Viaje a Ibiza

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Como siempre suelo comentar, es curioso que a menudo viajemos a la otra parte del mundo y aún nos sigan faltando tantos lugares por conocer en nuestro país. Es el sino del eterno viajero: comienza una a planificar vacaciones y escapadas conforme a los días que va teniendo libres y pese a que entre dichos viajes intenta siempre meter, aunque sea con calzador, recorridos por nuestro país, a veces los destinos nacionales quedan sacrificados en beneficio de rincones más remotos. Y es una pena, soy consciente de ello. A ello se suma también que los meses de Julio y Agosto suelen tirarnos para atrás a la hora de movernos por España, debido precisamente a la saturación de turismo que azota muchos lugares, especialmente si están cerca de la costa. pero en esta ocasión llegaba el puente de Santiago a finales de Julio y aún sin planes decididos, la family, que por esas fechas tenía un apartamento en Ibiza, nos proponía hacernos una escapada allí. Asi que como alojamiento y coche nos salían gratis y no conocíamos la isla (en mi caso, de las Baleares sólo había estado en Mallorca, donde hice un par de viajes hace años), decidimos obviar que viajaríamos allí en temporada alta-altísima e intentaríamos, aunque sabíamos que era difícil, buscar rincones que no estuvieran demasiado masificados. Y créeme, si lo intentas, lo consigues.

Aunque Ibiza es bastante pequeña, teníamos bastante claro que tampoco queríamos meternos un palizón para tres días que íbamos ya que además necesitábamos algo de relax, por lo que este artículo tampoco pretende ser una guía minuciosa de la isla de pé a pá. También es cierto que al contrario que en Mallorca aquí, a excepción de las calas, algunos pequeños pueblos y el casco viejo de Ibiza, tampoco hay una multitud de destinos atractivos que se nos fueran a quedar en el tintero, por lo que en ese sentido nos lo tomamos con bastante tranquilidad y a disfrutar de lo que se pudiera y, sobre todo, de lo que nos apeteciera. Lo he comentado varias veces y es una de mis máximas: no merece la pena ir a ningún sitio con la lengua fuera, mejor ver tres cosas bien y degustándolas con calma que cinco con prisas y de mala manera. En cualquier caso, llamadme rara pero al volver, fue con la sensación de que Ibiza debe ser un lugar con mucho más encanto en invierno, cuando cierran la mayoría de los hoteles y exceptuando a los locales y unos cuantos turistas desperdigados, la isla se queda semidesierta. Como yo tampoco soy excesivamente playera (entendedme, me gustan las playas pero tampoco se convierten en un requisito indispensable y absoluto a la hora de viajar) pensé que sacrificar lo de bañarse en invierno si a cambio tienes Ibiza sin muchedumbres de gente debe ser de lo más satisfactorio. Asi que probablemente la visita invernal es algo que apunte en los “pendientes” de mi agenda viajera.

Nosotros, que estamos acostumbrados a vuelos de 12 horas de duración, cada vez encontramos más placer en lo de subir a un avión y que el trayecto apenas dure una hora. ¡No te acabas de sentar y prácticamente ya estás aterrizando! En el caso de viajar a Ibiza, lo bueno además es que los horarios de Ryanair son fabulosos: sales tempranísimo, pese a que toque madrugar, y a las 8 de la mañana ya estás en tierras ibicencas (además, es super bonito divisar desde el aire sus costas con los primeros rayos de sol). Al regreso, horario igual de estupendo porque nuestro vuelo no salía hasta las diez y media de la noche (aunque al final hubo retrasos y llegábamos a casa casi a la una de la madrugada). Por lo tanto, los tres días iban a estar muy aprovechados ya que los teníamos totalmente completos.

A la hora de buscar alojamiento, uno tiene que tener bien claro qué es lo que va buscando en Ibiza cuando la elige como lugar de vacaciones. Un grueso del turismo que viene a la isla lo hace para disfrutar de noches de desenfreno y hacer ruta de discotecas (ojo que algunas son súper exclusivas y cobran un dineral por acceder). Desde Inglaterra continuamente se fletan vuelos charter para que los jóvenes británicos vengan, se pasen un fin de semana de farra (en muchos casos ni siquiera alquilan habitaciones) y de vuelta a casa el domingo. Si ese es el tipo de turismo que vas buscando, entonces a San Antonio. Nosotros, la verdad sea dicha, ni nos acercamos. Aunque sea la segunda ciudad más grande de Ibiza, lo único que nos atraía de allí era ver el Café del Mar y algunas calas pero los propios ibicencos nos alertaron: la masificación en ese área es tan exagerada que al Café del Mar apenas podías entrar y aunque lo venden como uno de los lugares desde donde se divisa el mejor atardecer de la isla, en mi opinión en Ibiza otras muchas calas te brindan también ese pequeño placer natural. En cuanto a las calas de San Antonio, tres cuartas de lo mismo: hay tanta gente que el coche debías dejarlo a unos cuantos kilómetros y pegarte con unos cuantos para conseguir tu correspondiente parcela de agua en las playas. Teniendo Ibiza tantas playas bonitas para escoger, vimos que era tontería empeñarse en ir donde se agolpaba todo el mogollón. Y fue lo mejor que pudimos hacer.

Espectaculares vistas de las aguas turquesas de Ibiza, su mayor reclamo turístico

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Asi que respiramos tranquilos cuando constatamos que teníamos el apartamento en Santa Eulalia, un pueblo encantador donde el turismo es básicamente familiar y en general bastante tranquilo para esa época. Tengo que aclarar que encontrar alojamiento en Ibiza en plena temporada alta no es fácil a no ser que lo reserves con mucha antelación y, aún así, los precios son prohibitivos, a niveles de los lugares más exclusivos de la Costa Azul. Mis padres tuvieron suerte porque les había dejado el apartamento un conocido a un precio de risa. Pero en la misma urbanización (que, las cosas como son, era una delicia, con una piscina grandísima, jardines, totalmente cerrada, en unas bonitas casas blancas típicamente ibicencas y a pie de playa) nos enteramos al llegar que la gente estaba pagando por el mismo  apartamento que el nuestro ¡1800 euros por una semana! Si a ello le sumas el vuelo, gastos de coche, comer, cenar y gastos extras, echa cuentas: te sale mejor irte a cualquier otro lugar del mundo a hoteles de semilujo. El problema del alojamiento en Ibiza es brutal. Hay muchísimas ofertas de trabajo si quieres currar en un hotel o de camarero pero, al mismo tiempo, como la isla es pequeña y está tan saturada, se estaban llegando a pagar 600 euros al mes por dormir en un sofá ¡e incluso hay gente que está durmiendo en terrazas y bañeras! Conocimos una pareja andaluza que había ido allí a buscar trabajo y aunque lo habían encontrado, estaban planteándose volver a la península porque no lograban encontrar un lugar para dormir. Así está el tema.

Santa Eulalia d’es Riu se encuentra en la costa este, es el tercer pueblo más grande de Ibiza y pese a ello, como contaba antes, nos pareció un lugar bastante tranquilo en comparación con lo que se cuece en el resto de la isla. Tiene la curiosidad de contar con el único río que existe en las islas Baleares, que nace en Es Amunts y que 17 kilómetros después desemboca en el mar. Lo teníamos justo al lado de nuestra urbanización y pese a que no es muy caudaloso, lo cruzan bonitos puentes y se han creados parques en sus riberas por las que es una delicia pasear por las noches. Desde la antigüedad, púnicos y romanos aprovecharon sus aguas para la plantación de viñedos e incluso con posterioridad se fabricaron molinos; aún se mantiene en pie el puente Viejo, el Pont Vell, que data de hace tres siglos y donde según cuenta la leyenda, éste antiguamente servía como punto de reunión de las brujas de la isla.

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Lo bueno de Santa Eulalia es que las autoridades se han esforzado para conservarlo como un pueblo idílico en el que pese a que existen un montón de restaurantes y bares (y además grandísimos y muy ambientados, alguna noche bajamos a tomar cocktails mientras grupos de rock hacían versiones), la música acaba a las doce de la noche y si te quieres ir a dormir, no tienes que andar con el chundachunda de la discoteca a la puerta de casa. Además, al ser un pueblo que durante toda su existencia ha servido como refugio de artistas, esto le da una atmósfera muy bohemia y puedes encontrarte un montón de galerías de arte paseando entre sus calles.

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Santa Eulalia cuenta en sus cercanías con algunas de las calas más bonitas de Ibiza e incluso en pleno casco urbano tienes la Cala d’Es Mariners, que gracias a sus fondos poco profundos, es ideal para ir con los niños. Algunas como Cala Pada o Cala Martina son además ideales para el buceo. En el pueblo hay dos calles principales, la de San Jaime y la de San Vicente, donde se concentran un montón de tiendas de artesanía y restaurantes. A nosotros nos gustaba bajar a comer al Koala, con buenísimos precios, un menú espectacular y a pocos metros del agua: era una delicia comer allí con la brisa marina dándote en el rostro. Otra recomendación, en el puerto deportivo, es el mesón Sidrería Asturiana, donde tomamos delicias del norte a precio más que asequible. En este área hay tantísimos restaurantes que los precios son bastante competitivos. Y una anécdota curiosa: la heladería Viccio se ha convertido en centro de peregrinaje de fans de Bon Jovi después de que el cantante se acercara allí unos días antes de que nosotros estuviéramos. Las ventas de helados se han disparado.

Como comentábamos antes, en Ibiza es posible, pese a estar en pleno mes de Julio, encontrar pequeñas calas en las que apenas haya gente si sabes buscarlas. Nosotros llevábamos apuntada Cala Mastella como una de las más bonitas de la isla (y de hecho lo es). Lo que hicimos fue madrugar para llegar bastante temprano; aunque el acceso con el coche está algo complicado (tienes que bajar una cuesta de tierra) la recompensa final merece mucho la pena. Se encuentra cerca de Sant Carles de Peralta y aunque es bastante pequeñita, apenas 50 metros, como estaba casi vacía (no éramos más de diez o quince personas) no nos podíamos creer esa sensación de paz en una isla tan bulliciosa. Aquí reposan las barcas tradicionales ibizencas, los llauts, esas pequeñas embarcaciones de madera blanca que le daban un aire de postal a la playa. Aguas cristalinas sin una ola: nos creíamos dentro de la película “El lago azul”.

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Ya subiendo hacia el norte de la isla, recomiendo otra cala espectacular, Aguas Blancas, esta bastante más grande pero no demasiado atiborrada para ser verano: se ven unos yates espectaculares (algunos nos comentaron que costaba alquilarlos la módica cifra de 180.000 euros por semana). Como comprobaréis cuando esteis allí, Ibiza no es sólo refugio de fiesteros sino también de gente de muchísima pasta. Muchos de ellos atracan sus barcos en la cercana isla de Formentera, que al ser parque natural y no tener apenas hoteles, ofrece mucha más exclusividad.

Aigües Blanques, que es como la conocen los ibizencos, tiene también un difícil acceso al estar entre acantilados (has de dejar el coche en el parking de arriba) pero es una de las favoritas de la propia población local. Por este motivo, incluso en pleno verano resulta una playa bastante tranquila y es una delicia divisar esas aguas turquesas según vas bajando la pendiente. Sólo ofrece como opción gastronómica un chiringuito y pese a que los precios eran algo altos, al final comimos de fábula porque los platos eran inmensos. Una parte de la playa es nudista (pero tampoco vimos a mucha gente haciendo nudismo aunque sí a muchos untados en barro,al parecer el de aquí tiene propiedades medicinales). Cerca tienes la Cala de San Vicente pero esta sí está más explotada.

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Los mercadillos diseminados a lo largo y ancho de la isla son un clásico. En las lindes de las carreteras verás un montón de mercados de productos típicos como aceite, miel y mermeladas (la oferta gastronómica en Ibiza es muy amplia, con principal importancia de pescados y mariscos, es muy popular la raya y el atún). Pero si hay algo que ha hecho famosa a Ibiza en el mundo entero son los mercadillos hippies que comenzaron a popularizarse a principios de los años 60, cuando Ibiza se convirtió en refugio de artistas de todo tipo. Encontrarás un montón por toda la isla, lo que tienes que tener en cuenta es los días que se celebran. Los jueves los puedes encontrar en Cala Llonga y San Rafael, el sábado al mercadillo de segunda mano de Sant Jordi y el de Las Dalias (este es el más importante de todos, el que fuimos nosotros), el domingo los de San Juan (en este encontrarás además un montón de alimentos ecológicos) y el de Cala Leña, los lunes y martes se hace el de Las Dalias en versión nocturna y los miércoles el de Punta Arabí. Es increíble la cantidad de productos que puedes encontrar en estos mercadillos, desde jabones artesanales hasta ropa hecha a mano, pinturas o bisutería. Y además tienen un ambiente francamente único.

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Si aparte del turismo playero, que merece la pena y mucho, deseas añadir el componente cultural al viaje (en mi opinión,merece bastante la pena) te recomendaría que alguno de los días te acerques a Ibiza capital para recorrer su casco histórico. A nosotros nos pareció precioso. Ibiza (que junto a Formentera formaba las Islas Pitiusas, que es como la conocían los griegos) ha estado poblada prácticamente desde la Prehistoria y aún se conservan las únicas pinturas rupestres supervivientes de Ibiza, las de Sa Cova. Aunque queden poquitas ruinas, aún pueden encontrarse yacimientos romanos como el de Ses Païsses cerca de Cala d’Hort y se exponen multitud de restos de diferentes épocas en el Museo Arqueológico.

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Dalt Vila (Ciudad Alta) es el casco histórico de Ibiza y es Patrimonio de la Humanidad. No nos extraña que ostente dicho título porque admirarlo desde fuera (y ya no digamos desde dentro) ofrece un espectáculo visual inolvidable. Protegido por unas altísimas murallas que datan del siglo XVI y que fueron construidas para proteger a la ciudad de los ataques de los turcos, el área ocupa 60.000 metros cuadrados. Hay cinco puertas de acceso (sólo se conserva una de la época musulmana, Sa Portella) aunque la principal es el Portal de ses Taules, a la que se accede tras cruzar un puente levadizo y que se encuentra flanqueada por dos estatuas romanas (réplicas, las originales se encuentran en el Museo Arqueológico). Desde los baluartes de las murallas, como veis, se obtienen unas fantásticas panorámicas de los alrededores. Dentro del recinto destaca la Catedral dedicada a Nuestra Señora de las Nieves (curioso teniendo en cuenta el clima ibicenco). La Catedral en su interior es bastante espartana, no así la cercana Iglesia de Santo Domingo con su altar genovés: ambas constituyen el dúo de templos más importantes de la isla. Son los edificios más relevantes justo al Castillo, que debido a su proceso de restauración para reconvertirlo en Parador Nacional, actualmente no permite las visitas.

La importancia en el Mediterráneo de Eivissa, como la conocen los lugareños, ha sido descomunal a lo largo de su historia por constituir un punto clave estratégico en las rutas comerciales de unos y otros, de ahí que se comprenda la grandiosidad de dicho recinto amurallado. Junto a la de La Valletta en Malta es la única fortificación renacentista que se conserva en toda Europa. Aunque hay que venir preparado con zapato cómodo (las cuestas empedradas no perdonan) merece la pena ir recorriendo el perímetro de las murallas, que se va hasta casi los dos kilómetros. Las mejores vistas las encontrarás en la amplia explanada del baluarte de Santa Llúcia. A lo largo de las murallas hay otros baluartes prominentes como el de Sant Pere o el de Sant Joan, donde diferentes exposiciones muestran el pasado histórico de Ibiza.

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En el interior del recinto amurallado puedes pasear por el acogedor barrio de La Marina donde se encuentra el Mercat Vell, un mercado tradicional del siglo XIX. Las callejuelas blancas de la marina esconden encantadores rincones llenos de tiendas minúsculas y artistas callejeros; muy cerquita se encuentra otro barrio marinero, el de Sa Penya, foco del turismo gay. Pasear por estos lindos callejones pueden constituir un brillante final para una escapada a Ibiza.

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