Por qué me dan alergia los viajes organizados

Hay un instante muy con­cre­to en el que sabes que un via­je orga­ni­za­do no es para ti. No es cuan­do reser­vas (porque ahí todo parece cómo­do, limpio, sin ries­gos, como com­prar una vida en pilo­to automáti­co). Tam­poco es cuan­do te envían el itin­er­ario en PDF con horar­ios tan milime­tra­dos que ni tu digestión tiene mar­gen de man­io­bra. No. El momen­to real lle­ga cuan­do estás subién­dote a un auto­bús con otras trein­ta per­sonas, todas miran­do de reo­jo, inten­tan­do adiv­inar quién será “el pesa­do”, “la que siem­pre se retrasa” o “el que pre­gun­ta abso­lu­ta­mente todo”.

Porque sí, los via­jes orga­ni­za­dos tienen su públi­co. Son prác­ti­cos, efi­cientes, aparente­mente libres de errores. Te lle­van, te traen, te expli­can, te ali­men­tan y te devuel­ven a casa con la sen­sación de haber “vis­to mucho”. Pero, ¿a qué pre­cio? ¿Real­mente has viajado?¿O has sido trans­porta­do?

Yo lo ten­go claro: me dan aler­gia. Y no es una manía capri­chosa ni una pose de via­jera inde­pen­di­ente con com­ple­jo de heroí­na mochilera. Es algo que he ido enten­di­en­do con los años, a base de obser­var, com­parar y, sobre todo, pre­gun­tarme qué es exac­ta­mente lo que bus­co cuan­do via­jo. Porque via­jar, para mí, nun­ca ha sido solo moverse. Es perder­se, es equiv­o­carse, es ten­er que decidir en cada momen­to. Es ese pequeño caos que con­vierte una expe­ri­en­cia en algo vivo. Y los via­jes orga­ni­za­dos… bueno, dig­amos que el caos lo lle­van ya domes­ti­ca­do, envasa­do al vacío y con guía inclu­i­do.

En este artícu­lo no voy a demo­nizar­los (o quizá un poco sí, no lo voy a negar), pero sí voy a des­menuzar, des­de mi expe­ri­en­cia y con cier­ta ironía, por qué no son para mí. Por qué me inco­modan, por qué me desconectan y por qué, cada vez que alguien me dice “yo pre­fiero que me lo den todo hecho”, sien­to una mez­cla de respeto… y escalofrío.

Porque al final, la pre­gun­ta no es si los via­jes orga­ni­za­dos son buenos o mal­os. La pre­gun­ta es: ¿qué tipo de via­jero quieres ser? Yo no quiero ser de los que van en grupo a todos lados. Lo ten­go claro clarísi­mo.

La dictadura del horario: cuando hasta tu café tiene hora asignada

Hay algo pro­fun­da­mente inqui­etante en que alguien haya deci­di­do a qué hora exac­ta vas a sen­tir ham­bre, sueño o curiosi­dad. Porque eso es, en esen­cia, un via­je orga­ni­za­do: una core­ografía per­fec­ta donde tú eres fig­u­rante en tu pro­pio via­je.

El día empieza pron­to. Siem­pre muu­u­u­uy pron­to. No impor­ta si estás en Bangkok, en Roma o en un pequeño pueblo per­di­do de Uzbek­istán: a las 7:00 sue­na el des­per­ta­dor porque “hay mucho que ver”. Esa frase, por cier­to, se con­vierte en mantra. Hay mucho que ver, mucho que hac­er, mucho que cumplir. 

Bajas a desayu­nar con esa sen­sación de estar en una especie de cam­pa­men­to inter­na­cional donde nadie se conoce pero todos com­parten el mis­mo des­ti­no inevitable: el auto­bús de las 8:00. Comes rápi­do, eliges mal (porque tam­poco hay tiem­po para pen­sar demasi­a­do) y sales cor­rien­do porque alguien ya está miran­do el reloj. Siem­pre hay alguien miran­do el reloj. Y ahí empieza el fes­ti­val.

Chica en un aeropuerto

Paradas de 20 min­u­tos. Fotos ráp­i­das. Expli­ca­ciones com­prim­i­das. “Tenéis tiem­po libre” (que en real­i­dad son 35 min­u­tos en una plaza llena de tien­das de sou­venirs donde casual­mente todo el grupo aca­ba com­pran­do lo mis­mo). Y vuelta al auto­bús. ¿Te has enam­ora­do de un rincón? Mala suerte. ¿Te apetece sen­tarte en una ter­raza y ver la vida pasar? No está en el pro­gra­ma. ¿Quieres perderte por una calle sin nom­bre y ver qué pasa? Eso, direc­ta­mente, es casi un acto rev­olu­cionario. Porque en los via­jes orga­ni­za­dos, perder­se no está per­mi­ti­do. Y sin perder­se ¿qué que­da?

Hay que opti­mizar, hay que cumplir, hay que enca­jar muchas vis­i­tas en pocos días. Pero en ese inten­to de aprovechar el tiem­po al máx­i­mo, se pierde algo por el camino. Algo que no sale en ningún itin­er­ario: la espon­tanei­dad. Esa capaci­dad de decir “me que­do aquí un rato más” sin que nadie te mire mal. De cam­biar de plan porque algo te lla­ma la aten­ción. De seguir un impul­so absur­do que, muchas veces, aca­ba sien­do lo mejor del via­je. Porque, seamos sin­ceros: ¿cuán­tos recuer­dos de ver­dad nacen de algo que esta­ba per­fec­ta­mente plan­i­fi­ca­do?

Y aquí es donde viene la pre­gun­ta incó­mo­da, esa que no aparece en los catál­o­gos de agen­cias: ¿Pre­fieres ver­lo todo… o vivir algo? Porque no es lo mis­mo. Y en los via­jes orga­ni­za­dos, casi siem­pre, eliges lo primero sin darte cuen­ta.

El grupo: ese experimento social que nadie pidió

Si hay algo que define un via­je orga­ni­za­do más allá del itin­er­ario, es el grupo. Ese con­jun­to het­erogé­neo de per­sonas que no has elegi­do, que no te han elegi­do, pero con las que, por algún tipo de alin­eación cós­mi­ca (o más bien ofer­ta de agen­cia), vas a com­par­tir días inten­sos de con­viven­cia forza­da. Y aquí es donde empieza el ver­dadero via­je. No el geográ­fi­co, sino el psi­cológi­co.

Porque, seamos sin­ceros, via­jar ya es una expe­ri­en­cia que te pone a prue­ba: te cansas, te desubi­cas, comes raro, duer­mes peor. Aho­ra súmale a eso con­vivir con veinte, trein­ta o cuarenta descono­ci­dos. Per­sonas con rit­mos dis­tin­tos, intere­ses opuestos y nive­les de pacien­cia que, en muchos casos, bril­lan por su ausen­cia.

viaje organizado

El grupo siem­pre tiene sus per­son­ajes fijos. Es casi fasci­nante. Está “la pre­gun­ta­do­ra ofi­cial”, que inter­rumpe cada expli­cación del guía para hac­er una pre­gun­ta que prob­a­ble­mente ya se había respon­di­do dos min­u­tos antes. Está “el impun­tu­al cróni­co”, ese que con­vierte cada sal­i­da en una especie de thriller donde todos miran el reloj mien­tras él aparece tran­quil­a­mente diez min­u­tos tarde, como si nada. Está tam­bién “la pare­ja que dis­cute en voz baja pero audi­ble”, generan­do esa ten­sión incó­mo­da que nadie sabe muy bien cómo ges­tionar.

Porque eso es lo que nadie te cuen­ta: en un via­je orga­ni­za­do no solo vis­i­tas des­ti­nos, tam­bién absorbes dinámi­cas aje­nas. Energías que no son tuyas. Con­ver­sa­ciones que no te intere­san pero que no puedes evi­tar escuchar. Deci­siones colec­ti­vas que, inevitable­mente, nun­ca enca­jan del todo con­ti­go. ¿Te apetece quedarte más tiem­po en un sitio? La may­oría decide. ¿Quieres ir a otro restau­rante? El grupo ya tiene reser­va. ¿Pre­fieres silen­cio? Alguien quiere socializar.

Y aquí viene la parado­ja: mucha gente elige via­jes orga­ni­za­dos “para no estar solo”. Y es total­mente váli­do. Pero una cosa es com­par­tir, y otra muy dis­tin­ta es no ten­er escap­a­to­ria. Porque inclu­so cuan­do tienes un rato libre, sigues for­man­do parte del grupo. Coin­cides en el hotel, en el desayuno, en los trasla­dos. No hay ver­dadera desconex­ión. Siem­pre hay una con­tinuidad, una sen­sación de pertenecer a algo que no has con­stru­i­do tú.

Y a mí, per­sonal­mente, eso me pesa. No porque ten­ga nada en con­tra de la gente (aunque reconoz­co que mi pacien­cia via­jera es lim­i­ta­da), sino porque para mí via­jar tam­bién es ele­gir con quién com­par­to el camino y con quién no. Es decidir cuán­do quiero hablar y cuán­do nece­si­to silen­cio. Cuán­do me apetece conec­tar con alguien y cuán­do pre­fiero sim­ple­mente obser­var el mun­do sin inter­fer­en­cias.

En un via­je orga­ni­za­do, ese equi­lib­rio se rompe. Porque la expe­ri­en­cia deja de ser indi­vid­ual y pasa a ser colec­ti­va. Y lo colec­ti­vo, aunque tiene cosas boni­tas, tam­bién tiene un pre­cio: la pér­di­da de intim­i­dad.

El guía: entre Wikipedia con patas y director de guardería

El guía merece capí­tu­lo pro­pio. Porque sin guía no hay via­je orga­ni­za­do, y sin via­je orga­ni­za­do… bueno, ya sabe­mos que ahí empieza la vida.

El guía es esa figu­ra todopoderosa que decide el rit­mo, el tono y, en muchos casos, has­ta la per­cep­ción que te llevas de un des­ti­no. Es una mez­cla curiosa entre nar­rador ofi­cial, coor­di­nador logís­ti­co y, en momen­tos críti­cos, medi­ador de con­flic­tos dig­nos de ter­apia de grupo. Y ojo, hay guías mar­avil­losos. De esos que te hacen el via­je, que te cuen­tan his­to­rias que no salen en ningún libro, que te con­ta­gian pasión y con­siguen que veas un lugar con otros ojos. Pero inclu­so en el mejor de los casos, hay algo que chirría. Porque todo lo que ves, lo ves a través de su fil­tro.

La his­to­ria que escuchas es la que él decide con­tar. El tiem­po que pasas en cada sitio es el que él con­sid­era sufi­ciente. Las recomen­da­ciones que sigues son las suyas. Y sin darte cuen­ta, tu via­je deja de ser una explo­ración per­son­al para con­ver­tirse en una nar­ración guia­da. Es como ver una pelícu­la en vez de vivir­la.

guia de viajes

Además, el guía no solo infor­ma, tam­bién con­tro­la. Tiene que hac­er­lo. Hay horar­ios que cumplir, per­sonas que ges­tionar, impre­vis­tos que resolver. Y ahí es donde aparece su fac­eta menos román­ti­ca: la de direc­tor de guardería para adul­tos. “Chicos, por favor, no os sep­a­réis.” “Recor­dad el pun­to de encuen­tro.” “Vamos con tiem­po jus­to.” Y tú, que en tu vida diaria tomas deci­siones con­stan­te­mente, que orga­ni­zas tu tra­ba­jo, tu casa, tus via­jes, de repente te ves sigu­ien­do instruc­ciones como si estu­vieras en una excur­sión esco­lar.

No es que esté mal. Es que no es para mí. Porque parte de lo que más dis­fru­to al via­jar es pre­cisa­mente lo con­trario: no saber. No ten­er todas las respues­tas. Des­cubrir por mi cuen­ta, equiv­o­carme, pre­gun­tar, per­derme, volver a encon­trarme. Ese pro­ce­so, que a veces es incó­mo­do, es tam­bién lo que hace que el via­je sea tuyo.

Con un guía, ese mar­gen se reduce. Todo está expli­ca­do, con­tex­tu­al­iza­do, digeri­do. No hay hue­co para la duda, para la inter­pretación per­son­al, para ese pequeño momen­to de “no entien­do nada pero me encan­ta”.

Y luego está otro detalle que me parece clave: el guía habla para todos. Y cuan­do hablas para todos, inevitable­mente sim­pli­fi­cas. Gen­er­al­izas. Adap­tas el dis­cur­so al mín­i­mo común denom­i­nador. Y eso está bien, si bus­cas una visión glob­al. Pero si eres de los que quieren ras­car un poco más, pro­fun­dizar, cues­tionar, se que­da cor­to. Porque via­jar tam­bién es hac­erse pre­gun­tas incó­modas, no solo escuchar respues­tas cómodas.

Así que sí, el guía facili­ta. Ahor­ra tiem­po. Evi­ta errores. Pero tam­bién, en cier­ta medi­da, limi­ta. Y aquí viene otra de esas pre­gun­tas que no sue­len apare­cer en los fol­letos. ¿Pre­fieres que te lo cuenten o des­cubrir­lo tú?

La ilusión de seguridad: cuando todo está controlado (y tú también)

Hay un argu­men­to estrel­la que siem­pre aparece cuan­do alguien defiende los via­jes orga­ni­za­dos: la seguri­dad. “Es que así voy tran­quila.” “Es que no me la juego.” “Es que ya está todo con­tro­la­do.” Y lo entien­do. De ver­dad que lo entien­do. Via­jar por libre impli­ca asumir cier­ta incer­tidum­bre: perderte, no enten­der el idioma, coger un trans­porte equiv­o­ca­do, reser­var un hotel que en fotos parecía otra cosa… Sí, todo eso puede pasar. Y pasa. Pero aquí viene la tram­pa: esa sen­sación de seguri­dad que venden los via­jes orga­ni­za­dos es, en gran parte, una ilusión cuida­dosa­mente empa­que­ta­da.

Porque sí, reduces cier­tos ries­gos logís­ti­cos. Pero a cam­bio, te desconec­tas com­ple­ta­mente de la real­i­dad del lugar que estás vis­i­tan­do. Te mueves en bur­bu­jas.

grupo turistico

Hote­les selec­ciona­dos. Restau­rantes “seguros”. Rutas dis­eñadas. Zonas fil­tradas. Todo pen­sa­do para que no haya fric­ción. Para que no haya sor­pre­sas. Para que no haya vida real. Y claro, así cualquiera via­ja. Pero entonces me pre­gun­to: ¿estás cono­cien­do un des­ti­no o una ver­sión edul­co­ra­da del mis­mo? Porque cuan­do todo está tan medi­do, tan pro­te­gi­do, tan encap­su­la­do, lo que exper­i­men­tas no es el país en sí, sino una especie de sim­u­lación adap­ta­da al tur­ista medio. No hablas con la gente local (más allá de inter­ac­ciones super­fi­ciales). No tienes que resolver nada por ti mis­ma. No tomas deci­siones reales. Sim­ple­mente sigues el flu­jo.

Via­jar tam­bién es enfrentarte a lo descono­ci­do. No de for­ma temer­aria, no se tra­ta de ir sin sen­ti­do ni de igno­rar ries­gos reales. Pero sí de acep­tar que hay una parte del via­je que no puedes con­tro­lar y que pre­cisa­mente ahí está gran parte de su val­or. Porque cuan­do elim­i­nas el ries­go, tam­bién elim­i­nas la inten­si­dad. Cuan­do todo está pre­vis­to, nada te sor­prende de ver­dad. Cuan­do todo es seguro, tam­bién es pre­deci­ble.

Y no sé tú, pero yo no via­jo para sen­tirme como en casa. Para eso ya ten­go mi casa. Via­jo para inco­modarme un poco. Para salir de mi zona de con­trol. Para des­cubrir de qué soy capaz cuan­do no ten­go todas las respues­tas.

La obsesión por “verlo todo”: turismo como lista de la compra

Hay una frase que, en el con­tex­to de los via­jes orga­ni­za­dos, me pro­duce un ligero tic en el ojo: “así lo ves todo”. ¿Todo? ¿De ver­dad? Porque aquí es donde el via­je empieza a pare­cerse peli­grosa­mente a una lista de la com­pra. Mon­u­men­to ✔️ Museo ✔️ Plaza ✔️ Foto ✔️ Sigu­iente ✔️ Y tú avan­zas, cumplien­do obje­tivos, como si alguien te fuera a pon­er nota al final.

He esta­do en ciu­dades como París o Flo­ren­cia donde lit­eral­mente había gente miran­do el reloj delante de una obra de arte porque “en diez min­u­tos nos vamos”. Diez min­u­tos. Para algo que ha sobre­vivi­do sig­los, guer­ras y gen­era­ciones pero no puede sobre­vivir a tu itin­er­ario. Y claro, lo “ves”. Pero ¿lo miras? Porque no es lo mis­mo pasar por delante de algo que deten­erte de ver­dad. No es lo mis­mo hac­er una foto que enten­der por qué estás ahí. No es lo mis­mo tachar un sitio de la lista que dejar que ese sitio te cale.

itinerario turistico

En los via­jes orga­ni­za­dos, muchas veces el obje­ti­vo es acu­mu­lar. Cuan­tos más sitios, mejor. Cuan­tas más fotos, mejor. Cuan­tas más ciu­dades en menos días, mejor aún. Y yo, sin­ce­ra­mente, no lo com­pro. Porque esa obsesión por ver­lo todo suele ten­er un efec­to curioso: al final no recuer­das casi nada. Todo se mez­cla, todo se diluye y todo pierde inten­si­dad. Te acuer­das de que estu­viste en cin­co ciu­dades pero no sabrías decir qué sen­tiste en ningu­na. Y eso, para mí, es lo más triste que puede pasar en un via­je.

Porque via­jar no debería ser una com­peti­ción. No debería ser una car­rera con­trar­reloj. No debería ser una especie de check­list vital para poder decir “yo he esta­do allí”. De hecho, muchas veces lo mejor de un via­je es pre­cisa­mente lo que no esta­ba en la lista. Ese café impro­visa­do. Esa calle sin nom­bre. Ese momen­to en el que decides no hac­er nada y pasa algo. Pero claro, eso no se puede pro­gra­mar. No se puede vender en un paque­te. No se puede meter en un Excel. Y por eso, en los via­jes orga­ni­za­dos, sim­ple­mente no ocurre. Y en el fon­do, todos lo sabe­mos.

La falsa comodidad: cuando te lo dan todo hecho

Otra de las grandes prome­sas del via­je orga­ni­za­do es la como­di­dad. No tienes que pen­sar, no tienes que plan­i­ficar, no tienes que decidir. Todo está hecho por ti. Y claro, sue­na ten­ta­dor. Sobre todo cuan­do vienes de una vida donde decides con­stan­te­mente: tra­ba­jo, casa, horar­ios, prob­le­mas, lis­tas infini­tas. La idea de “desconec­tar” y que alguien lleve el timón parece casi un lujo. Has­ta que te das cuen­ta de que, en ese pro­ce­so, tam­bién has desconec­ta­do de ti mis­mo.

Porque hay algo curioso que pasa cuan­do te lo dan todo hecho: dejas de impli­carte. No eliges el hotel, no eliges el restau­rante, no eliges la ruta. No eliges nada. Sim­ple­mente, acep­tas. Y al prin­ci­pio des­cansa. Sí. Pero luego aneste­sia.

Empiezas a moverte en automáti­co. A seguir instruc­ciones sin cues­tionarlas. A asumir que lo que estás vien­do es “lo que toca ver”. Y poco a poco, sin darte cuen­ta, tu cri­te­rio se diluye.

autobus turistico

Porque para mí, parte del plac­er de via­jar está pre­cisa­mente en eso: en ele­gir. En equiv­o­carte de restau­rante y acabar rién­dote. En des­cubrir un sitio increíble sin esper­ar­lo. En com­parar, en decidir, en sen­tir que estás con­struyen­do tu expe­ri­en­cia. Cuan­do todo viene dado, ese pro­ce­so desa­parece. Y con él, una parte muy impor­tante del via­je. Es como si alguien te preparara un menú degustación cer­ra­do cuan­do tú eres de las que dis­fru­tan pidi­en­do a la car­ta, mez­clan­do, proban­do, cam­bian­do de idea a mitad de cena. Sí, puede estar bueno. Sí, puede ser cómo­do. Pero no es tuyo.

Y aquí entra otro matiz que me parece clave: la como­di­dad abso­lu­ta suele venir acom­paña­da de una lig­era pér­di­da de inten­si­dad. Porque cuan­do no tienes que esforzarte, cuan­do no hay fric­ción, cuan­do no hay deci­siones, tam­poco hay tan­ta sat­is­fac­ción. No hay ese pequeño orgul­lo de “lo he con­segui­do yo”. No hay ese apren­diza­je que te llevas cuan­do algo no sale per­fec­to. No hay esa sen­sación de haber vivi­do algo en primera per­sona. Hay, sim­ple­mente, una expe­ri­en­cia con­sum­i­da.

Y no digo que esté mal quer­er des­cansar. Todos lo nece­si­ta­mos. Pero hay muchas for­mas de des­cansar via­jan­do sin renun­ciar a tu lib­er­tad. Porque una cosa es facil­i­tarte el camino y otra muy dis­tin­ta es quitárte­lo por com­ple­to.

El pack turístico: ese universo paralelo donde todo es “típico” (y sospechosamente caro)

Hay algo casi mági­co en los via­jes orga­ni­za­dos: con­siguen que, estés donde estés, acabes en los mis­mos sitios que todos los demás. No impor­ta si estás en Estam­bul, en Mar­rakech o en Bangkok. Siem­pre hay un restau­rante “típi­co”, una tien­da “local” y una expe­ri­en­cia “autén­ti­ca” que, curiosa­mente, for­ma parte del itin­er­ario de todos los gru­pos del día. Y ahí entras tú. Con tu pegati­na imag­i­nar­ia de “grupo 3”, lista para vivir la aut­en­ti­ci­dad pro­gra­ma­da.

El restau­rante típi­co suele ten­er tres car­ac­terís­ti­cas infal­i­bles: menú cer­ra­do, camareros que hablan per­fec­to tu idioma (demasi­a­do per­fec­to, sospe­choso) y una dec­o­ración que parece un dec­o­ra­do de par­que temáti­co. Todo muy bien puesto. Todo muy prepara­do. ¿La comi­da? Cor­rec­ta. Sin más. Pero oye, incluye espec­tácu­lo. Siem­pre incluye espec­tácu­lo.

Luego están las tien­das “locales”. Ese momen­to mar­avil­loso en el que el guía te dice: “aquí no os obli­go a com­prar nada” mien­tras te deja exac­ta­mente en una tien­da donde todos, abso­lu­ta­mente todos, aca­ban com­pran­do algo. Porque claro, hay pre­sión. Hay miradas. Hay ese silen­cio incó­mo­do cuan­do sales con las manos vacías. Y de repente te ves com­pran­do espe­cias, alfom­bras o una fig­u­ri­ta que no sabes muy bien dónde vas a meter cuan­do vuel­vas a casa. Pero es “arte­sanía local”. Y aquí viene lo mejor: los pre­cios.

Porque el pack turís­ti­co tiene una habil­i­dad espe­cial para con­ver­tir lo cotid­i­ano en pre­mi­um. Pagas más por menos, pero con la tran­quil­i­dad de que alguien ya ha deci­di­do por ti que ese es el sitio “ade­cua­do”. Es como si via­jaras den­tro de un fil­tro invis­i­ble donde todo está lig­era­mente infla­do, suaviza­do y adap­ta­do para que no te sal­gas del guion. Y tú lo sabes. En el fon­do lo sabes. Sabes que ese restau­rante no es donde comen los locales. Sabes que esa tien­da no es casu­al. Sabes que esa expe­ri­en­cia está pen­sa­da para ti pero no para que la des­cubras tú. Y aun así, entras. Porque es cómo­do. Porque es fácil. Porque es lo que toca.

turistas en una tienda

Y aquí es donde me entra la ironía máx­i­ma: muchos via­jes orga­ni­za­dos prom­e­ten “vivir la cul­tura local” evi­tan­do sis­temáti­ca­mente cualquier con­tac­to real con ella. No hablas con gente del lugar (más allá de inter­ac­ciones dis­eñadas). No te enfrentas a situa­ciones reales. No sales de ese cir­cuito per­fec­ta­mente delim­i­ta­do donde todo está bajo con­trol. Es como vis­i­tar un país sin tocar­lo. Y a mí eso me parece fasci­nante. De ver­dad. Fasci­nante en el sen­ti­do de “no puedo creer que esto sea lo que muchos con­sid­er­an via­jar”.

Porque para mí, lo intere­sante empieza jus­to donde ter­mi­na ese cir­cuito. Donde no hay recomen­da­ciones, donde no hay cartelitos en tu idioma, donde no hay nadie esperan­do que com­pres algo. Ahí, jus­to ahí, es donde pasan las cosas de ver­dad. Pero claro, eso no viene en el pack.

El síndrome del “yo ya he estado ahí”

Hay una con­se­cuen­cia silen­ciosa de los via­jes orga­ni­za­dos que no aparece en ningún fol­leto, pero que está muy pre­sente: la necesi­dad casi com­pul­si­va de poder decir “yo ya he esta­do ahí”. No impor­ta demasi­a­do cómo. Ni cuán­to tiem­po. Ni qué sen­tiste. Lo impor­tante es haber esta­do. Porque claro, cuan­do haces un via­je donde ves nueve ciu­dades en siete días, vuelves con una especie de cur­rícu­lum via­jero bas­tante impre­sio­n­ante. Has esta­do en Vene­cia, en Viena, en Budapest… todo muy bien, muy com­ple­to, muy “aprovecha­do”.

turista con lista de paises

Aho­ra bien, si alguien te pre­gun­ta algo un poco más con­cre­to —“¿qué fue lo que más te gustó?”, “¿dónde comiste mejor?”, “¿te perderías otra vez por esa ciu­dad?”— ahí la cosa se com­pli­ca. Porque cuan­do todo pasa tan rápi­do, cuan­do todo está tan com­prim­i­do, el recuer­do se vuelve super­fi­cial. Sabes que estu­viste pero no sabes muy bien cómo lo viviste.

Y aquí entra esa especie de sín­drome via­jero mod­er­no: acu­mu­lar des­ti­nos como quien acu­mu­la cro­mos. “Yo he esta­do en 20 país­es.” “Yo he hecho media Europa.” “Yo ya lo ten­go vis­to.” Y a mí eso siem­pre me deja un poco fría. No porque via­jar mucho sea malo —ojalá todos pudiéramos hac­er­lo más—, sino porque esa lóg­i­ca de acu­mu­lación con­vierte el via­je en algo cuan­tifi­ca­ble. En números. En lis­tas. En logros.

Y via­jar, al menos para mí, no va de eso. De hecho, muchas veces sien­to jus­to lo con­trario: cuan­to más pro­fun­dizas en un lugar, más con­sciente eres de todo lo que no has vis­to. Porque una ciu­dad no se ago­ta en un día ni en dos ni en tres. Una ciu­dad es capas, mat­ices, con­tradic­ciones. Es lo que ves y lo que no te da tiem­po a ver. Es lo que entien­des y lo que se te escapa. Reducir­la a una para­da de dos horas me parece, como mín­i­mo, opti­mista.

Pero claro, el via­je orga­ni­za­do no está dis­eña­do para pro­fun­dizar. Está dis­eña­do para cubrir ter­reno. Para darte una visión gen­er­al. Para que vuel­vas con la sen­sación de haber “hecho mucho”. Y esa sen­sación es peli­grosa. Porque te puede hac­er creer que ya cono­ces un lugar cuan­do, en real­i­dad, ape­nas lo has roza­do. Es como leer el resumen de un libro y decir que ya lo has leí­do. Téc­ni­ca­mente sí. Pero no.

Y aquí es donde aparece una de las may­ores ironías del tur­is­mo orga­ni­za­do: cuan­to más ves, menos te que­da por des­cubrir o eso crees. Y cuan­do crees que ya lo has vis­to todo, dejas de sen­tir curiosi­dad. Y cuan­do dejas de sen­tir curiosi­dad, algo se rompe. Porque la curiosi­dad es el motor del via­je. Es lo que te hace moverte, pre­gun­tar, explo­rar y volver. Ya os hablé de ello en las ven­ta­jas de vis­i­tar un lugar más de una vez.

La homogeneización del viaje: cuando todo empieza a parecerse demasiado

Hay un momen­to —y si has hecho var­ios via­jes orga­ni­za­dos lo sabes— en el que todo empieza a mezclarse. Los hote­les se pare­cen. Los desayunos son prác­ti­ca­mente idén­ti­cos. Los auto­bus­es… bueno, los auto­bus­es son siem­pre el mis­mo auto­bús con dis­tin­to paisaje por la ven­tana. Podrías estar en Pra­ga, en Cra­covia o en Budapest, y hay una parte de la expe­ri­en­cia que no cam­bia abso­lu­ta­mente nada. Es como si via­jaras den­tro de un molde. Y eso, a mí, me parece uno de los may­ores prob­le­mas de este tipo de via­jes: la estandarización.

Porque lo que hace espe­cial a un des­ti­no es pre­cisa­mente lo que no es están­dar. Lo que no se puede replicar. Lo que no sigue un patrón.

Sin embar­go, en los via­jes orga­ni­za­dos, todo está dis­eña­do para min­i­mizar difer­en­cias incó­modas y max­i­mizar la efi­cien­cia. Y en ese pro­ce­so, se pierde parte de la esen­cia. Te alo­jas en hote­les “cor­rec­tos” en lugar de lugares con per­son­al­i­dad. Comes en restau­rantes “seguros” en lugar de sitios con alma. Sigues rutas “probadas” en lugar de caminos incier­tos.

Y poco a poco, sin darte cuen­ta, el via­je se con­vierte en una suce­sión de expe­ri­en­cias que podrían inter­cam­biarse entre sí sin que pasara nada. Es como si todos los des­ti­nos lle­varan un fil­tro común. ¿Estás via­jan­do o estás repli­can­do una expe­ri­en­cia dis­eña­da para miles de per­sonas antes que yo? Porque esa es otra: no eres la primera, ni la últi­ma. Estás sigu­ien­do un cir­cuito per­fec­ta­mente opti­miza­do que se repite una y otra vez, con pequeñas varia­ciones pero con la mis­ma base. ¿Aca­so no recuer­das cómo via­jábamos antes de que existiera inter­net?

En un via­je orga­ni­za­do, ese tipo de emo­ción no existe. Todo está val­i­da­do, com­pro­ba­do, aproba­do. No hay mar­gen para el desas­tre pero tam­poco para el hal­laz­go ines­per­a­do. Y aquí viene la reflex­ión. Si todos los via­jes orga­ni­za­dos siguen patrones sim­i­lares, si los hote­les son inter­cam­bi­ables, si las rutas están cal­cadas ¿en qué momen­to dejas de via­jar para empezar a repe­tir? Porque via­jar debería ser, en cier­to modo, irrepetible.

La trampa del “no pensar”

Hay algo que vende muy bien cualquier agen­cia: “no tienes que pre­ocu­parte por nada”. Y claro, sue­na mar­avil­loso. Una especie de vaca­ciones den­tro de las vaca­ciones. Cero deci­siones, cero estrés, cero com­pli­ca­ciones. El prob­le­ma es que, lle­va­do al extremo, ese “no pen­sar” aca­ba con­vir­tién­dose en un “no sen­tir demasi­a­do”.

Porque pen­sar —aunque a veces dé pereza— tam­bién for­ma parte del via­je. Decidir una ruta, ele­gir un sitio, cam­biar de plan, equiv­o­carte… todo eso te impli­ca. Te conec­ta. Te hace estar pre­sente. En un via­je orga­ni­za­do, ese pro­ce­so desa­parece.

No tienes que mirar mapas. No tienes que pre­gun­tar. No tienes que impro­vis­ar. Sim­ple­mente sigues a los demás.

turistas caminando

Via­jar debería acti­varte. Debería hac­erte obser­var más, escuchar más, fijarte en detalles que en tu día a día pasas por alto. Debería sacarte de la iner­cia. Pero si todo está deci­di­do, si todo fluye sin que tú inter­ven­gas, esa acti­vación se reduce. Te con­viertes en espec­ta­do­ra. Y ojo, ser espec­ta­do­ra no siem­pre es malo. A veces apetece. Pero cuan­do toda la expe­ri­en­cia se basa en eso, se que­da cor­to.

 

Después de todo esto, podría pare­cer que ten­go una cruza­da per­son­al con­tra los via­jes orga­ni­za­dos. Y sí, lo ten­go. No enca­jan con­mi­go. Porque yo no via­jo para opti­mizar. No via­jo para tachar sitios. No via­jo para que todo sal­ga per­fec­to. Via­jo para que pasen cosas. Para per­derme en una calle sin nom­bre y no saber muy bien cómo volver. Para equiv­o­carme de restau­rante y acabar des­cubrien­do algo mejor. Para hablar con alguien sin com­par­tir idioma y aun así enten­der­nos. Para cam­biar de plan a mitad de día porque algo —o alguien— me lla­ma la aten­ción.

Via­jo para sen­tir que sí, estoy ahí.


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