Aunque han pasado más de 1500 años desde que desapareció el Imperio Romano, devorado por otros pueblos contemporáneos como los germánicos o los otomanos, la vigencia de muchas de sus costumbres está de total actualidad. Hasta el punto de que muchas de sus palabras, como túnica o edil, no han cambiado desde entonces y las seguimos usando. No obstante, el castellano deriva directamente del latín, un idioma precioso que estudié junto al griego antiguo en mis tiempos de instituto, cuando opté por la rama de Letras Puras, y que en mi opinión debería ser asignatura obligatoria en muchas escuelas para que jamás olvidemos de dónde viene nuestra lengua.

Pero los romanos no nos dejaron solamente la herencia del latín como legado sino también otros muchos hábitos que no han cambiado demasiado desde entonces y que de una forma u otra han ido encauzando nuestra manera de vivir. Y es que, quince siglos después, todos continuamos siendo romanos.

Pasión por los balnearios

A nosotros, como a los romanos, nos encantan los balnearios: ya os lo contamos en el artículo Hoteles-balneario ¡la vida es bella! Precisamente en dicho artículo comentábamos como justo era reconocer a la cultura romana esa herencia que nos había dejado: la adicción a sumergirnos bajo aguas calentitas. Por dicho motivo hemos querido colocar en primera posición de nuestra lista el culto a las aguas termales, ya que un par de milenios después el negocio de los balnearios no sólo mueve miles de millones de euros y satisface a otros tantos millones de personas sino que además ha convertido a ciudades enteras (véase el caso de Budapest o Karlovy Vary) en las reinas del turismo de balnearios.

Los romanos acaudalados tenían la suerte de contar con balnearios propios dentro de sus propias casas (vamos, como ahora muchos ricachones). La clase alta que no podía permitirse dichos lujos pero tampoco deseaba mezclarse con la plebe iba a los balnearios privados, que no eran otra cosa que negocios públicos gestionados por empresarios que hacían de intermediarios; como veis, tampoco han cambiado mucho las cosas desde entonces. Por último, estaban las termas públicas, que se podía permitir todo el mundo, por muy humilde que fuera su condición.

Para los romanos bañarse a menudo no sólo era una manera de relajarse física y mentalmente sino algo mucho más importante: una cuestión de higiene. Así, todo el que podía intentaba tener aunque fuera una pequeña bañerita en casa y una palangana donde lavarse cara y manos antes de salir de casa. Y si eran tan pobres que ni esto tenían, visitaban las termas lo más a menudo posible, si era a diario, mejor que mejor.

Aunque las termas romanas tenían origen griego, fueron los romanos los que con el paso de los años se ocuparon de irlas perfeccionando y adaptando a los gustos de su propia sociedad. Y es que si al principio se veían como un lugar donde asearse, con el tiempo se convirtieron en el punto principal de reunión de los ciudadanos después del foro. En el siglo V sólo en la ciudad de Roma podían contabilizarse más de 800 termas.

Los políticos de entonces se ganaban las simpatías del pueblo llano a base de construir termas, a cual más grandiosa. Entre ellas destacaron las de Agripa, las de Nerón y especialmente las de Trajano. Estas últimas abarcaban 70.000 metros cuadrados y estaban decoradas con estatuas y mosaicos, eran un museo acuático en el sentido literal de la palabra. No menos impresionantes eran las de Caracalla (sus ruinas son uno de los grandes reclamos turísticos de Roma). Cinco años tardaron en construirse y podían acoger a 3.000 bañistas. Da fe de su grandiosidad este dato: dentro del recinto se encontró el Toro de Farnesio, la mayor escultura de bulto redondo del mundo, de más de cuatro metros de altura.

Termas Caracalla
Termas de Caracalla

Para los romanos eran tan importantes las termas que en época de guerra (es decir, casi siempre), las legiones, si iban a establecerse en algún asentamiento más de medio año, se construían para su disfrute unas termas temporales. Y si en alguna de sus expediciones por casualidad se encontraban aguas termales, allí que montaban otro chiringuito para explotarlas. Claro ejemplo es la ciudad británica de Bath: cuando los romanos se percataron de que los celtas ya habían construido previamente un santuario para aprovechar las aguas termales, allá que fueron para levantar las que en la actualidad son las termas romanas mejor conservadas del mundo y ante las que anualmente se admiran cerca de un millón de personas.

La entrada a las termas públicas era casi testimonial (equivaldría a unos diez céntimos de euro) aunque luego dentro había que pagar suplementos por el uso de las diferentes salas. Como ahora en los gimnasios, las termas contaban con taquillas, que estaban custodiadas por un trabajador del recinto y al que había que pagar por usarlas, permitían broncearse ya que la mayoría se encontraban ubicadas bajo amplios ventanales y hasta ofrecían excentricidades como baños en vino blanco o leche de burra. Además, se podía contratar el servicio de masajistas para untarse de aceite y perfume (aunque los ricos llevaban a sus propios esclavos).

Si el ser humano hubiera sido un ente medianamente inteligente, hubiera mantenido esta sana costumbre de bañarse a menudo. Pero siglos después llegaría la Edad Media y ya te contábamos en el artículo Nos encantan los castillos (pero así se vivía en ellos realmente) lo guarrindonga que era la población en aquel entonces. El medievo supuso un retroceso atroz en lo que hábitos sanitarios se refiere y hasta el siglo XIX no volverían a ponerse de moda esos balnearios que a día de hoy con tanto placer disfrutamos.

Los romanos y su adicción a las peluquerías

En la Antigua Roma, como ahora, la calvicie estaba mal considerada ya que se asociaba a la vejez y a la impotencia sexual. Una buena melena era sinónimo de vigorosidad, tanto en hombres como mujeres. A Julio César le avergonzaba tanto su calva que pese a no ser lo habitual ya que esta indumentaria se reservaba para actos específicos, vestía casi siempre la célebre corona de laurel para camuflar que tenía cuatro pelos mal contados.

Las tonstrinae, las peluquerías romanas, estaban hasta los topes a cualquier hora del día. Eran parecidas a las nuestras, con grandes espejos donde los clientes veían los guapos que les iban dejando. Y también se les cubría con una tela como ahora, esa especie de poncho que evita que acabemos cubiertos de pelos. La diferencia respecto a las peluquerías actuales es que estaban especializadas (unas en teñir, otras en peinar, otras en fabricar postizos).

Fue en el siglo II cuando se puso de moda entre los hombres ese peinado ensortijado que ha pasado a la posteridad (se lo rizaban con un aparatito conocido como calamistrum, aunque a otros les gustaba llevarlo largo). Muchos hombres y mujeres tiraban del Lady Grecian de antaño para teñirse las canas pero los productos eran bastante agresivos y castigaban el cabello, por lo que la mayoría acababan recurriendo a las pelucas. Las más valoradas eran las rubias, que solían confeccionarse con cabellos naturales «cedidos» por prisioneros germanos o arrebatados a la fuerza a las esclavas rubias, que eran las más codiciadas por dicho motivo. Los romanos consideraban acertadamente que el cabello rubio mitigaba las arrugas y la expresión de la vejez en el rostro. A algunas otras romanas lo que les fascinaba era justo lo contrario, unas pelucas negras negrísimas, de color azul cuervo, que se importaban de la India y que eran un auténtico lujo.

Las mujeres que gozaban de una buena melena podían tirarse horas frente al tocador mientras la ornatrix de turno elaboraba peinados complicadísimos. A las romanas no les gustaba nada el pelo corto y además, el peinado también daba pistas de la condición social de las susodichas: las solteras solían llevar recogidos sencillos y las casadas otros más elaborados, casi siempre seis trenzas. Al contrario que ahora, el pelo suelto sólo lo llevaban las prostitutas, al menos en público.

La preocupación de los romanos por sus peinados era tal que en muchas ocasiones, cuando se tallaba un busto de alguien, paralelamente se esculpía una peluca de mármol para que pudiera colocarse sobre la cabeza de la escultura y así variar la imagen.

Y una última curiosidad: a las romanas les encantaba tener entrecejo (para que siglos después se criticara a Frida Kalho por lo mismo). Lo ideal era que una ceja continua ocupara toda la sien: lo conseguían a base de huevos de hormigas machacados que ponían vello donde no lo había.

Carreras de caballos y los hinchas deportivos

carreras

Si actualmente los equipos de fútbol cuentan tras de sí con fervientes hinchadas, en época romana los ciudadanos también se divertían de lo lindo apoyando diferentes eventos deportivos, especialmente dos: las carreras de cuadrigas y la lucha de gladiadores (aunque este segundo de «deportivo» tenía poco). Anfiteatros y circos eran testigos de dichos espectáculos multitudinarios. Lo de «multitudinario» no es un decir: el Circo Máximo de Roma tenía capacidad para unos 300.000 espectadores, es decir, tres veces el Camp Nou del FC Barcelona.

Las carreras de carros arrastraban tras de sí multitudes. Los equipos se distinguían por indumentarias con diferentes colores (como nuestros equipos de fútbol de ahora): blancos, azules, rojos y verdes. Los propietarios de dichos equipos eran empresas particulares que daban trabajo a infinidad de gente: veterinarios, conductores de carros, trabajadores de las cuadras… Como veis, el deporte ya era un negocio antaño.

Las luchas de gladiadores , de las que os hablamos en profundidad en el relato de nuestro viaje a Mérida, levantaban las mismas pasiones. Los romanos, a los que les encantaba el juego, apostaban verdaderas fortunas apoyando a unos y a otros: aunque en la práctica las apuestas estaban prohibidas, se lo pasaban por el mismo . Y fueron los primeros hooligans de la Historia al llegar a las manos defendiendo a uno u otro luchador. Como veis, ya entonces la gente era bastante cenutria con esto de los fanatismos desmedidos.

Semanas antes la ciudad y las localidades cercanas se veían inundadas de carteles y panfletos que anunciaban los combates: siglos después se haría lo mismo con los carteles publicitarios de los conciertos o las ferias de todo tipo. Se especificaba si se instalarían toldos (porque había entradas de sol y de sombra, siendo estas últimas más caras) y los sucesivos emperadores competían entre sí para demostrar quién se gastaba más en organizar estos juegos. Muchos de ellos dejaron las arcas del Estado en bancarrota.

Los gladiadores eran considerados profesionales y como tales, pese a la creencia popular posterior, tenían pocas posibilidades de morir en la arena ya que el coste de su formación era altísimo: se atiborraban de carne y tenían cuidados médicos que casi nadie podía permitirse. De hecho, los mejores gladiadores sólo combatían dos o tres veces al año (podría decirse que sus apariciones eran los derbies de la Antigüedad). Era generalmente el propio Estado el que se encargaba de gestionar estas escuelas de gladiadores en las que los instructores (lanistas) eran gladiadores retirados. Como en nuestro fútbol, baloncesto o boxeo actual, las viejas glorias transmitían sus conocimientos a sus pupilos.

Las luchas de gladiadores dieron también lugar a escenas insólitas. Como relataba Santiago Posteguillo en el extraordinario «Yo,Julia» (fabulosa novela acerca de la vida de Julia Domna que te recomiendo, así como su secuela «Y Julia retó a los dioses»), el propio emperador Cómodo protagonizaba combates ante los atónitos espectadores, que presenciaban una lucha desigual entre el mandatario y gladiadores lisiados o animales acorralados e indefensos.

Enamorados de la moda y las últimas tendencias

Moda-Roma

Aún a día de hoy se tiene la idea equivocada de que en Roma no existía eso que hoy conocemos como «moda» y todos vestían con togas de lo más simplonas. Nada más lejos de la realidad, amigos. De hecho la propia palabra moda deriva del latín modus, la «manera» de cada época. Así, las modas van asociadas a diferentes periodos y sólo tenemos que ver la indumentaria de cada personaje para saber si viene de la época de Maria Antonieta, de los alocados años 70 o incluso del futuro, donde imaginamos modas que aún no existen.

Desterremos entonces ese mito de que romanos y romanas iban siempre con togas o túnicas. Tenemos esa idea porque en mosaicos, pinturas y esculturas son representados con dicho vestuario pero esto es porque esta indumentaria estaba considerada el «traje nacional» y era con el que querían ser recordados para la eternidad. Eso no significaba que lo llevaran a todas horas y mucho menos que siempre vistieran de blanco, que es lo que nos ha hecho creer el cine. Nos da esa impresión porque las esculturas, con el paso del tiempo, perdieron su color o directamente eran de mármol pero el vestuario de los romanos era de lo más alegre y colorido.

La toga, que solía medir cinco metros de longitud, era una prenda de lo más incómoda que necesitaba ponerse con la ayuda de esclavos o de familiares. Sólo podían usarla los que eran reconocidos como «ciudadanos romanos» y las había de diferentes colores, aunque la que más se ha popularizado, blanca y roja, es la que usaban los senadores como símbolo de honestidad y los niños hasta los 16 años. Esa fama también proviene del hecho de que como la toga era un atuendo demasiado formal, cuando más se veía era en actos oficiales o en los edificios públicos gubernamentales.

Para los romanos era mucho más cómodo y práctico llevar túnicas, largas y cortas, una prenda más liviana. Y aunque a muchos os sorprenda, también era habitual en los hombres el uso de pantalones. ¿Cómo creéis que iban a aguantar el frío los pobres legionarios cuando se iban a combatir a Germania o en la región limítrofe a los Alpes? Pues poniéndose estas bracae calentitas, es decir… bragas.

Las mujeres, sin embargo, llevaban stola , una especie de vestido,y palla, un chal, ambos casi siempre confeccionados con lino. La palla servía para cubrirse el cabello en público, ya que las mujeres respetables no salían a la calle con la cabeza descubierta. Y a las mujeres les encantaba la seda que se importaba de China, que costaba un dineral. Las clases más humildes vestían el pallium (más corto que la toga), y la lacerna, un manto sin mangas.

bikini roma

Como podéis ver aquí arriba, en este mosaico encontrado en una antigua villa romana de Sicilia, el bikini ya era conocido en dicha época. Se componía de dos prendas, la inferior, llamada subligar, y la posterior, el strophium. Fijaos si eran modernos los romanos que a las mujeres no se nos permitió volver a usar bikini hasta 1.300 años después. 

En cualquier caso, aunque nos una a los romanos su gusto por la moda y las nuevas tendencias, nos diferencia algo importante: lo poco que desgraciadamente nos importa reciclar. Se cree que en el siglo XXI la vida media de una prenda será de sólo ocho usos. Por eso debemos emular a los romanos y apoyar las tiendas de ropa de segunda mano. Recordad que antaño a un romano de clase baja adquirir un simple manto le podía suponer dos tercios de su sueldo anual ya que toda la ropa de fabricaba a mano y por lo tanto era muy costosa. Por eso cualquier prenda se aprovechaba y se reciclaba, dándole una segunda, una tercera y una cuarta vida. Como debe ser.

Bodas que siguen vigentes dos milenios después

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Los romanos eran monógamos, una costumbre que se ha extendido hasta la actualidad, donde la poligamia, en la mayor parte del mundo, no sólo está mal vista sino que también está considerada un delito. En Roma se consideraba que casarse era una obligación cívica, una deferencia con el resto de los ciudadanos ya que formar una familia, tener hijos, significaba perpetuar la simiente romana. Y aunque no se obligaba a nadie a casarse, se penalizaba a los solteros con impuestos especiales. Y además, sus vecinos consideraban que eran unos egoístas que no pensaban en los demás e iban a lo suyo, algo un poco injusto pues cada uno sabría su situación personal.

Como la esperanza de vida era menor que ahora (un tercio de los bebés morían antes de llegar a la infancia y sólo un 7% de la población cumplía los sesenta años), los romanos se casaban bastante jóvenes: las mujeres a partir de los 12 años y los hombre de los 14. Sólo podían casarse patricios, plebeyos y libertos, no así los esclavos, a los que no obstante algunos amos permisivos les dejaban vivir en pareja.

A diferencia de ahora, antaño el matrimonio no necesitaba ser registrado administrativamente (era innecesaria la presencia de un juez) sino que era un acto privado que no precisaba de un contrato, aunque en ocasiones venía acompañado de la dote que aportara la mujer. Había dos tipos de acuerdos: sine manus (la mujer seguía perteneciendo a la familia paterna y por lo tanto la herencia no peligraba) y cum manu (la mujer pasaba a depender jurídicamente del marido). Si era esta segunda opción, había tres alternativas de ceremonia pero la más común entre los patricios era la confarreatio.

En la confarreatio (que nunca se celebraba en Mayo por ser el mes en que se homenajea a los difuntos) estaba presente un sacerdote y se ofrecía al dios Júpiter alimentos, generalmente un pan de espelta que simbolizaba la nueva vida de los contrayentes. La novia vestía una túnica recta blanca que simbolizaba la virginidad y un velo. Esperaba en la casa paterna la aparición del novio, que llegaba acompañado de una comitiva, se entregaban los regalos, se consultaba a los dioses si la unión era propicia y se unían las manos derechas de los novios para sellar el matrimonio.

El novio ponía a la novia un anillo (el annulus), casi siempre de oro, en el dedo anular: se escoge este dedo porque un nervio finísimo lo une al corazón. Después de dicho acto los novios pronunciaban la frase Ubi tu Gaius, ego Gaia («donde tú estés, Cayo, yo estaré, Caya»), los asistentes exclamaban ¡felíciter! («que seáis felices», que nosotros hemos transformado en «que vivan los novios») y se daba inicio al banquete nupcial. Al caer la noche, la novia se iría a vivir ya definitivamente a la casa de su recién estrenado esposo. Sus acompañantes la levantarían en vilo para que atravesara el umbral de la puerta de su nueva vivienda sin pisar el suelo.

¿Significaba esto que no existía el adulterio? En absoluto. Como en todas las civilizaciones, siempre se han dado las relaciones fuera del matrimonio, aunque el estado llegara a penalizarlas duramente. Fue el emperador Augusto el que promulgó la ley Lex Iulia de Adulteriis Coercendis pero ¡qué casualidad! sólo en el caso de las mujeres, que eran desterradas a la isla de Pandataria. Y en dicho caso las mujeres tenían «suerte», pues la misma ley permitía a padre o marido acabar con la vida de la adúltera.

Fue llamativo este retroceso en los derechos de las mujeres ya que hasta entonces se les había permitido solicitar el divorcio. Además, la esposa podía irse con la dote aportada al matrimonio, aunque los hijos se quedaban con el padre. En algunos casos llegaba a darse el «divorcio express» cuando la mujer pasaba más de tres noches seguidas fuera de casa.

La homosexualidad estaba socialmente aceptada

roman gay

Aunque visto lo que hemos comentado ahí arriba acerca de la visión del matrimonio o el adulterio pudiera parecer que la sociedad romana pecara de conservadora, lo cierto es que en algunos otros aspectos gozaba de una mentalidad bastante abierta, la verdad sea dicha. Al igual que en la antigua Grecia, en el mundo romano la homosexualidad estaba vista como algo normal y no sufrió las represalias que llegarían después con el pensamiento mojigato del cristianismo. De hecho, a las personas no se las calificaba como homosexuales, bisexuales o blablablá: simplemente se realizaban actos que podían considerarse de un tipo o de otro. Ya está.

Que hombres y mujeres se relacionaran con personas de su mismo sexo o del contrario importaba poco. De hecho, el propio Julio César era conocido por ser un conquistador nato, un Casanova a la romana, que sedujo a decenas de hombres y mujeres: de él se decía que era «marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos».  Emperadores como Trajano, Adriano, Calígula o Nerón no escondieron su condición bisexual e incluso los propios dioses, Zeus sin ir más lejos, tenían relaciones homosexuales entre ellos. Y aunque no se reconociera jurídicamente, eran muchos homosexuales los que se casaban sin que nadie se escandalizara por ello, algo que sin embargo sí ocurre en parte de nuestra sociedad modernísima del siglo XXI.

Pero que los romanos fueran permisivos con este tipo de práctica no quiere decir que no cayeran en el error que han repetido tantas sociedades: burlarse del que es diferente. Y es que ya lo repetía el dicho «el que se mofa de otro por sus defectos, deja constancia de los suyos mentales». En este sentido, la sociedad romana cayó a menudo en la sátira, a cargo de poetas y escritores, que ridiculizaban el mundo homosexual. O más bien dicho, no la homosexualidad en sí sino el papel del elemento pasivo, que en muchas ocasiones recaía en un efebo o en un esclavo. Además, debemos tener en cuenta que en muchas ocasiones la homosexualidad era (mal) utilizada como herramienta de dominio, sodomizándose a esclavos, enemigos o prisioneros como demostración de un poder indiscutible.

Las fiestas y banquetes

Saturnalia

Si por algo han pasado a la posteridad los romanos era por lo mucho que les gustaba disfrutar de la vida. Y bien que hacían. Para ellos, la comida más importante del día era la cena, que se hacía a hora temprana y así se podía aprovechar el resto de la tarde-noche para organizar reuniones. Aunque inicialmente estas cenas comunitarias tenían dos propósitos (agradecer los alimentos a los dioses y reafirmar la autoridad del padre de familia), posteriormente se convirtieron en un vehículo para presumir de posición privilegiada y darse unos cuantos excesos.

Al principio, estas eran más formales, la gente se juntaba para charlar o leer poemas, pero con el tiempo descubrieron que había más formas de divertirse. Comiendo, bebiendo, cantando y bailando.

Primero se organizaba una buena cena, en la que no faltaba la carne de cerdo, de cabra o de ciervo, en ocasiones incluso faisán o avestruz. Curiosamente, los manjares más caros eran las frutas como cerezas o dátiles, que eran consideradas una rareza y el anfitrión que no las ofrecía a sus invitados era considerado rácano y vulgar. Era común ver a los comensales, que raramente pasaban de nueve, ataviados con coronas de laurel porque tenían la idea equivocada de que gracias a ellas menguaba el efecto del vino.

Después de cenar, les encantaba animarse con la cármina convivalia (canciones de fiesta), que eran algo así como «la cabra, la cabra, la puta de la cabra» en versión romana. Las fiestas se veían también amenizadas por equilibristas y bailarines.

Cada asistente solía asistir acompañado de un esclavo que se ocupa de servirle y garantizaba que, pese a la borrachera, el invitado regresaría a casa sano y salvo. Además, solían llevarse envueltos en servilletas los alimentos que habían sobrado y pequeños regalos con los que les agasajaba el dueño de la casa.

La bulliciosa vida callejera de los romanos

Aunque se tienda a pintarnos Roma como una ciudad llena de edificios majestuosos (que sí, los había), en la que el oro y el mármol brillaba bajo el sol, lo cierto es que la urbe más magnífica de toda la Antigüedad se asemejaba más bien a cualquier ciudad árabe, con calles llenas de barro y tantos tenderetes que apenas se podía andar. También es verdad que para atenuar este caos de gentío, ruidos y olores, al no existir un servicio de recogida de basuras (algo extraño, con lo civilizados que eran los romanos), se intentó que los ediles (los encargados de los barrios) se ocuparan de organizar la retirada de desechos: los propietarios de los edificios han de limpiar la basura de su portal.

A Roma, al ser capital del imperio, venía gente de toda Europa, África y parte de Oriente. Antes de entrar, podían comer o beber algo en alguna de las numerosas posadas para viajeros que se encontraban alrededor de la ciudad. Accedían por una de las diecisiete puertas de la muralla y se encontraban con un curioso invento: los pasos de cebra. En ese caso, no pintados en el suelo sino a base de losas de piedra sobre las que ir pisando. Al no permitirse el tráfico rodado durante el día, a excepción de las carretas de los albañiles, los atascos se producían por las literas portátiles, sostenidas por sudorosos esclavos, en las que se movían los romanos acaudalados: varias de ellas se podían encontrar atascadas al mismo tiempo en las callejuelas.

Aunque la mayoría de los romanos, un 80%, vivían en áreas rurales, los que moraban en la ciudad casi siempre sabían leer y escribir, por lo que los muros de las casas estaban forrados de carteles publicitando a los políticos o anunciando las próximas luchas de gladiadores, por no hablar de aquellos primitivos graffitis en los que se decían banalidades como «Fulanito se ha acostado con Menganita», aunque en general eran mucho más gráficos y obscenos. A los romanos ya entonces les hacía mucha gracia lo de dibujar penes gigantescos en las paredes de los edificios.

Los visitantes se daban de bruces con escuelas improvisadas, ya que la mayoría de las clases se impartían en la propia calle con ayuda de unas tablillas. Termas y letrinas (donde se recogía la orina para utilizarla en las tintorerías) podían encontrarse distribuidas por toda Roma, en un ejemplo de higiene del que ya podrían haber aprendido civilizaciones venideras, así como del uso de cloacas. Tampoco se permitían los entierros dentro de la ciudad (los cementerios se encontraban a las afueras) para evitar epidemias.

En algo que nos llevaban ventaja los romanos era en no obligar a la gente a trabajar por las tardes, como les sucede a muchos actualmente. Antiguamente las tiendas cerraban poco después del mediodía (las jornadas laborales en el mundo urbano apenas rebasaban las seis horas) y después de comer, la gente se relajaba en las termas o se reunía para conversar o dar un paseo.

Lo peor de Roma era tener que salir de noche, ya que se convertía en un lugar harto peligroso. Al no existir alumbrado público y deber deambular por callejones estrechos y oscuros, los atrevidos viandantes se convertían en objetivo de rateros y delincuentes. Y aunque existía la figura del vigil urbano, una especie de sereno, estos se dedicaban a sofocar incendios y no se les podía considerar una fuerza policial. Eso sí, la noche no era sólo sinónimo de peligro sino también de diversión: muchos bares abrían hasta altas horas de la madrugada y era allí donde la gente humilde se echaba unos vinos, jugaba a los dados y coqueteaban entre ellos.

Los primeros rascacielos de la Historia: las insulae

En el artículo Los escenarios de mis series favoritas os hablé de la serie «Roma» y lo mucho que me gustaba lo bien que reflejaba cómo vivía realmente la gente humilde en la época del imperio. Porque el cine ha distorsionado muy mucho y para mal la idea que tenemos de la vida romana, haciéndonos creer que todos vivían en casas estupendas con fuentes, estatuas y todo tipo de lujos. Que estas casas existían, obvio es: siempre ha habido ricos y pobres. Pero las domus , lo que serían nuestros chalets, eran excepciones reservadas a la nobleza y a la gente acaudalada. Los demás vivían en bloques de pisos, hacinados y con el mobiliario básico. Como mucha gente del siglo XXI.

En época de Augusto, en la ciudad de Roma vivían un millón de personas. Tendrían que pasar 1900 años, hasta llegar al Londres de la Revolución Industrial, para que cualquier ciudad del mundo lograra alcanzar dicho nivel de población. Como además la ciudad estaba amurallada, a Roma no le quedó más remedio que crecer a lo alto. Y así nacieron los primeros rascacielos de la Historia, que llegaban a alcanzar las ocho plantas (cenáculas).

Estos edificios, conocidos como insulae porque eran «islas dentro del océano urbano», podían medir 20 o 25 metros de altura. Nuestros edificios actuales emulaban a los antiguos ya que entonces en los bajos de los bloques se ubicaban comercios de todo tipo (tabernae) y contaban con patios interiores. Los minúsculos apartamentos contaban con ventanas pero eran bastante oscuros ya que para evitar el paso del frío estas solían cubrirse con pieles (por aquella época no sabían lo que era el cristal). Obviamente, las plantas más codiciadas eran las inferiores, ya que en caso de incendio, al ser estos edificios de madera, vivir en los pisos de arriba era una trampa.

Debemos comprender que los romanos, visto lo espartanas que eran sus viviendas, intentaban pasar poco tiempo en casa y sí mucho en la calle, al contrario que los que vivían en las domus, que se pasaban la vida organizando banquetes y fiestas. Estos apartamentos servían para poco más que dormir y guardar las escasas pertenencias, especialmente cuando en verano llegaba el calor (en Roma el verano es horroroso, doy fe) y no entraba ni la más mínima brisa. Los muebles eran pocos y funcionales: una cama, una mesa con un par de sillas, un sofá (triclinium), un armario y un baúl. El que podía permitírselo, decoraba las paredes con pinturas y conservaba algunos libros. Para los romanos, amantes como pocos de la cultura y la literatura, conservar una pequeña biblioteca, por chiquitita que fuera, era motivo de orgullo.

En estas casas no existía como en las domus el agua corriente o la calefacción, por lo que los inquilinos pasaban poco tiempo dentro de casa. Dependiendo donde estuviera el barrio (regiones se llamaban entonces) se pagaba más o menos por el alquiler: a mayor cercanía del centro, renta más alta. Al no existir transporte público ni vehículos para desplazarse (sólo se permitía la circulación de carros con mercancía por la noche), el romano que quisiera estar «cerca de la acción» debería vivir lo más cerca del centro posible. Eso o pasarse el día caminando para ir a comprar, el trabajo o resolver cualquier trámite. Desgraciadamente, ya entonces existían los desahucios, al darse la especulación inmobiliaria por parte de caseros desalmados: el alquiler se renovaba cada seis meses y la familia que no pudiera pagar, a la calle.

Los bares romanos, tan parecidos a los nuestros

En la antigua Roma se le conocía como thermopolium y era el equivalente a nuestros restaurantes. Por poner un ejemplo, sólo en Pompeya había más de un centenar, antes de que fueran sepultados por las cenizas del Vesubio: a los romanos les encantaba, como a nosotros, eso de salir a comer fuera. Tanto como para que muchas de las casas ni siquiera contaran con cocina, algo que también sucede actualmente en muchos países de Asia.

Estos bares de la época solían contar con una barra en forma de L con tinajas que permitían conservar los alimentos fríos o calientes. Se iluminaban con candiles y en la planta superior había habitaciones que se alquilaban por horas a los clientes. Aunque el juego estaba prohibido, muchos de ellos también escondían casinos clandestinos. Y los menús que se ofrecían, pues muy sanos, típicos de la dieta mediterránea: queso, verduras, cereales, pescado y muy de cuando en cuando, carne. Aunque los verdaderos reyes de la carta eran los postres: los romanos eran muy dados a hacer ingeniosas creaciones a base de queso y miel.

El thermopolium también contaba con un triclinium, un comedor con sofás, para los que querían comer algo más consistente que el aperitivo. También existía un jardín al aire libre y un santuario para los dioses del hogar.

Lo más curioso es que los italianos actuales han sabido sacar una ventaja económica de la existencia de estos locales y tras dos mil años sepultados, los han vuelto a abrir para que la gente pueda tomarse una copita de vino en su visita a Pompeya. Es el caso del Thermopolium de Vetitus Placidus, el más famoso de la ciudad extinguida, que vuelve a escuchar los cánticos y las risas de los clientes entre sus paredes milenarias.

El análisis arqueológico de ciudades como Ostia, Herculano y revela que los romanos inventaron lo que hoy consideraríamos comida callejera. Al excavar los desagües en sitios especialmente seleccionados en estas ciudades, los arqueólogos han podido identificar lugares que servían comida a clientes potenciales. Entre ellos destacaban las tabernas, que al contar con sólo un horno y pocos asientos, eran el lugar perfecto para tomar un chato de vino (sí, sí, los romanos nos dejaron ese legado, ellos lo llamaban cyathos) y comprar comida para llevar. En los mercados podían encontrarse también vendedores ambulantes y puestos callejeros, así como en burdeles y casas de baño.

Comida rica-rica (y con fundamento)

rome

¿Qué comían los romanos? Pues muchas cosas que continuamos consumiendo nosotros. La principal fuente de carbohidratos era el pan. Pero como la mayoría de los romanos vivían en las insulae que os comentábamos antes, lo de poder tener un horno propio en casa era una utopía, por lo que debían tirar de los hornos comunales o comprarlo en la panadería. Incluso la forma del pan romano refleja esto, con una hendidura alrededor del perímetro donde se ataría una cuerda y se podría llevar a casa, así como hendiduras en el propio pan, presumiblemente para que se pudiera vender por piezas.

El pan solían acompañarlo de legumbres: las que más les gustaban eran los garbanzos. Se solían servir asados en una vasija de barro, la dolia, junto a frutos secos, frutas e higos. Pero también era habitual comerlo en paté para untarlo: no diremos que los romanos inventaron el hummus porque lo mismo reclaman turcos, sirios y unos cuantos más pero sí que era un indispensable en sus menús.

Los romanos comenzaban el día desayunando unas tortas redondas de cereal acompañadas de miel, huevos, queso, fruta y leche (el que pudiera permitirse todo ello porque la gente más pobre sólo podía acceder a sopas de pan y vino). El almuerzo era muy frugal por un motivo obvio: la cena era la comida más importante y se hacía muy temprano (sobre las tres de la tarde, vamos, a la hora de comer española). Así, se almorzaban pequeñas sobras de la noche anterior y para cenar se tiraba de carne (los ricos, los más humildes no podían pagarla), ensaladas, verduras, queso y aceitunas, así como fruta para el postre.

Una curiosidad: el garum, una salsa fermentada de pescado que se utilizaba para macerar y aliñar alimento y que principalmente se exportaba desde el sur de Hispania (Gades, Baelo Claudia y Carthago Nova), ahora está siendo recuperado por muchos chefs de prestigio. Qué cosas.

Amor por el maquillaje (mujeres y también hombres)

maquillaje roma

Los romanos no inventaron el maquillaje (otras civilizaciones, como por ejemplo la egipcia, estaban enamoradas de los cosméticos) pero sí es cierto que los consideraban un elemento imprescindible en cualquier hogar, por humilde que este fuera y hasta las mujeres más pobres podían permitirse un pequeño botecito de polvos, aunque fueran de peor calidad. Rara era la romana que no llevaba en su bolsito un pequeño espejo de mano, que no eran de cristal sino de metales pulidos, y un pequeño botecito con ungüento con el que aplicar una pizca de carmín. Como veis, las mujeres de entonces no se diferenciaban mucho de nosotras las del siglo XXI a la hora de considerar qué era importante no olvidar a la hora de salir de casa.

La piel blanca, como actualmente en muchos países asiáticos, era considerada un símbolo de buen gusto y elegancia, por eso las romanas se pasaban la vida empolvándose y aclarándose el cutis. No obstante, se guardaban de que el maquillaje no fuera excesivo ya que demasiado maquillaje iba asociado a la prostitución. Aunque no fueran a salir de casa, las romanas se maquillaban a diario pues esto las hacía sentir elegantes.

Ya entonces las romanas utilizaban elementos naturales como aceite de oliva, miel, azafrán o pepino que siglos después continuamos usando con fines cosméticos. Con ellos fabricaban de un modo totalmente artesanal cremas antiarrugas, leche hidratante o pomadas anticelulíticas. Así mismo, usaban carmín y polvos para las mejillas para atenuar el color tan blanquecino de la piel e incluso llegaban a pintar de un leve color azulado las venitas de las sienes. Emulaban a las egipcias pintándose los ojos de azul o negro y no les temblaba el pulso a la hora de aplicarse mascarillas a base de excrementos u orina. Por dicho motivo, para compensar el mal olor que emitían dichos emplastos, utilizaban perfumes, que podían venir en tres formatos: sólidos, líquidos o en polvo.

¿Se maquillaban también ellos? Sí pero poco. En el caso de los hombres, sin embargo, se valoraba más la piel bronceada pues iba unida a la idea de que se hacía mucho ejercicio al aire libre. Si el hombre lucía demasiado blanco, se podía caer en la creencia de que estuviera enfermo ya que ellos pasaban mucho más tiempo fuera de casa. Por ello, si estaban muy pálidos no estaba mal visto que se dieran colorete o que intentaran disimular la alopecia con maquillaje. Pero en general la sociedad no veía con muy buenos ojos que los hombres se maquillaran.

4 comentarios

  1. Muy buen artículo, me encantó, no sabía algunas cosas de los Romanos, gracias…

  2. No puedo más que dar la enhorabuena! Hacía mucho que no leía un artículo tan bueno. Como amante de la historia y de todo lo relativo a Roma me ha parecido excelente. Supongo que ya lo sabéis pero aún se pueden ver los restos de una insula al lado de las escaleras que llevan al ara coeli

  3. Author

    Gracias a ti, un abrazo!

  4. Author

    Hola, Andrea! Sí, la vimos cuando estuvimos en Roma y es alucinante, cabían dentro casi 400 vecinos! Me ha alegrado mucho que te haya gustado el artículo… un besazo!

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