En anteriores ocasiones, especialmente en artículos dedicados a la literatura de viajes, ya os he hablado de la devoción que siento por Xavier Moret, para mí una de las más brillantes plumas del género en nuestro país. De hecho, hace tiempo incluí una reseña de una de sus novelas más interesantes, «La isla secreta: un recorrido por Islandia» , y sabía que con el tiempo volvería a recuperar alguna de sus obras para este blog. La excusa me la brindó Ana, una de mis peluqueras. De nacionalidad armenia, me repitió en varias ocasiones que alguna vez debería dedicar algún artículo a su país, tan ignorado en la mayor parte de los blogs viajeros. Y entonces recordé que hacía un tiempo había disfrutado muchísimo con un libro de Moret, «La memoria del Ararat: viaje en busca de las raíces de Armenia», y que tal vez esta era la ocasión idónea para releerlo y descubrírselo a mis lectores. Ya sabéis el dicho: nunca es tarde si la dicha es buena.

Libro La Memoria Del Ararat

Desgraciadamente, el principal motivo por el que Armenia es conocida en el resto del mundo es por el brutal genocidio que sufrieron a manos de los turcos en 1915 y que dejó tras de sí un millón y medio de asesinados. Sin embargo, lejos de despertar la solidaridad y la indignación de otras naciones ante semejante barbarie (como ocurrió, sin ir más lejos, con las matanzas de judíos en la Segunda Guerra Mundial), un siglo después apenas una veintena de países han reconocido oficialmente que el genocidio armenio ocurrió y fue real. Entre dichos países, no está España, pese a que sí lo reconocieron los parlamentos autonómicos de Navarra, Baleares, País Vasco y Cataluña. Turquía sigue siendo un enemigo poderoso al que pocos quieren enfrentarse diplomáticamente y más cuando a día de hoy los otomanos siguen sin reconocer todo el mal que causaron.

Es una lástima tener que iniciar el acercamiento a un país hablando de un hecho tan macabro pero el genocidio ha marcado tanto el rumbo de Armenia a todos los niveles que sólo una cuarta parte de los armenios (un total de 12 millones) viven en su propio país, mientras el resto lo hacen diseminados por otros países, siendo Estados Unidos, Canadá, Rusia y Argentina donde puede encontrarse un mayor número de expatriados.

Esta inmensa comunidad armenia que, pese a residir tan lejos de casa, ha intentando mantener intactas sus tradiciones y costumbres (incluso llevando a cabo muchas veces una endogamia que les disuade de buscar pareja no-armenia) se conoce como diáspora: probablemente la palabra que se repite con más asiduidad en la novela de Xavier Moret. El escritor catalán no podrá (ni querrá) desentenderse de lo que supuso el genocidio ya que es la única manera de comprender la identidad del país: hablando con supervivientes (sólo encuentra uno con vida ¡con 108 años!), familiares de asesinados que han querido relatar al mundo lo que sufrieron sus padres y abuelos o hijos de emigrantes que pisan por primera vez Armenia, deseando ver con sus propios ojos, ya por fin, el símbolo más importante del país a nivel emocional: el monte Ararat.

Monte Ararat
Monte Ararat

Aunque el Ararat en realidad no es un volcán sino dos (el Ararat mayor y el menor), para los armenios es todo uno y lo llevan en el corazón: no obstante, aparece en el escudo del país. El dolor insoportable para cualquier armenio es asumir, sin embargo, que a día de hoy el Ararat se encuentra en territorio turco, a 32 kilómetros de la frontera, aunque sus cumbres nevadas pueden divisarse desde muchos puntos del país. Cuando un representante turco protestó en las Naciones Unidas porque el Ararat aparecía en el escudo de Armenia pese a encontrarse en Turquía, el representante armenio replicó que «Turquía tiene la medio luna en la bandera y tampoco está en su territorio».

En la capital, Ereván, la máxima aspiración al comprar una vivienda es que esta disponga de excelentes vistas al monte donde la leyenda cuenta que quedó varado el Arca de Noé, aunque nadie haya podido probarlo científicamente hablando. Pero hablamos del primer país del mundo en aceptar en el siglo IV como religión oficial el cristianismo, por lo que puede entenderse el fervor con el que muchos armenios viven las leyendas que circulan alrededor del Ararat, hasta el punto de haberlo convertido en el mayor emblema nacional. El Ararat da nombre también a otro de los grandes orgullos del país, el coñac, de una calidad tan alta que hasta los propios franceses permitieron que dejara de llamarse brandy.

Ereván Armenia
La capital de Armenia, Ereván

Los armenios, pese a tener un país pequeño,cuentan con una identidad propia y muy arraigada, hasta el punto de tener su propio alfabeto y haber logrado que se salvaran muchas grandes obras al ser los únicos en traducirlas. No es fácil conservar esa idiosincrasia cuando hasta 1991 Armenia era una provincia más de la Unión Soviética y su independencia como nación queda tan cercana. En la propia capital, Ereván, aún se mantienen en pie cientos de edificios «soviéticos», muchos de ellos conservados pésimamente, que recuerdan el pasado comunista del país. Aunque los armenios en general no guardan buenos recuerdos de dicha época por ser continuas las deportaciones a los gulags de Siberia. Aún así, también son muchos los nostálgicos que creen que entonces había más oportunidades de conseguir un empleo y la corrupción política no estaba tan extendida.

De la mano de David Muradyan, a quien Moret conoció en el Literature Express, un tren que recorrió Europa con algunos de los mejores escritores-viajeros de la actualidad, conocerán un poco más a fondo la capital armenia y la gastronomía del país, en la que destacan los albaricoques (que sí, desde aquí se exportaron al resto del mundo). Armenia, al encontrarse a medio camino de Asia y Europa, ha sabido fundir a nivel culinario lo mejor de ambos continentes, combinando los quesos o el cordero con el hummus, el yogur y el taboulé.

Como he comentado antes, la religión tiene muchísimo peso en la sociedad armenia, por lo que algunos de los destinos visitados por Moret (acompañado por un amigo fotógrafo, Alfons Rodríguez y un guía armenio, Edgar, que vivió siete años en Barcelona) serán los monasterios más importantes del país. Entre ellos Echmiadzin, considerado el Vaticano armenio, Geghard (el Monasterio de la Lanza), Tatev o Khor Virap.

Armenia Tatev

Habrá tiempo también para llegar a un lugar realmente peculiar: el «no-país» de Nagorno Karabaj. Este territorio de 10.000 kilómetros cuadrados vivió en 1994 una feroz guerra civil que provocó 30.000 muertos. Azerbaiyán quería anexionarse la zona y Armenia apoyó la independencia (pese a que esta no haya sido reconocida oficialmente). Aún así, para entrar a Nagorno Karabaj has de llevar encima tu pasaporte y el territorio cuenta con su propia capital, Stepanakert. Una ciudad desangelada en la que apenas se ve gente por la calle, se intenta reconstruir con prisas lo que la guerra destrozó y el ajedrez es el pasatiempo favorito de sus habitantes. Para más inri, cuenta con un aeropuerto completamente nuevo en el que no operan las aerolíneas debido a que Azerbaiyán amenazó con disparar sobre cualquier avión que osara volar allí.

No menos curiosa es Dilijan, considerada la «Suiza armenia». Y es que en este pequeño pueblo el millonario James Tufenkian (que hizo fortuna en Estados Unidos) hizo construir una calle entera de casas armenias tradicionales, con balcones de madera y su suelo empedrado por el que no se permite la circulación de coches. Alrededor se encuentra la Armenia real, la de casas de ladrillo y tejados de uralita. Pero los inmigrantes de la diáspora disfrutan gastando su dinero reconstruyendo pueblos a base de los recuerdos que guardan de su infancia.

El genocidio ocupa buena parte de la agenda, no sólo por la visita al museo en la cima de la colina de Tsitsernakaberd sino porque al final del viaje también vivirán junto a la población armenia la conmemoración del aniversario de la barbarie el 24 de Abril, cuando las calles se inundan de ciudadanos que, ramo de flores en mano, se niegan a olvidar a sus muertos. No hay discursos, sólo una música melancólica que evidencia la tristeza de la ceremonia y una marea humana que avanza cabizbaja aferrada a sus pancartas reivindicativas.

Pero tampoco podemos olvidar el terremoto que en 1988 acabó con la vida de 50.000 personas en las ciudades de Spitak y Gyumri. A su paso por Spitak, Moret comprueba que 25 años después, aún son muchas las familias que viven en casas provisionales. Hasta la propia iglesia que se levantó frente al cementerio de modo temporal sigue en pie, recordando todo lo que queda por hacer. Sorprende ver también que en Spitak sólo viven mujeres, ancianos y niños: la mayoría de los hombres, cabezas de familia, se fueron a trabajar a otros países. Es el gran drama armenio, la inmigración que está dejando el país despoblado. Los armenios de la diáspora son los que triunfan viviendo lejos de casa, como la banda System of a Down, formada por descendientes armenios y fuertemente comprometida con la reivindicación del genocidio. Ellos y otros tantos expatriados intentan devolver a Armenia, aunque sea desde la distancia a miles de kilómetros, esa dignidad que jamás le debió ser arrebatada.

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