MALTA — Un pequeño tesoro en el Mar Mediterráneo

Escoger una sola fotografía que resum­iera nue­stro via­je a Mal­ta de entre todas las que nos hemos traí­do como recuer­do esta­ba com­pli­ca­do. Pero final­mente he deci­di­do ele­gir esta, con la que abri­mos el repor­ta­je, porque entre todas las par­tic­u­lar­i­dades que car­ac­ter­i­zan a este minús­cu­lo país mediter­rá­neo (de las que hablare­mos más ade­lante), hay una que sobre­sale por enci­ma de todas: la pasión con la que los mal­te­ses viv­en el catoli­cis­mo, pre­sente en todos los áreas de su vida. Has­ta el pun­to de que puedes toparte con imá­genes tan sur­re­al­is­tas como esta en mitad de la calle: un Click de Play­mo­bil con su cor­re­spon­di­ente cru­ci­fi­jo en la mano. Hablam­os de un país donde el 93% de la población es católi­ca y, además, prac­ti­cante. Imagí­nate entonces lo que supone vis­i­tar Mal­ta en ple­na Sem­ana San­ta, cuan­do la may­oría de las igle­sias se encuen­tran ilu­mi­nadas por las noches con miles de bom­bil­las y los mal­te­ses viv­en, nun­ca mejor dicho, su sem­ana grande.

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Llevábamos muchos años con las ganas de cono­cer Mal­ta pero como he repeti­do en otras muchas entradas del blog, el mun­do es tan grande que al final siem­pre debes sac­ri­ficar unos des­ti­nos en ben­efi­cio de otros. Sin embar­go, a la hora de plan­i­ficar futur­os via­jes, nos fijamos este 2016 como fecha tope para nues­tra escapa­da mal­te­sa. Sabi­en­do que el país goza de más de 300 días de sol al año, la Sem­ana San­ta, coin­ci­dente con el ini­cio de la pri­mav­era, nos parecía la época ide­al; sin embar­go, no caí­mos en lo del fer­vor reli­gioso has­ta unas cuan­tas sem­anas después de haber com­pra­do los bil­letes. ¿Nos encon­traríamos las calles pla­gadas de pro­ce­siones cuan­do pre­cisa­mente nos íbamos de España para huir de las de nue­stro país?

Lo cier­to es que la suerte nos son­rió: pese a que por los canales de tele­visión mal­te­ses vimos que en muchos pueb­los estas se esta­ban cel­e­bran­do, nosotros nos sal­va­mos y no encon­tramos ni una. Y en cuan­to a la aflu­en­cia de tur­is­tas, nos habían asus­ta­do tan­to con las adver­ten­cias pre­vias (“¡no os vais a poder ni mover!”), que nos habíamos imag­i­na­do ya un panora­ma de lo más ago­b­iante y, las cosas como son, no fue para tan­to. Tur­is­mo claro que hay, prin­ci­pal­mente británi­cos e ital­ianos, pero afor­tu­nada­mente no esas mul­ti­tudes de hooli­gans y domingueros que abar­rotan lugares tan inso­porta­bles como Benidorm o Tor­re­vie­ja en pleno mes de Agos­to. Quizás en ver­a­no Mal­ta esté intran­sitable pero en Sem­ana San­ta, aún a sabi­en­das de que tam­bién es tem­po­ra­da alta, nosotros al menos nos sen­ti­mos la mar de a gus­to.

De todos mod­os, hay que ten­er una cosa clara antes de ir allá: Mal­ta es el país más den­sa­mente pobla­do de toda Europa, casi 1.500 habi­tantes por kilómetro cuadra­do (en la cap­i­tal, La Val­let­ta, esta cifra se ele­va has­ta más de 9.000 habi­tantes). Des­de el avión, según nos íbamos acer­can­do y divisábamos la isla des­de lo alto, sor­prendía cer­ti­ficar que ape­nas se veían espa­cios verdes o ter­renos de siem­bra: Mal­ta está tan suma­mente urban­iza­da que prác­ti­ca­mente unas ciu­dades se fun­den con otras. Encon­trar lin­des y fron­teras entre los dis­tin­tos pueb­los es casi tarea imposi­ble. Sor­prende esta sat­u­ración humana cuan­do, al mis­mo tiem­po, su isla her­mana, Comi­no, se encuen­tra desier­ta.

Comence­mos con los datos prác­ti­cos. Mal­ta, al pertenecer a la Unión Euro­pea, sólo te exige el DNI (o pas­aporte) a la hora de entrar al país y además fun­cio­nan con euros. El vue­lo, direc­to, le real­izamos con Ryanair aunque al ser Sem­ana San­ta, lo reser­va­mos con var­ios meses de antelación para que no se nos dis­pararan los pre­cios, que ya sabéis que en esas fechas se quin­tu­pli­can. Al final nos sal­ió por 120 euros el bil­lete de ida y vuelta. Los horar­ios, además, fan­tás­ti­cos: el jueves despegábamos muy tem­pra­no (estábamos en Mal­ta antes de las diez de la mañana) y el domin­go el vue­lo no nos salía has­ta las 20,30, por lo que pudi­mos aprovechar los cua­tro días com­ple­tos. Recal­co que debido a las pequeñas pro­por­ciones del archip­iéla­go, que tiene poco más de 300 kilómet­ros cuadra­dos, Mal­ta se con­vierte en el des­ti­no ide­al para una escapa­da de tres o cua­tro días. Y eso tenien­do en cuen­ta que aunque el país es muy pequeño, tiene muchísi­mo para ver y patear.

Como sabíamos que en Mal­ta se con­duce por la izquier­da, heren­cia que les dejaron los británi­cos, desechamos el tema de alquilar coche para evi­tar com­pli­ca­ciones; jus­to unos días antes un ami­go había vuel­to de Mal­ta y me había hecho saber que el trá­fi­co es infer­nal (dato que com­pro­bamos nosotros después): las car­reteras son, en real­i­dad, una roton­da detrás de otra, por no hablar de la ausen­cia de autopis­tas, la lim­itación máx­i­ma de 80 kilómet­ros por hora, lo pési­ma­mente que está señal­iza­da la may­or parte de los lugares y lo com­pli­ca­do que es aparcar en cualquier sitio. Vamos, que todo eran incon­ve­nientes. Así que decidi­mos mover­nos en trans­porte públi­co, que es bas­tante bara­to (1,50 euros por trayec­to y esto incluye los via­jes interur­banos).

Al no exi­s­tir el metro ni los tran­vías, mal­te­ses y tur­is­tas se mueven por la isla gra­cias a la exten­sísi­ma red de auto­bus­es que lle­gan casi a cualquier rincón; además, en las paradas se suele señalizar los horar­ios de paso de cada línea. Aun así, avi­so que los con­duc­tores de los bus­es son una especie sobre la que se podrían escribir var­ios libros: con­ducen como locos, regañan a los pasajeros y paran sola­mente si les da la gana.

Nosotros vivi­mos la expe­ri­en­cia de que pese a no ir llenos, los auto­bus­es salier­an del ini­cio de línea dejan­do a pasajeros en tier­ra o que pasaran delante de nues­tras narices y no pararan pese a haber hue­co de sobra. Es todo un poco una lotería. Por lo tanto,si vais en grupo (en nue­stro caso, via­jábamos cua­tro) y tenien­do pre­sente que algunos bus­es pasan cada hora, la opción del taxi tam­bién es factible. En gen­er­al, son bas­tante más baratos que en España y, com­par­tién­do­los, puedes moverte de una ciu­dad a otra por cua­tro o cin­co euros por cabeza.

De todas for­mas, es bueno que sepáis las tar­i­fas, que aho­ra os detal­lo, entre unos sitios y otros, ya que nues­tra expe­ri­en­cia fue que en casi todos los taxis que cogi­mos, los taxis­tas nos querían cobrar de más y en todos nos tocó regatear. Aunque por ley estén oblig­a­dos a pon­er el taxímetro, la may­oría no lo hacen y lo mejor es dejar el pre­cio pacta­do antes de mon­tarte en el coche. Doy algu­nas cifras de pre­cios aprox­i­ma­dos para que os hagáis una idea: taxi des­de el aerop­uer­to a La Val­let­ta o Sliema / Saint Julian 18 euros, La Val­let­ta > Sliema 13 euros, Sliema > Mdi­na 18 euros.

Alo­jamien­to: La Val­let­ta, la cap­i­tal más pequeña de la Unión Euro­pea (sólo 7.000 habi­tantes o lo que es lo mis­mo, lo equiv­a­lente a un pueblo minús­cu­lo en España), tiene pocos hote­les y, por regla general,más caros. Lo mejor es bus­car cama en la zona de Sliema y Saint Julian, que está a sólo cin­co min­u­tos de fer­ry de La Val­let­ta. Y es que aunque en real­i­dad ambas sean con­sid­er­adas ciu­dades autónomas,en la prác­ti­ca y por cer­canía son dos bar­rios más de La Val­let­ta pero con la ven­ta­ja de con­tar con un paseo marí­ti­mo larguísi­mo (recor­rerlo al com­ple­to no lle­va menos de dos o tres horas).

En esta zona, además, se con­cen­tra la may­or ofer­ta de ocio de la isla: restau­rantes, pubs, dis­cote­cas, cerve­cerías y heladerías (lo que les gus­tan a los mal­te­ses los hela­dos, qué ricos los hacen y qué baratos son, poco más de un euro). Poder cenar al lado del mar o dar un paseo jun­to a las olas era uno de los prin­ci­pales atrac­tivos a la hora de decidir alo­jarnos aquí en Sliema.

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Alquil­am­os un aparta­men­to grandísi­mo, el Blue Haven, por medio de Book­ing. Total­mente ren­o­va­do, con una coci­na equipadísi­ma, dos habita­ciones dobles y dos cuar­tos de baño, bal­cón y mena­je super com­ple­to (secador, tetera, plan­cha, wifi…) Además, se pre­ocu­paron de dejarnos un mon­tón de mapas y fol­letos de Mal­ta para ayu­darnos con nue­stros recor­ri­dos y con­trata­mos con ellos direc­ta­mente el trans­fer des­de el aerop­uer­to (nos costa­ba igual que el taxi, 18 euros, y nos venían a recoger). El pre­cio por las 3 noches, 315 euros para 4 per­sonas, por lo que sal­imos a poco más de 25 euros persona/noche. Y una nota más: su fan­tás­ti­ca ubi­cación, a sólo diez min­u­tos andan­do del paseo marí­ti­mo y las paradas de auto­bus­es pero en una calle tran­quilísi­ma, por la noche no se oía ni una mosca. Además, en la mis­ma puer­ta teníamos un super­me­r­ca­do pequeñi­to, lo que nos vino de lujo para com­prar agua, cervezas y unas cosas para el desayuno.

Ya que hemos cita­do las cervezas, comen­taros que los mal­te­ses están bien orgul­losos de la cerveza nacional, la Cisk, aunque a nosotros nos pare­ció bas­tante nor­mali­ta. En cualquier caso, verás que es la que te sir­ven en todos los bares (como aquí hace años la Mahou) y en vasos de pin­ta de medio litro, bas­tante baratos, una media de euro y medio inclu­so en ter­razas en pun­tos muy turís­ti­cos. Se pueden encon­trar tam­bién cervezas impor­tadas pero repi­to que lo habit­u­al es beber Cisk.

En Sliema y San Julian, qui­tan­do algu­nas igle­sias gigan­tescas (en Mal­ta hay una igle­sia cada dos pasos), a niv­el cul­tur­al tam­poco hay mucho que ver, por lo que comen­zare­mos nue­stro recor­ri­do por Mal­ta en la cap­i­tal, La Val­let­ta. Podríamos haber cogi­do el fer­ry del que os hablé antes (es muy bara­to, cues­ta poco menos de un euro) pero como el muelle nos cogía más reti­ra­do que la para­da del auto­bús, fuimos en bus y gas­ta­mos allí el primer día, aprovechan­do que habíamos ater­riza­do tan pron­to. El auto­bus nos deja­ba en la Estación Cen­tral de Auto­bus­es de Mal­ta, que se encuen­tra jus­to en la Plaza de la Puer­ta de la ciu­dad, a la mis­ma entra­da de La Val­let­ta. Aquí es donde os comenta­ba que se mon­tan los guiri­gays para lograr mon­tarte a un auto­bús en el comien­zo de línea. No creáis,hasta tiene su encanto,nosotros al final nos acabábamos rien­do de ver los cabre­os que se agarra­ban los pasajeros (casi todos extranjeros,los mal­te­ses están muy acos­tum­bra­dos a este caos en el trans­porte). Por cier­to, en la plaza se encuen­tra la boni­ta Fuente del Tritón.

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Aunque el ter­ri­to­rio total de Mal­ta, for­ma­da por varias islas e islotes, sea de 316 kilómet­ros cuadra­dos, la isla prin­ci­pal, la propia Mal­ta, tiene sólo 246 (27 kilómet­ros de ancho y 14 de largo), por lo que es com­pren­si­ble que su cap­i­tal sea una ciu­dad lilipu­tiense que, sin embar­go, cuen­ta con un pat­ri­mo­nio históri­co y cul­tur­al que ya quisier­an para sí otras muchas ciu­dades más grandes. Pero para aden­trarnos en sus antiquísi­mos recov­ecos, que datan de hace casi 500 años, deberíamos repasar pre­vi­a­mente la his­to­ria de un país que, debido a su priv­i­le­gia­da situación geográ­fi­ca, des­de la que se puede con­tro­lar el Mar Mediter­rá­neo así como la cos­ta norte de Africa y las rutas marí­ti­mas entre Occi­dente y Ori­ente, ha sido cod­i­ci­a­do por todo el mun­do a lo largo de la His­to­ria. Unas islas ya pobladas des­de el Neolíti­co, con algunos de los yacimien­tos arque­ológi­cos más antigu­os del mun­do, cuya época de esplen­dor comen­zó con la lle­ga­da de feni­cios y cartagi­ne­ses, quienes se enriquecieron a base de com­er­ciar con los grie­gos que por aquel entonces vivían en Sicil­ia.

Cuan­do lle­garon los romanos, Mal­ta aumen­tó sus priv­i­le­gios munic­i­pales, estable­cien­do su cap­i­tal en Mdi­na (una de las ciu­dades más boni­tas de Mal­ta, que recor­rere­mos más ade­lante). De la época de la invasión bizan­ti­na poco se sabe; pos­te­ri­or­mente, en el año 870 y con la facil­i­dad que suponía para los col­o­nizadores que Mal­ta estu­viera tan cer­ca de tier­ras africanas, lle­garon los musul­manes, quienes sen­taron las bases lingüís­ti­cas para el maltés, jun­to al inglés el idioma ofi­cial (aunque todo el mun­do cha­purree, con mucho acen­to, el inglés, el maltés es lo que más se escucha en las calles).

Los musul­manes tam­bién intro­du­jeron el cul­ti­vo del cáñamo y los cítri­cos; era la época glo­riosa del impe­rio árabe, que en aque­l­la época extendía su ter­ri­to­rio des­de España has­ta la India. La may­or parte de los nom­bres de los pueb­los de Mal­ta provienen del árabe pero esta no ha sido la úni­ca heren­cia recibi­da: en las cos­tum­bres de los mal­te­ses (y sobre todo en su fisionomía) siguen tenien­do un gran peso los genes musul­manes.

Más de dos sig­los después de la col­o­nización musul­mana, lle­ga­ban a la isla las primeras incur­siones nor­man­das, la primera la de Roger de Hautville, conde de Sicil­ia: se dice que los col­ores de la ban­dera mal­te­sa, blan­co y rojo, tienen sus orí­genes en el estandarte que porta­ban las tropas del conde Roger, quien además dió los primeros pasos para que los nobles sicil­ianos comen­zaran a mudarse al pequeño país que les qued­a­ba al sur.

Los musul­manes, que habían sido muy tol­er­antes con los cris­tianos durante los 200 años que dom­i­naron Mal­ta, aún no esta­ban en minoría, pues cuadrip­lic­a­ban en vol­u­men de población a los cris­tianos y con­tro­la­ban casi todas las riquezas, pero se les empezó a exi­gir pagar trib­u­tos y vieron como Mal­ta final­mente era anex­ion­a­da a Sicil­ia y, por lo tan­to, al Reino de Aragón. Durante años, los sar­ra­cenos de Túnez y las tropas tur­cas inten­taron apoder­arse de las islas, con insat­is­fac­to­rios resul­ta­dos. Los 15.000 habi­tantes de Mal­ta, mien­tras tan­to y al igual que en la may­or parte de Europa, vivían bajo un rég­i­men feu­dal en el que los diri­gentes católi­cos (ya existía un obis­po de Mal­ta) comen­z­a­ban a tomar posi­ciones: en aque­l­la época ya podían encon­trarse en Mal­ta más de 400 igle­sias.

Pero aún qued­a­ba por delante la era en que Mal­ta vió real­mente for­ja­da su iden­ti­dad como país: la lle­ga­da de la Orden de los Caballeros de Mal­ta. Cono­ci­dos como los Her­manos del Hos­pi­tal de San Juan de Jerusalén o Caballeros Hos­pi­ta­lar­ios, esta orden reli­giosa, que nació con tintes bené­fi­cos para aten­der médica­mente a los pere­gri­nos y cuyo “uni­forme” eran hábitos negros con cruces de ocho pun­tas, acabaron con­vir­tién­dose en mil­itares, al esti­lo de los Tem­plar­ios. La orden era regi­da por un gran maestre (elegi­do por los miem­bros may­ores de 18 años) y se guia­ba por tres votos bási­cos (pobreza, casti­dad y obe­di­en­cia).

La may­or parte de los miem­bros venían de la nobleza y podían dividirse en tres clases: los Caballeros (eran los que iban arma­dos), los Capel­lanes (se ocu­pa­ban de los ser­vi­cios reli­giosos) y los Her­manos Sirvientes, cri­a­dos de los primeros y los segun­dos. En Mal­ta con­taron con una poderosa flota naval que se encon­tra­ba fuerte­mente pro­te­gi­da en el Gran Puer­to de Mal­ta.

Aunque al prin­ci­pio los mal­te­ses no acep­taron de buen gra­do la pres­en­cia de la Orden de Mal­ta, tam­bién eran con­scientes de que nadie como ellos les defend­ería de las inva­siones. Los caballeros, acos­tum­bra­dos a vivir jun­to al mar, desecharon la idea de insta­larse en la cap­i­tal inte­ri­or, Mdi­na, y se establecieron en la local­i­dad costera de Bor­go (frente a La Val­let­ta, lo que hoy se conoce como Vit­to­riosa). Con­struyeron for­t­alezas para repel­er las ame­nazas otomanas, como el Fuerte de San Miguel, que prác­ti­ca­mente quedó destru­i­do tras los bom­bardeos de la Segun­da Guer­ra Mundi­al. Pero si hay una for­t­aleza míti­ca en la his­to­ria de Mal­ta, esta sin duda es la de Saint Elmo.

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La Batal­la de Saint Elmo fue de tal reper­cusión que ha pasa­do a los libros de His­to­ria como un suce­so que aca­so roza la epopeya. Jean Parisot de La Val­lette, el gran maestre de la Orden de Mal­ta en aquel entonces, se vió casi solo ante el peli­gro (sólo con­ta­ba con un ejérci­to de 100 caballeros y 500 sol­da­dos) frente a las tropas tur­cas, que se pre­sen­taron en las costas mal­te­sas con 190 bar­cos y 38.000 hom­bres arma­dos has­ta los dientes. Los otomanos se las prometían muy felices ante su supe­ri­or­i­dad numéri­ca pero no esper­a­ban una defen­sa tan inten­sa por parte de los locales, quienes por las noches susti­tuían por hom­bres fres­cos los cadáveres de los caí­dos en com­bate (y los tur­cos, que eran muy super­sti­ciosos, comen­zaron a creer que los muer­tos regresa­ban al mun­do de los vivos).

Más de 6.000 proyec­tiles diar­ios caían sobre las mural­las de Saint Elmo, mien­tras los cris­tianos se defendían con fuego griego (tina­jas de arcil­la con com­bustibles en lla­mas que con­vertían a los sol­da­dos tur­cos en antor­chas humanas). Con el ver­a­no llegó el calor, la fal­ta de agua y el debili­ta­mien­to tur­co; además, los inva­sores habían per­di­do en la batal­la al gen­er­al que les lid­er­a­ba, el pira­ta Dragut, aca­ban­do de minar la ya baja moral de los com­bat­ientes. Tras var­ios meses de ase­dio, a prin­ci­p­ios de Sep­tiem­bre lle­ga­ban 8.000 sol­da­dos cris­tianos de refuer­zo, envi­a­dos por el Ter­cio de Sicil­ia: cua­tro días después, los tur­cos se batían en reti­ra­da.

Tras el san­gri­en­to ase­dio, La Val­let­ta hubo de ser recon­stru­i­da en muchos pun­tos: aunque el gran maestre (cuyo apel­li­do, Val­lette, dió nom­bre a la ciu­dad) se involu­cró a niv­el per­son­al en el proyec­to, no logró ver­lo acaba­do ya que fal­l­e­ció en 1568. En cualquier caso, y pese a lo hero­ico de la Batal­la de Saint Elmo, la per­ma­nen­cia de la Orden de Mal­ta en la isla tenía fecha de caduci­dad: poco más de dos sig­los más tarde, Napoleón les expul­só, oblig­án­doles a exil­iarse en Italia e ini­cian­do un peri­o­do car­ac­ter­i­za­do por la pér­di­da de su poder.

Aún así, a día de hoy la Orden de Mal­ta tiene priv­i­le­gios como con­tar con un Pri­o­ra­to en la mis­ma Roma (nosotros lo estu­vi­mos vis­i­tan­do en nue­stro via­je romano: tan­to la emba­ja­da como la sede cen­tral de la orden se con­sid­er­an edi­fi­cios extrater­ri­to­ri­ales y, por lo tan­to, teóri­ca­mente no pertenecen a Italia, no dejes de echar un ojo a la mis­te­riosa cer­radu­ra que hay allí des­de donde se divisa la silue­ta per­fec­ta de la Basíli­ca de San Pedro). El caso es que se fueron los Caballeros de la Orden pero les sucedieron los france­ses con Napoleón, que venían con inten­ción de arrasar con todo y dejar vacías las despen­sas; inde­fen­sos, los mal­te­ses bus­caron cobi­jo en Inglater­ra, quien a cam­bio de pro­te­gerles, declaró la adhe­sión de Mal­ta a sus domin­ios en el año 1814. Ton­tos no eran: tenien­do en su poder puer­tos colo­niales estratégi­cos como Gibral­tar, Sin­ga­pur o Hong Kong, Mal­ta se sum­a­ba a los pun­tos claves para exten­der la sober­anía británi­ca en los mares de medio mun­do.

Hay que reseñar que, cuan­do via­jas por Mal­ta, la influ­en­cia británi­ca con­tinúa estando muy pre­sente, pese a que Mal­ta se inde­pen­dizara y se con­virtiera por fin en un país autónomo en el año 1964. Prue­ba de ello, como veis en la fotografía de ahí aba­jo, es la exis­ten­cia de las famosas cab­i­nas de telé­fono ingle­sas. Pero tam­bién se nota la influ­en­cia british en el idioma (obvi­a­mente, el inglés ha facil­i­ta­do aún más la lle­ga­da del tur­is­mo y que Mal­ta sea uno de los lugares del mun­do donde más estu­di­antes vienen a apren­der inglés) y no extraña por ello la can­ti­dad de británi­cos que viv­en en esta isla, recuer­do de cuan­do Mal­ta era una colo­nia más del gran impe­rio anglosajón.

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Aunque Mal­ta se inde­pen­dizó del Reino Unido a medi­a­dos de los 60, des­de 1921 goz­a­ban de un auto­go­b­ier­no, per­mi­tién­dose el nacimien­to de los par­tidos políti­cos mal­te­ses como el Laborista (de quien vimos varias sedes des­perdi­gadas por las islas), el Con­sti­tu­cional y el Nacional­ista Democráti­co; este últi­mo tenía claras ten­den­cias pro ital­ianas (en Mal­ta com­pro­barás in situ que muchos de sus habi­tantes tam­bién hablan ital­iano, de hecho fue idioma ofi­cial has­ta 1936) y estos fueron, los nacional­is­tas, los que ani­maron a Mus­soli­ni a que invadiera la isla a medi­a­dos de 1940, sólo un día después de que Italia hiciera ofi­cial su par­tic­i­pación en la Segun­da Guer­ra Mundi­al.

Los británi­cos, despre­venidos, se encon­traron en una peli­grosa situación ya que sólo con­ta­ban con tres viejos aviones mil­itares para defend­er Mal­ta. Dos de ellos, el Esper­an­za y el Cari­dad, acabaron abati­dos en com­bate; el ter­cero, el Fe, se encuen­tra actual­mente expuesto en el Fuerte de Saint Elmo. Unos meses después lle­garían tam­bién los ataques de los nazis ale­manes y La Val­let­ta fue someti­da a inten­sos bom­bardeos (pese a ello, muchos de sus mon­u­men­tos, espe­cial­mente for­t­alezas y mural­las, lograron sobre­vivir mila­grosa­mente intac­tos). El rey Jorge VI, inten­tan­do ani­mar a los mal­te­ses en la batal­la, les con­cedió la Cruz de San Jorge, el más alto hon­or británi­co con­ce­di­do a civiles. Pese a la situación críti­ca en que se hal­la­ba la isla, las vic­to­rias ingle­sas en el norte de Africa dieron un respiro a los sufri­dos mal­te­ses, que en la con­tien­da habían sufri­do la baja de 1.500 ciu­dadanos y la destruc­ción de 35.000 edi­fi­cios.

El gob­ier­no británi­co gastó más de 30 mil­lones de libras ester­li­nas en la recon­struc­ción de La Val­let­ta y per­mi­tieron la cel­e­bración de las primeras elec­ciones, que ganó el Par­tido Laborista. La inde­pen­den­cia de Mal­ta era ya impa­ra­ble: el 24 de Sep­tiem­bre de 1964 era procla­ma­do país sober­a­no, pese a con­tin­uar pertenecien­do a la Com­mon­wealth, por lo que en la teoría, la reina Isabel II seguía sien­do la jefa de esta­do. Gran Bre­taña comen­z­a­ba a reple­gar dos ter­cios de sus tropas, lo que supu­so tumul­tu­osas protes­tas por parte de la Unión Gen­er­al de Tra­ba­jadores, el may­or sindi­ca­to de Mal­ta, ya que 7.000 per­sonas tra­ba­ja­ban para el ejérci­to británi­co. Pero Mal­ta, pese a su tor­men­toso pasa­do béli­co, iba encam­i­na­da a con­ver­tirse en un país no alin­ea­do, ajeno a guer­ras y batal­las: las fuerzas de la OTAN se retira­ban de la isla y en 1974 la Con­sti­tu­ción con­vertía a Mal­ta en repúbli­ca.

Bel­la instan­tánea de La Val­let­ta, con la cúpu­la de la Basíli­ca de Nues­tra Seño­ra de Monte Carme­lo sobre­salien­do sobre el resto de edi­fi­cios.

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Des­de entonces, pese a que los mal­te­ses se con­sid­er­an pro­fun­da­mente creyentes y prac­ti­cantes, el gob­ier­no ha inten­ta­do despo­jar de priv­i­le­gios abu­sivos a la igle­sia, que poseía el 80% de los inmue­bles y en la prác­ti­ca con­tro­la­ba la total­i­dad de la enseñan­za en las escue­las (vimos var­ios cole­gios en cuyas fachadas se especi­fi­ca­ba clara­mente que las clases esta­ban sep­a­radas por sex­os, pese a que el ejec­u­ti­vo estable­ció una ley que imponía la enseñan­za laica). Mal­ta pertenece a la Unión Euro­pea des­de el año 2004, con­vir­tién­dose de este modo en el país más pequeño de la unión y gob­er­na­do por el cita­do ante­ri­or­mente Par­tido Laborista.

Anal­iza­da ya la agi­ta­da his­to­ria pasa­da de Mal­ta, cruce­mos las impre­sio­n­antes puer­tas amu­ral­ladas de La Val­let­ta, su cap­i­tal, para aden­trarnos en una ciu­dad que pese a sus dimin­u­tas dimen­siones, es una de las más boni­tas de Europa.

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La Val­let­ta, cono­ci­da car­iñosa­mente por los mal­te­ses como The City y de la que se dice “fue con­stru­i­da por caballeros para que vivier­an caballeros”, se encuen­tra ubi­ca­da sobre una pequeña penín­su­la en el Monte Sce­ber­ras y tiene en su haber el que está con­sid­er­a­do mejor puer­to nat­ur­al de Europa, el Gran Har­bour. La ciu­dad es de tal belleza que toda ella al com­ple­to está con­sid­er­a­da Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO: en sus escasas 55 hec­táreas de exten­sión, se agol­pan más de 300 mon­u­men­tos.

Igle­sia de San­ta Bár­bara en La Val­let­ta

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El arqui­tec­to que plan­i­ficó la ciu­dad, Francesco Lapar­el­li, era uno de los alum­nos aven­ta­ja­dos de Miguel Angel. De orí­gen toscano, ante sí se encon­tra­ba un ambi­cioso proyec­to: uno de los mejores expo­nentes de ciu­dad cuadric­u­la­da (esta dis­posi­ción facil­ita­ba la brisa en las calles) en la que el abastec­imien­to de agua era impre­scindible, de ahí la con­struc­ción de fos­os sub­ter­rá­neos. Los veci­nos debían acatar sev­eras nor­mas para cumplir las leyes munic­i­pales, entre ellas no ampli­ar las fachadas ya que las calles de por sí ya eran muy estre­chas, con­tar con un pozo en los patios de las casas y una cos­tum­bre que se ha man­tenido has­ta nue­stros días: la de insta­lar la ima­gen de un san­to en las esquinas de los edi­fi­cios.

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Una de las grandes ven­ta­jas de La Val­let­ta, aparte de lo pequeña que es (un kilómetro de ancho y 600 met­ros de largo, lo que te per­mite recor­rerla en una mañana), es que la may­or parte de su ter­ri­to­rio es peaton­al, por lo que es una deli­cia pasear sin estar pen­di­ente de coches y pasos de cebra. Tras atrav­es­ar por la Puer­ta de la Ciu­dad las robus­tas mural­las que, jun­to a los fos­os de casi 20 met­ros, pro­tegían a la ciu­dad y que fueron con­struí­das por más de 8.000 hom­bres, lleg­amos a la Plaza de la Lib­er­tad (Free­dom Square) y lo primero que nos encon­tramos es el Par­la­men­to (has­ta el año 1976 los par­la­men­tar­ios se reunían en el Pala­cio del Gran Maestre).

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El Par­la­men­to se ha con­stru­i­do jun­to a las ruinas del antiguo Roy­al Opera House, que data­ba de 1866 y fue destru­i­do por los bom­bardeos aére­os en la Segun­da Guer­ra Mundi­al, en una de las pér­di­das arqui­tec­tóni­cas más tristes de la his­to­ria de Mal­ta. Sin embar­go, los mal­te­ses han queri­do con­ser­var las ruinas del antiguo teatro de la ópera y lo han recon­ver­tido en un teatro al aire libre, cuyo nom­bre es aho­ra Pjaz­za Teatru Rjal. Por cier­to, si quieres hac­erte una idea de cómo era el teatro, en el Teatro Manoel se expone una maque­ta del edi­fi­cio orig­i­nal. A la izquier­da del teatro se ubi­ca el Pala­cio Fer­re­ria (la antigua armería de los Caballeros de Mal­ta), hoy sede del Min­is­te­rio de Políti­ca Social.

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Repub­lic Street, que antigua­mente se conocía como Stra­da San Gior­gio o Kingsway (Camino Real) en la época de los ingle­ses, con su medio kilómetro de largo es la calle más impor­tante de La Val­let­ta. Reple­ta de tien­das y restau­rantes, en sus aledaños se encuen­tran algunos de los rin­cones más intere­santes de la ciu­dad. Desta­can la Casa Roc­ca Pic­co­la, un pala­cio del siglo XVI que ofrece vis­i­tas guiadas por sus más de 50 habita­ciones con mobil­iario de época y el Auberge de Provence, donde se encuen­tra el Museo de Arque­ología y en el que se expo­nen varias piezas encon­tradas en los yacimien­tos de Mal­ta, algu­nas con una antigüedad de más de 5.000 años. Los alber­gues (o auberges) eran res­i­den­cia de los caballeros de la orden y cada uno de ellos esta­ba ded­i­ca­do a cada una de las ocho lenguas ofi­ciales de la Orden de Mal­ta. Uno de los más impor­tantes es el Auberge de Castille, donde se alo­ja­ban los Caballeros de Castil­la, León y Por­tu­gal.

Por cier­to, muy cerqui­ta tienes un rincón muy curioso: la esquina de St. Ursu­la Street, donde cuen­ta la leyen­da que dos ofi­ciales británi­cos acom­pañaron a su casa a una don­cel­la que no quería pasear sola. Pero al des­pedirla, olvi­daron su pit­illera y al ir a bus­car­la a la mañana sigu­iente, se encon­traron con una casa vie­ja y aban­don­a­da.

La Repub­lic Street está siem­pre llenísi­ma de gente: sólo hay que echar un ojo a la fotografía.

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Es recomend­able tam­bién que recor­ráis la calle para­lela a la Repub­lic, la Strait Street (los mal­te­ses la cono­cen como The Gut), ya que antigua­mente fue refu­gio de mil­itares británi­cos y amer­i­canos, que venían aquí a ahog­ar sus penas y mit­i­gar la año­ran­za de su hog­ar entre botel­las de licor. En una época como la que vivi­mos, en la que por des­gra­cia los pre­juicios hacia otras razas y etnias están a la orden del día, Strait Street rep­re­sen­ta la mul­ti­cul­tur­al­i­dad en esta­do puro, un bel­lo recuer­do de cuan­do aquí con­vivían feliz­mente ingle­ses, ital­ianos y mal­te­ses, la calle donde se amon­ton­a­ban los clubs de jazz y los prostíbu­los, el bar­rio rebelde que se enfrenta­ba a la men­tal­i­dad bea­ta de aque­l­la época.

La Plaza de San Jorge, la más amplia e impor­tante de La Val­let­ta (se la conoce en maltés como Mis­rah il-Palazz) es un pre­cioso espa­cio al aire libre, pre­si­di­do por fuentes que ayu­dan a aten­uar los calores de la isla. Nosotros, pese a ir en Sem­ana San­ta, estu­vi­mos bue­na parte de los días en man­ga cor­ta.

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Una de las cer­e­mo­nias que se pueden pres­en­ciar en la plaza es el cam­bio de guardia (que, inex­plic­a­ble­mente, estu­vo sus­pendi­do hace un año durante nueve meses). Entre las 09:30 y las 16:30 los guardias real­izan dicho cam­bio una vez cada media hora.

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El Pala­cio del Gran Maestre (Il-Palazz tal-Gran­mas­tru), que es el que pre­cisa­mente cus­to­di­an esos dos cen­tinelas de la Guardia Prin­ci­pal Mal­te­sa, actual­mente es la sede de la Pres­i­den­cia de la Repúbli­ca y en su facha­da se pueden admi­rar pla­cas con­mem­o­ra­ti­vas de los momen­tos más impor­tantes de la his­to­ria del país.

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El Pala­cio del Gran Maestre es el pala­cio más impor­tante de Mal­ta. Se con­struyó en 1569 y su acce­so se real­iza por dos patios, el de Nep­tuno (cuya estat­ua de bronce del dios del mar antigua­mente se encon­tra­ba en el mer­ca­do de pesca­do del puer­to) y el del Príncipe Alfre­do, con su bel­lísi­ma Torre del Reloj, que se puede divis­ar des­de muchos pun­tos de La Val­let­ta.

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El pala­cio, además de acoger el despa­cho del primer min­istro y diver­sos actos ofi­ciales, sirvió durante más de tres sig­los como res­i­den­cia ofi­cial del Gran Maestre de los Caballeros de San Juan. Entre sus dis­tin­tas depen­den­cias se encuen­tran el Come­dor de Esta­do, el Salón del Emba­jador o la Cámara del Con­se­jo, aunque la joya de la coro­na es la Armería, donde se expo­nen más de 5.000 obje­tos ref­er­entes a las armas béli­cas, entre ellos una armadu­ra de más de 50 kilos de peso. Hay que recor­dar que cuan­do lle­garon aquí Napoleón y sus tropas france­sas, había más de 25.000 piezas pero los galos se lle­varon todo lo que pudieron, real­izan­do un expo­lio cul­tur­al ver­gonzoso. Den­tro del pala­cio se pueden admi­rar retratos de diver­sos monar­cas, grandes maestres y príncipes europeos y tapices antiquísi­mos. El Pala­cio abre todos los días de 10:00 a 16:00 y se pueden vis­i­tar la may­or parte de los salones si en dicho momen­to no hay recep­ciones ofi­ciales.

La Bib­liote­ca Nacional de Mal­ta, fun­da­da hace casi cin­co sig­los (aunque no se abrió al públi­co has­ta 1812), es uno de los edi­fi­cios más boni­tos de la cap­i­tal y en su facha­da luce orgul­losa el bus­to de Dun Karm Psaila, el poeta creador del him­no nacional. La Bib­liote­ca fue crea­da para sal­va­guardar los casi 10.000 volúmenes de la Orden de Mal­ta, con­sid­er­a­da una de las colec­ciones más impor­tantes del mun­do a niv­el históri­co y cul­tur­al. Nosotros aprovechamos para com­er en las ter­rac­i­tas de la plaza de la Bib­liote­ca: no tengáis miedo por los pre­cios, pese a que sea un lugar muy turís­ti­co, el menú fue estu­pen­do y abun­dante y no pag­amos más de 15 euros por per­sona. De la gas­tronomía mal­te­sa hablare­mos un poquito más ade­lante.

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Las gal­lar­i­jas, que es como se conoce en el idioma local a los curiosos bal­cones de madera de las casas mal­te­sas, son her­mosísi­mas. Aunque no se sabe exac­ta­mente cuál es su proce­den­cia (unos dicen que aca­so árabe, para que las mujeres pudier­an ver sin ser vis­tas, otros apun­tan que pudo pon­er­los de moda la Corte de Aragón), lo cier­to es que es una de las estam­pas más car­ac­terís­ti­cas de la isla. Te los encon­trarás por toda Mal­ta pero, en mi opinión, los más boni­tos se encuen­tran pre­cisa­mente aquí, en La Val­let­ta.

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Uno de los lugares más encan­ta­dores de La Val­let­ta son los Upper Bar­rak­ka Gar­dens (Il-Bar­rak­ka ta’ Fuq, tam­bién cono­ci­dos como El Belvedere de Italia), des­de cuyo mirador se obtienen unas pre­ciosas vis­tas de la ciu­dad. Además, aquí se real­iza a diario la Salut­ing Bat­tery, donde cada día, a las 12 de la mañana, se emite un cañon­a­zo a modo de salu­do. Pero no menos boni­tos son los Low­er Bar­rak­ka Gar­dens, sus jar­dines her­manos, un reman­so de paz den­tro de la bul­li­ciosa Val­let­ta. Además de, como veis en la fotografía, ofre­cer unas impre­sio­n­antes vis­tas del puer­to, cuen­ta con mon­u­men­tos impor­tan­tísi­mos, como la escul­tura ded­i­ca­da a Alexan­der Bell, el almi­rante inglés al que tan­ta esti­ma tenían los mal­te­ses y que fue el primer gob­er­nador de Mal­ta.

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Jus­to enfrente ten­emos el Memo­r­i­al del Sitio de Mal­ta, aunque este se refiere al que sufrió la ciu­dad en la Segun­da Guer­ra Mundi­al, cuan­do más de 7.000 civiles perdieron la vida (el otro Gran Sitio de Mal­ta, el más famoso, es el que os comen­ta­mos ante­ri­or­mente que acae­ció en 1565 frente a las tropas tur­cas). Como podéis ver, aquí se encuen­tra tam­bién la gigan­tesca escul­tura en hom­e­na­je al Sol­da­do Descono­ci­do.

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En una ciu­dad en la que en pleno ver­a­no fácil­mente se pueden alcan­zar los cuarenta gra­dos, las fuentes son una parte más del paisaje urbano. Son autén­ti­cas obras de arte.

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El Teatro Manoel no sólo es el más impor­tante de Mal­ta sino tam­bién el ter­cero en Europa en antigüedad que aún per­manece en acti­vo. Se abrió al públi­co en el año 1732. Hay tours guia­dos todos los días por la mañana: cues­tan cua­tro euros y per­miten acced­er al pequeño museo del teatro.

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Pre­ciosa ima­gen del Bastión de San Gre­go­rio

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Dejan­do a un lado la can­ti­dad de igle­sias que se acu­mu­lan en La Val­let­ta, desta­can­do entre ellas la de Saint Paul, la de San­ti­a­go, la de San­ta Catali­na de Italia,la de San Domeni­co o la de Nues­tra Seño­ra de Dam­as­co, la visi­ta a La Val­let­ta ha de com­ple­men­tarse con un recor­ri­do por las Tres Ciu­dades: Vit­to­riosa, Cospicua y Sen­glea. Estas se encuen­tran al sur de La Val­let­ta y su indus­tria por­tu­ar­ia y naval las han con­ver­tido en el motor económi­co de la cap­i­tal (de hecho, aco­gen el Museo Marí­ti­mo).

La que más atrac­tivos históri­cos ofrece es Vit­to­riosa, con un pequeño cas­co antiguo de orí­gen medieval en el que desta­can la Igle­sia de la Anun­ciación y el Pala­cio del Inquisidor, donde se con­ser­van las antiguas pri­siones. Otro de sus pun­tos fuertes es el Fuerte de Saint Ange­lo (hoy en día prac­ti­ca­mente aban­don­a­do). Durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, fue alcan­za­do en sesen­ta y nueve oca­siones por las bom­bas. En cuan­to a Sen­glea, lo más remar­ca­ble son los jar­dines Safe Haven y en Cospicua la Igle­sia de la Inmac­u­la­da Con­cep­ción.

 

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Aunque en un prin­ci­pio parez­ca que La Val­let­ta es bas­tante pequeña (que lo es) lo cier­to es que tiene tan­tísi­mos rin­cones para vis­i­tar que al final se nos fue el día entero. Suma a ello que casi todos son cues­tas y escaleras, así que cuan­do lleg­amos esa noche al aparta­men­to no nos podíamos ni mover, sobre todo tenien­do en cuen­ta que al volar tan tem­pra­no, nos habíamos lev­an­ta­do a las cua­tro de la mañana. No obstante, de camino de vuelta a Sliema, paramos en el paseo marí­ti­mo en una agen­cia local para comen­zar a orga­ni­zarnos el sigu­iente día, ya que queríamos ir a Gozo y Comi­no, las dos islas cer­canas. Se puede hac­er en fer­ry y mon­tar en el bar­co tu pro­pio coche pero como nosotros, ya lo he comen­ta­do, no alquil­am­os vehícu­lo, vimos que nos venía mejor con­tratar una excur­sión com­ple­ta ya que esta tam­bién incluía el trans­porte den­tro de Gozo. De pre­cio bas­tante bien, 35 euros por per­sona por el día entero.

 

A la mañana sigu­iente, nos dirigi­mos al muelle de los fer­ries de Sliema (que es des­de donde salen tam­bién los que cruzan a La Val­let­ta), ya que nue­stro fer­ry zarpa­ba a las diez de la mañana. El trayec­to dura aprox­i­mada­mente hora y media y no está de más que echéis una cha­que­ta si queréis salir a cubier­ta para hac­er fotos. Por cier­to, en el fer­ry había bar­ra libre de cerveza, vino y refres­cos.

 

En mi opinión, venir a Mal­ta y no aprovechar para vis­i­tar Gozo y Comi­no es una pena. Aunque Comi­no es muy pequeñi­ta y está prac­ti­ca­mente desier­ta (hay un chirin­gui­to donde venden hela­dos y poco más), ofrece unos paisajes bien boni­tos. Y pese a que Gozo es bas­tante más pequeña que Mal­ta y muchísi­mo menos pobla­da, tam­bién merece la pena una visi­ta. Además, aquí sí que se pueden dis­fru­tar de zonas verdes y curiosos cul­tivos en ter­razas (que instau­raron los árabes), amén de pobla­ciones mucho más tran­quilas que, eso sí, viv­en vol­cadas con el tur­is­mo que diari­a­mente les visi­ta des­de Mal­ta. La may­oría de los pequeños pueb­los que aquí exis­ten se ubi­can en col­i­nas, ya que de este modo les era más fácil defend­er­se de las escara­muzas de los piratas que lle­ga­ban en el pasa­do a estas tier­ras.

 

Vic­to­ria (que ante­ri­or­mente se llam­a­ba Rabat, como otra de las ciu­dades mal­te­sas que visi­ta­mos al día sigu­iente) es la cap­i­tal de Gozo: aquí viv­en 6.000 de los 30.000 habi­tantes que posee la isla. Aunque es una ciu­dad muy pequeñi­ta, nada más pis­ar­la sor­prende grata­mente la mag­ni­tud de su ciu­dadela, cono­ci­da como Gran Caste­lo. Se cree que en este área de la isla ya existían asen­tamien­tos des­de la época del Neolíti­co y la primera vez que fue for­ti­fi­ca­da fue en la Edad de Bronce. La ciu­dadela actu­al data del siglo XV: la parte norte fue con­stru­i­da por la Corte de Aragón y la parte sur por los Caballeros de San Juan, después de que los tur­cos invadier­an la ciu­dad en 1551.

 

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Den­tro del cas­co antiguo se encuen­tra la Cat­e­dral de Gozo (que,no sabe­mos por qué, cuan­do fuimos esta­ba cer­ra­da, sólo pudi­mos ver­la des­de fuera). Los calle­jones aledaños son encan­ta­dores: debe­mos remar­car que la ciu­dad, al igual que La Val­let­ta, fue dis­eña­da por Francesco Lapar­el­li. En el cen­tro históri­co tam­bién se encuen­tran el Pala­cio del Obis­po, los Museos Arque­ológi­cos, el de His­to­ria Nat­ur­al y el del Fol­clore. A las afueras de la ciu­dadela ten­emos la plaza it-Tokk, llena de ter­rac­i­tas y donde se cel­e­bra el mer­ca­do local.

 

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Otro de los lugares impre­scindibles de Gozo, en la Bahía de Dwe­jra, es la Ven­tana Azul, Azure Win­dow o it-Tieqa, que es como lo cono­cen los mal­te­ses. Este impre­sio­n­ante fenó­meno nat­ur­al, que la erosión del vien­to y el agua han con­ver­tido en un arco de roca gigan­tesco, sirvió de esce­nario de la boda de la khaleesi Daen­erys Tar­garyen con Khal Dro­go en la serie “Juego de Tronos” (somos muy fans de los libros de “Can­ción de Hielo y Fuego”, así que para nosotros era una visi­ta indis­pens­able).

(***** Actu­al­ización: El 8 de Mar­zo de 2017 un fuerte tem­po­ral hizo der­rum­barse la Ven­tana Azul, desa­pare­cien­do así uno de los grandes sím­bo­los de Mal­ta ¡nos sen­ti­mos afor­tu­na­dos por haber­lo logra­do cono­cer!)

 

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Des­de Gozo nos fuimos has­ta Comi­no en el fer­ry, donde aprovecharíamos para con­tin­uar esti­ran­do un poco las pier­nas. Y es que teníamos muchas ganas de cono­cer por fin la Blue Lagoon, la Lagu­na Azul, sobre todo tenien­do en cuen­ta que el tiem­po se había ali­a­do con nosotros, nos esta­ba lucien­do un sol estu­pen­do y que al no haber lle­ga­do aún el ver­a­no, no habría tan­tísi­ma gente como en los meses esti­vales. El col­or esmer­al­da de las aguas es real como la vida mis­ma: prob­a­ble­mente el paisaje más boni­to de toda Mal­ta.

 

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Antes de irnos al ter­cer día del via­je, vamos a hac­er un alto para el tema gas­tronómi­co. En gen­er­al Mal­ta nos pare­ció un lugar bas­tante más bara­to que España a la hora de com­er: si decidías sen­tarte en un restau­rante, era raro que la comi­da saliera por más de 20 euros por cabeza. El pla­to estrel­la es el cone­jo, que preparan de mil y una man­eras (aunque la más común es adereza­do con vino) pero tam­bién es muy típi­co el pulpo (les sale buenísi­mo) y, sobre todo, la pas­ta mal­te­sa, clara influ­en­cia de sus veci­nos ital­ianos. En ese sen­ti­do, me gus­taría recomen­daros en Sliema el restau­rante ital­iano Viva Nap­poli: pese a ten­er dos plan­tas grandísi­mas, la primera noche no pudi­mos cenar de la gente que había. Cuan­do con­seguimos mesa la noche sigu­iente, entendi­mos el moti­vo: las piz­zas caseras al horno de leña eran total­mente espec­tac­u­lares.

 

En otro restau­rante que cen­amos una de las noches, el Boc­con­ci­no (la comi­da esta­ba riquísi­ma pero nos tar­daron en servir hora y cuar­to) no perdi­mos la opor­tu­nidad de atrever­nos con los aper­i­tivos mal­te­ses: deli­ciosas aceitu­nas, el gbe­ni­et (exquis­i­to que­so de cabra, los mal­te­ses son muy que­seros) y la big­illa, que es la ver­sión mal­te­sa del hum­mus pero elab­o­ra­da con alu­bias. Y otro apunte: a los mal­te­ses les encan­ta el dulce y el choco­late. Aparte de pastel­erías a por­ril­lo, hay un mon­tón de puestos calle­jeros donde te venden cien­tos de dul­ces de todos los tamaños y sabores y tam­bién los típi­cos pas­tizzi, bol­li­tos de hojal­dre rel­lenos de pas­ta de guisantes.

 

A los mal­te­ses les vuelve locos el cone­jo, que ellos cono­cen como fenek (en Mal­ta salir con los ami­gos a cenar cone­jo es algo muy común y se le conoce como fenka­ta). Nosotros has­ta probamos los ravi­o­lis rel­lenos de conejo…¡una exquis­itez!

 

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Kin­nie es el refres­co más famoso del país, se sien­ten orgul­losísi­mos de él, como los argenti­nos del mate. Los mal­te­ses lo beben a todas horas.

 

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El ter­cer día en Mal­ta íbamos a dedi­car­los a Mdi­na y Rabat, dos ciu­dades unidas en el inte­ri­or del país. Sobre todo nos interesa­ba Mdi­na, con­sid­er­a­da una de las ciu­dades medievales más boni­tas y mejor con­ser­vadas de Europa. Cono­ci­da como “la ciu­dad del silen­cio” y antigua cap­i­tal de Mal­ta, que no os engañen sus escasas dimen­siones (poco más de dos kilómet­ros cuadra­dos) ni su minús­cu­la población (300 habi­tantes): es asom­brosa.

 

Hay un auto­bús que lle­va direc­ta­mente a Mdi­na des­de Sliema. Pero después de estar esperán­dole ¡como no! pasó de largo y decidi­mos regatear con un taxista para acer­carnos has­ta allí (en ese tema, el del rega­teo, las cos­tum­bres árabes se mantienen más vivas que nun­ca entre los mal­te­ses). Según llegábamos con el coche, nos mar­avil­lábamos de lo impre­sio­n­ante que se mues­tra la bel­lísi­ma Mdi­na en la lejanía, situ­a­da en lo alto de una mon­taña. Los feni­cios, que ya hab­it­a­ban estas tier­ras 700 años antes de Cristo, se dieron cuen­ta de que esta col­i­na sería el lugar per­fec­to para fun­dar una ciu­dad, Malat, que sig­nifi­ca “lugar pro­te­gi­do”, y que los romanos renom­braron como Meli­ta, voca­blo del que según diver­sas teorías derivaría el nom­bre de Mal­ta.

 

Cuan­do los sar­ra­cenos lle­garon a la ciu­dad en el 870, deci­dieron sep­a­rar Mdi­na (que es como la lla­maron) de Rabat, que era el antiguo cemente­rio romano y pasó a con­ver­tirse en un sub­ur­bio (he ahí otra heren­cia árabe, ya que Rabat es como se lla­ma tam­bién la cap­i­tal de Mar­rue­cos). La impor­tan­cia de la ciu­dad en la his­to­ria de Mal­ta ya era pal­pa­ble ya que se supone que aquí residió el gob­er­nador Plu­bio, recon­ver­tido al cris­tian­is­mo y primer obis­po de Mal­ta.

 

Cuan­do llegó a Mdi­na el conde Roger, del que ya os hablé al prin­ci­pio de este artícu­lo, lo primero que hizo fue impon­er un sis­tema feu­dal en el que quedara claro quien esta­ba arri­ba y quien aba­jo. De este modo, Mdi­na pasó a con­ver­tirse en la urbe donde aspira­ba a residir todo aristócra­ta que se pre­ci­ase, sien­do la famil­ia Inguanez la más impor­tante de la nobleza de Mal­ta y los que ostenta­ban el títu­lo de Cap­i­tano del­la Ver­ga, que era como se conocía a los que con­tro­la­ban la asam­blea guber­na­men­tal y se ocu­pa­ban de recolec­tar trib­u­tos y de las rela­ciones sociales con el vir­rey de Sicil­ia, que pertenecía a la Corte de Aragón. Durante años fue cod­i­ci­a­da por árabes y cris­tianos: la leyen­da cuen­ta que el após­tol San Pablo la salvó de la invasión de los sar­ra­cenos de Túnez blan­di­en­do una espa­da de fuego en lo alto de las mural­las. Ya sabéis, los cris­tianos y sus mila­gros.

 

A lo largo de los sig­los, sobre todo con la lle­ga­da de la Orden de Mal­ta (quienes como hemos recal­ca­do antes establecieron su sede en La Val­let­ta), los nobles con­tin­uaron eligien­do a Mdi­na como lugar de res­i­den­cia. En cualquier caso, la impor­tan­cia de la ciu­dad era tal que cada vez que era elegi­do un nue­vo Gran Maestre, este era “coro­n­a­do” a las puer­tas de Med­i­na, donde se le hacía entre­ga de las llaves de la ciu­dad. Pero con el paso del tiem­po, sobre todo a raíz del crec­imien­to de La Val­let­ta (a prin­ci­p­ios del siglo XVII La Val­let­ta tenía 11.000 habi­tantes frente a los 500 de Mdi­na), la ciu­dad fue poco a poco per­di­en­do sus priv­i­le­gios, has­ta el pun­to de que el Gran Maestre Las­caris estu­vo a pun­to de destru­ir las mural­las y dejar­la inde­fen­sa ante el avance de los tur­cos. Lo impi­dieron las valerosas mujeres de Mdi­na, quienes se enfrentaron a las tropas de los caballeros, y des­de entonces lla­mar “las­caris” a alguien en Mal­ta sig­nifi­ca insul­tar­lo de la man­era más ultra­jante posi­ble, cal­i­ficán­do­lo de des­pre­cia­ble.

 

Después de haber sobre­vivi­do a duras penas al ter­re­mo­to de 1693, que obligó a la recon­struc­ción de muchos edi­fi­cios de la ciu­dad, entre ellos la cat­e­dral, de la que sólo sobre­vivió el ábside, los habi­tantes de Mdi­na se enfrentaron a la lle­ga­da de los france­ses, quienes venían con la inten­ción de saque­ar las igle­sias y se encon­traron con una población dis­pues­ta a matar o morir. Y eso hicieron, lan­zar al capitán Mason por un bal­cón, provocán­dole la muerte, y acabar con los sol­da­dos france­ses que se refu­gia­ron en la ciu­dadela. Los mdi­nens­es eran pocos pero los tenían muy bien puestos.

 

A día de hoy, Mdi­na es un reduc­to históri­co de lo que supu­so en el pasa­do pero su belleza se mantiene intac­ta. Esta de aquí aba­jo es la men­ciona­da Puer­ta Prin­ci­pal de la ciu­dad, donde comen­tábamos que antaño se nom­bra­ba al Gran Maestre.

 

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El grosor de las mural­las de Mdi­na es de var­ios met­ros. Una vez las hayas cruza­do, lo primero que te encon­trarás es la Torre del Estandarte (aho­ra recon­ver­ti­da en cuar­tel des­de la policía), donde antigua­mente se prendían hogueras para aler­tar de la pres­en­cia de ene­mi­gos. Un poco más ade­lante nos topamos con las capil­las de San­ta Bár­bara, San Pedro, el monas­te­rio de San Benedet­to (donde las mon­jas sólo atien­den a mujeres, el úni­co hom­bre al que se le per­mite la entra­da es al médi­co) y el Pala­cio de los Inguanez, una de las res­i­den­cias más antiguas de la ciu­dad (data del siglo XIV): en su inte­ri­or viv­en los barones descen­di­entes de esta famil­ia de nobles.

 

Cat­e­dral de San Pablo, con sus cam­pa­narios geme­los y sus cam­panas vene­cianas

 

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En la mis­ma plaza de la cat­e­dral se hal­la el Pala­cio del Obis­po y el Pala­cio Gour­gion

 

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La calle más impor­tante de Mdi­na es Vil­le­gaignon, donde se encuen­tra la casa del notario Becin­na, des­de cuyo bal­cón lan­zaron al mil­i­tar francés que os comen­tábamos antes. Una de las curiosi­dades de las casas en Mal­ta (y espe­cial­mente en Mdi­na) son sus elab­o­ra­dos lla­madores en las puer­tas, a cual más orig­i­nal. Por cier­to, como curiosi­dad comen­taros que en maltés “calle” se escribe “triq”.

 

Las calles de Mdi­na, como veis en las fotografías, han per­maneci­do inal­ter­ables pese al paso de los sig­los

 

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Las ciu­dades de Mdi­na y Rabat se encuen­tran sep­a­radas por los cuida­dos Jar­dines de Howard, jun­to a los que se encuen­tra el Museo de Antigüedades Romanas, donde se exhiben mosaicos bas­tante bien con­ser­va­dos. Un poco más ade­lante se hal­la la igle­sia de San Pablo, con su gru­ta y sus cat­acum­bas, que aco­gen, en un mau­soleo gigante, más de 1.400 tum­bas. En la mis­ma calle tam­bién se encuen­tra otra crip­ta, la de San­ta Aga­ta. Aunque Rabat no tiene tan­to para ver como Mdi­na, sí merece un paseo. Nosotros aprovechamos para com­er en uno de los mejores restau­rantes de la ciu­dad (sacamos la recomen­dación de la Lone­ly Plan­et), el Grot­to Tav­ern. No es bara­to, unos 30 euros por cabeza, pero está en un local pre­cioso y la comi­da es estu­pen­da.

 

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Como el domin­go no nos salía el avión has­ta las 20,30, decidi­mos acer­carnos al aerop­uer­to para dejar las male­tas en consigna (5 euros) e irnos a pasar el día al sur de Mal­ta, a la bahía de Marx­as­lokk, al pueblecito del mis­mo nom­bre (Marsaxlokk viene del ára­ba, marsa=puerto y xlokk=siroco). Esta es la vil­la de pescadores más grande de toda Mal­ta y lo ide­al es vis­i­tar­la el domin­go, que es cuan­do se cel­e­bra el mer­ca­do del pesca­do y se insta­la un mer­cadil­lo calle­jero larguísi­mo que no tar­das menos de un par de horas en recor­rer.

 

Lo más car­ac­terís­ti­co del pueblo de Marx­as­lokk son las curiosas luz­zu, típi­cas embar­ca­ciones mal­te­sas de vivos col­ores que sue­len lle­var en la proa un ojo de Osiris, amule­to de orí­gen feni­cio y muy pop­u­lar en el mun­do árabe que ahuyen­ta a los mal­os espíri­tus y da bue­na suerte a los pescadores. Dar un paseo por el puer­to en una de estas encan­ta­do­ras bar­quitas cues­ta sólo 4 euros.

Y un últi­mo apunte: ya que estás aquí, no pier­das la ocasión de quedarte a com­er pesca­do local en alguno de los muchos restau­rantes que se alin­ean en el paseo marí­ti­mo. Hay que esper­ar bas­tante para coger mesa ya que no sólo hay tur­is­tas sino tam­bién locales: a los mal­te­ses les encan­ta venir aquí a gas­tar el día (y, aunque parez­ca increíble, “se vis­ten de domin­go” y lucen sus mejores galas, las mal­te­sas son exper­tas en andar por esas calles empe­dradas con tacona­zos de 15 cen­tímet­ros). Nues­tra recomen­dación es el restau­rante Ta Frenc il-Koy: se le conoce pop­u­lar­mente como “Las Tres Her­manas” y por unos 20 euros por per­sona, te pones has­ta arri­ba de pesca­do local: impre­scindible pro­bar el lam­pu­ki, una de las deli­cias mal­te­sas.

 

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