Rabat: la perla de Marruecos que por suerte el turismo ignora

Rabat es una de las grandes descono­ci­das de Mar­rue­cos. Mien­tras ciu­dades como Mar­rakech o Fez reciben mil­lones de vis­i­tantes cada año, la cap­i­tal del país sigue sien­do un des­ti­no tran­qui­lo donde todavía se puede cam­i­nar sin ago­b­ios y des­cubrir rin­cones autén­ti­cos. Muchos via­jeros pasan por Mar­rue­cos sin siquiera plantearse incluir Rabat en su ruta y, sin embar­go, la ciu­dad guar­da un encan­to espe­cial que solo se apre­cia cuan­do se la recorre sin prisas.

Rabat y Casablan­ca. Esas fueron las dos ciu­dades elegi­das para el que sería nue­stro sex­to via­je a Mar­rue­cos. Pare­cen muchos via­jes allí pero en real­i­dad siem­pre vago con la sen­sación de lo mucho que me que­da por cono­cer del país. Y es que cuan­to más voy a Mar­rue­cos, más me enam­oro de él. Siem­pre digo que parece men­ti­ra que un lugar que nos coge tan cer­ca aún sea un descono­ci­do para muchos españoles. Todavía hay mucha gente a la que le cues­ta dar ese primer paso de via­jar a Mar­rue­cos, prin­ci­pal­mente por miedos y pre­juicios infun­da­dos. Son muchos los lec­tores (y aún más las lec­toras) que me pre­gun­tan “¿es Mar­rue­cos inse­guro?”. Y pre­cisa­mente por ello escribí en su día el artícu­lo Via­jar a Mar­rue­cos sien­do mujer: desmon­tan­do pre­juicios . Con ello inten­té dester­rar la idea de que Mar­rue­cos sea un des­ti­no com­pli­ca­do. Hemos pasea­do por todo tipo de sitios, tan­to de día como de noche, sin ten­er ningún tipo de prob­le­ma. Es más, debo insi­s­tir en que los mar­ro­quíes se car­ac­ter­i­zan por su carác­ter hos­pi­ta­lario y su tremen­da ama­bil­i­dad. Así que si aún no has des­cu­bier­to el exo­tismo de nue­stro país veci­no, te ani­mo a que no lo demor­es más: seguro que en cuan­to lo pis­es por primera vez estás dese­an­do regre­sar.

La primera impre­sión que suele causar Rabat es difer­ente a la de otras ciu­dades mar­ro­quíes. Aquí no hay el bul­li­cio con­stante ni el caos de trá­fi­co que car­ac­ter­i­za a lugares como Casablan­ca o Mar­rakech. Las calles son amplias, hay jar­dines bien cuida­dos y el ambi­ente resul­ta sor­pren­den­te­mente rela­ja­do para tratarse de una cap­i­tal. Rabat trans­mite una sen­sación de orden y tran­quil­i­dad poco habit­u­al en el país, algo que la con­vierte en un des­ti­no espe­cial­mente agrad­able para quienes quieren cono­cer Mar­rue­cos a un rit­mo más pau­sa­do.

Tal vez Rabat no sea la ciu­dad más espec­tac­u­lar del país pero pre­cisa­mente ahí reside su atrac­ti­vo. Es un lugar que se dis­fru­ta cam­i­nan­do, obser­van­do detalles y deján­dose lle­var por la vida cotid­i­ana. En sus bar­rios históri­cos con­viv­en mural­las medievales, jar­dines andalusíes y mezquitas antiguas con avenidas mod­er­nas y cafeterías donde la gente se reúne a char­lar durante horas. Es un Mar­rue­cos más dis­cre­to, menos teatral y mucho más cer­cano a la vida real.

Durante mi via­je tuve la sen­sación de que Rabat es una ciu­dad que no nece­si­ta impre­sion­ar a nadie. No hay grandes cam­pañas turís­ti­cas ni mon­u­men­tos icóni­cos que atraigan mul­ti­tudes. En lugar de eso, ofrece algo más difí­cil de encon­trar: aut­en­ti­ci­dad y cal­ma. Se puede pasear por la med­i­na sin sen­tirse acosa­do por vende­dores, recor­rer la kas­bah en silen­cio o sen­tarse frente al océano vien­do pasar la tarde sin la pre­sión habit­u­al de los des­ti­nos más famosos.

Quizá por eso Rabat gus­ta espe­cial­mente a los via­jeros que ya cono­cen Mar­rue­cos y bus­can algo difer­ente. Es una ciu­dad per­fec­ta para romper con los tópi­cos y des­cubrir un país más tran­qui­lo y equi­li­bra­do. Tam­bién es un des­ti­no ide­al para una primera toma de con­tac­to con Mar­rue­cos, ya que resul­ta más fácil y cómo­da que otras ciu­dades impe­ri­ales.

En este artícu­lo te cuen­to qué ver en Rabat y por qué merece la pena dedi­car­le unos días de via­je. Puede que no sea el des­ti­no más famoso del país pero Rabat tiene la capaci­dad de sor­pren­der a quienes se acer­can a ella sin expec­ta­ti­vas demasi­a­do altas. A veces, los lugares menos cono­ci­dos ter­mi­nan sien­do los que más se recuer­dan.

Cartel publicitario en árabe en una calle de Rabat Marruecos

Plan­i­f­i­can­do los via­jes que haríamos este año, vimos que en Mayo teníamos dos puentes de lo más sucu­len­tos. El primero lo uti­lizaríamos para irnos a los Piri­neos. El segun­do, que nos regal­a­ba cua­tro días por San Isidro, decidi­mos ojear vue­los y ¡oh, sorpresa!¡una ofer­taza con Ryanair para volar a Rabat por ape­nas 30 euros! Ni nos lo pen­samos. Como dec­i­mos muchas veces en casa en plan humorís­ti­co, “Mar­rue­cos siem­pre es bien” y cualquier excusa es bue­na para volver. Jus­to el día que com­pramos los bil­letes habíamos queda­do para com­er con unos ami­gos nue­stros, Mar­ián­ge­les y Javi, y cuan­do se lo comen­ta­mos, les faltó tiem­po para com­prar los bil­letes allí mis­mo: siem­pre habían tenido ganas de cono­cer Mar­rue­cos y por ese pre­cio, salía casi más caro quedarse en casa. Así que en un pis­pás ya teníamos con­fec­ciona­do el via­je: los planes que menos se pien­san son los que mejor salen al final.

Qué ver en Rabat

Aunque Rabat no es una ciu­dad tan turís­ti­ca como Mar­rakech o Fez, tiene sufi­cientes atrac­tivos como para dedi­car­le al menos uno o dos días. Su mez­cla de mon­u­men­tos históri­cos, bar­rios tran­qui­los y vis­tas al océano la con­vierten en una de las ciu­dades más agrad­ables de Mar­rue­cos.

Entre los lugares más intere­santes que ver en Rabat desta­can:

  • La med­i­na
  • Jidar Toiles de Ru
  • La kas­bah de los Oudayas
  • La Torre Has­san y el Mau­soleo Mohamed V
  • Necrópo­lis de Chel­lah
  • Pala­cio Real
  • Ville Nou­velle
  • Museo de Arte Mod­er­no
  • El paseo marí­ti­mo y el océano Atlán­ti­co
  • La mezqui­ta Al Sun­na

En esta guía te cuen­to qué ver en Rabat paso a paso para que puedas orga­ni­zar tu visi­ta fácil­mente.

Cómo llegar a Rabat

La for­ma más ráp­i­da y cómo­da de lle­gar a Rabat des­de España es en avión. La cap­i­tal mar­ro­quí cuen­ta con el aerop­uer­to de Rabat-Salé, situ­a­do a unos diez kilómet­ros del cen­tro de la ciu­dad. Des­de allí se puede lle­gar fácil­mente en taxi o trans­porte pri­va­do en unos veinte min­u­tos, depen­di­en­do del trá­fi­co.

Actual­mente se puede lle­gar a Rabat en vue­lo direc­to des­de varias ciu­dades españo­las. La aerolínea que ofrece más conex­iones es Ryanair, con rutas des­de Madrid, Barcelona, Mála­ga o Sevil­la, mien­tras que Air Ara­bia Maroc tam­bién opera algunos vue­los direc­tos des­de Barcelona. El vue­lo dura alrede­dor de una hora y media. Nor­mal­mente los vue­los más baratos sue­len situ­arse entre los 30 y los 80 euros ida y vuelta (nosotros, como os dije antes, cogi­mos un chol­la­zo por sólo 30 euros ida y vuelta), aunque en fechas muy deman­dadas o si se reser­va con poca antelación el pre­cio puede subir con facil­i­dad. Aun así, Rabat sigue sien­do uno de los des­ti­nos más acce­si­bles del norte de África para una escapa­da cor­ta des­de España.

Otra alter­na­ti­va muy habit­u­al con­siste en volar a Casablan­ca, cuyo aerop­uer­to inter­na­cional tiene muchas más conex­iones. Des­de allí se puede con­tin­uar el via­je has­ta Rabat en tren o en taxi en aprox­i­mada­mente una hora. Para muchos via­jeros esta opción resul­ta inclu­so más prác­ti­ca, ya que per­mite encon­trar horar­ios más flex­i­bles o mejores pre­cios.

Lle­gar a Rabat des­de el pro­pio Mar­rue­cos es bas­tante sen­cil­lo, ya que la cap­i­tal mar­ro­quí está bien comu­ni­ca­da con el resto del país. Aunque no siem­pre aparece entre los des­ti­nos más pop­u­lares de Mar­rue­cos, la ciu­dad cuen­ta con bue­nas conex­iones fer­roviarias y por car­retera, lo que per­mite incluir­la fácil­mente en cualquier ruta por el norte del país.

Una de las for­mas más cómodas de lle­gar es en tren. La red fer­roviaria mar­ro­quí fun­ciona bas­tante bien y conec­ta Rabat con ciu­dades impor­tantes como Casablan­ca, Tánger, Fez o Mar­rakech. Des­de Casablan­ca el trayec­to dura alrede­dor de una hora y los trenes salen con bas­tante fre­cuen­cia, lo que con­vierte esta opción en una de las más prác­ti­cas y económi­cas. Además, las esta­ciones de Rabat están situ­adas en zonas cén­tri­c­as, lo que facili­ta el acce­so a los prin­ci­pales bar­rios de la ciu­dad.

Tam­bién es posi­ble lle­gar en auto­bús des­de prác­ti­ca­mente cualquier ciu­dad del país. Varias com­pañías real­izan rutas reg­u­lares y los pre­cios sue­len ser ase­quibles, aunque el via­je puede resul­tar algo más largo que en tren. Aun así, es una bue­na alter­na­ti­va si no hay conex­ión fer­roviaria direc­ta des­de el lugar de ori­gen.

Si se via­ja en coche, las car­reteras prin­ci­pales están en buen esta­do y la autopista que une Casablan­ca con Rabat per­mite lle­gar en poco tiem­po. Con­ducir puede ser una bue­na opción para quienes quier­an explo­rar otras zonas cer­canas, aunque el trá­fi­co en las grandes ciu­dades mar­ro­quíes puede resul­tar algo caóti­co para quien no esté acos­tum­bra­do.

Gra­cias a estas bue­nas conex­iones, Rabat puede vis­i­tarse fácil­mente inclu­so en una excur­sión de un día des­de Casablan­ca o des­de otras ciu­dades del norte del país, aunque lo más recomend­able es dedi­car­le al menos una noche para poder cono­cer­la con más cal­ma.

Para Mar­rue­cos no nece­si­tas visa­do, úni­ca­mente echar en el bol­sil­lo el pas­aporte y lis­to. En Rabat se hace algo pesa­da la espera por el tema adu­a­nas, así que armaos de pacien­cia. Como siem­pre hace­mos al lle­gar al aerop­uer­to, a sacar dinero de los cajeros: al menos en nue­stro caso ten­emos com­pro­ba­do que nos sale siem­pre más a cuen­ta que cam­biar mon­e­da. El cam­bio esta­ba a 1 euro=9 dírhams.

Cómo lle­gar al cen­tro de Rabat des­de el aerop­uer­to

Des­de el aerop­uer­to de Rabat-Sale los pre­cios para los taxis ya están especi­fi­ca­dos en la sal­i­da: una car­rera al cen­tro de Rabat cues­ta 200 dírhams si es de noche y 150 si es de día. Obvi­a­mente, a la may­oría de los taxis­tas se las repamp­in­flan las tar­i­fas, así que nada más salir el taxista de turno nos dijo “250 dírhams”, “nada, nada, 200 que es lo que pone ahí den­tro”. Ni se molestó en regatear, cosa rara en Mar­rue­cos, nos vería cara de no dar nue­stro bra­zo a torcer. El trayec­to has­ta el cen­tro de Rabat nor­mal­mente dura unos veinte min­u­tos. 

Tam­bién hay auto­bus­es públi­cos que unen el aerop­uer­to con las dos esta­ciones prin­ci­pales de Rabat- El trayec­to cues­ta sólo dos euros pero tenien­do en cuen­ta lo bara­to que es el taxi, espe­cial­mente si vais en grupo, yo no me com­pli­caría la exis­ten­cia. En cualquier caso, el trayec­to entre el aerop­uer­to y Rabat es cor­to y el trans­porte públi­co per­mite lle­gar al cen­tro de for­ma sen­cil­la y muy bara­ta en com­para­ción con otras ciu­dades.

Con­se­jo impor­tante: os recomien­do que cuan­do os vayáis a ir de Rabat sal­gáis con tiem­po porque son habit­uales los atas­cos de trá­fi­co. Es mejor lle­gar al aerop­uer­to con tiem­po de sobra ya que los trámites son bas­tante lentos. Aunque sólo lleves male­ta de mano, has de pasar por el mostrador de fac­turación para que te la eti­queten y pasar un par de con­troles bas­tante tediosos. Lo dicho: tres horas de antelación mejor que dos.
 

Alojamiento en Rabat

Ya os con­ta­mos lo mucho que nos gus­tan los riads en Dormir en riads: fun­da­men­tal cuan­do vamos a Mar­rue­cos : son nues­tra debil­i­dad. Y esta vez no iba a ser una excep­ción. Habíamos reser­va­do en el Dar Yanis : os recomen­damos que eli­jáis la habitación Ros­es, que fue en la que estu­vi­mos, ya que está en la azotea y ten­dréis para vosotros una mag­ní­fi­ca ter­raza, grandísi­ma, con tum­bonas y el lugar ide­al para que al anochecer nos reuniéramos los cua­tro a tomar un deli­cioso té a la men­ta.

Habitación de riad tradicional en Rabat con decoración marroquí

El pre­cio fueron 66 euros por noche (ahí van inclu­i­dos los 3 euros por persona/noche que impli­ca la tasa turís­ti­ca de Rabat). Como veis en las fotos, el riad es una pre­ciosi­dad y lo lle­van dos chicos la mar de amables. Se incluye un desayuno com­pletísi­mo que nun­ca lográbamos acabar: café y té, yogourt, bollería, crepes de dos tipos con mer­me­la­da, man­te­qui­l­la y miel… No falta­ba de nada.

Riad Dar Yanis Rabat

Otra de las ven­ta­jas del Dar Yanis es su fan­tás­ti­ca ubi­cación: en pleno corazón de la med­i­na. Aquí se encuen­tran algunos riads tradi­cionales que per­miten vivir una expe­ri­en­cia más autén­ti­ca, con patios inte­ri­ores y dec­o­ración mar­ro­quí. Alo­jarse en la med­i­na tiene la ven­ta­ja de estar cer­ca de muchos lugares de interés y de poder moverse cam­i­nan­do por el cen­tro históri­co, aunque algu­nas calles pueden resul­tar algo laberín­ti­cas, espe­cial­mente al lle­gar por primera vez.

Las med­i­nas son mis lugares favoritos en Mar­rue­cos para alo­jarme ya que son el corazón de las ciu­dades, siem­pre llenas de vida has­ta altas horas de la noche. Aunque las med­i­nas mar­ro­quíes parez­can todas iguales, cada una de ellas mantiene intac­ta su iden­ti­dad propia, condi­ciona­da por la ciu­dad que la ha vis­to cre­cer. En este sen­ti­do, la med­i­na de Rabat me enam­oró com­ple­ta­mente ya que es muy poco turís­ti­ca; de hecho, ape­nas te cruzarás con extran­jeros, pre­cisa­mente porque quizás Rabat es una de las ciu­dades de Mar­rue­cos que, pese a ser la cap­i­tal, no recibe tan­tas vis­i­tas como Mar­rakech o Tánger. Y esto hace de ella un lugar mucho más espe­cial. Aquí no ten­drás que batal­lar con vende­dores que te avasal­lan para que com­pres sus pro­duc­tos y puedes pasear con la tran­quil­i­dad de verte rodea­do de mar­ro­quíes que vienen a hac­er sus com­pras diarias sin impor­tar­les demasi­a­do quién esté al lado.

Rabat ofrece una bue­na var­iedad de alo­jamien­tos para todo tipo de via­jeros, des­de pequeños riads con encan­to has­ta hote­les mod­er­nos situ­a­dos en las zonas más cén­tri­c­as. En com­para­ción con otras ciu­dades mar­ro­quíes muy turís­ti­cas, los pre­cios sue­len ser bas­tante razon­ables y es posi­ble encon­trar opciones económi­cas sin demasi­a­da difi­cul­tad. La ciu­dad no está tan ori­en­ta­da al tur­is­mo como Mar­rakech o Fez pero pre­cisa­mente por eso resul­ta más tran­quila y agrad­able para alo­jarse.

Otra bue­na opción es alo­jarse cer­ca del cen­tro mod­er­no, en bar­rios como Has­san o en los alrede­dores de la estación de Rabat Ville. Esta zona resul­ta muy prác­ti­ca porque está bien comu­ni­ca­da y per­mite desplazarse fácil­mente tan­to a los mon­u­men­tos históri­cos como a otras partes de la ciu­dad. Además, suele ser un área ani­ma­da durante el día, con cafeterías, tien­das y restau­rantes.

El bar­rio de Agdal es una alter­na­ti­va intere­sante para quienes pre­fieren un ambi­ente más mod­er­no. Aquí hay más hote­les recientes y aparta­men­tos turís­ti­cos, así como restau­rantes y zonas com­er­ciales. Está algo más ale­ja­do de los prin­ci­pales mon­u­men­tos pero sigue sien­do una zona cómo­da si se uti­liza taxi o trans­porte públi­co.

La medina de Rabat

La med­i­na de Rabat es pequeña si la com­para­mos con la de otras ciu­dades como Fez, bas­tante más limpia y mucho más orde­na­da. Lo que no excluye que sea un hormiguero humano donde al caer la tarde (por la mañana verás que hay mucho menos movimien­to, a los mar­ro­quíes no les gus­ta mucho madru­gar), los vende­dores calle­jeros expo­nen sus pro­duc­tos, las famil­ias vienen a dar sus paseos noc­turnos y gru­pos de jóvenes se reú­nen en las ter­razas impro­visadas para tomar un té a la men­ta. Perderte por esos oscuros calle­jones pese a que sea noche cer­ra­da no reviste prob­le­ma ninguno: insis­to en que Mar­rue­cos me parece un país seguro para el que viene de fuera, con una población siem­pre dis­pues­ta a ayu­dar. Aunque sea difí­cil encon­trar a alguien que cha­purree castel­lano: en Mar­rue­cos, según bajas al sur, los dos idiomas más habla­dos son el árabe y el francés.

Medina Rabat

La med­i­na de Rabat es una de las más tran­quilas y acce­si­bles de Mar­rue­cos, algo que sor­prende a muchos via­jeros acos­tum­bra­dos al ambi­ente inten­so de ciu­dades como Mar­rakech o Fez. Aquí las calles son más orde­nadas y resul­ta rel­a­ti­va­mente fácil ori­en­tarse, lo que per­mite pasear sin la sen­sación con­stante de perder­se en un laber­in­to. La med­i­na con­ser­va el ambi­ente tradi­cional mar­ro­quí pero sin el ago­b­io que a veces se encuen­tra en des­ti­nos más turís­ti­cos.

Pasear por la med­i­na es una bue­na man­era de obser­var la vida cotid­i­ana de la ciu­dad. Entre sus calle­jue­las se mez­clan pequeñas tien­das, puestos de fru­ta, talleres arte­sanos y cafeterías sen­cil­las donde los veci­nos se reú­nen a char­lar. Es un lugar vivo, donde se percibe el rit­mo diario de Rabat más allá de los mon­u­men­tos más cono­ci­dos. A difer­en­cia de otras med­i­nas mar­ro­quíes, aquí el ambi­ente suele ser más rela­ja­do y los vende­dores menos insis­tentes, algo que hace que la visi­ta resulte espe­cial­mente agrad­able. Se puede cam­i­nar con cal­ma, deten­erse a mirar los escaparates o sim­ple­mente dejarse lle­var por las calles sin un rum­bo fijo.

La med­i­na está rodea­da en parte por antiguas mural­las lev­an­tadas en dis­tin­tas épocas, que mar­can el límite entre la ciu­dad históri­ca y el Rabat mod­er­no. Varias puer­tas mon­u­men­tales per­miten el acce­so al inte­ri­or, sien­do Bab El Had una de las más cono­ci­das. Esta puer­ta es tam­bién el pun­to donde comien­za uno de los mer­ca­dos más ani­ma­dos de la ciu­dad, con puestos de ropa, calza­do y obje­tos cotid­i­anos fre­cuen­ta­dos sobre todo por los pro­pios habi­tantes de Rabat.

Den­tro de la med­i­na se alter­nan calles com­er­ciales con zonas res­i­den­ciales más tran­quilas. Algu­nas vías están llenas de tien­das donde se venden pro­duc­tos tradi­cionales como alfom­bras, cerámi­ca, babuchas o teji­dos, mien­tras que otras con­ser­van un ambi­ente más local, con panaderías, pequeños talleres arte­sanos y puestos de ali­men­tos fres­cos. Es un buen lugar para ver cómo viv­en los habi­tantes de la ciu­dad lejos de las zonas más turís­ti­cas.

Uno de los ejes prin­ci­pales es la calle Soui­ka, que atraviesa bue­na parte de la med­i­na y con­cen­tra muchas tien­das y com­er­cios. A lo largo de esta calle se pueden encon­trar des­de pro­duc­tos típi­cos mar­ro­quíes has­ta ropa mod­er­na o artícu­los de uso cotid­i­ano. Es una zona ani­ma­da durante todo el día y espe­cial­mente intere­sante para obser­var el ambi­ente local.

La med­i­na tam­bién alber­ga varias mezquitas y pequeñas plazas donde se desar­rol­la la vida diaria del bar­rio. Aunque la may­oría de mezquitas no pueden vis­i­tarse por den­tro si no se es musul­mán, sus exte­ri­ores for­man parte del paisaje urbano y ayu­dan a enten­der la impor­tan­cia de la religión en la vida cotid­i­ana.

Zoco Souk el Sebat Rabat

Igual­mente de agrad­able es pasear por la Rue des Con­suls, lla­ma­da así porque aquí vivían antigua­mente los cón­sules y los diplomáti­cos; tam­bién era donde se llev­a­ba a cabo el mer­ca­do de esclavos. La Rue des Con­suls es una de las calles más cono­ci­das e históri­c­as de la med­i­na de Rabat y uno de los lugares más intere­santes para pasear den­tro de la ciu­dad antigua. Se tra­ta de una larga calle com­er­cial que atraviesa bue­na parte de la med­i­na y que durante sig­los fue un impor­tante cen­tro de activi­dad económi­ca. Hoy en día sigue sien­do una de las zonas más ani­madas, con numerosas tien­das y talleres donde se venden pro­duc­tos tradi­cionales mar­ro­quíes.

El ori­gen del nom­bre se remon­ta a los sig­los XVII y XVIII, cuan­do los rep­re­sen­tantes diplomáti­cos europeos residían en esta zona. En aque­l­la época Rabat y la veci­na ciu­dad de Salé eran impor­tantes puer­tos com­er­ciales y tam­bién bases de cor­sar­ios que oper­a­ban en el Atlán­ti­co. Los cón­sules extran­jeros se insta­l­a­ban en esta calle para nego­ciar inter­cam­bios com­er­ciales y resolver asun­tos rela­ciona­dos con marineros y mer­cancías. Con el tiem­po, el nom­bre de Rue des Con­suls quedó aso­ci­a­do defin­i­ti­va­mente a esta vía históri­ca.

Un zoco cubier­to, fres­co y acoge­dor, mucho más tran­qui­lo que otros zocos de Mar­rue­cos y donde el pro­duc­to rey son los zap­atos ¡hazte con unas babuchas! Pasear por la Rue des Con­suls per­mite obser­var algunos detalles arqui­tec­tóni­cos intere­santes, como antiguas casas con bal­cones de madera o puer­tas tradi­cionales dec­o­radas. Aunque muchas fachadas han sido ren­o­vadas con el paso del tiem­po, todavía se percibe el carác­ter históri­co de la calle.

Mercado marroqui

Aceitu­nas, espe­cias, aceite de argán, per­fumes, ropa, juguetes… Y como no, dátiles. Ese fru­to que en Mar­rue­cos es toda una insti­tu­ción y que no sólo sirve para aderezar los menús famil­iares: en las aldeas, muchas casas se han con­stru­i­do con la madera de las palmeras y las hojas han sido base de ces­tas y som­breros. Se dice que cada mar­ro­quí con­sume cin­co kilos de dátiles al año.

Todo lo que imag­ines lo podrás encon­trar en estas pequeñas tien­das, mod­estas, humildes, prác­ti­cas, dirigi­das a los locales y ale­jadas del exo­tismo de los bazares de Mar­rakech pero con pre­cios mucho más ase­quibles. Citan­do los pre­cios, otra deli­cia com­er y cenar en estos minús­cu­los restau­rantes y puestos en los que lo que te cobran por el menú casi te obliga a son­ro­jarte. Y es que si en Mar­rue­cos siem­pre nos hemos gas­ta­do poco dinero a la hora de pedir un menú, en la med­i­na de Rabat bati­mos todos los records: la primera noche cen­amos los cua­tro por nueve euros al cam­bio. Una piz­za casera ape­nas cues­ta 15 dírhams y puedes echarte entre pecho y espal­da un cous­cous humeante por menos de 40.

Jidar Toiles de Rue

Jidar Toiles de Rue es un fes­ti­val de arte urbano que se cel­e­bra cada año en Rabat y que ha trans­for­ma­do muchas pare­des de la ciu­dad en autén­ti­cas obras de arte al aire libre. El nom­bre sig­nifi­ca lit­eral­mente “muros, lien­zos de calle”, una idea que refle­ja bien el espíritu del proyec­to: uti­lizar las fachadas de edi­fi­cios como grandes super­fi­cies donde artis­tas de dis­tin­tos país­es pueden crear murales de gran for­ma­to.

Este fes­ti­val comen­zó hace algunos años con el obje­ti­vo de acer­car el arte con­tem­porá­neo al espa­cio públi­co y dar una nue­va vida a zonas urbanas que antes pasa­ban desapercibidas. Con el tiem­po se ha con­ver­tido en una de las ini­cia­ti­vas cul­tur­ales más orig­i­nales de Rabat y ha con­tribui­do a cam­biar la ima­gen de algunos bar­rios, que hoy desta­can por sus col­ori­das pin­turas.

Durante el fes­ti­val, artis­tas mar­ro­quíes e inter­na­cionales tra­ba­jan durante var­ios días pin­tan­do grandes murales que después per­manecen como parte del paisaje urbano. Las obras sue­len ser muy vari­adas, des­de com­posi­ciones abstrac­tas has­ta retratos o esce­nas inspi­radas en la cul­tura local. Cada artista apor­ta su pro­pio esti­lo, por lo que recor­rer los murales per­mite ver una mez­cla intere­sante de influ­en­cias y téc­ni­cas.

Aunque el fes­ti­val se cel­e­bra en fechas conc­re­tas, los murales pueden vis­i­tarse durante todo el año. Muchas de las pin­turas se encuen­tran repar­tidas por dis­tin­tos bar­rios de Rabat, espe­cial­mente en zonas mod­er­nas de la ciu­dad, lo que con­vierte la búsque­da de estas obras en una especie de recor­ri­do alter­na­ti­vo lejos de los mon­u­men­tos más cono­ci­dos.

Medina Rabat Marruecos

Este proyec­to demues­tra que Rabat no es solo una ciu­dad de mon­u­men­tos antigu­os y bar­rios históri­cos, sino tam­bién un lugar con una vida cul­tur­al acti­va y en con­stante evolu­ción. Los murales de Jidar Toiles de Rue se han con­ver­tido en un ele­men­to más del paisaje urbano y en una for­ma orig­i­nal de explo­rar la ciu­dad des­de una per­spec­ti­va difer­ente.

Medina Rabat Marruecos

Es una lás­ti­ma que, a excep­ción de la Ruta de las Ciu­dades Impe­ri­ales, a Rabat no se la suela incluir den­tro de los cir­cuitos turís­ti­cos porque fue una ciu­dad que nos gustó muchísi­mo. Y eso que tras Casablan­ca es la ciu­dad más pobla­da del país, lo que nos hacía temer un caos de coches y rui­do, pero aún así dis­fru­ta­mos de un mon­tón de rin­cones bel­lísi­mos que nos sor­prendieron para bien. Es lo bueno de via­jar a algún lugar sin demasi­adas expec­ta­ti­vas, que éste puede dejarte un impeca­ble sabor de boca.

Los bar­rios de Rabat, los quartiers, han podi­do y sabido con­ser­var su propia idios­in­cra­sia pese al paso del tiem­po, cre­an­do una fusión mag­ní­fi­ca entre ciu­dad mod­er­na, la que acoge la may­oría de los edi­fi­cios guber­na­men­tales y aún tan impreg­na­da del colo­nial­is­mo francés, y cas­co antiguo, con ese aro­ma bere­ber y col­or de adobe que hace de Mar­rue­cos un país tan espe­cial. Un con­traste que se acen­túa en la med­i­na, por pon­er un ejem­p­lo, cuan­do sales de esos angos­tos calle­jones y te topas con una red de tran­vías mod­ernísi­mos que ya quisier­an para sí muchas ciu­dades euro­peas.

Kasbah de los Oudayas

Cuan­do sal­gas de la med­i­na, si has de comen­zar tu recor­ri­do por algún lugar en par­tic­u­lar, te recomien­do que el elegi­do sea la Kas­bah de los Oudayas.

La kas­bah de los Oudayas es uno de los lugares más boni­tos y con más encan­to de Rabat. Situ­a­da sobre un promon­to­rio jun­to al océano Atlán­ti­co y en la desem­bo­cadu­ra del río Bou Regreg, esta antigua for­t­aleza ofrece algu­nas de las mejores vis­tas de la ciu­dad y con­sti­tuye una de las vis­i­tas más agrad­ables. Sus mural­las dom­i­nan el paisaje cos­tero y recuer­dan el papel defen­si­vo que tuvo este enclave durante sig­los.

El acce­so prin­ci­pal se real­iza a través de una puer­ta mon­u­men­tal de piedra cono­ci­da como Bab Oudaya, una con­struc­ción impo­nente que mar­ca la entra­da al recin­to históri­co. Una vez den­tro, el ambi­ente cam­bia com­ple­ta­mente. Las calles son estre­chas y tran­quilas, con casas encal­adas dec­o­radas con tonos azules que cre­an un con­jun­to muy armo­nioso. El paseo por este bar­rio resul­ta espe­cial­mente agrad­able porque el trá­fi­co es prác­ti­ca­mente inex­is­tente y el rit­mo de vida parece más pau­sa­do que en otras zonas de la ciu­dad.

Aunque el ori­gen de la kas­bah se remon­ta a la Edad Media, gran parte del aspec­to actu­al pro­cede de épocas pos­te­ri­ores, cuan­do dis­tin­tas dinastías reforzaron las mural­las y uti­lizaron la for­t­aleza como base mil­i­tar. Durante sig­los fue un pun­to estratégi­co para con­tro­lar la entra­da al río y pro­te­ger la ciu­dad de ataques proce­dentes del mar. Más tarde se con­vir­tió en un bar­rio habita­do por dis­tin­tas comu­nidades que dejaron su huel­la en la arqui­tec­tura y en la orga­ni­zación de las calles.

Jardín Andalusies Rabat

Qué mar­avil­la el Jardín de los Andalusíes. Pese a ser dis­eña­do a prin­ci­p­ios del siglo XX por un arqui­tec­to francés, te parece haber sido trans­porta­do de un pluma­zo a la época más bril­lante del Cal­ifa­to de Cór­do­ba. Pasear entre esos naran­jos, aspi­rar su aro­ma, era sen­tirse en los jar­dines más exu­ber­antes de Sevil­la o Grana­da.

Jardín Andalusí en la kasbah de los Oudayas en Rabat con fuente y vegetación

Las kas­bahs, que en castel­lano cono­ce­mos como alcaz­abas y de la que tan boni­tos ejem­p­los nos dejaron los árabes en Grana­da, Almería, Méri­da o Bada­joz (esta últi­ma la más grande de Europa), son la joya de la coro­na de Mar­rue­cos. Ciu­dade­las de ori­gen bere­ber con­stru­idas casi siem­pre en col­i­nas, a menudo a la entra­da de los puer­tos, car­ac­ter­i­zadas por altísi­mos muros sin ven­tanas (y si estas exis­ten, son minús­cu­las), su fun­ción era prin­ci­pal­mente mil­i­tar y esta­ban des­ti­nadas a la defen­sa del cas­co antiguo de los ataques ene­mi­gos pero tam­bién de las tor­men­tas de are­na y los fuertes olea­jes. Para Rabat su kas­bah es tan impor­tante que el pro­pio nom­bre de la ciu­dad se orig­i­na en la pal­abra rib­at, que sig­nifi­ca for­t­aleza.

La Kas­bah de los Oudayas, con sus mural­las de diez met­ros de altura y dos de grosor, es uno de los lugares más fasci­nantes que he vis­i­ta­do en Mar­rue­cos. Cues­ta creer que tras estos muros se escon­da este oasis de calle­jue­las blan­cas y azules, se dice que pin­tadas así para espan­tar a los mos­qui­tos, que tan­to nos record­a­ban a Chefchaouen o Assi­lah. La kas­bah, con­stru­i­da en el siglo XII y hog­ar de tribus árabes, inmi­grantes andalusíes, musul­manes exil­i­a­dos de Al-Andalus y, como no, sul­tanes, es el ori­gen abso­lu­to de Rabat: aquí comen­zó todo.

Jardín Andalusies Rabat

La dinastía almo­hade, nece­si­ta­da de defend­er su ter­ri­to­rio de ataques de cor­sar­ios, eligió la rib­era del río Bou Regreg, aprovechan­do su situación estratég­i­ca, para lev­an­tar una de las for­t­alezas más boni­tas (y efec­ti­vas) de Mar­rue­cos. La dinastía pos­te­ri­or, la de los alauitas, reclutó a una tribu del Sahara, los Oudayas, para añadir nuevas for­ti­fi­ca­ciones y ampli­ar un recin­to ya de por sí impre­sio­n­ante. Sin embar­go, a la muerte del sultán Yacoub al Man­sour, quien tam­bién con­struyó la cono­ci­da Koutoubia de Mar­rakech, la kas­bah comen­zó a perder su impor­tan­cia urbanís­ti­ca, vien­do como se iban muchos de sus habi­tantes. Durante mucho tiem­po la kas­bah per­maneció aban­don­a­da y es en los últi­mos años cuan­do ha logra­do recu­per­ar su esplen­dor. Como cualquier bar­rio mar­ro­quí que se pre­cie, cuen­ta con los cin­co ele­men­tos impre­scindibles en la sociedad bere­ber: un horno para cocer el pan, una escuela coráni­ca para los estu­dios reli­giosos, una mezqui­ta donde rezar, una fuente públi­ca y un ham­man para bañarse y socia­bi­lizar.

La mejor for­ma de entrar a la kas­bah, y aca­so tam­bién la más cer­e­mo­ni­osa, es hacién­do­lo por la pre­ciosa puer­ta de Bab Ouda­ia, con­stru­i­da en el año 1195. En su día se uti­lizó más como tes­ti­go de fes­tivi­dades y des­files que como defen­sa y hoy en día el acce­so se real­iza por un pequeño pasadi­zo lat­er­al.

Bab Oudaya kasbah de los Oudayas Rabat Marruecos con luz intensa
Bab Oudaya es la mon­u­men­tal puer­ta de entra­da a la kas­bah de los Oudayas en Rabat. Este arco almo­hade dec­o­ra­do con relieves geométri­cos es uno de los mon­u­men­tos más impre­sio­n­antes que ver en Rabat y uno de los acce­sos más emblemáti­cos de la ciu­dad históri­ca.

La kas­bah hoy en día es una curiosa mez­cla entre ese impe­rio árabe antiquísi­mo que se resiste a desem­barazarse de sus tradi­ciones, con una arqui­tec­tura real­mente sober­bia, y esos aires bohemios que han traí­do cafeterías y pequeñas galerías de arte, que con­viv­en codo con codo con las mujeres que aún tejen sus alfom­bras a mano y los arte­sanos que tra­ba­jan el cuero. Jun­to a encan­ta­do­ras tien­das puedes encon­trarte a vende­dores ambu­lantes que ofre­cen sus zumos de caña de azú­car.

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Medina Rabat

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Qué plac­er da perder­se entre estas calles col­ori­das, estre­chas, donde cada rincón esconde un jardín y los gatos dor­mi­tan bajo los rayos de sol. Las puer­tas de las casas, dec­o­radas con mimo, aún mantienen esos amule­tos que servían de lla­madores y en los que se roga­ba por la fer­til­i­dad de las famil­ias que vivían den­tro.

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Qué mejor rincón para acabar el recor­ri­do de tan agrad­able paseo que en el Café Mau­re, en sus ban­cos de azule­jos y pro­te­gi­dos por una inmejorable panorámi­ca. El té a la men­ta sabe mejor con la brisa que asciende del mar y puede acom­pañarse por los cuer­nos de gacela, las pas­tas más famosas de Mar­rue­cos. En Rabat, como en el resto del país, com­pro­barás con gus­to que las pastel­erías se alin­ean una detrás de otra: hay que ver lo que les gus­ta a los árabes el dulce. Fekas, hojal­dres, tar­tale­tas, canu­til­los con almen­dras, biz­co­chos, petit fours, merengues, rol­los de limón… Paste­les a pre­cios pop­u­lares en un país inca­paz de vivir sin azú­car y miel.

Cafe Maure Rabat

Pasteles Marruecos
Paste­les mar­ro­quíes: el plac­er hecho dulce

Paseo marítimo

Ante nosotros aparece la calle prin­ci­pal, Rue Jas­maa, una de las calles más ani­madas de la med­i­na de Rabat y un buen lugar para cono­cer el ambi­ente cotid­i­ano de la ciu­dad antigua. Esta calle com­er­cial conec­ta varias zonas impor­tantes del cas­co históri­co y suele estar llena de movimien­to durante bue­na parte del día. A difer­en­cia de otras calles más ori­en­tadas al tur­is­mo, aquí pre­dom­i­nan los pequeños com­er­cios fre­cuen­ta­dos por los pro­pios habi­tantes de Rabat. 

La Rue Jas­maa se dirige a la mezqui­ta más antigua de Rabat y desem­bo­ca en la Platafor­ma de los Semá­foros, una grandísi­ma explana­da que ejerce de mirador sobre el estu­ario y des­de la que podremos con­tem­plar la cer­cana Salé.

La Platafor­ma de los Semá­foros es uno de los miradores más intere­santes de Rabat y un lugar poco cono­ci­do que per­mite con­tem­plar la ciu­dad des­de una per­spec­ti­va difer­ente. Se encuen­tra en la zona cer­cana a la kas­bah de los Oudayas, en un pun­to ele­va­do des­de el que se dom­i­na la desem­bo­cadu­ra del río Bou Regreg y la cos­ta atlán­ti­ca. Des­de aquí se pueden obser­var tan­to la ciu­dad de Rabat como la veci­na Salé, sep­a­radas por el río.

Mirador Rabat

El nom­bre de este lugar pro­cede de antiguas insta­la­ciones de señal­ización marí­ti­ma que servían para ori­en­tar a las embar­ca­ciones que se aprox­ima­ban a la cos­ta. Antes de la con­struc­ción de infraestruc­turas mod­er­nas, este tipo de pun­tos ele­va­dos eran fun­da­men­tales para vig­i­lar el trá­fi­co marí­ti­mo y con­tro­lar la entra­da al río. Aunque hoy en día esas fun­ciones han desa­pare­ci­do, el nom­bre se ha man­tenido y recuer­da el pasa­do marí­ti­mo de la zona.

Aba­jo que­da la playa de Rabat, ubi­ca­da curiosa­mente jun­to a un cemente­rio, el de Alou, ates­ta­da de bañis­tas y surfer­os que bus­ca­ban refu­gia­rse del calor. Había que aprovechar los días pre­vios del Ramadán, que comen­z­a­ba jus­to a finales de esa sem­ana. Muchos musul­manes pre­fieren no bañarse en el mar durante el Ramadán ya que el agua con­tiene sal y si se intro­duce acci­den­tal­mente en la boca, se con­sid­er­aría ali­men­to ingeri­do.

Playa Rabat

Dar un paseo por la playa con­sti­tuye el mejor de los pre­lu­dios antes de ini­ciar la cam­i­na­ta que nos lle­varía has­ta otros pun­tos de la ciu­dad. La ría de Rabat-Salé está for­ma­da por la desem­bo­cadu­ra del río Bou Regreg, que sep­a­ra las ciu­dades de Rabat y Salé antes de lle­gar al océano Atlán­ti­co.  Curiosa­mente, en el pasa­do esta ría estu­vo dom­i­na­da por moriscos lle­ga­dos de Extremadu­ra. Aún se mantiene ancla­do en estas tran­quilas aguas un dhow, un antiguo bar­co árabe hoy recon­ver­tido en restau­rante de coci­na france­sa. Frente a nosotros, en la otra oril­la, que­da la ciu­dad-dor­mi­to­rio de Salé.

Este espa­cio nat­ur­al ha tenido una gran impor­tan­cia a lo largo de la his­to­ria, ya que durante sig­los fue un puer­to nat­ur­al pro­te­gi­do donde se desar­rol­ló bue­na parte de la activi­dad com­er­cial y marí­ti­ma de la región. Hoy en día, la ría se ha con­ver­tido en una zona agrad­able para pasear y dis­fru­tar de algu­nas de las mejores vis­tas de la ciu­dad. Des­de las oril­las del río se pueden con­tem­plar algunos de los mon­u­men­tos más cono­ci­dos de Rabat, como la kas­bah de los Oudayas o la Torre Has­san, que se alzan sobre el paisaje urbano. Al otro lado del agua se encuen­tra Salé, una ciu­dad con un ambi­ente más tradi­cional que con­ser­va su propia med­i­na y var­ios edi­fi­cios históri­cos. La prox­im­i­dad entre ambas ciu­dades hace que la ría sea un pun­to de encuen­tro entre dos mun­dos difer­entes que for­man en real­i­dad una mis­ma área urbana.

En los últi­mos años, la zona ha sido acondi­ciona­da con paseos peatonales y espa­cios abier­tos que per­miten recor­rer las oril­las con tran­quil­i­dad. Es un lugar agrad­able para cam­i­nar al atarde­cer, cuan­do la luz ilu­mi­na las mural­las de la kas­bah y las aguas del río refle­jan los col­ores del cielo. La ría tam­bién puede cruzarse fácil­mente gra­cias al tran­vía que conec­ta Rabat con Salé. Este trayec­to ofrece una per­spec­ti­va intere­sante del río y per­mite vis­i­tar ambas ciu­dades en poco tiem­po. Además, en algunos pun­tos es posi­ble ver pequeñas embar­ca­ciones de pescadores o bar­cas que recuer­dan la tradi­ción marí­ti­ma de la zona.

Ria Rabat Sale

Recono­ce­mos que a veces se nos va la pin­za cuan­do esta­mos de via­je y nos ponemos a andar; Juan tiene la bue­na cos­tum­bre de medir en el móvil la dis­tan­cia recor­ri­da cada día y en esta ocasión hici­mos una media de 20 kilómet­ros diar­ios cam­i­nan­do. Lo cier­to es que sólo cogi­mos una vez un taxi (los petit taxi, como se cono­cen en Mar­rue­cos, que sue­len ser Fiat Uno o Dacia) y des­cub­ri­mos la ciu­dad, nun­ca mejor dicho, a golpe de pata. Aunque hacía bas­tante calor, el hecho de ser Mayo y que Rabat goce de un agrad­able cli­ma oceáni­co, mit­i­ga­do por el fres­cor de la cos­ta, nos hizo mucho más ame­nas las jor­nadas. Así teníamos excusa para pararnos de vez en cuan­do a tomar un té con hierbabue­na.

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Torre de Hassan

Nues­tra sigu­iente visi­ta sería la Torre Has­san, uno de los mon­u­men­tos más emblemáti­cos de Rabat y uno de los sím­bo­los más recono­ci­bles de la ciu­dad. Este minarete inacaba­do se alza sobre una amplia explana­da jun­to al río Bou Regreg y con­sti­tuye uno de los restos más impor­tantes del pasa­do medieval de la cap­i­tal mar­ro­quí. Su silue­ta de piedra rojiza desta­ca sobre el hor­i­zonte urbano y puede verse des­de dis­tin­tos pun­tos de la ciu­dad.

La torre comen­zó a con­stru­irse a finales del siglo XII por orden del sultán almo­hade Yaqub al-Mansur, que pre­tendía lev­an­tar en Rabat la may­or mezqui­ta del mun­do islámi­co de su época. El proyec­to era extra­or­di­nar­i­a­mente ambi­cioso: la mezqui­ta debía ser mon­u­men­tal y el minarete alcan­zaría una altura muy supe­ri­or a la actu­al. Sin embar­go, tras la muerte del sultán en 1199 las obras se inter­rumpieron y nun­ca volvieron a retomarse. Por este moti­vo la torre quedó inacaba­da, con unos 44 met­ros de altura, aunque orig­i­nal­mente se cree que debía super­ar los 80 met­ros.

Alrede­dor de la torre pueden verse numerosas colum­nas de piedra que mar­can el lugar donde debía lev­an­tarse la mezqui­ta. Estas colum­nas for­man un con­jun­to muy car­ac­terís­ti­co que per­mite imag­i­nar la escala que habría tenido el edi­fi­cio si hubiera lle­ga­do a com­ple­tarse. Hoy este espa­cio abier­to crea un ambi­ente muy espe­cial y uno de los con­jun­tos mon­u­men­tales más impre­sio­n­antes de Rabat.

Torre Hassan Rabat

Torre Hassan Rabat

Mausoleo de Mohamed V

En esta mis­ma explana­da nos encon­tramos con el que prob­a­ble­mente sea el edi­fi­cio más bel­lo de todo Rabat: el mau­soleo de Mohamed V. No obstante fue de los pocos lugares donde nos encon­tramos tur­is­tas. Fue con­stru­i­do a lo largo de una déca­da, entre 1962 y 1971, en hon­or del sultán Mohamed Ben Yusef, al que tan­to ven­er­an los mar­ro­quíes por el papel tan impor­tante que jugó en la inde­pen­den­cia de Mar­rue­cos: fue pre­cisa­mente en esta explana­da donde se proclamó, con el pro­pio monar­ca como tes­ti­go, la ansi­a­da lib­er­tad del país en 1955, tras tan­tos años de dom­i­nación france­sa. Hoy sus restos reposan en la tum­ba real, con­ver­ti­da en lugar de cul­to para mil­lones de mar­ro­quíes que vienen aquí a mostrar sus respetos.

El mau­soleo, recu­bier­to de már­mol blan­co ital­iano y coro­n­a­do por un teja­do verde, bril­la como una estrel­la de piedra bajo el implaca­ble sol mar­ro­quí. La entra­da para admi­rar las opu­len­tas tum­bas del sultán y sus dos hijos es gra­tui­ta pero deberás vestir apropi­ada­mente: nada de fal­das cor­tas y con los hom­bros cubier­tos. Guardias reales, en el exte­ri­or mon­ta­dos a cabal­lo, cus­to­di­an la tum­ba del sober­a­no, una mar­avil­la arqui­tec­tóni­ca que por dere­cho pro­pio es el lugar más vis­i­ta­do de Rabat.

Mausoleo Mohamed V Rabat

Necrópolis de Chellah

Aunque la cam­i­na­ta has­ta la necrópo­lis de Chel­lah se prometía exten­sa, prefe­r­i­mos ir andan­do, atrav­es­an­do una zona res­i­den­cial donde se acu­mu­lan las emba­jadas de difer­entes país­es. De camino, una curiosa anéc­do­ta: cuan­do casi sal­imos cor­rien­do a rescatar a un cachor­ro de gato que se había aven­tu­ra­do a atrav­es­ar la calza­da, un guardia de las emba­jadas aban­donó su puesto y sal­ió en su ayu­da, paran­do el trá­fi­co a su paso. Nos llamó la aten­ción ver la de miles de gatos calle­jeros que viv­en en Rabat, espe­cial­mente en la med­i­na, donde la may­oría de los veci­nos les bajan cuen­cos de agua y pien­so, sabi­en­do que las colo­nias feli­nas, a cam­bio, librarán a la ciu­dad de pla­gas de cucarachas y ratas.

La necrópo­lis de Chel­lah, cono­ci­da en árabe como Sha­lah, es el recin­to arque­ológi­co más impor­tante de Rabat y tam­bién el más antiguo. Y no sólo eso: fue el primer lugar habita­do de todo Mar­rue­cos, por lo que aquí yace la ver­dadera esen­cia de nue­stro país veci­no. Se cree que la antigua ciu­dad fue fun­da­da por los feni­cios en el siglo VI AC y exten­di­da su hege­monía en época romana, cuan­do Mar­rue­cos era una provin­cia más del impe­rio, Mau­ri­ta­nia Tin­gi­tana, y Sha­lah se con­vir­tió en un impor­tante puesto com­er­cial. 

La necrópo­lis de Chel­lah es uno de los lugares más intere­santes y menos cono­ci­dos de Rabat, un espa­cio históri­co donde se mez­clan restos romanos y con­struc­ciones medievales en un entorno lleno de veg­etación. Situ­a­da a pocos kilómet­ros del cen­tro, en una zona tran­quila jun­to al valle del río Bou Regreg, Chel­lah ofrece una visi­ta muy difer­ente a la de los mon­u­men­tos más cono­ci­dos de la ciu­dad.

El lugar fue orig­i­nal­mente un asen­tamien­to romano lla­ma­do Sala Colo­nia, estable­ci­do entre los sig­los I y III. De esta época se con­ser­van restos de mural­las, colum­nas, calles empe­dradas y algunos edi­fi­cios que per­miten hac­erse una idea de la impor­tan­cia que tuvo este enclave en la antigüedad. La ciu­dad romana desa­pare­ció con el tiem­po pero sig­los más tarde el lugar volvió a ocu­parse con una fun­ción com­ple­ta­mente dis­tin­ta.

Durante la Edad Media, los sul­tanes mer­iníes con­virtieron Chel­lah en una necrópo­lis real. Se con­struyeron mezquitas, mau­soleos y espa­cios funer­ar­ios den­tro de un recin­to amu­ral­la­do que todavía se con­ser­va en gran parte. Estas con­struc­ciones islámi­cas se inte­graron entre las ruinas romanas, cre­an­do un con­jun­to históri­co muy sin­gu­lar donde pueden verse ele­men­tos de dis­tin­tas épocas super­puestos en un mis­mo espa­cio.

Una de las car­ac­terís­ti­cas más lla­ma­ti­vas de Chel­lah es su ambi­ente tran­qui­lo. A difer­en­cia de otros mon­u­men­tos de Rabat, aquí suele haber pocos vis­i­tantes y es fácil recor­rer el recin­to con cal­ma. Los caminos atraviesan jar­dines y zonas arbo­ladas donde cre­cen palmeras, higueras y otras plan­tas que dan al lugar un aire casi aban­don­a­do.

Necropolis Chellah Rabat

Rodea­da de cul­tivos, a esa hora de la mañana encon­tramos muy pocos vis­i­tantes. La entra­da es casi sim­bóli­ca (10 dírhams) y da acce­so a un lugar mági­co que a veces logra­ba recor­darme a las ruinas de Med­i­na Aza­hara. Lo curioso de Chel­lah es que en ella con­viv­en las huel­las de dos civ­i­liza­ciones tan ale­jadas a niv­el cul­tur­al, la mer­iní y la romana, que sin embar­go com­partieron situación geográ­fi­ca. Así, tras atrav­es­ar las mural­las con sus tor­res octog­o­nales, podremos recor­rer, casi simultánea­mente, la heren­cia de ambos mun­dos.

Necropolis Chellah Rabat

Por un lado, el traza­do típi­co romano, en el que desta­can la estruc­tura del bar­rio de los arte­sanos y las ruinas de lo que eran los poderes políti­cos y reli­giosos (el capi­to­lio y el tem­p­lo). Más ade­lante, los lugares donde se desar­rol­la­ba la vida social: ter­mas, tien­das, el foro donde se reunían los romanos y el arco del tri­un­fo cor­re­spon­di­ente bajo el que des­fi­l­a­ban las comi­ti­vas que regresa­ban orgul­losas de sus vic­to­rias mil­itares. Todo ello en torno a una calza­da romana, prin­ci­pal vía de la antigua ciu­dad. Las ruinas, pese a las restau­ra­ciones, no han per­mi­ti­do dejar edi­fi­cios de esta época intac­tos, por lo que es bueno saber algo de arqui­tec­tura y urban­is­mo romano para imag­i­narnos cómo era Sha­lah (que los romanos, como comen­té antes, conocían como Sala Colo­nia) en aque­l­los tiem­pos lejanos.

Tras el oca­so del impe­rio romano y has­ta el siglo XIII, Chel­lah yació comi­da por el pol­vo. Has­ta que llegó al poder la dinastía mer­iní, que des­bancó a la almo­hade, y esco­gieron a la antigua ciu­dad romana para enter­rar a sus reyes. Aunque la cap­i­tal se encon­tra­ba entonces en Fez, aquí des­cansarían las almas de los sul­tanes: el com­ple­jo funer­ario con­ta­ba con una mezqui­ta, una madraza y un ham­man. El sultán más impor­tante de la dinastía, Abu al-Hasan, apo­da­do el Sultán Negro porque su madre era etíope, quiso ser aquí enter­ra­do, tras una vida llena de vic­to­rias béli­cas (llegó a recu­per­ar Alge­ci­ras y Gibral­tar).

Su suce­sor decidió trasladar las pos­te­ri­ores tum­bas reales a Fez, dejan­do a Chel­lah en el olvi­do. Has­ta que el gob­ier­no decidió recu­per­ar­la para el tur­is­mo, vis­to su impor­tante val­or históri­co, y aprovechar la necrópo­lis para la cel­e­bración anu­al de un impor­tante fes­ti­val de jazz cada mes de Junio, el Jazz au Chel­lah. Mien­tras tan­to, hoy son las cigüeñas quienes viv­en entre ruinas de piedra y fron­dosos jar­dines.

Necropolis Chellah Rabat

El Palacio Real de Rabat

Regre­samos al cen­tro de Rabat. Y aquí ten­emos el Dar al-Mahkzen o lo que es lo mis­mo, el Pala­cio Real. Es la sede de gob­ier­no pero curiosa­mente aquí no reside el monar­ca Mohamed VI, quien des­de hace años vive en París y que durante mucho tiem­po estu­vo en el cen­tro de la polémi­ca tras divor­cia­rse de su mujer, la guapísi­ma pelir­ro­ja Lal­la Salma. El caso es que el pala­cio en la prác­ti­ca no sirve como hog­ar real sino como recin­to admin­is­tra­ti­vo: aquí tra­ba­jan más de dos mil fun­cionar­ios. La plaza que pre­cede al pala­cio, la Mechouar, ocu­pa­da por jar­dines, es donde se cel­e­bran los des­files mil­itares. Pero el acce­so al inte­ri­or del pala­cio está total­mente pro­hibido, así como las fotografías de cier­tos acce­sos, y la seguri­dad que lo pro­tege es abru­mado­ra.

El Pala­cio Real de Rabat es uno de los edi­fi­cios más impor­tantes de la ciu­dad y la res­i­den­cia ofi­cial del rey de Mar­rue­cos cuan­do se encuen­tra en la cap­i­tal. Situ­a­do en el bar­rio de Has­san, den­tro de un amplio recin­to amu­ral­la­do cono­ci­do como Dar al-Makhzen, este com­ple­jo rep­re­sen­ta el cen­tro políti­co y admin­is­tra­ti­vo del país. Aunque no puede vis­i­tarse por den­tro, merece la pena acer­carse a sus alrede­dores para cono­cer uno de los lugares más rep­re­sen­ta­tivos de Rabat.

El pala­cio actu­al fue con­stru­i­do en el siglo XIX y pos­te­ri­or­mente ampli­a­do, coin­ci­di­en­do con el momen­to en que Rabat se con­solidó como cap­i­tal admin­is­tra­ti­va. Des­de entonces, el recin­to ha man­tenido su fun­ción ofi­cial y sigue sien­do uno de los prin­ci­pales sím­bo­los del poder monárquico mar­ro­quí. Además de la res­i­den­cia real, el com­ple­jo alber­ga edi­fi­cios admin­is­tra­tivos, jar­dines y depen­den­cias uti­lizadas por la corte.

El acce­so prin­ci­pal desta­ca por su gran puer­ta mon­u­men­tal dec­o­ra­da con mosaicos y motivos geométri­cos tradi­cionales. Frente a la entra­da se abre una amplia explana­da donde suele haber guardias cer­e­mo­ni­ales vesti­dos con uni­formes tradi­cionales. Este con­jun­to crea una ima­gen muy car­ac­terís­ti­ca que refle­ja la impor­tan­cia insti­tu­cional del lugar.

Palacio Real Rabat

Una de las curiosi­dades del Pala­cio Real es que, aunque el inte­ri­or no está abier­to al públi­co, sí es posi­ble acer­carse bas­tante has­ta la entra­da prin­ci­pal y con­tem­plar el edi­fi­cio des­de el exte­ri­or. La zona suele ser tran­quila y segu­ra, y per­mite ver un ambi­ente muy dis­tin­to al de la med­i­na o los bar­rios más ani­ma­dos.

El recin­to del pala­cio está rodea­do por jar­dines y avenidas amplias que for­man una de las zonas más orde­nadas y ele­gantes de Rabat. En los alrede­dores pre­dom­i­nan los edi­fi­cios ofi­ciales y las res­i­den­cias diplomáti­cas, lo que da a esta parte de la ciu­dad un carác­ter más insti­tu­cional.

Otra curiosi­dad es que el com­ple­jo de Dar al-Makhzen no solo existe en Rabat. Mar­rue­cos cuen­ta con var­ios pala­cios reales repar­tidos por dis­tin­tas ciu­dades, como Fez, Mar­rakech o Tetuán, que han servi­do tradi­cional­mente como res­i­den­cias de la monar­quía en dis­tin­tos momen­tos del año. Sin embar­go, el de Rabat es el prin­ci­pal cen­tro admin­is­tra­ti­vo del reino.

Ville Nouvelle

La parte nue­va de Rabat, lo que se conoce como Ville Nou­velle, nos gustó tam­bién muchísi­mo. Obra de los france­ses a prin­ci­p­ios del pro­tec­tora­do en los años 20, está pre­si­di­da por la larguísi­ma Aveni­da de Mohamed V, pla­ga­da de palmeras y donde se con­gre­gan algunos de los más impor­tantes edi­fi­cios guber­na­men­tales como el Par­la­men­to, el edi­fi­cio de Corre­os o el Ban­co de Mar­rue­cos. El boule­vard techa­do que la recorre está inun­da­do de cines y cafeterías, con ter­razas donde lo común es sen­tarse de cara al públi­co, nada de un comen­sal enfrente de otro: al mar­ro­quí le encan­ta admi­rar lo que ocurre en la calle y así se puede tirar horas y horas.

A difer­en­cia de las calles estre­chas de la med­i­na, en la Ville Nou­velle pre­dom­i­nan los espa­cios abier­tos y las aceras amplias. Pasear por esta parte de Rabat resul­ta cómo­do y tran­qui­lo, con numerosos cafés, tien­das y edi­fi­cios admin­is­tra­tivos repar­tidos a lo largo de las avenidas. Es una zona muy fre­cuen­ta­da por los pro­pios habi­tantes de la ciu­dad y per­mite obser­var la vida cotid­i­ana en un entorno más mod­er­no. Tam­bién pasan por aquí el tran­vía y varias líneas de auto­bús, lo que con­vierte la zona en un impor­tante cen­tro de trans­porte.

Ville Nouvelle Rabat

En la Ville Nou­velle se con­cen­tran muchos hote­les, restau­rantes y ser­vi­cios, por lo que suele ser una de las zonas más prác­ti­cas para alo­jarse. Des­de aquí se puede lle­gar cam­i­nan­do a var­ios lugares de interés, como la med­i­na o el bar­rio de Has­san, y tam­bién es fácil desplazarse hacia otras zonas de la ciu­dad.

El ambi­ente de este bar­rio es bas­tante difer­ente al de otras ciu­dades mar­ro­quíes. La influ­en­cia euro­pea se nota en la arqui­tec­tura y en la orga­ni­zación urbana, lo que hace que resulte una zona famil­iar y fácil de recor­rer para muchos via­jeros. Al mis­mo tiem­po, con­ser­va ele­men­tos típi­cos mar­ro­quíes que for­man parte del carác­ter de Rabat. Recor­rer la Ville Nou­velle per­mite enten­der mejor cómo ha evolu­ciona­do la ciu­dad a lo largo del tiem­po. Más allá de los mon­u­men­tos históri­cos, esta zona mues­tra la fac­eta más mod­er­na y cotid­i­ana de la cap­i­tal, donde tradi­ción y mod­ernidad con­viv­en de for­ma bas­tante equi­li­bra­da.

Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Rabat

El Museo de Arte Mod­er­no y Con­tem­porá­neo de Rabat es uno de los espa­cios cul­tur­ales más intere­santes de la ciu­dad y un buen lugar para des­cubrir el lado más cre­ati­vo y actu­al de Mar­rue­cos. Situ­a­do en una zona cén­tri­ca, cer­ca de varias avenidas impor­tantes, este museo rep­re­sen­ta un con­traste intere­sante con los mon­u­men­tos históri­cos de Rabat y mues­tra una fac­eta más mod­er­na de la cap­i­tal.

El museo está ded­i­ca­do prin­ci­pal­mente al arte mar­ro­quí de los sig­los XX y XXI, y reúne pin­turas, escul­turas y obras de dis­tin­tos artis­tas que refle­jan la evolu­ción del arte con­tem­porá­neo en el país. A través de las exposi­ciones se puede enten­der cómo los creadores mar­ro­quíes han com­bi­na­do tradi­ciones locales con influ­en­cias inter­na­cionales.

La colec­ción incluye obras muy vari­adas, des­de esti­los más clási­cos has­ta prop­ues­tas exper­i­men­tales. Algu­nas piezas están inspi­radas en la vida cotid­i­ana mar­ro­quí, mien­tras que otras explo­ran temas sociales, cul­tur­ales o históri­cos. Esta diver­si­dad con­vierte la visi­ta en una expe­ri­en­cia intere­sante inclu­so para quienes no sue­len fre­cuen­tar museos.

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Además de la colec­ción per­ma­nente, el museo orga­ni­za exposi­ciones tem­po­rales y activi­dades cul­tur­ales a lo largo del año. Estas mues­tras cam­bian con fre­cuen­cia, por lo que cada visi­ta puede ser difer­ente. El espa­cio tam­bién acoge even­tos rela­ciona­dos con el arte y la cul­tura con­tem­poránea, lo que lo con­vierte en un pun­to de encuen­tro para artis­tas y vis­i­tantes intere­sa­dos en la vida cul­tur­al de Rabat.

La mezquita Al Sunna

La mezqui­ta Al Sun­na es una de las más impor­tantes de Rabat y uno de los prin­ci­pales lugares de cul­to de la ciu­dad. Situ­a­da en una zona cén­tri­ca, cer­ca de la med­i­na y de varias avenidas prin­ci­pales, for­ma parte de la vida cotid­i­ana de muchos habi­tantes de la cap­i­tal. Aunque no es uno de los mon­u­men­tos más vis­i­ta­dos por los tur­is­tas, sí tiene un gran val­or reli­gioso y refle­ja bien la impor­tan­cia del islam en la vida diaria de Rabat.

El edi­fi­cio desta­ca por su minarete, vis­i­ble des­de dis­tin­tos pun­tos del cen­tro, que se ele­va sobre los teja­dos de la ciu­dad y mar­ca el per­fil urbano de la zona. La arqui­tec­tura sigue el esti­lo tradi­cional mar­ro­quí, con líneas sobrias y ele­gantes que enca­jan bien con el entorno. Como ocurre con la may­oría de mezquitas del país, el inte­ri­or no está abier­to a vis­i­tantes que no sean musul­manes pero el exte­ri­or puede con­tem­plarse sin prob­le­mas.

Mezquita Al Souna Rabat

Comer en Rabat

Rabat cuen­ta con una ofer­ta gas­tronómi­ca vari­a­da donde se pueden pro­bar tan­to platos tradi­cionales mar­ro­quíes como coci­na inter­na­cional. Aunque no es una ciu­dad tan turís­ti­ca como Mar­rakech, la cap­i­tal ofrece muchos lugares intere­santes para com­er bien a pre­cios razon­ables. En gen­er­al, es fácil encon­trar restau­rantes locales sen­cil­los, cafeterías mod­er­nas y locales más ele­gantes repar­tidos por dis­tin­tos bar­rios.

La coci­na mar­ro­quí está muy pre­sente en los restau­rantes de Rabat y una de las mejores expe­ri­en­cias con­siste en pro­bar platos tradi­cionales como el tajine, el cuscús o la pastela. Muchos restau­rantes ofre­cen menús sen­cil­los donde se puede com­er por un pre­cio bas­tante ase­quible, espe­cial­mente en las zonas más locales. El pan recién hecho, las aceitu­nas y las espe­cias for­man parte habit­u­al de cualquier comi­da, y el té a la men­ta suele ser la mejor for­ma de ter­mi­nar.

La med­i­na es un buen lugar para encon­trar pequeños restau­rantes famil­iares donde se sir­ven platos caseros. En estos locales el ambi­ente suele ser sen­cil­lo pero autén­ti­co, con rec­etas tradi­cionales y pre­cios económi­cos. 

Yo llev­a­ba apun­ta­do, un restau­rante, el Restau­rant de la Lib­er­a­tion, que nos cogía a cin­co min­u­tos del riad y donde me habían comen­ta­do que sólo comían mar­ro­quíes. Menudo des­cubrim­ien­to. La hari­ra, esa deli­ciosa sopa de la que soy tan fan, salía al cam­bio por 50 cén­ti­mos y esta­ba de chu­parse los dedos. Fuimos allí varias noches y efec­ti­va­mente, qui­tan­do nosotros, todos los clientes eran locales, a excep­ción de algún extran­jero despis­ta­do que entra­ba al ver­nos allí sen­ta­dos, comien­do con cara de feli­ci­dad.

Tajine Marruecos

Nues­tra con­clusión final no podía ser más pos­i­ti­va. Prin­ci­pal­mente porque Rabat acabó sien­do una mayús­cu­la sor­pre­sa, llena de fasci­nantes rin­cones en los que no te cruz­abas con ni un solo tur­ista. Una ciu­dad con un encan­to embria­gador, cau­ti­vado­ra, que per­manece aún escon­di­da en lo más pro­fun­do de Mar­rue­cos y que aspi­ra a bril­lar con luz propia.

Qué ver cerca de Rabat

Rabat es un buen pun­to de par­ti­da para explo­rar otras zonas intere­santes del norte de Mar­rue­cos. Gra­cias a sus bue­nas conex­iones por tren y car­retera, resul­ta fácil orga­ni­zar excur­siones de un día a ciu­dades cer­canas o a lugares históri­cos situ­a­dos a poca dis­tan­cia. Si se dispone de más tiem­po, merece la pena aprovechar la estancia para des­cubrir algunos des­ti­nos próx­i­mos que com­ple­men­tan muy bien la visi­ta a la cap­i­tal.

Una excur­sión intere­sante es Casablan­ca, situ­a­da a unos 90 kilómet­ros al sur. La ciu­dad puede alcan­zarse fácil­mente en tren en poco más de una hora. Allí se encuen­tra la impre­sio­n­ante mezqui­ta Has­san II, uno de los mon­u­men­tos reli­giosos más grandes del mun­do, con­stru­i­da jun­to al océano. Casablan­ca ofrece además una ima­gen más mod­er­na y cos­mopoli­ta de Mar­rue­cos, muy difer­ente a la de Rabat.

Tam­bién merece la pena vis­i­tar Mek­nes, una de las antiguas ciu­dades impe­ri­ales de Mar­rue­cos. Está situ­a­da a unas dos horas y media en tren y con­ser­va impor­tantes mon­u­men­tos históri­cos, como puer­tas mon­u­men­tales, mural­las y antigu­os pala­cios. La ciu­dad tiene un ambi­ente más tran­qui­lo que Fez y resul­ta muy agrad­able para recor­rer a pie.

Otra posi­bil­i­dad es acer­carse a Assi­lah, una pequeña ciu­dad costera situ­a­da al norte de Rabat. Es cono­ci­da por sus mural­las frente al mar y por sus casas blan­cas dec­o­radas con murales. El ambi­ente es rela­ja­do y el paseo por el cas­co antiguo jun­to al océano resul­ta espe­cial­mente agrad­able.

Vis­i­tar alguno de estos lugares per­mite com­ple­tar la expe­ri­en­cia de Rabat y cono­cer dis­tin­tas fac­etas de Mar­rue­cos, des­de ciu­dades históri­c­as has­ta zonas costeras o bar­rios tradi­cionales. Gra­cias a las bue­nas conex­iones de trans­porte, muchas de estas excur­siones pueden hac­erse fácil­mente en un solo día.


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3 Comments

  1. Apun­ta­do! 🙂

  2. Cuan­do puedas, escá­pate ¡te va a encan­tar!

  3. […] a través de Rabat: la per­la de Mar­rue­cos que (por suerte) el tur­is­mo igno­ra — Mil y un via­jes por el mun­do […]

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