Viaje a Polonia — Varsovia, Cracovia, Gdansk y Wroclaw

Recorriendo Polonia en coche

Nues­tra aven­tu­ra pola­ca comen­z­a­ba ater­rizan­do en Cra­covia. Volábamos des­de Edim­bur­go con Easy­jet (pre­cio del trayec­to 70 euros) y llegábamos a las nueve en pun­to de la mañana, ese día llevábamos en pie des­de las cua­tro, por lo que se pre­senta­ba un día duro. Como cuan­do lleg­amos aún no nos tenían prepara­do el coche de alquil­er, aprovechamos para tomar una cerveza en una ter­raci­ta; por cier­to, el aerop­uer­to Juan Pablo II, pese a ten­er bas­tante trá­fi­co aéreo, es pequeñi­to y no se pasan con los pre­cios como en otros aerop­uer­tos. Ahí ya comen­zamos a notar la difer­en­cia de pre­cios con Esco­cia, de donde veníamos, e inclu­so con España. Polo­nia no es un país tan baratísi­mo como otros país­es del Este como Rumanía, donde habíamos esta­do hace dos años, pero sí es bas­tante más bara­to que nue­stro país, yo diría que en gen­er­al las cosas esta­ban como un 30% más baratas.

El coche, para los seis que íbamos, lo habíamos reser­va­do a través de Rental Car, que nos remi­tió a una agen­cia local. Resultó que era de una gama bas­tante más baja que el que habíamos alquila­do en Esco­cia y nos dio algún que otro prob­lemil­la, caso de que en oca­siones notábamos que le falta­ba poten­cia al motor o que uno de los días nos volvi­mos locos en una gaso­lin­era al repostar porque no había for­ma de pon­er­lo en mar­cha (luego des­cub­ri­mos que tenía una curiosa cual­i­dad y es que si no has cer­ra­do bien el depósi­to de la gasoli­na, aunque lo vuel­vas a cer­rar, el con­tac­to se qued­a­ba blo­quea­do). Asi que allí nos veis a los seis empu­jan­do el coche para poder arran­car­lo, con caí­da incluí­da de una de mis ami­gas en mitad de la man­io­bra. Vamos, para haber­nos graba­do y man­dar­lo a “Vídeos de Primera”!! 😉

Si alquilais coche, os recomien­do encar­e­ci­da­mente que util­icéis GPS. Os va a ser de muchísi­ma util­i­dad ya que el 99% de los carte­les están en pola­co y más si os metéis por car­reteras secun­darias, que nosotros fue las que más uti­lizamos. Y aho­ra os hago otro avi­so con las autovías y autopis­tas. La primera es que los pola­cos con­ducen que da pavor, mucho oji­to en la car­retera. La segun­da es que pre­cau­ción extra ante los semá­foros que de repente te apare­cen en mitad de las autopis­tas: no he vis­to eso en ningu­na otra autopista euro­pea. No sé si lo harán para ahor­rarse con­stru­ir pasos a niv­el pero son súper peli­grosos porque de repente el coche de delante se para sin pre­vio avi­so. Y la ter­cera es que en las autopis­tas tam­bién exis­ten cam­bios de sen­ti­do, la may­or parte de las veces sin señalizar, y tienes el mis­mo prob­le­ma que con los semá­foros. En cuan­to a las car­reteras secun­darias, que son las que más abun­dan, cuida­do tam­bién: son muy estre­chas, sue­len estar en bas­tante mal esta­do (pese a que se nota que las sub­ven­ciones de la Unión Euro­pea se están aprovechan­do, había muchos tramos en obras) y atraviesan infinidad de pueb­los. Lo cier­to es que con­ducir en Polo­nia fue toda una expe­ri­en­cia.

De camino a Varso­via, que sería donde haríamos la primera noche, paramos a com­er en un restau­rante de car­retera. Y primera sor­pre­sa: el restau­rante de al lado (donde no entramos porque esta­ba peta­do de gente pero no nos resis­ti­mos a hac­er­le la foto) era un avión. Tam­poco creáis que fue el úni­co que vimos, a lo largo del via­je nos dimos con otros cuan­tos reci­cla­dos. En fin, el tipo de cosas que sólo se ven en los país­es ex comu­nistas y que dan el pun­to kitch al via­je!

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Yo ya había proba­do la comi­da pola­ca en ante­ri­ores oca­siones pero claro, como en Polo­nia no la preparan en ningún sitio. Ya os iré rela­tan­do a lo largo del via­je la can­ti­dad de cosas que probamos (sabrosísi­mas, un diez por la gas­tronomía pola­ca!) pero en esta primera para­di­ta ya fli­pamos con los pre­cios, menos de diez euros por per­sona. Los restau­rantes me sor­prendieron porque en gen­er­al, están muy, muy cuida­dos en la dec­o­ración: a los pola­cos les encan­ta sim­u­lar que son salones antigu­os, con sus lám­paras de araña, sus espe­jos dora­dos y sus man­te­les de gan­chil­lo. Vamos, como ir a com­er a casa de la abuela.

Varsovia

Varso­via está a unas tres horas y media de via­je des­de Cra­covia. Le íbamos a dar sólo un día ya que no tiene tan­tas cosas que vis­i­tar como otros lugares de la ruta pero sería una bue­na primera toma de con­tac­to con el país. Al ser domin­go, nos encon­tramos unos bru­tales atas­cos de trá­fi­co a la entra­da de la ciu­dad: el tiem­po acom­paña­ba, unos 25 gra­di­tos, que para ser Sep­tiem­bre y tan al norte, se agradecía y mucho.

En Varso­via habíamos reser­va­do el  Vip Park & Sta­di­um Apart­ment. Un pisazo impre­sio­n­ante, que tenía has­ta sauna. Dos baños, wifi, aparcamien­to pri­va­do y vig­i­la­do y sólo 18 euros por per­sona (por cier­to, pese a que Polo­nia pertenez­ca a la Unión Euro­pea, su mon­e­da sigue sien­do el zlo­ty, al cam­bio un euro son cua­tro zlo­tys). El úni­co prob­le­ma es que aunque se supone que el aparta­men­to era para seis, en la prác­ti­ca era para cin­co, asi que tuvi­mos que hac­er man­io­bras de urgen­cia para poder dormir todos. Ese sería el úni­co pero, por lo demás el piso nos encan­tó. Iba a haber­nos venido a cobrar el pro­pio casero pero final­mente me avisó que no le daría tiem­po, por lo que final­mente el car­go me lo hicieron direc­ta­mente des­de Book­ing.

Al vis­i­tar Varso­via hay que ten­er en cuen­ta el pasa­do comu­nista de Polo­nia y lo que ha sufri­do esta ciu­dad, sobre todo en la Segun­da Guer­ra Mundi­al, cuan­do quedó arrasa­da prác­ti­ca­mente en su total­i­dad por los bom­bardeos de los nazis. Por aquel entonces, más de un ter­cio de la población de Varso­via era judía y los que no murieron, salieron huyen­do. Tras la guer­ra, más de un 90% del cen­tro históri­co había desa­pare­ci­do. Sin embar­go, el gob­ier­no comu­nista se puso manos a la obra con la recon­struc­ción, inten­tan­do que fuera tan fiel a la orig­i­nal que a dicha labor se la pre­mió con el títu­lo de Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO. Hay gente que con­sid­era que esta recon­struc­ción inclu­so fue demasi­a­do fidedigna pero en mi opinión han hecho un tra­ba­jo increíble. Los arqui­tec­tos se basaron en pin­turas y fotografías ante­ri­ores a la guer­ra y se uti­lizaron los escom­bros de los antigu­os edi­fi­cios bom­bardea­d­os, por lo que de un modo u otro la vie­ja ciu­dad aún con­tinúa estando muy pre­sente.

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Lo más boni­to de Varso­via se encuen­tra en la Stare Mias­to, la Ciu­dad Vie­ja, el bar­rio más antiguo de la ciu­dad y cuyas casas de col­ores son las que veis en la fotografía de arri­ba.  Su corazón es la Rynek Starego Mias­ta, la Plaza del Mer­ca­do, donde se amon­to­nan las ter­razas, las heladerías y los puestos de sou­venirs. No obstante, es el pun­to más vis­i­ta­do de la ciu­dad.

Uno de los mon­u­men­tos más boni­tos de Varso­via es el de la Sire­na (nos encan­ta que haya tan­tos mon­u­men­tos a sire­nas repar­tidos por el mun­do). La leyen­da cuen­ta que hace muchos, muchos años dos sire­nas her­manas nad­a­ban por el Mar Bálti­co. Una de ellas, Sza­wa, llegó primero a Gdan­sk y luego sigu­ió nadan­do por el río Vís­tu­la has­ta lle­gar a lo que hoy sería Varso­via. Pero un mer­cad­er la atrapó, la encer­ró y tuvo que ser rescata­da por Wars, un pescador (por este moti­vo la ciu­dad se lla­ma War­saw en inglés y Warsza­wa en pola­co). Sza­wa, en agradec­imien­to, prometió a los ciu­dadanos defend­er­les con un escu­do y una espa­da por el resto de la eternidad. Sin embar­go, pudo ayu­dar­les poco cuan­do durante 63 días 600.000 varso­vianos resistieron más mal que bien los bom­bardeos de los ale­manes.

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El cen­tro de Varso­via la ver­dad que nos sor­prendió muy grata­mente, ya que todo el mun­do que conocíamos que había esta­do en Polo­nia nos decía que la cap­i­tal era feísi­ma. Bueno, pues los sub­ur­bios quizás sí (mucho bloque de hormigón de la época comu­nista) pero el cen­tro me pare­ció bien boni­to, con calle­jones empe­dra­dos y un mon­tón de igle­sias rel­e­vantes (la Cat­e­dral de San Juan, la igle­sia de San Jacek, la de San Kaz­imierk o la de San Martín).

El Castil­lo Real de Varso­via es otro de los pun­tos más vis­i­ta­dos. Tam­bién hubo de ser recon­struí­do tras los bom­bardeos ale­manes. Se puede vis­i­tar por den­tro (pre­cio de la entra­da 22 PLN) para admi­rar las Habita­ciones de los Príncipes, la Sala de los Senadores o el Salón de los Caballeros. Frente a él se encuen­tra la impre­sio­n­ante Colum­na de Segis­mun­do, de más de 20 met­ros de altura y que rep­re­sen­ta al rey Segis­mun­do III por­tan­do la coro­na real.

El Castil­lo Real de Varso­via es otro de los pun­tos más vis­i­ta­dos. Tam­bién hubo de ser recon­struí­do tras los bom­bardeos ale­manes. Se puede vis­i­tar por den­tro (pre­cio de la entra­da 22 PLN) para admi­rar las Habita­ciones de los Príncipes, la Sala de los Senadores o el Salón de los Caballeros. Frente a él se encuen­tra la impre­sio­n­ante Colum­na de Segis­mun­do, de más de 20 met­ros de altura y que rep­re­sen­ta al rey Segis­mun­do III por­tan­do la coro­na real.

Mon­u­men­to a los Héroes de la Resisten­cia del Movimien­to del Gue­to. El gue­to de Varso­via fue el may­or crea­do por los nazis en toda Europa. Aquí se encer­raron a más de 400.000 judíos, un 30% de los habi­tantes de Varso­via (no sólo pola­cos, tam­bién de otros país­es). Estu­vo en activi­dad durante tres años y era el paso pre­vio a la deportación a otros cam­pos de con­cen­tración como el de Tre­blin­ka. De los 400.000 habi­tantes del gue­to, sólo lle­garon al final de la guer­ra 50.000 per­sonas. Entre el 19 de Abril y el 16 de Mayo de 1943 se pro­du­jo el Lev­an­tamien­to del Gue­to de Varso­via. Los judíos habían con­stru­i­do bunkers, túne­les sub­ter­rá­neos y con­segui­do que muchos pola­cos les pasaran armas de con­tra­ban­do. Comen­zó una batal­la cam­pal entre judíos y sol­da­dos de las SS que duró var­ios días y acabó con edi­fi­cios que­ma­dos y 7.000 judíos muer­tos. El gob­ier­no alemán demolió la sin­a­goga como sím­bo­lo de su vic­to­ria y aprovechó el aplas­tamien­to con­tra los sub­l­e­va­dos para uti­lizar­lo como lla­ma­da de adver­ten­cia para los que osaran resi­s­tirse. En la durísi­ma pelícu­la “El pianista”, pro­tag­on­i­za­da por Adrien Brody, se retra­ta muy bien cómo fueron estos días nefas­tos para la his­to­ria de Polo­nia.

Una bar­ba­cana era una for­t­aleza defen­si­va medieval que solía sal­va­guardar tor­res o muros inte­ri­ores. La de Varso­via hubo de ser recon­struí­da en parte tras los bom­bardeos (data­ba de 1548). Tiene más de un kilómetro de lon­gi­tud y en su inte­ri­or hay una exposi­ción per­ma­nente acer­ca de las antiguas mural­las medievales de Varso­via.

Con una arqui­tec­tura total­mente difer­ente a la de la Ciu­dad Vie­ja, el Pala­cio de la Cul­tura y de las Cien­cias con­tinúa sien­do a día de hoy el edi­fi­cio más alto de Polo­nia con sus casi 240 met­ros de altura. Fue un rega­lo de la Unión Soviéti­ca y fueron muchos los pola­cos que pidieron su der­ri­bo cuan­do cayó el Muro de Berlín. Pero hicieron bien en no destru­ir­lo. Es una parte más de la his­to­ria del país y su desapari­ción hubiera con­sti­tuí­do una pér­di­da irrepara­ble.

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Antes de dejar Varso­via, os recomien­do para cenar un restau­rante pre­ciosísi­mo, situ­a­do en Świę­to­jańs­ka 2, el restau­rante Pol­ka en el cas­co antiguo, propiedad de Mag­da Gessler, pre­sen­ta­do­ra de la ver­sión pola­ca de “Pesadil­la en la coci­na”. Aunque el ser­vi­cio fue algo lento (casi media hora para traer­nos los postres) el local por den­tro es muy,muy boni­to y la comi­da espec­tac­u­lar. Los piero­gi que pedí, de los mejores que probé en toda Polo­nia. Así aprove­cho para con­taros un poco de este pla­to, el más famoso de la gas­tronomía pola­ca. Son una especie de ravi­o­lis rel­lenos de mil man­eras difer­entes, hay un mon­tón de vari­antes aunque los más comunes son los rel­lenos de que­so, puré de patatas y cebol­la.  Están exquis­i­tos… y advier­to que llenan muchísi­mo.

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Gdansk

A la mañana sigu­iente madrug­amos bas­tante porque nos qued­a­ban un mon­tón de kilómet­ros has­ta lle­gar a Gdan­sk. Son casi cin­co horas de via­je y como os comenta­ba, las car­reteras no están en muy buen esta­do y hay camiones para abur­rir, aparte que los pola­cos son muy dados a los ade­lan­tamien­tos sui­ci­das. La comi­da la hici­mos bas­tante fru­gal en una estación de ser­vi­cio (te ponen unos per­ri­tos calientes gigan­tescos por sólo 2 euros) para poder lle­gar a Gdan­sk al mediodía. El pre­cio de la gasoli­na, por cier­to, muy sim­i­lar al de España.

Mi recomen­dación si vienes a Polo­nia es que de una man­era u otra intentes incluir en el recor­ri­do la bel­lísi­ma ciu­dad de Gdan­sk, en el norte del país y cap­i­tal de Pomera­nia, aunque te quede bas­tante ale­ja­da de Cra­covia, que está en la otra pun­ta. Al menos a mí me pare­ció una ciu­dad muy lin­da. Quizás te suene más bajo el nom­bre de Danzig (que es como la cono­cen los ale­manes). Hay que ten­er en cuen­ta que a lo largo de sus mil años de vida, ha sido durante mucho tiem­po una de las ciu­dades más ric­as de Polo­nia, debido a que forma­ba parte de la Liga Hanseáti­ca (aso­ciación de ciu­dades mer­can­tiles del Mar Bálti­co) y era un pun­to com­er­cial impor­tan­tísi­mo. Aparte, sus joyeros y orfebres eran de los mejores de Europa y dis­eña­ban y vendían joyas a muchas famil­ias reales euro­peas.

En Gdan­sk habíamos alquila­do esta vez un dúplex en pleno cen­tro, lo que nos venía de lujo para dejar aparca­do el coche y despre­ocu­parnos de él. Pero antes de irnos al cas­co antiguo, hag­amos un paseo has­ta sus astilleros, ya que aquí se escribió uno de los capí­tu­los más impor­tantes de la his­to­ria de Polo­nia. En 1980, Lech Wale­sa fundó aquí Sol­i­dari­dad, el primer sindi­ca­to de tra­ba­jadores del Bloque Soviéti­co y que supu­so el ini­cio de las hos­til­i­dades de los ciu­dadanos hacia el gob­ier­no comu­nista, aunque ellos siem­pre defendieron que las cosas se con­sigu­ier­an pací­fi­ca­mente. Sol­i­dari­dad llegó a ten­er diez mil­lones de afil­i­a­dos, lo que suponía una seria ame­naza para un gob­ier­no acos­tum­bra­do a que nadie le lev­an­tara la voz. Aunque el gob­ier­no inten­tó destru­ir­lo una y mil veces, esto sólo con­tribuyó a incre­men­tar su pop­u­lar­i­dad entre la ciu­dadanía, has­ta el pun­to de que en 1989 se pre­sen­taron a las elec­ciones y Wale­sa se con­vir­tió en el nue­vo pres­i­dente del gob­ier­no de una Polo­nia libre, car­go que ocupó durante cin­co años.

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El Paseo del Muelle, a las oril­las del río Mot­lawa y donde aparte de este impre­sio­n­ante galeón has­ta vimos entrenán­dose a unos regatis­tas, es prob­a­ble­mente el más boni­to de todo Gdan­sk. Esta ha sido des­de su nacimien­to una ciu­dad por­tu­ar­ia, por lo que uno de los lugares más vis­i­ta­dos es pre­cisa­mente el Museo Marí­ti­mo. Pero lo que más desta­ca y es sin duda el autén­ti­co sím­bo­lo de la ciu­dad es la Grúa de Gdan­sk, esa que veis en la fotografía de aba­jo. Con­struc­ción úni­ca en Europa, es un edi­fi­cio medieval del siglo XIV, con una estruc­tura cen­tral total­mente de madera, flan­quea­da por dos tor­res cir­cu­lares de ladrillo. Antigua­mente, se manip­u­la­ba a mano (sí, sí, habéis leí­do bien) y sus poleas podían lle­gar a subir una car­ga de has­ta dos toneladas a una altura de 30 met­ros. Se encuen­tra en la Uli­ca Dlugie Pobrzeze: esta calle, una aveni­da llena de restau­rantes bien boni­tos, se llam­a­ba antigua­mente Puente Largo y era una larguísi­ma pasarela de madera donde atra­ca­ban los bar­cos.

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El Gran Moli­no de Gdan­sk fue uno de los edi­fi­cios indus­tri­ales más grandes de la Europa medieval. Se encuen­tra en una pequeña isla en el Canal Radunia y hoy en día acoge un cen­tro com­er­cial. Con­stru­i­do en el siglo XIV se man­tu­vo en fun­cionamien­to durante más de 500 años, lle­gan­do a pro­ducir más de 200.000 kilos de hari­na por día y fun­cio­nan­do al mis­mo tiem­po como moli­no, granero y panadería.

Nue­stro dúplex en Gdan­sk esta­ba a dos min­u­tos andan­do de lo que los locales cono­cen como la Ruta Real, lla­ma­da así por haber sido tes­ti­go de pom­posas cer­e­mo­nias y mul­ti­tu­di­nar­ios des­files. Pre­cisa­mente en la Bra­ma Wyzyn­na, la puer­ta prin­ci­pal de Gdan­sk, era donde el monar­ca de turno recibía las llaves de la ciu­dad y la bien­veni­da de sus súb­di­tos. La Puer­ta Alta, cono­ci­da así por su situación por enci­ma del niv­el del agua y pla­ga­da de inscrip­ciones, entre las que desta­ca la de “la jus­ti­cia y la piedad son las bases de todos los esta­dos”, es además la entra­da al cas­co antiguo y donde podrás recopi­lar infor­ma­ción turís­ti­ca.

La segun­da puer­ta en impor­tan­cia es la Puer­ta Dora­da (la de la foto de aba­jo). Fue fun­da­da por la Aso­ciación de San Jorge con gran influ­en­cia del esti­lo fla­men­co.

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En el cen­tro de Gdan­sk la calle con más ani­mación es la Dlu­ga o Calle Larga, llena de restau­rantes, pubs, cafeterías y joy­erías reple­tas de ámbar, muy típi­co de la zona (verás que lo venden por todos lados).  Una aveni­da seño­r­i­al al máx­i­mo que me recordó muchísi­mo a Áms­ter­dam, con sus casas recar­gadas de gár­go­las y una atmós­fera antiquísi­ma. Aquí se puede encon­trar el bel­lísi­mo Ayun­tamien­to, con­stru­i­do en el siglo XIV. Antigua­mente fue hog­ar de monar­cas pero hoy acoge en su seno el museo de la ciu­dad (entra­da 10 zlo­tys).

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Otro de los sím­bo­los de la ciu­dad, situ­a­do en Dlu­gi Targ, el Mer­ca­do Largo, es la boni­ta estat­ua de Nep­tuno, que pre­tende sim­bolizar la estrecha relación de Gdan­sk con el mar.

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El Mer­ca­do Largo, uno de los lugares con más vidil­la de la ciu­dad

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La Torre de la Prisión, lev­an­ta­da en el siglo XIV, ha sido tes­ti­go de los inter­roga­to­rios más san­gri­en­tos y de las tor­turas más per­ver­sas. Aquí se llev­a­ban a cabo tam­bién las eje­cu­ciones de los con­de­na­dos. Hoy en día alber­ga el Museo del Ámbar, donde has­ta podrás encon­trar una gui­tar­ra Stra­to­cast­er fab­ri­ca­da con este mate­r­i­al.

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Las boni­tas fachadas de Gdan­sk, su may­or atrac­ti­vo turís­ti­co

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Un par de recomen­da­ciones gas­tronómi­cas. La primera, el restau­rante Euro (Dlu­ga 79), con­sid­er­a­do uno de los mejores de la ciu­dad (unos 18 euros por per­sona). Tienen un menú amplísi­mo de comi­da tradi­cional pola­ca, del que recomen­dare­mos su vari­a­da car­ta de sopas y sobre todo, el pesca­do (recor­dad que esta es una ciu­dad pega­da a la cos­ta). Para el cerve­ceo, nos encan­tó el Áms­ter­dam Bar (Gar­bary 6), un local súper acoge­dor con una lista de cervezas grandísi­ma. Esa es una de las cosas que más nos gustó de Polo­nia, la ven­eración de los pola­cos hacia la cerveza arte­sanal y de cal­i­dad, entra­bas en cualquier sitio y tenías miles de mar­cas para ele­gir. Y a muy buen pre­cio, una bue­na pin­ta no lle­ga­ba casi nun­ca a los dos euros. Además, allí los envas­es sue­len ser más grandes que en España, lo más común es el medio litro. Las más pop­u­lares son Zywiec, Tyskie , Zubr y Tatra (cada pola­co se bebe 93 litros de cerveza al año). Yo, que me con­sidero una fan acér­ri­ma de las lam­bic de fru­tas, me hice adic­ta a la Cor­nelius!

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Castillo de Malbork

El día sigu­iente, pese a que seguíamos tenien­do nue­stro alo­jamien­to en Gdan­sk, le pasaríamos en el Castil­lo de Mal­bork, la visi­ta que más ganas tenía de hac­er en este via­je pola­co y que, efec­ti­va­mente, fue la que más me impre­sionó. Se encuen­tra a poco más de 60 kilómet­ros de Gdan­sk y bien se merece una escapa­da: es un lugar fran­ca­mente espec­tac­u­lar. El castil­lo de ladrillo más grande del mun­do.

Para que veais las difer­en­cias entre unos pre­cios y otros: en Esco­cia, de donde veníamos, cualquier visi­ta a un castil­lo secun­dario (no hablo de Stir­ling o el de Edim­bur­go) no solía bajar al cam­bio de los 12 euros, y hablo de castil­los en ruinas que te ven­ti­las en media hora. La entra­da a Mal­bork, 39 zlo­tys (10 euros) con audio­guía en español incluí­da. Y te tiras toda la mañana recor­rién­do­lo porque más que un castil­lo es una ciu­dad for­ti­fi­ca­da con dece­nas de depen­den­cias de todo tipo. Los ciné­fi­los os vais a sen­tir la may­oría del tiem­po como en la pelícu­la “El Nom­bre de la Rosa”. Qué lugar más esplén­di­do.

La impac­tante puer­ta de entra­da de Mal­bork

Malbork
Castil­lo de Mal­bork

El castil­lo de Mal­bork (o de Mariem­bur­go, el Castil­lo de María) fue con­stru­i­do en el siglo XIII por la Orden de los Caballeros Teutóni­cos, una orga­ni­zación reli­gioso-mil­i­tar al esti­lo de la Orden de los Tem­plar­ios y esta­ba for­ma­da prin­ci­pal­mente por nobles ale­manes. Mal­bork es la for­t­aleza góti­ca más grande de toda Europa: al estar situ­a­do en la rib­era del río Nogat, per­mi­tió a los Caballeros cobrar un impuesto a los bar­cos que nave­g­a­ban por sus aguas y ser partícipes, casi monop­o­lizán­do­lo, del com­er­cio de ámbar. Así, gra­cias a estas riquezas, fueron aña­di­en­do edi­fi­cios al castil­lo prin­ci­pal y lev­an­tan­do una ciu­dad en miniatu­ra que se con­vir­tió en una de las for­t­alezas más inex­pugnables del norte de Europa.

Las mural­las de Mal­bork sal­va­guardan un área que se va has­ta los 21.000 met­ros cuadra­dos, lo que sig­nifi­ca que es el triple de grande que el Castil­lo de Wind­sor, por pon­er un ejem­p­lo.  Mal­bork sirvió al mis­mo tiem­po como monas­te­rio, cen­tro de intri­gas políti­cas y for­t­aleza mil­i­tar, ya que a fin de cuen­tas, la labor prin­ci­pal de los Caballeros Teutóni­cos, por muy reli­giosos que parecier­an, era exter­mi­nar a todos aque­l­los paganos que se negaran a con­ver­tirse al cris­tian­is­mo. Vamos, que eran unas Cruzadas en toda regla pero en el Bálti­co.

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Estos mon­jes-guer­reros ger­manos se olvid­a­ban de la piedad y la clemen­cia a la hora de tor­tu­rar a los pri­sioneros, hacien­do gala de una cru­el­dad que sólo tra­jo más odio hacia ellos. Cuan­do un caballero era cap­tura­do, los infieles le lan­z­a­ban a las lla­mas con la armadu­ra pues­ta para que se coci­nara vivo.

En Mal­bork lle­garon a vivir más de 3.000 sol­da­dos, que se auto­cas­ti­ga­ban con una vida monacal muy estric­ta (parece que el cris­tiano es a lo que ha venido al mun­do, a sufrir) y en la que les esta­ba total­mente veta­da la vida sex­u­al: por dicho moti­vo, muchos mon­jes se ata­ban la ropa cuan­do se iban a la cama, no fuera a ser que alguno de sus com­pañeros pre­tendiera ser car­iñoso en mitad de la noche. Sin embar­go, se per­mitían otros lujos, como la prim­i­ti­va cale­fac­ción de entonces (piedras calen­tadas en hornos que se situ­a­ban bajo el sue­lo). nos lla­maron tam­bién mucho los retretes, situ­a­dos en las alturas (un agu­jero envi­a­ba los des­perdi­cios al patio) y donde el papel higiéni­co eran hojas de col.

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El Castil­lo de Mal­bork fue el más impor­tante del cen­te­nar de castil­los que la Orden Teutóni­ca repar­tió por todo el norte de Polo­nia. Acced­er a él era una tarea ard­ua y casi imposi­ble: puentes y pasare­las obsta­c­uliz­a­ban el paso a los ene­mi­gos, un foso ais­la­ba a Mal­bork por com­ple­to y cien­tos de arqueros dis­para­ban fle­chas des­de ven­tanu­cos minús­cu­los. Había vigías vig­i­lan­do día y noche: la orden Teutóni­ca vivía siem­pre en esta­do de aler­ta ante ataques impre­vis­tos. Además, la impor­tan­cia de Mal­bork se incre­men­tó cuan­do el Gran Maestre se trasladó a vivir aquí des­de Vene­cia: aún se puede vis­i­tar el gigan­tesco salón donde se orga­ni­z­a­ban las reuniones entre él y el resto de caballeros y donde su sil­la-trono ocu­pa­ba un lugar priv­i­le­gia­do.

Den­tro del castil­lo, entre otras depen­den­cias, se encon­tra­ban las capil­las (una de ellas semi­de­stroza­da por las guer­ras y que los pola­cos no han queri­do restau­rar como sím­bo­lo y recuer­do de las bar­baries béli­cas), los dor­mi­to­rios de los mon­jes, coci­nas grandísi­mas, bib­liote­cas para el estu­dio, un cemente­rio, jar­dines donde los mon­jes exper­i­menta­ban con la botáni­ca, un granero… no les falta­ba de nada. Unos edi­fi­cios y otros esta­ban comu­ni­ca­dos por pasadi­zos y corre­dores por los que era muy fácil perder­se (a nosotros mis­mos nos pasó unas cuan­tas veces pese a estar las rutas señal­izadas).

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A la sal­i­da, aprovechamos que en el pueblo se cel­e­bra­ba un mer­cadil­lo medieval para hac­er­nos con unas cuan­tas cervezas arte­sanales pola­cas. ¡Ricas,ricas!

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Para bajar la comi­da, en vez de volver a Gdan­sk y como aún era pron­to y hacía calorci­to, decidi­mos coger el coche y acer­carnos a la acoge­do­ra ciu­dad de Elblag a dar una vuelta y tomarnos una cerveza en sus encan­ta­do­ras ter­rac­i­tas. Una ciu­dad sin ape­nas tur­is­tas por la que es una deli­cia pasear. Aquí en la Puer­ta del Mer­ca­do Antiguo.

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Wroclaw

De Gdan­sk a Wro­claw teníamos casi 500 kilómet­ros, la may­or parte por car­reteras regionales, por lo que madrug­amos bas­tante al día sigu­iente. Menu­da odis­ea para encon­trar un lugar para com­er a mitad de camino, ape­nas encon­trábamos restau­rantes y para uno que encon­tramos, todo el menú esta­ba en pola­co y la camar­era, que era una arisca de cuida­do, ni se lim­ita­ba a mirarnos cuan­do la hablábamos, así que nos dimos la vuelta y nos fuimos. Al final logramos encon­trar un restau­rante estu­pen­do casi lle­gan­do a Wro­claw, donde degus­ta­mos la sopa borsch tan típi­ca del norte de Europa, a base de remo­lacha (yo la hago a menudo en casa y está sabrosísi­ma). No olvidéis tam­poco pro­bar los cal­los pola­cos, mucho más suaves que los españoles a la hora de condi­men­ta­r­los.

En Wro­claw habíamos reser­va­do el hotel más bara­to de todo el via­je, el Wieni­awa (24 euros la habitación doble) y la ver­dad que nos encan­tó porque es una autén­ti­ca reliquia comu­nista. Esta­ba todo viejísi­mo pero muy limpio, lo que le daba un toque muy retro al asun­to. El per­son­al ama­bilísi­mo y aunque el desayuno no está incluí­do, com­pen­sa pagar­lo: cues­ta sólo 4 euros y es un buf­fet enorme donde tienen cabi­da has­ta las tar­tas.

Wro­claw, cono­ci­da por los españoles como Breslavia, recibe todos los años un mon­tón de tur­is­tas ale­manes al no encon­trarse demasi­a­do lejos de la fron­tera. Es la ciu­dad más impor­tante de la región de la Baja Sile­sia y la cuar­ta ciu­dad pola­ca en lo que a población se refiere. Su cen­tro neurál­gi­co es la Plaza del Mer­ca­do, la may­or del país por detrás de la de Cra­covia. El Ayun­tamien­to, que se encuen­tra aquí, tardó casi tres sig­los en con­stru­irse y den­tro se encuen­tra el Museo Históri­co. Desta­ca tam­bién la Igle­sia de San­ta Isabel con su cam­pa­nario de 80 met­ros de altura.

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La Mar­quet Square (o Rynek, como la cono­cen los pola­cos) esta­ba ani­madísi­ma, ya que Polo­nia dis­puta­ba un par­tido, creo que de volei­bol, y allí esta­ban todos los locales ani­man­do en las ter­razas. Un ambi­ente bas­tante difer­ente al de hace sig­los, cuan­do en esta plaza se exponían las cabezas de los ajus­ti­ci­a­dos. Muy cerqui­ta tienes la Plac Sol­ny, la Plaza de la Sal, con sus incon­fundibles puestecitos de flo­res.

Estas de aquí aba­jo son las casas de Hansel y Gre­tel, dos edi­fi­cios medievales unidos por una arca­da, uno de los lugares más queri­dos por los locales

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Uno de los sím­bo­los más entrañables de Wro­claw son sus enani­tos. Están des­perdi­ga­dos por toda la ciu­dad (hay más de 150) y uno de los pasatiem­pos de los tur­is­tas es pre­cisa­mente ir a su caza y cap­tura (nosotros encon­tramos unos cuan­tos). Los pola­cos los cono­cen como kras­nale: su ori­gen proviene de medi­a­dos de los 80, cuan­do el grupo rev­olu­cionario Alter­na­ti­va Naran­ja comen­zó a repar­tir­los por difer­entes rin­cones como sím­bo­lo de su lucha con­tra el gob­ier­no.

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A la mañana sigu­iente enfilábamos hacia la últi­ma parte del via­je, a la que es con­sid­er­a­da la más bel­la ciu­dad de Polo­nia y en aña­didu­ra de Europa. Nue­stro sigu­iente des­ti­no, qué ganas había ya, era Cra­covia, donde pasaríamos tres días.

Cracovia

El alo­jamien­to elegi­do esta vez, el mejor del via­je. Por medio de Airbnb cogi­mos un pisazo de dos plan­tas en pleno cen­tro, en un edi­fi­cio antiquísi­mo al que la úni­ca pega a pon­er­le era que no tuviera ascen­sor y nos tocara car­gar los tres pisos con las male­tas. Pero por lo demás, una pasa­da, a dos min­u­tos andan­do de la Stare Mias­to, la plaza prin­ci­pal, con habita­ciones grandísi­mas, todas las como­di­dades y una coci­na gigan­tesca.

Ya que hemos men­ciona­do la Plaza del Mer­ca­do, vayá­monos a ella para comen­zar nue­stro recor­ri­do. La Rynek Glowny, como la cono­cen los pola­cos, es la más grande del país: cada lado mide más de 200 met­ros. En el cen­tro de esta se encuen­tra el boni­to Mer­ca­do de los Paños, el Suki­en­nice, un edi­fi­cio de esti­lo rena­cen­tista del siglo XIV que es donde habit­ual­mente tra­ba­ja­ban los com­er­ciantes tex­tiles y que hoy está reple­to de ten­deretes de sou­venirs.

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Torre del Ayun­tamien­to, donde se encuen­tra el Museo Históri­co de Cra­covia (entra­da 7 zlo­tys). En el sótano, donde antigua­mente se encon­tra­ban las maz­mor­ras, se ha con­stru­i­do un teatro. Muy cerqui­ta se encuen­tra la Basíli­ca de San­ta María, con sus dos tor­res de difer­entes alturas. El famoso toque de trompe­ta, el Hej­nal, sue­na cada hora para recor­darnos cómo se daba la voz de alar­ma en la época medieval.

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El Castil­lo de Wawel es el mon­u­men­to más vis­i­ta­do de Cra­covia. Ubi­ca­do en lo alto de una col­i­na, está con­sid­er­a­do uno de los grandes orgul­los de Polo­nia. Cuan­do la cap­i­tal se trasladó a Varso­via, quedó par­cial­mente aban­don­a­do y ocu­pa­do por pru­sianos y aus­tri­a­cos pero actual­mente repor­ta grandes ben­efi­cios económi­cos al ayun­tamien­to de la ciu­dad.

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Cer­ca del castil­lo nos encon­tramos con la Cat­e­dral de Wawel, con más de mil años de his­to­ria y un ref­er­ente para los pola­cos, ya que era donde se coro­n­a­ba a sus reyes, muchos de los cuales están aquí enter­ra­dos (se puede vis­i­tar la crip­ta con los sar­cófa­gos reales). Aquí tam­bién se encuen­tra la tum­ba de San Estal­is­nao, el patrón de Polo­nia.

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Si vienes a esta parte de la ciu­dad, no dejes de fotografi­arte con el dragón de Wawel, la “mas­co­ta” de Cra­covia. La leyen­da cuen­ta que el dragón ater­ror­izó en la antigüedad a los habi­tantes has­ta que un humilde zap­a­tero le ofre­ció un cordero rel­leno de azufre y el dragón, al con­tac­to con las lla­mas que salían de sus fauces, explotó. Cada cin­co min­u­tos sale una lla­ma­ra­da de la boca de la estat­ua.

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La Bar­ba­cana de Cra­covia fue otro de los rin­cones que más nos gustó. Estas robus­tas mural­las medievales tienen tres met­ros de grosor y aparte de defend­er la ciu­dad, con­sti­tuían el pun­to con­tro­la­do de entra­da y sal­i­da de locales y vis­i­tantes.

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Hablan­do de mural­las, aún que­da algún tramo en pie, como este que veis en la fotografía

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La Igle­sia de San Pedro, uno de los edi­fi­cios más boni­tos de Cra­covia, con las escul­turas de los Doce Após­toles en el exte­ri­or. Polo­nia es un país pro­fun­da­mente reli­gioso y del per­son­aje del que más orgul­loso se sien­ten es del Papa Juan Pablo II (nos encon­tramos un mon­tón de mon­u­men­tos a su per­sona des­perdi­ga­dos por el país).

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Una de las mañanas la gas­ta­mos en Kaz­imierk, el bar­rio que acogió a los judíos durante más de 500 años, has­ta que lle­garon las tropas nazis en la Segun­da Guer­ra Mundi­al y se lle­varon a todos sus habi­tantes. Aún así, hoy en día sobre­viv­en varias sin­a­gogas (entre ellas, la Sin­a­goga Vie­ja, la más antigua de Polo­nia, aunque la úni­ca que sigue en acti­vo, la Remuh, es curiosa­mente la más pequeña) y se ha con­ver­tido en un bar­rio muy bohemio.

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En el bar­rio judío nos topamos con un mer­cadil­lo muy curioso, donde se vendía un mon­tón de parafer­na­lia de la Polo­nia comu­nista, y aprovechamos para com­er en un restau­rante judío, con su menú kosher cor­re­spon­di­ente. Un restau­rante encan­ta­dor, por cier­to, y muy bien de pre­cio. Se lla­ma Ham­sa  & Humus Hap­pi­ness Israeli Resto­bar  y pudi­mos pro­bar la deli­ciosa mousak­ka libane­sa o estos vari­a­dos entrantes para abrir apeti­to, servi­do en esta curiosa ban­de­ja que sim­u­la­ba una jam­sa (la jam­sa es un sím­bo­lo típi­co de las cul­turas judía y musul­mana, una especie de tal­is­mán).

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Ya que tocamos de nue­vo el tema de la gas­tronomía, dos recomen­da­ciones más:

La primera, el restau­rante Miod i Wino, un restau­rante medieval de comi­da pola­ca tradi­cional que para for­tu­na nues­tra esta­ba en la esquina de nues­tra casa (Slawkows­ka 32) y con­sid­er­a­do de lo mejorci­to de la ciu­dad. Aún así, no sal­imos ni a 25 euros por per­sona, con sor­bete de vod­ka incluí­do. Platos espec­tac­u­lares como los que veis ahí aba­jo, caso de la sopa de champiñones en pla­to de pan o el pato a la sal­sa de cerezas. ¡Qué lugar más mag­ní­fi­co!

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Nues­tra segun­da recomen­dación, ya sal­ién­dose de la gas­tronomía pola­ca, es el restau­rante ucra­ni­ano Smak Ukrain­s­ki . Qué local más encan­ta­dor, situ­a­do en una gru­ta sub­ter­ránea, y qué comi­da más estu­pen­da. En nue­stro caso era la primera vez que probábamos la gas­tronomía de Ucra­nia y sal­imos encan­ta­dos. Des­de los deli­ciosos vinos de Crimea, muy dul­ces, a la deli­ciosa sopa borsch blan­ca (que en vez de remo­lacha uti­liza rábano), el goulash de tern­era, las ensal­adas ucra­ni­anas, cer­do al esti­lo de los Cár­patos… ¡qué rico esta­ba todo!

Otro de los lugares que fuimos a vis­i­tar fue el bar­rio de Pod­gorze, lo que era el antiguo gue­to judío, donde se selec­ciona­ba a los judíos que se enviaría a los cam­pos de con­cen­tración.  Aprovechamos para acer­carnos a vis­i­tar la fábri­ca de Oscar Schindler (esa que pop­u­lar­izó Spiel­berg con la oscariza­da “La lista de Schindler”). La entra­da cues­ta 19 zlo­tys (unos 5 euros) y es una visi­ta muy didác­ti­ca ya que la fábri­ca, hoy con­ver­ti­da en museo, expone a lo largo de un mon­tón de salas cómo fue la invasión nazi en Polo­nia. Debido a su ubi­cación geográ­fi­ca, Polo­nia siem­pre había sido un país que se dis­putaron rusos y ger­manos. Aunque al prin­ci­pio los ale­manes lle­garon a Polo­nia con inten­ciones supues­ta­mente pací­fi­cas, poco a poco comen­zaron a demostrar su carác­ter autori­tario, cer­ran­do uni­ver­si­dades, cen­suran­do cualquier voz críti­ca y recluyen­do a miles de judíos en el gue­to, priván­doles de escue­las, hos­pi­tales, lib­er­tad para entrar y salir y los pro­duc­tos bási­cos para sobre­vivir, ya que las car­tillas de racionamien­to aporta­ban menos de 900 calorías por per­sona y día. La may­oría de ellos acabaron en cam­pos de con­cen­tración, aunque Oscar Schindler logró sal­var a 1.200 judíos colocán­doles a tra­ba­jar en su propia fábri­ca.

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Minas de Sal de Wieliczka

Para el final del via­je dejaríamos la excur­sión a uno de los lugares más boni­tos de Polo­nia, las Minas de Sal Wielicz­ka. La entra­da es bas­tante cara para ser Polo­nia (79 zlo­tys, 20 euros) e íbamos a haber ido en trans­porte públi­co has­ta que vimos en una agen­cia de via­jes del cen­tro históri­co que por ir seis nos ofrecían un tour de transporte+entrada por 25 euros, así que la con­trata­mos y nos vinieron a recoger a la mis­ma puer­ta de casa. Además, nos entra­ba la audio­guía en español.

Las minas se encuen­tran a unos 15 kilómet­ros de Cra­covia y aparte de ser una de las minas más antiguas del mun­do, tam­bién son de las más vis­i­tadas: casi un mil­lón de per­sonas por año. Están situ­adas a más de 300 met­ros de pro­fun­di­dad (tuvi­mos que bajar andan­do el equiv­a­lente a cuarenta pisos) y no son aptas para claus­trofóbi­cos. Te va a lle­var toda la mañana vis­i­tar­las porque durante var­ios kilómet­ros, los que están abier­tos al públi­co, se recor­ren un mon­tón de salas sub­ter­ráneas, lagos y has­ta capil­las (sí sí, aquí hay gente que cel­e­bra sus bodas).

Las minas, Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO, tienen un mon­tón de estat­uas, can­de­labros, lám­paras y altares con­struí­dos úni­ca y exclu­si­va­mente con sal. De hecho, si pasas la yema del dedo por las pare­des y luego lo chu­pas, com­pro­barás que has­ta los muros son de este mate­r­i­al. La sal era un bien muy pre­ci­a­do en la antigüedad, cuan­do no existían los con­ge­ladores y era la úni­ca for­ma de man­ten­er en bue­nas condi­ciones los ali­men­tos. Inclu­so a muchos de los mineros se les paga­ban sus hon­o­rar­ios con sal (de hecho, de ahí viene la pal­abra “salario”). La con­cen­tración de sal es tan grande en algunos de los lagos de la mina que supera con cre­ces la del agua del Mar Muer­to: si te caes den­tro de alguno de ellos, no tienes peli­gro de ahog­a­rte ya que tu cuer­po flotará.

Las impre­sio­n­antes estat­uas de sal

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El rincón que más nos gustó, la Capil­la de San­ta Kinga, donde has­ta hay una répli­ca de “La últi­ma cena” de Leonar­do DaVin­ci hecha entera­mente de sal, al igual que la lám­para de la fotografía. ¡Un lugar extra­or­di­nario para decir adiós a nues­tras aven­turas por Polo­nia!

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