Viaje a Estambul y Capadocia

 

Turquía era un via­je que tenía pen­di­ente des­de hacía muchos años y, por un moti­vo u otro, siem­pre lo había acaba­do posponien­do. Decidi­mos ir mejor en invier­no ya que, pese a que hay tur­is­tas durante todo el año (es uno de los país­es más turís­ti­cos que he cono­ci­do jamás), lo cier­to es que en estas fechas la aflu­en­cia es mucho menor y además nos ahor­rábamos los calores sofo­cantes de Capado­cia en pleno mes de Agos­to. Tam­bién es cier­to que Turquía en invier­no puede sufrir tem­per­at­uras real­mente bajas pero tuvi­mos bas­tante suerte con el tiem­po y pese a que nos hizo frío (que nos hizo, en Goreme uno de los días estu­vi­mos a ‑2º), íbamos bien prepara­dos con ropa tér­mi­ca y no nos impidió hac­er ninguno de los planes que teníamos pen­sa­dos. Por for­tu­na, sólo nos cayeron cua­tro gotas algún día y una mañana que nevó un par de horas.Sin embargo,al rati­to ya volvía a lucir el sol. Así que sí, de nue­vo me ale­gro de haber sido fiel a mi filosofía de via­jar en invier­no y lo recomien­do a todo aquel que algu­na vez pre­ten­da escaparse a aque­l­las tier­ras.

Como comen­to, en estas fechas la deman­da turís­ti­ca no es tan acu­sa­da y ello, obvi­a­mente, influye tam­bién en los pre­cios de los bil­letes, lo que nos vino de per­las. Encon­tramos una ofer­ta con Swis­sair por 183 euros i/v, hacien­do escala en Zurich, y además con muy buenos horar­ios (llegábamos a Estam­bul un sába­do por la tarde y el regre­so era a mediodía). Cuan­do lle­gas al aerop­uer­to de Ataturk, antes de enfrentarte a las engor­rosas colas para adu­a­nas, no olvides pasar por las ven­tanil­las donde te trami­tan el visa­do para que te pon­gan la pegati­na en el pas­aporte. Siem­pre sale mucho más bara­to hac­er­lo allí direc­ta­mente y los 15 euros no han de pagarse en liras tur­cas. Por cier­to, la lira tur­ca se encuen­tra actual­mente a un cam­bio aprox­i­ma­do de 1 euro = 2,30 TL.

Para ir a Sul­tanah­met des­de el aeropuerto,y ya que íbamos cua­tro, opta­mos por coger un taxi, que nos salía bas­tante bara­to (40 liras turcas,unos 20 euros). El tema de los taxis­tas es algo a ten­er en cuen­ta al via­jar a Turquía, ya que con­stan­te­mente tienes que estar pre­sionán­doles para que pon­gan el taxímetro o direc­ta­mente dejar ajus­ta­do el pre­cio antes de mon­tarte. Para que os hagáis una idea, un trayec­to des­de la parte nue­va (plaza Tak­sim) al cas­co viejo (Sul­tanah­met) suele salir entre 12 y 20 liras (entre seis y diez euros, se incre­men­ta un poco por la noche). Nosotros la ver­dad que fuimos prac­ti­ca­mente a todos los sitios andan­do, no cogi­mos metro ni tran­vías pero sí var­ios taxis porque yen­do en grupo te merece la pena, los trayec­tos por ciu­dad son bas­tante baratos com­para­dos con Madrid.

Vamos con el primer hotel que reser­va­mos, el Otto­ma­nia. Estu­vi­mos com­para­n­do opin­iones de unos foros y otros ya que pese a que Estam­bul está pla­ga­do de hote­les y pen­siones, algo exager­a­do, luego la cal­i­dad-pre­cio no va tan acorde como en otros país­es. Nosotros acer­ta­mos con dos de tres, lo que en la prác­ti­ca no es tan mal prome­dio. El que menos nos gustó fue pre­cisa­mente éste, el primero, y aun así, tam­poco es que sal­iéramos echan­do pestes. A favor,que está en una zona pre­ciosa de Sul­tanah­met, con calle­jones a rebosar de casitas tur­cas de hace un siglo (¡pre­cioso!), que la gente de recep­ción eran encan­ta­dores, bas­tante limpio y enci­ma a una de las dos pare­jas (nos tocó a mi chico y a mí) nos dieron por pre­cio de habitación nor­mal (45 euros con desayuno) la suite de la plan­ta baja, que era enorme y esta­ba dec­o­ra­da en plan tur­co antiguo, real­mente boni­ta. Las desventajas,que a nues­tra super suite el wifi no lle­ga­ba, que los bal­cones daban a unas vías de tren (yo ni lo nota­ba porque duer­mo como una mar­mo­ta pero el que sufra de sueño ligero, puede ser bas­tante molesto), que el desayuno era en la azotea y habían puesto un pro­tec­tor de plás­ti­co pero entra­ba una ras­ca que no veas, y que vete tú a saber por qué el primer día no nos hicieron la habitación.

Típi­ca casa tur­ca de Sul­tanah­met, como la que acogía nue­stro hotel

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La primera tarde coin­cidía que toca­ban unos ami­gos nue­stros en un club de la zona de Tak­sim, por lo que nue­stro primer con­tac­to con la ciu­dad iba a ser pre­cisa­mente en la zona más mod­er­na de Estam­bul, la más euro­pea. Y la verdad,me quedé muy sor­pren­di­da. Des­de la enorme plaza Tak­sim, lugar fijo en las man­i­festa­ciones en Estam­bul, parte la calle más ani­ma­da de la ciu­dad, Istik­lal Cad­de­si, una Gran Vía a lo bes­tia con miles de per­sonas, tan­to de día como de noche, dis­cote­cas con músi­ca a toda pastil­la, restau­rantes, clubs de músi­ca, tien­das de ropa… y todo abier­to has­ta las tan­tas, hay miles de com­er­cios que no cier­ran en las 24 horas. En ningu­na ciu­dad de Europa, ni en Lon­dres en mejores épocas, he encon­tra­do yo un sába­do la ofer­ta lúdi­ca que ofrece Estam­bul. Los tur­cos sí que saben dis­fru­tar de la vida.

En los sigu­ientes días, por un moti­vo u otro a esta zona volvi­mos un par de veces y sigo pen­san­do que es el mejor sitio donde se nota el con­traste del tur­co mod­er­no con el tur­co rur­al. Uno y otro se fun­den con­tin­u­a­mente. Pon­go el ejem­p­lo de que al día sigu­iente, domin­go, nos estábamos toman­do una cerveza mien­tras toca­ba un grupo de ver­siones: sólo canta­ban en inglés el estri­bil­lo, lo demás lo adapt­a­ban al tur­co. Turquía es un país que aho­ra mis­mo, como Estam­bul, tiene un pie entre los ade­lan­tos tec­nológi­cos y las modas de occi­dente y el otro en las ataduras morales que acar­rea ser un país laico en la teoría pero ultra­r­reli­gioso en la prác­ti­ca (un 98% de la población se declara islámi­ca). Es habit­u­al ver a mujeres con velo (e inclu­so algu­nas con bur­ka) mez­clán­dose con chi­cas con tacones y mini­fal­das casi inex­is­tentes.

Por otro lado, en las mezquitas la aflu­en­cia no es de gente may­or uni­ca­mente. Va muchísi­ma gente joven con ropa occi­den­tal que creo ven sus rezos como una parte más del día y pun­to, porque luego ves que esa mis­ma gente bebe cerveza en los bares y se olvi­da de la absti­nen­cia. Así que sí, resul­ta bas­tante curioso ese due­lo con­stante entre mod­ernidad y con­ser­vaduris­mo pero los tur­cos pare­cen lle­var­lo bas­tante bien.Por cier­to, si alguien con lo de que son islámi­cos, que aún hay mucho prejuicioso,cree de ante­mano que la ciu­dad es inse­gu­ra, se equivoca.Pese a los aten­ta­dos ocur­ri­dos hace unos años, el gob­ier­no tur­co se cuidó muy mucho de garan­ti­zar que el tur­is­mo no se viera afec­ta­do y la seguri­dad es abso­lu­ta, mucho más que en Madrid o Barcelona.

Aparte, por nat­u­raleza el tur­co es dicharachero,se dis­para su chis­pa mediter­ránea con el extran­jero y casi todo el mun­do cha­purrea castel­lano. Lo cier­to es que a nosotros en gen­er­al nos han pare­ci­do gente muy amable, muy hos­pi­ta­lar­ia, muy como los mar­ro­quíes, pese a que como estos, sufran la picaresca de algunos timadores de tur­is­tas. Pero el 95% de la expe­ri­en­cia super pos­i­ti­va, gente encan­ta­do­ra. Cito la anéc­do­ta de que cuan­do volvi­mos de Goreme, mi novio cogió el secador de la habitación pen­san­do que era nue­stro. Cuan­do lleg­amos a Estam­bul y nos per­cata­mos de la con­fusión, nos ago­b­i­amos más porque se crey­er­an que éramos unos ladrones que por lo que nos car­garan en la tar­je­ta, así que nos acer­camos cor­rien­do a una empre­sa de men­sajería, lo envi­amos de vuelta y les escribi­mos pidi­en­do dis­cul­pas. Pues el chico del hotel, que se había por­ta­do mar­avil­losa­mente con nosotros, nos con­testó dicien­do que nos lo hubiera regal­a­do, que un fal­lo lo tiene cualquiera. Pues así es casi todo el mun­do, qué gus­to.

Como el domin­go era el úni­co día que nue­stros ami­gos pasarían en Estam­bul, decidi­mos ver con ellos lo que más les interesa­ba y dejar nosotros cua­tro el resto de cosas para los días que nos quedábamos nosotros. Quedamos con ellos en uno de los sitios más impre­sio­n­antes de todo Sul­tanah­met: el Obelis­co de Theo­do­sius, una mar­avil­la que se con­struyó en el antiguo Egip­to en el año 1500 antes de Cristo. El emper­ador bizan­ti­no Theo­do­sius se lo tra­jo de Heliopo­lis en el siglo IV y des­de entonces per­manece aquí, impo­nente pre­si­di­en­do el antiguo Hipó­dro­mo, el que era el cen­tro neu­rológi­co de Bizan­cio hace un mile­nio y donde comen­z­a­ban todas las revueltas. Cer­ca del Obelis­co tam­bién se encuen­tra una curiosa colum­na espi­ral que ante­ri­or­mente era más alta y tenía ser­pi­entes de piedra pero a la que los arqueól­o­gos aún no han logra­do dar un ori­gen con­cre­to.

A muy pocos met­ros se encuen­tra el que en mi opinión es el gran tesoro de Estam­bul: pocos mon­u­men­tos en el mun­do me han gus­ta­do tan­tísi­mo como la Mezqui­ta Azul. Cier­to es que Aya Sofia es mucho más impre­sio­n­ante por den­tro pero por fuera creo que la Mezqui­ta Azul no tiene rival en todo Estam­bul y mira que la ciu­dad está has­ta arri­ba de mezquitas esplén­di­das. La Mezqui­ta Azul, en real­i­dad lla­ma­da Mezqui­ta de Sul­tan Ahmet, fue man­da­da con­stru­ir por el sultán para rivalizar pre­cisa­mente con Aya Sofia y fue muy crit­i­ca­da por parte de la población,ya que el sultán no uti­lizó botines de guer­ra como sus pre­de­ce­sores sino que tiró de las arcas del Esta­do. Ante­ri­or­mente se ubi­ca­ba aquí el Gran Pala­cio de Con­stan­tino­pla.

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Una de las curiosi­dades de la Mezqui­ta Azul es que jun­to a la de Adana, es la úni­ca de la ciu­dad que tiene seis minaretes. Hablan­do de minaretes, yo he esta­do en var­ios país­es islámi­cos y ando acos­tum­bra­da pero si no es tu caso, vete asum­ien­do que las lla­madas al rezo des­de las mezquitas son cin­co veces al día y algu­nas a horas intem­pes­ti­vas, tipo las cin­co de la mañana. Con la can­ti­dad de mezquitas que hay en Estam­bul, imag­i­na los guiri­gays que se mon­tan cuan­do los muecines se con­tes­tan can­tan­do de una mezqui­ta a otra. Estam­bul es una ciu­dad que no conoce la pal­abra silen­cio y ahí reside su prin­ci­pal encan­to.

La entra­da a la Mezqui­ta Azul es gra­tui­ta pero los no creyentes — es decir, nosotros- entramos por una puer­ta lat­er­al en vez de por la prin­ci­pal. A descalzarse, meter las botas en una bol­sa y admi­rar­la por den­tro. La zona cen­tral está total­mente acor­don­a­da para que la gente real­ice tran­quil­a­mente sus rezos mien­tras los vis­i­tantes entramos.Es una situación curiosa,como cualquier visi­ta a tem­p­lo o igle­sia que se precie:mirar como otros rezan.

Jus­to enfrente ten­emos el mon­u­men­to más vis­i­ta­do de todo Estam­bul, Aya Sofia. Pre­ciosa por fuera y aún más por den­tro. Trein­ta mil­lones de mosaicos que aco­gen sus muros. Cuan­do estás den­tro (pre­vio pago de 12 euros,en está sí que cobran), te das cuen­ta que vaya si merece la pena pagar. De unas mag­ni­tudes impre­sio­n­antes y una ele­gan­cia inigual­able, no hay igle­sia en el mun­do con un inte­ri­or más del­i­ca­do que el de Aya Sofia.

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Aho­ra en invier­no abre has­ta las 17:00 y prepara una hora larga para degus­tar­la sin prisas. Está llena de miles de detalles y el emper­ador Jus­tini­ano no esca­timó en dinero a la hora de dar­la toda la grandeza que pre­tendía. Los pisos supe­ri­ores son igual de mag­ní­fi­cos que los del bajo y quizás aquí podrás dis­fru­tar aún más de los mosaicos, que rep­re­sen­tan esce­nas reli­giosas de todo tipo, con un cul­to exager­a­do al Pan­to­cra­tor. Es una de las vis­i­tas más boni­tas de todo Estam­bul.

Llevábamos gas­ta­da ya toda la mañana pese a haber­nos lev­an­ta­do bas­tante pron­to pero es lo que tienen estas mar­avil­las de la arqui­tec­tura: que exi­gen mucho tiem­po para ver­las. Así que hici­mos una comi­da ráp­i­da de kebab (allí súper baratos,con refres­co y patatas cues­tan unos 5 euros) y tiramos hacia el Gran Bazar, sin acor­darnos que era domin­go y es jus­to el día que cier­ran. Aprovechamos al menos de camino para entrar al Old Book Bazaar, que es un calle­jón antiquísi­mo con las primeras tien­das que se abrieron aquí pero que actual­mente está de capa caí­da debido al monop­o­lio casi abso­lu­to del Gran Bazar.

Uno de mis ami­gos, que había esta­do en Estam­bul antes, recordó entonces que el que sí pil­laríamos abier­to es el Mer­ca­do de las Espe­cias. A mí me gustó muchísi­mo más que el Gran Bazar porque este sí que es el mer­ca­do tur­co de toda la vida, con sus puestos en la calle ven­di­en­do que­sos, cas­quería, espe­cias, dece­nas de tés difer­entes, ver­du­ra, fru­ta y pesca­do. Aquí vin­i­mos tam­bién varias veces los sigu­ientes días a apro­vi­sion­arnos de cosas para lle­varnos. ¿Mi recomen­dación? Si eres muy cafetero, llé­vate café tur­co, bas­tante fuerte, te lo empa­que­tan al peso (el paque­te de 250 g. unos 3 euros); si eres tetero, como es mi caso, el té tur­co, muy den­so, es exce­lente y aquí tam­bién es muy típi­co el de man­zana, de ese tam­bién me tra­je una bue­na bol­sa. Cal­cu­la aprox­i­mada­mente unos 2 euros los 100 gramos de buenísi­mo té a granel pero seguro que si coges bas­tante puedes regatear (y debes), aquí no entien­den otra for­ma de com­er­cio. Ah, y para las chi­cas, las pash­mi­nas. Las hay de mil col­ores y el algo­dón es bas­tante bueno, por unos 10 euros te puedes traer algu­nas bas­tante boni­tas.

Otra cosa que les encan­ta a los tur­cos, y en lo que son espe­cial­is­tas, son los dul­ces. Jamás he vis­to tan­ta pastel­ería por metro cuadra­do. Bueno,y puestos de la calle donde hacen una especie de por­ras a las que le echan un adere­zo de pis­ta­cho en pol­vo. Nosotros comi­mos unos buñue­los calle­jeros y buenísi­mos pero allí todo se prepara der­rochan­do aceite, ojo. Así que ya sabes, si lo tuyo es el azú­car, aquí vas a encon­trar mil­lones de postres. Algunos muy, muy empalagosos, eso sí. Si al europeo le gus­ta el dulce ¡el árabe lo ten­dría como dieta prin­ci­pal de su vida!!

El Bazar de las Espe­cias, tam­bién cono­ci­do como el Bazar Egip­cio o Uzun­car­si Cad­de­si en tur­co, no sólo vende comi­da, tam­bién tienen una parte bas­tante grande des­ti­na­da a los pro­duc­tos para ani­males y se venden muchas mascotas.Fue una de las cosas que me encan­tó de Estam­bul: lo que quieren y cuidan a los gatos calle­jeros. En casa somos muy gateros (ten­emos dos) y me admira­ba ver como la ciu­dad está pla­ga­da de gatos bien ali­men­ta­dos, car­iñosísi­mos y muy socia­bles ya que a nadie se les ocurre hac­er­les daño. Sobre todo en la zona de Sul­tanah­met, vi a muchísi­mos veci­nos bajar las sobras de la comi­da a la calle para las man­adas de gatos que deam­bu­lan por todos sitios. Y cuan­do digo todos los sitios, es lit­er­al; se meten en las tien­das y mezquitas como Pedro por su casa y a todos les parece nor­mal (así debería ser en España). Gra­cias a ellos en la ciu­dad, que tiene zonas bas­tante sucias sobre todo en el cas­co viejo, no verás ni una rata ni una cucaracha. Me pasé todo el via­je acari­cian­do mini­nos.

Dulces Turquia
Dul­ces tur­cos

Una últi­ma recomendación:aprovecha para venir al Mer­ca­do de las Espe­cias tan­to por la mañana, cuan­do está lleno de amas de casa,como por la noche, antes de que cier­ren sobre las siete — ocho de la tarde. Mola ver el bul­li­cio a horas difer­entes.

Después de un buen desayuno en el Otto­ma­nia (a la tur­ca, mucha aceitu­na y mucho que­so) nos dirigi­mos a ver el inmen­so Pala­cio de Top­kapi. De camino paramos un momen­to a con­tratar en una agen­cia un trans­fer para irnos dos días después al aerop­uer­to. Como Pega­sus, la com­pañía de tur­ca de bajo coste con la que con­trata­mos los vue­los inte­ri­ores, vola­ba des­de el aerop­uer­to secun­dario de Sabi­ha Gok­cen, bas­tante más ale­ja­do que el de Ataturk (cal­cu­la entre 45 min­u­tos y una hora de coche), nos com­pens­a­ba con­tratar una fur­gone­ta entre los cua­tro (120 TL,15 euros por cabeza) y nos venían a bus­car a las cin­co de la mañana en pun­to, ya que nue­stro vue­lo salía bas­tante pron­to.

Al Pala­cio Top­kapi se puede ir facil­mente andan­do (cin­co min­u­tos) des­de Aya Sofia. Cal­cu­la una bue­na mañana para verlo,es grandísi­mo. Te recomien­do que antes de venir a Turquía y vis­i­tar pre­cisa­mente el pala­cio, te leas “De parte de la prince­sa muer­ta” de Kenize Mourad, donde se rela­ta muy bien el tipo de vida que existía entre estos muros. Aquí vivía el sultán, con sus cien­tos de mujeres-esclavas que no podían salir del harén, rodea­d­os de todos los lujos. La entra­da al Pala­cio son 12 euros y un suple­men­to de otros 7 si quieres acced­er a la parte del harén. Como te decía antes,calcula varias horas para ver todas las estancias, jar­dines, exhibi­ciones de tra­jes y joyas, armas y tesoros que guard­a­ban aquí los sul­tanes.

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Igual que me gus­ta recomen­dar restau­rantes de donde sal­go con­tenta (bue­na comi­da-buen pre­cio-buen ser­vi­cio), me gus­ta hac­er lo con­trario con los que timan al cliente y en este caso le toca al Swaad Restau­rant, apun­taoslo para no picar. Está en una de las calles pequeñas que salen de Divan Yolu, que es esa inmen­sa calle que nace en los jar­dines que sep­a­ran Aya Sofia y la Mezqui­ta Azul. El úni­co día que decidi­mos no com­er comi­da tur­ca y diji­mos “venga,pues hoy hindú”, nos con­ven­ció el camarero de que pese a los platos eran caros en pro­por­ción con los pre­cios de Estam­bul (12 euros un segun­do) el sitio era en plan pijil­lo (ya,ya) y las raciones “muy grandes”. Cuan­do vemos que nos trae unos mini­platos con tres tro­zos de pol­lo y nosotros “a ver,hemos comi­do en mil restau­rantes indios y una cosa es poco y otra cosa es esto”, una clava­da desco­mu­nal por las cervezas y enci­ma todo mal cocinado…al final tuvi­mos cua­tro pal­abras con el metre, que era un caradu­ra como la copa de un pino. Así que apun­taos el nom­bre, que luego os daré otros de los que sí sal­imos bien con­tentos.

Ese día aprovechamos tam­bién para acer­carnos a ver la Cis­ter­na (Sunken Cis­tern), uno de los lugares más espec­tac­u­lares de todo Estam­bul. La entra­da son 5 euros y aun así me parece baratísi­ma para lo que ofrece. Con­stru­i­da en el siglo VI por los bizan­ti­nos, por el emper­ador Jus­tini­ano, es un vastísi­mo tanque de agua que te dejará sin habla. Con sus luces tenues, las colum­nas clási­cas y las inmen­sas cabezas de Medusa, mien­tras escuchas músi­ca clásica…es una expe­ri­en­cia úni­ca. Mar­avil­loso lograr que te olvides de que jus­to enci­ma hay miles de coches embotel­la­dos en atas­cos, gri­tos, boci­na­zos, rui­do.

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Esa noche dimos otra vuelta por los mer­ca­dos y cen­amos en un restau­rante cerqui­ta del hotel, opta­mos por las deli­ciosas piz­zas tur­cas que están igual de ric­as que las ital­ianas. A la mañana sigu­iente a las cin­co ya estábamos lis­tos con las male­tas y para el aerop­uer­to. El de Sabi­ha, pese a no ser un aerop­uer­to prin­ci­pal, está lleno de restau­rantes que abren toda la noche, no como Bara­jas, y pre­cios muy ase­quibles (té y bol­lo de que­so, cin­co euros). El vue­lo con Pega­sus sólo duró una hora y nos deja­ba en Kay­seri,un aerop­uer­to a sólo una hora escasa de coche en la Capado­cia. Habíamos hecho la pre-reser­va del alquil­er del coche en el aerop­uer­to: 176 euros por tres días com­ple­tos, en gasoli­na nos gas­ta­mos muy poco,unos 40 euros por per­sona, ya que los sitios están muy cer­ca unos de otros. Eso es lo bueno, que pese a que estés movién­dote todo el día en coche, hay tan­tas cosas que ver y todas tan cer­canas que cunde un mon­tón. Respec­to a la conducción,no me pare­ció tam­poco que los tur­cos con­du­jer­an muchísi­mo peor que en España, al menos que en las car­reteras regionales, Estam­bul ya es otro can­tar. Las car­reteras tam­bién me las esper­a­ba peor, bas­tante mejores que las rumanas, aunque en el inte­ri­or de los pueb­los sí que hay muchas zonas de tier­ra y sin asfal­tar. Pero en gen­er­al bas­tante bien y sin prob­le­ma.

Otra cosa: los bil­letes Estam­bul-Kay­seri con Pega­sus baratísimos,40 euros ida y vuelta. Insis­to en que via­jeis a Turquía por libre, es fácil,barato y seguro, no fomen­téis las clavadas de las agen­cias de via­je y enci­ma os orga­nizáis las rutas como os da la gana.

Como en Kay­seri ater­rizamos bas­tante pron­to, fue coger el coche y tirar direc­ta­mente para Goreme, que esta­ba a una hora. Cuan­do lleg­amos no dábamos crédi­to. Todo lo que te cuenten de la Capado­cia se que­da cor­to cuan­do lo ves con tus pro­pios ojos. Es un pueblo total­mente troglodi­ta, con las casas excavadas en la roca. Y aho­ra he de recomen­dar el hotel donde estu­vi­mos, el Fal­con Cave Suites, porque es de los mejores sitios donde he dormi­do jamás. Lo lle­va un mat­ri­mo­nio may­or que no habla nada que no sea tur­co pero son ama­bilísi­mos y su hijo Karid, que es el úni­co que habla inglés, fue con el que tuvi­mos la anéc­do­ta del secador, un chaval majísi­mo que nos trató los tres días de mar­avil­la, no nos sen­tíamos en un hotel,sino en una casa rur­al ¡y tan rur­al!

Las habita­ciones alu­ci­nantes, con pare­des de piedra, un baño que era dos veces mi come­dor con un jacuzzi inmen­so, la sen­sación de dormir en una cue­va de lujo. Se añadía que los desayunos eran caseros, se desayun­a­ba en una gru­ta con est­u­fas y man­te­les de hule con bol­los caserosy que enci­ma esta­ba a un min­u­to andan­do del cen­tro del pueblo. El Fal­con le reser­va­mos con Book­ing, 40 euros la noche con desayuno.

Goreme es muy pequeño,sólo viv­en dos mil per­sonas y en invier­no está semi­desier­to (¡por suerte!), ya ni os cuen­to en cuan­to oscurece a las cin­co de la tarde, ape­nas se ve un alma. El “cen­tro del pueblo” en real­i­dad son cua­tro restau­rantes y tien­das de sou­venirs en la car­retera que lo atraviesa. La Turquía pro­fun­da.

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Recomen­dación abso­lu­ta para com­er en Goreme: el restau­rante Sul­tan. Sal­imos a unos 15 euros por cabeza,postres y cervezas inclu­idas, y comi­da tur­ca deli­ciosa. Os recomien­do que no dejéis de pro­bar el ayran. Es la bebi­da nacional, se toma en las comi­das en lugar del vino ya que los musul­manes “se supone” que no catan el alco­hol, y aparte de muy refres­cante está riquísi­ma, está hecha a base de yogur agrio y agua.

Otra del­i­cat­tessen tur­ca: los mezes,el equiv­a­lente a nue­stros aper­i­tivos. Nosotros solíamos pedir­los antes de la comi­da, se toman con pan de pita y están sabrosísi­mos. Los más pop­u­lares son el humus, el de yogur, el de beren­je­na, el de tomate con espe­cias y no sólo se sir­ven en las comi­das, en el sigu­iente hotel en que estu­vi­mos luego en Estam­bul podías desayu­nar hojas de par­ra rel­lenas. Os recomien­do tam­bién que probéis en los puestos las cas­tañas asadas y las “ham­bur­gue­sas húmedas” (las mantienen al vapor y al pon­er­las con el pan, se extien­den como el paté, muy curiosas).

Pese a que el día esta­ba bas­tante frío, unos cero gra­dos, después de com­er decidi­mos aprovechar el par de horas de luz que nos qued­a­ban y acer­carnos con el coche al pueblo de al lado, Uchis­ar, cuya may­or atrac­ción es el Castil­lo, el Uchis­ar Kale­si (cono­ci­do como El Kale), enor­mísi­mo, excava­do en la roca (aunque en real­i­dad es una for­t­aleza). Lo curioso es que muchas de las habita­ciones-gru­ta que lo con­for­man son uti­lizadas como palo­mares (los agricul­tores reco­gen el excre­men­to para uti­lizar­lo como abono fer­til­izante). Se entiende aho­ra por qué el bel­lísi­mo Valle de las Palo­mas, jus­to aquí,tiene ese nom­bre.

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Urchis­ar Kale­si

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Llevábamos des­de las cua­tro de la mañana arri­ba con vue­los y frío incluído,asi que a las ocho de la tarde estábamos para el arrastre.Optamos por cenar direc­ta­mente en la habitación,así que por cua­tro euros nos subi­mos unas ham­bur­gue­sas caseras con patatas y a des­cansar para la sigu­iente eta­pa, que se pre­senta­ba tam­bién aje­trea­da.

Madrug­amos para desayu­nar pron­to y cogi­mos el coche hacia Derinkuyu, aunque tar­damos un poco más porque nos perdi­mos (allí las indi­ca­ciones son un poco desas­trosas) y nos tocó varias veces parar a pre­gun­tar pero al final logramos lle­gar a nue­stro des­ti­no. Por toda la Capado­cia hay repar­tidas una cuar­ente­na de ciu­dades sub­ter­ráneas (otras son las de Kay­mak­li, Ozluce o Mazikoy) pero la más impre­sio­n­ante es la de Derinkuyu.

Se cree que las ciu­dades sub­ter­raneas de la Capado­cia tienen una antigüedad de más de 4.000 años, que se dice pron­to. Fueron des­cu­bier­tas por casu­al­i­dad a prin­ci­p­ios de los 60, cuan­do una de las gal­li­nas de un labrador local se coló en una de las gru­tas. El hom­bre comen­zó a excavar per­sigu­ién­dola y se dio de bruces con un fan­tás­ti­co mun­do sumergi­do, un laber­in­to de pro­por­ciones gigan­tescas. Al prin­ci­pio se pens­a­ba que Derinkuyu había sido un sim­ple refu­gio para nue­stros antepasa­dos pre­históri­cos pero cuan­do los arqueól­o­gos fueron con­scientes de la mag­ni­tud de estas ciu­dades bajo tier­ra, quedó claro que eran algo más. Muchísi­mo más. De momen­to en Capado­cia se han des­cu­bier­to 36 ciu­dades sub­ter­ráneas pero se cree que puede haber cien­tos escon­di­das, esperan­do ser des­cu­bier­tas.

En Derinkuyu se podía acoger durante lar­gos peri­o­dos de tiem­po a una población de casi 20.000 per­sonas. Con una pro­fun­di­dad de 20 pisos, aunque sólo 8 están abier­tos al públi­co (en el resto se real­izan tra­ba­jos arque­ológi­cos y ni los pro­pios inves­ti­gadores pueden dar una cifra exac­ta de la can­ti­dad de “casas” que hay en el sub­sue­lo), Derinkuyu guard­a­ba en sus entrañas una igle­sia de 65 met­ros de largo, estab­los para los ani­males, escue­las, pilas bautismales, habita­ciones, despen­sas… Un pasadi­zo lle­va a otro y a otro y al estar recor­rién­do­los cues­ta asumir como hace cua­tro mile­nios el ser humano ya era capaz de con­stru­ir estas ciu­dades-hormiguero con tamaña pre­cisión y ade­lan­tos.

La teoría más asen­ta­da entre los arqueól­o­gos es que proba­da la condi­ción cris­tiana de sus habi­tantes, aunque ini­cial­mente pudier­an haber esta­do con­stru­idas por los hiti­tas, estos las uti­lizaran para escon­der­se de sus perseguidores. Los miles de con­duc­tos de ven­ti­lación y las chime­neas (es increíble ver cómo fab­ri­ca­ban los hornos y chime­neas de 30 met­ros expulsa­ban el humo al exte­ri­or) per­mitían a miles de per­sonas vivir bajo tier­ra durante sem­anas. Y daba igual el cli­ma fuera, aquí hay una tem­per­atu­ra con­stante que oscila entre los 15 y los 18 gra­dos.

En el pueblo de Derinkuyu hay poco más para vis­i­tar, así que en cuan­to llegues dirígete direc­ta­mente a la ciu­dad sub­ter­ránea. La entra­da cues­ta 7 euros y te recomien­do total­mente que con­trates uno de los guías que ofre­cen sus ser­vi­cios en la puer­ta, no sólo porque si no, no te vas a enter­ar de nada, es que además cor­res el ries­go de perderte por ahí aba­jo, aunque haya una ruta con fle­chas rojas que va indi­can­do el camino a seguir. Sale muy bara­to si vais en grupo,a nosotros nos costó 20 euros entre cua­tro, nos dio las expli­ca­ciones en español y nos con­tó un mon­tón de curiosi­dades, salí fasci­na­da de la visi­ta. Una cosa impor­tante: claus­trofóbi­cos, asmáti­cos y gente con prob­le­mas coro­nar­ios, pen­saos lo de bajar. Vais a bajar a mucha pro­fun­di­dad por pasil­los muy ago­b­iantes. Si no te ago­b­ia el tema,entonces enhorabue­na porque, en mi opinión, es el sitio más espec­tac­u­lar en el que estuve en toda Turquía.

Insis­to en que esta es una visi­ta imperdi­ble en un via­je tur­co para enten­der real­mente lo viejísi­ma que es esta zona asiáti­co-euro­pea y como vivían sus habi­tantes hace dos mil años. Parece men­ti­ra que un país donde actual­mente el islam alarga tan­to sus bra­zos pudiera alber­gar durante sig­los a una de las comu­nidades de cris­tianos más grande del mun­do. Toda la Capado­cia está ati­bor­ra­da de igle­sias, por todos lados, pero encon­trar­las tam­bién bajo tier­ra, pres­en­ciar cómo abrían canales sub­ter­rá­neos por donde cor­ría el agua para los bautismos, el inven­to de las gru­tas-con­fe­sion­ar­ios, las inmen­sas capil­las de piedra,con altares inclu­i­dos… Qué expe­ri­en­cia, salí encan­ta­da.

Otra de las cosas que sor­prende de Derinkuyu es el cuida­do de los detalles a la hora de plan­i­ficar las condi­ciones de una inusu­al vida bajo tier­ra, que debían ser bas­tante duras. Las habita­ciones tenían el tamaño jus­to para que se acostaran apre­tadas cua­tro per­sonas, así se aprovech­a­ba el calor humano mien­tras dor­mían. Los pasadi­zos qued­a­ban blo­quea­d­os con enormes puer­tas redondas de piedra,sí,exactamente iguales que esas que salen en las pelícu­las de Indi­ana Jones, que era como nos sen­ti­mos durante todo el recor­ri­do. De este modo, si los ene­mi­gos les ata­ca­ban, se refu­gia­ban aquí, pudi­en­do sobre­vivir durante sem­anas con ani­males y despen­sas reple­tas, con­fian­do en que los fríos invier­nos y los calurosísi­mos ver­a­nos de Capado­cia sacaran de allí a sus ene­mi­gos. La zona de los estab­los se encon­tra­ba en los pisos supe­ri­ores, los más cer­canos a la super­fi­cie, y para bajar a los infe­ri­ores, se hacía por pasil­los en los que sólo cabe una per­sona, imag­i­nad el niv­el de orga­ni­zación que debía de haber en una ciu­dad con 20.000 per­sonas, aquí los ataques de páni­co o claus­tro­fo­bia debían estar total­mente errad­i­ca­dos entre la población, niños inclu­i­dos, por mera cuestión de super­viven­cia.

Ese día decidi­mos com­er cuan­do pudiéramos, pues en Turquía a las cin­co es noche cer­ra­da y como no aprovech­es las primeras horas del día… Así que cogi­mos de nue­vo el coche y nos fuimos de camino al valle de Ilhara, a hac­er un poco de senderis­mo. Algu­nas de estas mon­tañas nevadas son vol­canes. La curiosa for­ma­ción rocosa de la Capado­cia está orig­i­na­da pre­cisa­mente por una desco­mu­nal erup­ción vol­cáni­ca hace miles de años.

El valle de Ilhara, cono­ci­do en su ver­sión tur­ca como Peri­strema, es un pre­cioso valle per­di­do que sirvió de refu­gio durante sig­los a miles de mon­jes bizan­ti­nos. Es como una ver­sión tur­ca del Cañón del Col­orado pero con el aña­di­do de igle­sias excavadas en la roca, algo espec­tac­u­lar.

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Para acced­er al valle,que como es con­sid­er­a­do Par­que Nat­ur­al hay que pagar siete euros, algo lógi­co, por otra parte, debes dejar fuera el coche, en un park­ing aledaño. Des­de allí,a bajar una escalera de cien­tos de escalones, haceos la idea de la pro­fun­di­dad del valle en la fotografía.

Igle­sias den­tro de las gru­tas

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Estu­vi­mos dos horas largas pate­an­do el cur­so del río, super boni­to en invierno,y vis­i­tan­do igle­sias aban­don­adas (en algu­nas, como veis, se mantienen muy bien los fres­cos) pero hacía un mon­tón de frío, eran las cua­tro de la tarde y nos qued­a­ba la escal­a­da de vuelta. Acabamos comien­do en el pueblo de Ilhara, pueblo rur­al-rur­al pero todas las casas con sus pla­cas solares ¡muy bien! En el restau­rante, que llev­a­ba un chaval joven con cara de abur­rim­ien­to (debíamos ser los primeros y úni­cos clientes del día) comi­mos calen­ti­tos jun­to a una est­u­fa por cua­tro duros comi­da casera y vien­do el río des­de la ven­tana, dos inclu­so pidieron pesca­do saca­do de ese mis­mo río de aguas heladas.

El día sigu­iente, como ya dormiríamos en Kay­seri, decidi­mos dejar­lo para ver pre­cisa­mente lo más cer­cano a Goreme, su Museo Nacional Aire Libre Par­que de Goreme, con­sid­er­a­do Pat­ri­mo­nio de la Humanidad por la UNESCO y la per­la abso­lu­ta de la Capado­cia. Esto en ver­a­no debe ser el hor­ror, por el calor y la gente, pero en estas fechas había pocos gru­pos orga­ni­za­dos, bási­ca­mente unos cuan­tos japone­ses. Así sí que da gus­to pasear por allí. Las igle­sias son muy pequeñas, tan­to como para se per­mi­ta que estés den­tro sólo cin­co minutos.Pero son pre­ciosas por den­tro. Es curioso tam­bién como los ene­mi­gos de los cris­tianos bor­raron adrede muchas veces las caras de los san­tos y dei­dades, mien­tras el resto per­manece intac­to por la bue­na con­ser­vación den­tro de las cuevas.

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La entra­da al par­que cues­ta unos 7 euros pero den­tro te cobran algún extra (4 euros por ver la Igle­sia Oscu­ra, la que debido a la fal­ta de luz con­ser­va los mejores fres­cos). Se encuen­tra sólo a kilómetro y medio del pueblo, puedes ir per­fec­ta­mente andan­do. Toda la zona está pla­ga­da de monas­te­rios en gru­tas y las casas que pos­te­ri­or­mente se fueron con­struyen­do alrede­dor. Se cree que éste era el cen­tro abso­lu­to de un entra­ma­do de ciu­dades, cien­tos, conec­tadas por toda la Capado­cia con un denom­i­nador común: vivir entre rocas.

Después de pasar toda la mañana pate­an­do Goreme, cogi­mos el coche y nos fuimos a com­er al acoge­dor pueblo de Avanos, cono­ci­do en toda Turquía por su cerámi­ca refi­na­da y por una tradi­ción culi­nar­ia que queríamos pro­bar: el kebab prepara­do en pote de bar­ro. Lo preparan den­tro de unas vasi­jas, le dan un golpe, rompen la parte supe­ri­or y de ahí lo sir­ven. El mejor kebab que comi­mos en todo el via­je, más arte­sanal, imposi­ble. Y el precio,lo mis­mo: 15 euros cada uno con postres y bebidas en un restau­rante pre­cioso al lado del río.

Esa noche dor­míamos ya en el Ibis de Kay­seri, muy cer­cano al aerop­uer­to, ya que el avión nos salía de nue­vo, y por suerte tem­pra­no, para ten­er el día entero en Estam­bul. El Ibis, pues en su línea de la cade­na: estu­pen­do. 50 euros la habitación con desayuno y restau­rante abier­to las 24 horas.

Vuelta a Estam­bul. Esta vez nos alo­jábamos de nue­vo en pleno corazón del cas­co viejo, en Sul­tanah­met, en una calle con una cues­ta emp­inadísi­ma a lo San Fran­cis­co y en pleno bar­rio de los zap­a­teros, me encanta­ba el bul­li­cio de com­er­cios por las mañanas,era un poco el equiv­a­lente al Lava­pies madrileño. Estu­vi­mos en un hotel bas­tante majete, muy cén­tri­co y que nos pil­l­a­ba a mano de todo.

Nos qued­a­ban todavía bas­tantes cosas para hac­er en Estam­bul aunque te doy un consejo:no te estre­ses. Estam­bul es enor­mísi­ma y está llena de mon­u­men­tos y lugares increíbles, es una ton­tería quer­er aca­parar­los todos. Cén­trate en lo que más te apetez­ca y a dis­fru­tar­lo.

Estu­vi­mos un par de tardes en el Gran Bazar…Que sí, es muy turís­ti­co, los com­er­ciantes viv­en de ello,pero a niv­el arqui­tec­tóni­co es mar­avil­loso (es el mer­ca­do cubier­to más antiguo del mun­do) y alo­ja a más de 5.000 tien­das donde puedes encon­trar prac­ti­ca­mente de todo. Joyas, ropa, caviar, sou­venirs, lám­paras, espe­cias, kil­ims y alfom­bras… todo se com­pra y todo se regatea.

El Gran Bazar, o Kapali Car­si, tiene miles de calles donde no sólo se pueden encon­trar com­er­cios, tam­bién hay mezquitas (¡algu­nas con­ver­tidas en tien­das!), puestos de policía, restau­rantes, teterías…Aquí puedes gas­tar todo el día tranquilamente.Los vende­dores te lla­marán, te ofre­cerán sus pro­duc­tos, te dirán chor­radas en español… la for­ma de com­er­cio en Ori­ente, siem­pre lo digo, es mucho más boni­ta que la occi­den­tal.

Las entradas al Bazar las hay a cien­tos, aunque te recomien­do entrar por algu­na de las prin­ci­pales y vis­i­tar el cen­tro del mer­ca­do, la Mar­ble Foun­tain, en una boni­ta plaza cubier­ta. Te acon­se­jo tam­bién que dejes tus com­pras para el últi­mo día y rega­tees varias tardes con ellos; cuan­do vean que te vuelves a tu país, reba­jan al pre­cio máx­i­mo.

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Cuan­do sal­gas del mercado,puedes acer­carte a ver la Mezqui­ta Nue­va,que pese a su nom­bre, tiene 400 años de antigüedad. Es de las más boni­tas de la ciu­dad y se encuen­tra en una plaza jun­to al Bós­foro siem­pre ani­madísi­ma.

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Y lleg­amos a Eminönu, la puer­ta al Bós­foro, un paseo marí­ti­mo donde se fun­den los pescadores con los vis­i­tantes, los de los bar­co-puestos de bocadil­los de atún, los vende­dores de dul­ces, los transeúntes que se diri­gen a la cer­cana Otog­ar (Estación de Auto­bus­es), los miles de coches que atraviesan el Puente del Gala­ta y los bar­cos de crucero que sur­can el Cuer­no de Oro, la entra­da de agua que sep­a­ra Estam­bul en tres partes: la asiáti­ca y la euro­pea divi­di­da en dos.

A Eminönu hay que venir a com­er pesca­do y sen­tarse en esos bar­ril­i­tos de madera mien­tras ves el bul­li­cio. Bocadil­lo de cabal­la y refres­co, unos tres euros. ¡Tuvi­mos has­ta la suerte de que nos saliera un ratin el sol!

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Ya que estás en el Bosforo y tras haber comi­do, date el gus­to de un crucero por el Bós­foro mien­tras te tomas un té. Es muy bara­to (crucero de hora y media, 6 euros, y té, 50 cén­ti­mos). Es muy agrad­able, se ven muy bien pun­tos de la ciu­dad que es más lioso hac­er andan­do y des­de el agua se apre­cia aun más lo bel­la que es la cap­i­tal tur­ca y, sobre todo, la can­ti­dad de dinero que se mueve aquí. Man­siones y pala­cios uno detrás de otro. Además, lo bueno de estos cruceros es que si te apetece, puedes bajarte en la zona asiáti­ca porque van tocan­do ambas oril­las.

Cuan­do ter­mines el crucero,puedes acer­carte a ver la impo­nente Torre de Gala­ta, ya cruzan­do el puente, y que dom­i­na el paisaje de Estam­bul mires des­de donde mires. Se encuen­tra en un pre­cioso bar­rio antiquísi­mo.

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Ine­ludi­ble tam­bién la visi­ta a la Mezqui­ta de Suley­man el Magnífico,la Mezqui­ta más grande de todo Estam­bul. Nosotros fuimos jus­to cuan­do era hora de rezo y es curioso ver como los hom­bres se purif­i­can laván­dose en las fuentes públi­cas y las mujeres lo hacen en cuar­tos de baño cer­ra­dos.

 

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Ya que estás en esta zona no dejes de acer­carte a ver la pre­ciosa (y pres­ti­giosa) Uni­ver­si­dad de Estam­bul. Es grandísi­ma y las calles que la rodean están llenas de tien­das de todo tipo.

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