Verona: la ciudad de Romeo y Julieta

Verona

Cuan­do uno pien­sa en un lugar como Italia, con uno de los pat­ri­mo­nios artís­ti­cos más impor­tantes del mun­do (si no el que más, en seria rival­i­dad con España y Fran­cia), le cues­ta decidirse por un des­ti­no u otro. Nosotros, que ya lle­va­mos unos cuan­tos via­jes por ter­ri­to­rio ital­iano, damos fe de que cuán­to más via­jas allí, más te invade la sen­sación de todo lo que te fal­ta por ver. Se nos acu­mu­lan (con mucho gus­to, eso sí) los artícu­los a dedicar a las ciu­dades ital­ianas que hemos vis­i­ta­do. Pero os ase­gu­ramos que pocas nos ha sor­pren­di­do tan­to como Verona y su bel­lísi­mo cen­tro históri­co.

Hemos de recono­cer que aunque hacía tiem­po que teníamos a Verona en el pun­to de mira, en esta ocasión lleg­amos a ella casi de casu­al­i­dad ya que coin­cidía que se cel­e­bra­ba un fes­ti­val de músi­ca al que íbamos con unos ami­gos en un pueblo cer­cano, Vil­lafran­ca di Verona, a ape­nas 20 min­u­tos en tren de cer­canías. Por este moti­vo nos quedamos allí a dormir y no en el mis­mo Verona pero lo cier­to es que está tan cer­ca, que se con­vierte en una alter­na­ti­va muy a ten­er en cuen­ta. El hotel que elegi­mos es muy, muy recomend­able, nosotros quedamos encan­ta­dos. Es el Best West­ern Plus Hotel Expo, un cua­tro estrel­las estu­pen­do con todo tipo de como­di­dades y uno de los mejores desayunos buf­fet que hemos vis­to nun­ca. En ver­a­no el pre­cio de la doble con desayuno ron­da los 120 euros la doble.

Como des­de Madrid no teníamos vue­lo direc­to (sí lo hay con aerolíneas como Ryanair o Volotea des­de las tres islas de Balear­es y Barcelona), decidi­mos volar a Vene­cia, una ciu­dad que nos había enam­ora­do cuan­do la visi­ta­mos hace años y así aprovechar para hac­er­nos un via­je com­bi­na­do Verona-Vene­cia. De Vene­cia ya os hablam­os largo y ten­di­do en el artícu­lo de nue­stro via­je vene­ciano (y prob­a­ble­mente le dedique­mos alguno más). Creo que la com­bi­nación de ambas ciu­dades es una opción estu­pen­da en un via­je al norte de Italia. Sobre todo si quieres comen­zar con una alter­na­ti­va bas­tante más tran­quila (Verona) antes de atre­verte con la sobr­ex­plota­da Vene­cia y sus mil­lones de tur­is­tas.

Cer­ca de Verona tienes var­ios aerop­uer­tos a cien kilómet­ros a la redon­da, como los de Bolo­nia, Vene­cia, Bérg­amo y Milán, y a todos ellos vue­lan aerolíneas de bajo coste. En nue­stro caso el vue­lo nos sal­ió ida y vuelta por 120 euros: a la ida con Iberia Express al aerop­uer­to Mar­co Polo y al regre­so con Ryanair a Tre­vi­so (Vene­cia cuen­ta con dos aerop­uer­tos).

Verona
Calles de Verona

Si optáis por volar a alguno de estos aerop­uer­tos, tened en cuen­ta que una de las mejores cosas de Italia, y a la que nosotros hemos saca­do más prove­cho, es la inmen­sa red de fer­ro­car­ril con la que cuen­ta el país y lo baratísi­mo que es moverte en tren de una ciu­dad a otra (mucho más bara­to que en España, sin ir más lejos). Por lo tan­to, des­de cualquiera de estas ciu­dades podréis lle­gar en un trayec­to de 1’30–2’00 horas y por un pre­cio aprox­i­ma­do de 10 o 12 euros, lo que es una bic­o­ca. 

Nosotros en Italia hemos usa­do los trenes de alta veloci­dad (sim­i­lares al AVE español), que oper­an Tren­i­talia (com­pañía estatal) o Ita­lo (com­pañía pri­va­da). Vienen genial para grandes dis­tan­cias pese a que sean algo más caros. Pero para dis­tan­cias menores, de entre 100 y 200 kilómet­ros, recomien­do sin dudar­lo los trenes regionales. Hay dos tipos de Region­ali (los dis­tin­guirás porque lle­van una R en la cabecera del tren), los nor­males ® y los velo­ces (RV): estos últi­mos real­izan menos paradas. Pese a costar algo más los bil­letes, la difer­en­cia es mín­i­ma, por lo que merece la pena pagar­lo. Los asien­tos son a asig­nar (pare­ci­do a cuan­do coges un tren de cer­canías) pero los trenes son bas­tante cómo­d­os.

Recomien­do así mis­mo este tipo de trenes si tam­poco lleváis male­tones, ya que no hay mucho espa­cio supe­ri­or para equipa­jes: nosotros como íbamos con mochi­las, tan bien. Como suele haber var­ios trenes por hora en los trayec­tos entre ciu­dades (aún así, con­fir­mad pre­vi­a­mente) tam­poco veo nece­sario reser­var. Podéis com­prar direc­ta­mente los bil­letes el mis­mo día en las taquil­las de las esta­ciones o en las máquinas expende­do­ras. Eso sí, recor­dad que en los trenes regionales es impre­scindible que validéis los bil­letes en unas maquini­tas que hay antes de subir al vagón ya que la mul­ta es con­sid­er­able si os pil­la el revi­sor. No hay des­cuen­to por com­prar ida y vuelta, así que no es nece­sario adquirir en el momen­to el bil­lete de regre­so.

El trayec­to entre Vene­cia y Verona dura en tren region­al veloz una hora y media y cues­ta 9,70 euros. El tren te deja en la estación prin­ci­pal de la ciu­dad, Por­ta Nuo­va, una estación pequeñi­ta si la com­paras con la Ter­mi­ni romana pero que cuen­ta con ser­vi­cios bási­cos como tien­das, cafeterías, baños (de pago) y consigna de equipa­jes. La consigna viene bien si quieres dejar la male­ta y ver Verona en un día, algo que hacen muchos via­jeros ya que es una ciu­dad pequeña, pero los pre­cios nos parecieron algo caros: 6 euros por male­ta durante cin­co horas, ni siquiera el día entero.

El cen­tro históri­co de Verona se encuen­tra a unos quince o veinte min­u­tos andan­do, esta es una ciu­dad muy cómo­da para recor­rerla a pie (la población no lle­ga a los 300.000 habi­tantes). El primer mon­u­men­to que os encon­traréis de camino es la Por­ta Nuo­va que da nom­bre a la estación. Esta majes­tu­osa puer­ta se con­struyó en el año 1532 para susti­tuir a la antigua mural­la y a la Por­ta di San­ta Croce que sep­a­ra­ba el cas­co antiguo del resto de la ciu­dad. Algu­nas de estas mural­las aún se con­ser­van en el cer­cano Par­co delle Mura, un par­que que se extiende durante nueve kilómet­ros y en el que aún se pueden obser­var impor­tantes restos de for­t­alezas y bas­tiones que sirvieron como defen­sa a Verona en el pasa­do.

Porta Nuova Verona

De hecho, si con­tin­u­amos por la aveni­da larguísi­ma de Cir­con­va­l­la­cione Maron­cel­li, lle­gare­mos has­ta dos de los bas­tiones más impor­tantes de la ciu­dad, el de San Bernardi­no y, algo más ade­lante, el de San Zeno, hoy con­ver­tido en un jardín con estat­uas de madera caí­da de los árboles cer­canos. Al lado se encuen­tra la Puer­ta de San Zeno, a la que se accede por un pequeño puente. Si coin­cide que sea domin­go, puedes aprovechar para pasear por el ras­tril­lo de segun­da mano que se cel­e­bra sem­anal­mente en la Piaz­za de San Zeno y donde podrás encon­trar des­de mue­bles a libros, postales o ropa.

Verona

Hemos lle­ga­do, para comen­zar nue­stro recor­ri­do por Verona por el pla­to fuerte, a la gran estrel­la de esta ciu­dad: el Are­na de Verona. O lo que es lo mis­mo, el ter­cer anfiteatro romano más grande del mun­do, después del Col­iseo de Roma y el de Capua. Casi 140 met­ros de largo y 110 de ancho, 44 gradas y capaci­dad para más de 25.000 espec­ta­dores. Aunque actual­mente es el epi­cen­tro abso­lu­to de Verona (tan­to en sen­ti­do geográ­fi­co como fig­u­ra­do), antigua­mente se encon­tra­ba en una esquina de la ciu­dad, más allá de las mural­las. Con­stru­i­do en el año 30, se ha gana­do por dere­cho pro­pio, durante dos lar­gos mile­nios, el títu­lo de sím­bo­lo veronés.

Cabe insi­s­tir además en que se ha con­ver­tido en uno de los recin­tos más espec­tac­u­lares del mun­do para ver concier­tos, no sólo por su extra­or­di­nar­ia acús­ti­ca sino por lo que rep­re­sen­ta en sí mis­mo el mon­u­men­to. De Junio a Sep­tiem­bre se cel­e­bra cada año el Festi­val de Ópera, con mul­ti­tud de concier­tos. Aunque hay entradas carísi­mas, tam­bién te puedes con­for­mar con ver los espec­tácu­los des­de las gradas más ale­jadas (lo que en España cono­ce­mos como el gallinero) por poco más de 30 euros, que tam­poco está tan mal. Para ver la pro­gra­mación y adquirir los tick­ets puedes echar un ojo en la web de la Fon­dazione Are­na di Verona.

Arena Verona

Si quieres vis­i­tar el Are­na por den­tro (aunque te avisamos que es más impre­sio­n­ante por fuera y en el inte­ri­or lo habit­u­al es encon­trarse con obras de restau­ración) y evi­tar esper­ar en las larguísi­mas colas, puedes adquirir antic­i­pada­mente las entradas en la pági­na ofi­cial por 11 euros. 

Se dice de Verona que es uno de los lugares de Italia donde se con­ser­van más restos de lo que fue el may­or impe­rio de la His­to­ria, el romano (con per­miso del egip­cio). Con­stan­te­mente se siguen encon­tran­do, muchas veces sin pre­tender­lo, ves­ti­gios de la Roma antigua: sin ir más lejos, hace un par de meses una gran domus del siglo II bajo un cine aban­don­a­do, con fres­cos que poco envid­i­an a los de Pom­peya.

Debe­mos ten­er en cuen­ta que en la época de esplen­dor del impe­rio, Verona era una de las ciu­dades más impor­tantes por encon­trarse en un cruce de vías com­er­ciales (la Vía Clau­dia Augus­ta, que conecta­ba el Mediter­rá­neo con el Danu­bio, y la Vía Pos­tu­mia, que lig­a­ba el Tir­reno con el Adriáti­co). Por dicho moti­vo era un man­jar de lo más apeteci­ble para los pueb­los bár­baros del norte, de ahí que des­de su fun­dación siem­pre haya esta­do fuerte­mente pro­te­gi­da. De dicha época pertenecen dos de las puer­tas más impor­tantes de entra­da, la Por­ta Bor­sari y la Por­ta Leoni.

Otra de las puer­tas más espec­tac­u­lares es la Puer­ta de Bra que podéis ver aquí aba­jo. Da acce­so a la Piaz­za Bra, la más ani­ma­da de la ciu­dad, reple­ta de restau­rantes y cafeterías (mi con­se­jo, eso sí, es que os ale­jéis de aquí a la hora de com­er ya que los pre­cios son los más altos). Dicha puer­ta no pertenece a la época romana sino a la medieval, cuan­do se con­struyeron unas segun­das mural­las, las comu­nales, lla­madas así porque durante los sig­los XII y XIII aparecieron las primeras comu­nas.

Porta Bra Verona

El Arco de Gavi es otro de los mon­u­men­tos romanos más impor­tantes de la ciu­dad. Se con­struyó en el siglo I, al ini­cio de la prin­ci­pal arte­ria de Verona, la Via Pos­tu­mia.

Arco dei Gavi Verona

La Piaz­za delle Erbe me enam­oró por com­ple­to des­de el mis­mo momen­to en que la pisé. Y no he debido ser la úni­ca que ha caí­do bajo su embru­jo, ya que var­ios años con­sec­u­tivos algu­nas revis­tas de via­jes la han elegi­do como “la plaza más bel­la del mun­do”. Si en el pasa­do ya era el corazón de Verona, sinón­i­mo del foro romano, y sig­los después sede del mer­ca­do local, donde venían los com­er­ciantes a ofre­cer sus fru­tas y ver­duras (de ahí el nom­bre, la plaza de las hier­bas), aho­ra con­tinúan perennes los ten­deretes, pero esta vez ofre­cien­do cien­tos de sou­venirs (a pre­cios bas­tante pop­u­lares) y vasos con mace­do­nia de fru­tas para com­bat­ir el calor. En el cen­tro, casi escon­di­da entre el bul­li­cio de tien­decil­las y paseantes, aparece la fuente de la Madon­na (no, no es una vir­gen sino una antigua estat­ua romana) y un poco más allá la estat­ua del león de Vene­cia (Verona estu­vo bajo gob­ier­no vene­ciano durante bas­tante tiem­po).

Jus­to a la entra­da, en el Arco del­la Cos­ta Medieval, no te pier­das el curioso detalle de un hue­so de bal­lena col­gan­do, colo­ca­do aquí des­de vete tú a saber cuán­do. No se sabe muy bien por qué está aquí, aunque se cuen­ta que se colocó para pro­te­ger con su bue­na suerte a los jue­ces y mag­istra­dos que des­de el ayun­tamien­to regresa­ban a sus casas. El caso es que los uni­ver­si­tar­ios de Verona y los de la cer­cana ciu­dad de Pad­ua se dis­putan el tro­feo y unas veces aparece en una ciu­dad y otras en la con­traria.

Cuan­do los ten­deretes se reco­gen y lle­ga la tarde-noche, se llenan las ter­razas de los bares. Verone­ses y tur­is­tas acu­d­en en masa a bus­car el fres­cor ves­per­ti­no toman­do la bebi­da más pop­u­lar de la región, el spritz (que aunque es muy pop­u­lar en Vene­cia y parez­ca que la ciu­dad lo posea en exclu­si­va, es habit­u­al además en otros lugares cer­canos). Es entonces cuan­do se puede apre­ciar con may­or detalle la bor­rachera artís­ti­ca y arqui­tec­tóni­ca que nos brin­da la plaza. Mar­avil­losos palacetes vinieron a susti­tuir a los edi­fi­cios guber­na­men­tales romanos, deján­donos como lega­do una estam­pa de ensueño.

La Case Maz­zan­ti, con sus vis­tosos fres­cos en la facha­da (recuer­do de cuan­do a Verona se la conocía como “la ciu­dad pin­ta­da” por la cos­tum­bre de dec­o­rar los muros de las vivien­das), el Palaz­zo Maf­fei con sus leg­en­darias estat­uas de piedra en la azotea, la Torre del Gardel­lo (con uno de los mecan­is­mos de reloj más antigu­os de Europa) o la Domus Mer­ca­to­rum (Casa de los Com­er­ciantes), hoy sede de la Ban­ca Popo­lare di Verona, palide­cen ante la majes­tu­osi­dad de la Torre dei Lam­ber­ti. Con sus 84 met­ros de altura, dom­i­na des­de el cielo la plaza y sus alrede­dores des­de el año 1172.

Verona

La torre, una de las más boni­tas de Italia, fue restau­ra­da en el siglo XV tras ser alcan­za­da por un rayo y cuen­ta con dos cam­panas con fun­ciones difer­en­ci­adas. Una de ellas daba las horas y alerta­ba de los incen­dios; la otra coor­dina­ba los lev­an­tamien­tos en armas de la ciu­dad y llam­a­ba a los con­se­jos. A los pies de la torre se divisa la Piaz­za dei Sig­nori, una pre­ciosa plaza de aire aris­tocráti­co que en el pasa­do fue cen­tro de poder y donde hoy se exhibe una estat­ua de Dante, quien citó a Verona en su obra más cono­ci­da, “La div­ina come­dia”. Frente a ella se real­izan lec­turas pop­u­lares durante los fes­ti­vales de poesía que se cel­e­bran en pri­mav­era. Y cer­ca tienes la sin­a­goga de Verona, una de las más impor­tantes del norte de Italia, recuer­do de la rel­e­van­cia que ha tenido siem­pre la comu­nidad judía den­tro de la sociedad verone­sa.

Verona

Lleg­amos a otro de los lugares más boni­tos de Verona: la for­t­aleza de Castelvec­chio. Tan impre­sio­n­ante por fuera como por den­tro. Con­stru­i­do en el siglo XIV, en el 1354, bajo el nom­bre de Castil­lo de San Mar­ti­no in Aquaro (por estar al lado del río), pasó a con­ver­tirse en el Castil­lo Viejo cuan­do lo adquir­ió la famil­ia Vis­con­ti y lo trans­for­mó en una inmen­sa for­t­aleza mil­i­tar. A lo largo de los años fueron añadién­dose difer­entes estancias y durante la época de esplen­dor vene­ciano, sirvió de res­i­den­cia de la nobleza. Conec­ta­do al resto de la ciu­dad por un puente amu­ral­la­do y peaton­al, Castelvec­chio cuen­ta con un amplio patio de armas pre­si­di­do por una estat­ua ecuestre y es sede del Museo Cívi­co, donde se expo­nen escul­turas, armas, joyas y pin­turas de Rubens o Pao­lo Veronese en más de 50 salas. 

Castelvecchio Verona

Verona se encuen­tra en el límite noroc­ci­den­tal de la región del Vene­to, rodea­da de col­i­nas y atrav­es­a­da por el río Adi­ge, el segun­do más largo de Italia tras el Po, que for­ma un mean­dro al atrav­es­ar la ciu­dad. Le cruzan unos cuan­tos puentes, el más cono­ci­do de ellos es el Puente de Piedra, el úni­co que sobre­vive de los siete que existían en época romana, aunque es jus­to mati­zar que ha debido ser recon­stru­i­do en unas cuan­tas oca­siones (la últi­ma cuan­do fue bom­bardea­do durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al). De hecho, en el pro­pio puente se pueden adver­tir noto­rias difer­en­cias en los pro­pios arcos, ya que los de un lado son de ori­gen romano y los otros son del siglo XIII. Cuan­do lo crucéis, podéis acer­caros a ver la curiosa igle­sia de San Siro, ady­a­cente al teatro romano, donde aún cada ver­a­no se rep­re­sen­tan difer­entes obras y se aco­gen espec­tácu­los de bal­let y concier­tos.

Verona

La cat­e­dral, el Duo­mo de Verona, es un tem­p­lo románi­co que data del siglo XII (y que con­tin­u­a­mente se está restau­ran­do, el señor que veis en la puer­ta está tra­ba­jan­do, no oran­do, aunque pudiera pare­cer­lo). De hecho, mucha gente que accede al ante­ri­or se sor­prende al encon­trarse con una dec­o­ración aca­so “demasi­a­do con­tem­poránea”. Con­stru­i­da en hon­or de San­ta María Matri­co­lare en el espa­cio que dejaron dos igle­sias der­ruidas por un ter­re­mo­to, con­s­ta de un teja­do a dos aguas y un frontal con tres partes difer­en­ci­adas. El mate­r­i­al que pre­dom­i­na es el típi­co már­mol veronés, blan­co y rosa­do.

Catedral Verona

 

La his­to­ria de Romeo y Juli­eta

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Curiosa­mente, el per­son­aje que más fama ha dado a Verona no es un ital­iano sino un inglés lla­ma­do William Shake­speare. El céle­bre escritor situó aquí, en Verona, una de sus obras más cono­ci­das jun­to a “Ham­let”: el dramón “Romeo y Juli­eta”, con­sid­er­a­da la más bel­la his­to­ria de amor jamás escri­ta, aunque debe­mos mati­zar que Shake­speare la com­pu­so inspirán­dose en relatos pre­vios. Aque­l­los dos amantes que se conocieron en un baile de más­caras y prove­nientes de dos famil­ias rivales, los Mon­tesco y los Capule­to (famil­ias que existieron en real­i­dad), que se enfrentan a todo el mun­do negán­dose a renun­ciar a su amor y que aca­ban sui­cidán­dose en una esce­na final que haría llo­rar al más pin­ta­do. La ver­dad es que la nov­ela, mil veces rep­re­sen­ta­da en el teatro y el cine, es una mar­avil­la.

Verona no ha queri­do perder la opor­tu­nidad de aprovecharse de la fama de la obra para atraer a tur­is­tas de todo el mun­do, que ven en Verona la ima­gen viva de la ciu­dad del amor. Y lo cier­to es que lo es, pues cuan­do paseas por esas calles empe­dradas, bajo los bal­cones cubier­tos de mac­etas con flo­res, te das cuen­ta que tienes la inmen­sa for­tu­na de encon­trarte en uno de los lugares más román­ti­cos del mun­do. Otra cosa difer­ente es que es roman­ti­cis­mo tiende a desvanecerse en un sus­piro (o al menos es lo que nos ocur­rió a nosotros) cuan­do lle­gas a la casa de Juli­eta y te ves aplas­ta­da por una marabun­ta de asiáti­cos con palos de self­ie, locos por fotografi­arse bajo el bal­cón más vis­i­ta­do de Italia. Joder-qué-puto-ago­b­io.

Verona

Con ello no quiero decir que no ven­gas a cono­cer la casa de Juli­eta (es casi una obligación estando en Verona): sólo quiero avis­arte de lo que te vas a encon­trar. He de recono­cer que en nue­stro caso aguan­ta­mos allí muy poco tiem­po porque era hor­ro­roso la can­ti­dad de gente que había allí con­cen­tra­da. El famoso bal­cón des­de donde se supone que Juli­eta habla­ba a su ama­do pertenece a una casa-torre del siglo XII pero de dicha época sólo data la casa, ya que el bal­cón fue aña­di­do con pos­te­ri­or­i­dad para dar más glam­our a la leyen­da de los dos amantes. Hoy esta casa está con­ver­ti­da en un mini-museo, restau­ra­do para la ocasión y remem­o­ran­do los tiem­pos medievales en los que se desar­rol­ló la nov­ela. Se expo­nen fres­cos, mue­bles de la época, una colec­ción de cerámi­ca y has­ta parte del ves­tu­ario que se usó en la pelícu­la de “Romeo y Juli­eta”.

En el patio exte­ri­or hay una estat­ua de Juli­eta, con uno de sus senos bas­tante des­gas­ta­dos ya que al pare­cer da suerte si lo fro­tas. Y si quieres enviar una car­ta a esa Juli­eta fic­ti­cia para que te acon­se­je y te con­suele el mal de amores, tienes a tu dis­posi­ción un buzón donde deposi­tar la misi­va. Y un últi­mo apunte: ape­nas vis­i­ta­da pero muy cer­ca se encuen­tra la supues­ta casa de Romeo (en el 4 de Via Arche Scaligere más conc­re­ta­mente), un palacete del siglo XIV que perteneció a un noble de ascen­den­cia france­sa. Sola­mente se puede dis­fru­tar de su facha­da exte­ri­or ya que es una res­i­den­cia pri­va­da.

Bus­to de Shake­speare

Shakespeare Verona

Una de las igle­sias más impor­tantes de Verona, la de San­ta Anas­ta­sia. Data de 1290, con­s­ta de cua­tro capil­las y nueve altares, aunque curiosa­mente su facha­da quedó incom­ple­ta.

Chiesa Santa Anastasia Verona

Este de aquí aba­jo es el curioso Museo Lap­i­dario Maf­feiano, uno de los museos más antigu­os de Europa y ubi­ca­do en un pala­cio neo­clási­co. Fue inau­gu­ra­do en el año 1738 por Sci­p­i­one Maf­fei, un enam­ora­do de la his­to­ria que fue adquirien­do difer­entes piezas durante los numerosos via­jes que real­izó a lo largo de su vida. Durante la toma de la ciu­dad por las tropas napoleóni­cas, sufrió saque­os: aunque la may­oría de lo sus­traí­do se acabó devolvien­do, aún hay obje­tos expuestos en el Lou­vre de París. El museo se com­pone prin­ci­pal­mente de láp­i­das funer­arias, la may­or parte de ellas etr­uscas y romanas, sien­do en su género uno de los más pres­ti­giosos del mun­do, pese a lo pequeño que es.

Museo Lapidario Verona

Uno de los per­son­ajes de los que más orgul­losa se siente Verona de haber vis­to nac­er aquí es Emilio Sal­gari. En mi infan­cia pasé tardes y tardes devo­ran­do aque­l­las mag­ní­fi­cas nov­e­las de aven­turas con las que volábamos con la imag­i­nación a lugares tan lejanos como Mala­sia o Aus­tralia de la mano de aquel míti­co San­dokán (que luego tam­bién acabaría pro­tag­on­i­zan­do una inolvid­able serie de tele­visión). La ciu­dad quiso recor­dar­le insta­lan­do una estat­ua suya frente a la Bib­liote­ca Cívi­ca en Via Cap­pel­lo.

Emilio

El Caste­lo de San Pietro se encuen­tra en una de las oril­las del río y es uno de los lugares favoritos de los verone­ses para ir a admi­rar el atarde­cer. Se puede lle­gar a él andan­do o en funic­u­lar (pre­cio 2 euros). 

Castelo de San Pietro

Aunque no tan famoso como el de Vene­cia, el car­naval de Verona es muy impor­tante para la ciu­dad. Se cel­e­bra el viernes ante­ri­or a la Cuares­ma por motivos históri­cos: durante sig­los, Verona sufrió duras épocas de ham­bruna y un médi­co decidió ayu­dar a la población con­struyen­do una inmen­sa mesa de már­mol donde se ofre­cerían ali­men­tos. De ahí viene la figu­ra del Papa Gno­co, el per­son­aje más famoso del car­naval de Verona, que se rep­re­sen­ta con un tene­dor gigante. El nom­bre se orig­i­na en los gnoc­chi de pata­ta, que tan­to gus­tan en Italia y que sirvieron para paliar el ham­bre de los locales.

Verona

Son un clási­co de las ciu­dades ital­ianas y nos encan­ta toparnos con ellas cuan­do paseamos: las salumerías. Son esas acoge­do­ras tien­decitas en las que se venden embu­ti­dos y que­sos locales (el salu­mi, para que nos enten­damos, es el embu­ti­do ital­iano, no lo con­fundáis con el sala­mi, que es pre­cisa­mente una var­iedad), la esen­cia más pura de la gas­tronomía ital­iana. Y es que los pro­pios locales las tienen en gran esti­ma, no con­ciben sus vecin­dar­ios sin estos entrañables establec­imien­tos. En ellas en muchas oca­siones se pueden encon­trar otros pro­duc­tos típi­cos ital­ianos, como dul­ces, vina­gre de Móde­na, pas­ta en sus miles de var­iedades o vinos de la tier­ra. Os acon­se­jamos que si queréis lle­varos algún sou­venir culi­nario, optéis por algún que­so (el Monte Veronese y el Asi­a­go son los más cono­ci­dos).

Salumeria Verona

 

Dónde y qué com­er en Verona

 

Verona, como toda Italia en gen­er­al, es un paraí­so para los amantes de la bue­na gas­tronomía. Aquí se come mucho, bien y, si sabes bus­car, por no mucho dinero. Des­de época romana, y con­tin­uan­do en sig­los pos­te­ri­ores, los ban­quetes han sido el pan del día a día (nun­ca mejor dicho) entre la sociedad verone­sa. Por lo tan­to, se com­prende que Verona ten­ga fama de ciu­dad donde el cul­to al buen menú es una obligación y los pro­duc­tos fres­cos y autóctonos son la tóni­ca habit­u­al.

Comence­mos nue­stro perip­lo culi­nario por Verona, no podía ser de otra for­ma, hablan­do de pas­ta. Y lo hace­mos recor­dan­do uno de los pro­duc­tos más típi­cos de la región del Vene­to, los bigoli. Esta especie de espaguetis gordi­tos, cuya porosi­dad los hace ide­ales para absorber las sal­sas en la que se bañan. En Verona las más típi­cas son la sal­sa de pato y la de sar­di­nas. No olvidemos tam­poco a los pap­pardelle, que tam­bién están riquísi­mos, y que encon­trarás en difer­entes vari­antes.

Al igual que la pas­ta, en Verona les encan­ta el arroz. Así que deja hue­co para un buen risot­to al tas­tasal, un pla­to a base de arroz y carne de cer­do: curiosa­mente, este pla­to se usa­ba en el pasa­do para com­pro­bar si la carne se encon­tra­ba en su pun­to ópti­mo de sal para preparar embu­ti­do (tas­tasal sig­nifi­ca en dialec­to veronés “degus­tar la sal”). Otro risot­to muy pop­u­lar es el Amarone, elab­o­ra­do con vino, que le da ese par­tic­u­lar tono granate.

Recordemos tam­bién, antes de meter­nos con platos más con­tun­dentes, que al igual que en Vene­cia, aquí son muy pop­u­lares las tapas ital­ianas, los cic­chet­ti. Recuer­dan algo a los pin­tx­os vas­cos y verás que muchos verone­ses (y tam­bién tur­is­tas) los con­sumen con una copa de vino a la puer­ta de los restau­rantes a la hora del aper­i­ti­vo, antes de com­er.

La cos­tum­bre de com­er en Verona carne de cabal­lo se remon­ta a aque­l­los tiem­pos de sufrim­ien­to durante los que los ciu­dadanos, faméli­cos per­di­dos, aprovech­a­ban los cadáveres de los cabal­los caí­dos en batal­las para echarse algo a la boca. Es raro pasar por un restau­rante y que no se ofrez­ca carne de cabal­lo en el menú, de hecho, Italia es el país de la Unión Euro­pea donde más cabal­lo se con­sume. Ojo que no es apta para todos los gus­tos, ya que el sabor es muy inten­so. Para reba­jar­lo, suele prepararse mari­na­da en vino, lo que dio ori­gen a la rec­eta más con­sum­i­da, la pastis­sa­da de cav­al, acom­paña­da de polen­ta, esa sémo­la de maíz tan típi­ca del norte de Italia y que tam­bién hemos podi­do encon­trar a menudo en muchos restau­rantes de Europa del Este. La polen­ta tam­bién acos­tum­bra a acom­pañar a otro de los platos estrel­la de la gas­tronomía de Verona, el bacalao, y es muy habit­u­al com­er­la en invier­no con alu­bias.

Carne de caballo Verona

El pan­doro es uno de los postres verone­ses más pop­u­lares. Se dice de él que es el gran rival del pane­tonne, con el que com­parte algu­nas car­ac­terís­ti­cas (¡pero ojo, no los con­fun­das si no quieres irri­tar a los ital­ianos!). Este dulce navideño suele elab­o­rarse con for­ma de estrel­la pero como veis en la foto, no es la úni­ca man­era de pre­sen­tar­lo. El nom­bre (pan de oro) deri­va del inten­so col­or amar­il­lo que le da el hue­vo y la man­te­qui­l­la. Aunque no sea Navi­dad, com­pro­barás que es habit­u­al encon­trar­lo en los escaparates de muchas tien­das. Y es que este es un postre indis­pens­able en las mesas de Verona, donde se con­sume des­de épocas medievales. 

Pandoro Verona

Si tuviéramos que ele­gir un restau­rante para recomen­darte en Verona, defin­i­ti­va­mente nos decantaríamos por la Oste­ria Giuli­et­ta e Romeo. Se encuen­tra en pleno cen­tro (en Cor­so San­t’Anas­ta­sia 27) y caí­mos ren­di­dos ante su comi­da casera. El local es de lo más agrad­able, con grandes ven­tanales que te per­miten dis­fru­tar de la ani­ma­da vida en la calle mien­tras comes. Lo lle­va una famil­ia encan­ta­do­ra que además han sabido com­bi­nar cal­i­dad-pre­cio pese a estar en un lugar tan turís­ti­co y ofre­cen un intere­sante de menú de dos platos a 22 euros. En él podrás encon­trar deli­cias locales como tortel­li de cal­abaza, bigoli con carne de bur­ro, sopa de fri­joles (tam­bién muy común en los hog­a­res verone­ses), bis­tec de cabal­lo o degustación de que­sos del norte de Italia. En pocos lugares vas a com­er menú más veronés que éste.

Osteria Giulietta e Romeo

 

 


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1 Comment

  1. Italia enam­o­ra, fui a Verona, igual­mente por casu­al­i­dad y la adoré. Via­jar da vida!

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