Islas tranquilas y poco visitadas de Grecia

Vista panorámica de una tranquila isla griega con casas blancas, mar turquesa y flores de colores en primer plano.

Islas tranquilas y poco visitadas de Grecia

Gre­cia tiene más de doscien­tas islas habitadas y var­ios miles de islotes repar­tidos por el mar Egeo y el mar Jóni­co. Sin embar­go, cuan­do alguien planea un via­je suele acabar miran­do siem­pre los mis­mos nom­bres: San­tori­ni, Mykonos, Cre­ta o Rodas. Es lógi­co, porque son des­ti­nos bien conec­ta­dos, fáciles de orga­ni­zar y con muchísi­ma infor­ma­ción disponible. El prob­le­ma es que esa Gre­cia pop­u­lar y fotografi­a­da has­ta la saciedad rep­re­sen­ta solo una pequeña parte del mun­do insu­lar griego.

Existe otra Gre­cia mucho más silen­ciosa que ape­nas aparece en las guías con­ven­cionales. Son islas pequeñas o medi­anas donde todavía se puede cam­i­nar sin cruzarse con mul­ti­tudes, donde las playas no están llenas de filas de som­bril­las y donde las noches siguen sien­do oscuras y tran­quilas. Lugares donde los pescadores siguen salien­do al amanecer y donde las con­ver­sa­ciones en las taber­nas son casi siem­pre en griego, no en inglés.

Durante décadas, muchas de estas islas quedaron fuera de los grandes cir­cuitos turís­ti­cos sim­ple­mente porque era com­pli­ca­do lle­gar has­ta ellas. Algu­nas no tenían aerop­uer­to, otras solo recibían fer­ris unos pocos días por sem­ana y muchas carecían de infraestruc­turas mod­er­nas. Hoy muchas de esas difi­cul­tades han desa­pare­ci­do pero aun así siguen sien­do des­ti­nos rel­a­ti­va­mente poco cono­ci­dos. En parte porque requieren algo más de plan­i­fi­cación, en parte porque no tienen grandes hote­les y en parte porque nun­ca se han pro­mo­ciona­do como des­ti­nos de moda.

En los últi­mos años, además, el tur­is­mo en Gre­cia ha cam­bi­a­do mucho. Algu­nas islas muy famosas han alcan­za­do nive­les de sat­u­ración que hace veinte años parecían impens­ables. En San­tori­ni hay días en los que coin­ci­den var­ios cruceros y miles de vis­i­tantes recor­ren al mis­mo tiem­po las calles estre­chas de Oia. Mykonos se ha trans­for­ma­do en un des­ti­no de lujo y fies­ta donde los pre­cios pueden ser más altos que en muchas ciu­dades euro­peas. Inclu­so lugares que antes eran rel­a­ti­va­mente tran­qui­los, como Paros o Nax­os, empiezan a recibir cada vez más vis­i­tantes.

Este crec­imien­to ha hecho que muchos via­jeros empiecen a mirar hacia otras islas menos cono­ci­das, bus­can­do lo que antes era fácil encon­trar en casi cualquier rincón de Gre­cia: silen­cio, paisajes intac­tos y un rit­mo de vida rela­ja­do. Sin embar­go, todavía hay muchas islas que per­manecen sor­pren­den­te­mente al mar­gen de ese interés cre­ciente.

Lo que tienen en común estos lugares no es nece­sari­a­mente la espec­tac­u­lar­i­dad —aunque muchos son pre­ciosos— sino la sen­sación de equi­lib­rio. El tur­is­mo existe pero no dom­i­na com­ple­ta­mente la vida local. Hay vis­i­tantes en ver­a­no pero no en can­ti­dades que trans­for­men por com­ple­to el carác­ter del lugar. Todavía es posi­ble encon­trar alo­jamien­tos famil­iares, playas donde siem­pre hay sitio y pueb­los donde la vida con­tinúa con nat­u­ral­i­dad.

Via­jar a estas islas no sig­nifi­ca nece­sari­a­mente renun­ciar a la como­di­dad. La may­oría cuen­tan con buenos alo­jamien­tos, restau­rantes agrad­ables y conex­iones razon­ables. Pero sí impli­ca acep­tar otro rit­mo. Los fer­ris pueden ser menos fre­cuentes, algu­nas car­reteras más lentas y la ofer­ta noc­tur­na más lim­i­ta­da. A cam­bio, se obtiene algo que cada vez escasea más en el Mediter­rá­neo: la sen­sación de estar en un lugar que no ha sido dis­eña­do exclu­si­va­mente para el tur­is­mo.

Tam­bién son islas donde el tiem­po parece orga­ni­zarse de otra man­era. El día empieza tem­pra­no con la luz inten­sa del mar Egeo, se ralen­ti­za durante las horas de calor y vuelve a ani­marse al caer la tarde, cuan­do la gente sale a pasear y las taber­nas encien­den las luces. Son des­ti­nos que invi­tan a hac­er pocas cosas y a hac­er­las despa­cio: nadar, cam­i­nar, leer, com­er bien y mirar el hor­i­zonte.

Otra ven­ta­ja de estas islas es que muchas siguen tenien­do pre­cios razon­ables. Mien­tras que en algunos des­ti­nos famosos el alo­jamien­to en ver­a­no puede resul­tar caro, en muchas islas menos cono­ci­das todavía es posi­ble encon­trar habita­ciones sen­cil­las o pequeños aparta­men­tos a pre­cios acce­si­bles. Com­er en una taber­na local suele seguir sien­do bara­to y los gas­tos diar­ios son bas­tante con­tenidos.

Pero quizá el may­or atrac­ti­vo de estas islas sea algo más difí­cil de definir: la sen­sación de aut­en­ti­ci­dad. No en el sen­ti­do arti­fi­cial que a veces uti­liza el mar­ket­ing turís­ti­co, sino en el más sim­ple. Son lugares donde la vida local sigue sien­do vis­i­ble, donde los pueb­los no pare­cen dec­o­ra­dos y donde el vis­i­tante se siente más invi­ta­do que con­sum­i­dor.

En este artícu­lo recor­re­mos algu­nas de las islas más tran­quilas y menos vis­i­tadas de Gre­cia. No son nece­sari­a­mente las más descono­ci­das pero sí algu­nas de las que mejor con­ser­van ese equi­lib­rio entre belleza, cal­ma y vida real. Islas donde todavía es posi­ble imag­i­nar cómo era via­jar por Gre­cia antes de que el tur­is­mo masi­vo lo trans­for­mara todo.


Koufonisia: pequeñas islas de ritmo lento

Kou­fon­isia es uno de esos lugares que pare­cen dis­eña­dos para olvi­dar el reloj. El archip­iéla­go está for­ma­do prin­ci­pal­mente por dos islas: Ano Kou­fon­isi, la úni­ca habita­da de for­ma per­ma­nente, y Kato Kou­fon­isi, prác­ti­ca­mente desier­ta. Jun­tas for­man uno de los des­ti­nos más pequeños y tran­qui­los de las Cícladas, un lugar donde todo gira alrede­dor del mar y donde la vida se desar­rol­la a una escala muy humana.

Ano Kou­fon­isi es dimin­u­ta. Ape­nas tiene unos pocos cien­tos de habi­tantes y una super­fi­cie tan reduci­da que es posi­ble cruzarla a pie sin esfuer­zo. Esto hace que la expe­ri­en­cia sea muy difer­ente a la de otras islas grie­gas más grandes. Aquí no hay car­reteras impor­tantes ni largas dis­tan­cias que recor­rer. El tamaño de la isla hace que casi nadie alquile coche. No ten­dría sen­ti­do. Algu­nas per­sonas alquilan bici­cle­tas pero inclu­so eso es opcional. Cam­i­nar es la for­ma nat­ur­al de moverse por Kou­fon­isia, y hac­er­lo per­mite des­cubrir rin­cones que se pasarían por alto des­de un vehícu­lo. La may­oría de los vis­i­tantes pasan los días cam­i­nan­do de playa en playa, parán­dose cuan­do encuen­tran un lugar que les gus­ta y con­tin­uan­do después sin prisa. 

Una de las primeras cosas que sor­prende al lle­gar es el puer­to. Es pequeño, sen­cil­lo y muy autén­ti­co. No hay ter­mi­nales mod­er­nas ni grandes insta­la­ciones, solo algunos bar­cos pes­queros, fer­ris que lle­gan varias veces por sem­ana y pequeñas embar­ca­ciones que trans­portan vis­i­tantes a las playas cer­canas o a Kato Kou­fon­isi. Por la mañana se ven pescadores preparan­do las redes y por la tarde el ambi­ente se vuelve más ani­ma­do, cuan­do la gente vuelve del mar y empieza a llenarse las ter­razas.

Uno de los may­ores atrac­tivos de Kou­fon­isia son sus playas. El agua tiene un col­or turque­sa muy inten­so y una trans­paren­cia que recuer­da a des­ti­nos mucho más lejanos. Lo mejor es que muchas de estas playas están conec­tadas por un camino cos­tero que per­mite recor­rer bue­na parte de la isla jun­to al mar.

Vista aérea de Koufonisia con bahía de aguas turquesa, pequeñas barcas y casas blancas junto al mar.

Finikas Beach suele ser una de las primeras paradas salien­do del puer­to. Es una playa agrad­able, con are­na fina y agua muy clara. A par­tir de ahí el camino con­tinúa hacia Ital­i­da, tam­bién cono­ci­da como Pla­tia Poun­ta, una playa amplia y abier­ta donde siem­pre parece haber espa­cio sufi­ciente inclu­so en ver­a­no. Más lejos está Pori Beach, prob­a­ble­mente la más espec­tac­u­lar de la isla. Es una playa más abier­ta al mar, con un paisaje amplio y una sen­sación de espa­cio que resul­ta muy agrad­able. A pesar de ser cono­ci­da, rara­mente se siente masi­fi­ca­da.

Otro de los plac­eres de Kou­fon­isia es la sen­cillez de la vida cotid­i­ana. No hay grandes atrac­ciones ni mon­u­men­tos impor­tantes pero eso no se echa de menos. El plan suele repe­tirse día tras día sin resul­tar abur­ri­do: desayuno tran­qui­lo, paseo has­ta algu­na playa, baño largo en el mar, comi­da sen­cil­la y regre­so al puer­to al atarde­cer. Por la tarde, la luz empieza a suavizarse y el pequeño paseo del puer­to se con­vierte en el cen­tro de la vida social. La gente cam­i­na sin prisa, se sien­ta a tomar algo o se reúne para cenar. Las taber­nas sue­len ser sen­cil­las, con pesca­do fres­co y platos tradi­cionales. Com­er miran­do al mar es parte de la expe­ri­en­cia.

Uno de los may­ores encan­tos del archip­iéla­go es Kato Kou­fon­isi. Esta segun­da isla está deshabita­da y se visi­ta nor­mal­mente en pequeñas embar­ca­ciones que salen des­de Ano Kou­fon­isi. Pasar el día allí es una expe­ri­en­cia com­ple­ta­mente difer­ente. No hay pueb­los ni hote­les, solo algu­nas playas sal­va­jes y una pequeña taber­na que abre durante la tem­po­ra­da alta. Kato Kou­fon­isi trans­mite una sen­sación de ais­lamien­to muy espe­cial. Inclu­so cuan­do hay vis­i­tantes, el paisaje sigue pare­cien­do vacío. El mar suele ser increíble­mente claro y el silen­cio resul­ta sor­pren­dente.

A pesar de su tran­quil­i­dad, Kou­fon­isia no es una isla difí­cil de vis­i­tar. Se puede lle­gar en fer­ry des­de el puer­to del Pireo o des­de otras islas de las Cícladas como Nax­os, Paros o Amor­gos. Esto per­mite com­bi­na­rla fácil­mente con otros des­ti­nos. Sin embar­go, pre­cisa­mente porque es pequeña, con­viene reser­var alo­jamien­to con antelación si se via­ja en ver­a­no. La ofer­ta no es muy grande y las habita­ciones pueden llenarse con facil­i­dad.

Amorgos: la isla salvaje

Amor­gos es una de esas islas que sor­pren­den des­de el primer momen­to. A difer­en­cia de muchas otras islas de las Cícladas, donde el paisaje suele ser suave y lumi­noso, Amor­gos tiene un carác­ter mucho más áspero y dramáti­co. Es una isla larga y mon­tañosa, con car­reteras que ser­pen­tean entre laderas rocosas y miradores des­de los que el mar parece infini­to. Aquí el paisaje no es amable en el sen­ti­do con­ven­cional pero pre­cisa­mente por eso resul­ta inolvid­able.

Quizá Amor­gos no sea la isla más fácil ni la más cómo­da, y tal vez esa sea una de las razones por las que sigue sien­do rel­a­ti­va­mente tran­quila. No es un des­ti­no pen­sa­do para tur­is­mo rápi­do. Lle­gar requiere tiem­po y algo de plan­i­fi­cación, nor­mal­mente com­bi­nan­do fer­ry des­de el Pireo o des­de otras islas como Nax­os o San­tori­ni. Sin embar­go, ese pequeño esfuer­zo fun­ciona como fil­tro nat­ur­al: quienes lle­gan sue­len ser via­jeros que bus­can algo más que playas boni­tas.

Una de las primeras impre­siones al recor­rer Amor­gos es la sen­sación de espa­cio. Las mon­tañas dom­i­nan el paisaje y cre­an un relieve abrup­to que sep­a­ra pueb­los y playas. Las dis­tan­cias no son enormes pero las car­reteras estre­chas y sin­u­osas hacen que los trayec­tos se alarguen. Esto obliga a via­jar despa­cio, lo que enca­ja per­fec­ta­mente con el espíritu de la isla.

La cap­i­tal, Cho­ra, es uno de los pueb­los más boni­tos de las Cícladas. Está situ­a­da en el inte­ri­or, pro­te­gi­da históri­ca­mente de los ataques piratas que durante sig­los ame­nazaron las islas del Egeo. Sus calles estre­chas y empe­dradas for­man un pequeño laber­in­to de casas blan­cas, bal­cones con flo­res y plazas tran­quilas. A difer­en­cia de otros pueb­los famosos, aquí todavía se res­pi­ra una vida cotid­i­ana bas­tante autén­ti­ca.

Casa blanca tradicional en Amorgos con vistas a una bahía de aguas azules y montañas en una isla tranquila de Grecia.

Pasear por Cho­ra al atarde­cer es una de las expe­ri­en­cias más agrad­ables de Amor­gos. La luz se vuelve más suave, las calles empiezan a ani­marse y las ter­razas se llenan poco a poco. No hay grandes mul­ti­tudes ni colas para cenar, solo un ambi­ente tran­qui­lo que invi­ta a quedarse. Pero si hay un lugar que define la isla es el monas­te­rio de Pana­gia Hozovi­o­tis­sa. Con­stru­i­do en el siglo XI y lit­eral­mente incrus­ta­do en un acan­ti­la­do ver­ti­cal, es uno de los mon­u­men­tos más impre­sio­n­antes de Gre­cia. Des­de la dis­tan­cia parece una línea blan­ca pega­da a la roca, sus­pendi­da sobre el mar. Lle­gar has­ta el monas­te­rio requiere subir una larga escali­na­ta bajo el sol, pero el esfuer­zo merece la pena. Des­de arri­ba se obtiene una vista espec­tac­u­lar del mar Egeo, con un azul tan inten­so que parece irre­al. En el inte­ri­or, los mon­jes sue­len ofre­cer un pequeño vaso de licor y un dulce a los vis­i­tantes, una tradi­ción sen­cil­la que refle­ja el carác­ter hos­pi­ta­lario del lugar.

Las playas de Amor­gos son muy difer­entes entre sí pero casi todas tienen en común un aspec­to algo sal­va­je. Muchas son de gui­jar­ros en lugar de are­na y algu­nas requieren cam­i­nar o con­ducir por caminos estre­chos para lle­gar. A cam­bio, ofre­cen una sen­sación de ais­lamien­to difí­cil de encon­trar en otros des­ti­nos.

Agia Anna es prob­a­ble­mente la playa más famosa, en parte porque apare­ció en la pelícu­la El gran azul. No es una playa con­ven­cional, sino una zona rocosa des­de la que mucha gente se lan­za al agua. El paisaje es espec­tac­u­lar y el mar suele ser increíble­mente claro. Mouros es otra de las playas más intere­santes. Está rodea­da de acan­ti­la­dos y tiene pequeñas cuevas mari­nas donde se puede nadar. El acce­so impli­ca bajar un camino emp­ina­do pero eso ayu­da a que nun­ca esté demasi­a­do llena. Kalotari­tis­sa, en el extremo sur de la isla, ofrece un paisaje difer­ente, más abier­to y tran­qui­lo. Es un buen lugar para pasar el día con cal­ma, lejos de cualquier sen­sación de prisa.

Uno de los aspec­tos más atrac­tivos de Amor­gos es su red de senderos. Durante sig­los, estos caminos fueron la úni­ca for­ma de comu­ni­cación entre pueb­los. Hoy per­miten recor­rer la isla a pie y des­cubrir paisajes que no se ven des­de la car­retera. Cam­i­nar por Amor­gos es una expe­ri­en­cia muy espe­cial, sobre todo en pri­mav­era y otoño, cuan­do el calor es más suave.

Folegandros: belleza sin multitudes

Fole­gan­dros es una de esas islas que sor­pren­den por su equi­lib­rio. Tiene paisajes espec­tac­u­lares, pueb­los pre­ciosos y un ambi­ente rela­ja­do pero sin el exce­so de vis­i­tantes que car­ac­ter­i­za a otros des­ti­nos cer­canos. Está situ­a­da en las Cícladas, rel­a­ti­va­mente cer­ca de San­tori­ni y Milos, pero parece pertenecer a un mun­do dis­tin­to, más tran­qui­lo y menos apresura­do.

A primera vista, Fole­gan­dros puede recor­dar a San­tori­ni por sus acan­ti­la­dos y sus pueb­los blan­cos col­ga­dos sobre el mar. Sin embar­go, la com­para­ción ter­mi­na ahí. Donde San­tori­ni es bul­li­ciosa y sat­u­ra­da, Fole­gan­dros mantiene una escala mucho más humana. No hay cruceros gigantes ni calles des­bor­dadas de gente. La isla tiene tur­is­mo, espe­cial­mente en ver­a­no, pero sigue sien­do un lugar donde resul­ta fácil encon­trar momen­tos de cal­ma.

El puer­to de Kar­avosta­sis es la puer­ta de entra­da a la isla. Es pequeño y sen­cil­lo, con algu­nas taber­nas y alo­jamien­tos cer­ca del mar. Muchos via­jeros se alo­jan aquí por la prox­im­i­dad a las playas, aunque el ver­dadero corazón de la isla está unos kilómet­ros más arri­ba.

Vista aérea de Chora en Folegandros con casas blancas sobre el acantilado y la iglesia de Panagia en la cima frente al mar Egeo.

La cap­i­tal, Cho­ra, es uno de los pueb­los más boni­tos de las Cícladas y uno de los grandes motivos para vis­i­tar Fole­gan­dros. Está con­stru­i­da sobre una mese­ta ele­va­da y con­ser­va un traza­do medieval que todavía se percibe en sus calles estre­chas y empe­dradas. Las casas blan­cas, las buganvil­las y las pequeñas plazas cre­an un ambi­ente muy armo­nioso.

Lo más car­ac­terís­ti­co de Cho­ra son sus plazas suce­si­vas. A medi­da que se avan­za por el pueblo apare­cen pequeños espa­cios abier­tos con árboles que dan som­bra y ban­cos donde sen­tarse. Durante el día el ambi­ente es tran­qui­lo, casi silen­cioso, pero al caer la tarde las ter­razas empiezan a llenarse y la vida social se con­cen­tra en estas plazas.

Uno de los paseos más boni­tos de Fole­gan­dros es el camino que lle­va has­ta la igle­sia de Pana­gia, situ­a­da en lo alto de una col­i­na sobre Cho­ra. El sendero zigzaguea entre muros de piedra y ofrece vis­tas cada vez más amplias del mar y del pueblo. Subir al atarde­cer es casi una tradi­ción. La luz cam­bia lenta­mente y el paisaje adquiere tonos dora­dos que hacen el momen­to espe­cial­mente mem­o­rable.

Las playas de Fole­gan­dros son bas­tante difer­entes a las de otras islas grie­gas. No abun­dan las grandes exten­siones de are­na y muchas calas están rodeadas de acan­ti­la­do. Esto limi­ta el número de vis­i­tantes y con­tribuye a man­ten­er la tran­quil­i­dad.

Agali Beach es una de las más cono­ci­das y acce­si­bles. Tiene un entorno boni­to y suele ser un buen pun­to de par­ti­da para explo­rar otras calas cer­canas. Des­de aquí salen pequeñas embar­ca­ciones que recor­ren la cos­ta y per­miten lle­gar a playas más ais­ladas. Kater­go es prob­a­ble­mente la playa más espec­tac­u­lar de la isla. Solo se puede alcan­zar en bar­co o cam­i­nan­do durante bas­tante tiem­po, lo que hace que nun­ca esté demasi­a­do con­cur­ri­da. El paisaje es sal­va­je, con pare­des de roca que caen direc­ta­mente hacia el mar y un agua de una clar­i­dad impre­sio­n­ante. Liva­di y Agios Niko­laos son playas más fáciles de alcan­zar y agrad­ables para pasar el día con cal­ma. Aunque reciben vis­i­tantes, rara vez dan sen­sación de sat­u­ración.

Una de las razones por las que Fole­gan­dros sigue sien­do tran­quila es que no tiene aerop­uer­to. Esto limi­ta el número de vis­i­tantes y hace que el tur­is­mo sea más pau­sa­do. La may­oría de los via­jeros lle­gan en fer­ry des­de Ate­nas o des­de otras islas de las Cícladas como San­tori­ni, Milos o Paros. 

Otro aspec­to que ayu­da a preser­var el carác­ter de la isla es la ausen­cia de grandes com­ple­jos hotele­ros. La may­oría de los alo­jamien­tos son pequeños hote­les famil­iares o aparta­men­tos sen­cil­los. Esto hace que el tur­is­mo ten­ga una escala mod­er­a­da y que la isla con­serve su per­son­al­i­dad.

Ikaria: la isla donde nadie tiene prisa

Ikaria es una de las islas más pecu­liares de Gre­cia y prob­a­ble­mente una de las más difer­entes de las que sue­len apare­cer en las guías. No es una isla espe­cial­mente boni­ta en el sen­ti­do clási­co de las Cícladas, con pueb­los blan­cos per­fec­ta­mente orde­na­dos y paisajes fotogéni­cos, pero tiene una per­son­al­i­dad tan mar­ca­da que muchos via­jeros ter­mi­nan recordán­dola como uno de los lugares más autén­ti­cos que han vis­i­ta­do en Gre­cia.

Está situ­a­da en el este del mar Egeo, rel­a­ti­va­mente cer­ca de la cos­ta de Turquía, y su geografía es mon­tañosa y sal­va­je. Des­de el mar, Ikaria aparece como una larga masa de mon­tañas que se ele­van abrup­ta­mente, con pueb­los dis­per­sos y car­reteras que se adap­tan al relieve en lugar de dom­i­narlo. Es una isla grande en com­para­ción con otras más cono­ci­das, lo que hace que las dis­tan­cias sean con­sid­er­ables y que el tur­is­mo se dis­tribuya sin con­cen­trarse en un solo pun­to.

Ikaria se ha hecho famosa en los últi­mos años por ser una de las lla­madas zonas azules, lugares donde la esper­an­za de vida es espe­cial­mente alta. Se han escrito libros y repor­ta­jes sobre la longev­i­dad de sus habi­tantes, atribuyén­dola a la dieta mediter­ránea, al ejer­ci­cio cotid­i­ano o a la vida comu­ni­taria. Pero más allá de estos estu­dios, lo que real­mente lla­ma la aten­ción es la for­ma de vivir de la gente.

Pueblo costero de Ikaria con casas blancas, barcas en el puerto y aguas turquesa en una isla tranquila de Grecia.

Aquí el tiem­po parece ten­er otra medi­da. No es raro que una taber­na abra más tarde de lo pre­vis­to o que la comi­da se pro­longue durante horas. Nadie parece espe­cial­mente pre­ocu­pa­do por la pun­tu­al­i­dad. Las con­ver­sa­ciones son largas, los salu­dos se alargan y las activi­dades diarias se desar­rol­lan con una cal­ma que puede resul­tar descon­cer­tante al prin­ci­pio. Este rit­mo lento no es una estrate­gia turís­ti­ca ni una for­ma de vida bus­ca­da, sino algo nat­ur­al. Muchos vis­i­tantes ter­mi­nan adap­tán­dose casi sin darse cuen­ta. Después de unos días, la sen­sación de urgen­cia que traen de casa empieza a desa­pare­cer.

Uno de los cen­tros prin­ci­pales de la isla es Agios Kirykos, pequeña cap­i­tal situ­a­da jun­to al mar. Tiene un puer­to tran­qui­lo, algu­nas taber­nas y alo­jamien­tos sen­cil­los. Es un buen pun­to de par­ti­da para explo­rar la isla, aunque no es espe­cial­mente ani­ma­do.

Muchos via­jeros pre­fieren alo­jarse en Armenis­tis o en las zonas cer­canas a la cos­ta norte, donde hay algu­nas de las playas más agrad­ables. Armenis­tis tiene un ambi­ente rela­ja­do, con bares sen­cil­los y taber­nas frente al mar. Es uno de los pocos lugares donde se percibe algo pare­ci­do a vida noc­tur­na, aunque siem­pre en un tono muy tran­qui­lo.

Las playas de Ikaria son amplias y poco con­cur­ri­das. Algu­nas son largas exten­siones de are­na o gui­jar­ros donde resul­ta fácil encon­trar espa­cio inclu­so en pleno ver­a­no. Otras son pequeñas calas más ais­ladas que requieren cam­i­nar o con­ducir por car­reteras secun­darias.

Sey­chelles Beach es prob­a­ble­mente la más famosa. Su nom­bre puede resul­tar exager­a­do pero el col­or del agua y las for­ma­ciones rocosas blan­cas cre­an un paisaje muy lla­ma­ti­vo. El acce­so impli­ca bajar un sendero emp­ina­do, lo que limi­ta el número de vis­i­tantes y mantiene cier­ta tran­quil­i­dad. Nas Beach es otra de las más cono­ci­das, situ­a­da cer­ca de Armenis­tis. Está en la desem­bo­cadu­ra de un pequeño valle donde antigua­mente existía un tem­p­lo ded­i­ca­do a Artemisa. Al atarde­cer, la luz sobre el mar crea un ambi­ente muy espe­cial. Mes­sak­ti Beach es más abier­ta y acce­si­ble, con un paisaje amplio donde suele soplar algo de vien­to. Es un buen lugar para pasar el día sin com­pli­ca­ciones.

Ikaria tam­bién tiene algo que no es habit­u­al en las islas grie­gas: zonas rel­a­ti­va­mente verdes. En algunos valles cre­cen árboles y pequeñas huer­tas, y hay fuentes de agua dulce que ali­men­tan el paisaje. Esta pres­en­cia de veg­etación da a la isla un carác­ter difer­ente al de las Cícladas más secas y ári­das.

Uno de los aspec­tos más intere­santes de Ikaria son sus fies­tas tradi­cionales, cono­ci­das como pani­giria. Durante el ver­a­no se cel­e­bran en dis­tin­tos pueb­los y reú­nen a habi­tantes y vis­i­tantes en cel­e­bra­ciones que pueden durar toda la noche. Hay músi­ca en direc­to, comi­da sen­cil­la y vino local. No son even­tos orga­ni­za­dos para tur­is­tas, sino reuniones comu­ni­tarias donde cualquiera puede par­tic­i­par.

Kythira: la isla olvidada

Kythi­ra es una de esas islas que casi nadie incluye en su primer via­je a Gre­cia. No está en las rutas más habit­uales ni for­ma parte de los itin­er­ar­ios clási­cos por las Cícladas o el Dode­cane­so. Se encuen­tra entre el Pelo­pone­so y Cre­ta, en una posi­ción algo ais­la­da que la ha man­tenido durante mucho tiem­po al mar­gen del tur­is­mo masi­vo. Quizá por eso con­ser­va una per­son­al­i­dad muy espe­cial, difer­ente a la de muchas otras islas grie­gas.

A pesar de pertenecer admin­is­tra­ti­va­mente a las Islas Jóni­cas, Kythi­ra se parece más a un cruce entre el mun­do jóni­co y el egeo. Tiene zonas secas y rocosas típi­cas del sur pero tam­bién áreas rel­a­ti­va­mente verdes, pequeños valles y bar­ran­cos donde cre­cen árboles y apare­cen fuentes de agua. Este con­traste le da un carác­ter vari­a­do que no siem­pre se encuen­tra en islas de tamaño sim­i­lar.

Lle­gar a Kythi­ra ya trans­mite una sen­sación dis­tin­ta. No es un des­ti­no al que se llegue por casu­al­i­dad. Se puede volar des­de Ate­nas o tomar un fer­ry des­de el Pelo­pone­so o des­de Cre­ta pero en cualquier caso el via­je requiere algo de plan­i­fi­cación. Esa pequeña difi­cul­tad ha ayu­da­do a man­ten­er el tur­is­mo en nive­les mod­er­a­dos, inclu­so en ver­a­no.

Vista aérea de una playa de Kythira con aguas turquesa, pequeño puerto y pueblo costero en una isla tranquila de Grecia.

Una de las primeras cosas que sor­pren­den es el rit­mo tran­qui­lo de la isla. No hay grandes con­cen­tra­ciones de vis­i­tantes ni zonas sat­u­radas. Los pueb­los están dis­per­sos y la activi­dad turís­ti­ca se reparte sin crear pun­tos de aglom­eración. Esto per­mite moverse con cal­ma y encon­trar lugares donde ape­nas hay gente inclu­so en tem­po­ra­da alta.

La cap­i­tal históri­ca es Cho­ra, un pequeño pueblo con­stru­i­do sobre una col­i­na que dom­i­na el mar. Des­de lejos se ve el castil­lo vene­ciano que pro­tege el pueblo y que durante sig­los fue el prin­ci­pal pun­to defen­si­vo de la isla. Pasear por Cho­ra es recor­rer calles estre­chas y tran­quilas donde el blan­co de las casas con­trasta con el azul inten­so del hor­i­zonte. Des­de el castil­lo se obtiene una vista amplia de la cos­ta y del paisaje inte­ri­or. Es un buen lugar para enten­der la geografía de la isla, con sus col­i­nas suaves, sus bar­ran­cos y sus pequeñas zonas cul­ti­vadas. 

Otro pueblo intere­sante es Mylopota­mos, situ­a­do en una zona más verde de la isla. Es un lugar tran­qui­lo, con casas tradi­cionales y plazas pequeñas donde la vida cotid­i­ana sigue su cur­so sin demasi­a­da influ­en­cia turís­ti­ca. Des­de aquí se puede cam­i­nar has­ta algu­nas de las cas­cadas más cono­ci­das de Kythi­ra: las de Fonis­sa son uno de los rin­cones más ines­per­a­dos de la isla. En un entorno de veg­etación den­sa y roca húme­da, el agua cae for­man­do pequeñas pisci­nas nat­u­rales. No es un paisaje típi­co de Gre­cia, lo que hace que la visi­ta resulte aún más sor­pren­dente. En pri­mav­era y a prin­ci­p­ios de ver­a­no el agua suele ser abun­dante, mien­tras que en pleno ver­a­no puede reducirse bas­tante.

Las playas de Kythi­ra son muy vari­adas y uno de los grandes atrac­tivos de la isla. Algu­nas son largas y abier­tas, otras pequeñas calas escon­di­das entre acan­ti­la­dos. Lo mejor es que muchas per­manecen tran­quilas inclu­so en agos­to.

Kala­di Beach es prob­a­ble­mente la más cono­ci­da. Está for­ma­da por varias pequeñas calas sep­a­radas por for­ma­ciones rocosas y el agua suele ser muy clara. El acce­so impli­ca bajar bas­tantes escalones, lo que reduce la can­ti­dad de vis­i­tantes. Fyri Ammos es una playa más amplia, con un paisaje abier­to y tran­qui­lo. Es un buen lugar para pasar el día sin com­pli­ca­ciones. El col­or roji­zo de la are­na y las rocas crea un paisaje dis­tin­to al de otras playas grie­gas.

Lipsi: diminuta y tranquila

Lip­si es una de las islas más pequeñas habitadas del mar Egeo y prob­a­ble­mente una de las más tran­quilas que se pueden vis­i­tar en Gre­cia sin sen­tirse com­ple­ta­mente ais­la­do. For­ma parte del archip­iéla­go del Dode­cane­so, entre Pat­mos y Leros, y tiene ape­nas unos pocos cien­tos de habi­tantes per­ma­nentes. Es un lugar donde todo sucede a pequeña escala y donde la vida gira alrede­dor del puer­to y del mar.

La primera impre­sión al lle­gar es la sen­cillez. El fer­ry entra lenta­mente en una pequeña bahía pro­te­gi­da y deja a los pasajeros frente a un puer­to dimin­u­to donde todo parece cer­cano: las casas, las taber­nas, los pequeños hote­les y las tien­das bási­cas. No hay grandes insta­la­ciones ni trá­fi­co inten­so. En pocos min­u­tos uno tiene la sen­sación de cono­cer el lugar.

El pueblo prin­ci­pal, tam­bién lla­ma­do Lip­si, es prác­ti­ca­mente la úni­ca población impor­tante de la isla. Está for­ma­do por casas bajas de col­ores claros, calles tran­quilas y algu­nas plazas donde la gente se reúne al caer la tarde. Es un lugar donde todavía se percibe clara­mente la vida local: pescadores que arreglan redes, veci­nos que con­ver­san en las ter­razas y niños jugan­do cer­ca del puer­to.

Puerto de Lipsi en Grecia con barcas de pescadores y casas blancas junto a una iglesia de cúpula azul en una isla tranquila del Dodecaneso.

A difer­en­cia de otras islas más turís­ti­cas, aquí no hay paseos marí­ti­mos ele­gantes ni zonas com­er­ciales dis­eñadas para vis­i­tantes. El ambi­ente es sen­cil­lo y autén­ti­co. La may­oría de los alo­jamien­tos son pequeños hote­les famil­iares o aparta­men­tos modestos, muchos de ellos ges­tion­a­dos por los pro­pios habi­tantes.

Una de las grandes ven­ta­jas de Lip­si es su tamaño. La isla es lo bas­tante pequeña como para recor­rerla con facil­i­dad pero lo sufi­cien­te­mente grande como para ofre­cer var­iedad de playas y paisajes. Muchas per­sonas alquilan bici­cle­ta o moto, aunque tam­bién es posi­ble moverse cam­i­nan­do si se tiene tiem­po.

Las playas son el prin­ci­pal atrac­ti­vo de Lip­si. El agua suele ser increíble­mente clara y tran­quila, con tonos que van del azul inten­so al turque­sa. Lo mejor es que muchas de estas playas per­manecen poco con­cur­ri­das inclu­so en pleno ver­a­no.

Platis Gia­los es una de las playas más agrad­ables y abier­tas. Tiene un entorno amplio y tran­qui­lo donde resul­ta fácil pasar horas sin hac­er nada más que nadar y des­cansar. El paisaje es sen­cil­lo, sin grandes con­struc­ciones, lo que con­tribuye a la sen­sación de ais­lamien­to. Kam­bos Beach es otra playa pop­u­lar pero rela­ja­da, con aguas poco pro­fun­das y muy claras. Es un lugar cómo­do para pasar el día sin com­pli­ca­ciones. Tourkom­n­i­ma es una playa más pequeña y aparta­da, ide­al para quienes bus­can un ambi­ente espe­cial­mente tran­qui­lo. En algunos momen­tos del día puede pare­cer com­ple­ta­mente vacía.

En real­i­dad, parte del encan­to de Lip­si con­siste en des­cubrir pequeñas calas sin nom­bre donde deten­erse a nadar. La cos­ta tiene numerosos rin­cones acce­si­bles por caminos o car­reteras secun­darias, y explo­rar sin un plan fijo suele dar buenos resul­ta­dos.

Astypalea: la mariposa del Egeo

Astyp­alea es una de las islas más ele­gantes y menos cono­ci­das del mar Egeo, un lugar que com­bi­na la estéti­ca blan­ca y lumi­nosa de las Cícladas con el carác­ter más tran­qui­lo del Dode­cane­so. Situ­a­da entre ambos archip­iéla­gos, ocu­pa una posi­ción algo ais­la­da que ha con­tribui­do a man­ten­er­la rel­a­ti­va­mente poco vis­i­ta­da, inclu­so en los meses de ver­a­no.

Vista des­de el aire o des­de el mar, Astyp­alea tiene una for­ma muy car­ac­terís­ti­ca que recuer­da a una mari­posa. Dos grandes zonas mon­tañosas están unidas por un estre­cho ist­mo de tier­ra, cre­an­do un paisaje muy par­tic­u­lar. Este relieve hace que la isla ten­ga dos ambi­entes difer­entes: zonas abier­tas y suaves cer­ca del ist­mo y áreas más sal­va­jes y mon­tañosas hacia los extremos.

A pesar de su belleza, Astyp­alea nun­ca ha sido un des­ti­no de masas. No recibe grandes cruceros ni tiene la fama inter­na­cional de otras islas grie­gas. Esto hace que el ambi­ente sea tran­qui­lo inclu­so en tem­po­ra­da alta y que el vis­i­tante pue­da moverse sin la sen­sación de estar sigu­ien­do una ruta turís­ti­ca demasi­a­do mar­ca­da.

Molinos blancos tradicionales en Astypalea junto a una calle empedrada y casas blancas en una isla tranquila de Grecia.

El corazón de la isla es Cho­ra, la cap­i­tal, que se encuen­tra sobre una col­i­na dom­i­nan­do el puer­to. Es uno de los pueb­los más fotogéni­cos de Gre­cia y, sin embar­go, con­ser­va un ambi­ente sor­pren­den­te­mente rela­ja­do. Des­de lejos se ve el castil­lo  coro­nan­do la cima, rodea­do por un con­jun­to com­pacto de casas blan­cas que descien­den hacia el mar. El castil­lo, con­stru­i­do por los vene­cianos en la Edad Media, sigue sien­do el ele­men­to más vis­i­ble del paisaje. Sus mural­las dom­i­nan la isla y ofre­cen vis­tas amplias del mar Egeo y de los pueb­los cer­canos. Pasear has­ta lo alto per­mite enten­der la dis­posi­ción de Astyp­alea y apre­ciar la tran­quil­i­dad del entorno.

Las calles de Cho­ra for­man un pequeño laber­in­to de escaleras, bal­cones y patios blan­cos. No hay grandes tien­das ni tur­is­mo exce­si­vo. La may­oría de las ter­razas son pequeñas y el ambi­ente resul­ta tran­qui­lo inclu­so cuan­do hay vis­i­tantes. Por la noche, las luces ilu­mi­nan las casas y el castil­lo cre­an­do una ima­gen muy her­mosa pero sin el rui­do ni la agitación de otros des­ti­nos más famosos.

Karpathos: la Grecia de antes

Karpathos es una de las islas más grandes y menos cono­ci­das de Gre­cia, situ­a­da entre Cre­ta y Rodas, en una zona del mar Egeo que durante mucho tiem­po quedó al mar­gen de las rutas turís­ti­cas más pop­u­lares. A pesar de su tamaño y de la belleza de sus paisajes, sigue sien­do un des­ti­no rel­a­ti­va­mente tran­qui­lo en com­para­ción con otras islas del Dode­cane­so, algo que la con­vierte en un lugar muy intere­sante para quienes bus­can una Gre­cia menos trans­for­ma­da por el tur­is­mo.

Karpathos es una isla mon­tañosa y alarga­da, con una geografía bas­tante abrup­ta. Des­de el mar se ve como una suce­sión de mon­tañas que caen hacia la cos­ta for­man­do acan­ti­la­dos, pequeñas calas y playas abier­tas al vien­to. Es un paisaje algo áspero, muy difer­ente al de las islas más suaves y orde­nadas de las Cícladas. Aquí la nat­u­raleza tiene un carác­ter más fuerte y menos domes­ti­ca­do.

Puerto de Karpathos con casas blancas junto al mar, barcas de pesca y aguas turquesa en una isla poco visitada de Grecia.

Una de las razones por las que Karpathos sigue sien­do rel­a­ti­va­mente poco vis­i­ta­da es su situación geográ­fi­ca. Está bas­tante lejos de Ate­nas y no suele for­mar parte de los itin­er­ar­ios clási­cos entre islas. Aunque tiene aerop­uer­to y recibe vue­los en ver­a­no, el tur­is­mo sigue sien­do mod­er­a­do y bas­tante repar­tido por el ter­ri­to­rio, sin grandes con­cen­tra­ciones.

La cap­i­tal mod­er­na es Piga­dia, situ­a­da en la cos­ta sureste. Es el prin­ci­pal núcleo turís­ti­co de la isla, con hote­les, restau­rantes y ser­vi­cios. Aun así, inclu­so en ver­a­no mantiene un ambi­ente bas­tante tran­qui­lo en com­para­ción con des­ti­nos más famosos. El paseo jun­to al mar es agrad­able y suele ani­marse por la noche, cuan­do la gente sale a cenar o a dar un paseo.

Pero el ver­dadero carác­ter de Karpathos se percibe sobre todo fuera de Piga­dia, en los pueb­los del inte­ri­or y del norte de la isla. Allí la vida sigue un rit­mo mucho más tradi­cional y el vis­i­tante tiene la sen­sación de encon­trarse en un lugar que ha cam­bi­a­do poco con el paso del tiem­po.

El pueblo más famoso de Karpathos es Olym­pos, situ­a­do en el norte de la isla. Durante sig­los estu­vo prác­ti­ca­mente ais­la­do por las mon­tañas, lo que per­mi­tió con­ser­var tradi­ciones muy antiguas. Todavía hoy es uno de los lugares más sin­gu­lares de Gre­cia. Olym­pos está con­stru­i­do sobre una ladera emp­ina­da, con casas que pare­cen apo­yarse unas sobre otras sigu­ien­do la pen­di­ente. Las calles son estre­chas y emp­inadas, y en muchos rin­cones se percibe clara­mente el paso del tiem­po.

 

¿Por qué estas islas siguen siendo tranquilas?

Cuan­do uno visi­ta estas islas menos cono­ci­das de Gre­cia suele hac­erse la mis­ma pre­gun­ta: ¿por qué siguen sien­do tran­quilas cuan­do otros des­ti­nos se han llena­do com­ple­ta­mente de tur­is­tas? La respues­ta no es úni­ca, sino una com­bi­nación de fac­tores que han man­tenido estos lugares rel­a­ti­va­mente al mar­gen del tur­is­mo masi­vo.

El primer moti­vo, y prob­a­ble­mente el más impor­tante, es la acce­si­bil­i­dad lim­i­ta­da. Muchas de estas islas no tienen aerop­uer­to o solo cuen­tan con vue­los poco fre­cuentes. En algunos casos hay que com­bi­nar avión y fer­ry, o tomar bar­cos que no salen todos los días. Esto hace que no sean des­ti­nos cómo­d­os para escapadas ráp­i­das ni para via­jes orga­ni­za­dos de pocos días. El sim­ple hecho de que lle­gar requiera algo más de tiem­po y plan­i­fi­cación reduce automáti­ca­mente el número de vis­i­tantes.

Mien­tras que lugares como San­tori­ni o Mykonos reciben vue­los con­stantes des­de toda Europa, islas como Lip­si, Amor­gos o Kou­fon­isia depen­den en gran medi­da de los fer­ris. Esto crea un tur­is­mo difer­ente, for­ma­do en su may­oría por via­jeros inde­pen­di­entes que sue­len quedarse var­ios días o inclu­so sem­anas. El resul­ta­do es un ambi­ente más rela­ja­do y menos ori­en­ta­do al con­sumo rápi­do del des­ti­no.

Otro fac­tor impor­tante es la ausen­cia de grandes infraestruc­turas turís­ti­cas. Muchas de estas islas no tienen grandes hote­les ni com­ple­jos turís­ti­cos. La may­oría de los alo­jamien­tos son pequeños establec­imien­tos famil­iares o aparta­men­tos sen­cil­los. Esto limi­ta la capaci­dad total de vis­i­tantes y evi­ta que el crec­imien­to turís­ti­co se dis­pare. En algunos des­ti­nos más pop­u­lares, la con­struc­ción de grandes hote­les trans­for­mó com­ple­ta­mente el paisaje y per­mi­tió recibir miles de vis­i­tantes adi­cionales cada tem­po­ra­da. En estas islas, en cam­bio, el desar­rol­lo ha sido más lento y mod­er­a­do. No hay urban­iza­ciones exten­sas ni zonas com­ple­ta­mente ded­i­cadas al tur­is­mo.

Tam­bién influye mucho la fal­ta de tur­is­mo de cruceros. Los cruceros han trans­for­ma­do algu­nas islas grie­gas, espe­cial­mente San­tori­ni, donde miles de vis­i­tantes pueden lle­gar en un solo día. En cam­bio, la may­oría de las islas tran­quilas no tienen puer­tos ade­cua­dos para grandes bar­cos o no for­man parte de las rutas habit­uales. Esto evi­ta las aglom­era­ciones pun­tuales que pueden cam­biar com­ple­ta­mente el ambi­ente de un lugar.

Otro ele­men­to clave es que muchas de estas islas no están aso­ci­adas a una ima­gen icóni­ca recono­ci­ble. San­tori­ni tiene sus cúpu­las azules, Mykonos sus moli­nos y sus playas de fies­ta. Son des­ti­nos fáciles de iden­ti­ficar y pro­mo­cionar. En cam­bio, muchas islas menos cono­ci­das no tienen una ima­gen úni­ca que las rep­re­sente en las redes sociales o en la pub­li­ci­dad turís­ti­ca. Eso hace que aparez­can menos en los planes de via­je de quienes bus­can des­ti­nos famosos.

De hecho, muchas de estas islas han queda­do fuera de las modas turís­ti­cas pre­cisa­mente porque no se prestan al tur­is­mo rápi­do o fotográ­fi­co. No siem­pre tienen los paisajes más espec­tac­u­lares ni los esce­nar­ios más cono­ci­dos. Su atrac­ti­vo está en la expe­ri­en­cia cotid­i­ana más que en una ima­gen conc­re­ta. Eso hace que atraigan a un tipo de via­jero dis­tin­to, más intere­sa­do en el lugar que en la foto.

Tam­bién influye el hecho de que muchas de estas islas no tienen una vida noc­tur­na inten­sa. No hay grandes dis­cote­cas ni beach clubs famosos. Para mucha gente esto es una ven­ta­ja, pero tam­bién reduce el tur­is­mo más joven o cen­tra­do en la fies­ta. El vis­i­tante típi­co suele ser alguien que bus­ca tran­quil­i­dad más que entreten­imien­to noc­turno.

Vista aérea de Lichadonisia con pequeñas islas verdes, playa de arena clara y aguas turquesa cristalinas en Grecia.

La escala humana es otro fac­tor impor­tante. En muchas de estas islas todo es pequeño: los pueb­los, los puer­tos, las car­reteras y los alo­jamien­tos. Esta escala limi­ta nat­u­ral­mente el crec­imien­to. Inclu­so si aumen­tara el número de vis­i­tantes, el espa­cio disponible impediría que la isla se trans­for­mara ráp­i­da­mente. Además, muchas han man­tenido una economía local diver­si­fi­ca­da, donde el tur­is­mo es impor­tante pero no lo dom­i­na todo. Todavía hay agri­cul­tura, pesca o pequeñas activi­dades tradi­cionales. Esto crea un equi­lib­rio dis­tin­to al de des­ti­nos com­ple­ta­mente depen­di­entes del tur­is­mo.

Otro moti­vo es que estas islas sue­len atraer a via­jeros que bus­can quedarse más tiem­po. No son lugares para ver en dos días. El vis­i­tante suele adap­tarse al rit­mo local, lo que gen­era una relación más tran­quila con el entorno.

Tam­bién hay un com­po­nente casi invis­i­ble: la fal­ta de pro­mo­ción inten­si­va. Muchas de estas islas no han inver­tido grandes recur­sos en mar­ket­ing turís­ti­co. No apare­cen con­stan­te­mente en cam­pañas inter­na­cionales ni en lis­tas de des­ti­nos de moda. En un mun­do donde el tur­is­mo se mueve cada vez más por ten­den­cias, eso mar­ca una difer­en­cia impor­tante.

Por últi­mo, hay algo más difí­cil de medir: el carác­ter pro­pio de cada isla. Algu­nas sim­ple­mente no han queri­do trans­for­marse demasi­a­do. La con­struc­ción ha sido lim­i­ta­da, las tradi­ciones siguen pre­sentes y el tur­is­mo se ha inte­gra­do sin dom­i­nar com­ple­ta­mente la vida local.

Todo esto expli­ca por qué todavía exis­ten islas grie­gas donde se puede cam­i­nar por un pueblo al atarde­cer sin encon­trar mul­ti­tudes o pasar horas en una playa sin rui­do ni aglom­era­ciones.

Quizá lo más intere­sante es que esta tran­quil­i­dad no es un pro­duc­to turís­ti­co dis­eña­do, sino el resul­ta­do de una evolu­ción lenta. Son lugares que han cre­ci­do sin perder del todo su iden­ti­dad, y pre­cisa­mente por eso ofre­cen algo cada vez más esca­so: la sen­sación de estar en un des­ti­no que sigue sien­do real.

Cuándo viajar para encontrar más tranquilidad

Inclu­so las islas más tran­quilas de Gre­cia pueden llenarse durante el ver­a­no, espe­cial­mente en agos­to. Aunque lugares como Lip­si, Amor­gos o Kythi­ra nun­ca lle­gan al niv­el de sat­u­ración de San­tori­ni o Mykonos, la difer­en­cia entre via­jar en ple­na tem­po­ra­da alta y hac­er­lo en otros meses puede ser notable. Ele­gir bien las fechas es, prob­a­ble­mente, el fac­tor más impor­tante para dis­fru­tar real­mente de la cal­ma que ofre­cen estas islas.

El mes de agos­to es el peri­o­do más con­cur­ri­do en Gre­cia. No solo lle­gan vis­i­tantes inter­na­cionales, sino tam­bién muchos grie­gos que pasan sus vaca­ciones en las islas. Durante estas sem­anas, los alo­jamien­tos pueden llenarse con facil­i­dad, los fer­ris sue­len ir com­ple­tos y algu­nas playas reciben más gente de lo habit­u­al. Aun así, inclu­so en agos­to estas islas sue­len ser más tran­quilas que los des­ti­nos más famosos pero la difer­en­cia con otros meses sigue sien­do evi­dente.

Por eso, quienes bus­can una expe­ri­en­cia real­mente rela­ja­da sue­len preferir via­jar en tem­po­ra­da media, cuan­do el cli­ma sigue sien­do exce­lente pero el número de vis­i­tantes es menor.

Mayo: la primavera tranquila

Mayo es uno de los mejores meses para via­jar a las islas menos vis­i­tadas de Gre­cia. El tiem­po suele ser agrad­able, con tem­per­at­uras suaves y días lar­gos. El calor todavía no es inten­so y cam­i­nar resul­ta mucho más cómo­do que en pleno ver­a­no. Además, el paisaje suele estar más verde que en los meses pos­te­ri­ores. En algu­nas islas todavía se ven flo­res sil­vestres y la veg­etación con­ser­va parte de la humedad de la pri­mav­era. Esto da a lugares como Ikaria o Kythi­ra un aspec­to espe­cial­mente boni­to.

Las playas sue­len estar casi vacías y es fácil encon­trar alo­jamien­to sin necesi­dad de reser­var con mucha antelación. Las taber­nas empiezan a abrir para la tem­po­ra­da y el ambi­ente es tran­qui­lo y agrad­able.

El úni­co incon­ve­niente es que el mar puede estar todavía algo fres­co, sobre todo a prin­ci­p­ios de mes, aunque muchas per­sonas nadan sin prob­le­ma.

Junio: el equilibrio perfecto

Junio es prob­a­ble­mente el mes más equi­li­bra­do para via­jar por las islas tran­quilas de Gre­cia. El tiem­po suele ser muy estable, con días solea­d­os y tem­per­at­uras cál­i­das pero todavía soporta­bles. El mar ya está más tem­pla­do y resul­ta muy agrad­able para nadar. El tur­is­mo empieza a aumen­tar pero todavía no alcan­za los nive­les del ver­a­no pleno. Es un buen momen­to para dis­fru­tar de playas tran­quilas y pueb­los rela­ja­dos sin sen­sación de ais­lamien­to total.

Los fer­ris fun­cio­nan con may­or fre­cuen­cia que en pri­mav­era y la may­oría de alo­jamien­tos están abier­tos. Esto hace que via­jar resulte más fácil y cómo­do.

Muchos via­jeros habit­uales con­sid­er­an junio el mejor mes para des­cubrir las islas grie­gas con tran­quil­i­dad.

Septiembre: el verano sin multitudes

Sep­tiem­bre es otro de los grandes momen­tos para vis­i­tar estas islas. El calor sigue sien­do veraniego y el mar con­ser­va la tem­per­atu­ra acu­mu­la­da durante los meses ante­ri­ores, lo que hace que los baños sean espe­cial­mente agrad­ables.

Sin embar­go, el número de vis­i­tantes empieza a dis­minuir clara­mente a par­tir de la primera o segun­da sem­ana. Muchas famil­ias regre­san a casa tras las vaca­ciones de agos­to y el ambi­ente se vuelve más rela­ja­do. Las playas recu­per­an el silen­cio y los pueb­los vuel­ven a ten­er un rit­mo más pau­sa­do. Es un mes espe­cial­mente agrad­able para quienes quieren com­bi­nar buen tiem­po con tran­quil­i­dad.

Además, la luz de sep­tiem­bre tiene algo espe­cial. Los col­ores son más suaves y los atarde­ceres resul­tan espe­cial­mente boni­tos.

Octubre: calma casi total

Prin­ci­p­ios de Octubre puede ser un momen­to exce­lente para via­jar si se bus­ca tran­quil­i­dad abso­lu­ta. El tiem­po sigue sien­do bueno en muchas islas, con tem­per­at­uras suaves y días solea­d­os. El mar todavía suele ser lo bas­tante cáli­do para nadar y el ambi­ente es muy rela­ja­do. En algunos lugares da la sen­sación de estar fuera de tem­po­ra­da, aunque la may­oría de ser­vi­cios bási­cos siguen fun­cio­nan­do.

El incon­ve­niente es que algunos alo­jamien­tos y restau­rantes empiezan a cer­rar y los horar­ios de fer­ris pueden reducirse. Aun así, para quienes bus­can silen­cio y paisajes tran­qui­los puede ser una época muy recomend­able.

Julio y agosto: tranquilidad relativa

Via­jar en Julio o Agos­to no sig­nifi­ca nece­sari­a­mente renun­ciar a la tran­quil­i­dad si se eli­gen bien las islas. Des­ti­nos como Astyp­alea, Karpathos o Lip­si siguen sien­do bas­tante cal­ma­dos inclu­so en tem­po­ra­da alta.

Sin embar­go, es impor­tante reser­var alo­jamien­to con antelación, espe­cial­mente en las islas pequeñas donde la ofer­ta es lim­i­ta­da. Tam­bién con­viene asumir que habrá más gente en playas y pueb­los que en otros meses. Aun así, inclu­so en pleno ver­a­no estas islas ofre­cen una expe­ri­en­cia mucho más rela­ja­da que los des­ti­nos más pop­u­lares de Gre­cia.

La ventaja de viajar fuera de temporada

Via­jar fuera de tem­po­ra­da alta tiene otra ven­ta­ja impor­tante: los pre­cios sue­len ser más bajos. El alo­jamien­to puede resul­tar con­sid­er­able­mente más bara­to en mayo, junio o sep­tiem­bre, y a veces tam­bién es posi­ble encon­trar mejores pre­cios en los fer­ris. Además, el ambi­ente suele ser más autén­ti­co. Con menos vis­i­tantes, la vida local resul­ta más vis­i­ble y el rit­mo diario parece más nat­ur­al.

En muchas de estas islas, la tran­quil­i­dad no depende solo del lugar sino tam­bién del momen­to. Ele­gir bien las fechas puede mar­car la difer­en­cia entre un via­je agrad­able y una expe­ri­en­cia real­mente rela­jante. Para quienes bus­can la Gre­cia más cal­ma­da, la mejor estrate­gia suele ser sen­cil­la: evi­tar agos­to si es posi­ble y ele­gir los meses en los que el ver­a­no empieza o ter­mi­na. En esos momen­tos es cuan­do estas islas mues­tran su mejor cara, la de lugares donde el tiem­po parece avan­zar con más cal­ma y donde todavía es posi­ble dis­fru­tar del Mediter­rá­neo sin prisas.

Y además…

Si quieres inspi­rarte antes del via­je, una recomen­dación: la nov­ela “Mil via­jes a Íta­ca”. Me encan­tó.

Y si quieres com­bi­nar las islas grie­gas con otros des­ti­nos apa­sio­n­antes del Mediter­rá­neo, ahí tienes la siem­pre intere­sante ciu­dad de Ate­nas, el tesoro descono­ci­do que es el Líbano o la deslum­brante isla de Mal­ta.


Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscrí­bete y recibe las últi­mas entradas en tu correo elec­tróni­co.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo