Viaje a Oslo, la capital vikinga

 

OSLO: LA CAPITAL VIKINGA

¡Qué ganas le teníamos a la cap­i­tal norue­ga! Uno de esos via­jes que por un moti­vo u otro, en este caso el fac­tor económi­co (Oslo prob­a­ble­mente sea la ciu­dad más cara del mun­do), vas retrasan­do en ben­efi­cio de otras opciones. Sin embar­go, sien­do como somos unos ver­daderos apa­sion­a­dos de la cul­tura escan­di­na­va y más en con­cre­to de sus antepasa­dos vikin­gos, no queríamos alargar la demo­ra. Así que con vis­tas para hac­er en un futuro un via­je en coche por los fior­dos norue­gos, con más tran­quil­i­dad y plan­i­fi­cación, decidi­mos aprovechar un puente de cua­tro días para irnos a cono­cer Oslo, la cap­i­tal de Norue­ga. ¿Que es cara? Sí, mucho. Pero como sue­lo decir, “siem­pre hay un roto para un descosi­do”: ante los pre­cios real­mente ele­va­dos, un mon­tón de tru­cos y con­se­jos que te ire­mos reseñan­do para que un via­je aquí no te supon­ga un ojo de la cara y parte del otro.

En mi caso, en real­i­dad no era mi primera vez en Oslo. Hace cer­ca de diez años había ido para allá un fin de sem­ana por motivos de tra­ba­jo (tenía que hac­er un repor­ta­je con Dim­mu Bor­gir, una de las ban­das más impor­tantes de Norue­ga). El prob­le­ma es que pre­cisa­mente al ser un via­je por motivos lab­o­rales, ape­nas nos quedó tiem­po para hac­er tur­is­mo y me quedé con esa espini­ta ahí clava­da. Eso sí, nos alo­jaron en un hotel increíble que parecía la casa de Nor­man Bates en “Psi­co­sis”, el Scan­dic Hol­menkollen Park (ahí aba­jo os dejo la foto); en esta ocasión no repeti­mos porque se nos iba de pre­supuesto (160 euros la noche) pero lo cier­to es que aparte de ser un hotel pre­cioso, se encuen­tra en una situación priv­i­le­gia­da, en lo alto de una mon­taña a las afueras de Oslo, con unas vis­tas increíbles de la ciu­dad, y jus­to al lado de la famosa platafor­ma de saltos de esquí de Hol­menkollen. Un hotel con mucha his­to­ria, con­struí­do a finales del siglo XIX y que en sus ini­cios fue con­ce­bido como sana­to­rio. Cuen­tan de él que es uno de los más mis­te­riosos de Escan­di­navia: nosotros te ase­gu­ramos que, en cualquier caso, sí es de los más boni­tos.

Hotel Scan­dic Hol­menkollen Park

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Foto: Chris Alban Hansen

Comence­mos con los datos prác­ti­cos. Para ir a Oslo tienes tres aerop­uer­tos: el prin­ci­pal (Gar­der­moen), a 50 kilómet­ros al norte de la cap­i­tal, Rygge (60 kilómet­ros al sur de Oslo) y el de Torp Sande­fjord, a 110 kilómet­ros de la ciu­dad. Lo más prob­a­ble es que, como nosotros, ater­rices en Rygge ya que es donde opera Ryanair. Los vue­los nos salieron bas­tante bien de pre­cio (eso sí, cogién­do­los con mucha antelación), unos 110 euros ida y vuelta. Poco menos de cua­tro horas para lle­gar des­de España en vue­lo direc­to.

Cuan­do llegues a Rygge (verás que el aerop­uer­to es pequeñísi­mo, nosotros sólo vimos unos cuan­tos aviones de Ryanair), en la propia puer­ta de sal­i­da tienes el auto­bús Rygge Eks­pressen, que en una hora aprox­i­mada­mente te deja en la estación cen­tral de bus­es de Oslo. El pre­cio por bil­lete (sólo de ida, no hay des­cuen­to por ida y vuelta) es de 180 coro­nas norue­gas, aprox­i­mada­mente unos 20 euros. No os pre­ocupéis si llegáis tarde por la noche ya que los auto­bus­es están coor­di­na­dos con los vue­los y esper­an a que lleguen los pasajeros aunque ven­gan con retra­so (vamos, que sin trans­porte no os quedáis). Lo que sí os avi­so es que cuan­do vengáis des­de Oslo hacia el aerop­uer­to, los bus­es tam­bién se amoldan a los horar­ios de los vue­los: me refiero a que no salen cada hora sino que si por ejem­p­lo hay un vue­lo a las cua­tro de la tarde, sue­len salir de la estación unas tres horas antes. Para ase­gu­raros de los horar­ios lo mejor es que echéis un ojo a la pági­na de los bus­es Rygge Eks­pressen

 

Para el alo­jamien­to, tenien­do en cuen­ta que los hote­les en Norue­ga son carísi­mos (aún más en Oslo) y si vas con pre­supuesto ajus­ta­do, os recomien­do el hostal Anker. Nos habían habla­do de él var­ios ami­gos que se habían alo­ja­do allí y después de com­parar con otros, es la mejor opción. Sale a unos 60 euros la habitación / noche: os recuer­do, eso sí, que es muy habit­u­al que en los hote­les escan­di­navos no os incluyan las toal­las ni ropa de cama (me ha ocur­ri­do varias veces en Sue­cia o Dina­mar­ca), por lo que puedes lle­var las tuyas, que es lo que sole­mos hac­er nosotros, o alquilar­las allí por 5 euros. Las habita­ciones son muy bási­cas, dos camas del Ikea y poco más, pero son grandes y espa­ciosas, están limpias, tienen baño pri­va­do, wifi gra­tu­ito y has­ta una pequeña cocini­ta con nev­era. El ambi­ente del hostal bas­tante agrad­able, mochileros prin­ci­pal­mente. Y lo mejor es que está super cén­tri­co, a diez min­u­tos andan­do de la estación cen­tral de bus­es y en pleno cen­tro históri­co de Oslo.

 

La segun­da recomen­dación es que nada más lle­gar te hagas con la Oslo Pass. La puedes adquirir para 24 horas, 48 horas o 72 horas (nosotros cogi­mos la de dos días y al cam­bio fueron unos 50 euros, la com­pramos en la propia recep­ción del hostal; la venden en la may­oría de los hote­les y en la Ofic­i­na de Tur­is­mo que está enfrente de la estación cen­tral). Puede pare­cer algo cara pero si tienes en cuen­ta que te cubre la entra­da a la may­oría de los museos (la entra­da indi­vid­ual a los museos suele costar cer­ca de 15 euros) y que además te per­mite usar todas las veces que quieras el trans­porte públi­co, en mi opinión merece la pena el gas­to de largo.

En cuan­to al trans­porte, ya que lo men­cionamos, aunque Oslo es una ciu­dad pequeña com­para­da con otras cap­i­tales euro­peas, recuer­da que en cuan­to comien­za el otoño, con él lle­ga el frío. Nosotros estu­vi­mos en Octubre y no nos hizo demasi­a­do, unos 10 gra­dos y además ni llu­via ni nieve (has­ta nos lució el sol), por lo que fuimos a casi todos los sitios andan­do, pero si vienes en invier­no uti­lizar bus­es y tran­vías se hace indis­pens­able. Si llevas la Oslo Pass, no nece­si­tas sacar tick­et ni val­i­dar­lo, te subes en el metro, el tran­vía o el auto­bús y si te lo pide algún revi­sor, lo enseñas y arreglado.

 

Al primer lugar al que nos acer­camos en Oslo nada más lev­an­tarnos fue a la penín­su­la de Byg­doy, un área res­i­den­cial de Oslo muy pop­u­lar entre los locales, ya que van a darse por allí sus buenos paseos cuan­do el tiem­po acom­paña. Para lle­gar has­ta allí cogi­mos en la mis­ma puer­ta del hostal el bus 30, que en poco menos de media hora te deja en Byg­doy. Nues­tra primera para­da sería tam­bién en la que teníamos más interés: el Norsk Folke­mu­se­um o Museo del Pueblo Noruego.

 

El Museo del Pueblo Noruego es el museo al aire libre más grande de todo el país. Aquí se reú­nen casi 160 edi­fi­cios (la may­oría de los sig­los XVII y XVIII) que se han traslada­do aquí des­de difer­entes pun­tos de Norue­ga para que nos hag­amos una idea de cómo se vivía en las áreas más rurales y ais­ladas del país. Este museo, que lle­va abier­to des­de 1894, tiene un área total de 140 kilómet­ros cuadra­dos y se expo­nen 230.000 obje­tos, a nosotros nos pare­ció enorme.

 

La joya de la coro­na del Norsk Folke­mu­se­um es la Gol Stave Church que veis en la fotografía de aba­jo. Las stavkirke, que es con la pal­abra norue­ga que se conoce a este tipo de pre­ciosas igle­sias de madera, son tem­p­los cris­tianos medievales cuya antigüedad lle­ga a remon­tarse más de 800 años (esta en con­cre­to data del 1212). En Norue­ga quedan aún en pie casi 30 igle­sias de este tipo dis­em­i­nadas por todo el país (la de Urnes inclu­so es Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO), aunque en el pasa­do llegó a haber más de 2.000. Una de las may­ores curiosi­dades de las stavkirke es que sue­len estar dec­o­radas con rep­re­senta­ciones de drag­ones y leones luchan­do y muchas de ellas aco­gen algunos de los mejores ejem­p­los de pin­turas del medie­vo.En Norue­ga las 28 stavkirke exis­tentes no sólo son un orgul­lo para el país sino que además están pro­te­gi­das por la Ley de Memo­ria Cul­tur­al.

 

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La Gol Stave Church se tra­jo del pueblo de Gol y se salvó de ser demol­i­da gra­cias a la Sociedad para la Preser­vación de Mon­u­men­tos Antigu­os Norue­gos. Fue el rey Oscar II quien finan­ció su restau­ración y relo­cal­ización (lo curioso es que actual­mente en Gol hay una répli­ca de la stavkirke orig­i­nal).

 

En el museo se ha pre­tendi­do recon­stru­ir cómo era la vida en el entorno rur­al en la época medieval. Hay que ten­er en cuen­ta que en Norue­ga, al con­trario que en la may­or parte de Europa, donde las tier­ras pertenecían al rey,los señores feu­dales y la igle­sia, imper­a­ba el sis­tema alo­di­al. Esto sig­nifi­ca que los campesinos eran los dueños abso­lu­tos de sus ter­renos y se hered­a­ban de padres a hijos. Pos­te­ri­or­mente, con el paso de los años (a par­tir del 1600), muchas de estas parce­las se divi­dieron en otras más pequeñas con sus cor­re­spon­di­entes gran­jas (las gran­jas se conocían en noruego como “tun”). La may­oría de los edi­fi­cios agrí­co­las solían situ­arse en lo alto de las col­i­nas para evi­tar des­per­fec­tos en caso de heladas.

 

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Una de las cosas más car­ac­terís­ti­cas del paisaje agrario de Norue­ga son las “casas de teja­do de césped”, como esta que veis aquí aba­jo. Has­ta el siglo XIX eran el tipo de vivien­da más habit­u­al en las zonas rurales norue­gas. En real­i­dad, lo que vemos no es que sea todo hier­ba en el sen­ti­do lit­er­al sino que sobre todo es corteza de abedul, ya que es un exce­lente ais­lante, tan­to para la llu­via como para la nieve.

 
 
 

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La recreación de la vida en los cam­pos de Norue­ga es fran­ca­mente mag­ní­fi­ca. Se han traí­do gran­jas de lugares tan remo­tos como Setes­dal, uno de los más ais­la­dos del país (el fer­ro­car­ril no llegó has­ta casi el siglo XX y a la gente no le qued­a­ba más reme­dio que moverse has­ta allí a lomos de cabal­los). Gra­cias a este ais­lamien­to muchas con­struc­ciones medievales se han con­ser­va­do casi intac­tas. Los granjeros prin­ci­pal­mente se abastecían en aque­l­la época de ceba­da y de nabos y era habit­u­al la elab­o­ración de cerveza.

 

Tam­bién se han traí­do gran­jas del valle de Numedal, otro área que estu­vo muy despobla­da has­ta que se des­cubrieron las minas de pla­ta; era muy habit­u­al entre sus habi­tantes ten­er dos casas, la de invier­no y la de ver­a­no. De Numedal se han traí­do vivien­das de difer­entes sig­los para que veamos cómo evolu­cionaron los hog­a­res a lo largo del tiem­po. Algu­nas de las casas tienen inscrip­ciones con runas en la puer­ta de entra­da. Os recor­damos que las runas eran los alfa­betos de la antigüedad en Escan­di­navia. Tam­bién se expo­nen gran­jas con­struí­das por inmi­grantes fin­lan­deses y las casas de los colonos, que en Norue­ga son cono­ci­dos como hus­mann (era muy habit­u­al que las gran­jas se arren­daran, con con­tratos orales o por escrito y cuyo alquil­er se solía abonar en efec­ti­vo o en tra­ba­jo). Este sis­tema fue muy pop­u­lar sobre todo en el sureste de Norue­ga. A medi­a­dos de 1800 había cer­ca de 65.000 colonos en el país. La casa de colonos más pop­u­lar se llam­a­ba upp­stugu: solía con­tar con dos plan­tas y las pare­des inte­ri­ores gen­eral­mente esta­ban dec­o­radas.

 

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En el museo podrás encon­trar tam­bién una exposi­ción súper intere­sante acer­ca del folk­lore noruego, donde se exhiben las ves­ti­men­tas que usa­ban los agricul­tores y granjeros no sólo para tra­ba­jar sino tam­bién para asi­s­tir a la igle­sia o para oca­siones espe­ciales; estos últi­mos tra­jes, mucho más for­males y ele­gantes, se denom­ina­ban bunad y más de un 60% de las norue­gas tienen alguno en su armario. Muchos de estos tra­jes han sido uti­liza­dos en las comu­nidades rurales has­ta bien entra­do el siglo XX.

 

Tam­bién se expo­nen vesti­dos y her­ramien­tas uti­liza­dos por el pueblo sami. Los samis o lapones viv­en repar­tidos entre las áreas más septen­tri­onales de Norue­ga, Fin­lan­dia, Sue­cia y Rusia (en Norue­ga se cal­cu­la que viv­en unos 50.000 samis). La may­oría viv­en de la pesca en los fior­dos, de la cría de renos y del tur­is­mo. Yo estuve hace años vis­itán­do­los en la Laponia fin­lan­desa y quedé encan­ta­da, son una gente de lo más ami­ga­ble con una iden­ti­dad y cul­tura propias y úni­cas en el mun­do.

 

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Las tien­das donde vivían los samis se lla­man goahti y servían no sólo para acoger a las difer­entes famil­ias sino tam­bién a sus invi­ta­dos. Cada uno de ellos tenía un lugar especí­fi­co den­tro de la tien­da y un rincón donde poder guardar sus perte­nen­cias.

 

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Otra de las curiosi­dades del Museo del Pueblo Noruego es que se expone el Old Town, un pueblo que se ha con­struí­do a base de edi­fi­cios que se tra­jeron de los sub­ur­bios de Chris­tia­nia, que es como se conocía a Oslo antigua­mente. La may­oría de las casas son del siglo XVIII. Entre los edi­fi­cios se puede encon­trar has­ta una prisión.

 

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Después de pasarnos nues­tras dos horas largas en el Norsk Folke­mu­se­um, nos fuimos andan­do has­ta el Museo de los Bar­cos Vikin­gos, otro de los que más nos interesa­ban en el via­je. Os remi­to a otra entra­da que metí en mi blog hace tiem­po, reseñan­do el libro Ter­ri­to­rio vikingo, para acer­caros a las cos­tum­bres de estos pueb­los nórdi­cos, pero nun­ca está de más recor­dar cuál era su modo de vida. Injus­ta­mente mal­trata­dos por el paso de la His­to­ria, que les ha car­ga­do con la mala fama de bri­bones y maleantes, los vikin­gos fueron prob­a­ble­mente los mejores nave­g­antes que hayan exis­ti­do nun­ca y de ellos se cuen­ta que lle­garon a Améri­ca muchos sig­los antes de que lo hiciera Cristóbal Colón. Eran paganos y politeís­tas (solían vener­ar a dios­es que sim­boliz­a­ban las fuerzas de la Nat­u­raleza), tenían un rey, el konun­gr, que debía con­tar, como sus descen­di­entes, con la aprobación de los miem­bros más influyentes de la comu­nidad, y prin­ci­pal­mente eran nave­g­antes, campesinos, com­er­ciantes, arte­sanos, for­jadores e inclu­so esclavos (los thralls, que a difer­en­cia de los sier­vos, no tenían dere­chos legales y solían ser pri­sioneros cap­tura­dos en otras tier­ras); sin embar­go, al con­trario que en otras civ­i­liza­ciones pos­te­ri­ores, la mujer tenía un papel impor­tan­tísi­mo, ya que eran las amas y seño­ras de los hog­a­res y has­ta se las per­mitía ir a la guer­ra y divor­cia­rse (que aho­ra esos logros nos pare­cen algo nor­mal pero en aque­l­los tiem­pos eran una rareza).

Las mujeres guer­reras se conocían como skjald­mö y fueron las que inspi­raron a las valkirias: muchas de ellas inclu­so lle­garon a coman­dar bar­cos. Aunque los mat­ri­mo­nios solían acor­darse medi­ante com­pro­misos famil­iares, fueron muchos los que se casaron por amor, volvien­do a pon­er en evi­den­cia esa teoría de que los vikin­gos eran unos bár­baros sin corazón. Aunque eso no quita­ba para que tam­bién prac­ticaran la poligamia y aparte de la esposa, los hom­bres con­taran con unas cuan­tas con­cu­bi­nas, gen­eral­mente esclavas. Para los vikin­gos lo más impor­tante era la famil­ia y eran habit­uales las luchas entre ellos por motivos de ultra­jes o deshon­or. Que se rec­haz­ara a un miem­bro de la famil­ia era lo más pare­ci­do al destier­ro. Al mis­mo tiem­po, era común adop­tar a los hijos de otros miem­bros del clan, lo que for­t­alecía los lazos entre las difer­entes famil­ias.

 

Para los que somos muy fans de la cul­tura vikinga (y nosotros lo somos) la visi­ta al Museo de los Bar­cos Vikin­gos es una autén­ti­ca deli­cia. Ya sabéis que se les conoce como drakkar, que es como antigua­mente llam­a­ban los islandeses a los drag­ones, ya que los bar­cos solían con­tar con una cabeza de dragón de madera que, curiosa­mente, se desmonta­ba antes de que se echa­ran a la mar. Los drakkar se usa­ban además como bar­cos funer­ar­ios: si el jefe del clan era lo sufi­cien­te­mente impor­tante, a su muerte se le enterra­ba jun­to a su bar­co. Aunque lo de enter­rar es un decir, ya que gen­eral­mente el rito fúne­bre exigía colo­car el cadáver con su ajuar den­tro del drakkar, pren­der­le fuego y dejar que se con­sum­iera mien­tras nave­g­a­ba a la deri­va.

 

Pre­cisa­mente el drakkar más impor­tante del museo, el bar­co de Ose­berg, fue uti­liza­do como nave funer­aria. Se cal­cu­la que se con­struyó en el año 820: tiene 22 met­ros de largo y capaci­dad para 30 remeros. Aunque durante algunos años sirvió para su fun­ción orig­i­nal, la de nave­g­ar, acabó sus días como tum­ba de dos mujeres influyentes (eso es lo que se cree en un prin­ci­pio, ya que una era una anciana y la otra una mujer joven , los arqueól­o­gos no saben si algu­na de ellas no pertenecía a la nobleza y en real­i­dad pudiera ser una escla­va). Inclu­so existe la teoría de que una de ellas pudiera ser una sac­er­do­ti­sa. Den­tro del bar­co se encon­traron tres tri­neos de lujo, un car­ro (el úni­co car­ro vikingo encon­tra­do com­ple­to en el mun­do), palos con cabezas de ani­males tal­ladas, cin­co camas y los esquele­tos de quince cabal­los, seis per­ros y dos vacas.

 

El drakkar de Ose­berg

 

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El bar­co de Gok­stad se con­struyó en el año 900 y fue hal­la­do a finales del siglo XIX deba­jo de un túmu­lo de una gran­ja. Es algo may­or que el bar­co de Ose­berg (este tiene 24 met­ros de eslo­ra) y tam­bién se usó como bar­co funer­ario: el poderoso hom­bre al que acogió se cree que murió en la batal­la al haberse encon­tra­do su cadáver con mul­ti­tud de cortes en las pier­nas. Los ladrones saque­aron el bar­co-tum­ba antes de que lo encon­traran los arqueól­o­gos, por lo que no había armas ni joyas en el ajuar funer­ario, pero sí se con­ser­varon her­ra­jes, camas, uten­sil­ios de coci­na, un tri­neo y tres embar­ca­ciones más pequeñas.

 

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Las cabezas de dragón que daban nom­bre a los drakkar. En el de Ose­berg se encon­traron cin­co cabezas de ani­males tal­ladas (cua­tro se expo­nen y una esta­ba tan daña­da que se está inten­tan­do restau­rar den­tro del museo). Las cabezas de dragón no sólo se encuen­tran en los drakkar sino tam­bién en antiguas vivien­das vikingas e inclu­so en algunos tronos. Aunque no se sabe con exac­ti­tud cuál era su cometi­do, se cree que con ellas se bus­ca­ba la pro­tec­ción de los males.

 

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En el museo tam­bién se expone otro drakkar más pequeño, el bar­co de Tune, que tam­bién sirvió como pira funer­aria. Aparte, hay una exposi­ción aledaña bas­tante com­ple­ta con uten­sil­ios y her­ramien­tas uti­liza­dos por los vikin­gos. La entra­da al museo, igual que la del Norsk Folke­mu­se­um, la cubre la Oslo Pass.

 

Otro de los museos que nos encan­tó vis­i­tar fue el Museo Kon-Tiki (tam­bién entra den­tro de la Oslo Pass). Hace unos meses, cuan­do estre­naron la pelícu­la norue­ga basa­da en la expe­di­ción, ya os hablé de las haz­a­ñas del explo­rador noruego Thor Hey­er­dahl pero nun­ca está de más volver a recor­dar esa trav­es­ía míti­ca. En 1947 cin­co norue­gos y un sue­co demostraron al mun­do lo que nadie quería creerse y que era la teoría más fuerte­mente defen­di­da por Hey­erd­hal: que los pobladores pre­colom­bi­nos habrían sur­ca­do hace sig­los las fieras aguas del Pací­fi­co has­ta lle­gar a la Poli­ne­sia. Y como el movimien­to se demues­tra andan­do, con­struyeron una bal­sa idén­ti­ca a la que suponían habrían uti­liza­do aque­l­los primeros aven­tureros y se lan­zaron a la odis­ea, para muchos locu­ra, de cruzar el océano en ella. La lla­maron Kon-Tiki, como el dios del sol al que, curiosa­mente, ven­er­a­ban de idén­ti­co modo los pobladores de Poli­ne­sia y de Sudaméri­ca, uno más de los cien­tos de vín­cu­los que sus­tenta­ban su hipóte­sis.

 

Entra­da al Museo Kon-Tiki, rep­re­sen­tan­do a un moai, la típi­ca escul­tura de la isla de Pas­cua, cono­ci­da por los aborí­genes como Rapa Nui.

 

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Hey­er­dahl ganó en 1951 el Oscar al Mejor Doc­u­men­tal por la pelícu­la que filmó nar­ran­do un via­je que, evi­den­te­mente, pasó a la His­to­ria. En esta rudi­men­ta­ria bal­sa de madera que veis aquí aba­jo (y que yo me esper­a­ba más grande, parece increíble cómo lograron con­seguir su obje­ti­vo), recor­rieron más de 6.000 kilómet­ros durante casi cua­tro meses, enfren­tán­dose a tor­men­tas y tem­pes­tades, un sol abrasador, la deses­per­an­za y el ham­bre. Aún así, con­sigu­ieron lle­gar los seis vivos, aunque naufra­garon jus­to en los arrecifes que rode­a­ban una isla deshabita­da de la Poli­ne­sia, vamos, que el Kon-Tiki sufrió y ago­nizó has­ta que con­sigu­ió dejar­los a sal­vo. Poco después, fueron traslada­dos por la gole­ta Tama­ra a la isla más impor­tante de la Poli­ne­sia, Tahití.

 

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Pero el Kon-Tiki no es el úni­co bar­co que se expone en el museo. Tam­bién se encuen­tra el Ra II, con el que en 1970 Hey­er­dahl cruzó el Atlán­ti­co en este bar­co con­struí­do con papiro, para demostrar de nue­vo que los egip­cios habían pisa­do tam­bién tier­ras amer­i­canas. El explo­rador noruego ya lo había inten­ta­do con el Ra I, aunque las tor­men­tas y las malas condi­ciones en las que quedó la bar­ca le impi­dieron lle­gar a su des­ti­no. Lo con­sigu­ió en esta segun­da inten­tona: después de haber par­tido de Safi (Mar­rue­cos) y tras 57 días de nave­gación, atracó en las Islas Bar­ba­dos.

 

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Igual que en otras ciu­dades la may­or parte de los atrac­tivos se encuen­tran al aire libre (ojo, que Oslo tam­bién los tiene y los des­cubriréis más ade­lante en el rela­to), la cap­i­tal norue­ga es una ciu­dad de museos, es en ellos donde se sal­va­guar­da con mimo lo mejor de la esen­cia nórdi­ca y en mi opinión no deberías perderte ninguno de los que te recomien­do en esta entra­da de blog. Inclu­so aunque no seas mucho de museos, que sabe­mos tam­bién que no son del gus­to de todo el mun­do (a nosotros, sin embar­go, nos encan­tan y creemos que es donde más y mejor se aprende), en Oslo hay que ir a vis­i­tar­los sí o sí porque si no, te vas a perder lo mejor de su cul­tura y de su his­to­ria. Por ello insis­to en lo de hac­erte con la Oslo Pass porque le vas a sacar mucho prove­cho.

 

Seguimos pues con los museos. En este caso, el museo de Edvard Munch, el pin­tor más genial de la his­to­ria de Norue­ga. Reconoz­co que su esti­lo es muy par­tic­u­lar y no muy del agra­do de todo el mun­do. Pero nosotros somos muy fans de su obra y la visi­ta al Munch Muse­um era imperdi­ble, sobre todo tenien­do en cuen­ta que coin­cidía una exposi­ción con­jun­ta con Gus­tav Vige­land (del que hablare­mos más ade­lante). La exposi­ción sólo estará has­ta Enero, lo que suponía una ocasión úni­ca para admi­rar bajo un mis­mo techo la obra de ambos artis­tas. Hay que recor­dar que Munch y Vige­land pasaron de la amis­tad más pro­fun­da al odio más irrepara­ble, cuen­ta la leyen­da que por cul­pa de una mujer.

 

El caso es que pese a que en el museo no se encon­tra­ba “El gri­to”, la obra más céle­bre de Munch, por encon­trarse en una exposi­ción tem­po­ral en Holan­da (en cualquier caso nor­mal­mente se expone en la Galería Nacional), a nosotros la visi­ta al museo nos encan­tó. Para acced­er al museo hay unas medi­das de seguri­dad tremen­das, hay que dejar el bol­so en consigna y pasar por un escán­er (recordemos que “El Gri­to” fue roba­do en 1994 en menos de un min­u­to, aunque fue recu­per­a­do dos años después).

 

La obra de Munch estu­vo car­ac­ter­i­za­da por un cock­tail explo­si­vo: mujeres, sexo, muerte y prob­le­mas men­tales (como muchos otros genios, Munch estu­vo inter­na­do en un sana­to­rio en Dina­mar­ca). Sus pin­turas refle­jan todo ese dolor exis­ten­cial que arras­tró a lo largo de su vida, con­vir­tien­do sus obras en un uni­ver­so úni­co e inigual­able.

 

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“Ansiedad”, uno de mis cuadros favoritos de Munch. Con esta obra el artista quiso rep­re­sen­tar a los desubi­ca­dos de la sociedad, con los que él se iden­ti­fi­ca­ba, gente que cam­i­na hacia su propia muerte bajo un cielo infer­nal, negán­dose a adap­tarse a los estereoti­pos y los tiem­pos mod­er­nos.

 

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El tema de la muerte fue una con­stante en la obra de Munch: su obsesión con el más allá le venía de joven, cuan­do su her­mana Sophie murió con sólo 15 años (inclu­so hay un cuadro suyo inspi­ra­do en este hecho, “Muerte en la habitación de la enfer­ma”). Un buen ejem­p­lo es este genial “Madon­na en el cemente­rio”.

 

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Las escul­turas de Vige­land tam­bién se podían admi­rar en esta exposi­ción tem­po­ral

 

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Otra de las vis­i­tas que más nos gustó fue al Castil­lo y la For­t­aleza Aker­shus, prob­a­ble­mente la con­struc­ción más boni­ta de todo Oslo. Cuan­do Oslo fue nom­bra­da cap­i­tal de Norue­ga en 1299, el rey Hakon V ordenó la con­struc­ción de una for­t­aleza que pro­te­giera a la ciu­dad de ame­nazas exte­ri­ores y que, al mis­mo tiem­po, aco­giera un castil­lo que sirviera de res­i­den­cia a la famil­ia real. A día de hoy, y tras más de siete sig­los en pie, nun­ca ha podi­do ser toma­da por ene­mi­gos extran­jeros y ha lle­ga­do a servir de prisión (se la conocía como “la esclavería” y llegó a ten­er más de 500 reclu­sos). Actual­mente, aparte de para difer­entes even­tos diplomáti­cos, tiene en su inte­ri­or el Museo de Medio Ambi­ente, el Museo de Defen­sa y el Museo de la Resisten­cia (la exposi­ción de este últi­mo es muy intere­sante, 42 norue­gos fueron eje­cu­ta­dos entre estas pare­des por el ejérci­to alemán).

 

Aunque el castil­lo orig­i­nal no se ha con­ser­va­do com­ple­ta­mente, aún quedan algu­nas partes de la Torre de la Don­cel­la, la Torre del Canóni­go y la Torre Temer­aria. Esta de aquí aba­jo pertenece al castil­lo rena­cen­tista, la Torre Romerike.

 

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En el Mau­soleo Real se encuen­tran los sar­cófa­gos con los restos de Haakon VII, Maud de Gales, Olaf V y Mar­ta de Sue­cia

 

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En el intere­san­tísi­mo Museo de la Resisten­cia se hace un recor­ri­do por el papel de Norue­ga en la Segun­da Guer­ra Mundi­al. Norue­ga ha sido un país que se ha car­ac­ter­i­za­do por par­tic­i­par en muy pocas oca­siones en con­flic­tos béli­cos y siem­pre se ha enorgul­le­ci­do de su nat­u­raleza paci­fista. Sin embar­go, pese a que en la Segun­da Guer­ra Mundi­al Norue­ga pre­tendió seguir afer­ra­da a su neu­tral­i­dad, su posi­ción estratég­i­ca, des­de donde se podía con­tro­lar todo el Atlán­ti­co Norte, y sobre todo, su infinidad de fior­dos, que podían supon­er el mejor de los refu­gios a bar­cos, por­taaviones y sub­mari­nos, la con­virtieron en obje­to de deseo de ambos ban­dos. Tras el inci­dente de Alt­mark, cuan­do bar­cos británi­cos y ale­manes entraron en aguas norue­gas, el país se vió oblig­a­do a repel­er con escasa for­tu­na la invasión nazi ger­máni­ca, que llegó casi sin pre­vio avi­so. Los ale­manes además tenían ali­a­dos norue­gos (Vid­kun Quis­ling y su par­tido fascista), aunque a difer­en­cia de otros país­es como Polo­nia aquí se logró fre­nar la deportación de judíos norue­gos. Sin embar­go, no hay que olvi­dar el ver­gonzoso Lebens­born, un plan ter­rorí­fi­co para “fab­ricar” niños arios medi­ante la unión de sol­da­dos ale­manes y madres norue­gas rubias de ojos azules: más de 10.000 niños nacieron fru­to de estas uniones (entre ellos, la vocal­ista de ABBA Anni-Fryd Lyn­gstad). Cuan­do los ale­manes perdieron la guer­ra, la may­or parte de estos niños fueron repu­di­a­dos y acabaron en orfanatos o casas de acogi­da. Fueron las víc­ti­mas inocentes de un con­flic­to que ni siquiera entendían debido a su cor­ta edad.

 

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Fan­tás­ti­cas vis­tas del espec­tac­u­lar fior­do de Oslo

 

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El Nobel Peace Cen­ter (ya sabéis que los pre­mios son otor­ga­dos por Sue­cia y Norue­ga) ofrece un recor­ri­do por la vida y obra de los pre­mi­a­dos. Se encuen­tra en el edi­fi­cio de la antigua estación de tren y des­de su inau­gu­ración en 2005 ha recibido casi medio mil­lón de vis­i­tantes.

 

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El paseo marí­ti­mo es un lugar ide­al para pasear, sobre todo si lo coges con sol, como nos ocur­rió a nosotros. Está lleno de restau­rantes (carísi­mos, evi­ta esta zona para com­er) y es un trasiego con­tín­uo de locales y tur­is­tas.

 

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El van­guardista Museo de Arte de Astrup Fearn­ley

 

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¿Qué sería de Norue­ga sin sus adorables trolls? Esta míti­ca figu­ra del folk­lore escan­di­na­vo, un ser mági­co que pese a su apari­en­cia humana era un mon­struo camu­fla­do, ha sido uno de los per­son­ajes clave en los cuen­tos de hadas y bru­jas que los niños norue­gos leen en su infan­cia. Verás que por todo Oslo hay un mon­tón de tien­das con sou­venirs basa­dos en trolls: son la autén­ti­ca mas­co­ta norue­ga.

 

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El ayun­tamien­to de Oslo, el Rad­hus, acoge cada 10 de Diciem­bre la cer­e­mo­nia del Nobel de la Paz. En su inte­ri­or, aparte de las ofic­i­nas admin­is­tra­ti­vas, se encuen­tran galerías de arte. Es uno de los mejores expo­nentes en Norue­ga del esti­lo bru­tal­ista.

 

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La pre­ciosa Uni­ver­si­dad de Oslo

 

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La Karl Johans Gate es la prin­ci­pal calle de Oslo, la ver­sión norue­ga de nues­tra Gran Vía madrileña. Esta larguísi­ma aveni­da, llena de tien­das y restau­rantes, es la prin­ci­pal vía com­er­cial y de ocio de la cap­i­tal norue­ga. Está flan­quea­da por bel­lísi­mos edi­fi­cios como el que veis aba­jo.

 

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La Cat­e­dral de Nue­stro Sal­vador de Oslo es la más impor­tante de la ciu­dad. Es bas­tante sobria en com­para­ción con otras cat­e­drales euro­peas; sin embar­go, ha acogi­do cer­e­mo­nias impor­tan­tísi­mas como el enlace entre el príncipe heredero Haakon y Mette-Mar­it.

 

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En las calles de Oslo nos encon­tramos un curioso chirin­gui­to, La Chur­rone­ta, que ha abier­to un valen­ciano para que los norue­gos se pon­gan tibios de chur­ros españoles. En la mis­ma calle había un mon­tón de puestos donde pudi­mos hac­er­nos con Cd’s de segun­da mano.

 

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Detalle de una de las fachadas del cen­tro históri­co

 

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El edi­fi­cio de la Ópera de Oslo, con­struí­do en pleno fior­do, es bel­lísi­mo tan­to por fuera como por den­tro (aunque no entramos a ningu­na obra, sí pasamos a vis­i­tar­lo). Pre­tende emu­lar a un tém­pano de hielo que emerge del mar y está recu­bier­to de már­mol de Car­rara.

 

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El Tigre de Oslo, situ­a­do frente a la Estación Cen­tral de trenes, es un hom­e­na­je a la propia ciu­dad, ya que a Oslo se la conoce como Tiger­staden (la Ciu­dad del Tigre).

 

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Nos vamos aho­ra al que posi­ble­mente sea el rincón más boni­to de todo Oslo: el Par­que Vige­land. Con una exten­sión de 32 hec­táreas, fue crea­do a prin­ci­p­ios de siglo, pre­vio encar­go del ayun­tamien­to, por el más céle­bre escul­tor de Norue­ga, Gus­tav Vige­land. Casi 60 estat­uas rep­re­sen­tan­do difer­entes esta­dos por los que puede pasar un ser humano: quizás uno de los más cono­ci­dos es este, Father and Chil­dren.

 

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Más escul­turas del Par­que Vige­land

 

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El Mono­lit­ten, con 17 met­ros de altura y 121 fig­uras humanas entre­lazadas, es la obra cum­bre de Gus­tav Vige­land

 

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Pala­cio Real de Oslo, res­i­den­cia ofi­cial de los monar­cas de Norue­ga

 

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Cam­bio de guardia. Si os fijais, la cuar­ta por la derecha es una mujer (los norue­gos son un ejem­p­lo en lo que a igual­dad de sex­os se refiere).

 

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Pese a que las cervezas en Escan­di­navia están carísi­mas en gen­er­al, a una media de 9 euros la pin­ta, no quisi­mos dejar de tomar unas cuan­tas en el club más rockero de la ciu­dad, el Rock In. Grandísi­mo, muy cén­tri­co y con muy bue­na músi­ca.

 

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Hablan­do de músi­ca: si por algo ha sido cono­ci­da Norue­ga en los últi­mos años ha sido por ser la sede abso­lu­ta del movimien­to Black Met­al. Son miles de fans de todo el mun­do los que via­jan has­ta Norue­ga per­sigu­ien­do a las ban­das de cul­to y de hecho Oslo tiene tan asum­i­do que ha pasa­do de ser una cor­ri­ente musi­cal a un reclamo turís­ti­co que en los pro­pios fol­letos de la ciu­dad te señalan los “pun­tos calientes” del cir­cuito (como mues­tra os pon­go la foto del car­tel del fes­ti­val Infer­no que tenían a la entra­da de nue­stro hostal).

 

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A niv­el musi­cal, he de recono­cer que a mí las ban­das de Black Met­al nun­ca me han dicho demasi­a­do. Sin embar­go, siem­pre me ha atraí­do mucho el fenó­meno social que supu­so en los años 90 el auge de todos estos gru­pos de inadap­ta­dos que preg­o­na­ban el regre­so a las reli­giones paganas, el cul­to al satanis­mo y la que­ma de igle­sias cris­tianas, has­ta el pun­to de que uno de mis gatos se lla­ma Vikernes, que fue uno de los líderes del movimien­to, vocal­ista de Burzum y asesino de Eurony­mous de May­hem, su ban­da “rival”. Una sociedad como la norue­ga, pro­fun­da­mente paci­fista, se vió sacu­d­i­da de la noche a la mañana por esta hor­da de neovikin­gos que sem­braron el ter­ror en las calles de Oslo durante var­ios años. Son muchos los mitó­manos los que se acer­can a la calle Schweigaards para fotografi­arse en el lugar donde se encon­tra­ba Hel­vete, la tien­da de dis­cos de Eurony­mous donde comen­zó todo este dis­parate. Y un últi­mo apunte: si os intere­sa el tema, os recomien­do el libro “Lord of Chaos: The Bloody Rise of the Satan­ic Met­al Under­ground”, le com­pré hace años y mis paseos por Oslo me tra­jeron sus pági­nas a la cabeza más de una vez.

 

Otro apunte: tema gas­tronomía. Com­er o cenar en Oslo es carísi­mo, inclu­so aunque quieras tirar de cade­nas de comi­da ráp­i­da. Aun así, tam­bién es cuestión de saber orga­ni­zarte. Los restau­rantes asiáti­cos, por ejem­p­lo, son abun­dantes y una bue­na opción: nosotros uno de los días comi­mos en un viet­na­mi­ta fab­u­loso, Taste of Asia, y no sal­imos a más de 15 euros por per­sona; otro nos meti­mos en un japonés y nos pusi­mos has­ta arri­ba de sushi por 11 euros por comen­sal. Como no queríamos irnos sin pro­bar el salmón noruego, otra de las noches nos abastec­i­mos en el súper de al lado del hostal y lo con­ver­ti­mos en una deli­ciosa cena. Y si aún así quieres ten­er una expe­ri­en­cia difer­ente, haz como nosotros y vete una de las noches a cenar a Nilsen Spis­eri (calle Toll­buga­ta 8): es un restau­rante muy acoge­dor donde podrás pro­bar la carne de bal­lena, que es la que veis ahí aba­jo, y tam­poco resultó exce­si­va­mente caro, cen­amos por 50 euros los dos.

 

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En las calles de Oslo te puedes encon­trar escul­turas como esta, pro­movi­da por el Osvald Group, una orga­ni­zación de carác­ter comu­nista que con este mon­u­men­to pre­tendieron plas­mar de for­ma mate­r­i­al la resisten­cia norue­ga ante el ejérci­to nazi. Una resisten­cia que les lle­varía a con­ver­tirse (quien se lo iba a decir a ellos!) seten­ta años más tarde y gra­cias al des­cubrim­ien­to de enormes bal­sas de gas y petróleo en uno de los país­es más ricos del mun­do.

 

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