Viajar a Granada por libre: guía completa y consejos

Viajar a Granada, guía completa para conocer la ciudad

Pocas ciu­dades españo­las pueden pre­sumir de ten­er uno de los mon­u­men­tos más extra­or­di­nar­ios del mun­do vig­ilán­dolas des­de lo alto, un bar­rio donde todavía sobre­viv­en calles que pare­cen haberse escapa­do de otra época, cuevas en las que el fla­men­co for­ma parte de la his­to­ria famil­iar, miradores des­de los que Sier­ra Neva­da parece colo­ca­da allí expre­sa­mente para salir bien en la foto y, por si todo esto fuera poco, una cos­tum­bre tan mar­avil­losa como acom­pañar una cerveza con algo de com­er sin que la cuen­ta ter­mine provocán­dote un sín­cope. Grana­da tiene muchas vir­tudes pero una de las que más agradece el via­jero es que resul­ta bas­tante fácil dis­fru­tar­la.

La Alham­bra, mi mon­u­men­to favorito en España jun­to a la Mezqui­ta de Cór­do­ba, tiene bue­na parte de la cul­pa de que cada año lleguen has­ta aquí via­jeros de medio mun­do. Pero reducir Grana­da a la Alham­bra sería como ir a Roma, ver el Col­iseo y con­sid­er­ar que ya está todo hecho. Al otro lado de sus mural­las espera una ciu­dad que ha ido acu­mu­lan­do capas durante sig­los: la Grana­da musul­mana y la cris­tiana, la de los Reyes Católi­cos, la de las calle­jue­las del Albaicín, la de las zam­bras del Sacromonte, la uni­ver­si­taria, la de Fed­eri­co Gar­cía Lor­ca y tam­bién la Grana­da de las bar­ras llenas, las ter­razas, las tapas y esas cues­tas que sobre el mapa parecían bas­tante menos cues­tas de lo que final­mente resul­tan ser.

Grana­da no es una ciu­dad para ir tachan­do mon­u­men­tos en una lista a toda veloci­dad. Evi­den­te­mente hay lugares que hay que ver —y unos cuan­tos— pero entre uno y otro apare­cen teterías, antigu­os baños árabes, patios, igle­sias lev­an­tadas sobre mezquitas, casas moriscas, mer­ca­dos, con­ven­tos, bares y pequeñas calles que expli­can mucho mejor la ciu­dad que cualquier catál­o­go de mon­u­men­tos. Aquí con­vivieron durante sig­los musul­manes, judíos y cris­tianos; fue cap­i­tal del últi­mo reino musul­mán de la Penín­su­la Ibéri­ca y su con­quista por los Reyes Católi­cos en 1492 mar­có uno de esos momen­tos que ter­mi­narían apare­cien­do en todos los libros de His­to­ria. Y seme­jante pasa­do, para bien y para mal, ha deja­do huel­la por todas partes.

Por eso via­jar a Grana­da merece algo más que reser­var una entra­da para la Alham­bra y bus­car un hotel. ¿Cuán­tos días hacen fal­ta real­mente? ¿Hay que com­prar las entradas con mucha antelación? ¿Cómo fun­ciona aque­l­lo de las tapas gratis? ¿Merece la pena subir andan­do al Sacromonte? ¿Cuál es el mejor mirador? ¿Qué podemos vis­i­tar gratis? ¿Es nece­sario coche? ¿Y qué hace­mos si cuan­do vamos a com­prar nues­tra entra­da para la Alham­bra des­cub­ri­mos, con hor­ror, que ya no que­da ni una?

De todo eso vamos a hablar en esta guía para via­jar a Grana­da. De la Alham­bra, evi­den­te­mente, pero tam­bién de todo lo que que­da cuan­do aparta­mos por unas horas de nues­tra cabeza su mon­u­men­to más famoso. Porque Grana­da tiene sufi­ciente his­to­ria, pat­ri­mo­nio, gas­tronomía y vida en la calle como para jus­ti­ficar por sí sola un via­je de var­ios días. Y avi­so des­de ya: prob­a­ble­mente nece­si­tarás alguno más de los que habías cal­cu­la­do.

Un poco de historia de Granada

Para enten­der Grana­da hay que cono­cer un poco de su his­to­ria. Resul­ta prác­ti­ca­mente imposi­ble com­pren­der lo que vamos encon­tran­do mien­tras paseamos por la ciu­dad sin saber quién estu­vo aquí antes que nosotros. Porque Grana­da es una de esas ciu­dades donde la his­to­ria no está encer­ra­da úni­ca­mente en los museos: aparece en una mural­la medio escon­di­da entre las casas del Albaicín, en un antiguo aljibe, en el patio de un pala­cio, en una igle­sia con­stru­i­da sobre una mezqui­ta o inclu­so en el pro­pio traza­do de algu­nas calles por las que hoy seguimos cam­i­nan­do.

Y para encon­trar sus orí­genes hay que retro­ced­er muchísi­mo más allá de la Alham­bra. En la col­i­na donde hoy se extiende el Albaicín exis­tió ya un asen­tamien­to íbero en torno al siglo VII a. C., pos­te­ri­or­mente lle­garon los romanos y muchos sig­los después comen­zó a con­fig­u­rarse esa Grana­da musul­mana cuya huel­la con­tinúa sien­do la más recono­ci­ble de la ciu­dad. Con la taifa zirí, entre los sig­los XI y XII, el Albaicín empezó a adquirir bue­na parte de su estruc­tura urbana y Grana­da fue cre­cien­do detrás de mural­las, puer­tas y tor­res. Algunos de aque­l­los restos siguen ahí casi mil años después, como la Puer­ta Mon­ai­ta, el Aljibe del Rey o deter­mi­na­dos tramos de la mural­la zirí. Lo curioso es que muchas veces pasamos jun­to a ellos camino de algún mirador sin ser demasi­a­do con­scientes de la can­ti­dad de sig­los que nos están con­tem­p­lan­do.

Pero el momen­to de autén­ti­co esplen­dor lle­garía con los nazaríes. En 1238 Muham­mad I ibn Nasr fundó la dinastía que gob­ernaría el Reino de Grana­da durante más de dos sig­los y que acabaría rega­lan­do a la ciu­dad su mon­u­men­to más famoso. Los nazaríes lev­an­taron y ampli­aron sobre la col­i­na de la Sabi­ka aque­l­la extra­or­di­nar­ia ciu­dad palati­na que hoy cono­ce­mos como La Alham­bra, aunque la Grana­da de aque­l­los sig­los era muchísi­mo más que sus pala­cios. Había mezquitas, baños, mer­ca­dos, hos­pi­tales, escue­las, talleres, jar­dines y una com­ple­ja red de ace­quias y aljibes encar­ga­da de lle­var agua a una ciu­dad que llegó a con­ver­tirse en uno de los grandes cen­tros urbanos de la Penín­su­la.

dibujo Granada musulmana

Durante bue­na parte de la Edad Media, además, Grana­da fue un impor­tante cen­tro de cul­tura islámi­ca y judía. De hecho, antes inclu­so del peri­o­do nazarí exis­tió una poderosa comu­nidad judía y la ciu­dad llegó a estar estrechamente vin­cu­la­da a ella. Ese pasa­do per­manece mucho menos vis­i­ble para el vis­i­tante que el musul­mán pero rea­parece espe­cial­mente en el Reale­jo, tradi­cional­mente aso­ci­a­do con la antigua jud­ería granad­i­na. Con­viene recor­dar­lo porque una de las cosas más intere­santes de Grana­da es pre­cisa­mente ir des­cubrien­do las difer­entes ciu­dades que han queda­do escon­di­das deba­jo de la actu­al.

Mien­tras tan­to, los reinos cris­tianos avan­z­a­ban hacia el sur y el Reino nazarí de Grana­da fue quedán­dose cada vez más ais­la­do. Sor­pren­den­te­mente con­sigu­ió sobre­vivir durante unos 250 años, en parte gra­cias a acuer­dos, trib­u­tos y equi­lib­rios políti­cos que no siem­pre fueron pre­cisa­mente sen­cil­los. A finales del siglo XV, además, los pro­pios nazaríes tenían sufi­cientes prob­le­mas den­tro de casa como para com­plicar todavía más las cosas: luchas dinás­ti­cas, enfrentamien­tos famil­iares y Boab­dil dis­pután­dose el poder con su padre Muley Hacén y su tío el Zagal. Vamos, que mien­tras los Reyes Católi­cos apreta­ban des­de fuera, den­tro tam­poco rein­a­ba exac­ta­mente la paz.

Final­mente llegó una de esas fechas que todos hemos estu­di­a­do algu­na vez: 1492. El 2 de enero de aquel año Boab­dil entregó Grana­da a Isabel de Castil­la y Fer­nan­do de Aragón. Caía así el últi­mo reino musul­mán de la Penín­su­la Ibéri­ca y comen­z­a­ba una trans­for­ma­ción rad­i­cal de la ciu­dad. Y 1492, por cier­to, iba a resul­tar un año bas­tante movid­i­to para los Reyes Católi­cos: unos meses después Cristóbal Colón lle­garía a Améri­ca y ese mis­mo año se dec­re­taría la expul­sión de los judíos de sus reinos.

La ima­gen román­ti­ca de Boab­dil ale­ján­dose de Grana­da, volvien­do la cabeza para con­tem­plar por últi­ma vez la Alham­bra y reci­bi­en­do de su madre aque­l­lo de «llo­ra como mujer lo que no supiste defend­er como hom­bre» es prob­a­ble­mente una de las his­to­rias más repeti­das sobre la ciu­dad. El prob­le­ma es que no existe con­stan­cia históri­ca fiable de que Aixa pro­nun­cia­ra real­mente seme­jante frase. Eso sí, la leyen­da fun­cionó estu­pen­da­mente y has­ta existe un lugar en las mon­tañas cono­ci­do como el Sus­piro del Moro des­de el que, según la tradi­ción, Boab­dil con­tem­pló por últi­ma vez la ciu­dad que acaba­ba de perder.

Tras la con­quista comen­zó la cris­tian­ización de Grana­da y el paisaje urbano fue cam­bian­do a toda veloci­dad. Mezquitas trans­for­madas o susti­tu­idas por igle­sias, con­ven­tos, monas­te­rios y nuevos edi­fi­cios comen­zaron a ocu­par la ciu­dad musul­mana. La Cat­e­dral, la Capil­la Real, el monas­te­rio de San Jerón­i­mo o el Hos­pi­tal Real pertenecen a esa nue­va Grana­da que quería dejar bien claro quién mand­a­ba aho­ra. Los pro­pios Reyes Católi­cos deci­dieron además ser enter­ra­dos aquí y sus sepul­cros pueden verse en la Capil­la Real, jun­to a la Cat­e­dral.

Aque­l­la con­viven­cia que tan­tas veces se resume ale­gre­mente dicien­do que Grana­da fue ciu­dad de «tres cul­turas» fue, en real­i­dad, bas­tante más com­pli­ca­da de lo que cabe en un eslo­gan turís­ti­co. Hubo peri­o­dos de con­viven­cia e inter­cam­bio cul­tur­al pero tam­bién con­flic­tos, con­ver­siones for­zosas, expul­siones y per­se­cu­ciones. Los musul­manes que per­manecieron tras la con­quista fueron pro­gre­si­va­mente someti­dos a may­ores restric­ciones; las ten­siones ter­mi­narían desem­bo­can­do, décadas después, en la rebe­lión de las Alpu­jar­ras y en la pos­te­ri­or expul­sión de los moriscos del Reino de Grana­da.

Y aun así, el pasa­do musul­mán se negó a desa­pare­cer del todo. Bas­ta subir hoy al Albaicín para com­pro­bar­lo. Su traza­do laberín­ti­co, sus aljibes, restos de mural­las y casas moriscas siguen expli­can­do una parte de aque­l­la ciu­dad, has­ta el pun­to de que el bar­rio fue declar­a­do Pat­ri­mo­nio Mundi­al por la UNESCO en 1994 como ampliación del reconocimien­to que ya poseían la Alham­bra y el Gen­er­al­ife. Inclu­so algu­nas igle­sias con­ser­van ele­men­tos de las antiguas mezquitas sobre las que fueron lev­an­tadas.

Los sig­los sigu­ientes traerían nuevas trans­for­ma­ciones pero Grana­da nun­ca con­seguiría despren­der­se de esa extra­or­di­nar­ia mez­cla de épocas. Al pat­ri­mo­nio islámi­co y cris­tiano ter­mi­narían sumán­dose pala­cios, edi­fi­cios bar­ro­cos, grandes avenidas, una uni­ver­si­dad que acabaría mar­can­do pro­fun­da­mente el carác­ter de la ciu­dad y, ya en los sig­los XIX y XX, una fasci­nación román­ti­ca por Grana­da que atraería a escritores, artis­tas y via­jeros extran­jeros empeña­dos en bus­car aquí esa España exóti­ca y ori­en­tal que tan­to les gusta­ba imag­i­nar.

Y luego está Fed­eri­co Gar­cía Lor­ca, inevitable cuan­do hablam­os de Grana­da. Su relación con la ciu­dad y la provin­cia impreg­naría bue­na parte de su obra. Su asesina­to en agos­to de 1936, al comien­zo de la Guer­ra Civ­il, con­vir­tió además los alrede­dores de Grana­da en esce­nario de uno de los episo­dios más cono­ci­dos y dolorosos de la his­to­ria cul­tur­al españo­la. Hoy su figu­ra aparece en museos, casas, rutas y espa­cios repar­tidos por la ciu­dad y la provin­cia, aunque de eso hablare­mos con bas­tante más cal­ma después.

Todo este revolti­jo de íberos, romanos, ziríes, nazaríes, judíos, Reyes Católi­cos, moriscos, román­ti­cos, uni­ver­si­tar­ios y poet­as expli­ca por qué Grana­da resul­ta mucho más intere­sante cuan­do sabe­mos un poquito de lo que esta­mos miran­do. La Alham­bra deja de ser sim­ple­mente un pala­cio pre­cioso, el Albaicín deja de ser un bar­rio estu­pen­do para hac­erse fotografías al atarde­cer y has­ta una humilde cis­ter­na de agua empieza a ten­er sen­ti­do. Y aho­ra sí, una vez hechas las pre­senta­ciones con los últi­mos dos mil y pico años de his­to­ria granad­i­na, podemos empezar a orga­ni­zar el via­je.

¿Cuán­tos días hacen fal­ta para cono­cer Grana­da?

Esta es prob­a­ble­mente una de las primeras pre­gun­tas que nos hace­mos cuan­do empezamos a orga­ni­zar el via­je y tam­bién una de las más difí­ciles de respon­der, porque téc­ni­ca­mente Grana­da puede verse en un fin de sem­ana. Otra cosa muy difer­ente es que sea bue­na idea inten­tar meter la Alham­bra, el Albaicín, el Sacromonte, la Cat­e­dral, la Capil­la Real, var­ios miradores, unas cuan­tas igle­sias, algún museo y, ya puestos, cin­co o seis ron­das de tapas en 48 horas. Poder­se, se puede. Dis­fru­tarse, ya es otro asun­to.

Para una primera visi­ta yo dedi­caría un mín­i­mo de dos días com­ple­tos a Grana­da, aunque tres días me parece una duración mucho más razon­able. Con dos ten­dremos que orga­ni­zarnos bas­tante bien, reser­var pre­vi­a­mente la Alham­bra y asumir que algu­nas cosas quedarán para otra ocasión; con tres podemos per­mi­tirnos algo que en esta ciu­dad se agradece muchísi­mo: pasear sin mirar con­tin­u­a­mente el reloj. Y Grana­da tiene unos cuan­tos bar­rios donde pre­cisa­mente lo mejor es eso, cam­i­nar, desviarse por una calle que no teníamos apun­ta­da y ter­mi­nar lle­gan­do a un mirador que ni siquiera sabíamos que existía.

Si úni­ca­mente disponemos de un día, no está todo per­di­do pero ten­dremos que ele­gir. Yo reser­varía bue­na parte de la jor­na­da para la Alham­bra y el Gen­er­al­ife y aprovecharía el resto para recor­rer el cen­tro históri­co, la Car­rera del Dar­ro y subir al Albaicín. Será una toma de con­tac­to más que una visi­ta com­ple­ta y, des­de luego, no inten­taría añadir veinte mon­u­men­tos porque acabaríamos con una mag­ní­fi­ca colec­ción de fotografías y sin recor­dar demasi­a­do bien dónde hici­mos cada una.

Con dos días, en cam­bio, la cosa empieza a pon­erse intere­sante. Podemos dedicar una mañana larga a la Alham­bra sin ir miran­do deses­per­ada­mente la hora, bajar después hacia el cen­tro y reser­var otra bue­na parte del via­je para el Albaicín, Sacromonte, Cat­e­dral, Capil­la Real y las calles del cas­co históri­co. Todavía habrá que selec­cionar, espe­cial­mente si quer­e­mos vis­i­tar inte­ri­ores, pero ya ten­dremos una ima­gen bas­tante com­ple­ta de la ciu­dad.

Tres días serían mi opción favorita para una primera vez en Grana­da. Además de todo lo ante­ri­or, ten­dremos mar­gen para entrar en algunos lugares que sue­len sac­ri­fi­carse cuan­do vamos con prisas, acer­carnos al Reale­jo, bus­car var­ios miradores en lugar de con­for­marnos con San Nicolás, dedicar tiem­po al pasa­do de Fed­eri­co Gar­cía Lor­ca, sen­tarnos tran­quil­a­mente a tapear y des­cubrir esa otra Grana­da que empieza a apare­cer cuan­do dejamos de cor­rer de mon­u­men­to en mon­u­men­to. Tam­poco viene mal reser­var unas horas sim­ple­mente para calle­jear porque, como ver­e­mos a lo largo del artícu­lo, aquí hay bas­tantes cosas intere­santes que no nece­si­tan entra­da ni horario.

¿Y cua­tro o cin­co días? Pues tam­poco sobran. Grana­da puede con­ver­tirse per­fec­ta­mente en base para cono­cer parte de la provin­cia. Sier­ra Neva­da está a poco más de 30 kilómet­ros de la cap­i­tal, las Alpu­jar­ras per­miten mon­tar una excur­sión estu­pen­da entre pueb­los blan­cos y mon­taña y Guadix añade a la ecuación uno de los paisajes de casas cue­va más curiosos de Andalucía. Inclu­so podemos acer­carnos a la Cos­ta Trop­i­cal si disponemos de coche y nos apetece cam­biar durante unas horas pala­cios nazaríes por Mediter­rá­neo.

Hay además un detalle que con­viene ten­er pre­sente al repar­tir los días: la Alham­bra condi­ciona bas­tante el via­je. No es uno de esos mon­u­men­tos en los que decidi­mos entrar porque casual­mente esta­mos pasan­do por delante. Las entradas pueden ago­tarse y el acce­so a los Pala­cios Nazaríes lle­va asig­na­da una hora conc­re­ta que hay que respetar, de man­era que yo orga­ni­zaría el resto de Grana­da alrede­dor del día y la hora que con­sig­amos para vis­i­tar­los, y no al revés.

Tam­poco debe­mos fiarnos demasi­a­do de las dis­tan­cias que apare­cen en el mapa. El cen­tro de Grana­da es bas­tante mane­jable y muchos lugares pueden recor­rerse andan­do pero en cuan­to apare­cen el Albaicín y el Sacromonte entran en esce­na las cues­tas, los ado­quines y esas calles que pare­cen estar al lado has­ta que des­cub­ri­mos que entre nosotros y nue­stro des­ti­no hay un desniv­el con­sid­er­able. Así que cal­cu­lar diez vis­i­tas diarias porque Google Maps dice que están sep­a­radas por unos pocos cien­tos de met­ros puede ter­mi­nar sien­do una idea reg­ulera.

¿Cuál es la mejor época para via­jar a Grana­da?

Grana­da tiene fama de ciu­dad andaluza y eso puede lle­varnos a come­ter el pequeño error de imag­i­nar que aquí hace buen tiem­po prác­ti­ca­mente durante todo el año. Pues no exac­ta­mente. Esta­mos a unos 680 met­ros sobre el niv­el del mar, Sier­ra Neva­da que­da prác­ti­ca­mente al lado y los invier­nos granadi­nos pueden ser bas­tante fríos, espe­cial­mente cuan­do cae la noche. En ver­a­no ocurre jus­to lo con­trario: el sol apri­eta, las tem­per­at­uras pueden super­ar ampli­a­mente los 35 gra­dos y enfrentarse a las cues­tas del Albaicín a las cua­tro de la tarde en pleno julio deja de pare­cer una activi­dad turís­ti­ca para con­ver­tirse en una prue­ba de resisten­cia.

Por eso, si podemos ele­gir fechas libre­mente, pri­mav­era y otoño son prob­a­ble­mente las mejores épocas para via­jar a Grana­da. Abril, Mayo, finales de Sep­tiem­bre y Octubre sue­len ofre­cer tem­per­at­uras mucho más agrad­ables para hac­er lo que más vamos a hac­er durante el via­je: cam­i­nar. Y cam­inare­mos bas­tante. Además, en pri­mav­era Sier­ra Neva­da todavía puede con­ser­var nieve mien­tras la ciu­dad empieza a llenarse de flo­res, regalán­donos esa ima­gen casi per­fec­ta de la Alham­bra con las mon­tañas blan­cas detrás que hemos vis­to cien­tos de veces antes de venir.

La pri­mav­era tiene, sin embar­go, un pequeño incon­ve­niente: no somos los úni­cos que hemos des­cu­bier­to que Grana­da está estu­pen­da en esas fechas. Sem­ana San­ta es uno de los momen­tos de may­or aflu­en­cia turís­ti­ca, con pro­ce­siones recor­rien­do el cen­tro y bar­rios históri­cos y un ambi­ente fan­tás­ti­co si pre­cisa­mente quieres vivir­la pero tam­bién con alo­jamien­tos más deman­da­dos, calles llenas y bas­tante menos mar­gen para impro­vis­ar. Si nue­stro interés prin­ci­pal es vis­i­tar mon­u­men­tos tran­quil­a­mente y encon­trar alo­jamien­to económi­co, prob­a­ble­mente ele­giría otras fechas. Yo debo con­fe­sar que huyo de los des­ti­nos en los que se cel­e­bra la Sem­ana San­ta durante dichas fechas.

Procesion Granada

Algo pare­ci­do ocurre con el Cor­pus Christi, la gran fies­ta de Grana­da, que se cel­e­bra cada año en torno a mayo o junio depen­di­en­do del cal­en­dario. Durante esos días la ciu­dad cam­bia bas­tante de aspec­to: feria, case­tas, pro­ce­siones, activi­dades y tradi­ciones tan pecu­liares como La Taras­ca, un maniquí femeni­no que des­fi­la sobre un dragón y cuyo atuen­do provo­ca todos los años comen­tar­ios, críti­cas y dis­cu­siones sobre si va estu­pen­da o si quien la ha vesti­do debería dedi­carse a otra cosa. Tam­bién aparece la Caro­ca, con sus viñe­tas satíri­c­as sobre asun­tos de actu­al­i­dad. Si coin­cidi­mos con el Cor­pus ten­dremos una Grana­da espe­cial­mente ani­ma­da; si bus­camos tran­quil­i­dad, nue­va­mente no será nues­tra sem­ana.

El ver­a­no es per­fec­ta­mente posi­ble pero con­viene orga­ni­zarse con cabeza. Julio y Agos­to pueden traer jor­nadas muy calurosas y hay zonas de la ciu­dad donde la som­bra se con­vierte prác­ti­ca­mente en pat­ri­mo­nio de la humanidad. La ven­ta­ja es que podemos madru­gar para hac­er las vis­i­tas más impor­tantes, reti­rarnos durante las horas cen­trales y volver a la calle al caer la tarde, cuan­do Grana­da recu­pera la vida y las ter­razas empiezan a llenarse. Además, las noches veran­ie­gas tienen muchísi­mo ambi­ente. Yo he ido varias veces a Grana­da en ver­a­no, para aprovechar tam­bién que los días son más lar­gos, y ese ha sido mi plan­ning. Lo que yo evi­taría es dis­eñar una ruta hero­ica de doce de la mañana a seis de la tarde enlazan­do Albaicín, Sacromonte y Alham­bra como si los 38 gra­dos fuer­an un detalle sin impor­tan­cia. 

Hay otra fecha muy granad­i­na que merece apare­cer en el cal­en­dario: el 2 de enero, Día de la Toma, cuan­do se con­mem­o­ra la entre­ga de la ciu­dad a los Reyes Católi­cos en 1492. Es una cel­e­bración históri­ca que des­de hace años gen­era tam­bién con­tro­ver­sia y posi­ciones enfrentadas sobre su sig­nifi­ca­do, así que si coin­cidi­mos con ella encon­traremos actos insti­tu­cionales y con­cen­tra­ciones en el cen­tro, además de bas­tante más movimien­to de lo habit­u­al

Visitar la Alhambra

La Alham­bra es una de las prin­ci­pales razones para via­jar a Grana­da (en real­i­dad, la más impor­tante) y uno de esos lugares que hay que ver al menos una vez en la vida.

Aunque quizá lo primero que con­ven­ga aclarar es que la Alham­bra no es exac­ta­mente «un pala­cio». Ni siquiera var­ios pala­cios puestos uno al lado del otro. Lo que vamos a vis­i­tar es una autén­ti­ca ciu­dad palati­na amu­ral­la­da, lev­an­ta­da sobre la col­i­na de la Sabi­ka y con­ce­bi­da para alber­gar la corte nazarí, fun­cionar­ios, sol­da­dos, tra­ba­jadores y todos los ser­vi­cios nece­sar­ios para que aque­l­lo fun­cionara prác­ti­ca­mente como una ciu­dad inde­pen­di­ente. Había pala­cios, vivien­das, baños, talleres, calles, jar­dines, mezquitas, sis­temas hidráuli­cos y una for­t­aleza mil­i­tar. Y cuan­do uno empieza a ver­la así, en lugar de imag­i­narla úni­ca­mente como el Patio de los Leones que aparece en todas las fotografías, la visi­ta cam­bia bas­tante.

Alhambra Granada

Un poco de his­to­ria antes de entrar

En la col­i­na ya existían con­struc­ciones defen­si­vas ante­ri­ores pero la Alham­bra que cono­ce­mos empezó a tomar for­ma real­mente en 1238, cuan­do Muham­mad I, cono­ci­do como Al-Ahmar y fun­dador de la dinastía nazarí, decidió estable­cer aquí la sede de la corte. A par­tir de entonces los difer­entes sul­tanes fueron amplian­do el recin­to y aña­di­en­do pala­cios, tor­res y jar­dines has­ta con­ver­tir­lo en una pequeña ciu­dad real. Su gran momen­to lle­garía durante el siglo XIV, espe­cial­mente bajo Yusuf I y Muham­mad V, respon­s­ables de bue­na parte de los espa­cios que hoy nos dejan miran­do techos y pare­des como si acabáramos de des­cubrir que la geometría tam­bién puede ser pre­ciosa.

El nom­bre Alham­bra pro­cede del árabe al-Ham­ra, «la Roja», prob­a­ble­mente rela­ciona­do con el col­or roji­zo de sus muros y tor­res. Así que aque­l­lo que hoy aso­ci­amos inmedi­ata­mente con del­i­cadísi­mas yeserías, fuentes y patios fue bau­ti­za­do de una man­era bas­tante más sen­cil­la: la for­t­aleza roja. Durante aprox­i­mada­mente dos sig­los y medio fue el corazón políti­co del últi­mo reino musul­mán de la Penín­su­la. Has­ta que llegó 1492.

El 2 de enero de aquel año Boab­dil entregó Grana­da a los Reyes Católi­cos y la Alham­bra pasó a manos cris­tianas. Isabel y Fer­nan­do quedaron fasci­na­dos por el con­jun­to y, en lugar de destru­ir­lo, uti­lizaron algunos de sus espa­cios como res­i­den­cia real. Eso no sig­nifi­ca que todo per­maneciera con­ge­la­do tal y como lo habían deja­do los nazaríes. Hubo refor­mas, trans­for­ma­ciones y nuevas con­struc­ciones y, unas décadas más tarde, Car­los V decidió plan­tar en mitad de aquel uni­ver­so nazarí un enorme pala­cio rena­cen­tista.

El con­traste es tan bru­tal que la primera vez que uno aparece delante del Pala­cio de Car­los V puede pre­gun­tarse qué demo­ni­os hace aque­l­lo allí. Pre­cisa­mente por eso resul­ta intere­san­tísi­mo. El edi­fi­cio comen­zó a con­stru­irse en 1527 y su gran patio cir­cu­lar no tiene abso­lu­ta­mente nada que ver con la arqui­tec­tura que acabamos de ver unos met­ros antes. Es casi como si dos mun­dos hubier­an deci­di­do insta­larse puer­ta con puer­ta sin hac­er demasi­a­do esfuer­zo por pare­cerse.

Pero la his­to­ria de la Alham­bra después de los nazaríes no fue pre­cisa­mente tran­quila. El recin­to fue per­di­en­do impor­tan­cia, algu­nas zonas se dete­ri­o­raron, deter­mi­na­dos espa­cios ter­mi­naron ocu­pa­dos por famil­ias y hubo épocas en las que aque­l­lo esta­ba bas­tante lejos del mon­u­men­to cuida­dosa­mente pro­te­gi­do que cono­ce­mos hoy. Durante la ocu­pación napoleóni­ca las tropas france­sas uti­lizaron la Alham­bra como cuar­tel y, cuan­do aban­donaron Grana­da en 1812, volaron algu­nas de sus tor­res. La destruc­ción pudo haber sido muchísi­mo may­or. Y entonces lle­garon los román­ti­cos.

Los Pala­cios Nazaríes

Si hay una parte de la Alham­bra que no debe­mos perder­nos son los Pala­cios Nazaríes. Y aquí con­viene prestar aten­ción porque tienen una hora de acce­so conc­re­ta. No sig­nifi­ca que teng­amos que vis­i­tar toda la Alham­bra a esa hora; sig­nifi­ca que debe­mos pre­sen­tarnos en la entra­da de los Pala­cios Nazaríes en la fran­ja indi­ca­da en nue­stro bil­lete. Si lleg­amos tarde podemos perder el dere­cho de acce­so.

Los Pala­cios Nazaríes que visi­ta­mos actual­mente com­pren­den fun­da­men­tal­mente Mex­u­ar, Comares y el Pala­cio de los Leones, difer­entes espa­cios que fueron mod­i­ficán­dose y amplián­dose durante suce­sivos reina­dos.

El Mex­u­ar esta­ba rela­ciona­do con fun­ciones admin­is­tra­ti­vas y de jus­ti­cia. Después lle­gare­mos al Pala­cio de Comares, con el extra­or­di­nario Patio de los Arrayanes y la Torre de Comares, cuyo inte­ri­or alber­ga el Salón de Emba­jadores. Hay lugares de la Alham­bra que impre­sio­n­an por la can­ti­dad de dec­o­ración que con­cen­tran en ape­nas unos met­ros y otros que con­siguen exac­ta­mente lo con­trario: deslum­brar medi­ante la sen­cillez. El Patio de los Arrayanes pertenece a este segun­do grupo. Una enorme lámi­na de agua, dos lar­gos setos per­fec­ta­mente recor­ta­dos, galerías de del­i­ca­dos arcos y, dom­inán­do­lo todo, la impo­nente Torre de Comares. No parece nece­sario añadir nada más.

Tam­bién cono­ci­do históri­ca­mente como Patio de Comares, Patio de la Alber­ca, de los Mir­tos o del Estanque, con­sti­tuye el eje alrede­dor del cual se orga­ni­za el Pala­cio de Comares, una de las prin­ci­pales res­i­den­cias ofi­ciales de los sul­tanes nazaríes. Su aspec­to actu­al se debe fun­da­men­tal­mente a las obras real­izadas durante los reina­dos de Yusuf I y Muham­mad V; el Patrona­to de la Alham­bra sitúa hacia 1370, durante el gob­ier­no de Muham­mad V, la con­struc­ción del patio tal y como lo enten­demos actual­mente.

Patio de los Arrayanes

Pero la alber­ca no esta­ba allí sim­ple­mente para dec­o­rar. Los arqui­tec­tos nazaríes uti­lizaron el agua como un ele­men­to arqui­tec­tóni­co más. Cuan­do per­manece en cal­ma, su super­fi­cie se con­vierte en un gigan­tesco espe­jo en el que se refle­jan los arcos, las colum­nas, el cielo y la Torre de Comares. De esta man­era, la arqui­tec­tura parece pro­lon­garse hacia aba­jo y el espa­cio adquiere una pro­fun­di­dad mucho may­or de la que real­mente tiene. La luz refle­ja­da en el agua tam­bién cam­bia con­tin­u­a­mente a lo largo del día, hacien­do que el patio nun­ca se perci­ba exac­ta­mente de la mis­ma man­era.

A ambos lados de la alber­ca apare­cen los respon­s­ables del nom­bre con el que hoy cono­ce­mos el lugar: los arrayanes. Estos grandes setos de Myr­tus com­mu­nis recor­ren lon­gi­tu­di­nal­mente el estanque y son prác­ti­ca­mente la úni­ca veg­etación del patio. La pal­abra arrayán pro­cede del árabe al-ray­han, rela­ciona­do con su carác­ter aromáti­co. El Patrona­to señala además que prob­a­ble­mente en época medieval se uti­lizó una var­iedad cono­ci­da como arrayán morisco, aunque actual­mente encon­tramos arrayán común.

Aunque el Patio de los Arrayanes responde a ele­men­tos habit­uales de la arqui­tec­tura domés­ti­ca his­panomusul­mana —un patio abier­to alrede­dor del cual se dis­tribuyen las habita­ciones, acom­paña­do por agua y veg­etación—, aquí todo adquiere unas dimen­siones y una fun­ción mucho más solemnes. No debe­mos olvi­dar que nos encon­tramos en el Pala­cio de Comares, rela­ciona­do direc­ta­mente con el ejer­ci­cio del poder del sultán. La galería norte con­duce a la Sala de la Bar­ca y, des­de esta, al espec­tac­u­lar Salón de Emba­jadores, situ­a­do den­tro de la Torre de Comares. El patio, por tan­to, no era úni­ca­mente un espa­cio agrad­able en el que dis­fru­tar del agua, las plan­tas o el fres­cor: tam­bién forma­ba parte del esce­nario rep­re­sen­ta­ti­vo de la corte nazarí. 

Inclu­so las pare­des habla­ban de poder. En las yeserías del patio se con­ser­van inscrip­ciones y poe­mas rela­ciona­dos con Muham­mad V. El Patrona­to de la Alham­bra ha doc­u­men­ta­do once poe­mas áuli­cos en este espa­cio, bue­na parte de ellos atribui­dos al poeta y visir Ibn Zam­rak, uno de los grandes nom­bres de la poesía de la Grana­da nazarí.  Por eso, cuan­do recor­re­mos la Alham­bra, merece la pena recor­dar que aque­l­las inscrip­ciones que hoy con­tem­plam­os prin­ci­pal­mente como dec­o­ración tenían un sig­nifi­ca­do para quienes vivían allí. Arqui­tec­tura, poesía y pro­pa­gan­da políti­ca podían for­mar parte de una mis­ma com­posi­ción.

Uno de los errores más fáciles de come­ter en la Alham­bra es cam­i­nar miran­do úni­ca­mente pare­des y patios. Hay que mirar los techos. Espe­cial­mente en espa­cios como la Sala de Dos Her­manas o la propia Sala de los Abencer­ra­jes encon­traremos espec­tac­u­lares bóvedas de mocárabes, com­posi­ciones tridi­men­sion­ales for­madas por mul­ti­tud de pequeñas piezas que cre­an una sen­sación casi imposi­ble de explicar en fotografías. La dec­o­ración nazarí jue­ga con­stan­te­mente con geometría, escrit­u­ra, veg­etación, luz y agua.

Tam­bién des­cubrire­mos inscrip­ciones por todas partes. Una de las expre­siones que más se repite es el lema de la dinastía nazarí: «No hay vence­dor sino Dios». Está inte­gra­do en pare­des, yeserías y ele­men­tos dec­o­ra­tivos tan­tas veces que podemos con­ver­tir su búsque­da en una especie de juego durante la visi­ta.

Alhambra Granada

Y después aparece el famoso Pala­cio de los Leones, con­stru­i­do durante el segun­do reina­do de Muham­mad V, entre 1362 y 1391, y con­sid­er­a­do uno de los momen­tos cul­mi­nantes de la arqui­tec­tura nazarí. El Patio de los Leones es prob­a­ble­mente la ima­gen más recono­ci­ble de toda la Alham­bra. En el cen­tro encon­tramos su fuente sosteni­da por doce leones de már­mol, todos difer­entes entre sí, y alrede­dor se despl­ie­ga ese bosque de colum­nas que con­sigue que uno tarde bas­tante más de lo pre­vis­to en cruzar un patio rel­a­ti­va­mente pequeño.

Los doce leones no son iguales. A primera vista pare­cen prác­ti­ca­mente idén­ti­cos, pero si nos fijamos ver­e­mos difer­en­cias en sus ros­tros, pela­jes, patas y pro­por­ciones. Todos fueron real­iza­dos en már­mol blan­co de Macael, al igual que la enorme taza dodecago­nal que aparente­mente sostienen. Y no, los doce leones no eran un reloj que mar­ca­ba las horas. Es una de las leyen­das más repeti­das sobre la Alham­bra: según esta his­to­ria, cada hora man­a­ba agua de la boca de un león difer­ente y el mecan­is­mo dejó de fun­cionar cuan­do los cris­tianos inten­taron desmon­tar­lo. 

Pero la fuente es mucho más intere­sante de lo que parece a sim­ple vista. Su sis­tema hidráuli­co esta­ba dis­eña­do para que el agua per­maneciera sobre la taza for­man­do una lámi­na sin lle­gar a des­bor­darse. El cilin­dro cen­tral servía simultánea­mente para abaste­cer­la y evac­uar el agua, una pequeña demostración de has­ta qué pun­to la inge­niería hidráuli­ca era fun­da­men­tal en todo el con­jun­to. Y hay otro detalle que podemos bus­car cuan­do este­mos delante: alrede­dor de la taza aparece graba­do un poe­ma de Ibn Zam­rak, poeta de la corte de Muham­mad V, ded­i­ca­do al sultán y a la propia fuente. Los doce leones apare­cen sim­bóli­ca­mente como guardianes del poder del sober­a­no.

Patio de los Leones Granada

Jun­to al Patio de los Leones encon­traremos la Sala de los Abencer­ra­jes, aso­ci­a­da a una de las leyen­das más famosas de la Alham­bra. Según la tradi­ción, var­ios caballeros de la famil­ia de los Abencer­ra­jes fueron asesina­dos allí por orden del sultán y las man­chas rojizas que pueden verse en la fuente serían nada menos que restos de su san­gre. La leyen­da fue cre­cien­do con el paso de los sig­los y ter­minó incor­porán­dose al imag­i­nario román­ti­co de la Alham­bra pero no ten­emos prue­bas que per­mi­tan acep­tar seme­jante matan­za tal y como suele con­tarse.

La Alcaz­a­ba

Después de tan­ta fil­igrana es fácil olvi­darnos de que la Alham­bra tam­bién era una for­t­aleza. Esta­mos en la Alcaz­a­ba, la parte más antigua y for­ti­fi­ca­da del recin­to. Aquí cam­bia por com­ple­to la Alham­bra. Desa­pare­cen bue­na parte de la orna­mentación, las fuentes y los jar­dines para dejar paso a grue­sas mural­las, tor­res, adarves y restos de pequeñas vivien­das. No esta­mos ante el lugar en el que los sul­tanes pre­tendían impre­sion­ar a sus invi­ta­dos, sino ante el espa­cio des­de el que se pro­tegía la ciu­dad palati­na y se con­tro­la­ba bue­na parte de Grana­da y de su vega. Aquí vivían los sol­da­dos encar­ga­dos de defend­er la ciu­dad palati­na y todavía podemos dis­tin­guir los restos del bar­rio cas­trense.

La his­to­ria de esta zona de la Sabi­ka comen­zó mucho antes de la lle­ga­da de los nazaríes. Exis­ten noti­cias de con­struc­ciones defen­si­vas en la col­i­na des­de al menos el siglo IX, y durante los sig­los pos­te­ri­ores el lugar fue uti­liza­do y trans­for­ma­do en difer­entes oca­siones. Los almorá­vides realizaron algu­nas inter­ven­ciones durante el siglo XII, pero el gran cam­bio lle­garía en el XIII.

En 1238, Muham­mad I —Ibn al-Ahmar, fun­dador de la dinastía nazarí— decidió estable­cer aquí la sede de su poder. Aprovechó las estruc­turas ante­ri­ores, recon­struyó las defen­sas y comen­zó a con­fig­u­rar la for­t­aleza que acabaría con­vir­tién­dose en el corazón mil­i­tar de la nue­va ciu­dad palati­na. Durante el peri­o­do nazarí se lev­an­taron o con­sol­i­daron algu­nas de sus grandes tor­res, entre ellas la Torre de la Vela y la Torre del Hom­e­na­je.

La elec­ción del lugar tenía toda la lóg­i­ca del mun­do. Des­de esta posi­ción ele­va­da era posi­ble con­tro­lar visual­mente Grana­da, la Vega y los acce­sos al recin­to. Hoy con­tem­plam­os estas vis­tas por puro plac­er; hace ocho sig­los, dispon­er de seme­jante panorámi­ca podía sig­nificar detec­tar a tiem­po una ame­naza. Merece espe­cial­mente la pena subir a la Torre de la Vela, porque des­de arri­ba obten­emos unas vis­tas mag­ní­fi­cas de Grana­da, Albaicín y bue­na parte del entorno. Su cam­pana tuvo durante sig­los difer­entes fun­ciones, des­de avis­ar de peli­gros has­ta mar­car deter­mi­na­dos momen­tos de la vida cotid­i­ana.

Alcazaba Granada

Una de las cosas que más sor­pren­den al recor­rerla es des­cubrir que los sol­da­dos no se lim­ita­ban a hac­er guardia en las mural­las. Den­tro de la for­t­aleza existía un autén­ti­co bar­rio des­ti­na­do a la guar­ni­ción de élite encar­ga­da de pro­te­ger al sultán y la ciu­dad palati­na. Es el lla­ma­do Bar­rio Cas­trense, cuyos restos todavía pueden dis­tin­guirse per­fec­ta­mente des­de las zonas ele­vadas de la Alcaz­a­ba.

Una estrecha calle recor­ría el recin­to y a sus lados se dis­tribuían vivien­das, almacenes y otras depen­den­cias. Las excava­ciones per­miten recono­cer inclu­so la orga­ni­zación de las casas en las que vivían miem­bros de la guardia, algunos de ellos jun­to a sus famil­ias. Había además almacenes, silos, horno, aljibe y baño, de man­era que esta parte de la Alham­bra podía fun­cionar con bas­tante autonomía. El Patrona­to señala que se han iden­ti­fi­ca­do úni­ca­mente trece vivien­das, una cifra que refuerza la idea de que no se trata­ba de un gran cuar­tel para un ejérci­to con­ven­cional, sino de un espa­cio reser­va­do a una guardia selec­ta al ser­vi­cio direc­to del sober­a­no.

El Gen­er­al­ife

Y cuan­do pense­mos que ya hemos vis­to sufi­cientes pala­cios, aparece el Gen­er­al­ife, la fin­ca de recreo uti­liza­da por los sul­tanes nazaríes. Se encuen­tra fuera de las mural­las prin­ci­pales de la Alham­bra y fun­ciona­ba como espa­cio de des­can­so, rodea­do de huer­tas y jar­dines. Aquí el agua vuelve a con­ver­tirse en pro­tag­o­nista. El Patio de la Ace­quia, con su canal lon­gi­tu­di­nal, jar­dines y sur­tidores, es uno de sus espa­cios más famosos, aunque algunos ele­men­tos que vemos actual­mente respon­den a inter­ven­ciones pos­te­ri­ores y no todo pre­sen­ta exac­ta­mente el aspec­to que tuvo durante la época nazarí. Esto con­viene ten­er­lo pre­sente durante toda la visi­ta: la Alham­bra que con­tem­plam­os en 2026 es el resul­ta­do de ocho sig­los de con­struc­ción, refor­mas, aban­dono, restau­ra­ciones y cam­bios de gus­to. No esta­mos entran­do en una cáp­su­la del tiem­po intac­ta des­de 1492.

Situ­a­do fuera de sus mural­las, era una fin­ca donde los sul­tanes nazaríes podían reti­rarse de la vida corte­sana, con un pala­cio de recreo y ter­renos ded­i­ca­dos al cul­ti­vo. Vamos, que lo de bus­car un sitio donde des­cansar sin ale­jarse demasi­a­do de casa ya esta­ba resuel­to hace unos cuan­tos sig­los, aunque algunos lo hacían con bas­tante más pre­supuesto.

El Gen­er­al­ife era una almu­nia, un tér­mi­no que ayu­da a enten­der cómo fun­ciona­ba este lugar: una propiedad que com­bin­a­ba res­i­den­cia, jar­dines y explotación agrí­co­la. Las huer­tas forma­ban parte de su razón de ser y todavía se cul­ti­van ter­renos de su entorno sigu­ien­do méto­dos tradi­cionales. Esta relación entre belleza y util­i­dad merece aten­ción porque sole­mos imag­i­nar los espa­cios palac­i­e­gos como esce­nar­ios des­ti­na­dos úni­ca­mente a exhibir riqueza, cuan­do aquí tam­bién había una orga­ni­zación del ter­ri­to­rio pen­sa­da para pro­ducir y aprovechar el agua. Detrás de la postal había tra­ba­jo, cul­tivos y una infraestruc­tura que hacía posi­ble man­ten­er­los.

Su con­struc­ción se vin­cu­la a Muham­mad II, que gob­ernó entre 1273 y 1302, y el con­jun­to fue refor­ma­do pos­te­ri­or­mente por Ismail I en 1319. Por tan­to, tam­poco esta­mos ante la ocur­ren­cia de un úni­co monar­ca ni ante un edi­fi­cio que haya lle­ga­do intac­to des­de la Edad Media. En cuan­to al nom­bre, la inter­pretación más exten­di­da lo rela­ciona con el «jardín del arqui­tec­to» o «del alar­ife», aunque su sig­nifi­ca­do ha dado lugar a dis­tin­tas lec­turas. 

Generailfe Granada

El Patio de la Ace­quia con­cen­tra bue­na parte de lo que ven­i­mos bus­can­do: un espa­cio alarga­do, pabel­lones en sus extremos, veg­etación y un canal cen­tral que orde­na todo el con­jun­to. Mide aprox­i­mada­mente 49 met­ros de largo por 13 de ancho, y su nom­bre pro­cede de la ace­quia que lo atraviesa. El agua par­tic­i­pa en la com­posi­ción del jardín, pero tam­bién recuer­da la fun­ción prác­ti­ca de estas con­duc­ciones, impre­scindibles para el riego. A su alrede­dor apare­cen arrayanes, grana­dos, naran­jos y dis­tin­tas plan­tas de flor y aromáti­cas, una com­bi­nación que per­mite enten­der el jardín como algo que se dis­fru­ta con más sen­ti­dos que la vista.

Los famosos sur­tidores que cruzan sus chor­ros sobre la ace­quia se insta­laron en el siglo XIX. Los recono­ce­mos tan­to que resul­ta fácil atribuir­los a los sul­tanes nazaríes pero pertenecen a una trans­for­ma­ción pos­te­ri­or. Tam­bién cam­bió la relación del patio con el paisaje. Orig­i­nal­mente era un espa­cio mucho más cer­ra­do e ínti­mo, con un pequeño mirador hacia el exte­ri­or; las inter­ven­ciones de época cris­tiana abrieron su lat­er­al occi­den­tal y lo con­virtieron en un jardín más vol­ca­do hacia las vis­tas. Inclu­so las ven­tanas bajas tienen su expli­cación: per­mitían con­tem­plar el entorno estando sen­ta­do en el sue­lo, una cos­tum­bre de la vida domés­ti­ca andalusí. 

Entradas de la Alham­bra

La entra­da Alham­bra Gen­er­al cues­ta 22,27 euros y com­prende Pala­cios Nazaríes, Alcaz­a­ba, Par­tal y Gen­er­al­ife. Los pre­cios pueden cam­biar, por lo que siem­pre com­pro­baría la tar­i­fa actu­al antes del via­je.  Comprad la entra­da en la web ofi­cial con antelación. No esper­aría a lle­gar a Grana­da para ver qué pasa, espe­cial­mente si via­jamos en fin de sem­ana, puente, Sem­ana San­ta o tem­po­ra­da alta. Las plazas de los Pala­cios Nazaríes son lim­i­tadas y podemos encon­trarnos per­fec­ta­mente con que quedan entradas para Grana­da, hotel, tren, restau­rantes y abso­lu­ta­mente todo excep­to para el lugar que prob­a­ble­mente más ganas teníamos de vis­i­tar.

Además, las entradas son nom­i­na­ti­vas y debe­mos lle­var el doc­u­men­to de iden­ti­dad orig­i­nal uti­liza­do para la com­pra. Tam­bién ten­emos la opción de con­tratar una visi­ta guia­da por La Alham­bra, donde además de enter­arnos mucho  mejor de todos los secre­tos de este mon­u­men­to úni­co en el mun­do, no nos ten­dremos que pre­ocu­par de com­prar las entradas ya que van incluí­das en la activi­dad.

Horar­ios de la Alham­bra

Actual­mente la visi­ta diur­na fun­ciona todos los días de 8:30 a 20:00 entre el 1 de abril y el 14 de octubre y de 8:30 a 18:00 entre el 15 de octubre y el 31 de mar­zo. Tam­bién exis­ten vis­i­tas noc­tur­nas. Ver los Pala­cios Nazaríes ilu­mi­na­dos y con un ambi­ente com­ple­ta­mente difer­ente puede ser una expe­ri­en­cia mag­ní­fi­ca, aunque debe­mos ten­er pre­sente que la visi­ta noc­tur­na no susti­tuye nece­sari­a­mente a la diur­na si quer­e­mos cono­cer el con­jun­to com­ple­to.

Si podemos ele­gir, yo inten­taría entrar a primera hora de la mañana. No vamos a estar solos —olvidé­monos de esa fan­tasía— pero empezare­mos antes de que avance el día y, espe­cial­mente en ver­a­no, evitare­mos parte del calor. Otra posi­bil­i­dad estu­pen­da es orga­ni­zar la visi­ta hacia la tarde y ter­mi­nar cer­ca del cierre, tenien­do siem­pre muchísi­mo cuida­do con el horario asig­na­do a los Pala­cios Nazaríes.

En pleno ver­a­no evi­taría, si puedo escoger, las horas cen­trales. Hay zonas de som­bra, jar­dines y espa­cios inte­ri­ores, pero tam­bién cam­inare­mos bas­tante al aire libre y Grana­da en julio no nece­si­ta demostrar­le nada a nadie en mate­ria de calor.

Cómo lle­gar a la Alham­bra

Podemos subir andan­do des­de el cen­tro, uti­lizar auto­bús urbano, taxi o lle­gar en coche has­ta los aparcamien­tos habil­i­ta­dos.

Andan­do des­de Plaza Nue­va podemos subir por la Cues­ta de Gomérez, atrav­es­an­do la Puer­ta de las Granadas y entran­do pro­gre­si­va­mente en el bosque de la Alham­bra. El paseo es pre­cioso y tiene la ven­ta­ja de ir preparan­do el esce­nario antes de lle­gar. Si no quer­e­mos empezar la visi­ta gas­tan­do bue­na parte de nues­tras reser­vas energéti­cas, los pequeños auto­bus­es urbanos que suben des­de el cen­tro solu­cio­nan per­fec­ta­mente el prob­le­ma. Siem­pre podemos hac­er una com­bi­nación bas­tante sen­sa­ta: subir en auto­bús y regre­sar andan­do.

 

El Albaicín

Si la Alham­bra es el gran mon­u­men­to de Grana­da, el Albaicín es prob­a­ble­mente el bar­rio que mejor expli­ca la ciu­dad que existía al otro lado de sus mural­las. Y aquí con­viene come­ter exac­ta­mente el error con­trario al que suele come­ter bue­na parte de los vis­i­tantes: no subir direc­ta­mente al Mirador de San Nicolás, hac­er la fotografía reglamen­taria de la Alham­bra, bajar y con­sid­er­ar que ya hemos vis­to el Albaicín. Porque el mirador es extra­or­di­nario, evi­den­te­mente, pero entre la parte baja del bar­rio y San Nicolás hay aljibes, antiguas puer­tas, restos de mural­las, casas moriscas, cármenes, igle­sias lev­an­tadas sobre mezquitas y sufi­cientes calle­jue­las como para olvi­darnos durante un buen rato de hacia dónde íbamos.

Además, el Albaicín no nece­si­ta demasi­a­do esfuer­zo para pare­cer antiguo porque real­mente lo es. En la col­i­na existieron asen­tamien­tos mucho antes de la lle­ga­da de los musul­manes pero el bar­rio empezó a adquirir bue­na parte de su estruc­tura urbana durante el peri­o­do zirí, a par­tir del siglo XI, cuan­do Grana­da se con­vir­tió en cap­i­tal de un reino inde­pen­di­ente. Pos­te­ri­or­mente, bajo los nazaríes, con­tin­uaría cre­cien­do has­ta trans­for­marse en una zona den­sa­mente pobla­da de la ciu­dad musul­mana.

Bue­na parte de aque­l­la Grana­da ha desa­pare­ci­do, nat­u­ral­mente, pero lo extra­or­di­nario es cuán­to sigue sien­do recono­ci­ble. La red de calles estre­chas, las pequeñas plazas, los aljibes y deter­mi­na­dos tramos de mural­la per­miten intuir todavía cómo fun­ciona­ba aquel bar­rio medieval. Y una vez sabido esto, toca hac­er lo más recomend­able en el Albaicín: empezar a andar sin ten­er demasi­a­da prisa.

Carrera del Darro Granada

Una mag­ní­fi­ca man­era de comen­zar es des­de la Plaza Nue­va, sigu­ien­do la Car­rera del Dar­ro jun­to al río. Aquí ten­emos una de las estam­pas más boni­tas del cen­tro históri­co de Grana­da: edi­fi­cios antigu­os, pequeños puentes, restos de con­struc­ciones árabes y la Alham­bra apare­cien­do arri­ba entre árboles y fachadas. El río que ten­emos al lado es el Dar­ro, cuyo nom­bre se ha rela­ciona­do tradi­cional­mente con el oro que se extraía de sus aguas. De hecho, una expli­cación muy exten­di­da vin­cu­la el nom­bre con Dau­ro, «de oro», aunque la evolu­ción históri­ca del topón­i­mo es bas­tante más com­ple­ja que esa boni­ta tra­duc­ción turís­ti­ca. Lo que sí está doc­u­men­ta­do es la exis­ten­cia de activi­dad aurífera en la cuen­ca del Dar­ro des­de épocas antiguas.

Mien­tras avan­zamos apare­cerán var­ios lugares que mere­cen deten­er­nos. Uno de ellos es El Bañue­lo, uno de los baños árabes mejor con­ser­va­dos de España y uno de los esca­sos edi­fi­cios de este tipo que sobre­vivieron a la con­quista cris­tiana.

Interior de baños árabes

Los baños públi­cos desem­peña­ban un papel impor­tan­tísi­mo en las ciu­dades islámi­cas medievales. No eran úni­ca­mente lugares donde lavarse; tam­bién tenían fun­ciones sociales y esta­ban rela­ciona­dos con las prác­ti­cas de purifi­cación reli­giosa. El Bañue­lo se fecha tradi­cional­mente en el siglo XI y con­ser­va sus salas fría, tem­pla­da y caliente, además de esas car­ac­terís­ti­cas aber­turas en for­ma de estrel­la y octó­gono del techo que per­mitían ilu­mi­nar y ven­ti­lar los espa­cios.

Después de la con­quista, los baños musul­manes empezaron a con­tem­plarse con cre­ciente descon­fi­an­za por parte de las autori­dades cris­tianas porque esta­ban estrechamente aso­ci­a­dos a cos­tum­bres islámi­cas y moriscas. Muchos ter­mi­naron desa­pare­cien­do o trans­for­mán­dose. El Bañue­lo tuvo bas­tante suerte. Durante sig­los quedó par­cial­mente ocul­to por una vivien­da con­stru­i­da enci­ma y pre­cisa­mente esa cir­cun­stan­cia ayudó a que lle­gara has­ta nosotros. A veces escon­der un mon­u­men­to resul­ta ser una mag­ní­fi­ca estrate­gia de con­ser­vación.

Con­tin­uan­do jun­to al Dar­ro lle­gare­mos al famoso Paseo de los Tristes, uno de los lugares más agrad­ables para sen­tarnos un rato con la Alham­bra prác­ti­ca­mente enci­ma. Pero «Paseo de los Tristes» no es su nom­bre ofi­cial. Se lla­ma Paseo del Padre Man­jón. El apo­do tiene un ori­gen bas­tante menos ale­gre que las ter­razas que encon­tramos actual­mente. Por aquí pasa­ban antigua­mente los corte­jos fúne­bres que se dirigían hacia el cemente­rio situ­a­do jun­to a la Alham­bra, de man­era que los granadi­nos ter­mi­naron bau­ti­zan­do pop­u­lar­mente el lugar como Paseo de los Tristes.

Una de las cosas en las que merece la pena fijarse mien­tras recor­re­mos el Albaicín son sus aljibes. Todavía se con­ser­van numerosos depósi­tos de agua vin­cu­la­dos al com­ple­jo sis­tema hidráuli­co de la Grana­da islámi­ca. El agua lle­ga­ba medi­ante ace­quias y se alma­cen­a­ba en aljibes repar­tidos por los difer­entes bar­rios para abaste­cer a la población. Muchos esta­ban aso­ci­a­dos a mezquitas y cuan­do estas fueron susti­tu­idas pos­te­ri­or­mente por igle­sias, los aljibes per­manecieron. Entre los más impor­tantes se encuen­tra el Aljibe del Rey, con­sid­er­a­do el de may­or capaci­dad del Albaicín. Está rela­ciona­do con la Ace­quia de Aynadamar, que trans­porta­ba agua des­de Fuente Grande, en Alfacar, has­ta la ciu­dad.

Otro ves­ti­gio fun­da­men­tal es la Puer­ta de Elvi­ra, una de las prin­ci­pales entradas de la Grana­da musul­mana. Comu­ni­ca­ba la ciu­dad con el camino hacia Med­i­na Elvi­ra y daba acce­so a uno de los ejes urbanos más impor­tantes. Lo que vemos actual­mente es solo una parte de la estruc­tura orig­i­nal, que era bas­tante más com­ple­ja. Aun así, atrav­es­ar­la tiene algo espe­cial cuan­do pen­samos en la can­ti­dad de com­er­ciantes, via­jeros, sol­da­dos y habi­tantes que pasaron por este mis­mo lugar durante sig­los.

Puerta de Elvira Granada

Des­de sus alrede­dores comien­za además la calle Elvi­ra, una de las calles más cono­ci­das del cen­tro actu­al y un buen lugar para com­pro­bar cómo la heren­cia árabe de Grana­da con­vive hoy con teterías, tien­das, bares, recuer­dos turís­ti­cos y prác­ti­ca­mente cualquier cosa que pue­da vender­se deba­jo de una lám­para mar­ro­quí.

Menos cono­ci­da pero históri­ca­mente impor­tan­tísi­ma es la Puer­ta Mon­ai­ta, perteneciente al sis­tema defen­si­vo de la Grana­da zirí. Se con­struyó en el siglo XI y forma­ba parte de la mural­la que pro­tegía la antigua Alcaz­a­ba Qadi­ma. Por esta zona podemos localizar tam­bién restos de la mural­la zirí, una de esas partes del Albaicín que ayu­dan a enten­der que esto no era sim­ple­mente un bar­rio pin­toresco de casas blan­cas, sino una autén­ti­ca ciu­dad for­ti­fi­ca­da.

Puerta Monaita

Mien­tras cam­i­namos apare­cerá una pal­abra con­stan­te­mente: car­men. El car­men es una vivien­da tradi­cional granad­i­na, espe­cial­mente car­ac­terís­ti­ca del Albaicín y el Reale­jo, que com­bi­na casa y espa­cio verde pri­va­do, nor­mal­mente con jardín, huer­to, árboles, par­ras y en oca­siones mag­ní­fi­cas vis­tas hacia la Alham­bra. El tér­mi­no suele rela­cionarse con el árabe karm, aso­ci­a­do a viña o jardín. Lo intere­sante es que des­de la calle muchas veces ape­nas vemos nada: un muro blan­co, una puer­ta y poco más. Toda la gra­cia está pre­cisa­mente detrás. Uno de los más cono­ci­dos es el Car­men de la Vic­to­ria, propiedad de la Uni­ver­si­dad de Grana­da y situ­a­do en la Cues­ta del Chapiz, con jar­dines escalon­a­dos y vis­tas hacia la Alham­bra.

El Pala­cio de Dar al-Hor­ra

En la parte alta del Albaicín, entre los calle­jones que rodean el con­ven­to de San­ta Isabel la Real, se encuen­tra el Pala­cio de Dar al-Hor­ra, una res­i­den­cia nazarí que per­mite acer­carse a la Grana­da de sus últi­mos sober­a­nos. Con­stru­i­do en el siglo XV, tiene unas dimen­siones bas­tante más recogi­das de lo que quizá imag­i­namos al escuchar la pal­abra «pala­cio»: aquí el interés está en el patio, las habita­ciones y los detalles de una casa vin­cu­la­da a la famil­ia real. Su nom­bre se ha tra­duci­do como «Casa de la Seño­ra», «Casa de la Sul­tana» o «Casa de la Hon­es­ta», inter­preta­ciones rela­cionadas con el tratamien­to hon­orí­fi­co de las prince­sas musul­manas.

El pala­cio está espe­cial­mente lig­a­do a Aixa, esposa de Muley Hacén y madre de Boab­dil, el últi­mo emir de Grana­da. Su pres­en­cia tam­bién está doc­u­men­ta­da en la Alham­bra, de modo que Dar al-Hor­ra for­ma parte de una his­to­ria que se desar­rol­ló en dis­tin­tos espa­cios de la ciu­dad. Con­tem­plar esta res­i­den­cia per­mite pon­er un esce­nario con­cre­to a una figu­ra que aparece una y otra vez al hablar del final del reino nazarí, aunque con­viene ten­er cuida­do con las recon­struc­ciones demasi­a­do nov­e­l­escas de su vida: el pro­pio Patrona­to señala que algunos de los tes­ti­mo­nios sobre las mujeres de la corte proce­den prin­ci­pal­mente de cro­nistas cris­tianos. Hay que leer­los tenien­do pre­sente quién con­ta­ba la his­to­ria.

En tu fotografía se apre­cia muy bien cómo el patio artic­u­la el edi­fi­cio: las habita­ciones se dis­tribuyen alrede­dor de él y los pór­ti­cos de tres arcos dan acce­so a las salas prin­ci­pales. Las colum­nas, los aleros de madera y las yeserías recuer­dan solu­ciones pre­sentes en los pala­cios de la Alham­bra, trasladadas a una res­i­den­cia de menor tamaño. La galería supe­ri­or y la torre mirador añaden altura a ese espa­cio recogi­do, donde merece la pena fijarse tan­to en la arqui­tec­tura como en la relación entre las dis­tin­tas estancias. Aho­ra bien, el aspec­to actu­al tam­bién debe mucho a las restau­ra­ciones: algunos arcos del pór­ti­co norte fueron resti­tu­i­dos por Leopol­do Tor­res Bal­bás, mien­tras que su techo inte­ri­or de madera con­ser­va dec­o­ración y restos de pin­tu­ra antigu­os.

Una de las curiosi­dades más boni­tas está en las inscrip­ciones de las yeserías del mirador.  Con­tienen deseos de ben­di­ción, feli­ci­dad, salud y dicha con­tin­u­a­da, pal­abras apropi­adas para el carác­ter pri­va­do de la res­i­den­cia. Además, las vis­tas de la plan­ta alta se ori­en­tan hacia San Cristóbal y la mural­la zirí: el pala­cio ofrece otra per­spec­ti­va del Albaicín, con el pro­pio bar­rio como pro­tag­o­nista.

Interior de casa árabe granadina

Después de la con­quista de 1492, los Reyes Católi­cos cedieron el edi­fi­cio a Her­nan­do de Zafra, que lo uti­lizó como res­i­den­cia. En 1493 se fir­maron aquí acuer­dos con miem­bros de la nobleza mudé­jar granad­i­na rela­ciona­dos con su mar­cha a Mar­rue­cos jun­to al emir depuesto. Pos­te­ri­or­mente, el pala­cio quedó inte­gra­do en el con­jun­to con­ven­tu­al de San­ta Isabel la Real, y una de sus salas llegó a uti­lizarse como igle­sia antes de con­stru­irse el tem­p­lo actu­al. Ese cam­bio de uso expli­ca parte de su con­ser­vación, pero tam­bién recuer­da que los edi­fi­cios históri­cos han sobre­vivi­do adap­tán­dose a nuevas necesi­dades y nuevos poderes.

Otro lugar espe­cial­mente intere­sante es la Casa de Zafra. Escon­di­da en el entra­ma­do del Albaicín, muy cer­ca de la Car­rera del Dar­ro, esta antigua vivien­da nazarí per­mite acer­carse a una fac­eta mucho más ínti­ma de la Grana­da musul­mana: no a la de los grandes pala­cios y los sul­tanes, sino a la vida que tran­scur­ría puer­tas aden­tro en las casas de las famil­ias aco­modadas.

La vivien­da fue con­stru­i­da en el siglo XIV y ampli­a­da durante el XV. No se conoce con certeza quiénes fueron sus primeros propi­etar­ios, aunque por sus dimen­siones y por los ele­men­tos arqui­tec­tóni­cos que han lle­ga­do has­ta nosotros los espe­cial­is­tas con­sid­er­an que debió pertenecer a una famil­ia de la nobleza nazarí. Aquí no esta­mos vien­do dónde vivía el sultán, sino acer­cán­donos a una arqui­tec­tura domés­ti­ca que ayu­da a com­pren­der cómo eran algu­nas vivien­das de la Grana­da musul­mana.

Al entrar, la dis­tribu­ción resul­ta inmedi­ata­mente famil­iar si antes hemos recor­ri­do los Pala­cios Nazaríes: la casa gira alrede­dor de un patio rec­tan­gu­lar, que orig­i­nal­mente con­ta­ba con una alber­ca cen­tral, mien­tras que en los lados menores apare­cen pór­ti­cos que pre­cedían a las estancias prin­ci­pales. Arcos, colum­nas con capite­les nazaríes, yeserías, pin­turas murales y antigu­os techos de madera recuer­dan que el refi­namien­to de la arqui­tec­tura andalusí no esta­ba reser­va­do exclu­si­va­mente a los pala­cios de la Alham­bra.

Interior casa árabe

Inclu­so la entra­da nos cuen­ta mucho acer­ca de cómo se con­ce­bía una vivien­da musul­mana. No se accedía direc­ta­mente des­de la calle al patio, sino a través de un zaguán en reco­do, dis­eña­do para impedir que des­de el exte­ri­or pudiera verse el inte­ri­or de la casa. La intim­i­dad famil­iar tenía una enorme impor­tan­cia y la propia arqui­tec­tura se encar­ga­ba de pro­te­gerla. Una vez atrav­es­a­do ese pequeño fil­tro entre la calle y la vivien­da, el patio se con­vertía en el autén­ti­co corazón de la casa y dis­tribuía el acce­so al resto de las habita­ciones.

La his­to­ria de la Casa de Zafra cam­bió rad­i­cal­mente después de 1492. La propiedad ter­minó vin­cu­la­da a Her­nan­do de Zafra, sec­re­tario de los Reyes Católi­cos, y a su esposa Leonor de Tor­res. Pos­te­ri­or­mente fue don­a­da, jun­to con otros inmue­bles, para la fun­dación del con­ven­to domini­co de San­ta Catali­na de Siena, cono­ci­do como Con­ven­to de Zafra. Paradóji­ca­mente, esa inte­gración den­tro del con­jun­to con­ven­tu­al con­tribuyó a que la antigua casa nazarí lle­gara has­ta nue­stros días. El Ayun­tamien­to de Grana­da la adquir­ió en 1946 y a lo largo del siglo XX y comien­zos del XXI pasó por dis­tin­tas inter­ven­ciones de con­sol­i­dación y restau­ración.

Pero la Casa de Zafra no es úni­ca­mente un mon­u­men­to históri­co. Actual­mente alber­ga el Cen­tro de Inter­pretación del Albaicín, con pan­e­les, recur­sos audio­vi­suales y mate­r­i­al inter­ac­ti­vo ded­i­ca­do a explicar la evolu­ción del bar­rio. Por eso puede ser una visi­ta espe­cial­mente intere­sante antes de empezar a recor­rer el Albaicín: ayu­da a com­pren­der por qué sus calles pare­cen un laber­in­to, cómo eran sus vivien­das y de qué man­era fue trans­for­mán­dose esta parte de Grana­da con el paso de los sig­los. De hecho, la propia ofic­i­na de tur­is­mo de Grana­da recomien­da comen­zar aquí el des­cubrim­ien­to del bar­rio.

Hay que ir al Mirador de San Nicolás. La vista es extra­or­di­nar­ia. Ten­emos la Alham­bra prác­ti­ca­mente enfrente, Sier­ra Neva­da detrás y el valle del Dar­ro sep­a­ran­do ambas col­i­nas. Jun­to al mirador encon­tramos la igle­sia de San Nicolás, lev­an­ta­da en el siglo XVI sobre una antigua mezqui­ta, otra de esas super­posi­ciones históri­c­as que ire­mos encon­tran­do con­tin­u­a­mente por Grana­da.

Al atarde­cer aque­l­lo puede llenarse has­ta unos nive­les bas­tante con­sid­er­ables, con músi­cos, vende­dores, tur­is­tas, pare­jas inten­tan­do hac­erse la mis­ma fotografía y gente que ha lle­ga­do cuarenta min­u­tos antes para defend­er un troc­i­to de muro como si estu­viera recla­man­do ter­ri­to­rio nacional. Si quer­e­mos ver­lo con más tran­quil­i­dad, podemos acer­carnos por la mañana. Si quer­e­mos ambi­ente y una luz espe­cial­mente boni­ta, entonces sí: atarde­cer, asum­ien­do que no hemos sido pre­cisa­mente los primeros en ten­er la idea. 

Vistas desde mirador san Nicolas

A pocos met­ros se encuen­tra la Mezqui­ta May­or de Grana­da, inau­gu­ra­da en 2003, más de cin­co sig­los después de la desapari­ción de las mezquitas históri­c­as de la ciu­dad tras la con­quista cris­tiana. Su recin­to reúne la sala de oración, un Cen­tro de Estu­dios Islámi­cos y un jardín que tiene bas­tante que ofre­cer a quienes lle­gan bus­can­do las vis­tas de Grana­da.
Además, el jardín suele estar más tran­qui­lo que el veci­no mirador, algo que se agradece cuan­do San Nicolás parece haberse con­ver­tido en el pun­to de encuen­tro de todos los via­jeros de la ciu­dad.

La mezqui­ta mantiene su fun­ción reli­giosa y acoge las cin­co ora­ciones diarias de la comu­nidad musul­mana. El acce­so turís­ti­co habit­u­al se cen­tra en el jardín, mien­tras que para cono­cer la sala de oración sin acud­ir a rezar es nece­sario con­cer­tar una visi­ta de grupo. Su pres­en­cia per­mite acer­carse a una Grana­da donde la cul­tura islámi­ca tam­bién for­ma parte de la vida del pre­sente.

El Albaicín tam­poco pertenece úni­ca­mente a la Edad Media. El bar­rio mantiene una relación estrechísi­ma con el fla­men­co y aquí nació en 1942 Enrique Morente, una de las fig­uras fun­da­men­tales del fla­men­co con­tem­porá­neo. Morente llevó el género por caminos que en deter­mi­na­dos momen­tos hicieron lev­an­tar más de una ceja entre los puris­tas, mez­clán­do­lo con poesía y exper­i­mentación musi­cal. Su relación con Grana­da fue con­stante y su hija Estrel­la Morente con­tin­uaría pos­te­ri­or­mente esa tradi­ción famil­iar.

Es otro ejem­p­lo de algo que ire­mos vien­do todavía con más clar­i­dad cuan­do llegue­mos al Sacromonte: en Grana­da el fla­men­co no apare­ció para entreten­er a los tur­is­tas que lle­gan en auto­bús.

El Sacromonte

Si des­de el Albaicín con­tin­u­amos avan­zan­do hacia el este, lle­gará un momen­to en el que Grana­da vuelve a cam­biar de aspec­to. Las calles se hacen todavía más irreg­u­lares, empiezan a apare­cer chum­beras por las laderas, las casas blan­cas pare­cen agar­rarse al ter­reno como pueden y muchas de ellas escon­den una pecu­liari­dad que des­de fuera ape­nas se apre­cia: bue­na parte de la vivien­da está excava­da direc­ta­mente en la mon­taña. Hemos lle­ga­do al Sacromonte, uno de los bar­rios más pecu­liares de Grana­da y tam­bién uno de los que más fácil­mente puede con­ver­tirse en una car­i­catu­ra turís­ti­ca si nos quedamos úni­ca­mente con aque­l­lo de «cuevas y fla­men­co».

Porque detrás de las zam­bras que hoy anun­cian espec­tácu­los todas las noches existe una his­to­ria bas­tante más com­ple­ja. El ori­gen del bar­rio se sitúa en los primeros años del siglo XVI, cuan­do esta zona extra­muros fue ocupán­dose por población musul­mana y por gru­pos gitanos lle­ga­dos a Grana­da tras la con­quista cris­tiana. Las cuevas excavadas en las laderas ter­mi­narían con­vir­tién­dose en una de sus señas de iden­ti­dad y la con­viven­cia entre tradi­ciones moriscas, gitanas y cris­tianas con­tribuiría pos­te­ri­or­mente a desar­rol­lar una cul­tura propia que acabaría estrechamente lig­a­da al fla­men­co.

El bar­rio fue cre­cien­do fuera de las mural­las, en una posi­ción bas­tante rev­e­lado­ra de la situación social de quienes lo hab­it­a­ban. Durante sig­los fue una zona humilde y per­iféri­ca y muchas de las famil­ias que vivían en las cuevas desar­rol­laron allí sus pro­pios ofi­cios, cel­e­bra­ciones y for­mas de expre­sión artís­ti­ca. Con el paso del tiem­po el fla­men­co del Sacromonte empezaría a lla­mar la aten­ción de via­jeros y artis­tas y aque­l­lo que había surgi­do den­tro de una comu­nidad ter­mi­naría trans­for­mán­dose tam­bién en espec­tácu­lo para vis­i­tantes.

Las cuevas del Sacromonte son vivien­das excavadas aprovechan­do las car­ac­terís­ti­cas del ter­reno y algu­nas cuen­tan con varias habita­ciones dis­tribuidas hacia el inte­ri­or. Des­de fuera podemos encon­trarnos sim­ple­mente una facha­da encal­a­da, una puer­ta, algu­na ven­tana y una chime­nea que sobre­sale del ter­reno; detrás puede exten­der­se una vivien­da mucho may­or de lo que imag­inábamos. Además tienen una ven­ta­ja nat­ur­al con­sid­er­able: la tier­ra fun­ciona como ais­lante, ayu­dan­do a man­ten­er una tem­per­atu­ra inte­ri­or mucho más estable que la del exte­ri­or. Algo que resul­ta bas­tante prác­ti­co cuan­do fuera Grana­da decide pon­erse a cuarenta gra­dos en Agos­to.

Para enten­der cómo era la vida tradi­cional den­tro de ellas, uno de los lugares más intere­santes es el Museo Cuevas del Sacromonte, situ­a­do en el Bar­ran­co de los Negros. Con­ser­va y recrea difer­entes tipos de espa­cios —cue­va vivien­da, coci­na, cuadra y talleres— y expli­ca no sola­mente la arqui­tec­tura sino tam­bién los ofi­cios, cos­tum­bres y for­mas de vida de quienes habitaron el bar­rio. La entra­da cues­ta 6 euros y abren todos los días de 10:00 a 18:00 en invier­no y de 10:00 a 20:00 en ver­a­no. Resul­ta bas­tante más intere­sante ver­lo así que con­tem­plar una cue­va prepara­da como tablao y pen­sar que todo el Sacromonte nació para que pudiéramos ver fla­men­co mien­tras cen­amos.

Interior de cueva en Sacromonte

Hoy uti­lizamos muchas veces la pal­abra zam­bra para referirnos direc­ta­mente al local donde vemos un espec­tácu­lo fla­men­co en una cue­va. Pero orig­i­nal­mente la pal­abra hacía ref­er­en­cia a una cel­e­bración y pos­te­ri­or­mente acabaría iden­ti­f­i­can­do una for­ma muy par­tic­u­lar del fla­men­co granadi­no. La tradi­ción turís­ti­ca e históri­ca de Grana­da rela­ciona la zam­bra sacromon­tana con antigu­os bailes de boda moriscos que pos­te­ri­or­mente fueron incor­po­ra­dos y trans­for­ma­dos por la población gitana. Durante deter­mi­nadas épocas lle­garon a cel­e­brarse de man­era clan­des­ti­na y final­mente se con­virtieron en uno de los ele­men­tos cul­tur­ales más car­ac­terís­ti­cos del bar­rio.

Una zam­bra tradi­cional podía incluir difer­entes bailes rela­ciona­dos con momen­tos de una boda y se inter­preta­ba en espa­cios muy pequeños. Y ahí está pre­cisa­mente una de las difer­en­cias con un gran tablao: en una cue­va del Sacromonte prác­ti­ca­mente ten­emos a los artis­tas enci­ma. El espa­cio obliga a que públi­co, cante, gui­tar­ra y baile estén sep­a­ra­dos por muy pocos met­ros.

Durante los sig­los XIX y XX estas zam­bras comen­zaron a atraer a escritores, artis­tas, aristócratas y via­jeros extran­jeros. Algu­nas famil­ias gitanas se hicieron espe­cial­mente cono­ci­das y el Sacromonte ter­minó con­vir­tién­dose en una de las imá­genes inter­na­cionales del fla­men­co granadi­no. Entre los nom­bres históri­cos encon­tramos a María la Canastera, naci­da en 1913 y con­ver­ti­da en una de las grandes fig­uras de las zam­bras del Sacromonte. Su cue­va con­tinúa sien­do actual­mente uno de los espa­cios vis­ita­bles del bar­rio. 

¿Sig­nifi­ca esto que cualquier espec­tácu­lo con dos auto­bus­es turís­ti­cos esperan­do en la puer­ta rep­re­sen­ta exac­ta­mente lo que fue una zam­bra tradi­cional? Evi­den­te­mente no. Como ocurre con prác­ti­ca­mente todas las tradi­ciones que ter­mi­nan con­vir­tién­dose en atrac­ti­vo turís­ti­co, hay prop­ues­tas mejores, peo­res y algu­nas bas­tante ori­en­tadas exclu­si­va­mente al vis­i­tante. Pero sería igual­mente injus­to pen­sar que todo el fla­men­co del Sacromonte es un inven­to para tur­is­tas: la relación del bar­rio con este arte viene de mucho antes de que existier­an Tri­pad­vi­sor, Insta­gram y las excur­siones orga­ni­zadas.

El Sacromonte se dis­fru­ta muchísi­mo mejor andan­do, aunque aquí vuel­ven nues­tras vie­jas ami­gas las cues­tas. Des­de el Albaicín podemos diri­girnos hacia la Cues­ta del Chapiz y con­tin­uar por el Camino del Sacromonte, des­de donde empiezan a apare­cer cuevas, zam­bras y mag­ní­fi­cas vis­tas de la Alham­bra. Una de las calles más boni­tas para cam­i­nar es la Verea de Enmedio, bas­tante más tran­quila que el recor­ri­do prin­ci­pal y con algu­nas per­spec­ti­vas estu­pen­das hacia la Alham­bra.

El centro histórico de Granada

Después de pasar unas cuan­tas horas entre calle­jue­las moriscas, aljibes, cuevas y pala­cios nazaríes, toca bajar nue­va­mente al cen­tro históri­co porque aquí Grana­da vuelve a cam­biar de piel. Y lo hace prác­ti­ca­mente de golpe. Alrede­dor de la Cat­e­dral encon­tramos algunos de los edi­fi­cios que mejor expli­can lo que ocur­rió después de 1492, cuan­do los Reyes Católi­cos entraron en la ciu­dad y comen­zó una trans­for­ma­ción políti­ca, reli­giosa y urbanís­ti­ca des­ti­na­da a dejar bas­tante claro que había empeza­do una nue­va eta­pa.

Lo curioso es que las dos Granadas siguen estando lit­eral­mente una enci­ma de la otra. La Cat­e­dral fue lev­an­ta­da donde ante­ri­or­mente se encon­tra­ba la mezqui­ta may­or; a unos pasos ten­emos una antigua uni­ver­si­dad coráni­ca con­ver­ti­da pos­te­ri­or­mente en Ayun­tamien­to cris­tiano; la Alcaicería mantiene el nom­bre y el recuer­do del antiguo mer­ca­do de la seda y, cam­i­nan­do ape­nas cin­co min­u­tos, podemos entrar en un edi­fi­cio nazarí donde hace sig­los se alo­ja­ban com­er­ciantes con sus mer­cancías. Todo con­cen­tra­do en una zona tan pequeña que podemos recor­rerla per­fec­ta­mente andan­do.

La Cat­e­dral de Grana­da no está aquí por casu­al­i­dad. Los Reyes Católi­cos ordenaron su con­struc­ción en 1501 sobre el espa­cio de la antigua mezqui­ta may­or y el proyec­to ter­mi­naría adquirien­do todavía may­or impor­tan­cia durante el reina­do de su nieto Car­los V, den­tro de esa idea de con­ver­tir Grana­da en una gran ciu­dad impe­r­i­al. La con­struc­ción se pro­longó durante sig­los y eso expli­ca que encon­tremos difer­entes esti­los. El proyec­to ini­cial tenía planteamien­to góti­co, pero la lle­ga­da de Diego de Siloé en el siglo XVI cam­bió rad­i­cal­mente las cosas y con­vir­tió el edi­fi­cio en una de las grandes obras del Renacimien­to español. Mucho después lle­garía la mon­u­men­tal facha­da bar­ro­ca dis­eña­da por Alon­so Cano. Tam­bién merece la pena rodear­la por fuera en lugar de lim­i­tarnos a mirar la facha­da prin­ci­pal des­de la Plaza de las Pas­ie­gas. Por Cár­cel Baja apare­cen la torre y difer­entes por­tadas y des­de otras calles podemos apre­ciar mejor cómo la Cat­e­dral fue lit­eral­mente enca­ja­da den­tro del teji­do urbano del cen­tro.

Hay una curiosi­dad arqui­tec­tóni­ca bas­tante lla­ma­ti­va: la torre que vemos hoy no es exac­ta­mente la que se había imag­i­na­do. El proyec­to era mucho más ambi­cioso y con­tem­pla­ba dos grandes tor­res, pero final­mente sola­mente se lev­an­tó una y ni siquiera alcanzó la altura orig­i­nal­mente pre­vista. Así que inclu­so los grandes proyec­tos impe­ri­ales ter­mina­ban encon­trán­dose con algo que con­tinúa resultán­donos bas­tante famil­iar cin­co sig­los después: prob­le­mas téc­ni­cos y pre­supuestos que no daban para todo. Aún así, cuan­do entramos enten­demos ráp­i­da­mente que aquí no esta­ban pre­cisa­mente inten­tan­do pasar desapercibidos. El inte­ri­or es enorme, lumi­noso y sor­pren­den­te­mente blan­co, con grandes pilares y una Capil­la May­or que rompe bas­tante con la ima­gen oscu­ra que muchas veces aso­ci­amos a las cat­e­drales históri­c­as.

Pega­da a la Cat­e­dral encon­tramos la Capil­la Real, y aquí merece la pena entrar inclu­so aunque ya lleve­mos una con­sid­er­able sobre­do­sis de igle­sias. Porque deba­jo de nue­stros pies están Isabel I de Castil­la y Fer­nan­do II de Aragón. No sim­bóli­ca­mente. Sus féret­ros se encuen­tran real­mente en la pequeña crip­ta situ­a­da bajo los espec­tac­u­lares mau­soleos que vemos en la capil­la. Tam­bién están enter­ra­dos allí su hija Jua­na I de Castil­la, a quien todos cono­ce­mos (injus­ta­mente) como Jua­na la Loca, su mari­do, Felipe el Her­moso y el pequeño príncipe Miguel de la Paz, nieto de los Reyes Católi­cos, que murió con ape­nas dos años.

Isabel y Fer­nan­do deci­dieron en 1504 que querían ser enter­ra­dos en Grana­da y ordenaron con­stru­ir para ello la Capil­la Real. Isabel murió ese mis­mo año y Fer­nan­do en 1516 pero el edi­fi­cio todavía no esta­ba prepara­do para recibir­los. Así que durante años ambos estu­vieron enter­ra­dos pro­vi­sion­al­mente en el con­ven­to de San Fran­cis­co de la Alham­bra. No sería has­ta 1521 cuan­do sus cuer­pos fueron traslada­dos solem­ne­mente has­ta la crip­ta donde con­tinúan actual­mente.

sepulcros capilla real granada

Arri­ba ver­e­mos dos enormes mon­u­men­tos funer­ar­ios de már­mol. El de los Reyes Católi­cos fue real­iza­do por el escul­tor flo­renti­no Domeni­co Fan­cel­li y está car­ga­do de fig­uras y sím­bo­los. Pero lo más curioso viene cuan­do descen­demos a la crip­ta. Después de tan­ta escul­tura rena­cen­tista, tan­to már­mol y tan­ta grandeza impe­r­i­al, aba­jo encon­tramos una habitación sor­pren­den­te­mente pequeña y austera con var­ios sen­cil­los ataúdes de plo­mo iden­ti­fi­ca­dos medi­ante ini­ciales. En el cen­tro están Isabel y Fer­nan­do; a los lados, Jua­na y Felipe; y jun­to a ellos el dimin­u­to féretro del príncipe Miguel. El con­traste no puede ser may­or.

La sac­ristía fun­ciona actual­mente como museo y con­ser­va difer­entes obje­tos rela­ciona­dos con los Reyes Católi­cos, además de pin­tu­ra fla­men­ca e ital­iana y piezas reli­giosas. Entre las más curiosas está el Mis­al de Isabel la Católi­ca, real­iza­do en pergamino y dec­o­ra­do para la reina en 1496. La bib­liote­ca que Isabel legó a la Capil­la era muchísi­mo may­or —los inven­tar­ios históri­cos hablan de más de un cen­te­nar de libros— pero gran parte ter­minó trasladán­dose pos­te­ri­or­mente a Siman­cas y El Esco­r­i­al. El mis­al fue uno de los que per­manecieron en Grana­da.

A esca­sos met­ros de la Cat­e­dral aparece la Alcaicería, una suce­sión de calle­jue­las estre­chas llenas actual­mente de tien­das de arte­sanía, cerámi­ca, lám­paras, cuero, tex­tiles y recuer­dos. La pal­abra pro­cede del árabe y des­igna­ba un mer­ca­do espe­cial­iza­do, estrechamente rela­ciona­do en Grana­da con el com­er­cio de la seda. La Alcaicería nazarí era muchísi­mo más exten­sa que la que vemos hoy y ocu­pa­ba una zona com­er­cial impor­tan­tísi­ma jun­to a la mezqui­ta may­or. Durante sig­los con­tin­uó fun­cio­nan­do como mer­ca­do has­ta que un enorme incen­dio en 1843 destruyó prác­ti­ca­mente todo el con­jun­to. La Alcaicería actu­al es fru­to de la recon­struc­ción pos­te­ri­or real­iza­da sigu­ien­do una estéti­ca neoárabe. Esto con­viene saber­lo porque es muy fácil cam­i­nar por allí pen­san­do que esas tien­das son exac­ta­mente las mis­mas que existían durante el peri­o­do nazarí. El traza­do y la tradi­ción com­er­cial recuer­dan aquel mer­ca­do, pero bue­na parte de lo que vemos pertenece al siglo XIX.

calles granadinas

Aun así merece la pena atrav­es­ar­la, espe­cial­mente a primera hora o cuan­do hay menos gente. Y si vamos a com­prar algún recuer­do, yo com­para­ría pre­cios entre varias tien­das porque encon­traremos des­de arte­sanía local real­mente boni­ta has­ta pro­duc­tos fab­ri­ca­dos bas­tante más lejos de Grana­da de lo que su dec­o­ración morisca podría hac­er­nos pen­sar.

Salien­do de la Alcaicería lle­gare­mos a Plaza Bib-Ram­bla, uno de los espa­cios más ani­ma­dos del cen­tro. Su nom­bre pro­cede de una de las antiguas puer­tas de la Grana­da musul­mana, Bab al-Ram­bla, y durante sig­los la plaza fue esce­nario de mer­ca­dos, cel­e­bra­ciones, fies­tas públi­cas, cor­ri­das de toros e inclu­so eje­cu­ciones. Hoy el panora­ma es con­sid­er­able­mente menos dramáti­co. Ter­razas, restau­rantes, puestos de flo­res y la Fuente de los Gigan­tones, ded­i­ca­da a Nep­tuno, ocu­pan bue­na parte del espa­cio.

Y a pocos min­u­tos andan­do ten­emos uno de mis edi­fi­cios favoritos del cen­tro por una razón muy sen­cil­la: su fun­ción orig­i­nal se entiende per­fec­ta­mente inclu­so siete sig­los después.

El Cor­ral del Car­bón fue con­stru­i­do durante el peri­o­do nazarí, en el siglo XIV, como alhóndi­ga, una especie de almacén y hos­ped­ería para com­er­ciantes. Los mer­caderes lle­ga­ban a Grana­da con sus mer­cancías, podían alma­ce­narlas en el edi­fi­cio y alo­jarse allí durante su estancia. Vamos, una com­bi­nación medieval de hotel, almacén y cen­tro de nego­cios.

Corral del Carbon Granada

Entramos atrav­es­an­do una espec­tac­u­lar por­ta­da dec­o­ra­da y lleg­amos a un patio rec­tan­gu­lar rodea­do por tres pisos de galerías. En la plan­ta baja se alma­cen­a­ban mer­cancías y ani­males mien­tras las habita­ciones supe­ri­ores servían de alo­jamien­to.

Después de la con­quista cris­tiana tuvo difer­entes usos. Pasó a rela­cionarse con el com­er­cio del car­bón —de ahí el nom­bre que ha lle­ga­do has­ta nosotros— y pos­te­ri­or­mente llegó a uti­lizarse inclu­so como cor­ral de come­dias. Es además la úni­ca alhóndi­ga nazarí con­ser­va­da ínte­gra­mente en la Penín­su­la Ibéri­ca, lo que hace bas­tante sor­pren­dente que algunos vis­i­tantes pasen prác­ti­ca­mente por su puer­ta y ni siquiera entren.

El Realejo: el antiguo barrio judío 

La Alham­bra se lle­va la fama, el Albaicín se lle­va las fotografías y el Sacromonte se lle­va el fla­men­co, así que al Reale­jo le ha toca­do durante mucho tiem­po inter­pre­tar un papel bas­tante más dis­cre­to. Y es una pena, porque esta­mos ante uno de los bar­rios con más capas históri­c­as de Grana­da y, además, uno de los más agrad­ables para cam­i­nar, parar a tomar algo y encon­trarnos pequeños mon­u­men­tos que prob­a­ble­mente ten­dríamos rodea­d­os de gente si estu­vier­an tres calles más cer­ca de la Cat­e­dral.

Se extiende a los pies de la Alham­bra y tradi­cional­mente se iden­ti­fi­ca con la antigua Gar­na­ta al-Yahud, la Grana­da de los judíos. La pres­en­cia de población judía en Grana­da se remon­ta muchos sig­los atrás y alcanzó una enorme impor­tan­cia durante el peri­o­do musul­mán. La comu­nidad hebrea per­maneció en la ciu­dad durante más de quince sig­los y dio fig­uras tan rel­e­vantes como Samuel Ibn Nagrel­la o Yehudá Ibn Tibon.

Después de la con­quista cris­tiana de 1492 todo volvería a cam­biar. Ese mis­mo año los Reyes Católi­cos dec­re­taron la expul­sión de los judíos de sus reinos y la antigua jud­ería fue pro­fun­da­mente trans­for­ma­da. Aparecieron con­ven­tos, igle­sias, pala­cios y nuevas vivien­das, mien­tras que bue­na parte de las huel­las físi­cas de la comu­nidad sefardí fue desa­pare­cien­do. Por eso hoy el pasa­do judío del Reale­jo hay que bus­car­lo. No vamos a encon­trar una jud­ería medieval per­fec­ta­mente con­ser­va­da con sin­a­gogas en cada esquina. Lo que encon­traremos es un bar­rio con­stru­i­do sobre otro bar­rio, algo que a estas alturas del via­je ya sabe­mos que Grana­da hace extra­or­di­nar­i­a­mente bien.

Una bue­na man­era de entrar en el Reale­jo des­de el cen­tro es subir por la calle Pavan­eras. Allí nos recibe la estat­ua de Yehudá Ibn Tibon, médi­co, filó­so­fo y tra­duc­tor naci­do en Grana­da hacia 1120.

Estatua de Yehudá Ibn Tibon

Su vida expli­ca bas­tante bien el extra­or­di­nario inter­cam­bio cul­tur­al que se pro­du­jo durante deter­mi­na­dos peri­o­dos de al-Andalus. Tras aban­donar Grana­da se instaló en el sur de Fran­cia y desar­rol­ló una impor­tan­tísi­ma labor tra­ducien­do obras del árabe al hebreo. Su famil­ia con­tin­uaría aquel tra­ba­jo durante varias gen­era­ciones y los Ibn Tibon ter­mi­naron con­vir­tién­dose en una de las grandes dinastías de tra­duc­tores del mun­do medieval. Destacó como médi­co, poeta y una de las grandes fig­uras de la comu­nidad sefardí granad­i­na.

Muy cer­ca encon­tramos la Casa de los Tiros, un pala­cio del siglo XVI que actual­mente alber­ga un museo ded­i­ca­do a la his­to­ria y cul­tura granad­i­nas. Su nom­bre se debe a los mos­quetes o piezas de artillería que apare­cen entre las alme­nas de su facha­da, un detalle bas­tante poco sutil que ter­minó bau­ti­zan­do la casa. El edi­fi­cio perteneció a la famil­ia Grana­da Vene­gas, descen­di­ente de la nobleza musul­mana con­ver­ti­da al cris­tian­is­mo, otro ejem­p­lo mag­ní­fi­co de has­ta qué pun­to las his­to­rias de Grana­da después de 1492 son bas­tante más com­pli­cadas que aque­l­lo de «se fueron unos y lle­garon otros». En el inte­ri­or podemos cono­cer difer­entes aspec­tos de la his­to­ria de la ciu­dad, pero inclu­so si no entramos merece la pena acer­carnos para con­tem­plar su facha­da.

Uno de los grandes descono­ci­dos del Reale­jo es el Cuar­to Real de San­to Domin­go, y pre­cisa­mente por eso merece bas­tante la pena incluir­lo. Esta­mos ante un antiguo pala­cio nazarí del siglo XIII, con­stru­i­do en una fin­ca cono­ci­da como Huer­ta Grande de la Alman­jar­ra, den­tro de un arra­bal amu­ral­la­do. Se con­sid­era un antecedente direc­to de la arqui­tec­tura palati­na que pos­te­ri­or­mente alcan­zaría su máx­i­mo desar­rol­lo en la Alham­bra. Es decir, podemos ver­lo casi como un ensayo de algu­nas de las solu­ciones arqui­tec­tóni­cas y dec­o­ra­ti­vas que después encon­traremos mul­ti­pli­cadas y per­fec­cionadas en los pala­cios nazaríes.

Tras la con­quista cris­tiana, en 1493 fue cedi­do a los domini­cos jun­to con ter­renos próx­i­mos para la con­struc­ción del con­ven­to de San­ta Cruz la Real. Y nue­va­mente ten­emos el mis­mo fenó­meno: pala­cio nazarí, con­quista cris­tiana, con­ven­to y suce­si­vas trans­for­ma­ciones. Grana­da parece inca­paz de dejar un edi­fi­cio hacien­do sola­mente una cosa durante quinien­tos años.

Muy cer­ca ten­emos la igle­sia de San­to Domin­go, vin­cu­la­da al antiguo con­ven­to domini­co de San­ta Cruz la Real. Su con­struc­ción comen­zó después de la con­quista y el con­jun­to fue cre­cien­do durante los sig­los pos­te­ri­ores. Den­tro se esconde el Camarín de la Vir­gen del Rosario, una explosión bar­ro­ca de már­moles, espe­jos, dora­dos, escul­turas y dec­o­ración que con­trasta rad­i­cal­mente con la arqui­tec­tura nazarí que lle­va­mos vien­do durante bue­na parte del via­je.

El corazón del bar­rio es el Cam­po del Príncipe, una plaza enorme para los están­dares del cen­tro históri­co granadi­no y uno de esos lugares que invi­tan a sen­tarse un rato sin necesi­dad de bus­car ningu­na excusa mon­u­men­tal. Durante la época nazarí se conocía como Cam­po de la Loma y en sus alrede­dores había huer­tas, fin­cas de recreo y pala­cios vin­cu­la­dos a los sul­tanes. Allí se cel­e­bra­ban tam­bién actos públi­cos y fes­te­jos ecuestres. Después de la con­quista volvió a trans­for­marse. En 1497, con moti­vo de las bodas del príncipe Juan —hijo de los Reyes Católi­cos— con Mar­gari­ta de Aus­tria, se decidió crear aquí un gran espa­cio públi­co sigu­ien­do mod­e­los castel­lanos. Pos­te­ri­or­mente acogió jue­gos de cañas, jus­tas, cor­ri­das de toros, pro­ce­siones y has­ta autos de fe. Actual­mente Cam­po del Príncipe es además una estu­pen­da zona para parar a com­er o tomar algo y una de las mejores bases para recor­rer tran­quil­a­mente el Reale­jo.

Subi­en­do por las calles del Reale­jo lle­gare­mos a la Plac­eta de la Puer­ta del Sol, uno de esos rin­cones que expli­can la vida cotid­i­ana bas­tante mejor que muchos grandes mon­u­men­tos. Aquí se con­ser­va un antiguo lavadero públi­co, una sen­cil­la estruc­tura por­ti­ca­da con pilas donde las mujeres del bar­rio acud­ían a lavar cuan­do las casas todavía no disponían de agua cor­ri­ente. Los lavaderos eran además lugares fun­da­men­tales de social­ización. La doc­u­mentación turís­ti­ca munic­i­pal recuer­da que el lavadero estu­vo fun­cio­nan­do has­ta 1965.

Ir de tapas

Hay ciu­dades donde tapear sig­nifi­ca pedir una bebi­da y después empezar a señalar plati­tos en una car­ta mien­tras la cuen­ta va cre­cien­do poco a poco. Grana­da jue­ga con otras reglas. Aquí lo habit­u­al es pedir una con­sum­i­ción y recibir con ella una tapa inclu­i­da, una cos­tum­bre tan integra­da en la vida de la ciu­dad como lo es en Madrid, donde si cuan­do voy a un sitio a tomar algo no me ponen ni unas aceitu­nas, no vuel­ven a verme el pelo.

Pero hay una cosa impor­tante en Grana­da: no todos los bares fun­cio­nan igual. ¿La tapa es real­mente gratis? Por lo gen­er­al, sí: la may­oría de los bares granadi­nos incluyen una tapa con la con­sum­i­ción. Aho­ra bien, con­viene enten­der qué sig­nifi­ca exac­ta­mente «gratis». Evi­den­te­mente el bar no está rega­lan­do comi­da por vocación filantrópi­ca: for­ma parte de su mod­e­lo de nego­cio y del pre­cio de las con­sum­i­ciones. Lo que ocurre es que no ped­i­mos ni pag­amos la tapa por sep­a­ra­do. Y tam­poco existe ningu­na ley que oblig­ue a todos los bares de Grana­da a pon­er­nos comi­da cada vez que ped­i­mos una cerveza. Es una cos­tum­bre hostel­era, extra­or­di­nar­i­a­mente exten­di­da, pero cada establec­imien­to establece su pro­pio fun­cionamien­to. Así que no mon­taría un inci­dente diplomáti­co inter­na­cional si un local con­cre­to no sirve tapa.

En muchos bares encon­traremos una pizarra o car­ta de tapas y podremos escoger. Si vamos varias per­sonas, el bar puede lim­i­tar el número de tapas difer­entes que podemos ele­gir en una mis­ma ron­da para que la coci­na no ter­mine odián­donos pro­fun­da­mente. Y aparte están los sitios espe­cial­iza­dos en una tapa conc­re­ta donde sabe­mos prác­ti­ca­mente de ante­mano qué nos van a pon­er.

Espe­cial­mente si no somos de com­er can­ti­dades enormes, una ruta de tres o cua­tro bares puede ter­mi­nar fun­cio­nan­do como almuer­zo o cena. Eso sí, recordemos una cuestión bas­tante evi­dente que a veces se olvi­da cuan­do empezamos a hac­er cál­cu­los de ahor­ro: por cada tapa esta­mos pidi­en­do otra bebi­da. La primera cerveza entra estu­pen­da­mente. La segun­da tam­bién. Cuan­do lleg­amos a la quin­ta tapa quizá nue­stro pre­supuesto siga fenom­e­nal pero nues­tras capaci­dades para seguir recor­rien­do igle­sias rena­cen­tis­tas hayan empeza­do a dis­minuir. Ahí lo dejo.

Mesa con cañas y tapas en Granada

Prác­ti­ca­mente puedes tapear en toda la ciu­dad. Y este es un detalle impor­tante porque el tapeo granadi­no no está mon­ta­do exclu­si­va­mente alrede­dor del tur­ista. Los pro­pios granadi­nos tapean por bar­rios bas­tante ale­ja­dos del cir­cuito mon­u­men­tal. Si esta­mos hacien­do tur­is­mo y no quer­e­mos desplazarnos demasi­a­do, calle Navas y los alrede­dores del Ayun­tamien­to son prob­a­ble­mente la opción más sen­cil­la. Esta­mos en pleno cen­tro, hay muchísi­mos establec­imien­tos y podemos enlazar per­fec­ta­mente el tapeo con Cat­e­dral, Capil­la Real y Reale­jo. La zona de Bib-Ram­bla y Cat­e­dral resul­ta igual­mente cómo­da y per­mite parar prác­ti­ca­mente en mitad de nues­tra ruta mon­u­men­tal.

Para algo con más ambi­ente de bar­rio ten­emos el Reale­jo y Cam­po del Príncipe, que a mí me parece una com­bi­nación espe­cial­mente intere­sante porque podemos recor­rer el bar­rio y ter­mi­nar tape­an­do sin necesi­dad de regre­sar inmedi­ata­mente al cen­tro. Otra opción evi­dente es calle Elvi­ra y la parte baja del Albaicín. Podemos bajar después de recor­rer el bar­rio, enlazar con Plaza Nue­va y con­tin­uar por Elvi­ra bus­can­do bares. Tur­is­mo de Grana­da mantiene pre­cisa­mente una ruta de tapeo que une Albaicín, calle Elvi­ra y Paseo de los Tristes. Si quer­e­mos ale­jarnos algo más de la Grana­da mon­u­men­tal apare­cen Pedro Anto­nio de Alar­cón y Plaza de Gra­cia, con ambi­ente espe­cial­mente joven debido en bue­na parte a la enorme población uni­ver­si­taria de la ciu­dad. Y después están La Chana y el Zaidín, bar­rios que quizá no incluiríamos en una primera ruta turís­ti­ca pero que tienen una fuerte tradi­ción de tapeo. Si per­manece­mos var­ios días en Grana­da y nos gus­ta cono­cer tam­bién cómo se vive fuera del cen­tro históri­co, pueden resul­tar una bue­na excusa para salir del cir­cuito habit­u­al.

Para salir de tapas por Grana­da, hay unos cuan­tos clási­cos que merece la pena ten­er apun­ta­dos, empezan­do por Los Dia­mantes, con var­ios establec­imien­tos en la ciu­dad, entre ellos los de calle Navas y Plaza Nue­va. Su espe­cial­i­dad es el pescaí­to frito, así que aquí lo suyo es pro­bar boquerones, cazón, cho­pi­tos o un sur­tido para com­par­tir. Los Manue­les, tam­bién con var­ios locales en el cen­tro, es otro de los nom­bres habit­uales del tapeo granadi­no, sobre todo por sus famosas cro­que­tas y albóndi­gas, aunque en su car­ta tam­bién encon­tramos beren­je­nas fritas con miel de caña y habitas con jamón y hue­vo. Si lo que te apetece es pro­bar una de esas espe­cial­i­dades que han acaba­do iden­ti­ficán­dose con un bar, apun­ta Ávi­la, en la zona de San Isidro y Veróni­ca de la Vir­gen, cuyo gran reclamo es el jamón asa­do: cer­do asa­do servi­do en lon­chas, que no hay que con­fundir con el jamón cura­do.

Para tapas de coci­na casera, La Sitar­il­la, en la calle San Miguel Alta, 7, desta­ca por la carne en sal­sa y las albóndi­gas; suele reunir bas­tante gente, por lo que con­viene acer­carse tem­pra­no. En el Reale­jo, Taber­na La Tana, en la plac­eta del Agua, 3, es espe­cial­mente intere­sante si te gus­ta el vino, acom­paña­do de tapas de embu­ti­dos y pro­duc­tos bien escogi­dos, como el tomate aliña­do con salchichón; entre sus platos para pedir aparte tam­bién desta­ca el lomo a la sal con tomate seco. Bode­gas Cas­tañe­da, en la calle Almire­ceros, jun­to a Elvi­ra y Plaza Nue­va, mantiene ese ambi­ente de bode­ga tradi­cional en el que apetece arri­marse a la bar­ra y pedir vino, que­so y embu­ti­dos, mien­tras que Casa Julio, en la zona de Elvi­ra y Plaza Nue­va, es otro clási­co para dis­fru­tar del pesca­do frito, espe­cial­mente el bacalao, y de sus beren­je­nas fritas. Y si el paseo te lle­va has­ta el Albaicín, Bar Ali­atar «Los Cara­coles», en la plaza Ali­atar, 4, tiene una espe­cial­i­dad que deja pocas dudas des­de el pro­pio nom­bre: los cara­coles en sal­sa. Eso sí, con­viene recor­dar que la espe­cial­i­dad de cada establec­imien­to no siem­pre coin­cide con la tapa que acom­paña a la bebi­da, de modo que, si vas con ganas de pro­bar algo con­cre­to, pre­gun­ta si lo sir­ven como tapa o debes pedir­lo aparte.

Qué comer en Granada

Después de explicar cómo fun­ciona el tapeo toca hablar de qué ten­emos que bus­car den­tro del pla­to, porque la gas­tronomía granad­i­na es bas­tante más intere­sante de lo que puede pare­cer cuan­do uno se limi­ta a enca­denar cerveza, tapa, cerveza, tapa y a la ter­cera ron­da ya no recuer­da exac­ta­mente qué había comi­do en la primera.

La coci­na de Grana­da tiene mucho que ver con todo lo que hemos ido con­tan­do has­ta aho­ra. Aquí tam­bién encon­tramos las difer­entes capas de la ciu­dad: la heren­cia andalusí, las aporta­ciones moriscas y judías, los pro­duc­tos de la Vega, la coci­na con­tun­dente de las zonas de mon­taña, el cer­do (que adquir­ió un pro­tag­o­nis­mo enorme después de la con­quista cris­tiana), los pro­duc­tos de la Alpu­jar­ra y has­ta los fru­tos trop­i­cales cul­ti­va­dos en la Cos­ta Granad­i­na. Y luego está esa capaci­dad tan españo­la para coger prác­ti­ca­mente cualquier parte de un ani­mal y encon­trar una man­era de coci­narla. De lo cual la tor­tilla del Sacromonte es posi­ble­mente uno de los mejores ejem­p­los.

Vamos direc­ta­mente con ella. A sim­ple vista podemos pen­sar: tor­tilla, huevos, quizá patatas, ¿qué puede salir mal? Bueno. La rec­eta tradi­cional de la tor­tilla del Sacromonte lle­va sesos y cri­adil­las de cer­do o cordero. Sí, cri­adil­las. Testícu­los, para que no haya ningu­na duda lingüís­ti­ca.  Una vez super­a­do el pequeño impacto ini­cial, hay que enten­der el pla­to den­tro de la coci­na tradi­cional del aprovechamien­to, donde des­perdi­ciar deter­mi­nadas partes de los ani­males habría resul­ta­do bas­tante absur­do. El resul­ta­do es una tor­tilla muy nutri­ti­va y de tex­tu­ra suave que ter­minó estrechamente vin­cu­la­da al Sacromonte y a sus cel­e­bra­ciones. ¿Hay que pro­bar­la? Eso ya depende del gra­do de amis­tad que man­teng­amos con los sesos y los testícu­los. Pero al menos aho­ra nadie podrá decir que no sabía lo que esta­ba pidi­en­do.

Muchísi­mo más fácil de acep­tar para la may­oría de los estó­ma­gos es el remo­jón granadi­no, una ensal­a­da tradi­cional que com­bi­na naran­ja y bacalao sal­a­do con cebol­leta, aceitu­nas negras y hue­vo duro, aliña­do con aceite de oli­va y, depen­di­en­do de la rec­eta, vina­gre y pimen­tón. La com­bi­nación puede resul­tar extraña sobre el papel pero tiene bas­tante sen­ti­do cuan­do la probamos. La naran­ja apor­ta dul­zor y acidez, el bacalao salin­idad y las aceitu­nas ter­mi­nan de mon­tar ese con­traste entre dulce y sal­a­do que aparece con fre­cuen­cia en rec­etas del sur de España. Además tiene una ven­ta­ja evi­dente frente a bue­na parte del rec­etario granadi­no: podemos com­er­lo en ver­a­no sin nece­si­tar después una sies­ta de tres horas.

Remojon granadino en un bar

Las habas con jamón son otro clási­co granadi­no y demues­tran que tam­poco hace fal­ta mon­tar un espec­tácu­lo culi­nario de vein­tisi­ete ingre­di­entes para con­seguir un pla­to estu­pen­do. Habas tier­nas, cebol­la, aceite de oli­va y jamón ser­ra­no. Poco más. Aquí aparece además uno de los pro­duc­tos más famosos de la provin­cia: el jamón de Trevélez, elab­o­ra­do en la Alpu­jar­ra granad­i­na y estrechamente aso­ci­a­do a la gas­tronomía de mon­taña. Tam­bién encon­traremos las habas con salaíl­las, espe­cial­mente vin­cu­ladas a cel­e­bra­ciones como San Cecilio y el Día de la Cruz. Las salaíl­las son unas tor­tas de pan planas con sal grue­sa que prob­a­ble­mente no ganarán ningún con­cur­so de espec­tac­u­lar­i­dad visual,pero acom­pañadas de habas fres­cas fun­cio­nan estu­pen­da­mente.

La olla de San Antón es uno de esos platos con­ce­bidos para días fríos en los que el cuer­po pide calorías y no una ensal­a­da de brotes verdes. Está tradi­cional­mente rela­ciona­da con la fes­tivi­dad de San Antón, que se cel­e­bra el 17 de enero, y durante ese mes numerosos restau­rantes de Grana­da la incor­po­ran espe­cial­mente a sus car­tas. Y aquí tam­poco esta­mos ante coci­na pre­cisa­mente tími­da. La rec­eta incluye habas secas, judías blan­cas, arroz, patatas y una con­sid­er­able rep­re­sentación del cer­do: espina­zo, hue­so de jamón, cos­til­la, panc­eta, ore­ja, rabo, toci­no y mor­cil­la. Se coci­na lenta­mente y tradi­cional­mente se sir­ven por un lado las legum­bres, arroz y patatas y por otro las carnes. Es decir, si después de ter­mi­nar una olla de San Antón nues­tra inten­ción era subir andan­do al Mirador de San Nicolás, quizá con­ven­ga revis­ar el plan.

Otro nom­bre que encon­traremos con­tin­u­a­mente son las papas a lo pobre, uno de esos platos cuyo nom­bre recuer­da per­fec­ta­mente su ori­gen humilde. Patatas coci­nadas lenta­mente con aceite, cebol­la y pimien­tos for­man la base, aunque después pueden acom­pañar prác­ti­ca­mente cualquier cosa. Lo de «a lo pobre» se refiere pre­cisa­mente a esa coci­na sen­cil­la basa­da en ingre­di­entes económi­cos y disponibles. Lo gra­cioso es que muchos platos naci­dos como comi­da humilde han acaba­do con­ver­tidos en clási­cos que ped­i­mos encan­ta­dos en los restau­rantes. Algo pare­ci­do ocurre con las migas, otro pla­to de aprovechamien­to que puede apare­cer acom­paña­do de hue­vo frito, embu­ti­dos, pimien­tos y difer­entes guar­ni­ciones.

Aunque pro­cede de la Alpu­jar­ra, encon­traremos pla­to alpu­jar­reño en numerosos establec­imien­tos de Grana­da. La más común com­bi­na patatas, hue­vo, mor­cil­la, chori­zo, jamón ser­ra­no y pimien­tos verdes. Es uno de esos platos que podemos mirar durante cin­co segun­dos y com­pren­der per­fec­ta­mente que nació en una zona de mon­taña. No hace fal­ta que nadie nos explique el con­cep­to de «comi­da energéti­ca». Si esta­mos pen­san­do hac­er una excur­sión a la Alpu­jar­ra durante nue­stro via­je, yo casi reser­varía allí el momen­to de pro­bar­lo. Com­er un pla­to alpu­jar­reño rodea­d­os de pueb­los blan­cos y mon­tañas tiene bas­tante más gra­cia que hac­er­lo entre dos tien­das de recuer­dos jun­to a la Cat­e­dral.

En las car­tas tradi­cionales tam­bién puede apare­cer choto al ajil­lo, elab­o­ra­do con cabri­to y ajo, además de cazue­las de fideos, empe­draíl­lo gitano, cordero a la pas­to­ril o man­i­tas en ajopol­lo. Y no todo es carne. La provin­cia lle­ga has­ta el Mediter­rá­neo y eso tam­bién se nota en la coci­na. Las quisquil­las de Motril, el pulpo seco, las mor­a­gas de sar­di­nas o difer­entes prepara­ciones de pesca­do recuer­dan que a poco más de una hora de la Alham­bra ten­emos la Cos­ta Trop­i­cal. Grana­da tiene esa pecu­liari­dad geográ­fi­ca de poder pasar de Sier­ra Neva­da al Mediter­rá­neo en muy poca dis­tan­cia y su despen­sa ter­mi­na refle­ján­do­lo.

Y lleg­amos al dulce que prác­ti­ca­mente todo el mun­do nos recomen­dará pro­bar en Grana­da: el pio­nono. Aunque lo aso­ciemos inmedi­ata­mente con la cap­i­tal, su ori­gen está en San­ta Fe, a pocos kilómet­ros de Grana­da. Es un pequeño pas­tel cilín­dri­co elab­o­ra­do con una fina lámi­na de biz­co­cho enrol­la­da y coro­n­a­da por cre­ma tosta­da. Su nom­bre tam­poco fue elegi­do al azar: tradi­cional­mente se rela­ciona con el papa Pío IX, Pio Nono en ital­iano. Has­ta la propia for­ma del dulce se ha inter­pre­ta­do como un pequeño hom­e­na­je a la figu­ra papal. Sea cual sea nue­stro gra­do de entu­si­as­mo por la his­to­ria pon­ti­f­i­cia, la parte real­mente impor­tante es que está buenísi­mo.

Federico García Lorca: la Granada que no pudieron silenciar

Hay nom­bres que en Grana­da apare­cen casi sin bus­car­los, entre una calle, una plaza y una con­ver­sación que aca­ba hablan­do de poesía. El de Fed­eri­co Gar­cía Lor­ca está por todas partes, aunque para acer­carse a él de ver­dad con­viene salir un momen­to de la Grana­da mon­u­men­tal y mirar hacia la Vega. Allí, en Fuente Vaque­ros, nació en 1898 un niño que cre­cería rodea­do de can­ciones, his­to­rias pop­u­lares y paisajes que ter­mi­narían entran­do en sus ver­sos.

A Lor­ca se le suele envolver en pal­abras boni­tas: la luna, el duende, los gitanos, la pasión andaluza. Todo eso for­ma parte de su uni­ver­so pero reducir­lo a una postal fol­clóri­ca sería quedarse en la puer­ta. En sus obras hay mujeres a quienes se les exige obe­de­cer, per­sonas atra­padas por las apari­en­cias y deseos que una sociedad rígi­da pre­fiere escon­der. Bodas de san­gre, Yer­ma o La casa de Bernar­da Alba siguen inco­modan­do porque hablan de esa vio­len­cia cotid­i­ana que puede ejercerse sin lev­an­tar la voz.

Su com­pro­miso tam­bién sal­ió de los libros y se subió a una camione­ta. Durante la Segun­da Repúbli­ca dirigió, jun­to con Eduar­do Ugarte, La Bar­ra­ca, un grupo uni­ver­si­tario que llev­a­ba el teatro clási­co a pueb­los donde mucha gente nun­ca había vis­to una rep­re­sentación. Me gus­ta imag­i­nar el momen­to en que se monta­ba el esce­nario en una plaza y, por unas horas, el teatro deja­ba de pertenecer a quienes podían pagar una entra­da en la ciu­dad. Aque­l­la idea de com­par­tir la cul­tura tenía mucho que ver con el impul­so educa­ti­vo repub­li­cano.

Quizá por eso me cues­ta leer a Lor­ca como si su muerte fuera sim­ple­mente el final triste de una vida bril­lante. Tras el golpe mil­i­tar de julio de 1936, fue detenido en Grana­da y asesina­do en agos­to, en la zona de Víz­nar y Alfacar. Su nom­bre es cono­ci­do en todo el mun­do; el de muchas otras per­sonas repre­sali­adas en aque­l­los mis­mos días ape­nas ha lle­ga­do has­ta nosotros. Recor­dar­lo exige hablar de la repre­sión fran­quista y de quienes la sufrieron, sin escon­der el crimen detrás de una frase cómo­da sobre los «tiem­pos difí­ciles».

Federico Garcia Lorca

No hace fal­ta atribuir­le a Fed­eri­co un carné políti­co que no tuvo para recono­cer de qué lado esta­ba su man­era de enten­der la cul­tura. Lle­var las obras a los pueb­los, escuchar las voces pop­u­lares y escribir sobre quienes vivían someti­dos a nor­mas asfixi­antes fueron deci­siones con un sen­ti­do social pro­fun­do. Sien­do yo de izquier­das, es difí­cil no sen­tir una cer­canía espe­cial con esa idea: que el arte pue­da lle­gar a todos y que nadie ten­ga que pedir per­miso para con­tar su propia vida.

Si vis­i­tas Grana­da sigu­ien­do sus pasos, la Huer­ta de San Vicente per­mite acer­carte al Lor­ca más cotid­i­ano. Fue la casa de ver­a­no de su famil­ia entre 1926 y 1936, y hoy con­ser­va espa­cios domés­ti­cos como su dor­mi­to­rio, el come­dor y la sala del piano. Después de cono­cer su his­to­ria, una mesa o una ven­tana pueden emo­cionar tan­to como un mon­u­men­to: allí hubo alguien que escribió, recibió ami­gos y segu­ra­mente hizo planes para un futuro que le arrebataron. Además, en ple­na Plaza de la Romanil­la, prác­ti­ca­mente jun­to a la Cat­e­dral, ten­emos además el Cen­tro Fed­eri­co Gar­cía Lor­ca, ded­i­ca­do a con­ser­var y difundir su lega­do. Es una opción espe­cial­mente sen­cil­la de incor­po­rar a nues­tra ruta porque no requiere desplazarnos fuera del cen­tro y pro­gra­ma exposi­ciones, activi­dades cul­tur­ales, teatro, músi­ca y encuen­tros rela­ciona­dos con el escritor y con la creación con­tem­poránea.

Volver a Lor­ca es leer­lo, vis­i­tar esos lugares y recor­dar que su asesina­to no con­sigu­ió impon­er el silen­cio que bus­ca­ba. Sus obras siguen sobre los esce­nar­ios y sus pal­abras con­tinúan encon­tran­do lec­tores. Grana­da con­ser­va sus huel­las pero tam­bién una ausen­cia que merece ser con­ta­da con toda su ver­dad.

El arte de tomar el té

Después de subir al Albaicín, bajar al Reale­jo, recor­rer la Alham­bra durante cua­tro horas y com­pro­bar que Grana­da tiene aprox­i­mada­mente tres veces más cues­tas de las que parecían en Google Maps, lle­gará un momen­to en el que nece­sitare­mos sen­tarnos.

Si hay una calle aso­ci­a­da inevitable­mente con el té en Grana­da es Calder­ería Nue­va, situ­a­da entre calle Elvi­ra y la parte baja del Albaicín. Es estrecha, emp­ina­da y está llena de teterías, pequeñas tien­das, lám­paras, cuero, cerámi­ca, espe­cias, dul­ces y recuer­dos de inspiración árabe. Es la gran zona de teterías de la ciu­dad, con sus car­ac­terís­ti­cas mesi­tas bajas y ter­razas. Aho­ra bien, no con­fun­damos ambi­entación con his­to­ria. Estas teterías no son establec­imien­tos nazaríes que lleven sirvien­do té des­de el siglo XIV. Son nego­cios con­tem­porá­neos que recu­per­an y rein­ter­pre­tan la estéti­ca y parte de la tradi­ción gas­tronómi­ca norteafricana y ori­en­tal. Dicho esto, después de pasar el día recor­rien­do la Grana­da andalusí, sen­tarse aquí a tomar un té con hierbabue­na acom­paña­do de bakla­va o algún dulce de miel enca­ja estu­pen­da­mente.

té en Granada

Entre las opciones que siguen fun­cio­nan­do encon­tramos Tetería Dar Ziryab, direc­ta­mente en Calder­ería Nue­va, y muy cer­ca Tetería Pala­cio Nazarí. Si prefe­r­i­mos ale­jarnos unos met­ros del tramo más con­cur­ri­do podemos pro­bar Tetería La Ori­en­tal.

Una ubi­cación espe­cial­mente boni­ta es la de Tetería El Bañue­lo, prác­ti­ca­mente al lado de los antigu­os baños árabes y de Car­rera del Dar­ro. Puede venirnos fenom­e­nal durante la ruta por el Albaicín: visi­ta­mos el Bañue­lo, con­tin­u­amos por Car­rera del Dar­ro y hace­mos una para­da antes de seguir hacia Paseo de los Tristes. Aquí el té deja de ser sola­mente una bebi­da y se con­vierte casi en una excusa para des­cansar las pier­nas. Que a esas alturas prob­a­ble­mente ya lo estén pidi­en­do a gri­tos.

Qué comprar en Granada

Una de las arte­sanías más recono­ci­bles de Grana­da es la cerámi­ca de Fajalauza, car­ac­ter­i­za­da tradi­cional­mente por la dec­o­ración sobre fon­do blan­co uti­lizan­do sobre todo tonos azules y verdes. Su nom­bre pro­cede de la Puer­ta de Fajalauza, una de las antiguas puer­tas de la mural­la del Albaicín, porque en aque­l­la zona se con­cen­traron numerosos talleres de alfareros. La tradi­ción cerámi­ca granad­i­na se remon­ta var­ios sig­los y todavía exis­ten talleres que con­tinúan tra­ba­jan­do arte­sanal­mente. Encon­traremos platos, cuen­cos, jar­ras, azule­jos y piezas dec­o­ra­ti­vas de todos los tamaños. Eso sí, si quer­e­mos arte­sanía autén­ti­ca pre­gun­taría por el ori­gen de la pieza. Que algo ten­ga flo­res azules y esté expuesto en una tien­da jun­to a la Alham­bra no sig­nifi­ca nece­sari­a­mente que haya sali­do de un taller granadi­no.

Otra arte­sanía espe­cial­mente aso­ci­a­da con Grana­da es la taracea, una téc­ni­ca dec­o­ra­ti­va que uti­liza pequeñas piezas de difer­entes maderas y otros mate­ri­ales para crear com­pli­ca­dos dibu­jos geométri­cos. Su pres­en­cia en Grana­da está estrechamente rela­ciona­da con la tradi­ción arte­sanal andalusí y todavía podemos encon­trar talleres que fab­ri­can cajas, ban­de­jas, mesas, tableros de aje­drez y otros obje­tos sigu­ien­do esta téc­ni­ca. Las cajas pequeñas pueden ser un buen recuer­do porque ocu­pan poco en la male­ta y, si com­pramos una pieza ver­dadera­mente arte­sanal, no esta­mos lleván­donos el típi­co obje­to que podríamos encon­trar idén­ti­co en otras veinte ciu­dades. Y aquí apli­caría nue­va­mente la mis­ma regla: pre­gun­tar dónde se ha fab­ri­ca­do.

La Alcaicería es el lugar más evi­dente para bus­car recuer­dos porque esta­mos en pleno cen­tro y pasare­mos prác­ti­ca­mente por delante durante nues­tra visi­ta a Cat­e­dral y Capil­la Real. Ya hemos con­ta­do que este entra­ma­do de calles ocu­pa parte del espa­cio del antiguo mer­ca­do de la seda nazarí, aunque los edi­fi­cios actuales son fun­da­men­tal­mente resul­ta­do de la recon­struc­ción real­iza­da después del incen­dio de 1843. Hoy está lleno de tien­das de recuer­dos, tex­tiles, lám­paras, cerámi­ca, cuero, obje­tos dec­o­ra­tivos y pro­duc­tos de inspiración árabe. Merece la pena recor­rerla aunque no com­pre­mos abso­lu­ta­mente nada. Pero tam­poco asumiría que todo lo ven­di­do aquí es arte­sanía local. Miraría, pre­gun­taría y com­para­ría. Ten­emos todo el tiem­po del mun­do para com­prar una lám­para.

Calder­ería Nue­va y las calles cer­canas son otro lugar inevitable para com­prar té, espe­cias, fru­tos sec­os, dul­ces y mez­clas aromáti­cas. Visual­mente resul­ta muy ten­ta­dor porque encon­traremos enormes can­ti­dades de pro­duc­tos expuestos y el olor hace bas­tante difí­cil pasar de largo. Podemos com­prar mez­clas para té, hierbabue­na seca, espe­cias y difer­entes dul­ces.


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