Destinos donde antiguamente se practicaba el canibalismo

Destinos donde antiguamente se practicaba el canibalismo

¿Te atreverías a via­jar a un lugar donde, hace no tan­to, la carne humana se servía como parte de un rit­u­al sagra­do? Aunque parez­ca saca­do de una nov­ela de ter­ror, lo cier­to es que el cani­bal­is­mo ha for­ma­do parte de muchas cul­turas a lo largo de la his­to­ria. De hecho, algunos de los des­ti­nos más exóti­cos y vis­i­ta­dos del mun­do —des­de las sel­vas de Brasil has­ta las playas del Pací­fi­co Sur— fueron en su día esce­nar­ios de cer­e­mo­nias donde el cuer­po del ene­mi­go no se enterra­ba… se devor­a­ba.

En este artícu­lo vamos a recor­rer unos cuan­tos des­ti­nos donde antigua­mente se prac­ti­ca­ba el cani­bal­is­mo. No lo hare­mos des­de el mor­bo gra­tu­ito sino des­de una mira­da críti­ca, antropológ­i­ca y via­jera, como la que siem­pre defend­emos en Mil y un via­jes por el mun­do. Prepárate para des­cubrir his­to­rias reales de sac­ri­fi­cios humanos, tribus que comían por tradi­ción y secre­tos que no encon­trarás en las guías turís­ti­cas.

La historia del alemán devorado en las Islas Marquesas

Cuan­do uno pien­sa en las Islas Mar­que­sas, le vienen a la mente paisajes de postal: mon­tañas abrup­tas cubier­tas de sel­va, playas de are­na negra, mares de un azul hip­nóti­co. Pero detrás de esa ima­gen de paraí­so del Pací­fi­co hay his­to­rias que ponen los pelos de pun­ta. His­to­rias que hablan de encuen­tros fatales entre cul­turas, de errores de cál­cu­lo… y de cani­bal­is­mo. Sí, cani­bal­is­mo. En pleno siglo XXI.

Las Islas Mar­que­sas pertenecen a la Poli­ne­sia France­sa, ese rincón remo­to del Pací­fi­co donde Gau­guin encon­tró inspiración, Jacques Brel escribió sus últi­mas can­ciones y donde aún sobre­viv­en, en silen­cio, cos­tum­bres ances­trales que inco­modan a los cro­nistas ofi­ciales. Durante sig­los estas islas fueron ter­ri­to­rio tabú. Los europeos que se aven­tura­ban has­ta aquí solían acabar mal o peor que mal. Y aunque el cani­bal­is­mo rit­u­al fue errad­i­ca­do ofi­cial­mente hace más de un siglo, no todas las secue­las desa­pare­cen tan fácil­mente.

En el año 2011, un tur­ista alemán lla­ma­do Ste­fan Ramin llegó a las Mar­que­sas jun­to a su pare­ja. Esta­ban dan­do la vuelta al mun­do en velero. Jóvenes, aven­tureros, entu­si­as­tas de la nat­u­raleza y el con­tac­to direc­to con las cul­turas locales. Bus­ca­ban lo autén­ti­co. Lo sal­va­je. Y lo encon­traron.

destinos donde antiguamente se practicaba el canibalismo
Ste­fan y su pare­ja

 

Cuan­do lle­garon a Nuku Hiva, la isla prin­ci­pal del archip­iéla­go, con­trataron los ser­vi­cios de un guía local lla­ma­do Hen­ri Haiti; Ste­fan se vió embe­le­sa­do por la prop­ues­ta de dicho guía, que le prometió una excur­sión “autén­ti­ca” por la jungla: caza de cabras sal­va­jes, baño en cas­cadas y con­viven­cia con nativos. Pero solo uno de los dos regre­saría.

Hen­ri se llevó a Ste­fan a la mon­taña y le dijo a su pare­ja que volverían en unas horas. Lo que ocur­rió después sigue sin estar del todo claro. Lo que sí se sabe es que, al caer la noche, Hen­ri regresó solo, ensan­grenta­do, y dijo que Ste­fan había sufri­do un acci­dente. La mujer, hor­ror­iza­da, huyó y dio la voz de alar­ma. Días después, en medio de un oper­a­ti­vo poli­cial, encon­traron restos humanos cal­ci­na­dos: frag­men­tos de hue­so, dientes, un empaste den­tal y una mor­daza impro­visa­da hecha con cuer­da y tela. Jun­to a ellos había restos de una foga­ta. Según los forens­es, el cuer­po había sido “desmem­bra­do, que­ma­do par­cial­mente y manip­u­la­do con fines descono­ci­dos”. El eufemis­mo era evi­dente.

Las autori­dades france­sas evi­taron usar la pal­abra tabú: cani­bal­is­mo. No querían escán­da­los inter­na­cionales. Pero el rumor ya había cor­ri­do como pólvo­ra en la pren­sa ale­m­ana: “Tur­ista devo­ra­do en la Poli­ne­sia por un caníbal”. Hen­ri Haiti fue detenido sem­anas después, tras una caza humana por las mon­tañas. Se había escon­di­do entre los mator­rales y sobre­vivía comien­do fru­tas y peces crudos. Cuan­do lo inter­rog­a­ron, se lim­itó a repe­tir una frase inqui­etante: “Yo pertenez­co a los antigu­os. Él vino vol­un­tari­a­mente”.

Los más escép­ti­cos hablan de un crimen bru­tal cometi­do por un hom­bre con prob­le­mas men­tales. Pero entre los lugareños, espe­cial­mente los más may­ores, hay quienes no lo ven así. Hablan de la “vie­ja cos­tum­bre”, de las almas que se ali­men­tan de cuer­pos, de ritos de paso, de sac­ri­fi­cios sim­bóli­cos que aún per­viv­en bajo la super­fi­cie.

Destinos donde se practicó el canibalismo

 

Islas Fiji

Si hoy en día men­cionas Fiji, la may­oría de las per­sonas imag­i­narán playas par­adis­ía­cas, agua cristali­na, y resorts de lujo donde los tur­is­tas dis­fru­tan de cócte­les con som­bril­li­tas. Pero hace un par de sig­los, este des­ti­no tenía una fama muy difer­ente. Fiji era el epi­cen­tro del cani­bal­is­mo en el Pací­fi­co Sur, un lugar donde los ene­mi­gos caí­dos no solo eran der­ro­ta­dos sino tam­bién devo­ra­dos.

Los explo­radores europeos que lle­garon a la región en los sig­los XVIII y XIX no tar­daron en bau­ti­zar a Fiji como la “Cap­i­tal del Cani­bal­is­mo”. ¿Exageración? No. Se han encon­tra­do prue­bas arque­ológ­i­cas y relatos históri­cos que con­fir­man que la prác­ti­ca del cani­bal­is­mo era parte fun­da­men­tal de la cul­tura fiyiana y no solo como un acto de super­viven­cia sino como rit­u­al de guer­ra, cas­ti­go y sím­bo­lo de poder.

El cani­bal­is­mo en Fiji no era sim­ple­mente una prác­ti­ca ali­men­ti­cia oca­sion­al. Era una insti­tu­ción social con pro­fun­das raíces en la cul­tura fiyiana. Se prac­ti­ca­ba por múlti­ples razones:

Cani­bal­is­mo rit­u­al: com­er para hon­rar a los dios­es

En muchas cul­turas caníbales, com­er carne humana no era un sim­ple acto de super­viven­cia sino un rit­u­al sagra­do. En Fiji el cani­bal­is­mo esta­ba vin­cu­la­do a creen­cias espir­i­tuales y a la estruc­tura de poder. Los fiyianos creían que con­sumir la carne de un ene­mi­go der­ro­ta­do les otor­ga­ba su fuerza y habil­i­dades. Esta idea se basa­ba en la creen­cia de que la esen­cia de una per­sona residía en su carne y su san­gre, por lo que al ingerir­la, el vence­dor absorbía su espíritu.

Los guer­reros fiyianos con­sid­er­a­ban que devo­rar a sus ene­mi­gos aumenta­ba su esta­tus social. Cuan­tos más cuer­pos con­sumía un jefe, más respeto y más poder tenía den­tro de su comu­nidad.

Cas­ti­go y humil­lación: cuan­do la cena eras tú

El cani­bal­is­mo tam­bién se uti­liz­a­ba como una for­ma de cas­ti­go. Si alguien traiciona­ba a su tribu o des­obe­decía las órdenes de su jefe, podía ser eje­cu­ta­do y servi­do en la cena. Los ene­mi­gos cap­tura­dos en la guer­ra no eran asesina­dos de inmedi­a­to. En muchas oca­siones, eran humil­la­dos y oblig­a­dos a vivir con la tribu durante sem­anas o meses antes de ser sac­ri­fi­ca­dos. Durante ese tiem­po, se les trata­ba como esclavos, hacién­do­los tra­ba­jar en tar­eas de todo tipo has­ta el día de su eje­cu­ción. Una vez que lle­ga­ba su des­ti­no, se real­iz­a­ba un rit­u­al públi­co, en el cual los miem­bros de la tribu par­tic­i­pa­ban en la preparación del fes­tín. La víc­ti­ma era desmem­bra­da, coci­da y con­sum­i­da como un acto de vic­to­ria y humil­lación final.

¿A qué sabía la carne humana?

Si bien esta pre­gun­ta puede pare­cer mor­bosa, los reg­istros históri­cos indi­can que los fiyianos describían la carne humana como sim­i­lar al cer­do, con una tex­tu­ra suave y grasa. De hecho, en algu­nas zonas del Pací­fi­co, la carne humana era cono­ci­da como “long pig” (cer­do largo).

Los fiyianos no comían la carne de cualquier man­era. Había rec­etas y for­mas especí­fi­cas de preparar­la:

  • Se cocin­a­ban espal­das y pier­nas
  • Se asa­ba en fuego lento para con­ser­var los jugos
  • A menudo se acom­paña­ba con hier­bas y veg­e­tales locales
  • Se uti­liz­a­ban tazones hechos de crá­neos para beber san­gre o preparar cal­dos

Udre Udre: El may­or caníbal de la His­to­ria

Uno de los per­son­ajes más sinie­stros de la his­to­ria de Fiji es Ratu Udre Udre, un jefe trib­al que pasó a la his­to­ria como el may­or caníbal doc­u­men­ta­do. Según los relatos históri­cos, Udre Udre se comió al menos a 872 per­sonas. Para lle­var la cuen­ta de sus víc­ti­mas, uti­liz­a­ba un méto­do bas­tante macabro: cada vez que se comía a alguien, colo­ca­ba una piedra en su tum­ba. Se dice que cuan­do murió, había acu­mu­la­do más de 800 piedras.

destinos donde antiguamente se practicaba el canibalismo
Udre Udre

Udre Udre era un poderoso jefe de una tribu en la isla de Viti Levu, la más grande de Fiji. Su fama se extendió por todas las islas y muchos ene­mi­gos temían enfrentar­lo, no solo por sus habil­i­dades como guer­rero sino por el des­ti­no que les esper­a­ba si caían en sus manos. Si vis­i­tas Raki­ra­ki, en la isla de Viti Levu, puedes encon­trar la tum­ba de Udre Udre, donde todavía per­manecen muchas de las piedras que sim­bolizan a sus víc­ti­mas.

Cuan­do los explo­radores europeos lle­garon a Fiji en el siglo XVIII, quedaron hor­ror­iza­dos al des­cubrir que la población local prac­ti­ca­ba el cani­bal­is­mo. Los misioneros cris­tianos inten­taron erradicar esta prác­ti­ca pero no fue fácil. Muchos de ellos fueron asesina­dos y devo­ra­dos por los fiyianos, quienes veían a los extran­jeros como una ame­naza a su cul­tura. Uno de los casos más famosos fue el de Thomas Bak­er, un misionero metodista británi­co que llegó a Fiji en 1867. Inten­tó con­vencer a los habi­tantes de que aban­donaran el cani­bal­is­mo pero ter­minó sien­do coci­na­do y comi­do por una tribu hos­til. Hoy en día, en Fiji, hay un museo con las botas de Thomas Bak­er, ya que los fiyianos no pudieron comérse­las.

Si vis­i­tas el Museo de Fiji en Suva, encon­trarás her­ramien­tas que usa­ban los fiyianos para desmem­brar y coci­nar a sus víc­ti­mas, incluyen­do:

  • Gar­rotes de guer­ra
  • Cuchil­los hechos de hue­so
  • Tazones cer­e­mo­ni­ales para beber san­gre

Aunque el cani­bal­is­mo desa­pare­ció, todavía per­sis­ten algu­nas tradi­ciones que recuer­dan este pasa­do, como dan­zas y relatos orales trans­mi­ti­dos de gen­eración en gen­eración.

Papúa Nueva Guinea

Si hablam­os de lugares donde el cani­bal­is­mo ha per­du­ra­do has­ta tiem­pos recientes, Papúa Nue­va Guinea ocu­pa un lugar en lo más alto. No esta­mos hablan­do de una prác­ti­ca antigua desa­pare­ci­da hace sig­los sino de rit­uales que sigu­ieron ocur­rien­do has­ta finales del siglo XX.

Papúa Nue­va Guinea es un país de mon­tañas impen­e­tra­bles, sel­vas den­sas y tribus ais­ladas que han man­tenido cos­tum­bres ances­trales has­ta tiem­pos mod­er­nos. De hecho, algu­nas de sus tribus per­manecieron sin con­tac­to con el mun­do exte­ri­or has­ta los años 70 y 80 y algu­nas siguen vivien­do como en la pre­his­to­ria.

El cani­bal­is­mo en Papúa Nue­va Guinea tenía múlti­ples propósi­tos:

  • Rit­uales de guer­ra para absorber el poder del ene­mi­go
  • Ven­gan­za con­tra tribus rivales
  • Prác­ti­cas funer­arias donde los famil­iares comían el cuer­po del difun­to para hon­rar­lo
  • Creen­cias sobre bru­jería, donde se devor­a­ba a los hechiceros para evi­tar que su espíritu causara daño

En esta sec­ción, explo­raremos el cani­bal­is­mo en Papúa Nue­va Guinea, las tribus más temi­das, los encuen­tros con misioneros y explo­radores, y los últi­mos casos doc­u­men­ta­dos de cani­bal­is­mo en pleno siglo XXI.

El ter­ri­to­rio más inex­plo­rado del mun­do

Para enten­der por qué el cani­bal­is­mo sobre­vivió tan­to tiem­po en Papúa Nue­va Guinea, hay que cono­cer su geografía. Este país es una de las regiones menos explo­radas del plan­e­ta, con más de 800 tribus que hablan más de 800 lenguas difer­entes.

Muchas de estas tribus per­manecieron ais­ladas durante sig­los, sin con­tac­to con el resto del mun­do, lo que per­mi­tió que con­ser­varan sus cos­tum­bres ances­trales. Algu­nas de ellas prac­ti­caron el cani­bal­is­mo has­ta finales del siglo XX. En los años 30, cuan­do los primeros explo­radores lle­garon a las mon­tañas cen­trales del país, encon­traron tribus que nun­ca habían vis­to un hom­bre blan­co y que aún vivían en la Edad de Piedra. Para ellos el cani­bal­is­mo era algo nor­mal, una prác­ti­ca que forma­ba parte de su vida cotid­i­ana.

Tribus caníbales de Papúa Nue­va Guinea

Los Korowai

Los Korowai han sido descritos como los últi­mos caníbales del mun­do. Has­ta el año 2000, todavía se reporta­ban casos de cani­bal­is­mo entre ellos.

  • Viv­en en casas en los árboles, a más de 10 met­ros de altura, para pro­te­gerse de ataques ene­mi­gos.
  • Creen en los khakhua, unos espíri­tus malig­nos que poseen a las per­sonas. Cuan­do alguien muere de for­ma sospe­chosa, lo con­sid­er­an un ataque de un khakhua, por lo que deben com­erse al difun­to para destru­ir al espíritu.
  • Las víc­ti­mas son asesinadas y comi­das por toda la comu­nidad, en un rit­u­al para evi­tar que el espíritu malig­no se propague.

Los Fore 

Otra tribu caníbal famosa de Papúa Nue­va Guinea es la de los Fore, cono­ci­dos por haber desar­rol­la­do una extraña enfer­medad lla­ma­da kuru. El kuru era una enfer­medad neu­rode­gen­er­a­ti­va cau­sa­da por el con­sumo de cere­bros humanos. Los Fore prac­ti­ca­ban el cani­bal­is­mo funer­ario, en el cual los famil­iares comían el cuer­po de sus seres queri­dos como una for­ma de hon­rar­los y man­ten­er su espíritu den­tro de la comu­nidad.

Sin embar­go, al com­er cere­bros humanos infec­ta­dos con pri­ones (pro­teí­nas mal ple­gadas), desar­rol­laron el kuru, que caus­a­ba con­vul­siones, ataques de risa incon­tro­lables y paráli­sis has­ta la muerte.

  • La enfer­medad afec­tó prin­ci­pal­mente a mujeres y niños, ya que ellos solían com­er las partes más blandas del cuer­po, como el cere­bro y los órganos inter­nos.
  • En los años 50 los cien­tí­fi­cos des­cubrieron la conex­ión entre el cani­bal­is­mo y el kuru, lo que llevó a una pro­hibi­ción de esta prác­ti­ca.
  • Aunque el cani­bal­is­mo se erradicó, todavía hay casos ais­la­dos de kuru en algu­nas regiones, debido a la incubación pro­lon­ga­da de la enfer­medad.

Explo­radores y encuen­tros con caníbales

Papúa Nue­va Guinea fue un des­ti­no peli­groso para los explo­radores y misioneros que se aven­tu­raron en sus sel­vas. Var­ios de ellos ter­mi­naron asesina­dos y devo­ra­dos por tribus hos­tiles.

Uno de los casos más impac­tantes fue el del misionero aus­traliano Stan­ley Albert Dale, quien en los años 60 inten­tó evan­ge­lizar a los Dani, una tribu que aún prac­ti­ca­ba el cani­bal­is­mo. Dale fue ata­ca­do con lan­zas y fle­chas y su cuer­po fue devo­ra­do por la tribu. Otro caso famoso fue el del misionero británi­co James Chalmers, quien en 1901 via­jó a la cos­ta sur de Papúa Nue­va Guinea para con­ver­tir a los nativos al cris­tian­is­mo. En lugar de recibir una cál­i­da bien­veni­da, Chalmers y su com­pañero fueron asesina­dos y devo­ra­dos en un fes­tín trib­al.

Michael Rockefeller: el rico heredero que fue devorado por caníbales

Esta es la his­to­ria del joven Michael Rock­e­feller, desa­pare­ci­do en los con­fines de Papúa Nue­va Guinea. Un heredero mil­lonario que, según muchos, no murió en el mar sino a manos de una tribu caníbal. Pero para enten­der por qué un joven de la alta sociedad esta­dounidense acabó en una sel­va donde tal­lar crá­neos humanos era arte sagra­do, hay que retro­ced­er más de medio siglo. Y, como en toda bue­na his­to­ria de via­jes extremos, esto empieza con una mez­cla de ide­al­is­mo, arro­gan­cia y una obsesión con lo “exóti­co”.

El joven que lo tenía todo… y no quería nada

Michael Rock­e­feller nació en 1938 en una cuna tan dora­da que casi deslum­bra. Su apel­li­do esta­ba aso­ci­a­do a todo lo grand­ede Esta­dos Unidos: ban­cos, fun­da­ciones cul­tur­ales, uni­ver­si­dades, ras­ca­cie­los. Su padre, Nel­son Rock­e­feller, fue gob­er­nador de Nue­va York y vicepres­i­dente de Esta­dos Unidos. Su abue­lo, John D. Rock­e­feller, había sido el hom­bre más rico del plan­e­ta.

Pero Michael no quería una vida entre cor­batas, cócte­les y con­se­jos de admin­is­tración. Quería “algo real”. Algo crudo. Era un joven curioso, bril­lante, con un interés gen­uino por las cul­turas indí­ge­nas. Así que cuan­do acabó sus estu­dios de his­to­ria y antropología en Har­vard, decidió no seguir los pasos de sus antepasa­dos sino cruzar el plan­e­ta para cono­cer a los últi­mos pueb­los “into­ca­dos” por Occi­dente. Y ahí empezó el prin­ci­pio del fin.

Rum­bo a Nue­va Guinea: la últi­ma fron­tera

En 1961, Michael via­ja a lo más pro­fun­do de la sel­va de Papúa Occi­den­tal, entonces parte de la Nue­va Guinea Neer­lan­desa, una zona ape­nas car­tografi­a­da y dom­i­na­da por tribus guer­reras. Lo hace como parte de una expe­di­ción del Museo de Arte Prim­i­ti­vo de Nue­va York, dirigi­do por su padre.

Su obsesión eran los asmat, un pueblo indí­ge­na de cos­tum­bres fero­ces, famosos por su arte tal­la­do en hue­so y madera… y por su pasa­do de cani­bal­is­mo rit­u­al. Y lo que para muchos era una señal de “ni se te ocur­ra ir allí”, para Michael era un imán irre­sistible.

Los asmat eran con­sid­er­a­dos uno de los pueb­los más peli­grosos del mun­do. No por mal­dad sino por su sis­tema de creen­cias: según ellos, cada muerte debía ser ven­ga­da. El alma del muer­to no encon­tra­ba des­can­so has­ta que su asesino (o un susti­tu­to sim­bóli­co) era cap­tura­do, asesina­do y sí, devo­ra­do. En los rit­uales, los hom­bres comían el cere­bro del ene­mi­go, sor­bían su médu­la y con­vertían sus hue­sos en lan­zas o adornos. Un cani­bal­is­mo espir­i­tu­al, pro­fun­da­mente arraiga­do en la cos­mología asmat. Y Michael se aden­tró en ese mun­do con una cámara, un bloc de notas y una con­fi­an­za temer­aria.

Un via­je sin regre­so

El 17 de noviem­bre de 1961, Michael y el antropól­o­go neer­landés René Wass­ing via­ja­ban por el mar en un cata­marán impro­visa­do, hecho con bidones flotantes y tablones de madera. Esta­ban a var­ios kilómet­ros de la cos­ta, frente a la desem­bo­cadu­ra del río Bet­sj. El mar se agitó, el bote vol­có y quedaron a la deri­va. Durante horas se afer­raron al cas­co del bote, esperan­do ayu­da. Pero pasa­ban las horas y no lle­ga­ba nadie.

Al amanecer, Michael tomó una decisión fatal. Se desató el cin­turón, se quitó la ropa, y dijo “creo que puedo hac­er­lo”. Luego se lanzó al agua, deci­di­do a nadar los más de 15 kilómet­ros que los sep­a­ra­ban de la cos­ta. Nun­ca más se le volvió a ver.

René fue rescata­do al día sigu­iente por un hidroav­ión. La noti­cia cor­rió como la pólvo­ra: el heredero de los Rock­e­feller esta­ba desa­pare­ci­do en una de las zonas más sal­va­jes del plan­e­ta. Durante sem­anas, helicópteros, bar­cos, mil­itares y explo­radores peinaron cada metro de la jungla y la cos­ta. Se ofrecieron rec­om­pen­sas. Inclu­so se con­sultó a chamanes. Pero el cuer­po de Michael Rock­e­feller no apare­ció jamás.

Canibalismo
Últi­ma foto toma­da a Michael Rock­e­feller con los indí­ge­nas de Papua

Lo que la ver­sión ofi­cial nun­ca con­tó

La ver­sión que se dio al mun­do fue sim­ple: se ahogó. Fin de la his­to­ria. Cuer­po desa­pare­ci­do, caso cer­ra­do. Pero en las aldeas de los asmat, la his­to­ria era otra. Durante los años sigu­ientes, diver­sos inves­ti­gadores, misioneros y aven­tureros reco­gieron tes­ti­mo­nios inqui­etantes. Había rumores de que un hom­bre blan­co había lle­ga­do nadan­do a una aldea lla­ma­da Ots­janep, que los guer­reros lo habían atra­pa­do y que había sido sac­ri­fi­ca­do como parte de un rit­u­al. Los aldeanos decían que lo habían mata­do con lan­zas de hue­so, que le habían cor­ta­do la cabeza, vaci­a­do su cuer­po y coci­na­do su carne en hojas de sagú. Que habían bebido su san­gre, divi­di­do sus órganos y col­ga­do sus hue­sos como amule­tos.

Uno de los relatos más espeluz­nantes lo recogió un misionero neer­landés que llev­a­ba años en la región. Según él, los asmat habían inter­pre­ta­do la lle­ga­da de Michael como una señal espir­i­tu­al: un blan­co desar­ma­do, solo, sin tribu, era el susti­tu­to per­fec­to para ven­gar la muerte de var­ios guer­reros asesina­dos años antes por sol­da­dos colo­niales holan­deses.

Era una especie de jus­ti­cia cós­mi­ca. Y Michael, sin saber­lo, se con­vir­tió en el cordero rit­u­al de una his­to­ria de san­gre que venía de muy atrás.

El peri­odista que sigu­ió las huel­las del hor­ror

Décadas después, en 2014, el peri­odista Carl Hoff­man pub­licó el libro Sav­age Har­vest tras via­jar por la mis­ma región y con­vivir con los descen­di­entes de los tes­ti­gos. Con­sigu­ió tes­ti­mo­nios que con­firma­ban lo que siem­pre se había sospecha­do: Michael Rock­e­feller había sido asesina­do y devo­ra­do. Uno de los aldeanos describía cómo lo mataron con lan­zas en el pecho, cómo le cor­taron los mus­los, los bra­zos, cómo sac­aron su corazón mien­tras aún pal­pita­ba. Inclu­so con­ta­ban que uno de los hom­bres con­servó parte del crá­neo como tro­feo. Carl Hoff­man llevó graba­ciones, fotos, doc­u­men­tos… Todo enca­ja­ba. Inclu­so encon­tró escul­turas asmat que rep­re­senta­ban fig­uras humanas con gafas, una car­ac­terís­ti­ca dis­tin­ti­va de Michael. El niv­el de detalle era escalofri­ante.

Pero ningu­na autori­dad quiso reabrir el caso. Para el gob­ier­no esta­dounidense, el tema era una heri­da cer­ra­da. Para los Rock­e­feller, un fan­tas­ma demasi­a­do doloroso. Y para los asmat sim­ple­mente era una parte más de su his­to­ria oral.

El arte de devo­rar al ene­mi­go

En la cos­mo­visión asmat, el cani­bal­is­mo no era un acto crim­i­nal. Era un rito sagra­do. Una for­ma de restau­rar el equi­lib­rio. No se trata­ba de com­er por ham­bre sino de absorber el alma del ene­mi­go. De con­ver­tir el odio en arte, lit­eral­mente. Los hue­sos del muer­to se tal­la­ban, se pinta­ban, se exhibían. El crá­neo podía con­ver­tirse en asien­to del jefe. Las tib­ias en flau­tas. Los dientes en col­lares.

Michael Rock­e­feller, en vida, bus­ca­ba piezas para exhibir en museos. En muerte, dicen, se con­vir­tió él mis­mo en una pieza de museo trib­al. Es una ironía cru­el. El colec­cionista con­ver­tido en tro­feo.

 

Canibalismo en América del Sur

El Ama­zonas es el bosque más exten­so y mis­te­rioso del mun­do. Abar­ca 9 país­es y esconde zonas tan remo­tas que nun­ca han sido explo­radas. A lo largo de los sig­los, ha sido hog­ar de tribus caníbales, y has­ta hoy se cree que algu­nas comu­nidades ais­ladas podrían seguir prac­ticán­do­lo.

El cani­bal­is­mo en el Ama­zonas tenía diver­sos propósi­tos:

  • Rit­uales de guer­ra: Com­er a los ene­mi­gos para absorber su fuerza.
  • Ven­gan­za: Cas­ti­go extremo para tribus rivales.
  • Espir­i­tu­al­i­dad: Creen­cia en el poder de con­sumir cuer­pos para adquirir conocimien­tos mís­ti­cos.
Pintura de Jan van Kessel el Viejo donde se retrata el canibalismo en Brasil
Pin­tu­ra de Jan van Kessel el Viejo donde se retra­ta el cani­bal­is­mo en Brasil

El Ama­zonas es inmen­so y peli­groso. Con más de cin­co mil­lones de kilómet­ros cuadra­dos de sel­va, es un ter­reno donde el hom­bre blan­co ape­nas ha puesto un pie. Exis­ten tribus com­ple­ta­mente ais­ladas que nun­ca han tenido con­tac­to con el exte­ri­or, algu­nas de las cuales han sido acu­sadas de prac­ticar el cani­bal­is­mo.

Des­de hace sig­los, explo­radores han regre­sa­do con his­to­rias escalofri­antes sobre rit­uales donde los ene­mi­gos eran devo­ra­dos en fes­tines bru­tales. Pero lo más inqui­etante es que aún hoy exis­ten regiones donde las autori­dades advierten a los via­jeros que podrían no regre­sar si entran sin per­miso.

Tribus caníbales del Ama­zonas

Los Wari’

Los Wari’ son una tribu amazóni­ca de Brasil que prac­ticó el cani­bal­is­mo funer­ario has­ta finales del siglo XX.

  • No comían a sus ene­mi­gos sino a sus pro­pios famil­iares.
  • Creían que devo­rar a los muer­tos era una for­ma de hon­rar­los y evi­tar que su alma sufriera.
  • La carne del difun­to era coci­da y repar­ti­da entre los miem­bros de la tribu en una cer­e­mo­nia sagra­da.

Cuan­do los misioneros lle­garon en los años 60, inten­taron pro­hibir esta prác­ti­ca pero algunos ancianos de la tribu con­fe­saron que la seguían real­izan­do en secre­to

Canibalismo

Los Yanoma­mi y el rit­u­al del hue­so moli­do

Los Yanoma­mi, una de las tribus más ais­ladas de la sel­va vene­zolana y brasileña, prac­ti­ca­ban el endo­cani­bal­is­mo, es decir, comían partes de sus muer­tos como un rito espir­i­tu­al.

  • No con­sumían la carne sino que trit­ura­ban los hue­sos del difun­to y los mez­cla­ban con una sopa de plá­tano.
  • Creían que el alma del muer­to seguía viva den­tro de sus pari­entes si ingerían sus restos.
  • Aún hoy, algu­nas comu­nidades remo­tas podrían seguir con esta tradi­ción.

Los Tupinam­bá

Los Tupinam­bá, una tribu fer­oz del siglo XVI, fueron el may­or ter­ror de los explo­radores europeos.

  • Prac­ti­ca­ban el cani­bal­is­mo guer­rero: cuan­do cap­tura­ban a un ene­mi­go, lo engord­a­ban durante meses, oblig­án­do­lo a vivir entre ellos has­ta el día de su eje­cu­ción.
  • En la cer­e­mo­nia, le corta­ban la cabeza y lo devor­a­ban públi­ca­mente, creyen­do que así adquirían su valen­tía y habil­i­dades en la guer­ra.
  • Los cro­nistas por­tugue­ses doc­u­men­taron cómo los Tupinam­bá se burla­ban de sus víc­ti­mas antes de matar­las, dicién­doles que pron­to serían parte de la tribu… lit­eral­mente.

La Tribu Korubo

Los Korubo, cono­ci­dos como los “guer­reros del Ama­zonas”, son una de las tribus más agre­si­vas y ais­ladas de Brasil.

  • Han ata­ca­do a misioneros, inves­ti­gadores y otros indí­ge­nas sin piedad.
  • En los años 2000, var­ios reportes afirma­ban que algunos miem­bros de la tribu seguían prac­ti­can­do el cani­bal­is­mo con ene­mi­gos cap­tura­dos.
  • El gob­ier­no brasileño mantiene zonas de exclusión para evi­tar que extraños entren en su ter­ri­to­rio.

Los jíbaros y la reducción de cabezas

🗡️ ¿Por qué reducían las cabezas?

La tsantsa no era sim­ple­mente un tro­feo. Para los shuar, reducir la cabeza de un ene­mi­go tenía un propósi­to espir­i­tu­al y social: atra­par su alma (o energía vital) y evi­tar que pudiera ven­garse des­de el más allá. Era un acto de poder, respeto a los muer­tos y tam­bién de intim­i­dación. Cuan­tas más cabezas reduci­das tenía un guer­rero, más alto era su esta­tus en la tribu.

⚰️ El pro­ce­so de reduc­ción: paso a paso

Decap­itación del ene­mi­go
El pro­ce­so empez­a­ba después de la vic­to­ria en com­bate. El guer­rero shuar decap­ita­ba al ene­mi­go, nor­mal­mente por el cuel­lo, a veces por elpe­cho, con un machete o cuchil­lo afi­la­do. La cabeza debía cor­tarse lo más limpia posi­ble, sin dañar el crá­neo.

Extrac­ción del crá­neo
La parte más del­i­ca­da. Se hacía una incisión ver­ti­cal en la parte pos­te­ri­or de la cabeza y se sep­a­ra­ba cuida­dosa­mente la piel del crá­neo. El crá­neo era desecha­do o enter­ra­do aparte; lo que importa­ba era la piel y el cuero cabel­lu­do, con todos sus ras­gos faciales intac­tos.

Hervir la piel
La piel se hervía durante varias horas en una mez­cla sec­re­ta de hier­bas y agua. Esto no solo ayud­a­ba a reducir­la, sino que tam­bién elim­ina­ba la grasa y la descom­posi­ción. Si se hervía demasi­a­do, los ras­gos se des­fig­ura­ban; si se hacía poco, no se con­serv­a­ban bien.

Seca­do y mold­ea­do
Una vez hervi­da, la piel se seca­ba con piedras calientes y are­na del río. Se intro­ducían piedras calientes den­tro de la cabeza para que man­tu­viera la for­ma. Se cosía la boca con hilo veg­e­tal o se la sell­a­ba con esta­cas de madera. Tam­bién se cerra­ban los ojos, a veces cosi­dos, otras veces que­ma­dos con una piedra caliente.

Ahu­ma­do final
La cabeza se col­ga­ba sobre un fuego de leña para ser ahu­ma­da lenta­mente. Este paso elim­ina­ba cualquier resto de humedad, sell­a­ba la piel y le daba ese car­ac­terís­ti­co tono oscuro, bril­lante y coriáceo.

Dec­o­ración
Algu­nas tsantsas eran ador­nadas con cuen­tas, plumas o inclu­so col­lares. Si el guer­rero era impor­tante, la cabeza reduci­da se mostra­ba en cer­e­mo­nias como sím­bo­lo de fuerza espir­i­tu­al.

Cabeza reducida @Foto Luis García
Cabeza reduci­da @Foto Luis Gar­cía

¿Era un acto caníbal?

No exac­ta­mente. En la may­oría de los casos no se comía la cabeza del ene­mi­go. Aunque sí había rit­uales para­le­los donde la carne del ene­mi­go era con­sum­i­da en pequeñas can­ti­dades como acto sim­bóli­co. Pero la tsantsa en sí era más un tro­feo espir­i­tu­al que gas­tronómi­co.

💰 El mer­ca­do negro de cabezas reduci­das

Con la lle­ga­da de los europeos en el siglo XIX, la prác­ti­ca fue der­ro­ca­da. Los aven­tureros y colec­cionistas empezaron a pagar grandes sumas por tsantsas, lo que llevó a que se hicier­an fal­si­fi­ca­ciones con monos o inclu­so cabezas humanas de asesina­dos solo para vender­las. Este com­er­cio degen­eró la prác­ti­ca ances­tral has­ta que fue pro­hibi­da en Ecuador y Perú en el siglo XX. A día de hoy, muchas tsantsas autén­ti­cas están en museos del mund y algu­nas aún pelean por ser repa­tri­adas a sus comu­nidades de ori­gen.

Hans Staden: el alemán que sobrevivió a los caníbales brasileños

Un sol­da­do alemán del siglo XVI que se embar­có rum­bo al Nue­vo Mun­do bus­can­do for­tu­na y acabó pri­sionero de una tribu tupinam­bá en las sel­vas del Brasil. ¿Lo curioso? Sobre­vivió. ¿Lo insól­i­to? Que según él, iba a ser devo­ra­do. ¿Lo per­tur­bador? Que lo con­tó con todo lujo de detalles. Esta es la his­to­ria de un europeo que fue tes­ti­go —o pro­tag­o­nista, según a quién le pre­guntes— del cani­bal­is­mo rit­u­al de los pueb­los indí­ge­nas de Améri­ca del Sur. Una his­to­ria a medio camino entre la antropología, la super­viven­cia y el mor­bo.

El aven­turero que se metió donde no lo llam­a­ban

Hans Staden nació en Ale­ma­nia, en 1525. En ple­na época de explo­ración, con­quista y saqueo, Europa hervía con noti­cias del Nue­vo Mun­do. El oro, las espe­cias, la prome­sa de tier­ras inex­plo­radas y civ­i­liza­ciones mis­te­riosas eran el pan de cada día en las taber­nas y los puer­tos. Así que como muchos de su tiem­po, Hans se subió a un bar­co rum­bo a Améri­ca sin saber real­mente lo que le esper­a­ba.

Primero sirvió como artillero en una for­t­aleza por­tugue­sa en Brasil. Más tarde, su bar­co fue cap­tura­do por cor­sar­ios france­ses, y acabó desem­bar­can­do en lo que hoy es el litoral de São Paulo. Y ahí fue donde las cosas se torcieron. Fue cap­tura­do por los tupinam­bás, un pueblo indí­ge­na que vivía en la cos­ta atlán­ti­ca brasileña y que, según Hans, prac­ti­ca­ba el cani­bal­is­mo rit­u­al.

Canibalismo

La nar­ración de Hans Staden es, como mín­i­mo, inten­sa. Según cuen­ta en su famoso libro “Ver­dadera his­to­ria y descrip­ción de una tier­ra de sal­va­jes desnudos, fieros y come­dores de hom­bres” (1557), los tupinam­bás lo tomaron pri­sionero creyen­do que era por­tugués —ene­mi­gos acér­ri­mos de la tribu—, y lo encer­raron con la inten­ción de matar­lo… y comérse­lo.

Hans nar­ra cómo fue desnuda­do, pin­ta­do, ata­do y someti­do a todo tipo de rit­uales. Describe cómo los guer­reros canta­ban y bail­a­ban a su alrede­dor, tocán­dole la cabeza, los bra­zos, pal­pan­do su cuer­po como quien inspec­ciona un buen tro­zo de carne antes de meter­lo al fuego. Una esce­na grotesca y fasci­nante, donde la muerte esta­ba en pausa, como si fuera parte de un teatro de la guer­ra. Porque eso era, en parte: los tupinam­bás no mata­ban y comían por ham­bre sino como parte de una cer­e­mo­nia de ven­gan­za. Com­er al ene­mi­go era un acto espir­i­tu­al, una for­ma de hon­rar a los muer­tos y absorber la fuerza del guer­rero ven­ci­do.

Entre la antropología y el hor­ror

Según Staden, pres­en­ció varias eje­cu­ciones y ban­quetes caníbales durante los nueve meses que estu­vo cau­ti­vo. Rela­ta cómo cap­tura­ban a ene­mi­gos, los ata­ban, los ali­menta­ban durante días para que engor­daran, y final­mente los eje­cuta­ban en un rit­u­al públi­co, con dan­zas, músi­ca y gri­tos que mez­cla­ban la cel­e­bración y la bru­tal­i­dad más descar­na­da.

Cuen­ta cómo se les abría el crá­neo con gar­rotes, cómo se desmem­bra­ba el cuer­po y cómo la carne era dis­tribui­da entre los miem­bros de la tribu. Inclu­so describe los olores: el humo de los fue­gos, la carne asa­da, los gri­tos. Es difí­cil no leer­lo sin que se te revuel­va un poco el estó­ma­go. ¿Exageración? ¿Rela­to sen­sa­cional­ista? Puede. Pero en aque­l­la época, los tes­ti­mo­nios como el suyo eran las úni­cas ven­tanas al mun­do indí­ge­na para los europeos y lo que con­ta­ba Hans fascin­a­ba tan­to como hor­ror­iz­a­ba.

¿Y cómo sobre­vivió? Bue­na pre­gun­ta. Porque si nos fiamos de su rela­to, Hans Staden debería haber acaba­do servi­do con man­dio­ca y fru­tas trop­i­cales. Pero no. Según él, se ganó la sim­patía de algunos miem­bros de la tribu ase­gu­ran­do que no era por­tugués, sino alemán, y que los dios­es se enfadarían si lo mata­ban. Jugó sus car­tas como pudo. Aprendió la lengua tupí, curó a niños enfer­mos, predi­jo eclipses gra­cias a sus conocimien­tos de astronomía y poco a poco logró pasar de “ene­mi­go para el menú” a “curioso pri­sionero blan­co”. Inclu­so llegó a actu­ar como medi­ador entre la tribu y los europeos que se acer­ca­ban a la cos­ta, lo que le salvó la vida varias veces.

Final­mente, en 1555, logró escapar y regre­sar a Europa. Su his­to­ria se con­vir­tió en un éxi­to edi­to­r­i­al en Ale­ma­nia, tra­duci­da a var­ios idiomas y ven­di­da como pan caliente. No es para menos: un rela­to en primera per­sona de alguien que había vivi­do entre caníbales y vivi­do para con­tar­lo.

¿Ver­dad o mito exager­a­do?

Aquí viene la parte polémi­ca. ¿Has­ta qué pun­to es verídi­co el rela­to de Hans Staden? Algunos his­to­ri­adores y antropól­o­gos defien­den que, sí, los tupinam­bás prac­ti­ca­ban una for­ma de cani­bal­is­mo rit­u­al, pero que los relatos europeos tendían a exager­ar­lo por razones políti­cas y reli­giosas. Mostrar a los pueb­los indí­ge­nas como sal­va­jes bru­tales jus­ti­fi­ca­ba, por supuesto, la evan­ge­lización forza­da y la col­o­nización. Pero al mis­mo tiem­po, el rela­to de Staden es coher­ente, detal­la­do, y coin­cide en var­ios aspec­tos con otros tes­ti­mo­nios de la época.

No era el úni­co europeo en describir ban­quetes humanos. Jean de Léry, un misionero francés que vivió con los tupinam­bás años después, tam­bién dejó con­stan­cia del cani­bal­is­mo. Inclu­so algunos indí­ge­nas con­ver­tidos al cris­tian­is­mo lo men­ciona­ban como parte del pasa­do trib­al. Así que quizás no era fic­ción total, ni ver­dad abso­lu­ta. Como tan­tas cosas en la his­to­ria, segu­ra­mente se movía en una zona gris entre el hor­ror real y la fasci­nación exóti­ca.

 

Percy Fawcett: el explorador que desapareció buscando una ciudad perdida

Hay per­son­ajes que pare­cen saca­dos de una nov­ela de aven­turas, de esas en las que el pro­tag­o­nista cruza ríos infes­ta­dos de pirañas, habla con tribus descono­ci­das y bus­ca ciu­dades leg­en­darias envueltas en niebla. Pero Per­cy Faw­cett no fue una inven­ción de la lit­er­atu­ra. Fue de carne y hue­so. Un coro­nel británi­co que aban­donó la civ­i­lización en bus­ca de una urbe per­di­da en lo más pro­fun­do de la Ama­zonía y que jamás volvió.

Lo que ocur­rió con él sigue sien­do uno de los grandes mis­te­rios del siglo XX. Algunos dicen que murió a manos de indí­ge­nas hos­tiles. Otros creen que fundó su propia comu­nidad sec­re­ta en la sel­va. Y hay quienes ase­gu­ran que sim­ple­mente se con­vir­tió en parte de la leyen­da que tan­to perseguía.

El últi­mo explo­rador

Per­cy Har­ri­son Faw­cett nació en 1867, en ple­na época dora­da del Impe­rio Británi­co. Fue mil­i­tar, cartó­grafo y espía. Un hom­bre de mira­da agu­da y carác­ter férreo que tra­ba­jó para la Roy­al Geo­graph­i­cal Soci­ety trazan­do mapas de Sudaméri­ca. Era metic­u­loso, resistente, obsesi­vo. Y como tan­tos otros hom­bres de su época, esta­ba con­ven­ci­do de que aún qued­a­ban mis­te­rios por resolver, ter­ri­to­rios inex­plo­rados y secre­tos ocul­tos bajo la espesura.

Fue durante sus misiones en Brasil y Bolivia cuan­do empezó a oír rumores de una antigua civ­i­lización per­di­da, una ciu­dad que —según leyen­das indí­ge­nas y doc­u­men­tos antigu­os— se oculta­ba en el corazón de la sel­va: la míti­ca “Z”. Sí, Z. Como si fuera una incóg­ni­ta alge­braica. El nom­bre con el que bau­tizó a esa ciu­dad que, según él, pro­baría que la Ama­zonía no era solo un ter­reno sal­va­je sino el hog­ar de una cul­tura avan­za­da, ante­ri­or inclu­so a las civ­i­liza­ciones euro­peas.

Una ciu­dad hecha de humo y obsesión

Faw­cett no habla­ba a la lig­era. A difer­en­cia de muchos de sus con­tem­porá­neos que des­pre­cia­ban las cul­turas indí­ge­nas, él esta­ba con­ven­ci­do de que bajo la sel­va se escondían secre­tos olvi­da­dos por la his­to­ria ofi­cial. Se basa­ba en relatos de con­quis­ta­dores por­tugue­ses del siglo XVI, que habla­ban de ciu­dades con tem­p­los, calles empe­dradas y riquezas imposi­bles. Tam­bién tenía un extraño man­u­scrito, el Doc­u­men­to 512, con­ser­va­do en la Bib­liote­ca Nacional de Brasil. En él, un explo­rador por­tugués describía haber encon­tra­do ruinas con arcos mon­u­men­tales, estat­uas y jeroglí­fi­cos que no se parecían a nada cono­ci­do. ¿Prue­bas con­cluyentes? No. ¿Sufi­cientes para obse­sion­ar a un hom­bre como Faw­cett? Abso­lu­ta­mente.

Durante años, planeó expe­di­ciones, recor­rió el Mato Grosso, se aden­tró en zonas donde nadie más había esta­do. En 1925, con­ven­ci­do de que esta­ba cer­ca de su obje­ti­vo, par­tió una vez más hacia la sel­va. Esta vez, con un equipo reduci­do: su hijo Jack, de 21 años, y un ami­go cer­cano. Llev­a­ban pro­vi­siones, brúju­las, car­tas y una fe cie­ga en que esta­ban a pun­to de hac­er his­to­ria. Nun­ca más se les volvió a ver.

Cuan­do la jungla se los tragó

La últi­ma señal de vida llegó en for­ma de car­ta, envi­a­da des­de un cam­pa­men­to remo­to. Faw­cett esta­ba entu­si­as­ma­do. Decía que todo march­a­ba bien y que no quería ayu­da exter­na. Que la ciu­dad Z esta­ba cer­ca. Después, silen­cio. Las sem­anas pasaron. Luego los meses. Y final­mente, los años.

Lo que vino después fue una autén­ti­ca locu­ra. Dece­nas de expe­di­ciones salieron a bus­car a Faw­cett. Algu­nas fueron orga­ni­zadas por gob­ier­nos, otras por aven­tureros entu­si­as­tas, y otras por chi­fla­dos con­ven­ci­dos de que lo encon­trarían vivo, con­ver­tido en líder de una tribu per­di­da. De las más de cien expe­di­ciones de rescate que se orga­ni­zaron… muchas acabaron desa­pare­cien­do tam­bién.

Faw­cett se con­vir­tió en un mito. Un sím­bo­lo. El hom­bre que cruzó el umbral de lo cono­ci­do y nun­ca volvió.

Percy Fawcett

¿Qué fue de él?

Las teorías sobre su des­ti­no son tan vari­adas como alu­ci­nantes. Algunos dicen que fue asesina­do por la tribu kala­pa­lo, cansa­da de sus exi­gen­cias. Otros afir­man que enfer­mó y murió en la sel­va. Tam­bién hay quien ase­gu­ra que des­cubrió la ciu­dad Z, decidió quedarse y que allí acabaría murien­do. En los años 50, un hom­bre que afirma­ba haber sido pri­sionero de una tribu brasileña dijo haber vis­to a un anciano blan­co vivien­do entre ellos, con ropa indí­ge­na y mira­da lejana. Nun­ca se pudo com­pro­bar.

Los restos óseos que se creyeron suyos resul­taron no ser­lo. Y el mis­te­rio, como la niebla de la sel­va, sigu­ió envolvién­do­lo todo.

Z: ¿ciu­dad per­di­da o inven­ción colo­nial?

Durante décadas, la comu­nidad cien­tí­fi­ca con­sid­eró que la ciu­dad Z era una quimera. Que Faw­cett había caí­do víc­ti­ma de su propia obsesión. Que la idea de civ­i­liza­ciones avan­zadas en la Ama­zonía era un delirio colo­nial, pro­duc­to de las lec­turas román­ti­cas del siglo XIX.

Pero los tiem­pos han cam­bi­a­do.

En las últi­mas décadas, arqueól­o­gos brasileños y esta­dounidens­es han des­cu­bier­to restos de aldeas plan­i­fi­cadas, car­reteras, canales y has­ta platafor­mas agrí­co­las en zonas que antes se creían inhab­itadas. La lla­ma­da “Ama­zonía pre­colom­bi­na” podría haber alber­ga­do mil­lones de per­sonas orga­ni­zadas en sociedades com­ple­jas antes de la lle­ga­da de los europeos.

El hal­laz­go de estruc­turas geométri­c­as, cono­ci­das como “geogli­fos”, vis­i­bles des­de el aire en el esta­do de Acre, ha reabier­to el debate: ¿y si Faw­cett no esta­ba tan equiv­o­ca­do? Quizás Z no era una ciu­dad como Machu Pic­chu, de piedra y ter­razas, pero sí una red de asen­tamien­tos conec­ta­dos, con tec­nología y cul­tura propias. Quizás no bus­ca­ba una ciu­dad sino una civ­i­lización com­ple­ta.

Aunque el cani­bal­is­mo amazóni­co desa­pare­ció en su may­oría, aún hay reportes recientes que indi­can que algu­nas tribus ais­ladas podrían seguir prac­ticán­do­lo. En 2011 un grupo de mineros ile­gales denun­ció que var­ios de sus com­pañeros desa­parecieron en una zona habita­da por indí­ge­nas ais­la­dos. Los rumores de cani­bal­is­mo comen­zaron a cir­cu­lar pero nun­ca se encon­traron prue­bas conc­re­tas. En 2018, un peri­odista brasileño afir­mó haber vis­to indí­ge­nas en una zona remo­ta con restos humanos coci­dos, aunque el gob­ier­no deses­timó su tes­ti­mo­nio. Dado que hay zonas del Ama­zonas donde nadie ha entra­do en sig­los, no sería raro que cier­tas prác­ti­cas antiguas aún per­duren.

 

Canibalismo en África: Rituales, conflictos y el lado oscuro de la historia

El con­ti­nente africano es cono­ci­do por su inmen­sa diver­si­dad cul­tur­al y étni­ca pero tam­bién tiene en su his­to­ria algu­nas de las prác­ti­cas más con­tro­ver­tidas y macabras, como el cani­bal­is­mo rit­u­al. A lo largo de los sig­los, diver­sas tribus y gru­pos étni­cos en África han lle­va­do a cabo ritos caníbales que no solo involu­cra­ban la inges­ta de carne humana sino que tam­bién tenían una pro­fun­da car­ga espir­i­tu­al, políti­ca o social. Des­de las guer­ras trib­ales has­ta los con­flic­tos béli­cos recientes, el cani­bal­is­mo ha sido una real­i­dad en varias partes del con­ti­nente.

Esta sec­ción explo­ra las tribus caníbales de África, los motivos detrás de estas prác­ti­cas y algunos de los casos más infames en la his­to­ria reciente. Des­de los Azande en el cen­tro de África has­ta los guer­reros león de Tan­za­nia, el cani­bal­is­mo ha sido una her­ramien­ta poderosa tan­to en la guer­ra como en el rit­u­al.

Canibalismo

Los Azande

Los Azande, una de las etnias más cono­ci­das de África cen­tral, prin­ci­pal­mente pre­sentes en país­es como Sudán del Sur, la Repúbli­ca Cen­troafricana y el Con­go, son famosos no solo por su orga­ni­zación políti­ca y sus creen­cias espir­i­tuales sino tam­bién por su prác­ti­ca históri­ca de cani­bal­is­mo.

Los Azande prac­ti­caron un cani­bal­is­mo rit­u­al durante las guer­ras trib­ales, donde el con­sumo de carne humana era una for­ma de ven­gar a los muer­tos. A menudo, los ene­mi­gos cap­tura­dos en batal­la no solo eran eje­cu­ta­dos, sino que sus cuer­pos eran con­sum­i­dos por los guer­reros vic­to­riosos, pues se creía que al com­er­los, los Azande absorbían sus fuerzas y habil­i­dades.

  • Este rit­u­al era tam­bién una for­ma de humil­lar al ene­mi­go y elim­i­nar su poder.
  • Los pri­sioneros de guer­ra eran sac­ri­fi­ca­dos y sus partes del cuer­po con­sum­i­das de for­ma rit­u­al, ase­gu­ran­do que la vic­to­ria no solo fuera físi­ca sino espir­i­tu­al.
  • Este tipo de cani­bal­is­mo no era gra­tu­ito sino que tenía un propósi­to pro­fun­da­mente conec­ta­do con la cos­mo­visión espir­i­tu­al de los Azande.

El cani­bal­is­mo como sanación y magia negra

El cani­bal­is­mo en algu­nas cul­turas africanas no solo era vis­to como un acto de guer­ra o ven­gan­za. En el caso de los Azande, había creen­cias que lo vin­cu­la­ban con la curación y la magia negra. Se pens­a­ba que com­er cier­tos órganos humanos podía otor­gar habil­i­dades sobre­nat­u­rales, como la curación de enfer­medades o el poder sobre los espíri­tus.

  • El cere­bro era con­sid­er­a­do el órgano más poderoso, pues se creía que al con­sumir­lo se adquiría sabiduría y poder espir­i­tu­al.
  • En algunos casos, el cani­bal­is­mo se usa­ba para afir­mar el dominio sobre un ter­ri­to­rio o un grupo, reforzan­do las jer­ar­quías sociales den­tro de la tribu.

Los Fang

Los Fang, otro grupo étni­co situ­a­do en el cen­tro de África, fueron cono­ci­dos por su fero­ci­dad en la guer­ra y, al igual que los Azande, por sus prác­ti­cas caníbales. Los Fang habi­tan prin­ci­pal­mente en la región que abar­ca el Gabon, Camerún y Guinea Ecu­a­to­r­i­al.

Durante las guer­ras trib­ales, los Fang tam­bién prac­ti­ca­ban el cani­bal­is­mo como una for­ma de ven­gan­za. No solo con­sumían a los ene­mi­gos caí­dos, sino que tam­bién real­iz­a­ban rit­uales de sac­ri­fi­cio humano como parte de su estrate­gia de guer­ra.

  • Los pri­sioneros de guer­ra eran eje­cu­ta­dos y con­sum­i­dos en rit­uales donde se creía que al com­er a los ene­mi­gos, los guer­reros Fang absorvían sus habil­i­dades y cora­je.
  • Este tipo de cani­bal­is­mo, aunque vin­cu­la­do a la ven­gan­za y la magia, tam­bién tenía un com­po­nente social, ya que el con­sumo de la carne humana podía reafir­mar el esta­tus de un líder o de un guer­rero en par­tic­u­lar den­tro de la tribu.

El caso de los hechiceros

El cani­bal­is­mo tam­bién se aso­cia­ba a los hechiceros y curan­deros de los Fang. Se creía que al con­sumir partes especí­fi­cas de los cuer­pos humanos, como el corazón o el híga­do, se adquirían poderes mági­cos que podían uti­lizarse tan­to para curar como para dañar.

  • Algunos hechiceros usa­ban la carne humana para hac­er póci­mas y bre­ba­jes que otor­ga­ban poderes sobre­nat­u­rales o cur­a­ban enfer­medades.
  • A pesar de que estas prác­ti­cas fueron ofi­cial­mente pro­hibidas por los gob­ier­nos colo­niales, aún exis­ten relatos de hechiceros Fang que prac­ti­ca­ban rit­uales caníbales en secre­to.

Los Guer­reros León de Tan­za­nia

Los guer­reros león de Tan­za­nia, cono­ci­dos por su fero­ci­dad en la caza y por su vín­cu­lo espir­i­tu­al con el león, tam­bién prac­ti­ca­ban el cani­bal­is­mo en tiem­pos de guer­ra.

Durante las batal­las, cuan­do los guer­reros león caz­a­ban ene­mi­gos, solían con­sumir cier­tas partes del cuer­po de sus víc­ti­mas. Este acto no solo era un rit­u­al de ven­gan­za sino tam­bién una prue­ba de valen­tía.

  • Los guer­reros más jóvenes con­sumían la carne del corazón y el híga­do de sus ene­mi­gos, lo que sim­boliz­a­ba la adquisi­ción de poder y cora­je.
  • Para ellos, com­er partes del cuer­po humano les otor­ga­ba una fuerza supe­ri­or que les ayud­a­ba a enfrentarse a futuras batal­las.

Guer­ra de Liberia y la Repúbli­ca Democráti­ca del Con­go

El cani­bal­is­mo no es solo un fenó­meno del pasa­do; en tiem­pos de guer­ra recientes en África, algunos con­flic­tos han tenido ale­ga­ciones y prue­bas de cani­bal­is­mo entre los com­bat­ientes. La guer­ra civ­il de Liberia (1989–2003) fue un con­flic­to dev­as­ta­dor donde se repor­taron casos de cani­bal­is­mo entre los com­bat­ientes. Muchos de los sol­da­dos leales al pres­i­dente Charles Tay­lor fueron acu­sa­dos de matar y con­sumir a sus ene­mi­gos.

  • Se decía que los guer­reros caníbales comían los cora­zones de sus ene­mi­gos para obten­er poder, y algu­nas veces cocin­a­ban partes de los cuer­pos en rit­uales de ven­gan­za.
  • Los tes­ti­gos de la guer­ra afir­maron que algunos com­bat­ientes se creían invul­ner­a­bles después de con­sumir carne humana, en un acto rit­u­al que implic­a­ba una conex­ión con los espíri­tus.

En la Repúbli­ca Democráti­ca del Con­go, otro con­flic­to bru­tal, las fac­ciones rebeldes tam­bién fueron acu­sadas de recur­rir al cani­bal­is­mo. Los sol­da­dos no solo mata­ban a pri­sioneros, sino que tam­bién los con­sumían, afir­man­do que este acto les otor­ga­ba poder y los pro­tegía de las balas.

 

Aunque el cani­bal­is­mo en África fue en su may­oría una prác­ti­ca rit­u­al y vin­cu­la­da a creen­cias espir­i­tuales, tam­bién ha tenido un com­po­nente políti­co y social, espe­cial­mente en tiem­pos de guer­ra. Las tribus que prac­ti­caron el cani­bal­is­mo lo hicieron no solo como una for­ma de ven­gan­za, sino como un medio para adquirir poder sobre­nat­ur­al y man­ten­er su esta­tus social.

Hoy en día, aunque estas prác­ti­cas han desa­pare­ci­do en su may­oría, los ecos del cani­bal­is­mo siguen pre­sentes en la memo­ria colec­ti­va de algu­nas regiones. Los relatos de guer­ras, sac­ri­fi­cios y rit­uales caníbales siguen sien­do una parte oscu­ra y fasci­nante de la his­to­ria africana.

Canibalismo en el México prehispánico

Via­jar a Méx­i­co es como abrir un cofre lleno de mar­avil­las: ruinas majes­tu­osas, mer­ca­dos llenos de col­ores, leyen­das ances­trales y una gas­tronomía que enam­o­ra. Pero si ras­camos bajo esa super­fi­cie, encon­traremos una his­to­ria que no aparece en los fol­letos turís­ti­cos. Una his­to­ria escri­ta con san­gre, fuego y hue­sos humanos. Porque sí, en el Méx­i­co pre­his­páni­co se prac­ticó el cani­bal­is­mo rit­u­al y no de for­ma esporádi­ca sino como parte cen­tral de un sis­tema de creen­cias que hoy nos resul­ta tan fasci­nante como per­tur­bador.

No hablam­os de tribus per­di­das ni de casos ais­la­dos. Hablam­os del poderoso Impe­rio Mex­i­ca, más cono­ci­do como el Impe­rio Azteca, que con­vir­tió el sac­ri­fi­cio humano y el con­sumo rit­u­al de carne en una prác­ti­ca insti­tu­cional­iza­da. Y como verás, no era por ham­bre sino por religión.

Muro azteca de craneos humanos
Muro azteca de cra­ne­os humanos

 

Para enten­der el cani­bal­is­mo rit­u­al en Mesoaméri­ca, primero hay que enten­der cómo veían el mun­do las cul­turas pre­his­páni­cas. En la cos­mo­visión mex­i­ca, el uni­ver­so era un equi­lib­rio frágil sostenido por los sac­ri­fi­cios. Los dios­es lo habían dado todo por crear a la humanidad: su alien­to, su san­gre, sus cuer­pos. Así que los hom­bres, en agradec­imien­to, debían devolver ese sac­ri­fi­cio. ¿Cómo? Con san­gre humana. Y si era posi­ble, con el cuer­po entero.

Los sac­ri­fi­cios no eran sim­ples eje­cu­ciones. Eran cer­e­mo­nias core­ografi­adas al detalle, con músi­ca, dan­zas, incien­so y mul­ti­tudes reunidas en los tem­p­los para ver cómo el corazón del pri­sionero era arran­ca­do con un cuchil­lo de obsid­i­ana y ofre­ci­do al sol. El cuer­po, según los cro­nistas, no siem­pre se des­perdi­cia­ba. En algunos casos, se cocin­a­ba. Y se comía.

¿Era común el cani­bal­is­mo entre los mex­i­cas?

Aquí entra el debate históri­co. Porque los con­quis­ta­dores españoles, espe­cial­mente fray Bernardi­no de Sahagún y Hernán Cortés, dejaron relatos donde describen estas prác­ti­cas con todo detalle. Según ellos, los guer­reros más desta­ca­dos podían recibir partes del cuer­po del sac­ri­fi­ca­do —nor­mal­mente los mus­los— para coci­nar­los en tamales o guisos con chile y maíz.

Sí, el famoso mole con carne humana no es solo un mito colo­nial: aparece descrito en más de una cróni­ca del siglo XVI. Inclu­so se habla­ba de cazue­las espe­ciales para coci­nar los cuer­pos, cono­ci­das como tla­cat­laol­li, lit­eral­mente “guiso de hom­bre”.

Eso sí: el cani­bal­is­mo no era cotid­i­ano ni gen­er­al­iza­do. No todos los aztecas comían carne humana como parte de su dieta. Era una prác­ti­ca reser­va­da a cier­tos rit­uales y a cier­tos esta­tus sociales. Pero tam­poco era un tabú. Era un hon­or y una for­ma de cer­rar el ciclo del sac­ri­fi­cio.

El fes­ti­val de Tla­cax­ipehual­iztli: devo­rar para hon­rar

Uno de los momen­tos clave donde el cani­bal­is­mo rit­u­al se volvía pro­tag­o­nista era durante el fes­ti­val de Tla­cax­ipehual­iztli, ded­i­ca­do al dios Xipe Tótec, “Nue­stro Señor El Des­ol­la­do”. Este dios, aso­ci­a­do con la ren­o­vación de la vida y las cose­chas, exigía sac­ri­fi­cios par­tic­u­lar­mente bru­tales: las víc­ti­mas eran des­ol­ladas vivas y sus pieles eran lle­vadas por los sac­er­dotes como tra­jes sagra­dos.

Después del sac­ri­fi­cio, los cuer­pos eran repar­tidos entre los nobles y los guer­reros, quienes los cocin­a­ban en sus casas. Se decía que al com­er esa carne, se absorbía el val­or y la energía del ene­mi­go. Una for­ma de man­ten­er la fuerza del impe­rio y del uni­ver­so.

¿Cani­bal­is­mo o pro­pa­gan­da colo­nial?

Aho­ra bien, tam­bién hay que mati­zar. Algunos his­to­ri­adores mod­er­nos cues­tio­nan la mag­ni­tud de estos relatos. ¿Real­mente el cani­bal­is­mo era tan común o fue exager­a­do por los españoles para jus­ti­ficar la con­quista?

Hay argu­men­tos para ambas pos­turas. Por un lado, los cro­nistas españoles tenían claro interés en mostrar a los mex­i­cas como bár­baros que nece­sita­ban ser sal­va­dos. El cani­bal­is­mo era la ima­gen per­fec­ta para escan­dalizar a Europa. Pero por otro, hay evi­den­cia arque­ológ­i­ca que respal­da cier­tas prác­ti­cas: hue­sos humanos con mar­cas de corte, frag­men­tos coci­dos en con­tex­tos cer­e­mo­ni­ales e inclu­so restos encon­tra­dos en zonas de élite de Tenochti­tlán.

Canibalismo

Así que prob­a­ble­mente, como en muchas cosas, la ver­dad esté en un pun­to inter­me­dio: ni los mex­i­cas eran mon­stru­os sedi­en­tos de carne, ni los relatos son pura inven­ción. El cani­bal­is­mo rit­u­al exis­tió. Fue real. Y fue parte de una com­ple­ja cos­mo­visión donde el cuer­po era vehícu­lo de lo divi­no.

¿Qué pens­a­ban los pro­pios mex­i­cas?

Para los mex­i­cas, el sac­ri­fi­cio y el cani­bal­is­mo no eran actos de bru­tal­i­dad sino ofren­das. El corazón ali­menta­ba al sol. La san­gre fer­til­iz­a­ba la tier­ra. Y la carne, en momen­tos muy especí­fi­cos, se com­partía como sím­bo­lo de poder y conex­ión con los dios­es­No se trata­ba de matar por matar ni de com­er por plac­er. Era un sis­tema sim­bóli­co, pro­fun­da­mente reli­gioso, donde la vio­len­cia tenía un propósi­to: man­ten­er el orden cós­mi­co. Algo com­ple­ta­mente ajeno a nues­tra men­tal­i­dad actu­al, pero que resul­ta fun­da­men­tal para enten­der una civ­i­lización tan sofisti­ca­da como incom­pren­di­da.

En los últi­mos años, excava­ciones en el Tem­p­lo May­or de Ciu­dad de Méx­i­co han arro­ja­do nuevos datos que con­fir­man lo que con­ta­ban las cróni­cas. Se han hal­la­do restos de dece­nas de crá­neos humanos con per­fora­ciones rit­uales, hue­sos que­ma­dos o con mar­cas de corte com­pat­i­bles con el desmem­bramien­to post mortem. Tam­bién se han des­cu­bier­to altares de piedra con relieves que mues­tran esce­nas de sac­ri­fi­cios humanos y pro­ce­siones donde los sac­er­dotes por­tan partes de cuer­pos. La cien­cia va poco a poco desmon­tan­do la idea de que todo fue pro­pa­gan­da. Y nos ayu­da a ver que el cani­bal­is­mo pre­his­páni­co, aunque nos resulte repul­si­vo, fue real y pro­fun­da­mente sig­ni­fica­ti­vo.

 

Canibalismo en Nueva Zelanda: Los Maoríes

Los Maoríes, los pueb­los indí­ge­nas de Nue­va Zelan­da, tienen una rica y com­ple­ja his­to­ria que incluye prác­ti­cas de cani­bal­is­mo rit­u­al. Para ellos com­er la carne de los ene­mi­gos cap­tura­dos no solo era una cuestión de super­viven­cia sino un acto car­ga­do de sig­nifi­ca­dos espir­i­tuales, sociales y guer­reros. La prác­ti­ca de com­er a los ene­mi­gos cap­tura­dos tenía varias dimen­siones y esta­ba lig­a­da a la ven­gan­za, la pro­tec­ción espir­i­tu­al y la purifi­cación.

  • El cani­bal­is­mo era una for­ma de recla­mar el mana de la per­sona sac­ri­fi­ca­da y trans­ferir su poder a los guer­reros que par­tic­i­pa­ban en el rit­u­al.
  • El ene­mi­go cap­tura­do no solo era vis­to como un tro­feo de guer­ra sino como una fuente de poder espir­i­tu­al que podía reforzar la autori­dad de la tribu y pro­te­gerla de futur­os ataques.

La cac­ería del ene­mi­go y el cer­e­mo­ni­al

El acto de com­er la carne de los ene­mi­gos no se real­iz­a­ba de man­era aleato­ria ni caóti­ca.  La cap­tura de un ene­mi­go era un pro­ce­so rit­u­al­iza­do, y el cani­bal­is­mo comen­z­a­ba mucho antes de la inges­ta de la carne. Los pri­sioneros de guer­ra eran trata­dos con gran des­dén e humil­lación. A menudo, eran someti­dos a rit­uales de tor­tu­ra, des­ti­na­dos a degradar­los espir­i­tual­mente antes de ser sac­ri­fi­ca­dos. Esto no solo demostra­ba la supe­ri­or­i­dad de la tribu vence­do­ra sino que ase­gura­ba que el pri­sionero no tuviera la opor­tu­nidad de regre­sar en for­ma de espíritu venga­ti­vo.

Maori

Una vez que el pri­sionero era sac­ri­fi­ca­do, la carne era prepara­da para ser con­sum­i­da. El rit­u­al de la con­sun­ción era un acto colec­ti­vo, en el que los guer­reros de la tribu par­tic­i­pa­ban. Los líderes espir­i­tuales o jefes de la tribu eran quienes dirigían este rit­u­al, invo­can­do a los dios­es para garan­ti­zar que la trans­fer­en­cia de mana fuera efec­ti­va.

Durante este rit­u­al, se creía que el alma del ene­mi­go era absorbi­da por quienes par­tic­i­pa­ban en el acto de com­er la carne. Sin embar­go, tam­bién se trata­ba de una for­ma de purifi­cación: la carne del ene­mi­go se con­sumía para purificar tan­to al guer­rero que la comía como a la tribu en su con­jun­to, elim­i­nan­do las malas energías o espíri­tus malig­nos que pudier­an haber sido traí­dos por la guer­ra.

El Haka

Uno de los aspec­tos más cono­ci­dos de la cul­tura maorí es el haka, la dan­za rit­u­al que se real­iza antes de las batal­las, y en la que par­tic­i­pan tan­to guer­reros como miem­bros de la tribu. El haka tiene muchas for­mas y sig­nifi­ca­dos, pero en algunos casos, era acom­paña­do de gestos caníbales para espan­tar al ene­mi­go y mostrar la fero­ci­dad de la tribu.

  • Aunque el haka no siem­pre estu­vo aso­ci­a­do al cani­bal­is­mo, en algu­nas tribus, esta dan­za era acom­paña­da de gestos sim­bóli­cos de com­er la carne de un ene­mi­go, como for­ma de mostrar el poder y el orgul­lo que la tribu sen­tía al con­sumir al ene­mi­go.

Para enten­der por qué los maoríes prac­ti­caron el cani­bal­is­mo, es impor­tante recono­cer el con­tex­to cul­tur­al y reli­gioso en el que se encon­tra­ba. Los maoríes vivían en una sociedad muy espir­i­tu­al, en la que los dios­es, los espíri­tus y las fuerzas nat­u­rales gob­ern­a­ban el mun­do. El con­cep­to de mana, o fuerza espir­i­tu­al, era cru­cial para la super­viven­cia, el bien­es­tar y el éxi­to de la tribu.

El cani­bal­is­mo tam­bién tenía un fuerte com­po­nente de con­trol social. Con­sumir la carne de los ene­mi­gos era una for­ma de demostrar leal­tad a la tribu, además de reforzar el vín­cu­lo entre los miem­bros. Aque­l­los que se nega­ban a par­tic­i­par en estos rit­uales eran con­sid­er­a­dos traidores o inclu­so des­pre­cia­bles, ya que no com­partían los val­ores espir­i­tuales que sus­tenta­ban la exis­ten­cia del grupo.

Este cani­bal­is­mo rit­u­al ayud­a­ba a man­ten­er el orden social den­tro de la tribu. Los guer­reros y los líderes reli­giosos desem­peña­ban un papel cru­cial en la orga­ni­zación y dis­tribu­ción de la carne, ase­gurán­dose de que todo fuera lle­va­do a cabo de acuer­do con las tradi­ciones y creen­cias de la tribu. El cani­bal­is­mo maorí con­tin­uó has­ta bien entra­do el siglo XIX, cuan­do las influ­en­cias exter­nas, espe­cial­mente el colo­nial­is­mo europeo, comen­zaron a mod­i­ficar pro­fun­da­mente la vida de los maoríes.

La lle­ga­da de los europeos

Los primeros colonos y misioneros europeos que lle­garon a Nue­va Zelan­da en el siglo XIX fueron hor­ror­iza­dos por la prác­ti­ca del cani­bal­is­mo, con­sid­erán­dola una bar­barie. A lo largo de las décadas, los esfuer­zos misioneros y la col­o­nización euro­pea trataron de erradicar estas prác­ti­cas, influyen­do tan­to en la cul­tura maorí como en sus creen­cias.

  • Los misioneros cris­tianos inten­taron suprim­ir el cani­bal­is­mo, aso­cián­do­lo con el peca­do y la oscuri­dad espir­i­tu­al.
  • La ley colo­nial impu­so san­ciones para pro­hibir el cani­bal­is­mo, y aunque la prác­ti­ca nun­ca fue com­ple­ta­mente errad­i­ca­da, la mod­ern­ización y la trans­for­ma­ción social con­tribuyeron a que dis­min­uy­era sig­ni­fica­ti­va­mente.

Hoy en día, el cani­bal­is­mo maorí sigue sien­do un tema con­tro­ver­tido y com­ple­jo. Aunque muchos lo ven como una prác­ti­ca sal­va­je, tam­bién es impor­tante enten­der­lo como parte de un sis­tema de creen­cias pro­fun­da­mente vin­cu­la­do a la espir­i­tu­al­i­dad, la guer­ril­la y las cos­tum­bres trib­ales.

Canibalismo en Europa

El cani­bal­is­mo en Europa ha sido un tema de con­tro­ver­sia y fasci­nación históri­ca. Aunque no fue tan común como en otras partes del mun­do, exis­ten var­ios reg­istros de cani­bal­is­mo durante perío­dos de cri­sis extremas como en guer­ras, ham­brunas y dis­tur­bios sociales. Sin embar­go, tam­bién hay casos en los que el cani­bal­is­mo fue parte de rit­uales reli­giosos o prác­ti­cas de poder.

Canibalismo en la Edad Media

Durante la Edad Media, Europa sufrió numerosas ham­brunas, epi­demias y guer­ras destruc­ti­vas que pusieron a muchas pobla­ciones en una situación de super­viven­cia extrema. En estos con­tex­tos, el cani­bal­is­mo no era un acto real­iza­do por vol­un­tad propia o como una for­ma de poder sino más bien como una respues­ta deses­per­a­da a la fal­ta de ali­men­tos.

Canibalismo

En el siglo XIV, Europa sufrió algu­nas de las peo­res ham­brunas en su his­to­ria, espe­cial­mente en el con­tex­to de la Peste Negra, que diezmó a la población y deses­ta­bi­lizó las estruc­turas agrí­co­las. En estos tiem­pos, las famil­ias enteras se vieron oblig­adas a recur­rir a actos extremos para sobre­vivir.

  • En la Gran Ham­bruna de 1315–1317, miles de per­sonas en toda Europa murieron de ham­bre debido a las malas cose­chas y el cli­ma frío. Se reg­is­traron casos de cani­bal­is­mo, espe­cial­mente en las regiones de Fran­cia, Inglater­ra y Esco­cia, donde las per­sonas deses­per­adas mata­ban a los más débiles para com­er su carne.

Las guerras y el canibalismo en el campo de batalla

Las guer­ras medievales fueron par­tic­u­lar­mente bru­tales y pro­lon­gadas. Durante el sitio de ciu­dades y batal­las pro­lon­gadas, los sol­da­dos a menudo se qued­a­ban sin sum­in­istros, lo que llev­a­ba a situa­ciones de extrema necesi­dad. Aunque en gen­er­al, las fuentes históri­c­as no doc­u­men­tan con fre­cuen­cia el cani­bal­is­mo entre los sol­da­dos, algunos relatos nar­ran el deses­pero de las tropas que, ante la fal­ta de ali­men­tos, recur­rían a con­sumir carne humana.

  • En 1209, durante la Cru­sa­da Albi­gense, un cani­bal­is­mo repor­ta­do en la ciu­dad de Béziers (Fran­cia) causó con­tro­ver­sia. Se decía que algunos sol­da­dos con­sum­ieron carne humana después de un largo ase­dio en el que la ciu­dad fue arrasa­da y las pro­vi­siones fueron ago­tadas.

Culturas Celta y Germánica

En la antigua Europa celta y ger­máni­ca, el cani­bal­is­mo a menudo esta­ba rela­ciona­do con las creen­cias espir­i­tuales y el deseo de absorber el poder de los ene­mi­gos caí­dos. En par­tic­u­lar, los ger­manos y los celtas tenían rit­uales que involu­cra­ban el sac­ri­fi­cio humano y la con­sun­ción de la carne para trans­mi­tir el mana o poder espir­i­tu­al.

Los Celtas y la Creen­cia en la Absor­ción del Alma

Los celtas, cono­ci­dos por sus prác­ti­cas druidi­cas, creían que el actu­ar sobre el cuer­po del ene­mi­go después de una batal­la y con­sumir su carne, podía dar­les una energía espe­cial o inclu­so per­mi­tir­les absorber las almas de los caí­dos. Estos actos no solo eran con­ce­bidos como un medio para obten­er poder físi­co sino como un vín­cu­lo espir­i­tu­al con los dios­es.

Druidas

Los relatos históri­cos men­cio­nan que algu­nas tribus celtas prac­ti­ca­ban sac­ri­fi­cios humanos como parte de sus fes­tivi­dades reli­giosas, y en algunos casos, estas prác­ti­cas incluían el cani­bal­is­mo rit­u­al. Aunque la infor­ma­ción es escasa y a menudo se basa en tes­ti­mo­nios romanos que podrían estar par­cial­iza­dos, algunos estu­dios sug­ieren que el cani­bal­is­mo entre los celtas tenía una car­ga espir­i­tu­al vin­cu­la­da a la trans­for­ma­ción y la ren­o­vación.

Los Vikingos

Los vikin­gos tam­bién estu­vieron rela­ciona­dos con cier­tos rit­uales en los que la destruc­ción del ene­mi­go y su con­sumo se veían como una for­ma de for­t­ale­cer el grupo. Aunque el cani­bal­is­mo no era común en la sociedad vikinga en gen­er­al, en algu­nas nar­ra­ti­vas se men­cio­nan actos de ven­gan­za y sac­ri­fi­cios en los que la carne de los ene­mi­gos der­ro­ta­dos se con­sumía como un acto de recu­peración del poder.

 

El Canibalismo en Rusia

Rusia, con su vas­to ter­ri­to­rio y su com­ple­ja his­to­ria, ha sido esce­nario de situa­ciones extremas en las que el cani­bal­is­mo se pre­sen­tó como un medio de super­viven­cia durante tiem­pos de ham­brunas, guer­ras y rev­olu­ciones. Sin embar­go, en algu­nas cul­turas y peri­o­dos, tam­bién se aso­ció con prác­ti­cas rit­uales o super­sti­ciones que refle­ja­ban la lucha por el poder.

La Gran Ham­bruna de 1601–1603

Una de las primeras grandes ham­brunas doc­u­men­tadas en la his­to­ria de Rusia ocur­rió entre 1601 y 1603. Durante este perío­do, las malas cose­chas y el cli­ma extremada­mente frío arru­inaron las tier­ras agrí­co­las. Los rusos se vieron sum­i­dos en una grave cri­sis de super­viven­cia y el cani­bal­is­mo emergió como un acto deses­per­a­do entre las per­sonas que no podían encon­trar sufi­ciente comi­da para sub­si­s­tir.

  • Fuentes históri­c­as indi­can que, en las regiones más afec­tadas, los habi­tantes de las aldeas comen­zaron a recur­rir al cani­bal­is­mo, inclu­so matan­do a sus pro­pios famil­iares en algunos casos. Los relatos de la época cuen­tan que las per­sonas más débiles, como los ancianos y los niños, fueron víc­ti­mas de esta prác­ti­ca.

La ham­bruna de 1891–1892

A finales del siglo XIX, Rusia sufrió otra ham­bruna dev­as­ta­do­ra que afec­tó a muchas regiones, par­tic­u­lar­mente las del Vol­ga. Durante esta cri­sis, las malas cose­chas y las condi­ciones mete­o­rológ­i­cas adver­sas lle­varon a la población a enfrentarse a nive­les extremos de escasez de ali­men­tos.

  • En este perío­do, el cani­bal­is­mo se con­vir­tió en una prác­ti­ca doc­u­men­ta­da en varias regiones, espe­cial­mente entre las clases bajas. Se cuen­ta que algunos aldeanos lle­garon a con­sumir carne humana debido a la fal­ta de ali­men­tos, y el gob­ier­no ruso de la época, lid­er­a­do por el zar Ale­jan­dro III, se vio oblig­a­do a imple­men­tar medi­das de socor­ro para inten­tar mit­i­gar la situación.

La Rev­olu­ción Rusa (1917) y la Guer­ra Civ­il (1917–1922)

La Rev­olu­ción Rusa de 1917 y la pos­te­ri­or Guer­ra Civ­il Rusa fueron momen­tos de pro­fun­da inesta­bil­i­dad políti­ca y social, lo que creó condi­ciones extremas para mil­lones de per­sonas. Las ciu­dades fueron siti­adas, las pro­vi­siones se ago­taron y el caos rein­a­ba en muchas partes del país. En este con­tex­to, el cani­bal­is­mo comen­zó a doc­u­men­tarse en var­ios lugares del país.

Canibalismo

  • En 1919, en la ciu­dad de Pen­za, las autori­dades soviéti­cas infor­maron que se había detec­ta­do un cani­bal­is­mo orga­ni­za­do, en el que varias per­sonas, prin­ci­pal­mente mujeres, se vieron oblig­adas a matar y com­er a sus hijos para sobre­vivir. Este fenó­meno se doc­u­men­tó como un acto de deses­peración abso­lu­ta durante los años de guer­ra y rev­olu­ción.

  • En otras zonas afec­tadas por el con­flic­to, las condi­ciones de vida eran tan pre­carias que las per­sonas recur­rían al cani­bal­is­mo para evi­tar la inani­ción. Durante esta guer­ra, hubo relatos de tropas y com­bat­ientes que, ante la fal­ta de recur­sos, recur­rían a la carne humana.

El Cani­bal­is­mo en la Guer­ra de Invier­no (1939–1940)

Otro de los episo­dios béli­cos en los que el cani­bal­is­mo fue doc­u­men­ta­do ocur­rió durante la Guer­ra de Invier­no entre la Unión Soviéti­ca y Fin­lan­dia, entre 1939 y 1940. Durante este con­flic­to, los sol­da­dos soviéti­cos fueron someti­dos a condi­ciones extremas de frío y escasez de ali­men­tos en las frías tier­ras fin­lan­desas.

  • En el frente de guer­ra, los sol­da­dos soviéti­cos, que sufrían de ham­brunas sev­eras, recur­rieron al cani­bal­is­mo en oca­siones para sobre­vivir. Algunos relatos men­cio­nan que los sol­da­dos fin­lan­deses tam­bién se vieron afec­ta­dos por la fal­ta de ali­men­tos y, en algu­nas áreas, los sol­da­dos y civiles se vieron oblig­a­dos a con­sumir carne humana.

El Cani­bal­is­mo en la Segun­da Guer­ra Mundi­al

La Segun­da Guer­ra Mundi­al rep­re­sen­tó uno de los perío­dos más oscuros en la his­to­ria de la humanidad, y Rusia no fue aje­na a este sufrim­ien­to. La Batal­la de Stal­in­gra­do, que se libró entre 1942 y 1943, es uno de los episo­dios más cono­ci­dos de la Segun­da Guer­ra Mundi­al en el que el cani­bal­is­mo fue repor­ta­do de man­era sig­ni­fica­ti­va.

Durante el ase­dio de Stal­in­gra­do, las fuerzas ale­m­anas y soviéti­cas quedaron atra­padas en un ciclo de ase­dio pro­lon­ga­do. La ciu­dad quedó com­ple­ta­mente ais­la­da y los sum­in­istros de ali­men­tos fueron casi inex­is­tentes. En estas condi­ciones extremas, los habi­tantes de Stal­in­gra­do y los sol­da­dos rusos se vieron oblig­a­dos a recur­rir al cani­bal­is­mo para sobre­vivir.

  • Se esti­ma que, durante este perío­do, muchos civiles y sol­da­dos fueron forza­dos a con­sumir carne humana, ya sea de cuer­pos caí­dos en com­bate o de aque­l­los que no pudieron resi­s­tir la ham­bre. Las his­to­rias de esta época hablan de per­sonas que se vieron oblig­adas a matar a sus pro­pios com­pañeros en el inten­to de obten­er algo de comi­da.

  • Fuentes históri­c­as soviéti­cas doc­u­men­taron este fenó­meno, aunque las autori­dades trataron de min­i­mizar o encubrir estos hechos durante la postguer­ra, ya que el cani­bal­is­mo se veía como un tabú en la sociedad de la época. Sin embar­go, los tes­ti­mo­nios de sobre­vivientes y los doc­u­men­tos de la época rev­e­lan la mag­ni­tud de la deses­peración.

Canibalismo en España

El cani­bal­is­mo durante las ham­brunas en la Edad Media

Durante la Edad Media, España atrav­esó diver­sas cri­sis agrí­co­las y peri­o­dos de ham­brunas debido a malas cose­chas, epi­demias y guer­ras. En estos momen­tos, el cani­bal­is­mo se con­vir­tió en una real­i­dad en algu­nas regiones del país, como un últi­mo recur­so para sobre­vivir.

La ham­bruna de 1313

Una de las más desta­cadas fue la ham­bruna de 1313, que afec­tó a gran parte de la Penín­su­la Ibéri­ca. La escasez de ali­men­tos debido a las malas cose­chas y las guer­ras civiles hizo que muchas per­sonas cay­er­an en el extremo de recur­rir al cani­bal­is­mo. Los reg­istros históri­cos indi­can que, en algunos casos, la población más des­fa­vore­ci­da, espe­cial­mente los campesinos, se vio oblig­a­da a recur­rir a la carne humana para evi­tar morir de inani­ción.

  • En algu­nas zonas rurales, la deses­peración llevó a las per­sonas a matar a sus pro­pios famil­iares o a los enfer­mos para poder con­sumir su carne. Aunque las fuentes históri­c­as de la época no son siem­pre claras, se habla de los des­gar­radores relatos de aldeanos que acud­ían a las ciu­dades en bus­ca de ayu­da, pero ter­mina­ban cayen­do en la mis­ma deses­peración.

Canibalismo

La ham­bruna de 1596–1597

Otra ham­bruna de gran escala en la que se men­cio­nan casos de cani­bal­is­mo en España fue la de 1596–1597. En esta ocasión, la fal­ta de ali­men­tos, la alta mor­tal­i­dad por enfer­medades y la pobreza lle­varon a algu­nas regiones del norte de España a situa­ciones extremas.

  • En par­tic­u­lar, las zonas de Castil­la fueron grave­mente afec­tadas, y los tes­ti­mo­nios de la época doc­u­men­tan cómo los campesinos, espe­cial­mente los más pobres, recur­rieron al cani­bal­is­mo en bus­ca de super­viven­cia. Se men­cio­nan casos en los que los sobre­vivientes de estas ham­brunas, al encon­trarse sin recur­sos y rodea­d­os de cadáveres, no dudaron en con­sumir carne humana.

La Guer­ra Civ­il Españo­la

La Guer­ra Civ­il Españo­la (1936–1939) tam­bién fue un peri­o­do oscuro para el país, con miles de muer­tos, desplaza­mien­tos forza­dos y situa­ciones de extrema vio­len­cia. Aunque no es tan cono­ci­do, se sabe que durante el con­flic­to, las ham­brunas y el caos gener­aron condi­ciones en las que el cani­bal­is­mo se dio en algu­nas partes del país.

Durante la Guer­ra Civ­il Españo­la, espe­cial­mente en las ciu­dades que fueron siti­adas, el ham­bre fue uno de los fac­tores que impul­saron prác­ti­cas extremas de super­viven­cia. En los blo­ques de edi­fi­cios de las ciu­dades siti­adas y en las trinchera, donde las pro­vi­siones de ali­men­tos eran escasas, algunos sobre­vivientes recur­rieron al cani­bal­is­mo como úni­ca opción.

Hay relatos no con­fir­ma­dos que men­cio­nan cómo sol­da­dos y civiles en las trincheras de las batal­las o en los siti­a­dos se vieron oblig­a­dos a recur­rir a cuer­pos caí­dos, ya sea de sol­da­dos muer­tos en com­bate o de civiles que habían sucumbido al ham­bre.

 

Francia

El caso Alain de Monéys: el día que un pueblo francés linchó, asesinó y devoró a un inocente

Este caso lec des­cubrí a través de un libro que leí hace años, “Los Caníbales” de Jean Teulé. Cuan­do pen­samos en actos de cani­bal­is­mo, la mente via­ja instin­ti­va­mente a islas remo­tas del Pací­fi­co, sel­vas impen­e­tra­bles del Ama­zonas o tribus que el mun­do mod­er­no aún no ha toca­do del todo. Pero esta his­to­ria no sucedió en la Poli­ne­sia ni en África ni en las mon­tañas de Papúa Nue­va Guinea. Ocur­rió en Fran­cia. En pleno siglo XIX. Bajo el cielo europeo, entre campesinos católi­cos y ban­deras tri­col­ores.

El 16 de agos­to de 1870, Alain de Monéys, un joven noble rur­al de 31 años, fue asesina­do, tor­tu­ra­do, que­ma­do vivo y par­cial­mente devo­ra­do por sus pro­pios veci­nos en el pequeño pueblo de Haute­faye. Su crimen: inten­tar explicar que no era ene­mi­go de Fran­cia. Su ver­dugo: una tur­ba histéri­ca que decidió con­ver­tir­lo en chi­vo expi­a­to­rio durante uno de los momen­tos más con­vul­sos de la his­to­ria france­sa.

La his­to­ria comien­za en un con­tex­to de caos. En el ver­a­no de 1870, Fran­cia había entra­do en guer­ra con­tra Pru­sia. Una guer­ra mal plantea­da y peor dirigi­da, que arras­traría al Segun­do Impe­rio a su caí­da estrepi­tosa. El país esta­ba con­vul­sion­a­do, los per­iódi­cos vom­ita­ban noti­cias alar­mantes y las ciu­dades hervían con rumores de traición, con­spir­a­ciones y der­ro­tas inmi­nentes.

El cam­po, por su parte, esta­ba ais­la­do, desin­for­ma­do y pro­fun­da­mente descon­fi­a­do. En muchos pueb­los, como en Haute­faye, los campesinos ape­nas entendían lo que ocur­ría. Solo sabían que la patria esta­ba en peli­gro, que los pru­sianos avan­z­a­ban y que alguien tenía que pagar. Y en ese ambi­ente infla­ma­do por la igno­ran­cia y el miedo, la chis­pa más pequeña basta­ba para encen­der el infier­no.

Un joven edu­ca­do, amable, de famil­ia noble pero cer­cana al pueblo. Era sub­te­niente en la Guardia Nacional y se había gana­do el respeto de muchos por su sen­ti­do de jus­ti­cia. Ese día, se dirigía a la feria anu­al de Haute­faye para com­prar gana­do y hac­er algunos encar­gos famil­iares. Sabía que el ambi­ente esta­ba raro. Que los áni­mos and­a­ban exal­ta­dos. Pero nun­ca imag­inó que esta­ba cam­i­nan­do direc­to a su tum­ba. Y no a una tum­ba sim­bóli­ca. Lit­eral­mente, a las lla­mas.

La trage­dia comen­zó con una con­fusión ver­bal. En medio del bul­li­cio de la feria, Alain oyó a alguien comen­tar que otro joven, Camille de Mail­lard —tam­bién noble— había hecho comen­tar­ios “antipa­trióti­cos”. Alain, que conocía a Mail­lard, inter­vi­no para defend­er­lo. Dijo que se trata­ba de un malen­ten­di­do. Que su ami­go apoy­a­ba al ejérci­to francés, no a los pru­sianos. Pero alguien escuchó mal. O quizás quiso escuchar otra cosa.

La frase “¡Viva la Repúbli­ca!” —que entonces era casi sinón­i­mo de traición al Emper­ador Napoleón III— comen­zó a cir­cu­lar entre los asis­tentes. Pron­to alguien gritó que Alain era un traidor. Que esta­ba a favor de los pru­sianos. Que venía a sabotear la feria.

Y ahí comen­zó todo.

Primero fueron los insul­tos. Luego, los golpes. Uno, dos, diez hom­bres lo rodearon y comen­zaron a apalear­lo con bas­tones, puños y her­ramien­tas del cam­po. Alain inten­tó defend­er­se, imploró que lla­ma­ran a tes­ti­gos. Se iden­ti­ficó. Dijo su nom­bre. Pero la masa ya no lo escuch­a­ba. No era un joven noble ni un veci­no respeta­do. Era “el traidor”.

Inten­tó refu­gia­rse en la casa del alcalde. El mis­mo alcalde que, par­al­iza­do por el miedo, lo entregó de nue­vo a la tur­ba. Fue ata­do, arrastra­do por el sue­lo, desnuda­do, escu­pi­do, patea­do. Le rompieron las cos­til­las, le aplas­taron la cara, le des­gar­raron los mús­cu­los a golpes. Aún res­pira­ba. Aún suplic­a­ba.

El clí­max de esta his­to­ria podría pare­cer fic­ción si no estu­viera per­fec­ta­mente doc­u­men­ta­do por actas judi­ciales, tes­ti­gos y peri­odis­tas de la época. A media tarde, la tur­ba decidió que no era sufi­ciente con gol­pearlo. Lo ataron a una viga, lo arras­traron has­ta una pira impro­visa­da con ramas, le rocia­ron alco­hol y lo que­maron vivo.

Según los tes­ti­mo­nios, Alain esta­ba aún con­sciente cuan­do las lla­mas le alcan­zaron las pier­nas. Gritó. Se con­vul­sionó. Uno de los campesinos se subió enci­ma de su cuer­po para “evi­tar que se moviera tan­to”. Cuan­do el cuer­po quedó car­boniza­do, algunos pre­sentes —según declaró el juez instruc­tor— arran­car­on partes cal­ci­nadas del cadáver y se las lle­varon para com­er. Otros inclu­so ase­gu­raron haber proba­do la carne allí mis­mo, como parte de un acto de “purifi­cación patrióti­ca”.

Sí. En Fran­cia. En 1870. No en un rit­u­al trib­al. No en una aldea per­di­da. En una feria de gana­do, frente a dece­nas de per­sonas, incluyen­do niños y mujeres.

¿Cómo es posi­ble? Es la pre­gun­ta inevitable. ¿Cómo puede una comu­nidad rur­al, en prin­ci­pio nor­mal, lle­gar a ese pun­to de bar­barie? Los psicól­o­gos sociales hablarían de his­te­ria colec­ti­va, de desin­di­vid­u­al­ización, de lo que ocurre cuan­do el indi­vid­uo se diluye en la masa y deja de pen­sar por sí mis­mo. Pero tam­bién hay un com­po­nente más vis­cer­al: el miedo, el ham­bre, el resen­timien­to acu­mu­la­do, la necesi­dad de encon­trar un cul­pa­ble tan­gi­ble en medio de una cri­sis incom­pren­si­ble.

Alain de Monéys se con­vir­tió en un sím­bo­lo. Un cuer­po sobre el cual proyec­tar toda la frus­tración del pueblo. Y una vez deshu­man­iza­do, ya no era un veci­no. Era un ene­mi­go inter­no. Una pre­sa. Un chi­vo expi­a­to­rio lit­er­al.

El escán­da­lo fue mayús­cu­lo. La pren­sa france­sa se dividió entre el hor­ror y el mor­bo. Algunos com­para­ron el acto con prác­ti­cas caníbales africanas —ironía bru­tal, vinien­do de un país que se creía civ­i­liza­do—. El gob­ier­no, dese­an­do cal­mar la indi­gnación, actuó con rapi­dez.

Vein­tic­u­a­tro per­sonas fueron arrestadas. Nueve fueron juz­gadas. Solo uno fue con­de­na­do a muerte: Jean-Bap­tiste Fargeas, acu­sa­do de ini­ciar el fuego.Otros reci­bieron penas de prisión de entre cin­co y veinte años. Algu­nas mujeres impli­cadas fueron absueltas. Los jue­ces inten­taron mostrar que aque­l­lo había sido un acto ais­la­do, pro­duc­to de la locu­ra del momen­to. Pero la heri­da ya esta­ba abier­ta. Y este quedó como uno de los momen­tos más ver­gonzosos de la his­to­ria de Fran­cia.

 


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