Segundo viaje japonés — Tokio

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Guía para exprimir al máximo Tokio

Cua­tro años después de haber recor­ri­do Japón por primera vez en lo que era uno de mis via­jes soña­dos de toda la vida,decidí regre­sar al País del Sol Naciente. Esta vez sólo disponíamos de nueve días pero como encon­tramos unos pre­cios bas­tante buenos en lo que a vue­los se refiere, mi novio no lo conocía y tam­bién era un via­je que le hacía mucha ilusión y pen­sábamos quedarnos sólo en Tokio, ahor­rán­donos los más de 300 euros que supone el Japan Rail si quieres via­jar en tren por el resto del país, algo que sí hice la vez ante­ri­or, nos liamos la man­ta a la cabeza… y para allá que nos fuimos. Esto me per­mi­tiría volver a recor­rer con tran­quil­i­dad algunos de los rin­cones tokio­tas que más me gus­taron en mi primer via­je y de paso aprovechar para ver algunos que se me quedaron pen­di­entes. Y es que esta macro­ci­u­dad de 30 mil­lones de habi­tantes, la más grande del mun­do, da tan­to de sí y tiene tan­to para ofre­cer y dis­fru­tar que nos com­pens­a­ba hac­er­nos tan­tos kilómet­ros para poder degus­tar­la con cal­ma y sin prisas.

Como comen­to, los vue­los nos salieron bas­tante bien pese a reser­var­los con sólo tres meses de antelación: poco menos de 600 euros, la ida volan­do con Ali­talia y hacien­do escala en Roma, la vuelta regre­san­do con Air France con para­da en París. Hay que añadir que tam­bién te ahor­ras dinero con el tema visa­do, ya que si vas a Japón menos de 90 días no lo nece­si­tas, y que en gen­er­al para moverse, com­er y com­pras Tokio resul­ta una ciu­dad bas­tante bara­ta si sabes mon­tárte­lo.

En nue­stro caso, con­tábamos con la ven­ta­ja de que al ya cono­cer yo Tokio, llevábamos ya mucho ade­lan­ta­do en cuestión de ahor­rarnos tiem­po para las vis­i­tas, ya que la ciu­dad cuan­do vas de nuevas puede dar la impre­sión de ser algo liosa, y de dinero al con­tro­lar ya muchos truquil­los de la vez ante­ri­or.

Cómo ir desde el aeropuerto a la ciudad

Ir des­de el aerop­uer­to de Nari­ta a Tokio puede salirte bas­tante bara­to aunque no vayas con el Japan Rail Pass. Tienes varias opciones en lo que a tren / bus se refiere; la vez ante­ri­or cometí la equiv­o­cación de tomar el Nari­ta Express, que me sal­ió bas­tante más caro. Así que esta vez lo que hici­mos fue coger la Kei­sei Main Line, que es un tren de cer­canías que en una hora y diez min­u­tos te deja en Nip­pori o Ueno. Ojo, la Kei­sei tiene otras opciones más caras como el Sky­lin­er (que, en real­i­dad, sólo tar­da veinte min­u­tos menos y cues­ta más del doble). Yo os recomien­do el trayec­to más económi­co de la Kei­sei, la Kei­sei Main Line, los trenes salen con bas­tante asiduidad (aprox­i­mada­mente unos tres por hora) y sólo cues­ta 1000 yenes, unos siete euros al cam­bio. Es cier­to que va hacien­do varias paradas pero ya os digo que el tiem­po que tar­das en líneas más caras es muy sim­i­lar. Eso sí, tened en cuen­ta que hay que hac­er tras­bor­do en la estación de Aoto para ir a Nip­pori: que os lo especi­fiquen a la hora de com­prar el billete.Los que tra­ba­jan allí son muy amables, la chi­ca que nos atendió inclu­so nos dio ya un bil­lete que incluía el tick­et de metro des­de Nip­pori has­ta Ike­bukuro, pre­cio final 1160 yenes.

Los asien­tos no son reser­va­dos pero no suele haber prob­le­mas para que cojáis plaza nada más lle­gar al aeropuerto,nosotros lo hici­mos todo in situ. Y un últi­mo con­se­jo: en el plano de metro no vienen especi­fi­cadas en la línea Kei­sei todas las esta­ciones por las que va pasan­do, os lo digo para que estéis pen­di­entes a la hora de lle­gar a Aoto y hac­er el cor­re­spon­di­ente cam­bio de tren. Y si os liais, pre­gun­tad. Los japone­ses son muy amables y aunque no sep­an inglés la may­oría, en cuan­to les digais Aoto, os dirán donde tenéis que bajaros. De todas for­mas, el metro de Tokio, pese a lo grandísi­mo que es, está muy bien señal­iza­do, no es difí­cil ori­en­tarse.


 

A la hora de reser­var los bil­letes, una cosa que tuvi­mos en cuen­ta es que tam­bién nos cuadraran los horar­ios para no perder un par de días. De esta man­era, llegábamos a Tokio a las siete de la mañana y a la vuelta regresábamos a las diez de la noche, lo que nos con­cedía dos días extras al via­je.


 

Alojamiento

Nue­stro alo­jamien­to volvía ser el Hotel Saku­ra Ike­bukuro. Como os comen­té en mi otro blog de Tokio, fue una inmejorable elec­ción en el primer via­je y me gustó tan­to que decidi­mos repe­tir. Nos volvió a salir baratísi­mo (55 euros la doble, se paga la estancia com­ple­ta nada más lle­gar) y tienes enfrente una cafetería del pro­pio hotel bien molona, abier­ta las 24 horas y donde sir­ven comi­das de todo el mun­do en hom­e­na­je a la mul­ti­cul­tur­al­i­dad de los hués­pedes: cous­cous, gum­bo, limon­a­da egip­cia… lo mejor sus choco­lates calientes en cua­tro ver­tientes difer­entes (Mal­ta, Perú, Polo­nia y Colom­bia).

Por las mañanas aprovechábamos para desayu­nar allí ya que ofre­cen un desayuno buf­fet de tostadas, té o café y sopas difer­entes por sólo 2,40 euros. Las habita­ciones son pequeñi­tas pero muy limpias, con tele­visión, baño pri­va­do y wifi gra­tu­ito. La gente de recep­cion, ama­bilísi­ma; nos ayu­daron bas­tante para encon­trar algunos restau­rantes a los que queríamos ir (recor­dad que en Tokio las calles no tienen nombre),echándonos una mano con los mapas e inclu­so nos recomen­daron una tien­da de kimonos y yukatas muy bien de pre­cio (el kimono, con obi y todo,me sal­ió por poco más de 16 euros, una gan­ga). Eso sí, una recomendación:en la web del hotel os dan un mapi­ta que os indi­ca cómo ir des­de la estación de Ike­bukuro has­ta el Saku­ra. Yo os ofrez­co una alter­na­ti­va menos liosa: cuan­do lleguéis a la estación, bus­cad la sal­i­da oeste, la West Gate. Des­de allí, recorred un pasil­lo inmen­so (Ike­bukuro es grandísi­ma) has­ta que encon­tréis la sal­i­da C6. Según sal­gais, todo rec­to (os quedarán a la espal­da los grandes almacenes OiOi), andáis cin­co min­u­tos y cuan­do lleguéis a una droguería que hace esquina, giráis a la izquier­da, de nue­vo a la izquier­da y ya estáis en el hotel.


Cómo moverse en Tokio

Tema trans­porte en metro. Si como digo no llevas el Japan Rail Pass, lo más cómo­do es que te hagas con una tar­je­ta SUICA o una PASMO. Las dos valen para lo mis­mo: ahor­rarte el estar com­pran­do bil­letes cada vez que quieras hac­er un trayec­to, que es un coña­zo. No es que supon­gan un des­cuen­to en los tick­ets pero son comod­ísi­mas. Puedes recar­gar­las a par­tir de 1.000 yenes en las máquinas de las esta­ciones, cuan­do pasas por el torno la colo­cas en el lec­tor, a la sal­i­da lo mis­mo y te des­cuen­ta automáti­ca­mente el pre­cio del recor­ri­do, que sue­len ser unos 160 yenes, poco más de un euro (igual­i­to de pre­cio que el metro de Madrid ¿eh? luego se pre­gun­ta la Botel­la por qué les han dado a ellos las olimpiadas).

Cuan­do com­pras la tar­je­ta, dejas un depósi­to de 500 yenes (tienes otros 1500 ini­ciales para gas­tar) que te rein­te­gran cuan­do la devuelves. Ya os comen­to que es súper cómo­da y os per­mite uti­lizar por Tokio todas las líneas que oper­an, tan­to las estatales como las pri­vadas. En Tokio hay muchísi­mas líneas (Asakusa, Mita, Oedo, Marunouchi, Hibiya, Tozai, Hiy­o­da, Yuraku­cho, Han­zomon…) de las que puedes dispon­er pero, sobre todo, la Yaman­ote Line, una línea cir­cu­lar que pasa por los prin­ci­pales pun­tos de interés y que usareis con frecuencia.No os ago­b­iéis con moveros en metro: todas las esta­ciones se anun­cian en inglés y lle­gareis en un momen­to a cualquier sitio.


Parque Yoyogi

Como el primer día lleg­amos casi amanecien­do al hotel y el check-in no era has­ta las tres de la tarde, nos acer­camos a dejar las male­tas y nos fuimos direc­ta­mente al par­que Yoyo­gi, después de 18 horas de via­je y arras­tran­do el jet­lag cor­re­spon­di­ente. Pero oye, es que lle­gar a Japón te ench­u­fa todas las energías que hayas podi­do gas­tar en el vuelo,sobre todo si te reciben 16 gra­di­tos en pleno Diciem­bre y un sol de escán­da­lo. Hemos tenido una suerte espec­tac­u­lar con el tiem­po pese a, como la vez ante­ri­or, via­jar en invier­no. En todo el tiem­po que hemos esta­do allí no hemos vis­to ni una nube y las tem­per­at­uras fueron pri­mav­erales.

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Aprovechan­do que era domin­go, día que los tokio­tas se van a pasear por el Yoyo­gi y Hara­juku se encuen­tra en ple­na ebul­li­ción, reple­to de ado­les­centes que van de com­pras, decidi­mos gas­tar la primera mañana por la zona. El Yoyo­gi es un par­que enor­mísi­mo, con más de 120.000 árboles, que los fines de sem­ana se llena de vida (en invier­no abre has­ta las 17:00, mejor que vayas pron­to) y donde encon­trarás des­de famil­ias hacien­do pic­nic a gente prac­ti­can­do jog­ging, artes mar­ciales, bailar­ines y músi­cos e inclu­so podrás toparte con una boda japone­sa, como fue nue­stro caso. Yo ya las había pres­en­ci­a­do en mi primer via­je y la ver­dad, es una pre­ciosi­dad ver algu­na de ellas.

Aunque en Japón son cada vez más las pare­jas que con­traen mat­ri­mo­nio al esti­lo occi­den­tal (has­ta un 64% de las totales), aún hay muchas pare­jas que se casan del modo tradi­cional. Estas bodas por el rito sin­toista sue­len ser cer­e­mo­nias muy caras de orga­ni­zar, una media de 30.000 euros por enlace,y han de cel­e­brarse en un san­tu­ario o tem­p­lo Shin­to. Al encon­trarse en mitad del Yoyo­gi el pre­cioso tem­p­lo Mei­ji, en mi opinión uno de los más boni­tos de la ciu­dad, los domin­gos es habit­u­al que puedas encon­trarte con algu­na boda cele­brán­dose allí.

El mes en que más bodas se cel­e­bran suele ser Noviem­bre ya que para los japone­ses el 11 es un número de bue­na suerte. Las novias sue­len uti­lizar tres kimonos difer­entes, peina­dos muy elab­o­ra­dos con abalo­rios diver­sos (los kan­za­shi) y un gor­ro blan­co que equiv­ale al velo occi­den­tal, los hay de dos tipos, el wata­boshi y el tsunokakushi. Las cer­e­mo­nias sue­len durar sólo 20 min­u­tos, los novios emiten sus respec­tivos dis­cur­sos (¡pero nun­ca lle­gan a tocarse!) y después viene el ban­quete cor­re­spon­di­ente. Las famil­ias más con­ser­vado­ras aún hoy en día orga­ni­zan miais (lit­eral­mente “mirarse el uno al otro”), citas con­cer­tadas para bus­car mari­do o esposa. En Japón las mujeres de famil­ias tradi­cionales sue­len casarse muy jóvenes, sobre los 22 años, y muchos padres uti­lizan la figu­ra del nako­do, que suele ser un inter­me­di­ario (famil­iar o ami­go) entre las dos famil­ias.

Las bodas japone­sas son un cúmu­lo de tradi­ciones mile­nar­ias. La novia se pin­ta de blan­co de los pies a la cabeza como sím­bo­lo de su soltería y así demostrar su pureza a los dios­es. La boda se ini­cia con una pro­ce­sión como la que veis en estas fotos, encabeza­da por el sac­er­dote. Se real­iza entonces el rito del San San Kudo, donde los novios beben sake, se brin­da por los novios con sakazukis y se reza por su feli­ci­dad. Los novios, en vez de inter­cam­biar anil­los, uti­lizan un rosario japonés (el juzu) y cul­mi­nan la fies­ta con el Haru no Gui, lo equiv­a­lente a nue­stros ban­quetes.

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Volvien­do al san­tu­ario, el Mei­ji es uno de los tem­p­los más impor­tantes de todo Japón, imag­i­naos lo que supone para muchas pare­jas casarse aquí. Para lle­gar a él, lo más fácil es que cuan­do sal­gáis de la estación de Hara­juku, crucéis el puente de Jin­gu-Bashi y tiréis por la entra­da de la derecha, pre­si­di­da por una inmen­sa torii (las tori­is son las puer­tas que indi­can el paso del mun­do ter­re­nal al de las dei­dades). Lo cier­to es que hace años este puente esta­ba lleno de loli­tas y frikis dis­fraza­dos de los per­son­ajes más insól­i­tos pero ulti­ma­mente ha decai­do mucho el tema. De hecho, la otra vez estuve vien­do a las ban­das de rock­a­bil­ly que hacen sus com­peti­ciones de baile y esta vez iba con la idea de mostrárse­las a mi novio pero nada, ni ras­tro.

Como ya sabréis, el sin­toís­mo es la segun­da religión may­ori­taria en Japón tras el bud­is­mo japonés, ante­ri­or a la lle­ga­da del bud­is­mo y aún bien vigente en la actu­al­i­dad. El sin­toís­mo rinde cul­to a los kami, los espíri­tus de la nat­u­raleza, y en la may­oría de los casos a los ani­males, que son con­sid­er­a­dos men­sajeros de los dios­es (por este moti­vo se encuen­tran en muchos san­tu­ar­ios los koma-inu, los per­ros pro­tec­tores). En el sin­toís­mo no exis­ten escrit­uras sagradas, lo que impli­ca la ausen­cia de leyes morales reli­giosas impues­tas.

El san­tu­ario Mei­ji está en pie des­de 1920 y está con­sid­er­a­do por el gob­ier­no como uno de los tem­p­los kan­pei-taisha (los más sagra­dos de Japón). Aunque fue bom­bardea­do en la Segun­da Guer­ra Mundi­al (¡cuan­to daño hacen las guer­ras!), se recon­struyó a finales de los 50, con­ser­van­do el patrón orig­i­nal. Está ded­i­ca­do al emper­ador Mei­ji, el primer emper­ador del Japón mod­er­no, y su esposa Shoken. Se divide en dos recin­tos, el inte­ri­or (Naien), con el pro­pio san­tu­ario y un museo del tesoro,y el exte­ri­or (Gaien), con casi un cen­te­nar de murales y bar­riles de sake, los nihon­shu.

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Harajuku

Parece men­ti­ra que a tan sólo unos min­u­tos andan­do del Mei­ji Shrine pue­da encon­trarse uno un lugar tan difer­ente y tan bue­na mues­tra del Japón más extremo como es el dis­tri­to de Hara­juku. Los domin­gos se pone has­ta los topes de gente joven con las pin­tas más extrav­a­gantes, abren todas las tien­das y es un paraí­so para los que amamos ir de shop­ping. Y es que aunque la calle prin­ci­pal de las tien­das de ropa más chu­la no llegue al medio kilómetro, la Takeshi­ta Dori está pla­ga­da de tien­das con ropa guapísi­ma y a muy buenos pre­cios. Como la otra vez, me volví a venir car­ga­da de bol­sas y nos tocó hac­er mal­abares para poder cer­rar las male­tas. Pero es que hay que aprovechar ya que estás allí, tienen unos dis­eños súper originales,bastante difí­ciles de encon­trar fuera de Japón, y merece la pena lle­var algo de dinero extra para ren­o­var ves­tu­ario.

Los que vayan bus­can­do ropa que de una vuelta de tuer­ca más,les recomien­do que se pasen por Clos­et Child, una tien­da para loli­tas donde tienen vesti­dos que se escapan a cualquier idea pre­con­ce­bi­da (y tam­poco son caros, unos 40 euros). Tam­bién hay un mon­tón de tien­das de ropa de segun­da mano aunque sigo insistien­do en que en gen­er­al los pre­cios son tan buenos que merece la pena com­prar artícu­los nuevos (yo me tra­je zap­atos pre­ciosos por 12 euros el par y botas cur­radísi­mas que no lle­ga­ban a los 30). En cuan­to a los que vayan bus­can­do mar­cas caras, tienen muy cerqui­ta la aveni­da Omote­san­do, con­sid­er­a­da los Cam­pos Elíseos de Tokio, aquí los pre­cios sí que son des­or­bita­dos. Por cier­to, si quieres com­er por esta zona, nosotros nos meti­mos en uno de los pequeños calle­jones que salían de la Takeshi­ta y pag­amos por un bol enorme de ramen sólo 5 euros.

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Gastronomía japonesa

Ya que he men­ciona­do el ramen, vamos a hablar un poquito del tema gas­tronómi­co, ya que mucha gente va a Japón con la idea equiv­o­ca­da de que “allí sólo comen pesca­do crudo”. En casa somos muy fans de la comi­da japone­sa y la preparamos muy a menudo, por lo que para nosotros Japón supone el paraí­so a la hora de vis­i­tar restau­rantes. Son buenos, baratos y abun­dantes. ¡Huye de la comi­da occi­den­tal cuan­do pis­es sue­lo nipón!

Lo primero es que te defien­das con los ohashi, los palil­los, ya que en la may­oría de restau­rantes es difí­cil que encuen­tres cubier­tos. Aunque muchos menús estén en japonés, en las vit­ri­nas exte­ri­ores se sue­len pon­er répli­cas de cera de los platos, es tan sen­cil­lo como que le señales al camarero el pla­to que quieres y lis­to.

Tokio prob­a­ble­mente sea, con difer­en­cia, la ciu­dad del mun­do donde may­or trib­u­to se rinde a la comi­da, es un restau­rante detrás de otro. Los japone­ses son muy dados a com­er fuera de casa y la ofer­ta es apab­ul­lante. Como aquí, tam­bién existe el menú del día, que ellos cono­cen como teishoku, y que suele ron­dar entre los 800 y los 1000 yenes, entre 5 y 7 euros,me diréis qué menú del día encon­tris en Madrid por ese precio.Además, hay mul­ti­tud de restau­rantes que abren las 24 horas del día, aquí puedes com­er en el momen­to que te de la gana.

Yo os recomien­do que paséis algu­na vez a com­er en una iza­kaya, las taber­nas japone­sas. Siem­pre están llenas de oficin­istas que se acer­can a com­er en sus horas de des­can­so y son súper autén­ti­cas. Para mi gus­to, las mejores están en el bar­rio de Yuraku­cho, muy cerqui­ta del dis­tri­to de Gin­za. Date una vuelta por los aledaños de la estación, bajo las vías del tren, que está lleno de estos entrañables establec­imien­tos. Nosotros nos acer­camos allí exclu­si­va­mente a com­er y sal­imos encan­ta­dos.

Vamos a ir des­granan­do la comi­da japone­sa. Su pla­to más cono­ci­do a niv­el inter­na­cional, obvi­a­mente, es el sushi. Ya sabes, un mon­tonci­to de arroz avina­gra­do y semi­dulce que se puede com­bi­nar de difer­entes man­eras: atún, salmón, pulpo, eri­zo de mar… las opciones son inter­minables. Cuan­do están lia­dos en un alga mari­na (nori) se lla­man nori­ma­ki (maki sig­nifi­ca enr­rol­lar). Ojo que en Japón casi siem­pre se sir­ven con wasabi,esa pas­ta pican­tísi­ma verde sólo apta para valientes.

Te recomien­do encar­e­ci­da­mente que no te vayas de Tokio sin haber pasa­do por un Kait­en Sushi: son restau­rantes espe­cial­iza­dos en este pla­to con bar­ras cir­cu­lares tras la que cocineros (que más que cocineros son artis­tas) preparan el sushi a una veloci­dad ver­tig­i­nosa y tú vas eligien­do el que más te gus­ta. Nor­mal­mente cada pieza sale por entre 100 y 200 yenes,por lo que por 10 euros por cabeza puedes salir más que har­to. En muchos de estos establec­imien­tos tam­bién puedes degus­tar sashi­mi, pesca­do crudo cor­ta­do en lon­chas finísi­mas, una deli­cia para el pal­adar.

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La tem­pu­ra,otro pla­to famosísi­mo. Son fritos de pesca­do o ver­duras rebozados.Se suele acom­pañar de sopa de miso y un cuen­co de arroz blan­co (tam­bién hay restau­rantes espe­cial­iza­dos en tem­pu­ra).

Si hay algo que real­mente vuelve locos a los japone­ses (y a nosotros) son las sopas. Las hay de var­ios tipos:

- Ramen: sopa de fideos de tri­go de orí­genes chi­nos. Se pop­u­lar­izó en Japón a medi­a­dos de los 50, cuan­do empezó a com­er­cializarse como sopa instan­tánea. Se sirve en un bol con cal­do (los más bási­cos son el shoyu, de sal­sa de soja, y el de miso), para luego añadirle difer­entes ingre­di­entes como brotes de bam­bú, carne de cer­do, setas, brotes de soja…

- Udon: fideos mucho más grue­sos. Entre los más pop­u­lares, el care-udon (cur­ry), wakame-udon (algas) y kit­sune-udon (pesca­do).

- Soba: otra var­iedad de fideos con muchas var­iedades como el tsuki­mi-soba (hue­vo crudo), zaru-soba (tiras frías de alga), yaki-soba (brotes de soja)…

A nosotros los “bares de fideos” son los que más nos gus­tan. Los hay por doquier y salen baratísi­mos (nor­mal­mente un bol grandísi­mo sale entre 400 y 900 yenes). Gen­eral­mente en la puer­ta hay una máquina donde eliges el pla­to, echas el dinero y le das al camarero el tick­et, en dos min­u­tos te lo están sirvien­do. Tam­bién hay muchos puestos calle­jeros, los yatai, donde te sir­ven un buen pla­to de ramen por muy poco dinero.

Difer­entes tipos de bro­chetas:

- Kushiya­ki: bro­chetas al grill.

-Yak­i­tori: de pol­lo (los mejores locales se encuen­tran cer­ca del mer­ca­do de Ameyayoko­cho).

- Kushi­age: bro­chetas rebozadas.

Gyozas

Pla­to tam­bién de orí­gen chi­no, son empanadil­las de carne o ver­duras, muy pop­u­lares en las iza­kayas, se sue­len servir en platos de media doce­na como acom­pañante. En las iza­kaya tam­bién es muy habit­u­al com­er omu­raisu, una especie de tor­tilla france­sa rel­lena de ver­duras.

Takoy­a­ki: boli­tas de pulpo coci­do y asa­do a la plan­cha.

Mishosiru (sopa de miso). ¡Qué bien entra calen­ti­ta en invier­no! Es muy bási­ca pero muy sabrosa, se com­pone de dashi (cal­do de pesca­do) y el miso (pas­ta de soja), se suele acom­pañar con tofu en dadi­tos.

Oni­giri: bolas de arroz rel­lenas de pesca­do y envueltas en algas.

Seguimos con el tema de restau­rantes porque antes de ir, estu­vi­mos oje­an­do algunos restau­rantes temáti­cos para ir a cenar, que los japone­ses se fli­pan mucho con estas cosas y lo hacen todo a lo grande.

Lo bueno es que dos de los que miramos se encon­tra­ban en el bar­rio de nue­stro hotel, Ike­bukuro, por lo que nos vinieron de lujo para ir a cenar después de todo el día pate­an­do. Lo cier­to es que para lo cur­ra­dos que esta­ban y los espec­tácu­los que se mon­tan, tam­poco nos salieron nada caras las cenas, unos 30 euros por per­sona, mere­ció un mon­tón la pena.

El primero al que fuimos es Alice In An Old Cas­tle, un restau­rante inspi­ra­do en Ali­cia en el País de Las Mar­avil­las. La dec­o­ración es una autén­ti­ca pre­ciosi­dad, con corti­nas de ter­ciope­lo y lám­paras gigan­tescas, las camar­eras no sólo van dis­frazadas de Ali­cia sino que te can­tan mien­tras te sir­ven y los platos, como veis, están inspi­ra­dos en los per­son­ajes del libro.

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El segun­do de ellos es el restau­rante Lock Up, que sim­u­la una prisión y está cur­radísi­mo. Ya la entra­da da autén­ti­co pavor porque es un pasil­lo oscurísi­mo rol­lo el Pasaje del Ter­ror. Nada más lle­gar, una camar­era vesti­da de mujer policía te esposa y te lle­van a tu cel­da, está guay porque cenas en un reser­va­do para vosotros solos. A mitad de cena, se apa­gan las luces y comien­zan a apare­cer pre­sos dis­fraza­dos asu­s­tan­do a los comen­sales, la ver­dad que mon­tan un show diver­tidísi­mo. Y como digo, bas­tante bien de pre­cio, cena con postres y dos cock­tails cada uno, 27 euros por per­sona.


Barrio de Ikebukuro

Hablan­do de Ike­bukuro, este no es un bar­rio que destaque por sus atrac­tivos cul­tur­ales pero nos encan­ta alo­jarnos allí porque sin lugar a dudas es una bue­na mues­tra de lo que supone el Japón más mod­er­no y futur­ista. Es un cúmu­lo bru­tal de cen­tros com­er­ciales (Par­co, Sebu, Tobu, Loft, plan­tas y más plan­tas de tien­das), el Sun­shine 60, un ras­ca­cie­los de 240 met­ros que fue durante años el edi­fi­cio más alto de Asia, y cien­tos de restau­rantes y locales de karaoke, el pasatiem­po favorito de los japone­ses jun­to al pachinko.

En Otome Road se encuen­tra el que se conoce como “Aki­habara para chi­cas”,con tien­das espe­cial­izadas en man­ga yoi (comics y videos de sexo entre hom­bres). A las japone­sas les pone un mon­tón ver rela­ciones entre homo­sex­u­ales y se han empeza­do a abrir aquí los primeros maid cafe para chi­cas, con camareros como sirvientes.La tien­da más impor­tante de este tipo es la Ani­mate.

Toda esta zona se encuen­tra en la parte este de Ike­bukuro; nue­stro hotel esta­ba en la zona oeste, mucho más tran­quila y agrad­able para pasear por las noches. Por cier­to, cer­ca de la sal­i­da oeste no os perdáis la curiosa Fukurou Koban, las cab­i­nas de policía, tipo comis­aría, pero inspi­radas en el man­ga ¡molan un mon­tón!

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Centro de Tokio

Seguimos con las vis­i­tas para irnos al area más cono­ci­da de Tokio, Chiy­o­da o lo que es lo mis­mo, el cen­tro de la ciu­dad. Para lle­gar has­ta aquí nos vamos a ir has­ta la estación de Tokyo, la may­or de la ciu­dad y pun­to de sal­i­da de los shinkasen, los trenes bala. Por aquí cir­cu­lan diari­a­mente más de tres mil trenes, imag­i­naos entonces su mag­ni­tud. Inau­gu­ra­da en 1914, resalta entre la arqui­tec­tura tokio­ta ya que su dis­eño está inspi­ra­do en la Estación de Ams­ter­dam, te parece estar en Europa.

Si nos hemos venido has­ta aquí es para vis­i­tar los pre­ciosos jar­dines del Pala­cio Impe­r­i­al, la res­i­den­cia de la famil­ia real japone­sa. Aunque el pala­cio y los jar­dines inte­ri­ores no están abier­tos al públi­co, la entra­da a los jar­dines es total­mente gra­tui­ta y es una visi­ta ine­ludi­ble.

El Pala­cio Impe­r­i­al, el Kokyo, está rodea­do por mural­las y fos­os llenos de cisnes; si tienes la suerte de, como nos ocur­rió a nosotros, recor­rerlo un día solea­do, te vas a topar con una estam­pa mag­ní­fi­ca. Su ima­gen más cono­ci­da es la del puente Nijubashi, por donde se accede a los jar­dines, es de autén­ti­co cuen­to.

Antigua­mente aquí se ubi­ca­ba el Castil­lo de Edo, la res­i­den­cia pre­via de los emper­adores y de la que ya sólo quedan unas cuan­tas piedras y algu­nas tor­res. En la actu­al­i­dad la úni­ca zona acce­si­ble para los vis­i­tantes es el Kokyo Higashi Gyoen, los Jar­dines del Este, que bien se mere­cen un paseo de un par de horas. A estos se accede por la Puer­ta de Ote-mon,jun­to a la que se encuen­tra una sala de artes mar­ciales.

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Las tor­res mejor con­ser­vadas son de esti­lo Fuji­mi-yagu­ra y se encuen­tran en la zona norte del jardin. En un prin­ci­pio esta­ban ded­i­cadas a la defen­sa impe­r­i­al pero hoy en día su fun­ción es mera­mente dec­o­ra­ti­va. Antigua­mente, con sus 58 met­ros, una de estas tor­res era la más alta de todo Japón pero la destruyó un incen­dio y nun­ca fue recon­stru­i­da. Se decía que el Castil­lo de Edo podía equipararse a la Ciu­dad Pro­hibi­da de Pekin: es una pena que de aquel megarecin­to no quede prac­ti­ca­mente nada, aunque como comen­to, los jar­dines son ver­dadera­mente boni­tos.

Del Pala­cio nos fuimos dan­do un paseo a otra visi­ta que me quedó pen­di­ente la primera vez, la de míti­co Nip­pon Budokan, donde han toca­do algu­nas de las ban­das más impor­tantes del mun­do y se han graba­do mul­ti­tud de dis­cos en direc­to, quizás el más famoso el Made in Japan de Deep Pur­ple. Con una capaci­dad de 14.000 espec­ta­dores, se con­struyó en 1964 para las com­peti­ciones de judo de las Olimpiadas de ese mis­mo año y pos­te­ri­or­mente se con­vir­tió en el recin­to más famoso de Japón para espec­tácu­los de toda índole y cada 15 de Agos­to acoge las cer­e­mo­nias con­mem­o­ra­ti­vas en hom­e­na­je a los japone­ses fal­l­e­ci­dos en la Segun­da Guer­ra Mundi­al, a la que asis­ten siem­pre el primer min­istro y el emper­ador.

Ya que andábamos por esta zona, aprovechamos para acer­carnos al san­tu­ario Yasuku­ni, que fue otra de las vis­i­tas pen­di­entes en mi primer via­je. Este es uno de los tem­p­los más polémi­cos de Tokio ya que se erigió tras la guer­ra civ­il japone­sa, la Boshin, que tuvo lugar entre los par­tidar­ios del gob­ier­no Toku­gawa y los par­tidar­ios de la devolu­ción del poder al emper­ador. Una vez ter­mi­na­do el con­flic­to se lev­an­tó el san­tu­ario para hon­rar el espíritu de los fal­l­e­ci­dos en com­bate pero solo a los ganadores ya que a los par­tidar­ios de Toku­gawa se les con­sidero ene­mi­gos del emper­ador. Curiosamente,es uno de los pocos tem­p­los pri­va­dos de Tokio y uno de los poquísi­mos en los que ondea la ban­dera japone­sa. Ape­nas hay vis­i­tantes extran­jeros ya que es un lugar que suele pasar desapercibido para los tur­is­tas y quizás ello es lo que le otor­ga un may­or encan­to.

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Akihabara

El paraí­so de la elec­tróni­ca. Ya os con­té en mi ante­ri­or via­je a Japón que yo soy poco devota de las maquini­tas pero por un lado, sien­do mi chico infor­máti­co elec­tróni­co, debíamos vis­i­tar­lo sí o sí. Y además, que Akihabara,como bar­rio en sí es una autén­ti­ca pasa­da. A niv­el visu­al es impac­tante, con los edi­fi­cios pla­ga­dos de pan­tallas, carte­les y luces de neón, así que impre­scindible que guardes algu­na mañana para darte una vuelta por aquí.

Nosotros al final no com­pramos nada porque para bien o para mal, ya ten­emos todos los aparatos que nos hacen fal­ta pero por ejem­p­lo, los Ipads esta­ban bas­tante más baratos que en España y hay un mon­ton­a­zo de tien­das de pro­duc­tos de segun­da mano.

El cen­tro com­er­cial ded­i­ca­do a la elec­tróni­ca más grande del mun­do se encuen­tra aquí, como no, el Yodobashi Aki­ba,nueve plan­tas nada menos. Esta zona tam­bién hará las deli­cias de los amantes de los comics. Desta­can el Ani­mate (ocho plan­tas ded­i­cadas al man­ga y video­jue­gos), la Com­ic Toranoana,la mejor tien­da de Aki­habara en lo que respec­ta a comics dou­jin­shi, Super Pota­to (ded­i­ca­da a los video­jue­gos de los 80) y el Pop Life Depart­ment, un sex shop mas­todón­ti­co donde encon­trarás los juguetes sex­u­ales más rebus­ca­dos que puedas imag­i­narte. Por cierto,en algunos sex shops en las plan­tas ded­i­cadas a hom­bres se veta la entra­da a las mujeres, supon­go que para que más de una no se lleve las manos a la cabeza. Te recomien­do tam­bién que te pas­es por los almacenes Don Qui­jote (Don­ki Hote), donde tienen un mon­tón de freakadas que podrás lle­varte de recuer­do.

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Templo Sensjo-ji de Asakusa

Cualquier visi­ta a Tokio estaría incom­ple­ta si no fuéramos a Asakusa a ver el tem­p­lo Sen­so-ji. Como ya me extendí un mon­tón habland­oos de él en mi otro blog de Tokio, vayan uni­ca­mente unas fotos ilus­tra­ti­vas. Te sigo recor­dan­do que la Nakamise Street, esa aveni­da reple­ta de tien­decitas que va des­de la Puer­ta del Trueno has­ta el tem­p­lo, es uno de los mejores lugares de Tokio para hac­erte con sou­venirs.

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Jardines Hamarikyu

Como en Asakusa gastareis bási­ca­mente un par de horas, os recomien­do que hagais un crucero en bar­co por el río Sum­i­da-gawa porque es toda una expe­ri­en­cia. Según sal­gas del tem­p­lo, gira a la izquier­da y en unos diez min­u­tos lle­garás al muelle de la Tokyo Cruise Lines. El trayec­to cues­ta 720 yenes y te recomien­do que en vez de lle­gar has­ta el final, al muelle Han­ode, te bajes antes en los pre­ciosos jar­dines Hamarikyu, para mi gus­to unos de los más boni­tos de Tokio. Comén­ta­lo al adquirir el tick­et del bar­co ya que te cobrarán 300 yenes más por la entra­da al par­que pero merece un mon­tón la pena. Podrás ir admi­ran­do la can­ti­dad de puentes, todos difer­entes, que atraviesan el río: el Azum­abashi, Koma­gatabahi, Umayabashi, Kura­mae­bashi, Fly­o­gokubashi…

Los Jar­dines Hamarikyu fueron con­stru­i­dos durante el peri­o­do Edo hace 300 años,en un prin­ci­pio como res­i­den­cia de los señores feu­dales (eran la res­i­den­cia de ver­a­no de la famil­ia Toku­gawa y más tarde los jar­dines donde iba a rela­jarse el emper­ador Mei­ji) pero pos­te­ri­or­mente se abrieron para el públi­co en gen­er­al. En esta época de año está real­mente pre­cioso y es que el otoño le da a los árboles de Tokio unos col­ores ver­dadera­mente mági­cos. Si no vas en bar­co, puedes acced­er a ellos cam­i­nan­do diez min­u­tos des­de la estación de Shim­bashi. Cal­cu­la una hora larga para recor­rer­los con tran­quil­i­dad.

Antigua­mente la aris­toc­ra­cia japone­sa venía aquí a cazar patos; hoy en día los patos per­du­ran sin nadie que les ame­n­ace y aún se sigue real­izan­do la cer­e­mo­nia del té en una pequeña isla den­tro del par­que.

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Un detalle que me encan­ta de los japone­ses: el uso de mas­car­il­las cuan­do tienen la gripe para no andar lan­zan­do micro­bios a die­stro y siniestro.A esto se le lla­ma pen­sar en el próji­mo. Muchos de ellos tam­bién lo usan por el kafun­shou, la aler­gia al polen, aunque la época en la que hemos via­ja­do nosotros su uti­lización responde más a lo que os comenta­ba antes, no con­ta­giar los catar­ros.

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La isla de Odaiba

Más vis­i­tas que tenía pen­di­ente: Odai­ba. Esta isla arti­fi­cial la recor­rí en monor­rail en mi primer via­je pero como íbamos apre­tadas de tiem­po no nos bajamos a pasear por ella. Así que en esta ocasión no quería perdérnosla. Para vis­i­tar­la has de ir has­ta el sur de Tokio,a la estación de Shiodome,y allí coger la Yurikamome Line, es decir, el monor­rail (sir­ven las tar­je­tas Suica y Pas­mo y es un tren que va sin con­duc­tor). Lo mejor es que te bajes en la para­da de Dai­ba y des­de allí ya te dediques a recor­rer la isla. Las vis­tas del sky­line de Tokio son impac­tantes.

Basi­ca­mente es una isla donde pre­dom­i­nan los cen­tros com­er­ciales gigan­tescos. Los más impor­tantes son el Decks Tokyo Beach (en la sex­ta plan­ta está Lit­tle Hong Kong, una recon­struc­ción de una calle de Hong Kong), Sega Joy­po­lis, un par­que temáti­co de real­i­dad vir­tu­al (entra­da 500 yenes), Palette Town, con el Venus Fort, un cen­tro com­er­cial de esti­lo rena­cen­tista, la Daikan­rasha Fer­ris Wheel, una noria de 115 met­ros de altura, Megaweb (una sala de exhibi­ción de Toyota),y el AquaCi­ty, que fue donde nosotros aprovechamos para hac­er una para­da para com­er.

Este de aquí aba­jo es el futur­ista Fuji TV Build­ing, el cuar­tel gen­er­al del canal Fuji TV, dis­eña­do por Ken­zo Tange. La entra­da es gra­tui­ta y hay una platafor­ma de obser­vación en la esfera del piso 25 (la entra­da ahí sí cues­ta 500 yenes).

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¡Qué ganas tenía de fotografi­arme con la estat­ua de Gun­dam! 18 met­ros de altura nada más y nada menos. Gun­dam es una serie de ani­mación famosísi­ma en Japon (se emite hace tres décadas) y aunque en un prin­ci­pio la estat­ua se con­struyó de un modo “tem­po­ral”, su aceptación fue tal que acabó quedán­dose al lado del cen­tro com­er­cial DiverCi­ty. Entend­edme: ¡de pequeñi­ta mis dibu­jos ani­ma­dos favoritos eran los de Mazinger Z!

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Y sí, aunque cueste creer­lo esta­mos en Tokio, no en Nue­va York. Y es que en Tokio tam­bién hay una Estat­ua de la Lib­er­tad, aunque curiosa­mente no es una copia de la amer­i­cana sino de la france­sa (ya sabéis que Tokio tam­bién cuen­ta con su par­tic­u­lar Torre Eif­fel, la Torre de Tokio).

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Parque de Ueno

Ueno es otro de los grandes par­ques de Tokio. La primera vez que lo vis­ité me pare­ció de una belleza apab­ul­lante, en parte por los pre­ciosos tem­p­los que acoge, y aprovechamos el buen tiem­po para ir a pasear otra de las tardes. Aquí se encuen­tran además var­ios museos (el Museo Nacional de Tokio, el de Arte y el de Cien­cias). Los tem­p­los más impor­tantes son el Kanei­ji, el Kiy­omizu Kan­non y el Toshogu.

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Ya que estábamos en Ueno,aprovechamos para dar una vuelta al anochecer por el mer­ca­do de Ameyoko, ya que en el via­je ante­ri­or me había venido car­ga­da de com­pras. Esta vez,sin embar­go, no encon­tré las gan­gas que en Takeshi­ta Dori pero bueno, me vino guay para mostrar­le a mi chico uno de los mer­cadil­los más autén­ti­cos de Tokio, donde puedes com­prar pesca­do fres­co por cua­tro duros. Es un lugar que te recomien­do no dejes de vis­i­tar porque tiene mucha vidil­la.

Barrio de Shimokitazawa

Hablan­do de com­pras, un bar­rio al que ape­nas se acer­can los extran­jeros y que, sin embar­go, está lleno de tien­das con autén­ti­cas gan­gas y mucha segun­da mano es el bar­rio de Shimok­i­taza­wa. Para lle­gar has­ta aquí tienes que coger en Shin­juku la Odakyu Line. Está lleno de calle­jue­las con tien­decitas de todo tipo (sobre todo ropa),a nosotros nos gustó un mon­tón porque es donde vienen a com­prar los japone­ses y es un bar­rio que se sale total­mente de los cir­cuitos turís­ti­cos.

Ochanomizu: el paraíso del rock n’ roll

Y seguimos con las com­pras. Y es que los fans de la músi­ca tenéis una visi­ta indis­pens­able: Ochan­o­mizu. Por dos motivos. Uno que puedes encon­trarte tien­das de dis­cos de segun­da mano de volverte com­ple­ta­mente loco. Nosotros encon­tramos un mon­tón de Cd’s descat­a­lo­ga­dos a pre­cios irriso­rios de uno y dos euros la unidad. Mi novio ya no sabía donde car­gar con tan­ta bol­sa (hice como en Cal­i­for­nia, tirar las cajas y traer­nos solo los Cd’s y los libre­tos, entre los dos nos tra­ji­mos cer­ca de cien dis­cos). Pero Ochan­o­mizu tam­bién es famoso por ser el bar­rio donde se agru­pan las tien­das de instru­men­tos en la Ochan­o­mizu Music Instru­ment Avenue, una calle de medio kilómetro ¡donde todo, abso­lu­ta­mente todo, gira en torno a la músi­ca!

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Si vienes a esta zona,te acon­se­jo que andes un ratin y te des una vuelta por el bar­rio de Kan­da, que es otro de los bar­rios “igno­ra­dos” de Tokio y tiene rin­cones ver­dadera­mente espe­ciales, como la igle­sia de San Nicolás, la Niko­lai-do (sí, en Japón tam­bién se pueden encon­trar igle­sias orto­doxas).

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Este de aquí abajo,también en Kan­da, es el tem­p­lo de Yushi­ma Sei­do, ded­i­ca­do a Con­fu­cio

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Shin-Okubo: el barrio coreano

Otro de los bar­rios “mar­gin­a­dos” por los tur­is­tas en Tokio es el bar­rio core­ano, Shin-Okubo. Fuera de Corea, es el Korea Town más grande del mun­do y, sin embar­go, pasa total­mente desapercibido para los vis­i­tantes. Aunque ha car­ga­do siem­pre con la fama de peli­groso, yo creo que esto responde más a ren­cil­las entre japone­ses y core­anos que a la real­i­dad pura y dura, nosotros estu­vi­mos dan­do una vuelta por la noche sin ningún tipo de prob­le­ma.

Se encuen­tra no muy lejos de Shin­juku (a la que ire­mos aho­ra) y aunque no ten­ga mon­u­men­tos destaca­bles, si quieres sen­tir la autén­ti­ca “kore­an life”,con restau­rantes que ofre­cen yakiniku (carne a la par­ril­la), tien­das donde venden dis­cos de K‑Pop (el pop core­ano), libr­erías y super­me­r­ca­dos core­anos, piérdete por Shin-Okubo un par de horas. A mí me pare­ció un lugar la mar de curioso.

Shinjuku y Shibuya

Y sí, nos vamos ya a Shin­juku, aunque debo recono­cer que como ya lo conocía de la otra vez, en esta ocasión no fuimos a Kabuchiko, el bar­rio rojo, ni al Gold­en Gai; prefe­r­i­mos sac­ri­ficar sitios que ya conocía para ir a ver un par de tien­das de dis­cos que nos habían recomen­da­do, dar una vuelta entre las luces de neón y calle­jear por Omoide Yoko­cho, que nos pìl­la­ba a un paso de las tien­das.

El tiem­po que le resta­mos a Shin­juku lo cier­to es que le sumamos a Shibuya. Es ver­dad que depen­di­en­do de a qué horas puede resul­tar algo ago­b­iante de la can­ti­dad de gente que hay allí (¡ese cruce míti­co!) pero es un bar­rio con un mon­tón de cosas intere­santes. Y a niv­el com­er­cial ni te cuento.La úni­ca decep­ción fue com­pro­bar que habían cer­ra­do la HMV, la tien­da de dis­cos más impor­tante de Tokio que sin embar­go sí vis­ité hace 4 años y que aho­ra ya sólo vende por correo. Una lás­ti­ma aunque a cam­bio nos pasamos por la Tow­er Records, que sigue tenien­do un intere­sante fon­do de catál­o­go (aunque sigo insistien­do que en Tokio lo que intere­san son las tien­das de dis­cos usados).Pero todo lo demás sigue igual. Calles con dece­nas de ras­ca­cie­los donde la gente va a com­prar (los reyes siguen sien­do los almacenes 109). Por cier­to, si eres man­i­tas, no dejes de pasarte por Tokyu Hands, donde tienen miles de artícu­los para el brico­la­je.

La estat­ua de Hachiko,el per­ro fiel que esperó a su amo durante más de diez años en Shibuya, sigue sien­do pun­to de encuen­tro para los jóvenes tokio­tas. Pre­cisa­mente durante nue­stro via­je se cel­e­bra­ba una exposi­ción con­mem­o­ran­do los 90 años de su nacimien­to. Los japone­ses le quieren tan­to que inclu­so, como veis en la fotografía de ahí abajo,existen Hachiko bus­es.

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El Moai de Shibuya, otro mon­u­men­to emblemáti­co que rinde cul­to a los moais de la Poli­ne­sia. Fue don­a­do en 1980 por el pueblo de Niiji­ma

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La calle más famosa de Shibuya es Cen­ter Gai y es aquí donde se supone que nacen muchas nuevas ten­den­cias de moda japone­sa. Muy cerqui­ta está la Spain Zaka (la Col­i­na de España), un pequeño calle­jón que en la prác­ti­ca de español tiene más bien poco. Cerqui­ta tam­bién tienes el Non­bei Yoko­cho, un dis­tri­to lleno de bares minús­cu­los muy en la onda del Gold­en Gai, parece men­ti­ra que unas calle­jue­las así puedan estar escon­di­das entre los ras­ca­cie­los.

Nippori

Y vamos a ir ter­mi­nan­do nue­stro via­je en el que para mí es el bar­rio de Tokio que mejor guar­da la esen­cia del Japón feu­dal, el pre­cioso bar­rio de Nip­pori. Fue uno de los que más me gustó en mi primer via­je y esta­ba dese­an­do volver a pasear por sus tran­quilísi­mas calles, muchas de ellas peatonales.

Lo mejor es que comiences el recor­ri­do por el cemente­rio de Yana­ka, que se encuen­tra muy cerqui­ta de la sal­i­da sur de la estación de tren (según sales, sube la cues­ta que que­da a tu izquier­da). El Yana­ka Reien es un cemente­rio bas­tante atípi­co, inclu­so com­para­do con otros cemente­rios japone­ses. Es gigan­tesco y se ubi­ca en los ter­renos de un antiguo tem­p­lo: puedes pasarte horas pase­an­do por sus entrañas.

La entra­da, obvi­a­mente, es gra­tui­ta. Una de las vis­i­tas más reseñables es la del tem­p­lo Ten­no­ji, con­stru­i­do en 1274 y con una boni­ta estat­ua de Buda (hay una pla­ca que especi­fi­ca que fue traslada­da de su ubi­cación original).Tuvimos un mon­tón de suerte porque cuan­do fuimos a vis­i­tar­lo estábamos com­ple­ta­mente solos.

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Cuan­do acabes la visi­ta en Yanaka,regresa a la estación y des­de allí enfi­la hacia la Yana­ka Gin­za, una calle llena de tien­decitas de bar­rio (pescaderías, fruterías…) Este bar­rio res­i­den­cial, con sus viejecitos hacien­do la com­pra, prob­a­ble­mente sea, insis­to, uno de los más entrañables de Tokio y con seguri­dad la mejor des­pe­di­da para un país al que,si nos astros son prop­i­cios, volver­e­mos por ter­cera vez el año próx­i­mo. ¡Ari­ga­to Japan!

 


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