Tengo una lista de viajes pendientes que crece más rápido de lo que puedo comprar billetes de avión, así que los libros me vienen de maravilla para alimentar el vicio entre una escapada y la siguiente. Últimamente he pasado las páginas con un mapa mental bastante caótico: de las rutas de los navegantes portugueses a las ciudades heladas de Rusia, de Etiopía a Canadá y de las escapadas por Europa a la vida cotidiana en Estados Unidos. Vamos, que mi mesilla de noche ha hecho más kilómetros que yo.
Lo que me gusta de las lecturas viajeras es que un lugar puede sorprenderte incluso cuando crees conocerlo. Hay libros que te descubren destinos en los que nunca habías pensado; otros te hacen mirar de otra manera un país que llevas años viendo en películas, noticias o incluso libros anteriores. Y algunos te dejan dándole vueltas a una pregunta incómoda mucho después de cerrarlos.
Así que aquí van mis últimas lecturas, con lo que cuenta cada una y las ideas que me han hecho detenerme. Porque viajar leyendo también tiene eso: puedes quedarte un rato más en el lugar que te intriga y volver atrás cuando descubres que te habías perdido algo.

Noruega, aurora boreal — Xavier Moret
De Xavier Moret ya os he hablado en infinidad de ocasiones en este blog: podéis encontrar reseñas de novelas tan interesantes como “La isla secreta” (con una secuela igual de atractiva, “Islandia: revolución bajo el volcán”) o “La memoria del Ararat”, donde nos acerca a un país tan desconocido como Armenia . Es con diferencia uno de mis escritores viajeros favoritos y espero siempre con ansia la publicación de su nuevo libro. En los últimos tiempos nos había llevado a lugares tan dispares como Grecia, Japón o las Baleares (con una novela dedicada a Mallorca y otra a Menorca). Y ahora, en esta ocasión, nos vamos ahí arriba, al gélido norte, a uno de sus destinos favoritos y uno de los países que mejor conoce en Europa: Noruega.
Si hay algo por lo que me encanta la literatura de viajes es porque te hace rememorar recuerdos ya imborrables (si has estado en el destino protagonista) pero al mismo tiempo te lleva a imaginar viajes aún no ocurridos (y eso casi se disfruta aún más). Es lo que me ocurre con Noruega, ya que unicamente he estado dos veces en Oslo, la capital, y llevo años con el plan en mente de ir a descubrir la Noruega de naturaleza imponente, de cascadas y fiordos. Pero al final, entre que se acaban imponiendo otros destinos que esperan en la agenda, y la pereza que me da pensar lo carísimo que es todo en el país escandinavo, voy relegando este viaje a las posiciones del final de la lista. Quién sabe, lo mismo este entretenido libro de Moret supone el empujón definitivo para dar el paso.
Lo que no se le puede negar a Xavier es su innata capacidad para trasladarnos a cualquier lugar del mundo de un modo ameno y divertido. Comienza su andadura por las bellísimas islas Lofoten, donde conoceremos a uno de los animales más enigmáticos de nuestro planeta, el tiburón boreal, para seguir por toda la costa noruega, resaltando la relación tan estrecha que el país mantiene con el mar. Y es que ese mismo mar y sus enormes reservas de petróleo es el que convirtió a un país pobre de pescadores en una de las naciones más prósperas del planeta.
El petróleo, la pesca y el turismo son actualmente los principales sustentos de los noruegos. Una población cuya máxima aspiración es tener una cabaña en lo más profundo del bosque; un lugar donde el frío y el aislamiento se han hecho amigos inseparables de estos entrañables norteños. Moret diferencia con creces al noruego urbanita de Oslo (ciudad que recorre sin prisas y en la que relata la huella que dejó la masacre perpetrada por el ultraderechista Anders Breivik en la capital y la isla de Utoya, con un balance final de 77 asesinados) y el noruego rural que vive en pueblos minúsculos y al que no le importa sufrir temperaturas de 20 grados bajo cero unos cuantos meses al año.
Bergen ‚la ciudad más turística del país, con sus preciosas casitas de madera, la devoción por el bacalao, la Roca del Púlpito (probablemente el lugar más fotografiado de Noruega), las leyendas de los trols, las iglesias de madera con las que se cebaron ciertos músicos de Black Metal, glaciares enormes, las islas Svalbard y sus tres mil osos polares, la minería, los cruceros rumbo al Ártico y la vida nómada de los samis. Atractivos más que suficientes para acabar planteándose una escapada a tierras de vikingos.

(Des)hacer las Américas — Belén Montalvo
Descubrí un día por casualidad el podcast de Belén Montalvo, “Aló, Miami”, me suscribí al instante a su programa y, desde entonces, escucho puntualmente y leal como un marido fiel cada uno de sus episodios. Paralelamente, me faltó tiempo para leerme su libro (Des)hacer las Américas, que devoré en apenas un par de días durante una escapada a Asturias. Y es que aquí se hace cierto el dicho de “la realidad supera la ficción”. Porque pese a que el cine (y casi siempre los medios de comunicación) intentan hacernos creer lo bonito del mal llamado “sueño americano”, lo cierto es que en Estados Unidos cada vez existen más parkings gigantescos dedicados a esas personas que viven dentro de un coche. Pese a tener dos y hasta tres trabajos.
Estados Unidos nos ha vendido tan bien su imagen que casi parece que emigrar allí consiste en aterrizar, encontrar un trabajo estupendo y comprarse una casa con jardín. Belén Montalvo también soñaba con esa vida. No pretendía hacerse millonaria: quería trabajar, hablar inglés y vivir en un lugar que imaginaba más próspero que Madrid. Finalmente se mudó a Miami en 2013 y, con los años, descubrió todo lo que las películas suelen dejar fuera de plano. De eso trata (Des)hacer las Américas, su crónica sobre vivir en Estados Unidos.
Lo interesante es que Belén no llegó dispuesta a odiar el país. Al contrario: quería estar allí. Esa ilusión hace más revelador lo que cuenta, porque el sueño empieza a resquebrajarse con cosas muy concretas. Conseguir un visado, buscar vivienda, entender una burocracia desconocida, depender del empleo y aprender cómo funciona un seguro médico ocupan bastante más espacio en la vida diaria que los atardeceres de Miami. Ya en el índice aparecen capítulos dedicados a la deuda, el racismo, la vivienda y la sanidad. Muy cinematográfico todo ¿verdad?
Hay una escena al comienzo del libro que se me quedó dando vueltas. Antes de instalarse en Estados Unidos, Belén visita a una compañera española que trabaja en Nueva York. Desde fuera, aquello suena a triunfo: oficina cerca de Times Square, experiencia internacional y una ciudad que impresiona en el currículum. Por dentro, la realidad es un piso viejo para el que necesitó un avalista, jornadas encerrada en un cubículo y una soledad que no sale en las fotos. Belén reconoce que, aun viéndolo, siguió convencida de que a ella le iría mejor. Y es comprensible: cuando llevas años persiguiendo un sueño, cuesta admitir que quizá te han vendido el envoltorio y te han escondido el contenido.
Ahí es donde el libro permite mirar de frente el capitalismo atroz de Estados Unidos. Un sistema capaz de producir una riqueza inmensa y, al mismo tiempo, hacer que una enfermedad, la pérdida del trabajo o un problema con los papeles pongan tu vida patas arriba. Belén cuenta que, durante la pandemia, su marido perdió el empleo de un día para otro y la situación familiar se volvió precaria; también peligró su estatus legal. Si tu estabilidad depende de tantos factores que pueden desaparecer de golpe, ¿qué clase de libertad te están vendiendo exactamente?
La sanidad no pública es quizá el ejemplo que más rabia da. El libro termina con un capítulo titulado «El mejor seguro es el que no se utiliza», una frase que resume bastante bien lo absurdo de tratar la atención médica como un producto. Pagas para estar cubierto y aun así tienes que aprender condiciones, límites y costes antes de poder respirar tranquilo.
(Des)hacer las Américas me interesa precisamente por eso. Nos recuerda que viajar a un país y vivir en él son experiencias muy distintas. Puedes disfrutar de unas vacaciones en Estados Unidos y, al mismo tiempo, preguntarte por qué una sociedad tan rica deja a tanta gente a merced del empleo, las aseguradoras y la deuda. El sueño americano existe, sí. Lo que conviene mirar es quién puede permitírselo y quién acaba pagando la factura.

Los navegantes — Erika Fatland
¿Qué queda de un imperio cuando desaparecen sus barcos, sus gobernadores y sus mapas? Esa es la pregunta que recorre Los navegantes, el libro en el que Erika Fatland sigue las rutas abiertas por los portugueses a partir del siglo XV. Y la respuesta, como suele pasar cuando uno mira más allá de los monumentos, resulta bastante más complicada que una colección de fortalezas antiguas frente al mar.
Erika Fatland es antropóloga y ya había recorrido otros territorios inmensos en Sovietistán, La frontera e Himalaya, tres libros de ella que ya había leído con anterioridad y que me llevaron a coger esta novela aún con más ganas. En Los navegantes vuelve a combinar desplazamientos actuales con historia y encuentros humanos. La edición española, publicada por Tusquets, tiene 688 páginas: conviene saberlo antes de empezar, porque estamos ante un viaje largo, de los que piden tiempo y curiosidad.
La autora noruega parte del golfo de Vizcaya y emprende un recorrido que pasa por Ceuta, Cabo Verde, Guinea-Bisáu, Angola, Mozambique, India, Sri Lanka, Macao, Japón y Brasil antes de regresar a Portugal. Visto así, casi parece uno de esos itinerarios imposibles que alguien prepara con demasiadas pestañas abiertas en el ordenador. Pero aquí la ruta tiene un hilo claro: descubrir cómo una pequeña nación europea llegó a establecerse en lugares separados por miles de kilómetros y qué huellas dejó en ellos.
En estas páginas aparecen Enrique el Navegante, Vasco da Gama, Magallanes y las expediciones que transformaron el comercio marítimo pero también aparecen las personas y los territorios que quedaron al otro lado de aquella aventura. Porque hablar de rutas hacia Oriente suena emocionante hasta que recordamos que la expansión portuguesa también estuvo ligada a la conquista, la esclavitud y la explotación. Fatland sigue los pasos de los navegantes pero presta atención a quienes viven hoy en los lugares que formaron parte de aquel imperio. Ahí es donde el libro deja de mirar únicamente al pasado.
La idea de buscar las huellas de Portugal en cuatro continentes me ha parecido fascinante y, sobre todo, interesantísima. No siempre se trata de encontrar una fortaleza o una iglesia; a veces el legado puede estar en una lengua, en una costumbre o en la forma en que se cuenta la historia de un país. Y surge una pregunta: ¿quién está contando esa historia? Una antigua potencia colonial y las personas que vivieron bajo su dominio pueden recordar los mismos hechos de maneras muy diferentes. Esa tensión entre los relatos de los exploradores y las consecuencias de sus viajes es uno de los ejes que la autora destaca en el libro.
A quien disfrute leyendo sobre destinos muy distintos le puede atraer esa posibilidad de saltar de la costa africana a Asia y después a Brasil sin perder el hilo. Pero el mayor interés del libro quizá esté en otra cosa: nos invita a mirar esos lugares con una pregunta en la cabeza. Una fachada, un nombre portugués o las ruinas de un fuerte pueden parecer simples curiosidades para una fotografía; para quienes viven allí, pueden formar parte de una historia mucho más cercana y difícil. Los navegantes propone, en definitiva, un viaje por el mundo que Portugal quiso conectar y dominar. Una lectura para quienes disfrutan de la historia y de los libros de viajes, y también para quienes creen que conocer un lugar implica preguntarse qué ocurrió allí antes de nuestra llegada.

101 lugares de Canarias sorprendentes
Pasan los años y cada vez me encuentro más enamorada de Canarias. Bendito archipiélago perdido en aguas del Atlántico al que por mucho que lleve más de 35 años viajando, sigue sorprendiéndome con rincones absolutamente únicos. Y eso es mucho decir en unas islas que ya de por sí poco se parecen a ninguna otra.
Para continuar alimentando esa curiosidad viajera que nos come las entrañas, es imprescindible hacerse con esta maravilla de libro-guía que nos acerca a un montón de lugares extraordinarios y peculiares, alejados de esa imagen de palmeras y playa que se empeñan en vendernos de las Canarias. Ojo, que soy la primera que admira las costas isleñas y esas playas de arena negra (y otras menos, blanca) donde olvidarse del mundanal ruido. Pero Canarias es mucho más y es un delito no intentar descubrir esa cara B de estas islas incomparables.
Desde el Cenobio de Valerón, un yacimiento arqueológico que sirvió como despensa colectiva a los primeros habitantes de Gran Canaria, al barranco de las Peñitas en Fuerteventura (un oasis en mitad del desierto), desde los viñedos de La Geria, capaces de abrirse paso entre la lava volcánica, al impresionante palmeral de Haría, que poco tiene que envidiar a esas playas exuberantes de Centroamérica. Desde la Montaña Amarilla de La Graciosa, custodiando una mínima cala de aguas cristalinas, al fotogénico caserío de Taganana (uno de mis lugares favoritos en mi isla preferida, Tenerife), las espectaculares curvas de la TF-36, que serpentea entre barrancos verdosos, el volcán Cumbre Vieja (sí, ese que entró en erupción el 19 de Septiembre de 2021 y tuvo a toda la isla de La Palma, y detrás a toda España, con el alma en vilo), la fortaleza de Chipude en La Gomera o el Raso de la Bruma, digno de un pasaje de “Lord of the rings”, hasta la preciosa escultura del guerrero aborígen Hautacuperche a las impactantes imágenes que ofrecen las sabinas, esos árboles pequños modelados por el viento atlántico de los que te hablé en nuestro viaje a la isla del Hierro.

Rusia Secreta — Caminante Rojo
Quienes conozcan a Caminante Rojo por sus vídeos en Youtube, encontrarán aquí una manera de seguir sus recorridos a otro ritmo. Él mismo explica que quiso conservarlos por escrito y añadirles experiencias personales y pinceladas de historia. Y lo ha hecho muy bien.
El título completo, Rusia secreta: la historia oculta de sus lugares más inaccesibles e inhóspitos, da una pista sobre lo que vamos a encontrar. Y es que hay nombres que despiertan la imaginación antes de que sepamos situarlos en un mapa. Norilsk. Vorkutá. Abjasia. Basta leerlos para pensar en trenes interminables, ciudades cubiertas de nieve y edificios que conservan las marcas de otra época. Pero cuando un lugar empieza a parecernos misterioso, conviene hacerse una pregunta: ¿misterioso para quién? Porque allí hay gente que se levanta para ir a trabajar, hace la compra y vuelve a casa. Su vida no es una aventura preparada para nuestra llegada.
También ocurre con los lugares abandonados. Chernóbil puede despertar una enorme curiosidad pero su historia comienza con una catástrofe que afectó a personas reales. Las fotografías de ruinas tienen fuerza; aun así, si solo nos quedamos con la imagen inquietante, nos perdemos casi todo lo demás. Creo que leer sobre estos sitios exige ese pequeño esfuerzo: recordar qué pasó y a quién le pasó, incluso cuando la historia resulte menos cómoda que el misterio.
Abjasia lleva la reflexión por otro camino. Su costa, asociada en otro tiempo al ocio soviético, aparece entre los primeros viajes que dieron a conocer el canal de Caminante Rojo. El propio Fernández explica que comenzó a organizar el libro a partir de aquellos recorridos iniciales por Abjasia y el Cáucaso ruso, hasta incorporar su viaje más reciente a Corea del Norte. Así, las páginas también permiten seguir cómo fue creciendo su interés por la región y por las personas que encontraba en ella.
En definitiva, Rusia secreta nos da la oportunidad de acercarnos a un territorio enorme sin creer que unas cuantas páginas van a explicarlo por completo. Podemos terminar un capítulo sabiendo dónde está una ciudad que antes ni nos sonaba y, al mismo tiempo, descubrir todo lo que todavía ignoramos sobre ella. A mí me pasa a menudo con los viajes: cuanto más averiguo sobre un lugar, más preguntas aparecen.

El paralelo etíope — Diego Olavarría
Hay viajes que empiezan mucho antes de comprar el billete. El de Diego Olavarría hacia Etiopía tiene uno de sus puntos de partida en la plaza Etiopía de Ciudad de México, un nombre cotidiano que acaba conduciéndolo hasta el país africano. De esa conexión nace El paralelo etíope, una crónica de viajes que recorre lugares como Adís Abeba, Aksum, Harar y las montañas Simien, pero que también se pregunta qué lleva a alguien a viajar y qué entiende realmente del lugar al que llega.
Olavarría aterriza en Adís Abeba de madrugada, el 1 de enero de 2012, y encuentra una ciudad que no se corresponde con ninguna celebración de Año Nuevo. Hay personas durmiendo en el aeropuerto y preguntas que el viajero todavía no sabe responder. Además, en Etiopía rige un calendario distinto: mientras él acaba de entrar en 2012, allí transcurre aún 2004. No está mal para empezar un viaje con la sensación de que has cambiado de país y también de tiempo.
En Adís Abeba, el autor observa edificios diplomáticos, vehículos viejos, mercados y hoteles de lujo, mientras intenta comprender las desigualdades que conviven en la capital; incluso entra en el Hilton y admite que ese no es el tipo de alojamiento que puede pagarse. Ese momento, pequeño y bastante humano, dice mucho sobre la mirada del libro: el viajero forma parte de lo que cuenta. Tiene cansancio, prejuicios, dinero limitado y dudas, como cualquiera, aunque a veces las crónicas prefieran fingir que quien escribe flota por encima de todo eso.
El recorrido continúa por Aksum y Harar, pasa por el valle del Omo y llega hasta las montañas Simien pero Olavarría no se limita a enlazar paradas. Le interesa el peso de la historia en lo que ve: el antiguo reino de Aksum, la monarquía etíope, la ocupación italiana y los cambios políticos que siguieron. Etiopía resistió los intentos de colonización europea del siglo XIX, aunque Italia la ocupó entre 1935 y 1941; reducir todo eso a una frase heroica dejaría fuera una parte de su historia.
Lo que más distingue a El paralelo etíope es esa voluntad de no convertir el país en un decorado. Olavarría se interesa por los lugares que visita pero también deja espacio para la incomodidad de mirar una realidad ajena durante unas semanas y luego regresar a casa. ¿Hasta dónde podemos comprender una ciudad después de recorrer sus calles? ¿Qué hacemos con aquello que no encaja en la fotografía que queríamos traer?

100 fines de semana por Europa
Nos hablan de “un fin de semana en Europa” y automáticamente lo asociamos a una escapada rápida rapidísima a París, Londres y Berlín. Pero organizándonos con tiempo, podemos exprimir muchos lugares menos turísticos, más tranquilos e igualmente atrayentes que se encuentran a dos o tres horas de muchas capitales. Y en la mayoría de los casos, muy bien comunicados por líneas de bus o de tren. Así que ya no hay excusa para no lanzarse a conocer destinos que no suelen aparecer en la lista de “imprescindibles”.
¿Cuántas veces pensamos en Rumanía y nos vienen a la cabeza los castillos de Transilvania? La guía dirige la mirada hacia el delta del Danubio, donde el río desemboca en el mar Negro. Es una forma muy distinta de plantear un viaje al país, con el agua y el paisaje como protagonistas. Podemos seguir la estela del río Miño (Minho para los portugueses) en nuestro país vecino,conduciendo entre terrazas donde pastan las cachenas (vacas de cuernos largos), descubrir los teatros romanos de Lugdunum en tierras francesas, disfrutar de la dolce vita entre Verona y el lago de Garda, seguir los ecos literarios de Lewis Carroll y J.K. Rowling en Oxford.
Otras opciones nos invitan a deleitarnos con la paleta de colores que nos brinda el sur de Irlanda, con la infravalorada ciudad de Cork y el Parque Nacional de Killarney, visitar en un castillo belga la fábrica de cristal de Valt Saint Lambert, dejarse sorprender por el (pequeño) Gran Ducado de Luxemburgo, caminar por la antigua capital de Alemania Oriental, Bonn, recordar los tiempos de Heidi en los Grisones de Suiza y sus fasciantes paisajes alpinos, enamorarse (como hicimos nosotros) de la bonita capital eslovaca, Bratislava o relajarse en el golfo de Mesenia en Grecia. Son sólo una pequeña muestra de los 100 fines de semana en Europa que aquí te proponen disfrutar en cualquier época del año y a sólo un par de horas de avión de tu ciudad de origen.
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