Pueblos alemanes que parecen sacados de una postal

Ale­ma­nia es un país lleno de rin­cones mági­cos donde el tiem­po parece haberse detenido. Más allá de sus vibrantes metrópo­lis, podemos encon­trar smar­avil­losos pueb­los con calles empe­dradas, casas de entra­ma­do de madera y paisajes de ensueño que pare­cen saca­dos de un cuen­to de los her­manos Grimm. ¿Te vienes a cono­cer­los?

 

 

Rothen­burg ob der Tauber

¡Sí que ha pasa­do tiem­po de esta foto en el Plönein de Rothen­burg! ¡Más de veinte años! Pero lo cier­to es que ten­go muy vívi­do el recuer­do de este fan­tás­ti­co via­je que hici­mos por la Roman­tic Strasse . Estu­vi­mos en unos pueb­los pre­ciosísi­mos pero la pal­ma se la llevó Rothen­burg ob der Tauber, prob­a­ble­mente el pueblo más espec­tac­u­lar de toda Ale­ma­nia. Muy turís­ti­co, sí (y más des­de que existe Insta­gram) pero total­mente impre­scindible en una visi­ta a la zona de Baviera. Su cuca Plaza del Mer­ca­do, las calle­jue­las empe­dradas, la igle­sia de San Jacobo, las mural­las… en cualquier lugar de Rothen­burg te sen­tirás en un cuen­to de los her­manos Grimm.

Bacharach

A oril­las del Rin, en el esta­do de Rena­nia, se encuen­tra Bacharach, rodea­do de viñe­dos (aquí se pro­duce uno de los mejores vinos blan­cos de Europa, el Reis­ling)  y vig­i­la­do des­de las alturas por un castil­lo espec­tac­u­lar, el de Stahleck. Su cas­co antiguo, con­sid­er­a­do uno de los mejor con­ser­va­dos del país, desta­ca por sus lla­ma­ti­vas casas de col­ores, algu­nas con más de 700 años de antigüedad. Las catas de vinos y las vis­i­tas a las bode­gas son otro de sus grandes atrac­tivos, así como los paseos en bar­co por el valle del Rin, un área espec­tac­u­lar que se ganó con cre­ces el títu­lo de Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO.

Mon­schau

Nos move­mos has­ta la fron­tera con Bél­gi­ca, más conc­re­ta­mente al Par­que Nacional de Eifel, para vis­i­tar Mon­schau. Este pueblo tan pin­toresco engordó su economía gra­cias a la pro­duc­ción y com­er­cio de telas; hoy en día vive prin­ci­pal­mente del tur­is­mo. Aún así, podemos remem­o­rar épocas pasadas en la Rotes Haus (Casa Roja), una man­sión del siglo XVIII recon­ver­ti­da en museo, y degus­tar algu­nas deli­cias locales como la mostaza, el pan de jen­gi­bre o la carne mari­na­da. Los coque­tos puentes que cruzan el río Rur son otra de sus grandes señas de iden­ti­dad, así como el mer­ca­do navideño, con­sid­er­a­do de los más encan­ta­dores de Ale­ma­nia. Y si en vez de en invier­no vienes en ver­a­no, inten­ta que te coin­ci­dan las fechas con el fes­ti­val de músi­ca que se cel­e­bra en el castil­lo.

Quedlin­burg

El cas­co históri­co de Quedlin­burg tam­bién es Pat­ri­mo­nio de la Humanidad. Más de 1.300 casas de entra­ma­do de madera Sus casas de entra­ma­do de madera, muchas de ellas con­stru­idas entre los sig­los XIV y XVII, se alin­ean en estre­chas calles ado­quinadas que han per­maneci­do casi intac­tas con el paso de los sig­los. Entre los edi­fi­cios más emblemáti­cos desta­can el ayun­tamien­to góti­co del siglo XIV y la Mark­t­platz (Plaza del Mer­ca­do). Aún más antigua es la Cole­gia­ta de San Ser­va­cio y sus crip­tas del siglo X. Esta igle­sia no solo es un sím­bo­lo arqui­tec­tóni­co sino que tam­bién guar­da una de las joyas más valiosas del arte sacro medieval: el Tesoro de Quedlin­burg, una colec­ción de reli­car­ios y man­u­scritos de incal­cu­la­ble val­or históri­co.

Quedlin­burg tiene una fuerte conex­ión con la his­to­ria del Sacro Impe­rio Romano Ger­máni­co. En el siglo X, la ciu­dad fue un impor­tante cen­tro reli­gioso y políti­co gra­cias a la reina Matilde, esposa de Enrique I el Pajarero. Ella fundó aquí un con­ven­to de mon­jas que se con­vir­tió en una de las insti­tu­ciones más influyentes de la época.

Si hay un momen­to ide­al para vis­i­tar Quedlin­burg, es en Navi­dad. Su mer­ca­do navideño se cel­e­bra en la Mark­t­platz y en las calles históri­c­as, cre­an­do un ambi­ente úni­co con luces, dec­o­ra­ciones y puestos de madera que ofre­cen dul­ces típi­cos, arte­sanías y vino caliente (Glüh­wein). Un even­to muy espe­cial es el Advent in den Höfen, cuan­do los patios históri­cos del pueblo abren sus puer­tas al públi­co y se con­vierten en pequeños mer­cadil­los navideños con músi­ca, espec­tácu­los y pro­duc­tos arte­sanales.

Meers­burg

Ubi­ca­do en la oril­la norte del lago de Con­stan­za (Bodensee), Meers­burg es uno de los pueb­los más boni­tos de Ale­ma­nia. Con su impre­sio­n­ante cas­co históri­co y las vis­tas panorámi­cas del lago y los Alpes suizos, este des­ti­no ofrece una com­bi­nación per­fec­ta de his­to­ria, cul­tura y nat­u­raleza. Meers­burg se divide en dos partes, la ciu­dad alta (Ober­stadt) y la ciu­dad baja (Unter­stadt), conec­tadas por calle­jue­las estre­chas y escaleras con vis­tas espec­tac­u­lares al lago. Su cas­co históri­co está lleno de casas de entra­ma­do de madera, bal­cones ador­na­dos con flo­res y pequeñas plazas que con­ser­van el encan­to de sig­los pasa­dos.

El gran sím­bo­lo de Meers­burg es su Castil­lo Viejo (Alte Burg o Burg Meers­burg), una for­t­aleza medieval con más de 1.000 años de his­to­ria. Con­stru­i­do en el siglo VII, este castil­lo es con­sid­er­a­do la for­t­aleza habita­da más antigua de Ale­ma­nia y alber­ga un museo donde los vis­i­tantes pueden explo­rar sus salones, la armería, la coci­na medieval e inclu­so las maz­mor­ras. Además, el castil­lo tiene una conex­ión lit­er­aria espe­cial: aquí pasó sus últi­mos años la poet­i­sa Annette von Droste-Hül­shoff, una de las escritoras más impor­tantes del Roman­ti­cis­mo alemán. Jus­to al lado del Castil­lo Viejo se encuen­tra el Castil­lo Nue­vo (Neues Schloss), una ele­gante res­i­den­cia bar­ro­ca con­stru­i­da en el siglo XVIII. Este pala­cio fue la sede de los príncipes-obis­pos de Con­stan­za y hoy alber­ga exposi­ciones sobre la his­to­ria de la región. 

Uno de los may­ores atrac­tivos de Meers­burg es su paseo jun­to al lago, donde se encuen­tran cafeterías, heladerías y pequeñas tien­das con pro­duc­tos locales. En los días solea­d­os, es un lugar ide­al para rela­jarse o tomar un fer­ry hacia otras ciu­dades del lago, como Kon­stanz, Friedrichshafen o la isla de Main­au.

Gen­gen­bach

Estu­vi­mos en Gen­gen­bach en nue­stro via­je por la Sel­va Negra y nos quedamos sin pal­abras ¡¿cómo se puede sen­tir alguien al vivir den­tro de unas casitas que pare­cen del cuen­to de Hansel y Gre­tel?! no es casu­al­i­dad que este pueblo haya sido elegi­do como esce­nario en pro­duc­ciones cin­e­matográ­fi­cas, incluyen­do la pelícu­la Char­lie y la fábri­ca de choco­late

Apo­da­do como “la Per­la de la Sel­va Negra” gra­cias a su encan­to medieval y su aire román­ti­co, Gen­gen­bach tam­bién es cono­ci­do por su famoso cal­en­dario de Advien­to, el más grande del mun­do, proyec­ta­do en la facha­da del ayun­tamien­to. Cada noche entre el 1 y el 24 de Diciem­bre, a las 18:00, se abre una nue­va ven­tana con una ilus­tración, lo que con­vierte a Gen­gen­bach en un des­ti­no impre­scindible en la época navideña. Pero no menos intere­santes son los alrede­dores, ya que este pueblo se encuen­tra a pocos kilómet­ros de la famosa ciu­dad bal­n­eario de Baden-Baden y el encan­ta­dor Lago Mum­melsee, así como mul­ti­tud de bosques donde podrás prac­ticar senderis­mo. ¿Nues­tra últi­ma recomen­dación? Que subas a la torre Buchkopf­turm, un mirador que ofrece vis­tas panorámi­cas impre­sio­n­antes de la Sel­va Negra, y aprovech­es para Explo­rar la Ruta de los Relo­jes de Cuco, una de las atrac­ciones más icóni­cas de la región.

Schiltach

Otro de los grandes secre­tos de la Sel­va Negra es Schiltach, un des­ti­no per­fec­to para quienes bus­can tran­quil­i­dad, belleza nat­ur­al y una autén­ti­ca expe­ri­en­cia alemana.La Plaza del Mer­ca­do (Mark­t­platz) es el corazón del pueblo, rodea­da de col­ori­das casas y la fuente de San Juan, que añade un toque espe­cial a este pin­toresco rincón. La Torre Stor­rfelsen, que algu­na vez for­mó parte de las for­ti­fi­ca­ciones medievales, ofrece vis­tas panorámi­cas del valle y los bosques cir­cun­dantes. Aquí podrás tam­bién encon­trar la far­ma­cia más antigua de la Sel­va Negra, que data de 1837 y aún con­ser­va su mobil­iario orig­i­nal. Además, el Museo de la Far­ma­cia ofrece un fasci­nante via­je al pasa­do, mostran­do cómo era la med­i­c­i­na y la botáni­ca en sig­los ante­ri­ores.

Schiltach tiene una rica tradi­ción en la cur­tiduría de pieles, una indus­tria que flo­re­ció durante sig­los. El Museo de los Cur­tidores (Ger­ber­mu­se­um) mues­tra cómo se llev­a­ban a cabo estos pro­ce­sos y cómo influyeron en la economía local. Cam­i­nan­do por el pueblo, es común ver antiguas casas de cur­tidores, recono­ci­bles por sus grandes ven­tanas donde se seca­ban las pieles.

Schiltach cel­e­bra varias fes­tivi­dades tradi­cionales a lo largo del año, desta­can­do el Fas­net, el car­naval típi­co de la región, donde des­fi­lan fig­uras enmas­caradas y se recre­an antiguas cos­tum­bres. Durante el ver­a­no el pueblo cobra vida con mer­ca­dos arte­sanales, concier­tos al aire libre y fes­ti­vales que cel­e­bran la rica heren­cia cul­tur­al de la Sel­va Negra.

La gas­tronomía de Schiltach refle­ja los sabores tradi­cionales de la Sel­va Negra. Entre los platos típi­cos desta­can el Schwarzwälder Schinken (jamón de la Sel­va Negra), el Käs­espät­zle (pas­ta con que­so) y, por supuesto, la famosa Tar­ta Sel­va Negra (Schwarzwälder Kirschtorte). En los restau­rantes y posadas del pueblo se pueden degus­tar estos man­jares acom­paña­dos de vinos locales o una cerveza arte­sanal.

Dinkels­bühl

Dinkels­bühl fue otro de los pueb­los que más nos gustó en la Ruta Román­ti­ca. Rodea­do por mural­las intac­tas, con dieciséis tor­res de vig­i­lan­cia y casas de entra­ma­do de madera, este pin­toresco pueblo bávaro parece detenido en el tiem­po. Además de ese ambi­ente añe­jo que recorre todos sus­rin­cones, este pueblecito tiene tras de sí una curiosa his­to­ria: durante la Guer­ra de los Trein­ta Años (1618–1648), la ciu­dad estu­vo a pun­to de ser destru­i­da por las tropas sue­cas. Sin embar­go, según la leyen­da, un grupo de niños suplicó a los inva­sores que per­donaran la ciu­dad y su peti­ción fue acep­ta­da. Para con­mem­o­rar este even­to, cada año se cel­e­bra el fes­ti­val históri­co Kinderzeche, donde los habi­tantes se vis­ten con tra­jes tradi­cionales y recre­an la sal­vación de la ciu­dad, una fies­ta medieval con des­files, músi­ca y rep­re­senta­ciones históri­c­as con­sid­er­a­da de las más intere­santes de Ale­ma­nia.

Lin­dau

Situ­a­da en la fron­tera entre Ale­ma­nia, Aus­tria y Suiza, Lin­dau es una ciu­dad de cuen­to enclava­da en una isla en el majes­tu­oso Lago de Con­stan­za (Bodensee), el ter­cero más exten­so de Europa Cen­tral. Con su cas­co antiguo medieval, su famoso puer­to con vis­tas alpinas y un ambi­ente rela­ja­do jun­to al agua cristali­na, este des­ti­no bávaro es uno de los más encan­ta­dores del sur de Ale­ma­nia, tan­to en invier­no como en ver­a­no. 

El cas­co antiguo de Lin­dau se encuen­tra en una isla de ape­nas 0,7 km², conec­ta­da al con­ti­nente por puentes y rodea­da por mon­tañas nevadas. Su arqui­tec­tura tradi­cional, sus calles ado­quinadas y su aire marí­ti­mo la con­vierten en un lugar úni­co en la región. El Puer­to de Lin­dau es la ima­gen más icóni­ca de la ciu­dad, con el impo­nente león bávaro de piedra y el históri­co faro de Lin­dau (Neuer Leucht­turm), que ofrece una vista espec­tac­u­lar del lago y los Alpes.

Mit­ten­wald

Mit­ten­wald es otro pin­toresco pueblo bávaro situ­a­do en los Alpes del sur de Ale­ma­nia, cer­ca de la fron­tera con Aus­tria. Famoso por sus coque­tas casas de madera pin­tadas con fres­cos, sus espec­tac­u­lares vis­tas de las mon­tañas cer­canas y su his­to­ria como cen­tro de la fab­ri­cación de vio­lines, (Uno de los even­tos más desta­ca­dos es la Fies­ta del Vio­lín (Geigen­fest), que cel­e­bra la his­to­ria de la ciu­dad como un cen­tro de fab­ri­cación de vio­lines, con concier­tos, des­files y activi­dades rela­cionadas con la músi­ca), Mit­ten­wald es el des­ti­no per­fec­to para los amantes de la nat­u­raleza, la cul­tura y la his­to­ria, que bus­can dis­fru­tar de una atmós­fera tran­quila y autén­ti­ca. Des­de el pueblo, se puede dis­fru­tar de unas vis­tas espec­tac­u­lares del Kar­wen­del, la mon­taña más alta de la zona, así como de las Mon­tañas de Wet­ter­stein. El tele­sil­la de Kar­wen­del­bahn lle­va a los vis­i­tantes a la cima de la mon­taña para dis­fru­tar de impre­sio­n­antes vis­tas panorámi­cas y la posi­bil­i­dad de prac­ticar esquí en invier­no o senderis­mo y ciclis­mo en ver­a­no. En las cer­canías se pueden encon­trar diver­sas esta­ciones para prac­ticar esquí, snow­board y tri­neo en un ambi­ente rela­ja­do y no tan masi­fi­ca­do como otras áreas alpinas más grandes.

Cochem

Nos vamos aho­ra al pin­toresco Valle del Mosela. Allí encon­tramos a  Cochem, una pequeña ciu­dad ale­m­ana que desta­ca por su her­mosa arqui­tec­tura medieval, su impo­nente castil­lo y el deslum­brante entorno nat­ur­al. Esta joya de la región de Rena­nia se ha con­ver­tido en un des­ti­no muy pop­u­lar para quienes bus­can dis­fru­tar de la belleza de los paisajes viní­co­las, la his­to­ria y la tran­quil­i­dad.

Uno de los prin­ci­pales atrac­tivos de Cochem es su Castil­lo Reichs­burg Cochem, una for­t­aleza medieval que se alza sobre la ciu­dad, ofre­cien­do una vista panorámi­ca impre­sio­n­ante del valle del Mosela y sus viñe­dos. El castil­lo, aunque fue recon­stru­i­do a finales del siglo XIX, mantiene su aire medieval y cuen­ta con inte­ri­ores dec­o­ra­dos con mue­bles antigu­os y mul­ti­tud de pin­turas. 

El río Mosela es una parte fun­da­men­tal del paisaje de Cochem y ofrece una amplia gama de activi­dades al aire libre. Des­de el paseo por sus oril­las has­ta las excur­siones en bar­co, el río es ide­al para rela­jarse y dis­fru­tar de la nat­u­raleza cir­cun­dante. En ver­a­no, los paseos en bar­co son una for­ma pop­u­lar de explo­rar la región des­de una per­spec­ti­va difer­ente, pasan­do por pin­torescos pueb­los y castil­los a lo largo de la cos­ta.

Wernigerode

Situ­a­da al pie de las mon­tañas del Harz en el cen­tro de Ale­ma­nia (aquí ten­emos El sendero del Brock­en­bahn, una ruta que sigue la vía del famoso tren de cre­mallera que asciende has­ta el monte Brock­en) en el cen­tro de Ale­ma­nia, Wernigerode es una encan­ta­do­ra ciu­dad cono­ci­da por su castil­lo medieval situ­a­do en la cima de una col­i­na y sus pin­torescas calles llenas de casas de col­ores. LaAn­tigua Casa Con­sis­to­r­i­al (Altes Rathaus) que veis en la fotografía es un edi­fi­cio rena­cen­tista con una facha­da espec­tac­u­lar que rival­iza en belleza con la Bre­ite Strasse, donde las acoge­do­ras cafeterías ofre­cen el postre estrel­la de la local­i­dad: la tar­ta de man­zana.

Mapa de los pueb­los más boni­tos de Ale­ma­nia

 

 


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