Hay un instante muy concreto en el que sabes que un viaje organizado no es para ti. No es cuando reservas (porque ahí todo parece cómodo, limpio, sin riesgos, como comprar una vida en piloto automático). Tampoco es cuando te envían el itinerario en PDF con horarios tan milimetrados que ni tu digestión tiene margen de maniobra. No. El momento real llega cuando estás subiéndote a un autobús con otras treinta personas, todas mirando de reojo, intentando adivinar quién será “el pesado”, “la que siempre se retrasa” o “el que pregunta absolutamente todo”.
Porque sí, los viajes organizados tienen su público. Son prácticos, eficientes, aparentemente libres de errores. Te llevan, te traen, te explican, te alimentan y te devuelven a casa con la sensación de haber “visto mucho”. Pero, ¿a qué precio? ¿Realmente has viajado?¿O has sido transportado?
Yo lo tengo claro: me dan alergia. Y no es una manía caprichosa ni una pose de viajera independiente con complejo de heroína mochilera. Es algo que he ido entendiendo con los años, a base de observar, comparar y, sobre todo, preguntarme qué es exactamente lo que busco cuando viajo. Porque viajar, para mí, nunca ha sido solo moverse. Es perderse, es equivocarse, es tener que decidir en cada momento. Es ese pequeño caos que convierte una experiencia en algo vivo. Y los viajes organizados… bueno, digamos que el caos lo llevan ya domesticado, envasado al vacío y con guía incluido.
En este artículo no voy a demonizarlos (o quizá un poco sí, no lo voy a negar), pero sí voy a desmenuzar, desde mi experiencia y con cierta ironía, por qué no son para mí. Por qué me incomodan, por qué me desconectan y por qué, cada vez que alguien me dice “yo prefiero que me lo den todo hecho”, siento una mezcla de respeto… y escalofrío.
Porque al final, la pregunta no es si los viajes organizados son buenos o malos. La pregunta es: ¿qué tipo de viajero quieres ser? Yo no quiero ser de los que van en grupo a todos lados. Lo tengo claro clarísimo.
La dictadura del horario: cuando hasta tu café tiene hora asignada
Hay algo profundamente inquietante en que alguien haya decidido a qué hora exacta vas a sentir hambre, sueño o curiosidad. Porque eso es, en esencia, un viaje organizado: una coreografía perfecta donde tú eres figurante en tu propio viaje.
El día empieza pronto. Siempre muuuuuy pronto. No importa si estás en Bangkok, en Roma o en un pequeño pueblo perdido de Uzbekistán: a las 7:00 suena el despertador porque “hay mucho que ver”. Esa frase, por cierto, se convierte en mantra. Hay mucho que ver, mucho que hacer, mucho que cumplir.
Bajas a desayunar con esa sensación de estar en una especie de campamento internacional donde nadie se conoce pero todos comparten el mismo destino inevitable: el autobús de las 8:00. Comes rápido, eliges mal (porque tampoco hay tiempo para pensar demasiado) y sales corriendo porque alguien ya está mirando el reloj. Siempre hay alguien mirando el reloj. Y ahí empieza el festival.

Paradas de 20 minutos. Fotos rápidas. Explicaciones comprimidas. “Tenéis tiempo libre” (que en realidad son 35 minutos en una plaza llena de tiendas de souvenirs donde casualmente todo el grupo acaba comprando lo mismo). Y vuelta al autobús. ¿Te has enamorado de un rincón? Mala suerte. ¿Te apetece sentarte en una terraza y ver la vida pasar? No está en el programa. ¿Quieres perderte por una calle sin nombre y ver qué pasa? Eso, directamente, es casi un acto revolucionario. Porque en los viajes organizados, perderse no está permitido. Y sin perderse ¿qué queda?
Hay que optimizar, hay que cumplir, hay que encajar muchas visitas en pocos días. Pero en ese intento de aprovechar el tiempo al máximo, se pierde algo por el camino. Algo que no sale en ningún itinerario: la espontaneidad. Esa capacidad de decir “me quedo aquí un rato más” sin que nadie te mire mal. De cambiar de plan porque algo te llama la atención. De seguir un impulso absurdo que, muchas veces, acaba siendo lo mejor del viaje. Porque, seamos sinceros: ¿cuántos recuerdos de verdad nacen de algo que estaba perfectamente planificado?
Y aquí es donde viene la pregunta incómoda, esa que no aparece en los catálogos de agencias: ¿Prefieres verlo todo… o vivir algo? Porque no es lo mismo. Y en los viajes organizados, casi siempre, eliges lo primero sin darte cuenta.
El grupo: ese experimento social que nadie pidió
Si hay algo que define un viaje organizado más allá del itinerario, es el grupo. Ese conjunto heterogéneo de personas que no has elegido, que no te han elegido, pero con las que, por algún tipo de alineación cósmica (o más bien oferta de agencia), vas a compartir días intensos de convivencia forzada. Y aquí es donde empieza el verdadero viaje. No el geográfico, sino el psicológico.
Porque, seamos sinceros, viajar ya es una experiencia que te pone a prueba: te cansas, te desubicas, comes raro, duermes peor. Ahora súmale a eso convivir con veinte, treinta o cuarenta desconocidos. Personas con ritmos distintos, intereses opuestos y niveles de paciencia que, en muchos casos, brillan por su ausencia.

El grupo siempre tiene sus personajes fijos. Es casi fascinante. Está “la preguntadora oficial”, que interrumpe cada explicación del guía para hacer una pregunta que probablemente ya se había respondido dos minutos antes. Está “el impuntual crónico”, ese que convierte cada salida en una especie de thriller donde todos miran el reloj mientras él aparece tranquilamente diez minutos tarde, como si nada. Está también “la pareja que discute en voz baja pero audible”, generando esa tensión incómoda que nadie sabe muy bien cómo gestionar.
Porque eso es lo que nadie te cuenta: en un viaje organizado no solo visitas destinos, también absorbes dinámicas ajenas. Energías que no son tuyas. Conversaciones que no te interesan pero que no puedes evitar escuchar. Decisiones colectivas que, inevitablemente, nunca encajan del todo contigo. ¿Te apetece quedarte más tiempo en un sitio? La mayoría decide. ¿Quieres ir a otro restaurante? El grupo ya tiene reserva. ¿Prefieres silencio? Alguien quiere socializar.
Y aquí viene la paradoja: mucha gente elige viajes organizados “para no estar solo”. Y es totalmente válido. Pero una cosa es compartir, y otra muy distinta es no tener escapatoria. Porque incluso cuando tienes un rato libre, sigues formando parte del grupo. Coincides en el hotel, en el desayuno, en los traslados. No hay verdadera desconexión. Siempre hay una continuidad, una sensación de pertenecer a algo que no has construido tú.
Y a mí, personalmente, eso me pesa. No porque tenga nada en contra de la gente (aunque reconozco que mi paciencia viajera es limitada), sino porque para mí viajar también es elegir con quién comparto el camino y con quién no. Es decidir cuándo quiero hablar y cuándo necesito silencio. Cuándo me apetece conectar con alguien y cuándo prefiero simplemente observar el mundo sin interferencias.
En un viaje organizado, ese equilibrio se rompe. Porque la experiencia deja de ser individual y pasa a ser colectiva. Y lo colectivo, aunque tiene cosas bonitas, también tiene un precio: la pérdida de intimidad.
El guía: entre Wikipedia con patas y director de guardería
El guía merece capítulo propio. Porque sin guía no hay viaje organizado, y sin viaje organizado… bueno, ya sabemos que ahí empieza la vida.
El guía es esa figura todopoderosa que decide el ritmo, el tono y, en muchos casos, hasta la percepción que te llevas de un destino. Es una mezcla curiosa entre narrador oficial, coordinador logístico y, en momentos críticos, mediador de conflictos dignos de terapia de grupo. Y ojo, hay guías maravillosos. De esos que te hacen el viaje, que te cuentan historias que no salen en ningún libro, que te contagian pasión y consiguen que veas un lugar con otros ojos. Pero incluso en el mejor de los casos, hay algo que chirría. Porque todo lo que ves, lo ves a través de su filtro.
La historia que escuchas es la que él decide contar. El tiempo que pasas en cada sitio es el que él considera suficiente. Las recomendaciones que sigues son las suyas. Y sin darte cuenta, tu viaje deja de ser una exploración personal para convertirse en una narración guiada. Es como ver una película en vez de vivirla.

Además, el guía no solo informa, también controla. Tiene que hacerlo. Hay horarios que cumplir, personas que gestionar, imprevistos que resolver. Y ahí es donde aparece su faceta menos romántica: la de director de guardería para adultos. “Chicos, por favor, no os separéis.” “Recordad el punto de encuentro.” “Vamos con tiempo justo.” Y tú, que en tu vida diaria tomas decisiones constantemente, que organizas tu trabajo, tu casa, tus viajes, de repente te ves siguiendo instrucciones como si estuvieras en una excursión escolar.
No es que esté mal. Es que no es para mí. Porque parte de lo que más disfruto al viajar es precisamente lo contrario: no saber. No tener todas las respuestas. Descubrir por mi cuenta, equivocarme, preguntar, perderme, volver a encontrarme. Ese proceso, que a veces es incómodo, es también lo que hace que el viaje sea tuyo.
Con un guía, ese margen se reduce. Todo está explicado, contextualizado, digerido. No hay hueco para la duda, para la interpretación personal, para ese pequeño momento de “no entiendo nada pero me encanta”.
Y luego está otro detalle que me parece clave: el guía habla para todos. Y cuando hablas para todos, inevitablemente simplificas. Generalizas. Adaptas el discurso al mínimo común denominador. Y eso está bien, si buscas una visión global. Pero si eres de los que quieren rascar un poco más, profundizar, cuestionar, se queda corto. Porque viajar también es hacerse preguntas incómodas, no solo escuchar respuestas cómodas.
Así que sí, el guía facilita. Ahorra tiempo. Evita errores. Pero también, en cierta medida, limita. Y aquí viene otra de esas preguntas que no suelen aparecer en los folletos. ¿Prefieres que te lo cuenten o descubrirlo tú?
La ilusión de seguridad: cuando todo está controlado (y tú también)
Hay un argumento estrella que siempre aparece cuando alguien defiende los viajes organizados: la seguridad. “Es que así voy tranquila.” “Es que no me la juego.” “Es que ya está todo controlado.” Y lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Viajar por libre implica asumir cierta incertidumbre: perderte, no entender el idioma, coger un transporte equivocado, reservar un hotel que en fotos parecía otra cosa… Sí, todo eso puede pasar. Y pasa. Pero aquí viene la trampa: esa sensación de seguridad que venden los viajes organizados es, en gran parte, una ilusión cuidadosamente empaquetada.
Porque sí, reduces ciertos riesgos logísticos. Pero a cambio, te desconectas completamente de la realidad del lugar que estás visitando. Te mueves en burbujas.

Hoteles seleccionados. Restaurantes “seguros”. Rutas diseñadas. Zonas filtradas. Todo pensado para que no haya fricción. Para que no haya sorpresas. Para que no haya vida real. Y claro, así cualquiera viaja. Pero entonces me pregunto: ¿estás conociendo un destino o una versión edulcorada del mismo? Porque cuando todo está tan medido, tan protegido, tan encapsulado, lo que experimentas no es el país en sí, sino una especie de simulación adaptada al turista medio. No hablas con la gente local (más allá de interacciones superficiales). No tienes que resolver nada por ti misma. No tomas decisiones reales. Simplemente sigues el flujo.
Viajar también es enfrentarte a lo desconocido. No de forma temeraria, no se trata de ir sin sentido ni de ignorar riesgos reales. Pero sí de aceptar que hay una parte del viaje que no puedes controlar y que precisamente ahí está gran parte de su valor. Porque cuando eliminas el riesgo, también eliminas la intensidad. Cuando todo está previsto, nada te sorprende de verdad. Cuando todo es seguro, también es predecible.
Y no sé tú, pero yo no viajo para sentirme como en casa. Para eso ya tengo mi casa. Viajo para incomodarme un poco. Para salir de mi zona de control. Para descubrir de qué soy capaz cuando no tengo todas las respuestas.
La obsesión por “verlo todo”: turismo como lista de la compra
Hay una frase que, en el contexto de los viajes organizados, me produce un ligero tic en el ojo: “así lo ves todo”. ¿Todo? ¿De verdad? Porque aquí es donde el viaje empieza a parecerse peligrosamente a una lista de la compra. Monumento ✔️ Museo ✔️ Plaza ✔️ Foto ✔️ Siguiente ✔️ Y tú avanzas, cumpliendo objetivos, como si alguien te fuera a poner nota al final.
He estado en ciudades como París o Florencia donde literalmente había gente mirando el reloj delante de una obra de arte porque “en diez minutos nos vamos”. Diez minutos. Para algo que ha sobrevivido siglos, guerras y generaciones pero no puede sobrevivir a tu itinerario. Y claro, lo “ves”. Pero ¿lo miras? Porque no es lo mismo pasar por delante de algo que detenerte de verdad. No es lo mismo hacer una foto que entender por qué estás ahí. No es lo mismo tachar un sitio de la lista que dejar que ese sitio te cale.

En los viajes organizados, muchas veces el objetivo es acumular. Cuantos más sitios, mejor. Cuantas más fotos, mejor. Cuantas más ciudades en menos días, mejor aún. Y yo, sinceramente, no lo compro. Porque esa obsesión por verlo todo suele tener un efecto curioso: al final no recuerdas casi nada. Todo se mezcla, todo se diluye y todo pierde intensidad. Te acuerdas de que estuviste en cinco ciudades pero no sabrías decir qué sentiste en ninguna. Y eso, para mí, es lo más triste que puede pasar en un viaje.
Porque viajar no debería ser una competición. No debería ser una carrera contrarreloj. No debería ser una especie de checklist vital para poder decir “yo he estado allí”. De hecho, muchas veces lo mejor de un viaje es precisamente lo que no estaba en la lista. Ese café improvisado. Esa calle sin nombre. Ese momento en el que decides no hacer nada y pasa algo. Pero claro, eso no se puede programar. No se puede vender en un paquete. No se puede meter en un Excel. Y por eso, en los viajes organizados, simplemente no ocurre. Y en el fondo, todos lo sabemos.
La falsa comodidad: cuando te lo dan todo hecho
Otra de las grandes promesas del viaje organizado es la comodidad. No tienes que pensar, no tienes que planificar, no tienes que decidir. Todo está hecho por ti. Y claro, suena tentador. Sobre todo cuando vienes de una vida donde decides constantemente: trabajo, casa, horarios, problemas, listas infinitas. La idea de “desconectar” y que alguien lleve el timón parece casi un lujo. Hasta que te das cuenta de que, en ese proceso, también has desconectado de ti mismo.
Porque hay algo curioso que pasa cuando te lo dan todo hecho: dejas de implicarte. No eliges el hotel, no eliges el restaurante, no eliges la ruta. No eliges nada. Simplemente, aceptas. Y al principio descansa. Sí. Pero luego anestesia.
Empiezas a moverte en automático. A seguir instrucciones sin cuestionarlas. A asumir que lo que estás viendo es “lo que toca ver”. Y poco a poco, sin darte cuenta, tu criterio se diluye.

Porque para mí, parte del placer de viajar está precisamente en eso: en elegir. En equivocarte de restaurante y acabar riéndote. En descubrir un sitio increíble sin esperarlo. En comparar, en decidir, en sentir que estás construyendo tu experiencia. Cuando todo viene dado, ese proceso desaparece. Y con él, una parte muy importante del viaje. Es como si alguien te preparara un menú degustación cerrado cuando tú eres de las que disfrutan pidiendo a la carta, mezclando, probando, cambiando de idea a mitad de cena. Sí, puede estar bueno. Sí, puede ser cómodo. Pero no es tuyo.
Y aquí entra otro matiz que me parece clave: la comodidad absoluta suele venir acompañada de una ligera pérdida de intensidad. Porque cuando no tienes que esforzarte, cuando no hay fricción, cuando no hay decisiones, tampoco hay tanta satisfacción. No hay ese pequeño orgullo de “lo he conseguido yo”. No hay ese aprendizaje que te llevas cuando algo no sale perfecto. No hay esa sensación de haber vivido algo en primera persona. Hay, simplemente, una experiencia consumida.
Y no digo que esté mal querer descansar. Todos lo necesitamos. Pero hay muchas formas de descansar viajando sin renunciar a tu libertad. Porque una cosa es facilitarte el camino y otra muy distinta es quitártelo por completo.
El pack turístico: ese universo paralelo donde todo es “típico” (y sospechosamente caro)
Hay algo casi mágico en los viajes organizados: consiguen que, estés donde estés, acabes en los mismos sitios que todos los demás. No importa si estás en Estambul, en Marrakech o en Bangkok. Siempre hay un restaurante “típico”, una tienda “local” y una experiencia “auténtica” que, curiosamente, forma parte del itinerario de todos los grupos del día. Y ahí entras tú. Con tu pegatina imaginaria de “grupo 3”, lista para vivir la autenticidad programada.
El restaurante típico suele tener tres características infalibles: menú cerrado, camareros que hablan perfecto tu idioma (demasiado perfecto, sospechoso) y una decoración que parece un decorado de parque temático. Todo muy bien puesto. Todo muy preparado. ¿La comida? Correcta. Sin más. Pero oye, incluye espectáculo. Siempre incluye espectáculo.
Luego están las tiendas “locales”. Ese momento maravilloso en el que el guía te dice: “aquí no os obligo a comprar nada” mientras te deja exactamente en una tienda donde todos, absolutamente todos, acaban comprando algo. Porque claro, hay presión. Hay miradas. Hay ese silencio incómodo cuando sales con las manos vacías. Y de repente te ves comprando especias, alfombras o una figurita que no sabes muy bien dónde vas a meter cuando vuelvas a casa. Pero es “artesanía local”. Y aquí viene lo mejor: los precios.
Porque el pack turístico tiene una habilidad especial para convertir lo cotidiano en premium. Pagas más por menos, pero con la tranquilidad de que alguien ya ha decidido por ti que ese es el sitio “adecuado”. Es como si viajaras dentro de un filtro invisible donde todo está ligeramente inflado, suavizado y adaptado para que no te salgas del guion. Y tú lo sabes. En el fondo lo sabes. Sabes que ese restaurante no es donde comen los locales. Sabes que esa tienda no es casual. Sabes que esa experiencia está pensada para ti pero no para que la descubras tú. Y aun así, entras. Porque es cómodo. Porque es fácil. Porque es lo que toca.

Y aquí es donde me entra la ironía máxima: muchos viajes organizados prometen “vivir la cultura local” evitando sistemáticamente cualquier contacto real con ella. No hablas con gente del lugar (más allá de interacciones diseñadas). No te enfrentas a situaciones reales. No sales de ese circuito perfectamente delimitado donde todo está bajo control. Es como visitar un país sin tocarlo. Y a mí eso me parece fascinante. De verdad. Fascinante en el sentido de “no puedo creer que esto sea lo que muchos consideran viajar”.
Porque para mí, lo interesante empieza justo donde termina ese circuito. Donde no hay recomendaciones, donde no hay cartelitos en tu idioma, donde no hay nadie esperando que compres algo. Ahí, justo ahí, es donde pasan las cosas de verdad. Pero claro, eso no viene en el pack.
El síndrome del “yo ya he estado ahí”
Hay una consecuencia silenciosa de los viajes organizados que no aparece en ningún folleto, pero que está muy presente: la necesidad casi compulsiva de poder decir “yo ya he estado ahí”. No importa demasiado cómo. Ni cuánto tiempo. Ni qué sentiste. Lo importante es haber estado. Porque claro, cuando haces un viaje donde ves nueve ciudades en siete días, vuelves con una especie de currículum viajero bastante impresionante. Has estado en Venecia, en Viena, en Budapest… todo muy bien, muy completo, muy “aprovechado”.

Ahora bien, si alguien te pregunta algo un poco más concreto —“¿qué fue lo que más te gustó?”, “¿dónde comiste mejor?”, “¿te perderías otra vez por esa ciudad?”— ahí la cosa se complica. Porque cuando todo pasa tan rápido, cuando todo está tan comprimido, el recuerdo se vuelve superficial. Sabes que estuviste pero no sabes muy bien cómo lo viviste.
Y aquí entra esa especie de síndrome viajero moderno: acumular destinos como quien acumula cromos. “Yo he estado en 20 países.” “Yo he hecho media Europa.” “Yo ya lo tengo visto.” Y a mí eso siempre me deja un poco fría. No porque viajar mucho sea malo —ojalá todos pudiéramos hacerlo más—, sino porque esa lógica de acumulación convierte el viaje en algo cuantificable. En números. En listas. En logros.
Y viajar, al menos para mí, no va de eso. De hecho, muchas veces siento justo lo contrario: cuanto más profundizas en un lugar, más consciente eres de todo lo que no has visto. Porque una ciudad no se agota en un día ni en dos ni en tres. Una ciudad es capas, matices, contradicciones. Es lo que ves y lo que no te da tiempo a ver. Es lo que entiendes y lo que se te escapa. Reducirla a una parada de dos horas me parece, como mínimo, optimista.
Pero claro, el viaje organizado no está diseñado para profundizar. Está diseñado para cubrir terreno. Para darte una visión general. Para que vuelvas con la sensación de haber “hecho mucho”. Y esa sensación es peligrosa. Porque te puede hacer creer que ya conoces un lugar cuando, en realidad, apenas lo has rozado. Es como leer el resumen de un libro y decir que ya lo has leído. Técnicamente sí. Pero no.
Y aquí es donde aparece una de las mayores ironías del turismo organizado: cuanto más ves, menos te queda por descubrir o eso crees. Y cuando crees que ya lo has visto todo, dejas de sentir curiosidad. Y cuando dejas de sentir curiosidad, algo se rompe. Porque la curiosidad es el motor del viaje. Es lo que te hace moverte, preguntar, explorar y volver. Ya os hablé de ello en las ventajas de visitar un lugar más de una vez.
La homogeneización del viaje: cuando todo empieza a parecerse demasiado
Hay un momento —y si has hecho varios viajes organizados lo sabes— en el que todo empieza a mezclarse. Los hoteles se parecen. Los desayunos son prácticamente idénticos. Los autobuses… bueno, los autobuses son siempre el mismo autobús con distinto paisaje por la ventana. Podrías estar en Praga, en Cracovia o en Budapest, y hay una parte de la experiencia que no cambia absolutamente nada. Es como si viajaras dentro de un molde. Y eso, a mí, me parece uno de los mayores problemas de este tipo de viajes: la estandarización.
Porque lo que hace especial a un destino es precisamente lo que no es estándar. Lo que no se puede replicar. Lo que no sigue un patrón.

Sin embargo, en los viajes organizados, todo está diseñado para minimizar diferencias incómodas y maximizar la eficiencia. Y en ese proceso, se pierde parte de la esencia. Te alojas en hoteles “correctos” en lugar de lugares con personalidad. Comes en restaurantes “seguros” en lugar de sitios con alma. Sigues rutas “probadas” en lugar de caminos inciertos.
Y poco a poco, sin darte cuenta, el viaje se convierte en una sucesión de experiencias que podrían intercambiarse entre sí sin que pasara nada. Es como si todos los destinos llevaran un filtro común. ¿Estás viajando o estás replicando una experiencia diseñada para miles de personas antes que yo? Porque esa es otra: no eres la primera, ni la última. Estás siguiendo un circuito perfectamente optimizado que se repite una y otra vez, con pequeñas variaciones pero con la misma base. ¿Acaso no recuerdas cómo viajábamos antes de que existiera internet?
En un viaje organizado, ese tipo de emoción no existe. Todo está validado, comprobado, aprobado. No hay margen para el desastre pero tampoco para el hallazgo inesperado. Y aquí viene la reflexión. Si todos los viajes organizados siguen patrones similares, si los hoteles son intercambiables, si las rutas están calcadas ¿en qué momento dejas de viajar para empezar a repetir? Porque viajar debería ser, en cierto modo, irrepetible.
La trampa del “no pensar”
Hay algo que vende muy bien cualquier agencia: “no tienes que preocuparte por nada”. Y claro, suena maravilloso. Una especie de vacaciones dentro de las vacaciones. Cero decisiones, cero estrés, cero complicaciones. El problema es que, llevado al extremo, ese “no pensar” acaba convirtiéndose en un “no sentir demasiado”.
Porque pensar —aunque a veces dé pereza— también forma parte del viaje. Decidir una ruta, elegir un sitio, cambiar de plan, equivocarte… todo eso te implica. Te conecta. Te hace estar presente. En un viaje organizado, ese proceso desaparece.
No tienes que mirar mapas. No tienes que preguntar. No tienes que improvisar. Simplemente sigues a los demás.

Viajar debería activarte. Debería hacerte observar más, escuchar más, fijarte en detalles que en tu día a día pasas por alto. Debería sacarte de la inercia. Pero si todo está decidido, si todo fluye sin que tú intervengas, esa activación se reduce. Te conviertes en espectadora. Y ojo, ser espectadora no siempre es malo. A veces apetece. Pero cuando toda la experiencia se basa en eso, se queda corto.
Después de todo esto, podría parecer que tengo una cruzada personal contra los viajes organizados. Y sí, lo tengo. No encajan conmigo. Porque yo no viajo para optimizar. No viajo para tachar sitios. No viajo para que todo salga perfecto. Viajo para que pasen cosas. Para perderme en una calle sin nombre y no saber muy bien cómo volver. Para equivocarme de restaurante y acabar descubriendo algo mejor. Para hablar con alguien sin compartir idioma y aun así entendernos. Para cambiar de plan a mitad de día porque algo —o alguien— me llama la atención.
Viajo para sentir que sí, estoy ahí.
Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario