¡Están locos estos romanos! Las costumbres que el imperio nos dejó en herencia

Aunque han pasa­do más de 1500 años des­de que desa­pare­ció el Impe­rio Romano, devo­ra­do por otros pueb­los con­tem­porá­neos como los ger­máni­cos o los otomanos, la vigen­cia de muchas de sus cos­tum­bres está de total actu­al­i­dad. Has­ta el pun­to de que muchas de sus pal­abras, como túni­ca o edil, no han cam­bi­a­do des­de entonces y las seguimos usan­do. No obstante, el castel­lano deri­va direc­ta­mente del latín, un idioma pre­cioso que estudié jun­to al griego antiguo en mis tiem­pos de insti­tu­to, cuan­do opté por la rama de Letras Puras, y que en mi opinión debería ser asig­natu­ra oblig­a­to­ria en muchas escue­las para que jamás olvidemos de dónde viene nues­tra lengua.

Pero los romanos no nos dejaron sola­mente la heren­cia del latín como lega­do sino tam­bién otros muchos hábitos que no han cam­bi­a­do demasi­a­do des­de entonces y que de una for­ma u otra han ido encauzan­do nues­tra man­era de vivir. Y es que, quince sig­los después, todos con­tin­u­amos sien­do romanos.

Pasión por los bal­n­ear­ios

A nosotros, como a los romanos, nos encan­tan los bal­n­ear­ios: ya os lo con­ta­mos en el artícu­lo Hote­les-bal­n­eario ¡la vida es bel­la! Pre­cisa­mente en dicho artícu­lo comen­tábamos como jus­to era recono­cer a la cul­tura romana esa heren­cia que nos había deja­do: la adic­ción a sumer­girnos bajo aguas calen­ti­tas. Por dicho moti­vo hemos queri­do colo­car en primera posi­ción de nues­tra lista el cul­to a las aguas ter­males, ya que un par de mile­nios después el nego­cio de los bal­n­ear­ios no sólo mueve miles de mil­lones de euros y sat­is­face a otros tan­tos mil­lones de per­sonas sino que además ha con­ver­tido a ciu­dades enteras (véase el caso de Budapest o Karlovy Vary) en las reinas del tur­is­mo de bal­n­ear­ios.

Los romanos acau­dal­a­dos tenían la suerte de con­tar con bal­n­ear­ios pro­pios den­tro de sus propias casas (vamos, como aho­ra muchos rica­chones). La clase alta que no podía per­mi­tirse dichos lujos pero tam­poco desea­ba mezclarse con la plebe iba a los bal­n­ear­ios pri­va­dos, que no eran otra cosa que nego­cios públi­cos ges­tion­a­dos por empre­sar­ios que hacían de inter­me­di­ar­ios; como veis, tam­poco han cam­bi­a­do mucho las cosas des­de entonces. Por últi­mo, esta­ban las ter­mas públi­cas, que se podía per­mi­tir todo el mun­do, por muy humilde que fuera su condi­ción.

Para los romanos bañarse a menudo no sólo era una man­era de rela­jarse físi­ca y men­tal­mente sino algo mucho más impor­tante: una cuestión de higiene. Así, todo el que podía intenta­ba ten­er aunque fuera una pequeña bañeri­ta en casa y una palan­gana donde lavarse cara y manos antes de salir de casa. Y si eran tan pobres que ni esto tenían, vis­ita­ban las ter­mas lo más a menudo posi­ble, si era a diario, mejor que mejor.

Aunque las ter­mas romanas tenían ori­gen griego, fueron los romanos los que con el paso de los años se ocu­paron de irlas per­fec­cio­nan­do y adap­tan­do a los gus­tos de su propia sociedad. Y es que si al prin­ci­pio se veían como un lugar donde asearse, con el tiem­po se con­virtieron en el pun­to prin­ci­pal de reunión de los ciu­dadanos después del foro. En el siglo V sólo en la ciu­dad de Roma podían con­tabi­lizarse más de 800 ter­mas.

Los políti­cos de entonces se gan­a­ban las sim­patías del pueblo llano a base de con­stru­ir ter­mas, a cual más grandiosa. Entre ellas destac­aron las de Agri­pa, las de Nerón y espe­cial­mente las de Tra­jano. Estas últi­mas abar­ca­ban 70.000 met­ros cuadra­dos y esta­ban dec­o­radas con estat­uas y mosaicos, eran un museo acuáti­co en el sen­ti­do lit­er­al de la pal­abra. No menos impre­sio­n­antes eran las de Cara­calla (sus ruinas son uno de los grandes reclam­os turís­ti­cos de Roma). Cin­co años tar­daron en con­stru­irse y podían acoger a 3.000 bañis­tas. Da fe de su grandiosi­dad este dato: den­tro del recin­to se encon­tró el Toro de Far­ne­sio, la may­or escul­tura de bul­to redon­do del mun­do, de más de cua­tro met­ros de altura.

Termas Caracalla
Ter­mas de Cara­calla

Para los romanos eran tan impor­tantes las ter­mas que en época de guer­ra (es decir, casi siem­pre), las legiones, si iban a estable­cerse en algún asen­tamien­to más de medio año, se con­struían para su dis­frute unas ter­mas tem­po­rales. Y si en algu­na de sus expe­di­ciones por casu­al­i­dad se encon­tra­ban aguas ter­males, allí que monta­ban otro chirin­gui­to para explotar­las. Claro ejem­p­lo es la ciu­dad británi­ca de Bath: cuan­do los romanos se per­cataron de que los celtas ya habían con­stru­i­do pre­vi­a­mente un san­tu­ario para aprovechar las aguas ter­males, allá que fueron para lev­an­tar las que en la actu­al­i­dad son las ter­mas romanas mejor con­ser­vadas del mun­do y ante las que anual­mente se admi­ran cer­ca de un mil­lón de per­sonas.

La entra­da a las ter­mas públi­cas era casi tes­ti­mo­ni­al (equiv­al­dría a unos diez cén­ti­mos de euro) aunque luego den­tro había que pagar suple­men­tos por el uso de las difer­entes salas. Como aho­ra en los gim­na­sios, las ter­mas con­ta­ban con taquil­las, que esta­ban cus­to­di­adas por un tra­ba­jador del recin­to y al que había que pagar por usar­las, per­mitían bron­cearse ya que la may­oría se encon­tra­ban ubi­cadas bajo amplios ven­tanales y has­ta ofrecían excen­t­ri­ci­dades como baños en vino blan­co o leche de bur­ra. Además, se podía con­tratar el ser­vi­cio de masajis­tas para untarse de aceite y per­fume (aunque los ricos llev­a­ban a sus pro­pios esclavos).

Si el ser humano hubiera sido un ente medi­ana­mente inteligente, hubiera man­tenido esta sana cos­tum­bre de bañarse a menudo. Pero sig­los después lle­garía la Edad Media y ya te con­tábamos en el artícu­lo Nos encan­tan los castil­los (pero así se vivía en ellos real­mente) lo guar­rindon­ga que era la población en aquel entonces. El medie­vo supu­so un retro­ce­so atroz en lo que hábitos san­i­tar­ios se refiere y has­ta el siglo XIX no volverían a pon­erse de moda esos bal­n­ear­ios que a día de hoy con tan­to plac­er dis­fru­ta­mos.

Los romanos y su adic­ción a las pelu­querías

En la Antigua Roma, como aho­ra, la calvi­cie esta­ba mal con­sid­er­a­da ya que se aso­cia­ba a la vejez y a la impo­ten­cia sex­u­al. Una bue­na mele­na era sinón­i­mo de vig­orosi­dad, tan­to en hom­bres como mujeres. A Julio César le aver­gon­z­a­ba tan­to su cal­va que pese a no ser lo habit­u­al ya que esta indu­men­taria se reserv­a­ba para actos especí­fi­cos, vestía casi siem­pre la céle­bre coro­na de lau­rel para camu­flar que tenía cua­tro pelos mal con­ta­dos.

Las ton­stri­nae, las pelu­querías romanas, esta­ban has­ta los topes a cualquier hora del día. Eran pare­ci­das a las nues­tras, con grandes espe­jos donde los clientes veían los gua­pos que les iban dejan­do. Y tam­bién se les cubría con una tela como aho­ra, esa especie de pon­cho que evi­ta que acabe­mos cubier­tos de pelos. La difer­en­cia respec­to a las pelu­querías actuales es que esta­ban espe­cial­izadas (unas en teñir, otras en peinar, otras en fab­ricar pos­ti­zos).

Fue en el siglo II cuan­do se puso de moda entre los hom­bres ese peina­do ensor­ti­ja­do que ha pasa­do a la pos­teri­dad (se lo riz­a­ban con un aparati­to cono­ci­do como calamistrum, aunque a otros les gusta­ba lle­var­lo largo). Muchos hom­bres y mujeres tira­ban del Lady Gre­cian de antaño para teñirse las canas pero los pro­duc­tos eran bas­tante agre­sivos y cas­ti­ga­ban el cabel­lo, por lo que la may­oría acaba­ban recur­rien­do a las pelu­cas. Las más val­o­radas eran las rubias, que solían con­fec­cionarse con cabel­los nat­u­rales “cedi­dos” por pri­sioneros ger­manos o arrebata­dos a la fuerza a las esclavas rubias, que eran las más cod­i­ci­adas por dicho moti­vo. Los romanos con­sid­er­a­ban acer­tada­mente que el cabel­lo rubio mit­i­ga­ba las arru­gas y la expre­sión de la vejez en el ros­tro. A algu­nas otras romanas lo que les fascin­a­ba era jus­to lo con­trario, unas pelu­cas negras negrísi­mas, de col­or azul cuer­vo, que se importa­ban de la India y que eran un autén­ti­co lujo.

Las mujeres que goz­a­ban de una bue­na mele­na podían tirarse horas frente al tocador mien­tras la orna­trix de turno elab­ora­ba peina­dos com­pli­cadísi­mos. A las romanas no les gusta­ba nada el pelo cor­to y además, el peina­do tam­bién daba pis­tas de la condi­ción social de las susodichas: las solteras solían lle­var recogi­dos sen­cil­los y las casadas otros más elab­o­ra­dos, casi siem­pre seis tren­zas. Al con­trario que aho­ra, el pelo suel­to sólo lo llev­a­ban las pros­ti­tu­tas, al menos en públi­co.

La pre­ocu­pación de los romanos por sus peina­dos era tal que en muchas oca­siones, cuan­do se tal­la­ba un bus­to de alguien, para­le­la­mente se esculpía una pelu­ca de már­mol para que pudiera colo­carse sobre la cabeza de la escul­tura y así vari­ar la ima­gen.

Y una últi­ma curiosi­dad: a las romanas les encanta­ba ten­er entre­ce­jo (para que sig­los después se criticara a Fri­da Kalho por lo mis­mo). Lo ide­al era que una ceja con­tin­ua ocu­para toda la sien: lo con­seguían a base de huevos de hormi­gas macha­ca­dos que ponían vel­lo donde no lo había.

Car­reras de cabal­los y los hin­chas deportivos

carreras

Si actual­mente los equipos de fút­bol cuen­tan tras de sí con fer­vientes hin­chadas, en época romana los ciu­dadanos tam­bién se divertían de lo lin­do apoyan­do difer­entes even­tos deportivos, espe­cial­mente dos: las car­reras de cuadri­gas y la lucha de glad­i­adores (aunque este segun­do de “deporti­vo” tenía poco). Anfiteatros y cir­cos eran tes­ti­gos de dichos espec­tácu­los mul­ti­tu­di­nar­ios. Lo de “mul­ti­tu­di­nario” no es un decir: el Cir­co Máx­i­mo de Roma tenía capaci­dad para unos 300.000 espec­ta­dores, es decir, tres veces el Camp Nou del FC Barcelona.

Las car­reras de car­ros arras­tra­ban tras de sí mul­ti­tudes. Los equipos se dis­tin­guían por indu­men­tarias con difer­entes col­ores (como nue­stros equipos de fút­bol de aho­ra): blan­cos, azules, rojos y verdes. Los propi­etar­ios de dichos equipos eran empre­sas par­tic­u­lares que daban tra­ba­jo a infinidad de gente: vet­eri­nar­ios, con­duc­tores de car­ros, tra­ba­jadores de las cuadras… Como veis, el deporte ya era un nego­cio antaño.

Las luchas de glad­i­adores , de las que os hablam­os en pro­fun­di­dad en el rela­to de nue­stro via­je a Méri­da, lev­anta­ban las mis­mas pasiones. Los romanos, a los que les encanta­ba el juego, apos­ta­ban ver­daderas for­tu­nas apoyan­do a unos y a otros: aunque en la prác­ti­ca las apues­tas esta­ban pro­hibidas, se lo pasa­ban por el mis­mo . Y fueron los primeros hooli­gans de la His­to­ria al lle­gar a las manos defen­di­en­do a uno u otro luchador. Como veis, ya entonces la gente era bas­tante cenu­tria con esto de los fanatismos desme­di­dos.

Sem­anas antes la ciu­dad y las local­i­dades cer­canas se veían inun­dadas de carte­les y pan­fle­tos que anun­cia­ban los com­bat­es: sig­los después se haría lo mis­mo con los carte­les pub­lic­i­tar­ios de los concier­tos o las ferias de todo tipo. Se especi­fi­ca­ba si se insta­larían tol­dos (porque había entradas de sol y de som­bra, sien­do estas últi­mas más caras) y los suce­sivos emper­adores com­petían entre sí para demostrar quién se gasta­ba más en orga­ni­zar estos jue­gos. Muchos de ellos dejaron las arcas del Esta­do en ban­car­ro­ta.

Los glad­i­adores eran con­sid­er­a­dos pro­fe­sion­ales y como tales, pese a la creen­cia pop­u­lar pos­te­ri­or, tenían pocas posi­bil­i­dades de morir en la are­na ya que el coste de su for­ma­ción era altísi­mo: se ati­borra­ban de carne y tenían cuida­dos médi­cos que casi nadie podía per­mi­tirse. De hecho, los mejores glad­i­adores sólo com­bat­ían dos o tres veces al año (podría decirse que sus apari­ciones eran los der­bies de la Antigüedad). Era gen­eral­mente el pro­pio Esta­do el que se encar­ga­ba de ges­tionar estas escue­las de glad­i­adores en las que los instruc­tores (lanistas) eran glad­i­adores reti­ra­dos. Como en nue­stro fút­bol, balon­ces­to o box­eo actu­al, las vie­jas glo­rias trans­mitían sus conocimien­tos a sus pupi­los.

Las luchas de glad­i­adores dieron tam­bién lugar a esce­nas insól­i­tas. Como relata­ba San­ti­a­go Posteguil­lo en el extra­or­di­nario “Yo,Julia” (fab­u­losa nov­ela acer­ca de la vida de Julia Dom­na que te recomien­do, así como su secuela “Y Julia retó a los dios­es”), el pro­pio emper­ador Cómo­do pro­tag­on­i­z­a­ba com­bat­es ante los atóni­tos espec­ta­dores, que pres­en­cia­ban una lucha desigual entre el man­datario y glad­i­adores lisi­a­dos o ani­males acor­ral­a­dos e inde­fen­sos.

Enam­ora­dos de la moda y las últi­mas ten­den­cias

Aún a día de hoy se tiene la idea equiv­o­ca­da de que en Roma no existía eso que hoy cono­ce­mos como “moda” y todos vestían con togas de lo más sim­plonas. Nada más lejos de la real­i­dad, ami­gos. De hecho la propia pal­abra moda deri­va del latín modus, la “man­era” de cada época. Así, las modas van aso­ci­adas a difer­entes peri­o­dos y sólo ten­emos que ver la indu­men­taria de cada per­son­aje para saber si viene de la época de Maria Antoni­eta, de los alo­ca­dos años 70 o inclu­so del futuro, donde imag­i­namos modas que aún no exis­ten.

Dester­re­mos entonces ese mito de que romanos y romanas iban siem­pre con togas o túni­cas. Ten­emos esa idea porque en mosaicos, pin­turas y escul­turas son rep­re­sen­ta­dos con dicho ves­tu­ario pero esto es porque esta indu­men­taria esta­ba con­sid­er­a­da el “tra­je nacional” y era con el que querían ser recor­da­dos para la eternidad. Eso no sig­nifi­ca­ba que lo lle­varan a todas horas y mucho menos que siem­pre vistier­an de blan­co, que es lo que nos ha hecho creer el cine. Nos da esa impre­sión porque las escul­turas, con el paso del tiem­po, perdieron su col­or o direc­ta­mente eran de már­mol pero el ves­tu­ario de los romanos era de lo más ale­gre y col­ori­do.

La toga, que solía medir cin­co met­ros de lon­gi­tud, era una pren­da de lo más incó­mo­da que nece­sita­ba pon­erse con la ayu­da de esclavos o de famil­iares. Sólo podían usar­la los que eran recono­ci­dos como “ciu­dadanos romanos” y las había de difer­entes col­ores, aunque la que más se ha pop­u­lar­iza­do, blan­ca y roja, es la que usa­ban los senadores como sím­bo­lo de hon­esti­dad y los niños has­ta los 16 años. Esa fama tam­bién proviene del hecho de que como la toga era un atuen­do demasi­a­do for­mal, cuan­do más se veía era en actos ofi­ciales o en los edi­fi­cios públi­cos guber­na­men­tales.

Para los romanos era mucho más cómo­do y prác­ti­co lle­var túni­cas, largas y cor­tas, una pren­da más liviana. Y aunque a muchos os sor­pren­da, tam­bién era habit­u­al en los hom­bres el uso de pan­talones. ¿Cómo creéis que iban a aguan­tar el frío los pobres legionar­ios cuan­do se iban a com­bat­ir a Ger­ma­nia o en la región limítrofe a los Alpes? Pues ponién­dose estas bra­cae calen­ti­tas, es decir… bra­gas.

Las mujeres, sin embar­go, llev­a­ban sto­la , una especie de vestido,y pal­la, un chal, ambos casi siem­pre con­fec­ciona­dos con lino. La pal­la servía para cubrirse el cabel­lo en públi­co, ya que las mujeres respeta­bles no salían a la calle con la cabeza des­cu­bier­ta. Y a las mujeres les encanta­ba la seda que se importa­ba de Chi­na, que costa­ba un din­er­al. Las clases más humildes vestían el pal­li­um (más cor­to que la toga), y la lac­er­na, un man­to sin man­gas.

bikini roma

Como podéis ver aquí arri­ba, en este mosaico encon­tra­do en una antigua vil­la romana de Sicil­ia, el biki­ni ya era cono­ci­do en dicha época. Se com­ponía de dos pren­das, la infe­ri­or, lla­ma­da sub­li­gar, y la pos­te­ri­or, el strophi­um. Fijaos si eran mod­er­nos los romanos que a las mujeres no se nos per­mi­tió volver a usar biki­ni has­ta 1.300 años después. 

En cualquier caso, aunque nos una a los romanos su gus­to por la moda y las nuevas ten­den­cias, nos difer­en­cia algo impor­tante: lo poco que des­gra­ci­ada­mente nos impor­ta reci­clar. Se cree que en el siglo XXI la vida media de una pren­da será de sólo ocho usos. Por eso debe­mos emu­lar a los romanos y apo­yar las tien­das de ropa de segun­da mano. Recor­dad que antaño a un romano de clase baja adquirir un sim­ple man­to le podía supon­er dos ter­cios de su suel­do anu­al ya que toda la ropa de fab­ri­ca­ba a mano y por lo tan­to era muy cos­tosa. Por eso cualquier pren­da se aprovech­a­ba y se reci­cla­ba, dán­dole una segun­da, una ter­cera y una cuar­ta vida. Como debe ser.

Bodas que siguen vigentes dos mile­nios después

RW

Los romanos eran monóg­amos, una cos­tum­bre que se ha exten­di­do has­ta la actu­al­i­dad, donde la poligamia, en la may­or parte del mun­do, no sólo está mal vista sino que tam­bién está con­sid­er­a­da un deli­to. En Roma se con­sid­er­a­ba que casarse era una obligación cívi­ca, una def­er­en­cia con el resto de los ciu­dadanos ya que for­mar una famil­ia, ten­er hijos, sig­nifi­ca­ba per­pet­u­ar la simiente romana. Y aunque no se oblig­a­ba a nadie a casarse, se penal­iz­a­ba a los solteros con impuestos espe­ciales. Y además, sus veci­nos con­sid­er­a­ban que eran unos egoís­tas que no pens­a­ban en los demás e iban a lo suyo, algo un poco injus­to pues cada uno sabría su situación per­son­al.

Como la esper­an­za de vida era menor que aho­ra (un ter­cio de los bebés morían antes de lle­gar a la infan­cia y sólo un 7% de la población cumplía los sesen­ta años), los romanos se casa­ban bas­tante jóvenes: las mujeres a par­tir de los 12 años y los hom­bre de los 14. Sólo podían casarse patri­cios, ple­be­yos y lib­er­tos, no así los esclavos, a los que no obstante algunos amos per­mi­sivos les deja­ban vivir en pare­ja.

A difer­en­cia de aho­ra, antaño el mat­ri­mo­nio no nece­sita­ba ser reg­istra­do admin­is­tra­ti­va­mente (era innece­saria la pres­en­cia de un juez) sino que era un acto pri­va­do que no pre­cis­a­ba de un con­tra­to, aunque en oca­siones venía acom­paña­do de la dote que apor­tara la mujer. Había dos tipos de acuer­dos: sine manus (la mujer seguía pertenecien­do a la famil­ia pater­na y por lo tan­to la heren­cia no peligra­ba) y cum manu (la mujer pasa­ba a depen­der jurídica­mente del mari­do). Si era esta segun­da opción, había tres alter­na­ti­vas de cer­e­mo­nia pero la más común entre los patri­cios era la con­far­reatio.

En la con­far­reatio (que nun­ca se cel­e­bra­ba en Mayo por ser el mes en que se hom­e­na­jea a los difun­tos) esta­ba pre­sente un sac­er­dote y se ofrecía al dios Júpiter ali­men­tos, gen­eral­mente un pan de espelta que sim­boliz­a­ba la nue­va vida de los con­trayentes. La novia vestía una túni­ca rec­ta blan­ca que sim­boliz­a­ba la vir­ginidad y un velo. Esper­a­ba en la casa pater­na la apari­ción del novio, que lle­ga­ba acom­paña­do de una comi­ti­va, se entre­ga­ban los rega­los, se con­sulta­ba a los dios­es si la unión era prop­i­cia y se unían las manos dere­chas de los novios para sel­l­ar el mat­ri­mo­nio.

El novio ponía a la novia un anil­lo (el annu­lus), casi siem­pre de oro, en el dedo anu­lar: se escoge este dedo porque un nervio finísi­mo lo une al corazón. Después de dicho acto los novios pro­nun­cia­ban la frase Ubi tu Gaius, ego Gaia (“donde tú estés, Cayo, yo estaré, Caya”), los asis­tentes exclam­a­ban ¡felíciter! (“que seáis felices”, que nosotros hemos trans­for­ma­do en “que vivan los novios”) y se daba ini­cio al ban­quete nup­cial. Al caer la noche, la novia se iría a vivir ya defin­i­ti­va­mente a la casa de su recién estre­na­do esposo. Sus acom­pañantes la lev­an­tarían en vilo para que atrav­es­ara el umbral de la puer­ta de su nue­va vivien­da sin pis­ar el sue­lo.

¿Sig­nifi­ca­ba esto que no existía el adul­te­rio? En abso­lu­to. Como en todas las civ­i­liza­ciones, siem­pre se han dado las rela­ciones fuera del mat­ri­mo­nio, aunque el esta­do lle­gara a penalizarlas dura­mente. Fue el emper­ador Augus­to el que pro­mul­gó la ley Lex Iulia de Adul­teri­is Coercendis pero ¡qué casu­al­i­dad! sólo en el caso de las mujeres, que eran dester­radas a la isla de Pan­dataria. Y en dicho caso las mujeres tenían “suerte”, pues la mis­ma ley per­mitía a padre o mari­do acabar con la vida de la adúl­tera.

Fue lla­ma­ti­vo este retro­ce­so en los dere­chos de las mujeres ya que has­ta entonces se les había per­mi­ti­do solic­i­tar el divor­cio. Además, la esposa podía irse con la dote apor­ta­da al mat­ri­mo­nio, aunque los hijos se qued­a­ban con el padre. En algunos casos lle­ga­ba a darse el “divor­cio express” cuan­do la mujer pasa­ba más de tres noches seguidas fuera de casa.

La homo­sex­u­al­i­dad esta­ba social­mente acep­ta­da

roman gay

Aunque vis­to lo que hemos comen­ta­do ahí arri­ba acer­ca de la visión del mat­ri­mo­nio o el adul­te­rio pudiera pare­cer que la sociedad romana pecara de con­ser­vado­ra, lo cier­to es que en algunos otros aspec­tos goz­a­ba de una men­tal­i­dad bas­tante abier­ta, la ver­dad sea dicha. Al igual que en la antigua Gre­cia, en el mun­do romano la homo­sex­u­al­i­dad esta­ba vista como algo nor­mal y no sufrió las repre­salias que lle­garían después con el pen­samien­to moji­ga­to del cris­tian­is­mo. De hecho, a las per­sonas no se las cal­i­fi­ca­ba como homo­sex­u­ales, bisex­u­ales o blablablá: sim­ple­mente se real­iz­a­ban actos que podían con­sid­er­arse de un tipo o de otro. Ya está.

Que hom­bres y mujeres se rela­cionaran con per­sonas de su mis­mo sexo o del con­trario importa­ba poco. De hecho, el pro­pio Julio César era cono­ci­do por ser un con­quis­ta­dor nato, un Casano­va a la romana, que sedu­jo a dece­nas de hom­bres y mujeres: de él se decía que era “mari­do de todas las mujeres y mujer de todos los mari­dos”.  Emper­adores como Tra­jano, Adri­ano, Calígu­la o Nerón no escondieron su condi­ción bisex­u­al e inclu­so los pro­pios dios­es, Zeus sin ir más lejos, tenían rela­ciones homo­sex­u­ales entre ellos. Y aunque no se reconociera jurídica­mente, eran muchos homo­sex­u­ales los que se casa­ban sin que nadie se escan­dalizara por ello, algo que sin embar­go sí ocurre en parte de nues­tra sociedad mod­ernísi­ma del siglo XXI.

Pero que los romanos fuer­an per­mi­sivos con este tipo de prác­ti­ca no quiere decir que no cay­er­an en el error que han repeti­do tan­tas sociedades: burlarse del que es difer­ente. Y es que ya lo repetía el dicho “el que se mofa de otro por sus defec­tos, deja con­stan­cia de los suyos men­tales”. En este sen­ti­do, la sociedad romana cayó a menudo en la sáti­ra, a car­go de poet­as y escritores, que ridi­culiz­a­ban el mun­do homo­sex­u­al. O más bien dicho, no la homo­sex­u­al­i­dad en sí sino el papel del ele­men­to pasi­vo, que en muchas oca­siones recaía en un efebo o en un escla­vo. Además, debe­mos ten­er en cuen­ta que en muchas oca­siones la homo­sex­u­al­i­dad era (mal) uti­liza­da como her­ramien­ta de dominio, sodom­izán­dose a esclavos, ene­mi­gos o pri­sioneros como demostración de un poder indis­cutible.

Las fies­tas y ban­quetes

Saturnalia

Si por algo han pasa­do a la pos­teri­dad los romanos era por lo mucho que les gusta­ba dis­fru­tar de la vida. Y bien que hacían. Para ellos, la comi­da más impor­tante del día era la cena, que se hacía a hora tem­prana y así se podía aprovechar el resto de la tarde-noche para orga­ni­zar reuniones. Aunque ini­cial­mente estas cenas comu­ni­tarias tenían dos propósi­tos (agrade­cer los ali­men­tos a los dios­es y reafir­mar la autori­dad del padre de famil­ia), pos­te­ri­or­mente se con­virtieron en un vehícu­lo para pre­sumir de posi­ción priv­i­le­gia­da y darse unos cuan­tos exce­sos.

Al prin­ci­pio, estas eran más for­males, la gente se junt­a­ba para char­lar o leer poe­mas, pero con el tiem­po des­cubrieron que había más for­mas de diver­tirse. Comien­do, bebi­en­do, can­tan­do y bai­lan­do.

Primero se orga­ni­z­a­ba una bue­na cena, en la que no falta­ba la carne de cer­do, de cabra o de cier­vo, en oca­siones inclu­so faisán o avestruz. Curiosa­mente, los man­jares más caros eran las fru­tas como cerezas o dátiles, que eran con­sid­er­adas una rareza y el anfitrión que no las ofrecía a sus invi­ta­dos era con­sid­er­a­do rácano y vul­gar. Era común ver a los comen­sales, que rara­mente pasa­ban de nueve, atavi­a­dos con coro­nas de lau­rel porque tenían la idea equiv­o­ca­da de que gra­cias a ellas men­gua­ba el efec­to del vino.

Después de cenar, les encanta­ba ani­marse con la cár­mi­na con­vi­valia (can­ciones de fies­ta), que eran algo así como “la cabra, la cabra, la puta de la cabra” en ver­sión romana. Las fies­tas se veían tam­bién amenizadas por equi­lib­ris­tas y bailar­ines.

Cada asis­tente solía asi­s­tir acom­paña­do de un escla­vo que se ocu­pa de servir­le y garan­ti­z­a­ba que, pese a la bor­rachera, el invi­ta­do regre­saría a casa sano y sal­vo. Además, solían lle­varse envuel­tos en servil­letas los ali­men­tos que habían sobra­do y pequeños rega­los con los que les agasa­ja­ba el dueño de la casa.

La bul­li­ciosa vida calle­jera de los romanos

Aunque se tien­da a pin­tarnos Roma como una ciu­dad llena de edi­fi­cios majes­tu­osos (que sí, los había), en la que el oro y el már­mol bril­l­a­ba bajo el sol, lo cier­to es que la urbe más mag­ní­fi­ca de toda la Antigüedad se ase­me­ja­ba más bien a cualquier ciu­dad árabe, con calles llenas de bar­ro y tan­tos ten­deretes que ape­nas se podía andar. Tam­bién es ver­dad que para aten­uar este caos de gen­tío, rui­dos y olores, al no exi­s­tir un ser­vi­cio de recogi­da de basur­as (algo extraño, con lo civ­i­liza­dos que eran los romanos), se inten­tó que los ediles (los encar­ga­dos de los bar­rios) se ocu­paran de orga­ni­zar la reti­ra­da de dese­chos: los propi­etar­ios de los edi­fi­cios han de limpiar la basura de su por­tal.

A Roma, al ser cap­i­tal del impe­rio, venía gente de toda Europa, África y parte de Ori­ente. Antes de entrar, podían com­er o beber algo en algu­na de las numerosas posadas para via­jeros que se encon­tra­ban alrede­dor de la ciu­dad. Accedían por una de las diecisi­ete puer­tas de la mural­la y se encon­tra­ban con un curioso inven­to: los pasos de cebra. En ese caso, no pin­ta­dos en el sue­lo sino a base de losas de piedra sobre las que ir pisan­do. Al no per­mi­tirse el trá­fi­co roda­do durante el día, a excep­ción de las car­retas de los albañiles, los atas­cos se pro­ducían por las lit­eras portátiles, sostenidas por sudorosos esclavos, en las que se movían los romanos acau­dal­a­dos: varias de ellas se podían encon­trar atas­cadas al mis­mo tiem­po en las calle­jue­las.

Aunque la may­oría de los romanos, un 80%, vivían en áreas rurales, los que mora­ban en la ciu­dad casi siem­pre sabían leer y escribir, por lo que los muros de las casas esta­ban for­ra­dos de carte­les pub­lic­i­tan­do a los políti­cos o anun­cian­do las próx­i­mas luchas de glad­i­adores, por no hablar de aque­l­los prim­i­tivos graf­fi­tis en los que se decían banal­i­dades como “Fulan­i­to se ha acosta­do con Men­gani­ta”, aunque en gen­er­al eran mucho más grá­fi­cos y obscenos. A los romanos ya entonces les hacía mucha gra­cia lo de dibu­jar penes gigan­tescos en las pare­des de los edi­fi­cios.

Los vis­i­tantes se daban de bruces con escue­las impro­visadas, ya que la may­oría de las clases se impartían en la propia calle con ayu­da de unas tablil­las. Ter­mas y letri­nas (donde se recogía la ori­na para uti­lizarla en las tin­tor­erías) podían encon­trarse dis­tribuidas por toda Roma, en un ejem­p­lo de higiene del que ya podrían haber apren­di­do civ­i­liza­ciones venideras, así como del uso de cloa­cas. Tam­poco se per­mitían los entier­ros den­tro de la ciu­dad (los cemente­rios se encon­tra­ban a las afueras) para evi­tar epi­demias.

En algo que nos llev­a­ban ven­ta­ja los romanos era en no obligar a la gente a tra­ba­jar por las tardes, como les sucede a muchos actual­mente. Antigua­mente las tien­das cerra­ban poco después del mediodía (las jor­nadas lab­o­rales en el mun­do urbano ape­nas rebasa­ban las seis horas) y después de com­er, la gente se rela­ja­ba en las ter­mas o se reunía para con­ver­sar o dar un paseo.

Lo peor de Roma era ten­er que salir de noche, ya que se con­vertía en un lugar har­to peli­groso. Al no exi­s­tir alum­bra­do públi­co y deber deam­bu­lar por calle­jones estre­chos y oscuros, los atre­v­i­dos vian­dantes se con­vertían en obje­ti­vo de rateros y delin­cuentes. Y aunque existía la figu­ra del vig­il urbano, una especie de sereno, estos se ded­i­ca­ban a sofo­car incen­dios y no se les podía con­sid­er­ar una fuerza poli­cial. Eso sí, la noche no era sólo sinón­i­mo de peli­gro sino tam­bién de diver­sión: muchos bares abrían has­ta altas horas de la madru­ga­da y era allí donde la gente humilde se ech­a­ba unos vinos, juga­ba a los dados y coquete­a­ban entre ellos.

Los primeros ras­ca­cie­los de la His­to­ria: las insu­lae

En el artícu­lo Los esce­nar­ios de mis series favoritas os hablé de la serie “Roma” y lo mucho que me gusta­ba lo bien que refle­ja­ba cómo vivía real­mente la gente humilde en la época del impe­rio. Porque el cine ha dis­tor­sion­a­do muy mucho y para mal la idea que ten­emos de la vida romana, hacién­donos creer que todos vivían en casas estu­pen­das con fuentes, estat­uas y todo tipo de lujos. Que estas casas existían, obvio es: siem­pre ha habido ricos y pobres. Pero las domus , lo que serían nue­stros chalets, eran excep­ciones reser­vadas a la nobleza y a la gente acau­dal­a­da. Los demás vivían en blo­ques de pisos, haci­na­dos y con el mobil­iario bási­co. Como mucha gente del siglo XXI.

En época de Augus­to, en la ciu­dad de Roma vivían un mil­lón de per­sonas. Ten­drían que pasar 1900 años, has­ta lle­gar al Lon­dres de la Rev­olu­ción Indus­tri­al, para que cualquier ciu­dad del mun­do lograra alcan­zar dicho niv­el de población. Como además la ciu­dad esta­ba amu­ral­la­da, a Roma no le quedó más reme­dio que cre­cer a lo alto. Y así nacieron los primeros ras­ca­cie­los de la His­to­ria, que lle­ga­ban a alcan­zar las ocho plan­tas (cenácu­las).

Estos edi­fi­cios, cono­ci­dos como insu­lae porque eran “islas den­tro del océano urbano”, podían medir 20 o 25 met­ros de altura. Nue­stros edi­fi­cios actuales emu­la­ban a los antigu­os ya que entonces en los bajos de los blo­ques se ubi­ca­ban com­er­cios de todo tipo (taber­nae) y con­ta­ban con patios inte­ri­ores. Los minús­cu­los aparta­men­tos con­ta­ban con ven­tanas pero eran bas­tante oscuros ya que para evi­tar el paso del frío estas solían cubrirse con pieles (por aque­l­la época no sabían lo que era el cristal). Obvi­a­mente, las plan­tas más cod­i­ci­adas eran las infe­ri­ores, ya que en caso de incen­dio, al ser estos edi­fi­cios de madera, vivir en los pisos de arri­ba era una tram­pa.

Debe­mos com­pren­der que los romanos, vis­to lo espar­tanas que eran sus vivien­das, intenta­ban pasar poco tiem­po en casa y sí mucho en la calle, al con­trario que los que vivían en las domus, que se pasa­ban la vida orga­ni­zan­do ban­quetes y fies­tas. Estos aparta­men­tos servían para poco más que dormir y guardar las escasas perte­nen­cias, espe­cial­mente cuan­do en ver­a­no lle­ga­ba el calor (en Roma el ver­a­no es hor­ro­roso, doy fe) y no entra­ba ni la más mín­i­ma brisa. Los mue­bles eran pocos y fun­cionales: una cama, una mesa con un par de sil­las, un sofá (tri­clin­i­um), un armario y un baúl. El que podía per­mitírse­lo, dec­ora­ba las pare­des con pin­turas y con­serv­a­ba algunos libros. Para los romanos, amantes como pocos de la cul­tura y la lit­er­atu­ra, con­ser­var una pequeña bib­liote­ca, por chiq­ui­ti­ta que fuera, era moti­vo de orgul­lo.

En estas casas no existía como en las domus el agua cor­ri­ente o la cale­fac­ción, por lo que los inquili­nos pasa­ban poco tiem­po den­tro de casa. Depen­di­en­do donde estu­viera el bar­rio (regiones se llam­a­ban entonces) se paga­ba más o menos por el alquil­er: a may­or cer­canía del cen­tro, renta más alta. Al no exi­s­tir trans­porte públi­co ni vehícu­los para desplazarse (sólo se per­mitía la cir­cu­lación de car­ros con mer­cancía por la noche), el romano que quisiera estar “cer­ca de la acción” debería vivir lo más cer­ca del cen­tro posi­ble. Eso o pasarse el día cam­i­nan­do para ir a com­prar, el tra­ba­jo o resolver cualquier trámite. Des­gra­ci­ada­mente, ya entonces existían los desahu­cios, al darse la espec­u­lación inmo­bil­iaria por parte de caseros desalma­dos: el alquil­er se ren­ov­a­ba cada seis meses y la famil­ia que no pudiera pagar, a la calle.

Los bares romanos, tan pare­ci­dos a los nue­stros

En la antigua Roma se le conocía como ther­mopoli­um y era el equiv­a­lente a nue­stros restau­rantes. Por pon­er un ejem­p­lo, sólo en Pom­peya había más de un cen­te­nar, antes de que fuer­an sepul­ta­dos por las cenizas del Vesubio: a los romanos les encanta­ba, como a nosotros, eso de salir a com­er fuera. Tan­to como para que muchas de las casas ni siquiera con­taran con coci­na, algo que tam­bién sucede actual­mente en muchos país­es de Asia.

Estos bares de la época solían con­tar con una bar­ra en for­ma de L con tina­jas que per­mitían con­ser­var los ali­men­tos fríos o calientes. Se ilu­mina­ban con can­diles y en la plan­ta supe­ri­or había habita­ciones que se alquil­a­ban por horas a los clientes. Aunque el juego esta­ba pro­hibido, muchos de ellos tam­bién escondían casi­nos clan­des­ti­nos. Y los menús que se ofrecían, pues muy sanos, típi­cos de la dieta mediter­ránea: que­so, ver­duras, cereales, pesca­do y muy de cuan­do en cuan­do, carne. Aunque los ver­daderos reyes de la car­ta eran los postres: los romanos eran muy dados a hac­er inge­niosas crea­ciones a base de que­so y miel.

El ther­mopoli­um tam­bién con­ta­ba con un tri­clin­i­um, un come­dor con sofás, para los que querían com­er algo más con­sis­tente que el aper­i­ti­vo. Tam­bién existía un jardín al aire libre y un san­tu­ario para los dios­es del hog­ar.

Lo más curioso es que los ital­ianos actuales han sabido sacar una ven­ta­ja económi­ca de la exis­ten­cia de estos locales y tras dos mil años sepul­ta­dos, los han vuel­to a abrir para que la gente pue­da tomarse una copi­ta de vino en su visi­ta a Pom­peya. Es el caso del Ther­mopoli­um de Veti­tus Placidus, el más famoso de la ciu­dad extin­gui­da, que vuelve a escuchar los cán­ti­cos y las risas de los clientes entre sus pare­des mile­nar­ias.

El análi­sis arque­ológi­co de ciu­dades como Ostia, Her­cu­lano y rev­ela que los romanos inven­taron lo que hoy con­sid­er­aríamos comi­da calle­jera. Al excavar los desagües en sitios espe­cial­mente selec­ciona­dos en estas ciu­dades, los arqueól­o­gos han podi­do iden­ti­ficar lugares que servían comi­da a clientes poten­ciales. Entre ellos desta­ca­ban las taber­nas, que al con­tar con sólo un horno y pocos asien­tos, eran el lugar per­fec­to para tomar un cha­to de vino (sí, sí, los romanos nos dejaron ese lega­do, ellos lo llam­a­ban cyathos) y com­prar comi­da para lle­var. En los mer­ca­dos podían encon­trarse tam­bién vende­dores ambu­lantes y puestos calle­jeros, así como en bur­de­les y casas de baño.

Comi­da rica-rica (y con fun­da­men­to)

rome

¿Qué comían los romanos? Pues muchas cosas que con­tin­u­amos con­sum­ien­do nosotros. La prin­ci­pal fuente de car­bo­hidratos era el pan. Pero como la may­oría de los romanos vivían en las insu­lae que os comen­tábamos antes, lo de poder ten­er un horno pro­pio en casa era una utopía, por lo que debían tirar de los hornos comu­nales o com­prar­lo en la panadería. Inclu­so la for­ma del pan romano refle­ja esto, con una hen­didu­ra alrede­dor del perímetro donde se ataría una cuer­da y se podría lle­var a casa, así como hen­diduras en el pro­pio pan, pre­sum­i­ble­mente para que se pudiera vender por piezas.

El pan solían acom­pañar­lo de legum­bres: las que más les gusta­ban eran los gar­ban­zos. Se solían servir asa­dos en una vasi­ja de bar­ro, la dolia, jun­to a fru­tos sec­os, fru­tas e higos. Pero tam­bién era habit­u­al com­er­lo en paté para untar­lo: no dire­mos que los romanos inven­taron el hum­mus porque lo mis­mo recla­man tur­cos, sirios y unos cuan­tos más pero sí que era un indis­pens­able en sus menús.

Los romanos comen­z­a­ban el día desayu­nan­do unas tor­tas redondas de cere­al acom­pañadas de miel, huevos, que­so, fru­ta y leche (el que pudiera per­mi­tirse todo ello porque la gente más pobre sólo podía acced­er a sopas de pan y vino). El almuer­zo era muy fru­gal por un moti­vo obvio: la cena era la comi­da más impor­tante y se hacía muy tem­pra­no (sobre las tres de la tarde, vamos, a la hora de com­er españo­la). Así, se almorz­a­ban pequeñas sobras de la noche ante­ri­or y para cenar se tira­ba de carne (los ricos, los más humildes no podían pagar­la), ensal­adas, ver­duras, que­so y aceitu­nas, así como fru­ta para el postre.

Una curiosi­dad: el garum, una sal­sa fer­men­ta­da de pesca­do que se uti­liz­a­ba para mac­er­ar y aliñar ali­men­to y que prin­ci­pal­mente se exporta­ba des­de el sur de His­pania (Gades, Bae­lo Clau­dia y Cartha­go Nova), aho­ra está sien­do recu­per­a­do por muchos chefs de pres­ti­gio. Qué cosas.

Amor por el maquil­la­je (mujeres y tam­bién hom­bres)

maquillaje roma

Los romanos no inven­taron el maquil­la­je (otras civ­i­liza­ciones, como por ejem­p­lo la egip­cia, esta­ban enam­oradas de los cos­méti­cos) pero sí es cier­to que los con­sid­er­a­ban un ele­men­to impre­scindible en cualquier hog­ar, por humilde que este fuera y has­ta las mujeres más pobres podían per­mi­tirse un pequeño botecito de polvos, aunque fuer­an de peor cal­i­dad. Rara era la romana que no llev­a­ba en su bol­si­to un pequeño espe­jo de mano, que no eran de cristal sino de met­ales puli­dos, y un pequeño botecito con ungüen­to con el que aplicar una piz­ca de car­mín. Como veis, las mujeres de entonces no se difer­en­cia­ban mucho de noso­tras las del siglo XXI a la hora de con­sid­er­ar qué era impor­tante no olvi­dar a la hora de salir de casa.

La piel blan­ca, como actual­mente en muchos país­es asiáti­cos, era con­sid­er­a­da un sím­bo­lo de buen gus­to y ele­gan­cia, por eso las romanas se pasa­ban la vida empolván­dose y aclarán­dose el cutis. No obstante, se guard­a­ban de que el maquil­la­je no fuera exce­si­vo ya que demasi­a­do maquil­la­je iba aso­ci­a­do a la pros­ti­tu­ción. Aunque no fuer­an a salir de casa, las romanas se maquil­l­a­ban a diario pues esto las hacía sen­tir ele­gantes.

Ya entonces las romanas uti­liz­a­ban ele­men­tos nat­u­rales como aceite de oli­va, miel, azafrán o pepino que sig­los después con­tin­u­amos usan­do con fines cos­méti­cos. Con ellos fab­ri­ca­ban de un modo total­mente arte­sanal cre­mas antiar­ru­gas, leche hidratante o pomadas anticelulíti­cas. Así mis­mo, usa­ban car­mín y polvos para las mejil­las para aten­uar el col­or tan blan­que­ci­no de la piel e inclu­so lle­ga­ban a pin­tar de un leve col­or azu­la­do las ven­i­tas de las sienes. Emu­la­ban a las egip­cias pin­tán­dose los ojos de azul o negro y no les tem­bla­ba el pul­so a la hora de apli­carse mas­car­il­las a base de excre­men­tos u ori­na. Por dicho moti­vo, para com­pen­sar el mal olor que emitían dichos emplas­tos, uti­liz­a­ban per­fumes, que podían venir en tres for­matos: sóli­dos, líqui­dos o en pol­vo.

¿Se maquil­l­a­ban tam­bién ellos? Sí pero poco. En el caso de los hom­bres, sin embar­go, se val­ora­ba más la piel bron­cea­da pues iba uni­da a la idea de que se hacía mucho ejer­ci­cio al aire libre. Si el hom­bre lucía demasi­a­do blan­co, se podía caer en la creen­cia de que estu­viera enfer­mo ya que ellos pasa­ban mucho más tiem­po fuera de casa. Por ello, si esta­ban muy páli­dos no esta­ba mal vis­to que se dier­an col­orete o que inten­taran dis­im­u­lar la alope­cia con maquil­la­je. Pero en gen­er­al la sociedad no veía con muy buenos ojos que los hom­bres se maquil­laran.


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5 Comments

  1. Muy buen artícu­lo, me encan­tó, no sabía algu­nas cosas de los Romanos, gra­cias…

  2. No puedo más que dar la enhorabue­na! Hacía mucho que no leía un artícu­lo tan bueno. Como amante de la his­to­ria y de todo lo rel­a­ti­vo a Roma me ha pare­ci­do exce­lente. Supon­go que ya lo sabéis pero aún se pueden ver los restos de una insu­la al lado de las escaleras que lle­van al ara coeli

  3. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Gra­cias a ti, un abra­zo!

  4. Mil y un Viajes por el Mundo

    at

    Hola, Andrea! Sí, la vimos cuan­do estu­vi­mos en Roma y es alu­ci­nante, cabían den­tro casi 400 veci­nos! Me ha ale­gra­do mucho que te haya gus­ta­do el artícu­lo… un besazo!

  5. Anónimo

    at

    exce­lente bre­viario cul­tur­al

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