Rabat es una de las grandes desconocidas de Marruecos. Mientras ciudades como Marrakech o Fez reciben millones de visitantes cada año, la capital del país sigue siendo un destino tranquilo donde todavía se puede caminar sin agobios y descubrir rincones auténticos. Muchos viajeros pasan por Marruecos sin siquiera plantearse incluir Rabat en su ruta y, sin embargo, la ciudad guarda un encanto especial que solo se aprecia cuando se la recorre sin prisas.
Rabat y Casablanca. Esas fueron las dos ciudades elegidas para el que sería nuestro sexto viaje a Marruecos. Parecen muchos viajes allí pero en realidad siempre vago con la sensación de lo mucho que me queda por conocer del país. Y es que cuanto más voy a Marruecos, más me enamoro de él. Siempre digo que parece mentira que un lugar que nos coge tan cerca aún sea un desconocido para muchos españoles. Todavía hay mucha gente a la que le cuesta dar ese primer paso de viajar a Marruecos, principalmente por miedos y prejuicios infundados. Son muchos los lectores (y aún más las lectoras) que me preguntan “¿es Marruecos inseguro?”. Y precisamente por ello escribí en su día el artículo Viajar a Marruecos siendo mujer: desmontando prejuicios . Con ello intenté desterrar la idea de que Marruecos sea un destino complicado. Hemos paseado por todo tipo de sitios, tanto de día como de noche, sin tener ningún tipo de problema. Es más, debo insistir en que los marroquíes se caracterizan por su carácter hospitalario y su tremenda amabilidad. Así que si aún no has descubierto el exotismo de nuestro país vecino, te animo a que no lo demores más: seguro que en cuanto lo pises por primera vez estás deseando regresar.
La primera impresión que suele causar Rabat es diferente a la de otras ciudades marroquíes. Aquí no hay el bullicio constante ni el caos de tráfico que caracteriza a lugares como Casablanca o Marrakech. Las calles son amplias, hay jardines bien cuidados y el ambiente resulta sorprendentemente relajado para tratarse de una capital. Rabat transmite una sensación de orden y tranquilidad poco habitual en el país, algo que la convierte en un destino especialmente agradable para quienes quieren conocer Marruecos a un ritmo más pausado.
Tal vez Rabat no sea la ciudad más espectacular del país pero precisamente ahí reside su atractivo. Es un lugar que se disfruta caminando, observando detalles y dejándose llevar por la vida cotidiana. En sus barrios históricos conviven murallas medievales, jardines andalusíes y mezquitas antiguas con avenidas modernas y cafeterías donde la gente se reúne a charlar durante horas. Es un Marruecos más discreto, menos teatral y mucho más cercano a la vida real.
Durante mi viaje tuve la sensación de que Rabat es una ciudad que no necesita impresionar a nadie. No hay grandes campañas turísticas ni monumentos icónicos que atraigan multitudes. En lugar de eso, ofrece algo más difícil de encontrar: autenticidad y calma. Se puede pasear por la medina sin sentirse acosado por vendedores, recorrer la kasbah en silencio o sentarse frente al océano viendo pasar la tarde sin la presión habitual de los destinos más famosos.
Quizá por eso Rabat gusta especialmente a los viajeros que ya conocen Marruecos y buscan algo diferente. Es una ciudad perfecta para romper con los tópicos y descubrir un país más tranquilo y equilibrado. También es un destino ideal para una primera toma de contacto con Marruecos, ya que resulta más fácil y cómoda que otras ciudades imperiales.
En este artículo te cuento qué ver en Rabat y por qué merece la pena dedicarle unos días de viaje. Puede que no sea el destino más famoso del país pero Rabat tiene la capacidad de sorprender a quienes se acercan a ella sin expectativas demasiado altas. A veces, los lugares menos conocidos terminan siendo los que más se recuerdan.

Planificando los viajes que haríamos este año, vimos que en Mayo teníamos dos puentes de lo más suculentos. El primero lo utilizaríamos para irnos a los Pirineos. El segundo, que nos regalaba cuatro días por San Isidro, decidimos ojear vuelos y ¡oh, sorpresa!¡una ofertaza con Ryanair para volar a Rabat por apenas 30 euros! Ni nos lo pensamos. Como decimos muchas veces en casa en plan humorístico, “Marruecos siempre es bien” y cualquier excusa es buena para volver. Justo el día que compramos los billetes habíamos quedado para comer con unos amigos nuestros, Mariángeles y Javi, y cuando se lo comentamos, les faltó tiempo para comprar los billetes allí mismo: siempre habían tenido ganas de conocer Marruecos y por ese precio, salía casi más caro quedarse en casa. Así que en un pispás ya teníamos confeccionado el viaje: los planes que menos se piensan son los que mejor salen al final.
Qué ver en Rabat
Aunque Rabat no es una ciudad tan turística como Marrakech o Fez, tiene suficientes atractivos como para dedicarle al menos uno o dos días. Su mezcla de monumentos históricos, barrios tranquilos y vistas al océano la convierten en una de las ciudades más agradables de Marruecos.
Entre los lugares más interesantes que ver en Rabat destacan:
- La medina
- Jidar Toiles de Ru
- La kasbah de los Oudayas
- La Torre Hassan y el Mausoleo Mohamed V
- Necrópolis de Chellah
- Palacio Real
- Ville Nouvelle
- Museo de Arte Moderno
- El paseo marítimo y el océano Atlántico
- La mezquita Al Sunna
En esta guía te cuento qué ver en Rabat paso a paso para que puedas organizar tu visita fácilmente.
Cómo llegar a Rabat
La forma más rápida y cómoda de llegar a Rabat desde España es en avión. La capital marroquí cuenta con el aeropuerto de Rabat-Salé, situado a unos diez kilómetros del centro de la ciudad. Desde allí se puede llegar fácilmente en taxi o transporte privado en unos veinte minutos, dependiendo del tráfico.
Actualmente se puede llegar a Rabat en vuelo directo desde varias ciudades españolas. La aerolínea que ofrece más conexiones es Ryanair, con rutas desde Madrid, Barcelona, Málaga o Sevilla, mientras que Air Arabia Maroc también opera algunos vuelos directos desde Barcelona. El vuelo dura alrededor de una hora y media. Normalmente los vuelos más baratos suelen situarse entre los 30 y los 80 euros ida y vuelta (nosotros, como os dije antes, cogimos un chollazo por sólo 30 euros ida y vuelta), aunque en fechas muy demandadas o si se reserva con poca antelación el precio puede subir con facilidad. Aun así, Rabat sigue siendo uno de los destinos más accesibles del norte de África para una escapada corta desde España.
Otra alternativa muy habitual consiste en volar a Casablanca, cuyo aeropuerto internacional tiene muchas más conexiones. Desde allí se puede continuar el viaje hasta Rabat en tren o en taxi en aproximadamente una hora. Para muchos viajeros esta opción resulta incluso más práctica, ya que permite encontrar horarios más flexibles o mejores precios.
Llegar a Rabat desde el propio Marruecos es bastante sencillo, ya que la capital marroquí está bien comunicada con el resto del país. Aunque no siempre aparece entre los destinos más populares de Marruecos, la ciudad cuenta con buenas conexiones ferroviarias y por carretera, lo que permite incluirla fácilmente en cualquier ruta por el norte del país.
Una de las formas más cómodas de llegar es en tren. La red ferroviaria marroquí funciona bastante bien y conecta Rabat con ciudades importantes como Casablanca, Tánger, Fez o Marrakech. Desde Casablanca el trayecto dura alrededor de una hora y los trenes salen con bastante frecuencia, lo que convierte esta opción en una de las más prácticas y económicas. Además, las estaciones de Rabat están situadas en zonas céntricas, lo que facilita el acceso a los principales barrios de la ciudad.
También es posible llegar en autobús desde prácticamente cualquier ciudad del país. Varias compañías realizan rutas regulares y los precios suelen ser asequibles, aunque el viaje puede resultar algo más largo que en tren. Aun así, es una buena alternativa si no hay conexión ferroviaria directa desde el lugar de origen.
Si se viaja en coche, las carreteras principales están en buen estado y la autopista que une Casablanca con Rabat permite llegar en poco tiempo. Conducir puede ser una buena opción para quienes quieran explorar otras zonas cercanas, aunque el tráfico en las grandes ciudades marroquíes puede resultar algo caótico para quien no esté acostumbrado.
Gracias a estas buenas conexiones, Rabat puede visitarse fácilmente incluso en una excursión de un día desde Casablanca o desde otras ciudades del norte del país, aunque lo más recomendable es dedicarle al menos una noche para poder conocerla con más calma.
Para Marruecos no necesitas visado, únicamente echar en el bolsillo el pasaporte y listo. En Rabat se hace algo pesada la espera por el tema aduanas, así que armaos de paciencia. Como siempre hacemos al llegar al aeropuerto, a sacar dinero de los cajeros: al menos en nuestro caso tenemos comprobado que nos sale siempre más a cuenta que cambiar moneda. El cambio estaba a 1 euro=9 dírhams.
Cómo llegar al centro de Rabat desde el aeropuerto
Desde el aeropuerto de Rabat-Sale los precios para los taxis ya están especificados en la salida: una carrera al centro de Rabat cuesta 200 dírhams si es de noche y 150 si es de día. Obviamente, a la mayoría de los taxistas se las repampinflan las tarifas, así que nada más salir el taxista de turno nos dijo “250 dírhams”, “nada, nada, 200 que es lo que pone ahí dentro”. Ni se molestó en regatear, cosa rara en Marruecos, nos vería cara de no dar nuestro brazo a torcer. El trayecto hasta el centro de Rabat normalmente dura unos veinte minutos.
También hay autobuses públicos que unen el aeropuerto con las dos estaciones principales de Rabat- El trayecto cuesta sólo dos euros pero teniendo en cuenta lo barato que es el taxi, especialmente si vais en grupo, yo no me complicaría la existencia. En cualquier caso, el trayecto entre el aeropuerto y Rabat es corto y el transporte público permite llegar al centro de forma sencilla y muy barata en comparación con otras ciudades.
Ya os contamos lo mucho que nos gustan los riads en Dormir en riads: fundamental cuando vamos a Marruecos : son nuestra debilidad. Y esta vez no iba a ser una excepción. Habíamos reservado en el Dar Yanis : os recomendamos que elijáis la habitación Roses, que fue en la que estuvimos, ya que está en la azotea y tendréis para vosotros una magnífica terraza, grandísima, con tumbonas y el lugar ideal para que al anochecer nos reuniéramos los cuatro a tomar un delicioso té a la menta.

El precio fueron 66 euros por noche (ahí van incluidos los 3 euros por persona/noche que implica la tasa turística de Rabat). Como veis en las fotos, el riad es una preciosidad y lo llevan dos chicos la mar de amables. Se incluye un desayuno completísimo que nunca lográbamos acabar: café y té, yogourt, bollería, crepes de dos tipos con mermelada, mantequilla y miel… No faltaba de nada.

Otra de las ventajas del Dar Yanis es su fantástica ubicación: en pleno corazón de la medina. Aquí se encuentran algunos riads tradicionales que permiten vivir una experiencia más auténtica, con patios interiores y decoración marroquí. Alojarse en la medina tiene la ventaja de estar cerca de muchos lugares de interés y de poder moverse caminando por el centro histórico, aunque algunas calles pueden resultar algo laberínticas, especialmente al llegar por primera vez.
Las medinas son mis lugares favoritos en Marruecos para alojarme ya que son el corazón de las ciudades, siempre llenas de vida hasta altas horas de la noche. Aunque las medinas marroquíes parezcan todas iguales, cada una de ellas mantiene intacta su identidad propia, condicionada por la ciudad que la ha visto crecer. En este sentido, la medina de Rabat me enamoró completamente ya que es muy poco turística; de hecho, apenas te cruzarás con extranjeros, precisamente porque quizás Rabat es una de las ciudades de Marruecos que, pese a ser la capital, no recibe tantas visitas como Marrakech o Tánger. Y esto hace de ella un lugar mucho más especial. Aquí no tendrás que batallar con vendedores que te avasallan para que compres sus productos y puedes pasear con la tranquilidad de verte rodeado de marroquíes que vienen a hacer sus compras diarias sin importarles demasiado quién esté al lado.
Rabat ofrece una buena variedad de alojamientos para todo tipo de viajeros, desde pequeños riads con encanto hasta hoteles modernos situados en las zonas más céntricas. En comparación con otras ciudades marroquíes muy turísticas, los precios suelen ser bastante razonables y es posible encontrar opciones económicas sin demasiada dificultad. La ciudad no está tan orientada al turismo como Marrakech o Fez pero precisamente por eso resulta más tranquila y agradable para alojarse.
Otra buena opción es alojarse cerca del centro moderno, en barrios como Hassan o en los alrededores de la estación de Rabat Ville. Esta zona resulta muy práctica porque está bien comunicada y permite desplazarse fácilmente tanto a los monumentos históricos como a otras partes de la ciudad. Además, suele ser un área animada durante el día, con cafeterías, tiendas y restaurantes.
El barrio de Agdal es una alternativa interesante para quienes prefieren un ambiente más moderno. Aquí hay más hoteles recientes y apartamentos turísticos, así como restaurantes y zonas comerciales. Está algo más alejado de los principales monumentos pero sigue siendo una zona cómoda si se utiliza taxi o transporte público.
La medina de Rabat
La medina de Rabat es pequeña si la comparamos con la de otras ciudades como Fez, bastante más limpia y mucho más ordenada. Lo que no excluye que sea un hormiguero humano donde al caer la tarde (por la mañana verás que hay mucho menos movimiento, a los marroquíes no les gusta mucho madrugar), los vendedores callejeros exponen sus productos, las familias vienen a dar sus paseos nocturnos y grupos de jóvenes se reúnen en las terrazas improvisadas para tomar un té a la menta. Perderte por esos oscuros callejones pese a que sea noche cerrada no reviste problema ninguno: insisto en que Marruecos me parece un país seguro para el que viene de fuera, con una población siempre dispuesta a ayudar. Aunque sea difícil encontrar a alguien que chapurree castellano: en Marruecos, según bajas al sur, los dos idiomas más hablados son el árabe y el francés.

La medina de Rabat es una de las más tranquilas y accesibles de Marruecos, algo que sorprende a muchos viajeros acostumbrados al ambiente intenso de ciudades como Marrakech o Fez. Aquí las calles son más ordenadas y resulta relativamente fácil orientarse, lo que permite pasear sin la sensación constante de perderse en un laberinto. La medina conserva el ambiente tradicional marroquí pero sin el agobio que a veces se encuentra en destinos más turísticos.
Pasear por la medina es una buena manera de observar la vida cotidiana de la ciudad. Entre sus callejuelas se mezclan pequeñas tiendas, puestos de fruta, talleres artesanos y cafeterías sencillas donde los vecinos se reúnen a charlar. Es un lugar vivo, donde se percibe el ritmo diario de Rabat más allá de los monumentos más conocidos. A diferencia de otras medinas marroquíes, aquí el ambiente suele ser más relajado y los vendedores menos insistentes, algo que hace que la visita resulte especialmente agradable. Se puede caminar con calma, detenerse a mirar los escaparates o simplemente dejarse llevar por las calles sin un rumbo fijo.
La medina está rodeada en parte por antiguas murallas levantadas en distintas épocas, que marcan el límite entre la ciudad histórica y el Rabat moderno. Varias puertas monumentales permiten el acceso al interior, siendo Bab El Had una de las más conocidas. Esta puerta es también el punto donde comienza uno de los mercados más animados de la ciudad, con puestos de ropa, calzado y objetos cotidianos frecuentados sobre todo por los propios habitantes de Rabat.
Dentro de la medina se alternan calles comerciales con zonas residenciales más tranquilas. Algunas vías están llenas de tiendas donde se venden productos tradicionales como alfombras, cerámica, babuchas o tejidos, mientras que otras conservan un ambiente más local, con panaderías, pequeños talleres artesanos y puestos de alimentos frescos. Es un buen lugar para ver cómo viven los habitantes de la ciudad lejos de las zonas más turísticas.
Uno de los ejes principales es la calle Souika, que atraviesa buena parte de la medina y concentra muchas tiendas y comercios. A lo largo de esta calle se pueden encontrar desde productos típicos marroquíes hasta ropa moderna o artículos de uso cotidiano. Es una zona animada durante todo el día y especialmente interesante para observar el ambiente local.
La medina también alberga varias mezquitas y pequeñas plazas donde se desarrolla la vida diaria del barrio. Aunque la mayoría de mezquitas no pueden visitarse por dentro si no se es musulmán, sus exteriores forman parte del paisaje urbano y ayudan a entender la importancia de la religión en la vida cotidiana.

Igualmente de agradable es pasear por la Rue des Consuls, llamada así porque aquí vivían antiguamente los cónsules y los diplomáticos; también era donde se llevaba a cabo el mercado de esclavos. La Rue des Consuls es una de las calles más conocidas e históricas de la medina de Rabat y uno de los lugares más interesantes para pasear dentro de la ciudad antigua. Se trata de una larga calle comercial que atraviesa buena parte de la medina y que durante siglos fue un importante centro de actividad económica. Hoy en día sigue siendo una de las zonas más animadas, con numerosas tiendas y talleres donde se venden productos tradicionales marroquíes.
El origen del nombre se remonta a los siglos XVII y XVIII, cuando los representantes diplomáticos europeos residían en esta zona. En aquella época Rabat y la vecina ciudad de Salé eran importantes puertos comerciales y también bases de corsarios que operaban en el Atlántico. Los cónsules extranjeros se instalaban en esta calle para negociar intercambios comerciales y resolver asuntos relacionados con marineros y mercancías. Con el tiempo, el nombre de Rue des Consuls quedó asociado definitivamente a esta vía histórica.
Un zoco cubierto, fresco y acogedor, mucho más tranquilo que otros zocos de Marruecos y donde el producto rey son los zapatos ¡hazte con unas babuchas! Pasear por la Rue des Consuls permite observar algunos detalles arquitectónicos interesantes, como antiguas casas con balcones de madera o puertas tradicionales decoradas. Aunque muchas fachadas han sido renovadas con el paso del tiempo, todavía se percibe el carácter histórico de la calle.

Aceitunas, especias, aceite de argán, perfumes, ropa, juguetes… Y como no, dátiles. Ese fruto que en Marruecos es toda una institución y que no sólo sirve para aderezar los menús familiares: en las aldeas, muchas casas se han construido con la madera de las palmeras y las hojas han sido base de cestas y sombreros. Se dice que cada marroquí consume cinco kilos de dátiles al año.
Todo lo que imagines lo podrás encontrar en estas pequeñas tiendas, modestas, humildes, prácticas, dirigidas a los locales y alejadas del exotismo de los bazares de Marrakech pero con precios mucho más asequibles. Citando los precios, otra delicia comer y cenar en estos minúsculos restaurantes y puestos en los que lo que te cobran por el menú casi te obliga a sonrojarte. Y es que si en Marruecos siempre nos hemos gastado poco dinero a la hora de pedir un menú, en la medina de Rabat batimos todos los records: la primera noche cenamos los cuatro por nueve euros al cambio. Una pizza casera apenas cuesta 15 dírhams y puedes echarte entre pecho y espalda un couscous humeante por menos de 40.
Jidar Toiles de Rue
Jidar Toiles de Rue es un festival de arte urbano que se celebra cada año en Rabat y que ha transformado muchas paredes de la ciudad en auténticas obras de arte al aire libre. El nombre significa literalmente “muros, lienzos de calle”, una idea que refleja bien el espíritu del proyecto: utilizar las fachadas de edificios como grandes superficies donde artistas de distintos países pueden crear murales de gran formato.
Este festival comenzó hace algunos años con el objetivo de acercar el arte contemporáneo al espacio público y dar una nueva vida a zonas urbanas que antes pasaban desapercibidas. Con el tiempo se ha convertido en una de las iniciativas culturales más originales de Rabat y ha contribuido a cambiar la imagen de algunos barrios, que hoy destacan por sus coloridas pinturas.
Durante el festival, artistas marroquíes e internacionales trabajan durante varios días pintando grandes murales que después permanecen como parte del paisaje urbano. Las obras suelen ser muy variadas, desde composiciones abstractas hasta retratos o escenas inspiradas en la cultura local. Cada artista aporta su propio estilo, por lo que recorrer los murales permite ver una mezcla interesante de influencias y técnicas.
Aunque el festival se celebra en fechas concretas, los murales pueden visitarse durante todo el año. Muchas de las pinturas se encuentran repartidas por distintos barrios de Rabat, especialmente en zonas modernas de la ciudad, lo que convierte la búsqueda de estas obras en una especie de recorrido alternativo lejos de los monumentos más conocidos.

Este proyecto demuestra que Rabat no es solo una ciudad de monumentos antiguos y barrios históricos, sino también un lugar con una vida cultural activa y en constante evolución. Los murales de Jidar Toiles de Rue se han convertido en un elemento más del paisaje urbano y en una forma original de explorar la ciudad desde una perspectiva diferente.

Es una lástima que, a excepción de la Ruta de las Ciudades Imperiales, a Rabat no se la suela incluir dentro de los circuitos turísticos porque fue una ciudad que nos gustó muchísimo. Y eso que tras Casablanca es la ciudad más poblada del país, lo que nos hacía temer un caos de coches y ruido, pero aún así disfrutamos de un montón de rincones bellísimos que nos sorprendieron para bien. Es lo bueno de viajar a algún lugar sin demasiadas expectativas, que éste puede dejarte un impecable sabor de boca.
Los barrios de Rabat, los quartiers, han podido y sabido conservar su propia idiosincrasia pese al paso del tiempo, creando una fusión magnífica entre ciudad moderna, la que acoge la mayoría de los edificios gubernamentales y aún tan impregnada del colonialismo francés, y casco antiguo, con ese aroma bereber y color de adobe que hace de Marruecos un país tan especial. Un contraste que se acentúa en la medina, por poner un ejemplo, cuando sales de esos angostos callejones y te topas con una red de tranvías modernísimos que ya quisieran para sí muchas ciudades europeas.
Kasbah de los Oudayas
Cuando salgas de la medina, si has de comenzar tu recorrido por algún lugar en particular, te recomiendo que el elegido sea la Kasbah de los Oudayas.
La kasbah de los Oudayas es uno de los lugares más bonitos y con más encanto de Rabat. Situada sobre un promontorio junto al océano Atlántico y en la desembocadura del río Bou Regreg, esta antigua fortaleza ofrece algunas de las mejores vistas de la ciudad y constituye una de las visitas más agradables. Sus murallas dominan el paisaje costero y recuerdan el papel defensivo que tuvo este enclave durante siglos.
El acceso principal se realiza a través de una puerta monumental de piedra conocida como Bab Oudaya, una construcción imponente que marca la entrada al recinto histórico. Una vez dentro, el ambiente cambia completamente. Las calles son estrechas y tranquilas, con casas encaladas decoradas con tonos azules que crean un conjunto muy armonioso. El paseo por este barrio resulta especialmente agradable porque el tráfico es prácticamente inexistente y el ritmo de vida parece más pausado que en otras zonas de la ciudad.
Aunque el origen de la kasbah se remonta a la Edad Media, gran parte del aspecto actual procede de épocas posteriores, cuando distintas dinastías reforzaron las murallas y utilizaron la fortaleza como base militar. Durante siglos fue un punto estratégico para controlar la entrada al río y proteger la ciudad de ataques procedentes del mar. Más tarde se convirtió en un barrio habitado por distintas comunidades que dejaron su huella en la arquitectura y en la organización de las calles.

Qué maravilla el Jardín de los Andalusíes. Pese a ser diseñado a principios del siglo XX por un arquitecto francés, te parece haber sido transportado de un plumazo a la época más brillante del Califato de Córdoba. Pasear entre esos naranjos, aspirar su aroma, era sentirse en los jardines más exuberantes de Sevilla o Granada.

Las kasbahs, que en castellano conocemos como alcazabas y de la que tan bonitos ejemplos nos dejaron los árabes en Granada, Almería, Mérida o Badajoz (esta última la más grande de Europa), son la joya de la corona de Marruecos. Ciudadelas de origen bereber construidas casi siempre en colinas, a menudo a la entrada de los puertos, caracterizadas por altísimos muros sin ventanas (y si estas existen, son minúsculas), su función era principalmente militar y estaban destinadas a la defensa del casco antiguo de los ataques enemigos pero también de las tormentas de arena y los fuertes oleajes. Para Rabat su kasbah es tan importante que el propio nombre de la ciudad se origina en la palabra ribat, que significa fortaleza.
La Kasbah de los Oudayas, con sus murallas de diez metros de altura y dos de grosor, es uno de los lugares más fascinantes que he visitado en Marruecos. Cuesta creer que tras estos muros se esconda este oasis de callejuelas blancas y azules, se dice que pintadas así para espantar a los mosquitos, que tanto nos recordaban a Chefchaouen o Assilah. La kasbah, construida en el siglo XII y hogar de tribus árabes, inmigrantes andalusíes, musulmanes exiliados de Al-Andalus y, como no, sultanes, es el origen absoluto de Rabat: aquí comenzó todo.

La dinastía almohade, necesitada de defender su territorio de ataques de corsarios, eligió la ribera del río Bou Regreg, aprovechando su situación estratégica, para levantar una de las fortalezas más bonitas (y efectivas) de Marruecos. La dinastía posterior, la de los alauitas, reclutó a una tribu del Sahara, los Oudayas, para añadir nuevas fortificaciones y ampliar un recinto ya de por sí impresionante. Sin embargo, a la muerte del sultán Yacoub al Mansour, quien también construyó la conocida Koutoubia de Marrakech, la kasbah comenzó a perder su importancia urbanística, viendo como se iban muchos de sus habitantes. Durante mucho tiempo la kasbah permaneció abandonada y es en los últimos años cuando ha logrado recuperar su esplendor. Como cualquier barrio marroquí que se precie, cuenta con los cinco elementos imprescindibles en la sociedad bereber: un horno para cocer el pan, una escuela coránica para los estudios religiosos, una mezquita donde rezar, una fuente pública y un hamman para bañarse y sociabilizar.
La mejor forma de entrar a la kasbah, y acaso también la más ceremoniosa, es haciéndolo por la preciosa puerta de Bab Oudaia, construida en el año 1195. En su día se utilizó más como testigo de festividades y desfiles que como defensa y hoy en día el acceso se realiza por un pequeño pasadizo lateral.

La kasbah hoy en día es una curiosa mezcla entre ese imperio árabe antiquísimo que se resiste a desembarazarse de sus tradiciones, con una arquitectura realmente soberbia, y esos aires bohemios que han traído cafeterías y pequeñas galerías de arte, que conviven codo con codo con las mujeres que aún tejen sus alfombras a mano y los artesanos que trabajan el cuero. Junto a encantadoras tiendas puedes encontrarte a vendedores ambulantes que ofrecen sus zumos de caña de azúcar.



Qué placer da perderse entre estas calles coloridas, estrechas, donde cada rincón esconde un jardín y los gatos dormitan bajo los rayos de sol. Las puertas de las casas, decoradas con mimo, aún mantienen esos amuletos que servían de llamadores y en los que se rogaba por la fertilidad de las familias que vivían dentro.

Qué mejor rincón para acabar el recorrido de tan agradable paseo que en el Café Maure, en sus bancos de azulejos y protegidos por una inmejorable panorámica. El té a la menta sabe mejor con la brisa que asciende del mar y puede acompañarse por los cuernos de gacela, las pastas más famosas de Marruecos. En Rabat, como en el resto del país, comprobarás con gusto que las pastelerías se alinean una detrás de otra: hay que ver lo que les gusta a los árabes el dulce. Fekas, hojaldres, tartaletas, canutillos con almendras, bizcochos, petit fours, merengues, rollos de limón… Pasteles a precios populares en un país incapaz de vivir sin azúcar y miel.


Paseo marítimo
Ante nosotros aparece la calle principal, Rue Jasmaa, una de las calles más animadas de la medina de Rabat y un buen lugar para conocer el ambiente cotidiano de la ciudad antigua. Esta calle comercial conecta varias zonas importantes del casco histórico y suele estar llena de movimiento durante buena parte del día. A diferencia de otras calles más orientadas al turismo, aquí predominan los pequeños comercios frecuentados por los propios habitantes de Rabat.
La Rue Jasmaa se dirige a la mezquita más antigua de Rabat y desemboca en la Plataforma de los Semáforos, una grandísima explanada que ejerce de mirador sobre el estuario y desde la que podremos contemplar la cercana Salé.
La Plataforma de los Semáforos es uno de los miradores más interesantes de Rabat y un lugar poco conocido que permite contemplar la ciudad desde una perspectiva diferente. Se encuentra en la zona cercana a la kasbah de los Oudayas, en un punto elevado desde el que se domina la desembocadura del río Bou Regreg y la costa atlántica. Desde aquí se pueden observar tanto la ciudad de Rabat como la vecina Salé, separadas por el río.

El nombre de este lugar procede de antiguas instalaciones de señalización marítima que servían para orientar a las embarcaciones que se aproximaban a la costa. Antes de la construcción de infraestructuras modernas, este tipo de puntos elevados eran fundamentales para vigilar el tráfico marítimo y controlar la entrada al río. Aunque hoy en día esas funciones han desaparecido, el nombre se ha mantenido y recuerda el pasado marítimo de la zona.
Abajo queda la playa de Rabat, ubicada curiosamente junto a un cementerio, el de Alou, atestada de bañistas y surferos que buscaban refugiarse del calor. Había que aprovechar los días previos del Ramadán, que comenzaba justo a finales de esa semana. Muchos musulmanes prefieren no bañarse en el mar durante el Ramadán ya que el agua contiene sal y si se introduce accidentalmente en la boca, se consideraría alimento ingerido.

Dar un paseo por la playa constituye el mejor de los preludios antes de iniciar la caminata que nos llevaría hasta otros puntos de la ciudad. La ría de Rabat-Salé está formada por la desembocadura del río Bou Regreg, que separa las ciudades de Rabat y Salé antes de llegar al océano Atlántico. Curiosamente, en el pasado esta ría estuvo dominada por moriscos llegados de Extremadura. Aún se mantiene anclado en estas tranquilas aguas un dhow, un antiguo barco árabe hoy reconvertido en restaurante de cocina francesa. Frente a nosotros, en la otra orilla, queda la ciudad-dormitorio de Salé.
Este espacio natural ha tenido una gran importancia a lo largo de la historia, ya que durante siglos fue un puerto natural protegido donde se desarrolló buena parte de la actividad comercial y marítima de la región. Hoy en día, la ría se ha convertido en una zona agradable para pasear y disfrutar de algunas de las mejores vistas de la ciudad. Desde las orillas del río se pueden contemplar algunos de los monumentos más conocidos de Rabat, como la kasbah de los Oudayas o la Torre Hassan, que se alzan sobre el paisaje urbano. Al otro lado del agua se encuentra Salé, una ciudad con un ambiente más tradicional que conserva su propia medina y varios edificios históricos. La proximidad entre ambas ciudades hace que la ría sea un punto de encuentro entre dos mundos diferentes que forman en realidad una misma área urbana.
En los últimos años, la zona ha sido acondicionada con paseos peatonales y espacios abiertos que permiten recorrer las orillas con tranquilidad. Es un lugar agradable para caminar al atardecer, cuando la luz ilumina las murallas de la kasbah y las aguas del río reflejan los colores del cielo. La ría también puede cruzarse fácilmente gracias al tranvía que conecta Rabat con Salé. Este trayecto ofrece una perspectiva interesante del río y permite visitar ambas ciudades en poco tiempo. Además, en algunos puntos es posible ver pequeñas embarcaciones de pescadores o barcas que recuerdan la tradición marítima de la zona.

Reconocemos que a veces se nos va la pinza cuando estamos de viaje y nos ponemos a andar; Juan tiene la buena costumbre de medir en el móvil la distancia recorrida cada día y en esta ocasión hicimos una media de 20 kilómetros diarios caminando. Lo cierto es que sólo cogimos una vez un taxi (los petit taxi, como se conocen en Marruecos, que suelen ser Fiat Uno o Dacia) y descubrimos la ciudad, nunca mejor dicho, a golpe de pata. Aunque hacía bastante calor, el hecho de ser Mayo y que Rabat goce de un agradable clima oceánico, mitigado por el frescor de la costa, nos hizo mucho más amenas las jornadas. Así teníamos excusa para pararnos de vez en cuando a tomar un té con hierbabuena.

Torre de Hassan
Nuestra siguiente visita sería la Torre Hassan, uno de los monumentos más emblemáticos de Rabat y uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad. Este minarete inacabado se alza sobre una amplia explanada junto al río Bou Regreg y constituye uno de los restos más importantes del pasado medieval de la capital marroquí. Su silueta de piedra rojiza destaca sobre el horizonte urbano y puede verse desde distintos puntos de la ciudad.
La torre comenzó a construirse a finales del siglo XII por orden del sultán almohade Yaqub al-Mansur, que pretendía levantar en Rabat la mayor mezquita del mundo islámico de su época. El proyecto era extraordinariamente ambicioso: la mezquita debía ser monumental y el minarete alcanzaría una altura muy superior a la actual. Sin embargo, tras la muerte del sultán en 1199 las obras se interrumpieron y nunca volvieron a retomarse. Por este motivo la torre quedó inacabada, con unos 44 metros de altura, aunque originalmente se cree que debía superar los 80 metros.
Alrededor de la torre pueden verse numerosas columnas de piedra que marcan el lugar donde debía levantarse la mezquita. Estas columnas forman un conjunto muy característico que permite imaginar la escala que habría tenido el edificio si hubiera llegado a completarse. Hoy este espacio abierto crea un ambiente muy especial y uno de los conjuntos monumentales más impresionantes de Rabat.


Mausoleo de Mohamed V
En esta misma explanada nos encontramos con el que probablemente sea el edificio más bello de todo Rabat: el mausoleo de Mohamed V. No obstante fue de los pocos lugares donde nos encontramos turistas. Fue construido a lo largo de una década, entre 1962 y 1971, en honor del sultán Mohamed Ben Yusef, al que tanto veneran los marroquíes por el papel tan importante que jugó en la independencia de Marruecos: fue precisamente en esta explanada donde se proclamó, con el propio monarca como testigo, la ansiada libertad del país en 1955, tras tantos años de dominación francesa. Hoy sus restos reposan en la tumba real, convertida en lugar de culto para millones de marroquíes que vienen aquí a mostrar sus respetos.
El mausoleo, recubierto de mármol blanco italiano y coronado por un tejado verde, brilla como una estrella de piedra bajo el implacable sol marroquí. La entrada para admirar las opulentas tumbas del sultán y sus dos hijos es gratuita pero deberás vestir apropiadamente: nada de faldas cortas y con los hombros cubiertos. Guardias reales, en el exterior montados a caballo, custodian la tumba del soberano, una maravilla arquitectónica que por derecho propio es el lugar más visitado de Rabat.

Necrópolis de Chellah
Aunque la caminata hasta la necrópolis de Chellah se prometía extensa, preferimos ir andando, atravesando una zona residencial donde se acumulan las embajadas de diferentes países. De camino, una curiosa anécdota: cuando casi salimos corriendo a rescatar a un cachorro de gato que se había aventurado a atravesar la calzada, un guardia de las embajadas abandonó su puesto y salió en su ayuda, parando el tráfico a su paso. Nos llamó la atención ver la de miles de gatos callejeros que viven en Rabat, especialmente en la medina, donde la mayoría de los vecinos les bajan cuencos de agua y pienso, sabiendo que las colonias felinas, a cambio, librarán a la ciudad de plagas de cucarachas y ratas.
La necrópolis de Chellah, conocida en árabe como Shalah, es el recinto arqueológico más importante de Rabat y también el más antiguo. Y no sólo eso: fue el primer lugar habitado de todo Marruecos, por lo que aquí yace la verdadera esencia de nuestro país vecino. Se cree que la antigua ciudad fue fundada por los fenicios en el siglo VI AC y extendida su hegemonía en época romana, cuando Marruecos era una provincia más del imperio, Mauritania Tingitana, y Shalah se convirtió en un importante puesto comercial.
La necrópolis de Chellah es uno de los lugares más interesantes y menos conocidos de Rabat, un espacio histórico donde se mezclan restos romanos y construcciones medievales en un entorno lleno de vegetación. Situada a pocos kilómetros del centro, en una zona tranquila junto al valle del río Bou Regreg, Chellah ofrece una visita muy diferente a la de los monumentos más conocidos de la ciudad.
El lugar fue originalmente un asentamiento romano llamado Sala Colonia, establecido entre los siglos I y III. De esta época se conservan restos de murallas, columnas, calles empedradas y algunos edificios que permiten hacerse una idea de la importancia que tuvo este enclave en la antigüedad. La ciudad romana desapareció con el tiempo pero siglos más tarde el lugar volvió a ocuparse con una función completamente distinta.
Durante la Edad Media, los sultanes meriníes convirtieron Chellah en una necrópolis real. Se construyeron mezquitas, mausoleos y espacios funerarios dentro de un recinto amurallado que todavía se conserva en gran parte. Estas construcciones islámicas se integraron entre las ruinas romanas, creando un conjunto histórico muy singular donde pueden verse elementos de distintas épocas superpuestos en un mismo espacio.
Una de las características más llamativas de Chellah es su ambiente tranquilo. A diferencia de otros monumentos de Rabat, aquí suele haber pocos visitantes y es fácil recorrer el recinto con calma. Los caminos atraviesan jardines y zonas arboladas donde crecen palmeras, higueras y otras plantas que dan al lugar un aire casi abandonado.

Rodeada de cultivos, a esa hora de la mañana encontramos muy pocos visitantes. La entrada es casi simbólica (10 dírhams) y da acceso a un lugar mágico que a veces lograba recordarme a las ruinas de Medina Azahara. Lo curioso de Chellah es que en ella conviven las huellas de dos civilizaciones tan alejadas a nivel cultural, la meriní y la romana, que sin embargo compartieron situación geográfica. Así, tras atravesar las murallas con sus torres octogonales, podremos recorrer, casi simultáneamente, la herencia de ambos mundos.

Por un lado, el trazado típico romano, en el que destacan la estructura del barrio de los artesanos y las ruinas de lo que eran los poderes políticos y religiosos (el capitolio y el templo). Más adelante, los lugares donde se desarrollaba la vida social: termas, tiendas, el foro donde se reunían los romanos y el arco del triunfo correspondiente bajo el que desfilaban las comitivas que regresaban orgullosas de sus victorias militares. Todo ello en torno a una calzada romana, principal vía de la antigua ciudad. Las ruinas, pese a las restauraciones, no han permitido dejar edificios de esta época intactos, por lo que es bueno saber algo de arquitectura y urbanismo romano para imaginarnos cómo era Shalah (que los romanos, como comenté antes, conocían como Sala Colonia) en aquellos tiempos lejanos.
Tras el ocaso del imperio romano y hasta el siglo XIII, Chellah yació comida por el polvo. Hasta que llegó al poder la dinastía meriní, que desbancó a la almohade, y escogieron a la antigua ciudad romana para enterrar a sus reyes. Aunque la capital se encontraba entonces en Fez, aquí descansarían las almas de los sultanes: el complejo funerario contaba con una mezquita, una madraza y un hamman. El sultán más importante de la dinastía, Abu al-Hasan, apodado el Sultán Negro porque su madre era etíope, quiso ser aquí enterrado, tras una vida llena de victorias bélicas (llegó a recuperar Algeciras y Gibraltar).
Su sucesor decidió trasladar las posteriores tumbas reales a Fez, dejando a Chellah en el olvido. Hasta que el gobierno decidió recuperarla para el turismo, visto su importante valor histórico, y aprovechar la necrópolis para la celebración anual de un importante festival de jazz cada mes de Junio, el Jazz au Chellah. Mientras tanto, hoy son las cigüeñas quienes viven entre ruinas de piedra y frondosos jardines.

El Palacio Real de Rabat
Regresamos al centro de Rabat. Y aquí tenemos el Dar al-Mahkzen o lo que es lo mismo, el Palacio Real. Es la sede de gobierno pero curiosamente aquí no reside el monarca Mohamed VI, quien desde hace años vive en París y que durante mucho tiempo estuvo en el centro de la polémica tras divorciarse de su mujer, la guapísima pelirroja Lalla Salma. El caso es que el palacio en la práctica no sirve como hogar real sino como recinto administrativo: aquí trabajan más de dos mil funcionarios. La plaza que precede al palacio, la Mechouar, ocupada por jardines, es donde se celebran los desfiles militares. Pero el acceso al interior del palacio está totalmente prohibido, así como las fotografías de ciertos accesos, y la seguridad que lo protege es abrumadora.
El Palacio Real de Rabat es uno de los edificios más importantes de la ciudad y la residencia oficial del rey de Marruecos cuando se encuentra en la capital. Situado en el barrio de Hassan, dentro de un amplio recinto amurallado conocido como Dar al-Makhzen, este complejo representa el centro político y administrativo del país. Aunque no puede visitarse por dentro, merece la pena acercarse a sus alrededores para conocer uno de los lugares más representativos de Rabat.
El palacio actual fue construido en el siglo XIX y posteriormente ampliado, coincidiendo con el momento en que Rabat se consolidó como capital administrativa. Desde entonces, el recinto ha mantenido su función oficial y sigue siendo uno de los principales símbolos del poder monárquico marroquí. Además de la residencia real, el complejo alberga edificios administrativos, jardines y dependencias utilizadas por la corte.
El acceso principal destaca por su gran puerta monumental decorada con mosaicos y motivos geométricos tradicionales. Frente a la entrada se abre una amplia explanada donde suele haber guardias ceremoniales vestidos con uniformes tradicionales. Este conjunto crea una imagen muy característica que refleja la importancia institucional del lugar.

Una de las curiosidades del Palacio Real es que, aunque el interior no está abierto al público, sí es posible acercarse bastante hasta la entrada principal y contemplar el edificio desde el exterior. La zona suele ser tranquila y segura, y permite ver un ambiente muy distinto al de la medina o los barrios más animados.
El recinto del palacio está rodeado por jardines y avenidas amplias que forman una de las zonas más ordenadas y elegantes de Rabat. En los alrededores predominan los edificios oficiales y las residencias diplomáticas, lo que da a esta parte de la ciudad un carácter más institucional.
Otra curiosidad es que el complejo de Dar al-Makhzen no solo existe en Rabat. Marruecos cuenta con varios palacios reales repartidos por distintas ciudades, como Fez, Marrakech o Tetuán, que han servido tradicionalmente como residencias de la monarquía en distintos momentos del año. Sin embargo, el de Rabat es el principal centro administrativo del reino.
Ville Nouvelle
La parte nueva de Rabat, lo que se conoce como Ville Nouvelle, nos gustó también muchísimo. Obra de los franceses a principios del protectorado en los años 20, está presidida por la larguísima Avenida de Mohamed V, plagada de palmeras y donde se congregan algunos de los más importantes edificios gubernamentales como el Parlamento, el edificio de Correos o el Banco de Marruecos. El boulevard techado que la recorre está inundado de cines y cafeterías, con terrazas donde lo común es sentarse de cara al público, nada de un comensal enfrente de otro: al marroquí le encanta admirar lo que ocurre en la calle y así se puede tirar horas y horas.
A diferencia de las calles estrechas de la medina, en la Ville Nouvelle predominan los espacios abiertos y las aceras amplias. Pasear por esta parte de Rabat resulta cómodo y tranquilo, con numerosos cafés, tiendas y edificios administrativos repartidos a lo largo de las avenidas. Es una zona muy frecuentada por los propios habitantes de la ciudad y permite observar la vida cotidiana en un entorno más moderno. También pasan por aquí el tranvía y varias líneas de autobús, lo que convierte la zona en un importante centro de transporte.

En la Ville Nouvelle se concentran muchos hoteles, restaurantes y servicios, por lo que suele ser una de las zonas más prácticas para alojarse. Desde aquí se puede llegar caminando a varios lugares de interés, como la medina o el barrio de Hassan, y también es fácil desplazarse hacia otras zonas de la ciudad.
El ambiente de este barrio es bastante diferente al de otras ciudades marroquíes. La influencia europea se nota en la arquitectura y en la organización urbana, lo que hace que resulte una zona familiar y fácil de recorrer para muchos viajeros. Al mismo tiempo, conserva elementos típicos marroquíes que forman parte del carácter de Rabat. Recorrer la Ville Nouvelle permite entender mejor cómo ha evolucionado la ciudad a lo largo del tiempo. Más allá de los monumentos históricos, esta zona muestra la faceta más moderna y cotidiana de la capital, donde tradición y modernidad conviven de forma bastante equilibrada.
Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Rabat
El Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Rabat es uno de los espacios culturales más interesantes de la ciudad y un buen lugar para descubrir el lado más creativo y actual de Marruecos. Situado en una zona céntrica, cerca de varias avenidas importantes, este museo representa un contraste interesante con los monumentos históricos de Rabat y muestra una faceta más moderna de la capital.
El museo está dedicado principalmente al arte marroquí de los siglos XX y XXI, y reúne pinturas, esculturas y obras de distintos artistas que reflejan la evolución del arte contemporáneo en el país. A través de las exposiciones se puede entender cómo los creadores marroquíes han combinado tradiciones locales con influencias internacionales.
La colección incluye obras muy variadas, desde estilos más clásicos hasta propuestas experimentales. Algunas piezas están inspiradas en la vida cotidiana marroquí, mientras que otras exploran temas sociales, culturales o históricos. Esta diversidad convierte la visita en una experiencia interesante incluso para quienes no suelen frecuentar museos.

Además de la colección permanente, el museo organiza exposiciones temporales y actividades culturales a lo largo del año. Estas muestras cambian con frecuencia, por lo que cada visita puede ser diferente. El espacio también acoge eventos relacionados con el arte y la cultura contemporánea, lo que lo convierte en un punto de encuentro para artistas y visitantes interesados en la vida cultural de Rabat.
La mezquita Al Sunna
La mezquita Al Sunna es una de las más importantes de Rabat y uno de los principales lugares de culto de la ciudad. Situada en una zona céntrica, cerca de la medina y de varias avenidas principales, forma parte de la vida cotidiana de muchos habitantes de la capital. Aunque no es uno de los monumentos más visitados por los turistas, sí tiene un gran valor religioso y refleja bien la importancia del islam en la vida diaria de Rabat.
El edificio destaca por su minarete, visible desde distintos puntos del centro, que se eleva sobre los tejados de la ciudad y marca el perfil urbano de la zona. La arquitectura sigue el estilo tradicional marroquí, con líneas sobrias y elegantes que encajan bien con el entorno. Como ocurre con la mayoría de mezquitas del país, el interior no está abierto a visitantes que no sean musulmanes pero el exterior puede contemplarse sin problemas.

Comer en Rabat
Rabat cuenta con una oferta gastronómica variada donde se pueden probar tanto platos tradicionales marroquíes como cocina internacional. Aunque no es una ciudad tan turística como Marrakech, la capital ofrece muchos lugares interesantes para comer bien a precios razonables. En general, es fácil encontrar restaurantes locales sencillos, cafeterías modernas y locales más elegantes repartidos por distintos barrios.
La cocina marroquí está muy presente en los restaurantes de Rabat y una de las mejores experiencias consiste en probar platos tradicionales como el tajine, el cuscús o la pastela. Muchos restaurantes ofrecen menús sencillos donde se puede comer por un precio bastante asequible, especialmente en las zonas más locales. El pan recién hecho, las aceitunas y las especias forman parte habitual de cualquier comida, y el té a la menta suele ser la mejor forma de terminar.
La medina es un buen lugar para encontrar pequeños restaurantes familiares donde se sirven platos caseros. En estos locales el ambiente suele ser sencillo pero auténtico, con recetas tradicionales y precios económicos.
Yo llevaba apuntado, un restaurante, el Restaurant de la Liberation, que nos cogía a cinco minutos del riad y donde me habían comentado que sólo comían marroquíes. Menudo descubrimiento. La harira, esa deliciosa sopa de la que soy tan fan, salía al cambio por 50 céntimos y estaba de chuparse los dedos. Fuimos allí varias noches y efectivamente, quitando nosotros, todos los clientes eran locales, a excepción de algún extranjero despistado que entraba al vernos allí sentados, comiendo con cara de felicidad.

Nuestra conclusión final no podía ser más positiva. Principalmente porque Rabat acabó siendo una mayúscula sorpresa, llena de fascinantes rincones en los que no te cruzabas con ni un solo turista. Una ciudad con un encanto embriagador, cautivadora, que permanece aún escondida en lo más profundo de Marruecos y que aspira a brillar con luz propia.
Qué ver cerca de Rabat
Rabat es un buen punto de partida para explorar otras zonas interesantes del norte de Marruecos. Gracias a sus buenas conexiones por tren y carretera, resulta fácil organizar excursiones de un día a ciudades cercanas o a lugares históricos situados a poca distancia. Si se dispone de más tiempo, merece la pena aprovechar la estancia para descubrir algunos destinos próximos que complementan muy bien la visita a la capital.
Una excursión interesante es Casablanca, situada a unos 90 kilómetros al sur. La ciudad puede alcanzarse fácilmente en tren en poco más de una hora. Allí se encuentra la impresionante mezquita Hassan II, uno de los monumentos religiosos más grandes del mundo, construida junto al océano. Casablanca ofrece además una imagen más moderna y cosmopolita de Marruecos, muy diferente a la de Rabat.
También merece la pena visitar Meknes, una de las antiguas ciudades imperiales de Marruecos. Está situada a unas dos horas y media en tren y conserva importantes monumentos históricos, como puertas monumentales, murallas y antiguos palacios. La ciudad tiene un ambiente más tranquilo que Fez y resulta muy agradable para recorrer a pie.
Otra posibilidad es acercarse a Assilah, una pequeña ciudad costera situada al norte de Rabat. Es conocida por sus murallas frente al mar y por sus casas blancas decoradas con murales. El ambiente es relajado y el paseo por el casco antiguo junto al océano resulta especialmente agradable.
Visitar alguno de estos lugares permite completar la experiencia de Rabat y conocer distintas facetas de Marruecos, desde ciudades históricas hasta zonas costeras o barrios tradicionales. Gracias a las buenas conexiones de transporte, muchas de estas excursiones pueden hacerse fácilmente en un solo día.
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lamaletadeflores
atApuntado! 🙂
Mil y un Viajes por el Mundo
atCuando puedas, escápate ¡te va a encantar!
Rabat: la perla de Marruecos que (por suerte) el turismo ignora — Mil y un viajes por el mundo | Multi Ariadna
at[…] a través de Rabat: la perla de Marruecos que (por suerte) el turismo ignora — Mil y un viajes por el mundo […]