Una escuela de elfos en Islandia

 

¿Sabías que Islandia es el úni­co país del mun­do donde existe una escuela espe­cial­iza­da en el estu­dio de los elfos? Cono­ci­da como Alfaskolinn, sus estu­di­antes (nada más y nada menos que 8.000 diplo­ma­dos en los últi­mos 20 años) pueden dedi­carse a la inves­ti­gación del flok­lore del país, cada viernes por la tarde (que es cuan­do se imparten las clases), un folk­lore pla­ga­do de seres mitológi­cos como elfos, hadas y gno­mos, en total has­ta casi una quin­ce­na de criat­uras fan­tás­ti­cas. O no tan fan­tás­ti­cas si ten­emos en cuen­ta que un 90% de los islandeses declara sin tapu­jos y muy orgul­losa­mente creer en la exis­ten­cia de estos seres. Inclu­so muchos de ellos juran y per­ju­ran haber tenido al menos una vez con­tac­to con ellos a lo largo de su vida. Nada extraño en un país cuya población no rebasa las 300.000 per­sonas y estas se encuen­tran ais­ladas, no sólo geografi­ca­mente, por el frío exce­si­vo, muchas de ellas pasan­do var­ios meses sin ten­er con­tac­to con otros seres humanos. Hay que ten­er en cuen­ta tam­bién el curioso dato que ates­tigua que, al mis­mo tiem­po, casi la total­i­dad de los jóvenes islandeses afir­man que creen en la exis­ten­cia de elfos pero no en la de Dios (un 4% de los esta­dounidens­es son los úni­cos que creen en seres de los bosques frente a una may­oría católi­ca, por estable­cer una com­par­a­ti­va). Lo que, en mi opinión, ya dice bas­tante de lo inteligentes que son los islandeses,que ya puestos a creer en seres imaginarios,al menos que estos no te condi­cio­nen ni social ni cul­tural­mente de una man­era tan repre­so­ra y obso­le­ta.

La razón que argu­men­tó su direc­tor, quien por cier­to afir­ma no haber vis­to en vivo jamás a ninguno de estos seres, para pon­er en mar­cha la escuela fue que ya que los elfos for­man parte de la vida diaria de los islandeses y existía un interés tan exten­di­do por la vida de estos seres, por qué no estu­di­ar­los de un modo pro­fe­sion­al y otor­gar su diplo­ma cor­re­spon­di­ente a quien dedicara una tarde de su vida a desen­trañar sus secre­tos. Los Hul­du­folk, que es como cono­cen los islandeses a la “gente escon­di­da” y que proviene de una pal­abra del siglo XIX que era sinón­i­mo de elfo, son muy respeta­dos entre la población, has­ta el pun­to de que en muchas oca­siones, cada vez que se va a ini­ciar la con­struc­ción de un edi­fi­cio o una car­retera, se ase­gu­ran de que no esté en la cer­canía de la mora­da de alguno de estos seres para no inter­ferir en su vida diaria y que tomen repre­salias con­tra los humanos. Fijaos si estas creen­cias están tan implan­tadas en la cul­tura pop­u­lar que los min­istros hablan de ellos con total nat­u­ral­i­dad cuan­do este tema sale en las entre­vis­tas, que suele ser bas­tante a menudo. Además, algu­nas de las fes­tivi­dades más impor­tantes de Islandia, como la Noche Número 12, que se cel­e­bra cada 6 de Enero y en la que las famil­ias se reú­nen para cenar y tirar fue­gos arti­fi­ciales, están pro­fun­da­mente lig­adas a los elfos. Los his­to­ri­adores creen que la “inven­ción”  de estos seres mitológi­cos fue pre­cisa­mente por lo solos que muchas veces se sien­ten los islandeses, refu­gia­dos en sus cabañas cubier­tas de nieve, y crearon estos ami­gos que les harían com­pañía, por este moti­vo jun­tarse con la famil­ia y la sen­sación de unión emo­cional es tan impor­tante en deter­mi­nadas fechas.

Elfa

Las condi­ciones cli­ma­tológ­i­cas, que han prop­i­ci­a­do que a Islandia se la conoz­ca como la isla del hielo y el fuego por sus vol­canes e ice­bergs gigan­tescos, no sólo han hecho de este país un lugar úni­co en el mun­do sino el ter­reno per­fec­to para que hayan pro­lif­er­a­do a lo largo de la his­to­ria los cuen­tos que habla­ban de estas criat­uras de los bosques y que los niños, des­de su más tier­na infan­cia, dan como cier­tas y cuya creen­cia mantienen ya de por vida. Unos habi­tantes que viv­en, en una especie de relación de amor-odio, codo con codo con una nat­u­raleza furiosa y traicionera que mien­tras les cas­ti­ga con invier­nos durísi­mos y casi eter­nos, es la respon­s­able de que su tur­is­mo se haya incre­men­ta­do muchísi­mo en los últi­mos años y que haya con­ver­tido a Islandia en uno de esos país­es que cualquier via­jero aspi­rará a vis­i­tar algu­na vez en la vida. Al menos en mi caso, es una de mis grandes cuen­tas via­jeras pen­di­entes y uno de mis planes para los próx­i­mos años.

Esta nat­u­raleza rígi­da y ater­rado­ra de la que hablam­os es la base abso­lu­ta de las creen­cias en elfos. Debido a que el cris­tian­is­mo llegó muy tarde a Islandia, las tradi­ciones paganas en las que se ven­er­a­ba a la nat­u­raleza y los ele­men­tos, buenos y mal­os, que esta tenía en su seno, se han man­tenido intac­tas entre la población, en un pro­ce­so sim­i­lar al de el bud­is­mo, el hin­duis­mo o el cris­tian­is­mo en otros muchos lugares del mun­do. Lo que ocurre, que al “prac­ti­car­lo” tan poca gente, puede pare­cer una creen­cia excén­tri­ca pero ¿aca­so el resto de las reli­giones no están basa­dos en seres imag­i­nar­ios y sobre­nat­u­rales que demues­tran al mun­do sus super poderes a través de mila­gros inverosímiles? Creer que un señor pequeñi­to con un gor­ro pun­ti­agu­do vive en una gru­ta cer­ca de tu gran­ja no parece por ello algo tan sur­re­al­ista si nos ponemos a com­parar La Bib­lia con las sagas islandesas, los relatos escritos que los antepasa­dos islandeses dejaron a sus suce­sores actuales. Y además, cada vez son más los extran­jeros que en su via­je por Islandia con­tratan tours para cono­cer los bosques, mon­tañas e islas que alber­gan may­or número de seres fan­tás­ti­cos, evi­den­cian­do que interés por el tema hay y mucho. La propia Escuela Élfi­ca de Reyk­javik orga­ni­za has­ta cin­co excur­siones difer­entes de este tipo, cuyo lugar estrel­la es el Par­que Hellis­ger­di, donde se supone que vive la colo­nia más grande de elfos de toda Islandia.

Volvien­do a la escuela, que se encuen­tra en la calle Sid­muli Street en la cap­i­tal y en cuya puer­ta la bien­veni­da la da la estat­ua de un gno­mo a tamaño humano, en esta tam­bién se per­mite a los vis­i­tantes con­tem­plar cómo es un día nor­mal en el cole­gio, donde la may­or parte del tiem­po se anal­izan los miles de doc­u­men­tos y libros que durante sig­los se han escrito acer­ca de estos seres, muchos de ellos basa­dos en tes­ti­mo­nios de la población abso­lu­ta­mente reales (o al menos eso ase­gu­ran los que los cuen­tan), quienes rela­tan sus expe­ri­en­cias al encon­trarse por casu­al­i­dad con un duende o un hada en mitad de la oscuri­dad del bosque. Hay que reseñar que otro fac­tor influyente en la per­fec­ta relación amorosa entre islandeses y leyen­das es que el islandés, en lo que a idioma se refiere, ape­nas ha evolu­ciona­do en sig­los, por lo que un islandés del 2016 puede leer un man­u­scrito del año 900 como si fuera el per­iódi­co matuti­no.

Los elfos, que en la cul­tura pop­u­lar gen­eral­mente están rep­re­sen­ta­dos como dimin­u­tos pescadores o granjeros, son ben­efi­ciosos si no les molestas. Pero ojo si te cruzas en el camino de un elfo. Son muchos los que argu­men­tan que su vida ha esta­do azo­ta­da por la mala suerte des­de que per­tur­baran la tran­quil­i­dad del hog­ar de un elfo. Curiosa­mente, estos mis­mos seres son cono­ci­dos por sus fac­ul­tades para leer la for­tu­na futu­ra de los demás. Quizás porque hacen con ella lo que quieren. Por este moti­vo, para no con­trari­ar­les, muchos islandeses con­struyen en sus jar­dines minús­cu­las casitas de madera, por si los elfos quieren vis­i­tar­les, que ten­gan un buen recibimien­to. Los elfos, gno­mos, hadas y trolls, quizás debido a lo pequeños que son (no pasan de los 80 cen­tímet­ros), pre­fieren en cualquier caso vivir ale­ja­dos de los humanos, refu­gia­dos en gru­tas jun­to al mar y los ríos.

Además de la Escuela Élfi­ca, en Islandia hay dis­tin­tas com­pañías que se ded­i­can a este tipo de tours, entre ellas Moun­tain Guides, que en su tour El Reino de Los Vol­canes y los Glacia­res te lle­va de trekking durante cin­co días por algunos de los lugares donde se supone que viv­en los elfos, como la cas­ca­da de Gull­foss.


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