Palma de Mallorca: la ciudad mediterránea que lo tiene todo

Panoramica de Palma de Mallorca

Durante mucho tiem­po Pal­ma de Mal­lor­ca fue para mí uno de esos lugares que per­manecen en la memo­ria como una postal lejana. Había esta­do allí cuan­do era muy joven, en un par de via­jes que ya casi pertenecen a otra vida, y durante más de trein­ta años no había vuel­to a pis­ar la cap­i­tal balear. En ese tiem­po han cam­bi­a­do muchas cosas: las ciu­dades evolu­cio­nan, los via­jeros tam­bién, y lo que recor­damos a veces poco tiene que ver con lo que encon­tramos cuan­do regre­samos.

Volver a Pal­ma después de tres décadas fue, en cier­to modo, reen­con­trarme con un lugar que creía cono­cer y des­cubrir al mis­mo tiem­po una ciu­dad com­ple­ta­mente dis­tin­ta. Record­a­ba el puer­to, la silue­ta de la cat­e­dral aso­man­do sobre el mar y ese aire mediter­rá­neo que mez­cla his­to­ria, luz y sal­itre. Pero lo que encon­tré en esta nue­va visi­ta fue una ciu­dad mucho más viva, con un cas­co históri­co lleno de rin­cones sor­pren­dentes, bar­rios con per­son­al­i­dad propia, mer­ca­dos gas­tronómi­cos, ter­razas ani­madas y una energía que la con­vierte en uno de los des­ti­nos urbanos más atrac­tivos del Mediter­rá­neo.

Porque Pal­ma no es solo una puer­ta de entra­da a las playas de Mal­lor­ca. Es una ciu­dad con sig­los de his­to­ria, mar­ca­da por romanos, musul­manes, reyes medievales y com­er­ciantes que dejaron su huel­la en for­ma de pala­cios, patios seño­ri­ales y calles laberín­ti­cas. Pasear por su cen­tro históri­co es atrav­es­ar capas de his­to­ria que con­viv­en con una vida urbana mod­er­na y dinámi­ca.

En este artícu­lo quiero con­tarte qué ver en Pal­ma de Mal­lor­ca, des­de sus mon­u­men­tos más emblemáti­cos —como la impo­nente cat­e­dral o el castil­lo de Bel­lver— has­ta algunos de esos rin­cones que muchos via­jeros des­cubren casi por casu­al­i­dad. Una ciu­dad ele­gante, lumi­nosa y llena de con­trastes que, después de más de trein­ta años sin vis­i­tar­la, me ha recor­da­do por qué hay lugares a los que siem­pre merece la pena volver.

Palma de Mallorca: una de las ciudades más atractivas del Mediterráneo

Pal­ma de Mal­lor­ca se encuen­tra en la cos­ta suroeste de la isla de Mal­lor­ca, la may­or del archip­iéla­go balear. Des­de el aire, cuan­do el avión empieza a descen­der, la ciu­dad aparece abraza­da por una enorme bahía azul y pro­te­gi­da por la silue­ta de la Sier­ra de Tra­muntana al fon­do. Esa primera ima­gen ya dice mucho de lo que es Pal­ma: una ciu­dad pro­fun­da­mente mediter­ránea, lumi­nosa, abier­ta al mar y rodea­da de paisajes extra­or­di­nar­ios.

La cap­i­tal de Mal­lor­ca no solo es la ciu­dad más grande de las Balear­es, sino tam­bién el prin­ci­pal cen­tro cul­tur­al, históri­co y económi­co de la isla. Aquí viv­en más de 400.000 per­sonas y, sin embar­go, con­ser­va ese tamaño per­fec­to que hace que recor­rerla sea fácil y agrad­able. Muchas de las cosas más intere­santes que ver en Pal­ma se con­cen­tran en su cas­co históri­co, un laber­in­to de calles estre­chas donde la his­to­ria aparece en cada esquina.

Pero lo que hace espe­cial a Pal­ma no es solo su ubi­cación geográ­fi­ca. Lo ver­dadera­mente fasci­nante es la mez­cla de cul­turas que han pasa­do por aquí durante sig­los. La ciu­dad fue fun­da­da por los romanos, trans­for­ma­da por los musul­manes cuan­do se con­vir­tió en Mad­i­na Mayurqa y con­quis­ta­da más tarde por los reyes de la Coro­na de Aragón en el siglo XIII. Cada una de esas eta­pas dejó su huel­la en la arqui­tec­tura, en el traza­do de las calles y en el carác­ter de la ciu­dad.

Pasear hoy por Pal­ma es cam­i­nar por ese cruce de civ­i­liza­ciones. Puedes encon­trarte con una cat­e­dral góti­ca gigan­tesca lev­an­tán­dose frente al mar, con patios seño­ri­ales escon­di­dos tras por­tones de madera o con restos de la antigua ciu­dad islámi­ca en rin­cones ines­per­a­dos del cas­co antiguo. Esa mez­cla de épocas y esti­los es una de las razones por las que Pal­ma tiene tan­ta per­son­al­i­dad.

A todo eso hay que añadir algo que pocas ciu­dades históri­c­as tienen: una relación tan direc­ta con el mar. La cat­e­dral de Pal­ma, cono­ci­da como La Seu, parece sur­gir casi des­de el agua. El paseo marí­ti­mo está a ape­nas unos min­u­tos del cas­co antiguo y muchas de las calles del cen­tro ter­mi­nan desem­bo­can­do en la bahía. Esa pres­en­cia con­stante del Mediter­rá­neo cam­bia la for­ma de vivir la ciu­dad. La luz es dis­tin­ta, los atarde­ceres tienen un tono dora­do muy par­tic­u­lar y el ambi­ente en las ter­razas se pro­lon­ga has­ta bien entra­da la noche.

Otra de las razones por las que Pal­ma resul­ta tan atrac­ti­va para el via­jero es que ofrece muchas expe­ri­en­cias dis­tin­tas en un espa­cio rel­a­ti­va­mente pequeño. Puedes pasar la mañana explo­ran­do igle­sias góti­cas y pala­cios medievales, com­er en un mer­ca­do gas­tronómi­co mod­er­no y ter­mi­nar el día vien­do el sol pon­erse sobre el puer­to con la cat­e­dral ilu­mi­na­da de fon­do.

Y luego está el entorno. Des­de Pal­ma es muy fácil escapar hacia algunos de los paisajes más espec­tac­u­lares de Mal­lor­ca. En menos de una hora puedes estar recor­rien­do pueb­los de piedra en la Sier­ra de Tra­muntana, des­cubrien­do calas de agua turque­sa o con­ducien­do por car­reteras que ser­pen­tean entre mon­tañas y olivos cen­te­nar­ios.

Quizá por todo eso Pal­ma se ha con­ver­tido en una de las ciu­dades más atrac­ti­vas del Mediter­rá­neo. Tiene his­to­ria, arqui­tec­tura impre­sio­n­ante, una gas­tronomía cada vez más intere­sante y un entorno nat­ur­al priv­i­le­gia­do. Pero tam­bién tiene algo más difí­cil de explicar: ese equi­lib­rio entre ciu­dad históri­ca y des­ti­no mediter­rá­neo rela­ja­do que hace que, después de unas horas pase­an­do por sus calles, uno entien­da per­fec­ta­mente por qué tan­tos via­jeros aca­ban enam­orán­dose de ella.

La Catedral de Palma

Hay ciu­dades donde el mon­u­men­to prin­ci­pal aparece de repente, casi por sor­pre­sa, al girar una esquina. En Pal­ma de Mal­lor­ca ocurre jus­to lo con­trario. La cat­e­dral se anun­cia des­de lejos, inclu­so antes de entrar en la ciu­dad. Su silue­ta enorme, dora­da por la luz mediter­ránea, parece sur­gir direc­ta­mente del mar, como si for­mara parte del paisaje de la bahía.

Cono­ci­da como La Seu, la cat­e­dral de Pal­ma es uno de los edi­fi­cios góti­cos más impre­sio­n­antes de Europa. Su con­struc­ción comen­zó en el siglo XIII, poco después de que el rey Jaime I con­quis­tara la isla a los musul­manes en 1229. Según cuen­ta la tradi­ción, el monar­ca prometió lev­an­tar una gran igle­sia ded­i­ca­da a la Vir­gen si con­seguía sobre­vivir a una tor­men­ta ter­ri­ble que casi hunde su flota durante el via­je hacia Mal­lor­ca. La prome­sa se cumplió,  aunque el proyec­to fue tan ambi­cioso que la obra tardó casi cua­tro sig­los en com­ple­tarse.

Catedral de Palma de Mallorca (La Seu) con fachada gótica y rosetón desde el exterior

Aunque la cat­e­dral es medieval, uno de los per­son­ajes más famosos que dejó su huel­la en ella fue un arqui­tec­to mucho más reciente: Antoni Gaudí. A prin­ci­p­ios del siglo XX, el obis­po de Mal­lor­ca decidió mod­ern­izar el inte­ri­or del tem­p­lo y pidió al arqui­tec­to catalán que dirigiera la refor­ma. Gaudí tra­ba­jó en la cat­e­dral entre 1904 y 1914, intro­ducien­do algunos cam­bios bas­tante sor­pren­dentes. Por ejem­p­lo, trasladó el coro, redis­eñó parte del mobil­iario litúr­gi­co y creó un enorme bal­daquino de hier­ro for­ja­do que todavía hoy cuel­ga sobre el altar may­or. Como suele ocur­rir con las obras de Gaudí, la inter­ven­ción gen­eró bas­tante polémi­ca en su momen­to. Pero hoy for­ma parte de la his­to­ria del edi­fi­cio.

Una de las cosas que hacen úni­ca a la cat­e­dral de Pal­ma es su ubi­cación. Está con­stru­i­da prác­ti­ca­mente jun­to al mar, dom­i­nan­do toda la bahía. Durante sig­los, los bar­cos que lle­ga­ban a Mal­lor­ca veían primero sus muros enormes lev­an­tán­dose sobre la cos­ta. Hoy el mar está un poco más lejos debido a refor­mas urbanís­ti­cas real­izadas en el siglo XX pero la sen­sación sigue sien­do la mis­ma: la cat­e­dral parece mirar direc­ta­mente al Mediter­rá­neo.

La Seu impre­siona por fuera pero cuan­do entras en su inte­ri­or la sen­sación es todavía más impac­tante. El espa­cio es enorme, casi despro­por­ciona­do. La nave cen­tral alcan­za unos 44 met­ros de altura, lo que la con­vierte en una de las cat­e­drales góti­cas más altas de Europa. Solo algunos tem­p­los como la cat­e­dral de Beau­vais, en Fran­cia, la super­an en ver­ti­cal­i­dad.

Ese efec­to de altura se acen­túa gra­cias a los enormes pilares y a la can­ti­dad de luz que entra por las vidri­eras. A difer­en­cia de otras igle­sias góti­cas más oscuras, aquí el inte­ri­or está lleno de clar­i­dad.

Entre todos los ele­men­tos de la cat­e­dral hay uno que lla­ma espe­cial­mente la aten­ción: su enorme rosetón. Con más de 12 met­ros de diámetro, es uno de los rose­tones góti­cos más grandes del mun­do. Está for­ma­do por más de mil piezas de vidrio de col­ores que cre­an una especie de man­dala de luz cuan­do el sol lo atraviesa.

Hay además un fenó­meno curioso que ocurre dos veces al año, el 2 de febrero y el 11 de noviem­bre. Durante unos min­u­tos, al amanecer, la luz que atraviesa el rosetón may­or se proyec­ta jus­to deba­jo del rosetón situ­a­do en la facha­da opues­ta, for­man­do una especie de ocho per­fec­to de luz den­tro de la cat­e­dral. Muchos mal­lorquines lo cono­cen como el “espec­tácu­lo de la luz” y cada vez atrae a más curiosos que madru­gan para ver­lo.

El casco antiguo de Palma: un laberinto de historia

Hay ciu­dades que se entien­den recor­rien­do sus grandes avenidas y otras que solo rev­e­lan su ver­dadera per­son­al­i­dad cuan­do uno se pierde por sus calles más antiguas. Pal­ma de Mal­lor­ca pertenece clara­mente al segun­do grupo. Su cas­co históri­co es un laber­in­to de calle­jue­las estre­chas, patios silen­ciosos y edi­fi­cios de piedra antiquísi­mos.

La mejor for­ma de des­cubrir­lo es, sen­cil­la­mente, cam­i­nar sin demasi­a­da prisa ni un plan  rígi­do. Porque en Pal­ma el encan­to no está solo en los grandes mon­u­men­tos, sino tam­bién en esos pequeños detalles que apare­cen cuan­do menos te lo esperas: una facha­da góti­ca escon­di­da en una calle tran­quila, un por­tal enorme de madera que da acce­so a un patio aris­tocráti­co o una igle­sia que parece sur­gir de repente entre edi­fi­cios antigu­os.

Como ocurre en muchas ciu­dades mediter­ráneas, el cas­co antiguo de Pal­ma es el resul­ta­do de muchas capas de his­to­ria super­pues­tas. Antes de con­ver­tirse en la ciu­dad ele­gante que vemos hoy, Pal­ma fue una ciu­dad romana y más tarde una impor­tante med­i­na islámi­ca lla­ma­da Mad­i­na Mayurqa (me encan­ta el nom­bre). De aque­l­la época musul­mana todavía que­da el traza­do de muchas calles: estre­chas, irreg­u­lares y pen­sadas para pro­te­ger del calor del ver­a­no. Cuan­do los reyes cris­tianos con­quis­taron la isla en el siglo XIII, la ciu­dad empezó a trans­for­marse pero el entra­ma­do urbano sigu­ió sien­do en gran parte el mis­mo. Por eso pasear hoy por el cas­co antiguo es, en cier­to modo, cam­i­nar por una ciu­dad medieval que todavía con­ser­va la lóg­i­ca de aque­l­la época.

Una de las cosas más agrad­ables de esta parte de Pal­ma es que muchas de sus calles siguen tenien­do un rit­mo tran­qui­lo, muy difer­ente al de otras zonas más turís­ti­cas de la ciu­dad. Bas­ta ale­jarse unos min­u­tos de los lugares más con­cur­ri­dos para encon­trarse con rin­cones sor­pren­den­te­mente silen­ciosos. Y si vienes en invier­no, aún dis­fru­tas más dicha sen­sación.

Plaça de la Drassana en Palma de Mallorca con terrazas y edificios tradicionales en el barrio de La Lonja

La Plaça de la Dras­sana es una de esas plazas pequeñas de Pal­ma que pasan desapercibidas en muchas guías pero que merece la pena incluir en cualquier paseo por el cas­co antiguo. Se encuen­tra en pleno bar­rio de La Lon­ja, muy cer­ca del paseo marí­ti­mo, por lo que es habit­u­al lle­gar has­ta aquí casi sin darte cuen­ta mien­tras recor­res la zona.

A niv­el visu­al, es una plaza muy rep­re­sen­ta­ti­va de la arqui­tec­tura tradi­cional de Pal­ma: edi­fi­cios de varias alturas, fachadas en tonos suaves —beige, ocre, rosa­do— y per­sianas mal­lorquinas verdes. No es una plaza mon­u­men­tal, pero pre­cisa­mente ahí está su gra­cia: mantiene un ambi­ente bas­tante local y menos sat­u­ra­do que otros pun­tos más cono­ci­dos.

Plaça Major de Palma

La Plaça Major de Pal­ma es uno de los pun­tos más cén­tri­cos y tran­si­ta­dos del cas­co antiguo y prob­a­ble­mente acabarás pasan­do por aquí varias veces sin darte cuen­ta. Está rodea­da de edi­fi­cios de fachadas en tonos cáli­dos, con con­tra­ven­tanas verdes y sopor­tales con arcos en la plan­ta baja, donde se con­cen­tran bares, cafeterías y pequeños com­er­cios.

A difer­en­cia de otras plazas más históri­c­as o mon­u­men­tales, la Plaça Major tiene un ambi­ente mucho más abier­to y dinámi­co. Es un lugar de paso pero tam­bién de para­da: gente toman­do algo en las ter­razas, gru­pos de tur­is­tas des­cansan­do, artis­tas calle­jeros o pequeños puestos en deter­mi­nadas épocas del año. Es, en cier­to modo, el pun­to donde se mez­cla el Pal­ma más turís­ti­co con el día a día de la ciu­dad.

Plaça Major de Palma con edificios de fachadas amarillas, soportales y terrazas en el centro histórico

Una de las curiosi­dades más lla­ma­ti­vas es su ori­gen. Bajo tus pies no solo hubo un con­ven­to, sino tam­bién una parte impor­tante de la vida reli­giosa y social de Pal­ma durante sig­los. Cuan­do el con­ven­to de San Felipe Neri fue der­rib­a­do en el siglo XIX, se decidió crear este gran espa­cio abier­to, algo poco habit­u­al en un cas­co antiguo tan com­pacto como el de Pal­ma de Mal­lor­ca.

Otra curiosi­dad intere­sante es que la plaza está lig­era­mente ele­va­da respec­to a algu­nas calles cer­canas. Esto no es casu­al: deba­jo exis­ten galerías y estruc­turas antiguas que forma­ban parte del com­ple­jo ante­ri­or. Es decir, no estás exac­ta­mente a niv­el “nat­ur­al” del ter­reno, sino sobre una con­struc­ción pre­via.

El Palacio de la Almudaina: la huella de la Mallorca islámica

Si no es uno de los pala­cios más boni­tos de España, poco le fal­ta. Es con difer­en­cia, después de la cat­e­dral, el mon­u­men­to más impor­tante de Pal­ma, una autén­ti­ca deli­cia para la vista,.

La Almu­daina empezó sien­do un alcázar musul­mán, una for­t­aleza pen­sa­da para con­tro­lar la ciu­dad y el mar. De hecho, su nom­bre viene del árabe al-muday­na, que sig­nifi­ca “ciu­dadela”. No era un lugar dec­o­ra­ti­vo, era un pun­to estratégi­co. Cuan­do Jaime I con­quistó la isla en el siglo XIII, no destruyó la for­t­aleza. Hizo algo bas­tante habit­u­al en aque­l­la época: reuti­lizarla. La adap­tó y la con­vir­tió en res­i­den­cia real.

Y aquí viene una de las curiosi­dades: durante un tiem­po, los reyes de Mal­lor­ca vivían en este pala­cio mien­tras gob­ern­a­ban un reino que, aunque hoy lo olvi­damos, fue inde­pen­di­ente durante varias décadas. No era un sim­ple ter­ri­to­rio, era un reino pro­pio.

Uno de los detalles que más sor­prende es que La Almu­daina no es solo un edi­fi­cio históri­co abier­to al públi­co. Sigue sien­do una res­i­den­cia ofi­cial de la famil­ia real españo­la.

Palacio de Almudaina

Esto expli­ca por qué algu­nas zonas no siem­pre están abier­tas y por qué el edi­fi­cio está tan bien con­ser­va­do. No es solo pat­ri­mo­nio, tam­bién es un espa­cio en uso. Mucha gente entra pen­san­do que se va a encon­trar un pala­cio recar­ga­do, tipo Ver­salles, y sale un poco sor­pren­di­da. La Almu­daina es bas­tante sobria. Pero tiene su lóg­i­ca.

Más que un lugar para impre­sion­ar, era un espa­cio para gob­ernar. Las salas son amplias, con techos altos, tapices y mobil­iario ele­gante pero sin exce­sos. Uno de los espa­cios más intere­santes es el Salón del Trono, donde se cel­e­bra­ban audi­en­cias ofi­ciales. No es espec­tac­u­lar en dec­o­ración pero tiene ese aire solemne que te hace imag­i­nar per­fec­ta­mente cómo fun­ciona­ba el poder en aque­l­la época. Y luego está la capil­la de San­ta Ana, que cam­bia com­ple­ta­mente el tono de la visi­ta. Es pequeña, de esti­lo góti­co y mucho más ínti­ma. Un con­traste bas­tante curioso con el resto del pala­cio.

Las murallas de Palma

Las Mural­las de Pal­ma son uno de los ele­men­tos históri­cos más impor­tantes de la ciu­dad y ayu­dan bas­tante a enten­der cómo era Pal­ma hace sig­los.

Durante mucho tiem­po, la ciu­dad estu­vo com­ple­ta­mente rodea­da por estas mural­las, que servían como sis­tema defen­si­vo frente a ataques por mar. Ten en cuen­ta que Pal­ma era un pun­to estratégi­co en el Mediter­rá­neo, así que nece­sita­ba una bue­na pro­tec­ción. Antes, el mar lle­ga­ba mucho más cer­ca de las mural­las. De hecho, la zona donde hoy está el Parc de la Mar era agua. Con el tiem­po se ganó ter­reno al mar y se creó este espa­cio abier­to que cam­bia bas­tante la per­cep­ción de la ciu­dad. Las mural­las que se con­ser­van hoy son en su may­oría de época rena­cen­tista, cuan­do se reforzaron para adap­tarse a la artillería.

Desta­can sobre todo por su tamaño y por lo bien integradas que están hoy en la ciu­dad. Aunque ya no cumplen una fun­ción defen­si­va, se han con­ver­tido en una de las zonas más agrad­ables para pasear, espe­cial­mente en la parte que bor­dea el mar.

urallas de Palma de Mallorca junto al Parc de la Mar y paseo peatonal con canal

Pasear por el barrio de La Lonja y Santa Catalina

La Lon­ja y San­ta Catali­na: dos bar­rios pega­dos, sep­a­ra­dos por ape­nas unos min­u­tos cam­i­nan­do pero con per­son­al­i­dades bas­tante dis­tin­tas. Uno más históri­co y ele­gante; el otro más mod­er­no, más desen­fada­do. Y lo intere­sante es pre­cisa­mente esa mez­cla. El bar­rio de La Lon­ja gira en torno al edi­fi­cio del mis­mo nom­bre pero lo real­mente atrac­ti­vo está en sus calles.

Lonja Palma

Aquí te encuen­tras con un entra­ma­do de calle­jue­las estre­chas, fachadas de piedra, bal­cones antigu­os y ese aire de ciu­dad mediter­ránea que mez­cla deca­den­cia y encan­to a partes iguales. Durante el día es tran­qui­lo, casi pau­sa­do. Puedes pasear sin prisa, des­cubrir patios escon­di­dos y encon­trar algu­na galería o tien­da pequeña.

Pero por la noche cam­bia bas­tante. La zona se llena de vida: bares, restau­rantes, ter­razas… Es uno de los pun­tos con más ambi­ente de Pal­ma, aunque sin lle­gar al caos de otras ciu­dades. Tiene ese equi­lib­rio entre ani­ma­do y agrad­able. Durante sig­los, esta zona estu­vo muy lig­a­da al com­er­cio marí­ti­mo. Los mer­caderes que tra­ba­ja­ban en La Lon­ja vivían o se movían por estas calles, así que, en cier­to modo, el bar­rio siem­pre ha tenido esa conex­ión con el movimien­to y la activi­dad.

A pocos min­u­tos cam­i­nan­do aparece San­ta Catali­na y el cam­bio se nota bas­tante. Si La Lon­ja es más clási­ca, San­ta Catali­na es más mod­er­na. Durante años fue un bar­rio de pescadores, sen­cil­lo y bas­tante olvi­da­do. Pero con el tiem­po se ha trans­for­ma­do en una de las zonas más de moda de Pal­ma. Aquí pre­dom­i­nan las casas bajas, muchas con con­tra­ven­tanas de col­ores, y un ambi­ente más local. Es el típi­co bar­rio donde encuen­tras cafeterías con brunch, restau­rantes de todo tipo, tien­das pequeñas con per­son­al­i­dad. Mucho ambi­ente pero más rela­ja­do que en el cen­tro

Passeig del Born

El Pas­seig del Born es uno de los paseos más cono­ci­dos y ele­gantes de Pal­ma y prob­a­ble­mente acabarás pasan­do por aquí sí o sí durante tu visi­ta. Está situ­a­do en pleno cen­tro históri­co y conec­ta varias zonas impor­tantes de la ciu­dad, por lo que fun­ciona tan­to como lugar de paso como de paseo. Hoy en día es una de las prin­ci­pales zonas com­er­ciales de Pal­ma. Aquí encon­trarás tien­das de mar­cas cono­ci­das, cafeterías y algu­nas ter­razas, lo que hace que siem­pre haya bas­tante ambi­ente, sobre todo por la tarde.

Pero el Born no siem­pre fue así. En la Edad Media, aquí dis­cur­ría un tor­rente —el antiguo cauce de la Riera— que atrav­es­a­ba la ciu­dad y que en épocas de llu­vias podía ser bas­tante prob­lemáti­co. Con el tiem­po, ese espa­cio se fue trans­for­man­do, canal­izan­do el agua y con­vir­tien­do la zona en un paseo urbano. Y es ahí donde empieza la his­to­ria más estéti­ca del Born. Durante sig­los fue un espa­cio abier­to donde se cel­e­bra­ban tor­neos, fies­tas y even­tos públi­cos. De hecho, el nom­bre “Born” hace ref­er­en­cia pre­cisa­mente a ese uso como lugar de cel­e­bra­ciones. Con el tiem­po, la zona se trans­for­mó has­ta con­ver­tirse en el paseo urbano que vemos hoy.

A finales del siglo XIX y prin­ci­p­ios del XX, Pal­ma entra en una fase de embel­lec­imien­to urbano. Se cre­an paseos, se plan­tan árboles, se añaden ele­men­tos dec­o­ra­tivos. Y entre ellos apare­cen escul­turas como esta esfin­ge.

Escultura de esfinge en el Passeig del Born de Palma de Mallorca en una plaza céntrica

Estas fig­uras no están pues­tas al azar. Tienen un claro aire neo­clási­co y ecléc­ti­co, muy típi­co de la época, donde se mez­cla­ban ref­er­en­cias a Egip­to, Gre­cia o Roma para trans­mi­tir ele­gan­cia, cul­tura y cier­to pres­ti­gio urbano. Era una for­ma de decir “esta ciu­dad está a la altura de otras cap­i­tales euro­peas”. For­ma parte de un con­jun­to dec­o­ra­ti­vo del Born que incluye var­ios ele­men­tos sim­i­lares, aunque muchas veces pasan desapercibidos porque la gente está más pen­di­ente de las tien­das o del ambi­ente que de lo que tiene delante.

Las esfin­ges, des­de la antigüedad, han sido fig­uras de vig­i­lan­cia. Están ahí, tum­badas, aparente­mente tran­quilas pero con esa sen­sación de estar observán­do­lo todo. No es una figu­ra dinámi­ca, es una figu­ra de con­trol. Y eso enca­ja bas­tante bien con el Born, que históri­ca­mente ha sido un espa­cio de rep­re­sentación social: des­files, encuen­tros, paseos de la bur­guesía y hoy, escaparate urbano.

La fuente del Pas­seig del Born es uno de los ele­men­tos más recono­ci­bles de esta aveni­da, con­sid­er­a­da una de las zonas más ele­gantes de Pal­ma. Aunque mucha gente pasa por aquí sin prestar­le demasi­a­da aten­ción, es un pun­to que mar­ca bas­tante el carác­ter del lugar.

Fuente del Passeig del Born en Palma con obelisco y escultura en la parte superior

El mur­ciéla­go que ves en la parte supe­ri­or del obelis­co del Pas­seig del Born no es dec­o­ra­ti­vo sin más, tiene un sig­nifi­ca­do sim­bóli­co bas­tante intere­sante. Está rela­ciona­do con la coro­na de Aragón y, por exten­sión, con la his­to­ria de Pal­ma. El mur­ciéla­go aparece en var­ios escu­d­os de ciu­dades mediter­ráneas como Valen­cia o Pal­ma, y se aso­cia a la con­quista cris­tiana de la ciu­dad en el siglo XIII. La leyen­da más cono­ci­da dice que un mur­ciéla­go alertó al ejérci­to del rey Jaime I el Con­quis­ta­dor de un ataque noc­turno, lo que per­mi­tió la vic­to­ria. Como agradec­imien­to, el ani­mal se incor­poró al sím­bo­lo de la ciu­dad.

Mercat de l’Olivar

El Mer­cat de l’Olivar es el mer­ca­do prin­ci­pal de Pal­ma y uno de los mejores lugares para ver el lado más cotid­i­ano de la ciu­dad. Se inau­guró en 1951, susti­tuyen­do a otros mer­ca­dos más antigu­os que esta­ban repar­tidos por la ciu­dad. Des­de entonces ha sido uno de los prin­ci­pales pun­tos de abastec­imien­to de Pal­ma, aunque con el tiem­po se ha ido adap­tan­do tam­bién al vis­i­tante.

A difer­en­cia de otros mer­ca­dos más ori­en­ta­dos al tur­is­mo, aquí todavía se mantiene bas­tante el ambi­ente local. Verás a gente hacien­do la com­pra del día, sobre todo por la mañana, mez­cla­da con vis­i­tantes que se acer­can a curiosear o a com­er algo rápi­do. Es un espa­cio amplio, bien orga­ni­za­do y divi­di­do por zonas, lo que hace que sea fácil recor­rerlo sin ago­b­ios.

Uno de los pun­tos más intere­santes es la zona de pesca­do, con bas­tante var­iedad y pro­duc­to fres­co, algo muy típi­co en mer­ca­dos de una isla como Mal­lor­ca. Tam­bién encon­trarás car­nicerías, fruterías, embu­ti­dos y pro­duc­tos locales, por lo que es un buen sitio para hac­erse una idea de la gas­tronomía de la zona sin necesi­dad de sen­tarse en un restau­rante.

Además, el mer­ca­do no es solo para com­prar. En los últi­mos años han ido ganan­do peso los puestos donde puedes com­er allí mis­mo: tapas, marisco, platos sen­cil­los prepara­dos al momen­to… Es una opción bas­tante prác­ti­ca si quieres com­er algo rápi­do en pleno cen­tro sin perder demasi­a­do tiem­po. Lo mejor es vis­i­tar­lo por la mañana, cuan­do hay más ambi­ente y todos los puestos están abier­tos. A par­tir del mediodía empieza a bajar la activi­dad y algunos ya cier­ran.

Entrada del Mercat de l’Olivar en Palma de Mallorca con arcos y visitantes en el exterior

El Paseo Marítimo y el puerto de Palma

Sales del cas­co antiguo, te acer­cas a la cat­e­dral, sigues cam­i­nan­do y de repente la ciu­dad se abre al mar. Todo cam­bia: hay más luz, más espa­cio y un rit­mo mucho más tran­qui­lo.  Una de las cosas más intere­santes es cómo cam­bia según la hora del día. Por la mañana el ambi­ente es bas­tante local, con gente cor­rien­do, pase­an­do o yen­do en bici jun­to al mar. A mediodía el calor suele apre­tar, sobre todo en ver­a­no, y la zona se vuelve más cal­ma­da. Pero es al atarde­cer cuan­do real­mente merece la pena. La luz cae sobre la bahía de Pal­ma, el agua cam­bia de col­or y el paseo se llena poco a poco de gente que sale a cam­i­nar o a sen­tarse frente al mar. 

El puer­to for­ma parte de todo este esce­nario y añade un con­traste curioso. Por un lado, está la activi­dad nor­mal de cualquier ciu­dad costera: fer­ris, bar­cos que entran y salen, movimien­to con­stante. Pero al mis­mo tiem­po, Pal­ma tiene una de las mari­nas más impor­tantes del Mediter­rá­neo, así que no es raro encon­trarte con yates enormes, bas­tante lla­ma­tivos. Ese con­traste entre lo cotid­i­ano y lo exclu­si­vo es bas­tante car­ac­terís­ti­co de la ciu­dad.

Puerto de Palma

El Castillo de Bellver: una fortaleza circular única en Europa

El Castil­lo de Bel­lver es uno de esos lugares que, inclu­so antes de vis­i­tar­lo, ya lla­man la aten­ción por algo muy con­cre­to: su for­ma. No es el típi­co castil­lo medieval. Es cir­cu­lar. Y eso, en arqui­tec­tura defen­si­va, no es pre­cisa­mente lo habit­u­al.

Está situ­a­do a unos tres kilómet­ros del cen­tro de Pal­ma, en una col­i­na rodea­da de bosque, lo que ya te da una pista de lo que vas a encon­trar: his­to­ria, sí, pero tam­bién vis­tas bas­tante espec­tac­u­lares. Y de hecho, el nom­bre no engaña. Bel­lver sig­nifi­ca “bel­la vista”. 

Castillo Bellver

Con­stru­i­do en el siglo XIV por orden de Jaime II de Mal­lor­ca, el castil­lo tenía una fun­ción clara: res­i­den­cia real y, al mis­mo tiem­po, for­t­aleza defen­si­va. Pero lo que lo hace espe­cial es su dis­eño.

Es uno de los pocos castil­los cir­cu­lares de Europa y eso cam­bia com­ple­ta­mente la sen­sación cuan­do lo recor­res. No hay esquinas, no hay esa estruc­tura típi­ca de mural­las rec­tas. Todo gira en torno a un patio cen­tral tam­bién cir­cu­lar, rodea­do de arcos.

Como muchos edi­fi­cios históri­cos, el Castil­lo de Bel­lver no siem­pre tuvo el mis­mo uso. Con el paso del tiem­po dejó de ser res­i­den­cia real y se con­vir­tió en prisión. Y aquí viene una de esas curiosi­dades que sue­len pasar desapercibidas: uno de sus pre­sos más cono­ci­dos fue el ilustra­do Gas­par Mel­chor de Jovel­lanos. Estu­vo encer­ra­do aquí a prin­ci­p­ios del siglo XIX, y durante su estancia escribió y reflex­ionó sobre la isla.

Los patios de Palma: el secreto mejor guardado de la ciudad

Hay algo en Pal­ma que muchos vis­i­tantes pasan por alto. No porque no esté ahí, sino porque no es evi­dente. No está señal­iza­do, no tiene colas, no aparece siem­pre en las lis­tas de impre­scindibles. Y sin embar­go, es de lo más intere­sante que puedes ver en la ciu­dad: sus patios inte­ri­ores.

Los patios de Pal­ma no están pen­sa­dos para el tur­ista. No se con­struyeron para impre­sion­ar a quien pasa por la calle, sino para vivir. Y por eso, des­cubrir­los tiene algo espe­cial. En el cas­co antiguo de Pal­ma hay numerosas casas seño­ri­ales que, des­de fuera, pueden pare­cer bas­tante sobrias. Fachadas de piedra, puer­tas grandes, poco más. Pero detrás de esas puer­tas se esconde otro mun­do.

Los patios eran el corazón de estas vivien­das. Espa­cios abier­tos, gen­eral­mente con escaleras de piedra, arcos, colum­nas y a veces plan­tas o pequeños detalles dec­o­ra­tivos. Lugares de paso pero tam­bién de vida. Era donde se orga­ni­z­a­ba la casa, donde entra­ba la luz y donde se conecta­ban las difer­entes estancias, un poco al esti­lo de los romanos o los patios árabes (ya sabéis que Pal­ma es una mez­cla de todo esto).

Una de las cosas más lla­ma­ti­vas es que muchos de estos patios se pueden ver sim­ple­mente entran­do. No todos pero sí bas­tantes. Si ves una puer­ta grande entre­abier­ta en el cas­co antiguo, es posi­ble que dé acce­so a uno de estos patios. No hay car­tel, no hay indi­cación clara. Es más bien una invitación disc­re­ta. Eso sí, si entras, haz­lo siem­pre con respeto porque muchos siguen sien­do vivien­das pri­vadas.

Patio Palma de Mallorca

Otros rincones interesantes

El ayuntamiento de Palma

Está en ple­na Plaça de Cort, en el corazón del cas­co históri­co. La Plaça de Cort es de esas que fun­cio­nan muy bien sin necesi­dad de grandes mon­u­men­tos. Siem­pre hay gente, siem­pre hay movimien­to pero sin lle­gar al caos de otras zonas más turís­ti­cas.

Aquí está tam­bién el famoso oli­vo cen­te­nario, otro de esos detalles que pasan desapercibidos si no sabes lo que estás vien­do. Tiene más de 600 años y se ha con­ver­tido casi en sím­bo­lo del lugar.

Fachada ayuntamiento de Palma

No es un edi­fi­cio que impre­sione por tamaño, sino por detalles. La facha­da, de esti­lo bar­ro­co, tiene ese equi­lib­rio entre sobriedad y orna­mentación que fun­ciona muy bien. Y luego está el ele­men­to que lo cam­bia todo: el voladi­zo de madera que sobre­sale en la parte supe­ri­or. Es imposi­ble no fijarse en él. No es lo típi­co que esperas ver en un edi­fi­cio insti­tu­cional, y pre­cisa­mente por eso se que­da en la cabeza. Ese voladi­zo no es dec­o­ra­ti­vo sin más. Tiene influ­en­cia de la arqui­tec­tura tradi­cional mal­lorquina y le da al edi­fi­cio un carác­ter bas­tante úni­co.

El Ayun­tamien­to de Pal­ma (Cort) no es un lugar turís­ti­co como tal, así que no fun­ciona como un museo al que entras cuan­do quieres. Es un edi­fi­cio admin­is­tra­ti­vo y la may­or parte del tiem­po está ded­i­ca­do a trámites y gestión munic­i­pal. Pero sí puedes acced­er al hall (nosotros lo hici­mos) y merece bas­tante la pena.

Molino de Santa Catalina (Molí d’en Garleta)

El Moli­no de San­ta Catali­na (Molí d’en Gar­leta) es uno de los moli­nos de vien­to más cono­ci­dos de Pal­ma y un buen ejem­p­lo del pasa­do más tradi­cional de la ciu­dad. Se encuen­tra en la zona de Es Jon­quet, den­tro del bar­rio de San­ta Catali­na, una de las áreas con más per­son­al­i­dad de Pal­ma.

Aunque hoy está rodea­do de edi­fi­cios mod­er­nos, este moli­no for­ma parte de un con­jun­to que durante sig­los fue muy habit­u­al en la ciu­dad. De hecho, toda esta zona esta­ba llena de moli­nos que aprovech­a­ban el vien­to del litoral para mol­er cere­al y pro­ducir hari­na.

El ori­gen del Molí d’en Gar­leta se sitúa en torno al siglo XVII y es uno de los pocos que se han con­ser­va­do has­ta hoy. Su estruc­tura es bas­tante car­ac­terís­ti­ca: una torre cilín­dri­ca de piedra, con un remate supe­ri­or donde se colo­ca­ban las aspas, que es lo que le da ese aspec­to tan recono­ci­ble.

Molino de Santa Catalina en Palma de Mallorca con aspas de madera en el barrio de Es Jonquet

Es uno de los cin­co moli­nos harineros que aún quedan en Es Jon­quet, una zona que además está pro­te­gi­da como con­jun­to históri­co (Bien de Interés Cul­tur­al), lo que ayu­da a enten­der su val­or den­tro del paisaje de Pal­ma.

Con el paso del tiem­po, el moli­no dejó de ten­er uso indus­tri­al y pasó a ten­er un papel más cul­tur­al. Durante años ha alber­ga­do el Museo de los Moli­nos y la sede de la Aso­ciación de Ami­gos de los Moli­nos de Mal­lor­ca, con infor­ma­ción sobre este tipo de con­struc­ciones en las islas. En los últi­mos años se ha plantea­do su restau­ración, jun­to con otros moli­nos de Pal­ma, debido al dete­ri­oro que pre­senta­ban. La idea es con­ser­var­los como parte del pat­ri­mo­nio históri­co y tam­bién como uno de los ele­men­tos más recono­ci­bles del paisaje urbano.

La iglesia de la Venerable Orden Tercera de San Francisco

Es uno de esos edi­fi­cios que sor­pren­den más por su arqui­tec­tura que por su fama. No es de las más cono­ci­das de Pal­ma pero lla­ma bas­tante la aten­ción cuan­do te la encuen­tras, sobre todo por su torre octog­o­nal, que desta­ca clara­mente sobre el resto del entorno.

Se con­struyó a finales del siglo XIX, en una época en la que la ciu­dad empez­a­ba a cre­cer fuera del núcleo más antiguo. Por eso su esti­lo es difer­ente al de las igle­sias góti­cas más típi­cas del cen­tro, con una mez­cla de ele­men­tos neor­románi­cos y neogóti­cos.

La inscrip­ción que aparece en la facha­da hace ref­er­en­cia a la Orden Ter­cera fran­cis­cana, for­ma­da por laicos que seguían la espir­i­tu­al­i­dad de San Fran­cis­co sin pertenecer a una orden reli­giosa tradi­cional.

Iglesia de la Venerable Orden Tercera de San Francisco en Palma con torre octogonal y fachada neorrománica

Gigantes y cabezudos

Recuer­do que cuan­do era niña, en el bar­rio donde vivían mis abue­los, en las fies­tas veci­nales una de las grandes atrac­ciones (¡aparte de las car­reras de sacos!) era el des­file de gigantes y cabezu­dos. Des­de entonces, ten­go muchísi­mo car­iño a esta tradi­ción tan mediter­ránea y que sigue tan viva en Cataluña o las Balear­es.

Si los ves de cer­ca —como en la foto de aquí aba­jo— lo primero que lla­ma la aten­ción es su tamaño. Los gigantes son fig­uras altas, con estruc­tura inter­na, que se lle­van des­de den­tro, mien­tras que los cabezu­dos son más pequeños pero con esas cabezas despro­por­cionadas que les dan ese aire tan car­ac­terís­ti­co, a medio camino entre lo fes­ti­vo y lo inqui­etante.

En Pal­ma, como en muchas otras ciu­dades de España, estas fig­uras están muy lig­adas a las fies­tas pop­u­lares. Salen sobre todo durante cel­e­bra­ciones impor­tantes, acom­pañan­do des­files, músi­ca y bailes. No son sim­ples adornos: for­man parte del espec­tácu­lo y de la iden­ti­dad cul­tur­al de la ciu­dad.

Gigantes y cabezudos tradicionales de Palma de Mallorca expuestos en el interior de un edificio histórico

Lo intere­sante es que no rep­re­sen­tan per­son­ajes al azar. Muchos de estos gigantes están inspi­ra­dos en fig­uras tradi­cionales, per­son­ajes históri­cos o tipos pop­u­lares. Es decir, son una for­ma de con­tar la his­to­ria y las cos­tum­bres locales pero de una man­era mucho más visu­al y acce­si­ble.

Los gigantes, evi­den­te­mente, no se mueven solos. Den­tro hay una per­sona que los car­ga y los hace bailar. Y no es nada fácil: pueden pesar bas­tante y requieren prác­ti­ca para moverse con soltura sin perder el equi­lib­rio. En cuan­to a los cabezu­dos, estos sue­len ten­er un papel más inter­ac­ti­vo. En muchas fies­tas se acer­can a la gente, espe­cial­mente a los niños, cre­an­do ese pun­to entre diver­tido y un poco caóti­co que suele gus­tar mucho en este tipo de even­tos. Algunos de estos gigantes se guardan durante gran parte del año y solo salen en oca­siones espe­ciales.

La leyenda del Drac de na Coca

En una Pal­ma de hace sig­los, cuan­do la ciu­dad todavía esta­ba encer­ra­da entre mural­las y la noche caía de ver­dad —sin faro­las, sin rui­do, sin nada— empezaron a cir­cu­lar rumores inqui­etantes. Algo se movía por las calles. Algo raro. Algo que no enca­ja­ba. Los veci­nos habla­ban en voz baja, como se hace siem­pre cuan­do hay miedo. Decían que salía por la noche, que se desliz­a­ba por zonas cer­canas a la cat­e­dral, que aparecía y desa­parecía sin dejar ras­tro. Y claro, cuan­do no entien­des lo que estás vien­do, lo con­viertes en un mon­struo. Así nació el dragón.

Drac de na Coca en Palma de Mallorca figura de cocodrilo asociado a la leyenda del dragón

La his­to­ria cuen­ta que un hom­bre —un caballero, según las ver­siones— se encon­tró cara a cara con la criatu­ra. Fue un encuen­tro casi acci­den­tal, de esos que cam­bian una his­to­ria entera en un segun­do. Y la mató. Has­ta aquí podría pare­cer una leyen­da más, como tan­tas otras. Pero hay un detalle que cam­bia todo: el ani­mal exis­tió. No era un dragón. Era un coco­dri­lo. Sí, un coco­dri­lo en Pal­ma.

Prob­a­ble­mente llegó en algún bar­co, como tan­tas otras mer­cancías extrañas que cir­cu­la­ban por el Mediter­rá­neo en aque­l­la época. Y por algún moti­vo —escape, aban­dono, acci­dente— acabó vivien­do donde nadie esper­aría encon­trar algo así: en una ciu­dad euro­pea. Por eso la his­to­ria no desa­pare­ció por com­ple­to. Porque tenía algo de real.

Durante años, el ani­mal se con­servó como una curiosi­dad, casi como un tro­feo extraño. No solo como recuer­do de una haz­a­ña, sino como prue­ba de que aque­l­lo no había sido una inven­ción colec­ti­va. Y ahí es donde el Drac de na Coca se vuelve real­mente intere­sante: no es solo una leyen­da, es una mala inter­pretación de la real­i­dad con­ver­ti­da en mito.

Cómo llegar a Palma de Mallorca

Lle­gar a Pal­ma de Mal­lor­ca es mucho más fácil de lo que muchos imag­i­nan. La cap­i­tal balear está per­fec­ta­mente conec­ta­da con la penín­su­la y con muchas ciu­dades euro­peas, lo que expli­ca en parte por qué se ha con­ver­tido en uno de los des­ti­nos más vis­i­ta­dos del Mediter­rá­neo. 

La for­ma más ráp­i­da de lle­gar es, sin duda, el avión. El aerop­uer­to de Pal­ma, cono­ci­do ofi­cial­mente como Son Sant Joan, se encuen­tra a ape­nas ocho kilómet­ros del cen­tro de la ciu­dad y es uno de los más tran­si­ta­dos de España. Durante los meses de ver­a­no la activi­dad es frenéti­ca, con vue­los que lle­gan con­stan­te­mente des­de toda Europa pero inclu­so en tem­po­ra­da baja sigue tenien­do una ofer­ta muy amplia.

Des­de ciu­dades como Madrid o Barcelona hay vue­los prác­ti­ca­mente a cualquier hora del día. La duración del trayec­to suele ron­dar una hora en el caso de Barcelona y alrede­dor de una hora y veinte min­u­tos des­de Madrid. En cuan­to a pre­cios, todo depende de la época del año y de la antelación con la que com­pres el bil­lete. En tem­po­ra­da baja es rel­a­ti­va­mente fácil encon­trar vue­los por 20 o 40 euros, espe­cial­mente si vue­las con com­pañías de bajo coste. En cam­bio, en pleno ver­a­no o durante algunos fines de sem­ana muy deman­da­dos los pre­cios pueden subir fácil­mente a 80 o inclu­so 150 euros por trayec­to.

Com­pañías como Air Europa, Vuel­ing o Iberia (y su fil­ial Iberia Express) conectan Mal­lor­ca con un mon­tón de ciu­dades españo­las. Nosotros por pre­cio y horario escogi­mos Ryanair: lle­van­do sólo mochi­la de mano y sin elec­ción de asien­to, el vue­lo nos sal­ió por ape­nas 30 euros ida y vuelta. Que te gas­tas más dinero salien­do a cenar en tu ciu­dad de ori­gen.

Des­de el aerop­uer­to lle­gar al cen­tro de Pal­ma es bas­tante sen­cil­lo. El auto­bús A1 conec­ta el aerop­uer­to con el cas­co históri­co y el paseo marí­ti­mo en unos veinte min­u­tos. El bil­lete cues­ta 5 euros y es la opción más económi­ca. 

Aunque el avión es el medio más habit­u­al, tam­bién existe la posi­bil­i­dad de lle­gar a Mal­lor­ca en bar­co. Varias com­pañías oper­an fer­ris que conectan Pal­ma con Barcelona, Valen­cia o Denia. Este tipo de via­je suele durar entre 6 y 8 horas, depen­di­en­do de la ruta y del tipo de bar­co. Mucha gente opta por esta opción si quiere lle­var su pro­pio coche a la isla. Los pre­cios de los fer­ris varían bas­tante según la tem­po­ra­da y si via­jas con vehícu­lo. Un pasajero sin coche puede encon­trar bil­letes des­de 30 o 40 euros, mien­tras que si llevas coche el pre­cio puede subir a 100 o 150 euros. En ver­a­no, como ocurre con los vue­los, las tar­i­fas sue­len ser más altas.

Una vez en Pal­ma, moverse por la ciu­dad resul­ta bas­tante fácil. El cen­tro históri­co se recorre per­fec­ta­mente a pie y muchas de las prin­ci­pales atrac­ciones están a pocos min­u­tos unas de otras. Además, hay una bue­na red de auto­bus­es urbanos que conec­ta el cen­tro con bar­rios más ale­ja­dos, playas cer­canas y otras zonas de la ciu­dad.

En defin­i­ti­va, Pal­ma de Mal­lor­ca es uno de esos des­ti­nos que com­bi­nan muy bien la sen­sación de escapa­da mediter­ránea con una acce­si­bil­i­dad sor­pren­den­te­mente sen­cil­la. En poco más de una hora de vue­lo puedes pasar del rit­mo de una gran ciu­dad al ambi­ente rela­ja­do de una cap­i­tal frente al mar. Y esa facil­i­dad para lle­gar es, sin duda, una de las razones por las que tan­tos via­jeros vuel­ven una y otra vez. 

Alojamiento

El alo­jamien­to em Pal­ma es uno de los may­ores dolores de cabeza para el que via­ja aquí. Sí, inclu­so en invier­no. Daos cuen­ta que aunque aquí en invier­no llue­va, bajen las tem­per­at­uras y a veces pegue el vien­to que da gus­to, tam­bién hay muchos días de sol y nosotros mis­mos a últi­mos de Febrero estu­vi­mos pase­an­do por la playa en man­ga cor­ta. Para alguien que viene del géli­do norte de Europa, el invier­no balear es pan comi­do y aunque evi­den­te­mente la deman­da es mucho menor en invier­no que en ver­a­no, Mal­lor­ca es una isla que tiene vis­i­tantes todo el año, tan­to extran­jeros como nacionales.

A ello hay que sumar­le la can­ti­dad de ale­manes que viv­en en la isla de for­ma per­ma­nente (sí, prob­a­ble­mente escuch­es más por la calle hablar en alemán que en castel­lano o mal­lorquín), otra tan­tísi­ma gente que, aprovechan­do el tele­tra­ba­jo, se ha muda­do aquí bus­can­do el buen cli­ma, y el mod­e­lo de tur­is­mo desme­di­do que parece imper­ar en nue­stro país en las últi­mas décadas. De este modo, encon­trar un hotel bueno, boni­to y, sobre todo, bara­to en Pal­ma es tarea casi imposi­ble.

En nue­stro caso, opta­mos por tirar de hostales (que ojo, tam­poco os creáis que esta­ban mucho más económi­cos). Nos decidi­mos por We Hos­tel y debo decir que quedamos muy, muy con­tentos. Más que de un hostal, las habita­ciones eran propias de un hotel. Amplias (con­ta­ban has­ta con una mesi­ta con dos sil­las), mobil­iario muy mod­er­no, limpísi­mas y bas­tante fun­cionales.

Habitacióon de hostal con cama con colores vivos y mobiliario moderno

El hostal se encuen­tra en el bar­rio del Ter­reno, a poca dis­tan­cia del Castil­lo de Bel­lver. Es un bar­rio bas­tante curioso, pues en los años 70 era donde se con­cen­tra­ban la may­or parte de pubs y dis­cote­cas de la cap­i­tal mal­lorquina pero hoy en día emana un aire bas­tante deca­dente. Que tam­bién se tiene su encan­to la cosa, ya sabéis lo amante que soy del lumpen 😉 lo bueno es que está a dos min­u­tos del paseo marí­ti­mo y cam­i­nan­do al cen­tro tar­das unos 25 min­u­tos; para una madrileña acos­tum­bra­da a las grandes dis­tan­cias del foro, eso es un paseo agrad­able.

Sin embar­go, por otro lado debo mati­zar que, al mis­mo tiem­po, se nota­ba un mon­tón que era el típi­co hostal al que vienen guiris de fies­ta (insis­to, inclu­so en invier­no); que se lo digan a nue­stros ami­gos, a los que unos gilipol­las comen­zaron a apor­rear­les la puer­ta a las 6 de la mañana. Era el tipo de cliente que más abund­a­ba (en serio, da muy mala impre­sión ver a peña tum­ba­da en los sofás de las zonas comunes yonki­la­ta en mano), por lo que no me quiero imag­i­nar cómo debe ser el per­cal en ver­a­no. Pero es lo que hay si no quieres dejarte un ojo de la cara al venir a Pal­ma de Mal­lor­ca. Por cier­to, el pre­cio fue de 69 euros la habitación doble: si reser­vas por la web, te hacen un 10% de des­cuen­to.

Qué comer en Palma de Mallorca

Pal­ma no es solo patios boni­tos, calles con his­to­ria o edi­fi­cios que pare­cen saca­dos de otra época. Pal­ma tam­bién se entiende comien­do. Y aquí hay algo impor­tante: no todo es pael­la ni san­gría (por suerte).

La gas­tronomía mal­lorquina tiene bas­tante más per­son­al­i­dad de lo que parece a sim­ple vista. Es con­tun­dente, muy lig­a­da al pro­duc­to local y con influ­en­cias mediter­ráneas claras pero tam­bién con ese pun­to tradi­cional que no siem­pre se adap­ta al gus­to mod­er­no. Y ahí está parte de su encan­to. Si quieres enten­der Pal­ma de ver­dad, esto es lo que deberías pro­bar.

🥐 Ensaima­da: el impre­scindible (pero bien elegi­do)

Sí, es lo más típi­co. Y tam­bién lo más fácil de hac­er mal. La ensaima­da es ese dulce en for­ma de espi­ral que verás en todas partes pero no todas son iguales. Las bue­nas tienen una tex­tu­ra lig­era, casi aérea, con ese toque de man­te­ca que no resul­ta pesa­do.

👉 Tipos más comunes:
– Lisa (la clási­ca)
– Con cre­ma
– Con cabel­lo de ángel
– Con choco­late

💡 Con­se­jo: evi­ta las más indus­tri­ales del cen­tro y bus­ca una pastel­ería de toda la vida. La difer­en­cia se nota muchísi­mo.

Ensaimada Mallorca

🥩 Sobrasa­da

La sobrasa­da mal­lorquina no es solo “algo para untar”. Es uno de los pro­duc­tos más rep­re­sen­ta­tivos de la isla, hecha con carne de cer­do, pimen­tón y espe­cias. Tiene ese pun­to gra­so y potente que o te encan­ta o te cues­ta al prin­ci­pio pero bien com­bi­na­da cam­bia total­mente.

👉 Cómo pro­bar­la:
– Sobre pan con miel (sí, mez­cla dulce-sal­a­do)
– En platos calientes
– Como tapa sen­cil­la

🥘 Frito mal­lorquín

Este no es un pla­to “boni­to” pero es muy autén­ti­co. El frito mal­lorquín mez­cla carne (nor­mal­mente cordero o cer­do), híga­do, pata­ta, ver­duras y espe­cias, todo saltea­do. Es con­tun­dente, direc­to y bas­tante tradi­cional.

🥔 Tum­bet o la ver­sión mal­lorquina del pis­to El tum­bet es prob­a­ble­mente el pla­to más fácil de dis­fru­tar si no quieres com­pli­carte. Lle­va pata­ta, beren­je­na, pimien­to y tomate, todo en capas. Es sen­cil­lo pero cuan­do está bien hecho fun­ciona muy bien. Lo verás mucho como acom­pañamien­to de carne o pesca­do.

🥟 La coca mal­lorquina es una base de masa fina con ver­duras, pesca­do o carne por enci­ma. Es más lig­era que una piz­za y muy típi­ca en panaderías locales. Ide­al para com­er algo rápi­do sin caer en lo típi­co turís­ti­co.

🍰 Gató con almen­dra.  Aquí viene uno de los mejores secre­tos de la gas­tronomía isleña. El gató de almen­dra es un biz­co­cho sin hari­na, hecho con almen­dra mol­i­da. Suele servirse con hela­do (nor­mal­mente de almen­dra o vainil­la) y tiene una tex­tu­ra den­sa pero suave. Muy mal­lorquín y bas­tante difer­ente a otros postres típi­cos.

Nues­tra recomen­dación para com­er es el restau­rante Blat al Sac: autén­ti­co des­cubrim­ien­to. Un restau­rante de lo más acoge­dor donde podrás degus­tar una curiosa mez­cla entre la gas­tronomía mal­lorquina más tradi­cional y la coci­na cre­ati­va: des­de nachos a la mal­lorquina a steak tar­tar de tern­era de la tier­ra, pa amb oli con que­so mahonés o unas cro­que­tas de calçots que esta­ban fuera de car­ta y que tuvi­mos la suerte de com­er por estar en tem­po­ra­da.


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