Viaje por el País Vasco

Nos encan­ta via­jar al extran­jero, des­cubrir cul­turas tan difer­entes a la nues­tra, dejarnos lle­var hacia cos­tum­bres que nos son tan aje­nas. Pero aca­so el haber recor­ri­do tan­tísi­mos país­es nos hace val­o­rar cada vez más lo muchísi­mo que nos gus­ta España y sen­tirnos unos priv­i­le­gia­dos por con­tar en nue­stro país con regiones tan ale­jadas unas de otras (más a niv­el cul­tur­al geográ­fi­co). Por ese moti­vo, aunque en muchas oca­siones, cuan­do con­ta­mos con un puña­do de días libres, nos podamos per­mi­tir hac­er­nos escapadas al extran­jero, inten­ta­mos reser­var parte de nues­tras vaca­ciones para seguir recor­rien­do nue­stro país, que tan­tísi­mos tesoros nat­u­rales y artís­ti­cos guar­da. Aún así, vivi­mos con­tin­u­a­mente con la sen­sación de sufrir una fal­ta de tiem­po para vis­i­tar todos los sitios que nos gus­taría. Y es que ya no es sólo que nue­stro plan­e­ta nos parez­ca inmen­so: España mis­ma a veces nos resul­ta inar­baca­ble para todas las rutas que quisiéramos trazar.

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Quizás el hecho de haber vivi­do siem­pre en Madrid y cua­tro años más en Andalucía, me ha hecho los últi­mos años cen­trar mis escapadas penin­su­lares por el norte de nue­stro país. Que con­ste que amo ciu­dades como Grana­da, Sevil­la o Mála­ga, que me siguen tiran­do muchísi­mos rin­cones del Mediter­rá­neo (sobre todo aque­l­los que a duras penas logran escaparse de las inva­siones de tur­is­tas británi­cos), que soy la más feliz del mun­do pase­an­do por las Ram­blas de Barcelona y que son cien­tos los via­jes que a lo largo de mi vida he real­iza­do por ambas Castil­las. Pero he de recono­cer que si me dan a escoger, aunque haya deja­do un pedac­i­to de mi corazón en tan­tos y tan­tos lugares, me acabaría quedan­do con el norte-oeste de nue­stro país, des­de las verdes praderas de Gali­cia a las mon­tañas nevadas de Asturias, de las casas seño­ri­ales de Cantabria a los pueblecitos con ikur­riñas en los bal­cones del País Vas­co.

Tal vez influya que aunque esté enam­ora­da de país­es hiper calurosos como Mar­rue­cos o muchos del sud­este asiáti­co, cada vez lle­vo peor las altas tem­per­at­uras a la hora de coger la mochi­la. Verme rodea­da de árboles, de riachue­los de aguas casi con­ge­ladas, sen­tir la gél­i­da brisa del Mar Can­tábri­co al pasear por los acan­ti­la­dos, dormir inclu­so en ver­a­no bajo una man­ta… ¡me da la vida!. Más de un escan­di­na­vo pen­saría que vaya aber­ración, ellos que echan de menos los rayos del sol la may­or parte del año. Pero a mí en real­i­dad lo úni­co que me moles­ta del invier­no es la llu­via (y aún así,me recon­for­ta si me que­do en casa). Asi que cada vez que coge­mos el coche y, según entramos en Segovia, comien­zo a ver tier­ras ver­dosas con vacas pacien­do, comien­za a dibu­járseme una son­risa en la cara.

 

Pen­samos lo de volver a nue­stro ama­do País Vas­co en Mayo, temien­do pre­cisa­mente que sobre esas fechas ya empez­a­ban a lle­gar a Madrid los primeros calores y,sobre todo,huyendo de las fes­tivi­dades locales de San Isidro, que colap­san el cen­tro de la cap­i­tal. Curiosa­mente, sin embar­go la sem­ana pre­via bati­mos records de llu­via en nues­tra ciu­dad, por lo que si siem­pre que vamos al norte echamos el paraguas en la male­ta, esta vez con más moti­vo. Pero lo que son las cosas, Madrid medio inundán­dose y nosotros sin abrir dicho paraguas, pese a que siem­pre lo echábamos en el bol­so por pre­cau­ción. Ya sabéis que en el País Vas­co, lev­an­tarte con un sol deslum­brante no sig­nifi­ca que no pue­da estar dilu­vian­do dos horas después. Pero como os comen­to, esta vez no nos cayó ni una gota durante nue­stros paseos (pese a pil­lar de camino, a la altura de Bur­gos, una tor­men­ta que nos obligó a ir a trein­ta por hora y con los limpia­parabrisas echan­do chis­pas) y los úni­cos chubas­cos que tuvi­mos, fueron mien­tras dor­míamos, su úni­ca huel­la per­cep­ti­ble eran las aceras mojadas al des­per­tarnos. Pese a que el parte mete­o­rológi­co pronos­ti­ca­ba llu­vias, como es habit­u­al en estos lares, se cumplió lo que comen­tábamos a nue­stros ami­gos vas­cos cuan­do lleg­amos: “debe­mos ten­er un pacto con el dia­blo pero casi siem­pre que viajamos,nos acom­paña el buen tiem­po”. Y, una vez más, tuvi­mos razón.

 

En vez de hac­er­nos el via­je del tirón de Madrid a la cos­ta (que tam­poco es tan­to, cua­tro horas y media), y aprovechan­do que salíamos el viernes, decidi­mos pasar la tarde en Vito­ria-Gasteiz, ya que mi mari­do no la conocía y yo sólo había esta­do un par de veces. Tenien­do en cuen­ta que es recogidi­ta y que su cen­tro históri­co, cuco y acoge­dor como pocos, te lo recor­res como mucho en un par de horas, nos servía de man­era ide­al como para­da inter­me­dia.

 

Como en el mis­mo Vito­ria, más aún si quieres dormir en el cen­tro, lo de aparcar es tarea com­pli­ca­da al ser casi todo el cas­co zona peaton­al (nosotros mis­mos tuvi­mos que dejar el coche en un park­ing las horas que pasamos allí), opta­mos por bus­car el alo­jamien­to a las afueras. Y menudo acier­to. Decidi­mos quedarnos en Argo­man­iz, una aldea de poco más de cien habi­tantes a esca­sos once kilómet­ros de la cap­i­tal alavesa pero en ple­na nat­u­raleza, muy cer­ca del embalse de Ullibar­ri-Gam­boa, el más grande del País Vas­co. Elegi­mos un hotel rur­al pre­cioso, el Vil­la Argo­man­iz , una casona de tres plan­tas rodea­da de hier­ba (teníamos como com­pañeras has­ta a dos gal­li­nas). Pero lo que no nos podíamos esper­ar es que al lle­gar la casera nos dijera que éramos los úni­cos hués­pedes, que ella se iba a su casa porque la recep­ción cerra­ba a las ocho de la noche y que ahí nos daba las llaves y nos deja­ba el hotel entero para nosotros solos. Y por si fuera poco, aunque en el pre­cio no entra­ba el desayuno, nos deja­ba la nev­era llena de cosas para desayunar:fruta, zumos, bol­los, fiambre, yogures… Todas las zonas comunes, incluyen­do un salón con unos ven­tanales grandísi­mos y unas vis­tas pre­ciosas de la lla­nu­ra de Ála­va, esta­ban a nues­tra entera dis­posi­ción.

Se nos debía de estar quedan­do tal cara de fli­pa­dos, que por si nos daba por sen­tirnos como en el hotel de “El Res­p­lan­dor” en una aldea en la que no vimos ni un alma, la dueña nos dijo que no nos pre­ocupáramos por nada,que solía pasar a menudo un coche de policía por el pueblo. Yo ni lo había pen­sa­do, esta­ba demasi­a­do alu­ci­na­da asim­i­lan­do que era la primera vez que tenía un hotel para mí sola,pese a lo mucho que hemos via­ja­do y las situa­ciones tan estram­bóti­cas que hemos pasa­do en muchos alojamientos.En cuan­to al hotel en sí, no sólo era boni­to y acoge­dor sino algo tam­bién impor­tante: prác­ti­co. Habita­ciones muy amplias, rozan­do los 30 met­ros; nue­stro baño era pri­va­do pero exte­ri­or y era casi tan grande como la habitación. Y aho­ra ya lo ter­mi­no de rematar: 35 euros la noche los dos. ¡Des­de luego, más no podíamos pedir!

Si algo desta­ca en el cas­co históri­co de Vito­ria (la ver­dad que a mí me gus­ta lla­mar mejor a la ciu­dad Gasteiz, que es como se la conocía en la antigüedad) es la Cat­e­dral de San­ta María. Grandísi­ma si la com­para­mos con las pro­por­ciones vito­ri­anas, la cat­e­dral vie­ja, que es como la cono­cen los locales, con­ser­va varias capil­las y sus tra­ba­jos de restau­ración han recibido el pre­mio Europa Nos­tra. Dichos tra­ba­jos atraen a miles de vis­i­tantes al año — su reclamo turís­ti­co es “abier­ta por obras”- ya que per­miten ver los restos de la antigua mural­la sobre los que se con­struyó la igle­sia e inclu­so esquele­tos que aún reposan en las tum­bas. Como curiosi­dad, comen­tar que Ken Fol­let se inspiró en la cat­e­dral para escribir “Un mun­do sin fin”, la secuela de “Los pilares de la tier­ra”, e inclu­so pre­sen­tó entre sus muros dicha obra lit­er­aria. Gasteiz se lo agrade­ció lev­an­tán­dole una estat­ua en la ciu­dad.

 

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El cas­co históri­co de Vito­ria, con­stru­i­do sobre una col­i­na donde hace sig­los se asenta­ba la vie­ja Gasteiz, ha con­segui­do man­ten­er prac­ti­ca­mente intac­to el traza­do medieval de sus orí­genes; de hecho, muchas calles aún con­ser­van los nom­bres de los gremios que aquí se ubi­ca­ban, por ejem­p­lo Her­rería o Cuchillería (que los vito­ri­anos cono­cen como la Kutxi) . Inclu­so puedes encon­trarte con una antigua posa­da medieval, El Por­talón, y el primer sába­do de cada mes el Mer­ca­do de la Almen­dra, donde venden sus obras los arte­sanos. Es recomend­able que deis tam­bién una vuelta por el cer­cano bar­rio del Ensanche, donde desta­ca la calle Eduar­do Dato (la prin­ci­pal arte­ria com­er­cial) y sus boni­tos palacetes neor­román­ti­cos. En esta calle podrás encon­trar, como curiosi­dad, la casa donde Her­a­clio Fournier estable­ció su primera fábri­ca de naipes, los más famosos de España.

La sen­sación que uno tiene cuan­do recorre Vito­ria es que es la más castel­lana de las cap­i­tales vas­cas: a mí cier­ta­mente me encan­ta esa fusión entre el norte y el cen­tro de nue­stro país. Entre esas vie­jas calles medievales, tan castel­lanas ellas, se agol­pan los bares de pin­tx­os. Y es que el pin­txo es una autén­ti­ca insti­tu­ción en Euska­di, has­ta el pun­to de que en Vito­ria exis­ten cer­ca de 20 rutas de pin­tx­os por los establec­imien­tos de la local­i­dad. Al ser viernes, las calles del cen­tro se encon­tra­ban has­ta arri­ba de gente que salía a cenar fuera. Nosotros escogi­mos para pin­tx­ear el Café Dublín, buenos pre­cios y un ambi­ente de lo más agrad­able.

La Plaza de la Vír­gen Blan­ca, que antigua­mente se conocía como la Plaza del Mer­ca­do y donde se con­struyó un pozo que acabó sien­do el hazmer­reir de los vito­ri­anos por su escasa pro­duc­tivi­dad, es el rincón con más vidil­la de Vito­ria. Cuan­do estu­vi­mos, inclu­so había un pasacalles que llen­a­ba los calle­jones de músi­ca. En el cen­tro desta­ca el mon­u­men­to a la Batal­la de Vito­ria, que cel­e­bra la vic­to­ria de las tropas españo­las sobre las france­sas, oblig­án­dolas a reti­rarse de nue­stro país y forzan­do a Napoleón a devolver la coro­na a Fer­nan­do VII. Aquí se encuen­tra tam­bién la igle­sia de San Miguel, des­de donde se lan­za el céle­bre chupina­zo y la baja­da del Celedón que da ini­cio cada mes de Agos­to a las fies­tas patronales.

 

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Otro de los pun­tos claves de Gasteiz: la Plaza de España. Aquí, como veis, se encuen­tra el Ayun­tamien­to. Una de sus curiosi­dades es que durante la Guer­ra Civ­il se estrel­ló en una de sus esquinas un pilo­to de la aviación nazi, que en aquel momen­to ofrecía apoyo a las tropas fascis­tas de Fran­co. Las autori­dades inmedi­ata­mente inten­taron tapar la cruz gama­da que aún se veía en el fuse­la­je, quer­ién­do­lo hac­er pasar por un avión repub­li­cano. Pero todos los veci­nos se dieron cuen­ta del engaño.

 

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A la mañana sigu­iente cogi­mos el coche y en ape­nas una hora nos pre­sen­ta­mos en Bil­bao a recoger a un par de ami­gos (os recomien­do que, para ahor­raros el pea­je, no vayais por la autopista sino por la nacional, que además el camino, entre mon­tañas, es mucho más boni­to). Como en Bil­bao ya habíamos esta­do muchas veces y el cen­tro es una autén­ti­ca odis­ea tan­to para con­ducir como para aparcar, ni nos bajamos del coche: recogi­mos a nue­stros ami­gos y nos fuimos a Bermeo, ya que allí teníamos una de las vis­i­tas que nos qued­a­ba muy pen­di­ente en nues­tras escapadas vas­cas: San Juan de Gaztel­u­gatxe.

Gatztel­u­gatxe, que en euskera sig­nifi­ca “el castil­lo de la peña”, suele ser uno de los lugares más vis­i­ta­dos del País Vas­co, espe­cial­mente en ver­a­no. Pero entre que el día and­a­ba medio nuboso y aún era Mayo, cuan­do nos acer­camos a ver­lo ape­nas había gente. En la cima del islote se lev­an­ta la capil­la de San Juan, antiquísi­ma (data del siglo X), famosa por en el pasa­do haberse con­ver­tido en uno de los enclaves católi­cos norteños que con más ahín­co luchó con­tra la bru­jería y los ake­lar­res que se cel­e­bra­ban en los alrede­dores. A lo largo de los años, se ha vis­to envuelta en múlti­ples con­flic­tos béli­cos e inclu­so ase­di­a­da por el pira­ta más famoso de todos, sir Fran­cis Drake, quien lanzó al ermi­taño que vivía en la capil­la por los acan­ti­la­dos. Para lle­gar has­ta lo alto de la ermi­ta hay que ascen­der 241 escalones. Sin duda algu­na, una de las imá­genes más boni­tas de toda la cos­ta vas­ca.

 

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Nues­tra sigu­iente para­da sería uno de los pueblecitos vas­cos que llev­a­ba más tiem­po que­rien­do cono­cer: Munda­ka. Cono­ci­do a niv­el mundi­al por ser un paraí­so para los sur­fis­tas (podían verse un mon­tón de establec­imien­tos ded­i­ca­dos a este deporte e inclu­so a algunos atre­v­i­dos surfer­os con sus tra­jes de neo­preno desafian­do a las aguas con­ge­ladas), Munda­ka es un pequeño pueblo pes­quero de ape­nas 2.000 habi­tantes cuyos orí­genes se pier­den entre mitos y leyen­das (unos dicen que lo fun­daron los vikin­gos, otros tan­tos que un nieto del bíbli­co Noé y los de más allá que los esco­ce­ses).

A las afueras de Munda­ka se encuen­tra la capil­la de piedra de San­ta Catali­na pero donde real­mente reside el encan­to de la vil­la es en el puer­to y sus cal­lecitas aledañas, donde aún se pueden ver muchos escu­d­os heráldicos en las fachadas de las casas.

 

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Como se nos ech­a­ba enci­ma la hora de la comi­da, elegi­mos para com­er el asador El Bodegón, al ladi­to del mar. En Munda­ka lo tradi­cional es com­er pesca­do pero los vas­cos son tam­bién unos carnívoros de tomo y lomo y gozan de algu­nas de las mejores carnes de nue­stro país. En España, en gen­er­al, a todo el mun­do nos gus­ta com­er bien pero en el País Vas­co el cul­to a la bue­na mesa con­sti­tuye casi una obligación: raro es el vas­co que no for­ma parte de algu­na sociedad gas­tronómi­ca y para nue­stros veci­nos norteños no existe may­or plac­er que el pon­er­les delante un cuchil­lo y un tene­dor. Mi mari­do y uno de nue­stros ami­gos esta­ban con el anto­jo de unos buenos chule­tones (los que veis en la fotografía, que se iban has­ta el casi kilo y medio de peso), mi otro ami­go y yo no nos atre­vi­mos a tan­to. Com­er en Euska­di puede resul­tar más caro que en el resto de España, aprox­i­mada­mente una media de 40 euros por comen­sal, pero tam­bién es cier­to que los platos son muy gen­erosos y quedábamos tan llenos que gen­eral­mente por las noches ya sólo nos cabían un par de pin­chos.

 
Los chule­tones, como veis, nece­sita­ban casi una grua para lev­an­tar­los
 

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Para dormir las dos sigu­ientes noches habíamos escogi­do Lekeitio por recomen­dación de nue­stro ami­go Josetxu, ya que su padre era de allí y llev­a­ba años dicién­donos que era de los pueb­los más boni­tos del País Vas­co. Y nosotros lo con­fir­mamos. Pero antes de meter­nos con el pueblo en sí, quiero reseñar el alo­jamien­to que escogi­mos, el Lekeitio Ater­petx­ea, porque volvi­mos encan­ta­dos. Más que un hostal, espe­cial­mente si te alo­jas en habitación pri­va­da como hici­mos nosotros, que tenía su pro­pio baño y has­ta su bal­conci­to (pre­cio 60 euros la noche),parece un cuco hotel de dos o tres estrel­las, con una dec­o­ración super boni­ta. Lo mejor es que se ubi­ca jus­to a la entra­da del pueblo,por lo que cuan­do salías a la calle, lo primero que te encon­tra­bas era una pradera verdísi­ma con cabal­los, imag­i­naos qué boni­ta estam­pa. Aunque no incluye el desayuno, tomar­lo allí sólo cues­ta 3 euros y es total­mente casero. Y lo mejor de todo, su dueño, Josu. Qué hom­bre más encan­ta­dor, no os lo podéis ni imag­i­nar. Nos hizo sen­tir como en casa des­de el primer momen­to, nos dió un mon­tón de recomen­da­ciones de sitios para com­er y más de una noche se sen­tó con nosotros al fres­qui­to para char­lar acer­ca de mil y un temas, sobre todo para con­tarnos anéc­do­tas de la his­to­ria de Lekeitio (nos habló de la famosa fies­ta de los gan­sos, en la que gra­cias a las pre­siones ani­mal­is­tas, se han susti­tuí­do los gan­sos vivos por gan­sos de goma). Cuan­do nos fuimos, no sabéis qué pena nos dió des­pedirnos de él (fue tan majo que has­ta nos llamó luego para ver cómo habíamos lle­ga­do a Madrid), aunque de corazón le prome­ti­mos volver algún día!

Vámonos ya con Lekeitio, uno de los lugares con más encan­to de toda la cos­ta vas­ca. Aunque es un pueblo pequeñi­to, con ape­nas 8.000 habi­tantes, por su rel­a­ti­va cer­canía a Bil­bao (poco más de media hora de coche), en ver­a­no está has­ta los topes y lle­ga a cuadrip­licar su población. Situ­a­do en una pequeña bahía, este antiguo pueblo bal­len­ero vive hoy en día de la pesca y las indus­trias con­serveras pero cada vez más del tur­is­mo. Y no nos extraña porque pese a lo pequeñi­to que es, su cas­co antiguo está inmejorable­mente con­ser­va­do. Den­tro de él desta­ca la Basíli­ca de la Asun­ción de Nues­tra Seño­ra, que ahí donde la veis, con­ser­va el ter­cer retablo más grande de España, después del de las cat­e­drales de Sevil­la y Tole­do (está todo recu­bier­to de oro, entramos a ver­lo y es de quedarse con la boca abier­ta).

 

Uno de los lugares con más encan­to de Lekeitio se hal­la pre­cisa­mente frente a sus playas. Hablam­os de la isla de San Nicolás, tam­bién cono­ci­da como Gar­raitz. Cuan­do baja la marea, se puede acced­er a ella andan­do, pero recomen­damos que os infor­méis de los horar­ios de las mar­eas para que no os quedéis allí sin poder volver a no ser que sea a nado, que a más de uno le ha pasa­do (y estas aguas no invi­tan pre­cisa­mente a los baños pla­cen­teros). Cuen­ta la leyen­da que antigua­mente aquí era donde se recluía a los lep­rosos para que no con­ta­gia­ran la enfer­medad al resto de habi­tantes.

 

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El puer­to de Lekeitio, donde se encuen­tran los pescadores, los arrantza­les, no tiene ya la activi­dad de antaño pero aún así es un lugar inolvid­able, donde aún se puede ver a muchos hom­bres fane­an­do y a las mujeres mer­cade­an­do con las cap­turas. Recor­darte tam­bién que en Lekeitio son famosas las train­eras, antiguas bar­cas alargadas des­ti­nadas a la pesca que se han con­ver­tido en vehícu­los deportivos: sus regatas son de las mejor rep­utadas de todo el norte.

 

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En el caso históri­co aún per­manece el antiguo bar­rio de pescadores, cuya calle prin­ci­pal es la Arrane­gi Kalea, con sus pre­ciosas casitas blan­cas llenas de bal­conadas. Las cal­lecitas de Lekeitio son uno de los mejores ejem­p­los de arqui­tec­tura vas­ca. Muy cerqui­ta ten­emos el Ayun­tamien­to jun­to al Pala­cio de Oxan­goiti, que hoy fun­ciona como hotel.

 

Pasear por el cas­co antiguo de Lekeitio es una goza­da, sobre todo al caer la tarde, que es cuan­do veci­nos y vis­i­tantes pueblan las calles en bus­ca de cervecitas y pin­tx­os. Nosotros, por recomen­dación del dueño de nue­stro hostal, nos acer­camos a cenar unos pin­tx­os (¡riquísi­mos!) a la taber­na Muga. Esta­ba has­ta los topes porque enci­ma ese día juga­ba el Ath­let­ic y allí esta­ba todo el mun­do bufan­da en mano.

 

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El domin­go resultó que se cel­e­bra­ba en Lekeitio el Bizkaiko Dantzari Egu­na, que reunió a casi 75 gru­pos de dan­za y 3.000 dantzaris. Vinieron al pueblo más de un cen­te­nar de auto­cares y se con­gre­garon más de 10.000 per­sonas. Era toda una expe­ri­en­cia cruzarte por el pueblo con un mon­tón de gente vesti­da con los tra­jes típi­cos del folk­lore euskaldún.

 

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Como en Lekeitio el domin­go había tan­tísi­ma gente, decidi­mos irnos a pasar el día a los alrede­dores, a la Reser­va de la Bios­fera de Urdaibai. Habían venido a bus­carnos los ami­gos de Bil­bao, que fueron los que nos hicieron de guías en esta jor­na­da y a los que no quer­e­mos dejar de agrade­cer­les su hos­pi­tal­i­dad. A niv­el nat­u­raleza, Urdaibai es un lugar esplén­di­do. El río Oka ha crea­do en su desem­bo­cadu­ra un estu­ario increíble, de 23.000 hec­táreas de exten­sión, dan­do for­ma a dece­nas de maris­mas pla­gadas de aves. En este curioso eco­sis­tema se pueden encon­trar rin­cones tan mag­ní­fi­cos como la playa de Lai­da, en Ibar­ranguelua, con sus incon­fundibles are­nas doradas. Estas eran las fab­u­losas vis­tas des­de una de sus oril­las.

 

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La playa de Laga, cer­ca­da por el Cabo Ogoño, en mi opinión es una de las más boni­tas que puede encon­trarse en los miles de kilómet­ros de cos­ta del litoral español. Es prac­ti­ca­mente una playa sal­va­je, rodea­da de montes y arboledas: dis­fru­tar­la bajo el sol no tuvo pre­cio. Una curiosi­dad: des­de aquí se puede divis­ar la isla de Izaro, aque­l­la que pop­u­lar­izó Izaro Films y que tan­tas veces vimos en nues­tra infan­cia en la pre­sentación de las pelícu­las de Pajares y Este­so.

 

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A com­er nos acer­camos a otro de los pueb­los más boni­tos del País Vas­co: Elan­txobe. De camino en el coche, nue­stros ami­gos nos con­ta­ban entre risas que son famosas las fies­tas de la local­i­dad, las Mag­dale­nas, a donde via­ja­ba gente de toda España para pil­larse unas bor­racheras de campe­ona­to (más de uno ha pal­ma­do al caerse des­de los acan­ti­la­dos).

Como veis en la fotografía de aba­jo, Elan­txobe es un pueblo bel­lísi­mo, situ­a­do en el fon­do de un valle y baña­do por las aguas del Mar Can­tábri­co. Tiene la curiosi­dad de con­tar con una plan­ta gira­to­ria (podéis bus­car el vídeo en Youtube) para per­mi­tir dar la vuelta a los auto­bus­es debido a la estrechez de sus calles. Para lle­gar has­ta aquí has de recor­rer unas sin­u­osas car­reteras de mon­taña pero a la vista está lo mucho que merece la pena. ¡No podíamos des­pedirnos de mejor man­era de nue­stro ama­do País Vasco!¡Gora Euska­di!

 

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2 Comments

  1. Hey! El día del Dantzari Egu­na en Lekeitio estuve yo allí que mi her­mana es dantzari 😀 Muy bueno el post y muy bueno el blog! Zori­on­ak y un salu­do!

  2. Qué casu­al­i­dad! La ver­dad es que volvi­mos enam­ora­dos de Lekeitio, esta­mos dese­an­do volver…¡a ver si coin­cidi­mos la próx­i­ma! Gra­cias por tus pal­abras, un abra­zo grande!

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