Road trip por la Ruta 61 — Comunidad amish de Arthur y Arcola

¡Comen­z­a­ba nue­stro road trip por el inte­ri­or de USA! Y lo hacíamos ater­rizan­do en Chica­go a las seis de la tarde, tras casi 16 horas de vue­los y esperas en aerop­uer­tos. Como comenta­ba en la eta­pa pre­via de los prepar­a­tivos, un gus­ta­zo haber hecho los trámites adu­aneros en tier­ras irlan­desas y que al lle­gar, úni­ca­mente debas esper­ar a que sal­ga tu male­ta y salir zum­ban­do. Teníamos que recoger en el pro­pio aerop­uer­to el coche de alquil­er con la com­pañía Dol­lar, asi que esper­amos en la puer­ta de sal­i­da a que pasara el bus de la com­pañía que te lle­va has­ta la zona de Rental Cars, arreglam­os el papeleo y nos pusi­mos en mar­cha ya que aún teníamos 300 kilómet­ros has­ta Charleston, un pueblo en el inte­ri­or de Illi­nois donde haríamos la primera noche.
 
La idea de escoger Charleston no era por nada en par­tic­u­lar (tam­poco había mucho que ver allí), sim­ple­mente la cer­canía con Arthur y Arco­la, dos pueb­los amish que vis­i­taríamos la mañana sigu­iente. Dormi­mos en el motel Days Inn (pre­cio de la habitación doble 63 euros, con wifi y desayuno inclu­i­do). En gen­er­al, los desayunos de los mote­les no es que sean para tirar cohetes (tostadas, cereales, yogures y con suerte algo de fru­ta) pero sir­ven para salir del paso y lle­var algo en el cuer­po cuan­do te pones en mar­cha.
 
Antes de meterme con la visi­ta a Arthur y Arco­la, que a mí fue de las que más me gustó en todo el via­je, hay que hac­er un breve repa­so de quienes son los amish, donde viv­en y cuál es su par­tic­u­lar modo de vida. Te ani­mo a que si antes te quieres pon­er un poco en situación, vuel­vas a ver (porque seguro que la has vis­to ya) aquel peliculón que fue “Úni­co tes­ti­go” de Har­ri­son Ford, donde se retrata­ban muy bien las pecu­liares cos­tum­bres de esta comu­nidad.
 

Amish pase­an­do en uno de sus coches de cabal­los. Cada comu­nidad uti­liza un car­ro de cabal­los difer­ente. Algunos de ellos has­ta lle­van un sis­tema de cale­fac­ción arte­sanal y muy rudi­men­ta­rio pero bas­tante efi­caz para los lar­gos días de invier­no. Se cono­cen como bug­gy y en Arco­la has­ta han habil­i­ta­do expre­sa­mente el arcén para que los car­ros puedan cir­cu­lar sin ser molesta­dos por otros vehícu­los. Para con­ducir estos car­ros no se nece­si­ta ten­er car­net pero sí respetar las cor­re­spon­di­entes nor­mas de trá­fi­co. Uno de los motivos por los que los amish se nie­gan a uti­lizar vehícu­los de motor (pueden mon­tar en ellos pero no con­ducir­los) es porque con­sid­er­an que estos son los cul­pa­bles de que muchas famil­ias vivan sep­a­radas y muy lejos unos de otros.

 
El ori­gen de los amish lo encon­tramos en Europa hace var­ios sig­los, más conc­re­ta­mente a finales del siglo XVII en Suiza y algu­nas partes de Ale­ma­nia. Eran un grupo reli­gioso paci­fista naci­do de los anabap­tis­tas y fun­da­do por Jakob Amman; por desave­nen­cias en sus creen­cias con otros gru­pos (con­sid­er­a­ban que el bautismo ha de ser de adul­tos y no en la infan­cia, por lo que fueron dura­mente persegui­dos, prin­ci­pal­mente en Suiza, Ale­ma­nia, Alsa­cia y Holan­da), deci­dieron aban­donar sus hog­a­res y emi­grar a Esta­dos Unidos y Canadá, donde comen­zaron a repar­tirse fun­dan­do pueb­los en esta­dos como Ohio, Indi­ana, Penn­syl­va­nia o Illi­nois, este últi­mo donde los visi­ta­mos nosotros.
Se les suele con­fundir con los menon­i­tas, de los que se sep­a­raron en 1860, aunque estos últi­mos son más abier­tos, menos con­ser­vadores, acep­tan cier­tas tec­nologías, no viv­en aparta­dos de la sociedad y además no usan bar­ba. Sus creen­cias se basan en un modo de vida sen­cil­lo y una humil­dad extrema, negán­dose a acep­tar cualquier tipo de indi­vid­u­al­is­mo per­son­al. Por ese moti­vo rec­haz­an con vehe­men­cia los usos de tec­nología, ya que ello supon­dría facil­i­tar el tra­ba­jo a cier­tos miem­bros de la comu­nidad respec­to a los demás o fotografi­arse, pues ello equiv­al­dría a un con­cep­to de vanidad mal enten­di­da.
 
Uti­lizan su pro­pio idioma (una ver­sión antiquísi­ma del alemán lla­ma­da Deitsch), rec­haz­an el bautismo infan­til y el con­sum­is­mo, tienen total­mente pro­hibido el alco­hol, se reú­nen cada domin­go para inter­pre­tar jun­tos la Bib­lia (no en una igle­sia al uso sino en un gran salón o en los hog­a­res de los miem­bros más rel­e­vantes) y tienen un sen­ti­do muy arraiga­do de la pal­abra “comu­nidad”, inten­tan­do arropar y apo­yar a sus miem­bros todo lo posi­ble, aunque al mis­mo tiem­po son muy rígi­dos con las nor­mas y expul­san sin dudar­lo a quienes no las acat­en.
 
Este con­jun­to de reglas morales se conoce como Ord­nung y aunque puede vari­ar de un pueblo a otro, gen­eral­mente incluye las pro­hibi­ciones de uso de telé­fonos (sólo tienen uno comu­ni­tario para casos de emer­gen­cia), automóviles e imposi­ción de indu­men­taria a la hora de vestirse. Muchos amish rec­haz­an tam­bién el uso de elec­t­ri­ci­dad pues ello les supon­dría un acer­camien­to al mun­do exte­ri­or aunque puedes encon­trar excep­ciones (en nue­stro caso, nos sor­prendió des­cubrir en una de las gran­jas donde fuimos a com­prar fru­ta orgáni­ca que acep­taran el pago con tar­je­ta de crédi­to). En la actu­al­i­dad, viv­en más de 300.000 amish en USA repar­tidos en 21 esta­dos y se vatic­i­na que lle­garán al mil­lón en el año 2050 (el niv­el de natal­i­dad es muy alto, con un índice de crec­imien­to de un 4% anu­al). Cada tres sem­anas surge una nue­va comu­nidad amish en Esta­dos Unidos, por lo que su exten­sión va en aumen­to.
 
 
El carác­ter paci­fista de sus miem­bros que­da expuesto en detalles como negarse a usar botones o cre­malleras en sus ropas (uti­lizan gan­chos en su lugar), ya que lo aso­cian a los uni­formes de los sol­da­dos, y la pro­hibi­ción del big­ote por con­sid­er­ar­lo mil­i­tarista, aunque casi todos los hom­bres se dejan bar­ba después de casarse (el hecho de que un hom­bre corte la bar­ba a otro está con­sid­er­a­do entre ellos como uno de los deli­tos más graves). Los varones sue­len vestir con som­breros, pan­talones oscuros con tirantes y cha­que­tas sin sola­pas, las mujeres con vesti­dos lar­gos que las cubran bra­zos y tobil­los, nada de joy­ería y bonetes que las cubran los moños (negros si están casadas, blan­cos si están solteras, las mujeres nun­ca se cor­tan el pelo). Gen­eral­mente lle­van delan­tal sobre los vesti­dos (blan­cos las solteras, del mis­mo col­or del vesti­do las casadas, sólo pueden quitarse el delan­tal para asi­s­tir a la igle­sia) y no se per­miten los estam­pa­dos, sólo los col­ores lisos y sobrios.
Esta obligación a la hora de escoger ves­ti­men­ta va tam­bién aso­ci­a­da a la hui­da de la indi­vid­u­al­i­dad (ningún miem­bro ha de destacar sobre otro) y la búsque­da de la iden­ti­fi­cación y perte­nen­cia a un grupo reli­gioso con­cre­to. Además, ellos mis­mos se con­fec­cio­nan su propia ropa. Y una curiosi­dad más: aunque por elec­ción propia los amish nun­ca votan, la may­or parte de ellos se declar­an abier­ta­mente repub­li­canos.
 
Con­trari­a­mente a lo que se cree y exten­di­do por leyen­das urbanas, los amish sí pagan impuestos (de hecho, lo hacen por ser­vi­cios como escue­las que no uti­lizan ya que cuen­tan con las suyas propias) pero no tienen obligación de hac­er el ser­vi­cio mil­i­tar. Otro tema es que rara vez acep­tan la seguri­dad social ni las ayu­das estatales porque con­sid­er­an que no lo nece­si­tan: el desem­pleo es casi inex­is­tente. De hecho, sólo un 10% de las empre­sas fun­dadas por amish cier­ra antes de cin­co años; en el resto de USA esta media se dis­para has­ta el 50%. Y eso pese a que no usan orde­nadores ni jamás han pisa­do una Escuela de Nego­cios ni invierten en pub­li­ci­dad ni se meten en aven­turas arries­gadas: una famil­ia que caiga en la ban­car­ro­ta con­sti­tuiría una vergüen­za para la comu­nidad entera.
Además, los amish son exce­lentes tra­ba­jadores, capaces de lev­an­tar un granero en poco más de diez horas. Y rara vez uti­lizan trac­tores, gen­eral­mente para la agri­cul­tura se ayu­dan de mulas y cabal­los. Los niños amish comien­zan a tra­ba­jar des­de una edad muy tem­prana (una ley de 1965 se lo per­mite), lo que ha provo­ca­do las críti­cas de infinidad de orga­ni­za­ciones de defen­sa a la infan­cia.
 
ruta6
 
Aunque los amish parez­can un grupo reli­gioso de lo más severo en sus tradi­ciones, hay que recono­cer­les que tam­bién dan la opción de ele­gir y a muchos ado­les­centes, al cumplir los 16 años, se les per­mite la eta­pa de la Rum­springa (se puede tra­ducir como “el momen­to de andar libre”), un peri­o­do de tiem­po deter­mi­na­do, gen­eral­mente durante un año, en el que pueden exper­i­men­tar lo que hay en “el mun­do de ahí fuera” y decidir si quieren cam­biar de vida o seguir en la comu­nidad. Tam­poco creáis que se lan­zan a una vida desen­fre­na­da, sim­ple­mente prue­ban a ir al cine o uti­lizar un telé­fono. Aunque hay que recono­cer que la gran may­oría, el 93%, cri­a­dos y acos­tum­bra­dos des­de su nacimien­to a tan atípi­cas nor­mas sociales y cuyas famil­ias son amish al com­ple­to, aca­ban volvien­do al redil y per­manecen den­tro de la comu­nidad, ya que saben que si se van, es muy difí­cil que vuel­van a ser acep­ta­dos.
Por delante tienen un modo de vida de lo más duro, con tra­ba­jos prin­ci­pal­mente rela­ciona­dos con la agri­cul­tura, la ganadería, la albañil­ería y la con­struc­ción: los amish comien­zan a tra­ba­jar des­de niños y además sue­len rec­haz­ar cualquier tipo de seguro médi­co (aunque muchos de ellos sí usan medica­men­tos), con la esper­an­za de que la igle­sia local y sus pro­pios veci­nos les ayu­den con los prob­le­mas cuan­do estos lleguen, ya que si algo car­ac­ter­i­za a los amish es la sol­i­dari­dad.
 
Este rec­ha­zo a la med­i­c­i­na con­ven­cional (que no todos cumplen) agra­va el prob­le­ma de las enfer­medades derivadas de la endogamia, ya que al entremezclarse tan pocas famil­ias a lo largo de tan­tas gen­era­ciones, son habit­uales las mal­for­ma­ciones genéti­cas en los fetos. Sin embar­go, se ha com­pro­ba­do que los amish ape­nas pade­cen aler­gias debido a que des­de niños andan descal­zos por los estab­los, inmu­nizán­doles con­tra micro­bios y bac­te­rias: esta pecu­liari­dad ha cen­tra­do la aten­ción de cien­tí­fi­cos de todo el mun­do, extraña­dos ante el hecho de que los amish ten­gan un 30% de posi­bil­i­dades menos de con­traer cáncer y enfer­medades car­dio­vas­cu­lares que el resto de la población.
Pero no todo el mun­do está de acuer­do en este ale­jamien­to de los médi­cos y hos­pi­tales. De hecho, hace un par de años en Esta­dos Unidos, más conc­re­ta­mente en Ohio, se armó un gran revue­lo mediáti­co debido a que una niña amish de 12 años enfer­ma de leucemia se negó a some­terse a sesiones de quimioter­apia con el apoyo de su famil­ia, creán­dose una nue­va polémi­ca acer­ca de la lucha entre las ideas reli­giosas, los avances médi­cos y la lib­er­tad del pro­pio indi­vid­uo.
 

ruta7

 
El papel de la mujer den­tro de la comu­nidad amish (por des­gra­cia, al igual que en tan­tos otros gru­pos reli­giosos) es prác­ti­ca­mente secun­dario. Los amish son machis­tas, mucho, y con­sid­er­an que la mujer ha de antepon­er la igle­sia, la famil­ia y la comu­nidad a cualquier inten­to de pre­ocu­pación por ella mis­ma. Si están solteras, han de acatar las órdenes del padre, si están casadas, las del esposo. Por supuesto, ellas son unas de las prin­ci­pales per­ju­di­cadas por la pro­hibi­ción de la tec­nología al no poder usar lavado­ras, aspi­rado­ras o lavava­jil­las (aunque para coci­nar uti­lizan gas propano, se alum­bran con lám­paras de petróleo y conectan las máquinas de coser a baterías o gen­er­adores) y ten­er que parir en casa con la ayu­da de una matrona. La may­or parte de su vida la pasan crian­do hijos, hacien­do las labores domés­ti­cas, con­fec­cio­nan­do colchas y elab­o­ran­do paste­les caseros: hay poco espa­cio para la diver­sión y el entreten­imien­to. Les es nega­do el estu­dio de la Bib­lia o cualquier puesto de poder den­tro de la comu­nidad.
Las niñas jue­gan con muñe­cas sin ros­tro, sigu­ien­do el pre­cep­to bíbli­co de “no te harás escul­tura ni ima­gen algu­na” y a par­tir de los 14 años, cuan­do aban­do­nan la escuela ya que su religión no les per­mite estu­di­ar más allá de la edu­cación pri­maria, sus madres las adoc­tri­nan y las enseñan las labores del hog­ar. Después se les bus­cará un futuro mari­do den­tro de la comu­nidad (las citas son total­mente inocentes: reuniones en la igle­sia, paseos acom­paña­dos de un famil­iar) y ya están preparadas para repe­tir la vida que lle­varon sus madres, solién­dose casar entre los 19 y los 25 años (en la cer­e­mo­nia no se inter­cam­bian anil­los por ser sím­bo­lo de ostentación y ha de pasar un año entre el anun­cio de la boda y el desen­lace) y sabi­en­do que tienen pro­hibido el divor­cio ya que el casamien­to se con­sid­era una unión celes­tial.
Las bodas se sue­len cel­e­brar a prin­ci­p­ios de otoño, cuan­do hay menos tra­ba­jo en el cam­po, y siem­pre entre sem­ana ya que los sába­dos y los domin­gos son sagra­dos. La novia viste de man­era sen­cil­la, con el mis­mo vesti­do que uti­liza los domin­gos y el que lle­vará cuan­do se la entierre. Sue­len ten­er entre cin­co y seis hijos. Y no son muchos sabi­en­do que no usan méto­dos anti­con­cep­tivos. Durante el embara­zo, están total­mente pro­hibidas las ecografías. Este es el futuro para el que han naci­do las mujeres amish y a ello están pre­des­ti­nadas.
 
Lo curioso de todo esto es que en USA ha tenido muchísi­mo éxi­to un pro­gra­ma lla­ma­do “Break­ing Amish”, un real­i­ty show en el que se fil­ma la aven­tu­ra de var­ios jóvenes amish que deci­den cam­biar su tradi­cional modo de vida, prue­ban a coger un avión y se plan­tan en Nue­va York: el tiem­po y las expe­ri­en­cias decidirán si quieren regre­sar a sus orí­genes o acabar vivien­do a un mun­do total­mente difer­ente al úni­co que habían cono­ci­do. Además, hace sólo unos meses se edita­ba la auto­bi­ografía de Emma Gin­gerich, “Run­away Amish Girl: The Great Escape”, en la que se rela­ta su hui­da a los 18 años de Eagleville (Mis­souri), donde sus padres amish se ded­i­ca­ban a la agri­cul­tura y a tejer cestas.Se mudó a Texas, estudió una car­rera uni­ver­si­taria y se com­pró su pro­pio automóvil: aunque ha vuel­to de visi­ta a su antiguo pueblo, ha encon­tra­do allí el rec­ha­zo de toda la comu­nidad. Es poco habit­u­al ver a amish en las grandes ciu­dades, por eso nos sor­prendió ver tres sem­anas después a una pare­ja amish pase­an­do por las calles de Chica­go. Con sus tra­jes tradi­cionales y rodea­d­os de ras­ca­cie­los, parecían haber caí­do allí por el error de un túnel del tiem­po.
 
Anal­iza­do así el modo de vida amish, vámonos entonces a la visi­ta de Arthur y Arco­la, los dos pueb­los amish que visi­ta­mos. El primero fue Arthur, al que lleg­amos por la estatal 57 y después por caminos de tier­ra (empezábamos el via­je a lo rur­al-extremo). Allí viv­en más de 2.000 per­sonas ancladas en tradi­ciones mile­nar­ias. Nues­tra primera toma de con­tac­to con ellos fue en una gran­ja de las afueras, donde me bajé del coche a pre­gun­tar a unos chicos (amish,claro) por las indi­ca­ciones para lle­gar al pueblo. Sus caras largas al verme los bra­zos tat­u­a­dos nos hicieron pre­sagiar una pos­te­ri­or bien­veni­da en la vil­la lejos de ser amis­tosa pero afor­tu­nada­mente nos equiv­o­camos por com­ple­to. Arthur te recibe con un curioso eslo­gan “you’re strange only once” (te sen­tirás extraño sólo una vez) y en la prác­ti­ca te das cuen­ta que sus habi­tantes, acos­tum­bra­dos a que de vez en cuan­do pase por aquí algún curioso como nosotros, son bas­tante más agrad­ables y hos­pi­ta­lar­ios que lo que suponíamos.
 

ruta8

 
La primera fami­la amish llegó a Arthur en 1865. A ellos se fueron unien­do muchos más, adquirien­do tier­ras y repar­tién­dolas después entre sus hijos (cada parcela suele ten­er unos 80 acres de exten­sión, la tier­ra es bas­tante cara en este área pero los amish no esca­ti­man a la hora de adquirir propiedades, ya que tam­poco gas­tan el dinero en muchas más cosas). Así has­ta lle­gar a las más de 2.000 per­sonas que viv­en hoy en este pueblo rodea­do de cam­pos de maíz, aunque en sus alrede­dores viv­en además 4.500 amish. Hoy en día, Arthur es una agrad­able local­i­dad de pre­ciosas casitas con jardín que basa su economía en la agri­cul­tura ecológ­i­ca: verás que hay unas cuan­tas gran­jas orgáni­cas donde podrás hac­erte con fru­tas, ver­duras, mer­me­ladas y un mon­tón de pro­duc­tos caseros elab­o­ra­dos por los amish, incluí­dos tar­tas y paste­les. Nosotros aprovechamos para lle­varnos bas­tante fru­ta para las noches de las sigu­ientes jor­nadas en los mote­les.
 
Como comenta­ba antes, los amish de Arthur no son tan cer­ra­dos como otros, aunque en sen­ti­do jocoso nos denomi­nen a los que no somos amish como “los ingle­ses”: has­ta ofre­cen la opor­tu­nidad de sen­tarte con una famil­ia a com­er en su casa (hay que pedir las citas con antelación en el Arthur Amish Coun­try Wel­come Cen­ter, ha de haber un mín­i­mo de 10 comen­sales) e inclu­so algu­nas famil­ias per­miten pasar en sus hog­a­res una sem­ana para que veas de primera mano su modo de vida. Inclu­so ha habido algunos que se han muda­do aquí inten­tan­do seguir los pre­cep­tos de la vida amish y han dura­do menos de un año por las durísi­mas condi­ciones del día a día. Nosotros desechamos esta opción, la de com­er con ellos, porque queríamos vis­i­tar tam­bién otro pueblo amish, Arco­la, y esa noche deberíamos dormir en Saint Louis pero que sepáis que la posi­bil­i­dad ahí está.
 
Arthur es bas­tante pequeñi­to y tam­poco es que haya mucho que hac­er, lo intere­sante es deam­bu­lar admi­ran­do las boni­tas casas con porche y dis­fru­tar del espec­tácu­lo que es ver pasearse a los amish en sus coches de cabal­los (recor­dad que no usan automóviles). Por cier­to, cuan­do he dicho que los amish son amis­tosos no quiere decir que podáis fotografi­ar­les abier­ta­mente ya que no les gus­ta lo de las fotos (y están en su dere­cho): haz­lo como nosotros, dis­im­u­lada­mente, inten­tan­do que no se den cuen­ta y sin molestar­les. Una cosa es que puedan medio enten­der que haya vis­i­tantes y otra que les vayas a meter la cámara en la cara (eso no hay que hacérse­lo ni a los amish… ni a nadie).
 

Otra de las cosas que merece la pena hac­er en Arthur es recor­rer la mul­ti­tud de tien­das de antigüedades que hay en su calle prin­ci­pal. Y cuan­do digo antigüedades son antigüedades de ver­dad, no esos artícu­los vin­tage que aho­ra se han puesto de moda reivin­di­can­do lo viejuno. Lo cier­to es que podías encon­trar autén­ti­cas gan­gas, eran super curiosas de ver. Los amish son tam­bién unos exce­lentes carpin­teros, no dejes de vis­i­tar sus tien­das de mue­bles, sobre todo en Arco­la, donde el 60% de los hom­bres se ded­i­can a este ofi­cio y hay más de 70 establec­imien­tos ded­i­ca­dos al nego­cio de la madera.

Curiosa­mente, algu­nas de estas empre­sas famil­iares tienen fax (que ha estar fuera de la vivien­da) pero pagan a una empre­sa para que envíe sus corre­os ya que su religión se lo impi­de. Puedes aprovechar tam­bién para com­prar algu­na de sus famosas colchas (que ellos cono­cen como quilts) o acer­carte al Otto Cen­ter, una antigua escuela recon­ver­ti­da en mer­ca­do arte­sanal.

 

ruta9

 
De Arthur nos fuimos a otro pueblo amish, Arco­la, otro de los 22 asen­tamien­tos amish que exis­ten en Esta­dos Unidos, ya que íbamos a aprovechar para com­er en un restau­rante, The Dutch Kitchen, donde queríamos pro­bar la gas­tronomía local (muy recomend­able, bas­tante bien de pre­cio e inmejorable comi­da tradi­cional y casera). Allí una de las camar­eras nos estu­vo con­tan­do lo triste que es vivir bajo un gob­ier­no que te paga 5 dólares la hora y eso sin descon­tar impuestos.
 
Después de com­er dimos una vuel­tecita por el pueblo, que aunque es pequeño (3.000 habi­tantes) resul­ta bas­tante intere­sante. Puedes vis­i­tar el Illi­nois Amish Inter­pre­tive Cen­ter, un museo abier­to en 1996 donde se expo­nen difer­entes aspec­tos de la vida de los amish. Aunque en las fechas que estu­vi­mos (Sep­tiem­bre) el pro­tag­o­nis­mo a los amish se lo quita­ba el Broom Corn Fes­ti­val que se cel­e­bra cada año en hom­e­na­je al mijo, el cere­al estrel­la de esta zona.
 

ruta10

 
Arco­la tam­bién es muy cono­ci­do por ser el hog­ar natal de John­ny Gru­elle, el creador de Raggedy Ann, una muñe­ca de trapo que pro­tag­o­nizó una serie de libros infan­tiles famosísi­mos en Esta­dos Unidos (se inspi­raron en ella para la pelícu­la de ter­ror “Annabelle”, basa­da en los hechos reales que sufrieron los para­p­sicól­o­gos Ed y Lor­raine War­ren). Las venden en varias tien­decitas de Arco­la y es el mejor sou­venir que puedes com­prar si has de lle­var algún rega­lo a un niño.
 

ruta11

 
El Hip­pie Memo­r­i­al, uno de los lugares más curiosos de Arco­la. Crea­do por Bob Momaw y a sólo dos min­u­tos de Main Street, el mon­u­men­to repasa los suce­sos más rel­e­vantes de los últi­mos cin­cuen­ta años de la his­to­ria de Esta­dos Unidos, cen­trán­dose en el papel que desem­peñaron los hip­pies en la búsque­da de la defen­sa de las lib­er­tades.
 

ruta12

 
Los murales de Arco­la, aparte de pre­ciosos, son otra de sus grandes atrac­ciones turís­ti­cas. En el 2012 más de 130 artis­tas par­tic­i­paron en este proyec­to para restau­rar quince edi­fi­cios históri­cos. Cono­ci­dos como los Wall­dogs, han cam­bi­a­do para bien toda la fisionomía del pueblo.
 

ruta13

 

A con­tin­uación te dejamos el pro­gra­ma que dedicamos a Saint Louis, la comu­nidad amish y Nashville en nue­stro pro­gra­ma La Ruta 61 de Radio Via­jera…

 

Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscrí­bete y recibe las últi­mas entradas en tu correo elec­tróni­co.

2 Comments

  1. Muy intere­sante y curioso

  2. Muchas gra­cias!

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo