Roma en 4 días

Tras toda una vida via­jan­do, lo cier­to es que muchas veces me había pre­gun­ta­do “¿qué me ha lle­va­do a retrasar tan­to tiem­po el via­je a Roma cuan­do, sin embar­go, es una de las ciu­dades que más he desea­do cono­cer?” Pues un cúmu­lo de motivos que, en la prác­ti­ca, me he dado cuen­ta que son bas­tante secun­dar­ios.

El primero: todo el mun­do me decía “Roma es carísi­ma!”. Bueno, esto es una ver­dad a medias. Para empezar, he esta­do en país­es muchísi­mo más caros, caso de Norue­ga o Dina­mar­ca (tam­bién es ver­dad que el de Oslo fue un via­je de tra­ba­jo en el que me lo pagaron todo pero claro,veía los pre­cios de las cosas). En real­i­dad, Roma es cara si no te bus­cas la vida y si te emper­ras en comer/cenar en los pun­tos más turís­ti­cos (tam­bién nos pasó algún día, ya lo leereis en el rela­to) pero os recomen­daré un mon­tón de tru­cos para ahor­raros dinero.

El segun­do: está tan llena de tur­is­tas que en oca­siones no puedes ni andar. Esto sí que es cier­to (que nos lo digan a nosotros que enci­ma lleg­amos un domin­go) pero para este tema tam­bién hay varias solu­ciones.

El ter­cero: mis úni­cas escapadas a Italia (tres para más inri) habían sido a Milán. He ido pre­cisa­mente tres veces por temas de concier­tos, a ver giras de Möt­ley Crüe, porque los bil­letes aere­os salían bien de pre­cio pero hon­es­ta­mente, la ciu­dad, por mucho que la pub­liciten como cap­i­tal de la moda, es fea, sucia y con un niv­el de delin­cuen­cia con­sid­er­able. Y mues­tra de “la excep­ción con­fir­ma la regla”, al con­trario que el resto de Italia, ape­nas tiene un pat­ri­mo­nio artís­ti­co que jus­ti­fique la visi­ta.

El cuar­to: en ver­a­no en Roma hace un calor de morirse. Lo hace, sí, y eso que fuimos a finales de Sep­tiem­bre. Pero tam­bién he esta­do en lugares más calurosos y eso no me ha echa­do para atrás. Así que cada vez que lle­ga­ban unos días de vaca­ciones, Roma y Vene­cia siem­pre esta­ban en mi mente pero al final, pobrecitas ellas, acaba­ban sien­do susti­tu­idas por otros lugares.  Y como decidí que ten­dría que ir antes de cumplir los cuarenta, ya no íbamos a retrasar­lo mucho más. Ben­di­ta la hora en que nos decidi­mos. Ambas ciu­dades, pero sobre todo Roma, me han enam­ora­do com­ple­ta­mente. Sin dudar­lo, uno de los mejores via­jes que hemos hecho jamás.

A Roma se puede lle­gar por medio de dos aerop­uer­tos, el de Ciampino y el de Fiu­mi­ci­no. Nosotros uti­lizamos ambos, así que os daré instruc­ciones para moveros en uno y en otro. El de Ciampino es uti­liza­do prin­ci­pal­mente por com­pañías de bajo coste, por lo que es muy prob­a­ble que sea donde ater­rices. Nosotros llegábamos des­de Polo­nia (vue­lo con Ryanair Cra­covia-Roma unos 70 euros aprox­i­mada­mente). Para ir de Ciampino a la ciu­dad, escogi­mos el bus de Ter­rav­i­sion: nada más salir, verás los mostradores que te ofre­cen el trayec­to (pre­cio 4 euros, tiem­po de via­je 45 min­u­tos).  Sale aprox­i­mada­mente cada media hora. En cuan­to a Fiu­mi­ci­no, puedes lle­gar has­ta aquí en tren des­de la estación de Traste­vere, el pre­cio es de 8 euros y los trenes salen cada media hora.

El bus te deja en la prin­ci­pal estación de auto­bus­es de la ciu­dad, Ter­mi­ni. Viene muy bien para enlazar con un mon­tón de líneas de bus­es y metro y esta zona tam­bién es donde se amon­to­nan los hote­les y pen­siones más baratos. Bueno, lo de bara­to es un decir. En Roma es tem­po­ra­da alta todo el año y, como París, tiene el incon­ve­niente de ten­er muchísi­ma ofer­ta hotel­era pero a pre­cios que se cor­re­spon­den poco con la cal­i­dad.

En Ter­mi­ni, en esas fechas, encon­trar una habitación con baño com­par­tido en hostales (que no hote­les) y medi­ana­mente limpio no baja­ba de 80 euros la noche. Había que añadirle que por la noche es de las zonas más inse­guras de la ciu­dad (por eso es la más bara­ta). Así que de nue­vo íbamos a recur­rir a Airbnb. Nos habíamos sep­a­ra­do de nue­stros ami­gos en Polo­nia, pues ellos ya volvían a Madrid, y con­tin­uábamos el via­je mi chico y yo solos, por lo que bus­caríamos un estu­dio: para los dos tam­poco nece­sitábamos algo mucho más grande, nos basta­ba con que estu­viera limpio y bien situ­a­do. Insis­to en lo de la ubi­cación porque nues­tra inten­ción en todo momen­to era quedarnos en el que, para mí, es sin  duda el corazón de Roma y su bar­rio más boni­to y encan­ta­dor: el Traste­vere. ¡Cuan­tas veces nos felici­ta­mos por la elec­ción!

Encon­tramos al final un estu­dio pequeñi­to y súper agrad­able en el Traste­vere pero no en pleno meol­lo sino a diez min­u­tos andan­do de las calles de restau­rantes, lo que enci­ma nos per­mitía dormir sin rui­do por la noche y estábamos a cin­co min­u­tos de la estación de tren de Traste­vere. La dueña, Mon­i­ca, una mujer ama­bilísi­ma, había adap­ta­do de un modo muy hip­pie un pisi­to situ­a­do en el entre­sue­lo, hacién­do­lo súper cómo­do, con su aire acondi­ciona­do, coci­na, baño pri­va­do y wifi, y deján­donoslo a un pre­cio imbat­i­ble: 65 euros la noche. Has­ta tuvo el detalle de dejarnos un mon­tón de cosas para el desayuno y ofre­cer­nos usar su lavado­ra, ya que vivía en el piso de arri­ba. Mejor no podíamos estar, mucha mejor opción esta que la de haber­nos queda­do en un hotel.

El Traste­vere cuan­do más lo dis­fru­tas es por las noches, cuan­do bajan las tem­per­at­uras y se llenan sus ter­razas, está bas­tante bien comu­ni­ca­do con el cen­tro históri­co. Nosotros solíamos usar sobre todo el tran­vía 8, que pasa muy fre­cuente­mente (cada diez min­u­tos) y en menos de quince min­u­tos te deja en Piaz­za Venezia. Depen­di­en­do de lo que vayas a usar los bus­es y tran­vías, com­pen­sa hac­erte o no con la Roma Card. Nosotros no la cogi­mos porque usamos poco el trans­porte públi­co, Roma es una ciu­dad que hay que cono­cer andan­do, andan­do y andan­do. Cuan­do cogíamos el tran­vía, com­prábamos los bil­letes en unos kioskos cer­canos (1,30 euros el via­je). Recuer­da que al subir, has de con­va­l­i­dar el bil­lete en unas máquinas amar­il­las que hay den­tro del tran­vía en vez de enseñárse­lo al con­duc­tor.

El rela­to de un via­je a Roma puede hac­erse infini­to asi que me va a lle­var bas­tante tiem­po preparar esta entra­da de blog. Aún así, por mucho que hayas vis­to, todos los que la visi­ta­mos regre­samos con la sen­sación de “lo que nos ha queda­do por ver!”. Su pat­ri­mo­nio es inter­minable. Es un autén­ti­co museo al aire libre. Si antes de vis­i­tar­la tenía la idea de que Pra­ga y París eran las ciu­dades más boni­tas que había vis­to en Europa, rec­ti­fi­co total­mente: después de este via­je, no me que­da duda de que hay pocos lugares como Roma en el mun­do. De esos lugares que cuan­do te vas, sabes que acabarás volvien­do para seguir des­cubrién­dola. Porque, como os digo, Roma no se aca­ba nun­ca.

El recor­ri­do por la ciu­dad voy a inten­tar hac­er­lo geográ­fi­ca­mente, cen­trán­dome por zonas para que a la hora de plan­ear el via­je sepa­is más o menos como dis­tribuiros los días. Las jor­nadas pueden dar de sí mucho o poco depen­di­en­do de cómo te las dis­tribuyas pero lo ide­al es que cuan­do vis­itéis una zona u otra, sepáis exac­ta­mente la lista de todo lo que querais vis­i­tar para no veros oblig­a­dos a volver luego (aunque por Roma, tam­bién es cier­to, habrá sitios por los que pasarás indud­able­mente varias veces, aunque sólo sea por el plac­er de volver a admi­rar­los). Hazte con un buen mapa y a repar­tir: repi­to lo de hac­er listas,que no es ningu­na ton­tería. Hay tan­tos sitios intere­santes para ver que lo mejor es lle­var­lo todo apun­ta­do.

Comen­zare­mos, cómo no, por el úni­co mon­u­men­to que a día de hoy puede rivalizar con las Pirámides de Egip­to, uno de los más vis­i­ta­dos y fotografi­a­dos del mun­do, donde más tur­is­tas por metro cuadra­do pueden con­cen­trarse en un solo día y que tal vez aumen­tan aún más la sen­sación, cuan­do te ves por primera vez delante de él, de que te encuen­tras ante un lugar míti­co: El Col­iseo Romano. Nosotros fue el primer sitio que fuimos a ver tras dejar las male­tas (aunque no lo visi­ta­mos por den­tro con tran­quil­i­dad has­ta días más tarde) y nos quedamos, como todos los que esta­ban allí, con la boca abier­ta. Esta sí que es una de las Siete Mar­avil­las.

Como en el Col­iseo se for­man unas colas de órda­go, de las que tar­das dos horas en coger los tick­ets, yo os recomien­do que os vayais a la taquil­la del Foro Romano, que está a cin­co min­u­tos andan­do, y com­preis la entra­da com­bi­na­da Col­iseo-Foro Romano-Palati­no (pre­cio 16 euros). Allí ape­nas hay colas. Entras, ves el Foro Romano y el Palati­no (a los que ire­mos después) y luego te vas al Col­iseo y entras direc­ta­mente con tu entra­da, sin esperas. Roma no es un lugar para per­mi­tirse perder horas sin moti­vo.

El Col­iseo de Roma, pese a no ser el mejor con­ser­va­do del mun­do (mis padres, por ejem­p­lo, estu­vieron en el de El Djem en Túnez y no veais qué fotos,ese sí que está com­pletísi­mo!) sí es el más caris­máti­co por otras razones, la prin­ci­pal por donde está, lo que rep­re­sen­tó en época romana y la impor­tan­cia que ha tenido siem­pre a niv­el históri­co, por muchos dos mile­nios que hayan pasa­do des­de su máx­i­mo esplen­dor. No sé si los romanos se imag­i­narían entonces que dos mil años después estaría inva­di­do por seres del futuro con unos curiosos obje­tos denom­i­na­dos cámaras fotográ­fi­cas pero cuan­do estás den­tro del Col­iseo, a tí sí que no te cues­ta imag­i­narte cómo serían aque­l­las tardes al sol, con hom­bres con toga dis­fru­tan­do del espec­tácu­lo de las luchas entre glad­i­adores, cris­tianos y pan­teras.

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El Col­iseo fue a par­tir del siglo I, cuan­do se con­struyó bajo el nom­bre de Anfiteatro Flavio, uno de los edi­fi­cios más impor­tantes del Impe­rio Romano. Se pasó a cono­cer como Col­iseo porque cer­ca esta­ba el desa­pare­ci­do actual­mente Coloso de Nerón y el nom­bre le viene como anil­lo al dedo: sus ochen­ta gradas tenían capaci­dad para 50.000 espec­ta­dores, todo un logro para esa época. De hecho, fue el anfiteatro más grande del impe­rio. Los romanos lo uti­lizaron durante 500 años pero no creáis que después cayó en desu­so: las sigu­ientes civ­i­liza­ciones que pasaron por Roma cel­e­bra­ban aquí sus espec­tácu­los; luego, sin embar­go, comen­zó el expo­lio, lleván­dose piedra a piedra el Col­iseo para la con­struc­ción de otros edi­fi­cios, has­ta que, para sal­var­lo, el Papa lo con­vir­tió en san­tu­ario cris­tiano y ha podi­do sobre­vivir has­ta nue­stros días. Una de las pocas cosas bue­nas que ha hecho la Igle­sia.

El Col­iseo era muy pop­u­lar entre la sociedad romana. Yo siem­pre digo que los jue­gos de entonces (aunque en estos se perdían vidas humanas) eran la ver­sión pre­via de nue­stro fút­bol actual:miles de per­sonas en un esta­dio vitore­an­do a sus héroes. Los romanos, en ese aspec­to, podían alargar las cel­e­bra­ciones durante días (se igno­ra cuan­tos miles de muer­tos cayeron en esa are­na) y lle­ga­ban a unos pun­tos de orig­i­nal­i­dad tales que orga­ni­z­a­ban batal­las navales fic­ti­cias llenan­do el foso del Col­iseo de agua.

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Como siem­pre he sido muy seguido­ra de la cul­tura romana (recuer­do que cuan­do tenía 9 o 10 años mi padre me regaló “Yo,Claudio” y ahí comen­zó mi enam­oramien­to), he leí­do muchos libros, reales y fic­ti­cios, acer­ca del Impe­rio más impor­tante de la His­to­ria. En uno de ellos, hablan­do de la cru­el­dad de muchos de sus emper­adores, se con­ta­ba la anéc­do­ta de que Calígu­la, en un ataque de locu­ra, en mitad de unos jue­gos en el Col­iseo ordenó que se fuera todo el públi­co: el que no hubiera podi­do salir antes de diez min­u­tos, sería eje­cu­ta­do. Se extendió un páni­co gen­er­al que provocó avalan­chas y aplas­tamien­tos en las puer­tas, gente que se caía por gradas y escaleras, ancianos pisotea­d­os. Y sí, los que se quedaron den­tro murieron eje­cu­ta­dos. Cuan­do te ves den­tro del Col­iseo y recuer­das esas his­to­rias, mien­tras admi­ras en sus museos inte­ri­ores escul­turas y mosaicos que son una oda a la belleza, te pre­gun­tas como una mis­ma civ­i­lización pudo ser tan cul­ta y avan­za­da y  al mis­mo tiem­po tan sádi­ca y retrógra­da.

Den­tro del Col­iseo se expo­nen un buen puña­do de piezas, extraí­das de excava­ciones real­izadas en el siglo XIX

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Jus­to al lado del Col­iseo se encuen­tra el Arco de Con­stan­ti­no, una de las reliquias romanas que mejor ha sobre­vivi­do a las guer­ras y la con­t­a­m­i­nación. Que en Roma hay y mucha. La may­oría de los desplaza­mien­tos se real­izan por la super­fi­cie: hay metro (nosotros lo cogi­mos algún día) pero aparte de estar viejísi­mo, se encuen­tra muy lim­ta­do ya que muchos lugares no se pueden excavar porque Roma es un yacimien­to inabar­ca­ble de ruinas. Os comen­to esto porque una de las cosas con la que sí debéis ten­er mucho cuida­do en Roma es con los pasos de cebra. Que estén pin­ta­dos en el sue­lo no os garan­ti­zan pri­or­i­dad en abso­lu­to. El con­duc­tor romano está har­to de tur­is­tas y no sólo ten­drás que estar aten­to para que no te atro­pellen sino que más de uno has­ta te acabará insul­tan­do. Estas cosas se arreglarían con un guar­da de trá­fi­co, sobre todo en los pun­tos más con­cur­ri­dos, espe­cial­mente en la Piaz­za Vene­cia, donde cruzar a la otra acera era una aven­tu­ra digna de los más temer­ar­ios.

Pero volvien­do al Arco de Con­stan­ti­no, esta mole de 21 met­ros de altura se lev­an­tó para con­mem­o­rar la vic­to­ria de Con­stan­ti­no I El Grande en la batal­la de Puente Mil­vio. Se encon­tra­ba en medio de la Via Tri­umphalis, por la que des­fi­l­a­ban orgul­losos los emper­adores cuan­do volvían vic­to­riosos de las cam­pañas mil­itares, mien­tras miles de romanos les vitore­a­ban y gri­ta­ban su nom­bre.

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Como todos sabéis, Roma se encuen­tra ubi­ca­da entre siete col­i­nas pero la más impor­tante y tam­bién la más vis­i­ta­da es el Monte Palati­no. Comen­to esto porque ya os dije antes que la entra­da com­bi­na­da incluye Col­iseo- Palati­no- Foro Romano. Así que nues­tra sigu­iente visi­ta será el Palati­no, a muy poca dis­tan­cia del Col­iseo. Aten­ción espe­cial en esta visi­ta a la gente con prob­le­mas de movil­i­dad y sil­las de ruedas: aunque hay ram­pas, deam­bu­lar por aquí puede estar un poco com­pli­ca­do ya que hay muchas subidas y bajadas, zonas de are­na y, por supuesto, calles empe­dradas. Ha sido mucho lo que nos ha queda­do de época romana pero eso incluye tam­bién cam­i­nar entre ruinas.

A mí el Palati­no y el Foro Romano fue de lo que más me gus­to del via­je. Y eso que el recor­ri­do entre ambos no te lle­va menos de tres horas y nos hizo un calor de pleno ver­a­no (unos 32º). Aunque a diario lo vis­iten miles de per­sonas, lo cier­to es que el área es tan grande que qui­tan­do en un túnel donde nos topamos con una clase de un cole­gio, tam­poco te sen­tías ago­b­i­a­do. Insis­to en que antes de ir sabía que qued­a­ba muchísi­mo del Impe­rio ¡pero es aún más de lo que pens­a­ba!

El Palati­no es el autén­ti­co corazón de Roma: ya esta­ba pobla­do mil años antes de Cristo. La leyen­da cuen­ta que aquí se fundó Roma, pues fue donde la loba Luper­ca ama­man­tó a Rómu­lo y Remo, los per­son­ajes imag­i­nar­ios que fun­daron la ciu­dad. Por este moti­vo, era habit­u­al que aquí se cel­e­braran las Fies­tas Luper­cales cada 15 de Febrero, donde des­fi­l­a­ban sac­er­dotes ado­les­centes oblig­a­dos a pasar la prue­ba de vivir como lobos, cazan­do en los bosques con sus propias manos.

El Monte Palati­no es en real­i­dad una col­i­na a tres nive­les donde con el paso de los años se fueron acu­mu­lan­do edi­fi­cios y mon­u­men­tos, sobre todo cuan­do comen­zó a con­sid­er­arse la zona lujosa de Roma y aquí se insta­laron a vivir emper­adores, senadores y famil­ias de clase alta. De hecho, la pal­abra “pala­cio” proviene de Palati­no. Aunque con el paso de los años, al irse expan­di­en­do la ciu­dad, comen­zó a perder su pres­ti­gio, eran muchos los romanos que lo con­tinu­a­ban con­sideran­do un monte sagra­do y siem­pre tuvo un puesto rel­e­vante en el desar­rol­lo urbanís­ti­co y social de Roma.

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Uno de los lugares más curiosos del Palati­no es la Domus Aurea. Nerón, uno de los emper­adores más extrav­a­gantes y dese­qui­li­bra­dos del Impe­rio, ese mis­mo que quemó su propia ciu­dad y después le echó la cul­pa a los cris­tianos, era tam­bién un adic­to al lujo extremo y se auto­con­ven­ció de que man­daría con­stru­ir el pala­cio más grandioso jamás vis­to por el ojo del hom­bre. Y lo con­sigu­ió: sólo el pala­cio de uso pri­va­do con­ta­ba con más de 300 habita­ciones y el recin­to al com­ple­to ocu­pa­ba más de 50 hec­táreas.

Bosques, praderas, jar­dines, cas­cadas, pisci­nas, un enorme lago arti­fi­cial que después se desecó y fue donde se con­struyó el Col­iseo… la Domus Aurea hacía hon­or a su nom­bre pues el oro recubría todo lo que la vista abar­ca­ba. Un pala­cio dig­no del hom­bre más poderoso del plan­e­ta y en el cen­tro de Roma, para estar a la vista de todos sus súb­di­tos. Pero tam­bién este lujo exce­si­vo supu­so su pos­te­ri­or con­de­na: durante años, las famil­ias en el trono, las dinastías Flavia y Anton­i­na, abusaron sin des­can­so de los romanos. Los emper­adores pos­te­ri­ores deci­dieron entonces enter­rar la Domus Aurea, para que el pueblo olvi­dara lo mucho que tenían los poderosos y lo poco que tenían ellos.

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Son muchos los restos de res­i­den­cias, ofi­ciales y pri­vadas, esta­dios, tem­p­los, hipó­dro­mos y basíli­cas de dicha época. La Domus Augus­tana,  las cabañas de Rómu­lo y Remo (aquí se cuen­ta que nacieron), el pala­cio Domus Flavia, la Casa de Livia (donde se con­ser­van fres­cos y mosaicos), el Tem­p­lo de Cibeles… La jor­na­da, ya os digo, da para entre dos y tres horas si quieres ver­lo tran­qui­lo.

Luego ten­emos, a las fal­das del Monte Palati­no, el impre­sio­n­ante Foro Romano. El foro en la antigüedad era el cen­tro abso­lu­to de nego­cios y dis­cu­siones políti­cas, por lo que aquí se amon­ton­a­ban los edi­fi­cios judi­ciales y admin­is­tra­tivos y los senadores pro­nun­cia­ban sus larguísi­mos dis­cur­sos (ya sabéis que en el arte de la ora­to­ria nadie gana a los romanos). Se ha con­ser­va­do el Arco de Tito, la Casa de las Vestales (úni­cas sac­er­do­ti­sas de la ciu­dad), la Curia romana (donde se reunían los senadores), dos basíli­cas, la Tri­buna de Oradores, el Tem­p­lo de Julio César… hay muchísi­mas ruinas. Aquí van varias fotos tan­to del Foro como del Palati­no.

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Arco de Sep­ti­mio Severo

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Antiguas vil­las seño­ri­ales

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El Mer­ca­do de Tra­jano fue el primer cen­tro com­er­cial de la His­to­ria. Aquí se agru­pa­ban, en tres nive­les difer­entes, más de 150 tien­das de pro­duc­tos de todo tipo.

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Foro de Tra­jano, con la Colum­na de Tra­jano, desta­can­do con sus 30 met­ros de altura
 

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La aveni­da que sep­a­ra el Foro Romano de los Foros Impe­ri­ales y que lle­va del Col­iseo a la Piaz­za Venezia es la Via dei Fori Impe­ri­ali. Nosotros la pil­lam­os la primera vez en domin­go, que es el día que la hacen peaton­al y pro­híben el acce­so a los coches, y así esta­ba de gente… Es una deli­cia pasear por ella, con las ruinas de los tem­p­los a izquier­da y derecha y las estat­uas de los emper­adores flan­que­an­do la calle.

 

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Nos vamos aho­ra a la Piaz­za Venezia, en mi opinión una de las más boni­tas de la ciu­dad. No veais lo que impre­siona verse a los pies del Mon­u­men­to a Víc­tor Manuel II y sus 135 met­ros de ancho. Hecho de már­mol blan­co de arri­ba a aba­jo, acoge tam­bién la tum­ba al sol­da­do descono­ci­do, cus­to­di­a­da por la guardia ital­iana. Pasábamos por aquí casi todos los días ya que era donde nos deja­ba el tran­vía y siem­pre me qued­a­ba admi­ra­da de su grandeza y ele­gan­cia.

 

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Cer­ca de Piaz­za Venezia se encuen­tra otra de las plazas más boni­tas de Roma, la del Campi­doglio. Dis­eña­da al com­ple­to por Miguel Angel y con una pre­ciosa escali­na­ta de acce­so, La Cor­do­na­ta, está pla­ga­da de estat­uas de dimen­siones colos­ales, entre las que desta­ca la répli­ca del mon­u­men­to a Mar­co Aure­lio. Aquí se encuen­tra tam­bién el Palaz­zo Sen­a­to­rio, la sede del Ayun­tamien­to.

 

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Ya que estás por esta zona, acér­cate a ver las ruinas de la Casa Romana de Ara Coeli. Data del siglo II y orig­i­nar­i­a­mente era un edi­fi­cio de cin­co plan­tas . Con el paso del tiem­po, se insta­laron aquí diver­sas igle­sias (las de San Bia­gio del Mer­ca­to o San­ta Rita de Cas­cia).

 

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Otro de los mon­u­men­tos que más nos gustó: el Teatro Mar­cel­lo. Injus­ta­mente eclip­sa­do por el Col­iseo, pese a que se con­struyó casi un siglo antes, fue lev­an­ta­do bajo las órdenes de Julio César para rivalizar con el que había con­stru­i­do Pom­peyo. Sus dimen­siones son menores que las del Col­iseo (este puede alo­jar a unos 20.000 espec­ta­dores), aunque sirvió pre­cisa­mente como mod­e­lo pre­cisa­mente para el dis­eño del Col­iseo, aunque este últi­mo acabó sien­do cir­cu­lar. Con un poco de suerte, te puede coin­cidir que se cele­bre en las entrañas del Mar­cel­lo algún concier­to de cámara.

 

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Tam­bién muy cerqui­ta del Teatro Mar­cel­lo se encuen­tran las ruinas del Pór­ti­co de Octavia, uno de los mon­u­men­tos más antigu­os de Roma y lev­an­ta­do por el emper­ador Augus­to en hon­or de su her­mana, una de las mujeres más influyentes del Impe­rio. Daba acce­so a dos tem­p­los y a dos bib­liote­cas grie­gas y lati­nas. Lo más curioso es que con el paso de los años se acabó insta­lan­do aquí el mer­ca­do del pesca­do.

 

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En esta zona hay tam­bién un bar­rio que pasa desapercibido para muchos tur­is­tas: el Bar­rio Judío. A medi­a­dos del siglo XVI, los judíos fueron “encer­ra­dos” en este ghet­to, que con­ta­ba con sólo tres puer­tas de acce­so. De este modo, insti­ga­dos por el Papa, los cris­tianos ais­la­ban a una comu­nidad poten­cial­mente peli­grosa para sus intere­ses. A los judíos no se les per­mitía ten­er propiedades y debían vestir de amar­il­lo para ser fácil­mente iden­ti­fi­ca­dos: el ghet­to no desa­pare­ció has­ta el año 1870. Hoy en día, este pasa­do es recor­da­do por la Sin­a­goga que veis en la fotografía y el Museo Hebraico, aparte de pla­cas con­mem­o­ra­ti­vas y algunos restau­rantes que ofre­cen comi­da kosher.

 

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La Fuente de las Tor­tu­gas, uno de los rin­cones más encan­ta­dores del Rione de Sant Ange­lo. Se encuen­tra en la Plaza Mat­tei.

 

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Des­de aquí esta­mos a un salto del Traste­vere pero lo vamos a dejar para más ade­lante y vamos a regre­sar al cen­tro históri­co, al Pan­teón de Agri­pa. Uno de los mon­u­men­tos más vis­i­ta­dos de Roma (entra­da gra­tui­ta) y uno de los mejor con­ser­va­dos. Cuan­do fuimos nos encon­tramos en la puer­ta con una man­i­festación de ucra­ni­anos que pedían el cese de las hos­til­i­dades en su país (y lo pedían en ital­iano para que todo el mun­do se enter­ara).

 

El Pan­teón fue total­mente inno­vador en su época ya que has­ta entonces la plan­ta cir­cu­lar se uti­liz­a­ba para las ter­mas, no para los tem­p­los. El diámetro de la cúpu­la, de casi 45 met­ros, la con­vierten en la may­or cúpu­la de hormigón de la His­to­ria. Tan­to el Duo­mo de Flo­ren­cia como la Basíli­ca de San Pedro están inspi­ra­dos en su arqui­tec­tura. Sin duda, uno de los edi­fi­cios más grandiosos de Roma, y no, no nos refe­r­i­mos al tamaño…

 

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Des­de el Pan­teón puedes irte andan­do has­ta la boni­ta Piaz­za Colon­na. En ella desta­ca la Colum­na de Mar­co Aure­lio. Está rodea­da de pala­cios, el más impor­tante el Palaz­zo Chi­gi, la sede del gob­ier­no ital­iano y res­i­den­cia ofi­cial del Primer Min­istro.

 

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A sólo 250 met­ros de la Piaz­za Colon­na se encuen­tra la Piaz­za de Mon­tecito­rio, con su obelis­co egip­cio de gran­i­to rojo.En Roma hay nada más y nada menos que 13 obelis­cos, ocho egip­cios y cin­co de la Antigua Roma. Inclu­so has­ta hubo uno etíope, el de Aksum, destroza­do por un rayo hace unos años.

 

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Vamos a irnos dan­do un paseo has­ta otro de los lugares más ates­ta­dos de vis­i­tantes (y no es de extrañar): la Fontana di Tre­vi. Con sus más de 40 met­ros de anchu­ra, es una de las obras más impre­sio­n­antes del Bar­ro­co ital­iano. La pop­u­lar­izó en los 60 la pelícu­la “La dolce vita” (esa esce­na inolvid­able de Ani­ta Ekberg) y todo el que via­ja a Roma se acer­ca a echar una mon­e­da, ya que la leyen­da cuen­ta que todo el que real­ice esa ofren­da volverá algún día a la ciu­dad. Puedes aprovechar para vis­i­tar tam­bién el cer­cano Palaz­zo del Quiri­nale, la res­i­den­cia del pres­i­dente de la repúbli­ca.

 

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Des­de el Palaz­zo Quiri­nale, vamos a subir la Via due Macel­li para lle­gar a otra de las plazas más pop­u­lares de Roma: la Piaz­za di Spagna. Se lla­ma así porque aquí se encuen­tra la emba­ja­da españo­la en la San­ta Sede y desta­ca la escali­na­ta que sube has­ta la igle­sia Trinitá dei Mon­ti, aunque como veis en la fotografía nosotros nos encon­tramos el tem­p­lo en ple­na restau­ración. A sus pies se encuen­tra la céle­bre Fontana del­la Bar­cac­cia, una de las obras más famosas de Berni­ni. La Plaza de España es uno de los pun­tos más con­cur­ri­dos de la ciu­dad, tan­to de día como de noche.

 

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Si andáis por esta zona a la hora de com­er, aprove­cho para recomen­daros el Ris­torante Sugo (Piaz­za Nicosia 18). En este área los restau­rantes son bas­tante caros y es una buenísi­ma opción, ya que tienen buf­fet libre de diver­sas pas­tas, carnes y pesca­dos. Una bue­na for­ma de atre­verte con la gas­tronomía ital­iana sin gas­tar más de 15 euros por per­sona.

 

Yen­do ya hacia Piaz­za Bar­beri­ni, nos topamos con otra de las fuentes que más me gustó en Roma: la Fuente del Tritón. Tam­bién obra de Berni­ni, com­parte con la de Tre­vi la leyen­da de la mon­e­da, aunque en esta afor­tu­nada­mente no se con­cen­tren tan­tas mul­ti­tudes.

 

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Nos habíamos venido has­ta Bar­beri­ni porque muy cerqui­ta se encuen­tra uno de los grandes tesoros de Roma y que mucha gente deja de vis­i­tar sim­ple­mente por desconocimien­to. Hablam­os de la igle­sia de San­ta María del­la Con­cezione, uno de los lugares más tene­brosos de la cap­i­tal ital­iana. La entra­da a la Crip­ta de los Capuchi­nos cues­ta seis euros (muy bien paga­dos, por cier­to) y da acce­so a la exposi­ción de los Capuchi­nos en la plan­ta supe­ri­or, donde se repasa la vida de esta con­gre­gación a lo largo de los sig­los. Pero a nosotros lo que ver­dadera­mente nos interesa­ba eran los sótanos, donde se api­lan los restos de cien­tos de mon­jes. Qué lugar más macabro.

 

Las fotos que os adjun­to las he tenido que sacar de inter­net porque está ter­mi­nan­te­mente pro­hibido fotografi­ar el inte­ri­or de las crip­tas. Hay una incrip­ción que te da la bien­veni­da a este mau­soleo sinie­stro: “como vosotros sois, nosotros éramos; como nosotros somos, vosotros sereis”. Y es que mien­tras la vis­itábamos, se lo comenta­ba a mi novio: “y pen­sar que todos más tarde o más tem­pra­no vamos a acabar así!” Supon­go que este era el men­saje que pre­tendían trans­mi­tirnos los mon­jes, que pol­vo somos y en pol­vo nos con­ver­tire­mos y que el paso por esta vida es tan efímero como un sop­lo de vien­to.

 

Son seis crip­tas donde no sólo se expo­nen momias, per­fec­ta­mente atavi­adas, sino donde has­ta se han fab­ri­ca­do funes­tas lám­paras con cos­til­las y qui­jadas y ador­na­do los techos con hue­sos de todo tipo. Los fémures y tib­ias se amon­to­nan al alcance de la mano (pero no los toques): se cal­cu­la que aquí se api­lan los restos de cua­tro mil cadáveres, incluyen­do algunos de niños pequeños. Nos recordó un mon­tón a la Capela dos Ossos que visi­ta­mos hace un par de años en Por­tu­gal.

 

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Hablan­do de lugares sinie­stros, voy a aprovechar tam­bién para recomen­daros a los fanáti­cos de las pelícu­las de ter­ror la tien­da-museo Pro­fon­do Rosso. Nosotros fuimos el día que nos acer­camos a ver el Vat­i­cano ya que nos cogía cerqui­ta y nos pare­ció un lugar la mar de curioso. Se encuen­tra en Via dei Grac­chi (metro Lep­an­to). Mi mari­do es muy fan del direc­tor ital­iano Darío Argen­to y no quería perder la opor­tu­nidad de cono­cer el museo (muy pequeñi­to) ded­i­ca­do a su obra.

Lo más curioso es que el depen­di­ente-encar­ga­do del museo era Lui­gi Cozzi, un direc­tor y guion­ista que tra­ba­jó muchos años con Argen­to y fue él mis­mo quien nos atendió. Arri­ba tienes la tien­da, con un mon­tón de parafer­na­lia ded­i­ca­da al cine de ter­ror (libros, camise­tas, muñe­cos, posters…) y aba­jo el museo, cuya entra­da cues­ta 5 euros. Los fans del cine ochen­tero vais a dis­fru­tar un mon­tón porque la exposi­ción, ambi­en­ta­da fan­tás­ti­ca­mente con luces muy tenues y una audio­guía, mues­tra var­ios de los mon­stru­os y zom­bies que Argen­to uti­lizó en  pelícu­las como “Infer­no” o “Phe­nom­e­na”.

 

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Antes de irnos para el Vat­i­cano, volva­mos a otra de las plazas más impor­tantes de Roma: la Piaz­za del Popo­lo o Plaza del Pueblo. Un rincón con un mon­tón de lugares intere­santes, entre ellos el Obelis­co Flaminio, ded­i­ca­do a Ram­sés II y de 36 met­ros de altura. Aquí tam­bién se encuen­tran las igle­sias geme­las de San­ta Maria dei Mira­coli y San­ta Maria in Mon­te­san­to, ambas pre­ciosas tan­to por fuera como por den­tro. Otro edi­fi­cio notable es la igle­sia de San­ta Maria del Popo­lo, que se lev­an­tó aquí para acallar la leyen­da de que el fan­tas­ma de Nerón rond­a­ba por este área. El inte­ri­or de la capil­la es uno de los más impre­sio­n­antes de Roma.

 

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Detalle de una esfin­ge en la Piaz­za del Popo­lo

 

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Tiem­po ya para el Vat­i­cano, un país den­tro de otro país. Aquí sí que es una autén­ti­ca locu­ra la can­ti­dad de vis­i­tantes que hay en cualquier época del año, unos moti­va­dos por razones cul­tur­ales y otros por las reli­giosas. Las colas para entrar en los Museos Vat­i­canos, kilo­métri­c­as, nos hicieron desi­s­tir de entrar: prefer­íamos gas­tar ese tiem­po en vis­i­tar otros rin­cones de Roma que nos parecían igual de intere­santes, eso ya va a gus­to del con­sum­i­dor. Hay un mon­tón de igle­sias que ofre­cen en su inte­ri­or fres­cos en los techos tam­bién muy rel­e­vantes y prefe­r­i­mos ver el Vat­i­cano por fuera, pase­an­do por la inmen­sa Plaza de San Pedro, donde se encuen­tran cien­tos de sil­las de modo perenne para los católi­cos que vienen a rendir pleitesía al Papa. Por cier­to, aquí los “pia­dosos cris­tianos” sacan dinero has­ta deba­jo de las piedras: los kioskos esta­ban llenos de cal­en­dar­ios del Papa y has­ta rosar­ios. El nego­cio de la religión, no hay más que ver el lujo del Vat­i­cano, sigue ofre­cien­do jugosos div­i­den­dos.

 

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Des­de allí nos fuimos pase­an­do has­ta el Cas­tel Sant’ Ange­lo, tam­bién cono­ci­do como Mau­soleo de Adri­ano, en la rib­era del río Tíber. Pese a ser un edi­fi­cio romano, que al prin­ci­pio sirvió como tum­ba pero luego como for­t­aleza mil­i­tar, su nom­bre proviene del Papa Gre­go­rio VI, quien según su ver­sión, vió en su cúspi­de al Arcán­gel San Miguel anun­cian­do el fin de la epi­demia de peste que asoló Roma en el siglo VI (la estat­ua del arcán­gel aún per­manece). Conec­ta­do con el Vat­i­cano por un corre­dor de casi un kilómetro, el Pas­set­to,  el Cas­tel es uno de los lugares más vis­i­ta­dos de Roma. Las dece­nas de puestos de sou­venirs que hay a su alrede­dor así lo ates­tiguan.

 

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Cer­ca del castil­lo está el pre­cioso Ponte Cavour, uno de los más boni­tos de la ciu­dad

 

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Otra de las vis­i­tas intere­santes que tienes por esta zona (y para muchos descono­ci­da) es la del Museo del Pur­ga­to­rio en la Igle­sia del Sagra­do Corazón del Sufra­gio. Es de las pocas igle­sias romanas de esti­lo neogóti­co pero lo más curioso es el museo, fun­da­do por Vic­tor Jou­et, un sac­er­dote francés que declaró que se le había apare­ci­do un áni­ma detrás del altar. Esto le llevó a crear un pequeño museo del pur­ga­to­rio, en una habitación anexa a la capil­la, donde se expo­nen entre otros obje­tos un libro con la señal de la mano de un difun­to o el hábito de una mon­ja con las huel­las dac­ti­lares de un fal­l­e­ci­do.

 

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Ya en una de las calles más com­er­ciales de Roma, en la Via del Cor­so, quiero recomen­daros otra igle­sia muy poco vis­i­ta­da en com­para­ción con otros mon­u­men­tos y que sin embar­go a nosotros nos encan­tó. Me refiero a San­t’An­drea del­la Valle. Por fuera no parece demasi­a­do espec­tac­u­lar. Pero cuan­do entras, te quedas sin pal­abras: las techum­bres son fran­ca­mente extra­or­di­nar­ias. Los fres­cos del ábside, obra de Domenichi­no, nos dejaron con la boca abier­ta.

 

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La Piaz­za Navona, otro de los lugares más con­cur­ri­dos de Roma. En la antigüedad se ubi­ca­ba aquí el Esta­dio Romano de Domi­ciano. Era un esta­dio inmen­so de casi 300 met­ros de largo con capaci­dad para 30.000 espec­ta­dores. Hoy en día su lugar lo ocu­pa esta pre­ciosa plaza, con tres fuentes bel­lísi­mas: la Fuente de los Cua­tro Ríos (donde se rep­re­sen­tan los cua­tro ríos más impor­tantes del mun­do que se conocía entonces, Nilo, Ganges, Danu­bio y Río de la Pla­ta), la Fontana di Net­tuno y la Fontana del Moro. Tam­bién se hal­la aquí otro de los obelis­cos romanos, el de Domi­ciano.

 

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Volvien­do un poco a nues­tras rutas, gen­eral­mente para la comi­da tirábamos de piz­za al peso (lo que los ital­ianos cono­cen como piz­za al taglio), hay un mon­tón de establec­imien­tos repar­tidos por toda la ciu­dad y salen muy bien de pre­cio (un par de por­ciones y la bebi­da, unos 8 euros por cabeza). La piz­za en Italia es sabrosísi­ma (para eso es un inven­to suyo) y le pueden añadir cualquier ingre­di­ente que se les ocur­ra, des­de cal­abacín a lechuga. Sin embar­go, el día que fuimos a vis­i­tar el Cam­po dei Fiori, estábamos tan cansa­dos que decidi­mos hac­er una excep­ción y com­er en uno de los restau­rantes de la plaza: menudo timo. 14 euros por un pla­to de pas­ta que en real­i­dad eran diez tort­telli­ni (no es bro­ma, los con­ta­mos). Y la botel­la de agua 3 euros. El restau­rante se llam­a­ba Jam­ma Ja, para que no lo piséis. Pre­cios que poco tienen que ver con el Traste­vere, des­de luego. Y es que el tur­ista en Roma es vis­to como un mon­edero con patas del que se inten­ta sacar todo lo que se pue­da. Asi que ojea mucho donde te sien­tas a comer:en la may­oría de los sitios te meten el palo con las bebidas y en muchos te cobran has­ta el cubier­to al módi­co pre­cio de 2 euros.

 

Ya que estábamos en el Cam­po dei Fiori, donde por cier­to se orga­ni­za uno de los mer­ca­dos más ani­ma­dos de la cap­i­tal, nos pasamos a vis­i­tar la Igle­sia de San­ta Maria del­la Orazione e Morte ya que nos interesa­ba ver la capil­la dec­o­ra­da con calav­eras y hue­sos pero resultó que la esta­ban restau­ran­do y sólo la pudi­mos admi­rar des­de fuera. De todos mod­os, podéis com­pro­bar que su facha­da ya era sufi­cien­te­mente sinies­tra…

 

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Otro de los lugares impre­scindibles en Roma: Largo di Torre Argenti­na. Aquí reposan los restos de cua­tro tem­p­los y del Teatro de Pom­peyo aunque es sobre todo cono­ci­do porque fue donde se apuñaló a Julio César has­ta la muerte. Fue de nue­stros lugares favoritos ya que además es un san­tu­ario de gatos: los hay a cien­tos y se ocu­pan de ellos vol­un­tar­ios que acep­tan dona­tivos para garan­ti­zar su ali­mentación y cuida­dos.

 

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Nos vamos a ir a la parte sur del cen­tro históri­co para realizar una visi­ta a lo que antigua­mente era el Cir­co Máx­i­mo. Aunque a día de hoy ape­nas que­da nada que recuerde su esplen­dor, a excep­ción de la explana­da, en su momen­to fue el más grande de todo el Impe­rio, con más de 600 met­ros de largo. Se cree que en sus gradas podían jun­tarse más de 250.000 espec­ta­dores, todo un hito para dicha época. Por cier­to, cer­ca del Cir­co tienes las Ter­mas de Cara­calla por si te apetece vis­i­tar­las.

 

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San­ta María de Cosmedin fue una de las igle­sias que más me gustó de Roma, tan­to por fuera como por den­tro. En su inte­ri­or se hal­la la calav­era del patrón del amor, San Valen­tín, y se cuen­ta que las pare­jas que lo vis­i­tan verán pre­mi­a­da su relación con la bue­na suerte. Sin embar­go, la par­tic­u­lar­i­dad que atrae a vis­i­tantes de todo el mun­do es la Boc­ca del­la Verit­tá (La Boca de la Ver­dad), una escul­tura de már­mol que habréis vis­to en fotografías en mil oca­siones. La leyen­da cuen­ta que la Boca mordía a quien metiera la mano en ella y mintiera.

 

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El Tem­p­lo de Hér­cules Víc­tor es cir­cu­lar y esto hizo con­fundir a los his­to­ri­adores, que creyeron que era un tem­p­lo ded­i­ca­do a la diosa Ves­ta. Es el edi­fi­cio de már­mol más antiguo de toda Roma.

 

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Jus­to al lado, el Tem­p­lo de Por­tuno, de esti­lo jóni­co. Se ha man­tenido en tan buen esta­do debido a que en el siglo IX se con­vir­tió en una igle­sia ded­i­ca­da a San­ta María Egip­ci­a­ca, patrona de las pros­ti­tu­tas arrepen­ti­das.

 

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Aunque el sol pega­ba de lo lin­do (la mejor excusa para hin­charse a hela­dos ital­ianos, los mejores del mun­do!) pasamos de coger trans­porte públi­co y nos fuimos andan­do has­ta la Pirámide de Ces­tia, que pase­an­do es como más cosas se des­cubren. Esta pirámide de esti­lo egip­cio se con­struyó tam­bién como tem­p­lo funer­ario para Cayo Ces­tio Epulón. Su exte­ri­or es de már­mol blan­co; en cuan­to al inte­ri­or, fue saque­a­do en la antigüedad y sólo per­manecieron los fres­cos. De todos mod­os, hoy sólo pueden acced­er al inte­ri­or los his­to­ri­adores pero tam­bién es una pasa­da admi­rar­la des­de fuera, con sus casi 40 met­ros de altura.

 

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Jun­to a la Pirámide, el Museo del­la Via Ostiense

 

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Y vamos a ir aca­ban­do el via­je en el pre­cioso Bar­rio de Traste­vere, donde nos alo­jábamos… cruce­mos por el Ponte Fabri­cio

 

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… donde se encuen­tra la Isla Tibe­ri­na (en la fotografía, la Igle­sia de San Bar­tolomeo). La Isla Tibe­ri­na, una pequeña isle­ta en el río Tíber, siem­pre ha esta­do rodea­da de leyen­das pero hoy es un lugar muy agrad­able donde hac­er un des­can­si­to entre ruta y ruta.

 

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El Traste­vere se lla­ma así porque se encuen­tra pre­cisa­mente al otro lado del río Tíber. Es el bar­rio bohemio por exce­len­cia y a nosotros nos encanta­ba gas­tar las tardes en sus encan­ta­do­ras ter­rac­i­tas toman­do una cerveza (os recomen­damos el restau­rante Bac­canale en la Via del­la Lun­garet­ta, cervezas arte­sanales a muy buen pre­cio). Otro lugar muy recomend­able para cenar es el restau­rante Car­lo Men­ta: eso sí, está siem­pre has­ta los topes asi que procu­ra ir pron­to. Tienen menú turís­ti­co y con vino y postre incluí­do puedes cenar muy,muy bien por unos 18 euros por per­sona. No olvides darte una vuelta, preferi­ble­mente de noche, por la Piaz­za de San­ta María del Traste­vere, siem­pre llena de paseantes y donde podrás tomar los mejores hela­dos de la ciu­dad y bas­tante más baratos que en el cen­tro. Y un últi­mo apunte: el Bir­rifu­gio en Via Fed­eri­co Rosaz­za 4. ¡Una car­ta de cervezas arte­sanales fran­ca­mente espec­tac­u­lar!

 

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