Castillo Hohenzollern

Estamos acostumbrados a verlos retratados en las películas como lujosos hogares de reyes y princesas donde había fiestas día sí, día también y todo era riqueza y ostentación. Pero la realidad era bien distinta. La vida en los castillos, incluso para la élite de la época (familia real, nobleza y altos cargos eclesiásticos), no era tan idílica como nos la ha querido pintar el cine. Si bien en aquel entonces estas familias gozaban de muchas más comodidades y privacidad que el pueblo llano, que solía vivir en condiciones deplorables, esto no significa que castillos y palacios fueran tan exuberantes como ahora nos los presentan.

La vida en época medieval era cualquier cosa menos placentera. De hecho, los reyes, que solían contar con residencias repartidas por todo el reino, a menudo se mudaban de una a otra para que sus sirvientes pudieran limpiarlas, pues en poco tiempo se convertían en pozos de inmundicia. Aunque parezca increíble, muchos de estos castillos se encontraban igual de sucios que las cabañas y chozas de muchos campesinos. Como ejemplo concluyente, la anécdota que cuenta como Maria Antonieta, paseando por Versalles, fue golpeada en la cabeza por unos excrementos que lanzaron desde una ventana.

Castillo Lichtenstein

Cuando alguien nos menciona a Catalina la Grande, la imaginamos jugueteando con sus joyas y vestidos de seda. Pero reinó rodeada de barrios superpoblados y habitaciones infestadas de pulgas. La corte de Luis XVI se vanagloriaba de ser de lo más elegante. Nada más lejos de la realidad; cuando vemos esas pinturas en las que la clase alta aparece retratada con fastuosas vestimentas, nos olvidamos de un detalle importante: el olor que desprendían prendas que llevaban años sin lavarse. Todos apiñados en habitaciones que no se ventilaban jamás. Estos mismos nobles solían dormir con sus perros sarnosos a los pies de la cama, permitiendo que las pulgas camparan a sus anchas.

Los cuartos de baño del medievo

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WC de la Edad Media

Para empezar, y aunque ahora no lo notemos cuando los visitamos porque los mantienen bien limpitos, los castillos olían de una manera nauseabunda. Buena culpa de ello la tenían los WCs de antaño, bastante precarios: bancos de madera con un agujero donde plantar las posaderas y debajo un pozo negro que iba acumulando todo tipo de desechos apestosos. Este pozo solía vaciarse gracias al esfuerzo de personas que sufrían uno de los peores trabajos del mundo. Aún así, y debido a las lluvias, en muchas ocasiones estos pozos se desbordaban y toda la inmundicia acababa inundando las calles, caldo de cultivo para numerosas enfermedades.

En ocasiones (muchas) estos bancos eran comunitarios, por lo que te tocaba hacer «tus cositas» con otros tantos como tú y a la vista de todo el mundo. Vamos, que privacidad cero. A nosotros, acostumbrados a estar en el baño a solas con la única compañía de un libro o una revista, esta situación nos pudiera parecer de lo más embarazosa. Pero entonces los estándares de higiene eran bastante diferentes y si los romanos socializaban en las termas, en el medievo muchos estaban de charla mientras defecaban.

Tampoco creáis que era tan habitual el uso de estos váteres o incluso los orinales: eran muchos los criados que cuando les entraba un apretón, se bajaban los pantalones y dejaban el regalo en la escalera más próxima. Ya lo recogería alguien y si no, pues ahí se quedaba. Era de lo más normal que excrementos de todo tipo y tamaño se acumularan en chimeneas o detrás de las puertas. Y también era común una práctica que ahora nos horrorizaría: que los sirvientes orinaran dentro de tinas ya que ese mismo orín se destinaba luego a la limpieza (el tema irónico es  un rato, no me lo neguéis).

Cómo se vivía en el interior del castillo

Aunque desde el exterior los castillos parezcan fortalezas enormes, cuando los recorres por dentro te das cuenta de que a excepción de los dueños y sus familiares, eran pocos los que gozaban de cámaras privadas o habitaciones propias. La servidumbre solía vivir hacinada en cuartuchos minúsculos, lo que tampoco estaba tan mal teniendo en cuenta lo bien que venía tener cerca a alguien que te diera calorcito, pues el frío era estremecedor. Pero el término privacidad era desconocido, sobre todo sabiendo que estos castillos demandaban mucho personal de mantenimiento (cocineros, jardineros, criados, limpiadores, tesoreros…) y en no raras ocasiones el personal de servicio podía estar compuesto por más de un centenar de personas. El sudor de tanta gente siempre derivaba en una atmósfera irrespirable que se intentaba contrarrestar colocando plantas de olores sugerentes o incienso dentro de los braseros. Tampoco servía de mucho.

La gente entonces se bañaba poco, normalmente una vez al mes. Aún así, sabían que limpiarse cara y manos podía evitar infecciones y enfermedades, otra cosa es que lo llevaran a la práctica. En muchas ciudades era habitual encontrar casas de baño comunitarias: en París había más de una treintena. Es decir, había mucha gente a la que sí le gustaba bañarse pero no era fácil el acceso al agua y las bañeras, especialmente en los pueblos pequeños. Los campesinos debían contentarse con poder lavarse por partes en ríos y arroyos. Y sólo en verano, que cualquiera se zambullía en un lago a varios grados bajo cero.

En los castillos solía haber una bañera de madera, reservada a la familia de los dueños, que se cubría con una sábana y cuyo agua compartían padres, tíos y primos. Así que el último en bañarse salía más sucio que lo que había entrado. Las mujeres, al llevar el cabello largo, intentaban lavarse el pelo cada sábado con champús a base de aceites, hierbas y minerales.

Pero eran muchos a los que el hecho de bañarse les daba miedo (hasta no hace tanto muchas madres recomendaban a sus hijas que evitaran bañarse durante la menstruación ¿puede haber algo más repugnante que no asearse durante esos días?). El caso es que entre la población estaba extendida la creencia errónea de que bañarse con asiduidad podía producir nauseas o desmayos y que los baños excesivamente largos producen obesidad. Los jabones eran muy diferentes a los de ahora, a base de cal, sal, manteca de cerdo y a veces aroma de lavanda. La gente a duras penas lograba mantener una mínima higiene bucal: los primeros (y rudimentarios) cepillos de dientes eran ramitas con un extremo envuelto en tela. Ante la carencia de estos, la gente masticaba malva, hojas de menta o semillas de hinojo o anís.

baño medievo

Compartir hogar con ratas a todas horas era lo común. Las ratas adoran los lugares oscuros, fríos y húmedos, así que los castillos eran su paraíso particular. Sobre todo después de los banquetes, ya que se tardaban días en eliminar todas las sobras y desechos que dejaban los festejos, lo que atraía a todo tipo de alimañas. Para evitar la acumulación de basura, o al menos mitigar las consecuencias de vivir en ambientes tan sucios, se cubrían los suelos con paja para absorber los desechos, en muchas ocasiones líquidos, que quedaban desparramados. Restos de cerveza, grasa, saliva, huesos de pollo, excrementos, trozos de comida…. como para andar descalzo.

Qué y cómo comían en el medievo

Encontrar agua potable en el medievo era tarea casi imposible. La mayoría de ríos estaban contaminados por los vertidos de los pozos negros. Por dicho motivo la mayoría de la gente, incluidos niños, no bebían agua sino cerveza o vino: se asociaba beber agua a clases bajas que no podían permitirse una pinta en una taberna.

Preparar un banquete no era tan fácil como ahora. Al no existir las neveras, frutas y verduras aguantaban poco tiempo frescas y la carne debía salarse para que no se pudriera. A excepción de cucharas muy básicas y cuchillos, no solían usarse cubiertos y se comía con las manos, de ahí que aparecieran muchas enfermedades por las bacterias acumuladas entre los dedos.Y eso pese a que en las mesas de los nobles se colocaban cuencos con agua y toallas.

Los alimentos solían almacenarse en las despensas situadas en los sótanos del castillo y la mayoría de los alimentos acostumbraban a producirse dentro del mismo recinto: cultivos de hortalizas, elaboración de cerveza o hidromiel, preparación de pan y pasteles… Si el castillo era lo suficientemente grande, existía un corral para animales, un estanque que ejercía como piscifactoría natural y graneros.

La dama del castillo era la encargada de supervisar el suministro: si las provisiones no eran suficientes, se recurría a obtenerlas mediante impuestos en especies a los campesinos. Aún así, en épocas de guerra, hambrunas o catástrofes naturales, ni siquiera las familias ricas tenían asegurado el avituallamiento y sí, también se pasaba hambre. Pero en época de bonanza, algunas familias no sabían qué hacer con tanta comida: prueba de ello es que en algunos castillos los hornos eran enormes, tanto como para que dentro cupiera un buey entero.

Cocina Medieval

Ahora está muy de moda entre los veganos pero la leche de almendra ya se consumía entonces, principalmente porque la iglesia mandaba evitar la carne y la leche animal un día a la semana, por lo que esta era la alternativa y además aguantaba más tiempo intacta que la leche de cabra, oveja o vaca. La carne era algo común en los castillos, un producto de lujo a las clases acaudaladas, pero los sirvientes debían conformarse con el consumo de cereales como el centeno, el trigo o avena que generalmente se comían en forma de gachas. Es decir, el pan era el alimento estrella, hasta el punto de que el gremio de los panaderos se convirtió en una auténtica mafia y las familias panaderas guardaban con celo el secreto de las recetas de sus productos.

El pan también se usaba como plato, costumbre que aún se mantiene en muchos países de Europa del Este: nosotros hemos probado en varias ocasiones las sopas o cremas calientes en cazuelas de pan y están deliciosas. Además, así te evitas luego tener que fregar los platos. En cualquier caso, el plato en sí no existía: se utilizaban las rebanadas de pan como bandejas, lo más duras posibles para aguantar encima carnes y salsas. Las familias pobres no podían permitirse ni eso y comían lo que tuvieran directamente encima de la mesa.

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Los banquetes y fiestas medievales

Los banquetes en los castillos se llevaban a cabo en el Gran Salón, una estancia de techos altos, en ocasiones con forma de bóveda, paredes forradas de cuadros y tapices y una gran chimenea que calentaba el comedor. El señor y su familia se sentaban en una plataforma elevada, al resguardo de las corrientes de aire. Sólo el señor y su esposa tenían asegurado el asiento en lujosas sillas: los demás comensales debían conformarse con bancos de madera. Las mesas, tablas colocadas sobre caballetes, sólo se usaban ocasionalmente para comer.

Antes de que llegaran los platos principales, si la familia era lo suficientemente rica, se servían unos ostentosos entrantes. Esculturas comestibles realizadas a base de azúcar o mazapán. Auténticas obras de arte que en ocasiones ni llegaban a ser degustadas: representaban animales exóticos o personajes famosos y venían acompañadas de intérpretes que cantaban o recitaban poemas. Los comensales compartían plato (uno para cada dos), el de menor clase social cortaba los alimentos para el otro y ya entonces comenzaban a imponerse gestos de buena educación como evitar colocar los codos sobre la mesa o abstenerse de eructar.

El plato favorito de los señores medievales era el cochinillo, considerado la langosta de entonces. Se podían comer uno de una tacada, teniendo en cuenta que en la Edad Media en los castillos, pese a lo que nos cuenten las películas, no se solía desayunar (o, como mucho, se comía un mendrugo de pan con un vaso de vino), imaginad con el hambre que llegaban a la hora de la comida. Por ese motivo, pese a que la carne de cerdo era la más apreciada por las clases nobles, no hacían asco a cualquier otro animal: cisnes, gaviotas, buitres, erizos, pavos reales o focas podían verse a menudo en las mesas de las familias ricas. También se comía mucho pescado: bacalao, truchas, arenques, besugo, lucio o salmón. Aunque las familias más ricas de lo que más se enorgullecían era de acceder a esturión o ballena. Las familias pobres solían reservar comer carne de ganso para Navidad; aún así, ello les suponía el gasto del sueldo de un día entero.

Banquete Medieval

Los dulces era otra delicatessen reservada a las familias acaudaladas. Al contrario que actualmente, los postres no se servían al final del menú sino intercalados con otros platos. Se les consideraba una pausa saludable para refrescar el paladar, sobre todo teniendo en cuenta la de grasaza que se ingería entonces. Los favoritos de los nobles eran las peras bañadas en azúcar. También eran muy apreciadas las gelatinas (a base de huesos y cartílagos de animales), de vistosos colores y dando forma a mini castillos o flores comestibles. Eran los ricos los que se atiborraban de dulce, los pobres ni lo cataban. Muchos médicos consideran que los campesinos, ante esta falta de azúcar (como mucho tomaban de vez en cuando algo de miel), llevaban una dieta más saludable que mucha gente del siglo XXI, abonada a la bollería industrial.

Los chefs eran de lo más imaginativos. Creaban «animales imposibles» uniendo las patas de un jabalí al torso de un ave o usaban alcohol para escenificar que los cerdos expulsaban fuego por la boca como los dragones: todo era muy vistoso. Estos menús podían llegar a contar con una decena de platos: al acabar el banquete, no se podían ni mover. Las comidas estaban amenizadas por bufones, juglares, músicos o bailarines (o todos a la vez). Algunas veces los invitados improvisaban cantando una canción para agradecer al anfitrión su hospitalidad. En la sobremesa era costumbre jugar a los dados o el ajedrez, con apuestas de por medio.

Un día normal en la vida del rey (o del noble)

Vayámonos a un día cualquiera. Para aprovechar la jornada, el señor del castillo solía despertarse al alba, poco más tarde de las seis de la mañana. Comenzaba con buen pie, vistiéndose tan temprano con sus mejores galas para dejar claro quién mandaba. Personas de alto rango eran las encargadas de ayudarle a vestirse, tarea que llevaba un buen rato. Después se asistía a la primera misa del día: dependiendo de lo religioso que fuera el noble, este acto podía repetirse a menudo diariamente.

Si el rey se comportaba como se esperaba de él, es decir, atendiendo y escuchando a sus súbditos, pasaba varias horas al día haciendo audiencias. Otros como Eduardo I se negaba a recibirlos y escuchar sus quejas, exigiendo que presentaran sus reclamaciones por escrito. Como la mayoría de los campesinos eran analfabetos, sus peticiones nunca eran escuchadas. Los reyes se rodeaban de consejeros y asesores que les ayudaban en sus decisiones políticas, básicamente porque muchos monarcas consideraban que estos asuntos eran un engorro y estaban deseando acabarlos para irse a emborracharse o a cazar venados.

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Entre las diez y las doce de la mañana se sentaban delante de esas vistosas mesas llenas de platos. Y que no faltara el vino ni la cerveza o los licores. Así llevaban mejor lo de después, seguir recibiendo a funcionarios, emisarios de otros reinos, nobles o más campesinos. Aunque muchas tardes las dedicaban al ocio. Para los hombres, caza o clases de lucha. Para ambos sexos, cetrería, aprender a tocar algún instrumento o paseos a caballo. Para las mujeres, clases de costura.

Muchos nobles gastaban su tiempo ejerciendo como mecenas, patrocinando a escultores, pintores, trovadores o poetas. Y también invertían dinero en construir capillas, dependiendo de su nivel de religiosidad o compromiso con el clero. Ello no excluía la creencia de muchos en la astrología, a la que consideraban una ciencia de lo más válida, y era común consultar a los astrólogos antes de iniciar un viaje o dar comienzo a una batalla.

Los reyes gustaban de viajar a menudo y no sólo dependían de sus propias residencias sino también de la hospitalidad de los nobles, que tenían la obligación de alojar a la familia real en sus propios castillos. Los monasterios debían hacer lo mismo. Y no era tarea fácil ya que la familia real viajaba con un gran séquito de soldados, sirvientes y criados y a todos había que dar comida y cama.

La vida de los prisioneros

Si alguien vivía realmente en situaciones precarias dentro del castillo, estos eran los prisioneros. Sus gritos y lamentos podían escucharse desde las profundidades de los calabozos, que solían encontrarse en los gélidos sótanos. Si en el siglo XXI los derechos humanos aún siguen siendo inexistentes en muchos países, imaginad entonces: la vida de un reo no valía nada. Muchos de estos prisioneros ni siquiera habían cometido delito alguno sino que eran encerrados por razones políticas y se hacía con ellos lo que a los enemigos les daba la gana. El resultado final era ejecutarles o dejarles morir de hambre pero antes muchos de ellos eran torturados con los métodos más horribles.

Prisionero

Para la mentalidad de entonces, conservadora y dominada por el factor religioso, la tortura no era sólo un castigo físico sino una forma de purificar el alma y redimirse de los pecados. Conseguir el perdón a través del dolor más insoportable. Los cadáveres podían tirarse semanas esperando a ser retirados de las celdas, emitiendo un olor horroroso que se abría paso hasta las plantas superiores.

Los verdugos

La figura del verdugo era repudiada y venerada a partes iguales. Os aconsejo que veáis esa obra maestra que es «El verdugo» de Luis Berlanga (ambientada no en el medievo sino en época más cercana) para que entendáis lo difícil que era este trabajo (aunque seguro que hubo excepciones de sádicos que lo disfrutaban). Pero en general era una profesión que todo el mundo evitaba, por muy bien pagada que estuviera. Pese a que se considerara que era un trabajo «que alguien debía hacer», muchos aldeanos marginaban a los verdugos y nadie quería tenerles como vecinos.

Verdugo Inquisicion

Si te había tocado ser verdugo bajo el reinado de Enrique VIII, no te faltaba trabajo: durante su mandato se ordenaron más de 72.000 ejecuciones. Generalmente el trabajo de verdugo pasaba de padres a hijos. Y no se hacía ascos a nada: decapitación, amputaciones, ahorcamientos, quemas en piras funerarias… el verdugo era un «hombre-multiusos». Algunos verdugos justificaban sus actos pensando que en realidad eran la mano ejecutora de la justicia. Pero en realidad tenían el trabajo más miserable del mundo.

6 comentarios

  1. Excelente información sobre las cuestionadas costumbres sanitarias en la época medieval, antes no pululaban las peste!!

  2. No encuentro el enlace para seguir tu blog, me encantaron tus artículos

  3. Muy muy interesante todo lo que nos contás. Pareciera que no «todo tiempo pasado fue mejor». De todos modos, cada vez que entro a algún castillo o palacio pienso: «Cómo me gustaría haber estado aquí cuando sucedía toda la acción!». Bueno… quizás lo hice en alguna otra vida pasada. 🤷‍♂️
    Te felicito por este informe tan completo! 😘

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