Pueblos construidos por sectas que aún se pueden visitar

Hay lugares en el mun­do donde las calles, las casas y has­ta la for­ma de orga­ni­zar la vida cotid­i­ana nacieron de una idea obsesi­va. Comu­nidades ais­ladas con­stru­idas por líderes caris­máti­cos, gru­pos reli­giosos extremos o movimien­tos espir­i­tuales que soña­ban con crear una sociedad per­fec­ta lejos del mun­do exte­ri­or. Algunos acabaron en trage­dia. Otros desa­parecieron envuel­tos en rumores, sui­cidios colec­tivos o denun­cias de manip­u­lación psi­cológ­i­ca. Y unos pocos, sor­pren­den­te­mente, siguen existien­do hoy como pueb­los que cualquiera puede vis­i­tar.

Via­jar a estos lugares pro­duce una sen­sación extraña. A sim­ple vista pueden pare­cer pueb­los tran­qui­los, inclu­so pin­torescos, pero detrás de sus fachadas se escon­den his­to­rias de fanatismo, con­trol social y utopías que ter­mi­naron con­vir­tién­dose en pequeñas cárce­les ide­ológ­i­cas. Hay comu­nidades lev­an­tadas por sec­tas en mitad del desier­to esta­dounidense, aldeas euro­peas fun­dadas por gurús espir­i­tuales y ciu­dades enteras creadas para vivir ale­ja­dos de “la cor­rup­ción del mun­do mod­er­no”.

Lo más inqui­etante es que muchos de estos lugares siguen habita­dos. Algunos se han con­ver­tido en des­ti­nos turís­ti­cos casi invol­un­tar­ios, donde los vis­i­tantes pasean entre edi­fi­cios con­stru­i­dos para una comu­nidad cer­ra­da que quería ais­larse del resto de la humanidad. Otros inten­tan bor­rar su pasa­do sec­tario mien­tras con­viv­en con via­jeros atraí­dos pre­cisa­mente por esa his­to­ria oscu­ra. Lugares donde todavía quedan tem­p­los aban­don­a­dos, sím­bo­los extraños, nor­mas absur­das y veci­nos que recuer­dan una época en la que pertenecer al grupo lo era abso­lu­ta­mente todo. Y lo más fasci­nante de todo es que hoy puedes recor­rer­los.

Pasear por sus calles, dormir en sus antiguas casas, hablar con gente que vivió allí o que todavía vive. Lugares donde la nor­mal­i­dad es solo una capa super­fi­cial y donde, si ras­cas un poco, empiezan a apare­cer his­to­rias que no enca­jan con la ima­gen de postal.  Via­jar a ellos no es solo hac­er tur­is­mo. Es aso­marte a una for­ma de vida que decidió sep­a­rarse del mun­do y pre­gun­tarte qué ocurre cuan­do alguien cree tan­to en algo que está dis­puesto a con­stru­ir un pueblo entero para demostrar­lo.

Mount Carmel: el lugar de la tragedia de Waco

En una zona rur­al aparente­mente tran­quila de Texas, rodea­da de car­reteras secun­darias, cam­pos sec­os y pequeñas gran­jas dis­per­sas, existe un lugar que todavía hoy provo­ca escalofríos a muchos esta­dounidens­es. A sim­ple vista, Mount Carmel Cen­ter no parece espe­cial­mente difer­ente de otras propiedades per­di­das en el inte­ri­or del esta­do. Pero hace más de trein­ta años se con­vir­tió en el esce­nario de uno de los ase­dios más sur­re­al­is­tas, mediáti­cos y traumáti­cos de la his­to­ria mod­er­na de Esta­dos Unidos.

Durante 51 días, el com­ple­jo estu­vo rodea­do por agentes fed­erales, vehícu­los blinda­dos y peri­odis­tas de todo el mun­do mien­tras, en el inte­ri­or, dece­nas de seguidores de una sec­ta reli­giosa esper­a­ban el final jun­to a su líder: David Kore­sh. Lo más inqui­etante es que todo comen­zó mucho antes del famoso incen­dio que acabaría dan­do la vuelta al plan­e­ta.

El lugar pertenecía a los david­i­anos, un grupo surgi­do a par­tir de una escisión rad­i­cal de la Igle­sia Adven­tista del Sép­ti­mo Día. Durante décadas, dis­tin­tas ramas del movimien­to habían vivi­do esperan­do el Apoc­alip­sis y obse­sion­adas con las pro­fecías bíbli­cas. Pero la his­to­ria cam­bió com­ple­ta­mente cuan­do Ver­non Wayne How­ell —más tarde reba­u­ti­za­do como David Kore­sh— tomó el con­trol de la comu­nidad en los años ochen­ta.

Kore­sh era un per­son­aje pro­fun­da­mente extraño. Quienes lo conocieron habla­ban de alguien caris­máti­co, hip­nóti­co y obse­sion­a­do con la Bib­lia has­ta nive­les enfer­mi­zos. Toca­ba la gui­tar­ra, com­ponía can­ciones de rock reli­gioso y ase­gura­ba ser el úni­co capaz de inter­pre­tar cor­rec­ta­mente los Siete Sel­l­os del Apoc­alip­sis descritos en el Libro de la Rev­elación. Algunos seguidores lo veían como un pro­fe­ta envi­a­do por Dios. Otros direc­ta­mente como el Mesías.

En Mount Carmel, Kore­sh creó una comu­nidad com­ple­ta­mente ais­la­da donde el con­trol psi­cológi­co sobre los miem­bros era cada vez may­or. Con el tiem­po comen­zó a impon­er nor­mas extremas: ase­gura­ba ten­er dere­cho exclu­si­vo a man­ten­er rela­ciones sex­u­ales con las mujeres del grupo, inclu­so con menores, porque según él debía crear una “Casa de David” des­ti­na­da a gob­ernar tras el fin del mun­do.

Mien­tras tan­to, el com­ple­jo empezó a llenarse de armas. Y aquí aparece una de las grandes parado­jas de la his­to­ria: aunque el gob­ier­no esta­dounidense acabaría descri­bi­en­do Mount Carmel como una especie de for­t­aleza sec­taria peli­grosa, muchos veci­nos de la zona record­a­ban a los david­i­anos como per­sonas rel­a­ti­va­mente amables y disc­re­tas. Algunos iban a tien­das locales, habla­ban con rancheros cer­canos e inclu­so par­tic­i­pa­ban oca­sion­al­mente en con­cur­sos de tiro, algo bas­tante nor­mal en la Texas rur­al.

De hecho, una de las anéc­do­tas más sur­re­al­is­tas es que David Kore­sh inten­tó en algún momen­to con­ver­tirse en una especie de músi­co local. Toca­ba en bares cer­canos y grabó can­ciones reli­giosas con un esti­lo entre rock sureño y músi­ca evangéli­ca. Años después del ase­dio, algu­nas de esas graba­ciones ter­mi­naron cir­cu­lan­do por inter­net, aumen­tan­do todavía más el aura extraña alrede­dor de su figu­ra.

El desas­tre comen­zó ofi­cial­mente el 28 de febrero de 1993. La ATF —la agen­cia fed­er­al encar­ga­da del con­trol de armas y alco­hol— sospech­a­ba que el grupo alma­cen­a­ba arma­men­to ile­gal y planeó una reda­da masi­va sobre el com­ple­jo. Lo que ocur­rió después sigue sien­do moti­vo de debate. Nadie sabe con certeza quién dis­paró primero pero el resul­ta­do fue caóti­co: un inten­so tiro­teo dejó muer­tos a cua­tro agentes fed­erales y a var­ios miem­bros de la sec­ta. A par­tir de ahí, Mount Carmel quedó com­ple­ta­mente rodea­do.

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Durante sem­anas, las imá­genes del ase­dio ocu­paron tele­vi­siones de todo el mun­do. Vehícu­los blinda­dos destruyen­do muros, focos ilu­mi­nan­do el com­ple­jo durante la noche, altav­o­ces repro­ducien­do sonidos estri­dentes para pri­var de sueño a los miem­bros y nego­ci­adores inten­tan­do con­vencer a Kore­sh de que se rindiera. Lo más per­tur­bador era que den­tro del com­ple­jo había niños.

Kore­sh prometía con­stan­te­mente que sal­dría pací­fi­ca­mente “cuan­do Dios se lo indicara”, mien­tras seguía pred­i­can­do a sus seguidores sobre el Apoc­alip­sis inmi­nente. Algunos ex miem­bros con­taron después que muchos res­i­dentes creían sin­ce­ra­mente que esta­ban vivien­do una batal­la bíbli­ca final con­tra las fuerzas del mal. Y entonces llegó el fatal desen­lace.

El 19 de abril de 1993, el FBI lanzó el asalto defin­i­ti­vo uti­lizan­do gas­es lacrimógenos para obligar a los ocu­pantes a salir. Horas después, el com­ple­jo comen­zó a arder. Las lla­mas se extendieron ráp­i­da­mente y Mount Carmel ter­minó con­ver­tido en un infier­no vis­i­ble des­de kilómet­ros de dis­tan­cia. Murieron más de 70 per­sonas, inclu­i­dos numerosos niños.

Has­ta hoy sigue existien­do un enorme debate sobre lo ocur­ri­do. Algunos creen que el gob­ier­no fed­er­al mane­jó la situación de man­era desas­trosa y con­vir­tió el ase­dio en una trage­dia innece­saria. Otros con­sid­er­an que Kore­sh manip­uló a sus seguidores has­ta lle­var­los con­scien­te­mente hacia una muerte colec­ti­va. Lo cier­to es que el impacto psi­cológi­co del caso fue enorme en Esta­dos Unidos. De hecho, el aten­ta­do de Okla­homa City de 1995, per­pe­tra­do por Tim­o­thy McVeigh, estu­vo par­cial­mente moti­va­do por la rabia del ata­cante hacia el gob­ier­no fed­er­al tras lo ocur­ri­do en Waco.

Aunque mucha gente cree que Mount Carmel desa­pare­ció para siem­pre tras el incen­dio, el lugar sigue existien­do. Hoy todavía viv­en allí pequeños gru­pos vin­cu­la­dos a ramas resid­uales david­i­anas y algunos curiosos lle­gan has­ta la zona atraí­dos por el mor­bo históri­co. Quedan pocos restos orig­i­nales pero el ter­reno con­ser­va una atmós­fera inqui­etante difí­cil de explicar. Espe­cial­mente porque el paisaje es engañosa­mente tran­qui­lo: pájaros, cam­pos silen­ciosos y car­reteras vacías donde cues­ta imag­i­nar que ocur­rió una de las trage­dias más mediáti­cas de la Améri­ca mod­er­na.

Vis­i­tar Mount Carmel hoy no tiene nada que ver con un des­ti­no turís­ti­co con­ven­cional. No hay grandes museos ni rutas orga­ni­zadas llenas de vis­i­tantes. Lo que existe es algo mucho más extraño: la sen­sación de acer­carse a un lugar donde el fanatismo reli­gioso, la para­noia guber­na­men­tal y el miedo colec­ti­vo ter­mi­naron explotan­do de la peor for­ma posi­ble. Y quizá por eso la his­to­ria sigue fasci­nan­do tan­to décadas después. Porque Mount Carmel no fue solo el esce­nario de una sec­ta extrema. Fue el pun­to donde chocaron dos obse­siones muy esta­dounidens­es: la fe apoc­alíp­ti­ca y la descon­fi­an­za abso­lu­ta hacia el poder.

Colonia Dignidad: la secta nazi que sobrevivió en Chile

En una zona rur­al del sur de Chile, rodea­da de bosques húme­dos, mon­tañas y car­reteras tran­quilas donde ape­nas cir­cu­lan coches, existe un lugar que durante décadas ocultó una de las his­to­rias más per­tur­bado­ras de Sudaméri­ca. A sim­ple vista, Vil­la Baviera parece un pueblo alemán pin­toresco per­di­do en mitad del paisaje chileno: casas de esti­lo bávaro, jar­dines cuida­dos, restau­rantes donde sir­ven salchichas y cerveza arte­sanal y veci­nos que todavía hablan alemán entre ellos. Pero detrás de esa ima­gen casi turís­ti­ca se esconde el oscuro lega­do de Colo­nia Dig­nidad, una comu­nidad sec­taria mar­ca­da por abu­sos, tor­turas y décadas de ais­lamien­to abso­lu­to.

La his­to­ria comen­zó en los años sesen­ta, cuan­do un pred­i­cador alemán lla­ma­do Paul Schäfer llegó a Chile acom­paña­do de cien­tos de seguidores proce­dentes de Ale­ma­nia Occi­den­tal. Schäfer había hui­do de Europa acu­sa­do de abu­sos sex­u­ales con­tra menores y encon­tró en Chile el lugar per­fec­to para lev­an­tar una comu­nidad cer­ra­da lejos de las autori­dades euro­peas.

Ofi­cial­mente, Colo­nia Dig­nidad se pre­senta­ba como una mis­ión bené­fi­ca y agrí­co­la. Sus habi­tantes ase­gura­ban haber con­stru­i­do una sociedad ejem­plar basa­da en el tra­ba­jo, la dis­ci­plina y la ayu­da mutua. Des­de el exte­ri­or, la colo­nia parecía una comu­nidad extremada­mente orga­ni­za­da y efi­ciente: tenían escuela, hos­pi­tal, talleres, gran­jas y has­ta sis­temas pro­pios de pro­duc­ción de ali­men­tos. Pero la real­i­dad den­tro de la colo­nia era com­ple­ta­mente dis­tin­ta.

Paul Schäfer gob­ern­a­ba el lugar como un líder abso­lu­to. Las famil­ias eran sep­a­radas, los niños crecían ale­ja­dos de sus padres y los miem­bros vivían someti­dos a una vig­i­lan­cia con­stante. Muchos antigu­os res­i­dentes descri­bieron años después una vida mar­ca­da por el miedo, el adoc­tri­namien­to y el con­trol psi­cológi­co extremo. Schäfer pro­hibía rela­ciones sen­ti­men­tales nor­males, con­tro­la­ba la infor­ma­ción que lle­ga­ba del exte­ri­or y uti­liz­a­ba cas­ti­gos físi­cos y sedación para man­ten­er someti­da a la comu­nidad. Y cuan­to más ais­la­da se volvía la colo­nia, más oscuros se hacían sus secre­tos.

Durante la dic­tadu­ra de Augus­to Pinochet, Colo­nia Dig­nidad se con­vir­tió además en un lugar todavía más sinie­stro. Diver­sas inves­ti­ga­ciones demostraron que la policía sec­re­ta chile­na uti­lizó las insta­la­ciones de la colo­nia como cen­tro clan­des­ti­no de deten­ción y tor­tu­ra. En aquel enclave aparente­mente idíli­co desa­parecieron opos­i­tores políti­cos, mien­tras la comu­nidad seguía fun­cio­nan­do hacia el exte­ri­or como una tran­quila colo­nia agrí­co­la ale­m­ana.

La mez­cla era pro­fun­da­mente per­tur­bado­ra: jar­dines impeca­bles, coros infan­tiles y cel­e­bra­ciones tradi­cionales bávaras ocul­tan­do un sis­tema de abu­sos, desapari­ciones y ter­ror psi­cológi­co. Y lo más increíble es que durante años casi nadie inter­vi­no.

Parte del ais­lamien­to geográ­fi­co ayudó a man­ten­er el silen­cio. La colo­nia esta­ba situ­a­da en una región aparta­da y fun­ciona­ba prác­ti­ca­mente como un microes­ta­do pri­va­do. Los vis­i­tantes exter­nos tenían acce­so muy lim­i­ta­do y muchos habi­tantes de pueb­los cer­canos descon­fi­a­ban del lugar, describién­do­lo como una comu­nidad her­méti­ca donde “pasa­ban cosas raras”. Algunos habla­ban de alam­bradas, vig­i­lan­cia arma­da y per­sonas que parecían vivir com­ple­ta­mente desconec­tadas del mun­do exte­ri­or.

Con el tiem­po empezaron a apare­cer tes­ti­mo­nios de antigu­os miem­bros que lograron escapar. Sus relatos parecían saca­dos de un thriller psi­cológi­co: túne­les secre­tos, cas­ti­gos, medica­men­tos admin­istra­dos sin con­trol y niños sep­a­ra­dos sis­temáti­ca­mente de sus famil­ias. Final­mente, tras años de pre­sión inter­na­cional, Paul Schäfer huyó de Chile en los noven­ta. Fue cap­tura­do años después en Argenti­na y con­de­na­do por abu­sos sex­u­ales y otros deli­tos. Sin embar­go, la caí­da del líder no sig­nificó el final del lugar.

Hoy la antigua Colo­nia Dig­nidad inten­ta rein­ven­tarse bajo el nom­bre de Vil­la Baviera. Hay hote­les rurales, restau­rantes ale­manes y activi­dades turís­ti­cas des­ti­nadas a vis­i­tantes curiosos que lle­gan atraí­dos por la extraña mez­cla de belleza paisajís­ti­ca y pasa­do oscuro. Y pre­cisa­mente eso es lo que gen­era tan­ta con­tro­ver­sia.

Porque para muchas víc­ti­mas y famil­iares, trans­for­mar el lugar en un des­ti­no turís­ti­co resul­ta pro­fun­da­mente incó­mo­do. Algunos con­sid­er­an que el com­ple­jo nun­ca afron­tó com­ple­ta­mente su pasa­do y que existe una cier­ta ten­den­cia a suavizar o folk­lorizar la his­to­ria más ter­ri­ble de la colo­nia. Otros creen que abrir el lugar al públi­co per­mite pre­cisa­mente man­ten­er viva la memo­ria de lo ocur­ri­do. Está situ­a­do en el sur de Chile, en la región del Maule, a varias horas por car­retera des­de San­ti­a­go, rodea­do de paisajes verdes, mon­tañas y bosques que hacen todavía más descon­cer­tante su his­to­ria.

Lo más sur­re­al­ista es que el lugar mantiene una estéti­ca com­ple­ta­mente bávara. Hay casas de esti­lo alpino, jar­dines per­fec­ta­mente cuida­dos, cerveza arte­sanal, restau­rantes de comi­da ale­m­ana y cel­e­bra­ciones tradi­cionales que podrían hac­er pen­sar a cualquier vis­i­tante que está en un tran­qui­lo rincón europeo per­di­do en Sudaméri­ca. Y pre­cisa­mente ahí reside gran parte de la inco­mo­di­dad que provo­ca Vil­la Baviera: cuan­to más boni­to y tran­qui­lo parece el entorno, más per­tur­bador resul­ta recor­dar lo que ocur­rió allí durante décadas.

Damanhur: la ciudad secreta bajo las montañas de Italia

En las mon­tañas del norte de Italia, ocul­to entre bosques del Pia­monte y pequeños pueb­los tran­qui­los donde nada parece espe­cial­mente fuera de lo nor­mal, existe uno de los lugares más extraños y sur­re­al­is­tas de Europa. Un sitio donde túne­les secre­tos con­ducen a tem­p­los dec­o­ra­dos como si pertenecier­an a una civ­i­lización per­di­da, donde sus habi­tantes creen en energías cós­mi­cas, vidas pasadas y via­jes espir­i­tuales, y donde durante años una comu­nidad entera con­struyó en secre­to un com­ple­jo sub­ter­rá­neo gigan­tesco sin per­miso del gob­ier­no ital­iano. Ese lugar se lla­ma Daman­hur.

A primera vista, Daman­hur parece sim­ple­mente una ecoaldea alter­na­ti­va más. Casas integradas en la nat­u­raleza, huer­tos, arte por todas partes y un ambi­ente tran­qui­lo que atrae a per­sonas intere­sadas en espir­i­tu­al­i­dad, vida comu­ni­taria y filosofías New Age. Pero bas­ta pro­fun­dizar un poco para des­cubrir que detrás de esa apari­en­cia rela­ja­da existe todo un uni­ver­so pro­pio lleno de sím­bo­los esotéri­cos, rit­uales y creen­cias difí­ciles de clasi­ficar.

La comu­nidad fue fun­da­da en los años seten­ta por Ober­to Airau­di, un hom­bre cono­ci­do por sus seguidores como Fal­co Taras­saco. Según él, des­de niño poseía capaci­dades espir­i­tuales espe­ciales y recuer­dos de vidas ante­ri­ores. Con el tiem­po desar­rol­ló una com­ple­ja filosofía mez­clan­do eso­ter­is­mo, reen­car­nación, cien­cia fic­ción, reli­giones antiguas y teorías sobre energías invis­i­bles que conec­tarían a la humanidad con el uni­ver­so. Sus seguidores no tar­daron en ver­lo como una especie de guía espir­i­tu­al vision­ario. Y entonces comen­zó el proyec­to más increíble de todos.

Durante años, los miem­bros de Daman­hur excavaron en secre­to una enorme red de tem­p­los sub­ter­rá­neos bajo las mon­tañas ital­ianas. Lo hacían prin­ci­pal­mente de noche para evi­tar sospe­chas. Saca­ban toneladas de roca sin maquinar­ia pesa­da y sin per­misos ofi­ciales, mien­tras el gob­ier­no ital­iano desconocía com­ple­ta­mente lo que esta­ba ocur­rien­do bajo tier­ra.

Lo más fasci­nante es que aque­l­los túne­les clan­des­ti­nos no eran sim­ples cuevas impro­visadas. Los lla­ma­dos Tem­p­los de la Humanidad ter­mi­naron con­vir­tién­dose en uno de los com­ple­jos sub­ter­rá­neos más sur­re­al­is­tas del mun­do. Salas gigantes cubier­tas de mosaicos, vidri­eras, sím­bo­los esotéri­cos, techos pin­ta­dos, escul­turas y pasadi­zos dec­o­ra­dos con una mez­cla imposi­ble de arte futur­ista, espir­i­tu­al­i­dad ori­en­tal y fan­tasía mís­ti­ca.

Cuan­do las autori­dades ital­ianas des­cubrieron la exis­ten­cia de los tem­p­los en los años noven­ta, la his­to­ria parecía tan absur­da que casi nadie la creyó al prin­ci­pio. Según cuen­tan, los fun­cionar­ios pens­a­ban que se trata­ba de pequeñas galerías ile­gales. Pero cuan­do descendieron al inte­ri­or quedaron com­ple­ta­mente impacta­dos por lo que encon­traron escon­di­do bajo la mon­taña.

La comu­nidad con­sigu­ió final­mente legalizar el com­ple­jo y hoy los tem­p­los pueden vis­i­tarse. Y pre­cisa­mente ahí empieza una de las partes más extrañas de la expe­ri­en­cia. Porque vis­i­tar Daman­hur pro­duce con­stan­te­mente la sen­sación de no saber si uno está entran­do en una ecoaldea espir­i­tu­al, una comu­na utópi­ca, un movimien­to esotéri­co sofisti­ca­do o una sec­ta extremada­mente bien orga­ni­za­da.

Muchos via­jeros salen fasci­na­dos. Hablan de un lugar cre­ati­vo, pací­fi­co y visual­mente impre­sio­n­ante, donde el arte y la espir­i­tu­al­i­dad for­man parte de la vida cotid­i­ana. Otros, sin embar­go, describen cier­ta atmós­fera inqui­etante, espe­cial­mente por el niv­el de devo­ción hacia Fal­co y la sen­sación de que la comu­nidad fun­ciona bajo códi­gos inter­nos difí­ciles de enten­der des­de fuera. Y es que Daman­hur siem­pre ha esta­do rodea­do de polémi­ca.

Algunos antigu­os miem­bros denun­cia­ron dinámi­cas de con­trol psi­cológi­co, pre­sión gru­pal y ais­lamien­to emo­cional. Tam­bién exis­ten críti­cas hacia la estruc­tura económi­ca inter­na de la comu­nidad y hacia cier­tas prác­ti­cas espir­i­tuales con­sid­er­adas pseudo­cien­tí­fi­cas o direc­ta­mente extrav­a­gantes. Aun así, Daman­hur ha con­segui­do algo muy raro para una comu­nidad de este tipo: sobre­vivir durante décadas sin desa­pare­cer ni trans­for­marse com­ple­ta­mente en una atrac­ción turís­ti­ca con­ven­cional. Hoy siguen vivien­do allí cien­tos de per­sonas y el lugar con­tinúa atrayen­do a curiosos, artis­tas, bus­cadores espir­i­tuales y via­jeros intere­sa­dos en lugares extraños.

Lo más impac­tante prob­a­ble­mente sea el con­traste entre el exte­ri­or y el inte­ri­or. Des­de fuera, Daman­hur ape­nas parece un con­jun­to de casas rurales escon­di­das entre mon­tañas ital­ianas. Pero bajo tier­ra existe un uni­ver­so com­ple­ta­mente dis­tin­to: salones ilu­mi­na­dos con col­ores imposi­bles, sím­bo­los mis­te­riosos y una arqui­tec­tura tan exce­si­va y sur­re­al­ista que cues­ta creer que haya sido con­stru­i­da por una pequeña comu­nidad alter­na­ti­va. Y quizá por eso Daman­hur sigue fasci­nan­do tan­to. Porque no parece real. Es uno de esos lugares donde cues­ta sep­a­rar la utopía artís­ti­ca del cul­to espir­i­tu­al, la cre­ativi­dad colec­ti­va del fanatismo y la búsque­da sin­cera de algo difer­ente de las dinámi­cas sec­tarias que tan­tas veces ter­mi­nan apare­cien­do en este tipo de comu­nidades. En pleno norte de Italia, ocul­to bajo las mon­tañas, Daman­hur sigue sien­do uno de los exper­i­men­tos sociales y espir­i­tuales más descon­cer­tantes de Europa.

Rajneeshpuram: el pueblo que una secta levantó en el desierto

En una zona ári­da y aparente­mente olvi­da­da del esta­do de Oregón, rodea­da de col­i­nas polvorien­tas y car­reteras inter­minables, llegó a lev­an­tarse una de las comu­nidades más extrav­a­gantes, polémi­cas y sur­re­al­is­tas de la his­to­ria reciente de Esta­dos Unidos. Durante unos pocos años de la déca­da de los ochen­ta, miles de per­sonas vesti­das com­ple­ta­mente de rojo trans­for­maron un inmen­so ran­cho per­di­do en mitad del desier­to en una ciu­dad utópi­ca con aerop­uer­to pro­pio, hote­les, restau­rantes, cen­tros de med­itación y has­ta una fuerza poli­cial inter­na. Su nom­bre era Rajneesh­pu­ram.

Hoy ape­nas quedan ras­tros vis­i­bles de aque­l­la ciu­dad espir­i­tu­al que prometía rev­olu­cionar la for­ma de vivir en Occi­dente. Sin embar­go, la his­to­ria de Rajneesh­pu­ram sigue fasci­nan­do porque mez­cla espir­i­tu­al­i­dad, lujo, manip­u­lación psi­cológ­i­ca, con­flic­tos políti­cos, bioter­ror­is­mo y uno de los líderes reli­giosos más extrav­a­gantes del siglo XX: Bhag­wan Shree Rajneesh, más tarde cono­ci­do como Osho.

Osho, durante gran parte de su estancia en Oregón, ape­nas habla­ba en públi­co. Había entra­do en una especie de voto de silen­cio. Pero su pres­en­cia lo impreg­na­ba todo. Vivía en una zona sep­a­ra­da, más lujosa, más exclu­si­va. Y tenía una obsesión bas­tante conc­re­ta: los coches Rolls-Royce. Llegó a ten­er más de 90. Sus seguidores orga­ni­z­a­ban des­files para que él pudiera pasear cada día salu­dan­do des­de uno dis­tin­to. Era una ima­gen sur­re­al­ista: un líder espir­i­tu­al en silen­cio, pasan­do lenta­mente frente a miles de per­sonas vesti­das de rojo, en medio del desier­to amer­i­cano, en un Rolls-Royce difer­ente cada día. Para algunos, era una mues­tra de lib­er­tad frente al rec­ha­zo tradi­cional del lujo en otras reli­giones. Para otros, era una señal bas­tante clara de que algo no cuadra­ba.

Pero si Osho era la cara vis­i­ble, el ver­dadero poder oper­a­ti­vo esta­ba en manos de otra per­sona: Ma Anand Sheela. Sheela era su sec­re­taria per­son­al. Y, en la prác­ti­ca, la líder de la comu­nidad. Caris­máti­ca, agre­si­va, extremada­mente leal y cada vez más rad­i­cal. Bajo su man­do, Rajneesh­pu­ram dejó de ser solo una comu­nidad espir­i­tu­al para con­ver­tirse en algo mucho más políti­co. Porque había un prob­le­ma. Los veci­nos.

El con­da­do de Was­co, donde se encon­tra­ba el ran­cho, no esta­ba prepara­do para esto. De repente, miles de per­sonas se insta­l­a­ban en una zona rur­al, con una estruc­tura propia, con nor­mas propias, y con la inten­ción —cada vez más clara— de ten­er poder. Los habi­tantes de la zona empezaron a pre­ocu­parse. No solo por el crec­imien­to, sino por la acti­tud. Los rajneeshees no querían inte­grarse. Querían dom­i­nar. Y ahí empezó el con­flic­to.

Para con­sol­i­dar su posi­ción, la comu­nidad inten­tó con­ver­tir Rajneesh­pu­ram en una ciu­dad ofi­cial­mente recono­ci­da. Eso les daría autonomía legal, con­trol sobre ser­vi­cios y, sobre todo, influ­en­cia políti­ca. Lo con­sigu­ieron. Pero no era sufi­ciente. Sheela tenía un plan más ambi­cioso: con­tro­lar las elec­ciones del con­da­do. 

En 1984, los rajneeshees pusieron en mar­cha una estrate­gia que, vista hoy, parece saca­da de un thriller. Empezaron a traer per­sonas sin hog­ar de difer­entes ciu­dades de Esta­dos Unidos. Les ofrecían comi­da, alo­jamien­to, cuida­dos. A cam­bio, les pedían algo muy con­cre­to: reg­is­trarse para votar en el con­da­do. La idea era sim­ple. Aumen­tar el número de votantes afines, con­tro­lar las elec­ciones, tomar el poder. Durante sem­anas, auto­bus­es enteros lle­garon a Rajneesh­pu­ram. La comu­nidad cre­ció aún más. Pero el plan empezó a gener­ar sospe­chas. Y entonces, cruzaron una línea que ya no tenía vuelta atrás. El ataque biológi­co.

En sep­tiem­bre de 1984, miem­bros de la comu­nidad con­t­a­m­i­naron con salmonela var­ios restau­rantes en la ciu­dad cer­cana de The Dalles. Más de 700 per­sonas enfer­maron. El obje­ti­vo era claro: inca­pac­i­tar a los votantes locales para que no pudier­an acud­ir a las urnas. Fue un inten­to delib­er­a­do de manip­u­lar un pro­ce­so democráti­co medi­ante un ataque biológi­co. Y durante un tiem­po, nadie supo quién esta­ba detrás.

Den­tro de Rajneesh­pu­ram, mien­tras tan­to, la ten­sión aumenta­ba. El con­trol inter­no se volvía más estric­to. Se habla­ba de escuchas, de vig­i­lan­cia, de cas­ti­gos. La comu­nidad que prometía lib­er­tad empez­a­ba a pare­cerse cada vez más a una estruc­tura cer­ra­da donde cues­tionar el sis­tema no era una opción. Y entonces, todo empezó a desmoronarse.

En 1985, Osho rompió su silen­cio. Y lo hizo para acusar públi­ca­mente a Sheela y a su cír­cu­lo más cer­cano de haber cometi­do crímenes sin su conocimien­to. Fue un giro ines­per­a­do. Sheela huyó del país poco después. Las autori­dades fed­erales entraron en esce­na. Y lo que encon­traron con­fir­mó muchas de las sospe­chas. Reg­istros, escuchas ile­gales, inten­tos de asesina­to, el ataque biológi­co… todo empezó a salir a la luz.

Sheela fue arresta­da en Ale­ma­nia y extra­di­ta­da a Esta­dos Unidos. Fue con­de­na­da a prisión. Osho tam­bién fue detenido, aunque por car­gos rela­ciona­dos con inmi­gración. Acep­tó un acuer­do, pagó una mul­ta y fue depor­ta­do. Rajneesh­pu­ram, sin lid­er­az­go y bajo pre­sión legal, no pudo sosten­erse. En pocos meses, se vació. La ciu­dad que había cre­ci­do en el desier­to desa­pare­ció casi tan rápi­do como había surgi­do.

Actual­mente, el antiguo ran­cho sigue existien­do, aunque ya no tiene nada que ver con el uni­ver­so extrav­a­gante de los años ochen­ta. Parte del ter­reno pertenece hoy a una orga­ni­zación cris­tiana juve­nil y algunos edi­fi­cios orig­i­nales con­tinúan en pie, ocul­tos entre paisajes silen­ciosos y car­reteras secun­darias de Oregón. Aun así, la som­bra de Rajneesh­pu­ram sigue muy pre­sente, espe­cial­mente des­de el éxi­to del doc­u­men­tal Wild Wild Coun­try, que devolvió esta his­to­ria al cen­tro de la cul­tura pop­u­lar.

Lle­gar hoy al antiguo ran­cho (hoy se lla­ma Wash­ing­ton Fam­i­ly Ranch y pertenece a una orga­ni­zación cris­tiana lla­ma­da Young Life), donde estu­vo Rajneesh­pu­ram, no tiene nada de espec­tac­u­lar. Car­retera larga, paisaje seco, col­i­nas que pare­cen todas iguales. Cues­ta imag­i­nar que ahí vivieron miles de per­sonas sigu­ien­do una filosofía que prometía lib­er­tad total. Pero si te paras un momen­to y miras con cal­ma, empiezas a enten­der por qué eligieron ese lugar. Ais­lamien­to. El tipo de ais­lamien­to que te per­mite crear algo sin inter­fer­en­cias. Sin veci­nos. Sin pre­gun­tas incó­modas. Sin el mun­do recordán­dote con­stan­te­mente que lo que estás hacien­do no es exac­ta­mente nor­mal.

🧭 ¿Se puede vis­i­tar? Sí, pero con mat­ices: No es un sitio turís­ti­co abier­to libre­mente. Fun­ciona como cam­pa­men­to y cen­tro de retiros juve­niles Solo puedes entrar si estás inscrito en algu­na activi­dad o en oca­siones espe­ciales con per­miso

Auroville (India): la ciudad utópica que quiso cambiar el mundo

En la cos­ta sur de India, entre car­reteras llenas de moto­ci­cle­tas, tem­p­los hindúes y aldeas trop­i­cales cubier­tas de pol­vo roji­zo, existe una ciu­dad que durante décadas ha inten­ta­do desafi­ar la idea tradi­cional de país, religión e inclu­so sociedad. Un lugar donde per­sonas de dece­nas de nacional­i­dades viv­en jun­tas bajo una mis­ma filosofía, donde ofi­cial­mente nadie posee propiedades pri­vadas y donde la espir­i­tu­al­i­dad se mez­cla con arqui­tec­tura futur­ista, agri­cul­tura ecológ­i­ca y sueños utópi­cos naci­dos en pleno siglo XX. Ese lugar se lla­ma Auroville.

A primera vista, lle­gar allí resul­ta descon­cer­tante. No parece una ciu­dad con­ven­cional. No hay un cen­tro urbano recono­ci­ble ni grandes avenidas llenas de trá­fi­co. En su lugar apare­cen caminos de tier­ra entre sel­va trop­i­cal, bici­cle­tas cubier­tas de pol­vo, cafeterías veg­e­tar­i­anas, comu­nidades ecológ­i­cas y edi­fi­cios exper­i­men­tales escon­di­dos entre árboles. El ambi­ente tiene algo de retiro espir­i­tu­al, de comu­na alter­na­ti­va y de lab­o­ra­to­rio social al mis­mo tiem­po.

Auroville fue fun­da­da en 1968 con una idea tan ambi­ciosa como difí­cil de mate­ri­alizar: crear una ciu­dad uni­ver­sal donde per­sonas de cualquier país, religión o ide­ología pudier­an vivir jun­tas en paz, ale­jadas de las divi­siones políti­cas y económi­cas del mun­do exte­ri­or. El proyec­to nació inspi­ra­do por las enseñan­zas del filó­so­fo y gurú indio Sri Aurobindo y fue impul­sa­do por Mir­ra Alfas­sa, cono­ci­da entre sus seguidores como “La Madre”, una figu­ra espir­i­tu­al france­sa que soña­ba con con­stru­ir una nue­va for­ma de civ­i­lización humana.

El día de su inau­gu­ración reunió a rep­re­sen­tantes de más de cien país­es que deposi­taron tier­ra de sus naciones en una enorme urna de már­mol como sím­bo­lo de unidad glob­al. La ima­gen enca­ja­ba per­fec­ta­mente con el espíritu ide­al­ista de finales de los años sesen­ta: comu­nidades alter­na­ti­vas, búsque­da espir­i­tu­al, rec­ha­zo del con­sum­is­mo y deseo de con­stru­ir un mun­do difer­ente. Y durante un tiem­po, Auroville pare­ció con­ver­tirse pre­cisa­mente en eso.

Dece­nas de jóvenes europeos y esta­dounidens­es lle­garon a India atraí­dos por la prome­sa de una vida dis­tin­ta. Algunos escapa­ban de sociedades occi­den­tales que con­sid­er­a­ban vacías y mate­ri­al­is­tas. Otros bus­ca­ban espir­i­tu­al­i­dad, lib­er­tad per­son­al o sim­ple­mente una for­ma alter­na­ti­va de exi­s­tir. En mitad de una zona prác­ti­ca­mente ári­da, comen­zaron a plan­tar árboles, lev­an­tar edi­fi­cios y crear una comu­nidad basa­da en la coop­eración y la exper­i­mentación social.

El sím­bo­lo más famoso de Auroville es el Mat­ri­mandir, una gigan­tesca esfera dora­da rodea­da de jar­dines y senderos silen­ciosos que parece saca­da de una pelícu­la de cien­cia fic­ción. Para muchos vis­i­tantes es uno de los lugares más extraños y fasci­nantes de India. No es exac­ta­mente un tem­p­lo ni un mon­u­men­to turís­ti­co con­ven­cional. Se tra­ta de un espa­cio des­ti­na­do a la med­itación y al silen­cio abso­lu­to, con­stru­i­do como el corazón espir­i­tu­al de la ciu­dad. Pero detrás de la ima­gen idíli­ca de Auroville tam­bién exis­ten con­tradic­ciones y críti­cas que lle­van décadas per­sigu­ien­do al proyec­to.

Aunque la ciu­dad nació defen­di­en­do la igual­dad y la ausen­cia de jer­ar­quías, algunos antigu­os res­i­dentes y obser­vadores denun­cian ten­siones inter­nas, luchas de poder y una cier­ta desconex­ión respec­to a la población local tamil que vive alrede­dor de la comu­nidad. Otros crit­i­can que la utopía ant­i­cap­i­tal­ista haya ter­mi­na­do depen­di­en­do en parte del tur­is­mo inter­na­cional, de dona­ciones extran­jeras y de res­i­dentes occi­den­tales con recur­sos económi­cos.

Tam­bién existe una sen­sación extraña al recor­rer Auroville: por momen­tos parece una comu­nidad espir­i­tu­al autén­ti­ca; en otros, una bur­bu­ja alter­na­ti­va habita­da prin­ci­pal­mente por extran­jeros priv­i­le­gia­dos inten­tan­do escapar del rit­mo del mun­do mod­er­no. Cafés ecológi­cos, tien­das de pro­duc­tos arte­sanales, clases de yoga, arqui­tec­tura sostenible y scoot­ers eléc­tri­cos con­viv­en con dis­cur­sos sobre con­cien­cia glob­al y trans­for­ma­ción humana. Y aun así, el lugar sigue atrayen­do a miles de via­jeros cada año.

Vis­i­tar Auroville hoy es mucho más que hac­er tur­is­mo. Es entrar en un exper­i­men­to social que lle­va décadas inten­tan­do respon­der a una pre­gun­ta casi imposi­ble: ¿puede exi­s­tir real­mente una sociedad basa­da en la coop­eración, la espir­i­tu­al­i­dad y la idea de que las per­sonas pueden con­vivir sin fron­teras ni nacional­is­mos? La respues­ta depende mucho de a quién pre­guntes. Algunos via­jeros salen fasci­na­dos, con­ven­ci­dos de haber vis­to una alter­na­ti­va real al mod­e­lo de vida mod­er­no. Otros perciben cier­ta ingenuidad, con­tradic­ciones inter­nas o inclu­so un ambi­ente exce­si­va­mente elit­ista y desconec­ta­do de la India real que existe fuera de sus límites.

La comu­nidad recibe muchísi­mos via­jeros curiosos, mochileros, gente intere­sa­da en espir­i­tu­al­i­dad y tur­is­tas que lle­gan des­de la cer­cana Puducher­ry (Pondicher­ry). Eso sí, no fun­ciona como una ciu­dad turís­ti­ca nor­mal. Hay varias nor­mas y cier­tas zonas tienen acce­so lim­i­ta­do.

Lo más habit­u­al es:

  • Vis­i­tar el cen­tro de infor­ma­ción de Auroville.
  • Ver el Mat­ri­mandir des­de el mirador gra­tu­ito.
  • Recor­rer algu­nas comu­nidades y cafés ecológi­cos.
  • Com­er en restau­rantes veg­e­tar­i­anos bas­tante buenos.
  • Alquilar bici­cle­ta o moto para moverse entre las zonas de sel­va y tier­ra roja.


Entrar den­tro del Mat­ri­mandir no es tan sen­cil­lo. Para acced­er a la cámara de med­itación inte­ri­or nor­mal­mente hay que reser­var con antelación y pasar primero por el cen­tro de vis­i­tantes. Mucha gente solo ve la esfera dora­da des­de fuera.

Si te intere­sa la temáti­ca de comu­nidades utópi­cas o lugares crea­d­os con ideas casi mesiáni­cas, Auroville es prob­a­ble­mente uno de los ejem­p­los más acce­si­bles y menos oscuros del mun­do. Porque, a difer­en­cia de otras ciu­dades fun­dadas por movimien­tos espir­i­tuales o sec­tar­ios, aquí no vas a encon­trar un lugar aban­don­a­do o pro­hibido, sino una comu­nidad que todavía sigue inten­tan­do fun­cionar medio siglo después.

Jonestown (Guyana): la secta más mortífera de la Historia

Casi medio siglo después de una de las trage­dias sec­tarias más estreme­ce­do­ras del siglo XX, la sel­va de Guyana ape­nas con­ser­va ras­tros de lo que fue Jon­estown. Donde una vez se lev­an­tó una comu­nidad ais­la­da en mitad de la jungla, hoy solo que­da un claro rodea­do de veg­etación sal­va­je, cig­a­r­ras y humedad trop­i­cal. Las con­struc­ciones de madera y cha­pa donde lle­garon a vivir cer­ca de mil miem­bros del Tem­p­lo del Pueblo desa­parecieron hace años, engul­l­i­das lenta­mente por la nat­u­raleza, como si la sel­va hubiera inten­ta­do bor­rar aquel episo­dio de la memo­ria colec­ti­va.

Solo una pequeña pla­ca recuer­da que, el 18 de noviem­bre de 1978, más de 900 per­sonas murieron allí en un asesina­to-sui­cidio masi­vo orde­na­do por Jim Jones, el caris­máti­co y para­noico líder de la sec­ta. Aquel día, hom­bres, mujeres y niños bebieron una mez­cla enve­ne­na­da mien­tras guardias arma­dos vig­i­la­ban el asen­tamien­to. El hor­ror dio la vuelta al mun­do y con­vir­tió el nom­bre de Jon­estown en sinón­i­mo de fanatismo, manip­u­lación y trage­dia.

Pocas fig­uras rep­re­sen­tan mejor el lado más oscuro del fanatismo mod­er­no que Jim Jones. Durante años fue vis­to por muchos como un pred­i­cador pro­gre­sista, un defen­sor de la igual­dad racial y un hom­bre capaz de con­stru­ir una comu­nidad donde blan­cos y negros con­vivían en una época en la que gran parte de Esta­dos Unidos seguía pro­fun­da­mente seg­re­ga­da. Pero detrás de aque­l­la ima­gen caris­máti­ca se escondía una per­son­al­i­dad obsesi­va, manip­u­lado­ra y cada vez más para­noica que ter­mi­naría provo­can­do una de las trage­dias colec­ti­vas más impac­tantes del siglo XX.

La his­to­ria de Jim Jones resul­ta espe­cial­mente inqui­etante porque no comen­zó como la de un vil­lano evi­dente. Nació en Indi­ana en 1931, en una famil­ia humilde y mar­ca­da por prob­le­mas económi­cos. Des­de niño mostra­ba una per­son­al­i­dad extraña. Le fascin­a­ban tan­to la religión como la muerte. Algunos veci­nos record­a­ban años después que orga­ni­z­a­ba funerales para ani­males muer­tos y pred­i­ca­ba a otros niños en impro­visa­dos ser­mones en mitad del bar­rio.

Con el tiem­po empezó a con­stru­ir su propia igle­sia, el Peo­ple’s Tem­ple, mez­clan­do cris­tian­is­mo, dis­cur­sos políti­cos y men­sajes sobre jus­ti­cia social. Y durante los años cin­cuen­ta y sesen­ta aque­l­lo fun­cionó sor­pren­den­te­mente bien. Mien­tras muchas igle­sias esta­dounidens­es seguían sep­a­ran­do a per­sonas negras y blan­cas, Jones pro­movía con­gre­ga­ciones integradas racial­mente y ayud­a­ba a per­sonas pobres, ancianos y mar­gin­a­dos. Para muchos seguidores, parecía un hom­bre ade­lan­ta­do a su tiem­po. Ahí esta­ba pre­cisa­mente una de sus may­ores habil­i­dades: sabía detec­tar per­sonas vul­ner­a­bles y hac­er­les sen­tir que por fin pertenecían a algo impor­tante.

Jones dom­ina­ba el esce­nario de for­ma casi hip­nóti­ca. Sus ser­mones eran inten­sos, teatrales y emo­cionales. Prometía amor, igual­dad y pro­tec­ción en una sociedad llena de racis­mo, pobreza y desigual­dad. Muchas per­sonas que ter­mi­naron sigu­ién­do­lo no eran fanáti­cos reli­giosos extremos, sino indi­vid­u­os que bus­ca­ban comu­nidad, apoyo emo­cional o sim­ple­mente un lugar donde sen­tirse acep­ta­dos. Pero cuan­to más crecía el movimien­to, más aumenta­ba tam­bién el con­trol de Jones sobre sus seguidores.

Con el paso de los años comen­zó a obse­sion­arse con el poder, la leal­tad abso­lu­ta y la idea de que existían ene­mi­gos inten­tan­do destru­ir­lo. Exigía obe­di­en­cia total, con­tro­la­ba las rela­ciones per­son­ales de los miem­bros y uti­liz­a­ba humil­la­ciones públi­cas, cas­ti­gos psi­cológi­cos y con­fe­siones forzadas para man­ten­er someti­da a la comu­nidad. Además, empezó a con­sumir grandes can­ti­dades de dro­gas y medica­men­tos, algo que empe­oró todavía más su para­noia.

En los años seten­ta trasladó parte de su orga­ni­zación a Cal­i­for­nia, donde con­sigu­ió conex­iones políti­cas impor­tantes. Llegó a rela­cionarse con fig­uras influyentes y durante un tiem­po fue con­sid­er­a­do un líder social respeta­do. Pero mien­tras hacia fuera man­tenía esa ima­gen pro­gre­sista, den­tro del Tem­p­lo del Pueblo las denun­cias de abu­sos físi­cos, manip­u­lación y explotación empez­a­ban a mul­ti­pli­carse. Temien­do inves­ti­ga­ciones y con­ven­ci­do de que el gob­ier­no esta­dounidense con­spir­a­ba con­tra él, Jones tomó una decisión extrema: trasladar a cien­tos de seguidores a la sel­va de Guyana, en Sudaméri­ca, para con­stru­ir una comu­nidad ais­la­da lejos del mun­do exte­ri­or. En 1974, el Peo­ple’s Tem­ple alquila un ter­reno en la sel­va y empieza a con­stru­ir lo que será Jon­estown.

Al prin­ci­pio, es solo un proyec­to agrí­co­la. Pero en 1977, cuan­do la pre­sión mediáti­ca en Esta­dos Unidos aumen­ta, Jones trasla­da a cien­tos de seguidores al asen­tamien­to. En pocos meses, la población supera las 900 per­sonas. Entonces, el ais­lamien­to se vuelve total. Jon­estown no era un pueblo en el sen­ti­do tradi­cional. Era una comu­nidad cer­ra­da, rodea­da de sel­va, sin acce­so libre al exte­ri­or. No había car­reteras que conec­taran fácil­mente con otras ciu­dades. Salir no era sen­cil­lo. Comu­ni­carse con el exte­ri­or, tam­poco.

La vida allí era dura. Las condi­ciones no eran las que muchos esper­a­ban. Jor­nadas largas de tra­ba­jo bajo el calor, en el cam­po, con­struyen­do, cul­ti­van­do. La comi­da era escasa. La pri­vaci­dad, inex­is­tente. Las per­sonas dor­mían en dor­mi­to­rios colec­tivos, bajo vig­i­lan­cia con­stante. Pero lo más impor­tante no era lo físi­co. Era el con­trol. Jim Jones había crea­do un sis­tema donde él era el cen­tro abso­lu­to. Había altav­o­ces por todo el asen­tamien­to des­de donde habla­ba durante horas. Dis­cur­sos inter­minables, men­sajes ide­ológi­cos, adver­ten­cias. Repetía una idea con­stan­te­mente: el mun­do exte­ri­or era peli­groso. Racista. Cap­i­tal­ista. Hos­til.

Jon­estown era el refu­gio. El úni­co lugar seguro. Y eso es lo que con­vierte una comu­nidad en una tram­pa. Den­tro del asen­tamien­to, el con­trol era total. Se vig­i­la­ban las con­ver­sa­ciones. Se cas­ti­ga­ba la disiden­cia. Había sim­u­lacros lla­ma­dos “White Nights”, donde se hacía creer a los miem­bros que esta­ban a pun­to de morir o de ser ata­ca­dos. En algunos casos, se les hacía beber líqui­dos que creían venenosos como prue­ba de leal­tad. No lo eran. Al prin­ci­pio. Pero el men­saje era claro: la muerte colec­ti­va era una opción acept­able. Una solu­ción.

A finales de 1978, las pre­ocu­pa­ciones sobre Jon­estown ya eran públi­cas. Famil­iares de miem­bros del Peo­ple’s Tem­ple denun­cia­ban que no podían con­tac­tar con ellos. Ex miem­bros habla­ban de abu­sos. La pre­sión crecía. Entonces entra en esce­na Leo Ryan, con­gre­sista esta­dounidense que decide via­jar a Guyana para inves­ti­gar. Lle­ga a Jon­estown en noviem­bre de 1978 acom­paña­do de peri­odis­tas y famil­iares. Y durante un breve momen­to, todo parece nor­mal.

Jones orga­ni­za una bien­veni­da. Músi­ca, son­risas, dis­cur­sos. Los res­i­dentes ase­gu­ran estar bien. Que están allí por vol­un­tad propia. Que es una comu­nidad feliz. Pero la facha­da dura poco. Esa mis­ma noche, algunos miem­bros se acer­can en secre­to a los vis­i­tantes. Les pasan notas. Les dicen que quieren salir. Que no pueden hac­er­lo solos. El miedo empieza a hac­erse vis­i­ble. Al día sigu­iente, el grupo de Ryan decide mar­charse con var­ios deser­tores. Se diri­gen a una pista de ater­riza­je cer­cana. No lle­gan a salir. Un grupo arma­do envi­a­do des­de Jon­estown abre fuego con­tra ellos. Mueren cin­co per­sonas, inclu­i­do Leo Ryan.

Es el pun­to de no retorno. De vuelta en Jon­estown, Jim Jones reúne a la comu­nidad. Lo que ocurre después es una de las esce­nas más difí­ciles de proce­sar del siglo XX. Jones les dice que ya no hay sal­i­da. Que el ataque al con­gre­sista ten­drá con­se­cuen­cias. Que ven­drán por ellos. Que sufrirán. Y pro­pone una solu­ción. Lo lla­ma “sui­cidio rev­olu­cionario”. Pero no es un sui­cidio en el sen­ti­do indi­vid­ual. Es algo colec­ti­vo. Orga­ni­za­do. Dirigi­do.

Se prepara una mez­cla de bebi­da con cia­nuro y sedantes. Primero, los niños. Luego, los adul­tos. Hay graba­ciones de ese momen­to. Se escuchan llan­tos, dudas, inten­tos de resi­s­tirse. Tam­bién se escuchan voces que ani­man, que pre­sio­n­an, que repiten el dis­cur­so. En total, mueren más de 900 per­sonas, inclu­i­dos más de 300 niños. Jim Jones no bebe. Se dis­para.

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Durante décadas, Guyana inten­tó dis­tan­cia­rse de aque­l­la his­to­ria incó­mo­da. Muchos habi­tantes del país con­sid­er­an que Jon­estown fue una trage­dia esta­dounidense ocur­ri­da acci­den­tal­mente en sue­lo guyanés, una heri­da aje­na que ter­minó mar­can­do para siem­pre la ima­gen inter­na­cional de esta pequeña nación sudamer­i­cana. Sin embar­go, el interés nun­ca desa­pare­ció del todo. Y aho­ra, casi 50 años después, una empre­sa local ha deci­di­do con­ver­tir aquel lugar per­di­do en mitad de la sel­va en un des­ti­no turís­ti­co tan polémi­co como inqui­etante.

La expe­ri­en­cia no tiene nada de sen­cil­la. El recor­ri­do comien­za en George­town, la cap­i­tal de Guyana, des­de donde los vis­i­tantes toman una avione­ta rum­bo al remo­to noroeste del país. Después lle­ga un trayec­to en fur­gone­ta por caminos embar­ra­dos y, final­mente, la lle­ga­da a Port Kai­tu­ma, una pequeña local­i­dad min­era donde todavía sobre­viv­en recuer­dos difu­sos de aque­l­los días de 1978. Cer­ca de allí, ocul­to entre veg­etación den­sa y calor sofo­cante, se encuen­tra el antiguo asen­tamien­to de Jon­estown.

El lla­ma­do Jon­estown Memo­r­i­al Tour ha provo­ca­do una enorme con­tro­ver­sia. Para algunos, trans­for­mar el esce­nario de una trage­dia sec­taria en una excur­sión de 780 dólares resul­ta mor­boso y pro­fun­da­mente irre­spetu­oso. Super­vivientes y famil­iares de las víc­ti­mas crit­i­can que alguien quiera sacar ben­efi­cio económi­co de un lugar aso­ci­a­do al sufrim­ien­to y la manip­u­lación psi­cológ­i­ca. Otros, sin embar­go, defien­den que vis­i­tar Jon­estown per­mite reflex­ionar sobre cómo fun­cio­nan las sec­tas y has­ta qué pun­to una comu­nidad aparente­mente ide­al­ista puede con­ver­tirse en una prisión men­tal.

New Vrindaban: la comunidad espiritual que prometía un paraíso

En mitad de las col­i­nas verdes de Vir­ginia Occi­den­tal, lejos de las grandes ciu­dades esta­dounidens­es y rodea­da de car­reteras secun­darias, gran­jas y bosques húme­dos, existe una comu­nidad que parece saca­da de otro con­ti­nente. Cúpu­las doradas, tem­p­los hindúes, vacas pase­an­do tran­quil­a­mente y devo­tos vesti­dos con túni­cas con­viv­en en un rincón ines­per­a­do de Esta­dos Unidos. A sim­ple vista, New Vrind­a­ban parece un retiro espir­i­tu­al pací­fi­co. Pero detrás de su ima­gen de comu­nidad alter­na­ti­va se esconde una his­to­ria mar­ca­da por la devo­ción extrema, las luchas de poder y uno de los capí­tu­los más oscuros del movimien­to Hare Krish­na en Occi­dente.

Todo empieza en los años 60, en ple­na efer­ves­cen­cia cul­tur­al en Esta­dos Unidos. El movimien­to hip­pie, la búsque­da espir­i­tu­al, el rec­ha­zo a los val­ores tradi­cionales… es el con­tex­to per­fec­to para que nuevas cor­ri­entes reli­giosas ganen ter­reno. Una de ellas es el movimien­to Hare Krish­na, ofi­cial­mente cono­ci­do como ISKCON, fun­da­do por A. C. Bhak­tivedan­ta Swa­mi Prab­hu­pa­da. Su prop­ues­ta es clara: una vida devo­cional basa­da en el hin­duis­mo, con prác­ti­cas como la med­itación, el can­to (mantras), una dieta veg­e­tar­i­ana estric­ta y una estruc­tura comu­ni­taria muy mar­ca­da. Para muchos jóvenes occi­den­tales, era una alter­na­ti­va real al vacío que sen­tían en sus propias sociedades. Y ahí es donde entra en juego una figu­ra clave: Kir­tananan­da Swa­mi.

New Vrind­a­ban nació como un exper­i­men­to espir­i­tu­al y agrí­co­la inspi­ra­do en las comu­nidades tradi­cionales de India. Sus creadores soña­ban con con­stru­ir una sociedad auto­su­fi­ciente, ale­ja­da del con­sum­is­mo y basa­da en la med­itación, la vida sen­cil­la y la devo­ción reli­giosa. Durante años, cien­tos de per­sonas aban­donaron sus vidas con­ven­cionales para insta­larse en aque­l­las mon­tañas ais­ladas y comen­zar des­de cero.

El líder de la comu­nidad, Kir­tananan­da Swa­mi, se con­vir­tió ráp­i­da­mente en una figu­ra casi mesiáni­ca para muchos de sus seguidores. Bajo su direc­ción, New Vrind­a­ban cre­ció has­ta trans­for­marse en una de las comu­nidades Hare Krish­na más impor­tantes fuera de India. Se lev­an­taron tem­p­los, escue­las, alo­jamien­tos. 

Uno de los ele­men­tos más vis­i­bles del crec­imien­to de New Vrind­a­ban fue la con­struc­ción del Palace of Gold. Un tem­p­lo espec­tac­u­lar, cubier­to de oro, con már­mol, detalles orna­men­tales: algo com­ple­ta­mente fuera de lugar en una comu­nidad que, en teoría, pro­movía la sen­cillez y la renun­cia mate­r­i­al. Lo sor­pren­dente es que aque­l­la especie de Taj Mahal hip­pie fue con­stru­i­da por los pro­pios devo­tos en ple­na zona rur­al esta­dounidense. La con­tradic­ción era evi­dente. Mien­tras muchos seguidores vivían con lo jus­to, el líder impulsa­ba una con­struc­ción que parecía más un sím­bo­lo de poder que de espir­i­tu­al­i­dad. Pero den­tro de la comu­nidad, cues­tionar eso no era fácil.

Durante años, New Vrind­a­ban atra­jo a via­jeros curiosos, pere­gri­nos espir­i­tuales y per­sonas des­en­can­tadas con la sociedad tradi­cional. En los años seten­ta y ochen­ta, el lugar llegó a recibir cien­tos de miles de vis­i­tantes al año. Muchos bus­ca­ban respues­tas espir­i­tuales. Otros sim­ple­mente sen­tían fasci­nación por aque­l­la comu­nidad exóti­ca que parecía fun­cionar bajo sus propias nor­mas en mitad de Esta­dos Unidos.

Sin embar­go, tras la facha­da de paz, veg­e­tar­i­an­is­mo y espir­i­tu­al­i­dad ori­en­tal comen­zaron a apare­cer his­to­rias mucho más inqui­etantes. Durante los años 80, la situación empezó a dete­ri­o­rarse. Aparecieron denun­cias de abu­sos, de explotación lab­o­ral, de con­trol psi­cológi­co. Tam­bién se destaparon prác­ti­cas ile­gales rela­cionadas con la finan­ciación de la comu­nidad. Pero lo más grave esta­ba por salir. En 1986, un ex miem­bro de la comu­nidad, Steven Bryant, fue asesina­do. No era un descono­ci­do. Había sido críti­co con Kir­tananan­da y con la direc­ción de New Vrind­a­ban. Y su muerte no fue un acci­dente. Fue un asesina­to.

Y no fue el úni­co episo­dio vio­len­to. Otro caso implicó a Charles St. Denis, un seguidor cer­cano al lid­er­az­go, que tam­bién murió en cir­cun­stan­cias sospe­chosas. Las inves­ti­ga­ciones empezaron a apun­tar hacia den­tro de la comu­nidad. Lo que has­ta entonces se percibía como un lugar espir­i­tu­al empezó a mostrar una cara mucho más oscu­ra. Las autori­dades fed­erales inter­vinieron. Y lo que encon­traron con­fir­mó muchas de las sospe­chas. Fraude, con­spir­ación, encubrim­ien­to de deli­tos y una estruc­tura donde el poder esta­ba con­cen­tra­do de for­ma peli­grosa.

Kir­tananan­da fue arresta­do y con­de­na­do en los años 90 por car­gos rela­ciona­dos con fraude y crimen orga­ni­za­do. La caí­da fue lenta pero inevitable. Pero New Vrind­a­ban no desa­pare­ció. Eso sí, cam­bió mucho. La comu­nidad perdió gran parte de su población. Se reestruc­turó. Inten­tó dis­tan­cia­rse del pasa­do. Volver a una ver­sión más “pura” de sus prin­ci­p­ios.

Hoy el lugar sigue existien­do y puede vis­i­tarse. De hecho, se ha con­ver­tido en una para­da sor­pren­den­te­mente pop­u­lar para via­jeros que recor­ren Vir­ginia Occi­den­tal bus­can­do lugares extraños o his­to­rias poco cono­ci­das de Esta­dos Unidos. El Palace of Gold con­tinúa abier­to al públi­co y el entorno resul­ta descon­cer­tante: jar­dines per­fec­ta­mente cuida­dos, pavos reales cam­i­nan­do libre­mente, olor a incien­so y devo­tos can­tan­do mantras en mitad de las mon­tañas Apalach­es.

Qué es Arcosanti y por qué parece una ciudad de otro planeta

En mitad del desier­to de Ari­zona, rodea­do de mon­tañas ári­das, tier­ra rojiza y kilómet­ros de paisaje casi vacío, existe un lugar que parece saca­do de una pelícu­la de cien­cia fic­ción de los años seten­ta. Cúpu­las de hormigón, estruc­turas geométri­c­as imposi­bles, pasadi­zos futur­is­tas y espa­cios dis­eña­dos para mezclar nat­u­raleza y urban­is­mo for­man el extraño paisaje de Arcosan­ti, una de las utopías arqui­tec­tóni­cas más ambi­ciosas —y más extrañas— de Esta­dos Unidos.A sim­ple vista, Arcosan­ti parece una ciu­dad del futuro aban­don­a­da a medias. Y, en cier­to modo, lo es.

El proyec­to nació en los años seten­ta de la mano del arqui­tec­to ital­iano Pao­lo Soleri, un vision­ario obse­sion­a­do con una idea rad­i­cal: las ciu­dades mod­er­nas esta­ban destruyen­do el plan­e­ta. Soleri creía que el mod­e­lo urbano basa­do en coches, sub­ur­bios infini­tos y expan­sión con­stante era insostenible. Frente a eso, imag­inó un nue­vo tipo de ciu­dad com­pacta donde arqui­tec­tura y ecología se fusion­aran en un úni­co sis­tema. A esa idea la llamó “arcología”, una mez­cla de arqui­tec­tura y ecología. Arcosan­ti debía ser el gran exper­i­men­to que demostraría que otra for­ma de vivir era posi­ble.

@Jessica Jame­son

La teoría son­a­ba rev­olu­cionar­ia. En lugar de ciu­dades enormes llenas de trá­fi­co y con­t­a­m­i­nación, Soleri soña­ba con comu­nidades ver­ti­cales y com­pactas con­stru­idas para reducir el con­sumo energéti­co, favore­cer la con­viven­cia y min­i­mizar el impacto ambi­en­tal. Todo estaría conec­ta­do: vivien­das, espa­cios comunes, talleres, agri­cul­tura y zonas cul­tur­ales. La vida diaria depen­dería mucho menos del coche y mucho más de la inter­ac­ción humana.

En 1970 comen­zó la con­struc­ción en mitad del desier­to de Ari­zona. Estu­di­antes, arqui­tec­tos, ide­al­is­tas y vol­un­tar­ios de todo el mun­do lle­garon para ayu­dar a lev­an­tar aque­l­la ciu­dad exper­i­men­tal que prometía con­ver­tirse en el mod­e­lo urbano del futuro. Y durante un tiem­po, Arcosan­ti sim­bolizó per­fec­ta­mente el opti­mis­mo utópi­co de aque­l­la época. Jóvenes alter­na­tivos tra­ba­ja­ban con­struyen­do estruc­turas de hormigón bajo el sol abrasador del desier­to mien­tras soña­ban con cam­biar el mun­do a través de la arqui­tec­tura. El lugar mez­cla­ba ideas ecológ­i­cas, vida comu­ni­taria y un cier­to aire hip­pie-tec­nológi­co muy pro­pio de los años seten­ta. Sin embar­go, el gran sueño nun­ca llegó a com­ple­tarse.

Soleri imag­inó una ciu­dad capaz de alber­gar has­ta 5000 per­sonas pero décadas después Arcosan­ti sigue tenien­do solo una pequeña población fluc­tu­ante de res­i­dentes y estu­di­antes. Muchas de las estruc­turas proyec­tadas jamás se con­struyeron y el com­ple­jo mantiene una sen­sación extraña de obra inacaba­da per­ma­nente.

Vis­i­tar Arcosan­ti hoy pro­duce la sen­sación de entrar en una utopía con­ge­la­da en el tiem­po. Hay algo pro­fun­da­mente retro­fu­tur­ista en el lugar: anfiteatros semi­cir­cu­lares, enormes bóvedas de cemen­to, cam­panas arte­sanales fun­di­das allí mis­mo y espa­cios comunes que pare­cen dis­eña­dos para una civ­i­lización alter­na­ti­va que nun­ca ter­minó de exi­s­tir. El silen­cio del desier­to refuerza todavía más esa atmós­fera extraña. Espe­cial­mente al atarde­cer, cuan­do las som­bras alargadas cubren las estruc­turas de hormigón y el lugar parece más un esce­nario cin­e­matográ­fi­co que una comu­nidad real. Porque, aunque Arcosan­ti sigue habita­do y fun­cio­nan­do par­cial­mente como cen­tro exper­i­men­tal y educa­ti­vo, tam­bién trans­mite una cier­ta melan­colía. La sen­sación de estar con­tem­p­lan­do el esquele­to de un futuro que jamás llegó.

A lo largo de los años tam­bién han apare­ci­do críti­cas hacia el proyec­to. Algunos antigu­os res­i­dentes descri­bieron dinámi­cas comu­ni­tarias com­pli­cadas, ide­al­is­mo exce­si­vo y una depen­den­cia enorme de la figu­ra casi mesiáni­ca de Soleri. Otros con­sid­er­an que Arcosan­ti ter­minó con­vir­tién­dose más en una atrac­ción arqui­tec­tóni­ca que en una solu­ción real para los prob­le­mas urbanos que pre­tendía resolver. Y aun así, el lugar sigue atrayen­do a via­jeros, arqui­tec­tos y curiosos de todo el mun­do. Hoy cualquiera puede vis­i­tar­lo. Hay tours guia­dos, talleres, concier­tos y has­ta habita­ciones para alo­jarse den­tro del com­ple­jo. Y aunque nun­ca llegó a con­ver­tirse en la ciu­dad del futuro que prometía ser, recor­rer sus pasil­los y ter­razas sigue resul­tan­do hip­nóti­co.


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