Pocas ciudades españolas pueden presumir de tener uno de los monumentos más extraordinarios del mundo vigilándolas desde lo alto, un barrio donde todavía sobreviven calles que parecen haberse escapado de otra época, cuevas en las que el flamenco forma parte de la historia familiar, miradores desde los que Sierra Nevada parece colocada allí expresamente para salir bien en la foto y, por si todo esto fuera poco, una costumbre tan maravillosa como acompañar una cerveza con algo de comer sin que la cuenta termine provocándote un síncope. Granada tiene muchas virtudes pero una de las que más agradece el viajero es que resulta bastante fácil disfrutarla.
La Alhambra, mi monumento favorito en España junto a la Mezquita de Córdoba, tiene buena parte de la culpa de que cada año lleguen hasta aquí viajeros de medio mundo. Pero reducir Granada a la Alhambra sería como ir a Roma, ver el Coliseo y considerar que ya está todo hecho. Al otro lado de sus murallas espera una ciudad que ha ido acumulando capas durante siglos: la Granada musulmana y la cristiana, la de los Reyes Católicos, la de las callejuelas del Albaicín, la de las zambras del Sacromonte, la universitaria, la de Federico García Lorca y también la Granada de las barras llenas, las terrazas, las tapas y esas cuestas que sobre el mapa parecían bastante menos cuestas de lo que finalmente resultan ser.
Granada no es una ciudad para ir tachando monumentos en una lista a toda velocidad. Evidentemente hay lugares que hay que ver —y unos cuantos— pero entre uno y otro aparecen teterías, antiguos baños árabes, patios, iglesias levantadas sobre mezquitas, casas moriscas, mercados, conventos, bares y pequeñas calles que explican mucho mejor la ciudad que cualquier catálogo de monumentos. Aquí convivieron durante siglos musulmanes, judíos y cristianos; fue capital del último reino musulmán de la Península Ibérica y su conquista por los Reyes Católicos en 1492 marcó uno de esos momentos que terminarían apareciendo en todos los libros de Historia. Y semejante pasado, para bien y para mal, ha dejado huella por todas partes.
Por eso viajar a Granada merece algo más que reservar una entrada para la Alhambra y buscar un hotel. ¿Cuántos días hacen falta realmente? ¿Hay que comprar las entradas con mucha antelación? ¿Cómo funciona aquello de las tapas gratis? ¿Merece la pena subir andando al Sacromonte? ¿Cuál es el mejor mirador? ¿Qué podemos visitar gratis? ¿Es necesario coche? ¿Y qué hacemos si cuando vamos a comprar nuestra entrada para la Alhambra descubrimos, con horror, que ya no queda ni una?
De todo eso vamos a hablar en esta guía para viajar a Granada. De la Alhambra, evidentemente, pero también de todo lo que queda cuando apartamos por unas horas de nuestra cabeza su monumento más famoso. Porque Granada tiene suficiente historia, patrimonio, gastronomía y vida en la calle como para justificar por sí sola un viaje de varios días. Y aviso desde ya: probablemente necesitarás alguno más de los que habías calculado.
Un poco de historia de Granada
Para entender Granada hay que conocer un poco de su historia. Resulta prácticamente imposible comprender lo que vamos encontrando mientras paseamos por la ciudad sin saber quién estuvo aquí antes que nosotros. Porque Granada es una de esas ciudades donde la historia no está encerrada únicamente en los museos: aparece en una muralla medio escondida entre las casas del Albaicín, en un antiguo aljibe, en el patio de un palacio, en una iglesia construida sobre una mezquita o incluso en el propio trazado de algunas calles por las que hoy seguimos caminando.
Y para encontrar sus orígenes hay que retroceder muchísimo más allá de la Alhambra. En la colina donde hoy se extiende el Albaicín existió ya un asentamiento íbero en torno al siglo VII a. C., posteriormente llegaron los romanos y muchos siglos después comenzó a configurarse esa Granada musulmana cuya huella continúa siendo la más reconocible de la ciudad. Con la taifa zirí, entre los siglos XI y XII, el Albaicín empezó a adquirir buena parte de su estructura urbana y Granada fue creciendo detrás de murallas, puertas y torres. Algunos de aquellos restos siguen ahí casi mil años después, como la Puerta Monaita, el Aljibe del Rey o determinados tramos de la muralla zirí. Lo curioso es que muchas veces pasamos junto a ellos camino de algún mirador sin ser demasiado conscientes de la cantidad de siglos que nos están contemplando.
Pero el momento de auténtico esplendor llegaría con los nazaríes. En 1238 Muhammad I ibn Nasr fundó la dinastía que gobernaría el Reino de Granada durante más de dos siglos y que acabaría regalando a la ciudad su monumento más famoso. Los nazaríes levantaron y ampliaron sobre la colina de la Sabika aquella extraordinaria ciudad palatina que hoy conocemos como La Alhambra, aunque la Granada de aquellos siglos era muchísimo más que sus palacios. Había mezquitas, baños, mercados, hospitales, escuelas, talleres, jardines y una compleja red de acequias y aljibes encargada de llevar agua a una ciudad que llegó a convertirse en uno de los grandes centros urbanos de la Península.

Durante buena parte de la Edad Media, además, Granada fue un importante centro de cultura islámica y judía. De hecho, antes incluso del periodo nazarí existió una poderosa comunidad judía y la ciudad llegó a estar estrechamente vinculada a ella. Ese pasado permanece mucho menos visible para el visitante que el musulmán pero reaparece especialmente en el Realejo, tradicionalmente asociado con la antigua judería granadina. Conviene recordarlo porque una de las cosas más interesantes de Granada es precisamente ir descubriendo las diferentes ciudades que han quedado escondidas debajo de la actual.
Mientras tanto, los reinos cristianos avanzaban hacia el sur y el Reino nazarí de Granada fue quedándose cada vez más aislado. Sorprendentemente consiguió sobrevivir durante unos 250 años, en parte gracias a acuerdos, tributos y equilibrios políticos que no siempre fueron precisamente sencillos. A finales del siglo XV, además, los propios nazaríes tenían suficientes problemas dentro de casa como para complicar todavía más las cosas: luchas dinásticas, enfrentamientos familiares y Boabdil disputándose el poder con su padre Muley Hacén y su tío el Zagal. Vamos, que mientras los Reyes Católicos apretaban desde fuera, dentro tampoco reinaba exactamente la paz.
Finalmente llegó una de esas fechas que todos hemos estudiado alguna vez: 1492. El 2 de enero de aquel año Boabdil entregó Granada a Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Caía así el último reino musulmán de la Península Ibérica y comenzaba una transformación radical de la ciudad. Y 1492, por cierto, iba a resultar un año bastante movidito para los Reyes Católicos: unos meses después Cristóbal Colón llegaría a América y ese mismo año se decretaría la expulsión de los judíos de sus reinos.
La imagen romántica de Boabdil alejándose de Granada, volviendo la cabeza para contemplar por última vez la Alhambra y recibiendo de su madre aquello de «llora como mujer lo que no supiste defender como hombre» es probablemente una de las historias más repetidas sobre la ciudad. El problema es que no existe constancia histórica fiable de que Aixa pronunciara realmente semejante frase. Eso sí, la leyenda funcionó estupendamente y hasta existe un lugar en las montañas conocido como el Suspiro del Moro desde el que, según la tradición, Boabdil contempló por última vez la ciudad que acababa de perder.
Tras la conquista comenzó la cristianización de Granada y el paisaje urbano fue cambiando a toda velocidad. Mezquitas transformadas o sustituidas por iglesias, conventos, monasterios y nuevos edificios comenzaron a ocupar la ciudad musulmana. La Catedral, la Capilla Real, el monasterio de San Jerónimo o el Hospital Real pertenecen a esa nueva Granada que quería dejar bien claro quién mandaba ahora. Los propios Reyes Católicos decidieron además ser enterrados aquí y sus sepulcros pueden verse en la Capilla Real, junto a la Catedral.
Aquella convivencia que tantas veces se resume alegremente diciendo que Granada fue ciudad de «tres culturas» fue, en realidad, bastante más complicada de lo que cabe en un eslogan turístico. Hubo periodos de convivencia e intercambio cultural pero también conflictos, conversiones forzosas, expulsiones y persecuciones. Los musulmanes que permanecieron tras la conquista fueron progresivamente sometidos a mayores restricciones; las tensiones terminarían desembocando, décadas después, en la rebelión de las Alpujarras y en la posterior expulsión de los moriscos del Reino de Granada.
Y aun así, el pasado musulmán se negó a desaparecer del todo. Basta subir hoy al Albaicín para comprobarlo. Su trazado laberíntico, sus aljibes, restos de murallas y casas moriscas siguen explicando una parte de aquella ciudad, hasta el punto de que el barrio fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1994 como ampliación del reconocimiento que ya poseían la Alhambra y el Generalife. Incluso algunas iglesias conservan elementos de las antiguas mezquitas sobre las que fueron levantadas.

Los siglos siguientes traerían nuevas transformaciones pero Granada nunca conseguiría desprenderse de esa extraordinaria mezcla de épocas. Al patrimonio islámico y cristiano terminarían sumándose palacios, edificios barrocos, grandes avenidas, una universidad que acabaría marcando profundamente el carácter de la ciudad y, ya en los siglos XIX y XX, una fascinación romántica por Granada que atraería a escritores, artistas y viajeros extranjeros empeñados en buscar aquí esa España exótica y oriental que tanto les gustaba imaginar.
Y luego está Federico García Lorca, inevitable cuando hablamos de Granada. Su relación con la ciudad y la provincia impregnaría buena parte de su obra. Su asesinato en agosto de 1936, al comienzo de la Guerra Civil, convirtió además los alrededores de Granada en escenario de uno de los episodios más conocidos y dolorosos de la historia cultural española. Hoy su figura aparece en museos, casas, rutas y espacios repartidos por la ciudad y la provincia, aunque de eso hablaremos con bastante más calma después.
Todo este revoltijo de íberos, romanos, ziríes, nazaríes, judíos, Reyes Católicos, moriscos, románticos, universitarios y poetas explica por qué Granada resulta mucho más interesante cuando sabemos un poquito de lo que estamos mirando. La Alhambra deja de ser simplemente un palacio precioso, el Albaicín deja de ser un barrio estupendo para hacerse fotografías al atardecer y hasta una humilde cisterna de agua empieza a tener sentido. Y ahora sí, una vez hechas las presentaciones con los últimos dos mil y pico años de historia granadina, podemos empezar a organizar el viaje.
¿Cuántos días hacen falta para conocer Granada?
Esta es probablemente una de las primeras preguntas que nos hacemos cuando empezamos a organizar el viaje y también una de las más difíciles de responder, porque técnicamente Granada puede verse en un fin de semana. Otra cosa muy diferente es que sea buena idea intentar meter la Alhambra, el Albaicín, el Sacromonte, la Catedral, la Capilla Real, varios miradores, unas cuantas iglesias, algún museo y, ya puestos, cinco o seis rondas de tapas en 48 horas. Poderse, se puede. Disfrutarse, ya es otro asunto.
Para una primera visita yo dedicaría un mínimo de dos días completos a Granada, aunque tres días me parece una duración mucho más razonable. Con dos tendremos que organizarnos bastante bien, reservar previamente la Alhambra y asumir que algunas cosas quedarán para otra ocasión; con tres podemos permitirnos algo que en esta ciudad se agradece muchísimo: pasear sin mirar continuamente el reloj. Y Granada tiene unos cuantos barrios donde precisamente lo mejor es eso, caminar, desviarse por una calle que no teníamos apuntada y terminar llegando a un mirador que ni siquiera sabíamos que existía.
Si únicamente disponemos de un día, no está todo perdido pero tendremos que elegir. Yo reservaría buena parte de la jornada para la Alhambra y el Generalife y aprovecharía el resto para recorrer el centro histórico, la Carrera del Darro y subir al Albaicín. Será una toma de contacto más que una visita completa y, desde luego, no intentaría añadir veinte monumentos porque acabaríamos con una magnífica colección de fotografías y sin recordar demasiado bien dónde hicimos cada una.
Con dos días, en cambio, la cosa empieza a ponerse interesante. Podemos dedicar una mañana larga a la Alhambra sin ir mirando desesperadamente la hora, bajar después hacia el centro y reservar otra buena parte del viaje para el Albaicín, Sacromonte, Catedral, Capilla Real y las calles del casco histórico. Todavía habrá que seleccionar, especialmente si queremos visitar interiores, pero ya tendremos una imagen bastante completa de la ciudad.
Tres días serían mi opción favorita para una primera vez en Granada. Además de todo lo anterior, tendremos margen para entrar en algunos lugares que suelen sacrificarse cuando vamos con prisas, acercarnos al Realejo, buscar varios miradores en lugar de conformarnos con San Nicolás, dedicar tiempo al pasado de Federico García Lorca, sentarnos tranquilamente a tapear y descubrir esa otra Granada que empieza a aparecer cuando dejamos de correr de monumento en monumento. Tampoco viene mal reservar unas horas simplemente para callejear porque, como veremos a lo largo del artículo, aquí hay bastantes cosas interesantes que no necesitan entrada ni horario.
¿Y cuatro o cinco días? Pues tampoco sobran. Granada puede convertirse perfectamente en base para conocer parte de la provincia. Sierra Nevada está a poco más de 30 kilómetros de la capital, las Alpujarras permiten montar una excursión estupenda entre pueblos blancos y montaña y Guadix añade a la ecuación uno de los paisajes de casas cueva más curiosos de Andalucía. Incluso podemos acercarnos a la Costa Tropical si disponemos de coche y nos apetece cambiar durante unas horas palacios nazaríes por Mediterráneo.
Hay además un detalle que conviene tener presente al repartir los días: la Alhambra condiciona bastante el viaje. No es uno de esos monumentos en los que decidimos entrar porque casualmente estamos pasando por delante. Las entradas pueden agotarse y el acceso a los Palacios Nazaríes lleva asignada una hora concreta que hay que respetar, de manera que yo organizaría el resto de Granada alrededor del día y la hora que consigamos para visitarlos, y no al revés.
Tampoco debemos fiarnos demasiado de las distancias que aparecen en el mapa. El centro de Granada es bastante manejable y muchos lugares pueden recorrerse andando pero en cuanto aparecen el Albaicín y el Sacromonte entran en escena las cuestas, los adoquines y esas calles que parecen estar al lado hasta que descubrimos que entre nosotros y nuestro destino hay un desnivel considerable. Así que calcular diez visitas diarias porque Google Maps dice que están separadas por unos pocos cientos de metros puede terminar siendo una idea regulera.
¿Cuál es la mejor época para viajar a Granada?
Granada tiene fama de ciudad andaluza y eso puede llevarnos a cometer el pequeño error de imaginar que aquí hace buen tiempo prácticamente durante todo el año. Pues no exactamente. Estamos a unos 680 metros sobre el nivel del mar, Sierra Nevada queda prácticamente al lado y los inviernos granadinos pueden ser bastante fríos, especialmente cuando cae la noche. En verano ocurre justo lo contrario: el sol aprieta, las temperaturas pueden superar ampliamente los 35 grados y enfrentarse a las cuestas del Albaicín a las cuatro de la tarde en pleno julio deja de parecer una actividad turística para convertirse en una prueba de resistencia.
Por eso, si podemos elegir fechas libremente, primavera y otoño son probablemente las mejores épocas para viajar a Granada. Abril, Mayo, finales de Septiembre y Octubre suelen ofrecer temperaturas mucho más agradables para hacer lo que más vamos a hacer durante el viaje: caminar. Y caminaremos bastante. Además, en primavera Sierra Nevada todavía puede conservar nieve mientras la ciudad empieza a llenarse de flores, regalándonos esa imagen casi perfecta de la Alhambra con las montañas blancas detrás que hemos visto cientos de veces antes de venir.
La primavera tiene, sin embargo, un pequeño inconveniente: no somos los únicos que hemos descubierto que Granada está estupenda en esas fechas. Semana Santa es uno de los momentos de mayor afluencia turística, con procesiones recorriendo el centro y barrios históricos y un ambiente fantástico si precisamente quieres vivirla pero también con alojamientos más demandados, calles llenas y bastante menos margen para improvisar. Si nuestro interés principal es visitar monumentos tranquilamente y encontrar alojamiento económico, probablemente elegiría otras fechas. Yo debo confesar que huyo de los destinos en los que se celebra la Semana Santa durante dichas fechas.

Algo parecido ocurre con el Corpus Christi, la gran fiesta de Granada, que se celebra cada año en torno a mayo o junio dependiendo del calendario. Durante esos días la ciudad cambia bastante de aspecto: feria, casetas, procesiones, actividades y tradiciones tan peculiares como La Tarasca, un maniquí femenino que desfila sobre un dragón y cuyo atuendo provoca todos los años comentarios, críticas y discusiones sobre si va estupenda o si quien la ha vestido debería dedicarse a otra cosa. También aparece la Caroca, con sus viñetas satíricas sobre asuntos de actualidad. Si coincidimos con el Corpus tendremos una Granada especialmente animada; si buscamos tranquilidad, nuevamente no será nuestra semana.
El verano es perfectamente posible pero conviene organizarse con cabeza. Julio y Agosto pueden traer jornadas muy calurosas y hay zonas de la ciudad donde la sombra se convierte prácticamente en patrimonio de la humanidad. La ventaja es que podemos madrugar para hacer las visitas más importantes, retirarnos durante las horas centrales y volver a la calle al caer la tarde, cuando Granada recupera la vida y las terrazas empiezan a llenarse. Además, las noches veraniegas tienen muchísimo ambiente. Yo he ido varias veces a Granada en verano, para aprovechar también que los días son más largos, y ese ha sido mi planning. Lo que yo evitaría es diseñar una ruta heroica de doce de la mañana a seis de la tarde enlazando Albaicín, Sacromonte y Alhambra como si los 38 grados fueran un detalle sin importancia.
Hay otra fecha muy granadina que merece aparecer en el calendario: el 2 de enero, Día de la Toma, cuando se conmemora la entrega de la ciudad a los Reyes Católicos en 1492. Es una celebración histórica que desde hace años genera también controversia y posiciones enfrentadas sobre su significado, así que si coincidimos con ella encontraremos actos institucionales y concentraciones en el centro, además de bastante más movimiento de lo habitual
Visitar la Alhambra
La Alhambra es una de las principales razones para viajar a Granada (en realidad, la más importante) y uno de esos lugares que hay que ver al menos una vez en la vida.
Aunque quizá lo primero que convenga aclarar es que la Alhambra no es exactamente «un palacio». Ni siquiera varios palacios puestos uno al lado del otro. Lo que vamos a visitar es una auténtica ciudad palatina amurallada, levantada sobre la colina de la Sabika y concebida para albergar la corte nazarí, funcionarios, soldados, trabajadores y todos los servicios necesarios para que aquello funcionara prácticamente como una ciudad independiente. Había palacios, viviendas, baños, talleres, calles, jardines, mezquitas, sistemas hidráulicos y una fortaleza militar. Y cuando uno empieza a verla así, en lugar de imaginarla únicamente como el Patio de los Leones que aparece en todas las fotografías, la visita cambia bastante.

Un poco de historia antes de entrar
En la colina ya existían construcciones defensivas anteriores pero la Alhambra que conocemos empezó a tomar forma realmente en 1238, cuando Muhammad I, conocido como Al-Ahmar y fundador de la dinastía nazarí, decidió establecer aquí la sede de la corte. A partir de entonces los diferentes sultanes fueron ampliando el recinto y añadiendo palacios, torres y jardines hasta convertirlo en una pequeña ciudad real. Su gran momento llegaría durante el siglo XIV, especialmente bajo Yusuf I y Muhammad V, responsables de buena parte de los espacios que hoy nos dejan mirando techos y paredes como si acabáramos de descubrir que la geometría también puede ser preciosa.
El nombre Alhambra procede del árabe al-Hamra, «la Roja», probablemente relacionado con el color rojizo de sus muros y torres. Así que aquello que hoy asociamos inmediatamente con delicadísimas yeserías, fuentes y patios fue bautizado de una manera bastante más sencilla: la fortaleza roja. Durante aproximadamente dos siglos y medio fue el corazón político del último reino musulmán de la Península. Hasta que llegó 1492.
El 2 de enero de aquel año Boabdil entregó Granada a los Reyes Católicos y la Alhambra pasó a manos cristianas. Isabel y Fernando quedaron fascinados por el conjunto y, en lugar de destruirlo, utilizaron algunos de sus espacios como residencia real. Eso no significa que todo permaneciera congelado tal y como lo habían dejado los nazaríes. Hubo reformas, transformaciones y nuevas construcciones y, unas décadas más tarde, Carlos V decidió plantar en mitad de aquel universo nazarí un enorme palacio renacentista.
El contraste es tan brutal que la primera vez que uno aparece delante del Palacio de Carlos V puede preguntarse qué demonios hace aquello allí. Precisamente por eso resulta interesantísimo. El edificio comenzó a construirse en 1527 y su gran patio circular no tiene absolutamente nada que ver con la arquitectura que acabamos de ver unos metros antes. Es casi como si dos mundos hubieran decidido instalarse puerta con puerta sin hacer demasiado esfuerzo por parecerse.
Pero la historia de la Alhambra después de los nazaríes no fue precisamente tranquila. El recinto fue perdiendo importancia, algunas zonas se deterioraron, determinados espacios terminaron ocupados por familias y hubo épocas en las que aquello estaba bastante lejos del monumento cuidadosamente protegido que conocemos hoy. Durante la ocupación napoleónica las tropas francesas utilizaron la Alhambra como cuartel y, cuando abandonaron Granada en 1812, volaron algunas de sus torres. La destrucción pudo haber sido muchísimo mayor. Y entonces llegaron los románticos.
Los Palacios Nazaríes
Si hay una parte de la Alhambra que no debemos perdernos son los Palacios Nazaríes. Y aquí conviene prestar atención porque tienen una hora de acceso concreta. No significa que tengamos que visitar toda la Alhambra a esa hora; significa que debemos presentarnos en la entrada de los Palacios Nazaríes en la franja indicada en nuestro billete. Si llegamos tarde podemos perder el derecho de acceso.
Los Palacios Nazaríes que visitamos actualmente comprenden fundamentalmente Mexuar, Comares y el Palacio de los Leones, diferentes espacios que fueron modificándose y ampliándose durante sucesivos reinados.
El Mexuar estaba relacionado con funciones administrativas y de justicia. Después llegaremos al Palacio de Comares, con el extraordinario Patio de los Arrayanes y la Torre de Comares, cuyo interior alberga el Salón de Embajadores. Hay lugares de la Alhambra que impresionan por la cantidad de decoración que concentran en apenas unos metros y otros que consiguen exactamente lo contrario: deslumbrar mediante la sencillez. El Patio de los Arrayanes pertenece a este segundo grupo. Una enorme lámina de agua, dos largos setos perfectamente recortados, galerías de delicados arcos y, dominándolo todo, la imponente Torre de Comares. No parece necesario añadir nada más.
También conocido históricamente como Patio de Comares, Patio de la Alberca, de los Mirtos o del Estanque, constituye el eje alrededor del cual se organiza el Palacio de Comares, una de las principales residencias oficiales de los sultanes nazaríes. Su aspecto actual se debe fundamentalmente a las obras realizadas durante los reinados de Yusuf I y Muhammad V; el Patronato de la Alhambra sitúa hacia 1370, durante el gobierno de Muhammad V, la construcción del patio tal y como lo entendemos actualmente.

Pero la alberca no estaba allí simplemente para decorar. Los arquitectos nazaríes utilizaron el agua como un elemento arquitectónico más. Cuando permanece en calma, su superficie se convierte en un gigantesco espejo en el que se reflejan los arcos, las columnas, el cielo y la Torre de Comares. De esta manera, la arquitectura parece prolongarse hacia abajo y el espacio adquiere una profundidad mucho mayor de la que realmente tiene. La luz reflejada en el agua también cambia continuamente a lo largo del día, haciendo que el patio nunca se perciba exactamente de la misma manera.
A ambos lados de la alberca aparecen los responsables del nombre con el que hoy conocemos el lugar: los arrayanes. Estos grandes setos de Myrtus communis recorren longitudinalmente el estanque y son prácticamente la única vegetación del patio. La palabra arrayán procede del árabe al-rayhan, relacionado con su carácter aromático. El Patronato señala además que probablemente en época medieval se utilizó una variedad conocida como arrayán morisco, aunque actualmente encontramos arrayán común.
Aunque el Patio de los Arrayanes responde a elementos habituales de la arquitectura doméstica hispanomusulmana —un patio abierto alrededor del cual se distribuyen las habitaciones, acompañado por agua y vegetación—, aquí todo adquiere unas dimensiones y una función mucho más solemnes. No debemos olvidar que nos encontramos en el Palacio de Comares, relacionado directamente con el ejercicio del poder del sultán. La galería norte conduce a la Sala de la Barca y, desde esta, al espectacular Salón de Embajadores, situado dentro de la Torre de Comares. El patio, por tanto, no era únicamente un espacio agradable en el que disfrutar del agua, las plantas o el frescor: también formaba parte del escenario representativo de la corte nazarí.
Incluso las paredes hablaban de poder. En las yeserías del patio se conservan inscripciones y poemas relacionados con Muhammad V. El Patronato de la Alhambra ha documentado once poemas áulicos en este espacio, buena parte de ellos atribuidos al poeta y visir Ibn Zamrak, uno de los grandes nombres de la poesía de la Granada nazarí. Por eso, cuando recorremos la Alhambra, merece la pena recordar que aquellas inscripciones que hoy contemplamos principalmente como decoración tenían un significado para quienes vivían allí. Arquitectura, poesía y propaganda política podían formar parte de una misma composición.
Uno de los errores más fáciles de cometer en la Alhambra es caminar mirando únicamente paredes y patios. Hay que mirar los techos. Especialmente en espacios como la Sala de Dos Hermanas o la propia Sala de los Abencerrajes encontraremos espectaculares bóvedas de mocárabes, composiciones tridimensionales formadas por multitud de pequeñas piezas que crean una sensación casi imposible de explicar en fotografías. La decoración nazarí juega constantemente con geometría, escritura, vegetación, luz y agua.
También descubriremos inscripciones por todas partes. Una de las expresiones que más se repite es el lema de la dinastía nazarí: «No hay vencedor sino Dios». Está integrado en paredes, yeserías y elementos decorativos tantas veces que podemos convertir su búsqueda en una especie de juego durante la visita.

Y después aparece el famoso Palacio de los Leones, construido durante el segundo reinado de Muhammad V, entre 1362 y 1391, y considerado uno de los momentos culminantes de la arquitectura nazarí. El Patio de los Leones es probablemente la imagen más reconocible de toda la Alhambra. En el centro encontramos su fuente sostenida por doce leones de mármol, todos diferentes entre sí, y alrededor se despliega ese bosque de columnas que consigue que uno tarde bastante más de lo previsto en cruzar un patio relativamente pequeño.
Los doce leones no son iguales. A primera vista parecen prácticamente idénticos, pero si nos fijamos veremos diferencias en sus rostros, pelajes, patas y proporciones. Todos fueron realizados en mármol blanco de Macael, al igual que la enorme taza dodecagonal que aparentemente sostienen. Y no, los doce leones no eran un reloj que marcaba las horas. Es una de las leyendas más repetidas sobre la Alhambra: según esta historia, cada hora manaba agua de la boca de un león diferente y el mecanismo dejó de funcionar cuando los cristianos intentaron desmontarlo.
Pero la fuente es mucho más interesante de lo que parece a simple vista. Su sistema hidráulico estaba diseñado para que el agua permaneciera sobre la taza formando una lámina sin llegar a desbordarse. El cilindro central servía simultáneamente para abastecerla y evacuar el agua, una pequeña demostración de hasta qué punto la ingeniería hidráulica era fundamental en todo el conjunto. Y hay otro detalle que podemos buscar cuando estemos delante: alrededor de la taza aparece grabado un poema de Ibn Zamrak, poeta de la corte de Muhammad V, dedicado al sultán y a la propia fuente. Los doce leones aparecen simbólicamente como guardianes del poder del soberano.

Junto al Patio de los Leones encontraremos la Sala de los Abencerrajes, asociada a una de las leyendas más famosas de la Alhambra. Según la tradición, varios caballeros de la familia de los Abencerrajes fueron asesinados allí por orden del sultán y las manchas rojizas que pueden verse en la fuente serían nada menos que restos de su sangre. La leyenda fue creciendo con el paso de los siglos y terminó incorporándose al imaginario romántico de la Alhambra pero no tenemos pruebas que permitan aceptar semejante matanza tal y como suele contarse.
La Alcazaba
Después de tanta filigrana es fácil olvidarnos de que la Alhambra también era una fortaleza. Estamos en la Alcazaba, la parte más antigua y fortificada del recinto. Aquí cambia por completo la Alhambra. Desaparecen buena parte de la ornamentación, las fuentes y los jardines para dejar paso a gruesas murallas, torres, adarves y restos de pequeñas viviendas. No estamos ante el lugar en el que los sultanes pretendían impresionar a sus invitados, sino ante el espacio desde el que se protegía la ciudad palatina y se controlaba buena parte de Granada y de su vega. Aquí vivían los soldados encargados de defender la ciudad palatina y todavía podemos distinguir los restos del barrio castrense.
La historia de esta zona de la Sabika comenzó mucho antes de la llegada de los nazaríes. Existen noticias de construcciones defensivas en la colina desde al menos el siglo IX, y durante los siglos posteriores el lugar fue utilizado y transformado en diferentes ocasiones. Los almorávides realizaron algunas intervenciones durante el siglo XII, pero el gran cambio llegaría en el XIII.
En 1238, Muhammad I —Ibn al-Ahmar, fundador de la dinastía nazarí— decidió establecer aquí la sede de su poder. Aprovechó las estructuras anteriores, reconstruyó las defensas y comenzó a configurar la fortaleza que acabaría convirtiéndose en el corazón militar de la nueva ciudad palatina. Durante el periodo nazarí se levantaron o consolidaron algunas de sus grandes torres, entre ellas la Torre de la Vela y la Torre del Homenaje.
La elección del lugar tenía toda la lógica del mundo. Desde esta posición elevada era posible controlar visualmente Granada, la Vega y los accesos al recinto. Hoy contemplamos estas vistas por puro placer; hace ocho siglos, disponer de semejante panorámica podía significar detectar a tiempo una amenaza. Merece especialmente la pena subir a la Torre de la Vela, porque desde arriba obtenemos unas vistas magníficas de Granada, Albaicín y buena parte del entorno. Su campana tuvo durante siglos diferentes funciones, desde avisar de peligros hasta marcar determinados momentos de la vida cotidiana.

Una de las cosas que más sorprenden al recorrerla es descubrir que los soldados no se limitaban a hacer guardia en las murallas. Dentro de la fortaleza existía un auténtico barrio destinado a la guarnición de élite encargada de proteger al sultán y la ciudad palatina. Es el llamado Barrio Castrense, cuyos restos todavía pueden distinguirse perfectamente desde las zonas elevadas de la Alcazaba.
Una estrecha calle recorría el recinto y a sus lados se distribuían viviendas, almacenes y otras dependencias. Las excavaciones permiten reconocer incluso la organización de las casas en las que vivían miembros de la guardia, algunos de ellos junto a sus familias. Había además almacenes, silos, horno, aljibe y baño, de manera que esta parte de la Alhambra podía funcionar con bastante autonomía. El Patronato señala que se han identificado únicamente trece viviendas, una cifra que refuerza la idea de que no se trataba de un gran cuartel para un ejército convencional, sino de un espacio reservado a una guardia selecta al servicio directo del soberano.
El Generalife
Y cuando pensemos que ya hemos visto suficientes palacios, aparece el Generalife, la finca de recreo utilizada por los sultanes nazaríes. Se encuentra fuera de las murallas principales de la Alhambra y funcionaba como espacio de descanso, rodeado de huertas y jardines. Aquí el agua vuelve a convertirse en protagonista. El Patio de la Acequia, con su canal longitudinal, jardines y surtidores, es uno de sus espacios más famosos, aunque algunos elementos que vemos actualmente responden a intervenciones posteriores y no todo presenta exactamente el aspecto que tuvo durante la época nazarí. Esto conviene tenerlo presente durante toda la visita: la Alhambra que contemplamos en 2026 es el resultado de ocho siglos de construcción, reformas, abandono, restauraciones y cambios de gusto. No estamos entrando en una cápsula del tiempo intacta desde 1492.
Situado fuera de sus murallas, era una finca donde los sultanes nazaríes podían retirarse de la vida cortesana, con un palacio de recreo y terrenos dedicados al cultivo. Vamos, que lo de buscar un sitio donde descansar sin alejarse demasiado de casa ya estaba resuelto hace unos cuantos siglos, aunque algunos lo hacían con bastante más presupuesto.
El Generalife era una almunia, un término que ayuda a entender cómo funcionaba este lugar: una propiedad que combinaba residencia, jardines y explotación agrícola. Las huertas formaban parte de su razón de ser y todavía se cultivan terrenos de su entorno siguiendo métodos tradicionales. Esta relación entre belleza y utilidad merece atención porque solemos imaginar los espacios palaciegos como escenarios destinados únicamente a exhibir riqueza, cuando aquí también había una organización del territorio pensada para producir y aprovechar el agua. Detrás de la postal había trabajo, cultivos y una infraestructura que hacía posible mantenerlos.
Su construcción se vincula a Muhammad II, que gobernó entre 1273 y 1302, y el conjunto fue reformado posteriormente por Ismail I en 1319. Por tanto, tampoco estamos ante la ocurrencia de un único monarca ni ante un edificio que haya llegado intacto desde la Edad Media. En cuanto al nombre, la interpretación más extendida lo relaciona con el «jardín del arquitecto» o «del alarife», aunque su significado ha dado lugar a distintas lecturas.

El Patio de la Acequia concentra buena parte de lo que venimos buscando: un espacio alargado, pabellones en sus extremos, vegetación y un canal central que ordena todo el conjunto. Mide aproximadamente 49 metros de largo por 13 de ancho, y su nombre procede de la acequia que lo atraviesa. El agua participa en la composición del jardín, pero también recuerda la función práctica de estas conducciones, imprescindibles para el riego. A su alrededor aparecen arrayanes, granados, naranjos y distintas plantas de flor y aromáticas, una combinación que permite entender el jardín como algo que se disfruta con más sentidos que la vista.
Los famosos surtidores que cruzan sus chorros sobre la acequia se instalaron en el siglo XIX. Los reconocemos tanto que resulta fácil atribuirlos a los sultanes nazaríes pero pertenecen a una transformación posterior. También cambió la relación del patio con el paisaje. Originalmente era un espacio mucho más cerrado e íntimo, con un pequeño mirador hacia el exterior; las intervenciones de época cristiana abrieron su lateral occidental y lo convirtieron en un jardín más volcado hacia las vistas. Incluso las ventanas bajas tienen su explicación: permitían contemplar el entorno estando sentado en el suelo, una costumbre de la vida doméstica andalusí.
Entradas de la Alhambra
La entrada Alhambra General cuesta 22,27 euros y comprende Palacios Nazaríes, Alcazaba, Partal y Generalife. Los precios pueden cambiar, por lo que siempre comprobaría la tarifa actual antes del viaje. Comprad la entrada en la web oficial con antelación. No esperaría a llegar a Granada para ver qué pasa, especialmente si viajamos en fin de semana, puente, Semana Santa o temporada alta. Las plazas de los Palacios Nazaríes son limitadas y podemos encontrarnos perfectamente con que quedan entradas para Granada, hotel, tren, restaurantes y absolutamente todo excepto para el lugar que probablemente más ganas teníamos de visitar.
Además, las entradas son nominativas y debemos llevar el documento de identidad original utilizado para la compra. También tenemos la opción de contratar una visita guiada por La Alhambra, donde además de enterarnos mucho mejor de todos los secretos de este monumento único en el mundo, no nos tendremos que preocupar de comprar las entradas ya que van incluídas en la actividad.
Horarios de la Alhambra
Actualmente la visita diurna funciona todos los días de 8:30 a 20:00 entre el 1 de abril y el 14 de octubre y de 8:30 a 18:00 entre el 15 de octubre y el 31 de marzo. También existen visitas nocturnas. Ver los Palacios Nazaríes iluminados y con un ambiente completamente diferente puede ser una experiencia magnífica, aunque debemos tener presente que la visita nocturna no sustituye necesariamente a la diurna si queremos conocer el conjunto completo.
Si podemos elegir, yo intentaría entrar a primera hora de la mañana. No vamos a estar solos —olvidémonos de esa fantasía— pero empezaremos antes de que avance el día y, especialmente en verano, evitaremos parte del calor. Otra posibilidad estupenda es organizar la visita hacia la tarde y terminar cerca del cierre, teniendo siempre muchísimo cuidado con el horario asignado a los Palacios Nazaríes.
En pleno verano evitaría, si puedo escoger, las horas centrales. Hay zonas de sombra, jardines y espacios interiores, pero también caminaremos bastante al aire libre y Granada en julio no necesita demostrarle nada a nadie en materia de calor.
Cómo llegar a la Alhambra
Podemos subir andando desde el centro, utilizar autobús urbano, taxi o llegar en coche hasta los aparcamientos habilitados.
Andando desde Plaza Nueva podemos subir por la Cuesta de Gomérez, atravesando la Puerta de las Granadas y entrando progresivamente en el bosque de la Alhambra. El paseo es precioso y tiene la ventaja de ir preparando el escenario antes de llegar. Si no queremos empezar la visita gastando buena parte de nuestras reservas energéticas, los pequeños autobuses urbanos que suben desde el centro solucionan perfectamente el problema. Siempre podemos hacer una combinación bastante sensata: subir en autobús y regresar andando.
El Albaicín
Si la Alhambra es el gran monumento de Granada, el Albaicín es probablemente el barrio que mejor explica la ciudad que existía al otro lado de sus murallas. Y aquí conviene cometer exactamente el error contrario al que suele cometer buena parte de los visitantes: no subir directamente al Mirador de San Nicolás, hacer la fotografía reglamentaria de la Alhambra, bajar y considerar que ya hemos visto el Albaicín. Porque el mirador es extraordinario, evidentemente, pero entre la parte baja del barrio y San Nicolás hay aljibes, antiguas puertas, restos de murallas, casas moriscas, cármenes, iglesias levantadas sobre mezquitas y suficientes callejuelas como para olvidarnos durante un buen rato de hacia dónde íbamos.
Además, el Albaicín no necesita demasiado esfuerzo para parecer antiguo porque realmente lo es. En la colina existieron asentamientos mucho antes de la llegada de los musulmanes pero el barrio empezó a adquirir buena parte de su estructura urbana durante el periodo zirí, a partir del siglo XI, cuando Granada se convirtió en capital de un reino independiente. Posteriormente, bajo los nazaríes, continuaría creciendo hasta transformarse en una zona densamente poblada de la ciudad musulmana.
Buena parte de aquella Granada ha desaparecido, naturalmente, pero lo extraordinario es cuánto sigue siendo reconocible. La red de calles estrechas, las pequeñas plazas, los aljibes y determinados tramos de muralla permiten intuir todavía cómo funcionaba aquel barrio medieval. Y una vez sabido esto, toca hacer lo más recomendable en el Albaicín: empezar a andar sin tener demasiada prisa.

Una magnífica manera de comenzar es desde la Plaza Nueva, siguiendo la Carrera del Darro junto al río. Aquí tenemos una de las estampas más bonitas del centro histórico de Granada: edificios antiguos, pequeños puentes, restos de construcciones árabes y la Alhambra apareciendo arriba entre árboles y fachadas. El río que tenemos al lado es el Darro, cuyo nombre se ha relacionado tradicionalmente con el oro que se extraía de sus aguas. De hecho, una explicación muy extendida vincula el nombre con Dauro, «de oro», aunque la evolución histórica del topónimo es bastante más compleja que esa bonita traducción turística. Lo que sí está documentado es la existencia de actividad aurífera en la cuenca del Darro desde épocas antiguas.
Mientras avanzamos aparecerán varios lugares que merecen detenernos. Uno de ellos es El Bañuelo, uno de los baños árabes mejor conservados de España y uno de los escasos edificios de este tipo que sobrevivieron a la conquista cristiana.

Los baños públicos desempeñaban un papel importantísimo en las ciudades islámicas medievales. No eran únicamente lugares donde lavarse; también tenían funciones sociales y estaban relacionados con las prácticas de purificación religiosa. El Bañuelo se fecha tradicionalmente en el siglo XI y conserva sus salas fría, templada y caliente, además de esas características aberturas en forma de estrella y octógono del techo que permitían iluminar y ventilar los espacios.
Después de la conquista, los baños musulmanes empezaron a contemplarse con creciente desconfianza por parte de las autoridades cristianas porque estaban estrechamente asociados a costumbres islámicas y moriscas. Muchos terminaron desapareciendo o transformándose. El Bañuelo tuvo bastante suerte. Durante siglos quedó parcialmente oculto por una vivienda construida encima y precisamente esa circunstancia ayudó a que llegara hasta nosotros. A veces esconder un monumento resulta ser una magnífica estrategia de conservación.
Continuando junto al Darro llegaremos al famoso Paseo de los Tristes, uno de los lugares más agradables para sentarnos un rato con la Alhambra prácticamente encima. Pero «Paseo de los Tristes» no es su nombre oficial. Se llama Paseo del Padre Manjón. El apodo tiene un origen bastante menos alegre que las terrazas que encontramos actualmente. Por aquí pasaban antiguamente los cortejos fúnebres que se dirigían hacia el cementerio situado junto a la Alhambra, de manera que los granadinos terminaron bautizando popularmente el lugar como Paseo de los Tristes.
Una de las cosas en las que merece la pena fijarse mientras recorremos el Albaicín son sus aljibes. Todavía se conservan numerosos depósitos de agua vinculados al complejo sistema hidráulico de la Granada islámica. El agua llegaba mediante acequias y se almacenaba en aljibes repartidos por los diferentes barrios para abastecer a la población. Muchos estaban asociados a mezquitas y cuando estas fueron sustituidas posteriormente por iglesias, los aljibes permanecieron. Entre los más importantes se encuentra el Aljibe del Rey, considerado el de mayor capacidad del Albaicín. Está relacionado con la Acequia de Aynadamar, que transportaba agua desde Fuente Grande, en Alfacar, hasta la ciudad.
Otro vestigio fundamental es la Puerta de Elvira, una de las principales entradas de la Granada musulmana. Comunicaba la ciudad con el camino hacia Medina Elvira y daba acceso a uno de los ejes urbanos más importantes. Lo que vemos actualmente es solo una parte de la estructura original, que era bastante más compleja. Aun así, atravesarla tiene algo especial cuando pensamos en la cantidad de comerciantes, viajeros, soldados y habitantes que pasaron por este mismo lugar durante siglos.

Desde sus alrededores comienza además la calle Elvira, una de las calles más conocidas del centro actual y un buen lugar para comprobar cómo la herencia árabe de Granada convive hoy con teterías, tiendas, bares, recuerdos turísticos y prácticamente cualquier cosa que pueda venderse debajo de una lámpara marroquí.
Menos conocida pero históricamente importantísima es la Puerta Monaita, perteneciente al sistema defensivo de la Granada zirí. Se construyó en el siglo XI y formaba parte de la muralla que protegía la antigua Alcazaba Qadima. Por esta zona podemos localizar también restos de la muralla zirí, una de esas partes del Albaicín que ayudan a entender que esto no era simplemente un barrio pintoresco de casas blancas, sino una auténtica ciudad fortificada.

Mientras caminamos aparecerá una palabra constantemente: carmen. El carmen es una vivienda tradicional granadina, especialmente característica del Albaicín y el Realejo, que combina casa y espacio verde privado, normalmente con jardín, huerto, árboles, parras y en ocasiones magníficas vistas hacia la Alhambra. El término suele relacionarse con el árabe karm, asociado a viña o jardín. Lo interesante es que desde la calle muchas veces apenas vemos nada: un muro blanco, una puerta y poco más. Toda la gracia está precisamente detrás. Uno de los más conocidos es el Carmen de la Victoria, propiedad de la Universidad de Granada y situado en la Cuesta del Chapiz, con jardines escalonados y vistas hacia la Alhambra.
El Palacio de Dar al-Horra
En la parte alta del Albaicín, entre los callejones que rodean el convento de Santa Isabel la Real, se encuentra el Palacio de Dar al-Horra, una residencia nazarí que permite acercarse a la Granada de sus últimos soberanos. Construido en el siglo XV, tiene unas dimensiones bastante más recogidas de lo que quizá imaginamos al escuchar la palabra «palacio»: aquí el interés está en el patio, las habitaciones y los detalles de una casa vinculada a la familia real. Su nombre se ha traducido como «Casa de la Señora», «Casa de la Sultana» o «Casa de la Honesta», interpretaciones relacionadas con el tratamiento honorífico de las princesas musulmanas.
El palacio está especialmente ligado a Aixa, esposa de Muley Hacén y madre de Boabdil, el último emir de Granada. Su presencia también está documentada en la Alhambra, de modo que Dar al-Horra forma parte de una historia que se desarrolló en distintos espacios de la ciudad. Contemplar esta residencia permite poner un escenario concreto a una figura que aparece una y otra vez al hablar del final del reino nazarí, aunque conviene tener cuidado con las reconstrucciones demasiado novelescas de su vida: el propio Patronato señala que algunos de los testimonios sobre las mujeres de la corte proceden principalmente de cronistas cristianos. Hay que leerlos teniendo presente quién contaba la historia.
En tu fotografía se aprecia muy bien cómo el patio articula el edificio: las habitaciones se distribuyen alrededor de él y los pórticos de tres arcos dan acceso a las salas principales. Las columnas, los aleros de madera y las yeserías recuerdan soluciones presentes en los palacios de la Alhambra, trasladadas a una residencia de menor tamaño. La galería superior y la torre mirador añaden altura a ese espacio recogido, donde merece la pena fijarse tanto en la arquitectura como en la relación entre las distintas estancias. Ahora bien, el aspecto actual también debe mucho a las restauraciones: algunos arcos del pórtico norte fueron restituidos por Leopoldo Torres Balbás, mientras que su techo interior de madera conserva decoración y restos de pintura antiguos.
Una de las curiosidades más bonitas está en las inscripciones de las yeserías del mirador. Contienen deseos de bendición, felicidad, salud y dicha continuada, palabras apropiadas para el carácter privado de la residencia. Además, las vistas de la planta alta se orientan hacia San Cristóbal y la muralla zirí: el palacio ofrece otra perspectiva del Albaicín, con el propio barrio como protagonista.

Después de la conquista de 1492, los Reyes Católicos cedieron el edificio a Hernando de Zafra, que lo utilizó como residencia. En 1493 se firmaron aquí acuerdos con miembros de la nobleza mudéjar granadina relacionados con su marcha a Marruecos junto al emir depuesto. Posteriormente, el palacio quedó integrado en el conjunto conventual de Santa Isabel la Real, y una de sus salas llegó a utilizarse como iglesia antes de construirse el templo actual. Ese cambio de uso explica parte de su conservación, pero también recuerda que los edificios históricos han sobrevivido adaptándose a nuevas necesidades y nuevos poderes.
Otro lugar especialmente interesante es la Casa de Zafra. Escondida en el entramado del Albaicín, muy cerca de la Carrera del Darro, esta antigua vivienda nazarí permite acercarse a una faceta mucho más íntima de la Granada musulmana: no a la de los grandes palacios y los sultanes, sino a la vida que transcurría puertas adentro en las casas de las familias acomodadas.
La vivienda fue construida en el siglo XIV y ampliada durante el XV. No se conoce con certeza quiénes fueron sus primeros propietarios, aunque por sus dimensiones y por los elementos arquitectónicos que han llegado hasta nosotros los especialistas consideran que debió pertenecer a una familia de la nobleza nazarí. Aquí no estamos viendo dónde vivía el sultán, sino acercándonos a una arquitectura doméstica que ayuda a comprender cómo eran algunas viviendas de la Granada musulmana.
Al entrar, la distribución resulta inmediatamente familiar si antes hemos recorrido los Palacios Nazaríes: la casa gira alrededor de un patio rectangular, que originalmente contaba con una alberca central, mientras que en los lados menores aparecen pórticos que precedían a las estancias principales. Arcos, columnas con capiteles nazaríes, yeserías, pinturas murales y antiguos techos de madera recuerdan que el refinamiento de la arquitectura andalusí no estaba reservado exclusivamente a los palacios de la Alhambra.

Incluso la entrada nos cuenta mucho acerca de cómo se concebía una vivienda musulmana. No se accedía directamente desde la calle al patio, sino a través de un zaguán en recodo, diseñado para impedir que desde el exterior pudiera verse el interior de la casa. La intimidad familiar tenía una enorme importancia y la propia arquitectura se encargaba de protegerla. Una vez atravesado ese pequeño filtro entre la calle y la vivienda, el patio se convertía en el auténtico corazón de la casa y distribuía el acceso al resto de las habitaciones.
La historia de la Casa de Zafra cambió radicalmente después de 1492. La propiedad terminó vinculada a Hernando de Zafra, secretario de los Reyes Católicos, y a su esposa Leonor de Torres. Posteriormente fue donada, junto con otros inmuebles, para la fundación del convento dominico de Santa Catalina de Siena, conocido como Convento de Zafra. Paradójicamente, esa integración dentro del conjunto conventual contribuyó a que la antigua casa nazarí llegara hasta nuestros días. El Ayuntamiento de Granada la adquirió en 1946 y a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI pasó por distintas intervenciones de consolidación y restauración.
Pero la Casa de Zafra no es únicamente un monumento histórico. Actualmente alberga el Centro de Interpretación del Albaicín, con paneles, recursos audiovisuales y material interactivo dedicado a explicar la evolución del barrio. Por eso puede ser una visita especialmente interesante antes de empezar a recorrer el Albaicín: ayuda a comprender por qué sus calles parecen un laberinto, cómo eran sus viviendas y de qué manera fue transformándose esta parte de Granada con el paso de los siglos. De hecho, la propia oficina de turismo de Granada recomienda comenzar aquí el descubrimiento del barrio.
Hay que ir al Mirador de San Nicolás. La vista es extraordinaria. Tenemos la Alhambra prácticamente enfrente, Sierra Nevada detrás y el valle del Darro separando ambas colinas. Junto al mirador encontramos la iglesia de San Nicolás, levantada en el siglo XVI sobre una antigua mezquita, otra de esas superposiciones históricas que iremos encontrando continuamente por Granada.
Al atardecer aquello puede llenarse hasta unos niveles bastante considerables, con músicos, vendedores, turistas, parejas intentando hacerse la misma fotografía y gente que ha llegado cuarenta minutos antes para defender un trocito de muro como si estuviera reclamando territorio nacional. Si queremos verlo con más tranquilidad, podemos acercarnos por la mañana. Si queremos ambiente y una luz especialmente bonita, entonces sí: atardecer, asumiendo que no hemos sido precisamente los primeros en tener la idea.

A pocos metros se encuentra la Mezquita Mayor de Granada, inaugurada en 2003, más de cinco siglos después de la desaparición de las mezquitas históricas de la ciudad tras la conquista cristiana. Su recinto reúne la sala de oración, un Centro de Estudios Islámicos y un jardín que tiene bastante que ofrecer a quienes llegan buscando las vistas de Granada.
Además, el jardín suele estar más tranquilo que el vecino mirador, algo que se agradece cuando San Nicolás parece haberse convertido en el punto de encuentro de todos los viajeros de la ciudad.
La mezquita mantiene su función religiosa y acoge las cinco oraciones diarias de la comunidad musulmana. El acceso turístico habitual se centra en el jardín, mientras que para conocer la sala de oración sin acudir a rezar es necesario concertar una visita de grupo. Su presencia permite acercarse a una Granada donde la cultura islámica también forma parte de la vida del presente.
El Albaicín tampoco pertenece únicamente a la Edad Media. El barrio mantiene una relación estrechísima con el flamenco y aquí nació en 1942 Enrique Morente, una de las figuras fundamentales del flamenco contemporáneo. Morente llevó el género por caminos que en determinados momentos hicieron levantar más de una ceja entre los puristas, mezclándolo con poesía y experimentación musical. Su relación con Granada fue constante y su hija Estrella Morente continuaría posteriormente esa tradición familiar.
Es otro ejemplo de algo que iremos viendo todavía con más claridad cuando lleguemos al Sacromonte: en Granada el flamenco no apareció para entretener a los turistas que llegan en autobús.
El Sacromonte
Si desde el Albaicín continuamos avanzando hacia el este, llegará un momento en el que Granada vuelve a cambiar de aspecto. Las calles se hacen todavía más irregulares, empiezan a aparecer chumberas por las laderas, las casas blancas parecen agarrarse al terreno como pueden y muchas de ellas esconden una peculiaridad que desde fuera apenas se aprecia: buena parte de la vivienda está excavada directamente en la montaña. Hemos llegado al Sacromonte, uno de los barrios más peculiares de Granada y también uno de los que más fácilmente puede convertirse en una caricatura turística si nos quedamos únicamente con aquello de «cuevas y flamenco».
Porque detrás de las zambras que hoy anuncian espectáculos todas las noches existe una historia bastante más compleja. El origen del barrio se sitúa en los primeros años del siglo XVI, cuando esta zona extramuros fue ocupándose por población musulmana y por grupos gitanos llegados a Granada tras la conquista cristiana. Las cuevas excavadas en las laderas terminarían convirtiéndose en una de sus señas de identidad y la convivencia entre tradiciones moriscas, gitanas y cristianas contribuiría posteriormente a desarrollar una cultura propia que acabaría estrechamente ligada al flamenco.
El barrio fue creciendo fuera de las murallas, en una posición bastante reveladora de la situación social de quienes lo habitaban. Durante siglos fue una zona humilde y periférica y muchas de las familias que vivían en las cuevas desarrollaron allí sus propios oficios, celebraciones y formas de expresión artística. Con el paso del tiempo el flamenco del Sacromonte empezaría a llamar la atención de viajeros y artistas y aquello que había surgido dentro de una comunidad terminaría transformándose también en espectáculo para visitantes.
Las cuevas del Sacromonte son viviendas excavadas aprovechando las características del terreno y algunas cuentan con varias habitaciones distribuidas hacia el interior. Desde fuera podemos encontrarnos simplemente una fachada encalada, una puerta, alguna ventana y una chimenea que sobresale del terreno; detrás puede extenderse una vivienda mucho mayor de lo que imaginábamos. Además tienen una ventaja natural considerable: la tierra funciona como aislante, ayudando a mantener una temperatura interior mucho más estable que la del exterior. Algo que resulta bastante práctico cuando fuera Granada decide ponerse a cuarenta grados en Agosto.
Para entender cómo era la vida tradicional dentro de ellas, uno de los lugares más interesantes es el Museo Cuevas del Sacromonte, situado en el Barranco de los Negros. Conserva y recrea diferentes tipos de espacios —cueva vivienda, cocina, cuadra y talleres— y explica no solamente la arquitectura sino también los oficios, costumbres y formas de vida de quienes habitaron el barrio. La entrada cuesta 6 euros y abren todos los días de 10:00 a 18:00 en invierno y de 10:00 a 20:00 en verano. Resulta bastante más interesante verlo así que contemplar una cueva preparada como tablao y pensar que todo el Sacromonte nació para que pudiéramos ver flamenco mientras cenamos.

Hoy utilizamos muchas veces la palabra zambra para referirnos directamente al local donde vemos un espectáculo flamenco en una cueva. Pero originalmente la palabra hacía referencia a una celebración y posteriormente acabaría identificando una forma muy particular del flamenco granadino. La tradición turística e histórica de Granada relaciona la zambra sacromontana con antiguos bailes de boda moriscos que posteriormente fueron incorporados y transformados por la población gitana. Durante determinadas épocas llegaron a celebrarse de manera clandestina y finalmente se convirtieron en uno de los elementos culturales más característicos del barrio.
Una zambra tradicional podía incluir diferentes bailes relacionados con momentos de una boda y se interpretaba en espacios muy pequeños. Y ahí está precisamente una de las diferencias con un gran tablao: en una cueva del Sacromonte prácticamente tenemos a los artistas encima. El espacio obliga a que público, cante, guitarra y baile estén separados por muy pocos metros.
Durante los siglos XIX y XX estas zambras comenzaron a atraer a escritores, artistas, aristócratas y viajeros extranjeros. Algunas familias gitanas se hicieron especialmente conocidas y el Sacromonte terminó convirtiéndose en una de las imágenes internacionales del flamenco granadino. Entre los nombres históricos encontramos a María la Canastera, nacida en 1913 y convertida en una de las grandes figuras de las zambras del Sacromonte. Su cueva continúa siendo actualmente uno de los espacios visitables del barrio.
¿Significa esto que cualquier espectáculo con dos autobuses turísticos esperando en la puerta representa exactamente lo que fue una zambra tradicional? Evidentemente no. Como ocurre con prácticamente todas las tradiciones que terminan convirtiéndose en atractivo turístico, hay propuestas mejores, peores y algunas bastante orientadas exclusivamente al visitante. Pero sería igualmente injusto pensar que todo el flamenco del Sacromonte es un invento para turistas: la relación del barrio con este arte viene de mucho antes de que existieran Tripadvisor, Instagram y las excursiones organizadas.
El Sacromonte se disfruta muchísimo mejor andando, aunque aquí vuelven nuestras viejas amigas las cuestas. Desde el Albaicín podemos dirigirnos hacia la Cuesta del Chapiz y continuar por el Camino del Sacromonte, desde donde empiezan a aparecer cuevas, zambras y magníficas vistas de la Alhambra. Una de las calles más bonitas para caminar es la Verea de Enmedio, bastante más tranquila que el recorrido principal y con algunas perspectivas estupendas hacia la Alhambra.
El centro histórico de Granada
Después de pasar unas cuantas horas entre callejuelas moriscas, aljibes, cuevas y palacios nazaríes, toca bajar nuevamente al centro histórico porque aquí Granada vuelve a cambiar de piel. Y lo hace prácticamente de golpe. Alrededor de la Catedral encontramos algunos de los edificios que mejor explican lo que ocurrió después de 1492, cuando los Reyes Católicos entraron en la ciudad y comenzó una transformación política, religiosa y urbanística destinada a dejar bastante claro que había empezado una nueva etapa.
Lo curioso es que las dos Granadas siguen estando literalmente una encima de la otra. La Catedral fue levantada donde anteriormente se encontraba la mezquita mayor; a unos pasos tenemos una antigua universidad coránica convertida posteriormente en Ayuntamiento cristiano; la Alcaicería mantiene el nombre y el recuerdo del antiguo mercado de la seda y, caminando apenas cinco minutos, podemos entrar en un edificio nazarí donde hace siglos se alojaban comerciantes con sus mercancías. Todo concentrado en una zona tan pequeña que podemos recorrerla perfectamente andando.
La Catedral de Granada no está aquí por casualidad. Los Reyes Católicos ordenaron su construcción en 1501 sobre el espacio de la antigua mezquita mayor y el proyecto terminaría adquiriendo todavía mayor importancia durante el reinado de su nieto Carlos V, dentro de esa idea de convertir Granada en una gran ciudad imperial. La construcción se prolongó durante siglos y eso explica que encontremos diferentes estilos. El proyecto inicial tenía planteamiento gótico, pero la llegada de Diego de Siloé en el siglo XVI cambió radicalmente las cosas y convirtió el edificio en una de las grandes obras del Renacimiento español. Mucho después llegaría la monumental fachada barroca diseñada por Alonso Cano. También merece la pena rodearla por fuera en lugar de limitarnos a mirar la fachada principal desde la Plaza de las Pasiegas. Por Cárcel Baja aparecen la torre y diferentes portadas y desde otras calles podemos apreciar mejor cómo la Catedral fue literalmente encajada dentro del tejido urbano del centro.

Hay una curiosidad arquitectónica bastante llamativa: la torre que vemos hoy no es exactamente la que se había imaginado. El proyecto era mucho más ambicioso y contemplaba dos grandes torres, pero finalmente solamente se levantó una y ni siquiera alcanzó la altura originalmente prevista. Así que incluso los grandes proyectos imperiales terminaban encontrándose con algo que continúa resultándonos bastante familiar cinco siglos después: problemas técnicos y presupuestos que no daban para todo. Aún así, cuando entramos entendemos rápidamente que aquí no estaban precisamente intentando pasar desapercibidos. El interior es enorme, luminoso y sorprendentemente blanco, con grandes pilares y una Capilla Mayor que rompe bastante con la imagen oscura que muchas veces asociamos a las catedrales históricas.
Pegada a la Catedral encontramos la Capilla Real, y aquí merece la pena entrar incluso aunque ya llevemos una considerable sobredosis de iglesias. Porque debajo de nuestros pies están Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. No simbólicamente. Sus féretros se encuentran realmente en la pequeña cripta situada bajo los espectaculares mausoleos que vemos en la capilla. También están enterrados allí su hija Juana I de Castilla, a quien todos conocemos (injustamente) como Juana la Loca, su marido, Felipe el Hermoso y el pequeño príncipe Miguel de la Paz, nieto de los Reyes Católicos, que murió con apenas dos años.
Isabel y Fernando decidieron en 1504 que querían ser enterrados en Granada y ordenaron construir para ello la Capilla Real. Isabel murió ese mismo año y Fernando en 1516 pero el edificio todavía no estaba preparado para recibirlos. Así que durante años ambos estuvieron enterrados provisionalmente en el convento de San Francisco de la Alhambra. No sería hasta 1521 cuando sus cuerpos fueron trasladados solemnemente hasta la cripta donde continúan actualmente.

Arriba veremos dos enormes monumentos funerarios de mármol. El de los Reyes Católicos fue realizado por el escultor florentino Domenico Fancelli y está cargado de figuras y símbolos. Pero lo más curioso viene cuando descendemos a la cripta. Después de tanta escultura renacentista, tanto mármol y tanta grandeza imperial, abajo encontramos una habitación sorprendentemente pequeña y austera con varios sencillos ataúdes de plomo identificados mediante iniciales. En el centro están Isabel y Fernando; a los lados, Juana y Felipe; y junto a ellos el diminuto féretro del príncipe Miguel. El contraste no puede ser mayor.
La sacristía funciona actualmente como museo y conserva diferentes objetos relacionados con los Reyes Católicos, además de pintura flamenca e italiana y piezas religiosas. Entre las más curiosas está el Misal de Isabel la Católica, realizado en pergamino y decorado para la reina en 1496. La biblioteca que Isabel legó a la Capilla era muchísimo mayor —los inventarios históricos hablan de más de un centenar de libros— pero gran parte terminó trasladándose posteriormente a Simancas y El Escorial. El misal fue uno de los que permanecieron en Granada.
A escasos metros de la Catedral aparece la Alcaicería, una sucesión de callejuelas estrechas llenas actualmente de tiendas de artesanía, cerámica, lámparas, cuero, textiles y recuerdos. La palabra procede del árabe y designaba un mercado especializado, estrechamente relacionado en Granada con el comercio de la seda. La Alcaicería nazarí era muchísimo más extensa que la que vemos hoy y ocupaba una zona comercial importantísima junto a la mezquita mayor. Durante siglos continuó funcionando como mercado hasta que un enorme incendio en 1843 destruyó prácticamente todo el conjunto. La Alcaicería actual es fruto de la reconstrucción posterior realizada siguiendo una estética neoárabe. Esto conviene saberlo porque es muy fácil caminar por allí pensando que esas tiendas son exactamente las mismas que existían durante el periodo nazarí. El trazado y la tradición comercial recuerdan aquel mercado, pero buena parte de lo que vemos pertenece al siglo XIX.

Aun así merece la pena atravesarla, especialmente a primera hora o cuando hay menos gente. Y si vamos a comprar algún recuerdo, yo compararía precios entre varias tiendas porque encontraremos desde artesanía local realmente bonita hasta productos fabricados bastante más lejos de Granada de lo que su decoración morisca podría hacernos pensar.
Saliendo de la Alcaicería llegaremos a Plaza Bib-Rambla, uno de los espacios más animados del centro. Su nombre procede de una de las antiguas puertas de la Granada musulmana, Bab al-Rambla, y durante siglos la plaza fue escenario de mercados, celebraciones, fiestas públicas, corridas de toros e incluso ejecuciones. Hoy el panorama es considerablemente menos dramático. Terrazas, restaurantes, puestos de flores y la Fuente de los Gigantones, dedicada a Neptuno, ocupan buena parte del espacio.
Y a pocos minutos andando tenemos uno de mis edificios favoritos del centro por una razón muy sencilla: su función original se entiende perfectamente incluso siete siglos después.
El Corral del Carbón fue construido durante el periodo nazarí, en el siglo XIV, como alhóndiga, una especie de almacén y hospedería para comerciantes. Los mercaderes llegaban a Granada con sus mercancías, podían almacenarlas en el edificio y alojarse allí durante su estancia. Vamos, una combinación medieval de hotel, almacén y centro de negocios.

Entramos atravesando una espectacular portada decorada y llegamos a un patio rectangular rodeado por tres pisos de galerías. En la planta baja se almacenaban mercancías y animales mientras las habitaciones superiores servían de alojamiento.
Después de la conquista cristiana tuvo diferentes usos. Pasó a relacionarse con el comercio del carbón —de ahí el nombre que ha llegado hasta nosotros— y posteriormente llegó a utilizarse incluso como corral de comedias. Es además la única alhóndiga nazarí conservada íntegramente en la Península Ibérica, lo que hace bastante sorprendente que algunos visitantes pasen prácticamente por su puerta y ni siquiera entren.
El Realejo: el antiguo barrio judío
La Alhambra se lleva la fama, el Albaicín se lleva las fotografías y el Sacromonte se lleva el flamenco, así que al Realejo le ha tocado durante mucho tiempo interpretar un papel bastante más discreto. Y es una pena, porque estamos ante uno de los barrios con más capas históricas de Granada y, además, uno de los más agradables para caminar, parar a tomar algo y encontrarnos pequeños monumentos que probablemente tendríamos rodeados de gente si estuvieran tres calles más cerca de la Catedral.
Se extiende a los pies de la Alhambra y tradicionalmente se identifica con la antigua Garnata al-Yahud, la Granada de los judíos. La presencia de población judía en Granada se remonta muchos siglos atrás y alcanzó una enorme importancia durante el periodo musulmán. La comunidad hebrea permaneció en la ciudad durante más de quince siglos y dio figuras tan relevantes como Samuel Ibn Nagrella o Yehudá Ibn Tibon.
Después de la conquista cristiana de 1492 todo volvería a cambiar. Ese mismo año los Reyes Católicos decretaron la expulsión de los judíos de sus reinos y la antigua judería fue profundamente transformada. Aparecieron conventos, iglesias, palacios y nuevas viviendas, mientras que buena parte de las huellas físicas de la comunidad sefardí fue desapareciendo. Por eso hoy el pasado judío del Realejo hay que buscarlo. No vamos a encontrar una judería medieval perfectamente conservada con sinagogas en cada esquina. Lo que encontraremos es un barrio construido sobre otro barrio, algo que a estas alturas del viaje ya sabemos que Granada hace extraordinariamente bien.
Una buena manera de entrar en el Realejo desde el centro es subir por la calle Pavaneras. Allí nos recibe la estatua de Yehudá Ibn Tibon, médico, filósofo y traductor nacido en Granada hacia 1120.

Su vida explica bastante bien el extraordinario intercambio cultural que se produjo durante determinados periodos de al-Andalus. Tras abandonar Granada se instaló en el sur de Francia y desarrolló una importantísima labor traduciendo obras del árabe al hebreo. Su familia continuaría aquel trabajo durante varias generaciones y los Ibn Tibon terminaron convirtiéndose en una de las grandes dinastías de traductores del mundo medieval. Destacó como médico, poeta y una de las grandes figuras de la comunidad sefardí granadina.
Muy cerca encontramos la Casa de los Tiros, un palacio del siglo XVI que actualmente alberga un museo dedicado a la historia y cultura granadinas. Su nombre se debe a los mosquetes o piezas de artillería que aparecen entre las almenas de su fachada, un detalle bastante poco sutil que terminó bautizando la casa. El edificio perteneció a la familia Granada Venegas, descendiente de la nobleza musulmana convertida al cristianismo, otro ejemplo magnífico de hasta qué punto las historias de Granada después de 1492 son bastante más complicadas que aquello de «se fueron unos y llegaron otros». En el interior podemos conocer diferentes aspectos de la historia de la ciudad, pero incluso si no entramos merece la pena acercarnos para contemplar su fachada.
Uno de los grandes desconocidos del Realejo es el Cuarto Real de Santo Domingo, y precisamente por eso merece bastante la pena incluirlo. Estamos ante un antiguo palacio nazarí del siglo XIII, construido en una finca conocida como Huerta Grande de la Almanjarra, dentro de un arrabal amurallado. Se considera un antecedente directo de la arquitectura palatina que posteriormente alcanzaría su máximo desarrollo en la Alhambra. Es decir, podemos verlo casi como un ensayo de algunas de las soluciones arquitectónicas y decorativas que después encontraremos multiplicadas y perfeccionadas en los palacios nazaríes.
Tras la conquista cristiana, en 1493 fue cedido a los dominicos junto con terrenos próximos para la construcción del convento de Santa Cruz la Real. Y nuevamente tenemos el mismo fenómeno: palacio nazarí, conquista cristiana, convento y sucesivas transformaciones. Granada parece incapaz de dejar un edificio haciendo solamente una cosa durante quinientos años.
Muy cerca tenemos la iglesia de Santo Domingo, vinculada al antiguo convento dominico de Santa Cruz la Real. Su construcción comenzó después de la conquista y el conjunto fue creciendo durante los siglos posteriores. Dentro se esconde el Camarín de la Virgen del Rosario, una explosión barroca de mármoles, espejos, dorados, esculturas y decoración que contrasta radicalmente con la arquitectura nazarí que llevamos viendo durante buena parte del viaje.
El corazón del barrio es el Campo del Príncipe, una plaza enorme para los estándares del centro histórico granadino y uno de esos lugares que invitan a sentarse un rato sin necesidad de buscar ninguna excusa monumental. Durante la época nazarí se conocía como Campo de la Loma y en sus alrededores había huertas, fincas de recreo y palacios vinculados a los sultanes. Allí se celebraban también actos públicos y festejos ecuestres. Después de la conquista volvió a transformarse. En 1497, con motivo de las bodas del príncipe Juan —hijo de los Reyes Católicos— con Margarita de Austria, se decidió crear aquí un gran espacio público siguiendo modelos castellanos. Posteriormente acogió juegos de cañas, justas, corridas de toros, procesiones y hasta autos de fe. Actualmente Campo del Príncipe es además una estupenda zona para parar a comer o tomar algo y una de las mejores bases para recorrer tranquilamente el Realejo.
Subiendo por las calles del Realejo llegaremos a la Placeta de la Puerta del Sol, uno de esos rincones que explican la vida cotidiana bastante mejor que muchos grandes monumentos. Aquí se conserva un antiguo lavadero público, una sencilla estructura porticada con pilas donde las mujeres del barrio acudían a lavar cuando las casas todavía no disponían de agua corriente. Los lavaderos eran además lugares fundamentales de socialización. La documentación turística municipal recuerda que el lavadero estuvo funcionando hasta 1965.
Ir de tapas
Hay ciudades donde tapear significa pedir una bebida y después empezar a señalar platitos en una carta mientras la cuenta va creciendo poco a poco. Granada juega con otras reglas. Aquí lo habitual es pedir una consumición y recibir con ella una tapa incluida, una costumbre tan integrada en la vida de la ciudad como lo es en Madrid, donde si cuando voy a un sitio a tomar algo no me ponen ni unas aceitunas, no vuelven a verme el pelo.
Pero hay una cosa importante en Granada: no todos los bares funcionan igual. ¿La tapa es realmente gratis? Por lo general, sí: la mayoría de los bares granadinos incluyen una tapa con la consumición. Ahora bien, conviene entender qué significa exactamente «gratis». Evidentemente el bar no está regalando comida por vocación filantrópica: forma parte de su modelo de negocio y del precio de las consumiciones. Lo que ocurre es que no pedimos ni pagamos la tapa por separado. Y tampoco existe ninguna ley que obligue a todos los bares de Granada a ponernos comida cada vez que pedimos una cerveza. Es una costumbre hostelera, extraordinariamente extendida, pero cada establecimiento establece su propio funcionamiento. Así que no montaría un incidente diplomático internacional si un local concreto no sirve tapa.
En muchos bares encontraremos una pizarra o carta de tapas y podremos escoger. Si vamos varias personas, el bar puede limitar el número de tapas diferentes que podemos elegir en una misma ronda para que la cocina no termine odiándonos profundamente. Y aparte están los sitios especializados en una tapa concreta donde sabemos prácticamente de antemano qué nos van a poner.
Especialmente si no somos de comer cantidades enormes, una ruta de tres o cuatro bares puede terminar funcionando como almuerzo o cena. Eso sí, recordemos una cuestión bastante evidente que a veces se olvida cuando empezamos a hacer cálculos de ahorro: por cada tapa estamos pidiendo otra bebida. La primera cerveza entra estupendamente. La segunda también. Cuando llegamos a la quinta tapa quizá nuestro presupuesto siga fenomenal pero nuestras capacidades para seguir recorriendo iglesias renacentistas hayan empezado a disminuir. Ahí lo dejo.

Prácticamente puedes tapear en toda la ciudad. Y este es un detalle importante porque el tapeo granadino no está montado exclusivamente alrededor del turista. Los propios granadinos tapean por barrios bastante alejados del circuito monumental. Si estamos haciendo turismo y no queremos desplazarnos demasiado, calle Navas y los alrededores del Ayuntamiento son probablemente la opción más sencilla. Estamos en pleno centro, hay muchísimos establecimientos y podemos enlazar perfectamente el tapeo con Catedral, Capilla Real y Realejo. La zona de Bib-Rambla y Catedral resulta igualmente cómoda y permite parar prácticamente en mitad de nuestra ruta monumental.
Para algo con más ambiente de barrio tenemos el Realejo y Campo del Príncipe, que a mí me parece una combinación especialmente interesante porque podemos recorrer el barrio y terminar tapeando sin necesidad de regresar inmediatamente al centro. Otra opción evidente es calle Elvira y la parte baja del Albaicín. Podemos bajar después de recorrer el barrio, enlazar con Plaza Nueva y continuar por Elvira buscando bares. Turismo de Granada mantiene precisamente una ruta de tapeo que une Albaicín, calle Elvira y Paseo de los Tristes. Si queremos alejarnos algo más de la Granada monumental aparecen Pedro Antonio de Alarcón y Plaza de Gracia, con ambiente especialmente joven debido en buena parte a la enorme población universitaria de la ciudad. Y después están La Chana y el Zaidín, barrios que quizá no incluiríamos en una primera ruta turística pero que tienen una fuerte tradición de tapeo. Si permanecemos varios días en Granada y nos gusta conocer también cómo se vive fuera del centro histórico, pueden resultar una buena excusa para salir del circuito habitual.
Para salir de tapas por Granada, hay unos cuantos clásicos que merece la pena tener apuntados, empezando por Los Diamantes, con varios establecimientos en la ciudad, entre ellos los de calle Navas y Plaza Nueva. Su especialidad es el pescaíto frito, así que aquí lo suyo es probar boquerones, cazón, chopitos o un surtido para compartir. Los Manueles, también con varios locales en el centro, es otro de los nombres habituales del tapeo granadino, sobre todo por sus famosas croquetas y albóndigas, aunque en su carta también encontramos berenjenas fritas con miel de caña y habitas con jamón y huevo. Si lo que te apetece es probar una de esas especialidades que han acabado identificándose con un bar, apunta Ávila, en la zona de San Isidro y Verónica de la Virgen, cuyo gran reclamo es el jamón asado: cerdo asado servido en lonchas, que no hay que confundir con el jamón curado.
Para tapas de cocina casera, La Sitarilla, en la calle San Miguel Alta, 7, destaca por la carne en salsa y las albóndigas; suele reunir bastante gente, por lo que conviene acercarse temprano. En el Realejo, Taberna La Tana, en la placeta del Agua, 3, es especialmente interesante si te gusta el vino, acompañado de tapas de embutidos y productos bien escogidos, como el tomate aliñado con salchichón; entre sus platos para pedir aparte también destaca el lomo a la sal con tomate seco. Bodegas Castañeda, en la calle Almireceros, junto a Elvira y Plaza Nueva, mantiene ese ambiente de bodega tradicional en el que apetece arrimarse a la barra y pedir vino, queso y embutidos, mientras que Casa Julio, en la zona de Elvira y Plaza Nueva, es otro clásico para disfrutar del pescado frito, especialmente el bacalao, y de sus berenjenas fritas. Y si el paseo te lleva hasta el Albaicín, Bar Aliatar «Los Caracoles», en la plaza Aliatar, 4, tiene una especialidad que deja pocas dudas desde el propio nombre: los caracoles en salsa. Eso sí, conviene recordar que la especialidad de cada establecimiento no siempre coincide con la tapa que acompaña a la bebida, de modo que, si vas con ganas de probar algo concreto, pregunta si lo sirven como tapa o debes pedirlo aparte.
Qué comer en Granada
Después de explicar cómo funciona el tapeo toca hablar de qué tenemos que buscar dentro del plato, porque la gastronomía granadina es bastante más interesante de lo que puede parecer cuando uno se limita a encadenar cerveza, tapa, cerveza, tapa y a la tercera ronda ya no recuerda exactamente qué había comido en la primera.
La cocina de Granada tiene mucho que ver con todo lo que hemos ido contando hasta ahora. Aquí también encontramos las diferentes capas de la ciudad: la herencia andalusí, las aportaciones moriscas y judías, los productos de la Vega, la cocina contundente de las zonas de montaña, el cerdo (que adquirió un protagonismo enorme después de la conquista cristiana), los productos de la Alpujarra y hasta los frutos tropicales cultivados en la Costa Granadina. Y luego está esa capacidad tan española para coger prácticamente cualquier parte de un animal y encontrar una manera de cocinarla. De lo cual la tortilla del Sacromonte es posiblemente uno de los mejores ejemplos.
Vamos directamente con ella. A simple vista podemos pensar: tortilla, huevos, quizá patatas, ¿qué puede salir mal? Bueno. La receta tradicional de la tortilla del Sacromonte lleva sesos y criadillas de cerdo o cordero. Sí, criadillas. Testículos, para que no haya ninguna duda lingüística. Una vez superado el pequeño impacto inicial, hay que entender el plato dentro de la cocina tradicional del aprovechamiento, donde desperdiciar determinadas partes de los animales habría resultado bastante absurdo. El resultado es una tortilla muy nutritiva y de textura suave que terminó estrechamente vinculada al Sacromonte y a sus celebraciones. ¿Hay que probarla? Eso ya depende del grado de amistad que mantengamos con los sesos y los testículos. Pero al menos ahora nadie podrá decir que no sabía lo que estaba pidiendo.
Muchísimo más fácil de aceptar para la mayoría de los estómagos es el remojón granadino, una ensalada tradicional que combina naranja y bacalao salado con cebolleta, aceitunas negras y huevo duro, aliñado con aceite de oliva y, dependiendo de la receta, vinagre y pimentón. La combinación puede resultar extraña sobre el papel pero tiene bastante sentido cuando la probamos. La naranja aporta dulzor y acidez, el bacalao salinidad y las aceitunas terminan de montar ese contraste entre dulce y salado que aparece con frecuencia en recetas del sur de España. Además tiene una ventaja evidente frente a buena parte del recetario granadino: podemos comerlo en verano sin necesitar después una siesta de tres horas.

Las habas con jamón son otro clásico granadino y demuestran que tampoco hace falta montar un espectáculo culinario de veintisiete ingredientes para conseguir un plato estupendo. Habas tiernas, cebolla, aceite de oliva y jamón serrano. Poco más. Aquí aparece además uno de los productos más famosos de la provincia: el jamón de Trevélez, elaborado en la Alpujarra granadina y estrechamente asociado a la gastronomía de montaña. También encontraremos las habas con salaíllas, especialmente vinculadas a celebraciones como San Cecilio y el Día de la Cruz. Las salaíllas son unas tortas de pan planas con sal gruesa que probablemente no ganarán ningún concurso de espectacularidad visual,pero acompañadas de habas frescas funcionan estupendamente.
La olla de San Antón es uno de esos platos concebidos para días fríos en los que el cuerpo pide calorías y no una ensalada de brotes verdes. Está tradicionalmente relacionada con la festividad de San Antón, que se celebra el 17 de enero, y durante ese mes numerosos restaurantes de Granada la incorporan especialmente a sus cartas. Y aquí tampoco estamos ante cocina precisamente tímida. La receta incluye habas secas, judías blancas, arroz, patatas y una considerable representación del cerdo: espinazo, hueso de jamón, costilla, panceta, oreja, rabo, tocino y morcilla. Se cocina lentamente y tradicionalmente se sirven por un lado las legumbres, arroz y patatas y por otro las carnes. Es decir, si después de terminar una olla de San Antón nuestra intención era subir andando al Mirador de San Nicolás, quizá convenga revisar el plan.
Otro nombre que encontraremos continuamente son las papas a lo pobre, uno de esos platos cuyo nombre recuerda perfectamente su origen humilde. Patatas cocinadas lentamente con aceite, cebolla y pimientos forman la base, aunque después pueden acompañar prácticamente cualquier cosa. Lo de «a lo pobre» se refiere precisamente a esa cocina sencilla basada en ingredientes económicos y disponibles. Lo gracioso es que muchos platos nacidos como comida humilde han acabado convertidos en clásicos que pedimos encantados en los restaurantes. Algo parecido ocurre con las migas, otro plato de aprovechamiento que puede aparecer acompañado de huevo frito, embutidos, pimientos y diferentes guarniciones.
Aunque procede de la Alpujarra, encontraremos plato alpujarreño en numerosos establecimientos de Granada. La más común combina patatas, huevo, morcilla, chorizo, jamón serrano y pimientos verdes. Es uno de esos platos que podemos mirar durante cinco segundos y comprender perfectamente que nació en una zona de montaña. No hace falta que nadie nos explique el concepto de «comida energética». Si estamos pensando hacer una excursión a la Alpujarra durante nuestro viaje, yo casi reservaría allí el momento de probarlo. Comer un plato alpujarreño rodeados de pueblos blancos y montañas tiene bastante más gracia que hacerlo entre dos tiendas de recuerdos junto a la Catedral.
En las cartas tradicionales también puede aparecer choto al ajillo, elaborado con cabrito y ajo, además de cazuelas de fideos, empedraíllo gitano, cordero a la pastoril o manitas en ajopollo. Y no todo es carne. La provincia llega hasta el Mediterráneo y eso también se nota en la cocina. Las quisquillas de Motril, el pulpo seco, las moragas de sardinas o diferentes preparaciones de pescado recuerdan que a poco más de una hora de la Alhambra tenemos la Costa Tropical. Granada tiene esa peculiaridad geográfica de poder pasar de Sierra Nevada al Mediterráneo en muy poca distancia y su despensa termina reflejándolo.
Y llegamos al dulce que prácticamente todo el mundo nos recomendará probar en Granada: el pionono. Aunque lo asociemos inmediatamente con la capital, su origen está en Santa Fe, a pocos kilómetros de Granada. Es un pequeño pastel cilíndrico elaborado con una fina lámina de bizcocho enrollada y coronada por crema tostada. Su nombre tampoco fue elegido al azar: tradicionalmente se relaciona con el papa Pío IX, Pio Nono en italiano. Hasta la propia forma del dulce se ha interpretado como un pequeño homenaje a la figura papal. Sea cual sea nuestro grado de entusiasmo por la historia pontificia, la parte realmente importante es que está buenísimo.
Federico García Lorca: la Granada que no pudieron silenciar
Hay nombres que en Granada aparecen casi sin buscarlos, entre una calle, una plaza y una conversación que acaba hablando de poesía. El de Federico García Lorca está por todas partes, aunque para acercarse a él de verdad conviene salir un momento de la Granada monumental y mirar hacia la Vega. Allí, en Fuente Vaqueros, nació en 1898 un niño que crecería rodeado de canciones, historias populares y paisajes que terminarían entrando en sus versos.
A Lorca se le suele envolver en palabras bonitas: la luna, el duende, los gitanos, la pasión andaluza. Todo eso forma parte de su universo pero reducirlo a una postal folclórica sería quedarse en la puerta. En sus obras hay mujeres a quienes se les exige obedecer, personas atrapadas por las apariencias y deseos que una sociedad rígida prefiere esconder. Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba siguen incomodando porque hablan de esa violencia cotidiana que puede ejercerse sin levantar la voz.
Su compromiso también salió de los libros y se subió a una camioneta. Durante la Segunda República dirigió, junto con Eduardo Ugarte, La Barraca, un grupo universitario que llevaba el teatro clásico a pueblos donde mucha gente nunca había visto una representación. Me gusta imaginar el momento en que se montaba el escenario en una plaza y, por unas horas, el teatro dejaba de pertenecer a quienes podían pagar una entrada en la ciudad. Aquella idea de compartir la cultura tenía mucho que ver con el impulso educativo republicano.
Quizá por eso me cuesta leer a Lorca como si su muerte fuera simplemente el final triste de una vida brillante. Tras el golpe militar de julio de 1936, fue detenido en Granada y asesinado en agosto, en la zona de Víznar y Alfacar. Su nombre es conocido en todo el mundo; el de muchas otras personas represaliadas en aquellos mismos días apenas ha llegado hasta nosotros. Recordarlo exige hablar de la represión franquista y de quienes la sufrieron, sin esconder el crimen detrás de una frase cómoda sobre los «tiempos difíciles».

No hace falta atribuirle a Federico un carné político que no tuvo para reconocer de qué lado estaba su manera de entender la cultura. Llevar las obras a los pueblos, escuchar las voces populares y escribir sobre quienes vivían sometidos a normas asfixiantes fueron decisiones con un sentido social profundo. Siendo yo de izquierdas, es difícil no sentir una cercanía especial con esa idea: que el arte pueda llegar a todos y que nadie tenga que pedir permiso para contar su propia vida.
Si visitas Granada siguiendo sus pasos, la Huerta de San Vicente permite acercarte al Lorca más cotidiano. Fue la casa de verano de su familia entre 1926 y 1936, y hoy conserva espacios domésticos como su dormitorio, el comedor y la sala del piano. Después de conocer su historia, una mesa o una ventana pueden emocionar tanto como un monumento: allí hubo alguien que escribió, recibió amigos y seguramente hizo planes para un futuro que le arrebataron. Además, en plena Plaza de la Romanilla, prácticamente junto a la Catedral, tenemos además el Centro Federico García Lorca, dedicado a conservar y difundir su legado. Es una opción especialmente sencilla de incorporar a nuestra ruta porque no requiere desplazarnos fuera del centro y programa exposiciones, actividades culturales, teatro, música y encuentros relacionados con el escritor y con la creación contemporánea.
Volver a Lorca es leerlo, visitar esos lugares y recordar que su asesinato no consiguió imponer el silencio que buscaba. Sus obras siguen sobre los escenarios y sus palabras continúan encontrando lectores. Granada conserva sus huellas pero también una ausencia que merece ser contada con toda su verdad.
El arte de tomar el té
Después de subir al Albaicín, bajar al Realejo, recorrer la Alhambra durante cuatro horas y comprobar que Granada tiene aproximadamente tres veces más cuestas de las que parecían en Google Maps, llegará un momento en el que necesitaremos sentarnos.
Si hay una calle asociada inevitablemente con el té en Granada es Calderería Nueva, situada entre calle Elvira y la parte baja del Albaicín. Es estrecha, empinada y está llena de teterías, pequeñas tiendas, lámparas, cuero, cerámica, especias, dulces y recuerdos de inspiración árabe. Es la gran zona de teterías de la ciudad, con sus características mesitas bajas y terrazas. Ahora bien, no confundamos ambientación con historia. Estas teterías no son establecimientos nazaríes que lleven sirviendo té desde el siglo XIV. Son negocios contemporáneos que recuperan y reinterpretan la estética y parte de la tradición gastronómica norteafricana y oriental. Dicho esto, después de pasar el día recorriendo la Granada andalusí, sentarse aquí a tomar un té con hierbabuena acompañado de baklava o algún dulce de miel encaja estupendamente.

Entre las opciones que siguen funcionando encontramos Tetería Dar Ziryab, directamente en Calderería Nueva, y muy cerca Tetería Palacio Nazarí. Si preferimos alejarnos unos metros del tramo más concurrido podemos probar Tetería La Oriental.
Una ubicación especialmente bonita es la de Tetería El Bañuelo, prácticamente al lado de los antiguos baños árabes y de Carrera del Darro. Puede venirnos fenomenal durante la ruta por el Albaicín: visitamos el Bañuelo, continuamos por Carrera del Darro y hacemos una parada antes de seguir hacia Paseo de los Tristes. Aquí el té deja de ser solamente una bebida y se convierte casi en una excusa para descansar las piernas. Que a esas alturas probablemente ya lo estén pidiendo a gritos.
Qué comprar en Granada
Una de las artesanías más reconocibles de Granada es la cerámica de Fajalauza, caracterizada tradicionalmente por la decoración sobre fondo blanco utilizando sobre todo tonos azules y verdes. Su nombre procede de la Puerta de Fajalauza, una de las antiguas puertas de la muralla del Albaicín, porque en aquella zona se concentraron numerosos talleres de alfareros. La tradición cerámica granadina se remonta varios siglos y todavía existen talleres que continúan trabajando artesanalmente. Encontraremos platos, cuencos, jarras, azulejos y piezas decorativas de todos los tamaños. Eso sí, si queremos artesanía auténtica preguntaría por el origen de la pieza. Que algo tenga flores azules y esté expuesto en una tienda junto a la Alhambra no significa necesariamente que haya salido de un taller granadino.
Otra artesanía especialmente asociada con Granada es la taracea, una técnica decorativa que utiliza pequeñas piezas de diferentes maderas y otros materiales para crear complicados dibujos geométricos. Su presencia en Granada está estrechamente relacionada con la tradición artesanal andalusí y todavía podemos encontrar talleres que fabrican cajas, bandejas, mesas, tableros de ajedrez y otros objetos siguiendo esta técnica. Las cajas pequeñas pueden ser un buen recuerdo porque ocupan poco en la maleta y, si compramos una pieza verdaderamente artesanal, no estamos llevándonos el típico objeto que podríamos encontrar idéntico en otras veinte ciudades. Y aquí aplicaría nuevamente la misma regla: preguntar dónde se ha fabricado.
La Alcaicería es el lugar más evidente para buscar recuerdos porque estamos en pleno centro y pasaremos prácticamente por delante durante nuestra visita a Catedral y Capilla Real. Ya hemos contado que este entramado de calles ocupa parte del espacio del antiguo mercado de la seda nazarí, aunque los edificios actuales son fundamentalmente resultado de la reconstrucción realizada después del incendio de 1843. Hoy está lleno de tiendas de recuerdos, textiles, lámparas, cerámica, cuero, objetos decorativos y productos de inspiración árabe. Merece la pena recorrerla aunque no compremos absolutamente nada. Pero tampoco asumiría que todo lo vendido aquí es artesanía local. Miraría, preguntaría y compararía. Tenemos todo el tiempo del mundo para comprar una lámpara.
Calderería Nueva y las calles cercanas son otro lugar inevitable para comprar té, especias, frutos secos, dulces y mezclas aromáticas. Visualmente resulta muy tentador porque encontraremos enormes cantidades de productos expuestos y el olor hace bastante difícil pasar de largo. Podemos comprar mezclas para té, hierbabuena seca, especias y diferentes dulces.
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