Qué ver en Yokohama (Japón): guía completa para visitarla desde Tokio

Puerta tradicional del Chinatown de Yokohama iluminada al atardecer con farolillos y restaurantes chinos en Japón

A solo media hora de Tokio existe una ciu­dad que muchos via­jeros visi­ta­mos sin saber muy bien qué esper­ar de ella. Yoko­hama no tiene la fama de Kioto ni la inten­si­dad de Osa­ka ni el mag­net­ismo caóti­co de Tokio pero bas­ta pasar unas horas allí para darse cuen­ta de que es un lugar com­ple­ta­mente dis­tin­to a cualquier otra gran ciu­dad japone­sa.

Quizá porque nació miran­do al mar y al mun­do exte­ri­or, Yoko­hama tiene un carác­ter más abier­to que otras ciu­dades del país. Durante más de dos sig­los Japón per­maneció prác­ti­ca­mente ais­la­do del resto del mun­do pero cuan­do el país se abrió al com­er­cio inter­na­cional en el siglo XIX, Yoko­hama se con­vir­tió en uno de los primeros puer­tos donde se establecieron com­er­ciantes extran­jeros. Por aquí entraron pro­duc­tos descono­ci­dos, nuevas tec­nologías y cos­tum­bres que poco a poco trans­for­marían Japón. Todavía hoy se nota esa heren­cia. Yoko­hama tiene algo lig­era­mente cos­mopoli­ta que resul­ta difí­cil de explicar con pal­abras. Es una ciu­dad japone­sa pero con espa­cios más amplios, paseos marí­ti­mos donde se puede cam­i­nar sin prisas y bar­rios donde la influ­en­cia extran­jera sigue aún  pre­sente más de un siglo después.

Yoko­hama merece al menos una jor­na­da com­ple­ta. Es un des­ti­no per­fec­to para cam­i­nar tran­quil­a­mente mez­clan­do arqui­tec­tura futur­ista con bar­rios históri­cos, museos curiosos con par­ques jun­to al mar y zonas com­er­ciales con tem­p­los escon­di­dos. Además, Yoko­hama per­mite ver una cara difer­ente de Japón. Aquí el país parece un poco más rela­ja­do, menos inten­so y más acce­si­ble. Después de var­ios días en Tokio, la sen­sación de espa­cio y tran­quil­i­dad resul­ta casi sor­pren­dente.

Ilustración vintage de Yokohama Japón con el puerto, Minato Mirai y Chinatown en estilo cartel turístico antiguo.

Cómo llegar a Yokohama desde Tokio

Una de las grandes ven­ta­jas de Yoko­hama es lo fácil que resul­ta vis­i­tar­la des­de Tokio. El trayec­to en tren dura entre 25 y 40 min­u­tos depen­di­en­do de la línea uti­liza­da, lo que con­vierte la ciu­dad en una excur­sión per­fec­ta inclu­so para quienes tienen pocos días en Japón.

Las líneas JR conectan varias esta­ciones impor­tantes de Tokio con Yoko­hama de for­ma fre­cuente durante todo el día. Des­de esta­ciones como Shin­juku, Shibuya o Tokyo Sta­tion salen trenes cada pocos min­u­tos, por lo que no hace fal­ta plan­i­ficar demasi­a­do el via­je. Si se dispone del Japan Rail Pass o de cualquier pase region­al, el trayec­to suele estar inclu­i­do, lo que hace que la excur­sión resulte todavía más cómo­da y económi­ca.

El via­je en sí ya ofrece una pequeña tran­si­ción intere­sante. Poco a poco los bar­rios den­sos de Tokio van dan­do paso a zonas más abier­tas has­ta que final­mente aparece el puer­to de Yoko­hama. La ciu­dad trans­mite des­de el primer momen­to una sen­sación dis­tin­ta, menos apre­ta­da y algo más lumi­nosa. La estación de Yoko­hama es enorme y muy ani­ma­da pero bas­ta avan­zar unos min­u­tos en metro o tren urbano para lle­gar a la zona del puer­to, que es donde se con­cen­tran la may­oría de los lugares intere­santes.

Minato Mirai: el Yokohama del futuro junto al mar

Si hay un lugar que define el Yoko­hama mod­er­no, ese es Mina­to Mirai, un dis­tri­to futur­ista lev­an­ta­do lit­eral­mente sobre ter­renos gana­dos al mar. Su nom­bre sig­nifi­ca Puer­to del Futuro y, cuan­do uno pasea por aquí al caer la tarde, entiende per­fec­ta­mente por qué. Ras­ca­cie­los bril­lan­do sobre la bahía, paseos marí­ti­mos impeca­bles, par­ques urbanos y una noria gigan­tesca que parece saca­da de una postal de cien­cia fic­ción.

Pero lo más curioso es que todo esto es rel­a­ti­va­mente reciente. Has­ta los años ochen­ta esta zona no tenía nada que ver con la ima­gen actu­al. Era un área indus­tri­al llena de astilleros, almacenes y muelles. Yoko­hama decidió rein­ven­tarse y creó uno de los proyec­tos urbanís­ti­cos más ambi­ciosos de Japón: trans­for­mar el antiguo puer­to en un bar­rio mod­er­no donde con­vivier­an ofic­i­nas, ocio, cul­tura y tur­is­mo.

El edi­fi­cio más famoso del dis­tri­to es el Land­mark Tow­er, que durante años fue el ras­ca­cie­los más alto de Japón. Sus 296 met­ros dom­i­nan todo el sky­line de la ciu­dad y se ven inclu­so des­de muchos pun­tos de Tokio. Subir a su mirador es una de las expe­ri­en­cias más recomend­ables de Yoko­hama. El ascen­sor que te lle­va arri­ba es uno de los más rápi­dos del país y en ape­nas unos segun­dos estás en lo alto con­tem­p­lan­do la bahía. En días claros inclu­so se puede ver el monte Fuji en la dis­tan­cia, algo que con­vierte la visi­ta en un momen­to bas­tante espe­cial. Den­tro del com­ple­jo tam­bién hay cen­tros com­er­ciales, restau­rantes y hote­les, por lo que siem­pre hay ambi­ente a cualquier hora del día.

Vista del distrito Minato Mirai en Yokohama con la noria Cosmo Clock 21 y rascacielos iluminados junto al paseo marítimo

Si hay una ima­gen icóni­ca de Mina­to Mirai es la Cos­mo Clock 21, una enorme noria situ­a­da en el par­que de atrac­ciones Cos­mo World. De noche se ilu­mi­na con miles de luces LED que for­man un reloj gigante, vis­i­ble des­de bue­na parte de la bahía. Durante años fue una de las norias más grandes del mun­do, y aún hoy sigue sien­do uno de los sím­bo­los más recono­ci­bles de la ciu­dad. Subir a una de sus cab­i­nas es una for­ma tran­quila de con­tem­plar el sky­line. Des­de arri­ba se ven los ras­ca­cie­los de Mina­to Mirai, el puer­to, los bar­cos que entran en la bahía y, en la dis­tan­cia, la silue­ta de Tokio.

Sigu­ien­do el paseo jun­to al mar se lle­ga tam­bién al par­que cos­tero de Yamashita, uno de los espa­cios verdes más agrad­ables de Yoko­hama, con jar­dines, ban­cos frente a la bahía y un ambi­ente tran­qui­lo que invi­ta a sen­tarse un rato a con­tem­plar el puer­to. Muy cer­ca se encuen­tran además los embar­caderos des­de los que salen pequeños cruceros por la bahía, una for­ma difer­ente de ver el sky­line de Mina­to Mirai y la ciu­dad des­de el agua.

Chinatown: el barrio chino más grande de Japón

Ya sabéis lo que me encan­tan los bar­rios chi­nos. He cono­ci­do y dis­fru­ta­do muchos a lo largo y ancho del mun­do pero pocos son tan de ver­dad como el de Yoko­hama. Bas­ta cruzar una de sus mon­u­men­tales puer­tas dec­o­radas con drag­ones y faro­lil­los rojos para sen­tir que, de repente, has entra­do en otro mun­do. Carte­les en chi­no, aro­mas de dim sum recién hechos, tem­p­los escon­di­dos entre restau­rantes y calles siem­pre ani­madas.

Se tra­ta del bar­rio chi­no más grande de Japón y uno de los más exten­sos del mun­do. Su his­to­ria está direc­ta­mente lig­a­da al nacimien­to de Yoko­hama como ciu­dad por­tu­ar­ia inter­na­cional. Cuan­do Japón abrió sus puer­tos al com­er­cio exte­ri­or en el siglo XIX, muchos com­er­ciantes chi­nos se insta­laron aquí atraí­dos por las opor­tu­nidades económi­cas. Con el tiem­po la comu­nidad fue cre­cien­do has­ta for­mar un bar­rio pro­pio lleno de tien­das, tem­p­los y restau­rantes. Hoy Chi­na­town es uno de los lugares más vis­i­ta­dos de Yoko­hama, por no decir el que más. Cam­i­nar por sus calles es toda una expe­ri­en­cia para los sen­ti­dos.

A cada paso apare­cen escaparates llenos de bol­los al vapor, dumplings, patos laque­a­d­os col­gan­do en vit­ri­nas y dul­ces tradi­cionales chi­nos. Muchos restau­rantes tienen mostradores en la calle donde se pueden com­prar pequeñas espe­cial­i­dades para com­er mien­tras se pasea. Fue la primera vez en mi vida que con­seguí pro­bar comi­da chi­na no occi­den­tal­iza­da. Y aunque al prin­ci­pio costa­ba acos­tum­brarse a sabores y tex­turas (¿lenguas de pato?¿sopa de medusa?), después me pare­ció una expe­ri­en­cia increíble.

Chica rubia en el barrio chino de Yokohama

Además de la gas­tronomía, uno de los grandes atrac­tivos del bar­rio son sus col­ori­das puer­tas cer­e­mo­ni­ales. Chi­na­town tiene varias entradas mon­u­men­tales, cada una ori­en­ta­da a un pun­to car­di­nal y dec­o­ra­da con fig­uras tradi­cionales de la cul­tura chi­na. La más cono­ci­da es prob­a­ble­mente la puer­ta Zen­rin­mon, situ­a­da en la entra­da prin­ci­pal del bar­rio y con­sid­er­a­da la más espec­tac­u­lar.

Entre restau­rantes y tien­das tam­bién aparece un pequeño lugar muy espe­cial: el tem­p­lo Kan­teibyo, ded­i­ca­do al gen­er­al chi­no Guan Yu, una figu­ra históri­ca que con el tiem­po se con­vir­tió en una dei­dad ven­er­a­da por com­er­ciantes y empre­sar­ios. El tem­p­lo desta­ca por su inten­sa dec­o­ración roja y dora­da, con drag­ones tal­la­dos, faro­lil­los y un inte­ri­or lleno de incien­so.

Aunque Chi­na­town es ani­ma­do durante todo el día, el bar­rio tiene un encan­to par­tic­u­lar al caer la noche. Los faro­lil­los rojos se ilu­mi­nan, los restau­rantes se llenan de gente y el ambi­ente se vuelve todavía más vibrante. Más que un sim­ple bar­rio turís­ti­co, Chi­na­town es un recorda­to­rio de que Yoko­hama siem­pre ha sido una ciu­dad abier­ta al mun­do. 

El Museo del Ramen

El Museo del Ramen de Yoko­hama es uno de los lugares más curiosos que puedes vis­i­tar en Japón si te gus­ta la gas­tronomía o sim­ple­mente la cul­tura japone­sa. No es un museo tradi­cional lleno de vit­ri­nas y pan­e­les abur­ri­dos. En real­i­dad, es una mez­cla muy pecu­liar de museo, par­que temáti­co y patio gas­tronómi­co, ded­i­ca­do al pla­to más pop­u­lar del país. Se encuen­tra en el bar­rio de Shin-Yoko­hama, den­tro de la ciu­dad de Yoko­hama, a unos 30 min­u­tos de Tokyo, y es uno de esos lugares que sor­pren­den inclu­so a quienes ya hemos via­ja­do varias veces a Japón.

El ramen, aunque hoy es uno de los sím­bo­los culi­nar­ios de Japón, en real­i­dad tiene ori­gen chi­no. Las primeras ver­siones lle­garon al país a finales del siglo XIX pero fue después de la Segun­da Guer­ra Mundi­al cuan­do el pla­to se pop­u­lar­izó enorme­mente. Era bara­to, con­tun­dente y fácil de preparar, algo fun­da­men­tal en una época de escasez. Ráp­i­da­mente se pop­u­lar­izó y aparecieron nuevas vari­antes. El museo nació en 1994 pre­cisa­mente para cel­e­brar esa diver­si­dad region­al.

Entrada del Museo del Ramen de Yokohama con gran cuenco rojo y palillos gigantes sin personas en la imagen.

Lo más lla­ma­ti­vo del museo es que, al bajar a la plan­ta infe­ri­or, parece que entras en una máquina del tiem­po. Todo el espa­cio está recrea­do como una calle japone­sa de 1958, el año en que el ramen instan­tá­neo fue inven­ta­do por Momo­fuku Ando, fun­dador de la empre­sa Nissin Foods. La ilu­mi­nación sim­u­la un atarde­cer per­ma­nente, hay faro­las antiguas, carte­les pub­lic­i­tar­ios de época y pequeños calle­jones que recuer­dan al Japón de la pos­guer­ra. El efec­to es tan inmer­si­vo que por momen­tos olvi­das que estás den­tro de un edi­fi­cio mod­er­no.

El museo reúne var­ios restau­rantes famosos de ramen proce­dentes de dis­tin­tas regiones del país. Los vis­i­tantes podemos ir proban­do dis­tin­tos tipos de ramen en pequeñas raciones, lo que per­mite com­parar sabores sin ten­er que com­er un bol enorme en cada sitio.  Cada uno rep­re­sen­ta un esti­lo difer­ente, así que puedes pro­bar en un mis­mo lugar rec­etas que nor­mal­mente obligarían a via­jar cien­tos de kilómet­ros. El ambi­ente resul­ta curioso porque mez­cla tur­is­tas extran­jeros con japone­ses que vienen sim­ple­mente a com­er. A pesar de ser un museo, fun­ciona tam­bién como un pequeño cen­tro gas­tronómi­co. Es prob­a­ble­mente una de las vis­i­tas más orig­i­nales que se pueden hac­er en Yoko­hama.

Templo Sojiji

El tem­p­lo Sōji­ji es uno de los lugares más intere­santes que ver en Yoko­hama si te intere­sa el Japón tradi­cional y el bud­is­mo zen. Situ­a­do en el bar­rio de Tsu­ru­mi, a unos min­u­tos en tren del cen­tro, este gran com­ple­jo reli­gioso sor­prende porque parece com­ple­ta­mente aparta­do de la ciu­dad mod­er­na que lo rodea. Bas­ta cruzar sus puer­tas para entrar en un espa­cio silen­cioso, lleno de árboles, edi­fi­cios de madera y caminos tran­qui­los que trans­miten una sen­sación inmedi­a­ta de cal­ma.

Sōji­ji es uno de los dos tem­p­los prin­ci­pales de la escuela zen Sōtō, una de las ramas más impor­tantes del bud­is­mo japonés. El tem­p­lo orig­i­nal fue fun­da­do en el siglo XIV en la penín­su­la de Noto pero tras un incen­dio dev­as­ta­dor a finales del siglo XIX, la comu­nidad decidió trasladar­lo a Yoko­hama. El com­ple­jo actu­al se inau­guró ofi­cial­mente en 1911 y des­de entonces fun­ciona como cen­tro espir­i­tu­al y lugar de for­ma­ción para mon­jes zen.

A difer­en­cia de muchos tem­p­los japone­ses que se vis­i­tan ráp­i­da­mente, Sōji­ji es enorme. En real­i­dad se tra­ta de una pequeña ciu­dad reli­giosa for­ma­da por numerosos edi­fi­cios conec­ta­dos por senderos y patios. Cam­i­nar por el recin­to per­mite des­cubrir salas de med­itación, pabel­lones cer­e­mo­ni­ales, jar­dines tran­qui­los y espa­cios donde los mon­jes siguen su vida cotid­i­ana.

Puerta principal del templo Sōjiji en Yokohama, un gran templo budista zen rodeado de jardines tranquilos.

Uno de los ele­men­tos más lla­ma­tivos es la gran puer­ta de entra­da, cono­ci­da como San­mon, una estruc­tura de madera de dos pisos con un teja­do cur­va­do de col­or verde que mar­ca el paso sim­bóli­co entre el mun­do exte­ri­or y el espa­cio espir­i­tu­al del tem­p­lo. Es una de las zonas más fotogéni­cas del com­ple­jo y suele impre­sion­ar por su tamaño y su ele­gan­cia. El edi­fi­cio prin­ci­pal es el But­su­den, o sala de Buda, donde se real­izan cer­e­mo­nias reli­giosas. El inte­ri­or es solemne y sen­cil­lo, sigu­ien­do la estéti­ca del bud­is­mo zen, donde la dec­o­ración es mín­i­ma y el ambi­ente invi­ta a la con­cen­tración y al silen­cio. Cer­ca de allí se encuen­tra el Hat­to, o sala de con­fer­en­cias, donde tradi­cional­mente los mae­stros zen enseñan a los mon­jes.

El tem­p­lo tam­bién es cono­ci­do por su atmós­fera espe­cial­mente tran­quila, inclu­so com­para­do con otros tem­p­los japone­ses. Al no ser un lugar tan famoso entre los tur­is­tas inter­na­cionales, muchas veces se puede pasear por el recin­to sin ape­nas encon­trar vis­i­tantes.  Otro aspec­to intere­sante de Sōji­ji es que sigue sien­do un cen­tro acti­vo de prác­ti­ca zen. No es un museo ni un tem­p­lo pura­mente históri­co, sino un lugar donde viv­en y se for­man mon­jes. En algunos momen­tos del día pueden verse gru­pos de apren­dices desplazán­dose en silen­cio o par­tic­i­pan­do en cer­e­mo­nias.

Alrede­dor de los edi­fi­cios prin­ci­pales hay var­ios cemente­rios y mon­u­men­tos con­mem­o­ra­tivos, que refle­jan la relación tradi­cional entre los tem­p­los bud­is­tas y la memo­ria famil­iar en Japón. Muchas famil­ias mantienen vín­cu­los con el tem­p­lo des­de hace gen­era­ciones. En deter­mi­nadas épocas del año, espe­cial­mente en pri­mav­era y otoño, el recin­to adquiere un atrac­ti­vo adi­cional. Los cere­zos en flor apor­tan un toque del­i­ca­do al paisaje pri­mav­er­al, mien­tras que los col­ores roji­zos y dora­dos del otoño trans­for­man los senderos en esce­nar­ios espe­cial­mente fotogéni­cos.

Sankeien Garden

El Sankei-en Gar­den es uno de los lugares más tran­qui­los y ele­gantes que ver en Yoko­hama, un gran jardín tradi­cional japonés donde la nat­u­raleza y la arqui­tec­tura históri­ca se com­bi­nan de una for­ma muy armo­niosa. Situ­a­do en la zona sur de la ciu­dad, lejos de los ras­ca­cie­los de Mina­to Mirai y del ambi­ente urbano del puer­to, este par­que ofrece una expe­ri­en­cia com­ple­ta­mente dis­tin­ta, más cer­cana al Japón clási­co que a la ima­gen mod­er­na que suele aso­cia­rse con Yoko­hama.

El jardín fue crea­do a comien­zos del siglo XX por Tomi­taro Hara, un rico com­er­ciante de seda que uti­lizó parte de su for­tu­na para dis­eñar un espa­cio donde preser­var edi­fi­cios históri­cos y crear un paisaje inspi­ra­do en la estéti­ca tradi­cional japone­sa. Hara no solo con­cibió el jardín como un lugar pri­va­do de des­can­so, sino tam­bién como un espa­cio cul­tur­al abier­to a vis­i­tantes, algo poco habit­u­al en su época. Tras su muerte, el ter­reno pasó a ser ges­tion­a­do por una fun­dación y hoy está abier­to al públi­co como uno de los par­ques más intere­santes de la región de Tokio.

Sankei-en es un jardín bas­tante grande, con amplias zonas verdes, estanques y col­i­nas suaves que per­miten pasear durante horas sin repe­tir el mis­mo camino. El recor­ri­do no está dis­eña­do como una visi­ta ráp­i­da, sino como una expe­ri­en­cia pau­sa­da donde cada rincón invi­ta a deten­erse. Los senderos de gra­va, los puentes de madera y los miradores cre­an un paisaje cuida­dosa­mente plan­i­fi­ca­do que cam­bia lig­era­mente a cada paso.

Sankei-en Garden en otoño con árboles de hojas rojas y pagoda tradicional reflejada en el estanque de Yokohama.

Uno de los ele­men­tos más lla­ma­tivos del jardín es la pres­en­cia de edi­fi­cios históri­cos traslada­dos des­de dis­tin­tas partes de Japón. En total hay más de una dece­na de con­struc­ciones tradi­cionales, algu­nas de var­ios sig­los de antigüedad. Entre ellas se encuen­tran antiguas casas de com­er­ciantes, salones cer­e­mo­ni­ales y pequeños tem­p­los que han sido restau­ra­dos con gran cuida­do. La con­struc­ción más vis­i­ble es la pago­da de tres pisos, situ­a­da sobre una col­i­na que dom­i­na el paisaje. Pro­cede orig­i­nal­mente de Kioto y data del siglo XV. Des­de dis­tin­tos pun­tos del jardín se puede ver su silue­ta sobre­salien­do entre los árboles.

El gran estanque cen­tral es otro de los ele­men­tos que definen Sankei-en. En sus aguas se refle­jan los edi­fi­cios y la veg­etación, cre­an­do esce­nas muy fotogéni­cas en cualquier época del año. Alrede­dor del estanque hay caminos que per­miten recor­rer el jardín lenta­mente mien­tras se obser­van los detalles del paisaje. El jardín tam­bién cuen­ta con una pequeña casa de té tradi­cional, donde se puede tomar té japonés acom­paña­do de dul­ces mien­tras se con­tem­pla el paisaje. 

Red Brick Warehouse: el pasado industrial de Yokohama

Uno de los rin­cones más agrad­ables de Yoko­hama para pasear es el com­ple­jo cono­ci­do como Red Brick Ware­house, un con­jun­to de antigu­os almacenes por­tu­ar­ios con­stru­i­dos a prin­ci­p­ios del siglo XX cuan­do la ciu­dad era uno de los prin­ci­pales cen­tros com­er­ciales de Japón. Los edi­fi­cios, de ladrillo rojo oscuro, tienen un aspec­to sóli­do y lig­era­mente europeo que recuer­da el pasa­do inter­na­cional de Yoko­hama. Durante décadas fun­cionaron como almacenes donde se guard­a­ban mer­cancías proce­dentes de todo el mun­do pero hoy han sido trans­for­ma­dos en espa­cios com­er­ciales y cul­tur­ales.

En el inte­ri­or hay tien­das, cafeterías y pequeños restau­rantes pero el interés del lugar no está tan­to en lo que hay den­tro como en el ambi­ente gen­er­al de la zona. Los espa­cios abier­tos frente al mar son amplios y tran­qui­los, algo poco habit­u­al en Japón, y resul­tan per­fec­tos para sen­tarse un rato a des­cansar. 

Red Brick Warehouse de Yokohama iluminado al atardecer con jardines decorativos y rascacielos al fondo.

Pasear junto al puerto

Si hay algo que define Yoko­hama más que ningún mon­u­men­to con­cre­to es su relación con el mar. A difer­en­cia de muchas ciu­dades japone­sas donde el espa­cio es esca­so, aquí exis­ten lar­gos paseos marí­ti­mos donde se puede cam­i­nar sin prisas durante horas.

El par­que Yamashita es uno de los mejores lugares para hac­er­lo. Se extiende jun­to al puer­to y ofrece vis­tas abier­tas al agua y a los bar­cos que entran y salen lenta­mente. Es un lugar sen­cil­lo, sin grandes atrac­ciones, pero muy agrad­able para des­cansar después de recor­rer la ciu­dad. Es habit­u­al ver pescadores sen­ta­dos en silen­cio o per­sonas may­ores obser­van­do el mar des­de los ban­cos. El ambi­ente tiene algo casi mediter­rá­neo que resul­ta ines­per­a­do en Japón.

Des­de el par­que se puede ver el Hikawa Maru, un antiguo transatlán­ti­co con­ver­tido en museo que recuer­da la época en que Yoko­hama era una de las prin­ci­pales puer­tas de entra­da al país.

Barco histórico Nippon Maru en el puerto de Yokohama con la noria Cosmo Clock 21 y rascacielos de Minato Mirai al fondo.
Vis­tas de Yoko­hama con el bar­co escuela Nip­pon Maru en primer plano

Curiosidades de Yokohama

Yoko­hama fue la puer­ta de entra­da de Japón al mun­do mod­er­no. Durante más de dos sig­los, el país vivió prác­ti­ca­mente ais­la­do del exte­ri­or bajo el sis­tema del sakoku, una políti­ca que restringía sev­era­mente el com­er­cio y la entra­da de extran­jeros. Sin embar­go, cuan­do Japón se vio oblig­a­do a abrir sus puer­tos al com­er­cio inter­na­cional en 1859, Yoko­hama fue uno de los lugares elegi­dos. Lo curioso es que en aquel momen­to no era una gran ciu­dad, sino ape­nas un pequeño pueblo de pescadores. En pocos años se trans­for­mó en uno de los puer­tos más cos­mopoli­tas de Asia.

En 1923 la ciu­dad quedó prác­ti­ca­mente destru­i­da por el Gran ter­re­mo­to de Kan­tō, uno de los desas­tres nat­u­rales más dev­as­ta­dores de la his­to­ria de Japón. El puer­to, los bar­rios com­er­ciales y bue­na parte de las vivien­das quedaron arrasa­dos. Y cuan­do la ciu­dad todavía se esta­ba recu­peran­do, volvió a sufrir enormes daños durante los bom­bardeos de la Segun­da Guer­ra Mundi­al. El sky­line mod­er­no que vemos hoy es en gran parte el resul­ta­do de la recon­struc­ción pos­te­ri­or.

Aquí se elaboró por primera vez cerveza al esti­lo occi­den­tal en Japón y tam­bién fue uno de los primeros lugares donde se pop­u­larizaron ali­men­tos extran­jeros como el pan o el hela­do.

Si hoy Yoko­hama parece una ciu­dad ultra­mod­er­na, gran parte de esa ima­gen se debe a Mina­to Mirai, un ambi­cioso proyec­to urbano que comen­zó en los años ochen­ta. Antes de con­ver­tirse en la zona futur­ista de ras­ca­cie­los, cen­tros com­er­ciales y hote­les que vemos aho­ra, el área esta­ba ocu­pa­da por antigu­os muelles y zonas indus­tri­ales. La trans­for­ma­ción fue tan rad­i­cal que muchos vis­i­tantes no imag­i­nan que ese paisaje bril­lante jun­to al mar nació de la recon­ver­sión de viejos ter­renos por­tu­ar­ios.

El béis­bol pro­fe­sion­al japonés tiene una de sus afi­ciones más apa­sion­adas aquí. El equipo local, los Yoko­hama DeNA BayStars, jue­ga en el esta­dio Yoko­hama Sta­di­um, y los par­tidos sue­len ten­er un ambi­ente fes­ti­vo que mez­cla músi­ca, comi­da calle­jera y una energía muy dis­tin­ta a la que uno imag­i­naría en un esta­dio europeo.

Una curiosi­dad poco cono­ci­da es que Yoko­hama fue el lugar donde nació la pren­sa mod­er­na japone­sa. En el siglo XIX, cuan­do el puer­to se abrió al com­er­cio inter­na­cional, comen­zaron a insta­larse numerosos extran­jeros en la ciu­dad. Entre ellos había peri­odis­tas, com­er­ciantes y diplomáti­cos que querían infor­ma­ción sobre lo que ocur­ría en Japón. Así apare­ció en 1861 el Japan Her­ald, con­sid­er­a­do uno de los primeros per­iódi­cos mod­er­nos pub­li­ca­dos en el país.

Otra his­to­ria curiosa tiene que ver con el ori­gen del hela­do en Japón. Aunque hoy es un postre muy pop­u­lar, durante sig­los no for­mó parte de la gas­tronomía japone­sa. El primer hela­do al esti­lo occi­den­tal se vendió en Yoko­hama en 1869, en una pequeña tien­da lla­ma­da Fujiya. Aque­l­la novedad exóti­ca se con­vir­tió ráp­i­da­mente en un sím­bo­lo de mod­ernidad y de influ­en­cia extran­jera.

Yoko­hama tam­bién fue pio­nera en algo que hoy nos parece com­ple­ta­mente nor­mal: la intro­duc­ción del pan en la dieta japone­sa mod­er­na. Durante el peri­o­do Edo el pan ape­nas se con­sumía pero cuan­do los extran­jeros empezaron a insta­larse en el puer­to surgieron las primeras panaderías occi­den­tales. Con el tiem­po, Japón adap­tó el pan a su pro­pio gus­to y hoy exis­ten var­iedades muy curiosas como el famoso anpan, rel­leno de pas­ta de judía roja dulce.

Y por últi­mo, otra de las curiosi­dades más lla­ma­ti­vas de la ciu­dad es que, al igual que KobeYoko­hama tuvo durante décadas un bar­rio entero reser­va­do para extran­jeros. Cuan­do Japón abrió sus puer­tos al com­er­cio inter­na­cional, el gob­ier­no decidió con­cen­trar a los com­er­ciantes occi­den­tales en una zona especí­fi­ca para con­tro­lar mejor las rela­ciones con ellos. Ese bar­rio esta­ba sep­a­ra­do de la ciu­dad japone­sa y tenía sus propias casas, igle­sias, con­sula­dos y com­er­cios.


Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscrí­bete y recibe las últi­mas entradas en tu correo elec­tróni­co.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Mil y un viajes por el mundo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo