Napoles

Nápoles. Orgullosa damisela sureña que encandila con sus embaucadores encantos de sirena a todo aquel que arriba a sus costas. Esa Nápoles que eligió como embajadora universal a la gran diva italiana, Sophia Loren, que pese a nacer en Roma, se crio en el litoral napolitano y gracias a películas como «El oro de Nápoles» llevó la imagen de esta ciudad por todo el mundo. Una Nápoles rebelde, inconformista, micromundo dentro de ese cosmos peculiar que es Italia, representante máxima del espíritu del sur. Esa Nápoles que aparece retratada en las postales de cartón como un paraíso marinero bañado por las aguas añiles del mar Mediterráneo y al mismo tiempo, vilipendiada por la mala fama que le acompaña.

Son muchos los que la temen, los que no se atreven a perderse entre sus caóticas callejuelas. Y otros tantos, como yo, que caímos rendidos sin remedio a sus encantos nada más pisarla. En mi caso fue amor a primera vista. Pocas veces he quedado tan fascinada por una ciudad. Supongo que cuando acabes de leer este relato, tal vez te extrañe esta afirmación pero es este un destino paradójico, al que se le ama o se le odia, sin término medio. Yo regresé a casa enamorada hasta el tuétano. 

Cuando era jovencita y pensaba en conocer Italia, me imaginaba ante el Coliseo de Roma, paseando entre los canales de Venecia o tomando un café en la terraza de cualquier pueblecito de la Toscana. Pero sobre todo, me imaginaba a mí misma en Nápoles, perdida en sus callejones con olor a sal, abrumada por los gritos de los vendedores (¡ma che cosa fai!), comiendo una pizza esponjosa a la orilla del mar. Nápoles representaba para mí esa Italia desvergonzada del sur que tan poco tiene que ver con la del norte. No obstante, hasta cuentan con su propio idioma, el napolitano, y muchos de sus ciudadanos, cuando salen de Nápoles y viajan «hacia arriba», consideran que «van ahí fuera, a Italia». Yo os aseguro que después de haber conocido varias ciudades italianas, creo que ninguna me ha impresionado tanto como Nápoles. Nadie como ella para mostrar la Italia más profunda, la más de verdad, la que yo no cambiaría por ninguna otra.

Barrio Español

Llegábamos a Nápoles un sábado por la mañana, tras dos horas y medio de trayecto en avión desde Madrid. Nada más salir del aeropuerto Capodichino y poner un pie en la acera del exterior de la terminal, entendimos esa famosa frase de que «en Nápoles te parece no estar en Europa». Como nos ha pasado tantas veces en Centroamérica o el Sudeste Asiático, se nos echaba encima una avalancha de taxistas (muchos de ellos no oficiales) ofreciendo sus servicios de coche compartido, a seis euros por persona. Esta sólo fue una de las muchas veces que nos pareció sentirnos en Marruecos…

Mi recomendación es que hagáis como nosotros (y como la mayoría de los pasajeros). No os compliquéis la existencia y usad el servicio de Alibus, el autobús que enlaza el aeropuerto con el centro de Nápoles. El trayecto cuesta cinco euros y se tarda, si el tráfico lo permite, poco más de 20 minutos en llegar a la Piazza Garibaldi. Puedes comprar los billetes en el aeropuerto o directamente en el autobús.

De camino al centro, atravesando los suburbios de la ciudad, comienzas a contemplar la cara más oscura de Nápoles. Que la tiene, no hay que esconderla y es necesario hablar de ella. Porque la pobreza, el desempleo y las desigualdades sociales son evidentes como en pocos lugares de Europa: valga el dato de que los niveles del paro triplican a los de las ciudades del norte. Calles comidas por la basura, perros vagabundeando, fachadas descascarilladas, coches abandonados, tiendas cerradas. Esa es la primera imagen que, como un latigazo, te azota al llegar aquí. El drama del sur italiano, con casi medio millón de trabajadores irregulares y la pandemia local de la Camorra, la mafia que extorsiona a los sufridos dueños de los negocios locales y que tanto daño ha hecho. Y sigue haciendo.

Napoles

Con este panorama, puedes casi entender a muchos viajeros que llegaron a Nápoles y se les quitaron las ganas de regresar. Insisto en que no ha sido nuestro caso, quizás porque nos habían espantado tanto con advertencias apocalípticas de lo dura que era esta ciudad para el que llega de fuera que al final debimos reconocer que no es tan fiero el león como lo pintan. Creo que Nápoles puede lidiar con todos esos problemas de delincuencia que no hay que obviar pero en la práctica, seamos justos, nosotros no tuvimos en ningún momento sensación de peligro, pese a andar muchas noches por callejones que a priori parecerían poco recomendables.

El mejor consejo que puedo dar es tener sentido común, el mismo que tendrías en otras grandes ciudades: intentar llevar el bolso cruzado (en Nápoles es bastante común lo de los tirones desde motos), no ir paseándote con una cámara de fotos de mil euros o enjoyado hasta el esófago. Pero es que no hay que ser Einstein para darse cuenta que esta es la actitud lógica cuando viajas, da igual el destino. Os aseguro que no he pasado más miedo paseando por Nápoles, incluso de noche, que por El Raval de Barcelona. Simplemente hay que evitar los barrios conflictivos, caso de Scampia, pero eso es como advertirte de que no vayas en Sevilla a las Tres Mil Viviendas: una obviedad.

 

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Alojamiento

 

Del asunto de la seguridad hablaré a lo largo de este post pero ya que hemos mencionado el tema de los barrios, aprovecho para recomendarte Chiaia para buscar alojamiento. Es el barrio más chic de la ciudad (la versión napolitana del madrileño barrio de Salamanca), donde se acumulan las tiendas de ropa de marca y los antiguos palacetes. Es la zona más elegante de Nápoles, con restaurantes caros y mujeres octogenarias paseando a sus perros minúsculos. Cierto es que se supone que aquí es donde los precios de los hoteles son los más altos. Pero en general Nápoles nos pareció bastante barato, por lo que insisto en que os quedéis en esta zona, que además está bien comunicada en metro con otras partes de la ciudad y a un paso del paseo marítimo. Además, el paseo hasta el centro (área del Barrio Español) no es demasiado largo, unos veinte minutos. Y hay un montón de locales chulos para comer, aparte de esos restaurantes más caros de los que os hablaba.

En Italia está muy extendida la alternativa del bed & breakfast y esta fue la opción que elegimos. El B&B Martucci Avenue está a apenas cinco minutos andando del metro de Piazza Amadeo, en un edificio señorial con un amplio patio interior. La noche salía a 63 euros con desayuno incluido (el desayuno constaba de un café y un bollo recién hecho, frugal pero riquísimo). Nuestra habitación era enorme y tenía de todo, nevera, hervidor, una mesa con dos butacas para desayunar, sofá y un pequeño balcón que daba a la calle. El dueño, Marco, fue de lo más amable y nos dio un mapa y un montón de recomendaciones. En la misma calle teníamos un pequeño supermercado que nos vino estupendo para comprar agua y algo de fruta fresca.

B&B Martucci Avenue

 

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Moverse por Nápoles

 

¿Cómo movernos en Nápoles? Mi recomendación es que si estás unos cuantos días en la ciudad y el tiempo te lo permite, lo hagas andando. Nápoles es una ciudad de cuestas, de subidas y bajadas, de largas avenidas y, al mismo tiempo, callejones estrechísimos, plazoletas escondidas y un diseño absolutamente caótico y laberíntico. Es por ello que la mejor manera de descubrirla es caminando. Sé que es un consejo que os doy siempre al llegar a una ciudad inexplorada (¡caminad, caminad y caminad!) pero en este caso mi insistencia se duplica. Además, aunque Nápoles sea una ciudad enorme, el centro urbano, donde se acumulan las principales atracciones turísticas, es fácilmente accesible a pie.

Aún así, tampoco sería raro que vayas a tirar en algún momento del metro (la metropolitana, como lo conocen los napolitanos). El metro de Nápoles consta sólo de dos líneas. El precio del billete es de poco más de un euro, bastante barato si lo comparamos con otras ciudades europeas. Recordad que cuando compréis el billete, luego debéis validarlo en una maquinita como la que veis aquí abajo, es importante porque si pasa el revisor y no habéis picado el billete, cae multa. 

Metro Napoles

El metro de Nápoles está considerado uno de los más curiosos del mundo gracias al proyecto Stazioni dell’arte, mediante el cual se restauraron quince estaciones para acercar el arte contemporáneo a locales y turistas. Algunas de ellas, como la de Municipio, exhiben además restos arqueológicos encontrados durante diferentes excavaciones (me recordó bastante a lo que vi en su día en el metro de Atenas). La más espectacular es la estación de Toledo, diseñada por el español Oscar Tusquets.

Metro Toledo Napoles

Eso sí, lo que nunca, nuuunca recomendaría en Nápoles es moverse en coche. Si por lo que sea habéis llegado hasta aquí en coche de alquiler o propio, dejadlo metido en un garaje y olvidaos de él hasta que os vayáis. Como ejemplo os dejo el vídeo de aquí abajo, grabado en la Piazza Garibaldi, una de las más transitadas de la ciudad. Como veis, las imágenes hablan por sí solas. No se respetan semáforos ni ceda el paso ni pasos de cebra ni prioridad de peatones ni nada de nada. La ley del más fuerte. No sólo vas a acabar conduciendo atacado de los nervios y discutiendo con otros conductores (que, te aseguro, están más acostumbrados que tú a hacer pirulas) sino que encima vas a tardar el doble en llegar a cualquier sitio que si vas caminando o en transporte público.

Otra opción es usar alguno de los cuatro funiculares (Chiaia, Mergellina, Montesanto y Central) que conectan con la parte alta de Nápoles. Es la forma más cómoda de subir hasta el Castillo de San Elmo y obtener unas buenas vistas de la bahía de Nápoles. 

 

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Lungomare di Napoli

 

Si queréis comenzar a conocer la ciudad por un lugar de lo más agradable, yo lo haría por donde empezamos nosotros: el paseo marítimo o lungomare di Napoli. Son tres kilómetros de avenida, bordeando el mar Mediterráneo y con unos atardeceres espléndidos. Nápoles no cuenta con playas naturales ya que cuando se construyó el paseo se crearon arrecifes y espigones artificiales pero a cambio se consiguió un paseo que se suele cerrar a menudo al tráfico, para alegría de los transeúntes, y que es uno de los lugares más transitados de la ciudad.

Se divide en varias zonas, siendo la del puerto de Mergellina la que conserva ese ambiente marinero y de pescadores tan entrañable. En el extremo opuesto, en el área de Nazario Sauro, es donde se dan cita los restaurantes más exclusivos o algunos de los hoteles más lujosos de Nápoles, como el Grand Hotel Vesuvio. 

Napoles

 

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Vesubio

 

Hablando del Vesubio, él será protagonista del relato de nuestra visita a Pompeya en otro post pero debemos dejarle aquí también un hueco. Era imposible ignorarle mientras paseábamos y lo divisábamos en la distancia, especialmente bajo ese cielo tan amenazador. A fin de cuentas, está cerquísima de la ciudad, apenas nueve kilómetros. Los napolitanos parecen más que acostumbrados a convivir con el que está considerado el volcán más peligroso del mundo, ya que vive rodeado de tres millones de personas. Es el único volcán de la Europa no isleña (en Sicilia o nuestra amada isla de La Palma también han sufrido la furia de la lava) que ha vivido erupciones en los últimos cien años, la última en 1944. 

Vesubio

 

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Villa Comunale

 

Villa Comunale

Un oasis de paz dentro de Nápoles y cerca del mar es la Villa Comunale, un parque antiquísimo que aunque a priori parece algo descuidado (como todo en esta bendita ciudad), a mí me pareció que conservaba muchísimo encanto. En forma de avenida, en dicho parque se rememora la época romana con copias de esculturas de aquella época; además, consta de varias fuentes (para mí la más bonita la del Rapto de las Sabinas), inspiradas también la época clásica, bustos de personajes influyentes napolitanos, un obelisco y algunos templos del siglo XIX como el de Torquato Tasso y Virgilio. Este de aquí arriba es el bellísimo quiosco de música Cassa Armonica, donde durante bastantes años tocaba al aire libre la Banda Municipal de Nápoles. Frente a él se encontraba el Cafe Vacca, el primer café literario napolitano y que desafortunadamente fue destruido por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

 

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Castel dell’Ovo

 

Castillo Napoles

 

Nápoles es una ciudad volcada al mar, no sólo geográficamente hablando. Su puerto, el más importante del país, da trabajo a más de 5.000 personas y es eje básico de la economía de la ciudad. Además, aquí llegan muchísimos cruceros cargados de turistas que vienen a visitar Nápoles, Pompeya y algunos de los pueblos de la costa amalfitana. Uno de los lugares en los que más se fotografían (no obstante, es la primera imagen que se encuentran al llegar en barco) es el Castel dell’Ovo o Castillo del Huevo. Se cree que se llama así por la existencia de un huevo mágico en sus mazmorras y cuya rotura supondría infinidad de desgracias para la ciudad. Actualmente las salas interiores se encuentran vacías, ya que en algunas ocasiones se usan para diferentes eventos. El acceso es gratuito.

 

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Castillo Nuevo

 

Castillo Napoles

 

El otro gran castillo napolitano es el Maschio Angioino, el Castillo Nuevo, que pese a su nombre, tiene una antigüedad de más de 800 años: se le llamó así para diferenciarlo de los dos castillos anteriores, el Castel dell’Ovo y el Castel Capuano. Construido en un tiempo récord (cinco años), rodeado por un foso y compuesto por cinco inmensos torreones, el castillo vivió su época de mayor brillo bajo el gobierno de un rey español, Alfonso V, quien se ocupó de su restauración, buscando convertirlo en una fortaleza abierta al mar pero cerrada al resto de la ciudad. Dicho monarca mandó construir el elegante arco monumental que se ubica entre las dos torres de entrada y con el que debiera pretender equipararse a antiguos emperadores romanos como Julio César.

Sin embargo, cuando Nápoles volvió a caer en manos de la corona española años después, al castillo se le despojó de su estatus de residencia real y pasó a convertirse en una mera fortaleza militar. Perdido el boato de antaño, sufrió durante años saqueos y abandono, hasta que la ciudad decidió recuperarlo como sede del Museo Cívico. 

Si quieres visitar el castillo, la entrada cuesta 6 euros y está abierto de lunes a sábado. 

 

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La Nápoles española

Pocas ciudades en el mundo conservan en su haber tanta influencia del imperio español. Y es que el que fue reino de Nápoles perteneció durante cerca de dos siglos a España, primero a la Corona de Aragón, luego a los Austrias y después a los Borbones. Durante aquel periodo Nápoles no sólo era la ciudad más rica de Italia sino también una de las más pobladas de Europa. En los astilleros de Castellamare se construyó el primer barco de vapor del Viejo Continente, en Nápoles se diseñó el primer ferrocarril de Italia, se realizó una organizada vacunación masiva contra la viruela y se llenó la ciudad de teatros, mansiones y palacios. Pese a que actualmente haya alguno que culpe a los españoles del atraso que en muchos aspectos vive esta ciudad (y en parte algo de razón tienen pues durante dicho periodo se reprimió bastante la libertad de pensamiento), lo cierto es que la bella Napoli nunca vivió tal época de esplendor como la del siglo XIX y la mayoría de los napolitanos te reciben con una sonrisa de oreja a oreja cuando les dices que vienes de España.

Los diferentes virreyes que fueron pasando por Nápoles se rodearon antaño de un buen puñado de mecenas, nobles en su gran mayoría, que contribuyeron a enriquecer las colecciones de arte napolitanas. Castillos y palacios se vieron invadidos por cuadros, tapices y esculturas, dejando en herencia un vastísimo patrimonio que a día de hoy está considerado de los más importantes del mundo. Fue la esplendorosa época del Seicento Napoletano, cuando las familias ricas se gastaban auténticas fortunas en financiar no sólo a los artistas locales, especialmente a los arquitectos, sino también trayendo a la ciudad a artistas de otros lugares como Caravaggio. Además, no dejaban de exportar obras de arte a otros lugares del mundo: muchas de ellas pueden admirarse en el Museo del Prado, sin ir más lejos.

La huella principal española (y además la más visible) es el propio diseño de Nápoles como ciudad. Aún continúa siendo la arteria más importante de la ciudad la Via Toledo, que construyó Pedro de Toledo para comunicar el recinto de la corte con la ciudad antigua, y se mantiene como edificio indispensable el Palacio Real de Nápoles, hogar de la corona española, así como el Museo Arqueológico, que mandó construir el conde de Lemos. A lo largo de las avenidas, se puede admirar la sucesión interminable de palacetes de aquella época. Y las mujeres napolitanas, cuando llega el calor del verano, sacan sus inseparables abanicos.

 

 

 

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Barrio Español

El Barrio Español o Quartieri Spagnoli se llama así porque se creó en el siglo XVI con la idea de dar alojamiento a los militares españoles encargados de mantener el orden en la ciudad. Ya entonces era un barrio conflictivo (en realidad son tres barrios, San Ferdinando, Avvocata y Montecalvario) y su mala fama, creada por esos mismos soldados que aquí buscaban la diversión en forma de bebida, juego y prostitutas, ha sido una constante desde su nacimiento. Hoy, cinco siglos más tarde, continúa siendo un lugar en el que muchos viajeros prefieren no adentrarse. Se limitan a pasear por la larguísima avenida de Via Toledo, siempre atestada de gente por ser una de las arterias comerciales más importantes de la ciudad, pero la gran mayoría prefiere no entrar en el Barrio Español, al que deben ver como una especie de Bronx a la italiana con cuernitos, rabo y un tridente.

Nosotros, como vamos siempre contracorriente, fue el segundo lugar al que fuimos en nuestro primer día en Nápoles. Y además, de noche. Cenamos allí y decidimos dar después una vuelta para tomar un primer pulso al barrio. Si la cosa pintaba tan mal, mejor saberlo desde el principio. Y qué queréis que os diga, veía poca diferencia con la sensación que tienes cuando paseas por una medina de Marruecos. Vamos, que estuvimos metiéndonos por callejones oscuros buscando una cervecería artesanal que Juan llevaba anotada y no sentimos inseguridad en ningún momento. Es más, mi mayor preocupación era no verme arrollada por cualquiera de las motos que, con tres o cuatro ocupantes a bordo (y, por supuesto, sin casco), transitan por la acera sin ningún tipo de respeto por los peatones que debemos caminar arañando la pared. De hecho, cuando volví a España, fui un día a comer a uno de mis restaurantes habituales en Madrid, el Piccola Napoli, y cuando comentaba con el dueño, un napolitano de pura cepa, el miedo que te metían en el cuerpo para que no entraras allí, me hizo un gesto bastante expresivo que podríamos traducir como… ¡paparruchas! y me contestó una gran verdad «¡pero si de noche es un sitio mucho más tranquilo que Lavapiés!»

Barrio Español

Regresamos al Barrio Español, ya de día, en las jornadas posteriores porque nos habíamos quedado fascinados con la vida que allí se respiraba. En el sentido más amplio de la palabra. Tanta ropa tendida en los balcones que cuesta ver un cachito de cielo, mamás en bata y zapatillas que charlan en la puerta de las casas o barreños con fruta y verdura que se izan desde las ventanas atados a una cuerda. Han sobrevivido al paso del tiempo los bassi (bajos), minúsculas viviendas de una sola habitación en la que convivían familias de diez o doce miembros en condiciones deplorables. Aunque muchos siguen dando cobijo a vecinos napolitanos, otros tantos se han reconvertido en tabernas, restaurantes diminutos, talleres artesanales donde aún se fabrican a mano zapatos, bolsos o cinturones y establecimientos de alimentación al estilo de los ultramarinos.

¿Ponemos en duda el problema que se ha vivido aquí durante años por la presencia de la Camorra o los altos niveles de delincuencia del sur de Italia? En absoluto. Pero al mismo tiempo creemos que Nápoles arrastra una fama injusta de ciudad peligrosa que no creamos que merezca (o, al menos, no hasta el punto en que se la publicita). Pese a que en el propio centro sean habituales imágenes como esta.

Napoles
La suciedad es uno de los grandes problemas de Nápoles

Evidentemente, meterte en barrios de los suburbios como Scampia no es de ser temerario, es de ser gilipollas. Pero en el centro, Barrio Español incluido, insisto en que nosotros no tuvimos problema ninguno. De hecho, nos llamó bastante la atención ver una presencia policial bastante impactante (en el paseo marítimo, el sábado que llegamos nos cruzamos con un montón de «lecheras» con agentes antidisturbios y era habitual ver a militares arma al hombro patrullando por las calles). En nuestro caso, coincidimos siempre con gente amabilísima y de lo más hospitalaria, napolitanos humildes que disfrutan lo indecible de charlar un rato con cualquiera que venga de fuera. Irse de Nápoles sin perderse en el Barrio Español, en definitiva, es irse sin conocer el Nápoles de verdad.

 

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Pulcinella

Aunque el carnaval veneciano sea el más famoso de Italia, Nápoles vive con extrema pasión cada año su carnaval, especialmente en el barrio de Vomero, donde hasta muchos perros salen disfrazados.  Si hay un personaje que no sólo es el emblema del carnaval napolitano sino de la propia ciudad en sí, este es Pulcinella (a quien los españoles conocemos como Polichinela), de quien se dice que nació de un huevo y su forma de andar emula la de un pollito (de ahí deriva su nombre, de pullicinello). Esta figura tan mítica (pese a su origen rural caló profundamente en los barrios urbanitas) a fin de cuentas tiene mucho de napolitana: un personaje que siempre está sin dinero pero se vale de su ingenio y astucia para conseguir lo que desea. 

Pulcinella Napoles

A partir del siglo XVIII la commedia dell’arte (teatro que le vio nacer) comenzó a decaer pero el personaje de Pulcinella continuó más vivo que nunca en la cultura napolitana, especialmente gracias a los titiriteros, que seguían representando sus obras en las plazas. En su honor se erige en el centro histórico de Nápoles, en Vico del Fico al Purgatorio (ojo que es fácil pasarlo por alto, está en un callejón oscuro), este busto obra de Lello Esposito (hay otra estatua de Pulcinella del mismo autor en la parada de metro de Salvator Rosa). Como veis, la nariz está desgastada porque dice la leyenda que has de frotarla para que atraigas la buena fortuna.

 

 

 

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Altares callejeros

 

Barrio Español

Barrio Español

Estas dos imágenes de aquí arriba son una constante en las calles napolitanas. Y es que esta es una ciudad que rinde culto a sus fallecidos hasta puntos nunca vistos; de hecho, la todopoderosa iglesia italiana considera que estos cultos rozan la herejía y a finales de los años 60 lanzó un edicto censurando dichas prácticas. Vayas por donde vayas, te encuentras fachadas forradas de esquelas que, emulando a los carteles publicitarios en épocas de elecciones, luchan por conseguir un hueco en el muro de turno. 

Por otro lado están los altares y capillas improvisadas que se encuentran en cada esquina. Con ellos los napolitanos, tan supersticiosos, no sólo veneran a sus santos y madonnas sino también a ídolos locales, por lo que la religiosidad se mezcla con el paganismo sin ningún tipo de tapujo. Se jactan los napolitanos de contar con más de 50 santos que les dan cobijo y paz espiritual pero el que destaca entre todos ellos es San Genaro. Presentes en estas calles desde el siglo XVI, los altares han sido la muestra del deseo de los napolitanos de contar con la protección de un ser divino que les protegiese de catástrofes como la que borró del mapa a Pompeya (y es que vivir a la sombra del Vesubio y su amenaza constante hace creyente hasta al más agnóstico).

 

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Diego Armando Maradona

 

Luego está el caso inaudito de Maradona, a quien aquí directamente se le conoce como Dios y que vivió en Nápoles siete años, desde 1984 a 1991. La huella que dejó el futbolista argentino ya era enorme pero después de su fallecimiento, la figura del Pelusa se agrandó aún más en el subconsciente napolitano. En un país donde el fútbol lo es todo, la llegada de Maradona al Napoli en el año 1984 fue el acontecimiento social más importante para esta ciudad en el siglo XX: 70.000 personas corearon su nombre cuando se le presentó oficialmente como jugador en el estadio de San Paolo. En una liga dominada por los equipos norteños, el pequeño gran astro argentino consiguió para los napolitanos dos Scudettos (los únicos de la historia del club), una Copa, una Supercopa y una Copa de la UEFA. Casi nada.

Napoles Maradona

El día que murió Maradona, el 25 de Noviembre de 2020, Nápoles entera se echó a la calle para llorar el fallecimiento de su héroe. El alcalde de la ciudad anunció que el estadio del Napoli pasaría a llamarse Diego Armando Maradona y miles de personas se reunieron ante los murales de Maradona, repartidos por diferentes puntos de la ciudad, para llevar velas y lanzar bengalas. Desde entonces, la figura de Maradona es una constante en estas viejas calles. Se venden todo tipo de souvenirs, en especial su mítica camiseta con el número 10, se levantan altares en su honor y en lugares como el bar Nilo (considerado el «templo maradoniano») exhiben con orgullo un mechón de cabello del futbolista. Este y la Bodega de D10S, en el Barrio Español, son destinos de peregrinaje de futboleros de todo el mundo. La ciudad vive una maradonamanía tan brutal que hasta las agencias locales ofrecen tours inspirados en Maradona.

 

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Nápoles Subterránea

 

Napoles Subterranea

 

Hablando de tours. Quien no sufra de claustrofobia tiene la opción de hacer la visita Nápoles Subterránea. Para ello hay que ir hasta la Piazza Gaetano 68 y previo pago de 10 euros, apuntarse a una de las visitas guiadas que salen cada dos horas y recorren el laberinto que yace en el subsuelo napolitano. Durante hora y media se recorre parte de los interminables túneles que serpentean a 40 metros de profundidad y que sirvieron de refugio a miles de ciudadanos en la Segunda Guerra Mundial, que pretendían escapar aquí de los bombardeos. Hay que recordar que Nápoles fue arrasada por las tropas nazis, que quemaron cientos de edificios e hicieron todo tipo de barbaridades a la población. Nápoles fue la primera gran ciudad europea en sublevarse contra sus opresores; el mérito es mayor si tenemos en cuenta que fueron los propios ciudadanos, sin apenas armas ni ayuda de la policía ni ejército local, quienes lograron expulsar a las tropas fascistas.

⭐ Hay otra visita bastante interesante, la de la Galería Borbónica, en la que se recorre un túnel que va desde la Plaza del Plebiscito hasta la Plaza Vittoria. La mandó construir el rey Fernando II como ruta de evacuación de la realeza en caso de emergencia. Después, llegaría a servir como refugio de los napolitanos en la Segunda Guerra Mundial y a partir de los años 70, como improvisado almacén de reciclaje de lo que el ayuntamiento había ido encontrando tras los bombardeos. Hace unos 20 años se abrió al público como atracción turística y hoy se ofrecen visitas de una hora de duración, durante las cuales se recorre el kilómetro y medio de galería. En ella se pueden ver entre otros enseres una vasta colección de coches antiguos que quedaron abandonados. Las entradas (10 euros) pueden adquirirse sin reserva previa en Vico del Grottone 4. 

 

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La calle de los belenes

 

A veces puede ser un poco agobiante, especialmente si vienes en fin de semana, pero no te puedes ir de Nápoles sin haber venido a la Via San Gregorio Armeno, una pequeña calle estrecha y atestada de gente que se acerca a conocer uno de los lugares más peculiares del mundo. Y es que si en el resto de países los mercadillos navideños sólo pueden disfrutarse en Diciembre, aquí las tiendas de belenes abren todo el año: aunque parezca raro, vas a encontrar estas 50 tiendas funcionando en pleno verano. Eso sí, no busques guirnaldas ni arbolitos ni a Papa Noel. Aquí lo que se venden son presepi (pesebres): se dice que aunque hayas nacido aquí, poco napolitano eres si en casa no tienes un belén en mitad del salón. Nápoles se enorgullece de ser la ciudad donde nacieron los belenes en el siglo XV, gracias a los nobles que extendieron su popularidad al comenzar a montarlos en sus lujosas residencias.

Napoles belenes

La mayoría de las tiendas son negocios familiares que han ido heredándose de generación en generación. Todo es artesanal, hecho con el mayor de los cariños, y hay figuras que son auténticas obras de arte. Algunos de ellos llegan a costar cerca de 5.000 euros, aunque no te preocupes, que los hay más asequibles. Además, no sólo vas a encontrar figuritas del niño Jesús, la Virgen María, San José y los Reyes Magos. Ahora se ha puesto de moda hacer figuras de personajes famosos, desde Freddie Mercury a Marilyn Monroe, Michael Jackson, Donald Trump o Raffaella Carrá. Y Maradona, claro.

 

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Más de 400 iglesias

 

¿Sabes que Nápoles es la ciudad del mundo con más iglesias? Más de 400, que se dice pronto. Los napolitanos son exageradamente religiosos, de hecho la Catedral la visitamos un domingo por la mañana y comprobamos que no cabía un alfiler. Estaba hasta arriba de familias que venían a misa con sus mejores galas (y es que aquí, como en muchos pueblos de Andalucía, aún parece llevarse lo de «vestirse de domingo», costumbres más que arraigadas).

Es precisamente la catedral, el Duomo o la catedral de Santa María, el templo más impresionante de la ciudad. Construida en el siglo XIV pero restaurada en diferentes ocasiones (de hecho su fachada es de estilo neogótico), en mi opinión es de las más bonitas de Italia. Vive su día grande el 19 de Septiembre, cuando se celebra la onomástica de San Genaro, el patrón de Nápoles. Ese día se supone que acontece el milagro de que la sangre del santo, guardada en el interior de la iglesia, se vuelve líquida… y si eso no ocurre, acontecimientos funestos esperan a la vuelta de la esquina. En realidad, el asunto tiene truco: el tarrito se agita con ímpetu y ¡ohlalá! la sangre se licua.

Catedral Napoles

Si la catedral es bonita por fuera, más lo es por dentro. Techos que sobrepasan los 40 metros de altura, un altar espectacular, la capilla del tesoro (donde se guardan estatuillas de oro donadas por familias acaudaladas y otras joyas, se dice que es más valioso que el de la corona británica), las tumbas de personajes ilustres como el rey Carlos I de Anjou o Clemencia de Habsburgo o pinturas de Ribera. Una delicia arquitectónica.

Catedral Napoles

La Capilla de San Severo es conocida en el mundo entero no por el edificio en sí (que también, por la colección de arte sacro que conserva y por haber sido un antiguo templo masónico) sino por la emocionante escultura que se encuentra en su interior, la de Cristo Velado; de hecho, la fama es tal que por ello el ticket de entrada es uno de los más caros de Nápoles, 8 euros. Su autor, Giuseppe Sanmartino, hizo un trabajo casi imposible tallando el mármol y consiguiendo este velo tan realista que veis en la fotografía. Sobran las palabras.

Cristo Velado

La Basílica de Santa Chiara es otro de los lugares más visitados de Nápoles. Ocupando el solar donde antiguamente se encontraban unos baños romanos (aún se pueden admirar restos de dichas termas), el complejo aglutina una iglesia, un convento y un monasterio. Lo más llamativo de este lugar es el colorido claustro de las clarisas, con su inconfundible decorado de cerámica mayólica.

Basilica Santa Chiara

La iglesia de Santa Teresa de Chiaia es uno de los templos barrocos más importantes de Nápoles. El terremoto de 1688 dañó seriamente su estructura de planta griega y debió ser reconstruida.

Santa Teresa de Chiaia

Este de abajo es el Campanile della Pietrasanta, uno de los campanarios más antiguos de Italia (data del siglo XI). Pertenece a la iglesia de Santa Maria Maggiore  y se construyó sobre las ruinas de un templo romano, el de Diana. De hecho, en la base se conservan bases de mármol con inscripciones. Es curioso cómo se ha integrado en la estructura de la ciudad y a su lado ahora hay un hotel.

Campanile della Pietrasanta

Otras iglesias destacables son la Basílica de San Lorenzo Maggiore y su convento (aquí se reunía el parlamento de la ciudad y Fernando el Católico llegó a presidir alguna de dichas reuniones), la curiosa Iglesia monumental del Gesù Nuovo (con su fachada con puntas de diamante, un caso excepcional en Italia), la Iglesia de Sant’Aniello a Caponapoli (donde se conservan restos de las antiguas murallas), la Basílica de San Paolo Maggiore (increíbles los policromados) o la iglesia della Certosa di San Martino, con un interior francamente espectacular.

 

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Plaza del Plebiscito

 

Plaza del Plebiscito

 

Si queremos buscar el corazón de la ciudad, donde se reúnen los napolitanos para celebrar las victorias de su equipo o protestar contra las últimas medidas del gobierno, aquí le tenemos. Considerada una de las plazas más grandes de Italia (25.000 metros cuadrados), aquí se encuentra la grandísima basílica de San Francisco de Paola. Sustentada su cúpula sobre una treintena de columnas corintias, es probable que su fisionomía te recuerde al Panteón de Agripa de Roma.

En la plaza destacan dos estatuas ecuestres, las de Carlos de Borbón y Fernando I. Cuando estuvimos allí, al ser mediados de Diciembre, vimos que había una exposición de pinturas contemporáneas (al parecer es algo que hacen todos los años) y se había instalado un gigantesco árbol de Navidad.   

 

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Palacio Real

 

Palacio Real Napoles

 

El Palacio Real se construyó en el siglo XVII, bastantes años antes que la propia plaza. Su función sería la de residencia de los reyes españoles cuando visitaran Nápoles y se ubicó en esta pequeña colina desde la que se divisaba el puerto para estar prevenidos en caso de ataque por mar y que la familia real pudiera huir rápidamente. Curiosamente, encargó su construcción el virrey Fernando Ruiz de Castro, que esperaba la visita del rey Felipe III, quien finalmente no apareció y así, sin comerlo ni beberlo, Nápoles se encontró con uno de los palacios más importantes de Europa.

Dentro se pueden recorrer el Teatro de la Corte, la Sala del Trono, la Sala di Maria Cristina di Savoia y la Capilla Real, así como el Patio de Honor, el de Carruajes y los jardines reales, rodeados de leyendas. La entrada cuesta 6 euros (cierra los miércoles).

 

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Galería Umberto I

 

Galeria Umberto I Napoles

 

Debo reconocer que esta deslumbrante galería de inspiración parisina, que tanto me recordó a la de Víctor Manuel II de Milán, fue de lo que más me gustó en Nápoles. No es demasiado antigua (data de finales del siglo XIX) pero se ha convertido por derecho propio en el símbolo de la elegancia escondida de Nápoles, eclipsada por tanta atmósfera decadente. De hecho, la construcción de dicha galería vino propiciada por el intento del gobierno local de hacer un lavado de cara de este barrio, donde las peleas y los robos eran continuos. Las columnas de la entrada principal representaban a Asia, África, América y Europa y otras cuatro estatuas simbolizan las estaciones del año. 

Sus 150 metros de longitud se vieron copados por establecimientos llenos de glamour y coquetas cafeterías donde las damas de la alta sociedad venían a pasar la tarde. Aquí se abrió el primer cafe-concert de Italia, el Salone Murgherita, un tipo de establecimiento que la Belle Epoque francesa había popularizado en el país vecino y en el que los clientes podían degustar sus bebidas mientras disfrutaban de un espectáculo. Fue en esta misma galería donde se proyectaron las primeras películas de los hermanos Lumiere y donde se inauguraría el primer cine de Nápoles.

 

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Teatro di San Carlo

 

Teatro San Carlo Napoles

 

Este teatro de estilo neoclásico, construido en el siglo XVIII por orden del rey Carlos III de Borbón, es la joya de la corona de Nápoles a nivel cultural. Es el teatro de ópera en activo más antiguo del mundo, tiene el título de Patrimonio de la Humanidad y su sala principal, con forma de herradura, sirvió de inspiración a otros muchos teatros del país. Todos los días se realizan visitas guiadas en inglés e italiano (9 euros).

 

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Gastronomía Napolitana

 

Hemos de reconocer que en ningún otro lugar de Italia hemos comido tan bien como lo hemos hecho en Nápoles. Los pequeños restaurantes de comida casera están a la orden del día, acogedores negocios familiares que heredan las recetas de generación en generación y te hacen sentir como en casa. Si en Roma o Venecia vives con la sensación continua, de lo más desagradable, de que buena parte de los restaurantes son una trampa-tima-turistas, aquí sucede todo lo contrario. El establecimiento que predomina es el de toda la vida, en el que comen los propios napolitanos, comandado por la nonna de turno, cuatro o cinco mesitas apiñadas con sus inconfundibles manteles de cuadros rojos y blancos y un aroma a comida recién hecha que inunda los callejones cercanos. El paraíso culinario.

 

Gastronomia Napoles

 

Ragú. Apunta bien esta palabra porque después de la pizza, es lo que más verás en los menús. Las familias napolitanas aprovechan el domingo para reunirse para degustarla, por lo que decir «ragú» en Nápoles es decir «celebración». Los italianos en general (y los napolitanos aún más) son muy familiares (se jactan de que los hijos, aunque tengan cincuenta años, reciben la llamada de «la mamma» cuatro o cinco veces al día), por lo que las comidas junto a tíos y primos son la excusa perfecta para homenajearse con un buen banquete.

Esta deliciosa salsa, cuyo nombre se origina en el sonido que hace al hervir durante su preparación, ha de elaborarse a fuego lento durante al menos seis o siete horas. Al parecer, la leyenda cuenta que la receta la inventó un conserje que no tenía nada que hacer y como disponía del día entero para pasarlo en la cocina, lo dedicó a confeccionar esta salsa de carne. El ragú puede acompañar a casi todas las pastas pero con quien mejor queda es con los ziti, esos tubitos tan parecidos a los macarrones.

 

Ragu Napoles

 

Sí, parece que su nombre dice lo contrario pero la otra gran salsa de Nápoles es la genovesa. Yo nunca la había probado y aluciné, me encantó. La comí en un restaurante espectacular que encontramos escondido en las calles de Chiaia, la Trattoria dell’Oca, acompañando a una pasta humeante y aseguro que es de los mejores platos que he comido en Italia. Aunque es una salsa bastante sencilla a base de cebolla y carne, está deliciosa.

Nápoles es una ciudad llena de familias humildes y son precisamente ellas las que han dejado como herencia algunos de los platos más típicos. Entre ellos, el salteado napolitano, a base de despojos porcinos aderezados con especias: si no eres amante de la casquería, olvídate. En Nápoles, especialmente en Carnaval, se come también lasaña: lo que hace especial a la de esta región del país es que se prepara durante una mañana entera, se utiliza queso pecorino y se prescinde de la bechamel.

¿Otros platos que añadiríamos a esta sugerente lista? Los gnocchi alla sorrentina, que se suelen servir con queso fior de latte, spaghetti con aceitunas negras y alcaparras, manfredi con ricotta, pasta con scarpariello (un plato que solían comer a menudo los zapateros del Barrio Español) y salsiccia e friarelli, una especie de grelos pero más amargos con salchichas frescas.

Debemos insistir también en que Nápoles, al ser ciudad marítima, tiene muy buenos restaurantes especializados en productos de mar: por poner un ejemplo, en el encantador D’Angiò comimos una ensalada de pulpo y una bandeja de fritura de pescado que poco debían envidiar a las que encontramos en Andalucía. Es bastante habitual mezclar pasta con cualquier cosa (incluso legumbres como alubias, frijoles o garbanzos) pero también con marisco y especialmente con almejas y mejillones, que con la pasta que mejor combinan es con los scialatielli.

 

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Las mejores pizzas del mundo

 

Pizza Napoles

 

Se dice de Nápoles que este es el único lugar del mundo donde los nobles pedían comer lo que comían los pobres. Y es que fue aquí donde se inventó la pizza, ese manjar humilde a base de harina, tomate, mozzarella, aceite y albahaca. La primera pizzería, inaugurada en 1830, fue la Port’ Alba, que aún sigue en activo, aunque desde el siglo XVI los napolitanos ya cocían en sus hornos unos panes aplastados, más parecidos a las focaccias, con queso, ajo, aceite, romero o especias que tuvieran a mano. E incluso se vendían estos panes en unos pequeños establecimientos al aire libre. Pero sería Port’Alba la primera pizzería auténtica. Inmediatamente, ante el éxito del plato entre las clases humildes, comenzaron a abrirse pizzerías por toda la ciudad y hasta los propios monarcas de entonces, los Saboya, pedían que se las llevaran a palacio (vamos, que fueron las primeras pizzas a domicilio de la historia).

Los napolitanos están orgullosísimos de haber inventado la pizza y también de que se haya reconocido su aporte a la gastronomía mundial dándole a la pizza napolitana y al arte de los pizzaioli (pizzeros) el título de Patrimonio Inmaterial de la UNESCO. Hay que tener en cuenta que el modo de preparar estas pizzas ha de ceñirse a un patrón muy específico: usar mozzarella di Bufala Campana, preparar la masa a mano o con una mezcladora de baja velocidad y hornear entre 60 y 90 segundos a 480 grados. Además, la pizza napolitana tiene una denominación de origen reconocida, la de Verace Pizza Napoletana (verdadera pizza napolitana). Os aseguro que se merecen ambas distinciones. Hemos comido pizzas a lo largo y ancho del mundo en muchísimos países pero nada se puede comparar a las pizzas de Nápoles, pese a que en un principio puedan parecer bastante simples. He ahí donde precisamente reside su grandeza.

En Nápoles hay miles de pizzerías. La competencia es atroz y aún así, existen los que se consideran los «templos de la pizza» como la pizzería Da Michelle o Sorbillo donde debes esperar una media de dos horas para poder sentarte. Mi recomendación es que no gastes dos horas de tu viaje (el tiempo es oro) guardando turno cuando puedes ir a otras pizzerías que a lo mejor no son tan famosísimas pero donde te vas a dar el gustazo de catar unas pizzas insuperables. Nosotros os recomendamos la pizzería del Popolo, ‘Ntretella, la Osteria Il Gobbetto, Della Mattonella y Noi del Manzoni.

La pizza frita es algo muy típico de Nápoles que también has de probar, aunque a primera vista parezca algo grasosa (ojo, que si la preparan como hay que hacerlo, no debería sobrarle ni una gota de aceite). Se cocinan como las calzone, emulando a una empanada, y el relleno tradicional suele ser de ricotta, ciccioli (parecido a la panceta), tomate, pimiento y albahaca. Recomendamos que las probéis en las pizzerías Concettina ai Tre Santi, La Masardona y en Da Fernanda.

 

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Los dulces de Nápoles

 

¿Cómo irse de Nápoles sin probar sus deliciosos dulces? La ciudad entera está llena de pequeñas pastelerías donde se exhiben orgullosos los dulces napolitanos. Nuestros favoritos fueron sin dudarlo las sfogliatelle. Es el dulce más típico de Nápoles, con un hojaldre durito y crujiente y un relleno de ricotta que quita el sentido. Nos gustaron tantísimo que todas las noches nos llevábamos un par al hotel para endulzarnos el último momento del día. Vamos, que en cuanto regresamos a Madrid, lo primero que hice fue indagar a ver si podía encontrarlas en algún lugar. Y sí, las he podido comprar en Zuccaru, una pequeña pastelería siciliana cercana al Teatro Real donde las preparan estupendamente.

 

Sfogliatelle Napoles

 

Aunque las sfogliatelle son las bombas de azúcar más conocidas, también podéis probar el babá, generalmente bañado en ron (para mi gusto algo empalagoso), galletas de cereza, cannoli sicilianos, pastiera (que aunque es típica de Semana Santa, suele encontrarse también en otras épocas del año y lleva requesón y naranja), zeppole di San Giuseppe (lo mismo, del Día del Padre pero comunes en otras épocas), los riquísimos taralli (galletas saladas) y las capresinas, unos pasteles de chocolate en forma de corazón.

 

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La serie «Gomorra»

 

Gomorra Napoles
Caricaturas de Enzo Sangueblú y Gennaro Savastano, dos de los protagonistas de «Gomorra»

 

En el artículo Los escenarios de mis series favoritas dejamos un buen espacio para una de nuestras series-top, «Gomorra». Que mentiríamos si dijéramos que no nos ha influido a la hora de viajar a Nápoles. Y diréis vosotros que vaya morbosos que somos si muestra ese Nápoles azotado por la Camorra donde los asesinatos están a la orden del día y adolescentes de 14 años se han convertido en los nuevos dueños de los barrios marginales. Pero es que ese Nápoles, existir, existe, y además la serie muestra también, y muy bien además, cuáles son las costumbres y tradiciones napolitanas tan arraigadas en la sociedad a todos los niveles.

Ignorábamos cuál era la imagen que tenían los napolitanos de «Gomorra», si se encontraban molestos con la imagen que se da de la ciudad. Hace un par de años, el propio alcalde de Nápoles se quejaba de que el éxito de la serie había venido acompañado de un aumento de la delincuencia pero la realidad es que en los barrios periféricos, donde muchas veces no quiere entrar la policía, no se necesita de serie ninguna para motivar a los mafiosos a gobernar como pequeños reyezuelos.

El rodaje no ha sido tarea fácil (los capos extorsionaban a los productores para permitirles grabar sin «complicaciones») y en Scampia se quejaban de que se da una imagen negativa del barrio. Pero es que no se puede negar lo evidente: durante el rodaje de las cinco temporadas de «Gomorra», fueron asesinadas por la camorra napolitana más de 1.500 personas en ajustes de cuentas. El problema está ahí y ahí continúa. Creo que, independientemente de que nos fascine la serie por retratar tan crudamente cómo es la vida en los bajos fondos napolitanos, nadie puede ser tan idiota como para irse a recorrer Secondigliano, el barrio más peligroso de Europa. Así que aunque cuando pasees por la ciudad, veas en las tiendas camisetas con la cara de Gennaro Savastano o Ciro Di Marzio e incluso figuritas suyas en la calle de los belenes, no te vayas a «investigar» por tu cuenta en los barrios de las afueras. Pese a que insistimos que en el centro de Nápoles nos sentimos bastante seguros, no hay que tomarse a broma cómo están las cosas en áreas como Scampia.

 

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El Museo Arqueológico

 

Nápoles es una ciudad de museos, con más de una treintena de los oficiales. El Museo Arqueológico de Nápoles es, en mi opinión, la visita imprescindible, aún más si después, como hicimos nosotros, vas a visitar Pompeya, ya que aquí se exponen muchos de los restos arqueológicos que se encontraron en la ciudad sepultada por el Vesubio, especialmente mosaicos. La entrada cuesta 15 euros y aconsejo guardar como mínimo cuatro horas ya que sus cuatro plantas dan para mucho.

Coincidió con nuestra visita una exposición bastante interesante sobre la historia de los gladiadores, con más de 150 objetos. La expo se dividía en varias secciones, desde las armas o trajes que usaban hasta su vida diaria, maquetas de los anfiteatros donde combatían a su herencia artística al ser representados en pinturas encontradas en muchas casas romanas. Me pareció bastante curioso que estuviera en parte enfocada también a los críos, con recreaciones de las luchas a base de muñequitos. 

Expo gladiadores Napoles

Expo gladiadores Napoles

El edificio que acoge el museo data del siglo XVII y como podéis comprobar, ya es una obra de arte por sí mismo. El espacio más espectacular es el Sallone de la Meridiana, una sala de más de 50 metros de largo coronada por una cúpula maravillosa plagada de frescos. El principal, de Pietro Bardellino, representa al rey Fernando IV y su esposa María Carolina como protectores del arte. 

Napoles Museo

Si por algo destaca el Museo Arqueológico es por contar en su poder con la colección romana más importante del mundo, la de la familia Farnesio. Dicha familia, una de las más importantes de la aristocracia italiana, nos dejó un legado espectacular, un montón de esculturas gigantescas, encontradas la mayoría en las Termas de Caracalla en Roma. Impresionan no sólo por su tamaño sino también por la pulcritud con que fueron modeladas. A mí me emocionó mucho verme por fin delante del gran Toro de Farnesio, de cuatro metros de altura, que tantas veces había estudiado en el instituto.

Toro Farnesio 

Escultura de Pan enseñando a Dafnis a jugar a los tubos

 

Pan Dafne

 

Apolo tocando la lira

 

Apolo Farnesio

 

Estatua de Flora Maior

 

Flora Farnese

En la planta inferior se expone a lo largo de siete salas una interesante colección egipcia, la más importante de Italia después de la de Turín. Estelas funerarias, ajuares de fallecidos, relieves, esculturas como el Monumento de Amenomone y varios sarcófagos son las piezas más destacadas.

Napoles Museo

Los egipcios también momificaban animales, especialmente gatos (a los que consideraban sagrados). Otros casos más excepcionales eran los cachorros de león, gacelas, monos o esta de aquí abajo de un cocodrilo, se cree que homenaje al dios-cocodrilo Sobek. El culto a los cocodrilos estaba bastante extendido, especialmente durante el Imperio Medio y en lugares como el oasis de Fayum, donde vivían muchos de estos animales, o el templo de Kom Ombo, donde incluso existe un museo dedicado a esta divinidad. 

Napoles Museo

Una de las partes más interesantes del museo es la dedicada a los mosaicos encontrados en Pompeya: son impresionantes. El de la calavera de abajo a la izquierda es especialmente conocido, los que siguierais la serie «Roma» de HBO lo recordaréis porque aparecía en la intro. Hablamos de «Memento Mori», en el que se representa a la rueda de la fortuna, convirtiendo a los pobres en ricos y a los ricos en pobres y recordándoles a todos que la muerte les persigue por igual (la mariposa que está sobre la rueda simboliza a la vida). 

Mosaicos Museo Arqueologico Napoles

Algunos de los mosaicos expuestos

Mosaicos Museo Arqueologico Napoles

Mosaicos Museo Arqueologico Napoles

Mosaicos Museo Arqueologico Napoles

Mosaicos Museo Arqueologico Napoles

 

 

Gabinete Secreto: homenaje a la lujuria

 

Uno de los lugares que más ganas tenía de conocer no sólo en Nápoles sino en Europa entera: el Gabinetto Segreto del Museo Arqueológico, que en sus inicios de llamaba el Gabinete de Objetos Obscenos. Es más que probable que no hayas oído hablar de él y no te culpo ya que hasta hace apenas 20 años estuvo censurado al público en general e incluso se llegó a barajar la destrucción de las piezas. Aún a día de hoy, cualquier menor que quiera acceder ha de hacerlo acompañado por un adulto. Es decir, que visto lo que se expone dentro de esta sala, los romanos nos demostraron que tenían la mente mucho más abierta que la sociedad actual más de 2000 años después.

La mayoría de las piezas que se exponen en el Gabinete Secreto cuentan con un denominador común: su alto nivel de erotismo y obscenidad. Gran parte de los objetos, pinturas y esculturas se encontraron en las ciudades sepultadas por el Vesubio y han llegado hasta nuestros días prácticamente intactos. Tanto en Pompeya como en Herculano estaba asentado con fuerza el arte erótico. Imágenes de parejas copulando eran algo habitual en las decoraciones de vajillas o enseres del hogar y de los muros de las casas colgaban pinturas y mosaicos de alto contenido sexual. Nadie se escandalizaba ni ponía el grito en el cielo por presenciar escenas que, a fin de cuentas, son una parte más de la vida. Reprimir la sexualidad, la historia lo ha demostrado, sólo ha conseguido degenerar en sociedades infelices e individuos frustrados.

Gabinete Secreto

La figura del falo no se consideraba algo vulgar sino que era un símbolo de fertilidad y buenos augurios. Las vírgenes vestales rendían culto a Fascinus, la imagen de un falo enorme que incluso se sacaba en procesión por las calles del imperio y al que las matronas adornaban con coronas de flores. Cuando los generales regresaban de sus exitosas campañas militares, lo hacían rodeados de amuletos fálicos que repelían la envidia de sus rivales, las embarazadas se los colgaban del cuello esperando un parto sin complicaciones y los legionarios los llevaban encima cuando se dirigían a la batalla. Su simbolismo ha conseguido eludir siglos de censura: ¿de dónde creéis que viene el gesto de levantar el dedo corazón para mandar a alguien al carajo? De la costumbre romana de extender ese dedo, emulando a un falo erecto, para repeler la mala suerte.

Aquí abajo podéis admirar estos curiosos tintinábulos, campanillas o cascabeles que se colocaban en las entradas de las casas no sólo para avisar de la llegada de invitados (aún existen muchos comercios que conservan campanillas parecidas en sus puertas, especialmente farmacias) sino también para ahuyentar a los malos espíritus. También se colgaban, emulando a los atrapasueños, sobre las cunas de los bebés ya que los niños pequeños eran los que menos defensa tenían ante las maldiciones. La mayoría de estos tintinábulos estaban hechos de bronce, un material accesible para las clases más humildes; las clases adineradas los fabricaban con ámbar, coral u oro.

Gabinete Secreto

Representación de Príapo y su pene descomunal. Este dios tenía especial relevancia en el mundo rural, donde no sólo garantizaba buenas cosechas sino que su figura además protegía huertas y jardines de ladronzuelos y animales salvajes. Hijo de Dionisio (dios del vino) y Afrodita (diosa del amor y la lujuria), Príapo representa el descontrol absoluto del instinto sexual ya que esta deidad sufría la condena no sólo de tener un pene totalmente desproporcionado sino en continua erección (de aquí viene el nombre de la enfermedad del priapismo). 

Gabinete Secreto

El sexo en el mundo romano fue considerado a menudo como talismán. El propio Mercurio, dios del comercio, solía llevar encima, junto a una bolsa de monedas, unos cuantos amuletos fálicos. Pompeya y Herculano fueron ejemplo perfecto de cómo la sexualidad estaba presente en el día a día de los romanos: se han encontrado penes representados en las entradas de las panaderías, sobre los hornos o en las fachadas de las casas.

Dentro de las piezas recuperadas, algunas de las más importantes son la serie de pinturas que representan escenas mitológicas cargadas de erotismo. Esta costumbre la había iniciado anteriormente el griego Parrasio de Éfeso, conocido por pintar a los dioses helenos en las más variadas posturas. El arte helenístico, por proximidad, tuvo una especial influencia en las ciudades del sur de Italia, por lo que es en Nápoles y alrededores donde más vestigios eróticos se han encontrado. Así, en las paredes de Pompeya se encontraron retratos de Marte y Venus, Apolo y Dafne o Polifemo y Galatea, todos disfrutando sin pudor del placer carnal. Aquí abajo tenemos una de las pinturas más destacables, «El sátiro y la ninfa».

Gabinete Secreto   

La sexualidad se representaba en el mundo romano de cuantas maneras distintas puedas imaginar: desde un modo totalmente banal y festivo a otro profundamente religioso, con connotaciones esotéricas, impregnado de un aura caricaturesco, con motivos comerciales… El sexo era una constante absoluta en la vida de los romanos y lugares como Pompeya han quedado empapados de aquel modo de entender la vida. Son múltiples las pinturas, los graffitis de la época, que se han conservado: «el que escribió la chupa», «quítate la túnica y muestra tus peludas partes», «Amplicatus, sé que Icaro te sodomiza», «me follé a la camarera», «considera atentamente esta adivinanza de Epafra: lo meto en un lugar negro, lo saco rojo»… como veis, los romanos no se andaban con chiquitas a la hora de «decorar» el mobiliario urbano.

 

Gabinete Secreto

 

 

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2 comentarios

  1. Yo también descubrí Napoles y Pompeya recientemente. Gracias por tu maravillosa Entrada y recorrido.

  2. Author

    Gracias Lizette. Pompeya también nos gustó muchísimo, es espectacular!

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