Viaje a Sigüenza, Albarracín y Teruel

Como teníamos muchas ganas de hac­er­nos una escapa­da a la zona de Teruel,un des­ti­no que teníamos muy pen­di­ente des­de hace bas­tante tiem­po, aprovechamos el fin de sem­ana para coger el coche y hac­er­nos un com­bi­na­do de Sigüen­za (en la provin­cia de Guadala­jara) y Albar­racín y Teru­el cap­i­tal, ambas en la provin­cia de Teru­el. Vamos con el rela­to.

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Sigüen­za

Para lle­gar des­de Madrid a Sigüen­za se requiere poco más de hora y cuar­to en coche. De todas for­mas, os comen­to que hay otra for­ma bien boni­ta de lle­gar a Sigüen­za y no es otra que en el tren medieval: sale de la estación de Chamartín a las diez de la mañana, tar­da una hora y media y el via­je se ve ameniza­do por actores dis­fraza­dos de per­son­ajes de la época. El trayec­to de ida y vuelta cues­ta 30 euros a los adul­tos y 16 euros a los niños.

Sigüen­za se encuen­tra en el alto valle del río Henares y sus raíces, debido pre­cisa­mente a su estratég­i­ca situación, se remon­tan a la lejana Edad de Hier­ro, para que seáis con­scientes de su antigüedad. Segon­tia, como se la conocía entonces, era una de las ciu­dades pre­rro­manas más impor­tantes de la penín­su­la ibéri­ca, lo que era antigua­mente Celtiberia. Pre­cisa­mente tras las Guer­ras Celtíberas sufrió la col­o­nización de los romanos, que la con­virtieron en una de sus bases claves por estar situ­a­da en la ruta que enlaz­a­ba Méri­da (Emeri­ta Augus­ta) con Zaragoza (Cae­sar Augus­ta).

Sigüen­za, pese a ser hoy un pequeño pueblo de 5.000 habi­tantes, ha sido a lo largo de la His­to­ria de España una ciu­dad muy rel­e­vante. Tras el paso de los romanos y con la lle­ga­da de los visigo­dos, pasó a con­ver­tirse en sede epis­co­pal de la igle­sia, de ahí que de Sigüen­za salier­an var­ios obis­pos en dicha época. Con la pos­te­ri­or invasión musul­mana, Sigüen­za se reci­cló en una impor­tante for­t­aleza defen­si­va, aunque después volvería a ser recon­quis­ta­da por los cris­tianos. Su época de may­or glo­ria llegó, pre­cisa­mente, cuan­do se con­vir­tió en obis­po de la ciu­dad el car­de­nal Men­doza, uno de los per­son­ajes más influyentes durante el reina­do de los Reyes Católi­cos (tan­to como para que lle­gara a con­sid­erárse­le el ter­cer sober­a­no y que tuvo un papel fun­da­men­tal en el des­cubrim­ien­to de Améri­ca y la expul­sión de los judíos). Seis sig­los después, todavía se puede res­pi­rar en las calles de Sigüen­za la impor­tan­cia de su obis­pa­do. Éste prop­i­ció que inclu­so existiera aquí una uni­ver­si­dad (que cer­ró en 1824), que jun­to a las sali­nas de Imón, hoy aban­don­adas, lle­varon a Sigüen­za a ser una de las ciu­dades con may­or poderío económi­co de su época.

Lo recomend­able, si venís en coche, es que aparqueis en la calle Villavi­ciosa, donde se encuen­tra la antigua uni­ver­si­dad, y sub­áis por la boni­ta calle Car­de­nal Men­doza, donde los establec­imien­tos han sabido adap­tarse a la arqui­tec­tura de época. Por cier­to, en la calle Humil­ladero podéis encon­trar libr­erías con numerosas obras que os podrán ilus­trar sobre la his­to­ria de la ciu­dad.

Sigüen­za hay que comen­zar a recor­rerla jus­ta­mente por su edi­fi­cio más impor­tante y en torno al cual gira toda la vida del pueblo: la Cat­e­dral de San­ta María de Sigüen­za. Tiene una antigüedad de casi 900 años, ahí donde la veis, aunque los difer­entes obis­pos que pasaron por aquí se fueron encar­gan­do de añadir a la con­struc­ción nuevos ele­men­tos, fun­di­en­do magis­tral­mente los esti­los góti­co, románi­co e inclu­so bar­ro­co. Es una igle­sia grandísi­ma si la com­para­mos con el tamaño del pueblo:la razón no es otra que haber servi­do durante sig­los como for­t­aleza reli­giosa en las incon­ta­bles batal­las que han aso­la­do la ciu­dad. Entre sus múlti­ples capil­las desta­ca el sepul­cro de Martín Vázquez de Arce, el Don­cel de Sigüen­za, uno de los per­son­ajes más queri­dos de la local­i­dad. Su sepul­cro, en el que se le rep­re­sen­ta recosta­do, es una de las obras cum­bres del góti­co español.

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La Cat­e­dral de Sigüen­za, debido a tan­to ase­dio bélico,ha sufri­do tan­to como los segunti­nos. De hecho, como podéis obser­var en la fotografía, aún son vis­i­bles las huel­las de la metral­la. A medi­a­dos de 1936, en el ini­cio de la triste Guer­ra Civ­il, más de 800 per­sonas se refu­gia­ron de la bar­barie entre los muros de la Cat­e­dral. Los bom­bardeos se cebaron con Sigüen­za, espe­cial­mente con el hos­pi­tal y el hos­pi­cio, donde fal­l­ecieron todos los niños y las celado­ras que se ocu­pa­ban de su cuida­do. Murieron un total de más de 500 per­sonas, la may­or parte de ellos civiles, masacra­dos por las tropas fran­quis­tas.  Cuan­do se les pre­gun­tó a los fascis­tas por qué no deja­ban salir de la cat­e­dral a los niños refu­gia­dos, esta fue su respuesta:“Hay que matar la semi­l­la para que no vuel­va a bro­tar la plan­ta”. Una parte de nues­tra his­to­ria que nun­ca, nun­ca debe­mos olvi­dar: el fas­cis­mo es la peor pla­ga que ha sufri­do nue­stro país en el últi­mo siglo y lugares como la Cat­e­dral de Sigüen­za son prue­ba evi­dente del dolor que causaron a la población el Caudil­lo y sus mer­ce­nar­ios.

En la fotografía de la Torre del Gal­lo, que antigua­mente era des­de donde se lan­z­a­ba la voz de alar­ma al castil­lo en caso de peli­gro, se pueden apre­ciar 70 años después las heri­das de la metral­la.

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Nos vamos a la pre­ciosa Plaza May­or, man­da­da con­stru­ir, como no, por el Car­de­nal Men­doza en el siglo XVI para que aco­giera al Ayun­tamien­to, la Casa de la Tesor­ería y el mer­ca­do local. Hay que recor­dar que Men­doza fue uno de los prin­ci­pales impul­sores del Renacimien­to en España y quiso dejar su huel­la estilís­ti­ca pre­cisa­mente en la Plaza May­or. Aunque su obra se demoró debido a la peste que asoló la ciu­dad y las dis­cu­siones entre los difer­entes entes guber­na­men­tales, quienes no veían con buenos ojos la con­struc­ción de una nue­va plaza en detri­men­to de la ante­ri­or y enci­ma en el lugar donde se ubi­ca­ba la antigua cár­cel, hoy en día mantiene la heren­cia de sus bel­lísi­mos sopor­tales, lev­an­ta­dos ini­cial­mente con la inten­ción de dar som­bra a los vende­dores ambu­lantes. Actual­mente, es el rincón con más bul­li­cio de Sigüen­za y donde sue­len con­cen­trarse los tur­is­tas, aprovechan­do para tomar un refrige­rio en un esce­nario real­mente espec­tac­u­lar.

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Sigüen­za, como comenta­ba antes, es una ciu­dad que no puede ni quiere escapar de su pasa­do ecle­siás­ti­co ya que fue éste el que la dio boa­to e impor­tan­cia. Así, las otras dos con­struc­ciones más rel­e­vantes son,precisamente,dos tem­p­los cristianos:la Igle­sia de San Vicente y la Igle­sia de San­ti­a­go. La primera,como su pro­pio nom­bre indi­ca, está ded­i­ca­da al patrón de la ciu­dad. La segunda,la de San­ti­a­go, tam­bién sufrió los estra­gos de la Guer­ra Civ­il, cuan­do quedó prác­ti­ca­mente destruida.Tras décadas de aban­dono, por fin recibió agrade­ci­da hace pocos años las tar­eas de restauración:su labor aho­ra ya no es sólo reli­giosa sino abier­ta a otros cam­pos cul­tur­ales.

Un rincón de Sigüen­za que,a poco que te descuides,pasa desapercibido y que a nosotros nos pare­ció súper especial:la Puer­ta del Sol. Está escon­di­da en un calle­jón, situ­a­da frente a la Trav­es­aña Baja,antiguamente se la conocía como Puer­ta del Por­tale­jo y cam­bió su nom­bre debido a su ori­entación, hacia el este, por donde salía el sol. Data del siglo XIII y era una de las puer­tas de acce­so a la vil­la. La leyen­da cuen­ta que era la úni­ca puer­ta de la mural­la que nun­ca cerra­ba al caer la noche. Esto respondía a que los enfer­mos de peste eran dester­ra­dos extra­muros para evi­tar que propa­garan la enfer­medad. A sus fami­lares se les per­mitía venir por las noches a dar­les ali­men­tos, agua y man­tas para res­guardarse del frío, imag­i­naos los invier­nos de Guadala­jara pasán­do­los a la intem­perie.

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Otra de las puer­tas que se mantiene en pie, esta en la Plaza May­or, es la Puer­ta del Toril, ya que en la plaza se cel­e­bra­ban even­tos tau­ri­nos. En total, había siete puer­tas que per­mitían cruzar las mural­las.

Esta de aba­jo es la Puer­ta del Hier­ro. Era la entra­da que uti­liz­a­ban los mer­caderes cuan­do cada sem­ana acud­ían al mer­ca­do local. Las puer­tas servían para tres cosas: como tor­res defen­si­vas (de ahí la torre de la fotografía), como pun­to de entra­da y sal­i­da y lugar de recau­dación de impuestos. Si querían vender su mer­cancía den­tro de la ciu­dad, antes debían pasar por caja y pagar los cor­re­spon­di­entes alca­balas y por­taz­gos.

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La Casa del Don­cel es uno de los edi­fi­cios de los que más orgul­losos se sien­ten los veci­nos de Sigüen­za. Se encuen­tra en pleno cas­co antiguo,data del siglo XIII y ha sido res­i­den­cia de famil­ias ilus­tres como los Vázquez de Arce y Sosa y los Mar­que­ses de Bed­mar. En el exte­ri­or se pueden obser­var los escu­d­os nobil­iar­ios de las difer­entes famil­ias. Puedes vis­i­tar­la por dentro,pese a que alber­gue la sede del Archi­vo Históri­co Municipal:la entra­da es total­mente gra­tui­ta.

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El Castil­lo de Sigüen­za actual­mente es un Parador pero ello no excluye que puedas vis­i­tar sus patios inte­ri­ores. El patio prin­ci­pal, cuya estruc­tura recuer­da mucho a las alcaz­abas árabes, aún con­ser­va el pozo que abastecía de agua a la for­t­aleza, algo nece­sario en un edi­fi­cio que era donde se refu­gia­ban los ciu­dadanos en caso de guer­ra. Ha sido res­i­den­cia de nobles y obis­pos aunque la huésped que más quieren y admi­ran los lugareños es Blan­ca de Bor­bón (aunque no estu­vo aquí pri­sion­era sino dester­ra­da). Repu­di­a­da des­de el día sigu­iente a su boda por su esposo el rey Pedro I, quien la mandó asesinar pos­te­ri­or­mente cuan­do la reina sólo con­ta­ba 22 años, fue una víc­ti­ma abso­lu­ta de las intri­gas palac­i­e­gas de entonces. Los veci­nos de Sigüen­za son fieles a la leyen­da que rela­ta como el espíritu de la reina france­sa aún vaga las­timero por una de las tor­res del castillo.Como curiosi­dad, comen­tar que la belleza del castil­lo es tal que aquí se han roda­do pelícu­las como “1492:La Con­quista del Paraí­so” de Rid­ley Scott o “Días Con­ta­dos” de Imanol Uribe.

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Antes de acabar con Sigüen­za, una recomen­dación: el restau­rante Don Rodri­go (C/ Car­de­nal Men­doza 16). Comi­mos allí y la ver­dad, para ser Sigüen­za un pueblo tan turís­ti­co, relación cal­i­dad pre­cio inmejorable. Tienen un menú del día (inclu­so fines de sem­ana) por 12 euros con muy bue­nas opciones gas­tronómi­cas (muy recomend­ables las migas con hue­vo roto y los medal­lones de cer­do a la sal­sa de Opor­to).

Albar­racín

Tiramos hacia Albar­racin… y vaya odis­ea para lle­gar. No es que no haya autopista,lo cual es com­pren­si­ble sabi­en­do que está escon­di­do en mitad de la sier­ra. Es que las car­reteras comar­cales pasan a ser regionales, luego secun­darias muy secun­darias… has­ta que de repente un car­tel bien explíc­i­to te avisa de lo que te espera los próx­i­mos kilómet­ros: Camino Rur­al.  Los amor­tiguadores del coche se emplearon a fon­do, vaya que sí. Ape­nas señal­ización, tramos por los que ape­nas caben dos vehícu­los, bach­es y socavones. Parece que al estar la provin­cia de Teru­el tan poco pobla­da, el Gob­ier­no se ha olvi­da­do del traza­do y con­ser­vación de las vías de comu­ni­cación entre unos pueb­los y otros. Pero digo yo que los tur­olens­es pagarán impuestos como los demás y se mere­cerán que si se ponen enfer­mos las ambu­lan­cias no tar­den dos horas en lle­gar ¡como para ten­er una emer­gen­cia! Lo bueno del via­je, al que pasamos a denom­i­nar con humor el Rur­al Tour, es que nos per­mi­tió pasar por pueb­los minús­cu­los donde no se veía un alma (es una bar­bari­dad los cien­tos de casas aban­don­adas que hay des­pedi­gadas por los cam­pos de Teru­el) y admi­rar, aunque fuera des­de el exte­ri­or, el impre­sio­n­ante castil­lo de Moli­na de Aragón: no me le esper­a­ba tan grande, tan impo­nente ni tan bien con­ser­va­do.

Teníamos muchas ganas de cono­cer Albar­racín y des­de que se le ha otor­ga­do hace tiem­po el títu­lo de Pueblo más Boni­to de España, pues más. No obstante, Albar­racín ha pre­sen­ta­do su can­di­datu­ra a la UNESCO para ser declar­a­do Pat­ri­mo­nio de la Humanidad. Y sin­ce­ra­mente, deberían con­cedérse­lo. Mira que he vis­i­ta­do cien­tos de pueb­los en nue­stro país. Nun­ca en la vida, jamás, me he topa­do con uno de seme­jante belleza y eso que sus rivales son de órda­go. Asi que sí, mere­ció la pena (y mucho) el via­je por car­reteras pedregosas. Nos ale­gramos un mon­tón de haber escogi­do pasar noche allí según nos acer­cábamos y veíamos las mon­tañas gigan­tescas entre las que se encuen­tra el pueblo, espec­tac­u­lares es poca pal­abra para definir­las.

Hablan­do de dormir, habíamos reser­va­do antes de ir en el hotel rur­al Mesón del Gal­lo. Y sí, es rur­al y mucho, que es pre­cisa­mente lo que íbamos bus­can­do. La habitación una cuca­da y con un bal­conci­to con unas vis­tas pre­ciosas del pueblo.

Además, al estar al lado del río y en ple­na mon­taña, pese a ser Julio por la noche bajan un mon­tón las tem­per­at­uras y has­ta pudi­mos dormir con man­ta, lo que fue de agrade­cer. Insis­to en que el hotel genial, muy limpio, con un per­son­al muy amable (eso sí,has de lla­mar a la cam­pana porque la recep­ción suele estar desier­ta) y enci­ma tiene un restau­rante fran­ca­mente bueno,llamado tam­bién Mesón del Gal­lo, regen­ta­do por una pare­ja ital­iana que ha sabido com­bi­nar la gas­tronomía de su país, con una ofer­ta de dos doce­nas de piz­zas caseras, con la no menos sabrosa gas­tronomía tur­olense. Nosotros cen­amos allí esa noche y quisi­mos aprovechar tan curiosa mez­cla optan­do por la ensal­a­da cap­rese rega­da con aceite ecológi­co y la trucha con pis­to. Riquísi­mo todo.

Albar­racin es un pueblo pequeñi­to, de poco más de un mil­lar de habi­tantes, y eso le otor­ga aún más méri­to a la mag­ni­tud de su belleza, total­mente inigual­able. Su pasa­do morisco (su nom­bre proviene del apel­li­do Aben Razin, perteneciente a una famil­ia bere­ber que le con­vir­tió en un minús­cu­lo reino taifa) se siente a cada paso,con calle­jones tan estre­chos que dos per­sonas pueden darse la mano de una ven­tana a otra y ape­nas logra entrar la luz del sol. Eso es lo que hace tan espe­cial pasear por Albarracin,esas calles por la que ape­nas puede pasar una pare­ja de per­sonas, esos miles de recov­ecos medievales detenidos en el tiem­po.

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Lo que más impre­siona de Albar­racin, sin embar­go, es obser­var­lo des­de el exte­ri­or porque su dis­posi­ción es úni­ca y fasci­nante. Lo había vis­to mil veces en foto pero cuan­do lleg­amos allí,lo primero que le comen­té a mi novio fue “¿cómo habrán sido capaces los albañiles antigu­os de con­stru­ir esas casas en esos sitios?” Porque Albar­racin es un pueblo que sería imposi­ble si no lo tuviéramos delante de los ojos y lo pudiéramos tocar con nues­tras propias manos. Sus­pendi­do sobre un risco ver­tig­i­noso, dan­do la sen­sación siem­pre de estar a pun­to de caer, mira altane­ro a toda la comar­ca de la Sier­ra de Albar­racín. Que para eso es el más boni­to de España.

Albar­racin es un pueblom­inús­cu­lo pero con mucha his­to­ria. Después de los árabes, lle­garon los cris­tianos a impon­er su ley, los Aza­gra (curiosa­mente, Al Sajra, de donde proviene el apel­li­do, es un voca­blo árabe que sig­nifi­ca “la peña”, no podían haber escogi­do mejor lugar que Albar­racín). El caso es que los Aza­gra, que eran muy suyos,en el siglo XII crearon aquí un obis­pa­do pro­pio y eran reino inde­pen­di­ente de Castil­la y Aragón. Has­ta el 1285 los aragone­ses no lograron con­quis­tar­la pero el botín les mere­ció la pena: era una ciu­dad prac­ti­ca­mente inex­pugnable, ellos bien lo habían com­pro­ba­do. Se encuen­tra escon­di­da en un valle, a 182 met­ros de alti­tud, pro­te­gi­da por el río Guadalaviar y por las mural­las larguísi­mas que han sobre­vivi­do has­ta nue­stros días.

Las rutas turís­ti­cas que real­izan los guías locales de El Andador tienen muy bue­na fama (te las recomien­dan en todos los establec­imien­tos y en inter­net sólo reciben ala­ban­zas), son muy baratas, 3 euros por per­sona, y te expli­can un mon­tón de cosas. Pero como depen­des de horar­ios, nosotros decidi­mos doc­u­men­tarnos por nues­tra cuen­ta antes de ir y hac­er las vis­i­tas solos. Lo cier­to es que nos sor­prendió que pese a ser un pueblo muy turís­ti­co, la gente se agru­pa­ba en las ter­razas de la Plaza May­or pero luego podías pasear por un mon­tón de calle­jones sin cruzarte con nadie. Por cierto,la Plaza May­or de Albar­racín es muy curiosa ya que su traza­do es total­mente irregular,algo excep­cional en un pueblo aragonés. Antes se cel­e­bra­ba aquí el mer­ca­do pero aho­ra lo que desta­ca es su boni­to ayun­tamien­to y el mirador de los arcos,desde el que se tienen unas vis­tas pre­ciosas de las casas rojas col­gantes del pueblo.

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Como os digo,las vis­tas des­de el mirador dejan sin habla. Mirad qué panorámi­ca, con la Igle­sia de San­ta María,la más antigua del pueblo. El primer tem­p­lo cris­tiano de Albar­racin, fun­da­do antes del 1200, mues­tra en su teja­do una de las mejores mues­tras de arte mudé­jar de todo Aragón.

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Entre tan­ta casa rojiza desta­ca esta de col­or azul celeste: la de los Navar­ro de Arzuria­ga. Fue una de las famil­ias más influyentes de Albar­racín en el siglo XVII. Según la leyenda,un miem­bro de la famil­ia Navar­ro se casó con una andaluza y esta hizo pin­tar las fachadas de azul para recor­dar a su tier­ra, además de llenarla de mac­etas con geran­ios.

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La Casa de la  Juliane­ta, la más famosa de Albar­racín, por como impeca­ble­mente rep­re­sen­ta la arqui­tec­tura típi­ca del pueblo. Es muy pequeñi­ta y sen­cil­la pero al mis­mo tiem­po llena de irreg­u­lar­i­dades, algo que tienen común las casas de Albar­racín. Oblig­adas, se han debido adap­tar de las man­eras más inverosímiles a la fisionomía del ter­reno, lo que las con­vierte en vivien­das que pare­cen extraí­das de un cuadro de Dalí.

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Así son las far­ma­cias en Albar­racín: ¡autén­ti­cas obras de arte!

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La calle Aza­gra es una de las más boni­tas de Albar­racín. Como os comenta­ba antes, es tan estrecha que ape­nas entran los rayos del sol, lo que le da un aire súper sinie­stro y nos trans­porta a esos tiem­pos tan mis­te­riosos de la Edad Media.

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En la parte de aba­jo del pueblo tienes el río Guadalaviar, pre­cioso en esta época del año y que invi­ta a pasear por sus oril­las bus­can­do el fres­cor y mit­i­gar el calor de las tardes de ver­a­no tur­olens­es. Oji­to con el puente,que es muy inestable y sólo aguan­ta el peso de cin­co per­sonas.

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Teru­el

Dormi­mos como mar­mo­tas después de un día ago­ta­dor (si algo car­ac­ter­i­za a Sigüen­za y Albar­racín son las cues­tas) y el domin­go por la mañana enfil­am­os hacia Teru­el: aunque sólo está a 33 kilómet­ros de Albar­racín, no te dejes engañar, por las car­reteras de la sier­ra se tar­da casi tres cuar­tos de hora en lle­gar. Quizás porque en ver­a­no muchos de los habi­tantes de la cap­i­tal huyen hacia la playa o las mon­tañas, no encon­tramos demasi­a­do prob­le­ma en aparcar a diez min­u­tos andan­do del cen­tro históri­co: en la ciu­dad lo que se veían prin­ci­pal­mente eran tur­is­tas, has­ta nos encon­tramos con un grupo de 30 rusos sudan­do la gota gor­da y alu­ci­nan­do con la belleza de las cal­lecitas tur­olens­es. Y es que no per­mi­tas que te ven­dan la moto con eso de que “Teru­el no existe”. No sé a quien se le ocur­rió ini­ciar esa cam­paña de lin­chamien­to con una ciu­dad tan encan­ta­do­ra pero des­de luego es total­mente injus­ta: es una pena que se infraval­ore tan­to a una ciu­dad que es la más impor­tante a niv­el mundi­al en lo que a arte mudé­jar se refiere.

Ima­gen de la Cat­e­dral de San­ta María de Medi­av­il­la, la más impor­tante de la ciu­dad. Su torre, cim­bor­rio y techum­bre son Pat­ri­mo­nio de la Humanidad de la UNESCO.

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Aunque Teru­el ten­ga fama de ser la cap­i­tal de provin­cia menos pobla­da de España, poco menos de 30.000 habi­tantes (vamos,que es más bien un pueblo grande), su escasa den­si­dad geográ­fi­ca poco tiene que ver con su his­to­ria y su pat­ri­mo­nio artís­ti­co. Nada más lle­gar, lo que más sor­prende encon­trarse son los restos de las antiguas mural­las que pro­tegían al castil­lo (del que no ha queda­do nada). Hay que men­cionar que estas mural­las que pro­tegían la ciu­dad con­ta­ban con nada más y nada menos que 40 tor­res de vig­i­lan­cia.

Los muros se lev­an­taron entre el siglo XIII y el siglo XV. Las mural­las eran muy impor­tantes para Teru­el (debe­mos recor­dar que esta región ejer­cía fron­tera con el reino musulmán,por lo que era indis­pens­able man­ten­er­las en buen esta­do y se ded­i­ca­ba bue­na parte de los impuestos para las labores de con­ser­vación). La mural­la orig­i­nal tenía for­ma de elipse y su perímetro alcan­z­a­ba casi los dos kilómet­ros. De las siete puer­tas orig­i­nales, quedan la de Daro­ca y San Miguel; en cuan­to a los torre­ones, se con­ser­van en pie los de San Este­ban, Ambe­les, La Lom­bardera y del Rincón. El de Ambe­les es este que podéis con­tem­plar aquí aba­jo.

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El boni­to Archi­vo Históri­co Provin­cial, de esti­lo mod­ernista, ocu­pa un edi­fi­cio de 1911

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El Acue­duc­to de los Arcos o Traí­da de las Aguas de Teru­el, una de las may­ores obras de inge­niería del Renacimien­to español, fue con­stru­i­do a medi­a­dos del siglo XVI y sirvió no sólo para abaste­cer de agua a la población, que traían de la cer­cana Peña del Macho, sino tam­bién como via­duc­to. Está con­sid­er­a­do Bien de Interés Cul­tur­al y tiene 140 arcos.

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El pre­cioso Museo de Teru­el, con­stru­i­do en 1542 y des­ti­na­do a preser­var el pat­ri­mo­nio cul­tur­al tur­olense. Se encuen­tra ubi­ca­do en la Casa de la Comu­nidad, de esti­lo rena­cen­tista, y en sus cin­co plan­tas se expo­nen restos arque­ológi­cos que se remon­tan has­ta la Pre­his­to­ria.

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Vis­tas de la bel­lísi­ma Torre de San Martín, tam­bién Pat­ri­mo­nio de la Humanidad. Es una de las obras cum­bres del arte mudé­jar aragonés. El arte mudé­jar, pese a ser cris­tiano, tiene múlti­ples influ­en­cias del mun­do musulmán,lo que hace de él un esti­lo arqui­tec­tóni­co fasci­nante.  Mudé­jar es una pal­abra que desciende del voca­blo árabe “mudayyan”, que sig­nifi­ca domes­ti­ca­do: los mudé­jares eran musul­manes que se quedaron vivien­do en la penín­su­la pese a la recon­quista cris­tiana y a los que en un prin­ci­pio se les per­mi­tió man­ten­er su cul­to al islam, hablar su lengua y con­ser­var sus cos­tum­bres. Lam­en­ta­ble­mente, con el tiem­po se pro­hi­bieron los mat­ri­mo­nios mix­tos entre musul­manes y cris­tianos y se comen­zó a for­jar un cli­ma de intol­er­an­cia reli­giosa que derivó en las revueltas mudé­jares y provocó que muchos de ellos se fuer­an del país (a finales de la Edad Media sólo con­sti­tuían el 11% de la población). Los que se quedaron pasaron a ser denom­i­na­dos moriscos y oblig­a­dos a prac­ticar sus ritos reli­giosos en la más abso­lu­ta clan­des­tinidad.

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Plaza May­or de Teru­el. Tam­bién se la conoce como Plaza del Mer­ca­do. Aunque es muy pequeñi­ta, está llena de vida, sobre todo un domin­go por la mañana, día fes­ti­vo, que fue cuan­do la visi­ta­mos. De ella parten ocho calles hacia difer­entes pun­tos del cen­tro históri­co.

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Esta plaza tam­bién es cono­ci­da como Plaza del Tori­co, ya que pre­cisa­mente esta escul­tura es la que la pre­side. El Tori­co (y no torito,ya sabeis que los aragone­ses uti­lizan sus par­tic­u­lares diminu­tivos) es la “mas­co­ta” más queri­da por los tur­olens­es, pese a lo pequeñín que es. La leyen­da cuen­ta que cuan­do se fundó la ciu­dad, dejaron suel­to a un toro para ele­gir el lugar del asen­tamien­to. Este se detu­vo bajo una estrel­la y así surgió el nom­bre de Toru­el ( por toro y actuel (estrel­la)). Aunque yo esté en con­tra de la tau­ro­maquia y del mal­tra­to ani­mal, los tur­olens­es son muy amantes del toreo y todos los meses de Julio, a medi­a­dos, vis­ten al Tori­co con el Pañueli­co Rojo en hon­or de las fes­tivi­dades locales.

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Ya que hemos men­ciona­do la plaza, hago un inciso para recomen­daros que en sus inmedia­ciones busquéis el Gran Café de Teru­el, que fue donde comi­mos. La dec­o­ración es total­mente irlan­desa pero la comi­da es muy típi­ca de la zona,asi que podrás degus­tar algu­nas de las deli­cias de la gas­tronomía aragone­sa: nosotros opta­mos por las migas, embu­ti­do ibéri­co, carne de secre­to y bacalao, que aunque era a la viz­caí­na, esta­ba riquísi­mo.

Torre de San Pedro, otra mar­avil­la arqui­tec­tóni­ca. Su cam­pa­nario, del siglo XIII, es el más antiguo del arte mudé­jar tur­olense.

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La Igle­sia de San Pedro es una de las más boni­tas que he vis­i­ta­do nun­ca en España. Es de esti­lo góti­co-mudé­jar y fue con­ce­bi­da como una igle­sia-for­t­aleza. Su altar may­or (que no se decoró debido a que se con­sid­er­a­ba que la pin­tu­ra camu­fla­ba las imper­fec­ciones de las escul­turas) y el más pequeño de los San­tos Médi­cos son fran­ca­mente impre­sio­n­antes. Aunque los altares no estén pin­ta­dos, sí lo están, y mucho, el resto de los muros, hacien­do de este tem­p­lo un edi­fi­cio úni­co en España.

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Y ter­mi­namos el rela­to con el mon­u­men­to que más ganas tenía de cono­cer en este via­je: el Mau­soleo de los Amantes de Teru­el. La entra­da cues­ta 4 euros pero yo os recomien­do que hagáis lo que nosotros, coger la entra­da com­ple­ta (9 euros), que per­mite tam­bién el acce­so a la Igle­sia de San Pedro, el claus­tro, la torre, recor­rer el ándi­to exte­ri­or del tem­p­lo (es una mar­avil­la poder ver todos los teja­dos de Teru­el des­de las alturas) y además,la visi­ta es guia­da. La guía que nos tocó, aparte de muy sim­páti­ca, nos enseñó un mon­tón de cosas de la his­to­ria de Teru­el y nos hizo bien ame­na la hora y media de visi­ta.

El Mau­soleo de los Amantes es,simplemente,maravilloso. Antes de lle­gar a él se expo­nen varias pin­turas ded­i­cadas a esta infe­liz pare­ja, que vivió una de las más trág­i­cas his­to­rias de amor de nue­stro país. Y es que,pese a lo que muchos cre­an errónea­mente, la his­to­ria de los amantes no es una leyen­da sino una real­i­dad: Juan Diego de Mar­cil­la e Isabel de Segu­ra (vaya casu­al­i­dad que sus nom­bres fuer­an los mis­mos que el de mi novio y el mío) existieron, vaya si existieron. De hecho,estuvimos vien­do sus momias en los sepul­cros. Hace unos años, se man­daron analizar en Madrid y Esta­dos Unidos mues­tras del teji­do de los cadáveres: efec­ti­va­mente, pertenecen a una pare­ja del siglo XIII y se cer­ti­fi­ca que,por el tamaño de las caderas, ella era una mujer que nun­ca llegó a ten­er descen­den­cia. Asi que esta­mos delante de los pro­tag­o­nistas de una his­to­ria real digna de cualquier nov­ela.

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La his­to­ria de los amantes es muy,muy triste. Isabel y Juan se conocían des­de la infan­cia, se enam­oraron sien­do unos niños y des­de el principio,la famil­ia de ella se opu­so a la relación ya que eran una famil­ia acau­dal­a­da y Juan no tenía bienes. Esto le impul­só a alis­tarse en el ejérci­to e irse a la guer­ra a hac­er for­tu­na. Allí estu­vo cin­co años y cuan­do regresó a Teru­el, se encon­tró con que habían oblig­a­do a Isabel a casarse con el Señor de Albar­racín. Furtiva­mente, se intro­du­jo en la res­i­den­cia de su ama­da, pidién­dola un beso de des­pe­di­da, a lo que ella se negó por estar com­pro­meti­da. Juan murió de dolor y al día sigu­iente, amor­ta­ja­do ya para ser enter­ra­do, Isabel acud­ió al sepe­lio, cubier­ta con un velo negro que oculta­ba su ver­dadera iden­ti­dad, para dar­le el beso que le negó en vida. Rota de dolor, murió en sus bra­zos, los exper­tos creen que de un infarto,al no poder sopor­tar tan­ta des­dicha.

Ocho sig­los después,los amantes reposan jun­tos para toda la eternidad y se han con­ver­tido en los per­son­ajes más queri­dos por los habi­tantes de Teru­el. La fan­tás­ti­ca obra de los sepul­cros, real­iza­da por Juan de Áva­l­os, les rep­re­sen­ta, no obstante, con las manos sin lle­gar a tocarse y las miradas dirigi­das cada una a un pun­to difer­ente como sím­bo­lo de su amor incom­ple­to. Una escul­tura lindísima,pese a lo trági­co de su his­to­ria, que con­sti­tuía el mejor pun­to final que podíamos dar­le a nue­stro via­je.


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