Puy du Fou (Francia): visitamos el mejor parque temático del mundo

Puy du Fou Francia

Pudiera pare­cer que des­cub­ri­mos el par­que Puy du Fou francés después de inau­gu­rar su fil­ial españo­la, el de Tole­do, pero no, no fue así. Llevábamos sigu­ien­do la pista al Puy du Fou de Fran­cia muchos años, des­de que hace un mon­tón de tiem­po y casi de casu­al­i­dad, me topé en un pro­gra­ma de via­jes con un doc­u­men­tal sobre este par­que. Mis ojos no daban crédi­to a lo que tenía delante. ¿De dónde había sali­do esta grandiosa mar­avil­la? Ante mí tenía un lugar inde­scriptible que cumplía los sueños de todos los que amamos esa época tan enig­máti­ca que fue la Edad Media y que nos per­mitía via­jar ocho sig­los atrás en el tiem­po. Yo tenía que ir al Puy du Fou algún día. Me lo prometí a mí mis­ma. Y con el tiem­po lo he cumpli­do.

Puy du Fou Francia

Después de Dis­ney­land París, el Puy du Fou es el par­que temáti­co más vis­i­ta­do de Fran­cia. Y es que a nue­stros veci­nos france­ses les encan­tan los par­ques y en ese aspec­to son los líderes en Europa. Des­de el Par­que Aster­ix al de El Prin­cip­i­to, Vul­ca­nia, Futur­o­scope, el par­que Spirou o Marineland, por todo el país galo podemos encon­trarnos par­ques de todo tipo y con un gran denom­i­nador común: el din­er­al que se ha inver­tido en su con­struc­ción. En el caso del Puy du Fou (y suponemos que en el de los demás tam­bién) el gas­to se com­pen­sa con cre­ces: 2,2 mil­lones de vis­i­tantes anuales.

El par­que se lev­an­tó en un bosque de 50 hec­táreas cer­ca del castil­lo en ruinas del que toma nom­bre, Puy du Fou. Fue amplián­dose poco a poco, cre­an­do escue­las en las que se for­ma pro­fe­sion­al­mente a los artis­tas que actúan en los espec­tácu­los y ren­ován­dose con­tin­u­a­mente; es algo en lo que tam­bién se insiste en el de Tole­do, que los espec­tácu­los actuales del español, una media doce­na, “son sólo el prin­ci­pio”. En el de Fran­cia, nosotros inclu­so yen­do dos días com­ple­tos, nos dejamos alguno de los menores sin ver porque lit­eral­mente no te da tiem­po a todo.

¿Mi con­se­jo? Que vayas primero al Puy du Fou de Tole­do y luego al de Fran­cia. Porque si no lo haces así, te ase­guro que el español te va a pare­cer poca cosa (que no lo es) y es una pena que no lo apre­cies en su jus­ta medi­da.

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Cómo lle­gar

Puy du Fou se encuen­tra un poco per­di­do en medio de la nada (conc­re­ta­mente en la comu­na de Les Épess­es y a él se puede acced­er por la autopista A87) pero no exce­si­va­mente lejos de grandes ciu­dades como Poitiers, Angers o Nantes (poco más de una hora de trayec­to). Si vienes en coche, como fue nue­stro caso, lo tienes fácil ya que hay var­ios aparcamien­tos y todos son gra­tu­itos (tam­bién hay park­ings para auto­car­a­vanas).

Eso sí, si quieres entrar nada más abrir las puer­tas a las 09:30 (que es lo que te recomien­do), ven con tiem­po de sobra porque espe­cial­mente los fines de sem­ana se mon­tan atas­cos para acced­er. Si vienes en trans­porte públi­co, el par­que ofrece ser­vi­cios de lan­zadera des­de el aerop­uer­to de Nantes (159 euros i/v) y des­de la estación de tren de Angers (33,80 euros), ambos pre­via reser­va.

Dónde dormir

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Eso va a depen­der mucho de los gus­tos y pref­er­en­cias de cada uno. Nosotros, que somos muy inde­pen­di­entes, prefe­r­i­mos alquilar en Airbnb esta casa que esta­ba a 25 kilómet­ros, en un pueblo lla­ma­do Chav­agnes-les-Redoux. La recomen­damos total­mente. Es grandísi­ma, situ­a­da en un lugar más tran­qui­lo imposi­ble (como que desayunábamos con las vacas pas­tan­do en la parcela de al lado), tenía un jardín inmen­so y todo tipo de como­di­dades (WiFi, lavado­ra, lavava­jil­las). Los dueños son un mat­ri­mo­nio de ancianos mar­avil­losos que aunque sólo hablan francés, se vol­caron con nosotros, qué encan­to de pare­ja. Además, viv­en en la casa de enfrente, por si nece­si­tas cualquier cosa.

La casa, aparte de darnos la posi­bil­i­dad de desayu­nar / cenar tran­quil­a­mente a nues­tra bola, nos sal­ió bas­tante mejor de pre­cio que los hote­les del Puy du Fou. Pag­amos por tres noches 363 euros. Tenien­do en cuen­ta que íbamos dos pare­jas, salíamos a 30 euros por per­sona y noche. El hotel más bara­to del Puy du Fou cobra, como mín­i­mo, el doble. Es ver­dad que a cam­bio estás jus­to al lado del par­que pero en mi opinión eso tam­bién te limi­ta a la hora de que has de com­er en restau­rantes más caros que los que hay en los alrede­dores. En cualquier caso, en este link puedes ver las opciones de alo­jamien­to que ofrece el par­que. Yo insis­to que en nue­stro caso quedamos muy con­tentos de haber opta­do por la opción de casa par­tic­u­lar.

Visi­ta a Puy du Fou

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Lo primero y más impor­tante: inten­ta adquirir las entradas en la pági­na ofi­cial del Puy du Fou (está en castel­lano) con mucha antelación (var­ios meses), espe­cial­mente si vienes en ple­na tem­po­ra­da alta (mes de Agos­to), ya que espe­cial­mente las del espec­tácu­lo noc­turno se agotan pues éste sólo se rep­re­sen­ta los viernes y sába­dos; de hecho, pudi­mos com­pro­bar que pese a que el recin­to donde se hacía La Cinéscénie era inmen­so, no había ni una buta­ca libre.

Debéis de ten­er en cuen­ta que hay tres tipos de entradas: la del par­que (a par­tir de 39 euros / día), la del espec­tácu­lo noc­turno La Cinéscénie (a par­tir de 29 euros) o la entra­da con­jun­ta (64 euros / día). Nosotros adqui­r­i­mos la de par­que + espec­tácu­lo + menú el viernes y sólo la del par­que el sába­do. En total, la visi­ta com­ple­ta sal­ió por unos 100 euros por per­sona.

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Descár­gate en la web de Puy du Fou la apli­cación del par­que. Es muy, muy útil. Sobre todo porque los espec­tácu­los, obvi­a­mente, se rep­re­sen­tan en francés, idioma que en mi caso no domi­no más allá de decir bon­jour, mer­ci y s’il vous plait. Con la app puedes conec­tarte a la WiFi del par­que (que va bas­tante bien) y que te vayan tra­ducien­do al castel­lano los diál­o­gos y el rela­to del nar­rador. Esto es muy útil sobre todo en el espec­tácu­lo noc­turno, que es larguísi­mo y se te puede hac­er si no algo abur­ri­do. Además, es impor­tante cono­cer el con­tex­to históri­co en el que se lle­van a cabo los espec­tácu­los para enten­der­los mejor.

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Con­clusión: ¿dos días o uno? Dos. Sin ningún atis­bo de duda. Si te vas a gas­tar una pas­ta en venir y vas a ver el par­que a la mitad… mejor no ven­gas. Es mate­rial­mente imposi­ble, por mucho que cor­ras y te quieras orga­ni­zar, ver todos los espec­tácu­los en una sola jor­na­da, sobre todo porque aunque algunos son con­tin­u­os, otros (los más grandes) sólo se rep­re­sen­tan cua­tro o cin­co veces diarias. Inclu­so aclaro que nosotros yen­do dos días, dejamos alguno de los menos impor­tantes sin asi­s­tir porque lit­eral­mente no nos daba la vida. El par­que es enorme, nada que ver con otros par­ques de atrac­ciones que hayas vis­to antes, y hay que añadir que si quieres coger sitio, has de estar mín­i­mo media hora antes, en espe­cial en los espec­tácu­los más impor­tantes.

 

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Nada más entrar, coge uno de los mapas (que hay en var­ios idiomas) para hac­erte una idea gen­er­al de cómo es el recin­to y dónde se desar­rol­la cada espec­tácu­lo. Dicho mapa tam­bién lo puedes ver en la app del par­que. E inclu­so en esta app vas tachan­do los espec­tácu­los que ya has vis­to. En cualquier caso, a lo ancho y largo del par­que com­pro­barás que hay mapas por todos sitios para que sepas cómo moverte.

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Hay que ten­er en cuen­ta que un par­que que lle­va abier­to 40 años tiene ya todo muy roda­do. Y eso es un ben­efi­cio para el vis­i­tante. Com­parán­do­lo con el de Tole­do, el Puy du Fou francés es un oasis ya que se con­struyó en una zona muy boscosa y si hay algo que sobra son árboles. A lo mejor en otra época del año no se nota tan­to pero os ase­guro que en pleno Agos­to lo de ten­er som­bra y ban­cos para sen­tarte es una ben­di­ción.

Al mis­mo tiem­po, uno de los pocos fal­los que vimos en el Puy du Fou es que pese a la can­ti­dad de árboles que hay dis­em­i­na­dos por todo el área, lo común es esper­ar en la puer­ta de entra­da a los espec­tácu­los sin una lona o tol­do que pro­te­ja del sol (¡y pre­cisa­mente en áreas sin árboles!) Hablam­os de esperas cuya media era de trein­ta min­u­tos a 35º de tem­per­atu­ra y con muchas famil­ias con ancianos, niños pequeños y bebés. No entien­do muy bien cómo este prob­le­ma, tan fácil­mente solu­cionable, no se tiene en cuen­ta. Había mucha gente pasán­do­lo real­mente mal en esas condi­ciones, por mucho gor­ro que lleves y cre­ma solar que te embadurne.

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Has­ta los cuar­tos de baño están inte­gra­dos con el ambi­ente medieval

 

Dónde com­er

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Aunque al par­que se puede acced­er con comi­da y bebi­da (nosotros echamos en las mochi­las botel­las de agua y unos paque­tes de gal­letas bre­t­onas), os recomien­do que aprovechéis para com­er en el par­que ya que, con­trari­a­mente a lo que esperábamos, los pre­cios no nos parecieron despro­por­ciona­dos en abso­lu­to. Por ello es un poco ton­tería que vayáis car­ga­dos como mulas, ya que además algo que nos sor­prendió para bien es el hecho de que los menús eran de bue­na cal­i­dad, no las típi­cas piz­zas gomosas y guar­rindon­gas que sue­len ofre­cer en este tipo de recin­tos.

Hay una bue­na can­ti­dad de restau­rantes y puestos de comi­das para ele­gir (nosotros has­ta nos atre­vi­mos con un cubo enorme de chur­ros, riquísi­mos, por cier­to). Tienes la opción de com­er sobre la mar­cha (eso sí, asume que en muchos pueste­cil­los suele haber bas­tante cola) o reser­var pre­vi­a­mente mesa a través de la apli­cación, ya con menú cer­ra­do. Hacién­do­lo de esta for­ma no sólo te ase­guras ten­er sitio sino que además te hacen un 20% de des­cuen­to en el pre­cio. Nosotros uno de los días reser­va­mos en restau­rante (ahí aba­jo detal­lo el menú, muy bueno) y el segun­do comi­mos unas ham­bur­gue­sas con patatas.

Puy du Fou Francia
Foto: Puy du Fou Fran­cia

Nues­tra elec­ción uno de los días fue el restau­rante La Mijo­terie du Roy Hen­ry. El menú (ha de hac­erse con reser­va) costa­ba 19,50 euros por per­sona e incluía:

ENTRANTES (alter­nan­do 4)

Que­so de cabra a las finas hier­bas y saltea­do de ver­duras

Macar­rones al pesto, tar­tar de tomate, pimien­tos y pimien­tos de piquil­lo

Jamón ser­ra­no cor­ta­do en chif­fon­nade, brotes de lechuga y cebol­la con­fi­ta­da

Mil­ho­ja de tape­nade, tartare de tomate y ensal­a­da de cereales

Ensal­a­da de pata­ta con atún y aceitu­nas

Dúo de melón y sandía

PLATOS (alter­nan­do 3)

Pol­lo a la vas­ca con arroz

Bran­da­da de bacalao

Salmón asa­do, cal­abacín con pere­jil, chori­zo y sal­sa vir­gen

Salchicha con pimien­to de Espelette, panc­eta y judías blan­cas

Mor­cil­la acom­paña­da de patatas aplas­tadas y pata­ta asa­da

Jamonci­tos de pato con patatas con pere­jil

POSTRES (alter­nan­do 4)

Cre­moso de cabra y men­di­ants

Arroz con leche

Mousse de choco­late

Que­so blan­co con mer­me­la­da de fru­tas

Postre de albari­coque con cre­ma de pis­ta­cho

Mace­do­nia de fru­ta fres­ca

Restau­rantes como Le Café de la Made­lon (inspi­ra­do en un cabaret del siglo XX y con números musi­cales) o L’Auberge (el más refi­na­do de todos, con menús que ron­dan los 40 euros) son de los más solic­i­ta­dos, por lo que acon­se­jo mejor reser­var. Exis­ten difer­entes opciones, como buf­fet libre o menú  La comi­da está estu­pendísi­ma, os lo ase­guro (y tam­poco es demasi­a­do cara, unos 20 euros por comen­sal). La dec­o­ración, como veis en la fotografía, es fab­u­losa ¡te sen­tirás en una taber­na de la Edad Media! 

 

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Espec­tácu­los

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Les Vikings

Sabi­en­do la pasión que sien­to por la cul­tura vikinga, es lógi­co que este espec­tácu­lo estu­viera lla­ma­do a con­ver­tirse en mi favorito del Puy du Fou. Son unos cuan­tos los artícu­los que he ded­i­ca­do a mis via­jes por los país­es escan­di­navos y a libros tan apa­sio­n­antes como “Ter­ri­to­rio Vikingo” de Manuel Velas­co (aprove­cho tam­bién para recomen­daros otros libro de lo más intere­sante, “Los vikin­gos: el ter­ror de Europa”), por no hablar de que ¡efec­ti­va­mente! “Vikin­gos”, basa­da en la vida del rey nórdi­co (per­son­aje real, que con­ste) Rag­nar Lod­brok, es una de mis series favoritas. Así que enten­deréis que cuan­do me vi allí sen­ta­da en las gradas, jun­to a otros 3000 espec­ta­dores ¡me encon­tra­ba real­mente emo­ciona­da!.

Fran­cia parece vivir una relación de amor-odio con el pueblo vikingo. Por un lado, en las venas de muchos france­ses corre san­gre de los nor­man­dos, descen­di­entes de vikin­gos que se asen­taron en el norte del país a par­tir del siglo IX. Pero antes de dicha fecha las incur­siones de los vikin­gos, y sus fero­ces saque­os aso­ci­a­dos, habían sido con­tin­uas en nue­stro país veci­no. Comen­zaron arrasan­do Nantes, tras una expe­di­ción de más de sesen­ta drakkars por el Loira, y con­tin­uaron por infinidad de pueb­los y ciu­dades galos, lle­gan­do has­ta el mis­mo París (que con­sigu­ierona sitiar durante un año entero) e inclu­so ofre­cién­dose como mer­ce­nar­ios a las tropas france­sas en sus luchas con­tra otras naciones euro­peas. 

El éxi­to de los vikin­gos en sus con­tien­das por el Viejo Con­ti­nente, más allá de los fríos ter­ri­to­rios nórdi­cos, tiene más méri­to si cabe si ten­emos en cuen­ta que no eran sol­da­dos pro­fe­sion­ales, sino agricul­tores y ganaderos que no tenían ningún prob­le­ma en cam­biar la aza­da por las lan­zas y los cuchil­los. Sus incur­siones son fiel­mente rep­re­sen­tadas en este espec­tácu­lo, mostran­do una de sus tác­ti­cas béli­cas más cono­ci­das (la mural­la de escu­d­os) o la grandiosi­dad de sus bar­cos (que se conocían como drakkar o långskip, “bar­co largo”). Sus luchas se lim­ita­ban a ríos, lagos o, como mucho, aguas cer­canas a la cos­ta, ya que este tipo de navíos eran muy difí­ciles de con­tro­lar en alta mar.

El caso es que los respon­s­ables han sabido recrear mar­avil­losa­mente lo que suponía un ataque vikingo a una pequeña aldea gala. Luchas a pie o a cabal­lo, lla­ma­radas, un drakkar surgien­do del río… 26 min­u­tos de autén­ti­ca adren­a­li­na ¡coño qué bien lo pasamos!

 

Le Signe du Tri­om­phe

En cuan­to a grandiosi­dad, este es el espec­tácu­lo que se lle­va la pal­ma: un anfiteatro romano con­stru­i­do a tamaño nat­ur­al que provo­ca mur­mul­los de admiración de los vis­i­tantes cuan­do se ven ante él. Recomien­do que sea el primero de los espec­tácu­los al que asis­tas ya que aquí las colas son tremen­das. Es impor­tante tam­bién ten­er en cuen­ta en qué parte de las gradas te sien­tas ya que, al igual que se hacía antigua­mente, se extien­den unos tol­dos para pro­por­cionar som­bra a los espec­ta­dores pero depen­di­en­do a la hora del día que vayas y donde se sitúe el sol, puede que te toque estar la media hora que dura el espec­tácu­lo sudan­do la gota gor­da.

Además, es uno de esos espec­tácu­los que va de menos a más. Al prin­ci­pio, para ir calen­tan­do motores, los actores ani­man a par­tic­i­par al públi­co cre­an­do dos ban­dos fic­ti­cios que se abuchean uno a otro. Después, la cosa se va ani­man­do con peleas de glad­i­adores y car­reras de cuadri­gas. Todo muy a lo grande y súper diver­tido.

 

Mous­que­taire de Riche­lieu

“Eran uno, dos y tres…” Seguro que más de uno al leer esta frase os ha venido a la cabeza aque­l­la mar­avil­losa serie de dibu­jos ani­ma­dos, “D’Ar­tacán y los tres mosqueper­ros”, que adapt­a­ba para niños la famosa nov­ela de Ale­jan­dro Dumas y que de paso, muy acer­tada­mente, nos acer­ca­ba a esa figu­ra tan “france­sa” que eran los mos­queteros. Los mos­queteros forma­ban parte en el siglo XVII de un cuer­po de élite, la guardia real, al que era muy difí­cil acced­er y al que en un prin­ci­pio sólo deja­ban entrar a miem­bros de la más alta nobleza. 

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La figu­ra del mos­quetero es cono­ci­da a niv­el mundi­al pero para nue­stros veci­nos france­ses, rep­re­sen­ta en sí mis­ma la esen­cia de a lo que todo galo aspi­ra; la valen­tía, el sen­ti­do de la jus­ti­cia y la inteligen­cia, un tres en uno que ha de ir envuel­to en el mejor paño imag­in­able, el de la ele­gan­cia. Mien­tras se espera el estreno en la pri­mav­era del 2023 de una nue­va pelícu­la sobre los mos­queteros (al pare­cer con un pre­supuesto abso­lu­ta­mente excep­cional), en el Puy du Fou sigue sien­do uno de los números estrel­las y de hecho a mí es que más me gustó de todos los que vimos de inte­ri­or. Sim­u­lan­do un teatro del siglo XVII y con vis­tosas peleas entre espadachines y los mos­queteros del Car­de­nal Riche­lieu, los bailes fla­men­cos sobre el agua le dan el toque defin­i­ti­vo. Una genial­i­dad.

 

Le Secret de la Lance

Esta­mos a mitad del siglo XIV, en pleno ini­cio de la Guer­ra de los Cien Años. El esce­nario es un inmen­so castil­lo donde se que­da sola la pas­to­ra Mar­guerite, encar­ga­da de des­cubrir los secre­tos de una lan­za mág­i­ca. Sin esper­ar­lo, será la pro­tag­o­nista de unos aparatosos com­bat­es con lla­ma­radas, per­se­cu­ciones, escal­adas de mural­las y múlti­ples mal­abaris­mos. Uno de los espec­tácu­los más con­segui­dos y un aplau­so para el recin­to, anchísi­mo y con unas dimen­siones ide­ales para pres­en­ciar el show des­de cualquier pun­to. 

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Le Pre­mier Roy­aume

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Retro­cedamos has­ta el siglo XV para aden­trarnos en las andan­zas del rey Clodoveo, sober­a­no fran­co, quien se encon­tró ante una Galia despedaza­da por el Impe­rio Romano y en la que con­vivían pueb­los muy difer­entes entre sí. Una época tur­bu­len­ta en la que los ritos paganos de los pueb­los nórdi­cos se enfrenta­ban a los primeros cole­ta­zos del cris­tian­is­mo. Los dec­o­ra­dos son alu­ci­nantes: en algunos de ellos crees, lit­eral­mente, encon­trarte bajo el agua, en otros los sonidos (¡y has­ta los olores!) te trans­portarán a un mun­do que data de hace mil quinien­tos años. Un paseo inmer­si­vo por una de las eta­pas más apa­sio­n­antes (y con­vul­sas) de la His­to­ria de Fran­cia.

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Le Dernier Panache

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Otro de los espec­tácu­los inte­ri­ores más impre­sio­n­antes, con esce­nar­ios que se van super­ponien­do mien­tras las buta­cas de los espec­ta­dores se van movien­do. Para los que ante­ri­or­mente ya habíamos vivi­do la expe­ri­en­cia en España con “El últi­mo can­tar”, quizás aquí el fac­tor sor­pre­sa desa­parece. Aunque mat­ice­mos que la his­to­ria, evi­den­te­mente, es total­mente difer­ente (en esta ocasión la vida de un ofi­cial de la mari­na france­sa en el año 1793) y que sigue impre­sio­n­an­do lo de verte en unas gradas movi­bles que te per­miten pres­en­ciar los shows con un ángu­lo de 360 gra­dos y admi­rarse antes los difer­entes esce­nar­ios, seis conc­re­ta­mente, en todo su esplen­dor.

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Les Cheva­liers de la Table Ronde

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¿Quién no ha oído hablar de los Caballeros de la Mesa Redon­da? Eran unos de los pro­tag­o­nistas prin­ci­pales de las leyen­das de Bre­taña, esas que alaba­ban al rey Arturo (un monar­ca que nun­ca exis­tió pero al que se pre­senta­ba como el gob­er­nante ide­al) y su míti­ca espa­da Excal­ibur y nos relata­ban los poderosos encan­tamien­tos lle­va­dos a cabo por el mago más famoso de todos los tiem­pos, Mer­lín. A lo mejor los críos de aho­ra no están tan famil­iar­iza­dos con estas his­to­rias de caballeros, reyes y prince­sas pero en mi infan­cia nos hicieron soñar a una gen­eración entera con bosques encan­ta­dos.

El espec­tácu­lo es cor­to, ape­nas 17 min­u­tos, pero os ase­guro que es de los más diver­tidos y, como en algún otro, el agua vuelve a ser la ver­dadera pro­tag­o­nista: el número de la sire­na (mi ser mitológi­co favorito has­ta el pun­to de que lle­vo una tat­u­a­da) me pare­ció de los mejores de toda la jor­na­da.

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Le Mys­tére de la Pérouse

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Este fue el segun­do espec­tácu­lo al que entramos tras el de los romanos y me recordó muchísi­mo al “Allende la mar oceana” de Tole­do. A fin de cuen­tas, el planteamien­to es casi idén­ti­co, sumer­girnos en las entrañas de un bar­co. Si en España se record­a­ban las expe­di­ciones envi­adas a Améri­ca, el Nue­vo Mun­do, en este caso nos vamos rum­bo a alta mar sin des­ti­no cono­ci­do (Alas­ka o el Cabo de Hornos) para exper­i­men­tar en nues­tras carnes lo que era la durísi­ma vida en un navío en el siglo XVIII. Meses y meses sin pis­ar tier­ra y enfren­tán­dose a las dev­as­ta­do­ras tor­men­tas del fer­oz océano Atlán­ti­co.

Al igual que nos ocur­rió en el navío de Tole­do, sal­imos real­mente impacta­dos con la veraci­dad que otor­ga al show la var­iedad de efec­tos espe­ciales. Des­de el olor a pólvo­ra a estancias cor­roí­das por el moho y la humedad, habita­ciones con­ge­ladas donde baja un mon­tón la tem­per­atu­ra, el sonido de las olas gol­pe­an­do el exte­ri­or… todo ello ameniza­do por actores que te ayu­dan a meterte aún más en la his­to­ria.

 

Les Amoureux de Ver­dun

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Este es uno de los espec­tácu­los que recomen­daría no mostrar a niños demasi­a­do pequeños, fácil­mente impre­sion­ables. Y es que la his­to­ria de Fran­cia, como la de tan­tos otros país­es, ha esta­do salpic­a­da por capí­tu­los tris­te­mente san­gri­en­tos. Dos de ellos fueron ambas guer­ras mundi­ales. En este caso, recre­an la Primera lleván­donos a las entrañas de una trinchera donde, pese a la bar­barie que se vive ahí fuera, se inten­ta man­ten­er intac­to den­tro de lo que cabe el espíritu navideño. Algo bas­tante difí­cil en un ambi­ente tan hos­til, con com­pañeros agon­i­zan­do y el sonido de las bom­bas. La ambi­entación es bru­tal. Sales con los pelos de pun­ta.

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Les Auto­mates Musi­ciens y Le Bourg 1900

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Puy du Fou Francia

Es, sin duda, uno de los rin­cones más entrañables del par­que. Es el Burg 1900, recreación de un pre­cioso pueblo de prin­ci­p­ios del siglo XX. Aquí nos trasladamos a la glo­riosa Belle Epoque, eta­pa dora­da en la que Fran­cia y espe­cial­mente París se con­virtieron en el ombli­go del mun­do. Sofisti­cación y ele­gan­cia se unen a músi­ca y diver­sión en esta acoge­do­ra placita que pre­side un car­rousel clási­co. Alrede­dor, difer­entes establec­imien­tos como tien­das de sou­venirs (carísi­mos) o cafeterías en los que has­ta los pro­pios depen­di­entes van dis­fraza­dos de época.

Puy du Fou Francia

Aprox­i­mada­mente siete veces al día se lle­va a cabo uno de los espec­tácu­los que más gus­ta a grandes y pequeños, el de los músi­cos autó­matas. Un guardia rur­al, impeca­ble­mente atavi­a­do, hace el avi­so “¡aler­ta a la población!”, para con­gre­gar a los pre­sentes bajo las ven­tanas donde estos pre­ciosos muñe­cos se aso­man hacien­do sonar sus instru­men­tos.

 

Le Grand Car­il­lon

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Otra de las per­las del par­que es este car­il­lón gigan­tesco de 16 met­ros de altura. Siete veces al día se pone en fun­cionamien­to, ayu­da­do por mar­i­one­tas humanas, actores y actri­ces que delei­tan al públi­co con pirue­tas y cabri­o­las al rit­mo de músi­ca del Renacimien­to.

 

La Cité Médié­vale

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Algo que me encan­tó del Puy du Fou es lo fieles que se han man­tenido a cómo se hacían las cosas antaño. Por dicho moti­vo, no sólo se han recrea­do difer­entes espa­cios como esta aldea medieval sino que en ella tam­bién podrás dis­fru­tar del espec­tácu­lo que es ver tra­ba­jan­do a her­reros, panaderos, carpin­teros, cos­tur­eras, per­fumis­tas o joy­eras con her­ramien­tas que ya se usa­ban hace sete­cien­tos años. Además, muchos de los pro­duc­tos que elab­o­ran están de ven­ta al públi­co, como jabones arte­sanales o jar­ras de vidrio.

 

Le Vil­lage XVIIIÉME

Otro pueblo recrea­do, en este caso del siglo XVIII, con idíli­cos jar­dines y gran­jas. Entre riachue­los y pra­dos, se encuen­tran tam­bién algunos de los mejores restau­rantes del recin­to.

Le Village XVIIIÉME

 

Le Monde Imag­i­naire de la Fontaine

Puy du Fou Francia

Este es otro de los rin­cones más boni­tos del par­que (e ide­al para escapar del calor en ver­a­no). Entre arboledas nos sumergi­mos en el mun­do de fan­tasía de las fábu­las, en muchas oca­siones pro­tag­on­i­zadas por ani­males. Estat­uas que hablan y parpadean rodeadas de pavos reales.

 

Le Fort de L’An Mil

Puy du Fou Francia

Acon­se­jo darse un paseo por esta aldea jus­to nada más acabar de ver el espec­tácu­lo de los vikin­gos, ya que es el com­ple­men­to per­fec­to. Otro de los lugares donde podremos ver a los for­jadores tra­ba­jan­do el hier­ro can­dente entre chozas con techo de paja.

 

La Cinéscénie

france map flag and eiffel tower 3718051 Vector Art at Vecteezy

Hay gente que viene al par­que y, sin embar­go, se pierde el espec­tácu­lo prin­ci­pal sim­ple­mente porque hay que pagar­lo aparte y es el últi­mo de la noche. Allá cada cual pero en mi opinión es una caga­da de campe­ona­to. Aunque cueste creer­lo sien­do este el mon­ta­je orig­i­nal, he de recono­cer que me gustó aún muchísi­mo más “El sueño de Tole­do” (¡y ya es decir!). pero esta­mos hablan­do del may­or espec­tácu­lo noc­turno del mun­do, con 2550 actores y 28000 tra­jes de época. Y gradas para acoger a 12.000 espec­ta­dores (por supuesto, esta­ba sold out meses antes). Como para perdérse­lo.

Un comen­tario impre­scindible: aunque vayas en ver­a­no, estás en medio del cam­po, en el cen­tro de Fran­cia y a las diez de la noche. Por lo tan­to, llé­vate una cha­que­ta, y si es gordi­ta, mejor. El espec­tácu­lo dura una hora y media y se te puede hac­er eter­no si estás muer­to de frío y enci­ma sin poder moverte.

Cen­trán­donos en el espec­tácu­lo en sí, este es el ori­gen abso­lu­to del Puy du Fou. Se comen­zó a rep­re­sen­tar en el año 1978, por aquel entonces con “sólo” 600 actores. Y tuvo tan­to éxi­to que once años después, en 1989, se inau­guró el par­que propi­a­mente dicho. Pero con­trari­a­mente a lo que mucha gente cree, primero vino el espec­tácu­lo noc­turno, La Cinéscénie, y después el pro­pio Puy du Fou.

LA CINÉSCÉNIE

Durante 90 min­u­tos vas a vivir un espec­tácu­lo mar­avil­loso. Recor­rien­do la his­to­ria de Fran­cia des­de la Edad Media has­ta la Segun­da Guer­ra Mundi­al (ojo a conec­tar el tra­duc­tor de la apli­cación, que si no, no te vas a enter­ar dena­da), revivire­mos algunos de los momen­tos que mar­caron el des­ti­no galo, como la propia Rev­olu­ción, así, con mayús­cu­las. Todo vis­to des­de los ojos de un niño, al que un via­jante le va rela­tan­do la vida de sus antepasa­dos des­de hace 700 años.

Fue­gos arti­fi­ciales, batal­las, proyec­ciones en 3D, core­ografías espec­tac­u­lares, todo plan­i­fi­ca­do al milímetro y con la expe­ri­en­cia acu­mu­la­da de casi 45 años de rep­re­senta­ciones. Un espec­tácu­lo visu­al inde­scriptible y broche de oro para un fin de sem­ana abso­lu­ta­mente inolvid­able.

 


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