Qué ver en Suzhou, la ciudad china sacada de un cuento

mujer china con traje tradicional

A poco más de media hora en tren de alta veloci­dad des­de Shanghái, Suzhou es una de esas ciu­dades que pare­cen dis­eñadas para con­fir­mar la idea que muchos ten­emos de esa Chi­na mile­nar­ia antes de via­jar. Aquí encon­tramos jar­dines clási­cos, canales, casas tradi­cionales, pequeños puentes de piedra, tem­p­los, calle­jones donde todavía se res­pi­ra cier­ta vida de bar­rio y una de las tradi­ciones más impor­tantes del país en la pro­duc­ción de seda.

Por algo a Suzhou se la conoce des­de hace sig­los como la Vene­cia de Ori­ente, aunque reconoz­co que este tipo de com­para­ciones nun­ca ter­mi­nan de con­vencerme. Suzhou no nece­si­ta pare­cerse a Vene­cia. Tiene sufi­ciente per­son­al­i­dad por sí mis­ma. Y además tiene otra enorme ven­ta­ja: es facilísi­mo incluir­la den­tro de una ruta por Chi­na, espe­cial­mente si esta­mos pasan­do unos días en Shanghái, como era nue­stro caso.

Dónde está Suzhou 

Suzhou se encuen­tra en el este de Chi­na, en la provin­cia de Jiang­su y en pleno delta del río Yangt­sé, una de las regiones más prósperas, pobladas y desar­rol­ladas del país. Está situ­a­da a unos 100 kilómet­ros de Shanghái, muy cer­ca del enorme lago Tai y atrav­es­a­da por una exten­sa red de canales que, durante sig­los, fueron fun­da­men­tales para el com­er­cio y el trans­porte de mer­cancías.

Aunque admin­is­tra­ti­va­mente esta­mos hablan­do de una ciu­dad gigan­tesca —en Chi­na con­viene olvi­darse de nues­tra idea euro­pea de lo que es una ciu­dad en lo que a mil­lones de habi­tantes se refiere—, la parte que intere­sa a la may­oría de los via­jeros se con­cen­tra prin­ci­pal­mente en el dis­tri­to históri­co de Gusu. Es allí donde se encuen­tran sus jar­dines clási­cos, sus canales, las antiguas casas de pare­des blan­cas y teja­dos oscuros, los puentes de piedra y algu­nas de las calles más boni­tas de Suzhou. Su ubi­cación es, además, per­fec­ta para incluir­la en casi cualquier itin­er­ario que pase por Shanghái. Los trenes de alta veloci­dad comu­ni­can ambas ciu­dades con­stan­te­mente y los trayec­tos más rápi­dos ron­dan la media hora. Es decir, se tar­da menos en lle­gar des­de Shanghái a Suzhou que en desplazarse entre algunos bar­rios de la propia Shanghái.

Su posi­ción geográ­fi­ca resultó deci­si­va para su desar­rol­lo. Suzhou esta­ba rodea­da de tier­ras fér­tiles, lagos, ríos y canales, en una región espe­cial­mente apropi­a­da para el cul­ti­vo del arroz y la pro­duc­ción de seda. Pero su época de may­or pros­peri­dad llegó gra­cias al Gran Canal de Chi­na, la extra­or­di­nar­ia vía flu­vial que comu­ni­ca­ba el norte y el sur del país. El Gran Canal per­mitía trans­portar gra­no, seda, algo­dón, té y todo tipo de mer­cancías entre las regiones agrí­co­las del sur y las grandes ciu­dades del norte. Suzhou quedó situ­a­da en uno de los tramos más impor­tantes de aque­l­la ruta y ter­minó con­vir­tién­dose en un riquísi­mo cen­tro com­er­cial, arte­sanal y cul­tur­al. Durante las dinastías Ming y Qing, muchas famil­ias de com­er­ciantes, fun­cionar­ios, int­elec­tuales y propi­etar­ios adin­er­a­dos se insta­laron en la ciu­dad.

¿Por qué incluir Suzhou en una ruta por China?

La primera razón es muy sen­cil­la: es una de las escapadas más fáciles que se pueden hac­er des­de Shanghái. No nece­sitáis tomar un avión, sopor­tar un larguísi­mo via­je en auto­bús ni realizar grandes cam­bios en vue­stro itin­er­ario. Bas­ta con reser­var un tren de alta veloci­dad y, aprox­i­mada­mente media hora después, habréis cam­bi­a­do los ras­ca­cie­los de Shanghái por canales, puentes y jar­dines clási­cos. Es un autén­ti­co via­je en el tiem­po.

Jardin chino en Suzhou

La ciu­dad per­mite cono­cer un tipo de paisaje urbano muy difer­ente al de Pekín, Xi’an o las grandes metrópo­lis chi­nas. Aquí la his­to­ria no se pre­sen­ta medi­ante enormes pala­cios impe­ri­ales o ejérci­tos de sol­da­dos de ter­ra­co­ta, sino de una man­era mucho más ínti­ma. Se encuen­tra en los pequeños patios, en las ven­tanas cal­adas, en el sonido del agua, en las rocas de for­mas imposi­bles y en los pabel­lones donde antigua­mente se reunían los int­elec­tuales para escribir poesía, pin­tar o escuchar músi­ca.

Tam­bién es uno de los mejores lugares para acer­carse a la cul­tura de la región de Jiang­nan, que lit­eral­mente sig­nifi­ca “al sur del río Yangt­sé”. Jiang­nan ha sido históri­ca­mente una de las regiones más refi­nadas de Chi­na, aso­ci­a­da a los canales, la seda, los jar­dines, la lit­er­atu­ra, la ópera Kun­qu y una for­ma de vida urbana muy vin­cu­la­da al agua. La tradi­ción de la seda con­tinúa sien­do espe­cial­mente impor­tante en Suzhou. Durante sig­los, la ciu­dad fue uno de los grandes cen­tros sederos de Chi­na, y la riqueza gen­er­a­da por esta indus­tria ayudó a finan­ciar muchas de las res­i­den­cias y jar­dines pri­va­dos que hoy visi­ta­mos. 

Cómo ir en tren de Shanghái a Suzhou

Ir en tren des­de Shanghái has­ta Suzhou es tan fácil, rápi­do y bara­to que cues­ta encon­trar una excusa para no incluir esta ciu­dad en un via­je por Chi­na. Ambas están sep­a­radas por poco más de 80 kilómet­ros y conec­tadas por una de las rutas fer­roviarias con may­or fre­cuen­cia del país. Depen­di­en­do del tren y de las esta­ciones elegi­das, el trayec­to puede durar entre 20 y 45 min­u­tos, aunque algunos ser­vi­cios real­izan más paradas y tar­dan algo más.

El prob­le­ma no es encon­trar un tren, porque hay muchísi­mos a lo largo del día. La ver­dadera difi­cul­tad con­siste en escoger cor­rec­ta­mente las esta­ciones. Tan­to Shanghái como Suzhou tienen varias y reser­var el tren más rápi­do o el más bara­to sin com­pro­bar de dónde sale y dónde lle­ga puede hac­er­nos perder después mucho más tiem­po del que hemos ahor­ra­do. No es lo mis­mo salir des­de una estación situ­a­da en el cen­tro de Shanghái que ten­er que desplazarnos has­ta Hongqiao. Tam­poco es lo mis­mo lle­gar a Suzhou Rail­way Sta­tion, jun­to al cas­co históri­co, que apare­cer en Suzhou North, bas­tante más ale­ja­da de los jar­dines y los canales.

gente en estacion de tren en china
Nosotros via­jamos a Suzhou des­de la estación de Shang­hai Hongqiao

Los trenes hacia Suzhou pueden salir des­de varias esta­ciones de Shanghái pero las dos que más nos intere­san como via­jeros son Shang­hai Rail­way Sta­tion, que aparece en las apli­ca­ciones como Shang­hai o Shang­hai Sta­tion. Shang­hai Hongqiao Rail­way Sta­tion aparece como Shang­hai Hongqiao. Tam­bién podéis encon­trar algún ser­vi­cio des­de Shang­hai West o Shang­hai South pero nor­mal­mente no son las esta­ciones más con­ve­nientes para una visi­ta turís­ti­ca a Suzhou. Sal­vo que vue­stro alo­jamien­to esté cer­ca de algu­na de ellas o que el horario resulte espe­cial­mente intere­sante, yo cen­traría la búsque­da en Shang­hai Rail­way Sta­tion y Shang­hai Hongqiao.

Shang­hai Rail­way Sta­tion: la más cómo­da si esta­mos alo­ja­dos en el cen­tro

Shang­hai Rail­way Sta­tion se encuen­tra en el dis­tri­to de Jing’an, bas­tante más cer­ca del cen­tro históri­co y turís­ti­co de Shanghái. Está comu­ni­ca­da medi­ante las líneas 1, 3 y 4 del metro, por lo que puede resul­tar espe­cial­mente prác­ti­ca si esta­mos alo­ja­dos cer­ca de People’s Square, Nan­jing Road, Jing’an o algu­nas zonas próx­i­mas al Bund. Si encon­tramos un tren con un horario ade­cua­do des­de esta estación has­ta la estación cen­tral de Suzhou, prob­a­ble­mente sea la com­bi­nación más cómo­da para hac­er una excur­sión de un día.

Aunque el tren tarde algunos min­u­tos más que uno proce­dente de Hongqiao, podemos ahor­rar bas­tante tiem­po en el desplaza­mien­to pre­vio por Shanghái. Este es uno de esos casos en los que no debe­mos fijarnos úni­ca­mente en la duración que aparece jun­to al número del tren. Un trayec­to fer­roviario de 23 min­u­tos no es nece­sari­a­mente mejor que uno de 35 si para tomar el primero ten­emos que cruzar media ciu­dad.

Shang­hai Rail­way Sta­tion es grande pero no lle­ga a ten­er las dimen­siones abru­mado­ras de Hongqiao. Aun así, debe­mos lle­gar con tiem­po porque antes de alcan­zar la sala de espera ten­dremos que pasar el con­trol de iden­ti­dad y el con­trol de seguri­dad del equipa­je.

Shang­hai Hongqiao: la que tiene más trenes

Shang­hai Hongqiao es la gran estación de alta veloci­dad de la ciu­dad. Se encuen­tra al oeste de Shanghái, jun­to al aerop­uer­to de Hongqiao, y está conec­ta­da con las líneas 2, 10 y 17 del metro.

Des­de Hongqiao salen una enorme can­ti­dad de trenes hacia Suzhou, de modo que nor­mal­mente ofrece más horar­ios donde ele­gir. Puede ser una bue­na opción si esta­mos alo­ja­dos en la zona occi­den­tal de Shanghái, si lleg­amos al aerop­uer­to de Hongqiao o si no encon­tramos bil­letes des­de Shang­hai Rail­way Sta­tion a la hora que nece­si­ta­mos.

Aho­ra bien, Hongqiao que­da bas­tante ale­ja­da de algu­nas zonas turís­ti­cas. Des­de People’s Square, por ejem­p­lo, el via­je en la línea 2 del metro puede ron­dar los 35 o 40 min­u­tos, a los que ten­dremos que añadir los desplaza­mien­tos den­tro de la propia estación. Hongqiao es gigan­tesca y mover­nos des­de la entra­da del metro has­ta la puer­ta de embar­que cor­re­spon­di­ente puede lle­varnos bas­tante más tiem­po de lo esper­a­do. Nosotros nos quita­mos de rol­los y direc­ta­mente nos fuimos des­de nue­stro hotel en Nan­jing Road en Didi (el Uber chi­no, ya os hablé de él en el artícu­lo Cómo preparar un via­je a Chi­na).

Para via­jar des­de Hongqiao yo lle­garía con un mín­i­mo de 45 o 60 min­u­tos de antelación. Durante las vaca­ciones chi­nas, los fines de sem­ana o las horas pun­ta dejaría inclu­so más mar­gen.

¿A qué estación de Suzhou debe­mos lle­gar?

Suzhou tiene varias esta­ciones fer­roviarias y en las apli­ca­ciones apare­cen trenes con des­ti­no a:

  • Suzhou Rail­way Sta­tion.
  • Suzhou North Rail­way Sta­tion.
  • Suzhou Indus­tri­al Park Rail­way Sta­tion.
  • Suzhou New Dis­trict Rail­way Sta­tion.

Si nue­stro obje­ti­vo es vis­i­tar los jar­dines clási­cos, el Museo de Suzhou, Pingjiang Road, Shan­tang Street y la parte antigua, la mejor opción es casi siem­pre Suzhou Rail­way Sta­tion, que en las apli­ca­ciones suele apare­cer sen­cil­la­mente como Suzhou. Suzhou Rail­way Sta­tion está situ­a­da al norte del cas­co históri­co, frente al foso y las antiguas mural­las. Además, está comu­ni­ca­da con las líneas 2 y 4 del metro. Des­de allí podemos lle­gar con facil­i­dad a las prin­ci­pales zonas turís­ti­cas o inclu­so comen­zar a recor­rer la ciu­dad sin realizar un desplaza­mien­to demasi­a­do largo.

En cam­bio, Suzhou North está bas­tante más ale­ja­da. Tam­bién está comu­ni­ca­da medi­ante la línea 2 del metro, por lo que no nos quedare­mos ais­la­dos, pero nece­sitare­mos más tiem­po para lle­gar al cen­tro. Si el tren a Suzhou North cues­ta lo mis­mo y sale a una hora pare­ci­da que otro con des­ti­no a Suzhou Rail­way Sta­tion, yo ele­giría siem­pre la estación cen­tral. Suzhou Indus­tri­al Park puede ser con­ve­niente si nue­stro hotel está cer­ca del lago Jin­ji o si quer­e­mos cono­cer la zona mod­er­na de la ciu­dad pero no es la mejor lle­ga­da para comen­zar una ruta por los jar­dines.

¿Cuán­to tar­da el tren entre Shanghái y Suzhou?

Los trenes más rápi­dos pueden realizar el trayec­to en unos 20 o 25 min­u­tos. Otros tar­dan alrede­dor de media hora y algunos ser­vi­cios con más paradas pueden nece­si­tar entre 40 min­u­tos y una hora.

La fre­cuen­cia es altísi­ma. En esta ruta cir­cu­lan trenes des­de primera hora de la mañana has­ta la noche y, en deter­mi­na­dos momen­tos, las sal­i­das están sep­a­radas por muy pocos min­u­tos. Aun así, no con­fi­aría en lle­gar a la estación y com­prar cualquier bil­lete, espe­cial­mente si quer­e­mos hac­er una excur­sión de un día.

Los trenes de primera hora des­de Shanghái y los de últi­ma hora para regre­sar pueden llenarse, sobre todo durante los fines de sem­ana y las vaca­ciones nacionales. Si ya sabe­mos qué día quer­e­mos vis­i­tar Suzhou, merece la pena com­prar tan­to la ida como la vuelta en cuan­to se abra la ven­ta para nues­tra fecha. Para aprovechar el día inten­taría salir de Shanghái entre las 7:00 y las 8:00 de la mañana. Si nue­stro tren lle­ga a Suzhou antes de las 9:00, podremos diri­girnos direc­ta­mente a uno de los jar­dines más pop­u­lares antes de que se llene.

Para regre­sar, ele­giría un tren entre las 19:00 y las 21:00, depen­di­en­do de la época del año y de lo que quer­amos vis­i­tar. Así ten­dremos tiem­po para ver Shan­tang Street o Pingjiang Road ilu­mi­nadas sin estar miran­do con­tin­u­a­mente el reloj. No con­viene apu­rar con el últi­mo tren disponible. Si come­te­mos un error de estación, cal­cu­lam­os mal el trayec­to en metro o lleg­amos tarde, podríamos encon­trarnos sin una alter­na­ti­va cómo­da para regre­sar a Shanghái.

¿Cuán­to cues­ta el tren de Shanghái a Suzhou?

Los pre­cios depen­den del tipo de tren, de la estación y de la cat­e­goría del asien­to, pero el bil­lete en segun­da clase suele costar aprox­i­mada­mente entre 20 y 50 yuanes por trayec­to, es decir, una can­ti­dad muy reduci­da para la rapi­dez y la como­di­dad del ser­vi­cio. Nosotros al cam­bio nos gas­ta­mos poco más de 12 euros en el bil­lete de ida y vuelta.

Al realizar una búsque­da encon­traremos dis­tin­tas cat­e­gorías:

  • Segun­da clase: la opción más bara­ta y sufi­ciente para un via­je tan cor­to.
  • Primera clase: asien­tos algo más amplios y un vagón menos den­so.
  • Busi­ness class: mucho más cara y com­ple­ta­mente innece­saria para un trayec­to de media hora.

Yo com­praría segun­da clase sin pen­sar­lo demasi­a­do. Los trenes de alta veloci­dad chi­nos son mod­er­nos, cómo­d­os y tienen espa­cio razon­able para las pier­nas. Para un recor­ri­do tan cor­to no merece la pena pagar más, sal­vo que ape­nas que­den plazas o que quer­amos pro­bar la expe­ri­en­cia de via­jar en una clase supe­ri­or. Tam­bién pueden apare­cer trenes con­ven­cionales algo más baratos, pero tenien­do en cuen­ta el pre­cio reduci­do de la alta veloci­dad, nor­mal­mente no com­pen­sa ele­gir­los.

Cómo com­prar los bil­letes

Nosotros usamos Trip, cuya apli­cación está disponible en español y per­mite pagar con tar­je­tas inter­na­cionales. El pro­ce­so suele es bas­tante más sen­cil­lo que si lo haces, aunque nor­mal­mente añade una pequeña comisión o gas­tos de gestión.

Cuan­do com­pras en Trip un bil­lete de tren de Shanghái a Suzhou, no tienes que imprim­ir­lo ni recoger­lo en una taquil­la. El bil­lete elec­tróni­co que­da aso­ci­a­do al número de pas­aporte que intro­du­jiste en la reser­va. En la prác­ti­ca, tu pas­aporte orig­i­nal fun­ciona como bil­lete.

billete electronico de tren de Suzhou

El pro­ce­so es este:

Com­prue­ba que el bil­lete está emi­ti­do

En Trip debe apare­cer como con­fir­ma­do o Tick­et issued. Si pone Book­ing sub­mit­ted, todavía están inten­tan­do con­seguir la plaza. Revisa estación exac­ta de sal­i­da. estación de lle­ga­da, número de tren, hora, coche y asien­to. El nom­bre y el número del doc­u­men­to deben coin­cidir con tu pas­aporte. Haz una cap­tura de pan­talla de la reser­va por si en la estación no tienes inter­net.

Fíjate muy bien en la estación de Shanghái

No bas­ta con leer «Shang­hai», porque hay varias esta­ciones:

Shang­hai Rail­way Sta­tion – 上海站

Shang­hai Hongqiao – 上海虹桥站

Shang­hai West – 上海西站

Shang­hai South – 上海南站

Com­prue­ba tam­bién la estación de lle­ga­da

Para vis­i­tar el cas­co históri­co suele resul­tar más prác­ti­ca Suzhou Rail­way Sta­tion – 苏州站, situ­a­da cer­ca de la ciu­dad antigua. Como comen­té antes, no la con­fun­das con Suzhou North – 苏州北站, que que­da bas­tante más ale­ja­da. Tam­bién exis­ten Suzhou New Dis­trict y Suzhou Indus­tri­al Park. Todas pertenecen a Suzhou, pero no están en el mis­mo lugar.

Lle­ga con entre 45 y 60 min­u­tos de antelación

El trayec­to has­ta Suzhou es muy cor­to pero las esta­ciones de Shanghái son enormes. Antes de acced­er al tren ten­drás que pasar con­troles de doc­u­mentación y equipa­je. Para una primera expe­ri­en­cia yo lle­garía con una hora de mar­gen, espe­cial­mente si sales de Hongqiao.

Entra en la estación mostran­do el pas­aporte

En la entra­da encon­trarás bar­reras automáti­cas. Algu­nas ya pueden leer pas­aportes extran­jeros pero no siem­pre fun­cio­nan cor­rec­ta­mente. Si la bar­rera no reconoce el tuyo, bus­ca el car­ril aten­di­do por per­son­al, nor­mal­mente situ­a­do en un extremo y señal­a­do como 人工通道 – Man­u­al Chan­nel.  Entre­gas el pas­aporte al emplea­do y este com­prue­ba en el sis­tema que tienes un bil­lete váli­do. Puedes enseñar tam­bién la reser­va de Trip, aunque nor­mal­mente el pas­aporte es sufi­ciente.

Pasa el con­trol de seguri­dad

Todas las male­tas, mochi­las y bol­sos deben pasar por el escán­er. Tú atrav­es­arás un detec­tor y, en oca­siones, realizarán una com­pro­bación cor­po­ral ráp­i­da. Se parece al con­trol de un aerop­uer­to, aunque suele ser bas­tante ágil.

Según las condi­ciones ofi­ciales de Chi­na Rail­way, los pasajeros adul­tos pueden trans­portar gra­tuita­mente has­ta 20 kilos de equipa­je, aunque en la prác­ti­ca el con­trol se cen­tra sobre todo en el tamaño y en los obje­tos pro­hibidos. En los trenes de alta veloci­dad, la suma de las dimen­siones de cada bul­to no debe super­ar los 130 cen­tímet­ros. Para una excur­sión de un día, con una mochi­la pequeña no ten­dremos ningún prob­le­ma.

Bus­ca la sala y la puer­ta de embar­que

Den­tro de la estación con­sul­ta las pan­tallas y bus­ca tu número de tren, por ejem­p­lo G7008. El des­ti­no final del tren puede no ser Suzhou, porque quizá con­tinúa hacia Nankín u otra ciu­dad. Por eso debes fijarte prin­ci­pal­mente en el número del tren y la hora, no solo en el des­ti­no. En Trip suele apare­cer la puer­ta de embar­que cuan­do está disponible pero debes con­fir­mar­la en las pan­tallas porque puede cam­biar.

Las esta­ciones chi­nas fun­cio­nan de una man­era pare­ci­da a los aerop­uer­tos. No bajamos direc­ta­mente al andén cuan­do lleg­amos, sino que esper­amos en una gran sala has­ta que se abre la puer­ta cor­re­spon­di­ente a nue­stro tren.

Espera a que comience el embar­que

Nor­mal­mente se abre entre 15 y 20 min­u­tos antes de la sal­i­da. Los pasajeros for­man una fila frente a las bar­reras. Como extranjera/o, puedes pro­bar primero en el lec­tor prepara­do para pas­aportes; si no fun­ciona, ve direc­ta­mente al paso man­u­al. Vuelves a entre­gar el mis­mo pas­aporte y el emplea­do te deja acced­er al andén. El embar­que suele cer­rarse unos min­u­tos antes de la sal­i­da, así que no esperes has­ta el últi­mo momen­to.

Local­iza el coche y el asien­to

En la reser­va apare­cerá algo pare­ci­do a Car­riage 05: coche 5 Seat 08A: asien­to 8A Sec­ond Class: segun­da clase. En el andén hay indi­cadores que señalan dónde se detendrá cada coche. Cuan­do llegue el tren, bus­ca el número jun­to a la puer­ta. La para­da puede ser muy breve pero el embar­que está per­fec­ta­mente orga­ni­za­do.

Al lle­gar a Suzhou

Para salir de la estación ten­drás que volver a pasar por una bar­rera. Uti­liza nue­va­mente el pas­aporte o bus­ca el car­ril man­u­al si la máquina no lo reconoce. Al bajar del tren seguimos los carte­les de sal­i­da. Para aban­donar la zona fer­roviaria ten­dremos que volver a pasar el pas­aporte por un lec­tor o acud­ir al con­trol man­u­al.

Suzhou Rail­way Sta­tion está conec­ta­da direc­ta­mente con las líneas 2 y 4 del metro. Des­de allí podemos desplazarnos hacia el cen­tro históri­co, aunque depen­di­en­do de nues­tra primera visi­ta tam­bién puede ser con­ve­niente tomar un taxi o pedir un coche medi­ante DiDi.

Si vamos direc­ta­mente al Jardín del Admin­istrador Humilde y al Museo de Suzhou, podemos acer­carnos en trans­porte públi­co o taxi. La dis­tan­cia no es enorme pero cam­i­nar des­de la estación con calor, humedad o llu­via puede restarnos energía antes de empezar el día. Otra posi­bil­i­dad es comen­zar por Shan­tang Street, rel­a­ti­va­mente próx­i­ma a la estación, y con­tin­uar después hacia los jar­dines. Todo depen­derá del horario y de la can­ti­dad de gente. Si quer­e­mos vis­i­tar el Jardín del Admin­istrador Humilde, yo iría allí a primera hora y dejaría Shan­tang para la tarde o la noche.

Cómo regre­sar de Suzhou a Shanghái

Para volver se repite exac­ta­mente el mis­mo pro­ced­imien­to. Debe­mos acud­ir a la estación indi­ca­da en la reser­va, pasar el con­trol de iden­ti­dad, el escán­er de seguri­dad y esper­ar frente a la puer­ta de embar­que.

Aquí vuelve a ser impor­tan­tísi­mo com­pro­bar a qué estación de Shanghái lle­ga nue­stro tren. Si nue­stro hotel está cer­ca de People’s Square o del Bund, prob­a­ble­mente nos interese regre­sar a Shang­hai Rail­way Sta­tion. Si el tren lle­ga a Hongqiao, todavía ten­dremos que recor­rer un trayec­to bas­tante largo en metro has­ta el cen­tro. No pasa nada por salir des­de una estación y regre­sar a otra. Podemos ir des­de Shang­hai Rail­way Sta­tion a Suzhou y volver des­de Suzhou has­ta Shang­hai Hongqiao si los horar­ios nos enca­jan mejor. Lo úni­co impor­tante es saber­lo de ante­mano y cal­cu­lar el desplaza­mien­to final has­ta el alo­jamien­to.

Visitar Suzhou en invierno

Suzhou tiene fama de ser una ciu­dad espe­cial­mente boni­ta durante la pri­mav­era, cuan­do sus jar­dines se llenan de flo­res, y durante el otoño, cuan­do los árboles comien­zan a cam­biar de col­or. Sin embar­go, esto no sig­nifi­ca que debamos descar­tar una visi­ta en invier­no. De hecho, si nue­stro via­je por Chi­na coin­cide con los meses de diciem­bre, enero o febrero, Suzhou con­tinúa sien­do una excur­sión com­ple­ta­mente recomend­able des­de Shanghái. Nosotros fuimos en invier­no, a primeros de diciem­bre, nos bril­ló un sol esplén­di­do y regre­samos encan­ta­dos.

Evi­den­te­mente, los jar­dines no estarán tan exu­ber­antes como durante la pri­mav­era y ten­dremos que asumir que puede hac­er bas­tante frío, que nos lo hizo. Suzhou está rodea­da de lagos, canales y cur­sos de agua, por lo que el frío puede sen­tirse bas­tante más inten­so de lo que indi­ca el ter­mómetro. Un día con seis o siete gra­dos, cielo cubier­to y humedad puede resul­tar mucho más desagrad­able que una mañana solea­da bajo cero en un cli­ma seco. Pero, a cam­bio, encon­traremos una ciu­dad mucho más tran­quila y con una atmós­fera que enca­ja sor­pren­den­te­mente bien con sus canales, sus casas tradi­cionales y sus pabel­lones antigu­os. Suzhou es una ciu­dad ele­gante y algo melancóli­ca. Y ese carác­ter, al menos des­de mi pun­to de vista, se apre­cia espe­cial­mente bien durante los días gris­es del invier­no.

Te ase­guro que los jar­dines clási­cos chi­nos no fueron dis­eña­dos úni­ca­mente para ser boni­tos cuan­do todo está verde. Su com­posi­ción se basa en la relación entre la arqui­tec­tura, el agua, las rocas, los árboles y los espa­cios vacíos. En invier­no desa­parece parte de la veg­etación pero esto per­mite obser­var mejor la estruc­tura del jardín. Se dis­tinguen con may­or clar­i­dad las for­mas de las rocas, las silue­tas de los árboles, las galerías, las ven­tanas, los pabel­lones y la man­era en la que cada ele­men­to ha sido colo­ca­do para crear una esce­na conc­re­ta.

Por otro lado, es una deli­cia poder­la recor­rer con menos tur­is­tas. Suzhou es uno de los des­ti­nos turís­ti­cos más cono­ci­dos del este de Chi­na. Sus jar­dines reciben una enorme can­ti­dad de vis­i­tantes y, durante la pri­mav­era, el ver­a­no o las vaca­ciones nacionales, algunos pueden lle­gar a estar com­ple­ta­mente abar­ro­ta­dos. Vis­i­tar un jardín chi­no rodea­do de cien­tos de per­sonas cam­bia bas­tante la expe­ri­en­cia. Resul­ta difí­cil deten­erse, con­tem­plar las com­posi­ciones o hac­er una fotografía sin que aparez­can varias per­sonas detrás. En invier­no, espe­cial­mente durante los días lab­orables de diciem­bre y enero, la situación suele ser mucho más tran­quila. No sig­nifi­ca que vayamos a estar com­ple­ta­mente solos, porque en Chi­na eso es com­pli­ca­do, por no decir imposi­ble, pero sí podremos recor­rer algunos espa­cios sin grandes aglom­era­ciones.

Jardin Humilde en Shanghai con lago

Los jar­dines chi­nos fueron dis­eña­dos para cam­biar con las esta­ciones. Una rama desnu­da frente a una pared blan­ca puede for­mar parte de la com­posi­ción igual que un árbol cubier­to de flo­res. La ausen­cia de col­or no sig­nifi­ca nece­sari­a­mente fal­ta de belleza.  Además, durante los meses más fríos flo­re­cen algu­nas especies espe­cial­mente val­o­radas en la cul­tura chi­na. El win­ter­sweet, cono­ci­do como dulce de invier­no, pro­duce unas pequeñas flo­res amar­il­las muy per­fumadas. Los ciru­e­los tam­bién comien­zan a flo­re­cer hacia el final del invier­no y están aso­ci­a­dos a la resisten­cia, porque sus flo­res apare­cen cuan­do el frío todavía no ha ter­mi­na­do.

En febrero pueden orga­ni­zarse exposi­ciones, mer­ca­dos y activi­dades rela­cionadas con la flo­ración de los ciru­e­los. En 2026, por ejem­p­lo, el Gob­ier­no munic­i­pal de Suzhou orga­nizó un mer­ca­do de la flor del ciru­elo des­de comien­zos de febrero has­ta prin­ci­p­ios de mar­zo, con pro­duc­tos gas­tronómi­cos, té, arte­sanía, bor­da­dos y obje­tos dec­o­ra­tivos. Las fechas cam­bian cada año, por lo que con­viene com­pro­bar la pro­gra­mación si via­jamos durante esa época.

Los jardines de Suzhou

Hablar de Suzhou es hablar inevitable­mente de sus jar­dines. La ciu­dad es cono­ci­da por sus canales, sus puentes de piedra y sus casas tradi­cionales de pare­des blan­cas pero fueron sus jar­dines clási­cos los que la con­virtieron en uno de los grandes cen­tros cul­tur­ales de Chi­na. No esta­mos hablan­do de sim­ples par­ques urbanos ni de espa­cios crea­d­os úni­ca­mente para plan­tar flo­res. Los jar­dines de Suzhou eran pequeños mun­dos pri­va­dos, dis­eña­dos para repro­ducir la nat­u­raleza, expre­sar la per­son­al­i­dad de sus propi­etar­ios y ofre­cer un refu­gio frente al rui­do, las obliga­ciones y las intri­gas de la vida públi­ca.

El ori­gen de la tradi­ción jar­dinera de Suzhou se remon­ta a más de dos mil años atrás. La ciu­dad fue fun­da­da en el año 514 AC como cap­i­tal del antiguo esta­do de Wu y ya entonces existían jar­dines vin­cu­la­dos a la famil­ia real. Sin embar­go, los jar­dines que podemos vis­i­tar actual­mente comen­zaron a desar­rol­larse prin­ci­pal­mente a par­tir de la dinastía Song, entre los sig­los X y XIII, y alcan­zaron su momen­to de may­or esplen­dor durante las dinastías Ming y Qing.

La ubi­cación de Suzhou tuvo muchísi­mo que ver con este desar­rol­lo. La ciu­dad se encon­tra­ba en una región fér­til, rodea­da de lagos, ríos y canales y conec­ta­da con algu­nas de las prin­ci­pales rutas com­er­ciales de Chi­na. Su posi­ción jun­to al Gran Canal per­mi­tió trans­portar arroz, seda, algo­dón, té y otros pro­duc­tos entre el sur y el norte del país. Con el com­er­cio lle­garon el dinero, las famil­ias ric­as y una clase de fun­cionar­ios, int­elec­tuales y artis­tas que ter­mi­naría con­vir­tien­do Suzhou en uno de los lugares más refi­na­dos de Chi­na.

Mujer con vestido tradicional en un jardin chino

Entre los sig­los XVI y XVIII, la ciu­dad vivió una extra­or­di­nar­ia pros­peri­dad. Los com­er­ciantes enrique­ci­dos gra­cias a la seda y otros pro­duc­tos lev­an­taron grandes res­i­den­cias, mien­tras que los fun­cionar­ios impe­ri­ales que regresa­ban a Suzhou después de reti­rarse de la vida públi­ca con­struyeron jar­dines pri­va­dos en los que podían dedi­carse a escribir, pin­tar, cul­ti­var plan­tas, recibir a otros int­elec­tuales o, sim­ple­mente, pre­sumir de buen gus­to.

Porque detrás de tan­ta aparente mod­es­tia tam­bién existía una bue­na dosis de pres­ti­gio social. Con­stru­ir un jardín requería dinero, ter­renos, conocimien­tos téc­ni­cos y la par­tic­i­pación de arte­sanos espe­cial­iza­dos. Los propi­etar­ios com­petían por encar­gar las rocas más extra­or­di­nar­ias, los pabel­lones más ele­gantes y las com­posi­ciones paisajís­ti­cas más orig­i­nales. Algunos bau­ti­z­a­ban sus res­i­den­cias con nom­bres que habla­ban de retiro, sen­cillez o humil­dad, aunque después ocu­paran varias hec­táreas y nece­si­taran un ejérci­to de sirvientes para man­ten­er­las.

El caso más evi­dente es el Jardín del Admin­istrador Humilde. Fue con­stru­i­do a comien­zos del siglo XVI por Wang Xianchen, un antiguo fun­cionario que desea­ba reti­rarse de la políti­ca y lle­var una vida tran­quila. Para expre­sar esa supues­ta sen­cillez lev­an­tó uno de los jar­dines pri­va­dos más grandes y espec­tac­u­lares de Chi­na. Humilde quizá no fuera demasi­a­do pero debe­mos recono­cer que poseía un gus­to exquis­i­to.

Los jar­dines esta­ban estrechamente rela­ciona­dos con la figu­ra del eru­di­to chi­no. En la Chi­na impe­r­i­al, los fun­cionar­ios no solo debían cono­cer las leyes y la admin­is­tración, sino dom­i­nar la caligrafía, la poesía, la pin­tu­ra, la músi­ca y los tex­tos clási­cos. El jardín se con­vir­tió en una pro­lon­gación de ese mun­do int­elec­tu­al. Cada piedra, cada árbol y cada nom­bre escondían una ref­er­en­cia lit­er­aria, filosó­fi­ca o artís­ti­ca que los vis­i­tantes cul­tos eran capaces de recono­cer.

Por eso los pabel­lones tienen nom­bres tan sug­er­entes como Salón de la Fra­gan­cia Lejana, Pabel­lón para Escuchar la Llu­via o Pabel­lón ¿Con quién me sen­taré? No se escogían úni­ca­mente porque sonaran boni­tos. Solían pro­ced­er de poe­mas antigu­os, pen­samien­tos filosó­fi­cos o episo­dios cono­ci­dos de la his­to­ria chi­na. Pasear por uno de estos jar­dines era, en cier­to modo, recor­rer un paisaje con­stru­i­do a par­tir de ref­er­en­cias cul­tur­ales.

jardin de suzhou

La idea fun­da­men­tal con­sistía en recrear la nat­u­raleza den­tro de un espa­cio rel­a­ti­va­mente reduci­do. Un grupo de rocas rep­re­senta­ba una mon­taña; un estanque sim­boliz­a­ba un lago; una pequeña isla podía recor­dar a las mon­tañas míti­cas donde hab­it­a­ban los inmor­tales y unos cuan­tos árboles colo­ca­dos cuida­dosa­mente sug­erían la exis­ten­cia de un bosque. No se pre­tendía copi­ar la nat­u­raleza de una man­era lit­er­al, sino cap­turar su esen­cia y crear un mun­do ide­al­iza­do.

El agua se con­vir­tió en uno de los ele­men­tos fun­da­men­tales. Los estanques per­mitían refle­jar los pabel­lones, mul­ti­plicar visual­mente el espa­cio y conec­tar las difer­entes partes del jardín. A su alrede­dor se dis­tribuían puentes, galerías, ter­razas y pequeños edi­fi­cios des­de los que con­tem­plar el paisaje. En oca­siones, el vis­i­tante tenía la sen­sación de encon­trarse ante un gran lago, aunque real­mente estu­viera den­tro de una propiedad encer­ra­da entre los muros de la ciu­dad.

Las rocas tenían la mis­ma impor­tan­cia. Algu­nas pro­cedían del cer­cano lago Tai y eran elegi­das por sus for­mas retor­ci­das, sus agu­jeros y sus super­fi­cies ero­sion­adas. Cuan­to más extraña resulta­ba una roca, may­or podía ser su val­or. Las mejores piezas se con­vertían en autén­ti­cos obje­tos de colec­ción y demostra­ban la riqueza y la sen­si­bil­i­dad artís­ti­ca de su propi­etario. Lo que para cualquier per­sona podría haber pare­ci­do una piedra agu­jerea­da, para un eru­di­to chi­no rep­re­senta­ba una mon­taña en miniatu­ra car­ga­da de energía y sim­bolis­mo.

Los árboles y las plan­tas tam­poco se elegían al azar. El bam­bú esta­ba rela­ciona­do con la resisten­cia y la inte­gri­dad; el pino rep­re­senta­ba la longev­i­dad; el loto sim­boliz­a­ba la pureza porque nace en el bar­ro y emerge limpio; el ciru­elo flo­recía en pleno invier­no y se aso­cia­ba con la per­se­ver­an­cia ante las difi­cul­tades. Cada especie añadía un sig­nifi­ca­do al paisaje y per­mitía que el jardín cam­biara con el paso de las esta­ciones.

Otra de las grandes par­tic­u­lar­i­dades de los jar­dines de Suzhou es que nun­ca se mues­tran por com­ple­to. A difer­en­cia de muchos jar­dines europeos, orga­ni­za­dos medi­ante grandes avenidas rec­tas y com­posi­ciones simétri­c­as que pueden obser­varse des­de un pun­to cen­tral, los jar­dines chi­nos se des­cubren poco a poco. Un muro ocul­ta parte del paisaje, una galería con­duce hacia una esce­na nue­va y una ven­tana enmar­ca un árbol, una roca o un pabel­lón.

El vis­i­tante debe cam­i­nar para com­pren­der el jardín. Cada paso mod­i­fi­ca la per­spec­ti­va y cada cur­va rev­ela algo que per­manecía escon­di­do. Las puer­tas cir­cu­lares, cono­ci­das como puer­tas luna, no solo comu­ni­can dis­tin­tos patios, sino que actúan como mar­cos. Cuan­do miramos a través de ellas, la veg­etación y los edi­fi­cios apare­cen con­ver­tidos en una pin­tu­ra.

Los dis­eñadores tam­bién recur­rieron a una téc­ni­ca cono­ci­da como “paisaje presta­do”. Con­sistía en incor­po­rar al jardín ele­men­tos que real­mente se encon­tra­ban fuera de sus límites. La silue­ta de una pago­da lejana, la copa de un árbol situ­a­do al otro lado del muro o una col­i­na vis­i­ble en el hor­i­zonte pasa­ban a for­mar parte de la com­posi­ción. De esta man­era, el espa­cio parecía mucho may­or de lo que era.

Durante su época de may­or esplen­dor, Suzhou llegó a ten­er más de doscien­tos jar­dines pri­va­dos. No todos pertenecían a fun­cionar­ios reti­ra­dos. Tam­bién los con­struyeron com­er­ciantes, escritores, artis­tas y famil­ias adin­er­adas que desea­ban demostrar su posi­ción social. Cada jardín refle­ja­ba la per­son­al­i­dad de su propi­etario, aunque todos com­partían el mis­mo deseo de crear un refu­gio aparta­do del mun­do. Muchos de aque­l­los jar­dines desa­parecieron como con­se­cuen­cia de guer­ras, incen­dios, aban­donos, divi­siones famil­iares y trans­for­ma­ciones urbanas. Otros cam­biaron repeti­da­mente de dueño y fueron refor­ma­dos has­ta el pun­to de que resul­ta difí­cil saber qué parte pertenece al dis­eño orig­i­nal. Los jar­dines que con­tem­plam­os hoy no son espa­cios con­ge­la­dos en una fecha conc­re­ta, sino el resul­ta­do de sig­los de mod­i­fi­ca­ciones.

Algunos propi­etar­ios vendieron una parte de sus ter­renos, otros añadieron nuevos pabel­lones y hubo famil­ias que divi­dieron las propiedades entre sus herederos. Tam­bién se pro­du­jeron episo­dios bas­tante menos román­ti­cos. El hijo de Wang Xianchen, propi­etario del Jardín del Admin­istrador Humilde, ter­minó perdién­do­lo debido a sus deu­das de juego. Sig­los después, sus difer­entes sec­ciones tuvieron dueños dis­tin­tos antes de ser reunifi­cadas y abier­tas al públi­co.

A pesar de todas estas vicisi­tudes, Suzhou con­ser­va más de cin­cuen­ta jar­dines históri­cos. Nueve de ellos están inclu­i­dos en la lista del Pat­ri­mo­nio Mundi­al de la Unesco: el Jardín del Admin­istrador Humilde, el Jardín de la Demo­ra, el Jardín del Mae­stro de las Redes, la Vil­la de la Mon­taña de la Belleza Abraza­da, el Pabel­lón de las Olas Azules, el Jardín del Bosque de los Leones, el Jardín de la Pare­ja, el Jardín del Cul­ti­vo y el Jardín del Retiro y la Reflex­ión, situ­a­do este últi­mo en la cer­cana local­i­dad acuáti­ca de Tongli. Su val­or no reside úni­ca­mente en su belleza, sino en que mues­tran la evolu­ción del dis­eño paisajís­ti­co chi­no durante casi mil años. En ellos se unen arqui­tec­tura, pin­tu­ra, poesía, filosofía, caligrafía, botáni­ca y téc­ni­cas arte­sanales.

Los jar­dines de Suzhou tam­bién ejercieron una enorme influ­en­cia sobre otros espa­cios crea­d­os pos­te­ri­or­mente en Chi­na. Su for­ma de orga­ni­zar el agua, las rocas, los pabel­lones y la veg­etación fue imi­ta­da en difer­entes regiones e inclu­so llegó a inspi­rar jar­dines impe­ri­ales. Lo intere­sante es que muchos de ellos nacieron como propiedades pri­vadas y no como grandes proyec­tos encar­ga­dos por un emper­ador. Frente a la mon­u­men­tal­i­dad de los pala­cios del norte, los jar­dines de Suzhou pro­ponían una belleza más ínti­ma y con­teni­da. Para com­pren­der­los debe­mos olvi­darnos de la idea occi­den­tal de vis­i­tar un jardín para ver flo­res. Por supuesto que la veg­etación es impor­tante y cada estación cam­bia su apari­en­cia, pero su ver­dadero interés se encuen­tra en la relación entre todos los ele­men­tos. La arqui­tec­tura no puede sep­a­rarse del agua, las rocas no tienen sen­ti­do sin los árboles y las ven­tanas están dis­eñadas en fun­ción del paisaje que mues­tran.

Quizá esa sea la razón por la que los jar­dines de Suzhou con­tinúan resul­tan­do tan espe­ciales después de tan­tos sig­los. No inten­tan impre­sion­ar medi­ante dec­o­ra­ciones exce­si­vas. Su belleza depende de los detalles, de las pro­por­ciones, de los refle­jos y de todo aque­l­lo que se mues­tra solo par­cial­mente. Son lugares con­ce­bidos para ale­jarse del mun­do sin salir de la ciu­dad, para rep­re­sen­tar una nat­u­raleza ide­al den­tro de unos muros y para con­ver­tir cada paseo en una suce­sión de pequeñas esce­nas. Y cuan­do comen­zamos a com­pren­der esta idea, dejamos de ver úni­ca­mente árboles, estanques y pabel­lones. Empezamos a enten­der por qué Suzhou llegó a ser con­sid­er­a­da la gran ciu­dad de los jar­dines de Chi­na.

El Jardín del Administrador Humilde

Si existe un lugar impre­scindible que ver en Suzhou, ese es el Jardín del Admin­istrador Humilde, cono­ci­do en chi­no como Zhuozheng Yuan. No solo es el jardín más famoso de la ciu­dad, sino tam­bién el más grande de todos los jar­dines clási­cos de Suzhou y uno de los mejores ejem­p­los que exis­ten del paisajis­mo tradi­cional chi­no. For­ma parte del con­jun­to de jar­dines inclu­i­dos por la Unesco en la lista del Pat­ri­mo­nio Mundi­al des­de 1997 y está con­sid­er­a­do uno de los cua­tro grandes jar­dines históri­cos de Chi­na.

Nosotros fue lo primero que visi­ta­mos durante nue­stro via­je a Suzhou y me pare­ció un lugar real­mente pre­cioso. Evi­den­te­mente, durante los meses fríos no encon­tramos los estanques cubier­tos de flo­res de loto ni la veg­etación exu­ber­ante que aparece en muchas fotografías pro­mo­cionales, pero el jardín seguía con­ser­van­do toda su ele­gan­cia. De hecho, al haber menos hojas en los árboles, podían apre­cia­rse mucho mejor los pabel­lones, las galerías, los puentes y esa com­ple­ja arqui­tec­tura de teja­dos cur­va­dos que con­sigue que cada rincón parez­ca difer­ente al ante­ri­or.

Jardin en china con pabellon y lago

El nom­bre del jardín resul­ta bas­tante curioso y puede lle­varnos a una con­clusión equiv­o­ca­da. Cuan­do escuchamos “Jardín del Admin­istrador Humilde”, podríamos imag­i­nar que perteneció a un fun­cionario modesto, casi pobre, que se entretenía cul­ti­van­do cua­tro ver­duras en el patio de su casa. Nada más lejos de la real­i­dad. Para con­stru­ir un jardín de estas dimen­siones en la Chi­na impe­r­i­al había que dispon­er de una can­ti­dad de dinero con­sid­er­able, así que la humil­dad del propi­etario era, como mín­i­mo, bas­tante rel­a­ti­va.

El ori­gen del jardín actu­al se remon­ta a comien­zos del siglo XVI, durante la dinastía Ming. Su creador fue Wang Xianchen, un fun­cionario impe­r­i­al cuya car­rera políti­ca había esta­do mar­ca­da por ascen­sos, des­ti­tu­ciones y acusa­ciones. Después de aban­donar la vida públi­ca, regresó a su Suzhou natal y decidió con­stru­ir un jardín en el ter­reno donde ante­ri­or­mente se había lev­an­ta­do el tem­p­lo Dahong. Las obras comen­zaron alrede­dor de 1509 y se pro­lon­garon durante más de una déca­da.

Wang Xianchen quería rep­re­sen­tar su reti­ra­da de la políti­ca y su regre­so a una exis­ten­cia supues­ta­mente sen­cil­la, ded­i­ca­da al cuida­do de la tier­ra y a la con­tem­plación de la nat­u­raleza. Para bau­ti­zar su jardín se inspiró en un tex­to de Pan Yue, un escritor y fun­cionario del siglo III que habla­ba de cul­ti­var el jardín, plan­tar árboles y regar las ver­duras como las ocu­pa­ciones propias de un políti­co reti­ra­do. De esa idea surgió el nom­bre de “Jardín del Admin­istrador Humilde”. La tra­duc­ción tam­bién puede inter­pre­tarse como el jardín del políti­co fra­casa­do, tor­pe o poco hábil. No está del todo claro cuán­to había de ver­dadera humil­dad y cuán­to de pose int­elec­tu­al.

En el dis­eño orig­i­nal par­ticipó Wen Zheng­ming, uno de los pin­tores, calí­grafos y eru­di­tos más impor­tantes de la dinastía Ming. Era ami­go de Wang Xianchen y dejó con­stan­cia del aspec­to del jardín medi­ante una colec­ción de pin­turas y poe­mas real­iza­da en 1533. Gra­cias a esos dibu­jos sabe­mos cómo era el con­jun­to poco después de su con­struc­ción, aunque el lugar que visi­ta­mos en la actu­al­i­dad es el resul­ta­do de numerosas trans­for­ma­ciones.

La his­to­ria pos­te­ri­or del jardín fue bas­tante acci­den­ta­da. Como he comen­ta­do antes, el hijo de Wang Xianchen ter­minó perdién­do­lo para pagar sus deu­das de juego, un desen­lace que parece saca­do de una nov­ela y que demues­tra que la fal­ta de sen­ti­do común de los herederos no es pre­cisa­mente un inven­to mod­er­no. El jardín cam­bió varias veces de propi­etario, fue divi­di­do en difer­entes sec­ciones y sufrió refor­mas, aban­donos y recon­struc­ciones.

Durante el siglo XIX, una parte del recin­to se con­vir­tió en res­i­den­cia de Li Xiucheng, uno de los prin­ci­pales diri­gentes de la Rebe­lión Taip­ing. Pos­te­ri­or­mente, las difer­entes zonas con­tin­uaron sep­a­radas has­ta que, después de 1949, fueron reunifi­cadas, restau­radas y abier­tas al públi­co. Por tan­to, aunque el jardín tiene su ori­gen en el siglo XVI, no todo lo que con­tem­plam­os pertenece a la época de Wang Xianchen. Cada propi­etario fue dejan­do su propia huel­la y mod­i­f­i­can­do el dis­eño en fun­ción de sus gus­tos y necesi­dades.

En la actu­al­i­dad, el Jardín del Admin­istrador Humilde ocu­pa algo más de cin­co hec­táreas y está divi­di­do prin­ci­pal­mente en tres áreas: ori­en­tal, cen­tral y occi­den­tal. La may­or parte del espa­cio está ocu­pa­da por el agua, que actúa como el ver­dadero hilo con­duc­tor del con­jun­to. Los estanques no apare­cen como ele­men­tos ais­la­dos, sino que conectan visual­mente los pabel­lones, los puentes, las islas y las for­ma­ciones rocosas. Esta es una de las ideas fun­da­men­tales de los jar­dines clási­cos chi­nos. No fueron dis­eña­dos para con­tem­plarse des­de un úni­co pun­to ni para mostrar una com­posi­ción per­fec­ta­mente simétri­ca. Al con­trario, el paisaje va apare­cien­do poco a poco mien­tras cam­i­namos. Una pared ocul­ta parte del estanque, una ven­tana enmar­ca un árbol, una galería nos con­duce hacia un pabel­lón y un pequeño giro del camino rev­ela una vista com­ple­ta­mente nue­va.

La zona ori­en­tal es la más abier­ta y espa­ciosa. Aquí encon­tramos amplias super­fi­cies de césped, árboles, pequeños estanques y pabel­lones repar­tidos de una man­era aparente­mente nat­ur­al. Digo aparente­mente porque en estos jar­dines nada está colo­ca­do al azar. Inclu­so una roca que parece haber caí­do allí por casu­al­i­dad puede haber sido selec­ciona­da, trans­porta­da des­de otro lugar y situ­a­da con enorme pre­cisión para rep­re­sen­tar una mon­taña o equi­li­brar la com­posi­ción.

Jardin chino

La parte cen­tral está con­sid­er­a­da el autén­ti­co corazón del jardín y es la que mejor con­ser­va el espíritu del dis­eño orig­i­nal. Se orga­ni­za alrede­dor de un gran estanque con varias islas arti­fi­ciales. En la antigua tradi­ción chi­na, estas islas podían evo­car las mon­tañas sagradas de los inmor­tales, unos lugares mitológi­cos situ­a­dos en los mares ori­en­tales donde supues­ta­mente se encon­tra­ba el secre­to de la vida eter­na. Los pabel­lones apare­cen refle­ja­dos sobre el agua y se comu­ni­can medi­ante puentes y galerías cubier­tas. Algunos se con­struyeron para con­tem­plar las flo­res, otros para escuchar la llu­via, recibir la brisa o dis­fru­tar del aro­ma de los lotos. 

Uno de los edi­fi­cios más impor­tantes es el Salón de la Fra­gan­cia Lejana, situ­a­do frente al gran estanque cen­tral. Su nom­bre hace ref­er­en­cia al per­fume de las flo­res de loto, que durante el ver­a­no se extiende por el agua. El loto posee además un fuerte sig­nifi­ca­do sim­bóli­co den­tro de la cul­tura chi­na: nace en el bar­ro, pero emerge limpio y her­moso, por lo que rep­re­sen­ta la pureza y la inte­gri­dad moral.

Otro de los rin­cones más cono­ci­dos es el Pabel­lón del Loto en la Brisa, situ­a­do jun­to al agua y dis­eña­do para dis­fru­tar de la vista y del aro­ma de estas flo­res. Evi­den­te­mente, nosotros, al via­jar en invier­no, tuvi­mos que imag­i­nar la esce­na. No había lotos flotan­do sobre el estanque, pero sí pudi­mos con­tem­plar con más clar­i­dad la arqui­tec­tura y los refle­jos de los edi­fi­cios. Tam­bién encon­tramos salas con nom­bres tan sug­er­entes como el Pabel­lón para Escuchar la Llu­via, pen­sa­do para dis­fru­tar del sonido de las gotas al caer sobre las hojas de los pla­taneros, o el pabel­lón lla­ma­do ¿Con quién me sen­taré?, inspi­ra­do en un ver­so del poeta Su Shi cuya respues­ta era: con la luna bril­lante, la brisa fres­ca y con­mi­go mis­mo. No me negaréis que los chi­nos sabían pon­er nom­bres bas­tante mejores a sus con­struc­ciones que nosotros.

Puente en jardin chino

La zona occi­den­tal es más pequeña y con­tiene un may­or número de edi­fi­cios. Parte de su dis­eño cor­re­sponde a las refor­mas real­izadas durante la dinastía Qing. Aquí se encuen­tra el Salón de los Trein­ta y Seis Patos Man­darines y las Diecio­cho Camelias, uti­liza­do antigua­mente para rep­re­senta­ciones de ópera Kun­qu. Los patos man­darines sim­bolizan tradi­cional­mente el amor conyu­gal y la fidel­i­dad de la pare­ja, por lo que apare­cen con mucha fre­cuen­cia en el arte y la dec­o­ración chi­na.

Una de las car­ac­terís­ti­cas que más lla­ma la aten­ción durante el recor­ri­do son las ven­tanas. Algu­nas pre­sen­tan for­mas geométri­c­as y otras están dec­o­radas con del­i­cadas celosías. No se insta­laron úni­ca­mente para dejar entrar la luz. Fun­cio­nan como mar­cos que selec­cio­nan una parte conc­re­ta del paisaje. Cuan­do miramos a través de ellas, el jardín se trans­for­ma en una pin­tu­ra. Lo mis­mo ocurre con las cono­ci­das puer­tas luna, esas aber­turas cir­cu­lares que apare­cen en numerosos jar­dines chi­nos. Además de comu­nicar dis­tin­tos espa­cios, cre­an una tran­si­ción visu­al entre una esce­na y la sigu­iente. Bas­ta con colo­carse delante de una de ellas para com­pren­der por qué se han con­ver­tido en uno de los lugares preferi­dos por las chi­cas que real­izan sesiones fotográ­fi­cas vesti­das con han­fu.

Los dis­eñadores bus­ca­ban repro­ducir la nat­u­raleza, pero no copi­ar­la de for­ma lit­er­al. Su inten­ción era con­den­sar un paisaje com­ple­to den­tro de un espa­cio lim­i­ta­do. Unas cuan­tas rocas podían rep­re­sen­tar una cordillera; un estanque se con­vertía en un lago; una isla sim­boliz­a­ba una mon­taña sagra­da y un grupo de árboles sug­ería un bosque. Todo esta­ba pen­sa­do para que el propi­etario pudiera reti­rarse sim­bóli­ca­mente del mun­do sin salir real­mente de la ciu­dad.

El jardín cam­bia muchísi­mo según la estación. En pri­mav­era flo­re­cen mag­no­lias, peonías y otros árboles orna­men­tales. Durante el ver­a­no los estanques se cubren de flo­res de loto. El otoño tiñe parte de la veg­etación de tonos amar­il­los y roji­zos, mien­tras que el invier­no deja al des­cu­bier­to la estruc­tura del paisaje y per­mite obser­var las ramas desnudas, los teja­dos oscuros y las líneas de los pabel­lones.

jardin suzhou

Para dis­fru­tar­lo con algo más de tran­quil­i­dad, lo mejor es acud­ir a primera hora. El jardín abre nor­mal­mente a las 7:30 y durante la primera parte de la mañana todavía no han lle­ga­do muchos de los grandes gru­pos orga­ni­za­dos. A par­tir de media mañana comien­zan a for­marse aglom­era­ciones en los puentes, los pabel­lones más cono­ci­dos y las puer­tas cir­cu­lares. Yo cal­cu­laría entre dos y tres horas para recor­rerlo sin prisas. Puede verse más ráp­i­da­mente, pero no ten­dría demasi­a­do sen­ti­do pagar la entra­da para atrav­es­ar­lo como si estu­viéramos par­tic­i­pan­do en una car­rera. La gra­cia con­siste pre­cisa­mente en deten­erse, mirar a través de las ven­tanas, bus­car los refle­jos en el agua y des­cubrir cómo cam­bia el paisaje a cada paso.

El pre­cio ofi­cial habit­u­al es de 80 yuanes durante la tem­po­ra­da alta, que com­prende abril, mayo, julio, agos­to, sep­tiem­bre y octubre, y de 70 yuanes durante la tem­po­ra­da baja, cor­re­spon­di­ente a enero, febrero, mar­zo, junio, noviem­bre y diciem­bre. Los pre­cios y los peri­o­dos pueden cam­biar, por lo que con­viene com­pro­bar­los antes de la visi­ta.

El horario habit­u­al es de 7:30 a 17:30 durante bue­na parte del año y has­ta las 17:00 durante el invier­no. La ven­ta de entradas y el acce­so ter­mi­nan antes de la hora ofi­cial de cierre. Además, en deter­mi­na­dos peri­o­dos se exige reser­var una fran­ja horaria conc­re­ta y pueden rec­haz­ar la entra­da si lleg­amos demasi­a­do tarde. Por eso no acon­se­jo dejar la visi­ta para el final de la tarde. Las entradas están vin­cu­ladas al doc­u­men­to de iden­ti­dad y los via­jeros extran­jeros debe­mos intro­ducir cor­rec­ta­mente los datos del pas­aporte. Es impre­scindible lle­var el pas­aporte orig­i­nal, no una fotografía guarda­da en el telé­fono. En las puer­tas automáti­cas puede ocur­rir que el lec­tor no reconoz­ca el doc­u­men­to extran­jero; en ese caso debe­mos diri­girnos al acce­so aten­di­do por per­son­al.

Hanfu: vestirse con trajes tradicionales de la etnia Han

Una de las cosas que más me llamó la aten­ción durante nues­tra visi­ta a Suzhou fue la enorme can­ti­dad de chi­cas que recor­rían los jar­dines y las calles históri­c­as vesti­das con elab­o­ra­dos tra­jes tradi­cionales chi­nos. Algu­nas cam­ina­ban solas, otras iban en pequeños gru­pos y muchas aparecían acom­pañadas por un fotó­grafo que les indi­ca­ba dónde debían colo­carse, hacia dónde tenían que mirar o cómo suje­tar las man­gas para que la ima­gen quedara lo más ele­gante posi­ble. Al prin­ci­pio pen­sé que habíamos coin­ci­di­do con algu­na cel­e­bración espe­cial. No era nor­mal que en un mis­mo jardín aparecier­an tan­tas jóvenes con vesti­dos bor­da­dos, peina­dos imposi­bles, horquil­las, flo­res, per­las, aban­i­cos y capas que parecían sacadas de una serie históri­ca chi­na. Pero no había ningu­na fies­ta ni se esta­ba rodan­do una pelícu­la, aunque por momen­tos lo pareciera. Lo que estábamos vien­do era una de las modas que más ha cre­ci­do en Chi­na durante los últi­mos años: alquilar un tra­je históri­co, com­ple­tar la trans­for­ma­ción con maquil­la­je y pelu­quería y realizar una sesión fotográ­fi­ca en alguno de los esce­nar­ios mon­u­men­tales del país.

Con­viene realizar una aclaración porque, cuan­do vemos estas esce­nas, resul­ta muy ten­ta­dor pen­sar que las mujeres de Suzhou con­tinúan uti­lizan­do sus tra­jes tradi­cionales para acud­ir a los jar­dines, como si fuera una cos­tum­bre local trans­mi­ti­da durante gen­era­ciones. En real­i­dad, no es así. No esta­mos ante una tradi­ción mile­nar­ia con­ser­va­da sin inter­rup­ción ni ante la ves­ti­men­ta cotid­i­ana de las habi­tantes de Suzhou. Es un fenó­meno con­tem­porá­neo rela­ciona­do con el renacimien­to del han­fu, con el enorme éxi­to de las series históri­c­as chi­nas, con el crec­imien­to del tur­is­mo nacional y, por supuesto, con las redes sociales.

Chicas chinas vestidas con trajes tradicionales

El movimien­to mod­er­no de recu­peración del han­fu comen­zó a adquirir impor­tan­cia a prin­ci­p­ios del siglo XXI, espe­cial­mente a par­tir de 2003. Des­de entonces, cada vez más jóvenes chi­nos han comen­za­do a intere­sarse por la ropa, los peina­dos, los rit­uales y la estéti­ca de las antiguas dinastías. La pal­abra han­fu puede tra­ducirse aprox­i­mada­mente como “ropa del pueblo han”, que es el grupo étni­co may­ori­tario de Chi­na. Sin embar­go, no existe un úni­co mod­e­lo de han­fu. A lo largo de los sig­los, las pren­das, los teji­dos, las for­mas y las nor­mas de ves­ti­men­ta fueron cam­bian­do según la época, la región y la posi­ción social de quien las llev­a­ba. No vestía igual una mujer de la dinastía Tang que otra de la dinastía Ming, del mis­mo modo que tam­poco vestían igual una dama aris­tocráti­ca, una mujer de una famil­ia de com­er­ciantes o una campesina.

Hoy muchas tien­das ofre­cen repro­duc­ciones más o menos rig­urosas de esos esti­los históri­cos. Algu­nas inten­tan respetar los patrones, los teji­dos y las com­bi­na­ciones cor­re­spon­di­entes a una dinastía deter­mi­na­da, mien­tras que otras mez­clan ele­men­tos de dis­tin­tas épocas sin el menor com­ple­jo. Y tam­bién exis­ten vesti­dos crea­d­os direc­ta­mente para quedar espec­tac­u­lares en las fotografías, aunque su fidel­i­dad históri­ca resulte bas­tante dis­cutible. Es decir, que bajo el nom­bre de han­fu podemos encon­trar des­de repro­duc­ciones muy cuidadas has­ta autén­ti­cas fan­tasías de prince­sa impe­r­i­al con más bor­da­dos, flo­res, per­las y abalo­rios que rig­or históri­co.

Esta moda puede verse actual­mente en muchas ciu­dades de Chi­na. En Xi’an abun­dan los tra­jes inspi­ra­dos en la dinastía Tang; en Pekín tri­un­fan las car­ac­ter­i­za­ciones de emper­a­tri­ces y damas de las dinastías Ming y Qing; en Shanghái son habit­uales las sesiones con qipao, el cono­ci­do vesti­do chi­no ajus­ta­do, y en Luoyang se han pop­u­lar­iza­do enorme­mente los estil­is­mos rela­ciona­dos con las antiguas cortes impe­ri­ales. Suzhou, por su parte, ofrece un esce­nario per­fec­to para los vesti­dos ele­gantes vin­cu­la­dos a la cul­tura de Jiang­nan, la región situ­a­da al sur del Yangt­sé.

Sus jar­dines, pabel­lones, galerías cubier­tas, estanques, puentes de piedra y pare­des blan­cas pare­cen crea­d­os expre­sa­mente para realizar este tipo de fotografías. Evi­den­te­mente, fueron con­stru­i­dos muchos sig­los antes de la apari­ción de Insta­gram, Xiao­hong­shu o Tik­Tok, pero no puede negarse que fun­cio­nan estu­pen­da­mente como dec­o­ra­do. En lugares como el Jardín del Admin­istrador Humilde, el Jardín del Mae­stro de las Redes o el Jardín de la Pare­ja es habit­u­al encon­trarse con jóvenes posan­do bajo una ven­tana cir­cu­lar, miran­do hacia un estanque o cam­i­nan­do lenta­mente por una galería mien­tras el fotó­grafo dis­para dece­nas de imá­genes.

Tam­bién ver­e­mos muchísi­mas en Pingjiang Road, donde las fachadas tradi­cionales, los canales y los pequeños puentes per­miten recrear una ima­gen muy recono­ci­ble de la antigua Chi­na. De hecho, alrede­dor de esta calle han apare­ci­do numerosas tien­das espe­cial­izadas en el alquil­er de vesti­dos y en la orga­ni­zación de sesiones fotográ­fi­cas. Suzhou no ha inven­ta­do esta moda pero ha sabido adap­tar­la per­fec­ta­mente a su iden­ti­dad históri­ca. La ciu­dad pro­por­ciona el dec­o­ra­do y los nego­cios locales se encar­gan de todo lo demás.

Lo curioso es que no se tra­ta sim­ple­mente de entrar en una tien­da, alquilar un vesti­do y mar­charse con él puesto. Muchas jóvenes con­tratan una trans­for­ma­ción com­ple­ta que incluye la elec­ción del tra­je, las pren­das inte­ri­ores, el maquil­la­je, el peina­do, la pelu­ca o las exten­siones, las horquil­las, las flo­res, los adornos, los pen­di­entes, los col­lares y difer­entes com­ple­men­tos como aban­i­cos o som­bril­las. Después pueden añadir el ser­vi­cio de un fotó­grafo pro­fe­sion­al y el retoque dig­i­tal de una selec­ción de imá­genes.

El pro­ce­so puede durar per­fec­ta­mente una o dos horas antes de salir a la calle. Los peina­dos son espe­cial­mente elab­o­ra­dos y, en muchas oca­siones, se con­struyen uti­lizan­do pos­ti­zos sobre los que se colo­can flo­res, per­las, horquil­las y bor­las. Algu­nas chi­cas eli­gen un resul­ta­do rel­a­ti­va­mente nat­ur­al. Otras pre­fieren aprovechar la ocasión y trans­for­marse por com­ple­to en emper­a­tri­ces, nobles, guer­reras o pro­tag­o­nistas de un dra­ma históri­co. Y las cosas como son, muchas con­siguen un resul­ta­do espec­tac­u­lar.

Los jardines chinos fueron diseñados para cambiar con las estaciones. Una rama desnuda frente a una pared blanca puede formar parte de la composición igual que un árbol cubierto de flores. La ausencia de color no significa necesariamente falta de belleza.

Sería demasi­a­do sim­ple con­sid­er­ar esta cos­tum­bre un mero dis­fraz para hac­erse fotografías. Las redes sociales tienen una impor­tan­cia enorme, evi­den­te­mente, pero el fenó­meno tam­bién refle­ja el interés de muchos jóvenes chi­nos por recu­per­ar y rein­ter­pre­tar su pat­ri­mo­nio cul­tur­al. Durante gran parte del siglo XX, el uso de pren­das históri­c­as quedó rel­e­ga­do a rep­re­senta­ciones teatrales, cer­e­mo­nias, pelícu­las o espec­tácu­los. Las gen­era­ciones más jóvenes han comen­za­do a sacar­las nue­va­mente a la calle, sobre todo en tem­p­los, jar­dines, pala­cios, fes­ti­vales y ciu­dades antiguas.

Para algu­nas per­sonas, vestir han­fu es una man­era de conec­tar con la his­to­ria de Chi­na. Otras se sien­ten atraí­das sim­ple­mente por la belleza de los vesti­dos. Y muchas mez­clan ambas cosas sin necesi­dad de estable­cer una fron­tera demasi­a­do clara entre cul­tura, estéti­ca y diver­sión. Una joven puede estar sin­ce­ra­mente intere­sa­da en la dinastía Ming y, al mis­mo tiem­po, quer­er con­seguir una fotografía mar­avil­losa para sus redes sociales. Una cosa no anu­la nece­sari­a­mente la otra.

Alrede­dor de los prin­ci­pales lugares históri­cos de Suzhou encon­traremos tien­das llenas de vesti­dos expuestos en los escaparates, como las que vimos nosotros. Algu­nas pren­das son tan recar­gadas que cues­ta imag­i­nar cómo pueden cam­i­nar con ellas por un jardín lleno de escalones, piedras y puentes. Las tien­das más sen­cil­las alquilan sola­mente el tra­je y algunos acce­so­rios, mien­tras que otras ofre­cen paque­tes com­ple­tos con maquil­la­je, pelu­quería y fotó­grafo. Los pre­cios depen­den de la cal­i­dad del vesti­do, del número de horas, del tra­ba­jo de estil­is­mo y de la can­ti­dad de fotografías reto­cadas.

fotos chicas chinas hanfu suzhou

Como ori­entación, pueden encon­trarse alquil­eres bási­cos des­de unos 100 yuanes (12 euros), mien­tras que un paque­te con maquil­la­je, peina­do y varias horas de alquil­er puede ron­dar los 250 o 300 yuanes. Las sesiones con fotó­grafo pro­fe­sion­al y retoque super­an con facil­i­dad los 400 o 500 yuanes. Los vesti­dos apor­tan col­or a los jar­dines y con­vierten deter­mi­nadas esce­nas en algo casi cin­e­matográ­fi­co. Una chi­ca cruzan­do un puente con una som­bril­la, otra aso­ma­da a una ven­tana cir­cu­lar o un pequeño grupo cam­i­nan­do jun­to al canal pare­cen devolver durante unos segun­dos a la ciu­dad parte de su antigua vida. Nat­u­ral­mente, la ilusión se rompe cuan­do sacan el telé­fono móvil, con­sul­tan las fotografías o apare­cen con un vaso de té de bur­bu­jas en la mano.

Pero quizá ahí se encuen­tre pre­cisa­mente lo más intere­sante de esta moda. No esta­mos vien­do el pasa­do de Chi­na tal como fue, sino la for­ma en la que una nue­va gen­eración ha deci­di­do imag­i­narlo, recu­per­ar­lo y con­ver­tir­lo en parte de su iden­ti­dad con­tem­poránea. Es una mez­cla de his­to­ria, estéti­ca, tur­is­mo, nego­cio y redes sociales; una com­bi­nación muy propia de la Chi­na actu­al.

Los canales de Suzhou

Aunque los jar­dines son el mon­u­men­to más cono­ci­do de Suzhou, para mí los canales son los que ter­mi­nan dan­do ver­dadero sen­ti­do a la ciu­dad. Sin ellos, Suzhou seguiría sien­do un lugar intere­sante pero perdería bue­na parte de su per­son­al­i­dad. Los canales apare­cen entre las casas, acom­pañan a las calles, pasan por deba­jo de pequeños puentes de piedra y se cue­lan prác­ti­ca­mente por todos los rin­cones del cas­co antiguo. Algunos son amplios y fueron uti­liza­dos durante sig­los para trans­portar mer­cancías; otros resul­tan tan estre­chos que pare­cen patios inun­da­dos entre las vivien­das.

Por esa pres­en­cia con­stante del agua, a Suzhou se la conoce des­de hace mucho tiem­po como la Vene­cia de Ori­ente. Es una com­para­ción que que­da muy bien en los fol­letos turís­ti­cos y que se ha repeti­do has­ta la saciedad, aunque per­sonal­mente creo que Suzhou no nece­si­ta pare­cerse a Vene­cia para resul­tar atrac­ti­va. Sus canales tienen su propia his­to­ria, su propia arqui­tec­tura y una relación con la ciu­dad com­ple­ta­mente difer­ente. No fueron con­stru­i­dos para dec­o­rar el paisaje ni para que los tur­is­tas pudier­an pasear en bar­ca mien­tras hacían fotografías. Durante sig­los fueron autén­ti­cas calles de agua por las que cir­cu­la­ban per­sonas, ali­men­tos, seda, arroz, mate­ri­ales de con­struc­ción y todo tipo de mer­cancías.

Para com­pren­der la impor­tan­cia de los canales hay que retro­ced­er has­ta el ori­gen de la propia Suzhou. La ciu­dad fue fun­da­da en el año 514 a. C. como cap­i­tal del antiguo esta­do de Wu. Des­de el prin­ci­pio, su plan­i­fi­cación estu­vo condi­ciona­da por la abun­dan­cia de ríos, lagos y ter­renos húme­dos de la región de Jiang­nan, situ­a­da al sur del Yangt­sé. Los canales per­mitían drenar el ter­reno, con­tro­lar el agua, defend­er la ciu­dad y facil­i­tar el trans­porte.

Suzhou se orga­nizó medi­ante una red de vías ter­restres y acuáti­cas que fun­ciona­ban de for­ma para­lela. Jun­to a muchas calles dis­cur­ría un canal y las casas podían ten­er una entra­da ori­en­ta­da hacia tier­ra y otra hacia el agua. Por una puer­ta accedían las per­sonas y por la otra lle­ga­ban las mer­cancías trans­portadas en bar­ca. Era un sis­tema urbano per­fec­ta­mente adap­ta­do a una región en la que el agua no era un sim­ple ele­men­to del paisaje, sino una parte fun­da­men­tal de la vida diaria.

canales en ciudad china

El cas­co antiguo con­servó durante sig­los una estruc­tura cono­ci­da como “tres canales hor­i­zon­tales, tres ver­ti­cales y un anil­lo”, for­ma­do este últi­mo por el foso que rode­a­ba la ciu­dad. Lo sor­pren­dente es que bue­na parte de ese traza­do con­tinúa sien­do recono­ci­ble en la actu­al­i­dad. Suzhou ha cre­ci­do has­ta con­ver­tirse en una enorme ciu­dad indus­tri­al y tec­nológ­i­ca pero den­tro del dis­tri­to históri­co de Gusu todavía sobre­vive aquel com­pli­ca­do entra­ma­do de canales, calle­jones y puentes.

La gran pros­peri­dad de Suzhou estu­vo direc­ta­mente rela­ciona­da con el Gran Canal de Chi­na, una gigan­tesca red de vías acuáti­cas que comu­ni­ca­ba el norte y el sur del país. Algunos de sus primeros tramos comen­zaron a excavarse en el siglo V a. C., aunque fue durante la dinastía Sui, a par­tir del siglo VII, cuan­do difer­entes sec­ciones quedaron conec­tadas para for­mar un gran sis­tema impe­r­i­al de trans­porte. El Gran Canal per­mitía enviar has­ta las cap­i­tales del norte el arroz y otros pro­duc­tos cul­ti­va­dos en las fér­tiles regiones del sur. Por sus aguas cir­cu­laron tam­bién seda, algo­dón, té, sal, hier­ro, madera y porce­lana. No era sim­ple­mente un canal, sino una inmen­sa arte­ria económi­ca que ayudó a man­ten­er unido el Impe­rio chi­no durante sig­los.

Suzhou quedó situ­a­da en una posi­ción priv­i­le­gia­da den­tro de aque­l­la red. La ciu­dad se encon­tra­ba rodea­da de una de las regiones agrí­co­las más pro­duc­ti­vas de Chi­na y, además, era uno de los grandes cen­tros de elab­o­ración de seda. Las mer­cancías lle­ga­ban a sus muelles, se alma­cen­a­ban en los edi­fi­cios próx­i­mos al agua y después con­tinu­a­ban su via­je hacia otras ciu­dades. Gra­cias a ese com­er­cio, Suzhou acu­muló una enorme riqueza y se con­vir­tió en un impor­tante cen­tro de arte­sanos, com­er­ciantes, fun­cionar­ios e int­elec­tuales.

Por tan­to, los mis­mos canales que hoy nos pare­cen tan román­ti­cos fueron en real­i­dad una infraestruc­tura económi­ca de primer niv­el. Donde actual­mente vemos pequeñas embar­ca­ciones turís­ti­cas, antigua­mente había bar­cazas car­gadas de arroz, teji­dos y otros pro­duc­tos. Los puentes no se con­struyeron para hac­er boni­to en las fotografías, sino para per­mi­tir el paso de per­sonas y mer­cancías sin inter­rum­pir la nave­gación.

El Gran Canal fue inclu­i­do en la lista del Pat­ri­mo­nio Mundi­al de la Unesco en 2014. La declaración pro­tege un enorme con­jun­to for­ma­do por difer­entes tramos, obras hidráuli­cas, puentes, almacenes, muelles y ciu­dades desar­rol­ladas alrede­dor del agua. Den­tro del munici­pio de Suzhou se con­ser­van var­ios canales y lugares históri­cos rela­ciona­dos con esta red, entre ellos el canal de Shan­tang y difer­entes zonas del cas­co antiguo.

Una de las mejores man­eras de cono­cer los canales de Suzhou es recor­rer Pingjiang Road, una calle históri­ca situ­a­da al este del cen­tro antiguo. La vía dis­curre jun­to al canal Pingjiang durante aprox­i­mada­mente un kilómetro y medio y con­ser­va una estruc­tura urbana que aparece rep­re­sen­ta­da en un mapa de la ciu­dad real­iza­do en 1229. Eso sig­nifi­ca que, cuan­do cam­i­namos por allí, esta­mos sigu­ien­do un traza­do que se mantiene prác­ti­ca­mente igual des­de hace unos ochocien­tos años.

A un lado encon­tramos el canal y, al otro, una suce­sión de casas tradi­cionales, pequeños restau­rantes, tien­das, salones de té y calle­jones. Numerosos puentes comu­ni­can ambas oril­las y ofre­cen algu­nas de las imá­genes más boni­tas de Suzhou. Las fachadas blan­cas, los teja­dos oscuros y las ramas incli­nadas sobre el agua cre­an ese paisaje tan car­ac­terís­ti­co de las ciu­dades de Jiang­nan.

canal acuatico en ciudad china

Pingjiang Road es actual­mente una zona muy turís­ti­ca y no voy a vender­la como un rincón secre­to donde estare­mos solos escuchan­do el sonido del agua. Durante los fines de sem­ana y las vaca­ciones chi­nas puede llenarse de vis­i­tantes, fotó­grafos y chi­cas vesti­das con han­fu. Tam­bién han apare­ci­do bas­tantes tien­das mod­er­nas y nego­cios clara­mente ori­en­ta­dos al tur­is­mo. Sin embar­go, bas­ta con apartarse un poco de la calle prin­ci­pal y entrar en alguno de los calle­jones lat­erales para encon­trar zonas mucho más tran­quilas.

Lo intere­sante de Pingjiang no está úni­ca­mente en su calle prin­ci­pal. A ambos lados se extiende una red de estre­chos calle­jones y canales secun­dar­ios en los que todavía se con­ser­va parte de la vida cotid­i­ana. Hay ropa ten­di­da, bici­cle­tas aparcadas, veci­nos sen­ta­dos jun­to a las puer­tas y pequeñas embar­ca­ciones que con­tinúan uti­lizan­do el agua. Es entonces cuan­do com­pren­demos que no esta­mos pase­an­do por un dec­o­ra­do con­stru­i­do para los tur­is­tas, sino por un bar­rio históri­co que ha tenido que adap­tarse a su enorme pop­u­lar­i­dad.

Otro lugar impre­scindible para dis­fru­tar de los canales es Shan­tang Street. Su ori­gen se remon­ta al año 825, cuan­do el famoso poeta Bai Juyi ejer­cía como gob­er­nador de Suzhou. Durante su manda­to se con­struyó un canal y una vía que comu­ni­ca­ban la zona de Chang­men con la Col­i­na del Tigre. El tramo ter­minó reci­bi­en­do el nom­bre de Shan­tang y fue con­vir­tién­dose en una impor­tante área com­er­cial.

La calle históri­ca se extendía tradi­cional­mente a lo largo de siete li, una antigua medi­da chi­na, moti­vo por el que todavía se la conoce como Qili Shan­tang, es decir, Shan­tang de las Siete Li. Su lon­gi­tud com­ple­ta ron­da los tres kilómet­ros y medio, aunque la may­oría de los vis­i­tantes se con­cen­tra en el tramo próx­i­mo a la puer­ta Chang­men.

Esta primera parte está muy restau­ra­da y pre­sen­ta una suce­sión de tien­das, restau­rantes, faroles y pequeños puentes. Puede resul­tar exce­si­va­mente com­er­cial durante el día pero al caer la tarde adquiere una atmós­fera com­ple­ta­mente dis­tin­ta. Las luces se refle­jan sobre el agua, las bar­cas pasan bajo los puentes y las fachadas apare­cen ilu­mi­nadas. Es uno de los mejores lugares para ver los canales de Suzhou por la noche. Aho­ra bien, si ten­emos tiem­po, merece la pena ale­jarnos del tramo más con­cur­ri­do. A medi­da que avan­zamos hacia la Col­i­na del Tigre, dis­min­uye el número de tien­das turís­ti­cas y comien­za a apare­cer una Suzhou mucho más tran­quila. Es allí donde encon­tramos antiguas vivien­das, muelles, puentes y rin­cones que recuer­dan mejor la fun­ción orig­i­nal del canal.

Los puentes son pre­cisa­mente otro de los ele­men­tos esen­ciales del paisaje. Suzhou llegó a ten­er cien­tos de ellos, con­stru­i­dos en madera o piedra y adap­ta­dos a la anchu­ra de cada vía acuáti­ca. Algunos son planos, mien­tras que otros se ele­van for­man­do un arco para per­mi­tir el paso de las embar­ca­ciones. Des­de lo alto se obtienen las mejores vis­tas de las casas alin­eadas jun­to al agua. Estos puentes tam­bién orga­ni­z­a­ban la vida de los bar­rios. Servían como pun­tos de encuen­tro, mar­ca­ban los límites entre unas zonas y otras y facil­ita­ban la comu­ni­cación entre calles que, de otro modo, habrían queda­do sep­a­radas por el agua. Muchos fueron recon­stru­i­dos a lo largo de los sig­los pero con­tinúan ocu­pan­do aprox­i­mada­mente el mis­mo lugar que los puentes rep­re­sen­ta­dos en los mapas antigu­os.

Uno de los grandes sím­bo­los del sis­tema defen­si­vo y acuáti­co de Suzhou es la Puer­ta Pan­men. Se tra­ta de una antigua puer­ta situ­a­da en el extremo suroc­ci­den­tal de la ciu­dad históri­ca. Su par­tic­u­lar­i­dad es que esta­ba for­ma­da por una entra­da ter­restre y otra acuáti­ca, lo que per­mitía con­tro­lar tan­to a las per­sonas que lle­ga­ban por car­retera como a las embar­ca­ciones que accedían a través del canal. Pan­men mues­tra per­fec­ta­mente has­ta qué pun­to el agua forma­ba parte de la estruc­tura de Suzhou. Los canales servían para com­er­ciar y desplazarse, pero tam­bién podían fun­cionar como bar­rera defen­si­va. Las com­puer­tas per­mitían con­tro­lar la entra­da a la ciu­dad y el foso reforz­a­ba la pro­tec­ción de las mural­las. En la actu­al­i­dad, el área de Pan­men está acondi­ciona­da como una zona mon­u­men­tal en la que tam­bién se encuen­tran la pago­da Ruiguang y el puente Wumen. No posee la intim­i­dad de los canales de Pingjiang pero ayu­da a com­pren­der el fun­cionamien­to de la antigua ciu­dad amu­ral­la­da y su relación con el Gran Canal.

Otra opción para cono­cer esta parte de Suzhou con­siste en realizar un paseo en bar­ca. Encon­traremos embar­caderos en Pingjiang Road, Shan­tang Street y otros pun­tos próx­i­mos al Gran Canal. Los recor­ri­dos, la duración y los pre­cios varían depen­di­en­do del lugar y del tipo de embar­cación. Los paseos más cor­tos recor­ren úni­ca­mente un pequeño tramo de los canales históri­cos, mien­tras que otros per­miten nave­g­ar por zonas más amplias del antiguo foso o del Gran Canal. Antes de pagar con­viene pre­gun­tar cuán­to dura el recor­ri­do, si se regre­sa al mis­mo embar­cadero y si el pre­cio es por per­sona o por la bar­ca com­ple­ta.

Algu­nas embar­ca­ciones pequeñas resul­tan mucho más agrad­ables que los bar­cos turís­ti­cos grandes. Nave­g­an lenta­mente por canales estre­chos y per­miten obser­var de cer­ca las fachadas, los pequeños muelles y la parte trasera de las vivien­das. En deter­mi­na­dos recor­ri­dos, la per­sona que con­duce la bar­ca can­ta can­ciones tradi­cionales, aunque en oca­siones espera recibir una propina por hac­er­lo. Como siem­pre, con­viene dejar claras las condi­ciones antes de comen­zar para evi­tar la clási­ca situación en la que todo parecía inclu­i­do has­ta que deja de estar­lo.

canal chino con barca

En algu­nas embar­ca­ciones, los bar­queros o bar­queras inter­pre­tan can­ciones tradi­cionales de Suzhou. No siem­pre ocurre y, en deter­mi­na­dos casos, el can­to se ofrece a cam­bio de una propina. Con­viene pre­gun­tar antes para saber si está inclu­i­do en el bil­lete o si se espera un pago adi­cional. Estas can­ciones están rela­cionadas con la tradi­ción musi­cal de Jiang­nan y, en algunos recor­ri­dos, pueden apare­cer tam­bién pequeñas demostra­ciones de ping­tan, un arte nar­ra­ti­vo orig­i­nario de la región de Suzhou que com­bi­na rela­to, can­to y acom­pañamien­to musi­cal. El ping­tan se inter­pre­ta habit­ual­mente en el dialec­to local y puede ir acom­paña­do por instru­men­tos tradi­cionales como la pipa, una especie de laúd chi­no. Aunque no enten­damos abso­lu­ta­mente nada de la letra, la músi­ca enca­ja per­fec­ta­mente con el rit­mo del paseo. Las voces, el sonido del remo entran­do en el agua y las casas pasan­do lenta­mente jun­to a la bar­ca con­siguen crear una atmós­fera espe­cial.

Aun así, no con­sidero impre­scindible pagar por un paseo en bar­ca para dis­fru­tar de los canales. Si ten­emos poco tiem­po o el cli­ma no acom­paña, podemos cono­cer per­fec­ta­mente las zonas más boni­tas cam­i­nan­do. En invier­no, además, per­manecer sen­ta­dos sobre el agua puede resul­tar bas­tante frío. Si decidi­mos hac­er­lo durante los meses más fríos, con­viene ele­gir una embar­cación cubier­ta o esper­ar a las horas cen­trales del día.

A primera hora de la mañana los canales pre­sen­tan su cara más tran­quila. Las tien­das todavía no han abier­to, apare­cen pocos gru­pos turís­ti­cos y los veci­nos comien­zan su activi­dad cotid­i­ana. La luz es suave y resul­ta más fácil hac­er fotografías sin ten­er que esper­ar a que desa­parez­can veinte per­sonas del encuadre. La tarde, en cam­bio, apor­ta más ambi­ente. Pingjiang Road se llena de vida, los salones de té reciben clientes y comien­zan las sesiones fotográ­fi­cas con vesti­dos tradi­cionales. Shan­tang Street es espe­cial­mente boni­ta cuan­do se encien­den los faroles. Si solo podemos ele­gir un momen­to para vis­i­tar­la, yo lo haría poco antes del atarde­cer, para ver­la primero con luz nat­ur­al y después ilu­mi­na­da.

Los canales tam­bién per­miten enten­der la arqui­tec­tura tradi­cional de Suzhou. Muchas vivien­das pre­sen­tan pare­des blan­cas y teja­dos cubier­tos de tejas oscuras. La com­bi­nación no respondía úni­ca­mente a una cuestión estéti­ca. Los mate­ri­ales, los patios inte­ri­ores y la ori­entación de las casas esta­ban adap­ta­dos al cli­ma cáli­do y húme­do de la región. Las vivien­das más ric­as podían con­tar con var­ios patios y jar­dines pri­va­dos, mien­tras que las más sen­cil­las se orga­ni­z­a­ban en estre­chas parce­las entre la calle y el canal. El agua facil­ita­ba el trans­porte pero tam­bién gen­er­a­ba prob­le­mas de humedad, inun­da­ciones, suciedad y man­ten­imien­to. Porque vivir jun­to a un canal que­da muy román­ti­co durante un paseo de dos horas pero la real­i­dad cotid­i­ana segu­ra­mente tuviera bas­tante menos poesía.

Tam­poco debe­mos imag­i­nar que todo el cas­co antiguo se con­ser­va exac­ta­mente igual que hace var­ios sig­los. Suzhou ha sufri­do guer­ras, incen­dios, der­ri­bos, refor­mas y un crec­imien­to urbano enorme. Algu­nas zonas han sido restau­radas inten­sa­mente y otras han per­di­do bue­na parte de su arqui­tec­tura orig­i­nal. Inclu­so en Pingjiang y Shan­tang con­viv­en casas históri­c­as con establec­imien­tos mod­er­nos, carte­les lumi­nosos y nego­cios crea­d­os para sat­is­fac­er las necesi­dades del tur­is­mo. Sin embar­go, el traza­do del agua con­tinúa actuan­do como la colum­na ver­te­bral de la ciu­dad antigua. Los canales han sobre­vivi­do porque no eran sim­ples adornos que pudier­an elim­i­narse sin con­se­cuen­cias. Forma­ban parte del sis­tema de drena­je, de la orga­ni­zación de las calles y de la propia iden­ti­dad de Suzhou.

El Jardín del Bosque de los Leones

El Jardín del Bosque de los Leones fue uno de los lugares más curiosos que visi­ta­mos en Suzhou. Su nom­bre puede lle­var a imag­i­nar una exten­sión enorme, llena de árboles y quizá de leones de piedra, pero la real­i­dad es bas­tante dis­tin­ta. Se tra­ta de un jardín pequeño, ínti­mo y sor­pren­dente, cuyo gran pro­tag­o­nista es un extra­or­di­nario laber­in­to de rocas. Aquí los leones no apare­cen enjaula­dos ni per­fec­ta­mente esculpi­dos: hay que des­cubrir­los escon­di­dos entre las for­mas capri­chosas de la piedra, aguzan­do la imag­i­nación y deján­dose lle­var por el juego.

Cono­ci­do en chi­no como Shizilin —狮子林—, el Jardín del Bosque de los Leones fue crea­do hacia el año 1342, durante la dinastía Yuan. Sus orí­genes están estrechamente lig­a­dos al bud­is­mo zen. Según la his­to­ria más acep­ta­da, el mon­je Tian­ru y un grupo de dis­cípu­los con­struyeron el jardín en memo­ria de su mae­stro, el abad Zhongfeng, rela­ciona­do con el Pico del León de las mon­tañas Tian­mu. El recin­to forma­ba parte orig­i­nal­mente de un monas­te­rio, algo que ayu­da a com­pren­der su carác­ter espir­i­tu­al y su par­tic­u­lar for­ma de rep­re­sen­tar la nat­u­raleza.

lago en jardin chino

El nom­bre tam­bién se rela­ciona con el sim­bolis­mo bud­ista del león, aso­ci­a­do a la sabiduría y a la voz de Buda, pero bas­ta con entrar en el jardín para encon­trar una expli­cación mucho más visu­al. Las rocas de cal­iza del lago Tai­hu, ero­sion­adas durante sig­los por el agua, pre­sen­tan agu­jeros, cavi­dades, pliegues y per­files que recuer­dan a leones en difer­entes pos­turas. Algunos pare­cen estar dormi­dos, otros sen­ta­dos, jugan­do o con­tem­p­lan­do el estanque. Al menos, eso es lo que ase­gu­ra la tradi­ción. 

En sus primeros tiem­pos, el jardín esta­ba cubier­to por miles de plan­tas de bam­bú y por una colec­ción de piedras de for­mas extrañas. Pron­to se con­vir­tió en lugar de reunión de mon­jes, pin­tores, poet­as y eru­di­tos. Uno de sus vis­i­tantes más céle­bres fue Ni Zan, uno de los grandes mae­stros de la pin­tu­ra chi­na, que en 1373 real­izó una obra ded­i­ca­da al Bosque de los Leones. Con el paso del tiem­po, el jardín sufrió peri­o­dos de aban­dono, cam­bios de propi­etario y varias recon­struc­ciones. A finales del siglo XVI volvió a recu­per­ar parte de su esplen­dor.

Tam­bién llamó la aten­ción de los emper­adores. Kangxi lo vis­itó a comien­zos del siglo XVIII y Qian­long quedó tan fasci­na­do que regresó en varias oca­siones. A este últi­mo se atribuye la inscrip­ción “ver­dadero deleite”, que puede verse en uno de sus pabel­lones. Qian­long admiró tan­to el lugar que mandó con­stru­ir jar­dines inspi­ra­dos en él en algu­nas de sus res­i­den­cias impe­ri­ales. No está mal para un jardín que ape­nas ocu­pa alrede­dor de una hec­tárea.

A prin­ci­p­ios del siglo XX, el recin­to fue adquiri­do por el com­er­ciante Bei Run­sheng, miem­bro de la famil­ia del famoso arqui­tec­to Ieoh Ming Pei, autor, entre otros proyec­tos, de la pirámide de cristal del Museo del Lou­vre. Bei Run­sheng emprendió una pro­fun­da restau­ración que se pro­longó durante var­ios años y per­mi­tió recu­per­ar bue­na parte de sus pabel­lones, galerías y rocallas. El jardín abrió al públi­co en 1956 y des­de el año 2000 for­ma parte de los Jar­dines Clási­cos de Suzhou inscritos como Pat­ri­mo­nio Mundi­al de la UNESCO.

Jardin con piedras en Suzhou

Sin embar­go, todo ese peso históri­co no con­vierte la visi­ta en algo serio o solemne. Al con­trario: el Bosque de los Leones es prob­a­ble­mente el jardín más juguetón de Suzhou. Su ele­men­to más famoso es una gran rocalla de más de mil met­ros cuadra­dos, con­stru­i­da como una mon­taña en miniatu­ra. En su inte­ri­or se escon­den senderos estre­chos, cuevas, túne­les, desnive­les y pasos que se cruzan con­stan­te­mente. Se suele decir que posee nueve caminos, vein­tiu­na cuevas y tres nive­les difer­entes. Sobre el plano parece sen­cil­lo, pero una vez den­tro resul­ta muy fácil perder la ori­entación.

Sub­íamos unos escalones, atrav­es­ábamos una aber­tu­ra en la roca y aparecíamos frente al estanque; doblábamos una esquina con­ven­ci­dos de haber encon­tra­do la sal­i­da y ter­minábamos casi en el mis­mo lugar. A veces veíamos pasar a otros vis­i­tantes por enci­ma de nues­tras cabezas y, unos min­u­tos más tarde, éramos nosotros quienes los con­tem­plábamos des­de lo alto sin saber muy bien cómo habíamos lle­ga­do has­ta allí. Esa es pre­cisa­mente la gra­cia del jardín. No se visi­ta sigu­ien­do un recor­ri­do evi­dente, sino deján­dose sor­pren­der. Existe inclu­so una leyen­da según la cual dos inmor­tales taoís­tas, Li Tieguai y Lü Dong­bin, se internaron en el laber­in­to y no con­sigu­ieron encon­trar la sal­i­da. Como tam­poco parecían ten­er demasi­a­da prisa, deci­dieron quedarse allí jugan­do una par­ti­da de aje­drez. La his­to­ria resul­ta fácil de creer cuan­do uno lle­va un rato dan­do vueltas entre las rocas.

Frente al laber­in­to se abre el estanque cen­tral, rodea­do por galerías, árboles y pequeños pabel­lones. Es una de las imá­genes más boni­tas del jardín: los muros blan­cos, las cubier­tas oscuras, las ramas refle­jadas en el agua y las rocas eleván­dose como una dimin­u­ta cordillera. Uno de los rin­cones más cono­ci­dos es el Pico de los Nueve Leones, donde supues­ta­mente se dis­tinguen nueve fig­uras difer­entes.

Para recor­rer el Bosque de los Leones con­viene reser­var entre una hora y media y dos horas. Se podría ver más deprisa pero perder­se for­ma parte de la expe­ri­en­cia y no tiene mucho sen­ti­do atrav­es­ar­lo cor­rien­do. Hay que lle­var calza­do cómo­do, ya que algunos escalones son irreg­u­lares, los pasadi­zos pueden ser estre­chos y las piedras se vuel­ven res­bal­adizas cuan­do llueve. Tam­poco es el recor­ri­do más sen­cil­lo para per­sonas con movil­i­dad reduci­da, aunque se puede dis­fru­tar del estanque y de varias zonas sin entrar en la parte más com­pli­ca­da de la rocalla.

Como ref­er­en­cia, la entra­da suele costar 40 yuanes durante la tem­po­ra­da alta y 30 yuanes en tem­po­ra­da baja. El horario habit­u­al es de 7:30 a 17:30 entre mar­zo y octubre y de 7:30 a 17:00 durante los meses de invier­no, aunque con­viene com­pro­bar posi­bles cam­bios antes de ir. La infor­ma­ción prác­ti­ca actu­al­iza­da puede con­sul­tarse en la ficha del Lion Grove Gar­den. En fechas fes­ti­vas o fines de sem­ana tam­bién es recomend­able reser­var con antelación y lle­var el pas­aporte orig­i­nal, pues puede ser nece­sario para reti­rar o val­i­dar la entra­da.

Tiger Hill

Uno de los lugares que no deberían fal­tar en una visi­ta a Suzhou es Tiger Hill, cono­ci­da en español como la Col­i­na del Tigre y en chi­no como Huqiu. Se encuen­tra al noroeste del cas­co históri­co y, aunque ape­nas alcan­za unos 36 met­ros de altura, posee más his­to­ria y leyen­das que muchas mon­tañas de dimen­siones bas­tante más respeta­bles.

Que nadie espere aquí una ascen­sión com­pli­ca­da ni una excur­sión de mon­taña. La Col­i­na del Tigre es más bien un gran recin­to históri­co y paisajís­ti­co for­ma­do por caminos, jar­dines, estanques, tem­p­los, rocas, pabel­lones y restos rela­ciona­dos con la antigua cul­tura del reino de Wu. En lo más alto aparece su con­struc­ción más famosa, la pago­da Yun­yan, cuya evi­dente incli­nación ha hecho que sea cono­ci­da como la Torre de Pisa de Chi­na.

Pagoda en ciudad china

Tiger Hill es uno de los lugares históri­cos más antigu­os de Suzhou. Su ori­gen está estrechamente rela­ciona­do con el rey Helü, gob­er­nante del esta­do de Wu y per­son­aje fun­da­men­tal en la fun­dación de la ciu­dad. Helü con­vir­tió Suzhou en su cap­i­tal durante el siglo VI a. C. y, según la tradi­ción, fue enter­ra­do en esta col­i­na después de morir en el año 496 a. C. como con­se­cuen­cia de las heri­das sufridas en una batal­la con­tra el esta­do de Yue.

La leyen­da cuen­ta que tres días después del entier­ro apare­ció sobre la tum­ba un tigre blan­co, que per­maneció allí como guardián del monar­ca. A par­tir de aquel episo­dio el lugar habría comen­za­do a cono­cerse como la Col­i­na del Tigre. Otra expli­cación, bas­tante menos emo­cio­nante, sostiene que la silue­ta de la col­i­na recuer­da a un tigre agaza­pa­do. Como suele ocur­rir en Chi­na, podemos ele­gir la ver­sión que más nos guste, aunque reconoz­co que la del tigre blan­co pro­te­gien­do una tum­ba real tiene bas­tante más encan­to.

Tiger Hill era ya un lugar céle­bre en la antigua Chi­na. El escritor y poeta Su Shi, tam­bién cono­ci­do como Su Dong­po, llegó a afir­mar durante la dinastía Song que vis­i­tar Suzhou y no acud­ir a la Col­i­na del Tigre era algo ver­dadera­mente lam­en­ta­ble. Más de mil años después, la frase con­tinúa uti­lizán­dose para con­vencer a los tur­is­tas de que incluyan el lugar en su recor­ri­do. Lo que demues­tra que las cam­pañas de pro­mo­ción turís­ti­ca existían mucho antes de que aparecier­an Insta­gram y las ofic­i­nas de tur­is­mo.

El recin­to ocu­pa más de veinte hec­táreas y no con­siste úni­ca­mente en subir has­ta la pago­da, hac­er una fotografía y mar­charse. Durante el ascen­so apare­cen pequeños lugares rela­ciona­dos con la his­to­ria y las leyen­das de Suzhou. Algunos pueden pasar desapercibidos si no cono­ce­mos pre­vi­a­mente su sig­nifi­ca­do, porque a primera vista solo ver­e­mos una roca, un estanque o un pabel­lón. Pero casi todos escon­den una his­to­ria.

Uno de los rin­cones más famosos es la Roca de Prue­ba de la Espa­da, una enorme piedra que aparece divi­di­da por una aber­tu­ra bas­tante limpia. Según la leyen­da, el rey Helü esta­ba obse­sion­a­do con las espadas y encar­gó algu­nas de las mejores armas de su tiem­po. Para com­pro­bar la cal­i­dad de una de ellas golpeó la roca y con­sigu­ió par­tir­la en dos. Nat­u­ral­mente, la expli­cación geológ­i­ca es bas­tante menos cin­e­matográ­fi­ca y atribuye la gri­eta a un fenó­meno nat­ur­al. Pero, después de via­jar miles de kilómet­ros, me parece mucho más entretenido imag­i­nar al rey proban­do una espa­da leg­en­daria que deten­erme a estu­di­ar el pro­ce­so de frac­tura de una piedra.

Helü fue cono­ci­do pre­cisa­mente por su pasión por las armas. Su reina­do coin­cidió con una época de con­stantes enfrentamien­tos entre difer­entes esta­dos y el monar­ca reunió una impor­tante colec­ción de espadas. La tradi­ción ase­gu­ra que fue enter­ra­do jun­to a unas tres mil, muchas de ellas fab­ri­cadas por los mejores arte­sanos del reino.

Mujer posando frente a una pagoda china

Esas supues­tas armas con­ducen a otro de los lugares impre­scindibles de Tiger Hill: la Pisci­na de la Espa­da o Sword Pool, lla­ma­da Jianchi en chi­no. Se tra­ta de un estre­cho estanque situ­a­do entre pare­des de roca, al final de un pequeño des­filadero. El agua pre­sen­ta un tono oscuro y el espa­cio posee una atmós­fera bas­tante mis­te­riosa, espe­cial­mente cuan­do no está rodea­do por var­ios cien­tos de vis­i­tantes. Según la tradi­ción, la tum­ba del rey Helü se encuen­tra ocul­ta deba­jo de la pisci­na. Después del entier­ro, el agua habría inun­da­do la entra­da y pro­te­gi­do para siem­pre la cámara funer­aria. Las leyen­das añaden que los tra­ba­jadores encar­ga­dos de con­stru­ir la tum­ba fueron asesina­dos para impedir que rev­e­laran su ubi­cación. Una cos­tum­bre tremen­da­mente desagrad­able pero bas­tante habit­u­al en los relatos sobre enter­ramien­tos de reyes y emper­adores.

Se dice que difer­entes gob­er­nantes inten­taron localizar el sepul­cro y hac­erse con las espadas pero ninguno con­sigu­ió acced­er a él. Durante unas obras real­izadas en el siglo XX se des­cubrió una posi­ble entra­da bajo el agua, aunque no llegó a abrirse debido al ries­go de deses­ta­bi­lizar la pago­da situ­a­da en la parte supe­ri­or de la col­i­na. Por tan­to, todavía no existe una con­fir­ma­ción defin­i­ti­va de que el rey Helü se encuen­tre real­mente enter­ra­do deba­jo de la Pisci­na de la Espa­da. La arque­ología y la leyen­da con­tinúan mez­clán­dose en este pun­to. Puede que bajo el estanque per­manez­ca intac­ta una tum­ba real con más de dos mil quinien­tos años de antigüedad o puede que todo sea una his­to­ria repeti­da durante gen­era­ciones. En cualquier caso, el mis­te­rio for­ma ya parte insep­a­ra­ble del atrac­ti­vo del lugar.

Jun­to a la Pisci­na de la Espa­da encon­tramos la cono­ci­da como Roca de las Mil Per­sonas, una gran super­fi­cie plana de piedra. Según una de las ver­siones, allí fueron eje­cu­ta­dos los tra­ba­jadores que habían par­tic­i­pa­do en la con­struc­ción de la tum­ba. Otra tradi­ción cuen­ta que el mon­je bud­ista Sheng Gong predicó en este lugar ante una mul­ti­tud for­ma­da por mil per­sonas. La leyen­da más curiosa ase­gu­ra que, cuan­do Sheng Gong habla­ba, inclu­so las piedras asen­tían para mostrar su aprobación. Tenien­do en cuen­ta lo difí­cil que resul­ta en oca­siones man­ten­er la aten­ción de un grupo de tur­is­tas durante una expli­cación, con­seguir intere­sar has­ta a las rocas tiene bas­tante méri­to.

La col­i­na fue con­vir­tién­dose con el paso de los sig­los en un impor­tante cen­tro reli­gioso. Se lev­an­taron tem­p­los, pago­das, pabel­lones y difer­entes edi­fi­cios bud­is­tas. Muchos desa­parecieron o fueron recon­stru­i­dos debido a guer­ras, incen­dios y aban­donos, pero algunos restos con­tinúan inte­gra­dos en el recor­ri­do.

Sin embar­go, la gran pro­tag­o­nista de Tiger Hill aparece en la cima. La pago­da Yun­yan, tam­bién cono­ci­da como Pago­da de Tiger Hill, es el sím­bo­lo más recono­ci­ble de Suzhou. Fue con­stru­i­da entre los años 907 y 961, durante el peri­o­do de las Cin­co Dinastías y los comien­zos de la dinastía Song, por lo que tiene más de mil años de antigüedad. La pago­da pre­sen­ta una plan­ta octog­o­nal, siete pisos y una altura aprox­i­ma­da de 47 o 48 met­ros. Fue con­stru­i­da prin­ci­pal­mente con ladrillo, aunque su dis­eño imi­ta las pago­das de madera tradi­cionales. Durante sig­los for­mó parte del antiguo tem­p­lo Yun­yan, del que recibió su nom­bre.

Lo primero que lla­ma la aten­ción es su incli­nación. La parte supe­ri­or se ha desplaza­do más de dos met­ros respec­to a la base, lo que ha lle­va­do a com­para­r­la con­tin­u­a­mente con la Torre de Pisa. La pago­da chi­na es, en real­i­dad, ante­ri­or a la ital­iana, ya que su con­struc­ción ter­minó más de dos sig­los antes de que comen­zaran las obras de la famosa torre de Pisa. Su incli­nación se debe a que los cimien­tos se apo­yaron par­cial­mente sobre roca y par­cial­mente sobre tier­ra. Con el paso de los sig­los, el ter­reno cedió de for­ma desigual y la estruc­tura comen­zó a desplazarse. Tam­bién aparecieron gri­etas en algunos de sus soportes inte­ri­ores.

Durante la déca­da de 1950 se realizaron tra­ba­jos para esta­bi­lizar el edi­fi­cio y evi­tar que con­tin­uara inclinán­dose. Se reforzaron los cimien­tos y se inyec­tó mate­r­i­al en el ter­reno. Gra­cias a estas inter­ven­ciones, la pago­da con­tinúa en pie después de más de mil años, aunque su inte­ri­or no suele estar abier­to al públi­co de man­era gen­er­al. En los últi­mos años se han orga­ni­za­do vis­i­tas restringi­das a la primera plan­ta medi­ante reser­va pre­via y con gru­pos muy pequeños pero no debe­mos con­tar con subir a la pago­da. Las condi­ciones de acce­so pueden vari­ar y las plan­tas supe­ri­ores per­manecen cer­radas por razones de con­ser­vación y seguri­dad. Eso puede decep­cionar a quienes esperen subir has­ta lo alto para con­tem­plar las vis­tas pero la ver­dadera belleza de la pago­da está en obser­var­la des­de el exte­ri­or. Su per­fil incli­na­do, sus siete pisos y sus ladril­los enve­je­ci­dos for­man una de las imá­genes más car­ac­terís­ti­cas de Suzhou.

La entra­da cues­ta nor­mal­mente 70 yuanes durante la tem­po­ra­da alta y 60 yuanes en tem­po­ra­da baja. Gen­eral­mente se con­sid­er­an meses de tem­po­ra­da alta abril, mayo y de julio a octubre, mien­tras que enero, febrero, mar­zo, junio, noviem­bre y diciem­bre apli­can la tar­i­fa reduci­da. Con­viene com­pro­bar siem­pre el pre­cio actu­al­iza­do, porque los cal­en­dar­ios, los horar­ios y las condi­ciones de reser­va pueden cam­biar. El horario habit­u­al comien­za a las 7:30. Entre mayo y octubre suele per­manecer abier­to has­ta las 18:00, mien­tras que entre noviem­bre y abril cier­ra alrede­dor de las 17:30. La últi­ma entra­da y la ven­ta de bil­letes ter­mi­nan antes del cierre. En ver­a­no se orga­ni­zan algu­nas aper­turas noc­tur­nas espe­ciales, pero no fun­cio­nan durante todo el año.

La tradición de quemar incienso en los templos

Una de las esce­nas que más se repite al vis­i­tar los tem­p­los de Suzhou es la de los fieles encen­di­en­do var­il­las de incien­so delante de un enorme que­mador de met­al. Algunos per­manecen en silen­cio, otros cier­ran los ojos y mur­mu­ran unas pal­abras, y casi todos real­izan varias incli­na­ciones antes de colo­car las var­il­las entre las cenizas. Para nosotros puede pare­cer una cer­e­mo­nia difí­cil de inter­pre­tar pero en Chi­na es un gesto cotid­i­ano que mez­cla religión, tradi­ción famil­iar y deseos per­son­ales.

Esta prác­ti­ca recibe el nom­bre de jingx­i­ang, que sig­nifi­ca algo pare­ci­do a “ofre­cer incien­so con respeto”. No pertenece exclu­si­va­mente al bud­is­mo. Tam­bién aparece en los tem­p­los taoís­tas, en la religión pop­u­lar chi­na y en los rit­uales ded­i­ca­dos a los antepasa­dos. Inclu­so muchas per­sonas que no se con­sid­er­an espe­cial­mente reli­giosas encien­den incien­so cuan­do vis­i­tan un tem­p­lo, sobre todo durante el Año Nue­vo chi­no o cuan­do atraviesan un momen­to impor­tante de su vida.

Mujer china quemando incienso

En Suzhou resul­ta habit­u­al encon­trar estos grandes recip­i­entes en los patios, antes de acced­er a las salas prin­ci­pales. No están colo­ca­dos allí úni­ca­mente por razones dec­o­ra­ti­vas. El incien­so debe que­marse en el exte­ri­or para evi­tar que el humo y el fuego dañen las antiguas estruc­turas de madera, las pin­turas y las imá­genes del inte­ri­or. El recip­i­ente que aparece en la fotografía es un gran incen­sario o que­mador rit­u­al. Las dos piezas ele­vadas de los lat­erales no son tapas abier­tas, aunque lo parez­can, sino asas orna­men­tales inspi­radas en los antigu­os recip­i­entes cer­e­mo­ni­ales chi­nos.

Los vis­i­tantes sue­len tomar una o tres var­il­las, encen­der el extremo supe­ri­or y esper­ar a que aparez­ca una pequeña lla­ma. Nor­mal­mente no se apa­ga sop­lan­do, sino movien­do suave­mente el incien­so has­ta que solo que­da una pun­ta encen­di­da de la que sale humo. Después se sostienen las var­il­las con ambas manos delante del pecho o de la frente y se real­izan varias incli­na­ciones miran­do hacia el tem­p­lo. Después de for­mu­lar su peti­ción, la per­sona deposi­ta las var­il­las en las cenizas del incen­sario. Deben quedar ver­ti­cales y rel­a­ti­va­mente sep­a­radas para que se con­suman con seguri­dad. A par­tir de ese momen­to, el humo con­tinúa ascen­di­en­do como rep­re­sentación vis­i­ble de una ple­garia que ya ha sido envi­a­da.

El número de var­il­las puede vari­ar, aunque lo más fre­cuente en los tem­p­los bud­is­tas es uti­lizar tres. Den­tro del bud­is­mo rep­re­sen­tan las Tres Joyas: Buda, sus enseñan­zas —el Dhar­ma— y la comu­nidad de mon­jes y creyentes —la Sang­ha—. Tam­bién exis­ten otras inter­preta­ciones pop­u­lares. El número tres puede rela­cionarse con el cielo, la tier­ra y la humanidad, o con el pasa­do, el pre­sente y el futuro. El sig­nifi­ca­do con­cre­to depende de la tradi­ción reli­giosa.

El incien­so fun­ciona como un medio de comu­ni­cación sim­bóli­ca. El humo asciende y desa­parece en el aire, lle­van­do con él los pen­samien­tos y deseos de quien lo ha encen­di­do. Su fra­gan­cia purifi­ca el espa­cio, crea una atmós­fera de recogimien­to y señala que esta­mos entran­do en un lugar sagra­do. En el bud­is­mo, su com­bustión tam­bién puede recor­dar la imper­ma­nen­cia. La var­il­la se con­sume poco a poco has­ta con­ver­tirse en ceniza, del mis­mo modo que todo lo que existe ter­mi­na trans­for­mán­dose. No se tra­ta úni­ca­mente de pedir for­tu­na, sino de deten­erse durante unos min­u­tos y tomar con­cien­cia del pre­sente.

Las sus­tan­cias aromáti­cas han sido uti­lizadas en Chi­na des­de la Antigüedad. Al prin­ci­pio eran pro­duc­tos cos­tosos vin­cu­la­dos con cer­e­mo­nias reli­giosas, pala­cios y famil­ias aco­modadas. Algu­nas resinas y maderas olorosas lle­ga­ban des­de regiones lejanas a través de las rutas com­er­ciales ter­restres y marí­ti­mas. Los des­cubrim­ien­tos real­iza­dos en el tem­p­lo de Famen demostraron que durante la dinastía Tang ya se uti­liz­a­ban en cer­e­mo­nias bud­is­tas pro­duc­tos como madera de agar, olíbano y otras resinas impor­tadas. El incien­so era una ofren­da valiosa, no el artícu­lo económi­co y fácil de fab­ricar que podemos com­prar actual­mente en cualquier mer­ca­do. Con el paso del tiem­po, su uso se extendió a los hog­a­res, los tem­p­los y los altares famil­iares. Encen­der incien­so podía servir para hon­rar a una divinidad, recor­dar a un antepasa­do, pro­te­ger una vivien­da o pedir ayu­da antes de una decisión impor­tante.

El Templo Xuanmiao

La his­to­ria del Tem­p­lo Xuan­miao se remon­ta al año 276, durante la dinastía Jin Occi­den­tal, cuan­do fue fun­da­do con el nom­bre de Tem­p­lo Taoís­ta Zhen­qing. A lo largo de los sig­los fue ampli­a­do, recon­stru­i­do y reba­u­ti­za­do en varias oca­siones, como tan­tas con­struc­ciones históri­c­as de Chi­na que han sobre­vivi­do a incen­dios, guer­ras, cam­bios de dinastía y trans­for­ma­ciones urbanas. Durante la dinastía Tang fue cono­ci­do como Pala­cio Kaiyuan, mien­tras que en la época Song recibió el nom­bre de Tem­p­lo Tian­qing. Más ade­lante, durante la dinastía Yuan, pasó a lla­marse Xuan­miao Guan, denom­i­nación que, con algu­nas inter­rup­ciones, ha lle­ga­do has­ta nue­stros días.

Entrada a templo chino

Inclu­so su nom­bre tuvo que adap­tarse a las estric­tas nor­mas de la corte impe­r­i­al. Durante la dinastía Qing se uti­lizó tem­po­ral­mente el nom­bre Yuan­miao Guan, ya que el carác­ter xuan forma­ba parte del nom­bre per­son­al del emper­ador Kangxi y, según el antiguo tabú de los nom­bres, no debía escribirse ni pro­nun­cia­rse con nor­mal­i­dad. Tras la caí­da del impe­rio recu­peró su denom­i­nación tradi­cional. Son pequeños detalles históri­cos que pueden pasar inad­ver­tidos durante la visi­ta pero que ayu­dan a com­pren­der la larguísi­ma vida de este lugar.

La puer­ta que aparece en la fotografía es el acce­so prin­ci­pal al recin­to, cono­ci­do como Zheng­shan­men. Su arqui­tec­tura responde a la ima­gen clási­ca que muchos ten­emos de los antigu­os tem­p­los chi­nos: una estruc­tura de madera, per­fec­ta­mente simétri­ca, pro­te­gi­da por un gran teja­do doble cubier­to de tejas oscuras. Las esquinas se ele­van hacia el cielo y en la parte supe­ri­or apare­cen fig­uras dec­o­ra­ti­vas que, además de embel­le­cer el con­jun­to, cumplían una fun­ción pro­tec­to­ra den­tro de las creen­cias tradi­cionales.

A ambos lados de la entra­da se encuen­tran los habit­uales leones de piedra. Estas fig­uras no están allí úni­ca­mente como adorno. En la cul­tura chi­na han sido uti­lizadas durante sig­los para pro­te­ger tem­p­los, pala­cios, tum­bas y res­i­den­cias impor­tantes. Sim­bolizan poder, esta­bil­i­dad y pro­tec­ción frente a las influ­en­cias neg­a­ti­vas. Nor­mal­mente se colo­can por pare­jas, uno a cada lado de la puer­ta, vig­i­lan­do sim­bóli­ca­mente el acce­so al edi­fi­cio.

La puer­ta actu­al ha pasa­do por dis­tin­tas recon­struc­ciones y restau­ra­ciones, por lo que no todo lo que vemos pertenece a la primera eta­pa del tem­p­lo. Sin embar­go, con­ser­va la estéti­ca de los grandes com­ple­jos reli­giosos tradi­cionales de la región de Jiang­nan. Los tonos amar­il­los de los muros con­trastan con la madera oscu­ra y las tejas gris­es, mien­tras que los drag­ones del teja­do pare­cen cus­to­di­ar el recin­to des­de las alturas. Frente al rui­do de la calle, esta facha­da fun­ciona casi como una fron­tera entre dos mun­dos.

Una vez atrav­es­a­da la entra­da, el ambi­ente cam­bia. Aunque el tem­p­lo recibe numerosos vis­i­tantes y se encuen­tra en una zona muy con­cur­ri­da, todavía con­ser­va su fun­ción reli­giosa. No es úni­ca­mente un mon­u­men­to prepara­do para el tur­is­mo. Aquí se sigue que­man­do incien­so, se pre­sen­tan ofren­das y se real­izan cer­e­mo­nias taoís­tas. Con­viene recor­dar­lo durante la visi­ta, espe­cial­mente cuan­do haya fieles rezan­do frente a los altares.

El edi­fi­cio más impor­tante del con­jun­to es el Salón de las Tres Purezas, cono­ci­do como San­qing Hall. Fue recon­stru­i­do en 1179, durante la dinastía Song del Sur, y es uno de los ejem­p­los más valiosos de arqui­tec­tura taoís­ta con­ser­va­dos en Chi­na. Está ded­i­ca­do a las Tres Purezas, las divinidades supre­mas del pan­teón taoís­ta. Cada una rep­re­sen­ta una dimen­sión dis­tin­ta del uni­ver­so y de las enseñan­zas del Tao. El salón desta­ca por sus pro­por­ciones, su estruc­tura de madera y el enorme teja­do sostenido por colum­nas, una obra de inge­niería que ha resis­ti­do sig­los sin perder su solem­nidad.

El taoís­mo for­ma parte de la iden­ti­dad cul­tur­al chi­na des­de hace más de dos mil años, pero para quienes lleg­amos des­de Occi­dente puede resul­tar algo difí­cil de com­pren­der. No es sola­mente una religión en el sen­ti­do más estric­to, sino tam­bién una filosofía, una for­ma de inter­pre­tar la nat­u­raleza y una tradi­ción llena de rit­uales, sím­bo­los, divinidades y prác­ti­cas pop­u­lares. Su con­cep­to cen­tral es el Tao, el camino o prin­ci­pio que sostiene el uni­ver­so. Vivir de acuer­do con él sig­nifi­ca bus­car el equi­lib­rio y actu­ar sin forzar con­stan­te­mente las cosas. Por eso, los tem­p­los taoís­tas no son espa­cios vacíos ni aus­teros. Sus altares están pobla­dos por divinidades, inmor­tales y per­son­ajes rela­ciona­dos con la pro­tec­ción, la salud, la for­tu­na o deter­mi­nadas pro­fe­siones. El incien­so sirve como una conex­ión sim­bóli­ca entre el mun­do humano y el espir­i­tu­al. El humo asciende lenta­mente, lle­van­do con­si­go los deseos y las peti­ciones de los fieles, mien­tras las ofren­das expre­san respeto y agradec­imien­to.

La puer­ta del Tem­p­lo Xuan­miao es una de esas imá­genes que resumen muy bien las con­tradic­ciones de la Chi­na actu­al. Delante pasan coches, bici­cle­tas eléc­tri­c­as y per­sonas pen­di­entes del telé­fono móvil; detrás sobre­viv­en creen­cias, cer­e­mo­nias y con­struc­ciones cuyos orí­genes se remon­tan a más de diecisi­ete sig­los. La ciu­dad mod­er­na no ha expul­sa­do com­ple­ta­mente a la antigua, sino que ambas han apren­di­do a con­vivir, a veces de una man­era descon­cer­tante y otras con una nat­u­ral­i­dad abso­lu­ta.

La importancia de la seda

Via­jar a Suzhou y no acer­carse al mun­do de la seda es quedarse sin cono­cer una parte fun­da­men­tal de la his­to­ria de la ciu­dad. Sus jar­dines y canales sue­len lle­varse todo el pro­tag­o­nis­mo pero la pros­peri­dad de Suzhou tam­bién se tejió, en el sen­ti­do más lit­er­al de la pal­abra, con mil­lones de finísi­mos hilos de seda. Durante sig­los, este teji­do con­vir­tió la ciu­dad en uno de los grandes cen­tros com­er­ciales de Chi­na, enrique­ció a famil­ias de mer­caderes y finan­ció muchas de las ele­gantes res­i­den­cias y jar­dines que hoy visi­ta­mos.

La relación de Suzhou con la seda comen­zó hace miles de años. El cli­ma húme­do de la región de Jiang­nan, sus abun­dantes cur­sos de agua y la facil­i­dad para cul­ti­var mor­eras crearon unas condi­ciones per­fec­tas para la cría del gusano de seda. Las hojas de la mor­era son su úni­co ali­men­to y, después de varias sem­anas comien­do prác­ti­ca­mente sin des­can­so, el gusano comien­za a con­stru­ir el capul­lo que lo pro­te­gerá durante su trans­for­ma­ción. Lo extra­or­di­nario es que ese pequeño capul­lo está for­ma­do por un úni­co fil­a­men­to que puede alcan­zar una lon­gi­tud enorme. Para obten­er­lo, los capul­los se intro­ducen en agua caliente, que ablan­da la sus­tan­cia nat­ur­al que mantiene unido el hilo. Después se local­iza el extremo del fil­a­men­to y se va desen­rol­lan­do con muchísi­mo cuida­do. Como cada hilo es extremada­mente fino, es nece­sario unir var­ios para con­seguir una hebra sufi­cien­te­mente resistente.

Has­ta que lo vimos, yo tam­poco había pen­sa­do demasi­a­do en todo el tra­ba­jo que hay detrás de un pañue­lo, una blusa o un edredón de seda. Con­tem­plar cómo se sep­a­ran los fil­a­men­tos del capul­lo y se com­bi­nan para for­mar un hilo cam­bia por com­ple­to nues­tra man­era de mirar este teji­do. Deja de ser sim­ple­mente algo suave y boni­to para con­ver­tirse en el resul­ta­do de un pro­ce­so larguísi­mo que com­bi­na nat­u­raleza, pacien­cia y una enorme habil­i­dad arte­sanal.

La mejor man­era de comen­zar esta expe­ri­en­cia es vis­i­tar el Museo de la Seda de Suzhou, cono­ci­do en chi­no como Suzhou Sichou Bowuguan. Fue inau­gu­ra­do en 1991 y está con­sid­er­a­do el primer museo de Chi­na ded­i­ca­do especí­fi­ca­mente a la seda. Se encuen­tra en el número 2001 de Ren­min Road, muy cer­ca de la pago­da Beisi, por lo que resul­ta sen­cil­lo incluir­lo en un recor­ri­do por el cas­co antiguo.

El museo expli­ca todo el pro­ce­so, des­de el cul­ti­vo de las mor­eras y la cría de los gusanos has­ta el hila­do, el teñi­do, el teji­do y la con­fec­ción de las pren­das. No es nece­sario ser una apa­sion­a­da de la moda o de los teji­dos para dis­fru­tar­lo. La visi­ta resul­ta intere­sante porque per­mite com­pren­der cómo una activi­dad aparente­mente domés­ti­ca llegó a con­ver­tirse en una de las indus­trias más impor­tantes de Chi­na.

Mujer china trabajando con capullos de seda

En las dis­tin­tas salas se pueden ver capul­los, her­ramien­tas, telares, frag­men­tos de teji­dos antigu­os y repro­duc­ciones de pren­das uti­lizadas en varias épocas. Tam­bién se expli­ca la evolu­ción de la indus­tria durante las dinastías impe­ri­ales y su trans­for­ma­ción en los sig­los XIX y XX. Algu­nas exposi­ciones mues­tran cómo tra­ba­ja­ban las famil­ias ded­i­cadas a la ser­i­cul­tura, el nom­bre que recibe la cría de los gusanos de seda. Una de las partes que más lla­ma la aten­ción es la ded­i­ca­da a los telares tradi­cionales. Su estruc­tura parece muy com­pli­ca­da, espe­cial­mente cuan­do se uti­liz­a­ban para crear bro­ca­dos dec­o­ra­dos con dibu­jos. Los arte­sanos debían coor­di­nar los movimien­tos de manos y pies, con­tro­lar la ten­sión de los hilos y seguir cuida­dosa­mente el dis­eño. Un error podía arru­inar horas de tra­ba­jo.

El museo cuen­ta con varias áreas ded­i­cadas a la his­to­ria de la seda, los méto­dos de pro­duc­ción, la maquinar­ia de teji­do, las pren­das de la época repub­li­cana y las téc­ni­cas recono­ci­das como pat­ri­mo­nio cul­tur­al inma­te­r­i­al. Tam­bién desar­rol­la labores de con­ser­vación de teji­dos antigu­os y de recu­peración de téc­ni­cas como el bro­ca­do songjin y el ter­ciope­lo estam­pa­do zhang­du­an.  La entra­da gen­er­al es gra­tui­ta.

El museo pro­por­ciona la parte históri­ca y cul­tur­al pero para ver el pro­ce­so de una man­era más direc­ta se puede acud­ir a la Fábri­ca de Seda Número 1 de Suzhou, situ­a­da en el número 94 de Nan­men Road. Fue fun­da­da en 1926 y com­bi­na espa­cios de pro­duc­ción, demostra­ciones y una enorme zona com­er­cial. Las vis­i­tas per­miten obser­var la selec­ción de los capul­los, el devana­do del hilo y la fab­ri­cación de difer­entes artícu­los. Aquí resul­ta espe­cial­mente curioso el pro­ce­so de elab­o­ración de los edredones de seda. Para con­fec­cionar­los se uti­lizan capul­los que con­tienen dos crisál­i­das y cuyos fil­a­men­tos no pueden desen­rol­larse con facil­i­dad. Después de vacia­r­los y limpiar­los, la fibra se esti­ra man­ual­mente has­ta for­mar capas muy finas. Varias tra­ba­jado­ras tiran de ellas des­de las esquinas y las super­po­nen una sobre otra has­ta con­seguir el grosor desea­do. El resul­ta­do es un rel­leno ligero, suave y bas­tante cáli­do. La seda ayu­da a con­ser­var el calor sin pro­ducir la mis­ma sen­sación de peso que otros mate­ri­ales, de ahí que estos edredones se hayan con­ver­tido en uno de los pro­duc­tos más ven­di­dos en las fábri­c­as turís­ti­cas. Ver cómo una pequeña masa de fibra ter­mi­na exten­di­da has­ta alcan­zar el tamaño de una cama es prob­a­ble­mente una de las demostra­ciones más entretenidas.

Aho­ra bien, hay que ir sabi­en­do que estas vis­i­tas sue­len ter­mi­nar en una gran tien­da. En muchos cir­cuitos orga­ni­za­dos, la supues­ta fábri­ca de seda es en real­i­dad una demostración breve segui­da de bas­tante tiem­po inten­tan­do vender edredones, almo­hadas, pañue­los, ropa y cos­méti­cos. No sig­nifi­ca que todo sea fal­so ni que los pro­duc­tos sean mal­os pero con­viene dis­tin­guir entre una visi­ta cul­tur­al y una pre­sentación com­er­cial. Si no quer­e­mos com­prar, no debe­mos sen­tirnos oblig­a­dos. Podemos obser­var la demostración, escuchar las expli­ca­ciones y aban­donar la tien­da con edu­cación. Si nos intere­sa algún artícu­lo, con­viene com­parar pre­cios y pre­gun­tar exac­ta­mente qué esta­mos adquirien­do. No es lo mis­mo la seda pura que una mez­cla con poliéster, vis­cosa u otras fibras.

Para com­pro­bar un teji­do hay que mirar la eti­que­ta, tocar­lo y exam­i­nar cómo refle­ja la luz. La seda nat­ur­al no suele ten­er un bril­lo uni­forme y arti­fi­cial, sino refle­jos que cam­bian lig­era­mente según la direc­ción des­de la que se observe. Tam­bién se arru­ga con más facil­i­dad que muchos teji­dos sin­téti­cos y ofrece una sen­sación fres­ca al prin­ci­pio, aunque después se adap­ta ráp­i­da­mente a la tem­per­atu­ra de la piel.

En algunos com­er­cios real­izan la prue­ba del fuego, que­man­do una pequeña hebra. La seda nat­ur­al desprende un olor pare­ci­do al del cabel­lo que­ma­do y deja una ceniza que se deshace al tocar­la, mien­tras que las fibras sin­téti­cas se der­riten y for­man una pequeña bola dura. Nat­u­ral­mente, no debe­mos inten­tar hac­er­lo por nues­tra cuen­ta den­tro de una tien­da. Lo más seguro es com­prar en establec­imien­tos recono­ci­dos, exi­gir la com­posi­ción por escrito y descon­fi­ar de las supues­tas gan­gas. Un pañue­lo de seda autén­ti­ca no puede costar lo mis­mo que uno de poliéster ven­di­do en un mer­ca­do. En las calles turís­ti­cas encon­traremos artícu­los anun­ci­a­dos como «silk» a pre­cios muy bajos, pero muchas veces son mez­clas o teji­dos sin­téti­cos de tac­to sedoso. Si lo úni­co que bus­camos es un recuer­do boni­to, pueden cumplir su fun­ción pero no deberían cobrárnos­los como seda nat­ur­al.

La expe­ri­en­cia se puede com­ple­tar des­cubrien­do el bor­da­do de Suzhou, cono­ci­do como Su embroi­dery o Sux­iu. Está con­sid­er­a­do uno de los cua­tro grandes esti­los tradi­cionales de bor­da­do de Chi­na y desta­ca por la del­i­cadeza de las pun­tadas, la com­bi­nación de col­ores y el extra­or­di­nario real­is­mo de sus imá­genes. Los motivos más habit­uales son flo­res, aves, gatos, peces, paisajes y esce­nas inspi­radas en la pin­tu­ra chi­na. Algu­nas obras son tan detal­ladas que pare­cen cuadros pin­ta­dos. Las arte­sanas pueden dividir un hilo de seda en fil­a­men­tos casi invis­i­bles para crear som­bras, refle­jos y pequeñas varia­ciones de col­or. Los ani­males pare­cen ten­er pelo de ver­dad y en los peces se apre­cia inclu­so el bril­lo de las esca­mas. Una pieza com­ple­ja puede nece­si­tar meses o años de tra­ba­jo.

Para cono­cer esta tradi­ción se puede vis­i­tar el Insti­tu­to de Inves­ti­gación del Bor­da­do de Suzhou o bus­car uno de los talleres cul­tur­ales que orga­ni­zan demostra­ciones. Algu­nas expe­ri­en­cias per­miten apren­der unas pun­tadas bási­cas y realizar una pieza sen­cil­la. No vamos a con­ver­tirnos en maes­tras bor­dado­ras en una hora, pero sí com­pren­der­e­mos la pre­cisión que exige la téc­ni­ca. 

Cono­cer la seda ayu­da además a enten­der mejor los jar­dines de la ciu­dad. Muchos pertenecieron a fun­cionar­ios y com­er­ciantes enrique­ci­dos direc­ta o indi­rec­ta­mente gra­cias a esta indus­tria. Detrás de aque­l­los pabel­lones, estanques y rocas cuida­dosa­mente colo­cadas había una economía próspera sosteni­da por telares, talleres y famil­ias enteras ded­i­cadas a la cría de gusanos. La seda no es úni­ca­mente un recuer­do que podemos lle­varnos en la male­ta. For­ma parte de la iden­ti­dad de Suzhou y de la propia his­to­ria de Chi­na. Durante sig­los fue uno de los pro­duc­tos más desea­d­os del mun­do, recor­rió enormes dis­tan­cias y dio nom­bre a una red de rutas com­er­ciales que conec­tó Asia con Europa. Sin embar­go, su ori­gen sigue estando en algo dimin­u­to y aparente­mente insignif­i­cante: un gusano que se ali­men­ta de hojas de mor­era y se encier­ra den­tro de un capul­lo.

El bambú en China

En los jar­dines de Suzhou el bam­bú aparece casi siem­pre de man­era disc­re­ta. No inten­ta com­pe­tir con los pabel­lones, los estanques o las espec­tac­u­lares rocas del lago Tai­hu, pero está ahí, cre­cien­do jun­to a un muro blan­co, asomán­dose sobre un teja­do o for­man­do una pequeña arbole­da que fil­tra la luz. A primera vista podría pare­cer sim­ple­mente un ele­men­to dec­o­ra­ti­vo pero en Chi­na el bam­bú es muchísi­mo más que eso. For­ma parte de la his­to­ria, el arte, la gas­tronomía y la vida cotid­i­ana del país, además de escon­der un pro­fun­do sig­nifi­ca­do sim­bóli­co.

Nosotros encon­tramos algunos de los rin­cones más boni­tos con bam­bú pre­cisa­mente en los jar­dines de Suzhou. En la fotografía se puede ver cómo las largas cañas verdes se ele­van entre las rocas, mien­tras el sol inten­ta abrirse paso entre las hojas. Aba­jo, una pequeña val­la con­stru­i­da tam­bién con bam­bú delimi­ta el sendero. Todo parece colo­ca­do de for­ma nat­ur­al pero en los jar­dines chi­nos nada es com­ple­ta­mente casu­al. La posi­ción de cada plan­ta, cada piedra y cada aber­tu­ra en el muro ha sido pen­sa­da para crear una ima­gen conc­re­ta.

El bam­bú no es téc­ni­ca­mente un árbol, aunque algu­nas especies pueden alcan­zar una altura con­sid­er­able. Pertenece a la famil­ia de las gramíneas, como el tri­go, el arroz o la hier­ba, pero desar­rol­la tal­los duros y leñosos que pueden cre­cer con una rapi­dez sor­pren­dente. En Chi­na exis­ten cen­tenares de var­iedades adap­tadas a cli­mas y paisajes muy difer­entes. Algu­nas for­man inmen­sos bosques; otras son pequeñas y se cul­ti­van en jar­dines o mac­etas.

bambu china

En Suzhou aparece unido a la tradi­ción de los jar­dines pri­va­dos con­stru­i­dos por fun­cionar­ios, com­er­ciantes, artis­tas y eru­di­tos. Estos jar­dines trata­ban de repro­ducir paisajes nat­u­rales en miniatu­ra. Den­tro de este pequeño uni­ver­so, el bam­bú aporta­ba movimien­to, sonido, som­bra y col­or. Tam­bién per­mitía crear una sep­a­ración visu­al sin lev­an­tar un muro, escon­di­en­do par­cial­mente un pabel­lón o hacien­do que un sendero pareciera más mis­te­rioso.

Cuan­do sopla el vien­to, las hojas chocan entre sí y pro­ducen un mur­mul­lo suave. Ese sonido era muy apre­ci­a­do en los jar­dines chi­nos, igual que el de la llu­via cayen­do sobre las hojas de loto o el agua recor­rien­do un pequeño canal. El jardín no se dis­eña­ba úni­ca­mente para ser con­tem­pla­do: tam­bién debía escucharse, olerse y recor­rerse despa­cio. Era una expe­ri­en­cia pen­sa­da para todos los sen­ti­dos.

El bam­bú, además, per­manece verde durante bue­na parte del año. Por eso, inclu­so cuan­do visi­ta­mos Suzhou en invier­no y muchos árboles habían per­di­do sus hojas, los gru­pos de bam­bú con­tinu­a­ban apor­tan­do col­or a los jar­dines. Esa mez­cla entre las cañas verdes, las ramas desnudas, las rocas gris­es y los muros blan­cos resulta­ba espe­cial­mente boni­ta. El invier­no deja­ba el paisaje más despe­ja­do y per­mitía apre­ciar mejor las difer­entes for­mas.

Uno de los jar­dines donde el bam­bú tuvo may­or impor­tan­cia fue el Jardín del Bosque de los Leones. Las cróni­cas antiguas hablan de miles de plan­tas de bam­bú cre­cien­do entre sus famosas rocas. De hecho, el nom­bre de “bosque” no se refer­ía sola­mente al laber­in­to de piedra, sino tam­bién a esa veg­etación que envolvía el recin­to. El con­jun­to orig­i­nal, con­stru­i­do durante la dinastía Yuan y vin­cu­la­do a un monas­te­rio bud­ista, com­bin­a­ba las cañas ver­ti­cales con las for­mas retor­ci­das de las rocas que record­a­ban a leones. Todavía hoy esa mez­cla de bam­bú y piedra es una de las imá­genes más car­ac­terís­ti­cas del jardín.

Pero la pres­en­cia del bam­bú en estos jar­dines no responde úni­ca­mente a razones estéti­cas. En la cul­tura chi­na rep­re­sen­ta la for­t­aleza, la humil­dad, la hon­esti­dad y la capaci­dad para adap­tarse a las difi­cul­tades. Su tal­lo es rec­to pero al mis­mo tiem­po flex­i­ble. Cuan­do lle­ga una tor­men­ta puede doblarse sin romperse y, una vez pasa­do el vien­to, recu­pera su posi­ción. Esa resisten­cia con­vir­tió al bam­bú en una metá­fo­ra de las per­sonas capaces de sopor­tar los mal­os momen­tos sin perder su esen­cia. Su inte­ri­or hue­co tam­bién posee un sig­nifi­ca­do espe­cial. Se rela­ciona con la mod­es­tia y con la mente abier­ta, con esa idea de dejar espa­cio para seguir apren­di­en­do. Los nudos que div­i­den el tal­lo sim­bolizan, por su parte, la firmeza de carác­ter y los prin­ci­p­ios morales. Todo ello con­vir­tió al bam­bú en una de las plan­tas favoritas de los eru­di­tos y fun­cionar­ios chi­nos, que lo cul­tiva­ban en sus res­i­den­cias y lo rep­re­senta­ban en pin­turas, poe­mas y caligrafías. Jun­to con la flor del ciru­elo, la orquídea y el crisan­te­mo, el bam­bú for­ma parte de los lla­ma­dos Cua­tro Caballeros o Cua­tro Nobles de la tradi­ción artís­ti­ca chi­na. Cada plan­ta se aso­cia con una estación del año y con deter­mi­nadas vir­tudes.

Durante sig­los, pin­tar bam­bú fue con­sid­er­a­do un ejer­ci­cio muy cer­cano a la caligrafía. Los tal­los se traz­a­ban con líneas firmes y ver­ti­cales, mien­tras las hojas se real­iz­a­ban medi­ante pince­ladas ráp­i­das. No se trata­ba sim­ple­mente de copi­ar una plan­ta, sino de trans­mi­tir su energía y su carác­ter. Un artista podía expre­sar su esta­do de áni­mo mod­i­f­i­can­do la incli­nación del tal­lo, la den­si­dad de las hojas o la fuerza del tra­zo. Muchos int­elec­tuales chi­nos se iden­ti­fi­caron con el bam­bú porque lo con­sid­er­a­ban la rep­re­sentación del hom­bre hon­ra­do que se mantiene rec­to pero sabe incli­narse cuan­do las cir­cun­stan­cias lo exi­gen. Tam­bién era fre­cuente que los poet­as se reti­raran a un jardín rodea­do de bam­bú para escribir, med­i­tar o ale­jarse de las intri­gas políti­cas. Ten­er­lo cer­ca era casi una declaración de prin­ci­p­ios.

Más allá de toda esta sim­bología, el bam­bú ha sido uno de los mate­ri­ales más útiles de la his­to­ria chi­na. Antes de la gen­er­al­ización del papel, muchos tex­tos se escribían sobre estre­chas tablil­las de bam­bú unidas medi­ante cuer­das. Aque­l­los libros eran bas­tante menos mane­jables que los actuales, pero per­mi­tieron con­ser­var leyes, relatos, doc­u­men­tos admin­is­tra­tivos y obras filosó­fi­cas. Con bam­bú se han fab­ri­ca­do vivien­das, cer­cas, ces­tas, per­sianas, aban­i­cos, mue­bles, som­breros, uten­sil­ios de coci­na, palil­los, instru­men­tos musi­cales, cañas de pescar y con­duc­ciones de agua. Sus tal­los son ligeros, resistentes y rel­a­ti­va­mente fáciles de tra­ba­jar. Inclu­so las ramas más pequeñas podían aprovecharse como com­bustible o para elab­o­rar her­ramien­tas domés­ti­cas. Prác­ti­ca­mente no se des­perdi­cia­ba nada.

El bam­bú tam­bién se come. Los brotes tier­nos apare­cen en numerosos platos chi­nos, espe­cial­mente en las regiones del sur. Se recolectan antes de que el tal­lo se endurez­ca y sue­len coci­narse saltea­d­os, guisa­dos o acom­pañan­do carne, setas y ver­duras. En la gas­tronomía de Jiang­nan, la región cul­tur­al a la que pertenece Suzhou, se apre­cia mucho el sabor fres­co y del­i­ca­do de los pro­duc­tos de tem­po­ra­da, y los brotes de bam­bú for­man parte de bas­tantes rec­etas tradi­cionales.

Otro de los grandes pro­tag­o­nistas aso­ci­a­dos al bam­bú es, por supuesto, el pan­da gigante. Su dieta se basa casi por com­ple­to en difer­entes especies de esta plan­ta, aunque su sis­tema diges­ti­vo se parece más al de un carnívoro que al de un her­bívoro. Como el bam­bú apor­ta rel­a­ti­va­mente poca energía, los pan­das nece­si­tan pasar bue­na parte del día comien­do. La aso­ciación entre ambos es tan fuerte que cues­ta con­tem­plar un bosque de bam­bú en Chi­na sin pen­sar inmedi­ata­mente en ellos, aunque en los jar­dines de Suzhou, evi­den­te­mente, no vayamos a encon­trar­los pase­an­do entre los pabel­lones.

Guanqian Street, la calle comercial más famosa de Suzhou

La fotografía está toma­da en la entra­da de Guan­qian Street, una de las calles com­er­ciales más pop­u­lares y con­cur­ri­das de Suzhou. El arco de piedra y la estruc­tura dec­o­ra­ti­va que aparece delante no son mon­u­men­tos antigu­os, aunque su dis­eño trate de recor­darnos a la Suzhou históri­ca. Son ele­men­tos mod­er­nos que señalan la entra­da a la zona com­er­cial y ayu­dan a crear una con­tinuidad estéti­ca entre las tien­das actuales y el cas­co antiguo. 

Por un lado, esta­mos en una calle con sig­los de his­to­ria, vin­cu­la­da a uno de los tem­p­los taoís­tas más antigu­os de la ciu­dad. Por otro, nos encon­tramos rodea­d­os de escaparates de lujo, luces, cade­nas mod­er­nas y enormes cen­tros com­er­ciales. Guan­qian Street no es una calle históri­ca con­ser­va­da como un museo, sino un espa­cio com­er­cial vivo que ha ido cam­bian­do con Suzhou.

calle suzhou

Su nom­bre sig­nifi­ca lit­eral­mente “la calle situ­a­da delante del guan”. La pal­abra guan se uti­liza para des­ig­nar un tem­p­lo taoís­ta y, en este caso, hace ref­er­en­cia al Tem­p­lo Xuan­miao, situ­a­do en pleno cen­tro de la zona peaton­al. Por tan­to, Guan­qian Street podría tra­ducirse como “la calle de delante del tem­p­lo”. Un nom­bre sen­cil­lo y descrip­ti­vo que ter­minó con­vir­tién­dose en el de todo el dis­tri­to com­er­cial.

La calle prin­ci­pal tiene una lon­gi­tud aprox­i­ma­da de 780 met­ros y atraviesa el cen­tro del cas­co antiguo des­de Ren­min Road has­ta las prox­im­i­dades de Lin­dun Road. A su alrede­dor se extiende una red de calle­jones com­er­ciales, entre los que desta­ca Tai­jian Lane, cono­ci­da por sus restau­rantes. Aunque el recor­ri­do no es demasi­a­do largo, es fácil pasar varias horas entran­do en tien­das, obser­van­do los escaparates o proban­do espe­cial­i­dades locales.

calle comercial suzhou

Nosotros lleg­amos a Guan­qian Street después de vis­i­tar la parte más mon­u­men­tal de Suzhou y el cam­bio de ambi­ente fue bas­tante rad­i­cal. Dejamos atrás los jar­dines, los estanques y las rocas para encon­trarnos con una zona llena de luces, escaparates y gente car­ga­da de bol­sas. No es la ima­gen román­ti­ca que nor­mal­mente aso­ci­amos con Suzhou pero tam­bién for­ma parte de la ciu­dad. Guan­qian Street es peaton­al en bue­na parte de su recor­ri­do, lo que per­mite pasear con may­or tran­quil­i­dad. Aun así, como ocurre en casi toda Chi­na, con­viene estar pen­di­ente de las bici­cle­tas eléc­tri­c­as, los vehícu­los de repar­to y las pequeñas motos que pueden apare­cer inclu­so en los espa­cios aparente­mente reser­va­dos a los peatones.

Uno de sus may­ores atrac­tivos es la mez­cla de com­er­cios. Hay mar­cas inter­na­cionales, grandes almacenes y tien­das de cos­méti­ca pero tam­bién establec­imien­tos espe­cial­iza­dos en té, seda, dul­ces tradi­cionales y pro­duc­tos de ali­mentación. Algunos nego­cios lucen enormes carte­les ilu­mi­na­dos; otros con­ser­van fachadas de madera y rótu­los con caligrafía chi­na. Entre las tien­das históri­c­as más cono­ci­das se encuen­tra Caizhizhai, famosa por sus dul­ces, fru­tas con­fi­tadas, carame­los y aper­i­tivos. Es un buen lugar para com­prar algún recuer­do gas­tronómi­co, aunque iden­ti­ficar los sabores puede con­ver­tirse en una pequeña aven­tu­ra si los envas­es úni­ca­mente tienen infor­ma­ción en chi­no.

Gente esperando en parada de autobus en China
En Suzhou son boni­tas has­ta las paradas de bus

Los fines de sem­ana y los peri­o­dos fes­tivos puede estar abar­ro­ta­da. Si se quiere vis­i­tar el tem­p­lo con cier­ta tran­quil­i­dad, resul­ta preferi­ble lle­gar por la mañana. Para dis­fru­tar de los com­er­cios y de la ilu­mi­nación, en cam­bio, la últi­ma hora de la tarde es mucho más atrac­ti­va. La estación de metro más prác­ti­ca para acced­er por el extremo occi­den­tal es Chayuan­chang, de la línea 4. Des­de allí se lle­ga andan­do en pocos min­u­tos. Tam­bién se puede entrar por el lado ori­en­tal des­de la zona de Lin­dun Road, espe­cial­mente si antes hemos vis­i­ta­do Pingjiang Road o alguno de los jar­dines próx­i­mos.

Esta escul­tura de bronce se encuen­tra en Guan­qian Street y lle­va por títu­lo “Las muchachas campesinas pase­an­do por Guan­qian”, una tra­duc­ción aprox­i­ma­da del nom­bre chi­no Dàng Guān­qián de Cūngū —荡观前的村姑—. No rep­re­sen­ta a per­son­ajes históri­cos con­cre­tos, sino una esce­na cotid­i­ana de la antigua Suzhou: dos jóvenes proce­dentes del cam­po que han acu­d­i­do a la calle com­er­cial acom­pañadas por una niña.

escultura Suzhou

Para los habi­tantes de Suzhou y de los pueb­los cer­canos, vis­i­tar esta calle sig­nifi­ca­ba entrar en el corazón com­er­cial de la ciu­dad, curiosear los escaparates, acud­ir al tem­p­lo, com­er algo y dis­fru­tar del ambi­ente.  Guan­qian Street atraía des­de hacía mucho tiem­po a campesinos, com­er­ciantes y veci­nos lle­ga­dos de los alrede­dores. Aquí se vendían teji­dos, dul­ces, té, med­i­c­i­nas, obje­tos domés­ti­cos y ali­men­tos. Quienes lle­ga­ban des­de las aldeas podían aprovechar la visi­ta para entrar en el Tem­p­lo Xuan­miao, hac­er algu­na ofren­da y com­prar pro­duc­tos que no se encon­tra­ban fácil­mente fuera de la ciu­dad.

La obra pre­tende recu­per­ar aquel ambi­ente de mer­ca­do y recor­dar cómo era una jor­na­da de com­pras antes de la apari­ción de los cen­tros com­er­ciales, las mar­cas inter­na­cionales y los pagos medi­ante códi­gos QR. En aque­l­la época se cam­ina­ba has­ta la ciu­dad car­gan­do ces­tas y las com­pras se con­vertían casi en una excur­sión. La calle era un espa­cio de inter­cam­bio económi­co pero tam­bién un lugar para enter­arse de las noti­cias, encon­trarse con cono­ci­dos y con­tem­plar las novedades lle­gadas de otros lugares.

Zhuangyuan, Bangyan y Tan­hua

En una de las tien­das de Guan­qian Street nos encon­tramos con estas tres fig­uras vesti­das como antigu­os fun­cionar­ios chi­nos. A sim­ple vista pare­cen per­son­ajes de una rep­re­sentación teatral pero las tablil­las negras que suje­tan entre las manos expli­can quiénes son. Rep­re­sen­tan a los tres estu­di­antes que con­seguían las mejores cal­i­fi­ca­ciones en la últi­ma fase de los antigu­os exámenes impe­ri­ales: el Zhuangyuan, el Bangyan y el Tan­hua.

La figu­ra vesti­da de rojo lle­va escri­ta la pal­abra 状元, Zhuangyuan, el títu­lo con­ce­di­do al can­dida­to que obtenía el primer puesto. El per­son­aje azul rep­re­sen­ta al 榜眼, Bangyan, el segun­do clasi­fi­ca­do, mien­tras que el hom­bre de verde es el 探花, Tan­hua, quien alcan­z­a­ba el ter­cer lugar. Jun­tos eran cono­ci­dos como los Tres Dingjia, algo así como los tres grandes vence­dores de la clasi­fi­cación impe­r­i­al.

Suzhou China

Sin embar­go, detrás de una dec­o­ración que puede pare­cer un poco teatral se esconde una parte fun­da­men­tal de la his­to­ria de Chi­na. Durante más de mil años, los exámenes impe­ri­ales fueron uno de los prin­ci­pales caminos para acced­er a la admin­is­tración del Esta­do. Super­ar­los per­mitía entrar al ser­vi­cio del emper­ador, mejo­rar la posi­ción social de toda la famil­ia y alcan­zar un pres­ti­gio que podía man­ten­erse durante gen­era­ciones.

El sis­tema comen­zó a desar­rol­larse entre las dinastías Sui y Tang, se con­solidó durante la dinastía Song y alcanzó su for­ma más com­ple­ja bajo los Ming y los Qing. Los can­didatos debían demostrar un pro­fun­do conocimien­to de los clási­cos con­fu­cianos, la his­to­ria, la lit­er­atu­ra, la poesía, la admin­is­tración y las nor­mas de com­por­tamien­to que se esper­a­ban de un buen fun­cionario. Prepararse podía ocu­par bue­na parte de la vida. Los niños de las famil­ias que podían per­mitírse­lo empez­a­ban a estu­di­ar los tex­tos clási­cos des­de muy pequeños, mem­o­rizan­do miles de car­ac­teres y apren­di­en­do a redac­tar sigu­ien­do unas estruc­turas extremada­mente rígi­das. No basta­ba con saber leer y escribir. Había que dom­i­nar las citas, inter­pre­tar las ideas de Con­fu­cio y com­pon­er tex­tos capaces de impre­sion­ar a exam­i­nadores que llev­a­ban décadas estu­dian­do las mis­mas obras.

El pro­ce­so incluía varias prue­bas cel­e­bradas a escala local, provin­cial y nacional. Quienes iban superan­do las difer­entes fas­es obtenían títu­los que ya pro­por­ciona­ban cier­to reconocimien­to. Los mejores lle­ga­ban has­ta el exa­m­en met­ro­pol­i­tano de la cap­i­tal y, final­mente, has­ta el exa­m­en de pala­cio, la últi­ma y más pres­ti­giosa prue­ba. Los can­didatos que aprob­a­ban esta fase recibían el títu­lo de jin­shi y qued­a­ban divi­di­dos en difer­entes cat­e­gorías. En la primera cat­e­goría úni­ca­mente había tres nom­bres: Zhuangyuan, Bangyan y Tan­hua. Eran los tres estu­di­antes más bril­lantes de toda la con­vo­ca­to­ria, selec­ciona­dos entre per­sonas que ya habían logra­do super­ar una com­peti­ción extra­or­di­nar­i­a­mente difí­cil.

El templo Hanshan

Al oeste del cas­co históri­co de Suzhou, jun­to al Gran Canal y muy cer­ca del puente Fengqiao, se encuen­tra uno de los tem­p­los bud­is­tas más cono­ci­dos de Chi­na. Se tra­ta del tem­p­lo Han­shan, cuyo nom­bre suele tra­ducirse como «Tem­p­lo de la Mon­taña Fría», aunque no hay que imag­i­narlo per­di­do en una mon­taña ni rodea­do de cum­bres. Es uno de los que guar­da una relación más estrecha con la poesía, la lit­er­atu­ra y la memo­ria colec­ti­va del país.

El tem­p­lo Han­shan fue con­stru­i­do durante la dinastía Liang, entre los años 502 y 519, y orig­i­nal­mente recibió el nom­bre de Miaoli Pum­ing. Sig­los después pasó a cono­cerse como Han­shan en recuer­do del mon­je y poeta Han­shan, que, según la tradi­ción, vivió aquí durante la dinastía Tang acom­paña­do por otro mon­je lla­ma­do Shide. Ambos ter­mi­naron con­vir­tién­dose en fig­uras muy pop­u­lares den­tro del bud­is­mo chi­no y en sím­bo­los de armonía y amis­tad. El con­jun­to ha sido destru­i­do, incen­di­a­do y recon­stru­i­do varias veces a lo largo de su his­to­ria, por lo que la may­or parte de los edi­fi­cios que con­tem­plam­os actual­mente pertenece a restau­ra­ciones rel­a­ti­va­mente recientes, espe­cial­mente de finales de la dinastía Qing. Aun así, el lugar con­ser­va el peso de sus más de 1.400 años de his­to­ria.

Templo de Hanshan Suzhou

El poe­ma tiene sola­mente cua­tro ver­sos pero fue sufi­ciente para hac­er inmor­tal al tem­p­lo. Gen­era­ciones de niños chi­nos lo han apren­di­do en la escuela y tam­bién es muy cono­ci­do en Japón y Corea. Por eso, para muchos vis­i­tantes asiáti­cos, cono­cer Han­shan no sig­nifi­ca úni­ca­mente entrar en un recin­to reli­gioso, sino vis­i­tar físi­ca­mente uno de los esce­nar­ios más famosos de la lit­er­atu­ra clási­ca chi­na. Es como cam­i­nar den­tro de un poe­ma que lle­va más de mil años for­man­do parte de la edu­cación y de la sen­si­bil­i­dad del país.

Yo recomien­do com­bi­nar la visi­ta con el cer­cano puente Fengqiao y con el área históri­ca situ­a­da jun­to al Gran Canal. Son dos lugares com­ple­ta­mente rela­ciona­dos y vis­i­tar sola­mente el tem­p­lo dejaría la his­to­ria a medias. El puente, las embar­ca­ciones, las antiguas puer­tas, las casas tradi­cionales y el agua ayu­dan a imag­i­nar aquel paisaje noc­turno que inspiró a Zhang Ji. Esta zona resul­ta menos del­i­ca­da y ele­gante que los jar­dines clási­cos de Suzhou pero tiene un ambi­ente más históri­co y pop­u­lar.

Las curiosas mantas de las motos 

Una de las imá­genes más curiosas que nos encon­tramos mien­tras cam­inábamos por Suzhou fue la de varias motos y bici­cle­tas eléc­tri­c­as com­ple­ta­mente cubier­tas por unas enormes man­tas acolchadas. Algu­nas eran de col­or blan­co, otras azules o beige y muchas esta­ban dec­o­radas con osi­tos, cone­jos, nubes y per­son­ajes infan­tiles. A primera vista parecían vehícu­los que alguien hubiera acosta­do y arropa­do cuida­dosa­mente antes de mar­charse a dormir. Sin embar­go, aque­l­las man­tas no esta­ban colo­cadas para pro­te­ger las motos mien­tras per­manecían aparcadas. Eran una especie de abri­go insta­l­a­do sobre el pro­pio vehícu­lo y uti­liza­do por los con­duc­tores para pro­te­gerse del frío durante sus desplaza­mien­tos.

En Chi­na se cono­cen como dǎngfēng bèi, que podría tra­ducirse como man­ta cor­tavien­tos. Son muy habit­uales en las bici­cle­tas y motos eléc­tri­c­as durante el invier­no, espe­cial­mente en las ciu­dades donde las tem­per­at­uras son bajas y la humedad hace que la sen­sación tér­mi­ca resulte todavía más desagrad­able.

mantas motos china

Suzhou no suele reg­is­trar el frío extremo del norte de Chi­na pero durante los meses de diciem­bre, enero y febrero las tem­per­at­uras pueden acer­carse a cero. Además, esta­mos en una ciu­dad atrav­es­a­da por canales y rodea­da de agua, por lo que la humedad con­sigue que el frío se meta en el cuer­po con bas­tante facil­i­dad. Si cam­i­nar por las calles ya puede resul­tar incó­mo­do, imag­inemos recor­rerlas todos los días sobre una moto eléc­tri­ca con el vien­to golpeán­donos las manos, el pecho y las pier­nas. La solu­ción ha sido vestir a la moto y al con­duc­tor al mis­mo tiem­po.

Estas man­tas se fijan a la parte delantera del vehícu­lo y for­man una bar­rera acolcha­da que cubre el manil­lar, los bra­zos, el pecho, las pier­nas y, en algunos mod­e­los, prác­ti­ca­mente todo el cuer­po. El con­duc­tor intro­duce las manos en dos grandes man­gui­tos unidos al manil­lar y se colo­ca detrás de la parte cen­tral, como si se metiera den­tro de un saco de dormir con ruedas. El mate­r­i­al exte­ri­or suele ser imper­me­able o resistente al agua, mien­tras que el inte­ri­or está for­ra­do con algo­dón, teji­do polar o algún mate­r­i­al ais­lante. De esta man­era, la man­ta pro­tege tan­to del vien­to como de la llu­via lig­era y per­mite con­ser­var una pequeña bol­sa de aire caliente alrede­dor del cuer­po.

Las bici­cle­tas y motos eléc­tri­c­as son una pres­en­cia con­stante en Suzhou. Cir­cu­lan por car­riles sep­a­ra­dos, apare­cen aparcadas delante de las vivien­das y se amon­to­nan jun­to a las esta­ciones de metro, los com­er­cios y las entradas de los jar­dines. Muchas avan­zan prác­ti­ca­mente sin hac­er rui­do, por lo que debe­mos mirar bien antes de cruzar, inclu­so cuan­do pen­samos que no se acer­ca ningún vehícu­lo. En invier­no, sus man­tas acolchadas añaden otra nota de col­or al paisaje urbano. Mien­tras los jar­dines clási­cos nos hablan de la Chi­na de los fun­cionar­ios, los poet­as y las dinastías impe­ri­ales, estas motos cubier­tas con edredones de osi­tos rep­re­sen­tan la Chi­na cotid­i­ana, prác­ti­ca y con­tem­poránea.

Puede que no aparez­can en ningu­na lista de mon­u­men­tos impre­scindibles pero son pre­cisa­mente este tipo de detalles los que me gus­ta encon­trar durante un via­je. Al final, cono­cer una ciu­dad no con­siste úni­ca­mente en vis­i­tar sus grandes jar­dines y fotografi­ar sus puentes. Tam­bién con­siste en obser­var cómo se desplaza la gente, cómo se pro­tege del frío y qué solu­ciones inven­ta para hac­er más lle­vadera la vida diaria. Y en Suzhou des­cub­ri­mos que, cuan­do lle­ga el invier­no, no solo se abri­g­an las per­sonas. Tam­bién se abri­g­an las motos.

La Puerta Changmen

La puer­ta que aparece en la fotografía de aba­jo es Chang­men, una de las antiguas puer­tas de acce­so a la ciu­dad amu­ral­la­da de Suzhou. Se encuen­tra en la zona noroeste del cas­co históri­co, muy cer­ca del comien­zo de Shan­tang Street, por lo que es fácil pasar jun­to a ella cuan­do nos dirigi­mos hacia sus canales o regre­samos de vis­i­tar Tiger Hill. Su ima­gen resul­ta espe­cial­mente curiosa porque no se ha con­ver­tido en un mon­u­men­to ais­la­do del resto de la ciu­dad: las motos eléc­tri­c­as, las bici­cle­tas y los coches con­tinúan pasan­do bajo sus arcos como si atrav­es­ar una puer­ta con más de dos mil quinien­tos años de his­to­ria fuera la cosa más nor­mal del mun­do.

Puerta china de entrada a una ciudad

Aunque la con­struc­ción que vemos actual­mente ha sido recon­stru­i­da y restau­ra­da, Chang­men ocu­pa el lugar de una de las entradas orig­i­nales de la antigua cap­i­tal del reino de Wu. La mural­la de Suzhou comen­zó a lev­an­tarse alrede­dor del año 514 a. C., durante el reina­do de Helü, uno de los gob­er­nantes más impor­tantes del reino de Wu. La tradi­ción atribuye el dis­eño de la ciu­dad a Wu Zixu, con­se­jero real, estrate­ga y una de las grandes fig­uras de la his­to­ria local.

Según los antigu­os reg­istros, Suzhou esta­ba pro­te­gi­da por ocho puer­tas ter­restres y ocho puer­tas acuáti­cas rela­cionadas sim­bóli­ca­mente con los ocho vien­tos y los ocho tri­gra­mas. Esta com­bi­nación de tier­ra y agua tenía mucho sen­ti­do en una ciu­dad atrav­es­a­da por canales y situ­a­da en una región donde las embar­ca­ciones eran tan impor­tantes como los caminos. Las mural­las no solo debían impedir la entra­da de ejérci­tos ene­mi­gos, sino tam­bién con­tro­lar el paso de mer­cancías, via­jeros y bar­cos.

Chang­men era una de las prin­ci­pales puer­tas occi­den­tales de la ciu­dad. Su nom­bre suele inter­pre­tarse como «Puer­ta del Cielo» o «Puer­ta de la Pros­peri­dad Celes­tial», aunque las tra­duc­ciones pueden vari­ar. En cualquier caso, el nom­bre trans­mitía una idea de pro­tec­ción y buenos augu­rios para el reino de Wu. Tam­bién recibió el nom­bre de Pochu­men, la «Puer­ta para der­ro­tar a Chu», porque, según la tradi­ción, por aquí salieron los ejérci­tos de Wu cuan­do emprendieron su cam­paña con­tra el poderoso reino de Chu.

La his­to­ria de Suzhou está llena de batal­las, alian­zas y traiciones que quedan un poco ocul­tas detrás de la ima­gen ele­gante de sus jar­dines. Antes de con­ver­tirse en la ciu­dad refi­na­da de los com­er­ciantes de seda, los fun­cionar­ios, los poet­as y los artis­tas, Suzhou fue una cap­i­tal mil­i­tar. Des­de sus puer­tas salieron tropas y por sus canales lle­garon sol­da­dos, ali­men­tos y armas. Chang­men era, por tan­to, un pun­to estratégi­co, pero con el paso de los sig­los acabaría adquirien­do una fun­ción muy difer­ente.

La puer­ta comu­ni­ca­ba la ciu­dad con Tiger Hill y con las rutas com­er­ciales que con­tinu­a­ban hacia el norte. Cuan­do se con­struyó el canal de Shan­tang durante la dinastía Tang, este sec­tor de Suzhou comen­zó a exper­i­men­tar un desar­rol­lo extra­or­di­nario. El canal facil­ita­ba el trans­porte de mer­cancías y per­mitía via­jar des­de la ciu­dad has­ta Tiger Hill, de modo que los alrede­dores de Chang­men se fueron llenan­do de muelles, almacenes, talleres, mer­ca­dos, restau­rantes y casas de com­er­ciantes.

La riqueza de este bar­rio fue tan cono­ci­da que aparece men­ciona­da en Sueño en el pabel­lón rojo, una de las cua­tro grandes nov­e­las clási­cas de la lit­er­atu­ra chi­na. Su autor, Cao Xue­qin, describió Chang­men como uno de los lugares más prósper­os y refi­na­dos del mun­do ter­re­nal. No cues­ta demasi­a­do imag­i­nar aquel ambi­ente cuan­do cam­i­namos por las cer­canas calles de Shan­tang, aunque aho­ra los antigu­os com­er­ciantes hayan sido susti­tu­i­dos por tur­is­tas, cafeterías, tien­das de recuer­dos y puestos de comi­da.

El tráfico en Suzhou (y en China en general)

Una de las primeras cosas que lla­man la aten­ción al lle­gar a Chi­na es el trá­fi­co. No porque las car­reteras sean nece­sari­a­mente más caóti­cas que en otros país­es asiáti­cos, sino porque en ellas con­viv­en coches, auto­bus­es, bici­cle­tas, moto­ci­cle­tas eléc­tri­c­as, pequeños vehícu­los de repar­to y peatones sigu­ien­do una especie de core­ografía que, al prin­ci­pio, resul­ta difí­cil de com­pren­der. Des­de fuera parece que cada uno va por donde quiere pero después de var­ios días uno empieza a des­cubrir que existe cier­to orden, aunque no siem­pre coin­ci­da con el que cono­ce­mos en Europa.

Suzhou no tiene el trá­fi­co desco­mu­nal de Pekín o Shanghái pero tam­poco debe­mos imag­i­nar una pequeña ciu­dad de canales deteni­da en el tiem­po. Más allá de los jar­dines, las calle­jue­las y las casas blan­cas del cas­co antiguo, Suzhou es una enorme ciu­dad mod­er­na, con grandes avenidas, bar­rios res­i­den­ciales, zonas indus­tri­ales, cen­tros com­er­ciales y mil­lones de habi­tantes. Los atas­cos for­man parte de la vida cotid­i­ana, espe­cial­mente durante las horas de entra­da y sal­i­da del tra­ba­jo.

En Chi­na se con­duce por la derecha, igual que en España, y sobre el papel exis­ten semá­foros, pasos de peatones, car­riles reser­va­dos y nor­mas bas­tante pare­ci­das a las nues­tras. El prob­le­ma para el via­jero no suele ser com­pren­der las señales, sino inter­pre­tar lo que está ocur­rien­do a su alrede­dor. Ten­er el semá­foro peaton­al en verde no sig­nifi­ca que podamos cruzar sin mirar. Los coches que giran, las bici­cle­tas y, sobre todo, las moto­ci­cle­tas eléc­tri­c­as pueden seguir cir­cu­lan­do.

No quiero decir con esto que cruzar una calle en Suzhou sea una activi­dad de ries­go extremo. Sim­ple­mente hay que prestar más aten­ción de la que prestaríamos en casa. Lo mejor es esper­ar jun­to a otros peatones y cruzar con ellos, sin salir cor­rien­do ni hac­er movimien­tos ines­per­a­dos. Cuan­do un grupo de chi­nos comien­za a avan­zar, nosotros nos uni­mos a la pequeña expe­di­ción. Puede pare­cer una ton­tería pero durante los primeros días resul­ta mucho más sen­cil­lo seguir el rit­mo de la gente local.

Las ver­daderas pro­tag­o­nistas del trá­fi­co urbano son las moto­ci­cle­tas y bici­cle­tas eléc­tri­c­as. Apare­cen por todas partes, ocu­pan car­riles especí­fi­cos, se cue­lan entre los coches y, en oca­siones, cir­cu­lan por zonas peatonales. Como ape­nas hacen rui­do, pueden acer­carse sin que nos demos cuen­ta. Uno mira hacia la izquier­da, com­prue­ba que no viene ningún coche y, de repente, des­cubre una moto pasan­do a pocos cen­tímet­ros por el otro lado. Mi con­se­jo es mirar siem­pre en ambas direc­ciones, inclu­so en una calle de sen­ti­do úni­co y aunque el semá­foro esté en verde.

En algu­nas moto­ci­cle­tas via­ja una famil­ia entera. Vemos al padre o a la madre con­ducien­do, un niño colo­ca­do delante y otro pasajero sen­ta­do detrás. Tam­bién las uti­lizan los repar­tidores, que recor­ren las ciu­dades lle­van­do comi­da y paque­tes a una veloci­dad con­sid­er­able. Las apli­ca­ciones de repar­to for­man parte de la vida diaria chi­na y eso se tra­duce en miles de con­duc­tores entran­do y salien­do de calles, urban­iza­ciones y restau­rantes.

El cas­co antiguo plantea sus pro­pios prob­le­mas. Muchas calles fueron dis­eñadas cuan­do los prin­ci­pales medios de trans­porte eran cam­i­nar, mon­tar a cabal­lo o desplazarse en bar­ca por los canales. Hoy deben sopor­tar taxis, coches par­tic­u­lares, motos, bici­cle­tas y miles de vis­i­tantes. En lugares como Pingjiang Road o Shan­tang Street, el espa­cio resul­ta lim­i­ta­do y durante los fines de sem­ana puede haber bas­tante gente.

En las calles peatonales tam­poco con­viene bajar com­ple­ta­mente la guardia. Que una zona parez­ca reser­va­da para cam­i­nar no sig­nifi­ca que no pue­da apare­cer una bici­cle­ta, una moto de repar­to o un pequeño vehícu­lo de ser­vi­cio. Lo mejor es no cam­i­nar ocu­pan­do toda la calle y prestar aten­ción antes de cam­biar repenti­na­mente de direc­ción, sobre todo si esta­mos entretenidos hacien­do fotografías.

Al prin­ci­pio puede impre­sion­ar, pero no debería impedirnos dis­fru­tar de la ciu­dad. Solo hay que tomarse unos segun­dos más antes de cruzar, guardar el móvil mien­tras atrav­es­amos la car­retera y recor­dar que una moto eléc­tri­ca puede apare­cer sin avis­ar. En Chi­na, apren­der a moverse entre el trá­fi­co for­ma parte del via­je casi tan­to como vis­i­tar un tem­p­lo, pro­bar un pla­to nue­vo o perder­se por un jardín.


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