Viaje a Essaouira

Me encan­ta Essaouira. Den­tro del caos que puede supon­er Mar­rue­cos, sobre todo en ciu­dades medi­ana­mente grandes donde el trá­fi­co (de coches y per­sonas) es caóti­co, Essaouira supone una bocana­da de aire fres­co. En mi opinión tiene el tamaño ide­al (70.000 habi­tantes), ni demasi­a­do grande ni demasi­a­do chi­ca, pero es quizás su car­ac­ter marinero,tan pre­sente en todos los rin­cones de la ciu­dad, lo que le da ese ambi­ente aún más tran­qui­lo, como si aquí el tiem­po se detu­viera y nos agar­ráramos gus­tosos al dicho favorito de los marroquíes…¡la prisa mata!

Essaouira tiene aerop­uer­to, sí, pero es bas­tante pequeñi­to, de hecho creo que opera allí sola­mente Roy­al Air Maroc y uni­ca­mente vue­los nacionales. Así que tienes varias for­mas de acced­er a la ciu­dad: fer­ry, tren o auto­bús. La opción más fácil y económi­ca es que vue­les has­ta Mar­rakech, que sí suele ten­er vue­los en ofer­ta, y des­de allí cojas un auto­bús has­ta Essaouira. Son sólo doce euros ida y vuelta y tres horas de via­je. Si te vas en el bus ofi­cial (la empre­sa CMT), te real­izan una para­da a mitad de trayec­to de quince min­u­tos. Que es lo mis­mo que nos prometieron a nosotros los de la empre­sa “no-ofi­cial” y en la prác­ti­ca, íbamos todos apiña­dos (nosotros al menos sen­ta­dos pero un mon­tón de mar­ro­quíes de pie…en un coche de línea) y el con­duc­tor para­ba cada vez que alguien le pega­ba un gri­to. El que gri­ta­ba se baja­ba y sub­ía a cam­bio uno que fuera pase­an­do por la calle. Así unas trein­ta y cin­co veces en tres horas. Por cier­to, que en el trayec­to Essaouira-Mar­rakech se da un curioso fenó­meno, el de las cabras que se suben a los árboles para com­erse el fru­to del argán, nosotros no tuvi­mos la suerte de ver­las porque era aún ver­a­no y supon­go que en esa época los árboles pocas hojas tenían pero la ima­gen es digna de acoplar­la al rela­to… Y ya que he men­ciona­do este árbol, no olvides com­prar aceite de argán, que es muy típi­co de esta zona. Es bas­tante más caro que el nor­mal pero tiene un mon­tón de propiedades ben­efi­ciosas para el organ­is­mo. Se uti­liza en ensal­adas, tajines o moja­do en pan, es ingre­di­ente prin­ci­pal de uno de los platos más típi­cos de la región (el amlou) y sigue elaborán­dose de man­era com­ple­ta­mente arte­sanal.

Sobra comen­tar que el trayec­to hacia la cos­ta estu­vo “ameniza­do” por el esta­do de la car­retera, con unos bach­es y unos hoyos que daban pavor, en una car­retera de ter­cera de doble sen­ti­do en la que impera la ley del más fuerte. Por cier­to, aquí os dejo una curiosa foto que tomé de un impro­visa­do par­tido de fút­bol que se mon­taron en la linde de la car­retera.

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Alo­jamien­to: reser­va­mos el Riad Chakir a razón de unos 45 euros la doble/por noche (sin desayuno, aunque aho­ra he ojea­do la web y he vis­to que ya sí lo incluyen… aún así, muy guay de pre­cio). Encan­ta­dor el sitio, la ver­dad. A sólo diez min­u­tos andan­do de la estación de auto­bus­es (por un euro hay chavales que se ofre­cen a lle­varte las male­tas en una car­retil­la, aquí todo el mun­do se bus­ca la vida como puede). Y enclava­do en el corazón de la med­i­na, escon­di­do en un calle­jón, pero a un tiro de piedra del puer­to, la playa… en fin, esa es otra de las ven­ta­jas de que Essaouira sea así de recogidi­ta. Que todo te pil­la cer­ca.

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Essaouira ha sido lla­ma­da de mil man­eras: “la bel­la dur­miente”, “la per­la del Atlán­ti­co”… En bere­ber se llam­a­ba Amog­dul (“la bien guarda­da”), en por­tugués Mog­du­ra, en español Mogadur y en francés Mogador. Pero lo más boni­to es su nom­bre real que viene del árabe “souirah” (her­mosa­mente traza­da). Este traza­do es obra del francés Théodore Cor­nut, que la con­vir­tió en una de las ciu­dades mejor dis­eñadas de todo Mar­rue­cos. Lo cier­to es que pese a que hoy en día Essaouira se encuen­tre en ple­na deca­den­cia económi­ca, ha sido a lo largo de la His­to­ria una de las ciu­dades más impor­tantes de toda Africa. Llegó a ser el quin­to puer­to más impor­tante del mun­do y era la puer­ta marí­ti­ma por la que se lle­ga­ba a Tombuc­tú. Los casi dos sig­los que los por­tugue­ses la ocu­paron y la lle­ga­da de riqueza gra­cias a fruc­tíferas com­er­ciales con Europa la entre­garon las mieles del éxi­to. Pero con el paso de los años, el puer­to de Casablan­ca le fue comien­do ter­reno y Essaouira quedó en el olvi­do.

Sin embar­go, ines­per­ada­mente, hace unos trein­ta años Essaouira comen­zó a recu­per­ar poco a poco el esplen­dor per­di­do. Sin haber­lo pre­tendi­do, se empezó a con­ver­tir en el lugar elegi­do por artis­tas (pin­tores, músi­cos, escritores) de todo el mun­do, lo que atra­jo a vivir allí a otros muchos aven­tureros que bus­ca­ban en Essaouira el encan­to de las tier­ras ori­en­tales. Además se incre­men­tó con­sid­er­able­mente la aflu­en­cia de sur­fis­tas debido a las condi­ciones cli­ma­tológ­i­cas, que sitúan a la ciu­dad ante un Atlán­ti­co abiertísi­mo (lo del vien­to allí es el doble que en Tar­i­fa, en la playa se te qued­a­ba enter­ra­da en are­na la toal­la en cosa de diez min­u­tos). Aho­ra, lo del vien­to lo pasas por alto cuan­do estás en esas playas, de las mejores que he vis­to nun­ca, anchísi­mas y lo que es mejor: casi desier­tas. De hecho, cuan­do estu­vi­mos no creo que fuéramos más de cin­cuen­ta, aparte de los que ofre­cen paseos playeros a cabal­lo o en camel­lo. Para los que os guste el surf, dirigíos a la playa de Sidi Kaoui, a diez kilómet­ros a las afueras, que es donde se con­siguen mejores olas. En cuan­to a lo de bañarte, lo dejo a tu elec­ción, pero qui­tan­do a los del wind­surf­ing, yo no ví a nadie meterse en el agua: la tem­per­atu­ra de esta no supera los 20º ni siquiera en ver­a­no. Quizás por ese moti­vo, afor­tu­nada­mente, Essaouira no se encuen­tra tan inva­di­da de tur­is­tas como su veci­na Agadir.

Essaouira es, ante todo, mar. Mar, mar y más mar. Su mun­do gira en torno al siem­pre bul­li­cioso puer­to, lleno de gri­tos y de gente. Un puer­to como los que ya pocos quedan, pequeñi­to, con botes de madera de col­or azul (¡para engañar a las sar­di­nas!), con redes y anclas, un autén­ti­co puer­to marinero como los de los cuen­tos. Es por tan­to impre­scindible que sea el primer lugar al que ven­gas tras dejar los bár­tu­los en la habitación. Por sólo diez dirhams (un euro) te per­miten la entra­da a la lon­ja (mejor ven entre las 15,00 y las 17,00, que es cuan­do hacen la sub­as­ta del pesca­do). Y ya aprove­chas y te quedas a com­er. En el pro­pio puer­to hay gente con par­ril­las que te prepara lo que com­pres, así que eliges la pieza y te la coci­nan en el momen­to. Más fres­co todo, imposi­ble. Nosotros sal­imos como a cin­co euros por per­sona, con ensal­adas, bebidas y varias raciones de pesca­do y marisco. Y no te cortes y regatea, que aquí se dis­cute el pre­cio has­ta por la comi­da.

Essaouira

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Por cier­to, esa foto que está ahí arri­ba, jus­to enci­ma de la que pre­cede al pár­rafo, es la famosa skala de Essaouira (Sqala de la Ville), un bastión (for­t­aleza) del siglo XVIII con una mural­la defen­si­va de 200 met­ros por la que aso­man un mon­tón de cañones (curiosa­mente, cañones españoles que los por­tugue­ses obtu­vieron como botín de guer­ra). Se puede vis­i­tar por den­tro (entra­da diez dirhams) y muchos aso­cia­rán su ima­gen a la pelícu­la “Ote­lo” de Orson Welles, ya que varias esce­nas fueron rodadas aquí. De hecho, hay una plaza en Essaouira ded­i­ca­da al direc­tor. Se encuen­tra al sud­este de la med­i­na y allí han erigi­do un bus­to de Wells sin nar­iz, ya que al pare­cer varias veces durante el roda­je perdió su nar­iz pos­ti­za. Des­de la Sqala, además, hay unas vis­tas mag­ní­fi­cas de las islas de Mogador (las islas Pur­pu­ri­na). Actual­mente estas pequeñas islas están aban­don­adas, aunque una mezqui­ta y una prisión recuer­dan lo que fueron sig­los atrás. Y es que por estas tier­ras has­ta pasó una bue­na tem­po­ra­da el archicono­ci­do Bar­bane­gra y se uti­lizó como puer­to expor­ta­dor de esclavos. La ciu­dad parece aún ema­nar esa ele­gan­cia de épocas pasadas y volvió a ser esce­nario de otro roda­je impor­tan­tísi­mo hace pocos años, el de “El reino de los cie­los”.

Vamos con la pre­ciosa med­i­na de Essaouira, declar­a­da Pat­ri­mo­nio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2001. Es un mag­ní­fi­co ejem­p­lo de con­struc­ción inspi­ra­da en la arqui­tec­tura del siglo XVIII. Sus calle­jue­las estre­chas, sus reco­dos imposi­bles, sus casitas azules y blan­cas, cafés y restau­rantes, tien­das de arte­sanía, niños jugan­do detrás de cada esquina… Además, la med­i­na de Essaouira es mucho más fácil de recor­rer que la de Fez o Mar­rakech porque es más pequeña, aquí es imposi­ble perderte. Pero lo que da aún más sen­sación de tran­quil­i­dad es que los vende­dores, ven­dan lo que ven­dan, no son cansi­nos ni te atosi­gan como en Mar­rakech; si quieres com­pras y si no, pues nada, y eso rela­ja un mon­tón a la hora de poder pasear sin pre­siones.

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Un lugar a reseñar den­tro de la med­i­na es el bar­rio judío (el Mel­lah, proviene de la pal­abra “sal”,ya que era un artícu­lo con el que los judíos com­er­cia­ban mucho), tam­bién Pat­ri­mo­nio de la Humanidad. Está situ­a­do en la parte norte y aunque hace medio siglo su impor­tan­cia era tal que aquí se agol­pa­ban nada menos que 32 sin­ga­gogas (hoy en día sólo per­manece una acti­va) y lle­garon a vivir aquí más de 17.000 judíos, a los que el sultán llegó a otor­gar el títu­lo de “com­er­ciantes reales”, la real­i­dad es que la may­oría se mar­charon a Israel tras la Segun­da Guer­ra Mundi­al y hoy el bar­rio se encuen­tra en un esta­do de semi­a­ban­dono.

Pub­li­ci­dad “mar­ro­quiniza­da”

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La fru­ta en la calle, baratísi­ma y de bue­na cal­i­dad

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En los zocos de Essaouira (el mejor, el zoco Jdid) se puede encon­trar prac­ti­ca­mente cualquier cosa (inclu­so hay uno de joyeros y antigüedades, la Joutia)

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Otra deli­cia que no puedes perderte en Essaouira: sus paste­les. Son sabrosísi­mos en cualquier lugar de Mar­rue­cos pero los de la pastel­ería Chez Driss (al final de la calle El Haj­jali, sobre la plaza Moulay Has­san) son los mejores que yo he proba­do en la vida. Lle­va un mon­tón de años abier­ta y te venden los paste­les al peso, para que te los puedas lle­var a cualquier cafetería ya que ellos no tienen ter­raza. Pre­cisa­mente en la plaza Moulay Has­san se encuen­tran las mejores cafeterías de la zona,así que ya sabes a donde debes diri­girte. Y como ates­tigua la fotografía, los paste­les de la calle tam­bién tienen una pin­ta estu­pen­da.

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Paseos por el otro gran bar­rio de Essaouira, la Kas­bah, el más antiguo de la ciu­dad y en el que vivían los diri­gentes más próx­i­mos al sultán (por cier­to, el pala­cio del sultán actual­mente se encuen­tra en ruinas). Cer­ca se encuen­tra la mezqui­ta de Sidi Ben Youssef, edi­fi­cio impo­nente de más de 2000 m², con un patio de más de 400 m² y una fuente para realizar las ablu­ciones. En el corazón de la Kas­bah, la sin­a­goga Simon Attias fue con­stru­i­da por el com­er­ciante del mis­mo nom­bre en el siglo XIX. Tiene más de 500 m² y un patio cen­tral que supera los 40. En los últi­mos años se han real­iza­do tra­ba­jos de restau­ración para poder con­tener el esta­do de dete­ri­oro en el que se encon­tra­ba.

Mural­las de la ciu­dad (que las amas de casa de Essaouira uti­lizan como tend­edero)

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No puedo ter­mi­nar este rela­to de “la ciu­dad de los vien­tos” sin hac­erme eco de la músi­ca Gnaoua, orig­i­nar­ia de los esclavos negros que el sultán traía de sus guerras.son además una cofradía reli­giosa en la que los ritos ani­mis­tas y paganos se unen a otros islámi­cos, for­man­do un con­jun­to de prác­ti­cas úni­co en Mar­rue­cos. Las cer­e­mo­nias se real­izan en la Lila (noche en árabe) y en ella los par­tic­i­pantes, a través del baile y el can­to, entran en trance. Durante una sem­ana entera y una vez al año, se real­iza un fes­ti­val de este género que atrae a via­jeros de todo el mun­do. Un moti­vo más para acer­carse a dis­fru­tar de una ciu­dad úni­ca en el ya de por sí fasci­nante país bere­ber.


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