Viaje a París

 

Cuan­do uno pien­sa en el trío de ciu­dades indis­pens­ables que ha de cono­cer algu­na vez en la vida cualquier via­jero que se pre­cie, siem­pre vienen a la mente tres nom­bres: Lon­dres, Roma y París. En espe­cial esta últi­ma: pese a que en los últi­mos años, sor­pren­den­te­mente, ha sido super­a­da en el rank­ing de “ciu­dad más vis­i­ta­da del mun­do” por Hong Kong o Bangkok (parece que los des­ti­nos asiáti­cos con­tinúan al alza), hemos de recor­dar que durante mucho tiem­po ha sido la ciu­dad más pop­u­lar de nue­stro plan­e­ta, alcan­zan­do algunos años la escalofri­ante cifra de 40 mil­lones de vis­i­tantes. Ni siquiera los aten­ta­dos ter­ror­is­tas del pasa­do noviem­bre con­sigu­ieron inyec­tar el miedo en los tur­is­tas: nadie quiere morirse sin haber pisa­do París algu­na vez.

Paris Viaje Consejos

En mi caso, y curiosa­mente pese a lo mucho que he via­ja­do, sólo había esta­do una vez hace muchísi­mo tiem­po, cuan­do tenía 17 años, por lo que tenía muchos recuer­dos algo difu­sos y la cuen­ta pen­di­ente de regre­sar algu­na vez. Me rond­a­ba además la duda de com­pro­bar si la cap­i­tal france­sa habría cam­bi­a­do demasi­a­do en estos 23 años de parén­te­sis o si podría decep­cion­arme este segun­do via­je por ten­er­la tan ide­al­iza­da ya que la record­a­ba como la ciu­dad más boni­ta que jamás había vis­to en Europa. Miedo me daba que me ocur­ri­era como a muchos japone­ses que sufren el “sín­drome de París”, una dolen­cia psi­co­somáti­ca que les ata­ca cuan­do vis­i­tan la ciu­dad después de haber­la ide­al­iza­do mucho tiem­po, imag­inán­dola como un lugar idíli­co y exager­ada­mente román­ti­co donde todo es per­fec­to, y dán­dose de bruces con la real­i­dad de los atas­cos de trá­fi­co y la suciedad en las calles. Sin embar­go, he de recono­cer que, por for­tu­na, a mí no me ocur­rió y en este segun­do via­je volví con la pla­cen­tera sen­sación de que París sigue sien­do, con sus pros y sus con­tras, la cap­i­tal más fasci­nante de todo el Viejo Con­ti­nente.

Aclara­do esto, me veo en la obligación de especi­ficar que cuan­do uno lle­ga a París, ha de hac­er­lo con las pilas de la pacien­cia bien car­gadas ya que, efec­ti­va­mente y al igual que en otros lugares como Roma o Vene­cia, hay rin­cones de la ciu­dad donde el trasiego de tur­is­tas lle­ga a resul­tar alta­mente asfixi­ante, en espe­cial en Mont­martre y los alrede­dores de la Torre Eif­fel. Es el pre­cio que has de pagar por recor­rer uno de los lugares más bel­los del mun­do; como tú, lo pien­san otros cuan­tos mil­lones de per­sonas y esto no supone sola­mente aglom­era­ciones y colas de espera sino tam­bién la pro­lif­eración de car­ter­is­tas y espa­bi­la­dos pen­di­entes del des­cui­do del vis­i­tante.

Por ello, esa recomen­dación sí que me parece impor­tante, la de no perder de vista tus perte­nen­cias. A uno de nue­stros ami­gos le quitaron en el metro el móvil de las manos en un segun­do y menos mal que tuvo el cora­je de encar­arse con el ratero y obligar­le a que se lo devolviera. Y eso que, pre­cisa­mente a raíz de los aten­ta­dos, las calles de París están llenas de policías ojo avi­zor pero qui­tan­do Milán, no he vis­to una ciu­dad con más ladronzue­los por metro cuadra­do. Así que ya sabes: hom­bre pre­venido vale por dos.

Otro con­tra que parece echar a mucha gente para atrás a la hora de plan­ear una escapa­da a París es su fama (a veces inmere­ci­da) de que es una ciu­dad bas­tante cara. En algunos aspec­tos sí pero en otros, en abso­lu­to. Aca­so el may­or incon­ve­niente sea el del alo­jamien­to: los hote­les sí tienen pre­cios ele­va­dos (y más si vas como nosotros,que nos coin­cidió con ple­na cel­e­bración de la Euro­co­pa) y, en gen­er­al, la cat­e­goría o número de estrel­las pocas veces coin­cide con lo que estás pagan­do. Más ade­lante os infor­maré acer­ca del hotel donde estu­vi­mos nosotros ya que quedamos bas­tante con­tentos para los pre­cios que se bara­ja­ban pero aquí no es lle­gar y besar el san­to; ten­drás que bus­car y com­parar muchos comen­tar­ios de via­jeros para acer­tar con la elec­ción.

Desayu­nar sí es muy,muy caro: la primera mañana pag­amos la novata­da y nos cas­caron 5 euros por un café y 4,80 por un té (a fin de cuen­tas, hablam­os de agua caliente) y lleg­amos a ver en muchos restau­rantes y ter­razas pre­cios tan “ase­quibles” como casi 8 euros por una taza de café minús­cu­la y enci­ma café del malo. ¿Mi con­se­jo? Pre­scinde del café o el té por unos días, que tam­poco te va a pasar nada. O llé­vate una caji­ta en la male­ta y bus­ca una habitación donde ten­gan hervi­dor. Claro que si estás de via­je podrás pagarte un café, otra cosa es que, como nos pasó a nosotros, no te de la real gana de que te timen de mala man­era. Si mucha gente se negara a pagar esos pre­cios, a los caraduras de los hostele­ros no les quedaría más reme­dio que bajar­los. Pero en nue­stro caso, nos neg­amos a par­tic­i­par en un nego­cio, el de los desayunos parisi­nos, que nos pare­ció total­mente abu­si­vo.

Sin embar­go, por otro lado (lance­mos una lan­za a favor de la cap­i­tal france­sa) hubo otros aspec­tos que sí nos sor­prendieron para bien. Excep­tuan­do la entra­da a deter­mi­nadas igle­sias, que sí me pare­ció despro­por­ciona­da, en gen­er­al los tick­ets para las prin­ci­pales atrac­ciones sí me resul­taron ajus­ta­dos, tenien­do en cuen­ta lo mucho que tiene para ofre­cer, por pon­er un ejem­p­lo, un museo tan mas­todón­ti­co como el Lou­vre. Tam­bién me chocó que pese a lo caros que son los cafés, sin embar­go muchísi­mos restau­rantes ofre­cen menú del día (sólo has de bus­car la pal­abra “for­mule”), inclu­so en sitios súper turís­ti­cos, y puedes com­er bas­tante bien y con unas boni­tas panorámi­cas por menos de 15 euros. En ese sen­ti­do, creo que París ha apren­di­do la lec­ción de que los extran­jeros tam­bién saben y pueden tirar de super­me­r­ca­dos; unido a la bru­tal com­pe­ten­cia exis­tente entre unos restau­rantes y otros (París está pla­ga­da y no sólo por el tur­is­mo, los france­ses ado­ran su gas­tronomía y tam­bién la de fuera), muchos establec­imien­tos se han vis­to oblig­a­dos a bajar sus pre­cios si no quieren encon­trarse con las mesas vacías.

Tam­bién es cier­to que hay zonas y zonas: una de las más económi­cas es el Bar­rio Lati­no, donde sin difi­cul­tad ningu­na puedes com­er dos platos con postre por 10 euros. Y si como yo eres de los que suele com­er con agua, no te cortes y pide una carafe d’eau (jar­ra de agua), que muchos france­ses lo hacen: es gratis y supone una difer­en­cia de cin­co o seis euros respec­to a lo que te cobran por una botel­la de agua min­er­al. Va a ser raro el camarero que te mire con cara rara (y si lo hace, peor para él): los restau­rantes tienen obligación de servir­la y allí es lo más nor­mal del mun­do.

Otra cosa que tam­poco me pare­ció nada cara es el metro, de hecho es más bara­to que el de Madrid. El bil­lete sen­cil­lo cues­ta 1,80 pero como lo usarás bas­tante, te recomien­do que hagas como nosotros, com­prar tick­ets de 10 via­jes que salen aún más económi­cos (el trayec­to se que­da a 1,40). Y no te cortes en com­prar recuer­dos para ami­gos y famil­iares: en las tien­das de sou­venirs los encon­trarás tira­dos. Hay muchísi­mas tien­decitas de imanes, camise­tas, caji­tas de met­al y cal­en­dar­ios (además todo bien boni­to), regen­tadas su may­oría por pak­istaníes y a pre­cios bajísi­mos.

Y el últi­mo con­se­jo para ahor­rar: París es una ciu­dad que más bien parece un museo al aire libre, pasear por sus miles de calles es una activi­dad total­mente gra­tui­ta y ocu­pará la may­or parte de tu tiem­po. Así que tam­poco sufras pen­san­do que la escapa­da parisi­na te va a salir por un ojo de la cara porque, de veras, no es tan fiero el león como lo pin­tan. Y más vien­do cómo han subido de pre­cio otras ciu­dades euro­peas.

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Antes de comen­zar con datos prác­ti­cos para saber cómo moverse y qué vis­i­tar en la ciu­dad, vamos con el tema alo­jamien­to. En un prin­ci­pio lo inten­ta­mos por medio de Airbnb pero al coin­cidir la Euro­co­pa, nos comen­taron en var­ios aparta­men­tos que ya esta­ban ocu­padas esas fechas… pese a que sin embar­go en la prác­ti­ca aparecían libres. Es algo que ya nos ha ocur­ri­do otras veces en dicha pági­na cuan­do coin­ci­den even­tos deportivos o cul­tur­ales, que a los dueños se les pone el sím­bo­lo del dólar en los ojos inten­tan­do sacar el may­or rendimien­to económi­co a sus casas;en mi opinión, Airbnb debería pro­hibir dicha prác­ti­ca: si las fechas están libres, lo están y fuera. Así que comen­zamos la búsque­da de hotel: pre­cios carísi­mos y comen­tar­ios desco­ra­zon­adores de los usuar­ios en cuan­to a como­di­dad y limpieza en la may­oría de ellos.

Al final, tras dar muchas vueltas, con­seguimos encon­trar uno con el que al final quedamos con­tentísi­mos. Es el hotel Ter­mi­nus Orleans, un dos estrel­las bas­tante cuco con una estación de metro, la de Porte D’Or­leans, en la mis­ma puer­ta (tardábamos ape­nas quince min­u­tos en estar en pleno cen­tro de París). Muy limpio, con un recep­cionista ama­bilísi­mo que además habla­ba español, con un bar súper bara­to de comi­da tur­ca a la vuelta de la esquina donde cen­amos algu­na noche y un Car­refour enorme a cin­co min­u­tos andan­do donde pudi­mos com­prar cosas para el desayuno. Las habita­ciones algo pequeñi­tas pero acoge­do­ras; sin desayuno, 95 euros la noche. Parece caro pero os ase­guro que para los pre­cios hotele­ros de París no lo es.

En nue­stro caso, el aerop­uer­to que uti­lizamos fue el más impor­tante, el Charles de Gaulle (volábamos con Air France). Para ir has­ta la cap­i­tal en un trayec­to de unos 40 min­u­tos lo más cómo­do es el RER, el tren de cer­canías, que sale des­de el aerop­uer­to cada cuar­to de hora. El pre­cio del bil­lete son 10 euros y con él tam­bién puedes usar el metro. Nosotros en París fue como nos movi­mos, en metro y andan­do; aunque el metro esté bas­tante viejo, es efi­ciente, los trenes pasan muy a menudo y, como os he dicho, es bas­tante bara­to. Una de las cosas que me llamó bas­tante la aten­ción es que en muchos trans­bor­dos podías encon­trar fruterías, puedes aprovechar para venirte car­ga­do de fru­ta cuan­do regre­ses al hotel.

Comence­mos con las vis­i­tas. Aunque París parez­ca muy grande (que de hecho lo es) tam­bién es per­fec­ta­mente plau­si­ble abar­car los mon­u­men­tos más impor­tantes en tres o cua­tro días. Lo que va a influir, y mucho, en lo que te vaya a cundir el itin­er­ario es el tiem­po que quieras dedicar a lugares como el Museo de Lou­vre o el Pala­cio de Ver­salles, que fácil­mente te pueden ocu­par una mañana entera cada uno. Aunque yo esta vez no los vis­ité ya que ya los ví en mi primer via­je, de igual man­era los incluiré en el rela­to para darte algu­nas recomen­da­ciones. En mi opinión ambos mere­cen bas­tante la pena pero si vas por primera vez a París y lle­gas algo ajus­ta­do de tiem­po, tal vez sea acer­ta­do sac­ri­fi­car­los a favor de ver otros lugares. Yo sólo los recomen­daría si tu visi­ta abar­ca de cua­tro días en ade­lante.

París, como he comen­ta­do antes, es una ciu­dad que hay que cono­cer­la cam­i­nan­do. Vas a andar muchos kilómet­ros pero es la úni­ca man­era de cono­cer­la y dis­fru­tar­la a fon­do. Mi recomen­dación es que pre­cisa­mente a causa de las grandes dis­tan­cias que vas a recor­rer, intentes dividir el via­je por bar­rios y días. Así que comen­zare­mos por la zona donde se encuen­tra el sím­bo­lo que ha hecho famosa a París en el mun­do entero: la Torre Eif­fel.

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Para lle­gar has­ta aquí, la para­da de metro más cer­cana es Tro­cadero. Si las calles de París en gen­er­al están pla­gadas de tur­is­tas, en los aledaños de la Torre Eif­fel ya ni te imag­i­nas. Creo que sólo en los alrede­dores del Col­iseo de Roma y en la Plaza de San Mar­cos de Vene­cia me he encon­tra­do con tan­to vis­i­tante por metro cuadra­do. Las colas de acce­so a la torre son tan largas que inclu­so se ha val­la­do el área más cer­cana para que sólo puedan entrar los que lle­van su tick­et cor­re­spon­di­ente (y es una lás­ti­ma porque ver la torre jus­to des­de aba­jo impre­siona mucho). Así que si quieres subir has­ta arri­ba, lo recomend­able es que com­pres antic­i­pada­mente las entradas por inter­net para evi­tarte horas de espera.

Exis­ten difer­entes pre­cios depen­di­en­do del piso al que quieras ascen­der y si la subi­da se real­iza por las escaleras o en ascen­sor (recomien­do el ascen­sor, ya que por las escaleras sólo se puede lle­gar has­ta el segun­do niv­el y además son más de 1.600 escalones, la torre se va has­ta los 300 met­ros de altura). Si quieres tirar la casa por la ven­tana puedes com­er o cenar en el restau­rante Jules Verne, situ­a­do en el segun­do piso y con­sid­er­a­do uno de los mejores de París (con su cor­re­spon­di­ente estrel­la Miche­lin) al “módi­co” pre­cio de 190 euros por comen­sal. Si tu pre­supuesto es más lim­i­ta­do, tienes otro restau­rante, el 58 Tour Eif­fel, a 41 euros el menú. Y otra opción es tomarte una copa de cham­pán en el Bar á Cham­pagne a 15 euros la copa. Un últi­mo dato a ten­er en cuen­ta: es el mon­u­men­to más vis­i­ta­do del mun­do, diez mil­lones de per­sonas al año se acer­can a rendirla pleitesía.

Mi con­se­jo es que si quieres ten­er unas boni­tas vis­tas de la torre, saques las fotografías des­de los Jar­dines de Tro­cadero (que es des­de donde tomamos la foto de ahí aba­jo). En el cen­tro de estos se encuen­tra la Fuente de Varso­via, con su eter­no espec­tácu­lo de chor­ros de agua, y en su parte pos­te­ri­or el Pala­cio de Chail­lot, que acoge al Museo de la Mari­na y el Museo del Hom­bre, este últi­mo una de las colec­ciones antropológ­i­cas más intere­santes de toda Fran­cia. Si tienes la suerte de venir en Diciem­bre, una de las tem­po­radas más altas y caras para via­jar a París, te encon­trarás los jar­dines con mul­ti­tud de puestos navideños.

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Cer­ca de la Torre Eif­fel, para los que seáis amantes de la lit­er­atu­ra, se hal­la la úni­ca res­i­den­cia que que­da en pie en París donde vivió Hon­ore de Balzac, uno de los grandes escritores france­ses. Se encuen­tra en el 47 de Rue Ray­nouard. Además, la entra­da es gra­tui­ta y en ella podrás admi­rar tex­tos orig­i­nales, pin­turas y obje­tos per­son­ales del autor. Puedes com­bi­na­rlo con el Museo Guimet de las Artes Asiáti­cas (cuya entra­da no es cara, 7 euros), el may­or museo de arte asiáti­co de Europa. Y hablan­do de arte étni­co, mi ter­cera recomen­dación es el Museu du Quai Bran­ly (con su impre­sio­n­ante facha­da cubier­ta de plan­tas), donde se expo­nen más de 300.000 obje­tos traí­dos de todo el mun­do. La entra­da cues­ta 9 euros y cier­ra los lunes.

Ya que estás aquí, aprovecha para dar una vuelta por el cer­cano Cam­po de Marte: su casi kilómetro de lon­gi­tud hacen de él uno de los par­ques urbanos más impor­tantes de la cap­i­tal france­sa. Estos inmen­sos jar­dines, que en la actu­al­i­dad se usan para difer­entes even­tos cul­tur­ales como concier­tos o exposi­ciones (estas últi­mas fueron muy pop­u­lares a finales del siglo XIX y de hecho la Torre Eif­fel se con­struyó con moti­vo de la Exposi­ción Uni­ver­sal de 1889) tienen un tremen­do peso históri­co en la his­to­ria políti­ca y social de Fran­cia. Aquí se lle­varon a cabo en 1791 los fusil­amien­tos ines­per­a­dos con­tra la muchedum­bre pro­le­taria que se man­i­festa­ba en con­tra de los priv­i­le­gios abu­sivos de la nobleza y, sobre todo, de la famil­ia real. Mien­tras Luis XVI huía con el rabo entre las pier­nas, 50 per­sonas eran abati­das en el Cam­po de Marte, agi­tan­do aún más el con­vul­so panora­ma pop­u­lar que se vivía en París tras la toma dos años antes de la For­t­aleza de la Bastil­la (hoy desaparecida,se demolió pues el pueblo no quería con­ser­var en pie tan macabro edi­fi­cio y en su lugar se encuen­tra la Plaza de la Bastil­la con la altísi­ma Colum­na de Julio). La Bastil­la era la prisión más cru­el de todo el país, famosa por las tor­turas cometi­das con­tra los reos allí reclu­i­dos. Pre­cisa­mente uno de sus pri­sioneros más famosos (y en mi opinión uno de los mejores lit­er­atos que haya dado Fran­cia, mi admi­ra­do Mar­qués de Sade) fue uno de los valientes que des­de la ven­tana de su cel­da ani­ma­ba a las clases pop­u­lares a rebe­larse con­tra los tira­nos.

Así, el 14 de Julio de 1789 se con­vir­tió en una fecha que mar­caría a fuego la his­to­ria de Fran­cia y que acabó con­vir­tién­dose en fies­ta nacional: la con­mem­o­ración del val­or de miles de france­ses que tomaron la prisión y decap­i­taron al alcalde de París, pase­an­do por las calles su cabeza clava­da en una pica. En las áreas rurales, los campesinos tam­bién se sub­l­ev­a­ban con­tra los señores feu­dales y la Igle­sia comen­z­a­ba a perder priv­i­le­gios como los impuestos agrí­co­las: el pueblo esta­ba har­to de los parási­tos ecle­siás­ti­cos que llev­a­ban masacrán­doles sig­los, y los asesinatos de curas y sac­er­dotes comen­zaron a ser el pan nue­stro de cada día a lo largo y ancho del país.

La pos­te­ri­or eje­cu­ción del rey Luis XVI y la reina María Antoni­eta, el val­or que le echaron los sans-culottes (los “sin cal­zones”, izquierdis­tas de clases humildes que supusieron el grupo más numeroso de los rev­olu­cionar­ios), el apoyo de los jacobi­nos, quienes instau­raron el Reina­do del Terror,que llevó a la guil­loti­na a miles de antir­rev­olu­cionar­ios, y la acusación de traición de Robe­spierre (quien tam­bién acabaría eje­cu­ta­do) con­sti­tuyeron los primeros y san­gri­en­tos pasos que lle­varían a Fran­cia de la monar­quía a la repúbli­ca.

Con­tin­uare­mos a lo largo de nue­stro rela­to remem­o­ran­do los grandes momen­tos de la his­to­ria de París (que,le pese a quien le pese, siem­pre ha sido un ejem­p­lo de la lucha de las clases más bajas). Pero, de momen­to, nos vamos a ir andan­do en una larga cam­i­na­ta has­ta otra de las imá­genes más cono­ci­das de París; los Cam­pos Elíseos. Dos kilómet­ros son la exten­sión de la aveni­da más famosa de toda Fran­cia, pop­u­lar­iza­da aún más por el hecho de que aquí es donde final­iza cada ver­a­no el tour de Fran­cia, la car­rera ciclista más impor­tante del mun­do, y donde se cel­e­bran los des­files mil­itares cada 14 de Julio. Aquí se con­cen­tran las tien­das de moda más exclu­si­vas de la ciu­dad (ya sabéis que París está con­sid­er­a­da la ciu­dad de la moda), así como las mejores salas de espec­tácu­los. La aveni­da comien­za en el Arco del Tri­un­fo, que con­mem­o­ra las vic­to­rias de Napoleón. Pre­vio pago de 12 euros, puedes acced­er a su museo inte­ri­or y subir a su mirador para divis­ar París a 50 met­ros de altura.

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Los Cam­pos Elíseos aca­ban en la céle­bre Plaza de la Con­cor­dia. Su nom­bre, real­mente, no parece hac­er hon­or a su san­gri­en­to pasa­do, ya que durante la Rev­olu­ción France­sa la muchedum­bre der­ribó la estat­ua ecuestre que aquí se lev­anta­ba en hom­e­na­je al monar­ca y en su lugar colo­caron el instru­men­to que con razón más temió la aris­toc­ra­cia gala: la guil­loti­na. La muerte por decap­itación fue escogi­da por el pro­le­tari­a­do francés para demostrar a las clases altas que los con­de­na­dos a muerte no entendían de títu­los nobil­iar­ios y tan­to ricos como pobres acabarían de la mis­ma man­era. Y de dicha eje­cu­ción no se salv­a­ban ni los muer­tos, se llegó a decap­i­tar a políti­cos que pre­vi­a­mente ya se habían sui­ci­da­do. Se con­sid­er­a­ba que has­ta era una muerte pia­dosa ya que ante­ri­or­mente eran ver­du­gos los que bland­ían el hacha y estos erra­ban en múlti­ples oca­siones, alargan­do la agonía del con­de­na­do. Se cal­cu­la que casi 1.500 per­sonas murieron decap­i­tadas durante la Rev­olu­ción, entre ellos el pro­pio rey Luis XVI, quien llegó escolta­do en car­roza (genio y figu­ra has­ta la sepul­tura) y cuyas últi­mas pal­abras fueron “muero inocente” (parece que ni en sus últi­mos momen­tos fue capaz de recono­cer todas las bar­bari­dades que cometió con­tra el pueblo durante su reina­do).

Aveni­da de los Cam­pos Elíseos

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Tras la guer­ra civ­il, se le cam­bió el nom­bre a Plaza de la Con­cor­dia y la guil­loti­na con el tiem­po fue susti­tu­i­da por un sím­bo­lo que nada tuviera que ver con la monar­quía ni los movimien­tos rev­olu­cionar­ios, un tes­ti­go dig­amos neu­tral: el Obelis­co de Lux­or. Es sabido por todos que los france­ses han sido siem­pre unos enam­ora­dos de la cul­tura egip­cia, espe­cial­mente Napoleón, quien durante la cam­paña mil­i­tar en la que inten­tó sin éxi­to apropi­arse de Egip­to, llegó a pasar una noche den­tro de la Pirámide de Keops,y cuan­do sal­ió les dijo a sus sol­da­dos “si os con­tara lo que he vis­to den­tro, no me creeríais”. Inclu­so la leyen­da cuen­ta que su ama­da Jose­fi­na le pidió que si iba a Tebas le tra­jera de sou­venir un obelis­co.

El caso es que si Jose­fi­na pre­tendía ver en las calles de París un obelis­co egip­cio, su sueño se acabó cumplien­do, ya que en 1834 lle­ga­ba a la ciu­dad este rega­lo de Egip­to, de más de 3.000 años de antigüedad y casi 200 toneladas de peso (el trans­porte des­de su país de orí­gen fue una autén­ti­ca aven­tu­ra). A los parisi­nos no les gus­ta ser menos que nadie y si Roma tenía unos cuan­tos obelis­cos egip­cios, a ver por qué ellos iban a ser menos. La lás­ti­ma es que el mon­u­men­to más antiguo de todo París hoy en día se encuen­tra ubi­ca­do en el cen­tro de una roton­da donde el humo de los coches está con­t­a­m­i­nan­do seri­amente su exte­ri­or de gran­i­to, sin que las autori­dades france­sas ofrez­can una solu­ción al respec­to.

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Cer­ca de la plaza se hal­la la gigan­tesca noria (la Grande Roue), la may­or de Fran­cia, que te per­mi­tirá ver París a var­ios met­ros de altura (aunque el via­je dura ape­nas diez min­u­tos y cues­ta diez euros). Con­tin­uare­mos nue­stro recor­ri­do por el par­que públi­co más antiguo de París, los Jar­dines de las Tullerías. Antigua­mente se encon­tra­ba aquí el pala­cio de mis­mo nom­bre, man­da­do con­stru­ir por la reina Cather­ine de Médi­cis y quien desea­ba para su pro­pio dis­frute unos jar­dines al esti­lo flo­renti­no que pos­te­ri­or­mente fueron escogi­dos por la monar­quía y nobleza de aque­l­la época para la cel­e­bración de sus fies­tas mul­ti­tu­di­nar­ias. Actual­mente, es uno de los lugares favoritos de parisi­nos y tur­is­tas para pasear al aire libre entre estat­uas de Rodin o Le Paultre. Además, si vienes aquí tam­bién puedes aprovechar para vis­i­tar el Museo Orangerie, den­tro de un inver­nadero de naran­jos, donde se expo­nen entre otras obras de Mon­et, Renoir y Cezanne: el primer domin­go de cada mes la entra­da es gra­tui­ta. Y ya que andas por este área, recuer­da que en sus inmedia­ciones hay otro Arco del Tri­un­fo, el del Car­rusel, con sus colum­nas de már­mol rosa.

Jar­dines de las Tullerías

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Arco del Tri­un­fo del Car­rusel

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Esta­mos, por tan­to, ya en el Museo de Lou­vre, uno de los más impor­tantes del mun­do, con ocho mil­lones de vis­i­tantes al año. Como os comen­té antes, esta vez no entramos ya que decidi­mos emplear dicho tiem­po en recor­rer otras partes de la ciu­dad pero como la primera vez que fuí a París sí que gasté allí una mañana entera, hablaré un poquito de este gigan­tesco recin­to ya que, te guste o no el arte en todas sus expre­siones, es una visi­ta intere­san­tísi­ma en la cap­i­tal france­sa.

Al igual que en la Torre Eif­fel, es más que recomend­able que com­pres las entradas antic­i­pada­mente por inter­net ya que las colas son de órda­go. El pre­cio del tick­et es de 15 euros,nada caro si tienes en cuen­ta que el tamaño de la exposi­ción per­ma­nente, ubi­ca­da en un antiguo pala­cio real, se va has­ta los 160.000 met­ros cuadra­dos y hay expues­tas más de 35.000 obras (aunque parez­ca increíble, en los almacenes del museo hay guardadas cer­ca de 400.000).

Pese a que cuan­do vis­ité el Lou­vre dis­fruté muchísi­mo admi­ran­do de cer­ca obras de arte irrepetibles como “La Gio­con­da” de Leonar­do da Vin­ci (¡aunque no me esper­a­ba que el cuadro fuera tan pequeño!), la Venus de Milo, la Vic­to­ria de Samo­tra­cia, El Escri­ba Sen­ta­do egip­cio o La Nave de los Locos de El Bosco, he de recono­cer que el recor­ri­do por el Lou­vre me removió sen­timien­tos encon­tra­dos, ya que muchas de las obras lle­garon a París como botín de guer­ra de expe­di­ciones mil­itares, vamos, un expo­lio en toda regla. Por lo que para el vis­i­tante, sí, es una deli­cia dis­fru­tar de todas estas obras maes­tras bajo un mis­mo techo pero tam­bién es una lás­ti­ma que sus país­es de orí­gen las estén recla­man­do (y con razón) des­de hace años, sin que nadie haga caso a sus rue­gos.

La cono­ci­da pirámide de cristal que medi­ante un paso sub­ter­rá­neo da acce­so al museo y el pro­pio edi­fi­cio del Museo del Lou­vre

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El sigu­iente paseo nos lle­vará has­ta la Plaza de la Ven­dome (antigua­mente cono­ci­da como Plaza de las Con­quis­tas o, durante la Rev­olu­ción Francesa,Plaza de Picas), una de las más grandes de la ciu­dad y tam­bién de las más lujosas, ya que aquí se acu­mu­lan las más impor­tantes joy­erías y las tien­das de alta cos­tu­ra (mejor que vengáis entre sem­ana ya que los domin­gos cier­ran; aunque no com­pres nada, siem­pre puedes admi­rar las joyas en los escaparates o ver las joy­erías por den­tro). Pero Ven­dome no es sólo el sumum de la sofisti­cación sino tam­bién el esce­nario de la muerte de uno de los mejores com­pos­i­tores de todos los tiem­pos, el pola­co Chopin, quien pasó en un aparta­men­to de esta plaza los últi­mos meses de su vida. La Colum­na Ven­dome, con sus 44 met­ros de altura en hom­e­na­je a Napoleón Bona­parte (quien aparece vesti­do de gen­er­al romano) y el Min­is­te­rio de Jus­ti­cia son sus atrac­ciones más nota­bles.

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Un lugar que nos sor­prendió bas­tante que no estu­viera ape­nas pla­ga­do de tur­is­tas (y en una ciu­dad como París eso es bas­tante com­pli­ca­do) es uno de sus rin­cones más román­ti­cos: los jar­dines del Pala­cio Real, cuyo edi­fi­cio actual­mente alber­ga el Con­se­jo de Esta­do y el Min­is­te­rio de Cul­tura. Lo cier­to es que cuan­do dimos una vuelta por allí bási­ca­mente lo que había era parisi­nos toman­do el almuer­zo del mediodía o gente que iba a la Bib­liote­ca Nacional, que con­tiene más de seis mil­lones de volúmenes. Los jar­dines, aparte de ser un reman­so de paz entre tan­to trá­fi­co, están rodea­d­os de ele­gantes galerías y pueden con­sti­tuir el refu­gio per­fec­to para hac­er un des­can­so entre tan­ta cam­i­na­ta. Y os recomien­do que no os vayáis sin ojear el coque­to pasaje Beau­jo­lais, donde hay una tien­da de juguetes antigu­os real­mente entrañable.

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Otra de las curiosi­dades del Pala­cio Real es que en el Patio de Hon­or (el pala­cio ante­ri­or­mente se denom­ina­ba Pala­cio del Car­de­nal porque lo mandó con­stru­ir Riche­lieu) se encuen­tra una curiosa obra artís­ti­ca: las Colum­nas de Buren (aunque su nom­bre ofi­cial es “Las Dos Mese­tas”). Su autor, Daniel Buren, está muy dis­gus­ta­do con el esta­do de con­ser­vación de su obra cum­bre, que lle­va aquí des­de 1986, has­ta el pun­to de que se planteó destru­ir­la. Y parte de razón tiene porque la obra se con­cibió para que estu­viera acom­paña­da de un cir­cuito de agua que lle­va años sin fun­cionar. En cualquier caso, recuer­da que si pasas por allí y logras colo­car una mon­e­da en la colum­na más alta, el deseo que hayas pedi­do teóri­ca­mente será cumpli­do.

Pala­cio Real al fon­do con las Colum­nas de Buren en primer plano

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Hablan­do de “obras polémi­cas”, aquí ten­emos el Kiosko de los Noc­tám­bu­los de Jean-Michel Oth­oniel y que sirve como entra­da de metro de la estación de Palais Roy­al, real­iza­da con per­las y cristal de Mura­no. Ha sido muy crit­i­ca­da pero la ver­dad que a nosotros nos pare­ció super orig­i­nal.

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Una de las par­tic­u­lar­i­dades más atrac­ti­vas de París es la vein­te­na de galerías, acrista­l­adas muchas de ellas, que aún se mantienen con vida. Con­stru­idas una gran parte en el siglo XIX, muchas de ellas en el bar­rio de Grands Boule­vards, de las 150 ini­ciales aún se con­ser­van dos dece­nas que merece la pena recor­rer, si no todas, sí algu­na de ellas. Estas galerías se con­struyeron en el inte­ri­or de los inmue­bles para alber­gar com­er­cios e inclu­so varias de ellas se “espe­cializaron”: en el Pas­sage des Princes hay jugueterías y en el de Jouf­froy libr­erías. A nosotros una de las que más nos gustó fue la Galería Vivi­enne, mon­u­men­to históri­co des­de el año 1974 y en la que puedes encon­trar muchas tien­das de lujo, varias de ellas ded­i­cadas al vino.

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Uno de nue­stros musi­cales favoritos (que pre­cisa­mente fuimos a dis­fru­tar el ver­a­no pasa­do) es “El Fan­tas­ma de la Ópera”. ¿Y sabéis en qué edi­fi­cio se inspiró? Cor­rec­to, habéis acer­ta­do: en la Ópera de París o, como la cono­cen ellos, la Académie Royale de Musique. La facha­da, orna­men­ta­da a más no poder con escul­turas de ánge­les y cabal­los, pre­tendía demostrar al mun­do que no hay ciu­dad que ose hac­er som­bra a París. Tiene más de 15 salas y aunque se puede vis­i­tar (11 euros la entra­da), ha de hac­erse reser­va pre­via.

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La Igle­sia de la Madeleine, con sus 52 colum­nas cor­in­tias, parece más bien un tem­p­lo de la antigua Gre­cia que uno católi­co, es de los más curiosos de la ciu­dad. Y además, si te gus­ta la músi­ca clási­ca, ano­ta que den­tro se orga­ni­zan a menudo concier­tos.

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El bar­rio de Opera es uno de los más ani­ma­dos de París a niv­el com­er­cial. Es recomend­able, pese a que no ten­gas inten­ción de com­prar nada, que te des una vuelta por las Galerías Lafayette porque ya de por sí el edi­fi­cio en el que se encuen­tran, siete plan­tas coro­n­adas por una mag­ní­fi­ca cúpu­la, jus­ti­fi­ca por sí solo la visi­ta. Y calle­jea, calle­jea y calle­jea. Puedes encon­trar restau­rantes tan orig­i­nales como este.

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Los mac­arons son los dul­ces más famosos de Fran­cia y en París los encon­trarás en un mon­tón de pastel­erías. Son unas pequeñas gal­letas hechas de clara de hue­vo, azú­car y almen­dra y es el mejor sou­venir que puedes lle­var a los ami­gos, además, te los preparan en unas caji­tas muy monas. No son baratos (pueden salir a uno o dos euros por gal­leta) pero son una del­i­catessen. Ladurée, que tiene una doce­na de tien­das repar­tidas por París, tiene fama de con­fec­cionar los mejores.

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Otro largo paseo para admi­rar des­de el exte­ri­or el míti­co Hotel Matignon, un antiguo palacete que sirve como res­i­den­cia ofi­cial del primer min­istro, Manuel Valls, y la Cat­e­dral Amer­i­cana (que en real­i­dad se lla­ma de la San­tísi­ma Trinidad), una de las igle­sias góti­cas más boni­tas de París. Y lleg­amos a otro de los pala­cios impre­scindibles parisi­nos: Los Inváli­dos. Aunque en un prin­ci­pio se con­struyó a finales del siglo XVII como asi­lo para sol­da­dos heri­dos o jubi­la­dos de guer­ra, si hoy es cono­ci­do en el mun­do entero es porque aquí se encuen­tra la tum­ba de Napoleón Bona­parte. Es un recin­to gigante que acoge tam­bién el Museo del Ejérci­to así como dos igle­sias, la del Domo (con su incon­fundible cúpu­la dora­da, doce kilos de oro se uti­lizaron para cubrir­la) y la Cat­e­dral de San Luis de Los Inváli­dos.

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Nues­tra sigu­iente para­da va a ser una de las vis­i­tas que me quedó pen­di­ente en mi primer via­je: las Cat­acum­bas de París. La para­da de metro más cer­cana es Den­fert-Rochere­au y mi con­se­jo es que madrugues mucho para ver­las. Nosotros nos lev­an­ta­mos tem­pranísi­mo sabi­en­do que las colas que se for­man para entrar son inacabables y aún así nos tocó estar esperan­do hora y cuar­to para poder acced­er (abren a las 10:00 y cier­ran los lunes). Comen­to lo de madru­gar bas­tante porque en caso de que no lo hagas, te arries­gas a gas­tar una mañana entera sólo esperan­do entrar y con la de cosas que hay que ver en París, en esta ciu­dad sí que se cumple el dicho de “el tiem­po es oro”.

Las Cat­acum­bas de París han esta­do cer­radas al públi­co durante var­ios años pre­cisa­mente por el nulo val­or éti­co de muchos de sus vis­i­tantes, que en una aver­gon­zante fal­ta de respeto hacia los más de seis mil­lones de per­sonas que aquí yacen, se llev­a­ban como sou­venirs hue­sos y calav­eras. Asi que reabier­tas, la solu­ción es que cuan­do sales te reg­is­tran el bol­so para com­pro­bar que no te llevas nada. Y me parece muy bien.

La entra­da a las cat­acum­bas cues­ta diez euros y, en mi opinión, es uno de los tick­ets mejor paga­dos de todo el via­je. De los más de 300 kilómet­ros de galerías sub­ter­ráneas, que abar­can 11.000 met­ros cuadra­dos, sólo dos están abier­tos al públi­co debido a que antigua­mente mucha gente baja­ba aquí a realizar rit­uales satáni­cos y misas negras pero lo cier­to es que la visi­ta puede lle­varte fácil­mente entre una y dos horas. Te acon­se­jo que aunque vayas en ver­a­no intentes echar una cha­que­ta porque aba­jo hace bas­tante fres­qui­to, aprox­i­mada­mente unos catorce gra­dos.

Tras descen­der por unas larguísi­mas y estre­chas escaleras de cara­col (130 escalones nada menos), lle­gare­mos a las galerías, que gra­cias a que se con­tro­la estric­ta­mente el número de vis­i­tantes, vamos a recor­rer prác­ti­ca­mente solos, lo que añade una dosis extra de mis­te­rio a nues­tra visi­ta. No se te ocur­ra salirte de la ruta especi­fi­ca­da y aden­trarte por túne­les cer­ra­dos por tu cuen­ta: aparte de que te puede caer una mul­ta con­sid­er­able, es muy peli­groso ya que las cat­acum­bas son un laber­in­to y ha habido gente que se ha aden­tra­do en estas galerías y nun­ca ha vuel­to a salir. Para con­tro­lar estas “expe­di­ciones ile­gales”, se creó una guardia urbana, los “cataflics”,que varias veces por sem­ana recor­ren los pasil­los para con­tro­lar cualquier acce­so no autor­iza­do. En estos túne­les no abier­tos al públi­co, algunos de ellos inun­da­dos, se encuen­tran salas increíbles, muchas de ellas dec­o­radas por artis­tas espon­tá­neos que quisieron dejar sus pin­turas en las pare­des de piedra para la pos­teri­dad.

Las cat­acum­bas las crearon en la antigüedad los romanos, que comen­zaron a usar el sub­sue­lo de París como can­teras. Cono­ci­das por los parisi­nos como Las Car­riéres de Paris, se encuen­tran a más de 20 met­ros de pro­fun­di­dad. A par­tir de 1786, pasaron a con­ver­tirse en el may­or osario de la cap­i­tal france­sa: debido a las epi­demias que azota­ban el dis­tri­to de Las Halles y la acu­mu­lación de restos óseos en otros cemente­rios de la zona, así como las malas condi­ciones del cemente­rio de los San­tos Inocentes, donde muchos fal­l­e­ci­dos se enterra­ban sin ataúd y aparecían flotan­do cuan­do había inun­da­ciones, se decidió trasladar aquí las osa­men­tas de más de seis mil­lones de cadáveres, en un pro­ce­so que se alargó durante 15 meses.

Entra­da a las Cat­acum­bas donde se puede leer “¡detente! este es el impe­rio de la muerte”

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El ori­gen de estas antiquísi­mas cat­acum­bas es mari­no y para demostrar­lo, se expo­nen en algunos de los pasajes fósiles de con­chas y molus­cos que se encon­traron en muchos de los pozos. Pero lo real­mente espeluz­nante es darse de bruces con los mil­lones de hue­sos acu­mu­la­dos que, con evi­dente mimo, fueron colo­ca­dos en for­ma de mural­la cuan­do empezaron a traerse aquí, dan­do for­ma a una sinies­tra obra de arte en la que los muer­tos son los ver­daderos pro­tag­o­nistas.

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Aquí yacen bajo tier­ra los cadáveres de ricos y pobres, de rev­olu­cionar­ios que par­tic­i­paron en los com­bat­es del castil­lo de Las Tullerías, de pri­sioneros y de nobles: la muerte no hizo dis­tin­ción con ninguno de ellos. A lo largo de muchos tramos com­pro­barás que hay inscrip­ciones que señal­izan de qué cemente­rio se tra­jeron los dis­tin­tos esquele­tos pero, obvi­a­mente, la may­or parte de los cadáveres pasarán a la eternidad de for­ma anón­i­ma.

Las Cat­acum­bas, prac­ti­ca­mente des­de el momen­to en que se inau­gu­raron, se con­virtieron en un macabro museo que vis­i­taron per­son­al­i­dades de todo el mun­do, des­de príncipes aus­tría­cos al pro­pio Napoleón II. Inclu­so en la Segun­da Guer­ra Mundi­al, los par­ti­sanos (los com­bat­ientes de las guer­ril­las de la resisten­cia) las uti­lizaron para escon­der­se, sin ten­er la más mín­i­ma idea de que los pro­pios nazis tenían aquí tam­bién su pro­pio bunker par­tic­u­lar (o quizás sí lo sabían y deci­dieron con­tro­lar­los).

La Crip­ta de la Pasión, con for­ma de tonel, es uno de los mon­u­men­tos más tétri­cos del recor­ri­do

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Nos vamos ya a Mont­martre, mi bar­rio favorito de París (y supon­go que de todo el que visi­ta la ciu­dad). Y es que si hay un vecin­dario que rep­re­sente fiel­mente esa idea que ten­emos de París bohemio, román­ti­co, de pin­tores con big­ote y bailar­i­nas de cabaret, este es Mont­martre. Ubi­ca­do en una col­i­na a oril­las del río Sena, Mont­martre ha sabido con­ser­var impeca­ble­mente su espíritu de pequeño pueblecito (que, a fin de cuen­tas, es lo que era antes de anex­ionarse a París en el siglo XIX), con sus emp­inadas calles empe­dradas y sus bal­cones llenos de flo­res. Sin duda algu­na, es el bar­rio más col­ori­do y ale­gre de París.

Comen­zare­mos el recor­ri­do por Mont­martre por una de sus imá­genes más cono­ci­das: la del míti­co Moulin Rouge. El cabaret más famoso de París, en pie des­de finales del siglo XIX (y además, con­struí­do por un español, Josep Oller) fue uno de los primeros en ofre­cer espec­tácu­los de striptease. Tenien­do en cuen­ta que en aque­l­la época el cabaret se encon­tra­ba en un ambi­ente rur­al bas­tante con­ser­vador, imag­i­naos el escán­da­lo que supu­so para la época con­tem­plar a señori­tas que sen­sual­mente se iban desnudan­do con la excusa de “encon­trar una pul­ga que se les había cola­do den­tro del vesti­do”. Sin embar­go, este tipo de espec­tácu­los ensegui­da se pop­u­lar­izó entre la clase bur­gue­sa, que hacía colas inter­minables para dis­fru­tar de una oda a la lujuria mien­tras bebían copas de cham­pagne. Y aunque el Moulin Rouge vivió una eta­pa de decaimien­to durante la Segun­da Guer­ra Mundi­al, cuan­do fue con­ver­tido en un sim­ple club de baile, con el paso de los años recu­peró su esplen­dor y actual­mente es el cabaret mejor rep­uta­do de París, con entradas que de largo super­an los 100 euros y con más de 80 artis­tas amenizan­do los shows de cada noche.

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Hablan­do de cabarets, nosotros tuvi­mos la suerte, ya que ese era otro de los motivos de nue­stro via­je, de unas noches más tarde ir al Folies Bèrg­ere, ya que asi­s­tiríamos al exclu­si­vo concier­to que los amer­i­canos For­eign­er ofrecían en la cap­i­tal, una de sus pocas fechas en Europa bajo recin­to cer­ra­do. Y qué mar­avil­la de local. El Folies es, jun­to al Moulin Rouge, el cabaret más míti­co de París y aquí han lle­ga­do a actu­ar estrel­las de la músi­ca como Frank Sina­tra.

Inte­ri­or del cabaret Folies Bèrg­ere

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Antes de subir a la col­i­na de Mont­martre, quedé­monos en los alrede­dores de la Place Pigalle ya que aquí se encuen­tra el que es cono­ci­do como “bar­rio rojo”, muy en sin­tonía con el de Ams­ter­dam pero este bas­tante más ele­gante. Entre sex shops y muy cer­ca del Moulin Rouge, se encuen­tra el Museo del Ero­tismo, que abre todos los días has­ta las dos de la madru­ga­da (lo ide­al, obvi­a­mente, es dis­fru­tar­lo de noche). Para entrar has de ser may­or de edad y lo que den­tro se expone abar­ca la his­to­ria del ero­tismo des­de la antigüedad, des­de estat­uas y libros has­ta un inten­so recor­ri­do por la his­to­ria de los bur­de­les del siglo XIX, así como la exhibi­ción de vie­jas pelícu­las pornográ­fi­cas.

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Nos vamos ya a Mont­martre, cono­ci­do tam­bién como el Bar­rio de los Pin­tores. Ármate de pacien­cia porque si hay tur­is­tas alrede­dor de la Torre Eif­fel, aquí te vas a encon­trar el mis­mo panora­ma, sobre todo en la Plaza de Tertre, donde pre­cisa­mente se dan cita todos estos pin­tores. Hace décadas, este fue el hog­ar de genios de la pin­tu­ra como Picas­so, Mon­et, Dalí (quien tiene un museo en su hon­or) y Van Gogh.

Pin­turas en la Plaza de Tertre

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Las cal­lecitas de Mont­martre, como podéis obser­var en las fotografías, son encan­ta­do­ras

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El Moulin de la Galette es un leal recuer­do de la época en que Mont­martre era un cam­po de viñe­dos (aunque parez­ca men­ti­ra, aún sobre­viv­en algu­nas vides en la viña de Clos Mont­martre, que cada mes de Octubre cel­e­bra su fies­ta de la vendimia y donde más de cien vende­dores expo­nen sus vinos en un ambi­ente típi­ca­mente medieval). El viejo moli­no, durante la esplen­dorosa belle epoque, fue recon­ver­tido en una de las salas de fies­ta con más sol­era de la cap­i­tal pero pos­te­ri­or­mente se cer­ró y hoy está cat­a­lo­ga­do como Mon­u­men­to Históri­co.

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La Basíli­ca del Sagra­do Corazón, en la cima de Mont­martre, es una de las igle­sias más boni­tas de la ciu­dad, aunque es una autén­ti­ca locu­ra la de gente que hay inten­tan­do vis­i­tar­la. La may­or parte de ellos lle­gan en el funic­u­lar pero nosotros prefe­r­i­mos subir andan­do. A los pies de sus escaleras, por donde ape­nas se puede andar, existe un fan­tás­ti­co mirador que ofrece unas vis­tas sober­bias de la Ciu­dad del Amor.

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Los que seáis fans del “tur­is­mo de cemente­rios”, recor­daros que en Mont­martre se encuen­tra uno de los más boni­tos, en la Avenue Rachel, y aquí se encuen­tran enter­ra­dos Ale­jan­dro Dumas, Emile Zola y Fran­cois Truf­faut, entre otros. Aunque quizás aún más cono­ci­do, este ya a niv­el mundi­al, sea el de Père-Lachaise, el lugar donde reposan los restos de Balzac, Moliere, Oscar Wilde, Maria Callas, Simone Sig­noret, Molière, Yves Mon­tand, Chopin, Delacroix y la más vis­i­ta­da de todas, la de Jim Mor­ri­son, míti­co vocal­ista de The Doors fal­l­e­ci­do con sólo 27 años.

A la hora de ir de via­je, cada uno dis­fru­ta de sus pro­pios freak­ismos y uno de los míos es la par­tic­u­lar ado­ración que sien­to por el direc­tor de cine francés Jean-Pierre Jeunet. El creador de obras maes­tras como “Del­i­catessen”, “Largo domin­go de novi­az­go” o “La ciu­dad de los niños per­di­dos” tiene en su haber la que para mí es obra cum­bre de su fil­mo­grafía, “Amelie”, una de las pelícu­las más boni­tas que se haya roda­do nun­ca y que sue­lo ver cada año tres o cua­tro veces pues siem­pre la encuen­tro nuevos detalles. Por tan­to, mi visi­ta a Mont­martre, donde se grabaron varias esce­nas de la pelícu­la, suponía un inten­so recor­ri­do por algunos de los esce­nar­ios donde vivía sus aven­turas la entrañable Amelie Poulain. Y aquí están algu­nas de ellas…

Au Marché de la Butte, la frutería en la esquina de la calle Androu­et regen­ta­da por el señor Col­lignon, el frutero fic­ti­cio de la pelícu­la. Ha sido tal el éxi­to del film que en la propia frutería, además de man­zanas y naran­jas, se pueden com­prar recuer­dos y fotografías.

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El Cafe des Deux Molins, en la Rue Lep­ic. Esta era la boni­ta cafetería donde Amelie tra­ba­ja­ba de camar­era y que hoy se ha con­ver­tido en tem­p­lo de cul­to para todos los fans de la pelícu­la.

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Y un últi­mo apunte respec­to a Mont­martre: aunque el bar­rio sea muy turís­ti­co, nosotros comi­mos aquí, en la ter­raza de un restau­rante muy agrad­able, Le Sancerre, por ape­nas 15 euros por per­sona y eso que era pleno domin­go. Para que os apun­téis la recomen­dación.

Hablan­do de gas­tronomía, y ya que vamos a ir aca­ban­do nue­stro via­je en el Bar­rio Lati­no, me gus­taría hablar un poquito de los bistros , las taber­nas o tas­cas tan típi­ca­mente france­sas de las que antaño tira­ban las clases pop­u­lares, que venían aquí a ahog­ar sus penas entre tra­gos de vino tin­to. Sin embar­go, hoy muchas de ellas se han con­ver­tido en acoge­dores restau­rantes dec­o­ra­dos con mucho gus­to pero que mantienen sus pre­cios económi­cos. Algunos de los más risueños se encuen­tran en el Bar­rio Lati­no, que es un lugar inmejorable para venir a dar una vuelta al caer la noche y de paso quedarse a cenar.

El Bar­rio Lati­no es el bar­rio étni­co por exce­len­cia: aquí viv­en o deam­bu­lan per­sonas de todas las nacional­i­dades, por lo que igual te puedes com­er un kebab que una piz­za ital­iana. Pero lo ide­al es entrar en alguno de los bistros, que además ofre­cen menús de lo más com­pet­i­tivos, a poco más de 10 euros un par de platos y postre. Nosotros cen­amos en el encan­ta­dor La Petite Hostel­lerie, situ­a­do en una casona de 1680 en la Rue de la Harpe, con un camarero ama­bilísi­mo que habla­ba un per­fec­to castel­lano, y donde se sir­ven deli­cias france­sas como los escar­gots (cara­coles), magret de pato o mejil­lones a la marinera, todo en un ambi­ente de lo más román­ti­co, ide­al para pare­jas.

Inte­ri­or de La Petite Hostel­lerie

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El Bar­rio Lati­no ha sido siem­pre un bar­rio de estu­di­antes, ya que aquí se encuen­tra una de las uni­ver­si­dades más impor­tantes del mun­do, la de La Sor­bona, pero tam­bién podemos encon­trar el Museo Cluny, ded­i­ca­do al arte medieval, el Pan­teón (donde se encuen­tran enter­ra­dos Víc­tor Hugo y Voltaire), los grandísi­mos Jar­dines de Lux­em­bur­go o las igle­sias de Saint Sulpice y Saint Sev­erin. Hay un mon­tón de calles peatonales que invi­tan a pasear (espe­cial­mente en la Rue Mouf­fe­tard, donde los domin­gos se cel­e­bra un mer­cadil­lo) y podrás deam­bu­lar entre libr­erías y tien­das de dis­cos de segun­da mano a sólo unos pasos de las oril­las del Sena.

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Las sinies­tras gár­go­las parisi­nas

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Pero si hay una igle­sia que sobre­sale en París sobre todas las demás y que se merece ser el broche final de este via­je a la Ciu­dad de la Luz, esta es la bel­lísi­ma Cat­e­dral de Notre Dame, que curiosa­mente fue el primer mon­u­men­to que visi­ta­mos en dicho via­je. Aña­di­en­do la recomen­dación de la visi­ta al Pala­cio de Ver­salles (que, como os comen­to, esta vez no vis­ité pero sí en mi via­je ante­ri­or, prob­a­ble­mente el pala­cio más boni­to de toda Europa y aún más sus jar­dines, reser­va una mañana entera para ir a ver­lo), Notre Dame y su impo­nente facha­da, en la que se inspiró Víc­tor Hugo para crear la his­to­ria del joroba­do Qua­si­mo­do, es una de las cat­e­drales más boni­tas del mun­do, tan­to por den­tro como por fuera. Su ima­gen es el mejor recuer­do que puedes lle­varte de la cap­i­tal france­sa. París oh la lá…¡qué ganas de regre­sar!

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  1. Me ha encan­ta­do leerte. Muchos de los enclaves parisi­nos que nom­bras los vi durante los 5 días que pasé en la ciu­dad de la luz. Pero como voy a pasar un año allí por tra­ba­jo, preferí dejar muchísi­mas cosas para poder dis­fru­tar­las con cal­ma cuan­do vaya en sep­tiem­bre. Tomo nota de muchas de tus recomen­da­ciones, es de gran ayu­da tu pub­li­cación.

  2. Muchas gra­cias! Me ale­gro que te haya servi­do de ayu­da porque París es una ciu­dad con tan­tísi­mo que ofre­cer que parez­ca que nun­ca ten­gas tiem­po sufi­ciente. En tu caso, un año dará mucho de sí, asi que serás tú quien no des­cubras nuevos secre­tos!! 😉

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