Durante mucho tiempo Palma de Mallorca fue para mí uno de esos lugares que permanecen en la memoria como una postal lejana. Había estado allí cuando era muy joven, en un par de viajes que ya casi pertenecen a otra vida, y durante más de treinta años no había vuelto a pisar la capital balear. En ese tiempo han cambiado muchas cosas: las ciudades evolucionan, los viajeros también, y lo que recordamos a veces poco tiene que ver con lo que encontramos cuando regresamos.
Volver a Palma después de tres décadas fue, en cierto modo, reencontrarme con un lugar que creía conocer y descubrir al mismo tiempo una ciudad completamente distinta. Recordaba el puerto, la silueta de la catedral asomando sobre el mar y ese aire mediterráneo que mezcla historia, luz y salitre. Pero lo que encontré en esta nueva visita fue una ciudad mucho más viva, con un casco histórico lleno de rincones sorprendentes, barrios con personalidad propia, mercados gastronómicos, terrazas animadas y una energía que la convierte en uno de los destinos urbanos más atractivos del Mediterráneo.
Porque Palma no es solo una puerta de entrada a las playas de Mallorca. Es una ciudad con siglos de historia, marcada por romanos, musulmanes, reyes medievales y comerciantes que dejaron su huella en forma de palacios, patios señoriales y calles laberínticas. Pasear por su centro histórico es atravesar capas de historia que conviven con una vida urbana moderna y dinámica.
En este artículo quiero contarte qué ver en Palma de Mallorca, desde sus monumentos más emblemáticos —como la imponente catedral o el castillo de Bellver— hasta algunos de esos rincones que muchos viajeros descubren casi por casualidad. Una ciudad elegante, luminosa y llena de contrastes que, después de más de treinta años sin visitarla, me ha recordado por qué hay lugares a los que siempre merece la pena volver.
Palma de Mallorca: una de las ciudades más atractivas del Mediterráneo
Palma de Mallorca se encuentra en la costa suroeste de la isla de Mallorca, la mayor del archipiélago balear. Desde el aire, cuando el avión empieza a descender, la ciudad aparece abrazada por una enorme bahía azul y protegida por la silueta de la Sierra de Tramuntana al fondo. Esa primera imagen ya dice mucho de lo que es Palma: una ciudad profundamente mediterránea, luminosa, abierta al mar y rodeada de paisajes extraordinarios.
La capital de Mallorca no solo es la ciudad más grande de las Baleares, sino también el principal centro cultural, histórico y económico de la isla. Aquí viven más de 400.000 personas y, sin embargo, conserva ese tamaño perfecto que hace que recorrerla sea fácil y agradable. Muchas de las cosas más interesantes que ver en Palma se concentran en su casco histórico, un laberinto de calles estrechas donde la historia aparece en cada esquina.
Pero lo que hace especial a Palma no es solo su ubicación geográfica. Lo verdaderamente fascinante es la mezcla de culturas que han pasado por aquí durante siglos. La ciudad fue fundada por los romanos, transformada por los musulmanes cuando se convirtió en Madina Mayurqa y conquistada más tarde por los reyes de la Corona de Aragón en el siglo XIII. Cada una de esas etapas dejó su huella en la arquitectura, en el trazado de las calles y en el carácter de la ciudad.
Pasear hoy por Palma es caminar por ese cruce de civilizaciones. Puedes encontrarte con una catedral gótica gigantesca levantándose frente al mar, con patios señoriales escondidos tras portones de madera o con restos de la antigua ciudad islámica en rincones inesperados del casco antiguo. Esa mezcla de épocas y estilos es una de las razones por las que Palma tiene tanta personalidad.
A todo eso hay que añadir algo que pocas ciudades históricas tienen: una relación tan directa con el mar. La catedral de Palma, conocida como La Seu, parece surgir casi desde el agua. El paseo marítimo está a apenas unos minutos del casco antiguo y muchas de las calles del centro terminan desembocando en la bahía. Esa presencia constante del Mediterráneo cambia la forma de vivir la ciudad. La luz es distinta, los atardeceres tienen un tono dorado muy particular y el ambiente en las terrazas se prolonga hasta bien entrada la noche.
Otra de las razones por las que Palma resulta tan atractiva para el viajero es que ofrece muchas experiencias distintas en un espacio relativamente pequeño. Puedes pasar la mañana explorando iglesias góticas y palacios medievales, comer en un mercado gastronómico moderno y terminar el día viendo el sol ponerse sobre el puerto con la catedral iluminada de fondo.
Y luego está el entorno. Desde Palma es muy fácil escapar hacia algunos de los paisajes más espectaculares de Mallorca. En menos de una hora puedes estar recorriendo pueblos de piedra en la Sierra de Tramuntana, descubriendo calas de agua turquesa o conduciendo por carreteras que serpentean entre montañas y olivos centenarios.
Quizá por todo eso Palma se ha convertido en una de las ciudades más atractivas del Mediterráneo. Tiene historia, arquitectura impresionante, una gastronomía cada vez más interesante y un entorno natural privilegiado. Pero también tiene algo más difícil de explicar: ese equilibrio entre ciudad histórica y destino mediterráneo relajado que hace que, después de unas horas paseando por sus calles, uno entienda perfectamente por qué tantos viajeros acaban enamorándose de ella.
La Catedral de Palma
Hay ciudades donde el monumento principal aparece de repente, casi por sorpresa, al girar una esquina. En Palma de Mallorca ocurre justo lo contrario. La catedral se anuncia desde lejos, incluso antes de entrar en la ciudad. Su silueta enorme, dorada por la luz mediterránea, parece surgir directamente del mar, como si formara parte del paisaje de la bahía.
Conocida como La Seu, la catedral de Palma es uno de los edificios góticos más impresionantes de Europa. Su construcción comenzó en el siglo XIII, poco después de que el rey Jaime I conquistara la isla a los musulmanes en 1229. Según cuenta la tradición, el monarca prometió levantar una gran iglesia dedicada a la Virgen si conseguía sobrevivir a una tormenta terrible que casi hunde su flota durante el viaje hacia Mallorca. La promesa se cumplió, aunque el proyecto fue tan ambicioso que la obra tardó casi cuatro siglos en completarse.
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Aunque la catedral es medieval, uno de los personajes más famosos que dejó su huella en ella fue un arquitecto mucho más reciente: Antoni Gaudí. A principios del siglo XX, el obispo de Mallorca decidió modernizar el interior del templo y pidió al arquitecto catalán que dirigiera la reforma. Gaudí trabajó en la catedral entre 1904 y 1914, introduciendo algunos cambios bastante sorprendentes. Por ejemplo, trasladó el coro, rediseñó parte del mobiliario litúrgico y creó un enorme baldaquino de hierro forjado que todavía hoy cuelga sobre el altar mayor. Como suele ocurrir con las obras de Gaudí, la intervención generó bastante polémica en su momento. Pero hoy forma parte de la historia del edificio.
Una de las cosas que hacen única a la catedral de Palma es su ubicación. Está construida prácticamente junto al mar, dominando toda la bahía. Durante siglos, los barcos que llegaban a Mallorca veían primero sus muros enormes levantándose sobre la costa. Hoy el mar está un poco más lejos debido a reformas urbanísticas realizadas en el siglo XX pero la sensación sigue siendo la misma: la catedral parece mirar directamente al Mediterráneo.
La Seu impresiona por fuera pero cuando entras en su interior la sensación es todavía más impactante. El espacio es enorme, casi desproporcionado. La nave central alcanza unos 44 metros de altura, lo que la convierte en una de las catedrales góticas más altas de Europa. Solo algunos templos como la catedral de Beauvais, en Francia, la superan en verticalidad.
Ese efecto de altura se acentúa gracias a los enormes pilares y a la cantidad de luz que entra por las vidrieras. A diferencia de otras iglesias góticas más oscuras, aquí el interior está lleno de claridad.
Entre todos los elementos de la catedral hay uno que llama especialmente la atención: su enorme rosetón. Con más de 12 metros de diámetro, es uno de los rosetones góticos más grandes del mundo. Está formado por más de mil piezas de vidrio de colores que crean una especie de mandala de luz cuando el sol lo atraviesa.
Hay además un fenómeno curioso que ocurre dos veces al año, el 2 de febrero y el 11 de noviembre. Durante unos minutos, al amanecer, la luz que atraviesa el rosetón mayor se proyecta justo debajo del rosetón situado en la fachada opuesta, formando una especie de ocho perfecto de luz dentro de la catedral. Muchos mallorquines lo conocen como el “espectáculo de la luz” y cada vez atrae a más curiosos que madrugan para verlo.
El casco antiguo de Palma: un laberinto de historia
Hay ciudades que se entienden recorriendo sus grandes avenidas y otras que solo revelan su verdadera personalidad cuando uno se pierde por sus calles más antiguas. Palma de Mallorca pertenece claramente al segundo grupo. Su casco histórico es un laberinto de callejuelas estrechas, patios silenciosos y edificios de piedra antiquísimos.
La mejor forma de descubrirlo es, sencillamente, caminar sin demasiada prisa ni un plan rígido. Porque en Palma el encanto no está solo en los grandes monumentos, sino también en esos pequeños detalles que aparecen cuando menos te lo esperas: una fachada gótica escondida en una calle tranquila, un portal enorme de madera que da acceso a un patio aristocrático o una iglesia que parece surgir de repente entre edificios antiguos.
Como ocurre en muchas ciudades mediterráneas, el casco antiguo de Palma es el resultado de muchas capas de historia superpuestas. Antes de convertirse en la ciudad elegante que vemos hoy, Palma fue una ciudad romana y más tarde una importante medina islámica llamada Madina Mayurqa (me encanta el nombre). De aquella época musulmana todavía queda el trazado de muchas calles: estrechas, irregulares y pensadas para proteger del calor del verano. Cuando los reyes cristianos conquistaron la isla en el siglo XIII, la ciudad empezó a transformarse pero el entramado urbano siguió siendo en gran parte el mismo. Por eso pasear hoy por el casco antiguo es, en cierto modo, caminar por una ciudad medieval que todavía conserva la lógica de aquella época.
Una de las cosas más agradables de esta parte de Palma es que muchas de sus calles siguen teniendo un ritmo tranquilo, muy diferente al de otras zonas más turísticas de la ciudad. Basta alejarse unos minutos de los lugares más concurridos para encontrarse con rincones sorprendentemente silenciosos. Y si vienes en invierno, aún disfrutas más dicha sensación.

La Plaça de la Drassana es una de esas plazas pequeñas de Palma que pasan desapercibidas en muchas guías pero que merece la pena incluir en cualquier paseo por el casco antiguo. Se encuentra en pleno barrio de La Lonja, muy cerca del paseo marítimo, por lo que es habitual llegar hasta aquí casi sin darte cuenta mientras recorres la zona.
A nivel visual, es una plaza muy representativa de la arquitectura tradicional de Palma: edificios de varias alturas, fachadas en tonos suaves —beige, ocre, rosado— y persianas mallorquinas verdes. No es una plaza monumental, pero precisamente ahí está su gracia: mantiene un ambiente bastante local y menos saturado que otros puntos más conocidos.
Plaça Major de Palma
La Plaça Major de Palma es uno de los puntos más céntricos y transitados del casco antiguo y probablemente acabarás pasando por aquí varias veces sin darte cuenta. Está rodeada de edificios de fachadas en tonos cálidos, con contraventanas verdes y soportales con arcos en la planta baja, donde se concentran bares, cafeterías y pequeños comercios.
A diferencia de otras plazas más históricas o monumentales, la Plaça Major tiene un ambiente mucho más abierto y dinámico. Es un lugar de paso pero también de parada: gente tomando algo en las terrazas, grupos de turistas descansando, artistas callejeros o pequeños puestos en determinadas épocas del año. Es, en cierto modo, el punto donde se mezcla el Palma más turístico con el día a día de la ciudad.

Una de las curiosidades más llamativas es su origen. Bajo tus pies no solo hubo un convento, sino también una parte importante de la vida religiosa y social de Palma durante siglos. Cuando el convento de San Felipe Neri fue derribado en el siglo XIX, se decidió crear este gran espacio abierto, algo poco habitual en un casco antiguo tan compacto como el de Palma de Mallorca.
Otra curiosidad interesante es que la plaza está ligeramente elevada respecto a algunas calles cercanas. Esto no es casual: debajo existen galerías y estructuras antiguas que formaban parte del complejo anterior. Es decir, no estás exactamente a nivel “natural” del terreno, sino sobre una construcción previa.
El Palacio de la Almudaina: la huella de la Mallorca islámica
Si no es uno de los palacios más bonitos de España, poco le falta. Es con diferencia, después de la catedral, el monumento más importante de Palma, una auténtica delicia para la vista,.
La Almudaina empezó siendo un alcázar musulmán, una fortaleza pensada para controlar la ciudad y el mar. De hecho, su nombre viene del árabe al-mudayna, que significa “ciudadela”. No era un lugar decorativo, era un punto estratégico. Cuando Jaime I conquistó la isla en el siglo XIII, no destruyó la fortaleza. Hizo algo bastante habitual en aquella época: reutilizarla. La adaptó y la convirtió en residencia real.
Y aquí viene una de las curiosidades: durante un tiempo, los reyes de Mallorca vivían en este palacio mientras gobernaban un reino que, aunque hoy lo olvidamos, fue independiente durante varias décadas. No era un simple territorio, era un reino propio.
Uno de los detalles que más sorprende es que La Almudaina no es solo un edificio histórico abierto al público. Sigue siendo una residencia oficial de la familia real española.

Esto explica por qué algunas zonas no siempre están abiertas y por qué el edificio está tan bien conservado. No es solo patrimonio, también es un espacio en uso. Mucha gente entra pensando que se va a encontrar un palacio recargado, tipo Versalles, y sale un poco sorprendida. La Almudaina es bastante sobria. Pero tiene su lógica.
Más que un lugar para impresionar, era un espacio para gobernar. Las salas son amplias, con techos altos, tapices y mobiliario elegante pero sin excesos. Uno de los espacios más interesantes es el Salón del Trono, donde se celebraban audiencias oficiales. No es espectacular en decoración pero tiene ese aire solemne que te hace imaginar perfectamente cómo funcionaba el poder en aquella época. Y luego está la capilla de Santa Ana, que cambia completamente el tono de la visita. Es pequeña, de estilo gótico y mucho más íntima. Un contraste bastante curioso con el resto del palacio.
Las murallas de Palma
Las Murallas de Palma son uno de los elementos históricos más importantes de la ciudad y ayudan bastante a entender cómo era Palma hace siglos.
Durante mucho tiempo, la ciudad estuvo completamente rodeada por estas murallas, que servían como sistema defensivo frente a ataques por mar. Ten en cuenta que Palma era un punto estratégico en el Mediterráneo, así que necesitaba una buena protección. Antes, el mar llegaba mucho más cerca de las murallas. De hecho, la zona donde hoy está el Parc de la Mar era agua. Con el tiempo se ganó terreno al mar y se creó este espacio abierto que cambia bastante la percepción de la ciudad. Las murallas que se conservan hoy son en su mayoría de época renacentista, cuando se reforzaron para adaptarse a la artillería.
Destacan sobre todo por su tamaño y por lo bien integradas que están hoy en la ciudad. Aunque ya no cumplen una función defensiva, se han convertido en una de las zonas más agradables para pasear, especialmente en la parte que bordea el mar.

Pasear por el barrio de La Lonja y Santa Catalina
La Lonja y Santa Catalina: dos barrios pegados, separados por apenas unos minutos caminando pero con personalidades bastante distintas. Uno más histórico y elegante; el otro más moderno, más desenfadado. Y lo interesante es precisamente esa mezcla. El barrio de La Lonja gira en torno al edificio del mismo nombre pero lo realmente atractivo está en sus calles.

Aquí te encuentras con un entramado de callejuelas estrechas, fachadas de piedra, balcones antiguos y ese aire de ciudad mediterránea que mezcla decadencia y encanto a partes iguales. Durante el día es tranquilo, casi pausado. Puedes pasear sin prisa, descubrir patios escondidos y encontrar alguna galería o tienda pequeña.
Pero por la noche cambia bastante. La zona se llena de vida: bares, restaurantes, terrazas… Es uno de los puntos con más ambiente de Palma, aunque sin llegar al caos de otras ciudades. Tiene ese equilibrio entre animado y agradable. Durante siglos, esta zona estuvo muy ligada al comercio marítimo. Los mercaderes que trabajaban en La Lonja vivían o se movían por estas calles, así que, en cierto modo, el barrio siempre ha tenido esa conexión con el movimiento y la actividad.
A pocos minutos caminando aparece Santa Catalina y el cambio se nota bastante. Si La Lonja es más clásica, Santa Catalina es más moderna. Durante años fue un barrio de pescadores, sencillo y bastante olvidado. Pero con el tiempo se ha transformado en una de las zonas más de moda de Palma. Aquí predominan las casas bajas, muchas con contraventanas de colores, y un ambiente más local. Es el típico barrio donde encuentras cafeterías con brunch, restaurantes de todo tipo, tiendas pequeñas con personalidad. Mucho ambiente pero más relajado que en el centro
Passeig del Born
El Passeig del Born es uno de los paseos más conocidos y elegantes de Palma y probablemente acabarás pasando por aquí sí o sí durante tu visita. Está situado en pleno centro histórico y conecta varias zonas importantes de la ciudad, por lo que funciona tanto como lugar de paso como de paseo. Hoy en día es una de las principales zonas comerciales de Palma. Aquí encontrarás tiendas de marcas conocidas, cafeterías y algunas terrazas, lo que hace que siempre haya bastante ambiente, sobre todo por la tarde.
Pero el Born no siempre fue así. En la Edad Media, aquí discurría un torrente —el antiguo cauce de la Riera— que atravesaba la ciudad y que en épocas de lluvias podía ser bastante problemático. Con el tiempo, ese espacio se fue transformando, canalizando el agua y convirtiendo la zona en un paseo urbano. Y es ahí donde empieza la historia más estética del Born. Durante siglos fue un espacio abierto donde se celebraban torneos, fiestas y eventos públicos. De hecho, el nombre “Born” hace referencia precisamente a ese uso como lugar de celebraciones. Con el tiempo, la zona se transformó hasta convertirse en el paseo urbano que vemos hoy.
A finales del siglo XIX y principios del XX, Palma entra en una fase de embellecimiento urbano. Se crean paseos, se plantan árboles, se añaden elementos decorativos. Y entre ellos aparecen esculturas como esta esfinge.

Estas figuras no están puestas al azar. Tienen un claro aire neoclásico y ecléctico, muy típico de la época, donde se mezclaban referencias a Egipto, Grecia o Roma para transmitir elegancia, cultura y cierto prestigio urbano. Era una forma de decir “esta ciudad está a la altura de otras capitales europeas”. Forma parte de un conjunto decorativo del Born que incluye varios elementos similares, aunque muchas veces pasan desapercibidos porque la gente está más pendiente de las tiendas o del ambiente que de lo que tiene delante.
Las esfinges, desde la antigüedad, han sido figuras de vigilancia. Están ahí, tumbadas, aparentemente tranquilas pero con esa sensación de estar observándolo todo. No es una figura dinámica, es una figura de control. Y eso encaja bastante bien con el Born, que históricamente ha sido un espacio de representación social: desfiles, encuentros, paseos de la burguesía y hoy, escaparate urbano.
La fuente del Passeig del Born es uno de los elementos más reconocibles de esta avenida, considerada una de las zonas más elegantes de Palma. Aunque mucha gente pasa por aquí sin prestarle demasiada atención, es un punto que marca bastante el carácter del lugar.

El murciélago que ves en la parte superior del obelisco del Passeig del Born no es decorativo sin más, tiene un significado simbólico bastante interesante. Está relacionado con la corona de Aragón y, por extensión, con la historia de Palma. El murciélago aparece en varios escudos de ciudades mediterráneas como Valencia o Palma, y se asocia a la conquista cristiana de la ciudad en el siglo XIII. La leyenda más conocida dice que un murciélago alertó al ejército del rey Jaime I el Conquistador de un ataque nocturno, lo que permitió la victoria. Como agradecimiento, el animal se incorporó al símbolo de la ciudad.
Mercat de l’Olivar
El Mercat de l’Olivar es el mercado principal de Palma y uno de los mejores lugares para ver el lado más cotidiano de la ciudad. Se inauguró en 1951, sustituyendo a otros mercados más antiguos que estaban repartidos por la ciudad. Desde entonces ha sido uno de los principales puntos de abastecimiento de Palma, aunque con el tiempo se ha ido adaptando también al visitante.
A diferencia de otros mercados más orientados al turismo, aquí todavía se mantiene bastante el ambiente local. Verás a gente haciendo la compra del día, sobre todo por la mañana, mezclada con visitantes que se acercan a curiosear o a comer algo rápido. Es un espacio amplio, bien organizado y dividido por zonas, lo que hace que sea fácil recorrerlo sin agobios.
Uno de los puntos más interesantes es la zona de pescado, con bastante variedad y producto fresco, algo muy típico en mercados de una isla como Mallorca. También encontrarás carnicerías, fruterías, embutidos y productos locales, por lo que es un buen sitio para hacerse una idea de la gastronomía de la zona sin necesidad de sentarse en un restaurante.
Además, el mercado no es solo para comprar. En los últimos años han ido ganando peso los puestos donde puedes comer allí mismo: tapas, marisco, platos sencillos preparados al momento… Es una opción bastante práctica si quieres comer algo rápido en pleno centro sin perder demasiado tiempo. Lo mejor es visitarlo por la mañana, cuando hay más ambiente y todos los puestos están abiertos. A partir del mediodía empieza a bajar la actividad y algunos ya cierran.

El Paseo Marítimo y el puerto de Palma
Sales del casco antiguo, te acercas a la catedral, sigues caminando y de repente la ciudad se abre al mar. Todo cambia: hay más luz, más espacio y un ritmo mucho más tranquilo. Una de las cosas más interesantes es cómo cambia según la hora del día. Por la mañana el ambiente es bastante local, con gente corriendo, paseando o yendo en bici junto al mar. A mediodía el calor suele apretar, sobre todo en verano, y la zona se vuelve más calmada. Pero es al atardecer cuando realmente merece la pena. La luz cae sobre la bahía de Palma, el agua cambia de color y el paseo se llena poco a poco de gente que sale a caminar o a sentarse frente al mar.
El puerto forma parte de todo este escenario y añade un contraste curioso. Por un lado, está la actividad normal de cualquier ciudad costera: ferris, barcos que entran y salen, movimiento constante. Pero al mismo tiempo, Palma tiene una de las marinas más importantes del Mediterráneo, así que no es raro encontrarte con yates enormes, bastante llamativos. Ese contraste entre lo cotidiano y lo exclusivo es bastante característico de la ciudad.

El Castillo de Bellver: una fortaleza circular única en Europa
El Castillo de Bellver es uno de esos lugares que, incluso antes de visitarlo, ya llaman la atención por algo muy concreto: su forma. No es el típico castillo medieval. Es circular. Y eso, en arquitectura defensiva, no es precisamente lo habitual.
Está situado a unos tres kilómetros del centro de Palma, en una colina rodeada de bosque, lo que ya te da una pista de lo que vas a encontrar: historia, sí, pero también vistas bastante espectaculares. Y de hecho, el nombre no engaña. Bellver significa “bella vista”.

Construido en el siglo XIV por orden de Jaime II de Mallorca, el castillo tenía una función clara: residencia real y, al mismo tiempo, fortaleza defensiva. Pero lo que lo hace especial es su diseño.
Es uno de los pocos castillos circulares de Europa y eso cambia completamente la sensación cuando lo recorres. No hay esquinas, no hay esa estructura típica de murallas rectas. Todo gira en torno a un patio central también circular, rodeado de arcos.
Como muchos edificios históricos, el Castillo de Bellver no siempre tuvo el mismo uso. Con el paso del tiempo dejó de ser residencia real y se convirtió en prisión. Y aquí viene una de esas curiosidades que suelen pasar desapercibidas: uno de sus presos más conocidos fue el ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos. Estuvo encerrado aquí a principios del siglo XIX, y durante su estancia escribió y reflexionó sobre la isla.
Los patios de Palma: el secreto mejor guardado de la ciudad
Hay algo en Palma que muchos visitantes pasan por alto. No porque no esté ahí, sino porque no es evidente. No está señalizado, no tiene colas, no aparece siempre en las listas de imprescindibles. Y sin embargo, es de lo más interesante que puedes ver en la ciudad: sus patios interiores.
Los patios de Palma no están pensados para el turista. No se construyeron para impresionar a quien pasa por la calle, sino para vivir. Y por eso, descubrirlos tiene algo especial. En el casco antiguo de Palma hay numerosas casas señoriales que, desde fuera, pueden parecer bastante sobrias. Fachadas de piedra, puertas grandes, poco más. Pero detrás de esas puertas se esconde otro mundo.
Los patios eran el corazón de estas viviendas. Espacios abiertos, generalmente con escaleras de piedra, arcos, columnas y a veces plantas o pequeños detalles decorativos. Lugares de paso pero también de vida. Era donde se organizaba la casa, donde entraba la luz y donde se conectaban las diferentes estancias, un poco al estilo de los romanos o los patios árabes (ya sabéis que Palma es una mezcla de todo esto).
Una de las cosas más llamativas es que muchos de estos patios se pueden ver simplemente entrando. No todos pero sí bastantes. Si ves una puerta grande entreabierta en el casco antiguo, es posible que dé acceso a uno de estos patios. No hay cartel, no hay indicación clara. Es más bien una invitación discreta. Eso sí, si entras, hazlo siempre con respeto porque muchos siguen siendo viviendas privadas.

Otros rincones interesantes
El ayuntamiento de Palma
Está en plena Plaça de Cort, en el corazón del casco histórico. La Plaça de Cort es de esas que funcionan muy bien sin necesidad de grandes monumentos. Siempre hay gente, siempre hay movimiento pero sin llegar al caos de otras zonas más turísticas.
Aquí está también el famoso olivo centenario, otro de esos detalles que pasan desapercibidos si no sabes lo que estás viendo. Tiene más de 600 años y se ha convertido casi en símbolo del lugar.

No es un edificio que impresione por tamaño, sino por detalles. La fachada, de estilo barroco, tiene ese equilibrio entre sobriedad y ornamentación que funciona muy bien. Y luego está el elemento que lo cambia todo: el voladizo de madera que sobresale en la parte superior. Es imposible no fijarse en él. No es lo típico que esperas ver en un edificio institucional, y precisamente por eso se queda en la cabeza. Ese voladizo no es decorativo sin más. Tiene influencia de la arquitectura tradicional mallorquina y le da al edificio un carácter bastante único.
El Ayuntamiento de Palma (Cort) no es un lugar turístico como tal, así que no funciona como un museo al que entras cuando quieres. Es un edificio administrativo y la mayor parte del tiempo está dedicado a trámites y gestión municipal. Pero sí puedes acceder al hall (nosotros lo hicimos) y merece bastante la pena.
Molino de Santa Catalina (Molí d’en Garleta)
El Molino de Santa Catalina (Molí d’en Garleta) es uno de los molinos de viento más conocidos de Palma y un buen ejemplo del pasado más tradicional de la ciudad. Se encuentra en la zona de Es Jonquet, dentro del barrio de Santa Catalina, una de las áreas con más personalidad de Palma.
Aunque hoy está rodeado de edificios modernos, este molino forma parte de un conjunto que durante siglos fue muy habitual en la ciudad. De hecho, toda esta zona estaba llena de molinos que aprovechaban el viento del litoral para moler cereal y producir harina.
El origen del Molí d’en Garleta se sitúa en torno al siglo XVII y es uno de los pocos que se han conservado hasta hoy. Su estructura es bastante característica: una torre cilíndrica de piedra, con un remate superior donde se colocaban las aspas, que es lo que le da ese aspecto tan reconocible.

Es uno de los cinco molinos harineros que aún quedan en Es Jonquet, una zona que además está protegida como conjunto histórico (Bien de Interés Cultural), lo que ayuda a entender su valor dentro del paisaje de Palma.
Con el paso del tiempo, el molino dejó de tener uso industrial y pasó a tener un papel más cultural. Durante años ha albergado el Museo de los Molinos y la sede de la Asociación de Amigos de los Molinos de Mallorca, con información sobre este tipo de construcciones en las islas. En los últimos años se ha planteado su restauración, junto con otros molinos de Palma, debido al deterioro que presentaban. La idea es conservarlos como parte del patrimonio histórico y también como uno de los elementos más reconocibles del paisaje urbano.
La iglesia de la Venerable Orden Tercera de San Francisco
Es uno de esos edificios que sorprenden más por su arquitectura que por su fama. No es de las más conocidas de Palma pero llama bastante la atención cuando te la encuentras, sobre todo por su torre octogonal, que destaca claramente sobre el resto del entorno.
Se construyó a finales del siglo XIX, en una época en la que la ciudad empezaba a crecer fuera del núcleo más antiguo. Por eso su estilo es diferente al de las iglesias góticas más típicas del centro, con una mezcla de elementos neorrománicos y neogóticos.
La inscripción que aparece en la fachada hace referencia a la Orden Tercera franciscana, formada por laicos que seguían la espiritualidad de San Francisco sin pertenecer a una orden religiosa tradicional.

Qué comer en Palma de Mallorca
Palma no es solo patios bonitos, calles con historia o edificios que parecen sacados de otra época. Palma también se entiende comiendo. Y aquí hay algo importante: no todo es paella ni sangría (por suerte).
La gastronomía mallorquina tiene bastante más personalidad de lo que parece a simple vista. Es contundente, muy ligada al producto local y con influencias mediterráneas claras pero también con ese punto tradicional que no siempre se adapta al gusto moderno. Y ahí está parte de su encanto. Si quieres entender Palma de verdad, esto es lo que deberías probar.
🥐 Ensaimada: el imprescindible (pero bien elegido)
Sí, es lo más típico. Y también lo más fácil de hacer mal. La ensaimada es ese dulce en forma de espiral que verás en todas partes pero no todas son iguales. Las buenas tienen una textura ligera, casi aérea, con ese toque de manteca que no resulta pesado.
👉 Tipos más comunes:
– Lisa (la clásica)
– Con crema
– Con cabello de ángel
– Con chocolate
💡 Consejo: evita las más industriales del centro y busca una pastelería de toda la vida. La diferencia se nota muchísimo.

🥩 Sobrasada
La sobrasada mallorquina no es solo “algo para untar”. Es uno de los productos más representativos de la isla, hecha con carne de cerdo, pimentón y especias. Tiene ese punto graso y potente que o te encanta o te cuesta al principio pero bien combinada cambia totalmente.
👉 Cómo probarla:
– Sobre pan con miel (sí, mezcla dulce-salado)
– En platos calientes
– Como tapa sencilla
🥘 Frito mallorquín
Este no es un plato “bonito” pero es muy auténtico. El frito mallorquín mezcla carne (normalmente cordero o cerdo), hígado, patata, verduras y especias, todo salteado. Es contundente, directo y bastante tradicional.
🥔 Tumbet o la versión mallorquina del pisto El tumbet es probablemente el plato más fácil de disfrutar si no quieres complicarte. Lleva patata, berenjena, pimiento y tomate, todo en capas. Es sencillo pero cuando está bien hecho funciona muy bien. Lo verás mucho como acompañamiento de carne o pescado.
🥟 La coca mallorquina es una base de masa fina con verduras, pescado o carne por encima. Es más ligera que una pizza y muy típica en panaderías locales. Ideal para comer algo rápido sin caer en lo típico turístico.
🍰 Gató con almendra. Aquí viene uno de los mejores secretos de la gastronomía isleña. El gató de almendra es un bizcocho sin harina, hecho con almendra molida. Suele servirse con helado (normalmente de almendra o vainilla) y tiene una textura densa pero suave. Muy mallorquín y bastante diferente a otros postres típicos.
Nuestra recomendación para comer es el restaurante Blat al Sac: auténtico descubrimiento. Un restaurante de lo más acogedor donde podrás degustar una curiosa mezcla entre la gastronomía mallorquina más tradicional y la cocina creativa: desde nachos a la mallorquina a steak tartar de ternera de la tierra, pa amb oli con queso mahonés o unas croquetas de calçots que estaban fuera de carta y que tuvimos la suerte de comer por estar en temporada.
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