Qué ver en Clarksdale, el pueblo donde nació el Blues

Salíamos de Nue­va Orleans y nos íbamos a la Améri­ca más pro­fun­da de todo el via­je, a las entrañas mis­mas del esta­do de Mis­sis­sip­pi. Uno de los esta­dos más “rurales” del país, donde es difí­cil encon­trar ciu­dades grandes. La may­or parte de su ter­ri­to­rio está pla­ga­do de pequeños pueb­los y gran­jas ais­ladas: Mis­sis­sip­pi ha vivi­do siem­pre de la agri­cul­tura y la ganadería y sus gentes están fuerte­mente afer­radas a las labores del cam­po. Muchos pueb­los por los que pasamos, si no fuera por los coches aparca­dos a las puer­tas de las casas, se con­ser­varían de igual modo que hace un siglo, como si se guarecier­an bajo una bur­bu­ja tem­po­ral.

Aunque la Ruta 66, que recor­ri­mos tam­bién al final de este via­je, se rego­ci­je en la fama de ser la car­retera más míti­ca de Esta­dos Unidos, en mi opinión la Ruta 61 no tiene nada que envidiar­le en cuan­to a encan­to y aut­en­ti­ci­dad. Es más, me atrevería a ase­gu­rar que la High­way 61, al estar mucho menos pub­lic­i­ta­da y tran­si­ta­da, es bas­tante más fiel a la real­i­dad amer­i­cana. La cono­ci­da como la Ruta del Blues (y bien gana­do a pul­so que tiene el nom­bre) es una car­retera larguísi­ma, de nada menos que 2.300 kilómet­ros, que ser­pen­tea para­lela al río Mis­sis­sip­pi, comen­zan­do en Nue­va Orleans y aca­ban­do en Wyoming (Mines­so­ta). Para mí, este tramo fue prob­a­ble­mente el más boni­to y el más espe­cial de todos los miles de kilómet­ros que he recor­ri­do en Esta­dos Unidos. Y es que habrá más de uno que pen­sará “bueno, es sólo una car­retera”. Pues no, es mucho más que eso: es el sendero que te lle­vará al Esta­dos Unidos más canal­la, más gen­uino, más caris­máti­co y más vis­cer­al. Un via­je den­tro de otro via­je.

 

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Cuan­do uno escucha la pal­abra Mis­sis­sip­pi ¿qué le viene a la cabeza? Pues obvi­a­mente los cam­pos de algo­dón, los cot­ton fields a los que canta­ba la Cree­dence Clear­wa­ter Revival, que como no, fue una de las ban­das que nos estu­vo amenizan­do el via­je a través de los altav­o­ces del coche. En mi opinión, si te gus­ta la músi­ca, es indis­pens­able que lleves una bue­na ban­da sono­ra que te meta en situación para que com­pren­das por qué el Blues (cuyo pro­pio sig­nifi­ca­do es melan­colía) surgió aquí, pro­duc­to de los llan­tos de los esclavos que pobla­ban el Delta del Mis­sis­sip­pi. Robert John­son, Mud­dy Waters, Howl­in’ Wolf, B.B. King, Chuck Berry, Lit­tle Wal­ter, Etta James… apro­visió­nate de unos cuan­tos Cd’s para el coche y deja que su músi­ca te envuel­va.

Y un apunte más: si aún no has vis­to la fan­tás­ti­ca “Cadil­lac Records”, una de las mejores pelícu­las de Adrien Brody, es el momen­to ide­al para que lo hagas. Es una de mis pelícu­las favoritas, la he vis­to un mon­tón de veces y en ella se nar­ra con seriedad y pul­cri­tud la his­to­ria de la Chess Records, la míti­ca com­pañía discográ­fi­ca que tan­to apoyó al Blues, un film que mues­tra como pocos lo que suponía ser un músi­co pobre y negro en aque­l­la época.

 

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Pasar de Louisiana a Mis­sis­sip­pi es como entrar en otro mun­do. Se ven muy pocos coches por la car­retera (había tramos que hici­mos prác­ti­ca­mente solos) y a través de las ven­tanil­las lo úni­co que divisábamos era inter­minables planta­ciones de algo­dón y cabañas dis­em­i­nadas aquí y allá. Es curioso que estos mis­mos cam­pos con­sigu­ier­an aupar a Mis­sis­sip­pi a prin­ci­p­ios del siglo XIX como uno de los esta­dos más ricos de la nación, con lat­i­fun­dios inabar­ca­bles de algo­dón y taba­co, y sin embar­go a día de hoy en ese mis­mo esta­do haya tan­ta mis­e­ria (de hecho, está con­sid­er­a­do el esta­do más pobre de todo el país). Tam­bién es el más racista (más de la mitad de sus habi­tantes blan­cos creen que los mat­ri­mo­nios mix­tos deberían ser ile­gales) y has­ta hace dos años, siglo y medio después de que se aboliera la esclav­i­tud, no rat­i­fi­caron ofi­cial­mente, noti­ficán­do­lo al Archi­vo Nacional, que la esclav­i­tud fuera con­sid­er­a­da un deli­to. El detalle, des­de luego, da mucho que pen­sar.

 

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La esclav­i­tud, sin lugar a duda, es el episo­dio más ver­gonzoso de toda la his­to­ria de Esta­dos Unidos. Mil­lones de per­sonas fueron secuestradas, explotadas y mal­tratadas (has­ta la muerte en muchos casos) a lo largo de décadas. De hecho, cuan­do se abolió la esclav­i­tud, había casi un mil­lón y medio de esclavos repar­tidos por los esta­dos sureños (en los esta­dos del norte la esclav­i­tud fue casi inex­is­tente). Alaba­ma, Geor­gia, Vir­ginia, las dos Car­oli­nas, Mis­sis­sip­pi, Louisiana… los esta­dos del sur con­ta­ban con grandes ter­renos agrí­co­las pero les falta­ba mano de obra que, a ser posi­ble, además fuera bara­ta. ¿Y qué puede salir más económi­co que rap­tar a miles de seres humanos en tier­ras africanas, meter­los en un bar­co y pon­er­les a tra­ba­jar de sol a sol sin suel­do ninguno, sin posi­bil­i­dad de escapar y ali­men­tán­doles con lo mín­i­mo?

Gam­bia, Sene­gal, Cos­ta de Marfil y Sier­ra Leona se con­virtieron en los prin­ci­pales focos de cap­turas: pueb­los enteros eran arrasa­dos por los col­o­nizadores (prin­ci­pal­mente ingle­ses), quienes se llev­a­ban a la fuerza a todos sus habi­tantes hacia un futuro de dolor e incer­tidum­bre. Las famil­ias eran des­ga­jadas, padres e hijos sep­a­ra­dos depen­di­en­do de los amos que les com­praran. La aris­toc­ra­cia de antaño, ter­rate­nientes sin escrúpu­los, vivían en man­siones seño­ri­ales mien­tras sus esclavos se morían de frío y humedad en las cabañas de madera. Argu­men­tan­do que genéti­ca­mente los negros eran seres infe­ri­ores, con una inteligen­cia menor que la de los blan­cos (por supuesto, sin ningu­na base cien­tí­fi­ca real que respal­dara estas afir­ma­ciones), se jus­ti­fi­ca­ba la esclav­i­tud al con­sid­er­arse que se trafi­ca­ba con seres que esta­ban más cer­ca de los ani­males que de los humanos.

 

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Los negros no tenían dere­cho ninguno, comen­zan­do por la lib­er­tad y sigu­ien­do por las propiedades, los juicios jus­tos, asis­ten­cia médi­ca o poder casarse con alguien que no fuera de su mis­ma raza. Lo peor de ello es que tras 250 años de esclav­i­tud, cuan­do esta final­mente se abolió en 1869, los pre­juicios raciales con­tinu­a­ban más vivos que nun­ca en los esta­dos sureños. Has­ta la Segun­da Guer­ra Mundi­al, el país vivió lo que se conoce como “segun­da esclav­i­tud”, cuan­do miles de negros fueron lin­cha­dos y asesina­dos. Cualquier moti­vo, como andar en la mis­ma acera que los blan­cos o encon­trarse en la mis­ma sala que mujeres blan­cas, era con­sid­er­a­da una fal­ta de respeto hacia la “raza supre­ma” y en con­se­cuen­cia cas­ti­ga­da.

Y estos hechos, aclaro, no sólo eran lle­va­dos a la prác­ti­ca por los miem­bros del Ku Klux Klan, la orga­ni­zación de extrema derecha que defiende la suprema­cía blan­ca y que, por des­gra­cia, sigue en acti­vo en los años que vivi­mos actual­mente. Tam­bién par­tic­i­pa­ban en ellos ciu­dadanos nor­males y cor­ri­entes (evi­den­te­mente, lo de “nor­mal” es un decir), que se agol­pa­ban frente a edi­fi­cios públi­cos e igle­sias, que es donde gen­eral­mente se llev­a­ban a cabo los lin­chamien­tos y las tor­turas, para dis­fru­tar del espec­tácu­lo; inclu­so en muchos pueb­los se cam­bi­a­ba el horario en las escue­las para que los niños blan­cos tam­bién pudier­an asi­s­tir. Entre 1877 y 1950 se cal­cu­la que hubo casi 4.000 lin­chamien­tos públi­cos. Gen­eral­mente, los negros acaba­ban col­ga­dos de los árboles, muchas veces des­cuar­ti­za­dos; otros tan­tos eran, ya fal­l­e­ci­dos, arrastra­dos por las calles para que los negros super­vivientes supier­an qué era lo que les esper­a­ba a la vuelta de la esquina.

 
He real­iza­do esta intro­duc­ción de cómo era la vida antaño en el Mis­sis­sip­pi para que uno lo ten­ga siem­pre pre­sente cuan­do recor­ra estas tier­ras. Un pasa­do del que no se puede escapar y mirar hacia otro lado porque ahí estu­vo y sus posos aquí reposan. Pasamos por un mon­tón de pueb­los donde cien­tos de famil­ias negras vivían en roulottes y casas pre­fab­ri­cadas, en un esta­do que roz­a­ba la indi­gen­cia. La cal­i­dad de vida de la comu­nidad negra, por mucho que Oba­ma sea aho­ra pres­i­dente, dista mucho de ser idíli­ca.
 

Clarks­dale, nues­tra ama­da Clarks­dale (para mí fue lo mejor de todo este largo via­je por Esta­dos Unidos) es hoy en día una pequeña ciu­dad de poco más de 15.000 habi­tantes. Tenien­do en cuen­ta que sus calles no fueron asfal­tadas has­ta 1913, te puedes imag­i­nar que el pueblo aún vive con sus raíces bien implan­tadas en el modo de vida de antaño. Una ciu­dad de may­oría abso­lu­ta negra (un 80% de la población) cuya impor­tan­cia históri­ca es inclu­so super­a­da por su impor­tan­cia musi­cal. Porque aquí nació el Blues y a día de hoy, casi todo gira en torno a esta músi­ca, lo que es una autén­ti­ca deli­cia para los que naci­mos meló­manos y así acabare­mos nues­tra exis­ten­cia.

 

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La impor­tan­cia del Blues es tal en estos para­jes que hace nueve años se con­sti­tuyó ofi­cial­mente la Mis­sis­sip­pi Blues Trail, que reconoce y ensalza un mon­tón de rin­cones que ayu­daron a la pop­u­lar­i­dad del género. La may­oría de estos lugares se encuen­tran en el Delta del Mis­sis­sip­pi y entre ellos desta­ca Clarks­dale. La joya de la coro­na.

 

Vamos con el Shack Up Inn porque de veras, es el hotel más extra­or­di­nario donde hayamos dormi­do nun­ca. Escogi­do en muchas revis­tas como el hotel más alu­ci­nante de toda Améri­ca (¡y las damos la razón!) se encuen­tra en los ter­renos de la antigua plantación Hop­son. Tan per­di­do en medio de la nada que cuan­do logramos encon­trar­lo tras aden­trarnos por caminos de tier­ra, no nos podíamos creer la mar­avil­la que nos esper­a­ba.

 

El Shack Up Inn es prob­a­ble­mente uno de los hote­les más autén­ti­cos del mun­do. Con­for­ma­do por una vein­te­na de cabañas antiquísi­mas, con sus mece­do­ras en el porche (¿sabéis qué gus­ta­zo era sen­tarte allí a tomar la cerveza por la noche?), has­ta nos pare­ció bara­to para todo lo que ofrece: unos 70 euros por noche (no incluye desayuno pero por la mañana tienes a tu dis­posi­ción café y unos bagels de café riquísi­mos). Eso sí, recomen­damos reser­var con muchísi­ma antelación (nosotros lo hici­mos tres meses antes) porque es un lugar muy solic­i­ta­do y bien que se lo merece.

Nosotros cogi­mos una cabaña cada pare­ja y eran grandísi­mas, con dos habita­ciones, un salonci­to… todo dec­o­ra­do rol­lo red­neck 100% pero con todas las como­di­dades. Decir que acabamos encan­ta­dos es poco. El com­ple­jo es una pasa­da: tienen su propia sala de concier­tos (esa noche tuvi­mos a un can­tau­tor), cerveza a pre­cio más que ase­quible (¡riquísi­mas las South­ern Pecan!)… casi ni tenías la necesi­dad de bajar al pueblo. ¡No sabéis la pena que nos dio cuan­do nos fuimos!

 

Las fab­u­losas cabañas donde nos alo­jamos

 

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Para com­er, os recomien­do un lugar con muchísi­mo encan­to: el Abe’s Bar­beque. Este longe­vo local, que lle­va fun­cio­nan­do des­de 1924, era uno de los restau­rantes donde solían a venir a com­er los ZZ Top cuan­do pasa­ban por Clarks­dale. Probamos las mejores cos­til­las de todo el via­je y enci­ma a muy buen pre­cio, sal­imos a menos de 20 dólares por per­sona.

 

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El lugar más míti­co de Clarks­dale es el entrañable Cross­roads, el pop­u­lar cruce de caminos (aquí es donde coin­ci­den la High­way 61 y la 49) donde según cuen­ta la leyen­da Robert John­son vendió su alma al dia­blo para con­ver­tirse a cam­bio en el mejor gui­tar­rista de blues de la his­to­ria. Este episo­dio lo remem­o­ró la pelícu­la “Cruce de caminos”, donde Ralph Mac­chio pro­tag­on­i­z­a­ba un épi­co due­lo de gui­tar­ras con Steve Vai.

 

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Clarks­dale es bas­tante pequeñi­to pero es el pueblo del país que mejor ha sabido sal­va­guardar el lega­do del Blues. Puedes vis­i­tar el Delta Blues Muse­um, donde se repasa la influ­en­cia de la músi­ca en esta zona (hay has­ta una estat­ua de cera de Mud­dy Waters), el North Delta Muse­um (otro repa­so pero este a niv­el históri­co y además muy barati­to, 4 dólares la entra­da) y el Rock N’ Roll Blues Her­itage Muse­um, una colec­ción de un par­tic­u­lar bas­tante intere­sante.

 

Los dos bares más reseñables de Clarks­dale son el Ground Zero y el Blues­ber­ry Cafe. El Grand Zero es propiedad del actor Mor­gan Free­man y en ambos suele haber músi­ca en direc­to prác­ti­ca­mente a diario.

 

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Las calles de Clarks­dale tienen un sabor aún más espe­cial por la noche que por el día. El pueblo se ve envuel­to en un aro­ma con­stante de deca­den­cia abso­lu­ta y sin embar­go es ello lo que lo con­vierte en un lugar úni­co… ¡casi mági­co!

 

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Aquí tienes el pro­gra­ma de La Ruta 61 en Radio Via­jera que dedicamos a Clarks­dale y Chica­go…
 


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