El Museo del Diablo de Kaunas (Lituania)

Los que seguís el blog des­de hace años, sabéis de sobra que ten­go autén­ti­ca pasión por lugares que se salen de los límites estable­ci­dos. Y si tienen un lado oscuro y mis­te­rioso, mejor que mejor. Por ello no es de extrañar que el primer lugar que tenía pen­di­ente vis­i­tar cuan­do he via­ja­do a Litu­a­nia por primera vez era el Museo Žmuidzi­nav­ičius. O lo que es lo mis­mo, el Museo del Dia­blo.

Cier­to es que no es el úni­co museo del mun­do ded­i­ca­do a Lucifer (hay otro en Úštěk, Repúbli­ca Checa, éste con una ori­entación más teatral, e infinidad de exposi­ciones que ded­i­can parte de sus temar­ios a la figu­ra del demo­nio). Pero sí es con difer­en­cia el más com­ple­to, el que más obras ate­so­ra (más de 3000 piezas) y lo que es más impor­tante: el que abor­da el tema con una may­or seriedad. Porque si uno lle­ga aquí pen­san­do que va a entrar en una especie de tren de la bru­ja, con criat­uras sinies­tras y muñe­cos de feria, se equiv­o­ca (¡por suerte!) com­ple­ta­mente. El Museo del Dia­blo es ante todo un extra­or­di­nario recor­ri­do por el fol­clore, las super­sti­ciones, la his­to­ria, las creen­cias pop­u­lares, el arte y has­ta el sen­ti­do del humor de difer­entes pueb­los del mun­do. En Kau­nas el mis­mísi­mo Bel­cebú tiene casa propia.

Esta colec­ción nació casi por casu­al­i­dad y no fue ini­cial­mente el proyec­to de ningún museo. Detrás de ella se encuen­tra Antanas Žmuidzi­nav­ičius, uno de los artis­tas litu­anos más impor­tantes del siglo XX. Pin­tor, pro­fe­sor, per­son­aje desta­ca­do de la vida cul­tur­al del país y, además, colec­cionista com­pul­si­vo de obje­tos rela­ciona­dos con el arte pop­u­lar. Žmuidzi­nav­ičius llegó a reunir a lo largo de su vida nada menos que 23 colec­ciones difer­entes, aunque hubo una que ter­minó eclip­san­do a todas las demás: la de dia­b­los. La his­to­ria ofi­cial del museo sitúa su ori­gen en 1906, cuan­do, durante los prepar­a­tivos de la primera exposi­ción de arte litu­ano, recibió como rega­lo una pequeña escul­tura de madera que rep­re­senta­ba a un demo­nio. Aque­l­la figu­ra, que para cualquier otra per­sona prob­a­ble­mente habría ter­mi­na­do dec­o­ran­do una estantería, des­pertó en él una curiosi­dad que acabaría tenien­do con­se­cuen­cias bas­tante ines­per­adas.

Žmuidzi­nav­ičius comen­zó a reunir dia­b­los y se mar­có una cifra espe­cial­mente apropi­a­da para seme­jante colec­ción: quería con­seguir trece doce­nas de demo­ni­os, es decir, 169 piezas. El número 13, evi­den­te­mente, no esta­ba elegi­do al azar: ya sabéis la fama que arras­tra de “número maldito”. Pero sus ami­gos, com­pañeros y cono­ci­dos comen­zaron a regalar­le fig­uras y la colec­ción cre­ció mucho más deprisa de lo pre­vis­to. No solo alcanzó aque­l­las trece doce­nas sino que llegó a reunir veinte, unas 260 piezas, todas ellas recibidas como rega­los. Y aque­l­lo no había hecho más que empezar.

En 1961 el artista donó sus obras, colec­ciones y archi­vo al Esta­do litu­ano y, pocos años después, su propia casa de Kau­nas se con­vir­tió en museo. El Museo de las Obras y Colec­ciones de Antanas Žmuidzi­nav­ičius abrió sus puer­tas en 1966, pre­cisa­mente el año de la muerte del pin­tor. Su vivien­da, con­stru­i­da en 1928 sigu­ien­do el proyec­to del arqui­tec­to Vytau­tas Lands­ber­gis-Žemkal­nis, con­ser­va todavía parte de aquel uni­ver­so per­son­al: el aparta­men­to, el estu­dio, mue­bles orig­i­nales, obje­tos famil­iares y obras del artista per­miten cono­cer al hom­bre que, casi sin pre­tender­lo, ter­mi­naría cre­an­do una de las colec­ciones más extrav­a­gantes de Europa.

Pero los dia­b­los sigu­ieron mul­ti­plicán­dose. Y no pre­cisa­mente por inter­ven­ción sobre­nat­ur­al. La fama de la colec­ción fue cre­cien­do y comen­zaron a lle­gar nuevas fig­uras des­de difer­entes rin­cones del plan­e­ta. La casa ter­minó quedán­dose pequeña para seme­jante ejérci­to infer­nal y en 1982 la colec­ción fue traslada­da des­de el estu­dio del artista a un edi­fi­cio anexo con­stru­i­do especí­fi­ca­mente para alber­gar­la, nacien­do así el espa­cio que hoy cono­ce­mos pop­u­lar­mente como Museo del Dia­blo. Actual­mente sus fon­dos super­an las 3000 piezas y proce­den de alrede­dor de 70 país­es difer­entes.

Existe además una tradi­ción por la que los pro­pios vis­i­tantes pueden regalar un dia­blo al museo, algo que expli­ca en bue­na medi­da cómo aque­l­la pequeña obsesión pri­va­da de Žmuidzi­nav­ičius ha ter­mi­na­do con­vir­tién­dose en una colec­ción de dimen­siones abso­lu­ta­mente despro­por­cionadas. Imag­i­no que no exis­ten demasi­a­dos museos en el mun­do donde uno pue­da pre­sen­tarse en recep­ción con un demo­nio deba­jo del bra­zo y que el per­son­al, en lugar de lla­mar a seguri­dad, pue­da agrade­certe la aportación.

Una de las cosas que más me gustó del Museo del Dia­blo de Kau­nas es que la colec­ción no se limi­ta a mostrarnos cien­tos de fig­uras colo­cadas una detrás de otra, sino que poco a poco va con­struyen­do una especie de geografía mundi­al del mal, per­mi­tién­donos des­cubrir cómo cada cul­tura ha imag­i­na­do, rep­re­sen­ta­do y has­ta car­i­ca­tur­iza­do a sus pro­pios demo­ni­os. A medi­da que avan­zamos por las salas apare­cen sec­ciones ded­i­cadas a difer­entes país­es y regiones del mun­do y resul­ta fasci­nante com­pro­bar que el dia­blo no tiene una úni­ca cara: cam­bia de aspec­to, de nom­bre e inclu­so de per­son­al­i­dad depen­di­en­do del lugar en el que nos encon­tremos.

Hay criat­uras que se pare­cen bas­tante al demo­nio europeo que todos ten­emos en mente, con cuer­nos, cola y ras­gos ani­males, mien­tras que otras proce­den de tradi­ciones mucho más antiguas, vin­cu­ladas a espíri­tus de los bosques, seres de la nat­u­raleza, divinidades paganas o per­son­ajes del fol­clore pop­u­lar que, con el paso de los sig­los y la lle­ga­da de nuevas reli­giones, ter­mi­naron meti­dos en el mis­mo saco de lo dia­bóli­co. Y pre­cisa­mente ahí está una de las partes más intere­santes de la visi­ta: via­jar de país en país sin salir del museo y des­cubrir que aque­l­lo que para unos pueb­los rep­re­senta­ba el mal abso­lu­to, para otros podía ser un espíritu travieso, un ser al que había que respetar, una criatu­ra a la que se podía engañar o inclu­so un per­son­aje uti­liza­do para reírse de nue­stros pro­pios defec­tos. Y sólo un inciso antes de comen­zar nue­stro recor­ri­do: ¡eché en fal­ta un aparta­do ded­i­ca­do al dia­blo español!

Los trolls de Noruega

Si hay un país en el que resul­ta prác­ti­ca­mente imposi­ble sep­a­rar el paisaje de sus criat­uras fan­tás­ti­cas, ese es Norue­ga, y quizá por eso la parte del Museo del Dia­blo ded­i­ca­da a los trolls me resultó espe­cial­mente intere­sante. Mucho antes de con­ver­tirse en esas fig­uras de enormes narices que hoy encon­tramos en cualquier tien­da de recuer­dos norue­ga, los trolls eran criat­uras bas­tante menos sim­páti­cas, habi­tantes de un mun­do en el que internarse demasi­a­do en un bosque, acer­carse a una mon­taña cuan­do caía la noche o escuchar un rui­do extraño entre las rocas podía ten­er expli­ca­ciones que nada tenían que ver con la geología.

No existe una úni­ca descrip­ción del troll: podían ser gigan­tescos como una mon­taña, pequeños y deformes, ten­er uno, dos o inclu­so var­ios ojos o cabezas y, aunque nor­mal­mente poseían una fuerza desco­mu­nal, los cuen­tos pop­u­lares no les con­cedían pre­cisa­mente una inteligen­cia priv­i­le­gia­da. De hecho, una de las con­stantes de las his­to­rias tradi­cionales es que un humano aparente­mente inde­fen­so con­sigue der­ro­tar al troll uti­lizan­do algo mucho más efec­ti­vo que la fuerza: la astu­cia.

figura de troll

Pero había algo a lo que has­ta el troll más gigan­tesco tenía autén­ti­co páni­co: la luz del sol. Estas criat­uras pertenecían a la noche y, según una de las creen­cias más arraigadas del fol­clore noruego, si no con­seguían regre­sar a tiem­po a su cue­va o escon­der­se en la mon­taña antes del amanecer, los primeros rayos del sol podían con­ver­tir­las en piedra. Y aquí aparece una de esas his­to­rias que me encan­tan porque con­siguen que después mires un paisaje de una man­era com­ple­ta­mente difer­ente: durante gen­era­ciones, deter­mi­nadas mon­tañas, riscos y for­ma­ciones rocosas de Norue­ga fueron expli­cadas como trolls pet­ri­fi­ca­dos que cal­cu­laron mal la hora de regre­so a casa.

Todavía hoy exis­ten lugares cuyos nom­bres pare­cen saca­dos direc­ta­mente de uno de estos cuen­tos, des­de Troll­tun­ga, lit­eral­mente «la lengua del troll», has­ta Troll­heimen, «el hog­ar de los trolls». Inclu­so el espec­tac­u­lar Torghat­ten, la mon­taña atrav­es­a­da por un enorme agu­jero nat­ur­al, tiene su propia leyen­da pro­tag­on­i­za­da por trolls: mien­tras la geología expli­ca su for­ma­ción medi­ante los pro­ce­sos de la Edad de Hielo, la tradi­ción cuen­ta una his­to­ria bas­tante más entreteni­da en la que un troll lanzó una flecha con­tra una don­cel­la, otro inter­pu­so su som­brero para pro­te­gerla y la lle­ga­da del amanecer ter­minó con­vir­tien­do a todos en piedra.

Y todavía hay otro detalle que expli­ca per­fec­ta­mente por qué estas criat­uras tienen cabi­da en un Museo del Dia­blo a pesar de no ser, estric­ta­mente hablan­do, demo­ni­os cris­tianos. Los trolls pertenecen a un sus­tra­to de creen­cias muchísi­mo más antiguo pero cuan­do el cris­tian­is­mo se implan­tó en Norue­ga a par­tir del siglo XI, aque­l­las criat­uras paganas no desa­parecieron: cam­biaron de papel. Los relatos medievales comen­zaron a pre­sen­tar­las como seres enfrenta­dos a la nue­va religión; hay leyen­das de trolls que arro­ja­ban enormes piedras con­tra igle­sias y otras en las que las cam­panas resulta­ban inso­porta­bles para ellos. Sig­los después, espe­cial­mente tras la Refor­ma, la aso­ciación entre trolls, demo­ni­os y bru­jería se hizo todavía más evi­dente. Es un ejem­p­lo mag­ní­fi­co de algo que ire­mos vien­do una y otra vez durante nues­tra visi­ta por el museo de Kau­nas: cuan­do una nue­va religión susti­tuye a las antiguas creen­cias, sus criat­uras no siem­pre mueren; algu­nas sim­ple­mente cam­bian de ban­do y ter­mi­nan con­ver­tidas en mon­stru­os.

Si hoy todos imag­i­namos al troll noruego más o menos de la mis­ma man­era, tam­bién hay un cul­pa­ble. A finales del siglo XIX y comien­zos del XX, el ilustrador Theodor Kit­telsen puso ros­tro a muchos de estos seres y sus dibu­jos ter­mi­naron influyen­do enorme­mente en la ima­gen mod­er­na del troll: criat­uras grotescas, enormes, casi fun­di­das con las mon­tañas, los árboles y las piedras del paisaje noruego. Antes, los cuen­tos podían lim­i­tarse a describir­los como grandes, fuertes y feos; después de Kit­telsen, los trolls parecían haber sali­do defin­i­ti­va­mente de las som­bras del bosque. Tam­bién fueron fun­da­men­tales Peter Chris­ten Asb­jørnsen y Jør­gen Moe, que recor­rieron Norue­ga recopi­lan­do cuen­tos pop­u­lares durante el siglo XIX y preser­varon muchas his­to­rias que has­ta entonces habían pasa­do fun­da­men­tal­mente de boca en boca.

Quizá por eso los trolls siguen tenien­do tan­ta fuerza en Norue­ga. Hoy pocos esper­an encon­trarse uno al doblar una cur­va, pero con­tinúan en los cuen­tos infan­tiles, en el arte, en el cine, en los nom­bres de mon­tañas y car­reteras y, por supuesto, en miles de fig­u­ri­tas para tur­is­tas. Y después de cono­cer sus leyen­das, resul­ta inevitable mirar deter­mi­nadas silue­tas de piedra y pen­sar que, al menos según los antigu­os norue­gos, quizás aque­l­lo de allí no sea solo una mon­taña.

El Čert eslavo

Si los trolls norue­gos demostra­ban que no todos los mon­stru­os nacieron sien­do mon­stru­os, la sigu­iente parte de la exposi­ción vuelve a dar­le una vuelta de tuer­ca a nues­tra idea occi­den­tal del demo­nio. Porque en bue­na parte del mun­do esla­vo aparece el Čert —o Chort/Čyort según el idioma y la translit­eración—, una criatu­ra que hoy podríamos tra­ducir ráp­i­da­mente como «dia­blo», aunque hac­er­lo sería sim­pli­ficar muchísi­mo una his­to­ria que comen­zó mucho antes de que el cris­tian­is­mo se extendiera por estas tier­ras.

El Čert que encon­tramos en el Museo del Dia­blo de Kau­nas es una especie de criatu­ra fron­ter­i­za, con­stru­i­da durante sig­los a par­tir de antiguas creen­cias paganas, super­sti­ciones campesinas y ele­men­tos incor­po­ra­dos pos­te­ri­or­mente por el cris­tian­is­mo. Y lo curioso es que, si seguimos las pis­tas que ofrece el pro­pio museo, detrás de sus cuer­nos podría escon­der­se nada menos que Veles o Volos, uno de los grandes dios­es de la antigua mitología esla­va.

figura de demonios eslavos

Veles era un per­son­aje con­sid­er­able­mente más com­ple­jo que el típi­co vil­lano de cuen­to. Esta­ba rela­ciona­do con el gana­do, la riqueza, la fer­til­i­dad, la tier­ra y el mun­do de los muer­tos, ámbitos que para las sociedades agrí­co­las antiguas esta­ban mucho más conec­ta­dos entre sí de lo que podría pare­cer­nos hoy. Poseer gana­do sig­nifi­ca­ba riqueza, una bue­na cosecha podía decidir si una famil­ia sobre­vivía al invier­no y la fer­til­i­dad de la tier­ra garan­ti­z­a­ba que todo aquel ciclo pudiera comen­zar de nue­vo al año sigu­iente. Frente a Veles aparecía Perun, dios del trueno y del cielo, una de las grandes divinidades de la religión esla­va pre­cris­tiana. Sim­pli­f­i­can­do mucho, podríamos imag­i­nar a uno miran­do hacia las alturas y al otro vin­cu­la­do con un uni­ver­so más ter­restre y sub­ter­rá­neo, una oposi­ción que acabaría resul­tan­do extra­or­di­nar­i­a­mente útil cuan­do llegó el momen­to de rein­ter­pre­tar aque­l­las vie­jas creen­cias des­de una ópti­ca cris­tiana.

Porque las reli­giones nuevas rara vez con­siguen bor­rar de un pluma­zo todo lo que existía antes. Los dios­es, espíri­tus y criat­uras que habían acom­paña­do durante gen­era­ciones a una población pueden cam­biar de nom­bre, mezclarse con san­tos, escon­der­se den­tro de nuevas tradi­ciones o, como sucede tan­tas veces, pasarse al ban­do de los mal­os. Y algo pare­ci­do ocur­rió con deter­mi­na­dos ras­gos aso­ci­a­dos a Veles. El antiguo rival del dios celes­tial ter­minó ofre­cien­do un molde per­fec­to sobre el que proyec­tar car­ac­terís­ti­cas del nue­vo dia­blo cris­tiano, has­ta el pun­to de que el Čert del fol­clore esla­vo acabaría reunien­do ele­men­tos de ambos mun­dos. No sig­nifi­ca que Veles y el dia­blo sean exac­ta­mente la mis­ma figu­ra —sería una sim­pli­fi­cación históri­ca demasi­a­do grande—, sino que algu­nas fun­ciones, sím­bo­los y vie­jas his­to­rias sobre­vivieron trans­for­madas den­tro del nue­vo imag­i­nario cris­tiano.

diablo eslavo

Este supuesto «dia­blo» no esta­ba rela­ciona­do úni­ca­mente con el infier­no, el peca­do o la con­de­na. Según expli­ca la propia exposi­ción, podía apare­cer vin­cu­la­do a los muer­tos, los ani­males, el gana­do, la fer­til­i­dad, las cose­chas, el dinero, los nacimien­tos, el mat­ri­mo­nio e inclu­so los entier­ros. Es decir, prác­ti­ca­mente todo el ciclo de la vida de una comu­nidad rur­al podía ten­er algún pun­to de con­tac­to con él. Inclu­so deter­mi­nadas fies­tas del cal­en­dario cris­tiano con­ser­varon su pres­en­cia, entre ellas Nochebue­na, Pas­cua o cel­e­bra­ciones rela­cionadas con San Jorge y las cose­chas. Mien­tras la religión ofi­cial colo­ca­ba al dia­blo en el extremo opuesto de lo sagra­do, las antiguas tradi­ciones campesinas seguían reserván­dole un pequeño hue­co pre­cisa­mente en algunos de los momen­tos más impor­tantes del año.

Tam­poco esta­ba solo. Alrede­dor de este uni­ver­so apare­cen criat­uras como Leshy, el mis­te­rioso espíritu de los bosques, o Domovoy, vin­cu­la­do a la casa y a la vida domés­ti­ca. El primero pertenecía a ese bosque que durante sig­los pro­por­ciona­ba madera, ali­men­to y refu­gio pero que, una vez desa­parecía la luz, podía con­ver­tirse en un ter­ri­to­rio abso­lu­ta­mente hos­til; el segun­do se encon­tra­ba mucho más cer­ca, lit­eral­mente den­tro de casa. El Domovoy era una especie de espíritu domés­ti­co que podía pro­te­ger a la famil­ia si se le trata­ba ade­cuada­mente pero tam­bién con­ver­tirse en un veci­no bas­tante incó­mo­do cuan­do se enfad­a­ba. Una vez más, la fron­tera entre criatu­ra pro­tec­to­ra y ser peli­groso era muchísi­mo más difusa que nues­tra sen­cil­la división entre ánge­les buenos y demo­ni­os mal­os.

Japón: demonios que no siempre fueron malvados

En Japón inten­tar encon­trar un equiv­a­lente exac­to de Satanás resul­ta bas­tante com­pli­ca­do. En la tradi­ción japone­sa no existe un úni­co «dia­blo» que reú­na todas las car­ac­terís­ti­cas del demo­nio cris­tiano; en su lugar encon­tramos un uni­ver­so extra­or­di­nar­i­a­mente pobla­do por oni, yōkai, yūrei y otras criat­uras sobre­nat­u­rales, algu­nas ter­rorí­fi­cas, otras traviesas y unas cuan­tas tan extrav­a­gantes que cues­ta decidir si deberían provo­car miedo o sim­ple­mente curiosi­dad. El sin­toís­mo, el bud­is­mo y sig­los de fol­clore pop­u­lar se fueron mez­clan­do has­ta crear un catál­o­go de seres sobre­nat­u­rales en el que las fron­teras entre mon­struo, espíritu, fan­tas­ma y demo­nio son bas­tante más bor­rosas de lo que esta­mos acos­tum­bra­dos en Occi­dente.

Los que prob­a­ble­mente más se aprox­i­man a nues­tra ima­gen visu­al de un demo­nio son los oni, enormes criat­uras de aspec­to fer­oz que tradi­cional­mente apare­cen con cuer­nos, colmil­los, cabelleras des­or­de­nadas y cuer­pos de col­ores inten­sos, espe­cial­mente rojos o azules. Muchas rep­re­senta­ciones los mues­tran vesti­dos úni­ca­mente con una especie de taparra­bos con­fec­ciona­do con piel de tigre y empuñan­do un gigan­tesco gar­rote de hier­ro lla­ma­do kan­abō. Y de ahí pro­cede una expre­sión japone­sa espe­cial­mente curiosa, «oni ni kan­abō», algo así como «dar­le un gar­rote a un oni»: se uti­liza cuan­do hace­mos todavía más fuerte a alguien que ya era poderoso, aprox­i­mada­mente nue­stro «dar­le alas» a quien real­mente no las nece­sita­ba.

Y entre los seres sobre­nat­u­rales japone­ses del museo aparece uno imposi­ble de pasar por alto: el ten­gu. Rre­sul­ta bas­tante difí­cil igno­rar una criatu­ra de ros­tro rojo y seme­jante nar­iz. Hoy los ten­gu for­man parte insep­a­ra­ble del imag­i­nario japonés y apare­cen en tem­p­los, fes­ti­vales, más­caras tradi­cionales, leyen­das y cul­tura pop­u­lar pero su per­son­al­i­dad ha cam­bi­a­do muchísi­mo a lo largo de los sig­los. Su pro­pio nom­bre resul­ta rev­e­lador: ten­gu se escribe con car­ac­teres que sig­nif­i­can lit­eral­mente «per­ro celes­tial», aunque curiosa­mente su rep­re­sentación japone­sa ter­minó tenien­do bas­tante poco de per­ro. Las primeras ref­er­en­cias estu­vieron influ­idas por una criatu­ra de ori­gen chi­no, el tiāngǒu, pero en Japón el per­son­aje evolu­cionó has­ta rela­cionarse espe­cial­mente con las mon­tañas, los bosques y las aves rapaces.

mascara de tengu japones

De hecho, los ten­gu más antigu­os solían rep­re­sen­tarse con pico, alas y ras­gos de pájaro. Con el tiem­po aquel pico fue human­izán­dose has­ta trans­for­marse en la espec­tac­u­lar nar­iz alarga­da que hoy con­sti­tuye su car­ac­terís­ti­ca más famosa. Por eso podemos encon­trarnos dos imá­genes bas­tante difer­entes: los koten­gu, más próx­i­mos a criat­uras aviares, y los poderosos dait­en­gu, de aspec­to mucho más humano, ros­tro gen­eral­mente rojo y una nar­iz que parece cre­cer var­ios cen­tímet­ros cada vez que alguien cuen­ta la his­to­ria.

Durante deter­mi­na­dos peri­o­dos de la his­to­ria japone­sa los ten­gu tuvieron una rep­utación bas­tante sinies­tra. Algu­nas tradi­ciones bud­is­tas los con­sid­er­aron seres peli­grosos capaces de engañar a los mon­jes, provo­car ilu­siones, fomen­tar el orgul­lo y apartar­los del camino cor­rec­to. Inclu­so podían rela­cionarse con sac­er­dotes arro­gantes que, después de morir, acaba­ban con­ver­tidos en ten­gu. No es casu­al­i­dad que una de las debil­i­dades humanas más aso­ci­adas a ellos fuera pre­cisa­mente la sober­bia; con el paso del tiem­po, la enorme nar­iz llegó inclu­so a con­ver­tirse pop­u­lar­mente en una man­era visu­al de rep­re­sen­tar a alguien exce­si­va­mente orgul­loso de sí mis­mo.

Pero, como ocurre con­tin­u­a­mente en este museo, el supuesto demo­nio volvió a negarse a ser sim­ple­mente malo. Los ten­gu ter­mi­naron trans­for­mán­dose tam­bién en guardianes de mon­tañas y bosques, seres poderosos a los que con­venía respetar y criat­uras rela­cionadas con extra­or­di­nar­ias habil­i­dades mar­ciales. Una de las leyen­das japone­sas más famosas cuen­ta inclu­so que el joven guer­rero Minamo­to no Yoshit­sune aprendió téc­ni­cas de com­bate de los ten­gu de la mon­taña Kura­ma, cer­ca de Kioto. Es decir, aque­l­la criatu­ra que podía ten­tar y con­fundir a un mon­je tam­bién podía con­ver­tirse en un mae­stro capaz de enseñar a luchar a uno de los guer­reros más leg­en­dar­ios de Japón.

Bulgaria: monstruos que espantan el mal

La sigu­iente para­da de este par­tic­u­lar via­je alrede­dor de los demo­ni­os nos lle­va has­ta Bul­gar­ia. Bas­ta con­tem­plar algu­nas de las más­caras expues­tas en el museo, cubier­tas de pelo, con enormes cuer­nos, ojos des­or­bita­dos y ras­gos ani­males, para pen­sar que esta­mos ante la rep­re­sentación per­fec­ta de algún demo­nio dis­puesto a lle­varse por delante al primero que encuen­tre. Sin embar­go, su fun­ción tradi­cional era prác­ti­ca­mente la con­traria. Había que pare­cer más mon­stru­oso que los pro­pios mon­stru­os para con­seguir espan­tar­los.

Las mas­caradas búl­garas hun­den sus raíces en antiguas con­cep­ciones paganas según las cuales el mun­do esta­ba divi­di­do entre aque­l­lo que los humanos podían ver y otro ter­ri­to­rio invis­i­ble habita­do por antepasa­dos y fuerzas sobre­nat­u­rales. Las más­caras servían de algu­na man­era para reducir la dis­tan­cia entre ambos uni­ver­sos: quien se cubría el ros­tro deja­ba tem­po­ral­mente de ser exac­ta­mente quien era y podía aprox­i­marse a ese otro mun­do, rela­cionarse sim­bóli­ca­mente con él e inclu­so solic­i­tar su pro­tec­ción. No esta­mos, por tan­to, ante un sim­ple dis­fraz pen­sa­do para diver­tirse durante una fies­ta, sino ante el ves­ti­gio de antigu­os rit­uales en los que nat­u­raleza, fer­til­i­dad, muerte, miedo y esper­an­za esta­ban estrechamente unidos.

Y lo extra­or­di­nario es que la tradi­ción con­tinúa viva en Bul­gar­ia. Entre sus pro­tag­o­nistas más famosos están los kuk­eri, hom­bres que se trans­for­man en criat­uras fan­tás­ti­cas medi­ante enormes más­caras y dis­fraces elab­o­ra­dos tradi­cional­mente con pieles, pelo, cuer­nos, madera y otros mate­ri­ales nat­u­rales. Alrede­dor de la cin­tu­ra pueden lle­var pesa­dos cencer­ros y cam­panas cuyo estru­en­do for­ma una parte esen­cial del rit­u­al. Porque aquí no se tra­ta pre­cisa­mente de pasar desapercibido: cuan­to más rui­do, mejor. El sonido, los movimien­tos, las más­caras grotescas y la apari­en­cia ani­mal sir­ven para ahuyen­tar a los espíri­tus malig­nos y favore­cer la lle­ga­da de la bue­na suerte, la salud y unas cose­chas abun­dantes.

En difer­entes regiones apare­cen nom­bres y vari­antes dis­tin­tas —el pro­pio museo men­ciona tam­bién a sur­vakari y kami­lari—, pero se repite una idea muy pare­ci­da: gru­pos de per­son­ajes enmas­cara­dos recor­ren las pobla­ciones, vis­i­tan las casas, hacen sonar sus cam­panas y desean a sus habi­tantes salud, longev­i­dad y bue­nas cose­chas. Y lejos de cer­rar la puer­ta cuan­do ven aprox­i­marse seme­jante ejérci­to de mon­stru­os, las famil­ias tradi­cional­mente reciben su lle­ga­da con entu­si­as­mo porque su visi­ta se con­sid­era por­ta­do­ra de bue­na for­tu­na. 

mascara de diablo bulgaria

La gran más­cara de la fotografía, con sus espec­tac­u­lares cuer­nos cur­va­dos, resul­ta espe­cial­mente lla­ma­ti­va porque parece dis­eña­da para provo­car exac­ta­mente esa sen­sación de estar frente a algo que no pertenece por com­ple­to al mun­do humano.

África: los espíritus convertidos en demonios

Lleg­amos a una de las sec­ciones más intere­santes —y tam­bién más del­i­cadas— del Museo del Dia­blo, porque hablar del «dia­blo en África» es, en real­i­dad, empezar plante­an­do mal la pre­gun­ta. África es un con­ti­nente inmen­so, con miles de pueb­los, lenguas, reli­giones y sis­temas de creen­cias difer­entes, y pre­tender encon­trar una úni­ca figu­ra africana equiv­a­lente a nue­stro Satanás sería prác­ti­ca­mente imposi­ble. Pre­cisa­mente esto es lo primero que advierte el museo: muchas tradi­ciones espir­i­tuales africanas fueron inter­pre­tadas pos­te­ri­or­mente a través de una mira­da islámi­ca, cris­tiana y, sobre todo durante el peri­o­do colo­nial, euro­pea. Espíri­tus que orig­i­nal­mente podían pro­te­ger, sanar, cas­ti­gar, acon­se­jar o actu­ar como inter­me­di­ar­ios entre los humanos y el mun­do invis­i­ble ter­mi­naron meti­dos bajo una eti­que­ta mucho más sen­cil­la: demo­ni­os.

Y detrás de esa trans­for­ma­ción no hubo úni­ca­mente religión. El pan­el intro­duce un aspec­to bas­tante más incó­mo­do de la his­to­ria: la esclav­i­tud y el colo­nial­is­mo. Las prác­ti­cas espir­i­tuales de las pobla­ciones esclav­izadas podían servir para man­ten­er una iden­ti­dad común y for­t­ale­cer los vín­cu­los entre per­sonas arran­cadas de sus comu­nidades, algo que las autori­dades y propi­etar­ios podían percibir como una ame­naza. Reunirse, com­par­tir cer­e­mo­nias y con­ser­var unas mis­mas creen­cias sig­nifi­ca­ba tam­bién man­ten­er una iden­ti­dad colec­ti­va y, poten­cial­mente, facil­i­tar la resisten­cia. Por eso deter­mi­nadas prác­ti­cas fueron desa­cred­i­tadas, perseguidas o direc­ta­mente pro­hibidas. Con el tiem­po, además, la lit­er­atu­ra y el cine occi­den­tal ter­mi­naron hacien­do el resto, pop­u­lar­izan­do una ima­gen de la espir­i­tu­al­i­dad africana llena de magia negra, muñe­cos atrav­es­a­dos por alfil­eres, maldiciones y sac­ri­fi­cios, una visión espec­tac­u­lar para una pelícu­la de ter­ror pero bas­tante ale­ja­da de la enorme com­ple­ji­dad de estas reli­giones.

figuras diablo africa

Uno de los ejem­p­los que desta­ca el museo es el Vodun o Vodou (es decir, el vudú, del que os hablé en mi via­je por Nue­va Orleans o en la reseña del libro “Haití: tier­ra de zom­bies”) , que prob­a­ble­mente sea tam­bién uno de los sis­temas reli­giosos peor enten­di­dos fuera de sus lugares de ori­gen. Sus raíces se encuen­tran en África occi­den­tal, espe­cial­mente en ter­ri­to­rios del actu­al Benín y Togo, y con el trá­fi­co transatlán­ti­co de esclavos algu­nas de aque­l­las creen­cias via­jaron for­zosa­mente has­ta Améri­ca y el Caribe, donde evolu­cionaron y se mezclaron con otras tradi­ciones. De ahí sur­girían for­mas difer­entes, entre ellas el vudú haitiano. Lo fun­da­men­tal para enten­der esta vit­ri­na es que sus espíri­tus no son sim­ple­mente demo­ni­os. Pueden inter­venir en la vida de las per­sonas de man­eras dis­tin­tas y la propia idea cris­tiana de Satanás resul­ta aje­na al sis­tema reli­gioso orig­i­nal. Iden­ti­ficar automáti­ca­mente vudú con cul­to al dia­blo es pre­cisa­mente uno de esos estereoti­pos que el museo inten­ta desmon­tar.

En el museo se men­ciona tam­bién Obeah, un con­jun­to de prác­ti­cas espir­i­tuales desar­rol­la­do en el Caribe angló­fono entre pobla­ciones de ascen­den­cia africana y uti­liza­do, entre otras cosas, para la curación, la pro­tec­ción o la búsque­da de jus­ti­cia. Su his­to­ria resul­ta espe­cial­mente rev­e­lado­ra: durante más de dos sig­los llegó a con­sid­er­arse deli­to en difer­entes ter­ri­to­rios caribeños. Una prác­ti­ca espir­i­tu­al podía con­ver­tirse así, depen­di­en­do de quién tuviera el poder para definir­la, en religión, super­sti­ción, bru­jería o direc­ta­mente crimen.

Y todavía aparece otro nom­bre fun­da­men­tal: los yoru­ba, uno de los grandes pueb­los de África occi­den­tal, espe­cial­mente pre­sentes en la actu­al Nige­ria y país­es veci­nos. Su tradi­ción reli­giosa posee un com­ple­jo uni­ver­so espir­i­tu­al en el que exis­ten divinidades y fuerzas inter­me­di­arias, y entre las fig­uras más fasci­nantes se encuen­tra Èṣù, rela­ciona­do con la comu­ni­cación, los caminos, las deci­siones y la mediación entre difer­entes ámbitos. Èṣù es además un per­son­aje astu­to, impre­vis­i­ble y capaz de provo­car situa­ciones des­ti­nadas a pon­er a prue­ba a los humanos. Esa per­son­al­i­dad, uni­da a deter­mi­nadas inter­preta­ciones real­izadas durante la cris­tian­ización, favore­ció que ter­mi­nara equiparán­dose con el dia­blo cris­tiano. Pero Èṣù no es Satanás y tra­ducir­lo sim­ple­mente como «dia­blo» elim­i­na pre­cisa­mente todo aque­l­lo que hace intere­sante al per­son­aje.

El diablo de Bessans

Seguimos via­jan­do por Europa sin salir de las vit­ri­nas del museo y lleg­amos a Fran­cia, conc­re­ta­mente a Bessans, una pequeña local­i­dad alpina de Saboya donde el dia­blo ha ter­mi­na­do con­vir­tién­dose prác­ti­ca­mente en un veci­no más. De hecho, según expli­ca el pan­el del Museo del Dia­blo, en la plaza de Bessans existe una fuente con una escul­tura ded­i­ca­da a esta criatu­ra y la tradi­ción pop­u­lar con­vir­tió durante sig­los esta zona mon­tañosa en una autén­ti­ca «tier­ra de dia­b­los». No resul­ta demasi­a­do difí­cil imag­i­nar de dónde podían pro­ced­er seme­jantes his­to­rias: en un ter­ri­to­rio dom­i­na­do por mon­tañas, nieve y fenó­menos nat­u­rales que antigua­mente resulta­ban difí­ciles de pre­v­er, al demo­nio se le atribuían acci­dentes, inun­da­ciones e inclu­so avalan­chas. Cuan­do la mon­taña decidía pon­erse peli­grosa y todavía no existía una expli­cación mejor, siem­pre qued­a­ba la posi­bil­i­dad de echarle la cul­pa al dia­blo.

Pero el demo­nio de Bessans tenía una pecu­liari­dad que lo difer­en­cia­ba de muchos de sus cole­gas europeos: tenía cua­tro cuer­nos. Y, como suele suced­er con las mejores rarezas del fol­clore, había que inven­tar una his­to­ria que explicara seme­jante anatomía. Según la leyen­da, un con­struc­tor recibió el encar­go de lev­an­tar un puente que comu­nicara dos for­ti­fi­ca­ciones de la mon­taña. La empre­sa debía de resul­tar lo sufi­cien­te­mente com­pli­ca­da como para recur­rir al ayu­dante al que jamás con­viene pedir favores en las leyen­das medievales: el mis­mísi­mo dia­blo. Ambos lle­garon a un acuer­do y el demo­nio colab­o­raría en la con­struc­ción, pero, como era de esper­ar, el con­tra­to tenía letra pequeña. El día de la inau­gu­ración quería devo­rar al primer hom­bre que atrav­es­ara el nue­vo puente.

figura diablo bessans

Cuan­do la mujer del con­struc­tor vio que un niño pequeño se disponía a ser el primero en cruzar­lo, se asustó y decidió ade­lan­tarse a la trage­dia lan­zan­do una cabra sobre el puente. Al otro lado esper­a­ba el dia­blo con­ven­ci­do de que esta­ba a pun­to de cobrarse su rec­om­pen­sa pero la cabra, lejos de mostrarse impre­sion­a­da por seme­jante criatu­ra, se enfure­ció al ver­lo y se lanzó con­tra él con todas sus fuerzas. El golpe fue tan bru­tal que, según cuen­ta la leyen­da, los cuer­nos del ani­mal quedaron mar­ca­dos sobre la frente del pobre demo­nio. Y así, por obra y gra­cia de una cabra par­tic­u­lar­mente tem­pera­men­tal, el dia­blo de Bessans ter­minó lucien­do cua­tro cuer­nos en lugar de dos.

La his­to­ria pertenece además a una famil­ia de leyen­das extra­or­di­nar­i­a­mente exten­di­da por Europa: la de los lla­ma­dos «puentes del Dia­blo». El argu­men­to cam­bia depen­di­en­do del lugar pero casi siem­pre encon­tramos los mis­mos ingre­di­entes: con­stru­ir un puente parece una tarea imposi­ble, aparece el demo­nio ofre­cien­do ayu­da y exige a cam­bio el alma del primero que lo atraviese; cuan­do lle­ga el momen­to de pagar, los humanos hacen tram­pas y envían antes a un ani­mal. El dia­blo, que supues­ta­mente lle­va sig­los ten­tan­do a la humanidad, vuelve a caer una y otra vez en prác­ti­ca­mente el mis­mo engaño. En unas ver­siones cruza un per­ro, en otras un gato, una cabra u otro ani­mal. Al final, una de las grandes con­stantes del fol­clore europeo es sor­pren­den­te­mente poco favor­able para Satanás: el dia­blo puede ser poderoso pero los humanos sue­len ser bas­tante más lis­tos.

Krampus: el monstruo de las montañas austriacas

Ya os hablé de él en el rela­to de nue­stro via­je a Hall­statt. Si pen­sábamos que la Navi­dad euro­pea esta­ba pro­tag­on­i­za­da úni­ca­mente por per­son­ajes amables que reparten rega­los, Kram­pus lle­ga para desmon­tarnos la teoría en cuestión de segun­dos. Bas­ta mirar una de sus más­caras para enten­der que este per­son­aje jue­ga en una liga com­ple­ta­mente difer­ente: enormes cuer­nos de cabra, colmil­los, pelo, una lengua que parece no ter­mi­nar nun­ca y una expre­sión dis­eña­da para con­seguir que cualquier niño se replantee inmedi­ata­mente su com­por­tamien­to durante los últi­mos doce meses.

Kram­pus pertenece fun­da­men­tal­mente al fol­clore alpino de Aus­tria y otras regiones de Europa Cen­tral, y lo más sor­pren­dente es que no aparece como ene­mi­go de San Nicolás, sino prác­ti­ca­mente como su sinie­stro com­pañero de tra­ba­jo. Mien­tras uno rec­om­pen­sa a los niños que se han por­ta­do bien, el otro se ocu­pa de recor­dar qué podía ocur­rir con quienes no habían sido pre­cisa­mente unos san­tos.

Su gran noche es la del 5 de diciem­bre, víspera de la fes­tivi­dad de San Nicolás, cono­ci­da como Kram­pus­nacht. En numerosas local­i­dades alpinas todavía se cel­e­bran los espec­tac­u­lares Kram­pus­läufe, des­files en los que dece­nas e inclu­so cien­tos de par­tic­i­pantes recor­ren las calles ocul­tos tras pesadas más­caras de madera, pieles de ove­ja o cabra y enormes cencer­ros. El resul­ta­do está a medio camino entre una tradi­ción navideña y una pelícu­la de miedo: oscuri­dad, fuego, rui­do de cam­panas y criat­uras cor­nudas cor­rien­do entre la gente. Al día sigu­iente lle­ga San Nicolás y el con­traste difí­cil­mente podría ser may­or. Primero aparece el mon­struo; después, el san­to.

mascara de Krampus

Pero ¿de dónde sale seme­jante criatu­ra? Aquí con­viene andar con cuida­do porque alrede­dor de Kram­pus se repite muchísi­mo que pro­cede direc­ta­mente de un antiguo dios pagano o que es una super­viven­cia per­fec­ta­mente iden­ti­fi­ca­ble de rit­uales pre­cris­tianos. Su ori­gen exac­to no está tan claro. Sus ras­gos recuer­dan indud­able­mente a antiguas tradi­ciones alpinas de más­caras, seres sal­va­jes y criat­uras vin­cu­ladas al invier­no pero la figu­ra que cono­ce­mos actual­mente se desar­rol­ló durante sig­los den­tro de un con­tex­to en el que esas cos­tum­bres pop­u­lares con­vivían ya con el cris­tian­is­mo. De hecho, ahí reside una de sus may­ores curiosi­dades: en lugar de con­seguir expul­sar al mon­struo de las cel­e­bra­ciones, la tradi­ción cris­tiana ter­minó colocán­do­lo al lado de un san­to.

Kram­pus tam­poco tuvo siem­pre una exis­ten­cia fácil. Durante el siglo XX hubo inten­tos de acabar con esta tradi­ción por con­sid­er­ar­la inapropi­a­da o exce­si­va­mente pagana pero el per­son­aje sobre­vivió y en las últi­mas décadas ha exper­i­men­ta­do una recu­peración espec­tac­u­lar. Hoy aparece en fes­ti­vales, pelícu­las, cómics, adornos navideños y todo tipo de obje­tos, y los Kram­pus­läufe atraen a miles de vis­i­tantes. El mon­struo alpino ha ter­mi­na­do con­vir­tién­dose paradóji­ca­mente en una atrac­ción turís­ti­ca navideña.

Los demonios hindúes

Si en Japón des­cubríamos que no existe un equiv­a­lente exac­to a nue­stro Satanás, en la India volve­mos a encon­trarnos con un uni­ver­so sobre­nat­ur­al muchísi­mo más com­ple­jo que la sim­ple lucha entre Dios y el Dia­blo. Los tex­tos y epopeyas de la tradi­ción hindú están pobla­dos por seres extra­or­di­nar­ios, divinidades, espíri­tus y criat­uras capaces de cam­biar de apari­en­cia, y entre ellos apare­cen los rak­shasas, seres poderosos que en muchas tra­duc­ciones occi­den­tales han ter­mi­na­do con­ver­tidos sim­ple­mente en «demo­ni­os». Sin embar­go, como ocurre tan­tas veces en este museo, la tra­duc­ción se que­da cor­ta. No existe un úni­co señor del mal com­pa­ra­ble al Satanás cris­tiano y tam­poco todos los seres cat­a­lo­ga­dos como demonía­cos respon­den exac­ta­mente a nues­tra idea de un demo­nio.

Uno de los grandes pro­tag­o­nistas de esta sec­ción es Ravana, y aquí entramos direc­ta­mente en una de las his­to­rias más famosas de toda la India: el Ramayana. Ravana es el poderoso rey de Lan­ka y señor de los rak­shasas, pero reducir­lo a «el malo de la his­to­ria» tam­poco ter­mi­na de hac­er­le jus­ti­cia. Es un per­son­aje con­tra­dic­to­rio, enorme­mente poderoso, eru­di­to y devo­to de Shi­va, al que la tradi­ción atribuye grandes conocimien­tos y extra­or­di­nar­ias capaci­dades, pero tam­bién una arro­gan­cia desmesura­da. Y pre­cisa­mente esa mez­cla de inteligen­cia, poder y sober­bia es la que aca­ba con­ducién­do­lo a la destruc­ción.

mascara demonio hindu

Ravana es además imposi­ble de con­fundir cuan­do aparece rep­re­sen­ta­do en toda su glo­ria: diez cabezas y veinte bra­zos. Las inter­preta­ciones sim­bóli­cas de esas diez cabezas han vari­a­do enorme­mente con el tiem­po pero visual­mente cumplen una fun­ción fan­tás­ti­ca: dejan claro que no esta­mos ante un ene­mi­go cualquiera. Rama le cor­ta las diez cabezas y los veinte bra­zos de un golpe antes de matar­lo; el Ramayana posee dis­tin­tas ver­siones y tradi­ciones nar­ra­ti­vas, por lo que yo no tomaría esa descrip­ción del museo como una recon­struc­ción lit­er­al y uni­ver­sal de la esce­na. Lo impor­tante para nues­tra his­to­ria es el enfrentamien­to entre Rama y Ravana y el rescate de Sita.

Todo comien­za pre­cisa­mente con Sita, esposa de Rama. Y aquí hay una pequeña impre­cisión intere­sante en el pan­el de Kau­nas: atribuye al pro­pio Ravana la trans­for­ma­ción en un cier­vo dora­do, cuan­do en la ver­sión más cono­ci­da del Ramayana ese papel cor­re­sponde a Maricha, un rak­shasa que adop­ta la apari­en­cia de un mar­avil­loso cier­vo dora­do para atraer a Rama lejos de Sita. La estrat­a­ge­ma fun­ciona, Ravana con­sigue secues­trar­la y se la lle­va a Lan­ka, des­en­ca­de­nan­do una guer­ra que ter­mi­nará enfren­tán­do­lo con Rama.

Y entonces entra en esce­na uno de los per­son­ajes más queri­dos de la mitología hindú: Hanu­man, el dios de aspec­to simi­esco, sím­bo­lo de fuerza, leal­tad y devo­ción. Jun­to con Sug­ri­va y un for­mi­da­ble ejérci­to de vanaras, ayu­da a Rama a encon­trar a Sita y com­bat­ir a Ravana. La his­to­ria está llena de episo­dios abso­lu­ta­mente extra­or­di­nar­ios: via­jes imposi­bles, batal­las, criat­uras sobre­nat­u­rales y haz­a­ñas de Hanu­man que han ali­men­ta­do durante sig­los la lit­er­atu­ra, la pin­tu­ra, la escul­tura, la dan­za y el teatro de bue­na parte del sur y sud­este de Asia. 

México: antiguos dioses transformados en diablos

Méx­i­co merece una para­da larga den­tro del Museo del Dia­blo porque aquí encon­tramos uno de los mejores ejem­p­los de cómo la figu­ra del demo­nio puede ser tam­bién una con­struc­ción cul­tur­al impues­ta des­de fuera. Mucho antes de que los españoles lle­garan a Améri­ca, los pueb­los mesoamer­i­canos poseían com­ple­jos uni­ver­sos reli­giosos pobla­dos por dios­es, espíri­tus, ani­males pro­tec­tores y fuerzas rela­cionadas con la nat­u­raleza, la fer­til­i­dad, la llu­via, la guer­ra o la muerte. Había seres temi­bles, por supuesto, y divinidades capaces de cas­ti­gar y destru­ir, pero aque­l­lo no sig­nifi­ca­ba que existiera un Satanás mex­i­cano esperan­do la lle­ga­da de los europeos. La oposi­ción cris­tiana entre Dios y el Dia­blo sim­ple­mente no enca­ja­ba de la mis­ma man­era en las reli­giones pre­his­páni­cas.

Las más­caras son fun­da­men­tales para enten­der esta his­to­ria. En Méx­i­co se han encon­tra­do más­caras antiquísi­mas y que, antes de la con­quista, forma­ban parte de cer­e­mo­nias y rit­uales reli­giosos. Pon­erse una más­cara podía sig­nificar mucho más que ocul­tar el ros­tro: per­mitía rep­re­sen­tar a una divinidad, un antepasa­do, un ani­mal o una fuerza sobre­nat­ur­al. Jaguares, ser­pi­entes, aves y otras criat­uras podían ten­er sig­nifi­ca­dos sagra­dos o pro­tec­tores que nada tenían que ver con nues­tra idea euro­pea del demo­nio. Pero con la lle­ga­da de los españoles en el siglo XVI apare­ció tam­bién una nue­va man­era de inter­pre­tar aque­l­las imá­genes.

diablo en mexico

Los evan­ge­lizadores nece­sita­ban explicar el cris­tian­is­mo uti­lizan­do con­cep­tos que resul­taran com­pren­si­bles para las pobla­ciones indí­ge­nas y, al mis­mo tiem­po, desa­cred­i­tar las reli­giones ante­ri­ores. El mecan­is­mo resultó bas­tante efi­caz: los antigu­os dios­es podían ser pre­sen­ta­dos como demo­ni­os y sus cer­e­mo­nias como man­i­festa­ciones del mal. Los cuer­nos, un atrib­u­to inequívo­ca­mente dia­bóli­co para el imag­i­nario europeo, comen­zaron a incor­po­rarse a deter­mi­nadas más­caras y rep­re­senta­ciones. De repente, criat­uras que orig­i­nal­mente no habían tenido abso­lu­ta­mente nada que ver con Satanás podían adquirir una apari­en­cia recono­ci­ble para el cris­tian­is­mo.

Y de aquel choque nació algo mucho más intere­sante que una sim­ple susti­tu­ción de una religión por otra: un extra­or­di­nario sin­cretismo. El dia­blo se intro­du­jo en fies­tas, dan­zas y rep­re­senta­ciones pop­u­lares mex­i­canas, pero una vez allí empezó tam­bién a trans­for­marse. Dejó de ser exclu­si­va­mente el ter­ri­ble Satanás europeo para mezclarse con per­son­ajes indí­ge­nas, ani­males, más­caras tradi­cionales, humor y sáti­ra. En algu­nas dan­zas pop­u­lares mex­i­canas el demo­nio puede apare­cer grotesco, burlón, exager­a­do e inclu­so ridícu­lo. Sigue rep­re­sen­tan­do el mal pero es un mal al que tam­bién se puede engañar, der­ro­tar y, sobre todo, reírse de él.

Esto expli­ca la enorme var­iedad de dia­b­los que podemos encon­trar en el arte pop­u­lar mex­i­cano. Los hay con cuer­nos despro­por­ciona­dos, alas, gar­ras, colas, enormes dientes y com­bi­na­ciones anatómi­cas prác­ti­ca­mente imposi­bles. Algunos pare­cen humanos defor­ma­dos y otros se acer­can más a ani­males fan­tás­ti­cos. Se elab­o­ran más­caras y fig­uras uti­lizan­do madera, cuero, papel maché, met­al y otros mate­ri­ales, y muchas piezas actuales ya no tienen una fun­ción exclu­si­va­mente rit­u­al: se pro­ducen tam­bién como arte­sanía, dec­o­ración y obje­tos des­ti­na­dos a la ven­ta. El dia­blo ha ter­mi­na­do con­vir­tién­dose así en un per­son­aje recono­ci­ble del arte pop­u­lar mex­i­cano pero con una per­son­al­i­dad bas­tante más jugue­t­ona que la que encon­tramos en muchas rep­re­senta­ciones reli­giosas euro­peas.

Venezuela: los diablos que bailan ante Dios

Y de Méx­i­co salta­mos a Venezuela, donde encon­tramos una de las tradi­ciones más sor­pren­dentes de todo este recor­ri­do, porque aquí el dia­blo no per­manece escon­di­do en el infier­no ni aparece úni­ca­mente como una criatu­ra a la que hay que temer: sale a la calle, se viste de col­ores, se colo­ca una más­cara desco­mu­nal y se pone a bailar. Son los famosos Dia­b­los Dan­zantes de Venezuela, una tradi­ción vin­cu­la­da a la fes­tivi­dad católi­ca del Cor­pus Christi en la que religión, más­caras, músi­ca y sig­los de his­to­ria se mez­clan has­ta crear una cel­e­bración que, con­tem­pla­da sin cono­cer su sig­nifi­ca­do, puede resul­tar descon­cer­tante. Porque ¿qué hacen un mon­tón de demo­ni­os par­tic­i­pan­do pre­cisa­mente en una fies­ta ded­i­ca­da al San­tísi­mo Sacra­men­to?

diablos venezuela

La respues­ta está en el pro­pio sig­nifi­ca­do del rit­u­al. Los dia­b­los bailan, sí, pero final­mente se rinden ante el poder de Dios. Durante la cel­e­bración, los par­tic­i­pantes recor­ren las calles car­ac­ter­i­za­dos con más­caras demonía­cas, acom­paña­dos por músi­ca y ele­men­tos rit­uales, has­ta lle­gar al momen­to en que se arrodil­lan ante el San­tísi­mo Sacra­men­to. El espec­tácu­lo rep­re­sen­ta así el tri­un­fo del bien sobre el mal, aunque lo hace de una man­era muchísi­mo más vis­tosa que cualquier ser­món: con­vir­tien­do a los pro­pios demo­ni­os en pro­tag­o­nistas de la fies­ta.

Entre todas estas cel­e­bra­ciones desta­ca la de San Fran­cis­co de Yare, en el esta­do de Miran­da, cuyos Dia­b­los Dan­zantes se encuen­tran entre los más cono­ci­dos del país. El Museo del Dia­blo sitúa el ori­gen leg­en­dario de la tradi­ción en el siglo XVII y cuen­ta una his­to­ria fan­tás­ti­ca: durante una larga sequía, los habi­tantes habrían pedi­do al dia­blo que hiciera llover sobre sus cam­pos y, una vez con­ce­di­da la peti­ción, los demo­ni­os comen­zaron a bailar cada jueves de Cor­pus Christi. 

En estas cel­e­bra­ciones con­fluyeron ele­men­tos del catoli­cis­mo intro­duci­do por los españoles con influ­en­cias africanas e indí­ge­nas, dan­do lugar a una tradi­ción que ter­minó adquirien­do car­ac­terís­ti­cas propias en dis­tin­tas comu­nidades vene­zolanas. No existe, por tan­to, un úni­co «dia­blo vene­zolano». Cam­bian las más­caras, los col­ores, la indu­men­taria, la músi­ca y deter­mi­na­dos detalles depen­di­en­do del lugar, aunque se mantiene esa idea cen­tral de unas fuerzas dia­bóli­cas que final­mente recono­cen la supe­ri­or­i­dad del San­tísi­mo.

El Tío boliviano, el diablo que manda bajo tierra

En Bolivia el dia­blo tiene una par­tic­u­lar­i­dad: no vive nece­sari­a­mente en un infier­no lejano, sino unos cuan­tos met­ros deba­jo de nue­stros pies. Para encon­trar­lo hay que descen­der a las minas del alti­plano, allí donde durante sig­los los tra­ba­jadores se han aden­tra­do en túne­les oscuros sabi­en­do que, una vez bajo tier­ra, las reglas del mun­do exte­ri­or dejan de servir. Y pocas ciu­dades rep­re­sen­tan mejor esta relación con el sub­sue­lo que Oruro, situ­a­da a más de 3.700 met­ros de alti­tud y pro­fun­da­mente mar­ca­da por su pasa­do minero. Es pre­cisa­mente en ese uni­ver­so donde aparece una de las fig­uras más curiosas de la cul­tura and­i­na: El Tío, una criatu­ra aso­ci­a­da al mun­do sub­ter­rá­neo que, con la lle­ga­da del cris­tian­is­mo, ter­minó adquirien­do una apari­en­cia y un nom­bre estrechamente rela­ciona­dos con el dia­blo.

Lo intere­sante es que El Tío no enca­ja exac­ta­mente en nues­tra idea occi­den­tal de Satanás. No rep­re­sen­ta sim­ple­mente el mal abso­lu­to, sino una fuerza poderosa, peli­grosa y al mis­mo tiem­po nece­saria con la que con­viene man­ten­er bue­nas rela­ciones. En numerosas minas boli­vianas todavía pueden encon­trarse rep­re­senta­ciones de El Tío, nor­mal­mente fig­uras de aspec­to demonía­co, con cuer­nos y ras­gos exager­a­dos, a las que los mineros real­izan ofren­das. Se le ofre­cen tradi­cional­mente hojas de coca, alco­hol y cig­a­r­ril­los, entre otras cosas, porque en las pro­fun­di­dades de la mon­taña es él quien sim­bóli­ca­mente dom­i­na el ter­ri­to­rio. Fuera puede man­dar Dios; bajo tier­ra, man­da El Tío.

Antes de la expan­sión del cris­tian­is­mo existían en los Andes divinidades y espíri­tus rela­ciona­dos con las mon­tañas y el mun­do sub­ter­rá­neo. ESe rela­ciona conc­re­ta­mente al Tío con antiguas creen­cias and­i­nas pro­tec­toras de los mineros pero con la col­o­nización españo­la muchas de estas fig­uras indí­ge­nas comen­zaron a rein­ter­pre­tarse uti­lizan­do con­cep­tos cris­tianos. Aque­l­lo que no enca­ja­ba den­tro de la nue­va religión podía con­ver­tirse fácil­mente en demonía­co, y la ima­gen del Tío ter­minó adquirien­do cuer­nos y ras­gos que cualquier europeo habría iden­ti­fi­ca­do inmedi­ata­mente con el dia­blo.

diablo bolivia

Pero si hay un lugar donde esta mez­cla entre el mun­do andi­no y el cris­tiano explota lit­eral­mente en col­ores es en el Car­naval de Oruro, una de las grandes cel­e­bra­ciones de Bolivia. Durante var­ios días las calles se llenan de músi­ca, tra­jes espec­tac­u­lares y miles de bailar­ines, y entre todas sus dan­zas desta­ca una que parece crea­da expre­sa­mente para un museo ded­i­ca­do al demo­nio: la Dia­bla­da.

Aquí los dia­b­los ya no per­manecen escon­di­dos en las minas. Salen a la super­fi­cie con­ver­tidos en autén­ti­cas criat­uras de pesadil­la, aunque unas criat­uras extra­or­di­nar­i­a­mente col­ori­das: más­caras gigan­tescas, ojos des­or­bita­dos, enormes colmil­los, ser­pi­entes, sapos, lagar­tos, cuer­nos imposi­bles y dec­o­ra­ciones tan recar­gadas que cues­ta decidir dónde mirar primero. La rep­re­sentación gira alrede­dor del enfrentamien­to entre las fuerzas del bien y del mal, con el arcán­gel San Miguel imponién­dose final­mente sobre los dia­b­los. Una vez más encon­tramos esa curiosísi­ma con­tradic­ción que se repite en varias cul­turas: durante unas horas el demo­nio puede bailar, hac­er rui­do, ocu­par las calles y con­ver­tirse inclu­so en el per­son­aje más espec­tac­u­lar de la cel­e­bración, pero el final de la his­to­ria ya está escrito y el bien aca­ba ven­cien­do.

Además, detrás de algu­nas de esas criat­uras que apare­cen en la Dia­bla­da sobre­viv­en ref­er­en­cias mucho más antiguas que el pro­pio cris­tian­is­mo. Ser­pi­entes, sapos y lagar­tos for­man parte de relatos y sím­bo­los andi­nos ante­ri­ores a la lle­ga­da de los españoles, de man­era que obser­var una más­cara del car­naval es casi como con­tem­plar varias capas de his­to­ria super­pues­tas: deba­jo está el mun­do indí­ge­na, enci­ma la evan­ge­lización cris­tiana y, final­mente, sig­los de cul­tura pop­u­lar boli­viana trans­for­mán­do­lo todo en una cel­e­bración propia.

La relación con la Vir­gen del Socavón, advo­cación de la Vir­gen de la Can­de­lar­ia y patrona de los mineros, añade otra capa todavía más fasci­nante. Los dia­b­los bailan pero lo hacen den­tro de una cel­e­bración pro­fun­da­mente reli­giosa y la pere­gri­nación ter­mi­na vin­cu­la­da al san­tu­ario de la Vir­gen. De esta man­era, en Oruro pueden con­vivir sin demasi­a­dos prob­le­mas una devo­ción católi­ca inten­sísi­ma, antiguas creen­cias and­i­nas y un per­son­aje demonía­co al que los mineros con­tinúan tratan­do con enorme respeto cuan­do descien­den a tra­ba­jar.

Y quizá esa sea la gran difer­en­cia entre este demo­nio boli­viano y muchos de los que hemos vis­to has­ta aho­ra. Al Tío no hace fal­ta quer­erlo pero sí con­viene ten­er­lo con­tento. Den­tro de una mina, donde un desprendimien­to, una explosión o cualquier acci­dente puede sep­a­rar la vida de la muerte en cuestión de segun­dos, resul­ta fácil com­pren­der por qué durante gen­era­ciones los tra­ba­jadores han bus­ca­do pro­tec­ción en todo aque­l­lo que pudiera ofrecérsela. La super­sti­ción aquí no nació en un salón, sino en la oscuri­dad, entre roca, pol­vo y kilómet­ros de galerías.

Letonia: un diablo ingenuo y perezoso

Después de tan­tos demo­ni­os ter­rorí­fi­cos, seres sedi­en­tos de san­gre y criat­uras empeñadas en con­denar almas, el dia­blo de las leyen­das let­onas resul­ta casi entrañable. En el fol­clore de Leto­nia no siem­pre aparece como la encar­nación abso­lu­ta del mal que cono­ce­mos a través del cris­tian­is­mo, sino como un per­son­aje extra­or­di­nar­i­a­mente fuerte, sí, pero tam­bién ingen­uo, pere­zoso y no demasi­a­do espa­bi­la­do. Tan­to es así que bue­na parte de las his­to­rias tradi­cionales con­sis­ten pre­cisa­mente en eso: humanos que con­siguen engañar al mis­mísi­mo dia­blo. Imag­i­na una criatu­ra sobre­nat­ur­al capaz de mover fuerzas enormes pero inca­paz de darse cuen­ta de que un sim­ple campesino le está toman­do el pelo.

El per­son­aje recibe habit­ual­mente el nom­bre de Velns y pertenece a una tradi­ción mucho más antigua y com­ple­ja que la ima­gen cris­tiana de Satanás. Con el paso del tiem­po, difer­entes creen­cias paganas fueron mez­clán­dose con las cris­tianas y Velns ter­minó con­ver­tido en “el dia­blo”, aunque con­ser­van­do car­ac­terís­ti­cas que poco tienen que ver con Lucifer. En los cuen­tos y mitos letones ni siquiera vive en el infier­no. Su reino se encuen­tra en un mun­do para­le­lo pare­ci­do al nue­stro y, como ocurre tan­tas veces en el fol­clore bálti­co, las puer­tas que con­ducen has­ta él se escon­den en lugares donde la nat­u­raleza parece guardar algún secre­to: cuevas, pan­tanos, bosques, arroyos, deba­jo de deter­mi­nadas piedras, jun­to al mar e inclu­so en cemente­rios.

Y pre­cisa­mente esos lugares fron­ter­i­zos entre nue­stro mun­do y el suyo ali­men­ta­ron durante sig­los toda clase de his­to­rias. Se decía que el dia­blo podía secues­trar per­sonas y llevárse­las a sus domin­ios pero tam­bién que podía ser der­ro­ta­do uti­lizan­do algo mucho más sen­cil­lo que una espa­da o un exor­cis­mo: la astu­cia. Una de las leyen­das recogi­das por el museo cuen­ta la his­to­ria de un hom­bre que bus­ca­ba su cabal­lo en mitad del bosque mien­tras se aprox­ima­ba una tor­men­ta. Allí encon­tró a un anciano que afirma­ba ser nada menos que el padre del trueno, quien le entregó una gran bala y le indicó dónde se oculta­ba el dia­blo, en una zona pro­fun­da del río. Cuan­do Velns apare­ció provocán­do­lo y enseñán­dole el trasero, el hom­bre lanzó la bala y el resul­ta­do fue una enorme explosión de agua. Al pare­cer, aque­l­lo debió de trauma­ti­zar bas­tante al pobre demo­nio porque, según la his­to­ria, nun­ca volvió a escon­der­se en aquel lugar.

diablo letonia

Entre los antigu­os pas­tores letones existía una fór­mu­la para recu­per­ar aque­l­lo que desa­parecía mien­tras el gana­do pasta­ba. Si perdían algún obje­to, podían fab­ricar una especie de cabellera del dia­blo con un mano­jo de hier­ba, colo­car­la bajo una piedra y ordenar al demo­nio que devolviera lo roba­do. Una pequeña ame­naza sobre­nat­ur­al que, al menos según la tradi­ción, podía resul­tar bas­tante efec­ti­va.

Y esto es pre­cisa­mente lo que hace tan intere­sante al dia­blo letón: provo­ca respeto pero tam­bién se pres­ta a la burla. Es poderoso sin ser inven­ci­ble, sobre­nat­ur­al sin resul­tar nece­sari­a­mente malig­no y peli­groso sin dejar de ser un per­son­aje al que un ser humano sufi­cien­te­mente lis­to puede pon­er en evi­den­cia. La figu­ra de madera que vemos en el museo parece rep­re­sen­tar per­fec­ta­mente ese carác­ter: cuer­nos, ore­jas pun­ti­agu­das y aspec­to inequívo­ca­mente dia­bóli­co pero tam­bién unos enormes ojos redon­dos y una expre­sión casi cómi­ca que cues­ta aso­ciar con el señor de los infier­nos.

El diablo georgiano y su propia bebida

En Geor­gia, o Sakartvelo, como lla­man los geor­gianos a su pro­pio país, has­ta el dia­blo aca­ba inevitable­mente rela­ciona­do con el vino. Y no podía ser de otra man­era en una tier­ra que pre­sume de una tradi­ción viní­co­la de unos 8.000 años, una de las más antiguas del plan­e­ta, donde el vino for­ma parte de la his­to­ria, de la religión, de las cel­e­bra­ciones y prác­ti­ca­mente de la iden­ti­dad nacional. Entre las leyen­das que recoge el Museo del Dia­blo de Kau­nas hay una espe­cial­mente diver­ti­da que expli­ca no solo el nacimien­to del vino, sino tam­bién el de otra bebi­da mucho más peli­grosa: la chacha, el potente aguar­di­ente geor­giano elab­o­ra­do tradi­cional­mente a par­tir del oru­jo de la uva.

Cuen­ta la his­to­ria que, cuan­do Dios vivía en la Tier­ra, decidió hac­er un poco más lle­vadera la exis­ten­cia de los seres humanos, oblig­a­dos a tra­ba­jar después de haber sido expul­sa­dos del Paraí­so. Pen­só durante mucho tiem­po qué podía regalar­les has­ta que tuvo una idea extra­or­di­nar­ia: crear una bebi­da que les per­mi­tiera exper­i­men­tar, aunque solo fuera durante unos instantes, la sen­sación de estar de nue­vo en el Paraí­so. Así nació el vino. Sat­is­fe­cho con el resul­ta­do, Dios reunió a los ánge­les y tam­bién invitó al dia­blo para que lo pro­baran. A todos les encan­tó, inclu­i­do Satanás, pero este últi­mo tenía un prob­le­ma bas­tante humano: no soporta­ba que Dios hubiera sido capaz de inven­tar algo tan bueno.

diablo georgia

Pic­a­do por la envidia, el dia­blo decidió fab­ricar su propia bebi­da. Si Dios había crea­do el vino con bue­nas uvas, él recur­riría a uvas de peor cal­i­dad y a los restos que qued­a­ban después de pren­sar­las. El resul­ta­do fue la chacha, un aguar­di­ente trans­par­ente y con­tun­dente que puede alcan­zar grad­ua­ciones alco­hóli­cas bas­tante respeta­bles y que sigue sien­do una de las bebidas tradi­cionales más car­ac­terís­ti­cas de Geor­gia. 

Dios acep­tó pro­bar el inven­to de su rival. Se bebió una copa. Después otra. Luego una ter­cera y final­mente una cuar­ta. El dia­blo, encan­ta­do con el éxi­to de su creación, no pudo con­tenerse y le dijo algo pare­ci­do a «los que beban tres son míos, y los que lleguen a cua­tro, tuyos». Dios acaba­ba de des­cubrir, por lo vis­to, que con la chacha con­venía andarse con bas­tante más cuida­do que con el vino.

De esa his­to­ria pro­cede una de las curiosi­dades más sim­páti­cas que recoge el museo: todavía existe la tradi­ción entre algunos tama­da, los mae­stros de cer­e­mo­nias que diri­gen los brindis durante la supra o ban­quete tradi­cional geor­giano, de recomen­dar que, después de la cuar­ta copa, se beba inmedi­ata­mente una quin­ta

Užgavėnės: el diabólico carnaval lituano

Una de las tradi­ciones más curiosas que apare­cen en el Museo del Dia­blo es Užgavėnės, una antigua cel­e­bración litu­a­na que tiene lugar jus­to antes de la Cuares­ma y que podría com­para­rse, sal­van­do las dis­tan­cias, con nue­stro Car­naval. Pero aquí la fies­ta tiene un obje­ti­vo bas­tante más ambi­cioso que dis­frazarse y com­er has­ta reven­tar: hay que echar al invier­no y con­seguir que vuel­va la pri­mav­era. Y para lograr­lo, cuan­to más rui­do, más comi­da, más más­caras grotescas y más jaleo, mejor.

Las más­caras tradi­cionales de Užgavėnės son prob­a­ble­mente una de las cosas que más lla­man la aten­ción. Se fab­ri­ca­ban con mate­ri­ales sen­cil­los, espe­cial­mente madera, pieles y pelo, y rep­re­senta­ban per­son­ajes delib­er­ada­mente feos y exager­a­dos: dia­b­los, bru­jas, ani­males y criat­uras con enormes narices, dientes despro­por­ciona­dos, cuer­nos y bar­bas. La que podéis ver en la fotografía del museo es un ejem­p­lo per­fec­to. Durante la cel­e­bración, los par­tic­i­pantes se colo­ca­ban estas más­caras y recor­rían las calles hacien­do rui­do, bai­lan­do y vis­i­tan­do las casas.

diablo lituania

Pero Užgavėnės esta­ba rodea­do tam­bién de super­sti­ciones real­mente pecu­liares. Ese día había tra­ba­jos que esta­ban com­ple­ta­mente pro­hibidos. No se podía hilar ni fab­ricar cuer­das, tam­poco mol­er el gra­no y, aten­ción, las chi­cas ni siquiera debían peinarse. Saltarse estas nor­mas podía traer todo tipo de des­gra­cias durante el año: el lino podía pudrirse, los gusanos com­erse el toci­no, el gana­do dejar de ali­men­ta­rse o inclu­so el vien­to lle­varse el teja­do de la casa. 

Y luego esta­ba la comi­da, porque si algo no se hacía durante Užgavėnės era pasar ham­bre. La tradi­ción habla­ba de com­er has­ta doce veces durante el día, una comi­da por cada mes del año, como una especie de garan­tía sim­bóli­ca de que durante los doce meses sigu­ientes nun­ca fal­taría ali­men­to en casa. Lo más diver­tido es que, según expli­ca el pro­pio museo, en algu­nas regiones de Litu­a­nia inclu­so comen­z­a­ban a “entre­narse” var­ios días antes: cua­tro comi­das el jueves, cin­co el viernes, seis el sába­do y así suce­si­va­mente has­ta lle­gar prepara­dos para el gran día.

El demo­nio enca­ja per­fec­ta­mente den­tro de todo este uni­ver­so porque el vel­nias, el dia­blo del fol­clore litu­ano, no siem­pre es esa encar­nación abso­lu­ta­mente maligna que cono­ce­mos por la tradi­ción cris­tiana. Puede ser peli­groso, sí, pero tam­bién burlón, tor­pe, tram­poso e inclu­so bas­tante fácil de engañar. En Užgavėnės aparece con­ver­tido en uno más de esos per­son­ajes grotescos que toman las calles durante unas horas y ponen el mun­do patas arri­ba.

Litu­a­nia, el hog­ar de este par­tic­u­lar museo, ha deja­do un amplio espa­cio para su pro­pio fol­clore sobre el dia­blo. En esta sec­ción encon­tramos además la leyen­da de los moli­nos ya que en Litu­a­nia existía la creen­cia de que estas criat­uras podían insta­larse en ellos y ayu­dar al molinero a realizar su tra­ba­jo, hacien­do girar las aspas y las enormes piedras uti­lizadas para trit­u­rar el gra­no. No resul­ta demasi­a­do extraño que surgier­an his­to­rias seme­jantes: durante sig­los, un moli­no ais­la­do, con sus gigan­tescas aspas movién­dose en mitad del paisaje y todos aque­l­los engrana­jes fun­cio­nan­do en su inte­ri­or, debía de resul­tar un esce­nario per­fec­to para imag­i­nar la pres­en­cia de fuerzas sobre­nat­u­rales.

diablo molino

Esta relación entre moli­nos y demo­ni­os se hizo espe­cial­mente pop­u­lar en Litu­a­nia gra­cias a Kazys Boru­ta y su nov­ela Bal­tara­gio malū­nas —El moli­no de Bal­taragis—, una de las obras más cono­ci­das de la lit­er­atu­ra litu­a­na del siglo XX. La his­to­ria mez­cla amor, trage­dia, humor, super­sti­ciones y per­son­ajes proce­dentes del fol­clore tradi­cional, entre ellos el dia­blo.  Y aquí el dia­blo vuelve a ale­jarse bas­tante de ese Satanás ter­rorí­fi­co que esta­mos acos­tum­bra­dos a encon­trar en la tradi­ción cris­tiana.

El diablo y la música

La relación entre el dia­blo y la músi­ca es muchísi­mo más antigua de lo que podría pare­cer y, además, aparece en cul­turas y épocas muy difer­entes. Durante sig­los se creyó que una habil­i­dad musi­cal extra­or­di­nar­ia podía escon­der algo sobre­nat­ur­al detrás y, cuan­do un músi­co toca­ba demasi­a­do bien para ser humano, la expli­cación pop­u­lar era bas­tante sen­cil­la: había hecho algún tipo de tra­to con el dia­blo. La músi­ca tenía algo inqui­etante para una sociedad pro­fun­da­mente reli­giosa, porque era capaz de provo­car emo­ciones, alter­ar el áni­mo, hac­er bailar, des­per­tar deseos y lle­var a las per­sonas a com­por­tarse de una man­era que escapa­ba momen­tánea­mente de las nor­mas. Y todo aque­l­lo que escapa­ba al con­trol podía acabar fácil­mente aso­ci­a­do con el demo­nio.

Uno de los instru­men­tos que más sufrió esta fama fue el vio­lín. Des­de aprox­i­mada­mente los sig­los XVII y XVIII comen­zaron a cir­cu­lar por Europa his­to­rias sobre vio­lin­istas que habían apren­di­do a tocar gra­cias al mis­mísi­mo dia­blo. El ejem­p­lo más famoso es el del com­pos­i­tor ital­iano Giuseppe Tar­ti­ni, autor de la céle­bre Sonata del Tri­no del Dia­blo. Según con­tó el pro­pio Tar­ti­ni, una noche soñó que había entre­ga­do su alma al dia­blo y que este tomó su vio­lín y comen­zó a inter­pre­tar una músi­ca de una belleza extra­or­di­nar­ia. Al des­per­tar inten­tó repro­ducir lo que había escucha­do durante el sueño y de aque­l­la expe­ri­en­cia habría naci­do su famosa sonata. Tar­ti­ni recono­cería que lo escrito no alcan­z­a­ba ni de lejos la mar­avil­losa músi­ca que había escucha­do tocar al demo­nio.

Todavía más espec­tac­u­lar fue la leyen­da crea­da alrede­dor de Nic­colò Pagani­ni. Su vir­tu­o­sis­mo era tan extra­or­di­nario para comien­zos del siglo XIX, su aspec­to tan pecu­liar y su man­era de tocar tan teatral que empezaron a cir­cu­lar rumores ase­gu­ran­do que seme­jante tal­en­to sola­mente podía expli­carse medi­ante un pacto con Satanás. Se con­ta­ba inclu­so que algunos espec­ta­dores habían vis­to al dia­blo jun­to a él durante sus concier­tos. Pagani­ni no nece­sita­ba real­mente ningu­na ayu­da sobre­nat­ur­al: poseía una téc­ni­ca excep­cional y además aprovechó inteligen­te­mente aque­l­la ima­gen mis­te­riosa. Pero la leyen­da llegó a alcan­zar tales dimen­siones que, cuan­do murió en 1840, las autori­dades ecle­siás­ti­cas de Niza ini­cial­mente le negaron un entier­ro católi­co.

El mis­mo argu­men­to rea­parece al otro lado del Atlán­ti­co con una de las his­to­rias más famosas de la músi­ca pop­u­lar esta­dounidense. El blues­man Robert John­son quedó unido para siem­pre a la leyen­da de que había acu­d­i­do de noche a un cruce de caminos de Mis­sis­sip­pi y allí había entre­ga­do su gui­tar­ra al dia­blo a cam­bio de con­ver­tirse en un músi­co excep­cional. El demo­nio habría afi­na­do el instru­men­to, se lo habría devuel­to y, des­de ese momen­to, John­son habría adquiri­do un tal­en­to extra­or­di­nario. La his­to­ria prob­a­ble­mente fue con­struyén­dose y exagerán­dose después, pero títu­los de algu­nas de sus can­ciones, como Cross Road Blues, Me and the Dev­il Blues o Hell­hound on My Trail, con­tribuyeron enorme­mente a ali­men­tar el mito. Yo ya te con­té esta his­to­ria en el rela­to de mi via­je por Mis­sis­sip­pi y mi visi­ta al pueblo de Clarks­dale, donde se supone que John­son vendió su alma a Lucifer.

Pre­cisa­mente los cruces de caminos apare­cen una y otra vez en las leyen­das rela­cionadas con músi­cos y seres sobre­nat­u­rales. No es casu­al­i­dad. Des­de tiem­pos antigu­os, los lugares donde se cruz­a­ban var­ios caminos fueron con­sid­er­a­dos espa­cios fron­ter­i­zos, pun­tos en los que el mun­do cono­ci­do parecía encon­trarse con lo descono­ci­do y donde podían apare­cer espíri­tus, demo­ni­os o divinidades. Apren­der una melodía imposi­ble, recibir un instru­men­to mági­co o vender el alma a cam­bio de tal­en­to enca­ja­ba per­fec­ta­mente en estos esce­nar­ios.

Tam­bién deter­mi­nadas com­bi­na­ciones de notas ter­mi­naron rela­cionadas con el demo­nio. El ejem­p­lo más famoso es el tritono, un inter­va­lo musi­cal que durante mucho tiem­po ha esta­do rodea­do por la his­to­ria de que en la Edad Media era cono­ci­do como dia­bo­lus in musi­ca, “el dia­blo en la músi­ca”. Aquí con­viene sep­a­rar real­i­dad y leyen­da: el tritono pro­duce una sen­sación de ten­sión e inesta­bil­i­dad y fue trata­do con cautela en deter­mi­na­dos con­tex­tos musi­cales pero la pop­u­lar idea de que la Igle­sia medieval lo tenía for­mal­mente “pro­hibido” por con­sid­er­ar­lo satáni­co es una exageración pos­te­ri­or. Aun así, la aso­ciación sobre­vivió y ter­minó con­vir­tién­dose en uno de los recur­sos musi­cales favoritos para crear ambi­entes oscuros e inqui­etantes.

Con la lle­ga­da del rock y pos­te­ri­or­mente del heavy met­al, el viejo demo­nio musi­cal encon­tró un ter­reno per­fec­to para rein­ven­tarse. Gru­pos y músi­cos uti­lizaron cruces inver­tidas, pen­ta­gra­mas, letras provo­cado­ras e imá­genes infer­nales, unas veces por interés real por el ocultismo y muchas otras sim­ple­mente como provo­cación, espec­tácu­lo o estrate­gia estéti­ca. El tritono aparece pre­cisa­mente en uno de los riffs más recono­ci­bles del heavy met­al, el de Black Sab­bath, con­tribuyen­do a crear esa atmós­fera oscu­ra que ter­mi­naría definien­do bue­na parte del género.

Lo curioso es que esta aso­ciación entre músi­ca y demo­nio dice prob­a­ble­mente mucho más sobre nosotros que sobre el pro­pio dia­blo. Cada gen­eración ha ten­di­do a con­sid­er­ar peli­grosa la músi­ca de la sigu­iente: ocur­rió con deter­mi­na­dos bailes pop­u­lares, después con el blues y el jazz, más tarde con el rock y final­mente con el heavy met­al. Cuan­do una músi­ca resulta­ba demasi­a­do nue­va, demasi­a­do sen­su­al, demasi­a­do rui­dosa o sim­ple­mente demasi­a­do difí­cil de com­pren­der, el dia­blo siem­pre esta­ba disponible para car­gar con la cul­pa. Y quizá por eso tiene tan­to sen­ti­do encon­trar instru­men­tos, músi­cos y demo­ni­os jun­tos en un museo como el Museo del Dia­blo de Kau­nas: pocas artes han esta­do tan rela­cionadas con lo sobre­nat­ur­al, la tentación y la idea de vender el alma a cam­bio de un tal­en­to imposi­ble.

El diablo y las brujas

Hablar del dia­blo con­duce casi inevitable­mente a hablar de bru­jas, porque durante sig­los ambas fig­uras estu­vieron tan estrechamente rela­cionadas que prác­ti­ca­mente lle­garon a for­mar parte de una mis­ma his­to­ria. Sin embar­go, esta aso­ciación no exis­tió siem­pre. Las creen­cias en mujeres capaces de prac­ticar magia, curan­deras, hechiceras y per­son­ajes femeni­nos rela­ciona­dos con fuerzas sobre­nat­u­rales son muchísi­mo más antiguas que la ima­gen cris­tiana de la bru­ja como servi­do­ra de Satanás. Fue sobre todo durante la Edad Media tardía y la Edad Mod­er­na cuan­do comen­zó a con­sol­i­darse en Europa una idea que ten­dría con­se­cuen­cias ter­ri­bles: la bru­ja obtenía sus poderes gra­cias a un pacto con el dia­blo.

Según aque­l­la visión, el demo­nio podía pre­sen­tarse ante una mujer y ofre­cer­le poderes sobre­nat­u­rales a cam­bio de su fidel­i­dad, de renun­ciar a Dios o, en las ver­siones más extremas, de entre­gar­le su alma. A par­tir de los sig­los XV y XVI, trata­dos de demonología y pro­ce­sos judi­ciales fueron aña­di­en­do detalles cada vez más fan­tás­ti­cos a esta supues­ta relación. Se habla­ba de pactos escritos y fir­ma­dos con san­gre, de mar­cas dejadas por el demo­nio sobre el cuer­po, de espíri­tus famil­iares y de encuen­tros noc­turnos en lugares aparta­dos. Lo que ini­cial­mente pertenecía al ter­reno de las leyen­das ter­minó sien­do uti­liza­do como argu­men­to en acusa­ciones y pro­ce­sos reales con­tra miles de per­sonas.

bruja gato

Y aquí aparece uno de los ele­men­tos más famosos de todo el imag­i­nario de la bru­jería: el aque­larre. Según los relatos difun­di­dos durante las per­se­cu­ciones de bru­jas, estas aban­don­a­ban sus casas por la noche y acud­ían a reuniones clan­des­ti­nas en bosques, mon­tañas o lugares ale­ja­dos de las pobla­ciones. Allí las esper­a­ba el dia­blo, que podía apare­cer con aspec­to humano, como una criatu­ra mon­stru­osa o bajo la for­ma de deter­mi­na­dos ani­males, espe­cial­mente un gran macho cabrío. Supues­ta­mente se cel­e­bra­ban ban­quetes, bailes y rit­uales que invertían delib­er­ada­mente las cer­e­mo­nias cris­tianas. Bue­na parte de esta descrip­ción pro­cedía, sin embar­go, de inter­roga­to­rios, con­fe­siones obtenidas bajo pre­sión, trata­dos demonológi­cos y la imag­i­nación de quienes perseguían la bru­jería, por lo que no debe­mos inter­pre­tar­la como una descrip­ción lit­er­al de reuniones que real­mente sucedier­an de aque­l­la man­era.

El macho cabrío acabaría con­vir­tién­dose pre­cisa­mente en uno de los grandes nex­os visuales entre bru­jas y demo­ni­os. Los cuer­nos, las patas de cabra y deter­mi­na­dos ras­gos ani­males fueron incor­porán­dose pro­gre­si­va­mente a la rep­re­sentación occi­den­tal del dia­blo has­ta crear esa ima­gen que hoy recono­ce­mos inmedi­ata­mente. Fran­cis­co de Goya jugaría sig­los después con todo este imag­i­nario en obras como El aque­larre, donde un enorme macho cabrío pre­side una reunión de bru­jas, trans­for­man­do aque­l­las vie­jas super­sti­ciones en una esce­na delib­er­ada­mente inqui­etante.

Durante los sig­los de las grandes cazas de bru­jas, espe­cial­mente entre los sig­los XV y XVII, la supues­ta relación con Satanás con­vir­tió la bru­jería en algo mucho más grave que prac­ticar magia. La acu­sa­da deja­ba de ser sim­ple­mente una hechicera para con­ver­tirse en una ene­mi­ga de Dios, inte­grante de una con­spir­ación demonía­ca que supues­ta­mente ame­naz­a­ba a toda la sociedad cris­tiana. Libros como el Malleus Malefi­carum, pub­li­ca­do a finales del siglo XV, con­tribuyeron a difundir muchas de estas ideas y a reforzar la obsesión por des­cubrir pactos dia­bóli­cos.

¿Fue el diablo el inventor del alcohol?

La relación entre el dia­blo y el alco­hol aparece una y otra vez en las leyen­das pop­u­lares euro­peas y Litu­a­nia no es una excep­ción. De hecho, aquí encon­tramos una de las ver­siones más curiosas: según antiguas creen­cias litu­a­nas, el mis­mísi­mo dia­blo habría sido el creador del vod­ka, una bebi­da que llegó a recibir nom­bres pop­u­lares rela­ciona­dos con él, algo pare­ci­do a las gotas del dia­blo. La expli­cación tenía una clara inten­ción moral: el alco­hol en pequeñas can­ti­dades podía for­mar parte de una cel­e­bración pero cuan­do se bebía demasi­a­do hacía que las per­sonas perdier­an el con­trol, dis­cutier­an, insul­taran, se pelear­an y se com­por­taran de una man­era que jamás lo harían estando sobrias. Y pre­cisa­mente ahí era donde entra­ba en esce­na el demo­nio, porque las debil­i­dades humanas eran con­sid­er­adas su mejor arma.

estatuilla de diablo con borracho

Una antigua expre­sión recogi­da en el Museo del Dia­blo de Kau­nas lle­va esta relación todavía más lejos y ase­gu­ra que Lucifer fab­ricó el vod­ka con ori­na de cabra. Dios habría per­mi­ti­do a los hom­bres beber úni­ca­mente dos tra­gos: el primero esta­ba ded­i­ca­do a Dios y el segun­do a uno mis­mo. Pero había que ten­er mucho cuida­do porque el ter­cer tra­go pertenecía al dia­blo. A par­tir de ese momen­to comen­z­a­ba la bor­rachera y, sim­bóli­ca­mente, tam­bién el dominio del demo­nio sobre la per­sona. Inclu­so la sen­sación de ardor que pro­duce un licor fuerte al bajar por la gar­gan­ta encon­tró su expli­cación en estas his­to­rias, rela­cionán­dola direc­ta­mente con el fuego y el infier­no.

El idioma pop­u­lar ter­minó incor­po­ran­do numerosas expre­siones rela­cionadas con esta aso­ciación. El vod­ka casero podía recibir nom­bres equiv­a­lentes a “lágri­mas del dia­blo”, al bor­ra­cho se le rela­ciona­ba con la “gar­gan­ta del dia­blo” y una taber­na podía con­ver­tirse direc­ta­mente en “la casa del dia­blo”. No era sim­ple­mente una for­ma diver­ti­da de hablar: detrás de estas expre­siones había una adver­ten­cia muy clara con­tra los exce­sos y una man­era sen­cil­la de explicar algo que durante sig­los se observó en cualquier taber­na de pueblo: después de unas cuan­tas copas, una per­sona podía con­ver­tirse en alguien com­ple­ta­mente difer­ente.

El diablo, las cabras y los carneros

Si hay un ani­mal que inevitable­mente aso­ci­amos con la ima­gen del dia­blo es la cabra y, por exten­sión, el macho cabrío y el carnero. Cuer­nos, bar­ba, pezuñas, patas ani­males y una mira­da inqui­etante for­man parte de una rep­re­sentación que lle­va­mos sig­los vien­do en pin­turas, graba­dos, escul­turas y leyen­das. Sin embar­go, esta apari­en­cia no nació de la noche a la mañana ni pro­cede exclu­si­va­mente del cris­tian­is­mo. Sus raíces se encuen­tran en antiguas creen­cias paganas, en las que ani­males con cuer­nos y divinidades vin­cu­ladas a la nat­u­raleza, la fer­til­i­dad y los instin­tos ocu­pa­ban un lugar impor­tante. Con la expan­sión del cris­tian­is­mo, algunos de esos sím­bo­los fueron rein­ter­pre­ta­dos y ter­mi­naron incor­porán­dose poco a poco a la icono­grafía del demo­nio.

En Litu­a­nia, esta relación resul­ta espe­cial­mente intere­sante porque el dia­blo del fol­clore tradi­cional mantiene una conex­ión muy estrecha con el gana­do. Las his­to­rias cuen­tan que podía poseer rebaños, crear ani­males e inclu­so trans­for­marse él mis­mo en una cabra. Según algu­nas leyen­das, inten­tó fab­ricar una sigu­ien­do el ejem­p­lo de Dios, aunque, como suele suced­er en los cuen­tos pop­u­lares en los que aparece, su creación no sal­ió pre­cisa­mente per­fec­ta. La cabra acabó vin­culán­dose a él por su carác­ter con­sid­er­a­do tes­taru­do e indomable y, sobre todo, por unos ras­gos físi­cos que parecían hechos a medi­da para iden­ti­ficar al demo­nio: cuer­nos, bar­ba, pezuñas y cola.

estatuilla diablo cabra

Pero esta aso­ciación va mucho más allá de Litu­a­nia. Durante la Edad Media euro­pea, la rep­re­sentación del dia­blo fue adquirien­do pro­gre­si­va­mente car­ac­terís­ti­cas ani­males. Los artis­tas nece­sita­ban pro­por­cionar al mal una ima­gen fácil­mente recono­ci­ble y recur­rieron a ele­men­tos que ya esta­ban pre­sentes en seres mitológi­cos ante­ri­ores. Las patas y pezuñas de cabra, los grandes cuer­nos y el cuer­po par­cial­mente cubier­to de pelo ter­mi­naron con­vir­tién­dose en una especie de códi­go visu­al: basta­ba incluir algunos de estos ele­men­tos para que cualquiera entendiera que esta­ba delante de una criatu­ra demonía­ca.

Como comenta­ba antes, el macho cabrío adquir­ió además una poderosa car­ga sim­bóli­ca rela­ciona­da con la bru­jería. En numerosos relatos de los sig­los de las per­se­cu­ciones por bru­jería se afirma­ba que el dia­blo podía pre­sen­tarse durante los aque­lar­res con­ver­tido en un enorme macho cabrío, mien­tras que las supues­tas bru­jas bail­a­ban a su alrede­dor, le rendían hom­e­na­je o pacta­ban con él. Bue­na parte de estas descrip­ciones pro­cedían de inter­roga­to­rios, trata­dos demonológi­cos y pro­ce­sos judi­ciales, por lo que no deben enten­der­se como descrip­ciones de cer­e­mo­nias real­mente demostradas, sino como parte del imag­i­nario reli­gioso y per­se­cu­to­rio de la época.

Tam­bién el carnero, con sus espec­tac­u­lares cuer­nos cur­va­dos, con­tribuyó a con­stru­ir esta ima­gen. Cabras, machos cabríos y carneros acabaron mez­clán­dose en las rep­re­senta­ciones artís­ti­cas has­ta for­mar ese demo­nio híbri­do que hoy recono­ce­mos inmedi­ata­mente. Por eso, cuan­do recor­re­mos el Museo del Dia­blo de Kau­nas, encon­tramos una y otra vez fig­uras con cuer­nos exager­a­dos, bar­bas pun­ti­agu­das, pezuñas y ros­tros que recuer­dan clara­mente a estos ani­males. No es una elec­ción pura­mente estéti­ca: detrás de cada uno de esos ras­gos hay sig­los de mitología, religión y fol­clore super­puestos.

Lo más curioso es que la cabra no siem­pre tuvo una con­sid­eración neg­a­ti­va. Durante miles de años fue fun­da­men­tal para numerosas sociedades y estu­vo rela­ciona­da con la fer­til­i­dad, la abun­dan­cia y las fuerzas de la nat­u­raleza. Fue la rein­ter­pretación pos­te­ri­or de deter­mi­na­dos sím­bo­los paganos la que ayudó a con­ver­tir­la en uno de los ani­males más estrechamente aso­ci­a­dos con el demo­nio. Y la trans­for­ma­ción fue tan efec­ti­va que ha lle­ga­do prác­ti­ca­mente intac­ta has­ta nue­stros días: bas­ta dibu­jar dos grandes cuer­nos sobre una cabeza para que casi todos pense­mos inmedi­ata­mente en el dia­blo.

El mal de ojo

Una de las sec­ciones más curiosas del Museo del Dia­blo de Kau­nas está ded­i­ca­da pre­cisa­mente al mal de ojo, una super­sti­ción tan antigua y tan exten­di­da que resul­ta sor­pren­dente com­pro­bar cómo pueb­los sep­a­ra­dos por miles de kilómet­ros ter­mi­naron com­par­tien­do prác­ti­ca­mente el mis­mo miedo: la posi­bil­i­dad de que una mira­da car­ga­da de envidia, resen­timien­to o algu­na fuerza inex­plic­a­ble fuera capaz de provo­car una des­gra­cia. El museo sitúa el desar­rol­lo de esta creen­cia en la antigua Mesopotamia, ter­ri­to­rio cor­re­spon­di­ente en bue­na parte al actu­al Irak, des­de donde habría ido extendién­dose hacia Ori­ente Próx­i­mo, Asia Cen­tral, el norte de África y Europa. Lo ver­dadera­mente fasci­nante es que no esta­mos hablan­do de una super­sti­ción desa­pare­ci­da hace sig­los; todavía hoy seguimos vien­do ojos azules pro­tec­tores col­ga­dos en casas y com­er­cios, manos de Fáti­ma con­ver­tidas en col­gantes y pequeños amule­tos que mil­lones de per­sonas lle­van con­si­go sin deten­erse quizá a pen­sar que detrás de ellos existe un miedo antiquísi­mo: el poder de una mira­da.

¿Y quién podía echar el mal de ojo? Se decía que eran espe­cial­mente propen­sas las per­sonas ancianas, enfer­mizas o muy del­gadas y, sobre todo, las mujeres, aunque los hom­bres tam­poco esta­ban com­ple­ta­mente libres de sospecha. Una idea que dice prob­a­ble­mente mucho más sobre los pre­juicios de aque­l­las sociedades que sobre cualquier supuesto poder sobre­nat­ur­al. Tam­bién podían poseer una mira­da peli­grosa los dia­b­los y las bru­jas y, por si no hubiera sufi­cientes motivos para pre­ocu­parse, deter­mi­na­dos ani­males como lobos, búhos y ser­pi­entes. El prob­le­ma es que ni siquiera hacía fal­ta enfrentarse al supuesto por­ta­dor del mal de ojo: hablar con él o estrecharle la mano podía ser sufi­ciente para pon­er en mar­cha una autén­ti­ca colec­ción de calami­dades.

talla de diablo

Después del encuen­tro podían morir los ani­males, dejar de cre­cer las cose­chas, dejar las vacas de pro­ducir leche, estro­pearse los ali­men­tos, apare­cer enfer­medades e inclu­so perder­se la belleza. En los casos más extremos, la víc­ti­ma podía morir. No resul­ta difí­cil com­pren­der por qué seme­jante super­sti­ción arraigó con tan­ta fuerza en las antiguas sociedades rurales. Cuan­do una famil­ia dependía de una cosecha o de unas pocas cabezas de gana­do para sobre­vivir y todavía no existían expli­ca­ciones cien­tí­fi­cas para muchas enfer­medades, encon­trar un cul­pa­ble invis­i­ble per­mitía dar sen­ti­do a una suce­sión de des­gra­cias que, de otro modo, resulta­ban incom­pren­si­bles.

Pero si existía el mal, tam­bién había que inven­tar man­eras de man­ten­er­lo a raya. En Fran­cia existía la creen­cia de lle­var un poco de sal y tocar­la al encon­trarse con algún veci­no sospe­choso de poseer el mal de ojo. En Italia, en cam­bio, podía recur­rirse a los dedos for­man­do los famosos corni, los cuer­nos (esos que pop­u­lar­izò Ron­nie James Dio pre­cisa­mente por su ascen­den­cia ital­iana) o realizar el gesto de la fica, antiquísi­mos sím­bo­los pro­tec­tores uti­liza­dos con­tra la mala suerte. En Ori­ente Próx­i­mo encon­tramos una ima­gen muchísi­mo más famil­iar: el ojo pro­tec­tor, además de otros amule­tos des­ti­na­dos a devolver o desviar esa mira­da maligna. A ellos se sum­a­ban her­raduras, cuen­tas de vidrio azul, cor­dones rojos y la ham­sa o mano de Fáti­ma, obje­tos que ter­mi­naron cruzan­do reli­giones, fron­teras y gen­era­ciones.

Otras piezas interesantes del museo

Entre las piezas más curiosas de la colec­ción de Antanas Žmuidzi­nav­ičius hay una que demues­tra has­ta qué pun­to su afi­ción por los dia­b­los era cono­ci­da fuera de Litu­a­nia: un juego de café dec­o­ra­do ínte­gra­mente con motivos dia­bóli­cos. La his­to­ria del con­jun­to es casi tan intere­sante como las propias piezas y comien­za cuan­do se acer­ca­ba el 80 cumpleaños del artista. Un grupo de pin­tores letones quería hac­er­le un rega­lo espe­cial y pidió con­se­jo al ceramista litu­ano Vaclo­vas Miknevičius. Su prop­ues­ta, hecha con bas­tante sen­ti­do del humor, fue evi­dente: si había que regalar algo a un hom­bre que llev­a­ba décadas reunien­do dia­b­los, ¿por qué no regalar­le tam­bién una vajil­la llena de ellos?

plato diablo

La idea sigu­ió ade­lante y la ceramista let­ona Latvīte Mid­niece creó un extra­or­di­nario ser­vi­cio de café pen­sa­do nada menos que para 13 per­sonas. Y el número difí­cil­mente podía ser más apropi­a­do: el 13, aso­ci­a­do tradi­cional­mente en bue­na parte de Occi­dente con la mala suerte y la super­sti­ción, enca­ja­ba per­fec­ta­mente en una colec­ción ded­i­ca­da al mis­mísi­mo demo­nio. Pero todavía había otro detalle que hacía que el rega­lo fuera úni­co: cada una de las piezas fue dec­o­ra­da por un artista difer­ente, de man­era que el con­jun­to acabó con­vir­tién­dose prác­ti­ca­mente en una pequeña obra colec­ti­va.

Entre los obje­tos más sin­gu­lares del Museo del Dia­blo de Kau­nas hay uno que fácil­mente podría pasar desapercibido entre tan­tas criat­uras con cuer­nos: un bastón de madera com­ple­ta­mente tal­la­do y reple­to de ani­males aso­ci­a­dos tradi­cional­mente con el infier­no, como sapos, lagar­tos y ser­pi­entes. La pieza fue real­iza­da por el artista pop­u­lar Nikode­mas Linke­vičius y lle­va el sug­er­ente títu­lo de Un dia­blo enfure­ci­do con el sac­er­dote may­or. Fue un rega­lo de Vladas Tumas a Antanas Žmuidzi­nav­ičius por su 80 cumpleaños.

baston diablo

En la empuñadu­ra aparece un dia­blo son­ri­ente y burlón, orig­i­nal­mente con todos sus dientes tal­la­dos en madera. Žmuidzi­nav­ičius, lejos de guardar el bastón como una sim­ple pieza de colec­ción, lo uti­liz­a­ba real­mente para salir a pasear. En una de aque­l­las cam­i­natas el bastón cayó al sue­lo y uno de los dientes del demo­nio se rompió. Y aquí lle­ga la parte más curiosa de la his­to­ria: la esposa del pin­tor era una cono­ci­da den­tista del Kau­nas de entreguer­ras y decidió solu­cionar el prob­le­ma como habría hecho con cualquiera de sus pacientes. Le colocó al dia­blo un diente de oro.

Y como últi­ma ima­gen, la de esta esta­tu­il­la que rep­re­sen­ta a Hitler y Stal­in, ambos respon­s­ables de la muerte de mil­lones de per­sonas, muchas de ellas litu­a­nas. La prue­ba pal­pa­ble de que el dia­blo puede ten­er de humano mucho más de lo que la may­oría de nosotros esper­aríamos.

hitler stalin museo del diablo

 

museo diablo de Kaunas


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