Nueva Orleans: la ciudad del vudú

La sigu­iente eta­pa de nue­stro via­je (la más larga ya que pasaríamos allí cua­tro noches) nos lle­varía al esta­do de Louisiana, prob­a­ble­mente el más mis­te­rioso de todo Esta­dos Unidos y tam­bién uno de los más impre­sio­n­antes a niv­el nat­u­raleza, con kilómet­ros y kilómet­ros de pan­tanos y cié­na­gas. De hecho, una de las cosas que más impacta al irse acer­can­do a Nue­va Orleans es el acce­so a la ciu­dad por un puente-autopista larguísi­mo que cruza por enci­ma de las aguas pan­tanosas, bajo un cielo total­mente encapota­do. Recor­dad que llegábamos a Louisiana en ple­na época de hura­canes (mes de Sep­tiem­bre), por lo que andábamos la may­or parte del día con un ojo en las nubes. Al final tuvi­mos suerte y sólo nos cayó un chap­ar­rón de media hora una de las mañanas y otra tor­men­ta la últi­ma tarde. Eso sí, aquí, cuan­do se pone a llover, ni te lo ves venir: de repente descar­ga una trom­ba de agua que ríete del Dilu­vio Uni­ver­sal.

 

Como ese día habíamos madru­ga­do bas­tante ya que des­de Mem­phis a Nue­va Orleans son cer­ca de seis horas de coche y queríamos estar en Nue­va Orleans poco después de com­er, decidi­mos parar a hac­er la comi­da en el pueblo de Ham­mond, ya en Louisiana, en un fan­tás­ti­co restau­rante lla­ma­do Don’s Seafood (luego hemos vis­to que tienen otros locales en otras ciu­dades del esta­do como Lafayette y Baton Rouge). El sitio fue de lo mejorci­to de todo el via­je: una dec­o­ración pre­ciosa y de lo más exóti­ca (la fotografía de ahí arri­ba lo ates­tigua) y espe­cial­iza­dos en pesca­do y marisco. Mi mari­do aprovechó para atre­verse con una de las deli­cias locales, el cat­fish o lo que nosotros cono­ce­mos como sil­uro, ese pez enorme que puede lle­gar a alcan­zar los cin­co met­ros y que inclu­so ata­ca a los pájaros que beben en las oril­las de los ríos. Lo cier­to es que esta­ba deli­cioso.

 
 
 

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Uno de los grandes atrac­tivos de Louisiana es que si en gen­er­al en USA la mul­ti­cul­tur­al­i­dad es algo exten­di­do has­ta cualquier rincón (a fin de cuen­tas, es una nación cuya población deri­va prin­ci­pal­mente de inmi­grantes), ya en estas tier­ras la var­iedad racial alcan­za límites inabar­ca­bles. Hay que ten­er en cuen­ta que este esta­do acogía a muchísi­mas tribus indoamer­i­canas cuan­do lle­garon los primeros col­o­nizadores, como los Cad­do, los Natchez, los Choctaw, los Houma, los Chiti­macha o los Tuni­ca, y muchos de sus descen­di­entes aún siguen vivien­do en estas tier­ras.

Entre los cua­tro mil­lones de per­sonas que pueblan Louisiana, se encon­tra­ban tam­bién los cajunes (descen­di­entes de colonos france­ses, gen­eral­mente gente humilde que vivía en el cam­po) y criol­los, cuyos antepasa­dos eran los france­ses y españoles que dom­i­naron este área y que acabaron mez­clán­dose con otras etnias (tam­bién eran criol­los todas las per­sonas de col­or libres en época de la col­o­nización france­sa) e his­panoamer­i­canos y europeos que fueron ater­rizan­do aquí con el paso de los años. Sin embar­go, la may­oría afroamer­i­cana, descen­di­ente de los antigu­os esclavos (hay que incidir en que Louisiana fue uno de los esta­dos donde más se prac­ticó la esclav­i­tud), es la que sigue imperan­do en estas lat­i­tudes: en Nue­va Orleans un 62% de la población es negra. Y recal­co esto porque antes de meterme con la visi­ta en sí a Nue­va Orleans, quiero hac­er un breve análi­sis de lo que supu­so para la ciu­dad la lle­ga­da del huracán Kat­ri­na en el año 2005 y lo que influyó que la may­or parte de la población fuera negra y desahu­ci­a­da: más del 30% viv­en por deba­jo del umbral de la pobreza y un 52% de los negros en edad de tra­ba­jar se encuen­tran sin empleo.

 

El Kat­ri­na ha sido una de las peo­res catástro­fes nat­u­rales de Esta­dos Unidos en toda su his­to­ria. Un huracán de cat­e­goría 5 que tra­jo vien­tos de más de 240 kilómet­ros por hora y que en pocas horas dejó inun­da­do un 80% de la ciu­dad, al encon­trarse esta tres met­ros por deba­jo del niv­el del mar. El gran prob­le­ma es que como bien denun­cia la serie “Treme” (ambi­en­ta­da en Nue­va Orleans y que aprove­cho para recomen­daros, así como el libro “Zeitoun” de Dave Eggers, donde se rela­ta como fueron los días pos­te­ri­ores al Kat­ri­na), el colap­so de los diques del lago Portch­train podía haberse evi­ta­do y fue una neg­li­gen­cia abso­lu­ta del Cuer­po de Inge­nieros del Ejérci­to, encar­ga­do de su man­ten­imien­to. Los habi­tantes de Nue­va Orleans se que­ja­ban, y con razón, de que su pro­pio gob­ier­no les había aban­don­a­do por ser negros y pobres: os recuer­do que sólo dos años antes del Kat­ri­na, Nue­va York sufrió un apagón casi de la impor­tan­cia que el que sufrieron en 1965 y que en 2012 el huracán Sandy arrasó Man­hat­tan y en ambas oca­siones el ejérci­to se mov­i­lizó para que la nor­mal­i­dad se restableciera en sólo unas pocas horas.

Sin embar­go, en Nue­va Orleans se dejó a sus habi­tantes total­mente desam­para­dos. Pese a que con prisas y sólo unas horas antes el alcalde ordenó evac­uar la ciu­dad, fueron muchos los que no pudieron per­mitírse­lo (esta­mos hablan­do de famil­ias que no tenían ni para com­er) y otros tan­tos los que se negaron a aban­donar sus casas y sus perte­nen­cias, temien­do que cuan­do volvier­an se encon­traran sus hog­a­res en ruinas (y no se equiv­o­ca­ban, más de 100.000 casas quedaron destru­idas, una de cada cua­tro, con­vir­tien­do a Nue­va Orleans en la ciu­dad de Esta­dos Unidos con más casas aban­don­adas). Olas de siete met­ros arrasaron la ciu­dad por com­ple­to: la gente se hacin­a­ba en el esta­dio Super­dome sin comi­da ni agua, los saque­os en los com­er­cios eran con­stantes, las imá­genes de famil­ias enteras pidi­en­do ayu­da des­de las azoteas colap­saron los tele­di­ar­ios. El tur­is­mo bajó de un año a otro de diez mil­lones de vis­i­tantes a solo tres; de una población ini­cial de casi medio mil­lón de per­sonas, 100.000 se fueron y no volvieron jamás. Lo peor, las pér­di­das humanas: más de 1.800 muer­tos y más de 130 desa­pare­ci­dos. Comen­to esto porque una de las cosas que más duele al vis­i­tar Nue­va Orleans es per­catarse de la can­ti­dad de casas aban­don­adas que te encuen­tras a cada paso, diez años después de esta triste trage­dia. En el bar­rio donde alquil­am­os nues­tra casa, a unos diez min­u­tos en coche del cen­tro, aún eran vis­i­bles en muchas vivien­das las huel­las de los destro­zos que oca­sionó el Kat­ri­na. La población se ha res­ig­na­do a vivir puer­ta con puer­ta con tan dolorosos recuer­dos.

 

Hablan­do de la casa que alquil­am­os, lo cier­to es que acabamos con­tentísi­mos. Ya comen­té que tan­to Chica­go como Nue­va Orleans son ciu­dades “into­ca­bles” a la hora de bus­car alo­jamien­to en el cen­tro: una media de 150 dólares la noche en cualquier hotel nor­mal­i­to. Ante ese panora­ma, opta­mos por Airbnb y le alquil­am­os la casa a un chaval aus­traliano, esa que veis ahí aba­jo: has­ta tenía su jardín y su porche con bar­ba­coa. Nos salieron las cua­tro noches entre los cua­tro que íbamos por poco más de 500 dólares: vamos, prác­ti­ca­mente la mitad de lo que hubiéramos paga­do en un hotel. Casa grandísi­ma con todas las como­di­dades y con super­me­r­ca­dos a sólo diez min­u­tos andan­do. Éramos los úni­cos blan­cos del vecin­dario pero todo el mun­do ama­bilísi­mo con nosotros, además, el bar­rio era súper tran­qui­lo y por las noches no se oía ni una mosca (a excep­ción de las lejanas sire­nas de la policía, os sigo recor­dan­do que Nue­va Orleans es de las ciu­dades más peli­grosas de Esta­dos Unidos). Respec­to al tema inse­guri­dad, nosotros no tuvi­mos en la prác­ti­ca ningún prob­le­ma pero es cier­to que se ve una altísi­ma pro­por­ción de gente sin hog­ar y adic­tos al crack y eso sí que es una lás­ti­ma.

 

Nue­stro hog­ar en Nue­va Orleans

 

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Si hay algo que dis­tingue a Nue­va Orleans de sus ciu­dades paisanas, es que no parece una ciu­dad amer­i­cana sino una euro­pea. Su pasa­do como colo­nia france­sa y pos­te­ri­or­mente españo­la sigue más vivo que nun­ca pese al Kat­ri­na: aunque el huracán se cebó con el Bar­rio Francés, la may­or parte de las casas (de piedra o ladrillo) sobre­vivieron, no como las cabañas de madera a las oril­las de los pan­tanos, donde vivían las famil­ias más humildes.

 

Nue­va Orleans fue fun­da­da por los france­ses a finales del siglo XVIII y como digo, las huel­las de dicha época con­tinúan sien­do más que evi­dentes. Jun­to al inglés, el francés (y el español) es el idioma más habla­do. Y como comenta­ba antes, pre­cisa­mente el corazón de la ciu­dad y su bar­rio más rep­re­sen­ta­ti­vo es el Bar­rio Francés, cono­ci­do tam­bién como Vieux Car­ré o French Quar­ter. Aunque debe­mos aclarar que, sin embar­go, la may­or parte de las casas fueron con­stru­idas en la época de la col­o­nización españo­la y unas cuan­tas menos cuan­do Esta­dos Unidos arrebató Louisiana al impe­rio francés (más bien se lo vendió Napoleón). Afor­tu­nada­mente, una ley impues­ta en los años 20 pro­te­gió estas casas de época y pro­hibió que fuer­an demol­i­das: cualquier remod­elación de las fachadas ha de cumplir las nor­ma­ti­vas munic­i­pales para preser­var este bel­lísi­mo lega­do.

 

El Bar­rio Francés acogió en sus ini­cios a famil­ias criol­las pero después de ellos lle­garían inmi­grantes irlan­deses e ital­ianos y pos­te­ri­or­mente, a prin­ci­p­ios del siglo XX, un mon­tón de artis­tas de todo tipo que otor­garían al French Quar­ter el ambi­ente bohemio que se ha con­ser­va­do has­ta hoy en día. Tam­bién se trasladaron aquí los prin­ci­pales clubs de alterne tras dejar de oper­ar Sto­ryville, el antiguo bar­rio rojo.

 

Actual­mente, el bar­rio vive prin­ci­pal­mente del tur­is­mo, con hote­les, restau­rantes, bares y tien­das ubi­ca­dos en las antiguas casonas pero sin perder por el camino ese aire de ele­gan­cia euro­pea que lo car­ac­ter­i­za. La may­oría de las man­siones cuen­tan con pre­ciosas ter­razas que per­mitían a sus moradores refres­carse del calor húme­do de estas tier­ras (calor pega­joso al máx­i­mo, yo creo que cuan­do estu­vi­mos teníamos un niv­el de humedad del 95%) y de paso no perder­se detalle de todo lo que ocur­ría en las calles. Los españoles se vieron oblig­a­dos a recon­stru­ir la ciu­dad tras dos incen­dios que casi acabaron con ella y este fue uno de los grandes acier­tos de la arqui­tec­tura elegi­da: la inclusión de estos boni­tos bal­cones de hier­ro for­ja­do que ya son la ima­gen más sim­bóli­ca de Nue­va Orleans.

 

Nueva Orleans

 

Uno de los mejores lugares para comen­zar a recor­rer el Bar­rio Francés es Jack­son Square, cono­ci­da antigua­mente como la Plaza de Armas y donde hace dos sig­los se eje­cuta­ba a los crim­i­nales (sus cabezas solían exhibirse en las puer­tas de entradas). Pre­si­di­da por la estat­ua ecuestre del gen­er­al Jack­son (quien fue el sép­ti­mo pres­i­dente de los Esta­dos Unidos), acoge además la boni­ta Cat­e­dral de Saint Louis, una de las más antiguas de todo el país. Ha sobre­vivi­do a una bom­ba en 1909, al huracán de 1915 que mató a casi 300 per­sonas y al pro­pio huracán Kat­ri­na. Por cier­to, de esta dióce­sis depende el cemente­rio de Saint Louis: íbamos a vis­i­tar­lo pero en la puer­ta nos dijeron que se con­trata­ba un guía o no se entra­ba. Y no entramos, claro. No por el dinero que valiera, que eso es lo de menos, sino porque nos pare­ció ver­gonzoso que se hiciera nego­cio de un cam­posan­to. ¿Y las famil­ias que tienen allí enter­ra­dos a sus famil­iares?

 

Cat­e­dral de St. Louis

 

Catedral St. Louis Nueva Orleans

 

El Cabil­do era la antigua sede del gob­ier­no (fue tam­bién recon­stru­i­do por los españoles después del incen­dio de 1788) y actual­mente alber­ga un museo. La entra­da cues­ta seis dólares y cier­ran los lunes. Ya que estás por esta zona, te acon­se­jamos que te des un paseo por el mer­ca­do francés y te acerques al cono­ci­do Café du Monde, donde según ase­gu­ran los locales, se elab­o­ran los mejores beignets de la ciu­dad (los beignets son unos paste­les típi­cos de aquí que se sue­len servir en el desayuno con mucho azú­car).

 

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Bour­bon Street es la calle más ani­ma­da de todo el French Quar­ter, tan­to de día como de noche. Por cier­to, que pese a que esté lleni­ta de bares y clubs, su nom­bre no tiene nada que ver con el alco­hol sino con la famil­ia de los Bor­bones. Quizás es la calle que mejor remem­o­ra los tiem­pos gol­fos del Bar­rio Francés, cuan­do via­jeros de todo el país venían aquí a engan­charse las bor­racheras, jugar al pock­er y dis­fru­tar de las taber­nas y los bur­de­les. Además , es el lugar ide­al para que cates el cock­tail más típi­co de Nue­va Orleans, el Hur­ri­cane, a base de ron, fru­ta y sirope. Puedes, además, vis­i­tar en el 941 de Bour­bon Street el Lafit­te’s Black­smith, la taber­na más antigua de toda Norteaméri­ca.

 

Las boni­tas man­siones del coque­to Bar­rio Francés

 

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Bour­bon es el mejor lugar de la ciu­dad para escuchar jazz y no sólo den­tro de los clubs sino tam­bién en la propia calle, donde es habit­u­al toparse con músi­cos calle­jeros. Hay que recor­dar que uno de los per­son­ajes de los que más se enorgul­le­cen los lugareños es del trompetista de jazz Louis Arm­strong: este nieto de esclavos tiene el hon­or de que el aerop­uer­to y uno de los par­ques más impor­tantes de la ciu­dad lleven su nom­bre. Nue­va Orleans es una ciu­dad vol­ca­da en la músi­ca (su fes­ti­val anu­al de jazz es uno de los más impor­tantes del mun­do), has­ta el pun­to de que tras el huracán Kat­ri­na, se ha crea­do recien­te­mente un “bar­rio para músi­cos” con 70 casas uni­fa­mil­iares y sub­ven­cionadas para músi­cos, que en vez de pagar más de los 1.000 dólares habit­uales de alquil­er, pagan 600. Una ini­cia­ti­va de lo más admirable. Y una recomen­dación: los mejores clubs de jazz se encuen­tran en French­men Street, aunque el lugar más míti­co, el Preser­va­tion Hall, se hal­la en la calle Saint Peter.

 

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Nue­va Orleans no sólo es cono­ci­da por ser una de las ciu­dades amer­i­canas más vol­cadas en la minoría gay (en muchos bal­cones se podía ver col­ga­da la ban­dera arco iris y hay un mon­tón de clubs ori­en­ta­dos a homo­sex­u­ales) sino tam­bién por su fes­ti­val de Car­naval, uno de los más ani­ma­dos del mun­do, y que aquí se conoce como Mar­di Gras (“martes de grasa” ya que según la tradi­ción católi­ca, es el últi­mo día de la Sem­ana San­ta en que se per­mite com­er carne). Durante dos sem­anas la ciu­dad se viste de gala (casi imposi­ble encon­trar alo­jamien­to) y se suce­den sin tregua los des­files. Es tradi­ción que los transe­untes lan­cen col­lares a otros asis­tentes y esta es una prác­ti­ca que parece per­manecer el resto del año, ya que nos encon­tramos a muchísi­ma gente que llev­a­ba un mon­tón de col­lares col­ga­dos y, como podéis ver en la fotografía, tam­bién pendían de los bal­cones…

 

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Como es prob­a­ble­mente el mejor sou­venir que te puedes traer de Nue­va Orleans, nosotros opta­mos por com­prarnos este de calav­eras. ¡Que para frikis, nosotros!

 

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Ya que andamos tan sinie­stros, es el momen­to ide­al para ahon­dar en el vudú, ya que es una de las bases cul­tur­ales de Louisiana y pro­fun­da­mente arraiga­do entre bue­na parte de la población local. El vudú es una de las reli­giones más antiguas de la His­to­ria; sus raíces se encuen­tran en Africa y es una religión ani­mista con lazos muy pro­fun­dos con la magia. Habrá quien diga ¿magia? y yo respon­do ¿aca­so las reli­giones son mucho más creíbles que la magia? La real­i­dad pura y dura, esta sí que es innegable, es que fueron los bar­cos negreros con sus miles de esclavos haci­na­dos los que trans­portaron el vudú des­de tier­ras africanas a Améri­ca: aque­l­los pobres infe­lices no quisieron aban­donar sus creen­cias y en ellas se refu­gia­ban para escapar men­tal­mente de sus penurias. Aunque los patrones y cap­at­aces se emperra­ban en inten­tar con­ver­tir al cris­tian­is­mo a los esclavos, estos con­tinu­a­ban con sus ritos clan­des­ti­nos en la intim­i­dad de sus cabañas. Y has­ta el día de hoy Louisiana ha man­tenido intac­tas dichas creen­cias, más si cabe cuan­do que estas se heredan de una gen­eración a otra y los que aquí viv­en son los descen­di­entes direc­tos de aque­l­los que hace sig­los morían a base de tra­ba­jo, latiga­zos y ham­brunas.

 

A mí el vudú como tradi­ción pop­u­lar (ya no como religión) me ha pare­ci­do siem­pre un tema de lo más intere­sante, por lo que a lo largo de mi vida he leí­do var­ios libros sobre el tema y vis­to mul­ti­tud de doc­u­men­tales y pelícu­las (tienes un mon­tón de fil­mo­grafía para escoger pero mi favorita siem­pre será “El corazón del ángel”, ambi­en­ta­da tam­bién en Nue­va Orleans), por lo que era uno de los aspec­tos de la ciu­dad que más me atraía a la hora de vis­i­tar­la. Es cier­to que el fenó­meno, por des­gra­cia, se ha tur­is­ti­za­do bas­tante y en cualquier tien­da de sou­venirs podías encon­trar muñe­quitos para clavar­les alfil­eres, amule­tos, velas y parafer­na­lia de todos los tipos y col­ores, quitán­dole al tema la impor­tan­cia que real­mente tiene. Pero mi con­se­jo es que si te intere­sa todo lo rela­ciona­do con el vudú, tomes nota de lo que voy a relatar ahí aba­jo cuan­do ven­gas a NOLA, que es como cono­cen a esta ciu­dad inigual­able sus habi­tantes.

 

Si el vudú ya tenía sus robus­tos cimien­tos más que inser­ta­dos en las pan­tanosas aguas de Louisiana, este se implan­tó aún más con la lle­ga­da a prin­ci­p­ios de 1800 de miles de inmi­grantes haitianos. Y es que en Haiti el vudú sí que es una for­ma de vida total­mente instau­ra­da entre la población, has­ta el pun­to de que los que han gob­er­na­do la isla se han aprovecha­do de esta situación para ater­rorizar al pueblo con ame­nazas ocultistas. Con los inmi­grantes venían las Voodoo Queens (Reinas del Vudú), sac­er­do­ti­sas de poderes ter­rorí­fi­cos a las que se ven­er­a­ba como a diosas. Entre ellas, la reina abso­lu­ta fue Marie Laveau, quien para más inri no era haitiana sino naci­da en Nue­va Orleans aunque sí estu­vo casa­da con un haitiano. Acla­ma­da por miles de per­sonas, su fama se extendió como la pólvo­ra: al pare­cer, sus hechizos eran infal­i­bles. Estos se real­iz­a­ban con ayu­da de los gris-gris, los amule­tos con supuestos poderes sobre­nat­u­rales. Comen­zó a ser muy habit­u­al en las reuniones de las damas de la clase alta (blancas,claro), quienes no dud­a­ban a recur­rir a ella para resolver sus prob­le­mas de toda índole, des­de sen­ti­men­tales a económi­cos, por lo que en poco tiem­po Laveau había amasa­do una pequeña for­tu­na. Según cuen­ta la leyen­da, su poder era tal que lanzó una maldición en el Pan­tano de Man­chac y años después de que fal­l­eciera, tres aldeas enteras quedaron destru­idas a causa de un huracán.

 

Se cuen­ta de ella que bail­a­ba con una ser­pi­ente, que ejer­ció de pelu­quera por el día y que por la noche regenta­ba un bur­del, que podía resuci­tar a los muer­tos (la figu­ra del zom­bie proviene pre­cisa­mente de la cul­tura del vudú, aunque se ha demostra­do que muchos casos eran deriva­dos de la cata­to­nia o de hier­bas que parecían “matar en vida” al que las ingería); su vida y mila­gros se sus­ten­tan, como veis, más en leyen­das y rumores que en real­i­dades pal­pa­bles. Lo que sí es real es su tum­ba, que se encuen­tra en el cemente­rio de Saint Louis y que además es una de las diez más vis­i­tadas del mun­do. La tradi­ción man­da que pidas un deseo, des tres vueltas alrede­dor de la tum­ba y después mar­ques en ella una cruz con una piedra roja para que dicho deseo te sea con­ce­di­do.

 

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Por cier­to, otro per­son­aje no tan famoso pero tam­bién muy impor­tante en el papel del vudú en Nue­va Orleans fue el doc­tor John Mon­tanet, con­sid­er­a­do el Padre del Vudú y, al pare­cer, el que enseñó a Marie Laveau todas sus artes oscuras. Era un príncipe de Sene­gal que acabó con­ver­tido en sac­er­dote: se con­ta­ba que pre­decía el futuro, que cur­a­ba enfer­medades y que con­vertía a mujeres sanas en zom­bies para que pasaran a ser sus esclavas sex­u­ales. Des­de 1810 a 1840 se con­vir­tió en Nue­va Orleans en la máx­i­ma autori­dad reli­giosa a niv­el pop­u­lar, porque una cosa es lo que la igle­sia quisiera implan­tar a los negros y otra muy dis­tin­ta lo que hacían los negros en sus casas, que era lo que les daba la gana. Y bien que hacían.

 

Si os gus­tan las series, os recomien­do “Coven”, la ter­cera tem­po­ra­da de “Amer­i­can Hor­ror Sto­ry”, donde una Angela Bas­set en esta­do de gra­cia inter­pre­ta a Marie Laveau y donde se mues­tra muy, muy bien cómo era el Nue­vo Orleans de antaño y el de aho­ra. El caso es que casi 200 años después, a Marie Laveau se la con­tinúa con­sideran­do el per­son­aje más rel­e­vante de la ciu­dad y un lugar total­mente impre­scindible de vis­i­tar es la tien­da (casi museo) Marie Laveau House of Voodoo. Se encuen­tra en el 739 de Bour­bon Street y posi­ble­mente sea el lugar mejor rep­uta­do del mun­do a niv­el de ven­ta de amule­tos, libros, hier­bas y fetich­es que sir­ven para mil y un reme­dios.

 

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Además, se supone que esta se encuen­tra en el lugar donde Marie pasó gran parte de su vida. Den­tro te puedes tirar horas oje­an­do los miles de artícu­los que pon­drán fin a tus males y además, tienen parafer­na­lia muy chu­la de la propia Marie Laveau, inde­pen­di­en­te­mente de que los dueños estarán encan­ta­dos de ayu­darte y aseso­rarte sobre lo que estés bus­can­do. Nosotros nos tra­ji­mos a casa una figu­ra de Lord of Death (esa de ahí aba­jo), cono­ci­do en el vudú de Brasil como Lord da Morte. Muchas reli­giones no ven la muerte como algo malo sino nece­sario y pos­i­ti­vo para lle­gar a un mun­do mejor (ahí ten­emos el caso de la San­ta Muerte en Méx­i­co o el Baron Same­di en el vudú haitiano), por lo que el Lord da Morde es una figu­ra ami­ga que nos ayu­da a pasar de una man­era tran­quila y cal­ma­da al mun­do de los muer­tos y en vida nos pro­tege de las almas tóx­i­cas y oscuras y de sus envidias, por lo que pese a su tétri­co aspec­to, su influ­en­cia es alta­mente pos­i­ti­va.

 

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Si tienes más interés en la vida de Marie Laveau, te recuer­do tam­bién que en el 1022 de St. Anne Street se ubi­ca­ba otra de sus casas (se dice que su fan­tas­ma aún vaga por estas calles, con su insep­a­ra­ble pañue­lo de siete nudos en la cabeza).

 

En el 723 de Saint Peter Street tienes otra tien­da tam­bién muy intere­sante, a nosotros tam­bién nos pare­ció muy com­ple­ta (e inclu­so es may­or que la de Marie Laveau), la Rev­erend Zom­bie’s House of Voodoo. Y aún más, en el 828 de Ram­part Street se encuen­tra otra tien­da sim­i­lar, el Voodoo Spir­i­tu­al Tem­ple, y otra más, Voodoo Authen­ti­ca, en el 612 de Rue Dumaine.

 

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Otro apunte: en Nue­va Orleans, al ser turís­ti­ca a tope, le sacan prove­cho a todo. Sabe de su atrac­ti­vo por mil y un motivos y lo explotan medi­ante tours temáti­cos de todo tipo. Uno de ellos es el tour del vudú o de los fan­tas­mas (ahí ya depende de la agen­cia), te lle­van al cemente­rio, a ver estas tien­das o a la casa de Madame Lalau­rie cobrán­dote una pas­ta (los tours eran carísi­mos en general,una media de 30 dólares por per­sona). Es decir, cosas que puedes hac­er per­fec­ta­mente tú solo y doc­u­men­tán­dote por tu cuen­ta.

 

He men­ciona­do a Madame Lalau­rie, que era una de las asesinas más despi­adadas que ha cono­ci­do la Humanidad (y cuyas cac­erías tam­bién se relata­ban en “Amer­i­can Hor­ror Sto­ry”, era inter­pre­ta­da por Kathy Bates). Con­tem­poránea de Marie Laveau, durante años secuestró, tor­turó y asesinó a dece­nas de esclavos. A raíz de la muerte de una niña, que se lanzó por el bal­cón ater­ra­da, se comen­zó a inves­ti­gar a esta dama de la clase alta cuyo hob­bie era hac­er las más hor­ren­das bar­bari­dades a los esclavos negros, a los que con­sid­er­a­ba menos dig­nos que los ani­males. Enca­de­na­dos, con col­lares con clavos, azo­ta­dos, despelle­ja­dos, muer­tos de ham­bre y des­cuar­ti­za­dos en vida. Así se las gasta­ba la seño­ra. Una tur­ba enfure­ci­da, al cono­cer los hechos y después de que se encon­traran a siete esclavos muti­la­dos esperan­do la muerte, prendió fuego a la casa y Madame Lalau­rie se vió oblig­a­da a huir a París, donde se cree que pasó el resto de su vida y fal­l­e­ció en una cac­ería de jabalíes. Si quieres ver su casa en Nue­va Orleans (no se puede vis­i­tar por den­tro) dirígete al 1140 de Roy­al Street.

 

Una de las par­tic­u­lar­i­dades del cen­tro históri­co de Nue­va Orleans: se mantienen las pla­cas de las calles de la época españo­la.

 

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El río Mis­sis­sip­pi a su paso por Nue­va Orleans

 

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Y este es el famoso Steam­boat Natchez, ese bar­co de palas que habréis vis­to mil veces en las pelícu­las. Este tipo de bar­cos se empezó a hac­er muy pop­u­lar a par­tir de 1823 y es una de las imá­genes más cono­ci­das de Louisiana. Actual­mente ofre­cen tours por el río a un pre­cio de unos 30 dólares el trayec­to, muchas veces ameniza­dos los paseos por ban­das de jazz.

 

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Para com­er, os recomien­do un sitio estu­pen­do en el 500 de Saint Peter Street, espe­cial­iza­do en comi­da cajún, el Cor­ner Oys­ter House. Quizás los tres platos más cono­ci­dos de la gas­tronomía de Louisiana sean el gum­bo (una deli­ciosa sopa de arroz con marisco), el etouf­fee de marisco y la jam­bal­aya, un arroz picante con carne y lan­gosti­nos que nosotros sole­mos preparar a menudo en casa. En Louisiana tam­bién son muy pop­u­lares los can­gre­jos y las ostras. Otra recomen­dación son los Po’ Boys, unos sánd­wich­es típi­cos de Louisiana gen­eral­mente rel­lenos de carne o de gam­bas. En gen­er­al es una gas­tronomía bas­tante espe­ci­a­da y que tira mucho del picante. ¡A nosotros nos encan­ta!

 

Jam­bal­aya

 

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Y tam­bién pudi­mos volver a pro­bar, tras nues­tra expe­ri­en­cia en Nashville, la carne de coco­dri­lo, en este caso con arroz…

 

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Los tran­vías de Nue­va Orleans son los más antigu­os del mun­do: comen­zaron a fun­cionar en el año 1834. Los más cono­ci­dos (y los más boni­tos) son los de la aveni­da St, Charles, van des­de Canal Street has­ta River­bent. Una curiosi­dad: estos mis­mos tran­vías fueron los que inspi­raron a Ten­nessee Williams para su obra “Un tran­vía lla­ma­do deseo”.

 

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Mon­u­men­to a los inmi­grantes

 

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Hom­e­na­je a Jean Bap­tiste Le Moyne, Señor de Bienville y fun­dador de Nue­va Orleans

 

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El esta­dio Super­dome, donde nor­mal­mente jue­gan los New Orleans Saints de fút­bol amer­i­cano, tuvo un papel fun­da­men­tal durante la trage­dia del Kat­ri­na. Casi 20.000 per­sonas se refu­gia­ron aquí durante var­ios días, esperan­do en vano que vinier­an a rescatar­les. Pese a que se supone que aparte de para even­tos deportivos, su con­struc­ción había respon­di­do a la necesi­dad de un refu­gio para casos de emer­gen­cia, en la prác­ti­ca el teja­do se acabó resque­bra­jan­do, se agotó el agua potable, los baños no fun­ciona­ban y no se tenían los más bási­cos botiquines para primeros aux­il­ios. Den­tro murieron tres per­sonas (dos ancianos y un hom­bre que se sui­cidó) y fueron con­tin­u­os los robos, las vio­la­ciones y los actos de van­dal­is­mo, ante la ausen­cia de una guardia cual­i­fi­ca­da que inten­tara con­tro­lar la situación. Has­ta tres días más tarde no comen­zaron las primeras evac­ua­ciones.

 

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Mon­u­men­to a Bernar­do de Gálvez, uno de los gob­er­nadores españoles de Louisiana

 

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Más rem­i­nis­cen­cias his­panas: la Plaza de España, con los escu­d­os de todas las provin­cias de nue­stro país. Fue un rega­lo de nue­stro país a Nue­va Orleans en recuer­do de la época en que Louisiana forma­ba parte del impe­rio español.

 

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No pier­das la opor­tu­nidad de dar un paseo por Gar­den Dis­trict, uno de los bar­rios más boni­tos de Esta­dos Unidos, pla­ga­do de rob­les y con unas man­siones sureñas inmejorable­mente con­ser­vadas. Antigua­mente, esto era una zona de planta­ciones, refu­gio para los ter­rate­nientes que no querían vivir codo con codo con los criol­los en el Bar­rio Francés. Actual­mente, aquí tienen su vivien­da per­son­ajes tan cono­ci­dos como los actores John Good­man y San­dra Bul­lock o los músi­cos Trent Reznor y Sean Yseult.

 

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El House of Blues es uno de los locales más leg­en­dar­ios de la ciu­dad. Además de restau­rante, ofrece un brunch ameniza­do por góspel los fines de sem­ana y concier­tos prác­ti­ca­mente a diario.

 

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Hablan­do de músi­ca, tuvi­mos la suerte de que al pro­gra­mar el via­je viéramos que nos coin­cidía por estas tier­ras la gira de des­pe­di­da de mi ban­da favorita, Möt­ley Crüe, y enci­ma con un telonero de oro, Alice Coop­er. Aunque a lo largo de los años ya había via­ja­do siete veces por Europa para ver a Möt­ley, la ver­dad que ver­les por últi­ma vez en su país (donde aquí sí que son real­mente grandes) fue una expe­ri­en­cia total­mente incom­pa­ra­ble a cualquiera ante­ri­or. Nos gas­ta­mos 120 euros por tick­et para ten­er de los mejores asien­tos y vaya si mere­ció la pena. Tocaron en el impre­sio­n­ante Smooth­ie King Cen­ter, el hog­ar del equipo de balon­ces­to local, los New Orleans Pel­i­cans: las medi­das de seguri­dad, exager­adas; úni­ca­mente nos dejaron entrar con el pas­aporte y el móvil, no deja­ban pasar ni los bol­sos.

 

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Algo que os recomien­do que no os perdáis si via­jáis a Louisiana es un tour por los pan­tanos y los bay­ou (los canales, su nom­bre viene del voca­blo indio choctaw, que sig­nifi­ca arroyo). Hay un mon­tón de agen­cias que los ofre­cen des­de la ciu­dad pero bas­tante caros (60 dólares) asi que nosotros decidi­mos coger el coche e irnos direc­ta­mente al pueblo de Slidell, que es de donde salían los tours, a las oril­las del lago Pontchar­train, el segun­do lago de agua sal­a­da más grande de Esta­dos Unidos (el puente que cruza el lago, de casi 39 kilómet­ros de lon­gi­tud, es el ter­cero más largo del mun­do).

 

Como cuan­do lleg­amos a las taquil­las de los tours nos dijeron que no había hue­co has­ta el de las cua­tro (lo con­trata­mos con la empre­sa Cajun Encoun­ters Swamp Tours, pre­cio por per­sona 25 dólares, menos de la mitad de lo que nos cobra­ban en Nue­va Orleans), decidi­mos dar una vuelta por el pueblo y acabamos comien­do en Bruis­er’s, un local que se vana­glo­ria de ten­er los per­ri­tos calientes (hot dogs) más orig­i­nales de todo el esta­do, los hay has­ta con jam­bal­aya. Está en el 1904 de Front Street y lo lle­va un bombero ya jubi­la­do sim­pa­tiquísi­mo que nos con­tó un mon­tón de curiosi­dades de Nue­va Orleans.

 

La zona donde se lle­va a cabo el tour es Hon­ey Island, en los pan­tanos del Pearl Riv­er, una de las zonas más sal­va­jes de todo Esta­dos Unidos, has­ta el pun­to de que el gob­ier­no lo declaró área pro­te­gi­da. Insis­to en ello ya que, como he men­ciona­do tan­tas veces en el blog, cuan­do sal­imos de via­je nos gus­ta ver a los ani­males en su hábi­tat nat­ur­al y cer­ti­ficar que no se les moles­ta ni se daña su eco­sis­tema. Y en ese sen­ti­do, volvi­mos más que sat­is­fe­chos ya que los tour-oper­adores son real­mente respetu­osos con la fau­na y flo­ra.

 

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Los paisajes que ofrece un tour por los bay­ou son espec­tac­u­lares, de los más boni­tos que he vis­to nun­ca. Además, tuvi­mos la suerte de hac­er­lo al atarde­cer y es una expe­ri­en­cia incom­pa­ra­ble. Estas tier­ras pan­tanosas, pla­gadas de caimanes, zor­ros y cer­dos sal­va­jes, son real­mente ter­rorí­fi­cas, sobre todo cuan­do las recor­res en una pequeña bar­ca y lo úni­co que se escucha son los rui­dos que emiten los ani­males. Los pan­tanos están ínti­ma­mente aso­ci­a­dos a las leyen­das del rougarou (un hom­bre-lobo que se esconde entre la maleza) y Letiche, una mez­cla entre el Yeti y el mon­struo del Lago Ness, una criatu­ra bípe­da que habría surgi­do de unos chim­pancés que se escaparon de un tren y se refu­gia­ron en los cena­gales de Louisiana.

 

Para hac­er el tour, recomien­do encar­e­ci­da­mente que os echéis loción anti­mos­qui­tos. A nosotros se nos olvidó pero tuvi­mos la suerte de que alguien se había olvi­da­do un bote en la bar­ca, asi que nos embadur­namos bien de loción y aún así nos comieron. Son sólo unos de los tan­tos habi­tantes de estas aguas:cocodrilos, ser­pi­entes (venenosas y no venenosas), armadil­los, aves de todo tipo, entre ellas pelí­canos y águilas… Una humedad casi inso­portable uni­da a un calor de más de 35º. Lo anoto para que lo tengáis en cuen­ta a la hora de hac­er la excur­sión.

 

Los coco­dri­los en las aguas de Louisiana

 

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Pre­ciosa ima­gen del pan­tano con un antiquísi­mo puente

 

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En las inmedia­ciones del pan­tano has­ta nos encon­tramos a unos sim­páti­cos mapach­es. Cuida­di­to con acer­caos que muer­den en cuan­to te des­cuidas…

 

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Para el domin­go teníamos dos opciones. La primera era acer­carnos a Oak Alley, la plantación esclav­ista que aparecía en la pelícu­la “Entre­vista con el vam­piro”, basa­da en las nov­e­las de Anne Rice, la céle­bre escrito­ra de libros vam­pirescos, una de las hijas predilec­tas de Nue­va Orleans (de hecho se real­izan tours recor­rien­do los esce­nar­ios de sus libros y puedes ir a ver su man­sión (por fuera) en el 1239 de First Street. Sin embar­go, vimos en el parte mete­o­rológi­co que para esa tarde iba a caer una tor­men­ta impor­tante, por lo que decidi­mos cam­biar de planes y tirar de la segun­da opción, aprovechan­do que era domin­go: ir a una misa góspel.

 

Como veis en la fotografía, en Nue­va Orleans no es que llue­va… ¡es que dilu­via!

 
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Las dos fémi­nas del grupo ya habíamos esta­do en una misa gospel (Merche en Nue­va York y yo en Port­land) pero nue­stros respec­tivos mari­dos querían pro­bar la expe­ri­en­cia y noso­tras estábamos dese­an­do repe­tir. Asi que madrug­amos y nos fuimos pron­ti­to a la St. Stephen Church (5600 Read Boule­vard).

 

Al lle­gar, nos encon­tramos un park­ing gigante ates­ta­do de coches: la aflu­en­cia de públi­co es tal que has­ta había un policía de trá­fi­co con­trolan­do los aledaños de la igle­sia. Sí, mucha gente… pero como siem­pre, nosotros los úni­cos blan­cos. En la recep­ción (porque tienen recep­ción y unas rela­ciones públi­cas estu­pen­das) nos hicieron fir­mar en un libro de vis­i­tas; al saber que veníamos des­de España nos colo­caron en unos de los primeros ban­cos y ¡ay, qué vergüen­za! nos hicieron lev­an­tarnos a mitad de la misa para que todo el mun­do nos diera la bien­veni­da. La ver­dad es que nosotros de creyentes poco, aunque eso no lo sabían los par­ro­quianos, que nos obse­quiaron con un mon­tón de fol­letos y Cd’s de la igle­sia. El coro… sin pal­abras. Cualquiera que haya esta­do en una misa de góspel (misa autén­ti­ca amer­i­cana, de las que sólo se ven en USA) sabrá de lo que son capaces estas prodi­giosas voces, eran el prin­ci­pal reclamo para que estu­viéramos allí. Aunque el espec­tácu­lo pos­te­ri­or de la pred­i­cado­ra, con un ser­món de más de una hora y los asis­tentes enfebre­ci­dos (hay que ver los negros bap­tis­tas como viv­en su religión) tam­poco tuvo des­perdi­cio. Una expe­ri­en­cia que no has de perderte si vienes a tier­ras sureñas. Y es que si hay un lugar que sim­bo­l­ice como nadie las tradi­ciones del sur más pro­fun­do, esta es Nue­va Orleans. Una ciu­dad que nos enam­oró por com­ple­to, por su fusión cul­tur­al, por la ama­bil­i­dad de sus gentes, por sus sal­va­jes alrede­dores, por su arqui­tec­tura bel­lísi­ma… un rincón de Esta­dos Unidos úni­co y, afor­tu­nada­mente, irrepetible!!

 

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Aquí tienes el pro­gra­ma que dedicamos a Nue­va Orleans en La Ruta 61 de Radio Via­jera…

 

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