác­ti­ca que involu­cra­ba la par­tic­i­pación de las tra­ba­jado­ras sex­u­ales en rit­uales reli­giosos. Las pros­ti­tu­tas a menudo real­iz­a­ban cer­e­mo­nias en hon­or a dios­es como Venus, diosa del amor, y Pri­apo, dios de la fer­til­i­dad. Estos rit­uales esta­ban des­ti­na­dos a ase­gu­rar la pros­peri­dad de la ciu­dad y la fer­til­i­dad de sus habi­tantes. Los clientes, al pagar por estos ser­vi­cios, no solo obtenían sat­is­fac­ción sex­u­al sino que tam­bién par­tic­i­pa­ban indi­rec­ta­mente en un acto de ven­eración reli­giosa.

  2. El papel de los bur­de­les en la vida públi­ca: La exis­ten­cia de los bur­de­les era un claro refle­jo de la trans­paren­cia social en la que la sex­u­al­i­dad se con­sid­er­a­ba un aspec­to nat­ur­al de la vida humana. Aunque existían límites sociales y morales, la pros­ti­tu­ción no era estigma­ti­za­da ni con­sid­er­a­da un crimen sino más bien una parte inher­ente de la vida cotid­i­ana. De hecho, se cree que algunos de los más altos car­gos de la sociedad romana, inclu­i­dos los ciu­dadanos ricos y políti­cos, solían fre­cuen­tar estos bur­de­les de for­ma habit­u­al sin que su rep­utación se viera per­ju­di­ca­da.

  3. El des­dén hacia las mujeres “hon­radas”: En una sociedad dom­i­na­da por hom­bres, las mujeres que tra­ba­ja­ban en el sexo a menudo no eran des­pre­ci­adas; más bien, en algunos casos, eran vis­tas como fig­uras de poder den­tro del mar­co social y económi­co. En par­tic­u­lar, las mere­tri­ces (pros­ti­tu­tas libres) podían lle­gar a ser inde­pen­di­entes financiera­mente. En este sen­ti­do, algu­nas mujeres que tra­ba­ja­ban en los bur­de­les podían ten­er más autonomía económi­ca que las mujeres casadas que dependían com­ple­ta­mente de sus esposos. Sin embar­go, las mujeres “hon­radas” tam­bién podían ver a estas tra­ba­jado­ras sex­u­ales como una clase infe­ri­or o como esclavas de la carne.

Curiosidades 

  1. La mar­ca del xexo: En var­ios fres­cos encon­tra­dos en los bur­de­les de Pom­peya, los sím­bo­los sex­u­ales están pre­sentes de man­era muy explíci­ta. Estos sím­bo­los fáli­cos no solo rep­re­senta­ban el deseo y la fer­til­i­dad sino que tam­bién cumplían con una fun­ción sim­bóli­ca en los rit­uales de fecun­di­dad. Se creía que los fres­cos fáli­cos tenían el poder de ale­jar los mal­os espíri­tus y atraer la pros­peri­dad y la fer­til­i­dad.

  2. El uso de la pal­abra “Lupus”: El tér­mi­no “lupa­nar”, que se refiere a un bur­del, tiene su ori­gen en la pal­abra lati­na “lupus” (lobo). Es posi­ble que este tér­mi­no estu­viera rela­ciona­do con el com­por­tamien­to depredador o “sal­va­je” que se aso­cia­ba con la activi­dad sex­u­al en esos lugares. De hecho, lupus tam­bién hacía ref­er­en­cia a la nat­u­raleza ani­mal del deseo y la lujuria, y los lupa­narios eran vis­tos, en cier­to sen­ti­do, como lugares donde el instin­to humano era lib­er­a­do de sus restric­ciones sociales.

  3. La prox­im­i­dad a la vida públi­ca: En Pom­peya muchos de los bur­de­les esta­ban ubi­ca­dos cer­ca de las prin­ci­pales vías de trán­si­to. Algunos estu­dios sug­ieren que esto no solo refle­ja­ba la necesi­dad de acce­si­bil­i­dad sino tam­bién un aspec­to de exhibi­ción. En una ciu­dad con una población tan viva y dinámi­ca como Pom­peya, el nego­cio de la pros­ti­tu­ción forma­ba parte de la vida públi­ca y era un ele­men­to vis­i­ble de la ciu­dad, al igual que las taber­nas, teatros y mer­ca­dos.

La conex­ión entre los bur­de­les de Pom­peya y la cul­tura romana no solo rev­ela una sociedad en la que el sexo se mane­ja­ba de for­ma difer­ente a como lo haríamos hoy sino que tam­bién es indica­ti­va de las creen­cias sub­y­a­centes sobre la nat­u­raleza humana, el plac­er y la lib­er­tad sex­u­al. En Pom­peya la pros­ti­tu­ción no solo tenía una fac­eta económi­ca sino que tam­bién tenía una fuerte dimen­sión cul­tur­al, social y reli­giosa.

Estructura y diseño de los lupanarios

Uno de los ele­men­tos más intere­santes que ha surgi­do de las excava­ciones arque­ológ­i­cas de Pom­peya es la estruc­tura de los bur­de­les o lupa­narios. Estos bur­de­les no eran sim­ples lugares con camas o sil­las dis­pues­tas de for­ma aleato­ria; eran establec­imien­tos bien orga­ni­za­dos y dis­eña­dos para ase­gu­rar tan­to la pri­vaci­dad de los clientes como la efi­cien­cia del ser­vi­cio.

Los lupa­narios no solo eran lugares donde se ofrecían ser­vi­cios sex­u­ales; tam­bién esta­ban orga­ni­za­dos de una man­era que refle­ja­ba las prác­ti­cas y val­ores de la sociedad romana. Algunos de los bur­de­les eran sim­ples habita­ciones o pequeños aparta­men­tos, mien­tras que otros tenían varias habita­ciones o cel­das pri­vadas, cada una con su propia dec­o­ración y mobil­iario. En la may­oría de los casos, las mujeres tra­ba­ja­ban en habita­ciones sep­a­radas donde atendían a los clientes de man­era indi­vid­ual. La división del espa­cio esta­ba pen­sa­da tan­to para ofre­cer una expe­ri­en­cia ínti­ma como para mane­jar la operación de man­era efi­caz.

El entreten­imien­to eróti­co y su fun­ción social

El entreten­imien­to eróti­co en Pom­peya no solo se lim­ita­ba a los bur­de­les. De hecho, el deseo sex­u­al y la sex­u­al­i­dad per­me­a­ban otras áreas de la vida urbana, como el teatro, las taber­nas y las fies­tas públi­cas. Los pom­peyanos no solo bus­ca­ban plac­er en la intim­i­dad pri­va­da sino tam­bién en el ámbito públi­co y la sex­u­al­i­dad desem­peña­ba un papel vital en la inter­ac­ción social.

  1. El teatro y la sex­u­al­i­dad: El teatro de Pom­peya, como se dis­cu­tió en sec­ciones ante­ri­ores, no era solo un lugar para dis­fru­tar de rep­re­senta­ciones dramáti­cas o come­dias sino tam­bién para pres­en­ciar esce­nas de ero­tismo explíc­i­to. El teatro romano a menudo incluía actos y bailes de corte sex­u­al que no solo servían para entreten­er sino tam­bién para fomen­tar una cul­tura de la lujuria en la que el sexo era un tema cen­tral. Algu­nas rep­re­senta­ciones de la Come­dia Nue­va romana incluían per­son­ajes cuyas inter­ac­ciones sex­u­ales forma­ban el núcleo de las tra­mas.

  2. Las taber­nas y el ocio colec­ti­vo: Las taber­nas de Pom­peya tam­bién eran un lugar donde los hom­bres se reunían para beber, char­lar y, en muchos casos, involu­crarse en con­ver­sa­ciones sobre sex­u­al­i­dad y ero­tismo. Las taber­nas no solo eran lugares de reunión sino tam­bién espa­cios donde se social­iz­a­ba y se dis­cutían temas como el plac­er sex­u­al, el amor y las rela­ciones. Las fies­tas pri­vadas en estas taber­nas a menudo incluían ban­quetes que ter­mina­ban en orgías o en encuen­tros sex­u­ales que se pro­ducían de man­era públi­ca.

  3. El cul­to a la fer­til­i­dad: Los rit­uales de fer­til­i­dad tam­bién desem­peña­ban un papel impor­tante en la vida sex­u­al de Pom­peya. En cier­tos días del cal­en­dario se real­iz­a­ban cer­e­mo­nias en hon­or a dios­es como Venus, Pri­apo y otros que sim­boliz­a­ban la pros­peri­dad y la repro­duc­ción. Durante estos rit­uales, la pros­ti­tu­ción sagra­da a veces forma­ba parte de las fes­tivi­dades, lo que mostra­ba el carác­ter sagra­do de la sex­u­al­i­dad. Los bur­de­les y las prác­ti­cas sex­u­ales no eran vis­tas como un acto impuro o inmoral sino como parte de una cos­mo­visión reli­giosa que vin­cu­la­ba lo eróti­co con la nat­u­raleza div­ina.

    1. La “Mural­la de los Pros­ti­tu­tos”: En uno de los bur­de­les más cono­ci­dos de Pom­peya, cono­ci­do como el Lupa­nar de la Vía de la For­tu­na, se des­cubrió una inscrip­ción famosa que decía “hic habi­tat felic­i­tas” o “aquí reside la feli­ci­dad”. Este tipo de men­saje sug­iere que, en la men­tal­i­dad de la época, la activi­dad sex­u­al no solo esta­ba aso­ci­a­da con el plac­er físi­co sino tam­bién con la real­ización per­son­al y el bien­es­tar.

    2. Los tat­u­a­jes de las pros­ti­tu­tas: En algunos de los fres­cos y grafit­tis encon­tra­dos en Pom­peya se obser­va que algu­nas pros­ti­tu­tas tenían tat­u­a­jes en sus cuer­pos. Estos tat­u­a­jes solían ser pequeños sím­bo­los fáli­cos o pal­abras escritas que indi­ca­ban su tra­ba­jo. El tat­u­a­je era con­sid­er­a­do una mar­ca de perte­nen­cia a un grupo social o una clase de tra­ba­jadores.

    3. El papel de la pros­ti­tu­ta libre: Aunque la pros­ti­tu­ción en Pom­peya esta­ba alta­mente orga­ni­za­da, tam­bién existían pros­ti­tu­tas libres, es decir, mujeres que elegían este esti­lo de vida sin ser forzadas ni esclav­izadas. Las mere­tri­ces libres eran rel­a­ti­va­mente comunes y algu­nas de ellas alcan­z­a­ban una cier­ta fama y riqueza den­tro de la ciu­dad. Estas mujeres podían ser muy pop­u­lares entre los hom­bres de alto esta­tus y algu­nas inclu­so lle­ga­ban a adquirir propiedades o poseer nego­cios.

Uno de los aspec­tos más intere­santes de la pros­ti­tu­ción en Pom­peya es el papel que las pros­ti­tu­tas desem­peña­ban en la sociedad. A pesar de que el tra­ba­jo sex­u­al esta­ba reg­u­la­do por leyes y nor­mas sociales, las mujeres que ejer­cían la pros­ti­tu­ción no eran nece­sari­a­mente vis­tas con des­dén o mar­gin­al­i­dad, como podría ser el caso en muchas sociedades mod­er­nas. Al con­trario, en el con­tex­to romano y, par­tic­u­lar­mente en Pom­peya, las pros­ti­tu­tas podían ser vis­tas como fig­uras que con­tribuían al bien­es­tar social y eran parte inte­gral de la dinámi­ca urbana.

Aunque el tra­ba­jo sex­u­al en Pom­peya no se con­sid­er­a­ba una activi­dad de pres­ti­gio, las pros­ti­tu­tas, espe­cial­mente aque­l­las que tra­ba­ja­ban en bur­de­les de lujo o que eran muy solic­i­tadas, podían ascen­der social­mente. Al ganar la grat­i­tud de los clientes ricos o con­seguir la pro­tec­ción de hom­bres poderosos, algu­nas pros­ti­tu­tas pudieron acu­mu­lar riqueza y, en algunos casos, con­seguir una posi­ción social respetable. Este fenó­meno de movil­i­dad social era una de las car­ac­terís­ti­cas par­tic­u­lares de la pros­ti­tu­ción en Pom­peya, una ciu­dad que, a pesar de sus estric­tas jer­ar­quías sociales, tam­bién per­mitía cier­ta flex­i­bil­i­dad en cuan­to a las posi­ciones sociales.

Los banquetes: una tradición romana

Otro pilar del ocio en Pom­peya era el ban­quete, que, al igual que en otras ciu­dades romanas, era una opor­tu­nidad para socializar, dis­fru­tar de la comi­da y el vino y mostrar esta­tus social. Los romanos solían orga­ni­zar ban­quetes opu­len­tos, espe­cial­mente en las casas de las élites.

Los ban­quetes en Pom­peya, al igual que en otras ciu­dades del Impe­rio Romano, eran even­tos sociales que refle­ja­ban el esta­tus, las cos­tum­bres y la vida cotid­i­ana de sus habi­tantes. En la antigua Pom­peya el ban­quete no solo se lim­ita­ba a una comi­da; era un acto social y rit­u­al que implic­a­ba una serie de pro­to­co­los y tradi­ciones rela­cionadas con la comi­da, la bebi­da, el entreten­imien­to y las inter­ac­ciones sociales. A través de los restos arque­ológi­cos, fres­cos y escritos antigu­os, podemos ten­er una idea de cómo se llev­a­ban a cabo estos even­tos, quiénes eran los anfitri­ones y los invi­ta­dos y qué sig­nifi­ca­ban en el con­tex­to de la vida pom­peyana.

Pompeya

La estructura de los banquetes

Un ban­quete en Pom­peya no era sim­ple­mente una comi­da; era una expe­ri­en­cia social que reunía a per­sonas de difer­entes clases sociales, aunque gen­eral­mente los anfitri­ones pertenecían a la élite de la ciu­dad. Estas cel­e­bra­ciones servían para for­t­ale­cer los lazos sociales, estable­cer alian­zas políti­cas y mostrar el esta­tus del anfitrión.

El ámbito del ban­quete: Los ban­quetes de lujo en Pom­peya se cel­e­bra­ban en las domus (casas de los ricos), en espa­cios como el tri­clin­i­um, una habitación dis­eña­da espe­cial­mente para com­er en sofás reclin­ables. El tri­clin­i­um debía con­tar con un ambi­ente cómo­do y ele­gante, con mue­bles lujosos, alfom­bras y dec­o­ración que refle­ja­ban la posi­ción social del anfitrión. Los ban­quetes tam­bién podían realizarse en patios o en las ter­razas de las casas, espe­cial­mente en épocas de buen tiem­po.

La dis­tribu­ción de los invi­ta­dos: Durante los ban­quetes, los invi­ta­dos se aco­mod­a­ban en sofás o divanes dis­puestos en for­ma de U alrede­dor de una mesa baja. Los romanos solían recli­narse sobre su lado izquier­do y com­er con la mano derecha. Los invi­ta­dos de may­or esta­tus se ubi­ca­ban en el lado cen­tral del tri­clin­i­um, mien­tras que los más humildes o servi­dores ocu­pa­ban los lugares per­iféri­cos.

El ser­vi­cio de comi­das: El ser­vi­cio en los ban­quetes era alta­mente orga­ni­za­do. Los anfitri­ones con­trata­ban a esclavos o sirvientes que se encar­ga­ban de servir la comi­da en pequeños platos y vasos de met­al o vidrio. Los platos, al igual que los uten­sil­ios y el vino, eran a menudo de gran cal­i­dad y el ban­quete esta­ba dis­eña­do para impre­sion­ar a los invi­ta­dos con la var­iedad y la abun­dan­cia de los ali­men­tos.

La comida y la bebida: un festín para los sentidos

Los ban­quetes romanos eran famosos por su opu­len­cia y la gran var­iedad de ali­men­tos que ofrecían. A menudo los anfitri­ones trata­ban de impre­sion­ar a sus invi­ta­dos con platos exquis­i­tos y poco comunes. La comi­da vari­a­ba según la tem­po­ra­da, la región y, por supuesto, el niv­el económi­co de los anfitri­ones.

Entrantes y aper­i­tivos: El ban­quete solía comen­zar con una var­iedad de aper­i­tivos, como fru­tas fres­cas, aceitu­nas, que­sos panes Estos platil­los ligeros prepara­ban el estó­ma­go para los platos más sus­tan­ciosos que seguían. Los romanos tam­bién servían una bebi­da lla­ma­da mul­sum, una mez­cla de vino y miel, que era muy pop­u­lar como aper­i­ti­vo.

Platos prin­ci­pales: Los platos prin­ci­pales eran muy diver­sos y podían incluir carnes (como cordero, cer­do, pavo, gal­li­nas y caza), pesca­dos y mariscos. Los ban­quetes pom­peyanos de élite tam­bién pre­senta­ban platos exóti­cos como fla­men­cos, gan­sos, pavones o lenguas de faisán, ani­males que no solo eran un lujo culi­nario sino tam­bién un sím­bo­lo de riqueza y pres­ti­gio. Los romanos gusta­ban de adere­zos elab­o­ra­dos, como mostaza, vina­gre y hier­bas aromáti­cas.

Postres y dul­ces: Al final del ban­quete se servían fru­tas como peras, man­zanas y uvas, jun­to con dátiles y higos. Los paste­les y dul­ces tam­bién eran muy pop­u­lares y los romanos solían endulzar­los con miel. Los postres en Pom­peya no solo eran un deleite para el pal­adar sino tam­bién un refle­jo de la abun­dan­cia y el lujo del ban­quete.

La bebi­da: El vino era una bebi­da común en los ban­quetes de Pom­peya y en muchos casos se mez­cla­ba con agua y espe­cias para suavizar su sabor. Los romanos eran cono­ci­dos por diluir el vino en agua, ya que lo con­sid­er­a­ban demasi­a­do fuerte si se toma­ba puro. Los anfitri­ones ofrecían una selec­ción de vinos tin­tos, blan­cos y rosa­dos, con espe­cial aten­ción a la cal­i­dad de las bebidas que se servían.

El entretenimiento en los banquetes

Un ban­quete pom­peyano no solo se trata­ba de com­er y beber sino tam­bién de dis­fru­tar del entreten­imien­to. Los anfitri­ones se ase­gura­ban de que sus invi­ta­dos se sin­tier­an bien aten­di­dos durante toda la vela­da. Durante el ban­quete, no falta­ba la músi­ca. Los músi­cos con­trata­dos para la ocasión toca­ban instru­men­tos como la lira, el aulos (una especie de flau­ta doble) y la cítara. Además, las dan­zas eran una for­ma de entreten­imien­to habit­u­al. A veces las bailar­i­nas real­iz­a­ban core­ografías sen­suales para ani­mar el ambi­ente y hac­er más agrad­able la vela­da.

En algunos casos, los ban­quetes en Pom­peya tam­bién esta­ban mar­ca­dos por un entreten­imien­to eróti­co o por la par­tic­i­pación en jue­gos. Los jue­gos de mesa eran comunes y per­mitían a los invi­ta­dos dis­fru­tar de un rato de diver­sión y risas. Los dados y el tablero de ludus latrun­cu­lo­rum (un tipo de aje­drez o juego de estrate­gia) eran pop­u­lares y las apues­tas en estos jue­gos podían ser una parte impor­tante del ban­quete. A veces, los ban­quetes de élite se com­ple­menta­ban con espec­tácu­los teatrales o rep­re­senta­ciones dramáti­cas. Estos even­tos de entreten­imien­to podían incluir come­dias o trage­dias, y, oca­sion­al­mente, se real­iz­a­ban pequeñas rep­re­senta­ciones de piezas eróti­cas o sen­suales.

El significado social y cultural de los banquetes

Los ban­quetes en Pom­peya no solo eran opor­tu­nidades para dis­fru­tar de una comi­da rica y vari­a­da sino tam­bién para con­sol­i­dar rela­ciones políti­cas, famil­iares y com­er­ciales. Los anfitri­ones uti­liz­a­ban estos even­tos para for­t­ale­cer su posi­ción social y demostrar su riqueza y poder.

La clase alta y su afán de lujo: En la sociedad pom­peyana los ban­quetes eran un medio de osten­tar el esta­tus. Los ban­quetes de los aristócratas esta­ban cuida­dosa­mente planea­d­os para impre­sion­ar a sus invi­ta­dos y sub­ra­yar la abun­dan­cia de recur­sos del anfitrión. Esto se refle­ja­ba en la cal­i­dad de los ali­men­tos, el tipo de entreten­imien­to ofre­ci­do y la dec­o­ración opu­len­ta de los tri­clin­ios.

Rela­ciones com­er­ciales y diplomáti­cas: Para los mer­caderes los ban­quetes tam­bién servían como una man­era de for­jar alian­zas com­er­ciales. Durante estas fes­tivi­dades, los acuer­dos y con­tratos podían dis­cu­tirse en un ambi­ente rela­ja­do, mien­tras los par­tic­i­pantes comían y dis­fruta­ban de la com­pañía mutua. Esto tam­bién era común entre las clases políti­cas de Pom­peya, quienes uti­liz­a­ban estos even­tos para nego­ciar acuer­dos o con­sol­i­dar su poder.

Curiosidades 

El uso de fres­cos eróti­cos en los ban­quetes: En algunos de los ban­quetes pom­peyanos los fres­cos y dec­o­ra­ciones eróti­cas eran comunes. En las pare­des de las casas de lujo se han encon­tra­do pin­turas que rep­re­senta­ban esce­nas de plac­er y lujuria, lo que refle­ja la acti­tud rela­ja­da de los romanos hacia la sex­u­al­i­dad y su dis­posi­ción a inte­grar este tipo de rep­re­senta­ciones en sus activi­dades sociales.

Ban­quetes y el arte de la con­ver­sación: En Pom­peya los ban­quetes no solo eran sobre la comi­da sino tam­bién sobre el arte de la con­ver­sación. Se esper­a­ba que los anfitri­ones y sus invi­ta­dos par­tic­i­paran en ani­ma­dos inter­cam­bios sobre filosofía, políti­ca, lit­er­atu­ra o inclu­so la vida cotid­i­ana. Los ban­quetes eran ter­renos fér­tiles para com­par­tir ideas y for­mar conex­iones.

La duración de los ban­quetes: Los ban­quetes de lujo en Pom­peya podían durar horas, a veces inclu­so has­ta el amanecer. Durante estas largas veladas los invi­ta­dos se rela­ja­ban, dis­fruta­ban de las bebidas, char­la­ban y par­tic­i­pa­ban en los entreten­imien­tos. 

Los juegos y la diversión popular

El ocio en Pom­peya no solo se lim­ita­ba a los espec­tácu­los públi­cos y ban­quetes de élite sino que tam­bién se refle­ja­ba en las activi­dades cotid­i­anas de la gente común. Los romanos eran grandes afi­ciona­dos a los jue­gos y al deporte.

El juego de los dados: Uno de los pasatiem­pos más pop­u­lares en Pom­peya era el juego de los dados. Se han encon­tra­do muchos dados de hue­so en las excava­ciones de la ciu­dad, lo que indi­ca que los pom­peyanos juga­ban a los dados tan­to en su tiem­po libre como en los ban­quetes y fies­tas. Además, exis­ten evi­den­cias de que existían casas de jue­gos donde se apos­ta­ba.

El bal­n­eario: El baño era una parte impor­tante de la vida social en Pom­peya. En los ter­mas los romanos no solo se baña­ban sino que tam­bién se reunían para socializar y dis­cu­tir nego­cios. El bal­n­eario era una especie de cen­tro recre­ati­vo que incluía baños de vapor, masajes y salas para rela­jarse, lo que hacía que los bal­n­ear­ios fuer­an un lugar esen­cial para el ocio en la ciu­dad.

Los balnearios en Pompeya

Los bal­n­ear­ios o ter­mas de Pom­peya eran mucho más que sim­ples espa­cios ded­i­ca­dos al baño; eran el cen­tro de la vida social, el ocio y el cuida­do del cuer­po para los habi­tantes de la ciu­dad. En una sociedad como la romana, donde la higiene, la salud y la rela­jación forma­ban una parte impor­tante de la vida cotid­i­ana, los bal­n­ear­ios desem­peña­ban un papel fun­da­men­tal en el bien­es­tar físi­co y social de las per­sonas. En Pom­peya estos establec­imien­tos no solo servían para bañarse sino que tam­bién eran lugares donde se cel­e­bra­ban encuen­tros, se real­iz­a­ban con­ver­sa­ciones filosó­fi­cas y se social­iz­a­ba con ami­gos, cono­ci­dos y clientes.

A través de los restos arque­ológi­cos y de la infor­ma­ción pro­por­ciona­da por los escritos romanos, sabe­mos que los bal­n­ear­ios eran espa­cios de lujo y con­fort, muy bien dis­eña­dos y dec­o­ra­dos, que tenían una gran influ­en­cia en la cul­tura romana y en el esti­lo de vida de las clases altas de Pom­peya.

Balneario Pompeya

Las termas Stabianas: el spa de la antigüedad

Las Ter­mas Stabi­anas son los baños públi­cos más antigu­os de Pom­peya y uno de los mejores ejem­p­los de la sofisti­cación romana en cuan­to a higiene, rela­jación y vida social. Situ­adas en el cruce de la Vía Stabi­ana con la Vía dell’Abbondanza, estas ter­mas datan del siglo IV a.C. y fueron ampli­adas y mejo­radas has­ta la erup­ción del Vesubio. Eran mucho más que un lugar para bañarse; eran un cen­tro de reunión, donde los ciu­dadanos acud­ían a rela­jarse, con­ver­sar y man­ten­erse al día con las noti­cias y cotilleos locales. En algunos casos inclu­so había espec­tácu­los de músi­ca y poesía den­tro de las ter­mas.

Las ter­mas esta­ban divi­di­das en difer­entes salas, cada una con una fun­ción especí­fi­ca. Los baños esta­ban sep­a­ra­dos en dos sec­ciones, una para hom­bres y otra para mujeres, cada una con un recor­ri­do sim­i­lar.

Palestra (Área de Ejer­ci­cio)

Antes de entrar en los baños, los vis­i­tantes solían ejerci­tarse en la palestra, una gran zona abier­ta donde prac­ti­ca­ban lucha, lev­an­tamien­to de pesas y otros ejer­ci­cios físi­cos. Alrede­dor de la palestra había pór­ti­cos con colum­nas y ban­cos donde la gente des­cans­a­ba o con­versa­ba.

Apody­teri­um (Ves­tu­ario)

Era la sala donde los bañis­tas se quita­ban la ropa y la deja­ban en nichos en las pare­des. Muchas veces, esclavos o asis­tentes vig­i­la­ban la ropa para evi­tar robos.

Frigi­dar­i­um (Baño Frío)

Una sala con una pisci­na de agua fría, uti­liza­da después del ejer­ci­cio o al final del baño para tonificar la piel y cer­rar los poros.

Tep­i­dar­i­um (Baño Tem­pla­do)

Un espa­cio de tem­per­atu­ra mod­er­a­da, dis­eña­do para preparar el cuer­po antes de entrar en el baño caliente. Era un lugar de rela­jación donde los pom­peyanos podían con­ver­sar o recibir masajes con aceites per­fuma­dos.

Cal­dar­i­um (Baño Caliente)

La sala más calurosa de las ter­mas, con un gran baño de agua caliente y un sis­tema de cale­fac­ción sub­ter­rá­neo (hipocaus­to) que man­tenía el sue­lo y las pare­des calientes. En esta sala tam­bién había un gran lavabo de már­mol, el labrum, con agua fría para refres­carse.

Lacon­icum (Sauna de Vapor)

Algu­nas ter­mas, inclu­idas las Stabi­anas, tenían una sala de vapor caliente, sim­i­lar a un baño tur­co actu­al. El calor se gen­er­a­ba medi­ante el hipocaus­to, que canal­iz­a­ba aire caliente bajo el sue­lo y las pare­des.

El sis­tema de cale­fac­ción: Hipocaus­to

Uno de los aspec­tos más intere­santes de las Ter­mas Stabi­anas es su avan­za­do sis­tema de cale­fac­ción, el hipocaus­to. Fun­ciona­ba de la sigu­iente man­era: se encendía un horno (prae­furni­um) que calenta­ba el aire, el aire caliente cir­cu­la­ba por espa­cios bajo el sue­lo y por tubos en las pare­des y esto cre­a­ba un sis­tema de cale­fac­ción de lo más efi­caz. Gra­cias a este sis­tema los baños podían man­ten­erse a tem­per­at­uras agrad­ables inclu­so en invier­no. 


Curiosi­dades de las Ter­mas Stabi­anas

  1. Las mujeres tenían su pro­pio baño, pero más pequeño – Aunque las mujeres podían dis­fru­tar de las ter­mas, su sec­ción era más reduci­da y con menos dec­o­ración.

  2. Grafit­tis en las pare­des – Se han encon­tra­do inscrip­ciones y grafit­tis en las ter­mas, algunos de ellos con men­sajes humorís­ti­cos o eróti­cos.

  3. Olores y aceites – Los romanos usa­ban aceites per­fuma­dos en lugar de jabón. Estos aceites eran reti­ra­dos con un strig­ilis, un instru­men­to de met­al con for­ma cur­va.

  4. Fres­cos y dec­o­ra­ciones – En las pare­des de las ter­mas se con­ser­van pin­turas con esce­nas mitológ­i­cas y relieves de dios­es como Apo­lo y Venus.

  5. Restau­ración tras el ter­re­mo­to del 62 d.C. – Muchas partes de las ter­mas esta­ban en pro­ce­so de reparación cuan­do ocur­rió la erup­ción del Vesubio en el 79 d.C.

Termas Pompeya

Los difer­entes tipos de bal­n­ear­ios en Pom­peya

  1. Bal­n­ear­ios públi­cos y pri­va­dos: En Pom­peya los bal­n­ear­ios públi­cos eran acce­si­bles para todos, inde­pen­di­en­te­mente de su clase social. Estos bal­n­ear­ios esta­ban dis­eña­dos para ser espa­cios democráti­cos donde cualquier ciu­dadano pudiera acced­er a los ben­efi­cios del baño. Por otro lado, existían tam­bién bal­n­ear­ios pri­va­dos que solo podían ser uti­liza­dos por per­sonas adin­er­adas o miem­bros de la élite social. Estos bal­n­ear­ios pri­va­dos, aunque más pequeños en número, solían con­tar con insta­la­ciones más lujosas y con ser­vi­cios exclu­sivos, como masajes y baños de vapor.

  2. Bal­n­ear­ios de élite: En las casas de los ricos y poderosos, algunos bal­n­ear­ios pri­va­dos eran muy elab­o­ra­dos, con mosaicos de alta cal­i­dad, detalles en már­mol y agua de gri­fo pri­va­do. Estos bal­n­ear­ios, además de ser espa­cios de rela­jación, tam­bién servían como lugares de entreten­imien­to pri­va­do y nego­cios, ya que no era raro que se dis­cutier­an acuer­dos com­er­ciales, con­tratos o alian­zas mien­tras se dis­fruta­ba del baño.

Los ban­quetes y comi­das en los bal­n­ear­ios: Además del baño, muchos bal­n­ear­ios ofrecían la opción de com­er y beber. Se servían aper­i­tivos y platos ligeros y se podía dis­fru­tar de vino mien­tras se char­la­ba con los ami­gos. Algunos bal­n­ear­ios con­ta­ban con sil­las o sofás en áreas pri­vadas donde los vis­i­tantes podían rela­jarse después del baño y seguir social­izan­do.

Filosofía y cul­tura en los bal­n­ear­ios: Como en otras partes del mun­do romano, el baño no solo era un momen­to de higiene sino tam­bién de reflex­ión int­elec­tu­al. Era habit­u­al que los ban­queteros y filó­so­fos se reunier­an en los bal­n­ear­ios para dis­cu­tir temas filosó­fi­cos y cul­tur­ales. En Pom­peya algunos baños eran fre­cuen­ta­dos por int­elec­tuales y per­sonas de clase alta, quienes uti­liz­a­ban el ambi­ente rela­ja­do para debatir sobre temas como la éti­ca, la políti­ca y el arte.

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Anfiteatro de Pompeya

El Anfiteatro de Pom­peya es uno de los sitios más impre­sio­n­antes y mejor con­ser­va­dos de la antigua ciu­dad romana. Con­stru­i­do alrede­dor del año 80 a.C., este anfiteatro es el más antiguo de todos los que se con­ser­van en el Impe­rio Romano y sirvió como un lugar de entreten­imien­to para la población pom­peyana, sien­do tes­ti­go de glad­i­adores, batal­las y otros even­tos públi­cos. 

El Anfiteatro de Pom­peya tiene una for­ma elíp­ti­ca, con un tamaño de aprox­i­mada­mente 150 met­ros de largo por 120 met­ros de ancho. Podía alber­gar has­ta 20,000 espec­ta­dores, lo que lo con­vierte en un lugar impre­sio­n­ante para la época, ya que la población de Pom­peya era de alrede­dor de 20,000 a 25,000 per­sonas en ese entonces. Situ­a­do en el extremo sur de la ciu­dad, el anfiteatro aprovech­a­ba el ter­reno nat­ur­al de la ciu­dad, ya que se encon­tra­ba cer­ca de las mural­las de Pom­peya. Además, el acce­so al anfiteatro era fácil des­de difer­entes pun­tos de la ciu­dad, per­mi­tien­do que muchas per­sonas pudier­an asi­s­tir a los espec­tácu­los.

Está hecho prin­ci­pal­mente de piedra vol­cáni­ca (como la piedra toba) y ladrillo, mate­ri­ales comunes en la con­struc­ción romana. A difer­en­cia de los anfiteatros más grandes, que usa­ban már­mol o piedra de alta cal­i­dad, el de Pom­peya usa­ba mate­ri­ales más acce­si­bles y menos lujosos, lo que refuerza la idea de que era un lugar de espec­tácu­los pop­u­lares.

Pompeya

Curiosi­dades del Anfiteatro de Pom­peya

El primer anfiteatro romano: Aunque el Col­iseo de Roma es el anfiteatro más famoso del mun­do, el de Pom­peya tiene el hon­or de ser el más antiguo. Fue inau­gu­ra­do en 80 a.C. y esta­ba dis­eña­do para alber­gar una var­iedad amplia de espec­tácu­los como luchas de glad­i­adores, batal­las navales sim­u­ladas, eje­cu­ciones públi­cas y recrea­ciones de mitos y batal­las históri­c­as.

Entradas y sal­i­das: El anfiteatro esta­ba divi­di­do en varias sec­ciones: la zona de los glad­i­adores, la de los ciu­dadanos de clase baja y las áreas más exclu­si­vas para los patri­cios y ciu­dadanos de alta clase. Había doce entradas en total, lo que per­mitía una evac­uación ráp­i­da en caso de emer­gen­cia. Estas entradas fueron dis­eñadas no solo para el acce­so sino tam­bién para ofre­cer una vper­spec­ti­va clara de los com­bat­es.

Las luchas de glad­i­adores: Aunque no se ha encon­tra­do un reg­istro com­ple­to de los com­bat­es que se realizaron allí, se sabe que las luchas eran cru­en­tas y a veces, no tan­tas como crees, ter­mina­ban con la muerte de uno de los glad­i­adores. Algunos de los glad­i­adores eran esclavos pero otros eran vol­un­tar­ios que lucha­ban por la fama y el dinero. 

Sim­u­lacros de batal­las navales: Aunque no se sabe con certeza, se cree que el anfiteatro de Pom­peya pudo haber sido uti­liza­do para sim­u­lacros de batal­las navales. Durante algu­nas oca­siones espe­ciales el anfiteatro se inund­a­ba y se recre­a­ban batal­las navales, algo que solo era posi­ble en cier­tos anfiteatros romanos que con­ta­ban con mecan­is­mos de drena­je efi­cientes. Y (aten­ción, spoil­er) lo de “Glad­i­a­tor II” con tiburones es una para­noia de Rid­ley Scott, nada que ver con la real­i­dad.

La acús­ti­ca per­fec­ta: Como en muchos otros anfiteatros romanos la acús­ti­ca del Anfiteatro de Pom­peya era impre­sio­n­ante. Inclu­so sin ampli­fi­cación elec­tróni­ca el sonido se proyecta­ba de man­era tal que todos los espec­ta­dores podían oír clara­mente los sonidos del espec­tácu­lo, des­de los rugi­dos de los glad­i­adores has­ta el rui­do de las mul­ti­tudes.

El enig­ma de lat­Trage­dia: Aunque en prin­ci­pio el anfiteatro era un lugar para el entreten­imien­to, el públi­co romano no esta­ba exen­to de un lado oscuro. En el caso de Pom­peya se han encon­tra­do numerosos restos humanos en las cer­canías del anfiteatro, lo que sug­iere que, en la mis­ma zona, se real­iz­a­ban eje­cu­ciones o cas­ti­gos vio­len­tos. Algunos estu­diosos tam­bién sug­ieren que podrían haberse lle­va­do a cabo cier­tos rit­uales o actos de sac­ri­fi­cio rela­ciona­dos con la cul­tura romana.

El redes­cubrim­ien­to tras la erup­ción del Vesubio: Tras la erup­ción del Vesubio, el anfiteatro quedó enter­ra­do bajo una capa de cenizas vol­cáni­cas, lo que con­tribuyó a su con­ser­vación. Los moldes de cadáveres encon­tra­dos en la zona, algunos de los cuales esta­ban cer­ca del anfiteatro, ofre­cen una visión escalofri­ante de cómo las per­sonas huyeron en medio del caos de la erup­ción.

Los even­tos en el anfiteatro no solo se lim­ita­ban a luchas de glad­i­adores. Fes­tivi­dades públi­cas como los jue­gos y las com­peti­ciones tam­bién se real­iz­a­ban y a menudo se orga­ni­z­a­ban ban­quetes y fies­tas pop­u­lares en las cer­canías del anfiteatro. Estos even­tos eran una for­ma de reforzar la cohe­sión social en la ciu­dad y man­ten­er a la población entreteni­da y con­tro­la­da.

Se han encon­tra­do varias inscrip­ciones y rep­re­senta­ciones artís­ti­cas en las mural­las del anfiteatro que mues­tran esce­nas de luchas de glad­i­adores y batal­las míti­cas. Algu­nas de estas rep­re­senta­ciones servían para pro­mo­cionar los even­tos y tam­bién para cel­e­brar las vic­to­rias de cier­tos glad­i­adores o equipos.

En la sociedad romana, el anfiteatro tam­bién rep­re­senta­ba una for­ma de con­trol social. Los espec­tácu­los ofrecían una sal­i­da para las ten­siones sociales, per­mi­tien­do que las clases bajas y altas com­partier­an un espa­cio común. De hecho algunos estu­dios indi­can que las luchas de glad­i­adores tam­bién eran una estrate­gia políti­ca para man­ten­er el con­trol de la plebe.

Teatro grande

El Teatro Grande de Pom­peya es una de las estruc­turas más impo­nentes y rep­re­sen­ta­ti­vas de la antigua ciu­dad romana. Se tra­ta de un edi­fi­cio ded­i­ca­do a espec­tácu­los teatrales y su tamaño y esplen­dor refle­jan la impor­tan­cia de las artes en la vida cul­tur­al de Pom­peya. Su ubi­cación, dis­eño y uso lo con­vierten en un espa­cio clave para enten­der el papel del entreten­imien­to y la políti­ca en la sociedad pom­peyana.

El teatro se dis­eñó en un esti­lo clási­co romano con una estruc­tura semi­cir­cu­lar. El edi­fi­cio con­ta­ba con un esce­nario amplio y un área de asien­tos ele­va­da, adap­ta­da para aco­modar a un gran número de per­sonas. Esta­ba dis­eña­do para alber­gar a más de 5,000 per­sonas, lo que lo con­vertía en uno de los teatros más grandes de la región. Su capaci­dad era una mues­tra del papel cen­tral que desem­peña­ba el teatro en la cul­tura romana.

La estruc­tura esta­ba divi­di­da en difer­entes sec­ciones:

Cavea: La parte del teatro donde se ubi­ca­ba el públi­co. Esta esta­ba dis­tribui­da en difer­entes nive­les según la clase social. Los senadores y las clases altas se senta­ban en las zonas más cer­canas al esce­nario, mien­tras que las clases bajas se ubi­ca­ban en las gradas más ale­jadas.

Orches­tra: La zona semi­cir­cu­lar frente al esce­nario, des­ti­na­da a los músi­cos y a las per­sonas de alta jer­ar­quía social que desea­ban estar más cer­ca de los actores. Este área tam­bién se uti­liz­a­ba para even­tos espe­ciales como las luchas de glad­i­adores o ban­quetes pri­va­dos.

Scae­na: El esce­nario prin­ci­pal, donde se rep­re­senta­ban las obras teatrales. Esta­ba dec­o­ra­do con detalles arqui­tec­tóni­cos de gran ele­gan­cia, como colum­nas y estat­uas, y servía como fon­do para las rep­re­senta­ciones.

Pompeya

El Teatro Grande de Pom­peya no solo era un cen­tro de entreten­imien­to sino que tam­bién tenía un carác­ter políti­co y social. Los espec­tácu­los que se real­iz­a­ban allí incluían come­dias, trage­dias, rep­re­senta­ciones dramáti­cas y otros even­tos cul­tur­ales que forma­ban parte de la vida diaria de los pom­peyanos. Los romanos con­sid­er­a­ban el teatro una her­ramien­ta educa­ti­va, espe­cial­mente para trans­mi­tir val­ores morales y sociales. Las obras rep­re­sen­tadas a menudo incluían lec­ciones sobre la moral­i­dad, la vir­tud y el com­por­tamien­to ade­cua­do, lo que refle­ja­ba el interés romano por la edu­cación públi­ca.

Las obras de teatro eran una for­ma pop­u­lar de entreten­imien­to. Los actores romanos rep­re­senta­ban piezas cómi­cas, trág­i­cas y dramáti­cas, adap­tadas para atraer tan­to a las clases altas como a las más bajas. Los actores y escritores teatrales goz­a­ban de gran pres­ti­gio y sus obras eran un refle­jo de las pre­ocu­pa­ciones sociales y políti­cas de la época. El teatro tam­bién era uti­liza­do para espec­tácu­los públi­cos, como luchas de glad­i­adores, luchas de ani­males y even­tos rela­ciona­dos con las fies­tas reli­giosas. Estos even­tos tenían una fun­ción políti­ca, ya que eran orga­ni­za­dos por mag­istra­dos o políti­cos locales para ganar apoyo pop­u­lar.

Los políti­cos de Pom­peya usa­ban el teatro como una platafor­ma para demostrar su poder y gen­erosi­dad. Durante las elec­ciones o cer­e­mo­nias públi­cas, el teatro era el lugar ide­al para que los mag­istra­dos mostraran su riqueza y su com­pro­miso con el bien­es­tar de la comu­nidad. Durante las cam­pañas elec­torales en Pom­peya, el teatro no solo servía como cen­tro de entreten­imien­to, sino tam­bién como un lugar donde los can­didatos podían orga­ni­zar even­tos públi­cos para ganar el favor de la gente. Esta inter­sec­ción entre el entreten­imien­to y la políti­ca mues­tra cómo el teatro romano desem­peña­ba un papel cru­cial en la vida públi­ca.

El Teatro Grande es cono­ci­do por su per­fec­ta acús­ti­ca. A pesar de su tamaño, los actores no nece­sita­ban ampli­fi­cación para ser escucha­dos en todas las partes del teatro. Esta car­ac­terís­ti­ca arqui­tec­tóni­ca es un ejem­p­lo de la inge­niería romana y su capaci­dad para dis­eñar espa­cios con un uso efec­ti­vo de la acús­ti­ca.

La inau­gu­ración de un espec­tácu­lo impor­tante en el Teatro Grande a menudo era un even­to solemne y esta­ba rela­ciona­da con la cel­e­bración de vic­to­rias mil­itares o el comien­zo de las fies­tas públi­cas. Durante estos even­tos, se real­iz­a­ban des­files y cer­e­mo­nias reli­giosas para hon­rar a los dios­es.

Teatro pequeño

El Teatro Pequeño de Pom­peya, tam­bién cono­ci­do como Teatro Otium, Odeón o Teatro de la For­tu­na, es uno de los espa­cios más intere­santes y menos cono­ci­dos de la ciu­dad romana. Aunque su nom­bre puede sug­erir que es una estruc­tura menor, en real­i­dad era un lugar de gran impor­tan­cia den­tro del entra­ma­do cul­tur­al y social de Pom­peya. Este teatro esta­ba ded­i­ca­do prin­ci­pal­mente a even­tos de entreten­imien­to y rep­re­senta­ciones de teatro menor, como come­dias, rep­re­senta­ciones de títeres, actua­ciones musi­cales, dis­cur­sos y otros espec­tácu­los más infor­males.

Aún así, tenía un aforo con­sid­er­able, para 1500 espec­ta­dores,  y se cree que pudiera estar cubier­to por un techo que le pro­por­cionara mejor acús­ti­ca. Al sur del teatro hay una explana­da rodea­da por una colum­na­ta que servía como lugar de entre­namien­to de glad­i­adores.

Pompeya

El Teatro Pequeño se encuen­tra en la parte sur de la ciu­dad, cer­ca del Foro Tri­an­gu­lar y a unos 200 met­ros del Teatro Grande. A difer­en­cia de su her­mano may­or, que esta­ba des­ti­na­do a rep­re­senta­ciones teatrales de may­or enver­gadu­ra y a un públi­co más amplio, el Teatro Pequeño era un espa­cio más ínti­mo y con una capaci­dad reduci­da, aunque sufi­ciente para even­tos de carác­ter local.

Tam­bién era uti­liza­do para espec­tácu­los musi­cales y era común que en el teatro se cel­e­braran pequeños con­cur­sos de poesía o rep­re­senta­ciones de mími­ca, un tipo de entreten­imien­to muy pop­u­lar en la Roma antigua. El teatro tam­bién se presta­ba para ban­quetes y cel­e­bra­ciones pri­vadas, en las cuales el públi­co dis­fruta­ba de actua­ciones mien­tras social­iz­a­ba.

La dec­o­ración del teatro era bas­tante sen­cil­la en com­para­ción con otros teatros más lujosos de Pom­peya pero aún así pre­senta­ba detalles ele­gantes, como colum­nas de orden cor­in­tio en el frente del esce­nario que daban una apari­en­cia majes­tu­osa sin perder la fun­cional­i­dad. 

El Teatro Pequeño refle­ja una fac­eta clave de la vida social en Pom­peya: la democ­ra­ti­zación del entreten­imien­to. Mien­tras que el Teatro Grande era reser­va­do para espec­tácu­los más for­males y de may­or alcance, el Teatro Pequeño se presta­ba a una may­or var­iedad de rep­re­senta­ciones, que abar­ca­ban des­de obras de teatro de gran renom­bre has­ta entreten­imien­tos más sen­cil­los y pop­u­lares. Este teatro era un pun­to de encuen­tro no solo para los habi­tantes de Pom­peya sino tam­bién para los via­jeros y mer­caderes que pasa­ban por la ciu­dad. Además, el hecho de que este espa­cio tuviera una capaci­dad menor per­mitía una may­or inter­ac­ción entre los actores y el públi­co, lo que cre­a­ba una atmós­fera más cer­cana y par­tic­i­pa­ti­va.

Durante las excava­ciones, se han encon­tra­do diver­sos obje­tos rela­ciona­dos con el teatro, como frag­men­tos de escul­turas, más­caras de teatro y uten­sil­ios de actuación. Estos arte­fac­tos dan una idea de la impor­tan­cia de las rep­re­senta­ciones teatrales en la vida cotid­i­ana de los pom­peyanos.

 

Recor­rer las calles de Pom­peya es mucho más que vis­i­tar unas ruinas; es aden­trarse en un pasa­do detenido en el tiem­po, en una ciu­dad que, a pesar de su dramáti­co final, sigue susurran­do his­to­rias entre sus piedras. Pom­peya es un recorda­to­rio de la frag­ili­dad de la exis­ten­cia y del poder incon­tro­lable de la nat­u­raleza pero tam­bién un tesoro arque­ológi­co que nos per­mite cono­cer, con una pre­cisión asom­brosa, cómo vivían, ama­ban y se divertían los romanos. Cam­i­nar por su foro, vis­i­tar sus ter­mas o con­tem­plar los fres­cos de sus bur­de­les no es solo un via­je en el espa­cio sino tam­bién en el tiem­po.

Más allá del desas­tre, Pom­peya sigue viva. Su his­to­ria, su mis­te­rio y su capaci­dad de fasci­nar a gen­era­ciones enteras la con­vierten en uno de los des­ti­nos más impac­tantes del mun­do. Un lugar donde la his­to­ria no se lee sino que se pisa, se siente y se escucha en el eco de las calles silen­ci­adas por la ceniza.

 


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