El paraíso está en África: sus islas más espectaculares

Islas Africa

Cuan­do la gente pien­sa en África, lo primero que viene a la cabeza son fron­dosas sel­vas, leones dor­mi­tan­do en la sabana a la hora de la sies­ta, desier­tos dora­dos con dunas que pare­cen de seda, jun­glas inac­ce­si­bles donde la humedad cubre todo. Pero África es un con­ti­nente gigan­tesco que ofrece mucho más que esta ima­gen estereoti­pa­da. Y entre esos deslum­brantes paisajes desta­can algu­nas de las islas más boni­tas del mun­do, quizás eclip­sadas por otras más turís­ti­cas y renom­bradas pero no por ello menos asom­brosas. Así que vayamos allá: estas son las islas más espec­tac­u­lares del con­ti­nente africano.

 

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Isla Mauri­cio

Isla Mauricio

Comen­zamos nues­tra aven­tu­ra en Isla Mauri­cio. Ojo porque lo primero que hay que ten­er en cuen­ta es que es un des­ti­no bas­tante caro ya que pre­cisa­mente eso es lo que quieren vender: exclu­sivi­dad. ¿Que te vas a gas­tar una pas­ta por venir? Pues sí. Pero a cam­bio te vas a encon­trar unos hote­la­zos de escán­da­lo (de esos con los que babeas cuan­do los ves en los fol­letos) y unas playas de las de lle­gar y no quer­er irse jamás. De hecho, el gran escritor Mark Twain describió per­fec­ta­mente lo que te espera allí a lo lejos, per­di­do en mitad del Océano Índi­co: “Dios creó primero Mauri­cio y después el cielo”.

Quién ven­ga con la idea de bucear en aguas cristali­nas y rodea­do de delfines, ha lle­ga­do al lugar per­fec­to. Y es que como su veci­na Isla Reunión (de la que hablam­os ahí más aba­jo), aquí la nat­u­raleza es la autén­ti­ca pro­tag­o­nista. No hay más que ver en la fotografía el gran sím­bo­lo de la isla, la mon­taña Le Morne Bra­bant, que con su medio kilómetro de altura, es el “faro nat­ur­al” de Mauri­cio. Era allí donde se refu­gia­ban los esclavos hui­dos de las planta­ciones. Muchos de ellos se sui­ci­daron cuan­do vieron lle­gar a la policía británi­ca en 1835: aunque venían a dar­les una bue­na noti­cia, la abol­i­ción de la esclav­i­tud, muchos de ellos no les creyeron y pre­firieron morir antes que enfrentarse a un nue­vo cau­tive­rio.

Evi­den­te­mente, las activi­dades acuáti­cas son las más deman­dadas: wind­surf, buceo, snorkel, esquí acuáti­co, mon­tar en kayak o sim­ple­mente nadar en esas aguas azul turque­sa. Pero el que sea más de secano tam­bién va a entreten­erse (y mucho): hac­er senderis­mo en el Par­que Nacional Black Riv­er Gorges es una expe­ri­en­cia inolvid­able. Más de 60 kilómet­ros de senderos que te per­mi­tirán dis­fru­tar de la fau­na local, com­pues­ta entre otros ani­males por mur­ciéla­gos, jabalíes, cier­vos y monos. Otra visi­ta ine­ludi­ble es al cráter Trou aux Cerfs (tran­qui­lo, que está inac­ti­vo) y a la Tier­ra de los Siete Col­ores jun­to al pueblecito de Chamarel: es un paisaje alu­ci­nante.

Aca­so sea en Port Louis, la cap­i­tal, donde mejor se palpe esa mez­cla cul­tur­al que impreg­na Mauri­cio. Con tres reli­giones may­ori­tarias (hindú, musul­mana y católi­ca) que con­viv­en sin ningún tipo de fric­ción, es común encon­trarse tem­p­los, mezquitas e igle­sias com­par­tien­do espa­cio. Aunque sea una ciu­dad pequeñi­ta, se recomien­da reser­var algún día para recor­rerla, ya que en ella res­i­den las raíces históri­c­as de Mauri­cio. Podrás pasear por el antiguo puer­to (actual­mente lleno de restau­rantes y tien­das), vis­i­tar el Blue Pen­ny Muse­um, donde te podrás acer­car a la his­to­ria y cul­tura de la isla, dar una vuel­tecita por el Mer­ca­do Cen­tral (tan lleno de vida) o remem­o­rar his­to­rias de piratas y bucaneros en el Fuerte Ade­lai­da.

 

Zanzíbar

Zanzibar

Se la conoce como “la isla de las espe­cias” porque ya hace sig­los, cuan­do los nave­g­antes se acer­ca­ban en sus bar­cos a las costas de Zanzíbar, se podía oler a kilómet­ros el aro­ma embria­gador del cla­vo, el car­damo­mo y la canela. Hoy los vis­i­tantes lle­gan en avión pero ello no impi­de que se sien­tan absorbidos por el exo­tismo de Zanzíbar nada más pon­er un pie en la isla. El des­ti­no más vis­i­ta­do de Tan­za­nia se ha con­ver­tido por dere­cho pro­pio en uno de los grandes paraí­sos africanos: playas inter­minables de are­na blan­ca, aguas cristali­nas cubrien­do arrecifes de coral y un rit­mo de vida de lo más sosega­do hacen de este uno de los des­ti­nos preferi­dos de los que bus­can huir del estrés.

Zanzíbar cuen­ta con una gran ven­ta­ja: su ver­a­no coin­cide con el nue­stro y la época seca se extiende des­de Mayo a Octubre. Es la mejor época para vis­i­tar el archip­iéla­go, aunque tam­bién esto sig­nifi­ca que es tem­po­ra­da alta y los pre­cios de los hote­les suben. Ojo con esto porque aunque el suel­do medio de un local es de unos 200 dólares, el niv­el de vida es bas­tante alto y aquí no vas a poder encon­trar las gan­gas del sud­este asiáti­co: el pre­cio están­dar de un hotel de 3 estrel­las es de 80 dólares por noche.

La isla es bas­tante segu­ra en com­para­ción con otros des­ti­nos africanos: es fácil moverse por libre, la gente es de lo más amable y úni­ca­mente hay que pre­ocu­parse por fal­sos guías turís­ti­cos o algún car­ter­ista en los mer­cadil­los. Es fácil perder­se en las laberín­ti­cas calle­jue­las de Stone Town, la cap­i­tal que tan bien ha sabido man­ten­er su heren­cia ori­en­tal. Espe­cial­mente reseñables son las lla­ma­ti­vas (y antiquísi­mas) puer­tas de madera de muchas de las casas e indis­pens­able la visi­ta a lo que era el Mer­ca­do de Esclavos, para que veamos en qué duras condi­ciones mal­vivieron miles de seres humanos. En los jar­dines Forod­hani el prin­ci­pal pasatiem­po es obser­var lan­zarse al agua a los ado­les­centes, bus­can­do la pirue­ta más rebus­ca­da; puedes aprovechar para com­er en los alrede­dores un cur­ry de pulpo o un tahine de cordero. Te recor­damos que al ser Zanzíbar de may­oría musul­mana, el alco­hol sólo se vende en hote­les y restau­rantes para extran­jeros.

Aunque las playas en Zanzíbar son su prin­ci­pal atrac­ti­vo (su fon­do mari­no está con­sid­er­a­do uno de los mejores del mun­do para el buceo), hay otras muchas activi­dades para dis­fru­tar de la estancia. Hac­er un “tour de las espe­cias”, vis­i­tan­do algu­nas de las planta­ciones isleñas, nave­g­ar al atarde­cer en un dhow (bar­co de madera tradi­cional), darse el capri­cho de cenar en The Rock (uno de los restau­rantes más curiosos del mun­do, que ocu­pa una roca en mitad del mar), coger una bar­qui­ta has­ta la isla de Pem­ba (ape­nas urban­iza­da, sólo hay cin­co o seis hote­les) o recor­rer el Jozani Chwa­ka Bay Nation­al Park para obser­var de cer­ca a los monos colo­bos. Y sobre todo, tómate­lo con cal­ma: recuer­da que la frase que más escucharás en Zanzíbar es “haku­na mata­ta”: ¡no hay prob­le­ma!

 

Islas Sey­chelles 

Islas Seychelles

Cuan­do uno pien­sa en el paraí­so, prob­a­ble­mente una de las primeras imá­genes que le ven­gan a la mente sean las extra­or­di­nar­ias playas de las islas Sey­chelles. Y es que son úni­cas en el sen­ti­do más estric­to de la pal­abra, ya que su ori­gen graníti­co las hace un archip­iéla­go sin igual en el mun­do. Bañadas por las cál­i­das aguas del Océano Índi­co y for­madas por gigan­tescas rocas, todas estas playas son públi­cas: inclu­so en tem­po­ra­da alta, es difí­cil encon­trar­las abar­ro­tadas. De las 115 islas que com­po­nen las Sey­chelles, sólo 30 están habitadas. Mahe es la prin­ci­pal y aún así es bas­tante pequeña: ape­nas 6 kilómet­ros de pun­ta a pun­ta. Anse Source d’Ar­gent, en la isla de La Digue, está con­sid­er­a­da la playa más fotografi­a­da del mun­do. Bien mere­ci­do lo tiene.

No hay vue­los direc­tos des­de España pero podrás encon­trar bue­nas conex­iones en otras ciu­dades euro­peas con aerolíneas como Eti­had, Qatar, Con­dor, Air Sey­chelles o Aus­tri­an Air­lines. Los pre­cios sue­len ron­dar los 900 euros ida y vuelta. Aca­so esta sea lo más caro del via­je, pues aunque las Sey­chelles tienen fama de caras y de “des­ti­no de lujo”, lo cier­to es que si decides pre­scindir de cier­tas como­di­dades y optar por aparta­men­tos con coci­na (aquí se cono­cen como self-cater­ing) en vez de lujosos resorts, podrás encon­trar alo­jamien­to por unos 70 euros la noche. Para com­er siem­pre puedes tirar de los take-away, espe­cial­iza­dos en comi­da local, es decir, criol­la: cur­ry de ver­du­ra o pesca­do (lo que se conoce como carii coco), sopas de alme­jas y de mariscos, banana fri­ta tipo buñue­lo, pesca­do a la brasa o cal­do de espinacas.

Aquí se con­duce a la ingle­sa (es decir, a la izquier­da) y además los locales van en plan sui­ci­da, hay que ten­er mucho cuida­do en la car­retera. El que no quiera alquilar coche y com­pli­carse la exis­ten­cia con­ducien­do por el lado con­trario, tiene la opción del auto­bús (el bil­lete cues­ta aprox­i­mada­mente unos 30 cén­ti­mos al cam­bio) o alquilar una bici­cle­ta (7 euros al día), el trans­porte más común en las islas. 

La plantación de San Andrés es uno de los grandes iconos de las Sey­chelles. Aquí tra­ba­ja­ba una amplia colo­nia de esclavos recolectan­do coco pero cuan­do se cam­bió la col­o­nización france­sa por la británi­ca, se abolió la esclav­i­tud y se cedió ter­renos a los esclavos para que comen­zaran su nue­va vida. Los bailes típi­cos de las Sey­chelles se inspi­ran pre­cisa­mente en los sufrim­ien­tos pade­ci­dos por los esclavos. Otro de los lugares que puedes vis­i­tar, esta vez en la cap­i­tal, Vic­to­ria, es el tem­p­lo Arul Mihu Navasak­thi Vinaya­gar, el úni­co san­tu­ario hin­duista de las Sey­chelles. 

Las tor­tu­gas ter­restres gigantes de Sey­chelles están pro­te­gi­das por ser una especie úni­ca: aquí viv­en más de 10.000 ejem­plares y algu­nas alcan­zan los 250 kilos y los 300 años de edad. No son la úni­ca especie endémi­ca de las islas Sey­chelles. Están tam­bién los árboles Coco de Mer, cuya semi­l­la es la may­or del mun­do: 20 kilos de peso. Se cree que lle­garon has­ta aquí des­de las islas Mal­divas, arrastra­dos por la marea.

 

Cabo Verde

Cabo Verde

A unos 1.500 kilómet­ros de las islas Canarias, frente a las costas de Sene­gal en el Océano Atlán­ti­co y for­man­do parte de la Mac­arone­sia, se encuen­tra el archip­iéla­go de Cabo Verde. Diez islas (nueve de ellas habitadas y una últi­ma que es reser­va nat­ur­al) que tal vez a niv­el paisajís­ti­co no son tan lla­ma­ti­vas como otras de las que hablam­os en este artícu­lo pero cuya impor­tan­cia en la his­to­ria africana es vital para cono­cer a nue­stro con­ti­nente veci­no. Y es que des­de que las des­cubri­er­an y col­o­nizaran los por­tugue­ses a medi­a­dos del siglo XV, Cabo Verde obtu­vo un dudoso hon­or, el de con­ver­tirse en el may­or “super­me­r­ca­do de esclavos” del África Occi­den­tal.

A cua­tro horas y media de vue­lo des­de España, nos esper­an estas islas que, como las Canarias, son de ori­gen vol­cáni­co. Las vis­tas des­de el cielo son impre­sio­n­antes, ya que espe­cial­mente las islas de Sal y Boa Vista gozan de larguísi­mas playas de are­na blan­ca. Si se bus­ca pre­cisa­mente eso, tur­is­mo playero, hay que evi­tar los meses de Agos­to y Sep­tiem­bre, lo que cono­cen como “tem­po los chu­vas” (recor­dad que aquí el idioma más habla­do es el por­tugués, ya que fue colo­nia lusa has­ta hace no mucho, 1975, aunque tam­bién se habla un dialec­to criol­lo y algo de francés). No obstante, la media de tem­per­atu­ra anu­al es de 25 gra­dos. Qué goza­da.

Lo bueno de Cabo Verde, como las Azores, es que sus islas son bas­tante difer­entes unas de otras, depen­di­en­do del via­je que vayas bus­can­do. Teng­amos en cuen­ta que su exten­sión es como la de las Balear­es pero repar­ti­da entrenueve islas y con la mitad de población (medio mil­lón de per­sonas). Sãn­to Antão, São Vicente, São Nico­lau, Sal (la más turís­ti­ca), Boa Vista, Bra­va, Fogo, San­ti­a­go y Maio. En Sal encon­trarás las mejores playas, así como las sali­nas que dan nom­bre a la isla (y donde tam­bién podrás bañarte), San­ti­a­go (la may­or del archip­iéla­go) es donde más llueve y por tan­to la más verde y donde se encuen­tra la cap­i­tal de Cabo Verde (Pra­ia) y a Boa Vista lle­gan sur­fis­tas de todo el mun­do bus­can­do olas jugue­t­onas. Fogo y su vol­cán de casi 3.000 met­ros, los paisajes roji­zos de São Vicente o las abrup­tas mon­tañas de São Nico­lau son otras de las alter­na­ti­vas si quieres rela­jarte en algu­nas de las islas menos vis­i­tadas.

Cabo Verde se car­ac­ter­i­za por con­tar con una población de lo más hos­pi­ta­lar­ia. Los cabover­dianos lo jus­ti­f­i­can dicien­do que son una mez­cla espe­cial de tres proce­den­cias difer­entes (africanos, españoles y por­tugue­ses) y que ellos se han queda­do “lo mejor de cada casa”. Son un pueblo ale­gre, que lle­va el baile en sus venas y que se enorgul­lece de haber vis­to nac­er a la mejor can­tante cabover­diana de todos los tiem­pos: Cesária Évo­ra.

 

Isla Reunión

Isla Reunion

Se la conoce como la Hawaii africana por su par­tic­u­lar ori­gen vol­cáni­co (el vol­cán Pitón de la Four­naise aún está acti­vo y su últi­ma erup­ción fue hace sólo once años) y es una de las islas más boni­tas del con­ti­nente negro. Casi la mitad de la isla está con­sid­er­a­da Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO, prue­ba de su gran interés medioam­bi­en­tal. Es algo más pequeña que Mal­lor­ca y pre­cisa­mente por ello se con­vierte en un des­ti­no ide­al si no tienes mucho tiem­po ya que se puede recor­rer en ape­nas una sem­ana. Además, se encuen­tra a sólo una hora de vue­lo de Mauri­cio (el pre­cio de los bil­letes es de unos 250 / 300 euros ida y vuelta), por lo que bas­tante gente com­bi­na ambos des­ti­nos en un peri­o­do de 15 días.

Cuen­ta con la ven­ta­ja de que aquí sí se con­duce como en Europa, por la derecha, y que el índice de delin­cuen­cia es bajísi­mo, por lo que la mejor opción es alquilar un coche y tirar mil­las. Las car­reteras son bas­tante bue­nas; aún así, a veces un tramo de 40 kilómet­ros puede tar­darse en cubrir más de una hora debido a las inter­minables cur­vas: no olvides que con­duces entre mon­tañas. Y tam­poco con­sid­eres a Reunión como un des­ti­no playero ya que en la prác­ti­ca, playas hay pocas (poco más de 30 kilómet­ros de playas de are­na, lo demás son acan­ti­la­dos). Pero quién nece­si­ta playas cuan­do puedes darte un cha­puzón bajo cas­cadas como la que ves ahí arri­ba.

Reunión es una de las colo­nias que Fran­cia ha con­ser­va­do de su antiguo impe­rio. Aquí se habla francés (rara­mente inglés), se paga en euros y el niv­el / coste de vida es sim­i­lar al de Fran­cia, por lo que no ven­gas con la idea equiv­o­ca­da de que por ser África, vas a dormir por diez euros. Ello con­ll­e­va sus ven­ta­jas tam­bién, pues al ser ter­ri­to­rio francés, se ha inver­tido bas­tante en infraestruc­turas y como comen­tábamos antes, es un des­ti­no bas­tante seguro. Pero a niv­el de pre­supuesto, ten en cuen­ta por ello el tema pre­cios, pues te pare­cerá estar en París y además has de sumar­le el vue­lo des­de Europa, que rara vez suele bajar de 900 euros.

Una de las mejores cosas de Reunión es su vibrante mul­ti­cul­tur­al­is­mo. Aquí puedes encon­trar etnias venidas de cualquier parte del mun­do, prin­ci­pal­mente de África y Ori­ente, aunque lo que más verás son tamiles lle­ga­dos del norte de Sri Lan­ka. Es por ello que el hin­duis­mo goza de una fuerte pres­en­cia en el archip­iéla­go y es habit­u­al que te veas inmer­so en algún fes­ti­val en el que podrás ver a devo­tos creyentes andan­do sobre brasas ardi­entes o cel­e­bra­ciones frente a algún col­ori­do tem­p­lo ded­i­ca­do a Shi­va.

Aunque a niv­el pre­cios, como decíamos, parece Fran­cia, sin embar­go Reunión demues­tra estar a miles de kilómet­ros del país al que pertenece y no sólo a niv­el geográ­fi­co. Porque aquí todo huele y sabe a África, un paraí­so trop­i­cal engul­li­do por la nat­u­raleza más sal­va­je: lagos, verdes mon­tañas, ríos intrépi­dos, cas­cadas mag­ní­fi­cas como El Velo de la Novia. Todo ello salpic­a­do por el col­or bril­lante de las boni­tas casas de madera criol­las.

 

Mada­gas­car

Madagascar

A 500 kilómet­ros al oeste de Mozam­bique, en mitad del Índi­co, se encuen­tra Mada­gas­car, una de las islas con may­or diver­si­dad medioam­bi­en­tal del mun­do. Su isla prin­ci­pal es de exten­sa como la Penín­su­la Ibéri­ca: es la cuar­ta isla más grande del plan­e­ta. Así que ya sabes: si via­jas has­ta allí, haz­lo sin prisas, que hay mucho para ver.

Mada­gas­car cuen­ta con tres para­jes declar­a­dos Pat­ri­mo­nio de la UNESCO. Las sel­vas y los manglares pre­dom­i­nan en estas tier­ras, espe­cial­mente en la cos­ta este de la isla. 12.000 especies de plan­tas difer­entes, entre las que desta­can estos robus­tos baob­a­bs que puedes ver en la fotografía. El baobab, el sím­bo­lo del país y que pop­u­lar­izó uno de mis libros favoritos, “El Prin­cip­i­to”, es uno de los árboles más sor­pren­dentes de nue­stro plan­e­ta. Pueden lle­gar a vivir mil años (de hecho el más antiguo que se conoce tiene seis mil años y en el inte­ri­or de su desco­mu­nal tron­co se con­struyó una pequeña taber­na), alma­ce­nar en su inte­ri­or mil litros de agua y están con­sid­er­a­dos árboles sagra­dos por la población local.

Mada­gas­car tam­bién es una isla con mez­cla de etnias. De sus veinte mil­lones de habi­tantes, bue­na parte de ellos lle­garon de Mala­sia. Los de proce­den­cia africana sue­len agru­parse en las pobla­ciones de las costas y no deja de cre­cer la comu­nidad asiáti­ca. El mal­gache es el idioma ofi­cial, aunque tam­bién se habla francés, heren­cia de la col­o­nización gala, que se man­tu­vo has­ta el año 1960.

Mada­gas­car cuen­ta con bue­nas playas pero es prin­ci­pal­mente un des­ti­no para los amantes de la nat­u­raleza y las emo­ciones fuertes. La reser­va nat­ur­al de Anja (donde podrás obser­var a los gra­ciosísi­mos lemures, el ani­mal nacional que pop­u­lar­izó la pelícu­la de dibu­jos ani­ma­dos “Mada­gas­car”), el Grand Tsingy de Bemara­ha (con sus car­ac­terís­ti­cas mon­tañas afi­ladas) o la famosa Aveni­da de los Baob­a­bs son algunos de los lugares impre­scindibles en un via­je por Mada­gas­car.

Si vas a una agen­cia y pides un via­je orga­ni­za­do, ya sabes el sabla­zo que te espera. Pero Mada­gas­car es un país que puedes recor­rer per­fec­ta­mente por tu cuen­ta por muy poco dinero. Si no eres tiquis­miquis, no te impor­ta via­jar en trans­porte públi­co (los taxi brousse com­par­tidos) o com­er en chirin­gui­tos locales (es decir, el tipo de cosas que siem­pre os recomen­damos: via­jar a vue­stro aire), puedes estar durante un mes recor­rien­do el país por unos 1800 euros, vue­los inclu­i­dos. ¿Alguien da más por menos?

 

Djer­ba

Djerba

Queríamos dedicar estas últi­mas líneas a la isla de Djer­ba ya que tras los aten­ta­dos de Túnez del 2015, el país ha sufri­do un bajón exager­a­do de vis­i­tas. Túnez se arru­ina esperan­do tur­is­tas, pese a que el gob­ier­no ha demostra­do durante estos últi­mos seis años que es uno de los país­es más seguros y esta­bles del norte de África. Escán­ers en entradas de los hote­les, policía y mil­itares patrul­lan­do en las zonas más turís­ti­cas, con­troles con­tin­u­os… Está claro que ningún país está a sal­vo de bar­baries varias (no, tam­poco los europeos) pero Túnez está hacien­do un esfuer­zo sobre­saliente por recu­per­ar la nor­mal­i­dad y creemos que es jus­to alabar algu­nas de sus grandes joyas nat­u­rales.

Una de ellas es la pre­ciosa isla de Djer­ba. Ya antes de los aten­ta­dos era uno de los grandes atrac­tivos tune­ci­nos: está con­sid­er­a­da una de las islas más boni­tas del Mediter­rá­neo, con la ven­ta­ja de que aquí muchas de sus playas se encuen­tran prác­ti­ca­mente desier­tas, cuan­do en la prác­ti­ca los paisajes pare­cen extraí­dos de una postal caribeña. Es lo bueno que tienen los des­ti­nos aún no exce­si­va­mente masi­fi­ca­dos, que te brin­dan la sen­sación de encon­trarte real­mente en el paraí­so. Se dice que ya en la antigüedad Home­ro se inspiró en ella para escribir una de las obras cum­bres de la lit­er­atu­ra, “La Odis­ea”.

Borj el Kebir, cono­ci­da como la “for­t­aleza españo­la” y en la que se vivieron durísi­mas batal­las entre españoles y tur­cos, es el mejor resid­uo históri­co que se con­ser­va de épocas pasadas, además se mantiene en bas­tante buen esta­do. Per­vive tam­bién una impor­tante comu­nidad judía: los judíos lle­van vivien­do aquí des­de el siglo VI A.C. y con­struyeron una de las may­ores sin­a­gogas de África, la de La Ghir­ba. Merece la pena perder­se por los bul­li­ciosos zocos de la acoge­do­ra cap­i­tal, Houmt Souk, donde es recomend­able com­prar algo de arte­sanía, una de las más del­i­cadas del con­ti­nente africano.


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