Aventuras de un diplomático en Guinea Ecuatorial

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Guinea Ecuatorial fue, antes del Sahara, la penúltima colonia que se independizó de España. De aquello sólo hace 49 años y son muchos los españoles, sobre todo los de las nuevas generaciones, que ignoran que en lo más profundo de África existe un país en el que el idioma más hablado es el castellano y nombres como Teodoro o Agapito son de lo más habitual. Tendemos a creer que el imperio colonial español se limitó a Sudamérica, que ya es mucho, pero este se extendió por todo el mundo, llegando hasta islas remotas del Pacífico como las Marianas o las Carolinas; los tentáculos imperialistas tocaron lugares de los que la Historia raramente habla, caso de Nagasaki en Japón, Malaca (Malasia) o ciertos territorios de Indonesia. En el caso de África, por cercanía, la ocupación abarcó muchísimos países, desde Mozambique a Angola y desde Somalia a Cabo Verde. Sin embargo, probablemente Marruecos y Guinea Ecuatorial sean las naciones en las que la herencia dejada por los españoles, no sólo en idioma sino en costumbre y hábitos, sea más acusada. Especialmente en el caso de Guinea, que estuvo bajo gobierno español casi 200 años.

Si Guinea Ecuatorial (que nada tiene que ver con Guinea-Conakri o Guinea-Bisáu) volvió a tener protagonismo en la actualidad española en los últimos tiempos, se lo debe especialmente a un libro y a la posterior película basada en él: “Palmeras en la nieve”. El bestseller de Luz Gabás nos llevó a la isla de Fernando Poo (que es como entonces se conocía a Guinea), veinte años antes de la independencia. Entre exóticas plantaciones de cacao, nos adentrábamos en la historia de un país que aún a día de hoy para muchos continúa siendo un gran desconocido. Curiosamente, la película posterior nos privó de las evocadoras imágenes de los paisajes guineanos, ya que finalmente fue rodada en Aragón, las islas Canarias y Colombia. No obstante, su presentación constituyó en Guinea un acontecimiento importantísimo y los principales noticieros estuvieron semanas enteras comentando su estreno. Guinea, ese pequeño país que muchos españoles no sabían ubicar en el mapa, volvía a adquirir el protagonismo que se merecía.

Unos meses antes de que se publicara “Los blancos estáis locos”, yo ya andaba con los dientes largos cuando la editorial Península anunció el lanzamiento de este libro. Seguir las andanzas de Luis Melgar, un diplomático que estuvo destinado en Guinea durante tres años, me parecía una forma más informal y amena de descubrir la actualidad política y social del país que meterse directamente en los libros de historia. Siempre será más fiable y ajustado a la realidad el relato de Melgar, totalmente objetivo, que las pocas referencias de prensa que llegan de la prensa guineana. La censura es el pan nuestro de cada día en Guinea: en realidad sólo hay dos cadenas de radio (una estatal y otra privada, que irónicamente pertenece al hijo del presidente). Recordemos que el país vive bajo la dictadura de Teodoro Obiang, quien llegó al poder en 1979 tras un golpe de estado y es un militar que fue alcaide de la Prisión de Black Beach, una de las más duras de toda África. Pese a que en el país se celebran elecciones, la legalidad y transparencia de estas dejan bastante que desear. Hay que tener en cuenta este clima político para comprender cómo vive el día a día la sociedad guineana, que pese a residir en uno de los países más ricos del mundo por sus reservas de petróleo, tiene un sueldo mínimo interprofesional de 178 euros. Sumémosle a ello que la mayoría de los productos cuestan el doble que en España (hay poquísimas tiendas y con precios desorbitados) para intentar comprender los malabarismos que ha de hacer un guineano para llegar a fin de mes.

Pese a que Iberia tiene vuelos directos Madrid- Malabo (unas seis horas de trayecto y un precio medio de 500 euros), el turismo continúa siendo la cuenta pendiente, aún sin explotar, de Guinea Ecuatorial. En un país en el que el petróleo es la principal fuente de ingresos, buscar negocios alternativos parece importar poco al gobierno. No lo pone fácil tampoco la escasa y carísima oferta hotelera (una habitación sencilla puede costar entre 100 y 400 euros la noche y eso no garantiza siquiera tener toallas). Y podemos añadirle el riesgo de malaria, la dificultad y papeleo que supone conseguir un visado y que a los turistas no parece motivarles mucho eso de que se te cuele una boa en la habitación como si tal cosa. Y es una lástima porque como Luis Melgar nos narra en la novela, Guinea cuenta con rincones bellísimos como el Pico Basilé, la montaña más alta del país, las cataratas de Ureka (a las que es una odisea acceder) o la plantación de cacao de Sampaka (donde trabajaban los hermanos Jacobo y Kilian, los protagonistas de “Palmeras en la nieve”). Sampaka pertenece en la actualidad a Luis Acevedo, utiliza las mismas instalaciones y máquinas que se usaban hace más de un siglo (un trabajo totalmente artesanal) y es uno de los pocos reductos de la industria del cacao en Guinea, que quedó seriamente mermada cuando llegó al poder el dictador Macías, predecesor de Obiang (y aún más cruel que éste, su sanguinario régimen obligó a huir despavorida a una quinta parte de la población). El gobiernodecidió centrarse en el sector petrolífero, mucho más productivo económicamente hablando; además, el cacao parecía recordar demasiado el pasado colonial de Guinea.

Cuando Luis y Pablo, su marido, llegan a Malabo, no saben muy bien qué se van a encontrar ni cuál será la reacción de los guineanos, poco (por no decir nada) acostumbrados al matrimonio homosexual. Es cierto que, al contrario que en otros países africanos mucho más retrógrados, en Guinea las relaciones entre personas del mismo sexo no están consideradas delito (parece mentira una afirmación de este calibre pero así andamos en pleno siglo XXI, dándose gays y lesbianas con un canto en los dientes por no ser encarcelados) pero de ahí a que la sociedad local las tenga normalizadas hay un abismo. Aún así, pese a la sorpresa inicial, Luis y Pablo son aceptados desde el primer momento tanto entre la élite del país como entre las clases más bajas, lo que anima a Melgar a organizar, aprovechando su condición de diplomático, la I Semana de de Expresión Cultural LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales), aunque deban enfrentarse a exclamaciones airadas como “¡estos gays han venido a Guinea a robarnos nuestros hombres!” Todo un logro la celebración de estas jornadas teniendo en cuenta que en Guinea, por poner un ejemplo de lo más representativo, es habitual la poligamia y los matrimonios concertados, muchas veces en plena adolescencia. Los derechos de las mujeres, pese a que no está mal visto el ser madre soltera,quedarse con los niños en caso de divorcio o la existencia de “las busquis”, mujeres solteras que esperan obtener regalos de hombres con los que pasan una noche, aún están a años luz de los estándares europeos.

Para entender mejor el papel de la mujer en la sociedad guineana, Luis nos presenta a Yolanda, la mujer bubi que se encargará de los quehaceres de la casa. Los bubis y los fang son las dos etnias principales del país, mucho más mayoritaria la segunda que la primera (los bubis viven casi todos en la isla de Bioko, donde se encuentra Malabo, la capital; no hay bubis en otro lugar de África). Yolanda tiene un sentido del humor muy particular pero, sobre todo, una indiferencia pasmosa ante el qué dirán digna de admirar; en un país en el que la capital apenas tiene 200.000 habitantes y unos pocos supermercados (¡y sólo dos librerías!) y la mayoría de los guineanos viven en comunidades diminutas donde todo el mundo se conoce, es difícil abstraerse de las habladurías de la gente. Y Yolanda parece el cebo perfecto, soltera, con dos hijos de padres distintos y con dinero en el bolsillo gracias a su trabajo en la embajada, lo que la permite hacer encargos de ropa y teléfonos móviles a sus jefes cuando estos viajan a España. Aunque lo que más le gusta recibir es “pelo aguacate”, que se llama así porque cientos de guineanas vienen a comprar dichas pelucas a la calle Aguacate de Madrid. Tener un postizo de calidad significa poder pavonearse delante de las vecinas durante semanas. Y las guineanas otra cosa no serán pero coquetas y presumidas son un rato.

Gracias a Yolanda, descubriremos que pese a que en Guinea la mayoría de la población, un 80%, se considera católica, la práctica de la brujería se mantiene intacta y es vista como el remedio perfecto para muchos problemas cotidianos. El hechicero sigue siendo un personaje de lo más respetado, hasta el punto de que se considera que su opinión es fundamental a la hora de la toma de decisiones políticas (tanto Obiang como los más altos cargos de su partido son de la etnia fang, muy ligada a la magia y los santeros, y de ello se aprovechan para tener aterrorizados a los pobres guineanos; de hecho en el libro se relata la anécdota de un hombre al que se encarceló sin miramientos por robar una calavera del poblado de Obiang). África sigue siendo tierra de ritos y conjuros y en Guinea Ecuatorial estas tradiciones están más vivas que nunca: la figura del marabú, el brujo, tiene una autoridad máxima. Mujeres y hombres confían en él no sólo para que elabore pócimas milagrosas sino también para ponerse en sus manos cuando existe una dolencia física: que un matasanos sin cualificación ni título universitario ninguno te opere en cualquier cuartucho de mala muerte es un hecho común en Guinea. Por desgracia. Incluso hasta no hace mucho tiempo, era algo habitual el canibalismo ritual en el que familiares y amigos comían alguna parte del cuerpo de un fallecido porque a los órganos se les atribuían virtudes sobrenaturales. Compaginar estas creencias con un intento de modernización del país casi se convierte, obviamente, en la mayor de las quimeras.

Pero las tradiciones no se limitan a los embrujamientos sino a las propias tradiciones locales. Por poner un ejemplo, Yolanda (pese a no estar casada), se ve obligada a llevar a cabo los rituales funerarios cuando fallece el padre de su hijo menor: prepara junto a la familia el velatorio (que se llevará a cabo en casa con una duración de entre dos y cuatro días, como se hacía antiguamente en España) y finalizado este proceso, la viuda no podrá volver a comer jamás en la casa del marido desaparecido. Después se la traslada a una cabaña donde se ahúma a la viuda, se la baña con la sangre de una gallina y se le rapa el pelo a trasquilones con la intención de que el espíritu del muerto no quiera acercarse a ella; durante una semana entera, Yolanda tuvo que guardar luto, encerrada y sin poder bañarse ni cambiarse de ropa. No se especifica si en caso contrario, que la fallecida sea una mujer, se obliga al hombre a sufrir semejante martirio. Pero nos tememos que no.

Algo que me ha encantado de la novela es que además de realizarse la narración en un tono muy ameno y a veces hasta irónico (porque muchas situaciones, no nos engañemos, son surrealistas, lo de que los policías locales vayan con unas cogorzas de campeonato, generalmente a base de cerveza San Miguel, es algo cotidiano), el relato va irremediablemente asociado al título “Los blancos estáis locos”. Porque hay que ponerse en el pellejo de un guineano: ¿qué es eso de ir a un médico cuando te puede curar el catarro un brujo?¿para qué vas a comer verdura si tienes a tu disposición serpiente, rata de bosque e incluso mono, que los guineanos consideran un manjar? Si alguien desnudo intenta robarte el coche ¿para qué vamos a detenerlo si puedes perdonarlo y dejar que se vaya, aunque sin embargo detengan a otras personas por cuestiones insignificantes? ¿Y sigue sin parecerte normal que cuando estrene mi nueva casa, vengan a dormir treinta vecinas, aunque aún no haya camas y deban dormir en el suelo? Definitivamente, están como cabras estos blanquitos.

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