En el archipiélago de Hawaii, donde las playas de arena dorada y volcanes gigantescos dibujan postales de ensueño, hay un rincón que pocos han pisado y muchos han imaginado: Niʻihau, la isla prohibida. Un lugar envuelto en secretos, leyendas y restricciones férreas que lo convierten en una rareza en pleno siglo XXI. Sin carreteras pavimentadas, sin hoteles lujosos y con un acceso casi imposible para los forasteros, Niʻihau es más que una simple isla: es una cápsula del tiempo donde la vida sigue un ritmo propio, alejado del bullicio moderno. ¿Qué es lo que la hace tan especial? ¿Por qué es inaccesible para la mayoría? Y, sobre todo, ¿cómo ha logrado mantenerse al margen del mundo exterior durante más de 150 años?
Comencemos con la leyenda (y veamos qué tiene que ver con la realidad). Según la tradición oral hawaiana, los menehune eran una raza de seres diminutos, expertos en construcción e ingeniería. Se dice que vivían en los bosques profundos y escondidos en valles casi inaccesibles, lejos de la vista de los humanos. Eran nocturnos y por ello acostumbraban a trabajar de noche, yéndose a dormir cuando llegaban los primeros rayos del sol. Si alguien los veía, abandonaban sus obras y jamás las terminaban.
Las historias cuentan que los menehune podían construir en una sola noche templos (heiau), estanques de peces y canales de irrigación con una precisión que desafiaba las habilidades de cualquier constructor humano. Su fuerza y destreza no tenían comparación y sus edificaciones, muchas de ellas aún visibles en Hawaii, son prueba de su asombroso talento.
Pruebas arqueológicas: ¿existieron los Menehune?
Aunque oficialmente se les considera seres mitológicos, algunos historiadores creen que los menehune podrían haber sido una tribu real, los primeros habitantes de Hawaii. Se teoriza con que se tratara de un grupo de polinesios que llegaron antes de la gran oleada migratoria tahitiana y que con el tiempofueron desplazados por estos últimos. Así, los menehune serían los descendientes de una civilización más antigua, marginados hasta convertirse en una leyenda.
El mayor indicio de su posible existencia es el estanque de peces de Alekoko, en Kauai, también conocido como el Menehune Fishpond (los estanques, que forman una presa en el río Huleia, se usaban para atrapar peces, principalmente salmonetes y sábalos, para alimentar a los ali’i, la realeza hawaiana) Esta estructura de piedra, de casi 900 metros de largo, fue construida con un nivel de sofisticación que dejó perplejos a los arqueólogos. La leyenda cuenta que los menehune lo levantaron en una sola noche, pasando las piedras de mano en mano en una cadena perfectamente organizada desde una cantera situada a varios kilómetros de distancia.
Los polinesios llegan a Niʻihau
La realidad histórica es que antes de que los europeos pusieran un pie en Hawaii, Niʻihau ya era hogar de una comunidad polinesia que vivía en perfecta armonía con la naturaleza. Se cree que los primeros pobladores llegaron entre los años 1000 y 1200, en grandes canoas desde las Islas Marquesas y Tahití. Traían consigo su conocimiento de la navegación, la agricultura y la pesca y pronto establecieron aldeas autosuficientes.
El clima árido de Niʻihau, con escasas fuentes de agua dulce, hizo que sus habitantes desarrollaran técnicas ingeniosas para sobrevivir. Aprovechaban cada gota de lluvia y dependían del océano para gran parte de su sustento. Cultivaban taro, camote y otros vegetales en terrenos volcánicos poco fértiles y su dieta se complementaba con peces y mariscos.
Durante siglos, Niʻihau fue gobernada por jefes (ali‘i), quienes seguían el estricto sistema de clases sociales de Hawaii. La isla era parte del reino hawaiano y, como en el resto del archipiélago, la vida giraba en torno a las tradiciones, la religión y la veneración de los dioses ancestrales.
1778: El encuentro con el capitán James Cook
La tranquilidad de Niʻihau cambió abruptamente en 1778, cuando el famoso explorador británico James Cook llegó a Hawaii en su tercer viaje por el Pacífico. Fue la primera vez que los europeos pusieron pie en el archipiélago y Niʻihau fue una de las islas que visitaron.
Los habitantes de Niʻihau, al ver los barcos de Cook, quedaron asombrados por aquellas enormes estructuras flotantes. En un primer momento los recibieron con curiosidad y hospitalidad, ofreciéndoles agua y alimentos. Sin embargo, el contacto con los europeos trajo consigo enfermedades desconocidas para los hawaianos, que carecían de inmunidad contra ellas. Este primer encuentro fue solo el inicio de una serie de cambios drásticos que afectarían a toda la población hawaiana en las décadas siguientes.
Niʻihau bajo el Reino de Hawaii
En el siglo XIX, Hawaii experimentó profundas transformaciones. Bajo el reinado de Kamehameha I, quien unificó el archipiélago en 1810, Niʻihau pasó a formar parte del Reino de Hawaii. Aunque la isla seguía habitada por sus nativos, su destino daría un giro inesperado en 1864, cuando la familia Sinclair la compró al rey Kamehameha V.
Foto: Auckland War Memorial Museum
1864: La compra de Niʻihau por los Sinclair
En lo que hoy parecería una transacción imposible, la isla de Niʻihau fue vendida por el rey Kamehameha V a la escocesa Elizabeth Sinclair por la suma de 10,000 dólares en oro. La familia Sinclair, dedicada a la cría de ganado y ovejas, buscaba un nuevo hogar tras emigrar desde Nueva Zelanda.
El acuerdo tenía una condición especial: los Sinclair debían proteger a los nativos hawaianos que vivían en la isla y garantizar que su forma de vida tradicional no fuera alterada. La familia cumplió su palabra y durante generaciones Niʻihau permaneció casi intacta, sin carreteras, sin electricidad y sin influencia externa. Con el paso de los año, la isla se convirtió en un enorme rancho de ganado y ovejas, con los nativos trabajando la tierra y manteniendo vivas sus costumbres. A diferencia del resto de Hawaii, donde la modernización avanzaba rápidamente, Niʻihau se mantuvo como una cápsula del tiempo, casi congelada en el siglo XIX.
Finales del siglo XIX: la llegada de los misioneros y la lengua hawaiana
Aunque Niʻihau estaba aislada, no se libró de la influencia religiosa que se extendió por Hawaii. A finales del siglo XIX, llegaron misioneros que pretendían imponer el cristianismo el cristianismo a la población local. Sin embargo, a diferencia de otras partes del archipiélago, donde el idioma hawaiano fue reemplazado por el inglés, en Niʻihau se siguió hablando exclusivamente hawaiano. Este detalle es crucial: hoy en día Niʻihau es el único lugar donde el hawaiano sigue siendo el idioma principal, mientras que en el resto del archipiélago ha sido relegado por el inglés.
Niʻihau en el siglo XX: resistiendo al mundo moderno
Con la llegada del siglo XX, el mundo cambió a un ritmo acelerado. Hawaii se convirtió en un importante punto estratégico para Estados Unidos y en 1898 fue anexado oficialmente por el país. Niʻihau, sin embargo, permaneció bajo el control de la familia Sinclair y sus descendientes, ahora conocidos como la familia Robinson.
A pesar de la influencia estadounidense en el resto de Hawái, Niʻihau siguió siendo una isla privada y cerrada al turismo. Su población continuó viviendo de la ganadería, la pesca y las antiguas costumbres, manteniéndose ajena a los avances tecnológicos que transformaban el mundo exterior.
El “Incidente de Niʻihau”
El hecho más famoso de Niʻihau en el siglo XX ocurrió el 7 de diciembre de 1941, el mismo día del ataque japonés a Pearl Harbor. Lo que sucedió después parece sacado de una película de espías.
Uno de los pilotos japoneses que participó en el ataque, Shigenori Nishikaichi, sufrió daños en su avión y tuvo que hacer un aterrizaje forzoso en Niʻihau. En ese momento, los habitantes de la isla no tenían idea de lo que había sucedido en Pearl Harbor, ya que no tenían radios ni contacto regular con el mundo exterior. Cuando Nishikaichi aterrizó, fue recibido por los locales con hospitalidad, siguiendo la costumbre hawaiana de tratar bien a los forasteros. Sin embargo, cuando un residente de origen japonés que vivía en Niʻihau se enteró del ataque a Pearl Harbor, ayudó al piloto a escapar y recuperar su arma. Esto llevó a un enfrentamiento con los nativos hawaianos de la isla.
Finalmente, un grupo de hawaianos logró someter al piloto japonés pero no sin consecuencias. Este evento, conocido como el Incidente de Niʻihau, convenció al gobierno de EE. UU. de que algunos estadounidenses de ascendencia japonesa podrían ser leales a Japón, lo que influyó en la decisión de internar a miles de ciudadanos japoneses en campos de concentración durante la guerra.
Niʻihau, sin quererlo, se convirtió en un punto clave en la paranoia bélica de Estados Unidos.
Niʻihau tras la guerra: el regreso al aislamiento
Después de la Segunda Guerra Mundial, mientras el resto de Hawaii se desarrollaba rápidamente y se convertía en un destino turístico de fama mundial, Niʻihau siguió su propio camino. Los descendientes de la familia Sinclair, los Robinson, mantuvieron el control de la isla y reforzaron su política de aislamiento.
Se prohibió la entrada a forasteros sin invitación especial y la vida en Niʻihau continuó prácticamente como en el siglo XIX: sin carreteras pavimentadas, sin electricidad y sin un contacto significativo con el resto del mundo. Mientras Oahu y Maui se llenaban de rascacielos y hoteles de lujo, Niʻihau seguía dependiendo de la pesca, la ganadería y un sistema de trueque entre sus habitantes. Incluso el dinero era poco utilizado dentro de la comunidad.
Los Robinson justificaban estas restricciones argumentando que su deber era proteger la cultura hawaiana tradicional y el estilo de vida de sus habitantes. Hasta el día de hoy, Niʻihau sigue siendo el único lugar de Hawái donde el hawaiano es el idioma principal, una rareza en un estado donde el inglés se impuso como lengua dominante hace ya años.
Niʻihau y las pandemias: el aislamiento como escudo natural
A lo largo de la historia, las pandemias han cambiado el curso de la Humanidad, afectando a civilizaciones enteras y remodelando sociedades. Sin embargo, en medio del océano Pacífico, la isla de Niʻihau ha sido un caso excepcional. Gracias a su estricto aislamiento, esta pequeña isla ha logrado mantenerse al margen de muchas enfermedades que han azotado al mundo exterior.
Desde la llegada de los europeos a Hawaii en el siglo XVIII, las enfermedades introducidas por los colonizadores devastaron a la población nativa, reduciéndola drásticamente. Pero en Niʻihau la historia ha sido absolutamente distinta.
Las epidemias en Hawái y la protección natural de Niʻihau
Cuando el capitán James Cook llegó a Hawái en 1778, trajo consigo no solo el contacto con el mundo occidental sino también enfermedades para las cuales los hawaianos no tenían inmunidad. En los siglos siguientes, epidemias de viruela, sarampión, tuberculosis, lepra e influenza diezmaron a la población nativa.
Durante el siglo XIX, la viruela fue particularmente devastadora en Hawaii. En 1853 una epidemia de viruela mató a más de 6,000 hawaianos en otras islas. Pero en Niʻihau el impacto fue mínimo gracias a su aislamiento geográfico y al control de acceso que ya ejercía la familia Sinclair, propietaria de la isla desde 1864.
El control de visitantes a Niʻihau ha sido una constante a lo largo de su historia. Cuando había brotes de enfermedades en otras partes de Hawaii, la familia propietaria de la isla prohibía la entrada de forasteros para evitar la introducción de patógenos. Esto resultó ser una estrategia efectiva para mantener a la población sana.
La gripe española de 1918
Uno de los mayores desafíos sanitarios que enfrentó el mundo en el siglo XX fue la gripe española de 1918, que infectó a un tercio de la población mundial y mató a millones de personas. En Hawaii la epidemia golpeó con fuerza pero en Niʻihau no se registraron muertes a causa de la enfermedad.
La familia Robinson, que heredó la isla de los Sinclair, cerró por completo Niʻihau al mundo exterior, prohibiendo la entrada de barcos y limitando el contacto con el resto del archipiélago. Esto evitó que el virus ingresara en la comunidad, protegiendo a sus habitantes.
Niʻihau en la era del COVID-19
Cuando la pandemia de COVID-19 golpeó el mundo en 2020, Niʻihau volvió a utilizar su aislamiento como medida de protección. Mientras Hawaii implementaba confinamientos y restricciones de viaje, Niʻihau cerró completamente sus puertas. La familia Robinson prohibió las visitas a la isla, suspendiendo excursiones turísticas y limitando los viajes de los residentes a otras islas solo para emergencias. Gracias a estas estrictas medidas, Niʻihau se convirtió en uno de los pocos lugares del mundo donde no hubo casos de COVID-19 registrados durante los momentos más críticos de la pandemia.
Sin embargo, esta estrategia también tuvo consecuencias económicas. Al depender en parte de la venta de joyería hecha con conchas (Niʻihau Shell Leis) y de actividades controladas de turismo, el cierre total afectó los ingresos de algunos habitantes. Aun así, la prioridad fue la salud de la comunidad y la isla logró resistir la pandemia sin mayores problemas.
¿Es Niʻihau un modelo de protección ante pandemias?
El caso de Niʻihau plantea una pregunta interesante: en un mundo hiperconectado ¿es posible que comunidades pequeñas y aisladas se protejan de pandemias a través del cierre total? En el caso de esta isla, su éxito ha sido posible debido a su pequeño tamaño y población reducida, lo que facilita el control de entradas y salidas, que sea una propiedad privada con reglas estrictas, que permite cerrar el acceso sin interferencias gubernamentales, y una autosuficiencia parcial, basada en la pesca, la caza y el cultivo de alimentos. Sin embargo, este modelo no es aplicable en grandes ciudades o países con economías interconectadas. Además, plantea desafíos a largo plazo: ¿qué pasará si en el futuro Niʻihau necesita asistencia médica externa para tratar una enfermedad grave?
Por ahora, la historia ha demostrado que Niʻihau ha sabido usar su aislamiento como un escudo protector, logrando mantenerse al margen de algunas de las peores pandemias de la Humanidad. Pero en un mundo donde las enfermedades emergentes pueden surgir en cualquier momento, la pregunta sigue en el aire: ¿cuánto tiempo podrá Niʻihau seguir resistiendo?
Desafíos del aislamiento ¿una utopía o un anacronismo?
Vivir en un paraíso así puede sonar idílico pero Niʻihau no ha estado exenta de dificultades. Al no tener un desarrollo económico como el resto de Hawaii, los residentes se han enfrentado a problemas como la escasez de suministros y el acceso limitado a atención médica. Si alguien enferma gravemente, debe ser transportado en helicóptero hasta Kauai, lo que puede ser un problema en una emergencia.
Otro desafío ha sido la emigración. Muchos jóvenes de Niʻihau han optado por irse a otras islas en busca de mejor educación y mejores oportunidades. Esto ha hecho que la población de la isla disminuya, poniendo en riesgo la preservación de su cultura única.
La llegada del siglo XXI: ¿cómo sigue existiendo una isla “cerrada” en la era de la globalización?
En un mundo hiperconectado, donde cualquier rincón del planeta parece accesible con un clic, Niʻihau sigue siendo un misterio. Los Robinson han permitido algunas visitas limitadas, principalmente tours en helicóptero que apenas tocan la costa de la isla, pero siguen prohibiendo la entrada a personas ajenas sin invitación. Incluso el gobierno de Hawaii ha tenido poco poder para intervenir en la isla, ya que sigue siendo propiedad privada.
Vida cotidiana en la isla prohibida
Niʻihau es el hogar de entre 70 y 170 personas, aunque el número varía debido a la movilidad de sus residentes hacia otras islas para trabajar o estudiar. La mayoría de los habitantes son descendientes de los hawaianos nativos que han vivido en la isla durante siglos, siguiendo un estilo de vida tradicional. Todos viven en la única aldea de Puʻuwai.
Aquí no hay carreteras pavimentadas ni supermercados ni hospitales. No hay líneas eléctricas ni torres de telefonía móvil. La vida gira en torno a la autosuficiencia, con los residentes dependiendo de la pesca, la caza de cerdos salvajes y el cultivo de alimentos básicos. En las pequeñas parcelas se siembran alimentos básicos como taro, batata y frutas tropicales, aunque la aridez de Niʻihau dificulta la agricultura a gran escala. El agua potable tampoco abunda. Como Niʻihau no tiene ríos ni fuentes naturales de agua dulce, la comunidad depende de la recolección de agua de lluvia en cisternas y aljibes. Durante épocas de sequía esto se convierte en un desafío, y en algunos casos, la familia Robinson ha tenido que traer agua desde otras islas.
El transporte es otro factor atípico: en Niʻihau no hay automóviles. Para moverse la gente utiliza caballos o bicicletas, y en ocasiones, camina largas distancias para desplazarse dentro de la isla. Los viajes a la vecina isla de Kauai, donde pueden comprar suministros o recibir atención médica, se realizan en barcos o helicópteros gestionados por la familia Robinson.
La electricidad solo está disponible gracias a paneles solares pero su uso es limitado. Los residentes no tienen acceso a internet ni televisión por cable, aunque algunos han introducido dispositivos electrónicos como radios o pequeños generadores portátiles.
Educación y comunidad: el esfuerzo por mantener la cultura viva
A diferencia del resto de Hawaii, donde el inglés domina, en Niʻihau el idioma principal sigue siendo el hawaiano nativo, lo que convierte a la isla en el último bastión del idioma en su forma más pura. De hecho, los niños de Niʻihau crecen hablando hawaiano y solo aprenden inglés como segundo idioma.
La educación en la isla es un reto, ya que solo hay una escuela, gestionada por el Departamento de Educación de Hawái, que imparte clases en hawaiano y enseña materias básicas como matemáticas, historia y ciencias. Para continuar con estudios superiores o especializaciones los jóvenes deben abandonar la isla y trasladarse a Kauai u otras partes de Hawaii. Uno de los mayores desafíos para Niʻihau es precisamente el éxodo de los jóvenes. A medida que el mundo moderno ofrece oportunidades de educación y empleo fuera de la isla, muchos de sus habitantes más jóvenes eligen marcharse, lo que pone en peligro la continuidad de su estilo de vida tradicional.
Niʻihau y el dilema de la economía moderna
El aislamiento de Niʻihau significa que la isla ha tenido que desarrollar sus propios métodos para generar ingresos sin depender del turismo masivo ni de las actividades comerciales del resto de Hawaii. Uno de los negocios más curiosos de la isla es la venta de conchas de Niʻihau, que son extremadamente raras y valoradas en el mercado de la joyería. Estas diminutas conchas, conocidas como Niʻihau Shell Leis, pueden venderse por miles de dólares debido a su exclusividad y a que solo pueden ser recolectadas por los habitantes de la isla.
Otra fuente de ingresos proviene del turismo controlado. Aunque los visitantes no pueden pisar la isla sin permiso especial, la familia Robinson ha organizado excursiones en helicóptero y barcos que permiten ver Niʻihau desde el aire o desde el agua e incluso bucear en sus arrecifes. Sin embargo, el acceso a la comunidad sigue estando restringido. Además, la familia Robinson ha diversificado sus actividades económicas con la cría de ganado, arrendando terrenos a militares para ejercicios de entrenamiento y vendiendo derechos de caza de ciervos y jabalíes salvajes en la isla.
El rol de Niʻihau en la conservación ambiental
La isla es también un refugio para la fauna y flora hawaiana. Debido a su aislamiento, Niʻihau alberga especies de aves y plantas que han desaparecido en otras partes de Hawaii debido a la urbanización y la introducción de especies invasoras.
Algunas áreas de la isla han sido protegidas para evitar la degradación del ecosistema y la pesca y la caza están reguladas para garantizar la sostenibilidad de los recursos naturales. Este enfoque ha permitido que Niʻihau se mantenga en gran parte libre de contaminación y de los problemas ambientales que afectan al resto del archipiélago.
El futuro de Niʻihau: ¿puede la isla seguir resistiendo la modernidad?
A pesar de su resistencia al cambio, Niʻihau enfrenta desafíos que podrían determinar su futuro:
Éxodo de la población joven: Si las nuevas generaciones continúan dejando la isla en busca de educación y empleo, la comunidad de Niʻihau podría reducirse hasta el punto de volverse insostenible.
Presión externa para abrir la isla: Con el auge del turismo en Hawaii, cada vez hay más interés en hacer de Niʻihau un destino accesible. Si en el futuro la familia Robinson decide vender la isla o permitir más visitantes, la cultura tradicional podría verse comprometida.
Cambio climático: Como isla baja en el Pacífico, Niʻihau está expuesta al aumento del nivel del mar y al impacto de tormentas más fuertes, lo que podría afectar sus recursos naturales y su capacidad de sustento.
Mantenimiento de la lengua y cultura: La preservación del idioma hawaiano y las tradiciones de Niʻihau dependen de que las nuevas generaciones continúen transmitiéndolas. Sin apoyo educativo y cultural, la identidad única de la isla podría desaparecer con el tiempo.
Por ahora, Niʻihau sigue siendo un lugar único en el mundo: un sitio donde las costumbres ancestrales aún rigen la vida diaria, donde la modernidad es vista con cautela y donde la naturaleza sigue siendo la mayor riqueza. ¿Podrá la isla prohibida resistir el paso del tiempo o terminará sucumbiendo a las presiones del mundo exterior? Solo el futuro tiene la respuesta.
¿Cómo se puede visitar Niʻihau?
Actualmente, las únicas opciones para visitar la isla están organizadas por Niʻihau Helicopters, una empresa propiedad de la familia Robinson. Existen dos formas principales de acercarse a Niʻihau:
Excursiones en helicóptero
Snorkel y buceo en sus aguas cercanas
Ambas opciones están diseñadas para permitir dar un “vistazo” a la isla pero sin interferir en la vida cotidiana de sus habitantes.
El tour en helicóptero: un aterrizaje exclusivo
El tour en helicóptero es la única forma de pisar la isla de Niʻihau, aunque de manera muy restringida. Los vuelos parten desde la isla de Kauaʻi, la más cercana a Niʻihau, y llevan a un grupo reducido de pasajeros a una zona deshabitada de la isla, lejos del pueblo de Puʻuwai.
Durante el tour, los visitantes pueden:
Sobrevolar Niʻihau y admirar sus paisajes áridos, playas de arena blanca y acantilados.
Escuchar la historia de la isla contada por el piloto, quien actúa como guía.
Aterrizar en una playa remota para pasar unas pocas horas explorando la costa.
Nadar en aguas cristalinas y hacer picnic en la playa.
Lo que los visitantes no pueden hacer:
Explorar el interior de la isla.
Entrar en contacto con los habitantes y hablar con ellos.
Tomar fotografías o videos de ciertas áreas.
Llevarse recuerdos naturales como conchas o arena.
Este tour es extremadamente exclusivo, con un precio elevado que ronda los 500 a 600 dólares por persona, dependiendo de la temporada y la disponibilidad. Pueden tardar años en aceptar la solicitud (y eso dando por sentado que la acepten) y exigirán certificados médicos.
Snorkel y buceo en las aguas de Niʻihau
Para aquellos que no buscan ir a la isla pero sí quieren acercarse a ella, existe otra opción: las excursiones en barco para hacer snorkel y buceo en los arrecifes cercanos a Niʻihau.
Varios operadores turísticos de Kauaʻi ofrecen estos tours, que incluyen:
Un viaje en barco de aproximadamente 2 horas hasta las aguas de Niʻihau.
Snorkel o buceo en zonas de arrecifes prístinos, con excelente visibilidad y abundante vida marina.
Posibilidad de ver focas monje hawaianas, delfines, tiburones y peces tropicales.
Vistas de los acantilados de Niʻihau desde el mar.
Sin embargo, estos tours no permiten el desembarco en la isla. Simplemente se acercan a sus costas, permitiendo a los turistas admirarla desde el agua.
Curiosidades
Uno de los aspectos más fascinantes de la cultura de Niihau es la producción de los famosos lei de Niihau, collares hechos con pequeñas conchas de colores que se encuentran en las playas de la isla. Las conchas utilizadas para hacer los lei son extremadamente raras y solo se encuentran en las playas de la isla. Se necesitan miles de horas de búsqueda para recolectar suficientes conchas para hacer un solo collar, lo que los convierte en objetos de gran valor. El arte del tejido de collares de conchas (Niʻihau Shell Leis), una tradición exclusiva de la isla, sigue siendo legado de padres a hijos.
Niihau es conocida por su población de cerdos salvajes, que fueron introducidos en la isla hace siglos. Estos animales son una fuente importante de alimento para los residentes, pero también representan un desafío para el ecosistema local.
A pesar de su pequeño tamaño, Niihau es hogar de varias especies en peligro de extinción, incluyendo la foca monje hawaiana y varias aves endémicas. La isla ha sido designada como un área importante para la conservación de la biodiversidad.
Reyes, políticos, multimillonarios, incluso Mick Jagger… todos ellos han pedido permiso para poder acceder a la isla y la respuesta ha sido no.
Niʻihau tiene una gran laguna de agua salada llamada Halaliʻi, que cambia de tamaño con las estaciones. Es un hábitat único para aves migratorias y su acceso es extremadamente restringido.
En Niʻihau, la caza sigue siendo una parte esencial de la vida. Los residentes tienen permiso para portar armas de fuego y cazan especies introducidas como ciervos y ovejas salvajes para obtener carne.
A diferencia del resto de Hawái, en Niʻihau no hay tiendas, restaurantes ni supermercados. Los residentes dependen de la caza, la pesca y envíos de suministros desde Kauaʻi para obtener lo que necesitan.
Antes de que la familia Robinson comprara la isla, los antiguos monarcas hawaianos enviaban a leprosos y personas con enfermedades contagiosas a Niʻihau para mantenerlos aislados.
A lo largo de los años, el gobierno de EE.UU. y empresarios han intentado comprar Niʻihau por sumas millonarias, pero la familia Robinson siempre ha dicho no. Prefieren mantener la isla como un refugio cultural y natural.
A mediados del siglo XX, muchos hombres de Niʻihau trabajaban en la base naval de Pearl Harbor, pero regresaban a la isla después de sus turnos. Sin embargo, con el tiempo, esta práctica se fue perdiendo.
Dado que la isla tiene pocos recursos naturales, la pesca es esencial para la dieta de los residentes. Pescan con redes tradicionales, arpones y cañas, y comparten el alimento con toda la comunidad.
Se dice que en Niʻihau hay túneles y cuevas subterráneas que habrían sido usados en tiempos antiguos para esconderse de enemigos o almacenar provisiones. Sin embargo, como la isla es inaccesible, casi nadie ha podido explorarlos.
En el centro de Puʻuwai, el único pueblo de la isla, hay una iglesia protestante que es el principal punto de reunión de la comunidad. Las ceremonias religiosas se realizan en hawaiano.
En los años 50 y 60, el ejército de EE.UU. utilizó algunas partes de Niʻihau para entrenamiento de bombardeo. Aunque la familia Robinson permitió estas actividades, hoy en día la isla ya no se usa con ese propósito.
Debido a su aislamiento y la falta de recursos, en Niʻihau no hay muchos perros o gatos domésticos. En su lugar, los residentes conviven con animales salvajes como ciervos y ovejas, que cazan para alimentarse.
Debido a sus estrictas reglas de acceso, casi no existen documentales o grabaciones de Niʻihau. Solo unas pocas productoras han obtenido permiso para filmar sus paisajes, lo que aumenta su aura de misterio.
En la isla no hay fuerzas de seguridad ni prisiones. Los conflictos se resuelven dentro de la comunidad y, en casos graves, la familia Robinson puede decidir la expulsión de alguien de la isla.
El alcohol está prohibido y los hombres no pueden llevar el pelo largo ni pendientes (vamos, que a mi marido le vetaban la entrada desde ya).
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