Los que seguís el blog desde hace años, sabéis de sobra que tengo auténtica pasión por lugares que se salen de los límites establecidos. Y si tienen un lado oscuro y misterioso, mejor que mejor. Por ello no es de extrañar que el primer lugar que tenía pendiente visitar cuando he viajado a Lituania por primera vez era el Museo Žmuidzinavičius. O lo que es lo mismo, el Museo del Diablo.
Cierto es que no es el único museo del mundo dedicado a Lucifer (hay otro en Úštěk, República Checa, éste con una orientación más teatral, e infinidad de exposiciones que dedican parte de sus temarios a la figura del demonio). Pero sí es con diferencia el más completo, el que más obras atesora (más de 3000 piezas) y lo que es más importante: el que aborda el tema con una mayor seriedad. Porque si uno llega aquí pensando que va a entrar en una especie de tren de la bruja, con criaturas siniestras y muñecos de feria, se equivoca (¡por suerte!) completamente. El Museo del Diablo es ante todo un extraordinario recorrido por el folclore, las supersticiones, la historia, las creencias populares, el arte y hasta el sentido del humor de diferentes pueblos del mundo. En Kaunas el mismísimo Belcebú tiene casa propia.
Esta colección nació casi por casualidad y no fue inicialmente el proyecto de ningún museo. Detrás de ella se encuentra Antanas Žmuidzinavičius, uno de los artistas lituanos más importantes del siglo XX. Pintor, profesor, personaje destacado de la vida cultural del país y, además, coleccionista compulsivo de objetos relacionados con el arte popular. Žmuidzinavičius llegó a reunir a lo largo de su vida nada menos que 23 colecciones diferentes, aunque hubo una que terminó eclipsando a todas las demás: la de diablos. La historia oficial del museo sitúa su origen en 1906, cuando, durante los preparativos de la primera exposición de arte lituano, recibió como regalo una pequeña escultura de madera que representaba a un demonio. Aquella figura, que para cualquier otra persona probablemente habría terminado decorando una estantería, despertó en él una curiosidad que acabaría teniendo consecuencias bastante inesperadas.
Žmuidzinavičius comenzó a reunir diablos y se marcó una cifra especialmente apropiada para semejante colección: quería conseguir trece docenas de demonios, es decir, 169 piezas. El número 13, evidentemente, no estaba elegido al azar: ya sabéis la fama que arrastra de “número maldito”. Pero sus amigos, compañeros y conocidos comenzaron a regalarle figuras y la colección creció mucho más deprisa de lo previsto. No solo alcanzó aquellas trece docenas sino que llegó a reunir veinte, unas 260 piezas, todas ellas recibidas como regalos. Y aquello no había hecho más que empezar.
En 1961 el artista donó sus obras, colecciones y archivo al Estado lituano y, pocos años después, su propia casa de Kaunas se convirtió en museo. El Museo de las Obras y Colecciones de Antanas Žmuidzinavičius abrió sus puertas en 1966, precisamente el año de la muerte del pintor. Su vivienda, construida en 1928 siguiendo el proyecto del arquitecto Vytautas Landsbergis-Žemkalnis, conserva todavía parte de aquel universo personal: el apartamento, el estudio, muebles originales, objetos familiares y obras del artista permiten conocer al hombre que, casi sin pretenderlo, terminaría creando una de las colecciones más extravagantes de Europa.
Pero los diablos siguieron multiplicándose. Y no precisamente por intervención sobrenatural. La fama de la colección fue creciendo y comenzaron a llegar nuevas figuras desde diferentes rincones del planeta. La casa terminó quedándose pequeña para semejante ejército infernal y en 1982 la colección fue trasladada desde el estudio del artista a un edificio anexo construido específicamente para albergarla, naciendo así el espacio que hoy conocemos popularmente como Museo del Diablo. Actualmente sus fondos superan las 3000 piezas y proceden de alrededor de 70 países diferentes.
Existe además una tradición por la que los propios visitantes pueden regalar un diablo al museo, algo que explica en buena medida cómo aquella pequeña obsesión privada de Žmuidzinavičius ha terminado convirtiéndose en una colección de dimensiones absolutamente desproporcionadas. Imagino que no existen demasiados museos en el mundo donde uno pueda presentarse en recepción con un demonio debajo del brazo y que el personal, en lugar de llamar a seguridad, pueda agradecerte la aportación.
Una de las cosas que más me gustó del Museo del Diablo de Kaunas es que la colección no se limita a mostrarnos cientos de figuras colocadas una detrás de otra, sino que poco a poco va construyendo una especie de geografía mundial del mal, permitiéndonos descubrir cómo cada cultura ha imaginado, representado y hasta caricaturizado a sus propios demonios. A medida que avanzamos por las salas aparecen secciones dedicadas a diferentes países y regiones del mundo y resulta fascinante comprobar que el diablo no tiene una única cara: cambia de aspecto, de nombre e incluso de personalidad dependiendo del lugar en el que nos encontremos.
Hay criaturas que se parecen bastante al demonio europeo que todos tenemos en mente, con cuernos, cola y rasgos animales, mientras que otras proceden de tradiciones mucho más antiguas, vinculadas a espíritus de los bosques, seres de la naturaleza, divinidades paganas o personajes del folclore popular que, con el paso de los siglos y la llegada de nuevas religiones, terminaron metidos en el mismo saco de lo diabólico. Y precisamente ahí está una de las partes más interesantes de la visita: viajar de país en país sin salir del museo y descubrir que aquello que para unos pueblos representaba el mal absoluto, para otros podía ser un espíritu travieso, un ser al que había que respetar, una criatura a la que se podía engañar o incluso un personaje utilizado para reírse de nuestros propios defectos. Y sólo un inciso antes de comenzar nuestro recorrido: ¡eché en falta un apartado dedicado al diablo español!
Los trolls de Noruega
Si hay un país en el que resulta prácticamente imposible separar el paisaje de sus criaturas fantásticas, ese es Noruega, y quizá por eso la parte del Museo del Diablo dedicada a los trolls me resultó especialmente interesante. Mucho antes de convertirse en esas figuras de enormes narices que hoy encontramos en cualquier tienda de recuerdos noruega, los trolls eran criaturas bastante menos simpáticas, habitantes de un mundo en el que internarse demasiado en un bosque, acercarse a una montaña cuando caía la noche o escuchar un ruido extraño entre las rocas podía tener explicaciones que nada tenían que ver con la geología.
No existe una única descripción del troll: podían ser gigantescos como una montaña, pequeños y deformes, tener uno, dos o incluso varios ojos o cabezas y, aunque normalmente poseían una fuerza descomunal, los cuentos populares no les concedían precisamente una inteligencia privilegiada. De hecho, una de las constantes de las historias tradicionales es que un humano aparentemente indefenso consigue derrotar al troll utilizando algo mucho más efectivo que la fuerza: la astucia.

Pero había algo a lo que hasta el troll más gigantesco tenía auténtico pánico: la luz del sol. Estas criaturas pertenecían a la noche y, según una de las creencias más arraigadas del folclore noruego, si no conseguían regresar a tiempo a su cueva o esconderse en la montaña antes del amanecer, los primeros rayos del sol podían convertirlas en piedra. Y aquí aparece una de esas historias que me encantan porque consiguen que después mires un paisaje de una manera completamente diferente: durante generaciones, determinadas montañas, riscos y formaciones rocosas de Noruega fueron explicadas como trolls petrificados que calcularon mal la hora de regreso a casa.
Todavía hoy existen lugares cuyos nombres parecen sacados directamente de uno de estos cuentos, desde Trolltunga, literalmente «la lengua del troll», hasta Trollheimen, «el hogar de los trolls». Incluso el espectacular Torghatten, la montaña atravesada por un enorme agujero natural, tiene su propia leyenda protagonizada por trolls: mientras la geología explica su formación mediante los procesos de la Edad de Hielo, la tradición cuenta una historia bastante más entretenida en la que un troll lanzó una flecha contra una doncella, otro interpuso su sombrero para protegerla y la llegada del amanecer terminó convirtiendo a todos en piedra.
Y todavía hay otro detalle que explica perfectamente por qué estas criaturas tienen cabida en un Museo del Diablo a pesar de no ser, estrictamente hablando, demonios cristianos. Los trolls pertenecen a un sustrato de creencias muchísimo más antiguo pero cuando el cristianismo se implantó en Noruega a partir del siglo XI, aquellas criaturas paganas no desaparecieron: cambiaron de papel. Los relatos medievales comenzaron a presentarlas como seres enfrentados a la nueva religión; hay leyendas de trolls que arrojaban enormes piedras contra iglesias y otras en las que las campanas resultaban insoportables para ellos. Siglos después, especialmente tras la Reforma, la asociación entre trolls, demonios y brujería se hizo todavía más evidente. Es un ejemplo magnífico de algo que iremos viendo una y otra vez durante nuestra visita por el museo de Kaunas: cuando una nueva religión sustituye a las antiguas creencias, sus criaturas no siempre mueren; algunas simplemente cambian de bando y terminan convertidas en monstruos.
Si hoy todos imaginamos al troll noruego más o menos de la misma manera, también hay un culpable. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el ilustrador Theodor Kittelsen puso rostro a muchos de estos seres y sus dibujos terminaron influyendo enormemente en la imagen moderna del troll: criaturas grotescas, enormes, casi fundidas con las montañas, los árboles y las piedras del paisaje noruego. Antes, los cuentos podían limitarse a describirlos como grandes, fuertes y feos; después de Kittelsen, los trolls parecían haber salido definitivamente de las sombras del bosque. También fueron fundamentales Peter Christen Asbjørnsen y Jørgen Moe, que recorrieron Noruega recopilando cuentos populares durante el siglo XIX y preservaron muchas historias que hasta entonces habían pasado fundamentalmente de boca en boca.
Quizá por eso los trolls siguen teniendo tanta fuerza en Noruega. Hoy pocos esperan encontrarse uno al doblar una curva, pero continúan en los cuentos infantiles, en el arte, en el cine, en los nombres de montañas y carreteras y, por supuesto, en miles de figuritas para turistas. Y después de conocer sus leyendas, resulta inevitable mirar determinadas siluetas de piedra y pensar que, al menos según los antiguos noruegos, quizás aquello de allí no sea solo una montaña.
El Čert eslavo
Si los trolls noruegos demostraban que no todos los monstruos nacieron siendo monstruos, la siguiente parte de la exposición vuelve a darle una vuelta de tuerca a nuestra idea occidental del demonio. Porque en buena parte del mundo eslavo aparece el Čert —o Chort/Čyort según el idioma y la transliteración—, una criatura que hoy podríamos traducir rápidamente como «diablo», aunque hacerlo sería simplificar muchísimo una historia que comenzó mucho antes de que el cristianismo se extendiera por estas tierras.
El Čert que encontramos en el Museo del Diablo de Kaunas es una especie de criatura fronteriza, construida durante siglos a partir de antiguas creencias paganas, supersticiones campesinas y elementos incorporados posteriormente por el cristianismo. Y lo curioso es que, si seguimos las pistas que ofrece el propio museo, detrás de sus cuernos podría esconderse nada menos que Veles o Volos, uno de los grandes dioses de la antigua mitología eslava.

Veles era un personaje considerablemente más complejo que el típico villano de cuento. Estaba relacionado con el ganado, la riqueza, la fertilidad, la tierra y el mundo de los muertos, ámbitos que para las sociedades agrícolas antiguas estaban mucho más conectados entre sí de lo que podría parecernos hoy. Poseer ganado significaba riqueza, una buena cosecha podía decidir si una familia sobrevivía al invierno y la fertilidad de la tierra garantizaba que todo aquel ciclo pudiera comenzar de nuevo al año siguiente. Frente a Veles aparecía Perun, dios del trueno y del cielo, una de las grandes divinidades de la religión eslava precristiana. Simplificando mucho, podríamos imaginar a uno mirando hacia las alturas y al otro vinculado con un universo más terrestre y subterráneo, una oposición que acabaría resultando extraordinariamente útil cuando llegó el momento de reinterpretar aquellas viejas creencias desde una óptica cristiana.
Porque las religiones nuevas rara vez consiguen borrar de un plumazo todo lo que existía antes. Los dioses, espíritus y criaturas que habían acompañado durante generaciones a una población pueden cambiar de nombre, mezclarse con santos, esconderse dentro de nuevas tradiciones o, como sucede tantas veces, pasarse al bando de los malos. Y algo parecido ocurrió con determinados rasgos asociados a Veles. El antiguo rival del dios celestial terminó ofreciendo un molde perfecto sobre el que proyectar características del nuevo diablo cristiano, hasta el punto de que el Čert del folclore eslavo acabaría reuniendo elementos de ambos mundos. No significa que Veles y el diablo sean exactamente la misma figura —sería una simplificación histórica demasiado grande—, sino que algunas funciones, símbolos y viejas historias sobrevivieron transformadas dentro del nuevo imaginario cristiano.

Este supuesto «diablo» no estaba relacionado únicamente con el infierno, el pecado o la condena. Según explica la propia exposición, podía aparecer vinculado a los muertos, los animales, el ganado, la fertilidad, las cosechas, el dinero, los nacimientos, el matrimonio e incluso los entierros. Es decir, prácticamente todo el ciclo de la vida de una comunidad rural podía tener algún punto de contacto con él. Incluso determinadas fiestas del calendario cristiano conservaron su presencia, entre ellas Nochebuena, Pascua o celebraciones relacionadas con San Jorge y las cosechas. Mientras la religión oficial colocaba al diablo en el extremo opuesto de lo sagrado, las antiguas tradiciones campesinas seguían reservándole un pequeño hueco precisamente en algunos de los momentos más importantes del año.
Tampoco estaba solo. Alrededor de este universo aparecen criaturas como Leshy, el misterioso espíritu de los bosques, o Domovoy, vinculado a la casa y a la vida doméstica. El primero pertenecía a ese bosque que durante siglos proporcionaba madera, alimento y refugio pero que, una vez desaparecía la luz, podía convertirse en un territorio absolutamente hostil; el segundo se encontraba mucho más cerca, literalmente dentro de casa. El Domovoy era una especie de espíritu doméstico que podía proteger a la familia si se le trataba adecuadamente pero también convertirse en un vecino bastante incómodo cuando se enfadaba. Una vez más, la frontera entre criatura protectora y ser peligroso era muchísimo más difusa que nuestra sencilla división entre ángeles buenos y demonios malos.
Japón: demonios que no siempre fueron malvados
En Japón intentar encontrar un equivalente exacto de Satanás resulta bastante complicado. En la tradición japonesa no existe un único «diablo» que reúna todas las características del demonio cristiano; en su lugar encontramos un universo extraordinariamente poblado por oni, yōkai, yūrei y otras criaturas sobrenaturales, algunas terroríficas, otras traviesas y unas cuantas tan extravagantes que cuesta decidir si deberían provocar miedo o simplemente curiosidad. El sintoísmo, el budismo y siglos de folclore popular se fueron mezclando hasta crear un catálogo de seres sobrenaturales en el que las fronteras entre monstruo, espíritu, fantasma y demonio son bastante más borrosas de lo que estamos acostumbrados en Occidente.
Los que probablemente más se aproximan a nuestra imagen visual de un demonio son los oni, enormes criaturas de aspecto feroz que tradicionalmente aparecen con cuernos, colmillos, cabelleras desordenadas y cuerpos de colores intensos, especialmente rojos o azules. Muchas representaciones los muestran vestidos únicamente con una especie de taparrabos confeccionado con piel de tigre y empuñando un gigantesco garrote de hierro llamado kanabō. Y de ahí procede una expresión japonesa especialmente curiosa, «oni ni kanabō», algo así como «darle un garrote a un oni»: se utiliza cuando hacemos todavía más fuerte a alguien que ya era poderoso, aproximadamente nuestro «darle alas» a quien realmente no las necesitaba.
Y entre los seres sobrenaturales japoneses del museo aparece uno imposible de pasar por alto: el tengu. Rresulta bastante difícil ignorar una criatura de rostro rojo y semejante nariz. Hoy los tengu forman parte inseparable del imaginario japonés y aparecen en templos, festivales, máscaras tradicionales, leyendas y cultura popular pero su personalidad ha cambiado muchísimo a lo largo de los siglos. Su propio nombre resulta revelador: tengu se escribe con caracteres que significan literalmente «perro celestial», aunque curiosamente su representación japonesa terminó teniendo bastante poco de perro. Las primeras referencias estuvieron influidas por una criatura de origen chino, el tiāngǒu, pero en Japón el personaje evolucionó hasta relacionarse especialmente con las montañas, los bosques y las aves rapaces.

De hecho, los tengu más antiguos solían representarse con pico, alas y rasgos de pájaro. Con el tiempo aquel pico fue humanizándose hasta transformarse en la espectacular nariz alargada que hoy constituye su característica más famosa. Por eso podemos encontrarnos dos imágenes bastante diferentes: los kotengu, más próximos a criaturas aviares, y los poderosos daitengu, de aspecto mucho más humano, rostro generalmente rojo y una nariz que parece crecer varios centímetros cada vez que alguien cuenta la historia.
Durante determinados periodos de la historia japonesa los tengu tuvieron una reputación bastante siniestra. Algunas tradiciones budistas los consideraron seres peligrosos capaces de engañar a los monjes, provocar ilusiones, fomentar el orgullo y apartarlos del camino correcto. Incluso podían relacionarse con sacerdotes arrogantes que, después de morir, acababan convertidos en tengu. No es casualidad que una de las debilidades humanas más asociadas a ellos fuera precisamente la soberbia; con el paso del tiempo, la enorme nariz llegó incluso a convertirse popularmente en una manera visual de representar a alguien excesivamente orgulloso de sí mismo.
Pero, como ocurre continuamente en este museo, el supuesto demonio volvió a negarse a ser simplemente malo. Los tengu terminaron transformándose también en guardianes de montañas y bosques, seres poderosos a los que convenía respetar y criaturas relacionadas con extraordinarias habilidades marciales. Una de las leyendas japonesas más famosas cuenta incluso que el joven guerrero Minamoto no Yoshitsune aprendió técnicas de combate de los tengu de la montaña Kurama, cerca de Kioto. Es decir, aquella criatura que podía tentar y confundir a un monje también podía convertirse en un maestro capaz de enseñar a luchar a uno de los guerreros más legendarios de Japón.
Bulgaria: monstruos que espantan el mal
La siguiente parada de este particular viaje alrededor de los demonios nos lleva hasta Bulgaria. Basta contemplar algunas de las máscaras expuestas en el museo, cubiertas de pelo, con enormes cuernos, ojos desorbitados y rasgos animales, para pensar que estamos ante la representación perfecta de algún demonio dispuesto a llevarse por delante al primero que encuentre. Sin embargo, su función tradicional era prácticamente la contraria. Había que parecer más monstruoso que los propios monstruos para conseguir espantarlos.
Las mascaradas búlgaras hunden sus raíces en antiguas concepciones paganas según las cuales el mundo estaba dividido entre aquello que los humanos podían ver y otro territorio invisible habitado por antepasados y fuerzas sobrenaturales. Las máscaras servían de alguna manera para reducir la distancia entre ambos universos: quien se cubría el rostro dejaba temporalmente de ser exactamente quien era y podía aproximarse a ese otro mundo, relacionarse simbólicamente con él e incluso solicitar su protección. No estamos, por tanto, ante un simple disfraz pensado para divertirse durante una fiesta, sino ante el vestigio de antiguos rituales en los que naturaleza, fertilidad, muerte, miedo y esperanza estaban estrechamente unidos.
Y lo extraordinario es que la tradición continúa viva en Bulgaria. Entre sus protagonistas más famosos están los kukeri, hombres que se transforman en criaturas fantásticas mediante enormes máscaras y disfraces elaborados tradicionalmente con pieles, pelo, cuernos, madera y otros materiales naturales. Alrededor de la cintura pueden llevar pesados cencerros y campanas cuyo estruendo forma una parte esencial del ritual. Porque aquí no se trata precisamente de pasar desapercibido: cuanto más ruido, mejor. El sonido, los movimientos, las máscaras grotescas y la apariencia animal sirven para ahuyentar a los espíritus malignos y favorecer la llegada de la buena suerte, la salud y unas cosechas abundantes.
En diferentes regiones aparecen nombres y variantes distintas —el propio museo menciona también a survakari y kamilari—, pero se repite una idea muy parecida: grupos de personajes enmascarados recorren las poblaciones, visitan las casas, hacen sonar sus campanas y desean a sus habitantes salud, longevidad y buenas cosechas. Y lejos de cerrar la puerta cuando ven aproximarse semejante ejército de monstruos, las familias tradicionalmente reciben su llegada con entusiasmo porque su visita se considera portadora de buena fortuna.

La gran máscara de la fotografía, con sus espectaculares cuernos curvados, resulta especialmente llamativa porque parece diseñada para provocar exactamente esa sensación de estar frente a algo que no pertenece por completo al mundo humano.
África: los espíritus convertidos en demonios
Llegamos a una de las secciones más interesantes —y también más delicadas— del Museo del Diablo, porque hablar del «diablo en África» es, en realidad, empezar planteando mal la pregunta. África es un continente inmenso, con miles de pueblos, lenguas, religiones y sistemas de creencias diferentes, y pretender encontrar una única figura africana equivalente a nuestro Satanás sería prácticamente imposible. Precisamente esto es lo primero que advierte el museo: muchas tradiciones espirituales africanas fueron interpretadas posteriormente a través de una mirada islámica, cristiana y, sobre todo durante el periodo colonial, europea. Espíritus que originalmente podían proteger, sanar, castigar, aconsejar o actuar como intermediarios entre los humanos y el mundo invisible terminaron metidos bajo una etiqueta mucho más sencilla: demonios.
Y detrás de esa transformación no hubo únicamente religión. El panel introduce un aspecto bastante más incómodo de la historia: la esclavitud y el colonialismo. Las prácticas espirituales de las poblaciones esclavizadas podían servir para mantener una identidad común y fortalecer los vínculos entre personas arrancadas de sus comunidades, algo que las autoridades y propietarios podían percibir como una amenaza. Reunirse, compartir ceremonias y conservar unas mismas creencias significaba también mantener una identidad colectiva y, potencialmente, facilitar la resistencia. Por eso determinadas prácticas fueron desacreditadas, perseguidas o directamente prohibidas. Con el tiempo, además, la literatura y el cine occidental terminaron haciendo el resto, popularizando una imagen de la espiritualidad africana llena de magia negra, muñecos atravesados por alfileres, maldiciones y sacrificios, una visión espectacular para una película de terror pero bastante alejada de la enorme complejidad de estas religiones.

Uno de los ejemplos que destaca el museo es el Vodun o Vodou (es decir, el vudú, del que os hablé en mi viaje por Nueva Orleans o en la reseña del libro “Haití: tierra de zombies”) , que probablemente sea también uno de los sistemas religiosos peor entendidos fuera de sus lugares de origen. Sus raíces se encuentran en África occidental, especialmente en territorios del actual Benín y Togo, y con el tráfico transatlántico de esclavos algunas de aquellas creencias viajaron forzosamente hasta América y el Caribe, donde evolucionaron y se mezclaron con otras tradiciones. De ahí surgirían formas diferentes, entre ellas el vudú haitiano. Lo fundamental para entender esta vitrina es que sus espíritus no son simplemente demonios. Pueden intervenir en la vida de las personas de maneras distintas y la propia idea cristiana de Satanás resulta ajena al sistema religioso original. Identificar automáticamente vudú con culto al diablo es precisamente uno de esos estereotipos que el museo intenta desmontar.
En el museo se menciona también Obeah, un conjunto de prácticas espirituales desarrollado en el Caribe anglófono entre poblaciones de ascendencia africana y utilizado, entre otras cosas, para la curación, la protección o la búsqueda de justicia. Su historia resulta especialmente reveladora: durante más de dos siglos llegó a considerarse delito en diferentes territorios caribeños. Una práctica espiritual podía convertirse así, dependiendo de quién tuviera el poder para definirla, en religión, superstición, brujería o directamente crimen.
Y todavía aparece otro nombre fundamental: los yoruba, uno de los grandes pueblos de África occidental, especialmente presentes en la actual Nigeria y países vecinos. Su tradición religiosa posee un complejo universo espiritual en el que existen divinidades y fuerzas intermediarias, y entre las figuras más fascinantes se encuentra Èṣù, relacionado con la comunicación, los caminos, las decisiones y la mediación entre diferentes ámbitos. Èṣù es además un personaje astuto, imprevisible y capaz de provocar situaciones destinadas a poner a prueba a los humanos. Esa personalidad, unida a determinadas interpretaciones realizadas durante la cristianización, favoreció que terminara equiparándose con el diablo cristiano. Pero Èṣù no es Satanás y traducirlo simplemente como «diablo» elimina precisamente todo aquello que hace interesante al personaje.
El diablo de Bessans
Seguimos viajando por Europa sin salir de las vitrinas del museo y llegamos a Francia, concretamente a Bessans, una pequeña localidad alpina de Saboya donde el diablo ha terminado convirtiéndose prácticamente en un vecino más. De hecho, según explica el panel del Museo del Diablo, en la plaza de Bessans existe una fuente con una escultura dedicada a esta criatura y la tradición popular convirtió durante siglos esta zona montañosa en una auténtica «tierra de diablos». No resulta demasiado difícil imaginar de dónde podían proceder semejantes historias: en un territorio dominado por montañas, nieve y fenómenos naturales que antiguamente resultaban difíciles de prever, al demonio se le atribuían accidentes, inundaciones e incluso avalanchas. Cuando la montaña decidía ponerse peligrosa y todavía no existía una explicación mejor, siempre quedaba la posibilidad de echarle la culpa al diablo.
Pero el demonio de Bessans tenía una peculiaridad que lo diferenciaba de muchos de sus colegas europeos: tenía cuatro cuernos. Y, como suele suceder con las mejores rarezas del folclore, había que inventar una historia que explicara semejante anatomía. Según la leyenda, un constructor recibió el encargo de levantar un puente que comunicara dos fortificaciones de la montaña. La empresa debía de resultar lo suficientemente complicada como para recurrir al ayudante al que jamás conviene pedir favores en las leyendas medievales: el mismísimo diablo. Ambos llegaron a un acuerdo y el demonio colaboraría en la construcción, pero, como era de esperar, el contrato tenía letra pequeña. El día de la inauguración quería devorar al primer hombre que atravesara el nuevo puente.

Cuando la mujer del constructor vio que un niño pequeño se disponía a ser el primero en cruzarlo, se asustó y decidió adelantarse a la tragedia lanzando una cabra sobre el puente. Al otro lado esperaba el diablo convencido de que estaba a punto de cobrarse su recompensa pero la cabra, lejos de mostrarse impresionada por semejante criatura, se enfureció al verlo y se lanzó contra él con todas sus fuerzas. El golpe fue tan brutal que, según cuenta la leyenda, los cuernos del animal quedaron marcados sobre la frente del pobre demonio. Y así, por obra y gracia de una cabra particularmente temperamental, el diablo de Bessans terminó luciendo cuatro cuernos en lugar de dos.
La historia pertenece además a una familia de leyendas extraordinariamente extendida por Europa: la de los llamados «puentes del Diablo». El argumento cambia dependiendo del lugar pero casi siempre encontramos los mismos ingredientes: construir un puente parece una tarea imposible, aparece el demonio ofreciendo ayuda y exige a cambio el alma del primero que lo atraviese; cuando llega el momento de pagar, los humanos hacen trampas y envían antes a un animal. El diablo, que supuestamente lleva siglos tentando a la humanidad, vuelve a caer una y otra vez en prácticamente el mismo engaño. En unas versiones cruza un perro, en otras un gato, una cabra u otro animal. Al final, una de las grandes constantes del folclore europeo es sorprendentemente poco favorable para Satanás: el diablo puede ser poderoso pero los humanos suelen ser bastante más listos.
Krampus: el monstruo de las montañas austriacas
Ya os hablé de él en el relato de nuestro viaje a Hallstatt. Si pensábamos que la Navidad europea estaba protagonizada únicamente por personajes amables que reparten regalos, Krampus llega para desmontarnos la teoría en cuestión de segundos. Basta mirar una de sus máscaras para entender que este personaje juega en una liga completamente diferente: enormes cuernos de cabra, colmillos, pelo, una lengua que parece no terminar nunca y una expresión diseñada para conseguir que cualquier niño se replantee inmediatamente su comportamiento durante los últimos doce meses.
Krampus pertenece fundamentalmente al folclore alpino de Austria y otras regiones de Europa Central, y lo más sorprendente es que no aparece como enemigo de San Nicolás, sino prácticamente como su siniestro compañero de trabajo. Mientras uno recompensa a los niños que se han portado bien, el otro se ocupa de recordar qué podía ocurrir con quienes no habían sido precisamente unos santos.
Su gran noche es la del 5 de diciembre, víspera de la festividad de San Nicolás, conocida como Krampusnacht. En numerosas localidades alpinas todavía se celebran los espectaculares Krampusläufe, desfiles en los que decenas e incluso cientos de participantes recorren las calles ocultos tras pesadas máscaras de madera, pieles de oveja o cabra y enormes cencerros. El resultado está a medio camino entre una tradición navideña y una película de miedo: oscuridad, fuego, ruido de campanas y criaturas cornudas corriendo entre la gente. Al día siguiente llega San Nicolás y el contraste difícilmente podría ser mayor. Primero aparece el monstruo; después, el santo.

Pero ¿de dónde sale semejante criatura? Aquí conviene andar con cuidado porque alrededor de Krampus se repite muchísimo que procede directamente de un antiguo dios pagano o que es una supervivencia perfectamente identificable de rituales precristianos. Su origen exacto no está tan claro. Sus rasgos recuerdan indudablemente a antiguas tradiciones alpinas de máscaras, seres salvajes y criaturas vinculadas al invierno pero la figura que conocemos actualmente se desarrolló durante siglos dentro de un contexto en el que esas costumbres populares convivían ya con el cristianismo. De hecho, ahí reside una de sus mayores curiosidades: en lugar de conseguir expulsar al monstruo de las celebraciones, la tradición cristiana terminó colocándolo al lado de un santo.
Krampus tampoco tuvo siempre una existencia fácil. Durante el siglo XX hubo intentos de acabar con esta tradición por considerarla inapropiada o excesivamente pagana pero el personaje sobrevivió y en las últimas décadas ha experimentado una recuperación espectacular. Hoy aparece en festivales, películas, cómics, adornos navideños y todo tipo de objetos, y los Krampusläufe atraen a miles de visitantes. El monstruo alpino ha terminado convirtiéndose paradójicamente en una atracción turística navideña.
Los demonios hindúes
Si en Japón descubríamos que no existe un equivalente exacto a nuestro Satanás, en la India volvemos a encontrarnos con un universo sobrenatural muchísimo más complejo que la simple lucha entre Dios y el Diablo. Los textos y epopeyas de la tradición hindú están poblados por seres extraordinarios, divinidades, espíritus y criaturas capaces de cambiar de apariencia, y entre ellos aparecen los rakshasas, seres poderosos que en muchas traducciones occidentales han terminado convertidos simplemente en «demonios». Sin embargo, como ocurre tantas veces en este museo, la traducción se queda corta. No existe un único señor del mal comparable al Satanás cristiano y tampoco todos los seres catalogados como demoníacos responden exactamente a nuestra idea de un demonio.
Uno de los grandes protagonistas de esta sección es Ravana, y aquí entramos directamente en una de las historias más famosas de toda la India: el Ramayana. Ravana es el poderoso rey de Lanka y señor de los rakshasas, pero reducirlo a «el malo de la historia» tampoco termina de hacerle justicia. Es un personaje contradictorio, enormemente poderoso, erudito y devoto de Shiva, al que la tradición atribuye grandes conocimientos y extraordinarias capacidades, pero también una arrogancia desmesurada. Y precisamente esa mezcla de inteligencia, poder y soberbia es la que acaba conduciéndolo a la destrucción.

Ravana es además imposible de confundir cuando aparece representado en toda su gloria: diez cabezas y veinte brazos. Las interpretaciones simbólicas de esas diez cabezas han variado enormemente con el tiempo pero visualmente cumplen una función fantástica: dejan claro que no estamos ante un enemigo cualquiera. Rama le corta las diez cabezas y los veinte brazos de un golpe antes de matarlo; el Ramayana posee distintas versiones y tradiciones narrativas, por lo que yo no tomaría esa descripción del museo como una reconstrucción literal y universal de la escena. Lo importante para nuestra historia es el enfrentamiento entre Rama y Ravana y el rescate de Sita.
Todo comienza precisamente con Sita, esposa de Rama. Y aquí hay una pequeña imprecisión interesante en el panel de Kaunas: atribuye al propio Ravana la transformación en un ciervo dorado, cuando en la versión más conocida del Ramayana ese papel corresponde a Maricha, un rakshasa que adopta la apariencia de un maravilloso ciervo dorado para atraer a Rama lejos de Sita. La estratagema funciona, Ravana consigue secuestrarla y se la lleva a Lanka, desencadenando una guerra que terminará enfrentándolo con Rama.
Y entonces entra en escena uno de los personajes más queridos de la mitología hindú: Hanuman, el dios de aspecto simiesco, símbolo de fuerza, lealtad y devoción. Junto con Sugriva y un formidable ejército de vanaras, ayuda a Rama a encontrar a Sita y combatir a Ravana. La historia está llena de episodios absolutamente extraordinarios: viajes imposibles, batallas, criaturas sobrenaturales y hazañas de Hanuman que han alimentado durante siglos la literatura, la pintura, la escultura, la danza y el teatro de buena parte del sur y sudeste de Asia.
México: antiguos dioses transformados en diablos
México merece una parada larga dentro del Museo del Diablo porque aquí encontramos uno de los mejores ejemplos de cómo la figura del demonio puede ser también una construcción cultural impuesta desde fuera. Mucho antes de que los españoles llegaran a América, los pueblos mesoamericanos poseían complejos universos religiosos poblados por dioses, espíritus, animales protectores y fuerzas relacionadas con la naturaleza, la fertilidad, la lluvia, la guerra o la muerte. Había seres temibles, por supuesto, y divinidades capaces de castigar y destruir, pero aquello no significaba que existiera un Satanás mexicano esperando la llegada de los europeos. La oposición cristiana entre Dios y el Diablo simplemente no encajaba de la misma manera en las religiones prehispánicas.
Las máscaras son fundamentales para entender esta historia. En México se han encontrado máscaras antiquísimas y que, antes de la conquista, formaban parte de ceremonias y rituales religiosos. Ponerse una máscara podía significar mucho más que ocultar el rostro: permitía representar a una divinidad, un antepasado, un animal o una fuerza sobrenatural. Jaguares, serpientes, aves y otras criaturas podían tener significados sagrados o protectores que nada tenían que ver con nuestra idea europea del demonio. Pero con la llegada de los españoles en el siglo XVI apareció también una nueva manera de interpretar aquellas imágenes.

Los evangelizadores necesitaban explicar el cristianismo utilizando conceptos que resultaran comprensibles para las poblaciones indígenas y, al mismo tiempo, desacreditar las religiones anteriores. El mecanismo resultó bastante eficaz: los antiguos dioses podían ser presentados como demonios y sus ceremonias como manifestaciones del mal. Los cuernos, un atributo inequívocamente diabólico para el imaginario europeo, comenzaron a incorporarse a determinadas máscaras y representaciones. De repente, criaturas que originalmente no habían tenido absolutamente nada que ver con Satanás podían adquirir una apariencia reconocible para el cristianismo.
Y de aquel choque nació algo mucho más interesante que una simple sustitución de una religión por otra: un extraordinario sincretismo. El diablo se introdujo en fiestas, danzas y representaciones populares mexicanas, pero una vez allí empezó también a transformarse. Dejó de ser exclusivamente el terrible Satanás europeo para mezclarse con personajes indígenas, animales, máscaras tradicionales, humor y sátira. En algunas danzas populares mexicanas el demonio puede aparecer grotesco, burlón, exagerado e incluso ridículo. Sigue representando el mal pero es un mal al que también se puede engañar, derrotar y, sobre todo, reírse de él.
Esto explica la enorme variedad de diablos que podemos encontrar en el arte popular mexicano. Los hay con cuernos desproporcionados, alas, garras, colas, enormes dientes y combinaciones anatómicas prácticamente imposibles. Algunos parecen humanos deformados y otros se acercan más a animales fantásticos. Se elaboran máscaras y figuras utilizando madera, cuero, papel maché, metal y otros materiales, y muchas piezas actuales ya no tienen una función exclusivamente ritual: se producen también como artesanía, decoración y objetos destinados a la venta. El diablo ha terminado convirtiéndose así en un personaje reconocible del arte popular mexicano pero con una personalidad bastante más juguetona que la que encontramos en muchas representaciones religiosas europeas.
Venezuela: los diablos que bailan ante Dios
Y de México saltamos a Venezuela, donde encontramos una de las tradiciones más sorprendentes de todo este recorrido, porque aquí el diablo no permanece escondido en el infierno ni aparece únicamente como una criatura a la que hay que temer: sale a la calle, se viste de colores, se coloca una máscara descomunal y se pone a bailar. Son los famosos Diablos Danzantes de Venezuela, una tradición vinculada a la festividad católica del Corpus Christi en la que religión, máscaras, música y siglos de historia se mezclan hasta crear una celebración que, contemplada sin conocer su significado, puede resultar desconcertante. Porque ¿qué hacen un montón de demonios participando precisamente en una fiesta dedicada al Santísimo Sacramento?

La respuesta está en el propio significado del ritual. Los diablos bailan, sí, pero finalmente se rinden ante el poder de Dios. Durante la celebración, los participantes recorren las calles caracterizados con máscaras demoníacas, acompañados por música y elementos rituales, hasta llegar al momento en que se arrodillan ante el Santísimo Sacramento. El espectáculo representa así el triunfo del bien sobre el mal, aunque lo hace de una manera muchísimo más vistosa que cualquier sermón: convirtiendo a los propios demonios en protagonistas de la fiesta.
Entre todas estas celebraciones destaca la de San Francisco de Yare, en el estado de Miranda, cuyos Diablos Danzantes se encuentran entre los más conocidos del país. El Museo del Diablo sitúa el origen legendario de la tradición en el siglo XVII y cuenta una historia fantástica: durante una larga sequía, los habitantes habrían pedido al diablo que hiciera llover sobre sus campos y, una vez concedida la petición, los demonios comenzaron a bailar cada jueves de Corpus Christi.
En estas celebraciones confluyeron elementos del catolicismo introducido por los españoles con influencias africanas e indígenas, dando lugar a una tradición que terminó adquiriendo características propias en distintas comunidades venezolanas. No existe, por tanto, un único «diablo venezolano». Cambian las máscaras, los colores, la indumentaria, la música y determinados detalles dependiendo del lugar, aunque se mantiene esa idea central de unas fuerzas diabólicas que finalmente reconocen la superioridad del Santísimo.
El Tío boliviano, el diablo que manda bajo tierra
En Bolivia el diablo tiene una particularidad: no vive necesariamente en un infierno lejano, sino unos cuantos metros debajo de nuestros pies. Para encontrarlo hay que descender a las minas del altiplano, allí donde durante siglos los trabajadores se han adentrado en túneles oscuros sabiendo que, una vez bajo tierra, las reglas del mundo exterior dejan de servir. Y pocas ciudades representan mejor esta relación con el subsuelo que Oruro, situada a más de 3.700 metros de altitud y profundamente marcada por su pasado minero. Es precisamente en ese universo donde aparece una de las figuras más curiosas de la cultura andina: El Tío, una criatura asociada al mundo subterráneo que, con la llegada del cristianismo, terminó adquiriendo una apariencia y un nombre estrechamente relacionados con el diablo.
Lo interesante es que El Tío no encaja exactamente en nuestra idea occidental de Satanás. No representa simplemente el mal absoluto, sino una fuerza poderosa, peligrosa y al mismo tiempo necesaria con la que conviene mantener buenas relaciones. En numerosas minas bolivianas todavía pueden encontrarse representaciones de El Tío, normalmente figuras de aspecto demoníaco, con cuernos y rasgos exagerados, a las que los mineros realizan ofrendas. Se le ofrecen tradicionalmente hojas de coca, alcohol y cigarrillos, entre otras cosas, porque en las profundidades de la montaña es él quien simbólicamente domina el territorio. Fuera puede mandar Dios; bajo tierra, manda El Tío.
Antes de la expansión del cristianismo existían en los Andes divinidades y espíritus relacionados con las montañas y el mundo subterráneo. ESe relaciona concretamente al Tío con antiguas creencias andinas protectoras de los mineros pero con la colonización española muchas de estas figuras indígenas comenzaron a reinterpretarse utilizando conceptos cristianos. Aquello que no encajaba dentro de la nueva religión podía convertirse fácilmente en demoníaco, y la imagen del Tío terminó adquiriendo cuernos y rasgos que cualquier europeo habría identificado inmediatamente con el diablo.

Pero si hay un lugar donde esta mezcla entre el mundo andino y el cristiano explota literalmente en colores es en el Carnaval de Oruro, una de las grandes celebraciones de Bolivia. Durante varios días las calles se llenan de música, trajes espectaculares y miles de bailarines, y entre todas sus danzas destaca una que parece creada expresamente para un museo dedicado al demonio: la Diablada.
Aquí los diablos ya no permanecen escondidos en las minas. Salen a la superficie convertidos en auténticas criaturas de pesadilla, aunque unas criaturas extraordinariamente coloridas: máscaras gigantescas, ojos desorbitados, enormes colmillos, serpientes, sapos, lagartos, cuernos imposibles y decoraciones tan recargadas que cuesta decidir dónde mirar primero. La representación gira alrededor del enfrentamiento entre las fuerzas del bien y del mal, con el arcángel San Miguel imponiéndose finalmente sobre los diablos. Una vez más encontramos esa curiosísima contradicción que se repite en varias culturas: durante unas horas el demonio puede bailar, hacer ruido, ocupar las calles y convertirse incluso en el personaje más espectacular de la celebración, pero el final de la historia ya está escrito y el bien acaba venciendo.
Además, detrás de algunas de esas criaturas que aparecen en la Diablada sobreviven referencias mucho más antiguas que el propio cristianismo. Serpientes, sapos y lagartos forman parte de relatos y símbolos andinos anteriores a la llegada de los españoles, de manera que observar una máscara del carnaval es casi como contemplar varias capas de historia superpuestas: debajo está el mundo indígena, encima la evangelización cristiana y, finalmente, siglos de cultura popular boliviana transformándolo todo en una celebración propia.
La relación con la Virgen del Socavón, advocación de la Virgen de la Candelaria y patrona de los mineros, añade otra capa todavía más fascinante. Los diablos bailan pero lo hacen dentro de una celebración profundamente religiosa y la peregrinación termina vinculada al santuario de la Virgen. De esta manera, en Oruro pueden convivir sin demasiados problemas una devoción católica intensísima, antiguas creencias andinas y un personaje demoníaco al que los mineros continúan tratando con enorme respeto cuando descienden a trabajar.
Y quizá esa sea la gran diferencia entre este demonio boliviano y muchos de los que hemos visto hasta ahora. Al Tío no hace falta quererlo pero sí conviene tenerlo contento. Dentro de una mina, donde un desprendimiento, una explosión o cualquier accidente puede separar la vida de la muerte en cuestión de segundos, resulta fácil comprender por qué durante generaciones los trabajadores han buscado protección en todo aquello que pudiera ofrecérsela. La superstición aquí no nació en un salón, sino en la oscuridad, entre roca, polvo y kilómetros de galerías.
Letonia: un diablo ingenuo y perezoso
Después de tantos demonios terroríficos, seres sedientos de sangre y criaturas empeñadas en condenar almas, el diablo de las leyendas letonas resulta casi entrañable. En el folclore de Letonia no siempre aparece como la encarnación absoluta del mal que conocemos a través del cristianismo, sino como un personaje extraordinariamente fuerte, sí, pero también ingenuo, perezoso y no demasiado espabilado. Tanto es así que buena parte de las historias tradicionales consisten precisamente en eso: humanos que consiguen engañar al mismísimo diablo. Imagina una criatura sobrenatural capaz de mover fuerzas enormes pero incapaz de darse cuenta de que un simple campesino le está tomando el pelo.
El personaje recibe habitualmente el nombre de Velns y pertenece a una tradición mucho más antigua y compleja que la imagen cristiana de Satanás. Con el paso del tiempo, diferentes creencias paganas fueron mezclándose con las cristianas y Velns terminó convertido en “el diablo”, aunque conservando características que poco tienen que ver con Lucifer. En los cuentos y mitos letones ni siquiera vive en el infierno. Su reino se encuentra en un mundo paralelo parecido al nuestro y, como ocurre tantas veces en el folclore báltico, las puertas que conducen hasta él se esconden en lugares donde la naturaleza parece guardar algún secreto: cuevas, pantanos, bosques, arroyos, debajo de determinadas piedras, junto al mar e incluso en cementerios.
Y precisamente esos lugares fronterizos entre nuestro mundo y el suyo alimentaron durante siglos toda clase de historias. Se decía que el diablo podía secuestrar personas y llevárselas a sus dominios pero también que podía ser derrotado utilizando algo mucho más sencillo que una espada o un exorcismo: la astucia. Una de las leyendas recogidas por el museo cuenta la historia de un hombre que buscaba su caballo en mitad del bosque mientras se aproximaba una tormenta. Allí encontró a un anciano que afirmaba ser nada menos que el padre del trueno, quien le entregó una gran bala y le indicó dónde se ocultaba el diablo, en una zona profunda del río. Cuando Velns apareció provocándolo y enseñándole el trasero, el hombre lanzó la bala y el resultado fue una enorme explosión de agua. Al parecer, aquello debió de traumatizar bastante al pobre demonio porque, según la historia, nunca volvió a esconderse en aquel lugar.

Entre los antiguos pastores letones existía una fórmula para recuperar aquello que desaparecía mientras el ganado pastaba. Si perdían algún objeto, podían fabricar una especie de cabellera del diablo con un manojo de hierba, colocarla bajo una piedra y ordenar al demonio que devolviera lo robado. Una pequeña amenaza sobrenatural que, al menos según la tradición, podía resultar bastante efectiva.
Y esto es precisamente lo que hace tan interesante al diablo letón: provoca respeto pero también se presta a la burla. Es poderoso sin ser invencible, sobrenatural sin resultar necesariamente maligno y peligroso sin dejar de ser un personaje al que un ser humano suficientemente listo puede poner en evidencia. La figura de madera que vemos en el museo parece representar perfectamente ese carácter: cuernos, orejas puntiagudas y aspecto inequívocamente diabólico pero también unos enormes ojos redondos y una expresión casi cómica que cuesta asociar con el señor de los infiernos.
El diablo georgiano y su propia bebida
En Georgia, o Sakartvelo, como llaman los georgianos a su propio país, hasta el diablo acaba inevitablemente relacionado con el vino. Y no podía ser de otra manera en una tierra que presume de una tradición vinícola de unos 8.000 años, una de las más antiguas del planeta, donde el vino forma parte de la historia, de la religión, de las celebraciones y prácticamente de la identidad nacional. Entre las leyendas que recoge el Museo del Diablo de Kaunas hay una especialmente divertida que explica no solo el nacimiento del vino, sino también el de otra bebida mucho más peligrosa: la chacha, el potente aguardiente georgiano elaborado tradicionalmente a partir del orujo de la uva.
Cuenta la historia que, cuando Dios vivía en la Tierra, decidió hacer un poco más llevadera la existencia de los seres humanos, obligados a trabajar después de haber sido expulsados del Paraíso. Pensó durante mucho tiempo qué podía regalarles hasta que tuvo una idea extraordinaria: crear una bebida que les permitiera experimentar, aunque solo fuera durante unos instantes, la sensación de estar de nuevo en el Paraíso. Así nació el vino. Satisfecho con el resultado, Dios reunió a los ángeles y también invitó al diablo para que lo probaran. A todos les encantó, incluido Satanás, pero este último tenía un problema bastante humano: no soportaba que Dios hubiera sido capaz de inventar algo tan bueno.

Picado por la envidia, el diablo decidió fabricar su propia bebida. Si Dios había creado el vino con buenas uvas, él recurriría a uvas de peor calidad y a los restos que quedaban después de prensarlas. El resultado fue la chacha, un aguardiente transparente y contundente que puede alcanzar graduaciones alcohólicas bastante respetables y que sigue siendo una de las bebidas tradicionales más características de Georgia.
Dios aceptó probar el invento de su rival. Se bebió una copa. Después otra. Luego una tercera y finalmente una cuarta. El diablo, encantado con el éxito de su creación, no pudo contenerse y le dijo algo parecido a «los que beban tres son míos, y los que lleguen a cuatro, tuyos». Dios acababa de descubrir, por lo visto, que con la chacha convenía andarse con bastante más cuidado que con el vino.
De esa historia procede una de las curiosidades más simpáticas que recoge el museo: todavía existe la tradición entre algunos tamada, los maestros de ceremonias que dirigen los brindis durante la supra o banquete tradicional georgiano, de recomendar que, después de la cuarta copa, se beba inmediatamente una quinta.
Užgavėnės: el diabólico carnaval lituano
Una de las tradiciones más curiosas que aparecen en el Museo del Diablo es Užgavėnės, una antigua celebración lituana que tiene lugar justo antes de la Cuaresma y que podría compararse, salvando las distancias, con nuestro Carnaval. Pero aquí la fiesta tiene un objetivo bastante más ambicioso que disfrazarse y comer hasta reventar: hay que echar al invierno y conseguir que vuelva la primavera. Y para lograrlo, cuanto más ruido, más comida, más máscaras grotescas y más jaleo, mejor.
Las máscaras tradicionales de Užgavėnės son probablemente una de las cosas que más llaman la atención. Se fabricaban con materiales sencillos, especialmente madera, pieles y pelo, y representaban personajes deliberadamente feos y exagerados: diablos, brujas, animales y criaturas con enormes narices, dientes desproporcionados, cuernos y barbas. La que podéis ver en la fotografía del museo es un ejemplo perfecto. Durante la celebración, los participantes se colocaban estas máscaras y recorrían las calles haciendo ruido, bailando y visitando las casas.

Pero Užgavėnės estaba rodeado también de supersticiones realmente peculiares. Ese día había trabajos que estaban completamente prohibidos. No se podía hilar ni fabricar cuerdas, tampoco moler el grano y, atención, las chicas ni siquiera debían peinarse. Saltarse estas normas podía traer todo tipo de desgracias durante el año: el lino podía pudrirse, los gusanos comerse el tocino, el ganado dejar de alimentarse o incluso el viento llevarse el tejado de la casa.
Y luego estaba la comida, porque si algo no se hacía durante Užgavėnės era pasar hambre. La tradición hablaba de comer hasta doce veces durante el día, una comida por cada mes del año, como una especie de garantía simbólica de que durante los doce meses siguientes nunca faltaría alimento en casa. Lo más divertido es que, según explica el propio museo, en algunas regiones de Lituania incluso comenzaban a “entrenarse” varios días antes: cuatro comidas el jueves, cinco el viernes, seis el sábado y así sucesivamente hasta llegar preparados para el gran día.
El demonio encaja perfectamente dentro de todo este universo porque el velnias, el diablo del folclore lituano, no siempre es esa encarnación absolutamente maligna que conocemos por la tradición cristiana. Puede ser peligroso, sí, pero también burlón, torpe, tramposo e incluso bastante fácil de engañar. En Užgavėnės aparece convertido en uno más de esos personajes grotescos que toman las calles durante unas horas y ponen el mundo patas arriba.
Lituania, el hogar de este particular museo, ha dejado un amplio espacio para su propio folclore sobre el diablo. En esta sección encontramos además la leyenda de los molinos ya que en Lituania existía la creencia de que estas criaturas podían instalarse en ellos y ayudar al molinero a realizar su trabajo, haciendo girar las aspas y las enormes piedras utilizadas para triturar el grano. No resulta demasiado extraño que surgieran historias semejantes: durante siglos, un molino aislado, con sus gigantescas aspas moviéndose en mitad del paisaje y todos aquellos engranajes funcionando en su interior, debía de resultar un escenario perfecto para imaginar la presencia de fuerzas sobrenaturales.

Esta relación entre molinos y demonios se hizo especialmente popular en Lituania gracias a Kazys Boruta y su novela Baltaragio malūnas —El molino de Baltaragis—, una de las obras más conocidas de la literatura lituana del siglo XX. La historia mezcla amor, tragedia, humor, supersticiones y personajes procedentes del folclore tradicional, entre ellos el diablo. Y aquí el diablo vuelve a alejarse bastante de ese Satanás terrorífico que estamos acostumbrados a encontrar en la tradición cristiana.
El diablo y la música
La relación entre el diablo y la música es muchísimo más antigua de lo que podría parecer y, además, aparece en culturas y épocas muy diferentes. Durante siglos se creyó que una habilidad musical extraordinaria podía esconder algo sobrenatural detrás y, cuando un músico tocaba demasiado bien para ser humano, la explicación popular era bastante sencilla: había hecho algún tipo de trato con el diablo. La música tenía algo inquietante para una sociedad profundamente religiosa, porque era capaz de provocar emociones, alterar el ánimo, hacer bailar, despertar deseos y llevar a las personas a comportarse de una manera que escapaba momentáneamente de las normas. Y todo aquello que escapaba al control podía acabar fácilmente asociado con el demonio.
Uno de los instrumentos que más sufrió esta fama fue el violín. Desde aproximadamente los siglos XVII y XVIII comenzaron a circular por Europa historias sobre violinistas que habían aprendido a tocar gracias al mismísimo diablo. El ejemplo más famoso es el del compositor italiano Giuseppe Tartini, autor de la célebre Sonata del Trino del Diablo. Según contó el propio Tartini, una noche soñó que había entregado su alma al diablo y que este tomó su violín y comenzó a interpretar una música de una belleza extraordinaria. Al despertar intentó reproducir lo que había escuchado durante el sueño y de aquella experiencia habría nacido su famosa sonata. Tartini reconocería que lo escrito no alcanzaba ni de lejos la maravillosa música que había escuchado tocar al demonio.
Todavía más espectacular fue la leyenda creada alrededor de Niccolò Paganini. Su virtuosismo era tan extraordinario para comienzos del siglo XIX, su aspecto tan peculiar y su manera de tocar tan teatral que empezaron a circular rumores asegurando que semejante talento solamente podía explicarse mediante un pacto con Satanás. Se contaba incluso que algunos espectadores habían visto al diablo junto a él durante sus conciertos. Paganini no necesitaba realmente ninguna ayuda sobrenatural: poseía una técnica excepcional y además aprovechó inteligentemente aquella imagen misteriosa. Pero la leyenda llegó a alcanzar tales dimensiones que, cuando murió en 1840, las autoridades eclesiásticas de Niza inicialmente le negaron un entierro católico.
El mismo argumento reaparece al otro lado del Atlántico con una de las historias más famosas de la música popular estadounidense. El bluesman Robert Johnson quedó unido para siempre a la leyenda de que había acudido de noche a un cruce de caminos de Mississippi y allí había entregado su guitarra al diablo a cambio de convertirse en un músico excepcional. El demonio habría afinado el instrumento, se lo habría devuelto y, desde ese momento, Johnson habría adquirido un talento extraordinario. La historia probablemente fue construyéndose y exagerándose después, pero títulos de algunas de sus canciones, como Cross Road Blues, Me and the Devil Blues o Hellhound on My Trail, contribuyeron enormemente a alimentar el mito. Yo ya te conté esta historia en el relato de mi viaje por Mississippi y mi visita al pueblo de Clarksdale, donde se supone que Johnson vendió su alma a Lucifer.

Precisamente los cruces de caminos aparecen una y otra vez en las leyendas relacionadas con músicos y seres sobrenaturales. No es casualidad. Desde tiempos antiguos, los lugares donde se cruzaban varios caminos fueron considerados espacios fronterizos, puntos en los que el mundo conocido parecía encontrarse con lo desconocido y donde podían aparecer espíritus, demonios o divinidades. Aprender una melodía imposible, recibir un instrumento mágico o vender el alma a cambio de talento encajaba perfectamente en estos escenarios.
También determinadas combinaciones de notas terminaron relacionadas con el demonio. El ejemplo más famoso es el tritono, un intervalo musical que durante mucho tiempo ha estado rodeado por la historia de que en la Edad Media era conocido como diabolus in musica, “el diablo en la música”. Aquí conviene separar realidad y leyenda: el tritono produce una sensación de tensión e inestabilidad y fue tratado con cautela en determinados contextos musicales pero la popular idea de que la Iglesia medieval lo tenía formalmente “prohibido” por considerarlo satánico es una exageración posterior. Aun así, la asociación sobrevivió y terminó convirtiéndose en uno de los recursos musicales favoritos para crear ambientes oscuros e inquietantes.
Con la llegada del rock y posteriormente del heavy metal, el viejo demonio musical encontró un terreno perfecto para reinventarse. Grupos y músicos utilizaron cruces invertidas, pentagramas, letras provocadoras e imágenes infernales, unas veces por interés real por el ocultismo y muchas otras simplemente como provocación, espectáculo o estrategia estética. El tritono aparece precisamente en uno de los riffs más reconocibles del heavy metal, el de Black Sabbath, contribuyendo a crear esa atmósfera oscura que terminaría definiendo buena parte del género.
Lo curioso es que esta asociación entre música y demonio dice probablemente mucho más sobre nosotros que sobre el propio diablo. Cada generación ha tendido a considerar peligrosa la música de la siguiente: ocurrió con determinados bailes populares, después con el blues y el jazz, más tarde con el rock y finalmente con el heavy metal. Cuando una música resultaba demasiado nueva, demasiado sensual, demasiado ruidosa o simplemente demasiado difícil de comprender, el diablo siempre estaba disponible para cargar con la culpa. Y quizá por eso tiene tanto sentido encontrar instrumentos, músicos y demonios juntos en un museo como el Museo del Diablo de Kaunas: pocas artes han estado tan relacionadas con lo sobrenatural, la tentación y la idea de vender el alma a cambio de un talento imposible.
El diablo y las brujas
Hablar del diablo conduce casi inevitablemente a hablar de brujas, porque durante siglos ambas figuras estuvieron tan estrechamente relacionadas que prácticamente llegaron a formar parte de una misma historia. Sin embargo, esta asociación no existió siempre. Las creencias en mujeres capaces de practicar magia, curanderas, hechiceras y personajes femeninos relacionados con fuerzas sobrenaturales son muchísimo más antiguas que la imagen cristiana de la bruja como servidora de Satanás. Fue sobre todo durante la Edad Media tardía y la Edad Moderna cuando comenzó a consolidarse en Europa una idea que tendría consecuencias terribles: la bruja obtenía sus poderes gracias a un pacto con el diablo.
Según aquella visión, el demonio podía presentarse ante una mujer y ofrecerle poderes sobrenaturales a cambio de su fidelidad, de renunciar a Dios o, en las versiones más extremas, de entregarle su alma. A partir de los siglos XV y XVI, tratados de demonología y procesos judiciales fueron añadiendo detalles cada vez más fantásticos a esta supuesta relación. Se hablaba de pactos escritos y firmados con sangre, de marcas dejadas por el demonio sobre el cuerpo, de espíritus familiares y de encuentros nocturnos en lugares apartados. Lo que inicialmente pertenecía al terreno de las leyendas terminó siendo utilizado como argumento en acusaciones y procesos reales contra miles de personas.

Y aquí aparece uno de los elementos más famosos de todo el imaginario de la brujería: el aquelarre. Según los relatos difundidos durante las persecuciones de brujas, estas abandonaban sus casas por la noche y acudían a reuniones clandestinas en bosques, montañas o lugares alejados de las poblaciones. Allí las esperaba el diablo, que podía aparecer con aspecto humano, como una criatura monstruosa o bajo la forma de determinados animales, especialmente un gran macho cabrío. Supuestamente se celebraban banquetes, bailes y rituales que invertían deliberadamente las ceremonias cristianas. Buena parte de esta descripción procedía, sin embargo, de interrogatorios, confesiones obtenidas bajo presión, tratados demonológicos y la imaginación de quienes perseguían la brujería, por lo que no debemos interpretarla como una descripción literal de reuniones que realmente sucedieran de aquella manera.
El macho cabrío acabaría convirtiéndose precisamente en uno de los grandes nexos visuales entre brujas y demonios. Los cuernos, las patas de cabra y determinados rasgos animales fueron incorporándose progresivamente a la representación occidental del diablo hasta crear esa imagen que hoy reconocemos inmediatamente. Francisco de Goya jugaría siglos después con todo este imaginario en obras como El aquelarre, donde un enorme macho cabrío preside una reunión de brujas, transformando aquellas viejas supersticiones en una escena deliberadamente inquietante.
Durante los siglos de las grandes cazas de brujas, especialmente entre los siglos XV y XVII, la supuesta relación con Satanás convirtió la brujería en algo mucho más grave que practicar magia. La acusada dejaba de ser simplemente una hechicera para convertirse en una enemiga de Dios, integrante de una conspiración demoníaca que supuestamente amenazaba a toda la sociedad cristiana. Libros como el Malleus Maleficarum, publicado a finales del siglo XV, contribuyeron a difundir muchas de estas ideas y a reforzar la obsesión por descubrir pactos diabólicos.
¿Fue el diablo el inventor del alcohol?
La relación entre el diablo y el alcohol aparece una y otra vez en las leyendas populares europeas y Lituania no es una excepción. De hecho, aquí encontramos una de las versiones más curiosas: según antiguas creencias lituanas, el mismísimo diablo habría sido el creador del vodka, una bebida que llegó a recibir nombres populares relacionados con él, algo parecido a las gotas del diablo. La explicación tenía una clara intención moral: el alcohol en pequeñas cantidades podía formar parte de una celebración pero cuando se bebía demasiado hacía que las personas perdieran el control, discutieran, insultaran, se pelearan y se comportaran de una manera que jamás lo harían estando sobrias. Y precisamente ahí era donde entraba en escena el demonio, porque las debilidades humanas eran consideradas su mejor arma.

Una antigua expresión recogida en el Museo del Diablo de Kaunas lleva esta relación todavía más lejos y asegura que Lucifer fabricó el vodka con orina de cabra. Dios habría permitido a los hombres beber únicamente dos tragos: el primero estaba dedicado a Dios y el segundo a uno mismo. Pero había que tener mucho cuidado porque el tercer trago pertenecía al diablo. A partir de ese momento comenzaba la borrachera y, simbólicamente, también el dominio del demonio sobre la persona. Incluso la sensación de ardor que produce un licor fuerte al bajar por la garganta encontró su explicación en estas historias, relacionándola directamente con el fuego y el infierno.
El idioma popular terminó incorporando numerosas expresiones relacionadas con esta asociación. El vodka casero podía recibir nombres equivalentes a “lágrimas del diablo”, al borracho se le relacionaba con la “garganta del diablo” y una taberna podía convertirse directamente en “la casa del diablo”. No era simplemente una forma divertida de hablar: detrás de estas expresiones había una advertencia muy clara contra los excesos y una manera sencilla de explicar algo que durante siglos se observó en cualquier taberna de pueblo: después de unas cuantas copas, una persona podía convertirse en alguien completamente diferente.
El diablo, las cabras y los carneros
Si hay un animal que inevitablemente asociamos con la imagen del diablo es la cabra y, por extensión, el macho cabrío y el carnero. Cuernos, barba, pezuñas, patas animales y una mirada inquietante forman parte de una representación que llevamos siglos viendo en pinturas, grabados, esculturas y leyendas. Sin embargo, esta apariencia no nació de la noche a la mañana ni procede exclusivamente del cristianismo. Sus raíces se encuentran en antiguas creencias paganas, en las que animales con cuernos y divinidades vinculadas a la naturaleza, la fertilidad y los instintos ocupaban un lugar importante. Con la expansión del cristianismo, algunos de esos símbolos fueron reinterpretados y terminaron incorporándose poco a poco a la iconografía del demonio.
En Lituania, esta relación resulta especialmente interesante porque el diablo del folclore tradicional mantiene una conexión muy estrecha con el ganado. Las historias cuentan que podía poseer rebaños, crear animales e incluso transformarse él mismo en una cabra. Según algunas leyendas, intentó fabricar una siguiendo el ejemplo de Dios, aunque, como suele suceder en los cuentos populares en los que aparece, su creación no salió precisamente perfecta. La cabra acabó vinculándose a él por su carácter considerado testarudo e indomable y, sobre todo, por unos rasgos físicos que parecían hechos a medida para identificar al demonio: cuernos, barba, pezuñas y cola.

Pero esta asociación va mucho más allá de Lituania. Durante la Edad Media europea, la representación del diablo fue adquiriendo progresivamente características animales. Los artistas necesitaban proporcionar al mal una imagen fácilmente reconocible y recurrieron a elementos que ya estaban presentes en seres mitológicos anteriores. Las patas y pezuñas de cabra, los grandes cuernos y el cuerpo parcialmente cubierto de pelo terminaron convirtiéndose en una especie de código visual: bastaba incluir algunos de estos elementos para que cualquiera entendiera que estaba delante de una criatura demoníaca.
Como comentaba antes, el macho cabrío adquirió además una poderosa carga simbólica relacionada con la brujería. En numerosos relatos de los siglos de las persecuciones por brujería se afirmaba que el diablo podía presentarse durante los aquelarres convertido en un enorme macho cabrío, mientras que las supuestas brujas bailaban a su alrededor, le rendían homenaje o pactaban con él. Buena parte de estas descripciones procedían de interrogatorios, tratados demonológicos y procesos judiciales, por lo que no deben entenderse como descripciones de ceremonias realmente demostradas, sino como parte del imaginario religioso y persecutorio de la época.
También el carnero, con sus espectaculares cuernos curvados, contribuyó a construir esta imagen. Cabras, machos cabríos y carneros acabaron mezclándose en las representaciones artísticas hasta formar ese demonio híbrido que hoy reconocemos inmediatamente. Por eso, cuando recorremos el Museo del Diablo de Kaunas, encontramos una y otra vez figuras con cuernos exagerados, barbas puntiagudas, pezuñas y rostros que recuerdan claramente a estos animales. No es una elección puramente estética: detrás de cada uno de esos rasgos hay siglos de mitología, religión y folclore superpuestos.
Lo más curioso es que la cabra no siempre tuvo una consideración negativa. Durante miles de años fue fundamental para numerosas sociedades y estuvo relacionada con la fertilidad, la abundancia y las fuerzas de la naturaleza. Fue la reinterpretación posterior de determinados símbolos paganos la que ayudó a convertirla en uno de los animales más estrechamente asociados con el demonio. Y la transformación fue tan efectiva que ha llegado prácticamente intacta hasta nuestros días: basta dibujar dos grandes cuernos sobre una cabeza para que casi todos pensemos inmediatamente en el diablo.
El mal de ojo
Una de las secciones más curiosas del Museo del Diablo de Kaunas está dedicada precisamente al mal de ojo, una superstición tan antigua y tan extendida que resulta sorprendente comprobar cómo pueblos separados por miles de kilómetros terminaron compartiendo prácticamente el mismo miedo: la posibilidad de que una mirada cargada de envidia, resentimiento o alguna fuerza inexplicable fuera capaz de provocar una desgracia. El museo sitúa el desarrollo de esta creencia en la antigua Mesopotamia, territorio correspondiente en buena parte al actual Irak, desde donde habría ido extendiéndose hacia Oriente Próximo, Asia Central, el norte de África y Europa. Lo verdaderamente fascinante es que no estamos hablando de una superstición desaparecida hace siglos; todavía hoy seguimos viendo ojos azules protectores colgados en casas y comercios, manos de Fátima convertidas en colgantes y pequeños amuletos que millones de personas llevan consigo sin detenerse quizá a pensar que detrás de ellos existe un miedo antiquísimo: el poder de una mirada.
¿Y quién podía echar el mal de ojo? Se decía que eran especialmente propensas las personas ancianas, enfermizas o muy delgadas y, sobre todo, las mujeres, aunque los hombres tampoco estaban completamente libres de sospecha. Una idea que dice probablemente mucho más sobre los prejuicios de aquellas sociedades que sobre cualquier supuesto poder sobrenatural. También podían poseer una mirada peligrosa los diablos y las brujas y, por si no hubiera suficientes motivos para preocuparse, determinados animales como lobos, búhos y serpientes. El problema es que ni siquiera hacía falta enfrentarse al supuesto portador del mal de ojo: hablar con él o estrecharle la mano podía ser suficiente para poner en marcha una auténtica colección de calamidades.

Después del encuentro podían morir los animales, dejar de crecer las cosechas, dejar las vacas de producir leche, estropearse los alimentos, aparecer enfermedades e incluso perderse la belleza. En los casos más extremos, la víctima podía morir. No resulta difícil comprender por qué semejante superstición arraigó con tanta fuerza en las antiguas sociedades rurales. Cuando una familia dependía de una cosecha o de unas pocas cabezas de ganado para sobrevivir y todavía no existían explicaciones científicas para muchas enfermedades, encontrar un culpable invisible permitía dar sentido a una sucesión de desgracias que, de otro modo, resultaban incomprensibles.
Pero si existía el mal, también había que inventar maneras de mantenerlo a raya. En Francia existía la creencia de llevar un poco de sal y tocarla al encontrarse con algún vecino sospechoso de poseer el mal de ojo. En Italia, en cambio, podía recurrirse a los dedos formando los famosos corni, los cuernos (esos que popularizò Ronnie James Dio precisamente por su ascendencia italiana) o realizar el gesto de la fica, antiquísimos símbolos protectores utilizados contra la mala suerte. En Oriente Próximo encontramos una imagen muchísimo más familiar: el ojo protector, además de otros amuletos destinados a devolver o desviar esa mirada maligna. A ellos se sumaban herraduras, cuentas de vidrio azul, cordones rojos y la hamsa o mano de Fátima, objetos que terminaron cruzando religiones, fronteras y generaciones.
Otras piezas interesantes del museo
Entre las piezas más curiosas de la colección de Antanas Žmuidzinavičius hay una que demuestra hasta qué punto su afición por los diablos era conocida fuera de Lituania: un juego de café decorado íntegramente con motivos diabólicos. La historia del conjunto es casi tan interesante como las propias piezas y comienza cuando se acercaba el 80 cumpleaños del artista. Un grupo de pintores letones quería hacerle un regalo especial y pidió consejo al ceramista lituano Vaclovas Miknevičius. Su propuesta, hecha con bastante sentido del humor, fue evidente: si había que regalar algo a un hombre que llevaba décadas reuniendo diablos, ¿por qué no regalarle también una vajilla llena de ellos?

La idea siguió adelante y la ceramista letona Latvīte Midniece creó un extraordinario servicio de café pensado nada menos que para 13 personas. Y el número difícilmente podía ser más apropiado: el 13, asociado tradicionalmente en buena parte de Occidente con la mala suerte y la superstición, encajaba perfectamente en una colección dedicada al mismísimo demonio. Pero todavía había otro detalle que hacía que el regalo fuera único: cada una de las piezas fue decorada por un artista diferente, de manera que el conjunto acabó convirtiéndose prácticamente en una pequeña obra colectiva.
Entre los objetos más singulares del Museo del Diablo de Kaunas hay uno que fácilmente podría pasar desapercibido entre tantas criaturas con cuernos: un bastón de madera completamente tallado y repleto de animales asociados tradicionalmente con el infierno, como sapos, lagartos y serpientes. La pieza fue realizada por el artista popular Nikodemas Linkevičius y lleva el sugerente título de Un diablo enfurecido con el sacerdote mayor. Fue un regalo de Vladas Tumas a Antanas Žmuidzinavičius por su 80 cumpleaños.

En la empuñadura aparece un diablo sonriente y burlón, originalmente con todos sus dientes tallados en madera. Žmuidzinavičius, lejos de guardar el bastón como una simple pieza de colección, lo utilizaba realmente para salir a pasear. En una de aquellas caminatas el bastón cayó al suelo y uno de los dientes del demonio se rompió. Y aquí llega la parte más curiosa de la historia: la esposa del pintor era una conocida dentista del Kaunas de entreguerras y decidió solucionar el problema como habría hecho con cualquiera de sus pacientes. Le colocó al diablo un diente de oro.
Y como última imagen, la de esta estatuilla que representa a Hitler y Stalin, ambos responsables de la muerte de millones de personas, muchas de ellas lituanas. La prueba palpable de que el diablo puede tener de humano mucho más de lo que la mayoría de nosotros esperaríamos.


Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario