A poco más de media hora en tren de alta velocidad desde Shanghái, Suzhou es una de esas ciudades que parecen diseñadas para confirmar la idea que muchos tenemos de esa China milenaria antes de viajar. Aquí encontramos jardines clásicos, canales, casas tradicionales, pequeños puentes de piedra, templos, callejones donde todavía se respira cierta vida de barrio y una de las tradiciones más importantes del país en la producción de seda.
Por algo a Suzhou se la conoce desde hace siglos como la Venecia de Oriente, aunque reconozco que este tipo de comparaciones nunca terminan de convencerme. Suzhou no necesita parecerse a Venecia. Tiene suficiente personalidad por sí misma. Y además tiene otra enorme ventaja: es facilísimo incluirla dentro de una ruta por China, especialmente si estamos pasando unos días en Shanghái, como era nuestro caso.
Dónde está Suzhou
Suzhou se encuentra en el este de China, en la provincia de Jiangsu y en pleno delta del río Yangtsé, una de las regiones más prósperas, pobladas y desarrolladas del país. Está situada a unos 100 kilómetros de Shanghái, muy cerca del enorme lago Tai y atravesada por una extensa red de canales que, durante siglos, fueron fundamentales para el comercio y el transporte de mercancías.
Aunque administrativamente estamos hablando de una ciudad gigantesca —en China conviene olvidarse de nuestra idea europea de lo que es una ciudad en lo que a millones de habitantes se refiere—, la parte que interesa a la mayoría de los viajeros se concentra principalmente en el distrito histórico de Gusu. Es allí donde se encuentran sus jardines clásicos, sus canales, las antiguas casas de paredes blancas y tejados oscuros, los puentes de piedra y algunas de las calles más bonitas de Suzhou. Su ubicación es, además, perfecta para incluirla en casi cualquier itinerario que pase por Shanghái. Los trenes de alta velocidad comunican ambas ciudades constantemente y los trayectos más rápidos rondan la media hora. Es decir, se tarda menos en llegar desde Shanghái a Suzhou que en desplazarse entre algunos barrios de la propia Shanghái.
Su posición geográfica resultó decisiva para su desarrollo. Suzhou estaba rodeada de tierras fértiles, lagos, ríos y canales, en una región especialmente apropiada para el cultivo del arroz y la producción de seda. Pero su época de mayor prosperidad llegó gracias al Gran Canal de China, la extraordinaria vía fluvial que comunicaba el norte y el sur del país. El Gran Canal permitía transportar grano, seda, algodón, té y todo tipo de mercancías entre las regiones agrícolas del sur y las grandes ciudades del norte. Suzhou quedó situada en uno de los tramos más importantes de aquella ruta y terminó convirtiéndose en un riquísimo centro comercial, artesanal y cultural. Durante las dinastías Ming y Qing, muchas familias de comerciantes, funcionarios, intelectuales y propietarios adinerados se instalaron en la ciudad.
¿Por qué incluir Suzhou en una ruta por China?
La primera razón es muy sencilla: es una de las escapadas más fáciles que se pueden hacer desde Shanghái. No necesitáis tomar un avión, soportar un larguísimo viaje en autobús ni realizar grandes cambios en vuestro itinerario. Basta con reservar un tren de alta velocidad y, aproximadamente media hora después, habréis cambiado los rascacielos de Shanghái por canales, puentes y jardines clásicos. Es un auténtico viaje en el tiempo.

La ciudad permite conocer un tipo de paisaje urbano muy diferente al de Pekín, Xi’an o las grandes metrópolis chinas. Aquí la historia no se presenta mediante enormes palacios imperiales o ejércitos de soldados de terracota, sino de una manera mucho más íntima. Se encuentra en los pequeños patios, en las ventanas caladas, en el sonido del agua, en las rocas de formas imposibles y en los pabellones donde antiguamente se reunían los intelectuales para escribir poesía, pintar o escuchar música.
También es uno de los mejores lugares para acercarse a la cultura de la región de Jiangnan, que literalmente significa “al sur del río Yangtsé”. Jiangnan ha sido históricamente una de las regiones más refinadas de China, asociada a los canales, la seda, los jardines, la literatura, la ópera Kunqu y una forma de vida urbana muy vinculada al agua. La tradición de la seda continúa siendo especialmente importante en Suzhou. Durante siglos, la ciudad fue uno de los grandes centros sederos de China, y la riqueza generada por esta industria ayudó a financiar muchas de las residencias y jardines privados que hoy visitamos.
Cómo ir en tren de Shanghái a Suzhou
Ir en tren desde Shanghái hasta Suzhou es tan fácil, rápido y barato que cuesta encontrar una excusa para no incluir esta ciudad en un viaje por China. Ambas están separadas por poco más de 80 kilómetros y conectadas por una de las rutas ferroviarias con mayor frecuencia del país. Dependiendo del tren y de las estaciones elegidas, el trayecto puede durar entre 20 y 45 minutos, aunque algunos servicios realizan más paradas y tardan algo más.
El problema no es encontrar un tren, porque hay muchísimos a lo largo del día. La verdadera dificultad consiste en escoger correctamente las estaciones. Tanto Shanghái como Suzhou tienen varias y reservar el tren más rápido o el más barato sin comprobar de dónde sale y dónde llega puede hacernos perder después mucho más tiempo del que hemos ahorrado. No es lo mismo salir desde una estación situada en el centro de Shanghái que tener que desplazarnos hasta Hongqiao. Tampoco es lo mismo llegar a Suzhou Railway Station, junto al casco histórico, que aparecer en Suzhou North, bastante más alejada de los jardines y los canales.

Los trenes hacia Suzhou pueden salir desde varias estaciones de Shanghái pero las dos que más nos interesan como viajeros son Shanghai Railway Station, que aparece en las aplicaciones como Shanghai o Shanghai Station. Shanghai Hongqiao Railway Station aparece como Shanghai Hongqiao. También podéis encontrar algún servicio desde Shanghai West o Shanghai South pero normalmente no son las estaciones más convenientes para una visita turística a Suzhou. Salvo que vuestro alojamiento esté cerca de alguna de ellas o que el horario resulte especialmente interesante, yo centraría la búsqueda en Shanghai Railway Station y Shanghai Hongqiao.
Shanghai Railway Station: la más cómoda si estamos alojados en el centro
Shanghai Railway Station se encuentra en el distrito de Jing’an, bastante más cerca del centro histórico y turístico de Shanghái. Está comunicada mediante las líneas 1, 3 y 4 del metro, por lo que puede resultar especialmente práctica si estamos alojados cerca de People’s Square, Nanjing Road, Jing’an o algunas zonas próximas al Bund. Si encontramos un tren con un horario adecuado desde esta estación hasta la estación central de Suzhou, probablemente sea la combinación más cómoda para hacer una excursión de un día.
Aunque el tren tarde algunos minutos más que uno procedente de Hongqiao, podemos ahorrar bastante tiempo en el desplazamiento previo por Shanghái. Este es uno de esos casos en los que no debemos fijarnos únicamente en la duración que aparece junto al número del tren. Un trayecto ferroviario de 23 minutos no es necesariamente mejor que uno de 35 si para tomar el primero tenemos que cruzar media ciudad.
Shanghai Railway Station es grande pero no llega a tener las dimensiones abrumadoras de Hongqiao. Aun así, debemos llegar con tiempo porque antes de alcanzar la sala de espera tendremos que pasar el control de identidad y el control de seguridad del equipaje.
Shanghai Hongqiao: la que tiene más trenes
Shanghai Hongqiao es la gran estación de alta velocidad de la ciudad. Se encuentra al oeste de Shanghái, junto al aeropuerto de Hongqiao, y está conectada con las líneas 2, 10 y 17 del metro.
Desde Hongqiao salen una enorme cantidad de trenes hacia Suzhou, de modo que normalmente ofrece más horarios donde elegir. Puede ser una buena opción si estamos alojados en la zona occidental de Shanghái, si llegamos al aeropuerto de Hongqiao o si no encontramos billetes desde Shanghai Railway Station a la hora que necesitamos.
Ahora bien, Hongqiao queda bastante alejada de algunas zonas turísticas. Desde People’s Square, por ejemplo, el viaje en la línea 2 del metro puede rondar los 35 o 40 minutos, a los que tendremos que añadir los desplazamientos dentro de la propia estación. Hongqiao es gigantesca y movernos desde la entrada del metro hasta la puerta de embarque correspondiente puede llevarnos bastante más tiempo de lo esperado. Nosotros nos quitamos de rollos y directamente nos fuimos desde nuestro hotel en Nanjing Road en Didi (el Uber chino, ya os hablé de él en el artículo Cómo preparar un viaje a China).
Para viajar desde Hongqiao yo llegaría con un mínimo de 45 o 60 minutos de antelación. Durante las vacaciones chinas, los fines de semana o las horas punta dejaría incluso más margen.
¿A qué estación de Suzhou debemos llegar?
Suzhou tiene varias estaciones ferroviarias y en las aplicaciones aparecen trenes con destino a:
- Suzhou Railway Station.
- Suzhou North Railway Station.
- Suzhou Industrial Park Railway Station.
- Suzhou New District Railway Station.
Si nuestro objetivo es visitar los jardines clásicos, el Museo de Suzhou, Pingjiang Road, Shantang Street y la parte antigua, la mejor opción es casi siempre Suzhou Railway Station, que en las aplicaciones suele aparecer sencillamente como Suzhou. Suzhou Railway Station está situada al norte del casco histórico, frente al foso y las antiguas murallas. Además, está comunicada con las líneas 2 y 4 del metro. Desde allí podemos llegar con facilidad a las principales zonas turísticas o incluso comenzar a recorrer la ciudad sin realizar un desplazamiento demasiado largo.
En cambio, Suzhou North está bastante más alejada. También está comunicada mediante la línea 2 del metro, por lo que no nos quedaremos aislados, pero necesitaremos más tiempo para llegar al centro. Si el tren a Suzhou North cuesta lo mismo y sale a una hora parecida que otro con destino a Suzhou Railway Station, yo elegiría siempre la estación central. Suzhou Industrial Park puede ser conveniente si nuestro hotel está cerca del lago Jinji o si queremos conocer la zona moderna de la ciudad pero no es la mejor llegada para comenzar una ruta por los jardines.
¿Cuánto tarda el tren entre Shanghái y Suzhou?
Los trenes más rápidos pueden realizar el trayecto en unos 20 o 25 minutos. Otros tardan alrededor de media hora y algunos servicios con más paradas pueden necesitar entre 40 minutos y una hora.
La frecuencia es altísima. En esta ruta circulan trenes desde primera hora de la mañana hasta la noche y, en determinados momentos, las salidas están separadas por muy pocos minutos. Aun así, no confiaría en llegar a la estación y comprar cualquier billete, especialmente si queremos hacer una excursión de un día.
Los trenes de primera hora desde Shanghái y los de última hora para regresar pueden llenarse, sobre todo durante los fines de semana y las vacaciones nacionales. Si ya sabemos qué día queremos visitar Suzhou, merece la pena comprar tanto la ida como la vuelta en cuanto se abra la venta para nuestra fecha. Para aprovechar el día intentaría salir de Shanghái entre las 7:00 y las 8:00 de la mañana. Si nuestro tren llega a Suzhou antes de las 9:00, podremos dirigirnos directamente a uno de los jardines más populares antes de que se llene.
Para regresar, elegiría un tren entre las 19:00 y las 21:00, dependiendo de la época del año y de lo que queramos visitar. Así tendremos tiempo para ver Shantang Street o Pingjiang Road iluminadas sin estar mirando continuamente el reloj. No conviene apurar con el último tren disponible. Si cometemos un error de estación, calculamos mal el trayecto en metro o llegamos tarde, podríamos encontrarnos sin una alternativa cómoda para regresar a Shanghái.
¿Cuánto cuesta el tren de Shanghái a Suzhou?
Los precios dependen del tipo de tren, de la estación y de la categoría del asiento, pero el billete en segunda clase suele costar aproximadamente entre 20 y 50 yuanes por trayecto, es decir, una cantidad muy reducida para la rapidez y la comodidad del servicio. Nosotros al cambio nos gastamos poco más de 12 euros en el billete de ida y vuelta.
Al realizar una búsqueda encontraremos distintas categorías:
- Segunda clase: la opción más barata y suficiente para un viaje tan corto.
- Primera clase: asientos algo más amplios y un vagón menos denso.
- Business class: mucho más cara y completamente innecesaria para un trayecto de media hora.
Yo compraría segunda clase sin pensarlo demasiado. Los trenes de alta velocidad chinos son modernos, cómodos y tienen espacio razonable para las piernas. Para un recorrido tan corto no merece la pena pagar más, salvo que apenas queden plazas o que queramos probar la experiencia de viajar en una clase superior. También pueden aparecer trenes convencionales algo más baratos, pero teniendo en cuenta el precio reducido de la alta velocidad, normalmente no compensa elegirlos.
Cómo comprar los billetes
Nosotros usamos Trip, cuya aplicación está disponible en español y permite pagar con tarjetas internacionales. El proceso suele es bastante más sencillo que si lo haces, aunque normalmente añade una pequeña comisión o gastos de gestión.
Cuando compras en Trip un billete de tren de Shanghái a Suzhou, no tienes que imprimirlo ni recogerlo en una taquilla. El billete electrónico queda asociado al número de pasaporte que introdujiste en la reserva. En la práctica, tu pasaporte original funciona como billete.

El proceso es este:
Comprueba que el billete está emitido
En Trip debe aparecer como confirmado o Ticket issued. Si pone Booking submitted, todavía están intentando conseguir la plaza. Revisa estación exacta de salida. estación de llegada, número de tren, hora, coche y asiento. El nombre y el número del documento deben coincidir con tu pasaporte. Haz una captura de pantalla de la reserva por si en la estación no tienes internet.
Fíjate muy bien en la estación de Shanghái
No basta con leer «Shanghai», porque hay varias estaciones:
Shanghai Railway Station – 上海站
Shanghai Hongqiao – 上海虹桥站
Shanghai West – 上海西站
Shanghai South – 上海南站
Comprueba también la estación de llegada
Para visitar el casco histórico suele resultar más práctica Suzhou Railway Station – 苏州站, situada cerca de la ciudad antigua. Como comenté antes, no la confundas con Suzhou North – 苏州北站, que queda bastante más alejada. También existen Suzhou New District y Suzhou Industrial Park. Todas pertenecen a Suzhou, pero no están en el mismo lugar.
Llega con entre 45 y 60 minutos de antelación
El trayecto hasta Suzhou es muy corto pero las estaciones de Shanghái son enormes. Antes de acceder al tren tendrás que pasar controles de documentación y equipaje. Para una primera experiencia yo llegaría con una hora de margen, especialmente si sales de Hongqiao.
Entra en la estación mostrando el pasaporte
En la entrada encontrarás barreras automáticas. Algunas ya pueden leer pasaportes extranjeros pero no siempre funcionan correctamente. Si la barrera no reconoce el tuyo, busca el carril atendido por personal, normalmente situado en un extremo y señalado como 人工通道 – Manual Channel. Entregas el pasaporte al empleado y este comprueba en el sistema que tienes un billete válido. Puedes enseñar también la reserva de Trip, aunque normalmente el pasaporte es suficiente.
Pasa el control de seguridad
Todas las maletas, mochilas y bolsos deben pasar por el escáner. Tú atravesarás un detector y, en ocasiones, realizarán una comprobación corporal rápida. Se parece al control de un aeropuerto, aunque suele ser bastante ágil.
Según las condiciones oficiales de China Railway, los pasajeros adultos pueden transportar gratuitamente hasta 20 kilos de equipaje, aunque en la práctica el control se centra sobre todo en el tamaño y en los objetos prohibidos. En los trenes de alta velocidad, la suma de las dimensiones de cada bulto no debe superar los 130 centímetros. Para una excursión de un día, con una mochila pequeña no tendremos ningún problema.
Busca la sala y la puerta de embarque
Dentro de la estación consulta las pantallas y busca tu número de tren, por ejemplo G7008. El destino final del tren puede no ser Suzhou, porque quizá continúa hacia Nankín u otra ciudad. Por eso debes fijarte principalmente en el número del tren y la hora, no solo en el destino. En Trip suele aparecer la puerta de embarque cuando está disponible pero debes confirmarla en las pantallas porque puede cambiar.
Las estaciones chinas funcionan de una manera parecida a los aeropuertos. No bajamos directamente al andén cuando llegamos, sino que esperamos en una gran sala hasta que se abre la puerta correspondiente a nuestro tren.
Espera a que comience el embarque
Normalmente se abre entre 15 y 20 minutos antes de la salida. Los pasajeros forman una fila frente a las barreras. Como extranjera/o, puedes probar primero en el lector preparado para pasaportes; si no funciona, ve directamente al paso manual. Vuelves a entregar el mismo pasaporte y el empleado te deja acceder al andén. El embarque suele cerrarse unos minutos antes de la salida, así que no esperes hasta el último momento.
Localiza el coche y el asiento
En la reserva aparecerá algo parecido a Carriage 05: coche 5 Seat 08A: asiento 8A Second Class: segunda clase. En el andén hay indicadores que señalan dónde se detendrá cada coche. Cuando llegue el tren, busca el número junto a la puerta. La parada puede ser muy breve pero el embarque está perfectamente organizado.
Al llegar a Suzhou
Para salir de la estación tendrás que volver a pasar por una barrera. Utiliza nuevamente el pasaporte o busca el carril manual si la máquina no lo reconoce. Al bajar del tren seguimos los carteles de salida. Para abandonar la zona ferroviaria tendremos que volver a pasar el pasaporte por un lector o acudir al control manual.
Suzhou Railway Station está conectada directamente con las líneas 2 y 4 del metro. Desde allí podemos desplazarnos hacia el centro histórico, aunque dependiendo de nuestra primera visita también puede ser conveniente tomar un taxi o pedir un coche mediante DiDi.
Si vamos directamente al Jardín del Administrador Humilde y al Museo de Suzhou, podemos acercarnos en transporte público o taxi. La distancia no es enorme pero caminar desde la estación con calor, humedad o lluvia puede restarnos energía antes de empezar el día. Otra posibilidad es comenzar por Shantang Street, relativamente próxima a la estación, y continuar después hacia los jardines. Todo dependerá del horario y de la cantidad de gente. Si queremos visitar el Jardín del Administrador Humilde, yo iría allí a primera hora y dejaría Shantang para la tarde o la noche.
Cómo regresar de Suzhou a Shanghái
Para volver se repite exactamente el mismo procedimiento. Debemos acudir a la estación indicada en la reserva, pasar el control de identidad, el escáner de seguridad y esperar frente a la puerta de embarque.
Aquí vuelve a ser importantísimo comprobar a qué estación de Shanghái llega nuestro tren. Si nuestro hotel está cerca de People’s Square o del Bund, probablemente nos interese regresar a Shanghai Railway Station. Si el tren llega a Hongqiao, todavía tendremos que recorrer un trayecto bastante largo en metro hasta el centro. No pasa nada por salir desde una estación y regresar a otra. Podemos ir desde Shanghai Railway Station a Suzhou y volver desde Suzhou hasta Shanghai Hongqiao si los horarios nos encajan mejor. Lo único importante es saberlo de antemano y calcular el desplazamiento final hasta el alojamiento.
Visitar Suzhou en invierno
Suzhou tiene fama de ser una ciudad especialmente bonita durante la primavera, cuando sus jardines se llenan de flores, y durante el otoño, cuando los árboles comienzan a cambiar de color. Sin embargo, esto no significa que debamos descartar una visita en invierno. De hecho, si nuestro viaje por China coincide con los meses de diciembre, enero o febrero, Suzhou continúa siendo una excursión completamente recomendable desde Shanghái. Nosotros fuimos en invierno, a primeros de diciembre, nos brilló un sol espléndido y regresamos encantados.
Evidentemente, los jardines no estarán tan exuberantes como durante la primavera y tendremos que asumir que puede hacer bastante frío, que nos lo hizo. Suzhou está rodeada de lagos, canales y cursos de agua, por lo que el frío puede sentirse bastante más intenso de lo que indica el termómetro. Un día con seis o siete grados, cielo cubierto y humedad puede resultar mucho más desagradable que una mañana soleada bajo cero en un clima seco. Pero, a cambio, encontraremos una ciudad mucho más tranquila y con una atmósfera que encaja sorprendentemente bien con sus canales, sus casas tradicionales y sus pabellones antiguos. Suzhou es una ciudad elegante y algo melancólica. Y ese carácter, al menos desde mi punto de vista, se aprecia especialmente bien durante los días grises del invierno.
Te aseguro que los jardines clásicos chinos no fueron diseñados únicamente para ser bonitos cuando todo está verde. Su composición se basa en la relación entre la arquitectura, el agua, las rocas, los árboles y los espacios vacíos. En invierno desaparece parte de la vegetación pero esto permite observar mejor la estructura del jardín. Se distinguen con mayor claridad las formas de las rocas, las siluetas de los árboles, las galerías, las ventanas, los pabellones y la manera en la que cada elemento ha sido colocado para crear una escena concreta.
Por otro lado, es una delicia poderla recorrer con menos turistas. Suzhou es uno de los destinos turísticos más conocidos del este de China. Sus jardines reciben una enorme cantidad de visitantes y, durante la primavera, el verano o las vacaciones nacionales, algunos pueden llegar a estar completamente abarrotados. Visitar un jardín chino rodeado de cientos de personas cambia bastante la experiencia. Resulta difícil detenerse, contemplar las composiciones o hacer una fotografía sin que aparezcan varias personas detrás. En invierno, especialmente durante los días laborables de diciembre y enero, la situación suele ser mucho más tranquila. No significa que vayamos a estar completamente solos, porque en China eso es complicado, por no decir imposible, pero sí podremos recorrer algunos espacios sin grandes aglomeraciones.

Los jardines chinos fueron diseñados para cambiar con las estaciones. Una rama desnuda frente a una pared blanca puede formar parte de la composición igual que un árbol cubierto de flores. La ausencia de color no significa necesariamente falta de belleza. Además, durante los meses más fríos florecen algunas especies especialmente valoradas en la cultura china. El wintersweet, conocido como dulce de invierno, produce unas pequeñas flores amarillas muy perfumadas. Los ciruelos también comienzan a florecer hacia el final del invierno y están asociados a la resistencia, porque sus flores aparecen cuando el frío todavía no ha terminado.
En febrero pueden organizarse exposiciones, mercados y actividades relacionadas con la floración de los ciruelos. En 2026, por ejemplo, el Gobierno municipal de Suzhou organizó un mercado de la flor del ciruelo desde comienzos de febrero hasta principios de marzo, con productos gastronómicos, té, artesanía, bordados y objetos decorativos. Las fechas cambian cada año, por lo que conviene comprobar la programación si viajamos durante esa época.
Los jardines de Suzhou
Hablar de Suzhou es hablar inevitablemente de sus jardines. La ciudad es conocida por sus canales, sus puentes de piedra y sus casas tradicionales de paredes blancas pero fueron sus jardines clásicos los que la convirtieron en uno de los grandes centros culturales de China. No estamos hablando de simples parques urbanos ni de espacios creados únicamente para plantar flores. Los jardines de Suzhou eran pequeños mundos privados, diseñados para reproducir la naturaleza, expresar la personalidad de sus propietarios y ofrecer un refugio frente al ruido, las obligaciones y las intrigas de la vida pública.
El origen de la tradición jardinera de Suzhou se remonta a más de dos mil años atrás. La ciudad fue fundada en el año 514 AC como capital del antiguo estado de Wu y ya entonces existían jardines vinculados a la familia real. Sin embargo, los jardines que podemos visitar actualmente comenzaron a desarrollarse principalmente a partir de la dinastía Song, entre los siglos X y XIII, y alcanzaron su momento de mayor esplendor durante las dinastías Ming y Qing.
La ubicación de Suzhou tuvo muchísimo que ver con este desarrollo. La ciudad se encontraba en una región fértil, rodeada de lagos, ríos y canales y conectada con algunas de las principales rutas comerciales de China. Su posición junto al Gran Canal permitió transportar arroz, seda, algodón, té y otros productos entre el sur y el norte del país. Con el comercio llegaron el dinero, las familias ricas y una clase de funcionarios, intelectuales y artistas que terminaría convirtiendo Suzhou en uno de los lugares más refinados de China.

Entre los siglos XVI y XVIII, la ciudad vivió una extraordinaria prosperidad. Los comerciantes enriquecidos gracias a la seda y otros productos levantaron grandes residencias, mientras que los funcionarios imperiales que regresaban a Suzhou después de retirarse de la vida pública construyeron jardines privados en los que podían dedicarse a escribir, pintar, cultivar plantas, recibir a otros intelectuales o, simplemente, presumir de buen gusto.
Porque detrás de tanta aparente modestia también existía una buena dosis de prestigio social. Construir un jardín requería dinero, terrenos, conocimientos técnicos y la participación de artesanos especializados. Los propietarios competían por encargar las rocas más extraordinarias, los pabellones más elegantes y las composiciones paisajísticas más originales. Algunos bautizaban sus residencias con nombres que hablaban de retiro, sencillez o humildad, aunque después ocuparan varias hectáreas y necesitaran un ejército de sirvientes para mantenerlas.
El caso más evidente es el Jardín del Administrador Humilde. Fue construido a comienzos del siglo XVI por Wang Xianchen, un antiguo funcionario que deseaba retirarse de la política y llevar una vida tranquila. Para expresar esa supuesta sencillez levantó uno de los jardines privados más grandes y espectaculares de China. Humilde quizá no fuera demasiado pero debemos reconocer que poseía un gusto exquisito.
Los jardines estaban estrechamente relacionados con la figura del erudito chino. En la China imperial, los funcionarios no solo debían conocer las leyes y la administración, sino dominar la caligrafía, la poesía, la pintura, la música y los textos clásicos. El jardín se convirtió en una prolongación de ese mundo intelectual. Cada piedra, cada árbol y cada nombre escondían una referencia literaria, filosófica o artística que los visitantes cultos eran capaces de reconocer.
Por eso los pabellones tienen nombres tan sugerentes como Salón de la Fragancia Lejana, Pabellón para Escuchar la Lluvia o Pabellón ¿Con quién me sentaré? No se escogían únicamente porque sonaran bonitos. Solían proceder de poemas antiguos, pensamientos filosóficos o episodios conocidos de la historia china. Pasear por uno de estos jardines era, en cierto modo, recorrer un paisaje construido a partir de referencias culturales.

La idea fundamental consistía en recrear la naturaleza dentro de un espacio relativamente reducido. Un grupo de rocas representaba una montaña; un estanque simbolizaba un lago; una pequeña isla podía recordar a las montañas míticas donde habitaban los inmortales y unos cuantos árboles colocados cuidadosamente sugerían la existencia de un bosque. No se pretendía copiar la naturaleza de una manera literal, sino capturar su esencia y crear un mundo idealizado.
El agua se convirtió en uno de los elementos fundamentales. Los estanques permitían reflejar los pabellones, multiplicar visualmente el espacio y conectar las diferentes partes del jardín. A su alrededor se distribuían puentes, galerías, terrazas y pequeños edificios desde los que contemplar el paisaje. En ocasiones, el visitante tenía la sensación de encontrarse ante un gran lago, aunque realmente estuviera dentro de una propiedad encerrada entre los muros de la ciudad.
Las rocas tenían la misma importancia. Algunas procedían del cercano lago Tai y eran elegidas por sus formas retorcidas, sus agujeros y sus superficies erosionadas. Cuanto más extraña resultaba una roca, mayor podía ser su valor. Las mejores piezas se convertían en auténticos objetos de colección y demostraban la riqueza y la sensibilidad artística de su propietario. Lo que para cualquier persona podría haber parecido una piedra agujereada, para un erudito chino representaba una montaña en miniatura cargada de energía y simbolismo.
Los árboles y las plantas tampoco se elegían al azar. El bambú estaba relacionado con la resistencia y la integridad; el pino representaba la longevidad; el loto simbolizaba la pureza porque nace en el barro y emerge limpio; el ciruelo florecía en pleno invierno y se asociaba con la perseverancia ante las dificultades. Cada especie añadía un significado al paisaje y permitía que el jardín cambiara con el paso de las estaciones.
Otra de las grandes particularidades de los jardines de Suzhou es que nunca se muestran por completo. A diferencia de muchos jardines europeos, organizados mediante grandes avenidas rectas y composiciones simétricas que pueden observarse desde un punto central, los jardines chinos se descubren poco a poco. Un muro oculta parte del paisaje, una galería conduce hacia una escena nueva y una ventana enmarca un árbol, una roca o un pabellón.
El visitante debe caminar para comprender el jardín. Cada paso modifica la perspectiva y cada curva revela algo que permanecía escondido. Las puertas circulares, conocidas como puertas luna, no solo comunican distintos patios, sino que actúan como marcos. Cuando miramos a través de ellas, la vegetación y los edificios aparecen convertidos en una pintura.
Los diseñadores también recurrieron a una técnica conocida como “paisaje prestado”. Consistía en incorporar al jardín elementos que realmente se encontraban fuera de sus límites. La silueta de una pagoda lejana, la copa de un árbol situado al otro lado del muro o una colina visible en el horizonte pasaban a formar parte de la composición. De esta manera, el espacio parecía mucho mayor de lo que era.
Durante su época de mayor esplendor, Suzhou llegó a tener más de doscientos jardines privados. No todos pertenecían a funcionarios retirados. También los construyeron comerciantes, escritores, artistas y familias adineradas que deseaban demostrar su posición social. Cada jardín reflejaba la personalidad de su propietario, aunque todos compartían el mismo deseo de crear un refugio apartado del mundo. Muchos de aquellos jardines desaparecieron como consecuencia de guerras, incendios, abandonos, divisiones familiares y transformaciones urbanas. Otros cambiaron repetidamente de dueño y fueron reformados hasta el punto de que resulta difícil saber qué parte pertenece al diseño original. Los jardines que contemplamos hoy no son espacios congelados en una fecha concreta, sino el resultado de siglos de modificaciones.
Algunos propietarios vendieron una parte de sus terrenos, otros añadieron nuevos pabellones y hubo familias que dividieron las propiedades entre sus herederos. También se produjeron episodios bastante menos románticos. El hijo de Wang Xianchen, propietario del Jardín del Administrador Humilde, terminó perdiéndolo debido a sus deudas de juego. Siglos después, sus diferentes secciones tuvieron dueños distintos antes de ser reunificadas y abiertas al público.
A pesar de todas estas vicisitudes, Suzhou conserva más de cincuenta jardines históricos. Nueve de ellos están incluidos en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco: el Jardín del Administrador Humilde, el Jardín de la Demora, el Jardín del Maestro de las Redes, la Villa de la Montaña de la Belleza Abrazada, el Pabellón de las Olas Azules, el Jardín del Bosque de los Leones, el Jardín de la Pareja, el Jardín del Cultivo y el Jardín del Retiro y la Reflexión, situado este último en la cercana localidad acuática de Tongli. Su valor no reside únicamente en su belleza, sino en que muestran la evolución del diseño paisajístico chino durante casi mil años. En ellos se unen arquitectura, pintura, poesía, filosofía, caligrafía, botánica y técnicas artesanales.
Los jardines de Suzhou también ejercieron una enorme influencia sobre otros espacios creados posteriormente en China. Su forma de organizar el agua, las rocas, los pabellones y la vegetación fue imitada en diferentes regiones e incluso llegó a inspirar jardines imperiales. Lo interesante es que muchos de ellos nacieron como propiedades privadas y no como grandes proyectos encargados por un emperador. Frente a la monumentalidad de los palacios del norte, los jardines de Suzhou proponían una belleza más íntima y contenida. Para comprenderlos debemos olvidarnos de la idea occidental de visitar un jardín para ver flores. Por supuesto que la vegetación es importante y cada estación cambia su apariencia, pero su verdadero interés se encuentra en la relación entre todos los elementos. La arquitectura no puede separarse del agua, las rocas no tienen sentido sin los árboles y las ventanas están diseñadas en función del paisaje que muestran.
Quizá esa sea la razón por la que los jardines de Suzhou continúan resultando tan especiales después de tantos siglos. No intentan impresionar mediante decoraciones excesivas. Su belleza depende de los detalles, de las proporciones, de los reflejos y de todo aquello que se muestra solo parcialmente. Son lugares concebidos para alejarse del mundo sin salir de la ciudad, para representar una naturaleza ideal dentro de unos muros y para convertir cada paseo en una sucesión de pequeñas escenas. Y cuando comenzamos a comprender esta idea, dejamos de ver únicamente árboles, estanques y pabellones. Empezamos a entender por qué Suzhou llegó a ser considerada la gran ciudad de los jardines de China.
El Jardín del Administrador Humilde
Si existe un lugar imprescindible que ver en Suzhou, ese es el Jardín del Administrador Humilde, conocido en chino como Zhuozheng Yuan. No solo es el jardín más famoso de la ciudad, sino también el más grande de todos los jardines clásicos de Suzhou y uno de los mejores ejemplos que existen del paisajismo tradicional chino. Forma parte del conjunto de jardines incluidos por la Unesco en la lista del Patrimonio Mundial desde 1997 y está considerado uno de los cuatro grandes jardines históricos de China.
Nosotros fue lo primero que visitamos durante nuestro viaje a Suzhou y me pareció un lugar realmente precioso. Evidentemente, durante los meses fríos no encontramos los estanques cubiertos de flores de loto ni la vegetación exuberante que aparece en muchas fotografías promocionales, pero el jardín seguía conservando toda su elegancia. De hecho, al haber menos hojas en los árboles, podían apreciarse mucho mejor los pabellones, las galerías, los puentes y esa compleja arquitectura de tejados curvados que consigue que cada rincón parezca diferente al anterior.

El nombre del jardín resulta bastante curioso y puede llevarnos a una conclusión equivocada. Cuando escuchamos “Jardín del Administrador Humilde”, podríamos imaginar que perteneció a un funcionario modesto, casi pobre, que se entretenía cultivando cuatro verduras en el patio de su casa. Nada más lejos de la realidad. Para construir un jardín de estas dimensiones en la China imperial había que disponer de una cantidad de dinero considerable, así que la humildad del propietario era, como mínimo, bastante relativa.
El origen del jardín actual se remonta a comienzos del siglo XVI, durante la dinastía Ming. Su creador fue Wang Xianchen, un funcionario imperial cuya carrera política había estado marcada por ascensos, destituciones y acusaciones. Después de abandonar la vida pública, regresó a su Suzhou natal y decidió construir un jardín en el terreno donde anteriormente se había levantado el templo Dahong. Las obras comenzaron alrededor de 1509 y se prolongaron durante más de una década.
Wang Xianchen quería representar su retirada de la política y su regreso a una existencia supuestamente sencilla, dedicada al cuidado de la tierra y a la contemplación de la naturaleza. Para bautizar su jardín se inspiró en un texto de Pan Yue, un escritor y funcionario del siglo III que hablaba de cultivar el jardín, plantar árboles y regar las verduras como las ocupaciones propias de un político retirado. De esa idea surgió el nombre de “Jardín del Administrador Humilde”. La traducción también puede interpretarse como el jardín del político fracasado, torpe o poco hábil. No está del todo claro cuánto había de verdadera humildad y cuánto de pose intelectual.
En el diseño original participó Wen Zhengming, uno de los pintores, calígrafos y eruditos más importantes de la dinastía Ming. Era amigo de Wang Xianchen y dejó constancia del aspecto del jardín mediante una colección de pinturas y poemas realizada en 1533. Gracias a esos dibujos sabemos cómo era el conjunto poco después de su construcción, aunque el lugar que visitamos en la actualidad es el resultado de numerosas transformaciones.
La historia posterior del jardín fue bastante accidentada. Como he comentado antes, el hijo de Wang Xianchen terminó perdiéndolo para pagar sus deudas de juego, un desenlace que parece sacado de una novela y que demuestra que la falta de sentido común de los herederos no es precisamente un invento moderno. El jardín cambió varias veces de propietario, fue dividido en diferentes secciones y sufrió reformas, abandonos y reconstrucciones.
Durante el siglo XIX, una parte del recinto se convirtió en residencia de Li Xiucheng, uno de los principales dirigentes de la Rebelión Taiping. Posteriormente, las diferentes zonas continuaron separadas hasta que, después de 1949, fueron reunificadas, restauradas y abiertas al público. Por tanto, aunque el jardín tiene su origen en el siglo XVI, no todo lo que contemplamos pertenece a la época de Wang Xianchen. Cada propietario fue dejando su propia huella y modificando el diseño en función de sus gustos y necesidades.
En la actualidad, el Jardín del Administrador Humilde ocupa algo más de cinco hectáreas y está dividido principalmente en tres áreas: oriental, central y occidental. La mayor parte del espacio está ocupada por el agua, que actúa como el verdadero hilo conductor del conjunto. Los estanques no aparecen como elementos aislados, sino que conectan visualmente los pabellones, los puentes, las islas y las formaciones rocosas. Esta es una de las ideas fundamentales de los jardines clásicos chinos. No fueron diseñados para contemplarse desde un único punto ni para mostrar una composición perfectamente simétrica. Al contrario, el paisaje va apareciendo poco a poco mientras caminamos. Una pared oculta parte del estanque, una ventana enmarca un árbol, una galería nos conduce hacia un pabellón y un pequeño giro del camino revela una vista completamente nueva.
La zona oriental es la más abierta y espaciosa. Aquí encontramos amplias superficies de césped, árboles, pequeños estanques y pabellones repartidos de una manera aparentemente natural. Digo aparentemente porque en estos jardines nada está colocado al azar. Incluso una roca que parece haber caído allí por casualidad puede haber sido seleccionada, transportada desde otro lugar y situada con enorme precisión para representar una montaña o equilibrar la composición.

La parte central está considerada el auténtico corazón del jardín y es la que mejor conserva el espíritu del diseño original. Se organiza alrededor de un gran estanque con varias islas artificiales. En la antigua tradición china, estas islas podían evocar las montañas sagradas de los inmortales, unos lugares mitológicos situados en los mares orientales donde supuestamente se encontraba el secreto de la vida eterna. Los pabellones aparecen reflejados sobre el agua y se comunican mediante puentes y galerías cubiertas. Algunos se construyeron para contemplar las flores, otros para escuchar la lluvia, recibir la brisa o disfrutar del aroma de los lotos.
Uno de los edificios más importantes es el Salón de la Fragancia Lejana, situado frente al gran estanque central. Su nombre hace referencia al perfume de las flores de loto, que durante el verano se extiende por el agua. El loto posee además un fuerte significado simbólico dentro de la cultura china: nace en el barro, pero emerge limpio y hermoso, por lo que representa la pureza y la integridad moral.
Otro de los rincones más conocidos es el Pabellón del Loto en la Brisa, situado junto al agua y diseñado para disfrutar de la vista y del aroma de estas flores. Evidentemente, nosotros, al viajar en invierno, tuvimos que imaginar la escena. No había lotos flotando sobre el estanque, pero sí pudimos contemplar con más claridad la arquitectura y los reflejos de los edificios. También encontramos salas con nombres tan sugerentes como el Pabellón para Escuchar la Lluvia, pensado para disfrutar del sonido de las gotas al caer sobre las hojas de los plataneros, o el pabellón llamado ¿Con quién me sentaré?, inspirado en un verso del poeta Su Shi cuya respuesta era: con la luna brillante, la brisa fresca y conmigo mismo. No me negaréis que los chinos sabían poner nombres bastante mejores a sus construcciones que nosotros.

La zona occidental es más pequeña y contiene un mayor número de edificios. Parte de su diseño corresponde a las reformas realizadas durante la dinastía Qing. Aquí se encuentra el Salón de los Treinta y Seis Patos Mandarines y las Dieciocho Camelias, utilizado antiguamente para representaciones de ópera Kunqu. Los patos mandarines simbolizan tradicionalmente el amor conyugal y la fidelidad de la pareja, por lo que aparecen con mucha frecuencia en el arte y la decoración china.
Una de las características que más llama la atención durante el recorrido son las ventanas. Algunas presentan formas geométricas y otras están decoradas con delicadas celosías. No se instalaron únicamente para dejar entrar la luz. Funcionan como marcos que seleccionan una parte concreta del paisaje. Cuando miramos a través de ellas, el jardín se transforma en una pintura. Lo mismo ocurre con las conocidas puertas luna, esas aberturas circulares que aparecen en numerosos jardines chinos. Además de comunicar distintos espacios, crean una transición visual entre una escena y la siguiente. Basta con colocarse delante de una de ellas para comprender por qué se han convertido en uno de los lugares preferidos por las chicas que realizan sesiones fotográficas vestidas con hanfu.
Los diseñadores buscaban reproducir la naturaleza, pero no copiarla de forma literal. Su intención era condensar un paisaje completo dentro de un espacio limitado. Unas cuantas rocas podían representar una cordillera; un estanque se convertía en un lago; una isla simbolizaba una montaña sagrada y un grupo de árboles sugería un bosque. Todo estaba pensado para que el propietario pudiera retirarse simbólicamente del mundo sin salir realmente de la ciudad.
El jardín cambia muchísimo según la estación. En primavera florecen magnolias, peonías y otros árboles ornamentales. Durante el verano los estanques se cubren de flores de loto. El otoño tiñe parte de la vegetación de tonos amarillos y rojizos, mientras que el invierno deja al descubierto la estructura del paisaje y permite observar las ramas desnudas, los tejados oscuros y las líneas de los pabellones.

Para disfrutarlo con algo más de tranquilidad, lo mejor es acudir a primera hora. El jardín abre normalmente a las 7:30 y durante la primera parte de la mañana todavía no han llegado muchos de los grandes grupos organizados. A partir de media mañana comienzan a formarse aglomeraciones en los puentes, los pabellones más conocidos y las puertas circulares. Yo calcularía entre dos y tres horas para recorrerlo sin prisas. Puede verse más rápidamente, pero no tendría demasiado sentido pagar la entrada para atravesarlo como si estuviéramos participando en una carrera. La gracia consiste precisamente en detenerse, mirar a través de las ventanas, buscar los reflejos en el agua y descubrir cómo cambia el paisaje a cada paso.
El precio oficial habitual es de 80 yuanes durante la temporada alta, que comprende abril, mayo, julio, agosto, septiembre y octubre, y de 70 yuanes durante la temporada baja, correspondiente a enero, febrero, marzo, junio, noviembre y diciembre. Los precios y los periodos pueden cambiar, por lo que conviene comprobarlos antes de la visita.
El horario habitual es de 7:30 a 17:30 durante buena parte del año y hasta las 17:00 durante el invierno. La venta de entradas y el acceso terminan antes de la hora oficial de cierre. Además, en determinados periodos se exige reservar una franja horaria concreta y pueden rechazar la entrada si llegamos demasiado tarde. Por eso no aconsejo dejar la visita para el final de la tarde. Las entradas están vinculadas al documento de identidad y los viajeros extranjeros debemos introducir correctamente los datos del pasaporte. Es imprescindible llevar el pasaporte original, no una fotografía guardada en el teléfono. En las puertas automáticas puede ocurrir que el lector no reconozca el documento extranjero; en ese caso debemos dirigirnos al acceso atendido por personal.
Hanfu: vestirse con trajes tradicionales de la etnia Han
Una de las cosas que más me llamó la atención durante nuestra visita a Suzhou fue la enorme cantidad de chicas que recorrían los jardines y las calles históricas vestidas con elaborados trajes tradicionales chinos. Algunas caminaban solas, otras iban en pequeños grupos y muchas aparecían acompañadas por un fotógrafo que les indicaba dónde debían colocarse, hacia dónde tenían que mirar o cómo sujetar las mangas para que la imagen quedara lo más elegante posible. Al principio pensé que habíamos coincidido con alguna celebración especial. No era normal que en un mismo jardín aparecieran tantas jóvenes con vestidos bordados, peinados imposibles, horquillas, flores, perlas, abanicos y capas que parecían sacadas de una serie histórica china. Pero no había ninguna fiesta ni se estaba rodando una película, aunque por momentos lo pareciera. Lo que estábamos viendo era una de las modas que más ha crecido en China durante los últimos años: alquilar un traje histórico, completar la transformación con maquillaje y peluquería y realizar una sesión fotográfica en alguno de los escenarios monumentales del país.
Conviene realizar una aclaración porque, cuando vemos estas escenas, resulta muy tentador pensar que las mujeres de Suzhou continúan utilizando sus trajes tradicionales para acudir a los jardines, como si fuera una costumbre local transmitida durante generaciones. En realidad, no es así. No estamos ante una tradición milenaria conservada sin interrupción ni ante la vestimenta cotidiana de las habitantes de Suzhou. Es un fenómeno contemporáneo relacionado con el renacimiento del hanfu, con el enorme éxito de las series históricas chinas, con el crecimiento del turismo nacional y, por supuesto, con las redes sociales.

El movimiento moderno de recuperación del hanfu comenzó a adquirir importancia a principios del siglo XXI, especialmente a partir de 2003. Desde entonces, cada vez más jóvenes chinos han comenzado a interesarse por la ropa, los peinados, los rituales y la estética de las antiguas dinastías. La palabra hanfu puede traducirse aproximadamente como “ropa del pueblo han”, que es el grupo étnico mayoritario de China. Sin embargo, no existe un único modelo de hanfu. A lo largo de los siglos, las prendas, los tejidos, las formas y las normas de vestimenta fueron cambiando según la época, la región y la posición social de quien las llevaba. No vestía igual una mujer de la dinastía Tang que otra de la dinastía Ming, del mismo modo que tampoco vestían igual una dama aristocrática, una mujer de una familia de comerciantes o una campesina.
Hoy muchas tiendas ofrecen reproducciones más o menos rigurosas de esos estilos históricos. Algunas intentan respetar los patrones, los tejidos y las combinaciones correspondientes a una dinastía determinada, mientras que otras mezclan elementos de distintas épocas sin el menor complejo. Y también existen vestidos creados directamente para quedar espectaculares en las fotografías, aunque su fidelidad histórica resulte bastante discutible. Es decir, que bajo el nombre de hanfu podemos encontrar desde reproducciones muy cuidadas hasta auténticas fantasías de princesa imperial con más bordados, flores, perlas y abalorios que rigor histórico.
Esta moda puede verse actualmente en muchas ciudades de China. En Xi’an abundan los trajes inspirados en la dinastía Tang; en Pekín triunfan las caracterizaciones de emperatrices y damas de las dinastías Ming y Qing; en Shanghái son habituales las sesiones con qipao, el conocido vestido chino ajustado, y en Luoyang se han popularizado enormemente los estilismos relacionados con las antiguas cortes imperiales. Suzhou, por su parte, ofrece un escenario perfecto para los vestidos elegantes vinculados a la cultura de Jiangnan, la región situada al sur del Yangtsé.
Sus jardines, pabellones, galerías cubiertas, estanques, puentes de piedra y paredes blancas parecen creados expresamente para realizar este tipo de fotografías. Evidentemente, fueron construidos muchos siglos antes de la aparición de Instagram, Xiaohongshu o TikTok, pero no puede negarse que funcionan estupendamente como decorado. En lugares como el Jardín del Administrador Humilde, el Jardín del Maestro de las Redes o el Jardín de la Pareja es habitual encontrarse con jóvenes posando bajo una ventana circular, mirando hacia un estanque o caminando lentamente por una galería mientras el fotógrafo dispara decenas de imágenes.
También veremos muchísimas en Pingjiang Road, donde las fachadas tradicionales, los canales y los pequeños puentes permiten recrear una imagen muy reconocible de la antigua China. De hecho, alrededor de esta calle han aparecido numerosas tiendas especializadas en el alquiler de vestidos y en la organización de sesiones fotográficas. Suzhou no ha inventado esta moda pero ha sabido adaptarla perfectamente a su identidad histórica. La ciudad proporciona el decorado y los negocios locales se encargan de todo lo demás.
Lo curioso es que no se trata simplemente de entrar en una tienda, alquilar un vestido y marcharse con él puesto. Muchas jóvenes contratan una transformación completa que incluye la elección del traje, las prendas interiores, el maquillaje, el peinado, la peluca o las extensiones, las horquillas, las flores, los adornos, los pendientes, los collares y diferentes complementos como abanicos o sombrillas. Después pueden añadir el servicio de un fotógrafo profesional y el retoque digital de una selección de imágenes.
El proceso puede durar perfectamente una o dos horas antes de salir a la calle. Los peinados son especialmente elaborados y, en muchas ocasiones, se construyen utilizando postizos sobre los que se colocan flores, perlas, horquillas y borlas. Algunas chicas eligen un resultado relativamente natural. Otras prefieren aprovechar la ocasión y transformarse por completo en emperatrices, nobles, guerreras o protagonistas de un drama histórico. Y las cosas como son, muchas consiguen un resultado espectacular.

Sería demasiado simple considerar esta costumbre un mero disfraz para hacerse fotografías. Las redes sociales tienen una importancia enorme, evidentemente, pero el fenómeno también refleja el interés de muchos jóvenes chinos por recuperar y reinterpretar su patrimonio cultural. Durante gran parte del siglo XX, el uso de prendas históricas quedó relegado a representaciones teatrales, ceremonias, películas o espectáculos. Las generaciones más jóvenes han comenzado a sacarlas nuevamente a la calle, sobre todo en templos, jardines, palacios, festivales y ciudades antiguas.
Para algunas personas, vestir hanfu es una manera de conectar con la historia de China. Otras se sienten atraídas simplemente por la belleza de los vestidos. Y muchas mezclan ambas cosas sin necesidad de establecer una frontera demasiado clara entre cultura, estética y diversión. Una joven puede estar sinceramente interesada en la dinastía Ming y, al mismo tiempo, querer conseguir una fotografía maravillosa para sus redes sociales. Una cosa no anula necesariamente la otra.
Alrededor de los principales lugares históricos de Suzhou encontraremos tiendas llenas de vestidos expuestos en los escaparates, como las que vimos nosotros. Algunas prendas son tan recargadas que cuesta imaginar cómo pueden caminar con ellas por un jardín lleno de escalones, piedras y puentes. Las tiendas más sencillas alquilan solamente el traje y algunos accesorios, mientras que otras ofrecen paquetes completos con maquillaje, peluquería y fotógrafo. Los precios dependen de la calidad del vestido, del número de horas, del trabajo de estilismo y de la cantidad de fotografías retocadas.

Como orientación, pueden encontrarse alquileres básicos desde unos 100 yuanes (12 euros), mientras que un paquete con maquillaje, peinado y varias horas de alquiler puede rondar los 250 o 300 yuanes. Las sesiones con fotógrafo profesional y retoque superan con facilidad los 400 o 500 yuanes. Los vestidos aportan color a los jardines y convierten determinadas escenas en algo casi cinematográfico. Una chica cruzando un puente con una sombrilla, otra asomada a una ventana circular o un pequeño grupo caminando junto al canal parecen devolver durante unos segundos a la ciudad parte de su antigua vida. Naturalmente, la ilusión se rompe cuando sacan el teléfono móvil, consultan las fotografías o aparecen con un vaso de té de burbujas en la mano.
Pero quizá ahí se encuentre precisamente lo más interesante de esta moda. No estamos viendo el pasado de China tal como fue, sino la forma en la que una nueva generación ha decidido imaginarlo, recuperarlo y convertirlo en parte de su identidad contemporánea. Es una mezcla de historia, estética, turismo, negocio y redes sociales; una combinación muy propia de la China actual.
Los canales de Suzhou
Aunque los jardines son el monumento más conocido de Suzhou, para mí los canales son los que terminan dando verdadero sentido a la ciudad. Sin ellos, Suzhou seguiría siendo un lugar interesante pero perdería buena parte de su personalidad. Los canales aparecen entre las casas, acompañan a las calles, pasan por debajo de pequeños puentes de piedra y se cuelan prácticamente por todos los rincones del casco antiguo. Algunos son amplios y fueron utilizados durante siglos para transportar mercancías; otros resultan tan estrechos que parecen patios inundados entre las viviendas.
Por esa presencia constante del agua, a Suzhou se la conoce desde hace mucho tiempo como la Venecia de Oriente. Es una comparación que queda muy bien en los folletos turísticos y que se ha repetido hasta la saciedad, aunque personalmente creo que Suzhou no necesita parecerse a Venecia para resultar atractiva. Sus canales tienen su propia historia, su propia arquitectura y una relación con la ciudad completamente diferente. No fueron construidos para decorar el paisaje ni para que los turistas pudieran pasear en barca mientras hacían fotografías. Durante siglos fueron auténticas calles de agua por las que circulaban personas, alimentos, seda, arroz, materiales de construcción y todo tipo de mercancías.
Para comprender la importancia de los canales hay que retroceder hasta el origen de la propia Suzhou. La ciudad fue fundada en el año 514 a. C. como capital del antiguo estado de Wu. Desde el principio, su planificación estuvo condicionada por la abundancia de ríos, lagos y terrenos húmedos de la región de Jiangnan, situada al sur del Yangtsé. Los canales permitían drenar el terreno, controlar el agua, defender la ciudad y facilitar el transporte.
Suzhou se organizó mediante una red de vías terrestres y acuáticas que funcionaban de forma paralela. Junto a muchas calles discurría un canal y las casas podían tener una entrada orientada hacia tierra y otra hacia el agua. Por una puerta accedían las personas y por la otra llegaban las mercancías transportadas en barca. Era un sistema urbano perfectamente adaptado a una región en la que el agua no era un simple elemento del paisaje, sino una parte fundamental de la vida diaria.

El casco antiguo conservó durante siglos una estructura conocida como “tres canales horizontales, tres verticales y un anillo”, formado este último por el foso que rodeaba la ciudad. Lo sorprendente es que buena parte de ese trazado continúa siendo reconocible en la actualidad. Suzhou ha crecido hasta convertirse en una enorme ciudad industrial y tecnológica pero dentro del distrito histórico de Gusu todavía sobrevive aquel complicado entramado de canales, callejones y puentes.
La gran prosperidad de Suzhou estuvo directamente relacionada con el Gran Canal de China, una gigantesca red de vías acuáticas que comunicaba el norte y el sur del país. Algunos de sus primeros tramos comenzaron a excavarse en el siglo V a. C., aunque fue durante la dinastía Sui, a partir del siglo VII, cuando diferentes secciones quedaron conectadas para formar un gran sistema imperial de transporte. El Gran Canal permitía enviar hasta las capitales del norte el arroz y otros productos cultivados en las fértiles regiones del sur. Por sus aguas circularon también seda, algodón, té, sal, hierro, madera y porcelana. No era simplemente un canal, sino una inmensa arteria económica que ayudó a mantener unido el Imperio chino durante siglos.
Suzhou quedó situada en una posición privilegiada dentro de aquella red. La ciudad se encontraba rodeada de una de las regiones agrícolas más productivas de China y, además, era uno de los grandes centros de elaboración de seda. Las mercancías llegaban a sus muelles, se almacenaban en los edificios próximos al agua y después continuaban su viaje hacia otras ciudades. Gracias a ese comercio, Suzhou acumuló una enorme riqueza y se convirtió en un importante centro de artesanos, comerciantes, funcionarios e intelectuales.
Por tanto, los mismos canales que hoy nos parecen tan románticos fueron en realidad una infraestructura económica de primer nivel. Donde actualmente vemos pequeñas embarcaciones turísticas, antiguamente había barcazas cargadas de arroz, tejidos y otros productos. Los puentes no se construyeron para hacer bonito en las fotografías, sino para permitir el paso de personas y mercancías sin interrumpir la navegación.
El Gran Canal fue incluido en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 2014. La declaración protege un enorme conjunto formado por diferentes tramos, obras hidráulicas, puentes, almacenes, muelles y ciudades desarrolladas alrededor del agua. Dentro del municipio de Suzhou se conservan varios canales y lugares históricos relacionados con esta red, entre ellos el canal de Shantang y diferentes zonas del casco antiguo.
Una de las mejores maneras de conocer los canales de Suzhou es recorrer Pingjiang Road, una calle histórica situada al este del centro antiguo. La vía discurre junto al canal Pingjiang durante aproximadamente un kilómetro y medio y conserva una estructura urbana que aparece representada en un mapa de la ciudad realizado en 1229. Eso significa que, cuando caminamos por allí, estamos siguiendo un trazado que se mantiene prácticamente igual desde hace unos ochocientos años.
A un lado encontramos el canal y, al otro, una sucesión de casas tradicionales, pequeños restaurantes, tiendas, salones de té y callejones. Numerosos puentes comunican ambas orillas y ofrecen algunas de las imágenes más bonitas de Suzhou. Las fachadas blancas, los tejados oscuros y las ramas inclinadas sobre el agua crean ese paisaje tan característico de las ciudades de Jiangnan.

Pingjiang Road es actualmente una zona muy turística y no voy a venderla como un rincón secreto donde estaremos solos escuchando el sonido del agua. Durante los fines de semana y las vacaciones chinas puede llenarse de visitantes, fotógrafos y chicas vestidas con hanfu. También han aparecido bastantes tiendas modernas y negocios claramente orientados al turismo. Sin embargo, basta con apartarse un poco de la calle principal y entrar en alguno de los callejones laterales para encontrar zonas mucho más tranquilas.
Lo interesante de Pingjiang no está únicamente en su calle principal. A ambos lados se extiende una red de estrechos callejones y canales secundarios en los que todavía se conserva parte de la vida cotidiana. Hay ropa tendida, bicicletas aparcadas, vecinos sentados junto a las puertas y pequeñas embarcaciones que continúan utilizando el agua. Es entonces cuando comprendemos que no estamos paseando por un decorado construido para los turistas, sino por un barrio histórico que ha tenido que adaptarse a su enorme popularidad.
Otro lugar imprescindible para disfrutar de los canales es Shantang Street. Su origen se remonta al año 825, cuando el famoso poeta Bai Juyi ejercía como gobernador de Suzhou. Durante su mandato se construyó un canal y una vía que comunicaban la zona de Changmen con la Colina del Tigre. El tramo terminó recibiendo el nombre de Shantang y fue convirtiéndose en una importante área comercial.
La calle histórica se extendía tradicionalmente a lo largo de siete li, una antigua medida china, motivo por el que todavía se la conoce como Qili Shantang, es decir, Shantang de las Siete Li. Su longitud completa ronda los tres kilómetros y medio, aunque la mayoría de los visitantes se concentra en el tramo próximo a la puerta Changmen.
Esta primera parte está muy restaurada y presenta una sucesión de tiendas, restaurantes, faroles y pequeños puentes. Puede resultar excesivamente comercial durante el día pero al caer la tarde adquiere una atmósfera completamente distinta. Las luces se reflejan sobre el agua, las barcas pasan bajo los puentes y las fachadas aparecen iluminadas. Es uno de los mejores lugares para ver los canales de Suzhou por la noche. Ahora bien, si tenemos tiempo, merece la pena alejarnos del tramo más concurrido. A medida que avanzamos hacia la Colina del Tigre, disminuye el número de tiendas turísticas y comienza a aparecer una Suzhou mucho más tranquila. Es allí donde encontramos antiguas viviendas, muelles, puentes y rincones que recuerdan mejor la función original del canal.
Los puentes son precisamente otro de los elementos esenciales del paisaje. Suzhou llegó a tener cientos de ellos, construidos en madera o piedra y adaptados a la anchura de cada vía acuática. Algunos son planos, mientras que otros se elevan formando un arco para permitir el paso de las embarcaciones. Desde lo alto se obtienen las mejores vistas de las casas alineadas junto al agua. Estos puentes también organizaban la vida de los barrios. Servían como puntos de encuentro, marcaban los límites entre unas zonas y otras y facilitaban la comunicación entre calles que, de otro modo, habrían quedado separadas por el agua. Muchos fueron reconstruidos a lo largo de los siglos pero continúan ocupando aproximadamente el mismo lugar que los puentes representados en los mapas antiguos.
Uno de los grandes símbolos del sistema defensivo y acuático de Suzhou es la Puerta Panmen. Se trata de una antigua puerta situada en el extremo suroccidental de la ciudad histórica. Su particularidad es que estaba formada por una entrada terrestre y otra acuática, lo que permitía controlar tanto a las personas que llegaban por carretera como a las embarcaciones que accedían a través del canal. Panmen muestra perfectamente hasta qué punto el agua formaba parte de la estructura de Suzhou. Los canales servían para comerciar y desplazarse, pero también podían funcionar como barrera defensiva. Las compuertas permitían controlar la entrada a la ciudad y el foso reforzaba la protección de las murallas. En la actualidad, el área de Panmen está acondicionada como una zona monumental en la que también se encuentran la pagoda Ruiguang y el puente Wumen. No posee la intimidad de los canales de Pingjiang pero ayuda a comprender el funcionamiento de la antigua ciudad amurallada y su relación con el Gran Canal.
Otra opción para conocer esta parte de Suzhou consiste en realizar un paseo en barca. Encontraremos embarcaderos en Pingjiang Road, Shantang Street y otros puntos próximos al Gran Canal. Los recorridos, la duración y los precios varían dependiendo del lugar y del tipo de embarcación. Los paseos más cortos recorren únicamente un pequeño tramo de los canales históricos, mientras que otros permiten navegar por zonas más amplias del antiguo foso o del Gran Canal. Antes de pagar conviene preguntar cuánto dura el recorrido, si se regresa al mismo embarcadero y si el precio es por persona o por la barca completa.
Algunas embarcaciones pequeñas resultan mucho más agradables que los barcos turísticos grandes. Navegan lentamente por canales estrechos y permiten observar de cerca las fachadas, los pequeños muelles y la parte trasera de las viviendas. En determinados recorridos, la persona que conduce la barca canta canciones tradicionales, aunque en ocasiones espera recibir una propina por hacerlo. Como siempre, conviene dejar claras las condiciones antes de comenzar para evitar la clásica situación en la que todo parecía incluido hasta que deja de estarlo.

En algunas embarcaciones, los barqueros o barqueras interpretan canciones tradicionales de Suzhou. No siempre ocurre y, en determinados casos, el canto se ofrece a cambio de una propina. Conviene preguntar antes para saber si está incluido en el billete o si se espera un pago adicional. Estas canciones están relacionadas con la tradición musical de Jiangnan y, en algunos recorridos, pueden aparecer también pequeñas demostraciones de pingtan, un arte narrativo originario de la región de Suzhou que combina relato, canto y acompañamiento musical. El pingtan se interpreta habitualmente en el dialecto local y puede ir acompañado por instrumentos tradicionales como la pipa, una especie de laúd chino. Aunque no entendamos absolutamente nada de la letra, la música encaja perfectamente con el ritmo del paseo. Las voces, el sonido del remo entrando en el agua y las casas pasando lentamente junto a la barca consiguen crear una atmósfera especial.
Aun así, no considero imprescindible pagar por un paseo en barca para disfrutar de los canales. Si tenemos poco tiempo o el clima no acompaña, podemos conocer perfectamente las zonas más bonitas caminando. En invierno, además, permanecer sentados sobre el agua puede resultar bastante frío. Si decidimos hacerlo durante los meses más fríos, conviene elegir una embarcación cubierta o esperar a las horas centrales del día.
A primera hora de la mañana los canales presentan su cara más tranquila. Las tiendas todavía no han abierto, aparecen pocos grupos turísticos y los vecinos comienzan su actividad cotidiana. La luz es suave y resulta más fácil hacer fotografías sin tener que esperar a que desaparezcan veinte personas del encuadre. La tarde, en cambio, aporta más ambiente. Pingjiang Road se llena de vida, los salones de té reciben clientes y comienzan las sesiones fotográficas con vestidos tradicionales. Shantang Street es especialmente bonita cuando se encienden los faroles. Si solo podemos elegir un momento para visitarla, yo lo haría poco antes del atardecer, para verla primero con luz natural y después iluminada.
Los canales también permiten entender la arquitectura tradicional de Suzhou. Muchas viviendas presentan paredes blancas y tejados cubiertos de tejas oscuras. La combinación no respondía únicamente a una cuestión estética. Los materiales, los patios interiores y la orientación de las casas estaban adaptados al clima cálido y húmedo de la región. Las viviendas más ricas podían contar con varios patios y jardines privados, mientras que las más sencillas se organizaban en estrechas parcelas entre la calle y el canal. El agua facilitaba el transporte pero también generaba problemas de humedad, inundaciones, suciedad y mantenimiento. Porque vivir junto a un canal queda muy romántico durante un paseo de dos horas pero la realidad cotidiana seguramente tuviera bastante menos poesía.
Tampoco debemos imaginar que todo el casco antiguo se conserva exactamente igual que hace varios siglos. Suzhou ha sufrido guerras, incendios, derribos, reformas y un crecimiento urbano enorme. Algunas zonas han sido restauradas intensamente y otras han perdido buena parte de su arquitectura original. Incluso en Pingjiang y Shantang conviven casas históricas con establecimientos modernos, carteles luminosos y negocios creados para satisfacer las necesidades del turismo. Sin embargo, el trazado del agua continúa actuando como la columna vertebral de la ciudad antigua. Los canales han sobrevivido porque no eran simples adornos que pudieran eliminarse sin consecuencias. Formaban parte del sistema de drenaje, de la organización de las calles y de la propia identidad de Suzhou.
El Jardín del Bosque de los Leones
El Jardín del Bosque de los Leones fue uno de los lugares más curiosos que visitamos en Suzhou. Su nombre puede llevar a imaginar una extensión enorme, llena de árboles y quizá de leones de piedra, pero la realidad es bastante distinta. Se trata de un jardín pequeño, íntimo y sorprendente, cuyo gran protagonista es un extraordinario laberinto de rocas. Aquí los leones no aparecen enjaulados ni perfectamente esculpidos: hay que descubrirlos escondidos entre las formas caprichosas de la piedra, aguzando la imaginación y dejándose llevar por el juego.
Conocido en chino como Shizilin —狮子林—, el Jardín del Bosque de los Leones fue creado hacia el año 1342, durante la dinastía Yuan. Sus orígenes están estrechamente ligados al budismo zen. Según la historia más aceptada, el monje Tianru y un grupo de discípulos construyeron el jardín en memoria de su maestro, el abad Zhongfeng, relacionado con el Pico del León de las montañas Tianmu. El recinto formaba parte originalmente de un monasterio, algo que ayuda a comprender su carácter espiritual y su particular forma de representar la naturaleza.

El nombre también se relaciona con el simbolismo budista del león, asociado a la sabiduría y a la voz de Buda, pero basta con entrar en el jardín para encontrar una explicación mucho más visual. Las rocas de caliza del lago Taihu, erosionadas durante siglos por el agua, presentan agujeros, cavidades, pliegues y perfiles que recuerdan a leones en diferentes posturas. Algunos parecen estar dormidos, otros sentados, jugando o contemplando el estanque. Al menos, eso es lo que asegura la tradición.
En sus primeros tiempos, el jardín estaba cubierto por miles de plantas de bambú y por una colección de piedras de formas extrañas. Pronto se convirtió en lugar de reunión de monjes, pintores, poetas y eruditos. Uno de sus visitantes más célebres fue Ni Zan, uno de los grandes maestros de la pintura china, que en 1373 realizó una obra dedicada al Bosque de los Leones. Con el paso del tiempo, el jardín sufrió periodos de abandono, cambios de propietario y varias reconstrucciones. A finales del siglo XVI volvió a recuperar parte de su esplendor.
También llamó la atención de los emperadores. Kangxi lo visitó a comienzos del siglo XVIII y Qianlong quedó tan fascinado que regresó en varias ocasiones. A este último se atribuye la inscripción “verdadero deleite”, que puede verse en uno de sus pabellones. Qianlong admiró tanto el lugar que mandó construir jardines inspirados en él en algunas de sus residencias imperiales. No está mal para un jardín que apenas ocupa alrededor de una hectárea.
A principios del siglo XX, el recinto fue adquirido por el comerciante Bei Runsheng, miembro de la familia del famoso arquitecto Ieoh Ming Pei, autor, entre otros proyectos, de la pirámide de cristal del Museo del Louvre. Bei Runsheng emprendió una profunda restauración que se prolongó durante varios años y permitió recuperar buena parte de sus pabellones, galerías y rocallas. El jardín abrió al público en 1956 y desde el año 2000 forma parte de los Jardines Clásicos de Suzhou inscritos como Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Sin embargo, todo ese peso histórico no convierte la visita en algo serio o solemne. Al contrario: el Bosque de los Leones es probablemente el jardín más juguetón de Suzhou. Su elemento más famoso es una gran rocalla de más de mil metros cuadrados, construida como una montaña en miniatura. En su interior se esconden senderos estrechos, cuevas, túneles, desniveles y pasos que se cruzan constantemente. Se suele decir que posee nueve caminos, veintiuna cuevas y tres niveles diferentes. Sobre el plano parece sencillo, pero una vez dentro resulta muy fácil perder la orientación.
Subíamos unos escalones, atravesábamos una abertura en la roca y aparecíamos frente al estanque; doblábamos una esquina convencidos de haber encontrado la salida y terminábamos casi en el mismo lugar. A veces veíamos pasar a otros visitantes por encima de nuestras cabezas y, unos minutos más tarde, éramos nosotros quienes los contemplábamos desde lo alto sin saber muy bien cómo habíamos llegado hasta allí. Esa es precisamente la gracia del jardín. No se visita siguiendo un recorrido evidente, sino dejándose sorprender. Existe incluso una leyenda según la cual dos inmortales taoístas, Li Tieguai y Lü Dongbin, se internaron en el laberinto y no consiguieron encontrar la salida. Como tampoco parecían tener demasiada prisa, decidieron quedarse allí jugando una partida de ajedrez. La historia resulta fácil de creer cuando uno lleva un rato dando vueltas entre las rocas.
Frente al laberinto se abre el estanque central, rodeado por galerías, árboles y pequeños pabellones. Es una de las imágenes más bonitas del jardín: los muros blancos, las cubiertas oscuras, las ramas reflejadas en el agua y las rocas elevándose como una diminuta cordillera. Uno de los rincones más conocidos es el Pico de los Nueve Leones, donde supuestamente se distinguen nueve figuras diferentes.
Para recorrer el Bosque de los Leones conviene reservar entre una hora y media y dos horas. Se podría ver más deprisa pero perderse forma parte de la experiencia y no tiene mucho sentido atravesarlo corriendo. Hay que llevar calzado cómodo, ya que algunos escalones son irregulares, los pasadizos pueden ser estrechos y las piedras se vuelven resbaladizas cuando llueve. Tampoco es el recorrido más sencillo para personas con movilidad reducida, aunque se puede disfrutar del estanque y de varias zonas sin entrar en la parte más complicada de la rocalla.
Como referencia, la entrada suele costar 40 yuanes durante la temporada alta y 30 yuanes en temporada baja. El horario habitual es de 7:30 a 17:30 entre marzo y octubre y de 7:30 a 17:00 durante los meses de invierno, aunque conviene comprobar posibles cambios antes de ir. La información práctica actualizada puede consultarse en la ficha del Lion Grove Garden. En fechas festivas o fines de semana también es recomendable reservar con antelación y llevar el pasaporte original, pues puede ser necesario para retirar o validar la entrada.
Tiger Hill
Uno de los lugares que no deberían faltar en una visita a Suzhou es Tiger Hill, conocida en español como la Colina del Tigre y en chino como Huqiu. Se encuentra al noroeste del casco histórico y, aunque apenas alcanza unos 36 metros de altura, posee más historia y leyendas que muchas montañas de dimensiones bastante más respetables.
Que nadie espere aquí una ascensión complicada ni una excursión de montaña. La Colina del Tigre es más bien un gran recinto histórico y paisajístico formado por caminos, jardines, estanques, templos, rocas, pabellones y restos relacionados con la antigua cultura del reino de Wu. En lo más alto aparece su construcción más famosa, la pagoda Yunyan, cuya evidente inclinación ha hecho que sea conocida como la Torre de Pisa de China.

Tiger Hill es uno de los lugares históricos más antiguos de Suzhou. Su origen está estrechamente relacionado con el rey Helü, gobernante del estado de Wu y personaje fundamental en la fundación de la ciudad. Helü convirtió Suzhou en su capital durante el siglo VI a. C. y, según la tradición, fue enterrado en esta colina después de morir en el año 496 a. C. como consecuencia de las heridas sufridas en una batalla contra el estado de Yue.
La leyenda cuenta que tres días después del entierro apareció sobre la tumba un tigre blanco, que permaneció allí como guardián del monarca. A partir de aquel episodio el lugar habría comenzado a conocerse como la Colina del Tigre. Otra explicación, bastante menos emocionante, sostiene que la silueta de la colina recuerda a un tigre agazapado. Como suele ocurrir en China, podemos elegir la versión que más nos guste, aunque reconozco que la del tigre blanco protegiendo una tumba real tiene bastante más encanto.
Tiger Hill era ya un lugar célebre en la antigua China. El escritor y poeta Su Shi, también conocido como Su Dongpo, llegó a afirmar durante la dinastía Song que visitar Suzhou y no acudir a la Colina del Tigre era algo verdaderamente lamentable. Más de mil años después, la frase continúa utilizándose para convencer a los turistas de que incluyan el lugar en su recorrido. Lo que demuestra que las campañas de promoción turística existían mucho antes de que aparecieran Instagram y las oficinas de turismo.
El recinto ocupa más de veinte hectáreas y no consiste únicamente en subir hasta la pagoda, hacer una fotografía y marcharse. Durante el ascenso aparecen pequeños lugares relacionados con la historia y las leyendas de Suzhou. Algunos pueden pasar desapercibidos si no conocemos previamente su significado, porque a primera vista solo veremos una roca, un estanque o un pabellón. Pero casi todos esconden una historia.
Uno de los rincones más famosos es la Roca de Prueba de la Espada, una enorme piedra que aparece dividida por una abertura bastante limpia. Según la leyenda, el rey Helü estaba obsesionado con las espadas y encargó algunas de las mejores armas de su tiempo. Para comprobar la calidad de una de ellas golpeó la roca y consiguió partirla en dos. Naturalmente, la explicación geológica es bastante menos cinematográfica y atribuye la grieta a un fenómeno natural. Pero, después de viajar miles de kilómetros, me parece mucho más entretenido imaginar al rey probando una espada legendaria que detenerme a estudiar el proceso de fractura de una piedra.
Helü fue conocido precisamente por su pasión por las armas. Su reinado coincidió con una época de constantes enfrentamientos entre diferentes estados y el monarca reunió una importante colección de espadas. La tradición asegura que fue enterrado junto a unas tres mil, muchas de ellas fabricadas por los mejores artesanos del reino.

Esas supuestas armas conducen a otro de los lugares imprescindibles de Tiger Hill: la Piscina de la Espada o Sword Pool, llamada Jianchi en chino. Se trata de un estrecho estanque situado entre paredes de roca, al final de un pequeño desfiladero. El agua presenta un tono oscuro y el espacio posee una atmósfera bastante misteriosa, especialmente cuando no está rodeado por varios cientos de visitantes. Según la tradición, la tumba del rey Helü se encuentra oculta debajo de la piscina. Después del entierro, el agua habría inundado la entrada y protegido para siempre la cámara funeraria. Las leyendas añaden que los trabajadores encargados de construir la tumba fueron asesinados para impedir que revelaran su ubicación. Una costumbre tremendamente desagradable pero bastante habitual en los relatos sobre enterramientos de reyes y emperadores.
Se dice que diferentes gobernantes intentaron localizar el sepulcro y hacerse con las espadas pero ninguno consiguió acceder a él. Durante unas obras realizadas en el siglo XX se descubrió una posible entrada bajo el agua, aunque no llegó a abrirse debido al riesgo de desestabilizar la pagoda situada en la parte superior de la colina. Por tanto, todavía no existe una confirmación definitiva de que el rey Helü se encuentre realmente enterrado debajo de la Piscina de la Espada. La arqueología y la leyenda continúan mezclándose en este punto. Puede que bajo el estanque permanezca intacta una tumba real con más de dos mil quinientos años de antigüedad o puede que todo sea una historia repetida durante generaciones. En cualquier caso, el misterio forma ya parte inseparable del atractivo del lugar.
Junto a la Piscina de la Espada encontramos la conocida como Roca de las Mil Personas, una gran superficie plana de piedra. Según una de las versiones, allí fueron ejecutados los trabajadores que habían participado en la construcción de la tumba. Otra tradición cuenta que el monje budista Sheng Gong predicó en este lugar ante una multitud formada por mil personas. La leyenda más curiosa asegura que, cuando Sheng Gong hablaba, incluso las piedras asentían para mostrar su aprobación. Teniendo en cuenta lo difícil que resulta en ocasiones mantener la atención de un grupo de turistas durante una explicación, conseguir interesar hasta a las rocas tiene bastante mérito.
La colina fue convirtiéndose con el paso de los siglos en un importante centro religioso. Se levantaron templos, pagodas, pabellones y diferentes edificios budistas. Muchos desaparecieron o fueron reconstruidos debido a guerras, incendios y abandonos, pero algunos restos continúan integrados en el recorrido.
Sin embargo, la gran protagonista de Tiger Hill aparece en la cima. La pagoda Yunyan, también conocida como Pagoda de Tiger Hill, es el símbolo más reconocible de Suzhou. Fue construida entre los años 907 y 961, durante el periodo de las Cinco Dinastías y los comienzos de la dinastía Song, por lo que tiene más de mil años de antigüedad. La pagoda presenta una planta octogonal, siete pisos y una altura aproximada de 47 o 48 metros. Fue construida principalmente con ladrillo, aunque su diseño imita las pagodas de madera tradicionales. Durante siglos formó parte del antiguo templo Yunyan, del que recibió su nombre.
Lo primero que llama la atención es su inclinación. La parte superior se ha desplazado más de dos metros respecto a la base, lo que ha llevado a compararla continuamente con la Torre de Pisa. La pagoda china es, en realidad, anterior a la italiana, ya que su construcción terminó más de dos siglos antes de que comenzaran las obras de la famosa torre de Pisa. Su inclinación se debe a que los cimientos se apoyaron parcialmente sobre roca y parcialmente sobre tierra. Con el paso de los siglos, el terreno cedió de forma desigual y la estructura comenzó a desplazarse. También aparecieron grietas en algunos de sus soportes interiores.
Durante la década de 1950 se realizaron trabajos para estabilizar el edificio y evitar que continuara inclinándose. Se reforzaron los cimientos y se inyectó material en el terreno. Gracias a estas intervenciones, la pagoda continúa en pie después de más de mil años, aunque su interior no suele estar abierto al público de manera general. En los últimos años se han organizado visitas restringidas a la primera planta mediante reserva previa y con grupos muy pequeños pero no debemos contar con subir a la pagoda. Las condiciones de acceso pueden variar y las plantas superiores permanecen cerradas por razones de conservación y seguridad. Eso puede decepcionar a quienes esperen subir hasta lo alto para contemplar las vistas pero la verdadera belleza de la pagoda está en observarla desde el exterior. Su perfil inclinado, sus siete pisos y sus ladrillos envejecidos forman una de las imágenes más características de Suzhou.
La entrada cuesta normalmente 70 yuanes durante la temporada alta y 60 yuanes en temporada baja. Generalmente se consideran meses de temporada alta abril, mayo y de julio a octubre, mientras que enero, febrero, marzo, junio, noviembre y diciembre aplican la tarifa reducida. Conviene comprobar siempre el precio actualizado, porque los calendarios, los horarios y las condiciones de reserva pueden cambiar. El horario habitual comienza a las 7:30. Entre mayo y octubre suele permanecer abierto hasta las 18:00, mientras que entre noviembre y abril cierra alrededor de las 17:30. La última entrada y la venta de billetes terminan antes del cierre. En verano se organizan algunas aperturas nocturnas especiales, pero no funcionan durante todo el año.
La tradición de quemar incienso en los templos
Una de las escenas que más se repite al visitar los templos de Suzhou es la de los fieles encendiendo varillas de incienso delante de un enorme quemador de metal. Algunos permanecen en silencio, otros cierran los ojos y murmuran unas palabras, y casi todos realizan varias inclinaciones antes de colocar las varillas entre las cenizas. Para nosotros puede parecer una ceremonia difícil de interpretar pero en China es un gesto cotidiano que mezcla religión, tradición familiar y deseos personales.
Esta práctica recibe el nombre de jingxiang, que significa algo parecido a “ofrecer incienso con respeto”. No pertenece exclusivamente al budismo. También aparece en los templos taoístas, en la religión popular china y en los rituales dedicados a los antepasados. Incluso muchas personas que no se consideran especialmente religiosas encienden incienso cuando visitan un templo, sobre todo durante el Año Nuevo chino o cuando atraviesan un momento importante de su vida.

En Suzhou resulta habitual encontrar estos grandes recipientes en los patios, antes de acceder a las salas principales. No están colocados allí únicamente por razones decorativas. El incienso debe quemarse en el exterior para evitar que el humo y el fuego dañen las antiguas estructuras de madera, las pinturas y las imágenes del interior. El recipiente que aparece en la fotografía es un gran incensario o quemador ritual. Las dos piezas elevadas de los laterales no son tapas abiertas, aunque lo parezcan, sino asas ornamentales inspiradas en los antiguos recipientes ceremoniales chinos.
Los visitantes suelen tomar una o tres varillas, encender el extremo superior y esperar a que aparezca una pequeña llama. Normalmente no se apaga soplando, sino moviendo suavemente el incienso hasta que solo queda una punta encendida de la que sale humo. Después se sostienen las varillas con ambas manos delante del pecho o de la frente y se realizan varias inclinaciones mirando hacia el templo. Después de formular su petición, la persona deposita las varillas en las cenizas del incensario. Deben quedar verticales y relativamente separadas para que se consuman con seguridad. A partir de ese momento, el humo continúa ascendiendo como representación visible de una plegaria que ya ha sido enviada.
El número de varillas puede variar, aunque lo más frecuente en los templos budistas es utilizar tres. Dentro del budismo representan las Tres Joyas: Buda, sus enseñanzas —el Dharma— y la comunidad de monjes y creyentes —la Sangha—. También existen otras interpretaciones populares. El número tres puede relacionarse con el cielo, la tierra y la humanidad, o con el pasado, el presente y el futuro. El significado concreto depende de la tradición religiosa.
El incienso funciona como un medio de comunicación simbólica. El humo asciende y desaparece en el aire, llevando con él los pensamientos y deseos de quien lo ha encendido. Su fragancia purifica el espacio, crea una atmósfera de recogimiento y señala que estamos entrando en un lugar sagrado. En el budismo, su combustión también puede recordar la impermanencia. La varilla se consume poco a poco hasta convertirse en ceniza, del mismo modo que todo lo que existe termina transformándose. No se trata únicamente de pedir fortuna, sino de detenerse durante unos minutos y tomar conciencia del presente.
Las sustancias aromáticas han sido utilizadas en China desde la Antigüedad. Al principio eran productos costosos vinculados con ceremonias religiosas, palacios y familias acomodadas. Algunas resinas y maderas olorosas llegaban desde regiones lejanas a través de las rutas comerciales terrestres y marítimas. Los descubrimientos realizados en el templo de Famen demostraron que durante la dinastía Tang ya se utilizaban en ceremonias budistas productos como madera de agar, olíbano y otras resinas importadas. El incienso era una ofrenda valiosa, no el artículo económico y fácil de fabricar que podemos comprar actualmente en cualquier mercado. Con el paso del tiempo, su uso se extendió a los hogares, los templos y los altares familiares. Encender incienso podía servir para honrar a una divinidad, recordar a un antepasado, proteger una vivienda o pedir ayuda antes de una decisión importante.
El Templo Xuanmiao
La historia del Templo Xuanmiao se remonta al año 276, durante la dinastía Jin Occidental, cuando fue fundado con el nombre de Templo Taoísta Zhenqing. A lo largo de los siglos fue ampliado, reconstruido y rebautizado en varias ocasiones, como tantas construcciones históricas de China que han sobrevivido a incendios, guerras, cambios de dinastía y transformaciones urbanas. Durante la dinastía Tang fue conocido como Palacio Kaiyuan, mientras que en la época Song recibió el nombre de Templo Tianqing. Más adelante, durante la dinastía Yuan, pasó a llamarse Xuanmiao Guan, denominación que, con algunas interrupciones, ha llegado hasta nuestros días.

Incluso su nombre tuvo que adaptarse a las estrictas normas de la corte imperial. Durante la dinastía Qing se utilizó temporalmente el nombre Yuanmiao Guan, ya que el carácter xuan formaba parte del nombre personal del emperador Kangxi y, según el antiguo tabú de los nombres, no debía escribirse ni pronunciarse con normalidad. Tras la caída del imperio recuperó su denominación tradicional. Son pequeños detalles históricos que pueden pasar inadvertidos durante la visita pero que ayudan a comprender la larguísima vida de este lugar.
La puerta que aparece en la fotografía es el acceso principal al recinto, conocido como Zhengshanmen. Su arquitectura responde a la imagen clásica que muchos tenemos de los antiguos templos chinos: una estructura de madera, perfectamente simétrica, protegida por un gran tejado doble cubierto de tejas oscuras. Las esquinas se elevan hacia el cielo y en la parte superior aparecen figuras decorativas que, además de embellecer el conjunto, cumplían una función protectora dentro de las creencias tradicionales.
A ambos lados de la entrada se encuentran los habituales leones de piedra. Estas figuras no están allí únicamente como adorno. En la cultura china han sido utilizadas durante siglos para proteger templos, palacios, tumbas y residencias importantes. Simbolizan poder, estabilidad y protección frente a las influencias negativas. Normalmente se colocan por parejas, uno a cada lado de la puerta, vigilando simbólicamente el acceso al edificio.
La puerta actual ha pasado por distintas reconstrucciones y restauraciones, por lo que no todo lo que vemos pertenece a la primera etapa del templo. Sin embargo, conserva la estética de los grandes complejos religiosos tradicionales de la región de Jiangnan. Los tonos amarillos de los muros contrastan con la madera oscura y las tejas grises, mientras que los dragones del tejado parecen custodiar el recinto desde las alturas. Frente al ruido de la calle, esta fachada funciona casi como una frontera entre dos mundos.
Una vez atravesada la entrada, el ambiente cambia. Aunque el templo recibe numerosos visitantes y se encuentra en una zona muy concurrida, todavía conserva su función religiosa. No es únicamente un monumento preparado para el turismo. Aquí se sigue quemando incienso, se presentan ofrendas y se realizan ceremonias taoístas. Conviene recordarlo durante la visita, especialmente cuando haya fieles rezando frente a los altares.
El edificio más importante del conjunto es el Salón de las Tres Purezas, conocido como Sanqing Hall. Fue reconstruido en 1179, durante la dinastía Song del Sur, y es uno de los ejemplos más valiosos de arquitectura taoísta conservados en China. Está dedicado a las Tres Purezas, las divinidades supremas del panteón taoísta. Cada una representa una dimensión distinta del universo y de las enseñanzas del Tao. El salón destaca por sus proporciones, su estructura de madera y el enorme tejado sostenido por columnas, una obra de ingeniería que ha resistido siglos sin perder su solemnidad.
El taoísmo forma parte de la identidad cultural china desde hace más de dos mil años, pero para quienes llegamos desde Occidente puede resultar algo difícil de comprender. No es solamente una religión en el sentido más estricto, sino también una filosofía, una forma de interpretar la naturaleza y una tradición llena de rituales, símbolos, divinidades y prácticas populares. Su concepto central es el Tao, el camino o principio que sostiene el universo. Vivir de acuerdo con él significa buscar el equilibrio y actuar sin forzar constantemente las cosas. Por eso, los templos taoístas no son espacios vacíos ni austeros. Sus altares están poblados por divinidades, inmortales y personajes relacionados con la protección, la salud, la fortuna o determinadas profesiones. El incienso sirve como una conexión simbólica entre el mundo humano y el espiritual. El humo asciende lentamente, llevando consigo los deseos y las peticiones de los fieles, mientras las ofrendas expresan respeto y agradecimiento.
La puerta del Templo Xuanmiao es una de esas imágenes que resumen muy bien las contradicciones de la China actual. Delante pasan coches, bicicletas eléctricas y personas pendientes del teléfono móvil; detrás sobreviven creencias, ceremonias y construcciones cuyos orígenes se remontan a más de diecisiete siglos. La ciudad moderna no ha expulsado completamente a la antigua, sino que ambas han aprendido a convivir, a veces de una manera desconcertante y otras con una naturalidad absoluta.
La importancia de la seda
Viajar a Suzhou y no acercarse al mundo de la seda es quedarse sin conocer una parte fundamental de la historia de la ciudad. Sus jardines y canales suelen llevarse todo el protagonismo pero la prosperidad de Suzhou también se tejió, en el sentido más literal de la palabra, con millones de finísimos hilos de seda. Durante siglos, este tejido convirtió la ciudad en uno de los grandes centros comerciales de China, enriqueció a familias de mercaderes y financió muchas de las elegantes residencias y jardines que hoy visitamos.
La relación de Suzhou con la seda comenzó hace miles de años. El clima húmedo de la región de Jiangnan, sus abundantes cursos de agua y la facilidad para cultivar moreras crearon unas condiciones perfectas para la cría del gusano de seda. Las hojas de la morera son su único alimento y, después de varias semanas comiendo prácticamente sin descanso, el gusano comienza a construir el capullo que lo protegerá durante su transformación. Lo extraordinario es que ese pequeño capullo está formado por un único filamento que puede alcanzar una longitud enorme. Para obtenerlo, los capullos se introducen en agua caliente, que ablanda la sustancia natural que mantiene unido el hilo. Después se localiza el extremo del filamento y se va desenrollando con muchísimo cuidado. Como cada hilo es extremadamente fino, es necesario unir varios para conseguir una hebra suficientemente resistente.
Hasta que lo vimos, yo tampoco había pensado demasiado en todo el trabajo que hay detrás de un pañuelo, una blusa o un edredón de seda. Contemplar cómo se separan los filamentos del capullo y se combinan para formar un hilo cambia por completo nuestra manera de mirar este tejido. Deja de ser simplemente algo suave y bonito para convertirse en el resultado de un proceso larguísimo que combina naturaleza, paciencia y una enorme habilidad artesanal.
La mejor manera de comenzar esta experiencia es visitar el Museo de la Seda de Suzhou, conocido en chino como Suzhou Sichou Bowuguan. Fue inaugurado en 1991 y está considerado el primer museo de China dedicado específicamente a la seda. Se encuentra en el número 2001 de Renmin Road, muy cerca de la pagoda Beisi, por lo que resulta sencillo incluirlo en un recorrido por el casco antiguo.
El museo explica todo el proceso, desde el cultivo de las moreras y la cría de los gusanos hasta el hilado, el teñido, el tejido y la confección de las prendas. No es necesario ser una apasionada de la moda o de los tejidos para disfrutarlo. La visita resulta interesante porque permite comprender cómo una actividad aparentemente doméstica llegó a convertirse en una de las industrias más importantes de China.

En las distintas salas se pueden ver capullos, herramientas, telares, fragmentos de tejidos antiguos y reproducciones de prendas utilizadas en varias épocas. También se explica la evolución de la industria durante las dinastías imperiales y su transformación en los siglos XIX y XX. Algunas exposiciones muestran cómo trabajaban las familias dedicadas a la sericultura, el nombre que recibe la cría de los gusanos de seda. Una de las partes que más llama la atención es la dedicada a los telares tradicionales. Su estructura parece muy complicada, especialmente cuando se utilizaban para crear brocados decorados con dibujos. Los artesanos debían coordinar los movimientos de manos y pies, controlar la tensión de los hilos y seguir cuidadosamente el diseño. Un error podía arruinar horas de trabajo.
El museo cuenta con varias áreas dedicadas a la historia de la seda, los métodos de producción, la maquinaria de tejido, las prendas de la época republicana y las técnicas reconocidas como patrimonio cultural inmaterial. También desarrolla labores de conservación de tejidos antiguos y de recuperación de técnicas como el brocado songjin y el terciopelo estampado zhangduan. La entrada general es gratuita.
El museo proporciona la parte histórica y cultural pero para ver el proceso de una manera más directa se puede acudir a la Fábrica de Seda Número 1 de Suzhou, situada en el número 94 de Nanmen Road. Fue fundada en 1926 y combina espacios de producción, demostraciones y una enorme zona comercial. Las visitas permiten observar la selección de los capullos, el devanado del hilo y la fabricación de diferentes artículos. Aquí resulta especialmente curioso el proceso de elaboración de los edredones de seda. Para confeccionarlos se utilizan capullos que contienen dos crisálidas y cuyos filamentos no pueden desenrollarse con facilidad. Después de vaciarlos y limpiarlos, la fibra se estira manualmente hasta formar capas muy finas. Varias trabajadoras tiran de ellas desde las esquinas y las superponen una sobre otra hasta conseguir el grosor deseado. El resultado es un relleno ligero, suave y bastante cálido. La seda ayuda a conservar el calor sin producir la misma sensación de peso que otros materiales, de ahí que estos edredones se hayan convertido en uno de los productos más vendidos en las fábricas turísticas. Ver cómo una pequeña masa de fibra termina extendida hasta alcanzar el tamaño de una cama es probablemente una de las demostraciones más entretenidas.
Ahora bien, hay que ir sabiendo que estas visitas suelen terminar en una gran tienda. En muchos circuitos organizados, la supuesta fábrica de seda es en realidad una demostración breve seguida de bastante tiempo intentando vender edredones, almohadas, pañuelos, ropa y cosméticos. No significa que todo sea falso ni que los productos sean malos pero conviene distinguir entre una visita cultural y una presentación comercial. Si no queremos comprar, no debemos sentirnos obligados. Podemos observar la demostración, escuchar las explicaciones y abandonar la tienda con educación. Si nos interesa algún artículo, conviene comparar precios y preguntar exactamente qué estamos adquiriendo. No es lo mismo la seda pura que una mezcla con poliéster, viscosa u otras fibras.
Para comprobar un tejido hay que mirar la etiqueta, tocarlo y examinar cómo refleja la luz. La seda natural no suele tener un brillo uniforme y artificial, sino reflejos que cambian ligeramente según la dirección desde la que se observe. También se arruga con más facilidad que muchos tejidos sintéticos y ofrece una sensación fresca al principio, aunque después se adapta rápidamente a la temperatura de la piel.
En algunos comercios realizan la prueba del fuego, quemando una pequeña hebra. La seda natural desprende un olor parecido al del cabello quemado y deja una ceniza que se deshace al tocarla, mientras que las fibras sintéticas se derriten y forman una pequeña bola dura. Naturalmente, no debemos intentar hacerlo por nuestra cuenta dentro de una tienda. Lo más seguro es comprar en establecimientos reconocidos, exigir la composición por escrito y desconfiar de las supuestas gangas. Un pañuelo de seda auténtica no puede costar lo mismo que uno de poliéster vendido en un mercado. En las calles turísticas encontraremos artículos anunciados como «silk» a precios muy bajos, pero muchas veces son mezclas o tejidos sintéticos de tacto sedoso. Si lo único que buscamos es un recuerdo bonito, pueden cumplir su función pero no deberían cobrárnoslos como seda natural.
La experiencia se puede completar descubriendo el bordado de Suzhou, conocido como Su embroidery o Suxiu. Está considerado uno de los cuatro grandes estilos tradicionales de bordado de China y destaca por la delicadeza de las puntadas, la combinación de colores y el extraordinario realismo de sus imágenes. Los motivos más habituales son flores, aves, gatos, peces, paisajes y escenas inspiradas en la pintura china. Algunas obras son tan detalladas que parecen cuadros pintados. Las artesanas pueden dividir un hilo de seda en filamentos casi invisibles para crear sombras, reflejos y pequeñas variaciones de color. Los animales parecen tener pelo de verdad y en los peces se aprecia incluso el brillo de las escamas. Una pieza compleja puede necesitar meses o años de trabajo.
Para conocer esta tradición se puede visitar el Instituto de Investigación del Bordado de Suzhou o buscar uno de los talleres culturales que organizan demostraciones. Algunas experiencias permiten aprender unas puntadas básicas y realizar una pieza sencilla. No vamos a convertirnos en maestras bordadoras en una hora, pero sí comprenderemos la precisión que exige la técnica.
Conocer la seda ayuda además a entender mejor los jardines de la ciudad. Muchos pertenecieron a funcionarios y comerciantes enriquecidos directa o indirectamente gracias a esta industria. Detrás de aquellos pabellones, estanques y rocas cuidadosamente colocadas había una economía próspera sostenida por telares, talleres y familias enteras dedicadas a la cría de gusanos. La seda no es únicamente un recuerdo que podemos llevarnos en la maleta. Forma parte de la identidad de Suzhou y de la propia historia de China. Durante siglos fue uno de los productos más deseados del mundo, recorrió enormes distancias y dio nombre a una red de rutas comerciales que conectó Asia con Europa. Sin embargo, su origen sigue estando en algo diminuto y aparentemente insignificante: un gusano que se alimenta de hojas de morera y se encierra dentro de un capullo.
El bambú en China
En los jardines de Suzhou el bambú aparece casi siempre de manera discreta. No intenta competir con los pabellones, los estanques o las espectaculares rocas del lago Taihu, pero está ahí, creciendo junto a un muro blanco, asomándose sobre un tejado o formando una pequeña arboleda que filtra la luz. A primera vista podría parecer simplemente un elemento decorativo pero en China el bambú es muchísimo más que eso. Forma parte de la historia, el arte, la gastronomía y la vida cotidiana del país, además de esconder un profundo significado simbólico.
Nosotros encontramos algunos de los rincones más bonitos con bambú precisamente en los jardines de Suzhou. En la fotografía se puede ver cómo las largas cañas verdes se elevan entre las rocas, mientras el sol intenta abrirse paso entre las hojas. Abajo, una pequeña valla construida también con bambú delimita el sendero. Todo parece colocado de forma natural pero en los jardines chinos nada es completamente casual. La posición de cada planta, cada piedra y cada abertura en el muro ha sido pensada para crear una imagen concreta.
El bambú no es técnicamente un árbol, aunque algunas especies pueden alcanzar una altura considerable. Pertenece a la familia de las gramíneas, como el trigo, el arroz o la hierba, pero desarrolla tallos duros y leñosos que pueden crecer con una rapidez sorprendente. En China existen centenares de variedades adaptadas a climas y paisajes muy diferentes. Algunas forman inmensos bosques; otras son pequeñas y se cultivan en jardines o macetas.

En Suzhou aparece unido a la tradición de los jardines privados construidos por funcionarios, comerciantes, artistas y eruditos. Estos jardines trataban de reproducir paisajes naturales en miniatura. Dentro de este pequeño universo, el bambú aportaba movimiento, sonido, sombra y color. También permitía crear una separación visual sin levantar un muro, escondiendo parcialmente un pabellón o haciendo que un sendero pareciera más misterioso.
Cuando sopla el viento, las hojas chocan entre sí y producen un murmullo suave. Ese sonido era muy apreciado en los jardines chinos, igual que el de la lluvia cayendo sobre las hojas de loto o el agua recorriendo un pequeño canal. El jardín no se diseñaba únicamente para ser contemplado: también debía escucharse, olerse y recorrerse despacio. Era una experiencia pensada para todos los sentidos.
El bambú, además, permanece verde durante buena parte del año. Por eso, incluso cuando visitamos Suzhou en invierno y muchos árboles habían perdido sus hojas, los grupos de bambú continuaban aportando color a los jardines. Esa mezcla entre las cañas verdes, las ramas desnudas, las rocas grises y los muros blancos resultaba especialmente bonita. El invierno dejaba el paisaje más despejado y permitía apreciar mejor las diferentes formas.
Uno de los jardines donde el bambú tuvo mayor importancia fue el Jardín del Bosque de los Leones. Las crónicas antiguas hablan de miles de plantas de bambú creciendo entre sus famosas rocas. De hecho, el nombre de “bosque” no se refería solamente al laberinto de piedra, sino también a esa vegetación que envolvía el recinto. El conjunto original, construido durante la dinastía Yuan y vinculado a un monasterio budista, combinaba las cañas verticales con las formas retorcidas de las rocas que recordaban a leones. Todavía hoy esa mezcla de bambú y piedra es una de las imágenes más características del jardín.
Pero la presencia del bambú en estos jardines no responde únicamente a razones estéticas. En la cultura china representa la fortaleza, la humildad, la honestidad y la capacidad para adaptarse a las dificultades. Su tallo es recto pero al mismo tiempo flexible. Cuando llega una tormenta puede doblarse sin romperse y, una vez pasado el viento, recupera su posición. Esa resistencia convirtió al bambú en una metáfora de las personas capaces de soportar los malos momentos sin perder su esencia. Su interior hueco también posee un significado especial. Se relaciona con la modestia y con la mente abierta, con esa idea de dejar espacio para seguir aprendiendo. Los nudos que dividen el tallo simbolizan, por su parte, la firmeza de carácter y los principios morales. Todo ello convirtió al bambú en una de las plantas favoritas de los eruditos y funcionarios chinos, que lo cultivaban en sus residencias y lo representaban en pinturas, poemas y caligrafías. Junto con la flor del ciruelo, la orquídea y el crisantemo, el bambú forma parte de los llamados Cuatro Caballeros o Cuatro Nobles de la tradición artística china. Cada planta se asocia con una estación del año y con determinadas virtudes.
Durante siglos, pintar bambú fue considerado un ejercicio muy cercano a la caligrafía. Los tallos se trazaban con líneas firmes y verticales, mientras las hojas se realizaban mediante pinceladas rápidas. No se trataba simplemente de copiar una planta, sino de transmitir su energía y su carácter. Un artista podía expresar su estado de ánimo modificando la inclinación del tallo, la densidad de las hojas o la fuerza del trazo. Muchos intelectuales chinos se identificaron con el bambú porque lo consideraban la representación del hombre honrado que se mantiene recto pero sabe inclinarse cuando las circunstancias lo exigen. También era frecuente que los poetas se retiraran a un jardín rodeado de bambú para escribir, meditar o alejarse de las intrigas políticas. Tenerlo cerca era casi una declaración de principios.
Más allá de toda esta simbología, el bambú ha sido uno de los materiales más útiles de la historia china. Antes de la generalización del papel, muchos textos se escribían sobre estrechas tablillas de bambú unidas mediante cuerdas. Aquellos libros eran bastante menos manejables que los actuales, pero permitieron conservar leyes, relatos, documentos administrativos y obras filosóficas. Con bambú se han fabricado viviendas, cercas, cestas, persianas, abanicos, muebles, sombreros, utensilios de cocina, palillos, instrumentos musicales, cañas de pescar y conducciones de agua. Sus tallos son ligeros, resistentes y relativamente fáciles de trabajar. Incluso las ramas más pequeñas podían aprovecharse como combustible o para elaborar herramientas domésticas. Prácticamente no se desperdiciaba nada.
El bambú también se come. Los brotes tiernos aparecen en numerosos platos chinos, especialmente en las regiones del sur. Se recolectan antes de que el tallo se endurezca y suelen cocinarse salteados, guisados o acompañando carne, setas y verduras. En la gastronomía de Jiangnan, la región cultural a la que pertenece Suzhou, se aprecia mucho el sabor fresco y delicado de los productos de temporada, y los brotes de bambú forman parte de bastantes recetas tradicionales.
Otro de los grandes protagonistas asociados al bambú es, por supuesto, el panda gigante. Su dieta se basa casi por completo en diferentes especies de esta planta, aunque su sistema digestivo se parece más al de un carnívoro que al de un herbívoro. Como el bambú aporta relativamente poca energía, los pandas necesitan pasar buena parte del día comiendo. La asociación entre ambos es tan fuerte que cuesta contemplar un bosque de bambú en China sin pensar inmediatamente en ellos, aunque en los jardines de Suzhou, evidentemente, no vayamos a encontrarlos paseando entre los pabellones.
Guanqian Street, la calle comercial más famosa de Suzhou
La fotografía está tomada en la entrada de Guanqian Street, una de las calles comerciales más populares y concurridas de Suzhou. El arco de piedra y la estructura decorativa que aparece delante no son monumentos antiguos, aunque su diseño trate de recordarnos a la Suzhou histórica. Son elementos modernos que señalan la entrada a la zona comercial y ayudan a crear una continuidad estética entre las tiendas actuales y el casco antiguo.
Por un lado, estamos en una calle con siglos de historia, vinculada a uno de los templos taoístas más antiguos de la ciudad. Por otro, nos encontramos rodeados de escaparates de lujo, luces, cadenas modernas y enormes centros comerciales. Guanqian Street no es una calle histórica conservada como un museo, sino un espacio comercial vivo que ha ido cambiando con Suzhou.

Su nombre significa literalmente “la calle situada delante del guan”. La palabra guan se utiliza para designar un templo taoísta y, en este caso, hace referencia al Templo Xuanmiao, situado en pleno centro de la zona peatonal. Por tanto, Guanqian Street podría traducirse como “la calle de delante del templo”. Un nombre sencillo y descriptivo que terminó convirtiéndose en el de todo el distrito comercial.
La calle principal tiene una longitud aproximada de 780 metros y atraviesa el centro del casco antiguo desde Renmin Road hasta las proximidades de Lindun Road. A su alrededor se extiende una red de callejones comerciales, entre los que destaca Taijian Lane, conocida por sus restaurantes. Aunque el recorrido no es demasiado largo, es fácil pasar varias horas entrando en tiendas, observando los escaparates o probando especialidades locales.

Nosotros llegamos a Guanqian Street después de visitar la parte más monumental de Suzhou y el cambio de ambiente fue bastante radical. Dejamos atrás los jardines, los estanques y las rocas para encontrarnos con una zona llena de luces, escaparates y gente cargada de bolsas. No es la imagen romántica que normalmente asociamos con Suzhou pero también forma parte de la ciudad. Guanqian Street es peatonal en buena parte de su recorrido, lo que permite pasear con mayor tranquilidad. Aun así, como ocurre en casi toda China, conviene estar pendiente de las bicicletas eléctricas, los vehículos de reparto y las pequeñas motos que pueden aparecer incluso en los espacios aparentemente reservados a los peatones.
Uno de sus mayores atractivos es la mezcla de comercios. Hay marcas internacionales, grandes almacenes y tiendas de cosmética pero también establecimientos especializados en té, seda, dulces tradicionales y productos de alimentación. Algunos negocios lucen enormes carteles iluminados; otros conservan fachadas de madera y rótulos con caligrafía china. Entre las tiendas históricas más conocidas se encuentra Caizhizhai, famosa por sus dulces, frutas confitadas, caramelos y aperitivos. Es un buen lugar para comprar algún recuerdo gastronómico, aunque identificar los sabores puede convertirse en una pequeña aventura si los envases únicamente tienen información en chino.

Los fines de semana y los periodos festivos puede estar abarrotada. Si se quiere visitar el templo con cierta tranquilidad, resulta preferible llegar por la mañana. Para disfrutar de los comercios y de la iluminación, en cambio, la última hora de la tarde es mucho más atractiva. La estación de metro más práctica para acceder por el extremo occidental es Chayuanchang, de la línea 4. Desde allí se llega andando en pocos minutos. También se puede entrar por el lado oriental desde la zona de Lindun Road, especialmente si antes hemos visitado Pingjiang Road o alguno de los jardines próximos.
Esta escultura de bronce se encuentra en Guanqian Street y lleva por título “Las muchachas campesinas paseando por Guanqian”, una traducción aproximada del nombre chino Dàng Guānqián de Cūngū —荡观前的村姑—. No representa a personajes históricos concretos, sino una escena cotidiana de la antigua Suzhou: dos jóvenes procedentes del campo que han acudido a la calle comercial acompañadas por una niña.

Para los habitantes de Suzhou y de los pueblos cercanos, visitar esta calle significaba entrar en el corazón comercial de la ciudad, curiosear los escaparates, acudir al templo, comer algo y disfrutar del ambiente. Guanqian Street atraía desde hacía mucho tiempo a campesinos, comerciantes y vecinos llegados de los alrededores. Aquí se vendían tejidos, dulces, té, medicinas, objetos domésticos y alimentos. Quienes llegaban desde las aldeas podían aprovechar la visita para entrar en el Templo Xuanmiao, hacer alguna ofrenda y comprar productos que no se encontraban fácilmente fuera de la ciudad.
La obra pretende recuperar aquel ambiente de mercado y recordar cómo era una jornada de compras antes de la aparición de los centros comerciales, las marcas internacionales y los pagos mediante códigos QR. En aquella época se caminaba hasta la ciudad cargando cestas y las compras se convertían casi en una excursión. La calle era un espacio de intercambio económico pero también un lugar para enterarse de las noticias, encontrarse con conocidos y contemplar las novedades llegadas de otros lugares.
Zhuangyuan, Bangyan y Tanhua
En una de las tiendas de Guanqian Street nos encontramos con estas tres figuras vestidas como antiguos funcionarios chinos. A simple vista parecen personajes de una representación teatral pero las tablillas negras que sujetan entre las manos explican quiénes son. Representan a los tres estudiantes que conseguían las mejores calificaciones en la última fase de los antiguos exámenes imperiales: el Zhuangyuan, el Bangyan y el Tanhua.
La figura vestida de rojo lleva escrita la palabra 状元, Zhuangyuan, el título concedido al candidato que obtenía el primer puesto. El personaje azul representa al 榜眼, Bangyan, el segundo clasificado, mientras que el hombre de verde es el 探花, Tanhua, quien alcanzaba el tercer lugar. Juntos eran conocidos como los Tres Dingjia, algo así como los tres grandes vencedores de la clasificación imperial.

Sin embargo, detrás de una decoración que puede parecer un poco teatral se esconde una parte fundamental de la historia de China. Durante más de mil años, los exámenes imperiales fueron uno de los principales caminos para acceder a la administración del Estado. Superarlos permitía entrar al servicio del emperador, mejorar la posición social de toda la familia y alcanzar un prestigio que podía mantenerse durante generaciones.
El sistema comenzó a desarrollarse entre las dinastías Sui y Tang, se consolidó durante la dinastía Song y alcanzó su forma más compleja bajo los Ming y los Qing. Los candidatos debían demostrar un profundo conocimiento de los clásicos confucianos, la historia, la literatura, la poesía, la administración y las normas de comportamiento que se esperaban de un buen funcionario. Prepararse podía ocupar buena parte de la vida. Los niños de las familias que podían permitírselo empezaban a estudiar los textos clásicos desde muy pequeños, memorizando miles de caracteres y aprendiendo a redactar siguiendo unas estructuras extremadamente rígidas. No bastaba con saber leer y escribir. Había que dominar las citas, interpretar las ideas de Confucio y componer textos capaces de impresionar a examinadores que llevaban décadas estudiando las mismas obras.
El proceso incluía varias pruebas celebradas a escala local, provincial y nacional. Quienes iban superando las diferentes fases obtenían títulos que ya proporcionaban cierto reconocimiento. Los mejores llegaban hasta el examen metropolitano de la capital y, finalmente, hasta el examen de palacio, la última y más prestigiosa prueba. Los candidatos que aprobaban esta fase recibían el título de jinshi y quedaban divididos en diferentes categorías. En la primera categoría únicamente había tres nombres: Zhuangyuan, Bangyan y Tanhua. Eran los tres estudiantes más brillantes de toda la convocatoria, seleccionados entre personas que ya habían logrado superar una competición extraordinariamente difícil.
El templo Hanshan
Al oeste del casco histórico de Suzhou, junto al Gran Canal y muy cerca del puente Fengqiao, se encuentra uno de los templos budistas más conocidos de China. Se trata del templo Hanshan, cuyo nombre suele traducirse como «Templo de la Montaña Fría», aunque no hay que imaginarlo perdido en una montaña ni rodeado de cumbres. Es uno de los que guarda una relación más estrecha con la poesía, la literatura y la memoria colectiva del país.
El templo Hanshan fue construido durante la dinastía Liang, entre los años 502 y 519, y originalmente recibió el nombre de Miaoli Puming. Siglos después pasó a conocerse como Hanshan en recuerdo del monje y poeta Hanshan, que, según la tradición, vivió aquí durante la dinastía Tang acompañado por otro monje llamado Shide. Ambos terminaron convirtiéndose en figuras muy populares dentro del budismo chino y en símbolos de armonía y amistad. El conjunto ha sido destruido, incendiado y reconstruido varias veces a lo largo de su historia, por lo que la mayor parte de los edificios que contemplamos actualmente pertenece a restauraciones relativamente recientes, especialmente de finales de la dinastía Qing. Aun así, el lugar conserva el peso de sus más de 1.400 años de historia.

El poema tiene solamente cuatro versos pero fue suficiente para hacer inmortal al templo. Generaciones de niños chinos lo han aprendido en la escuela y también es muy conocido en Japón y Corea. Por eso, para muchos visitantes asiáticos, conocer Hanshan no significa únicamente entrar en un recinto religioso, sino visitar físicamente uno de los escenarios más famosos de la literatura clásica china. Es como caminar dentro de un poema que lleva más de mil años formando parte de la educación y de la sensibilidad del país.
Yo recomiendo combinar la visita con el cercano puente Fengqiao y con el área histórica situada junto al Gran Canal. Son dos lugares completamente relacionados y visitar solamente el templo dejaría la historia a medias. El puente, las embarcaciones, las antiguas puertas, las casas tradicionales y el agua ayudan a imaginar aquel paisaje nocturno que inspiró a Zhang Ji. Esta zona resulta menos delicada y elegante que los jardines clásicos de Suzhou pero tiene un ambiente más histórico y popular.
Las curiosas mantas de las motos
Una de las imágenes más curiosas que nos encontramos mientras caminábamos por Suzhou fue la de varias motos y bicicletas eléctricas completamente cubiertas por unas enormes mantas acolchadas. Algunas eran de color blanco, otras azules o beige y muchas estaban decoradas con ositos, conejos, nubes y personajes infantiles. A primera vista parecían vehículos que alguien hubiera acostado y arropado cuidadosamente antes de marcharse a dormir. Sin embargo, aquellas mantas no estaban colocadas para proteger las motos mientras permanecían aparcadas. Eran una especie de abrigo instalado sobre el propio vehículo y utilizado por los conductores para protegerse del frío durante sus desplazamientos.
En China se conocen como dǎngfēng bèi, que podría traducirse como manta cortavientos. Son muy habituales en las bicicletas y motos eléctricas durante el invierno, especialmente en las ciudades donde las temperaturas son bajas y la humedad hace que la sensación térmica resulte todavía más desagradable.

Suzhou no suele registrar el frío extremo del norte de China pero durante los meses de diciembre, enero y febrero las temperaturas pueden acercarse a cero. Además, estamos en una ciudad atravesada por canales y rodeada de agua, por lo que la humedad consigue que el frío se meta en el cuerpo con bastante facilidad. Si caminar por las calles ya puede resultar incómodo, imaginemos recorrerlas todos los días sobre una moto eléctrica con el viento golpeándonos las manos, el pecho y las piernas. La solución ha sido vestir a la moto y al conductor al mismo tiempo.
Estas mantas se fijan a la parte delantera del vehículo y forman una barrera acolchada que cubre el manillar, los brazos, el pecho, las piernas y, en algunos modelos, prácticamente todo el cuerpo. El conductor introduce las manos en dos grandes manguitos unidos al manillar y se coloca detrás de la parte central, como si se metiera dentro de un saco de dormir con ruedas. El material exterior suele ser impermeable o resistente al agua, mientras que el interior está forrado con algodón, tejido polar o algún material aislante. De esta manera, la manta protege tanto del viento como de la lluvia ligera y permite conservar una pequeña bolsa de aire caliente alrededor del cuerpo.
Las bicicletas y motos eléctricas son una presencia constante en Suzhou. Circulan por carriles separados, aparecen aparcadas delante de las viviendas y se amontonan junto a las estaciones de metro, los comercios y las entradas de los jardines. Muchas avanzan prácticamente sin hacer ruido, por lo que debemos mirar bien antes de cruzar, incluso cuando pensamos que no se acerca ningún vehículo. En invierno, sus mantas acolchadas añaden otra nota de color al paisaje urbano. Mientras los jardines clásicos nos hablan de la China de los funcionarios, los poetas y las dinastías imperiales, estas motos cubiertas con edredones de ositos representan la China cotidiana, práctica y contemporánea.
Puede que no aparezcan en ninguna lista de monumentos imprescindibles pero son precisamente este tipo de detalles los que me gusta encontrar durante un viaje. Al final, conocer una ciudad no consiste únicamente en visitar sus grandes jardines y fotografiar sus puentes. También consiste en observar cómo se desplaza la gente, cómo se protege del frío y qué soluciones inventa para hacer más llevadera la vida diaria. Y en Suzhou descubrimos que, cuando llega el invierno, no solo se abrigan las personas. También se abrigan las motos.
La Puerta Changmen
La puerta que aparece en la fotografía de abajo es Changmen, una de las antiguas puertas de acceso a la ciudad amurallada de Suzhou. Se encuentra en la zona noroeste del casco histórico, muy cerca del comienzo de Shantang Street, por lo que es fácil pasar junto a ella cuando nos dirigimos hacia sus canales o regresamos de visitar Tiger Hill. Su imagen resulta especialmente curiosa porque no se ha convertido en un monumento aislado del resto de la ciudad: las motos eléctricas, las bicicletas y los coches continúan pasando bajo sus arcos como si atravesar una puerta con más de dos mil quinientos años de historia fuera la cosa más normal del mundo.

Aunque la construcción que vemos actualmente ha sido reconstruida y restaurada, Changmen ocupa el lugar de una de las entradas originales de la antigua capital del reino de Wu. La muralla de Suzhou comenzó a levantarse alrededor del año 514 a. C., durante el reinado de Helü, uno de los gobernantes más importantes del reino de Wu. La tradición atribuye el diseño de la ciudad a Wu Zixu, consejero real, estratega y una de las grandes figuras de la historia local.
Según los antiguos registros, Suzhou estaba protegida por ocho puertas terrestres y ocho puertas acuáticas relacionadas simbólicamente con los ocho vientos y los ocho trigramas. Esta combinación de tierra y agua tenía mucho sentido en una ciudad atravesada por canales y situada en una región donde las embarcaciones eran tan importantes como los caminos. Las murallas no solo debían impedir la entrada de ejércitos enemigos, sino también controlar el paso de mercancías, viajeros y barcos.
Changmen era una de las principales puertas occidentales de la ciudad. Su nombre suele interpretarse como «Puerta del Cielo» o «Puerta de la Prosperidad Celestial», aunque las traducciones pueden variar. En cualquier caso, el nombre transmitía una idea de protección y buenos augurios para el reino de Wu. También recibió el nombre de Pochumen, la «Puerta para derrotar a Chu», porque, según la tradición, por aquí salieron los ejércitos de Wu cuando emprendieron su campaña contra el poderoso reino de Chu.
La historia de Suzhou está llena de batallas, alianzas y traiciones que quedan un poco ocultas detrás de la imagen elegante de sus jardines. Antes de convertirse en la ciudad refinada de los comerciantes de seda, los funcionarios, los poetas y los artistas, Suzhou fue una capital militar. Desde sus puertas salieron tropas y por sus canales llegaron soldados, alimentos y armas. Changmen era, por tanto, un punto estratégico, pero con el paso de los siglos acabaría adquiriendo una función muy diferente.
La puerta comunicaba la ciudad con Tiger Hill y con las rutas comerciales que continuaban hacia el norte. Cuando se construyó el canal de Shantang durante la dinastía Tang, este sector de Suzhou comenzó a experimentar un desarrollo extraordinario. El canal facilitaba el transporte de mercancías y permitía viajar desde la ciudad hasta Tiger Hill, de modo que los alrededores de Changmen se fueron llenando de muelles, almacenes, talleres, mercados, restaurantes y casas de comerciantes.
La riqueza de este barrio fue tan conocida que aparece mencionada en Sueño en el pabellón rojo, una de las cuatro grandes novelas clásicas de la literatura china. Su autor, Cao Xueqin, describió Changmen como uno de los lugares más prósperos y refinados del mundo terrenal. No cuesta demasiado imaginar aquel ambiente cuando caminamos por las cercanas calles de Shantang, aunque ahora los antiguos comerciantes hayan sido sustituidos por turistas, cafeterías, tiendas de recuerdos y puestos de comida.
El tráfico en Suzhou (y en China en general)
Una de las primeras cosas que llaman la atención al llegar a China es el tráfico. No porque las carreteras sean necesariamente más caóticas que en otros países asiáticos, sino porque en ellas conviven coches, autobuses, bicicletas, motocicletas eléctricas, pequeños vehículos de reparto y peatones siguiendo una especie de coreografía que, al principio, resulta difícil de comprender. Desde fuera parece que cada uno va por donde quiere pero después de varios días uno empieza a descubrir que existe cierto orden, aunque no siempre coincida con el que conocemos en Europa.
Suzhou no tiene el tráfico descomunal de Pekín o Shanghái pero tampoco debemos imaginar una pequeña ciudad de canales detenida en el tiempo. Más allá de los jardines, las callejuelas y las casas blancas del casco antiguo, Suzhou es una enorme ciudad moderna, con grandes avenidas, barrios residenciales, zonas industriales, centros comerciales y millones de habitantes. Los atascos forman parte de la vida cotidiana, especialmente durante las horas de entrada y salida del trabajo.
En China se conduce por la derecha, igual que en España, y sobre el papel existen semáforos, pasos de peatones, carriles reservados y normas bastante parecidas a las nuestras. El problema para el viajero no suele ser comprender las señales, sino interpretar lo que está ocurriendo a su alrededor. Tener el semáforo peatonal en verde no significa que podamos cruzar sin mirar. Los coches que giran, las bicicletas y, sobre todo, las motocicletas eléctricas pueden seguir circulando.
No quiero decir con esto que cruzar una calle en Suzhou sea una actividad de riesgo extremo. Simplemente hay que prestar más atención de la que prestaríamos en casa. Lo mejor es esperar junto a otros peatones y cruzar con ellos, sin salir corriendo ni hacer movimientos inesperados. Cuando un grupo de chinos comienza a avanzar, nosotros nos unimos a la pequeña expedición. Puede parecer una tontería pero durante los primeros días resulta mucho más sencillo seguir el ritmo de la gente local.
Las verdaderas protagonistas del tráfico urbano son las motocicletas y bicicletas eléctricas. Aparecen por todas partes, ocupan carriles específicos, se cuelan entre los coches y, en ocasiones, circulan por zonas peatonales. Como apenas hacen ruido, pueden acercarse sin que nos demos cuenta. Uno mira hacia la izquierda, comprueba que no viene ningún coche y, de repente, descubre una moto pasando a pocos centímetros por el otro lado. Mi consejo es mirar siempre en ambas direcciones, incluso en una calle de sentido único y aunque el semáforo esté en verde.
En algunas motocicletas viaja una familia entera. Vemos al padre o a la madre conduciendo, un niño colocado delante y otro pasajero sentado detrás. También las utilizan los repartidores, que recorren las ciudades llevando comida y paquetes a una velocidad considerable. Las aplicaciones de reparto forman parte de la vida diaria china y eso se traduce en miles de conductores entrando y saliendo de calles, urbanizaciones y restaurantes.
El casco antiguo plantea sus propios problemas. Muchas calles fueron diseñadas cuando los principales medios de transporte eran caminar, montar a caballo o desplazarse en barca por los canales. Hoy deben soportar taxis, coches particulares, motos, bicicletas y miles de visitantes. En lugares como Pingjiang Road o Shantang Street, el espacio resulta limitado y durante los fines de semana puede haber bastante gente.
En las calles peatonales tampoco conviene bajar completamente la guardia. Que una zona parezca reservada para caminar no significa que no pueda aparecer una bicicleta, una moto de reparto o un pequeño vehículo de servicio. Lo mejor es no caminar ocupando toda la calle y prestar atención antes de cambiar repentinamente de dirección, sobre todo si estamos entretenidos haciendo fotografías.
Al principio puede impresionar, pero no debería impedirnos disfrutar de la ciudad. Solo hay que tomarse unos segundos más antes de cruzar, guardar el móvil mientras atravesamos la carretera y recordar que una moto eléctrica puede aparecer sin avisar. En China, aprender a moverse entre el tráfico forma parte del viaje casi tanto como visitar un templo, probar un plato nuevo o perderse por un jardín.
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