Mis últimas lecturas viajeras

chica leyendo libro de viajes

Ten­go una lista de via­jes pen­di­entes que crece más rápi­do de lo que puedo com­prar bil­letes de avión, así que los libros me vienen de mar­avil­la para ali­men­tar el vicio entre una escapa­da y la sigu­iente. Últi­ma­mente he pasa­do las pági­nas con un mapa men­tal bas­tante caóti­co: de las rutas de los nave­g­antes por­tugue­ses a las ciu­dades heladas de Rusia, de Etiopía a Canadá y de las escapadas por Europa a la vida cotid­i­ana en Esta­dos Unidos. Vamos, que mi mesil­la de noche ha hecho más kilómet­ros que yo.

Lo que me gus­ta de las lec­turas via­jeras es que un lugar puede sor­pren­derte inclu­so cuan­do crees cono­cer­lo. Hay libros que te des­cubren des­ti­nos en los que nun­ca habías pen­sa­do; otros te hacen mirar de otra man­era un país que llevas años vien­do en pelícu­las, noti­cias o inclu­so libros ante­ri­ores. Y algunos te dejan dán­dole vueltas a una pre­gun­ta incó­mo­da mucho después de cer­rar­los.

Así que aquí van mis últi­mas lec­turas, con lo que cuen­ta cada una y las ideas que me han hecho deten­erme. Porque via­jar leyen­do tam­bién tiene eso: puedes quedarte un rato más en el lugar que te intri­ga y volver atrás cuan­do des­cubres que te habías per­di­do algo.

Portada de libro Noruega

Noruega, aurora boreal — Xavier Moret

De Xavier Moret ya os he habla­do en infinidad de oca­siones en este blog: podéis encon­trar reseñas de nov­e­las tan intere­santes como “La isla sec­re­ta” (con una secuela igual de atrac­ti­va, “Islandia: rev­olu­ción bajo el vol­cán”) o “La memo­ria del Ararat”, donde nos acer­ca a un país tan descono­ci­do como Arme­nia . Es con difer­en­cia uno de mis escritores via­jeros favoritos y espero siem­pre con ansia la pub­li­cación de su nue­vo libro. En los últi­mos tiem­pos nos había lle­va­do a lugares tan dis­pares como Gre­cia, Japón o las Balear­es (con una nov­ela ded­i­ca­da a Mal­lor­ca y otra a Menor­ca). Y aho­ra, en esta ocasión, nos vamos ahí arri­ba, al géli­do norte, a uno de sus des­ti­nos favoritos y uno de los país­es que mejor conoce en Europa: Norue­ga.

Si hay algo por lo que me encan­ta la lit­er­atu­ra de via­jes es porque te hace remem­o­rar recuer­dos ya imborrables (si has esta­do en el des­ti­no pro­tag­o­nista) pero al mis­mo tiem­po te lle­va a imag­i­nar via­jes aún no ocur­ri­dos (y eso casi se dis­fru­ta aún más). Es lo que me ocurre con Norue­ga, ya que uni­ca­mente he esta­do dos veces en Oslo, la cap­i­tal, y lle­vo años con el plan en mente de ir a des­cubrir la Norue­ga de nat­u­raleza impo­nente, de cas­cadas y fior­dos. Pero al final, entre que se aca­ban imponien­do otros des­ti­nos que esper­an en la agen­da, y la pereza que me da pen­sar lo carísi­mo que es todo en el país escan­di­na­vo, voy rel­e­gan­do este via­je a las posi­ciones del final de la lista. Quién sabe, lo mis­mo este entretenido libro de Moret supone el empu­jón defin­i­ti­vo para dar el paso.

Lo que no se le puede negar a Xavier es su inna­ta capaci­dad para trasladarnos a cualquier lugar del mun­do de un modo ameno y diver­tido. Comien­za su andadu­ra por las bel­lísi­mas islas Lofoten, donde cono­cer­e­mos a uno de los ani­males más enig­máti­cos de nue­stro plan­e­ta, el tiburón bore­al, para seguir por toda la cos­ta norue­ga, resaltan­do la relación tan estrecha que el país mantiene con el mar. Y es que ese mis­mo mar y sus enormes reser­vas de petróleo es el que con­vir­tió a un país pobre de pescadores en una de las naciones más prósperas del plan­e­ta.

El petróleo, la pesca y el tur­is­mo son actual­mente los prin­ci­pales sus­ten­tos de los norue­gos. Una población cuya máx­i­ma aspiración es ten­er una cabaña en lo más pro­fun­do del bosque; un lugar donde el frío y el ais­lamien­to se han hecho ami­gos insep­a­ra­bles de estos entrañables norteños. Moret difer­en­cia con cre­ces al noruego urbani­ta de Oslo (ciu­dad que recorre sin prisas y en la que rela­ta la huel­la que dejó la masacre per­pe­tra­da por el ultra­derechista Anders Breivik en la cap­i­tal y la isla de Utoya, con un bal­ance final de 77 asesina­dos) y el noruego rur­al que vive en pueb­los minús­cu­los y al que no le impor­ta sufrir tem­per­at­uras de 20 gra­dos bajo cero unos cuan­tos meses al año.

Bergen ‚la ciu­dad más turís­ti­ca del país, con sus pre­ciosas casitas de madera, la devo­ción por el bacalao, la Roca del Púl­pi­to (prob­a­ble­mente el lugar más fotografi­a­do de Norue­ga), las leyen­das de los trols, las igle­sias de madera con las que se cebaron cier­tos músi­cos de Black Met­al, glacia­res enormes, las islas Sval­bard y sus tres mil osos polares, la min­ería, los cruceros rum­bo al Árti­co y la vida nóma­da de los samis. Atrac­tivos más que sufi­cientes para acabar planteán­dose una escapa­da a tier­ras de vikin­gos.

(Des)hacer las Américas — Belén Montalvo

Des­cubrí un día por casu­al­i­dad el pod­cast de Belén Mon­tal­vo, “Aló, Mia­mi”, me suscribí al instante a su pro­gra­ma y, des­de entonces, escu­cho pun­tual­mente y leal como un mari­do fiel cada uno de sus episo­dios. Para­le­la­mente, me faltó tiem­po para leerme su libro (Des)hacer las Améri­c­as, que devoré en ape­nas un par de días durante una escapa­da a Asturias. Y es que aquí se hace cier­to el dicho de “la real­i­dad supera la fic­ción”. Porque pese a que el cine (y casi siem­pre los medios de comu­ni­cación) inten­tan hac­er­nos creer lo boni­to del mal lla­ma­do “sueño amer­i­cano”, lo cier­to es que en Esta­dos Unidos cada vez exis­ten más park­ings gigan­tescos ded­i­ca­dos a esas per­sonas que viv­en den­tro de un coche. Pese a ten­er dos y has­ta tres tra­ba­jos.

Esta­dos Unidos nos ha ven­di­do tan bien su ima­gen que casi parece que emi­grar allí con­siste en ater­rizar, encon­trar un tra­ba­jo estu­pen­do y com­prarse una casa con jardín. Belén Mon­tal­vo tam­bién soña­ba con esa vida. No pre­tendía hac­erse mil­lonar­ia: quería tra­ba­jar, hablar inglés y vivir en un lugar que imag­in­a­ba más próspero que Madrid. Final­mente se mudó a Mia­mi en 2013 y, con los años, des­cubrió todo lo que las pelícu­las sue­len dejar fuera de plano. De eso tra­ta (Des)hacer las Améri­c­as, su cróni­ca sobre vivir en Esta­dos Unidos.

Lo intere­sante es que Belén no llegó dis­pues­ta a odi­ar el país. Al con­trario: quería estar allí. Esa ilusión hace más rev­e­lador lo que cuen­ta, porque el sueño empieza a resque­bra­jarse con cosas muy conc­re­tas. Con­seguir un visa­do, bus­car vivien­da, enten­der una buro­c­ra­cia descono­ci­da, depen­der del empleo y apren­der cómo fun­ciona un seguro médi­co ocu­pan bas­tante más espa­cio en la vida diaria que los atarde­ceres de Mia­mi. Ya en el índice apare­cen capí­tu­los ded­i­ca­dos a la deu­da, el racis­mo, la vivien­da y la sanidad. Muy cin­e­matográ­fi­co todo ¿ver­dad?

Hay una esce­na al comien­zo del libro que se me quedó dan­do vueltas. Antes de insta­larse en Esta­dos Unidos, Belén visi­ta a una com­pañera españo­la que tra­ba­ja en Nue­va York. Des­de fuera, aque­l­lo sue­na a tri­un­fo: ofic­i­na cer­ca de Times Square, expe­ri­en­cia inter­na­cional y una ciu­dad que impre­siona en el cur­rícu­lum. Por den­tro, la real­i­dad es un piso viejo para el que nece­sitó un aval­ista, jor­nadas encer­ra­da en un cubícu­lo y una soledad que no sale en las fotos. Belén reconoce que, aun vién­do­lo, sigu­ió con­ven­ci­da de que a ella le iría mejor. Y es com­pren­si­ble: cuan­do llevas años per­sigu­ien­do un sueño, cues­ta admi­tir que quizá te han ven­di­do el envolto­rio y te han escon­di­do el con­tenido.

Ahí es donde el libro per­mite mirar de frente el cap­i­tal­is­mo atroz de Esta­dos Unidos. Un sis­tema capaz de pro­ducir una riqueza inmen­sa y, al mis­mo tiem­po, hac­er que una enfer­medad, la pér­di­da del tra­ba­jo o un prob­le­ma con los pape­les pon­gan tu vida patas arri­ba. Belén cuen­ta que, durante la pan­demia, su mari­do perdió el empleo de un día para otro y la situación famil­iar se volvió pre­caria; tam­bién peli­gró su esta­tus legal. Si tu esta­bil­i­dad depende de tan­tos fac­tores que pueden desa­pare­cer de golpe, ¿qué clase de lib­er­tad te están ven­di­en­do exac­ta­mente?

La sanidad no públi­ca es quizá el ejem­p­lo que más rabia da. El libro ter­mi­na con un capí­tu­lo tit­u­la­do «El mejor seguro es el que no se uti­liza», una frase que resume bas­tante bien lo absur­do de tratar la aten­ción médi­ca como un pro­duc­to. Pagas para estar cubier­to y aun así tienes que apren­der condi­ciones, límites y costes antes de poder res­pi­rar tran­qui­lo. 

(Des)hacer las Améri­c­as me intere­sa pre­cisa­mente por eso. Nos recuer­da que via­jar a un país y vivir en él son expe­ri­en­cias muy dis­tin­tas. Puedes dis­fru­tar de unas vaca­ciones en Esta­dos Unidos y, al mis­mo tiem­po, pre­gun­tarte por qué una sociedad tan rica deja a tan­ta gente a merced del empleo, las ase­gu­rado­ras y la deu­da. El sueño amer­i­cano existe, sí. Lo que con­viene mirar es quién puede per­mitírse­lo y quién aca­ba pagan­do la fac­tura.

Portada libro Los Navegantes

Los navegantes — Erika Fatland

¿Qué que­da de un impe­rio cuan­do desa­pare­cen sus bar­cos, sus gob­er­nadores y sus mapas? Esa es la pre­gun­ta que recorre Los nave­g­antes, el libro en el que Eri­ka Fat­land sigue las rutas abier­tas por los por­tugue­ses a par­tir del siglo XV. Y la respues­ta, como suele pasar cuan­do uno mira más allá de los mon­u­men­tos, resul­ta bas­tante más com­pli­ca­da que una colec­ción de for­t­alezas antiguas frente al mar.

Eri­ka Fat­land es antropólo­ga y ya había recor­ri­do otros ter­ri­to­rios inmen­sos en Sovi­etistán, La fron­tera e Himalaya, tres libros de ella que ya había leí­do con ante­ri­or­i­dad y que me lle­varon a coger esta nov­ela aún con más ganas. En Los nave­g­antes vuelve a com­bi­nar desplaza­mien­tos actuales con his­to­ria y encuen­tros humanos. La edi­ción españo­la, pub­li­ca­da por Tus­quets, tiene 688 pági­nas: con­viene saber­lo antes de empezar, porque esta­mos ante un via­je largo, de los que piden tiem­po y curiosi­dad.

La auto­ra norue­ga parte del gol­fo de Viz­caya y emprende un recor­ri­do que pasa por Ceu­ta, Cabo Verde, Guinea-Bisáu, Ango­la, Mozam­bique, India, Sri Lan­ka, Macao, Japón y Brasil antes de regre­sar a Por­tu­gal. Vis­to así, casi parece uno de esos itin­er­ar­ios imposi­bles que alguien prepara con demasi­adas pes­tañas abier­tas en el orde­nador. Pero aquí la ruta tiene un hilo claro: des­cubrir cómo una pequeña nación euro­pea llegó a estable­cerse en lugares sep­a­ra­dos por miles de kilómet­ros y qué huel­las dejó en ellos.

En estas pági­nas apare­cen Enrique el Nave­g­ante, Vas­co da Gama, Mag­a­l­lanes y las expe­di­ciones que trans­for­maron el com­er­cio marí­ti­mo pero tam­bién apare­cen las per­sonas y los ter­ri­to­rios que quedaron al otro lado de aque­l­la aven­tu­ra. Porque hablar de rutas hacia Ori­ente sue­na emo­cio­nante has­ta que recor­damos que la expan­sión por­tugue­sa tam­bién estu­vo lig­a­da a la con­quista, la esclav­i­tud y la explotación. Fat­land sigue los pasos de los nave­g­antes pero pres­ta aten­ción a quienes viv­en hoy en los lugares que for­maron parte de aquel impe­rio. Ahí es donde el libro deja de mirar úni­ca­mente al pasa­do.

La idea de bus­car las huel­las de Por­tu­gal en cua­tro con­ti­nentes me ha pare­ci­do fasci­nante y, sobre todo, intere­san­tísi­ma. No siem­pre se tra­ta de encon­trar una for­t­aleza o una igle­sia; a veces el lega­do puede estar en una lengua, en una cos­tum­bre o en la for­ma en que se cuen­ta la his­to­ria de un país. Y surge una pre­gun­ta: ¿quién está con­tan­do esa his­to­ria? Una antigua poten­cia colo­nial y las per­sonas que vivieron bajo su dominio pueden recor­dar los mis­mos hechos de man­eras muy difer­entes. Esa ten­sión entre los relatos de los explo­radores y las con­se­cuen­cias de sus via­jes es uno de los ejes que la auto­ra desta­ca en el libro.

A quien dis­frute leyen­do sobre des­ti­nos muy dis­tin­tos le puede atraer esa posi­bil­i­dad de saltar de la cos­ta africana a Asia y después a Brasil sin perder el hilo. Pero el may­or interés del libro quizá esté en otra cosa: nos invi­ta a mirar esos lugares con una pre­gun­ta en la cabeza. Una facha­da, un nom­bre por­tugués o las ruinas de un fuerte pueden pare­cer sim­ples curiosi­dades para una fotografía; para quienes viv­en allí, pueden for­mar parte de una his­to­ria mucho más cer­cana y difí­cil. Los nave­g­antes pro­pone, en defin­i­ti­va, un via­je por el mun­do que Por­tu­gal quiso conec­tar y dom­i­nar. Una lec­tura para quienes dis­fru­tan de la his­to­ria y de los libros de via­jes, y tam­bién para quienes creen que cono­cer un lugar impli­ca pre­gun­tarse qué ocur­rió allí antes de nues­tra lle­ga­da.

portada de libro 101 lugares de canarias sorprendentes aparece una palmera

101 lugares de Canarias sorprendentes

Pasan los años y cada vez me encuen­tro más enam­ora­da de Canarias. Ben­di­to archip­iéla­go per­di­do en aguas del Atlán­ti­co al que por mucho que lleve más de 35 años via­jan­do, sigue sor­prendién­dome con rin­cones abso­lu­ta­mente úni­cos. Y eso es mucho decir en unas islas que ya de por sí poco se pare­cen a ningu­na otra.

Para con­tin­uar ali­men­tan­do esa curiosi­dad via­jera que nos come las entrañas, es impre­scindible hac­erse con esta mar­avil­la de libro-guía que nos acer­ca a un mon­tón de lugares extra­or­di­nar­ios y pecu­liares, ale­ja­dos de esa ima­gen de palmeras y playa que se empeñan en vender­nos de las Canarias. Ojo, que soy la primera que admi­ra las costas isleñas y esas playas de are­na negra (y otras menos, blan­ca) donde olvi­darse del mun­danal rui­do. Pero Canarias es mucho más y es un deli­to no inten­tar des­cubrir esa cara B de estas islas incom­pa­ra­bles.

Des­de el Ceno­bio de Valerón, un yacimien­to arque­ológi­co que sirvió como despen­sa colec­ti­va a los primeros habi­tantes de Gran Canaria, al bar­ran­co de las Peñi­tas en Fuerteven­tu­ra (un oasis en mitad del desier­to), des­de los viñe­dos de La Geria, capaces de abrirse paso entre la lava vol­cáni­ca, al impre­sio­n­ante palmer­al de Haría, que poco tiene que envidiar a esas playas exu­ber­antes de Cen­troaméri­ca. Des­de la Mon­taña Amar­il­la de La Gra­ciosa, cus­to­dian­do una mín­i­ma cala de aguas cristali­nas, al fotogéni­co caserío de Taganana (uno de mis lugares favoritos en mi isla preferi­da, Tener­ife), las espec­tac­u­lares cur­vas de la TF-36, que ser­pen­tea entre bar­ran­cos ver­dosos, el vol­cán Cum­bre Vie­ja (sí, ese que entró en erup­ción el 19 de Sep­tiem­bre de 2021 y tuvo a toda la isla de La Pal­ma, y detrás a toda España, con el alma en vilo), la for­t­aleza de Chipude en La Gomera o el Raso de la Bru­ma, dig­no de un pasaje de “Lord of the rings”, has­ta la pre­ciosa escul­tura del guer­rero aborí­gen Hau­tacu­perche a las impac­tantes imá­genes que ofre­cen las sabi­nas, esos árboles pequños mod­e­la­dos por el vien­to atlán­ti­co de los que te hablé en nue­stro via­je a la isla del Hier­ro.

Portada de Rusia Secreta

Rusia Secreta — Caminante Rojo

Quienes conoz­can a Cam­i­nante Rojo por sus vídeos en Youtube, encon­trarán aquí una man­era de seguir sus recor­ri­dos a otro rit­mo. Él mis­mo expli­ca que quiso con­ser­var­los por escrito y añadirles expe­ri­en­cias per­son­ales y pince­ladas de his­to­ria. Y lo ha hecho muy bien.

El títu­lo com­ple­to, Rusia sec­re­ta: la his­to­ria ocul­ta de sus lugares más inac­ce­si­bles e inhóspi­tos, da una pista sobre lo que vamos a encon­trar.  Y es que hay nom­bres que despier­tan la imag­i­nación antes de que sep­a­mos situ­ar­los en un mapa. Noril­sk. Vorkutá. Abja­sia. Bas­ta leer­los para pen­sar en trenes inter­minables, ciu­dades cubier­tas de nieve y edi­fi­cios que con­ser­van las mar­cas de otra época. Pero cuan­do un lugar empieza a pare­cer­nos mis­te­rioso, con­viene hac­erse una pre­gun­ta: ¿mis­te­rioso para quién? Porque allí hay gente que se lev­an­ta para ir a tra­ba­jar, hace la com­pra y vuelve a casa. Su vida no es una aven­tu­ra prepara­da para nues­tra lle­ga­da.

Tam­bién ocurre con los lugares aban­don­a­dos. Chernó­bil puede des­per­tar una enorme curiosi­dad pero su his­to­ria comien­za con una catástrofe que afec­tó a per­sonas reales. Las fotografías de ruinas tienen fuerza; aun así, si solo nos quedamos con la ima­gen inqui­etante, nos perdemos casi todo lo demás. Creo que leer sobre estos sitios exige ese pequeño esfuer­zo: recor­dar qué pasó y a quién le pasó, inclu­so cuan­do la his­to­ria resulte menos cómo­da que el mis­te­rio.

Abja­sia lle­va la reflex­ión por otro camino. Su cos­ta, aso­ci­a­da en otro tiem­po al ocio soviéti­co, aparece entre los primeros via­jes que dieron a cono­cer el canal de Cam­i­nante Rojo. El pro­pio Fer­nán­dez expli­ca que comen­zó a orga­ni­zar el libro a par­tir de aque­l­los recor­ri­dos ini­ciales por Abja­sia y el Cáu­ca­so ruso, has­ta incor­po­rar su via­je más reciente a Corea del Norte. Así, las pági­nas tam­bién per­miten seguir cómo fue cre­cien­do su interés por la región y por las per­sonas que encon­tra­ba en ella.

En defin­i­ti­va, Rusia sec­re­ta nos da la opor­tu­nidad de acer­carnos a un ter­ri­to­rio enorme sin creer que unas cuan­tas pági­nas van a expli­car­lo por com­ple­to. Podemos ter­mi­nar un capí­tu­lo sabi­en­do dónde está una ciu­dad que antes ni nos son­a­ba y, al mis­mo tiem­po, des­cubrir todo lo que todavía igno­ramos sobre ella. A mí me pasa a menudo con los via­jes: cuan­to más averiguo sobre un lugar, más pre­gun­tas apare­cen.

El paralelo etíope — Diego Olavarría

Hay via­jes que empiezan mucho antes de com­prar el bil­lete. El de Diego Olavar­ría hacia Etiopía tiene uno de sus pun­tos de par­ti­da en la plaza Etiopía de Ciu­dad de Méx­i­co, un nom­bre cotid­i­ano que aca­ba con­ducién­do­lo has­ta el país africano. De esa conex­ión nace El para­le­lo etíope, una cróni­ca de via­jes que recorre lugares como Adís Abe­ba, Aksum, Harar y las mon­tañas Simien, pero que tam­bién se pre­gun­ta qué lle­va a alguien a via­jar y qué entiende real­mente del lugar al que lle­ga.

Olavar­ría ater­riza en Adís Abe­ba de madru­ga­da, el 1 de enero de 2012, y encuen­tra una ciu­dad que no se cor­re­sponde con ningu­na cel­e­bración de Año Nue­vo. Hay per­sonas dur­mien­do en el aerop­uer­to y pre­gun­tas que el via­jero todavía no sabe respon­der. Además, en Etiopía rige un cal­en­dario dis­tin­to: mien­tras él aca­ba de entrar en 2012, allí tran­scurre aún 2004. No está mal para empezar un via­je con la sen­sación de que has cam­bi­a­do de país y tam­bién de tiem­po.

En Adís Abe­ba, el autor obser­va edi­fi­cios diplomáti­cos, vehícu­los viejos, mer­ca­dos y hote­les de lujo, mien­tras inten­ta com­pren­der las desigual­dades que con­viv­en en la cap­i­tal; inclu­so entra en el Hilton y admite que ese no es el tipo de alo­jamien­to que puede pagarse. Ese momen­to, pequeño y bas­tante humano, dice mucho sobre la mira­da del libro: el via­jero for­ma parte de lo que cuen­ta. Tiene can­san­cio, pre­juicios, dinero lim­i­ta­do y dudas, como cualquiera, aunque a veces las cróni­cas pre­fier­an fin­gir que quien escribe flota por enci­ma de todo eso.

El recor­ri­do con­tinúa por Aksum y Harar, pasa por el valle del Omo y lle­ga has­ta las mon­tañas Simien pero Olavar­ría no se limi­ta a enlazar paradas. Le intere­sa el peso de la his­to­ria en lo que ve: el antiguo reino de Aksum, la monar­quía etíope, la ocu­pación ital­iana y los cam­bios políti­cos que sigu­ieron. Etiopía resis­tió los inten­tos de col­o­nización euro­pea del siglo XIX, aunque Italia la ocupó entre 1935 y 1941; reducir todo eso a una frase hero­ica dejaría fuera una parte de su his­to­ria.

Lo que más dis­tingue a El para­le­lo etíope es esa vol­un­tad de no con­ver­tir el país en un dec­o­ra­do. Olavar­ría se intere­sa por los lugares que visi­ta pero tam­bién deja espa­cio para la inco­mo­di­dad de mirar una real­i­dad aje­na durante unas sem­anas y luego regre­sar a casa. ¿Has­ta dónde podemos com­pren­der una ciu­dad después de recor­rer sus calles? ¿Qué hace­mos con aque­l­lo que no enca­ja en la fotografía que queríamos traer? 

Moto en portada de libro

100 fines de semana por Europa

Nos hablan de “un fin de sem­ana en Europa” y automáti­ca­mente lo aso­ci­amos a una escapa­da ráp­i­da rapidísi­ma a París, Lon­dres y Berlín. Pero orga­nizán­donos con tiem­po, podemos exprim­ir muchos lugares menos turís­ti­cos, más tran­qui­los e igual­mente atrayentes que se encuen­tran a dos o tres horas de muchas cap­i­tales. Y en la may­oría de los casos, muy bien comu­ni­ca­dos por líneas de bus o de tren. Así que ya no hay excusa para no lan­zarse a cono­cer des­ti­nos que no sue­len apare­cer en la lista de “impre­scindibles”.

¿Cuán­tas veces pen­samos en Rumanía y nos vienen a la cabeza los castil­los de Tran­sil­va­nia? La guía dirige la mira­da hacia el delta del Danu­bio, donde el río desem­bo­ca en el mar Negro. Es una for­ma muy dis­tin­ta de plantear un via­je al país, con el agua y el paisaje como pro­tag­o­nistas. Podemos seguir la estela del río Miño (Min­ho para los por­tugue­ses) en nue­stro país vecino,conduciendo entre ter­razas donde pas­tan las cachenas (vacas de cuer­nos lar­gos), des­cubrir los teatros romanos de Lug­dunum en tier­ras france­sas, dis­fru­tar de la dolce vita entre Verona y el lago de Gar­da, seguir los ecos lit­er­ar­ios de Lewis Car­roll y J.K. Rowl­ing en Oxford.

Otras opciones nos invi­tan a deleitarnos con la pale­ta de col­ores que nos brin­da el sur de Irlan­da, con la infraval­o­ra­da ciu­dad de Cork y el Par­que Nacional de Kil­lar­ney, vis­i­tar en un castil­lo bel­ga la fábri­ca de cristal de Valt Saint Lam­bert, dejarse sor­pren­der por el (pequeño) Gran Duca­do de Lux­em­bur­go, cam­i­nar por la antigua cap­i­tal de Ale­ma­nia Ori­en­tal, Bonn, recor­dar los tiem­pos de Hei­di en los Grisones de Suiza y sus fas­ciantes paisajes alpinos, enam­orarse (como hici­mos nosotros) de la boni­ta cap­i­tal eslo­va­ca, Bratisla­va o rela­jarse en el gol­fo de Mese­nia en Gre­cia. Son sólo una pequeña mues­tra de los 100 fines de sem­ana en Europa que aquí te pro­po­nen dis­fru­tar en cualquier época del año y a sólo un par de horas de avión de tu ciu­dad de ori­gen.


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