Mongolia: el país de los últimos nómadas

Mongolia

Hacía bas­tante tiem­po que venía dán­dole vueltas a dedi­car­le un artícu­lo a Mon­go­lia, ese inmen­so país escon­di­do entre Rusia y Chi­na (y eclip­sa­do casi siem­pre por ambos) que goza del curioso hon­or de ser la nación menos pobla­da del mun­do. Con una exten­sión que trip­li­ca la de España pero ape­nas tres mil­lones de habi­tantes (la den­si­dad de población es de dos per­sonas por kilómetro cuadra­do, en nue­stro país de casi un cen­te­nar), Mon­go­lia con­tinúa a día de hoy sien­do un gran descono­ci­do para muchos occi­den­tales. Qué mejor for­ma entonces de acer­carnos a su his­to­ria y mis­te­rios que de la mano del que para mí ha sido uno de los grandes des­cubrim­ien­tos lit­er­ar­ios de los últi­mos tiem­pos. “Adios a Mon­go­lia”, una fasci­nante nov­ela que nos lle­va a través de sus pági­nas a un país donde casi la mitad de sus habi­tantes con­tinúan vivien­do como hace cien­tos de años. 

Pocos peri­odis­tas españoles tienen la expe­ri­en­cia en Ori­ente de Zig­or Aldama, reportero que ha vivi­do más de 20 años en Asia. Llegó a Chi­na sien­do un jovenci­to de 19 años, acabó casán­dose  con una mujer de allí, Hu Yuan (que le acom­paña en alguno de sus via­jes por Mon­go­lia jun­to al fotó­grafo Miguel Can­dela) y, tras ejercer de cor­re­spon­sal para mul­ti­tud de per­iódi­cos, nos deja como rega­lo una de las nov­e­las más intere­santes que se han escrito sobre Mon­go­lia. Fueron seis via­jes los que hizo allí, acom­paña­do en otras oca­siones por el fotó­grafo Alex Car­dona, en condi­ciones muy extremas (hay que ser muy valiente para via­jar a Mon­go­lia en pleno invier­no, cuan­do las tem­per­at­uras sobrepasan los 40 gra­dos bajo cero) y com­par­tien­do con los nómadas la durísi­ma expe­ri­en­cia de vivir en la estepa bajo el techo de una yur­ta. Te ase­guro que mien­tras lees sus andan­zas, puedes sen­tir ese frío glacial que te con­gela has­ta los pen­samien­tos.

Adios a Mongolia

Hay que agrade­cer la lle­ga­da de este libro a la edi­to­r­i­al Plan­e­ta y más conc­re­ta­mente a la colec­ción Odis­eas (de la que tan fan soy). Dicha colec­ción acoge en su seno algunos de los mejores libros de peri­odis­mo via­jero pub­li­ca­dos en los últi­mos años (pre­cisa­mente hace poco leía otro gran títu­lo de la colec­ción, “Tras los pasos de Liv­ing­stone” de Xavier Moret). De algunos de ellos dimos bue­na cuen­ta en el blog, como el diver­tidísi­mo “Los blan­cos estáis locos” , donde seguimos las viven­cias de un diplomáti­co en Guinea Ecu­a­to­r­i­al, via­jamos a la lejana Arme­nia de mano de  “La memo­ria del Ararat” y recor­ri­mos tier­ras africanas en “Hijos del Nilo” . Pero si hay un libro que podríamos enlazar con “Adiós a Mon­go­lia” es jus­ta­mente “Bil­lete al fin del mun­do”, donde os resumía la his­to­ria del míti­co tren Tran­si­beri­ano.

Es pre­cisa­mente en uno de los ramales de dicha línea fer­roviaria, la del Trans­mon­go­liano, donde Zig­or da sus primeros pasos en esta nov­ela. Como él mis­mo reconoce, no es fácil lle­gar a Mon­go­lia, inclu­so des­de su veci­na Chi­na, donde ponen todas las pegas del mun­do para que puedas hac­erte con un visa­do. Este tren entre ambos país­es sólo cir­cu­la dos veces a la sem­ana y los pre­cios de los bil­letes (inclu­so los de “lit­era dura”) no son baratos; al menos, eso sí, se vana­glo­ri­an en Chi­na de que los trenes salen con una pun­tu­al­i­dad británi­ca. El rela­to del via­je, en el que pre­dom­i­nan los emi­grantes mon­goles car­ga­dos de petates, es tan sur­re­al­ista que no te desvelo ningu­na anéc­do­ta para que tú mis­mo te sor­pren­das.

Ulán Bator (que los mon­goles cono­cen como Ulaan­baatar) es defini­da por Zig­or como “la peor ciu­dad del mun­do”. Quizás él mis­mo sea con­sciente de lo exager­a­do de su comen­tario pero tam­bién sabe, como buen reportero que es, que son jus­ta­mente los tit­u­lares rad­i­cales y efec­tis­tas los que abren el apeti­to curioso del lec­tor. En este caso así es. Y es que la real­i­dad es esa: la cap­i­tal de Mon­go­lia, donde se haci­na una ter­cera parte de los habi­tantes del país, no es una ciu­dad acoge­do­ra con el tur­ista. Me recordó el paso de Zig­or por la ciu­dad a un video que vi hace unos meses de Alan x el Mun­do, el famoso youtu­ber mex­i­cano, en el que comenta­ba escan­dal­iza­do que le habían cobra­do casi 40 dólares por tomar fotografías de un mon­u­men­to (en un país donde el suel­do medio a duras penas lle­ga a los 300 euros).

El caso es que Ulán Bator es una ciu­dad muy poco acos­tum­bra­da a los tur­is­tas y aca­so por dicho moti­vo los cui­da poco, pese a que pudier­an ser una fuente de ingre­sos de lo más atrayente. La may­oría de los hote­les y hostales acon­se­jan no salir por la noche, ya que la fama de peli­grosa de la ciu­dad no es un bulo ni una exageración. Las rey­er­tas son con­tin­uas. Bue­na cul­pa la tiene el prob­le­ma de alco­holis­mo que se sufre en la sociedad mon­go­la (una tien­da dis­pen­sado­ra de bebidas alco­hóli­cas por cada 270 habi­tantes, el índice más alto del mun­do). Casi un 11% de los hom­bres mon­goles (y un 2% de las mujeres) son alco­hóli­cos. Y ello pese a que en Mon­go­lia no se acos­tum­bra a com­er con cerveza o vino, como ocurre en muchos país­es occi­den­tales. Pero aquí el prob­le­ma es la inges­ta de alco­hol de alta grad­uación, espe­cial­mente vod­ka. La pobreza, la soledad y el frío son la excusa. El resul­ta­do, que tres de cada cua­tro crímenes vio­len­tos están aso­ci­a­dos a beber sin con­trol.

El corazón de Ulán Bator es la plaza  Sükhbaatar, que pre­side la estat­ua ecuestre del líder de la Rev­olu­ción de 1921 y fun­dador del Par­tido del Pueblo Mon­gol, Damdin Sukhbaatar. Alrede­dor de dicha plaza se agru­pan los hote­les y tien­das más impor­tantes de la cap­i­tal, así como el Par­la­men­to, tam­bién cono­ci­do como Casa del Gob­ier­no. Es aquí donde los mon­goles lle­varon a cabo las primeras protes­tas pací­fi­cas en 1990 en con­tra del rég­i­men comu­nista y donde actual­mente se lle­van a cabo las cel­e­bra­ciones más impor­tantes de la ciu­dad, así como ral­lies, fes­ti­vales o concier­tos. 

Mongolia

Otro gran prob­le­ma con el que lucha la cap­i­tal es la polu­ción, que ha con­ver­tido a Ulán Bator en la ciu­dad más con­t­a­m­i­na­da del mun­do (superan­do a cier­tas ciu­dades chi­nas, lo cual ya era difí­cil). Cen­trales tér­mi­cas, que­ma de car­bón, tubos de escape no homolo­ga­dos… vivir en la cap­i­tal de Mon­go­lia equiv­ale a fumarse dos o tres cajetil­las diarias de taba­co.

Hay que ten­er en cuen­ta tam­bién las condi­ciones deplorables en las que viv­en miles de ciu­dadanos en los sub­ur­bios, en yur­tas sin cale­fac­ción, elec­t­ri­ci­dad o agua cor­ri­ente. Son exil­i­a­dos rurales que aban­do­nan su vida en el cam­po, bus­can­do un futuro mejor en la gran urbe y dán­dose de bruces con la cru­da real­i­dad: aquí no hay tra­ba­jo para tan­ta boca. Son tan­tas las famil­ias que lle­gan a diario des­de difer­entes pun­tos del país que el gob­ier­no se ha vis­to “oblig­a­do” a negar su empadron­amien­to, aunque los campesinos siguen mon­tan­do sus cam­pa­men­tos, aho­ra con­sid­er­a­dos ile­gales. Los políti­cos se lavan las manos, dicien­do que la situación les des­bor­da. En vez de bus­car solu­ciones y alter­na­ti­vas (o ata­jar la cor­rup­ción, que deja las cuan­tiosas ganan­cias de la min­ería en manos de sólo unos pocos), se aban­dona a su suerte a miles de ciu­dadanos, negán­dose­les el dere­cho a la sanidad, los ser­vi­cios más bási­cos o la esco­lar­ización de los menores.

Mon­go­lia no sólo es un país alta­mente despobla­do. Tam­bién es una rareza en lo que a modo de vida de sus habi­tantes se refiere. Porque salien­do de la cap­i­tal, se extien­den ante nosotros kilómet­ros y kilómet­ros de estepa donde es difí­cil encon­trar pobla­ciones medi­ana­mente impor­tantes (dato curioso es que el autor, en seis via­jes al país, sólo ve un edi­fi­cio mon­u­men­tal fuera de Ulán Bator, el monas­te­rio bud­ista de Erdene Zuu). Esta ausen­cia de pueb­los, inclu­so aldeas, responde al hecho inusu­al de que en Mon­go­lia ha per­vivi­do el nomadis­mo. Como los cara­coles, los mon­goles de las áreas rurales se van movien­do de un lugar a otro con la casa a cues­tas.

Familia Mongolia

Casual­mente, estos días estoy aca­ban­do un libro de antropología bas­tante intere­sante, “Sapi­ens. De ani­males a dios­es. Breve his­to­ria de la Humanidad” de Yuval Noah Harari, donde se rela­ta como los descen­di­entes de los simios (es decir, nosotros) hemos lle­ga­do has­ta nue­stros días después de miles de años de andan­zas por este plan­e­ta. Al prin­ci­pio, el ser humano se car­ac­ter­i­z­a­ba por su nomadis­mo; se iban mudan­do, en pequeños gru­pos, bus­can­do bue­nas condi­ciones climáti­cas, mejores pas­tos y ani­males a los que dar caza. Con la lle­ga­da de la agri­cul­tura, el hom­bre se vio oblig­a­do a atarse a un peda­zo de tier­ra. Creía que ante sí le esper­a­ba una vida mejor pero son aún muchos los antropól­o­gos y sociól­o­gos que defien­den que con el paso de los sig­los, la vida en ciu­dades haci­nadas donde era fácil la pro­gra­mación de pan­demias, la natal­i­dad desmesura­da por la necesi­dad de mano de obra agraria (y la con­se­cuente lucha por un men­dru­go de pan) y la indus­tri­al­ización sin con­trol no ha logra­do que viva­mos mucho mejor que nue­stros antepasa­dos. Aunque cueste creer­lo, tra­ba­ja­ban menos horas que nosotros (gasta­ban diari­a­mente cua­tro o cin­co horas en cazar y recolec­tar), tenían mejor for­ma físi­ca y vivían con bas­tante menos pre­ocu­pa­ciones.

El caso es que los mon­goles son de los esca­sos habi­tantes del plan­e­ta (no los úni­cos pero sí los más numerosos) que aún siguen huyen­do, nun­ca mejor dicho, del seden­taris­mo. Viv­en en yur­tas (en Mon­go­lia se conoce como ger a este tipo de vivien­da), cus­to­di­adas por per­ros que avisan de la lle­ga­da de ani­males sal­va­jes o humanos no cono­ci­dos: por ello el salu­do con el que ha de avis­ar su pres­en­cia el vis­i­tante es nokhoi khor (“¡suje­ta al per­ro!”). Los mon­goles son extremada­mente hos­pi­ta­lar­ios (raro es el que nie­ga alo­jamien­to al forastero)y ofre­cen lo poco que tienen: un techo bajo el que refu­gia­rse en unas tier­ras donde las tem­per­at­uras alcan­zan los cuarenta o cin­cuen­ta gra­dos bajo cero.

Mover el ger, de unos 250 kilos de peso, de un lugar a otro es pan comi­do para estos nómadas. En poco más de dos horas, son capaces de mon­tar estas tien­das con armazón de madera que se recubren de algo­dón, fiel­tro y en algu­nas oca­siones de alfom­bras. Sue­len mudarse unas cua­tro veces al año, coin­ci­di­en­do con el cam­bio de estación. Las famil­ias más afor­tu­nadas cuen­tan con una pequeña fur­gonetil­la donde trasladar los trastos. Pero la gran may­oría no puede costearse vehícu­lo ninguno ni pagar la gasoli­na, por lo que han de con­for­marse con car­ros de lo más rudi­men­ta­r­ios. Y a veces ni eso.

Mongolia Yurta

La vida en el ger es dura. Los más “lujosos” cuen­tan con un pequeño gen­er­ador que per­mite fun­cionar una radio y en los casos más excep­cionales, un tele­vi­sor e inclu­so pan­e­les solares. Pero la may­oría de las famil­ias no pueden per­mi­tirse ni siquiera esos pequeños elec­trodomés­ti­cos y los momen­tos de ocio se lim­i­tan a las reuniones con los esca­sos veci­nos, con quien se com­parte vod­ka y cuen­cos de leche agria de yegua alrede­dor de una est­u­fa que sirve además de coci­na y en la que se avi­va el fuego con las bostas de las vacas. En invier­no, los nómadas se acues­tan tem­pra­no pues madru­gan mucho: sue­len lev­an­tarse antes del amanecer para ocu­parse del gana­do. Es difí­cil así mis­mo man­ten­er la higiene en invier­no: es imposi­ble bañarse en los ríos con­ge­la­dos, por lo que hay que lavarse por partes con la ayu­da de un bar­reño y una espon­ja.

La ali­mentación es bas­tante escue­ta. Carne de cabra hervi­da acom­paña­da de una hari­na de maíz o tri­go que se come con las manos y algún cuen­co de sopa. Para desayu­nar, poco más que té, panecil­los con nata y leche hervi­da, si hay suerte yogur y un que­so tan duro que se rompen los dientes al inten­tar mas­ti­car­lo. La fru­ta, la ver­du­ra y el pesca­do son man­jares inal­can­z­ables para famil­ias que sobre­viv­en con ape­nas 50 euros men­su­ales. La agri­cul­tura es casi inex­is­tente ya que, debido a lo extremo del cli­ma y la topografía tan excep­cional, sólo un 1% del ter­ri­to­rio es apto para el cul­ti­vo. El mon­gol vive casi exclu­si­va­mente de la ganadería: es el prin­ci­pal expor­ta­dor de lana del mun­do, con un 42% del vol­u­men total. Esto después no se tra­duce en un repar­to equi­tati­vo de las ganan­cias, ya que un 35% de la población vive por deba­jo del umbral de la pobreza. La dis­pari­dad entre ricos y pobres es desco­mu­nal.

El méri­to de la super­viven­cia del nomadis­mo se enfrenta a prob­le­mas cada vez más insalv­ables. Uno de ellos es la edu­cación de los menores. El gob­ier­no ha pare­ci­do encon­trar una solu­ción defin­i­ti­va con las escue­las móviles, que van per­sigu­ien­do a los gru­pos de famil­ias en sus difer­entes itin­er­ar­ios. Sin embar­go, la apari­ción de la tele­visión y los telé­fonos móviles con conex­ión a inter­net (los ado­les­centes se engan­chan de vez en cuan­do al wifi de algún pueblo por el que pasan) ha provo­ca­do que las nuevas gen­era­ciones de nómadas comien­cen a envidiar la vida urbani­ta de las ciu­dades. Al mis­mo tiem­po, el telé­fono ha facil­i­ta­do la vida de los nómadas, que actual­mente ya no tienen que recor­rer dece­nas de kilómet­ros cada vez que quieren cer­rar una ven­ta de gana­do y pueden con­sul­tar las pre­vi­siones mete­o­rológ­i­cas para los sigu­ientes días (impor­tan­tísi­mo en un país donde se depende de los dzud, los fenó­menos nat­u­rales extremos). Esto, además, les per­mite comu­ni­carse con sus seres queri­dos. Los nómadas quieren moti­var a sus hijos, ani­mar­les a con­tin­uar la vida en las yur­tas, inten­tan­do pon­er la tec­nología a su favor. Ya sólo la local­ización por GPS es un avance extra­or­di­nario.

El Fes­ti­val Naadam (en mon­gol “los jue­gos”) es la cel­e­bración más impor­tante de Mon­go­lia. Una fes­tivi­dad con cua­tro­cien­tos años de vida que se lle­va a cabo cada ver­a­no, gen­eral­mente en Julio, por dis­tin­tas partes del país, aunque la may­or parte de las prue­bas se hacen en el Esta­dio Nacional de la cap­i­tal. Los mon­goles se preparan durante un año entero tan­to para par­tic­i­par como para ejercer de espec­ta­dores en esta fes­tivi­dad que com­bi­na arte y deporte a partes iguales. Durante los días que dura la cel­e­bración, los canales de tele­visión mon­goles ape­nas emiten otros even­tos. Los ganadores, a los que se con­cede el títu­lo de León Nacional, pasan a con­ver­tirse en los per­son­ajes más pop­u­lares del país. Es tal la impor­tan­cia del Naadam no sólo para Mon­go­lia sino a niv­el mundi­al que des­de el año 2010 es con­sid­er­a­do Pat­ri­mo­nio Inma­te­r­i­al de la UNESCO.

El bökh o lucha mon­go­la es el deporte más acla­ma­do del fes­ti­val: en Mon­go­lia es tan pop­u­lar como el fút­bol en Europa y se cree que ya se prac­ti­ca­ba hace casi 3.000 años. Hom­bres gigan­tescos (y otros no tan­to) atavi­a­dos con cal­zones, chale­cos y botas de piel luchan cuer­po a cuer­po inten­tan­do que el rival toque el sue­lo con la parte supe­ri­or del cuer­po, el codo o la rodil­la. Curiosa­mente, no hay clasi­fi­ca­ciones por peso, ya que un rival más del­ga­do puede der­rib­ar a su opo­nente gra­cias a la maña y una bue­na zan­cadil­la. Muchos de los mejores deportis­tas de lucha mon­go­la aca­ban mudán­dose a Japón para con­ver­tirse en estrel­las del sumo. Algunos de ellos has­ta lle­gan a alcan­zar el esta­tus de yokozu­na, el gra­do máx­i­mo de niv­el en la com­peti­ción nipona. Aún así, algunos han acaba­do regre­san­do a Mon­go­lia, inca­paces de adap­tarse al exi­gente modo de vida japonés.

Lucha mongola

Los mon­goles están con­sid­er­a­dos los mejores jinetes del mun­do. De hecho, muchos de ellos comien­zan a mon­tar a cabal­lo cuan­do sólo tienen cin­co o seis años de edad. Es el sueño de muchos críos nómadas: con­ver­tirse en una estrel­la de las car­reras de cabal­los, el otro gran deporte nacional.  Como los cabal­los mon­goles son rel­a­ti­va­mente pequeños y las car­reras bas­tante largas (unos 25 kilómet­ros de media), cuan­to menos pese el jinete, mejor. Por dicho moti­vo, los niños tienen las may­ores posi­bil­i­dades de con­seguir el puesto. El prob­le­ma es que están tan obse­sion­a­dos con el tema (y sus padres igual) que muchos de ellos aban­do­nan el cole­gio, soñan­do con la fama y el dinero.

Jinetes Mongolia

Gengis Kan (o Ching­gis Khan, como le cono­cen los mon­goles) está con­sid­er­a­do el héroe nacional: de hecho, fue elegi­do como uno de los 25 diri­gentes políti­cos más impor­tantes de la his­to­ria de la Humanidad. No obstante, su impe­rio fue en su día el may­or del mun­do, abar­can­do des­de Europa Ori­en­tal, a la altura de Turquía, has­ta el Océano Pací­fi­co. Fue el fun­dador del primer impe­rio mon­gol y logró unificar a las tribus nómadas mon­go­las. Al pare­cer, además de con­quis­tar tier­ras, se dedicó a espar­cir su semi­l­la por el mun­do y según difer­entes estu­dios, 16 mil­lones de asiáti­cos descien­den direc­ta­mente del gran guer­rero. La gran espina del pueblo mon­gol es descono­cer dónde se encuen­tra exac­ta­mente su tum­ba, pese a que lleven más de ochocien­tos años inten­tan­do dar con ella.

Gengis Kan
Estat­ua en hom­e­na­je a Gengis Kan

Otra de las tradi­ciones inamovi­bles de Mon­go­lia, trasmi­ti­da de padres a hijos, es la de la cetr­ería. El doc­u­men­tal “La cazado­ra del águila” de Otto Bell alcanzó pop­u­lar­i­dad mundi­al hace cin­co años e inclu­so estu­vo nom­i­na­do a los Oscar. Relata­ba la vida de la ado­les­cente Aishol­pan Nur­gaiv, a quien errónea­mente se le atribuyó el títu­lo de “la primera mujer cetr­era de Mon­go­lia” (no, ante­ri­or­mente hubo otras cuan­tas, hace 2000 años ya era habit­u­al ver a mujeres mane­ján­dose con estas aves majes­tu­osas).

Aho­ra el debate está servi­do: ¿ha con­segui­do el doc­u­men­tal atraer a un tur­is­mo que está “male­an­do” a los nómadas, que comien­zan a cobrar por exhibi­ciones con las águilas y cada vez sacan más ben­efi­cio económi­co del Fes­ti­val del Águila Dora­da? ¿Has­ta qué pun­to la cetr­ería es respetu­osa con los ani­males? Los cetreros se defien­den dicien­do que sólo con­viv­en con las águilas durante tres o cua­tro años, son tratadas como un miem­bro más de la famil­ia y pos­te­ri­or­mente regre­san a su vida libre en la nat­u­raleza. 

Los tsaatan, los cri­adores de renos, son una de las tribus más pecu­liares de Mon­go­lia. Orig­i­nar­ios del Árti­co, con­stan ya de sólo 280 miem­bros y se ded­i­can a la cría de cer­ca de un mil­lar de renos. Al con­trario que otras famil­ias nómadas, ellos no viv­en en los típi­cos gers sino en tip­is pare­ci­dos a los de las tribus indias de Esta­dos Unidos. Viv­en en una lucha per­ma­nente con­tra el gob­ier­no mon­gol, que les acusa de ser unos defor­esta­dores natos: no plan­tan nada y van talan­do árboles allá por donde pasan.

Tsaatan Mongolia

 

 

¿Sabías que…?

 

Hay otra Mon­go­lia, la Mon­go­lia Inte­ri­or, que se anex­ionó Chi­na y donde los mon­goles sólo con­sti­tuyen un 17% de la población total.

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Es un país sin sal­i­da al mar, enca­jon­a­do entre dos súper poten­cias, Chi­na y Rusia, con las que mantiene una relación de amor-odio por la depen­den­cia que tiene de ambas y su impo­ten­cia para desli­garse de ellas a niv­el económi­co.

Den­tro de su ter­ri­to­rio se encuen­tra el Gobi, el may­or desier­to de Asia y el quin­to del mun­do. Fue aquí donde el inves­ti­gador Roy Chap­man llevó a cabo un impor­tante des­cubrim­ien­to de hue­sos de dinosaurio: su his­to­ria inspiró la creación del per­son­aje de Indi­ana Jones.

El primer hotel del país no se inau­guró has­ta el año 1961 y fue el primer edi­fi­cio públi­co en ten­er agua cor­ri­ente (caliente y fría).

A Mon­go­lia se la conoce como “la nación del cielo azul”. Se enorgul­le­cen de ten­er 300 días al año con un cielo abso­lu­ta­mente despe­ja­do.

Una ter­cera parte de los leop­ar­dos de las nieves viv­en en Mon­go­lia. Una de sus par­tic­u­lar­i­dades es que no rugen ni ron­ronean.

Se cree que los mon­goles inven­taron hace miles de años rudi­men­ta­r­ios hela­dos a base de intesti­nos de cabal­lo con­ge­la­dos. Des­de allí la cos­tum­bre pasó a Chi­na y Mar­co Polo se la tra­jo después a Italia.

En Mon­go­lia por cada humano hay 13 cabal­los y 35 ove­jas.

Mon­go­lia no fue recono­ci­do como país por muchas naciones has­ta el año 1987. Algunos como Tai­wán no lo hicieron has­ta el 2002.

Uno de los pro­duc­tos más impor­tantes de Mon­go­lia es la lana de cachemir (después de Chi­na, es el segun­do expor­ta­dor del mun­do). 

Después del Naadam, el even­to más impor­tante del año es el Fes­ti­val del Nue­vo Año Lunar, el Tsagaan Sar. Se cel­e­bra entre enero y mar­zo e incluye cos­tum­bres tan curiosas como limpiar el ger de arri­ba a aba­jo para recibir limpios el año nue­vo.

 

 


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1 Comment

  1. joshua67

    at

    Muy buen artic­u­lo. Se ve que es una cul­tura muy intere­sante.
    Gra­cias por com­par­tir.

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