Lanzarote: Tierra de Fuego

Qué bien sienta viajar a las islas Canarias en pleno invierno. Sales de Madrid con el abrigo y la bufanda y cuando aterrizas dos horas y media después ya tienes que estar echando mano de las chanclas. Supongo que no sólo a los españoles sino en mayor medida a los norte-europeos, que son el principal grueso del turismo isleño, nos resulta absolutamente irresistible la sensación de andar en manga corta y tostarnos al sol mientras de muchas tiendas sale la música de los villancicos, recordándonos que aunque no lo parezca, estamos en pleno invierno.

Este era mi tercer viaje a Lanzarote y mi octavo a las Canarias. Y estoy segura de que le seguirán unos cuantos más. Aparte de lo “cómoda” que es la isla, que debido a sus dimensiones te permite ver lo más importante en tres o cuatro días, cuenta con algunos de los paisajes más espectaculares del mundo. No conozco a nadie que la haya conocido y no haya regresado maravillado. Como dirían los británicos… it’s too much!

Lanzarote, que se llama así por el marino italiano Lanzeloto Malocello, no sólo es pequeñita y acogedora sino que si hay algo que la caracteriza (a excepción de algún punto más turístico como Puerto del Carmen) es su tranquilidad y, sobre todo, su mínima población local, poco más de 150.000 personas, aunque hay que sumarle los que la visitamos, que somos unos cuantos. Pero en general, me parece muchísimo menos turística que Tenerife, con pueblecitos minúsculos donde nada más que te cruzarás con los que vives allí. Incluso nosotros,que viajamos esta última vez en plena temporada alta, un par de semanas antes de Navidad, estuvimos en muchos sitios donde apenas había gente o era una mínima proporción comparada con muchos lugares de Tenerife.

En Canarias, como comentaba, no sólo es temporada alta el verano sino aún más el invierno por lo que comentaba antes: la búsqueda del calorcito por parte de muchos viajeros. Por eso intentamos dejar todo reservado con al menos cuatro meses de antelación, para que no se nos dispararan los precios. El vuelo con Iberia Express y una maleta facturada, 140 euros ida y vuelta. El alquiler del coche (un Picasso Berlinga bastante majo) 116 euros por 8 días con la compañía Autoreisen (lo cogimos en el aeropuerto de Arrecife e hicimos la preserva por internet) y añadiendo que la gasolina se encontraba a un euro el litro. Para el alojamiento, encontramos a través de Booking una villa chulísima de la que os hablaré más abajo por 680 euros toda la semana, piscina privada incluída.

Las bonitas vistas de Playa Blanca

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Algo que os recomiendo si alquiláis casa en vez de hotel y por lo tanto no tenéis ninguna comida incluída, ni siquiera el desayuno, es que aprovecheis y ya que el aeropuerto está tan cerca de Arrecife, la capital, os acerquéis a hacer la compra al Lidl gigante que se encuentra a diez minutos del aeropuerto. Está muy bien de precio y tienes absolutamente de todo, hasta productos canarios (nosotros nos trajimos tarrinas de mojo concentrado para elaborar luego en casa, mucho más cómodo que los líquidos si los quieres echar en la maleta). En las zonas más turísticas claro que podrás encontrar otros supermercados pero por poner un ejemplo, en Playa Blanca, la zona donde estuvimos nosotros, había un Spar y un Hiper Dino (el súper canario) pero eran bastante pequeños y los precios eran más altos. Y ya que he citado a Arrecife, he estado un par de veces en otros viajes y perfectamente prescindible, tiene pocas cosas reseñables para visitar aparte de los Castillos de San Jose y San Gabriel y ni siquiera estos me parecieron gran cosa. Además, pese a ser pequeña,  está complicado aparcar y es caótica en comparación con la mayoría de los rincones de la isla. Asi que si te la saltas, tampoco pasa nada.

Si venís buscando tranquilidad, os desaconsejo también Puerto del Carmen; Costa Teguise también es bastante turístico pero mucho más tranquilo. En el resto de las poblaciones, más pequeñas, aunque verás extranjeros (muchos viven allí), se agradece la calma y la falta de aglomeraciones. Como os comento, Playa Blanca es el lugar ideal en ese aspecto: casi todo son urbanizaciones de casas blanquitas unifamilares con jardín y cercanas al mar. La que nosotros cogimos, Villa Burgao, ya lo veis en las fotos, piscina privada, un jardín de cactus enorme, dos cuartos de baño, menaje completísimo, a sólo diez minutos andando de las playas y muy cerquita de la Montaña Roja, uno de los tantos volcanes que salpican la isla.

Nuestra villa en Playa Blanca y su exuberante jardín de cactus

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A Playa Blanca bajamos algún día a comer al paseo marítimo: está plagado de restaurantes de todo tipo y condición pero yo os recomiendo que aprovechéis para comer pescado autóctono, que aunque es algo más caro, merece la pena porque es totalmente fresco. Probamos el abae y nos encantó.

Abae lanzaroteño
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Comencemos las visitas. Como comentaba ahí arriba, Lanzarote no es muy grande (poco menos de 900 kilómetros cuadrados) y puedes atravesarla de punta a punta en menos de dos horas. Nosotros lo que hicimos fue dividir los días por zonas, que al final es lo más práctico. Asi que comencemos por la parte sur, más concretamente por las Salinas de Janubio.

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Estas salinas son las más grandes de las islas Canarias y llevan en activo desde hace más de 120 años. La Unión Europea las declaró espacio protegido por su valor medioambiental, aunque en la práctica también son muy útiles, pese a que son un negocio familiar, producen más de 10.000 toneladas de sal al año que posteriormente se utiliza para conservas y salazones. A mí me parece que es uno de los rincones de Lanzarote que mejor conserva la esencia marinera de sus habitantes.

Otro de los lugares imprescindibles en este área son los Hervideros del Agua. Pocos lugares naturales en nuestro país con el atractivo que este mantiene: el magma solidificado que permaneció tras las erupciones del pasado (de ellas hablaremos cuando lleguemos al Parque de Timanfaya) crean un curioso fenómeno al colarse por los agujeros, cavidades y grutas el agua del mar, derivando en un espectáculo deslumbrante donde el agua parece hervir, de ahí el nombre del sitio.

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Desde aquí nos vamos a ir al que posiblemente es mi lugar favorito de toda la isla: el Charco de los Clicos, también conocido como Lago Verde. La primera vez que lo visité hace 20 años, se podía acceder sin problema a sus orillas pero el masivo flujo de visitantes ha obligado a las autoridades a vallarlo y que sólo se pueda admirar desde arriba. En cualquier caso, es Reserva Natural, por lo que el baño está completamente prohibido. Antes de ir a Lanzarote esta última vez nos comentaron que el Cabildo canario estaba pensando cobrar una entrada para disfrutar las vistas desde el mirador pero lo cierto es que cuando lo visitamos el acceso era gratuito. Aunque la laguna es pequeña y no tiene más de 100 metros de longitud, sus espectaculares aguas verde esmeralda y su ubicación dentro de una playa de arenas negras hacen de este rincón un lugar inolvidable. Incluso se han filmado aquí películas como “Hace un millón de años” o “Los abrazos rotos”.

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Aprovechando que justo ese día era mi cumpleaños y queríamos pegarnos un buen homenaje gastronómico, nos fuimos muy cerquita, al pueblo de El Golfo, un bellísimo pueblo de pescadores cuyo mayor atractivo, aparte de las salvajes y oscuras playas que lo rodean (obviamente,no verás a nadie bañándose) es el pequeño paseo marítimo donde se agrupan los restaurantes de comida casera. Uno de los mejores lugares, sin duda, para degustar gastronomía local. Nosotros nos decidimos por Casa Torano ya que habíamos leído muy buenas críticas en internet. Y todo un acierto. Nos sirvieron un arroz con bogavante exquisito (aunque en teoría era para dos, lo cierto es que de esa cazuela podían comer cuatro), con vistas al mar, unos camareros amabilísimos y bastante bien de precio, poco menos de 50 euros la pareja.

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Nos vamos ahora a la joya de la corona de Lanzarote (y casi me atrevería a decir que de todas las islas Canarias): el Parque Nacional del Timanfaya. Este lugar único en el mundo (se rumorea que aquí ha hecho experimentos la NASA debido a que las condiciones geológicas son similares a las de Marte) nació a raíz de la brutal erupción que ocurrió en 1730, que se alargó durante seis años y que aparte de dejar aterrorizados a los habitantes, que huyeron despavoridos a áreas más seguras, dejó sepultada bajo la lava una cuarta parte de la isla. Conocido también como las Montañas de Fuego, en su interior se da la curiosa anomalía geotérmica de que a pocos metros de la superficie, se alcancen temperaturas tan elevadas que una de las “demostraciones” que puedes ver es cómo se vierte agua en un agujero cavado en la tierra y a los pocos segundos tienes delante un mini geiser, con el agua saliendo a toda velocidad en forma de vapor.

Esta foto a la entrada de Timanfaya tiene su por qué, aunque mucha gente no lo conozca, y no es otro que la leyenda que narra que cuando sucedió la erupción, una pareja estaba celebrando su boda, con tan mala suerte que una roca de proporciones descomunales cayó del cielo, sepultando a la recién estrenada esposa. Fue tal la desesperación del hombre que sacando fuerzas de donde no las había y con la ayuda de una forca de cinco puntas (una herramienta de labranza parecida al tridente), logró levantar la roca y recuperar el cuerpo de su amada, ya sin vida, cargar con él y lanzarse roto de dolor al mar de lava y fuego que rodeaba el pueblo. Los lugareños pudieron verle por última vez, emergiendo su imagen entre las llamas con la forca levantada, y exclamaron “pobre diablo!”. Y de ahí viene el origen del diabillo que nos da la bienvenida a Timanfaya.

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Hasta Timanfaya se puede llegar en coche pero debes dejar el auto en el parking después de pagar la entrada (9 euros); afortunadamente, en el interior el recorrido sólo se puede realizar en bus y además no te dejan bajarte (aunque sí paran para que puedas hacer fotos). Me parece una medida fantástica ya que así se evita que la gente ensucie o se lleve “rocas de recuerdo”; además, el terreno es muy abrupto y los riesgos de caída, considerables. El recorrido es una maravilla, te parecerá que estás en la luna, de esos paisajes (especialmente el Valle de la Tranquilidad) que se quedarán en tu retina de por vida. La ruta, la Pista de los Volcanes, recorre aproximadamente 14 kilómetros y fue diseñada para que afectara lo menos posible a un lugar que, con el mayor de los esfuerzos, se está intentando preservar intacto. Y de momento se está consiguiendo. Esta era la tercera vez en mi vida que lo visitaba y me sobrecogió igual que la primera: parece mentira que bajo esos mantos de lava solidificada permanezcan sepultados más de veinte pueblos. Las erupciones de 1730 y 1824 han creado un lugar mágico, casi irreal, en el que el máximo protagonista es el silencio y sus reyes y señores, dormidos pero no muertos, los 25 volcanes que aquí se pueden encontrar. Insisto: un lugar de ensueño.

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Dentro del Timanfaya se encuentra el conocido restaurante El Diablo, obra del más célebre arquitecto local, César Manrique, con unas magníficas panorámicas del parque. Sólo abre de 12:00 a 15:30 por lo que te aconsejamos ir pronto si quieres comer allí. Lo más curioso es que cuentan con una barbacoa natural donde cocinan los alimentos ayudados únicamente por el calor intenso que emana de las profundidades del suelo. Y una última recomendación: es muy habitual entre los turistas dar un paseo en camello, mi consejo es que no fomentes la esclavitud de estos animales a los que se tiene cargando gente de sol a sol (os recuerdo que casi un millón y medio de personas visitan Timanfaya cada año). Sabemos que nos pasamos de insistentes con lo de no participar en actividades donde se explote a los animales pero somos los viajeros los únicos que podemos remediar este gravísimo problema: si no hay demanda, no hay oferta.

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Si hace unos meses visitábamos en Mississippi el mítico cruce de caminos de Clarksdale, Lanzarote también cuenta con el suyo propio: donde se levanta el Monumento al Campesino, de 15 metros de altura, obra también de César Manrique, que consiguió que todo su trabajo, arquitectónico y escultórico, se camuflara cual camaleón con la atípica geografía de la isla. Este monumento, cuyo nombre real es Fecundidad, está dedicado, obviamente, al sufrido campesino lanzaroteño, que se las ha tenido que ingeniar para luchar contra unas condiciones agrícolas fuera de lo común, cultivando entre lava y ceniza. No hay más que echar un vistazo a los viñedos que crecen en La Geria, escondidos en agujeros de dos metros de profundidad para evitar las ráfagas de viento y rodeados de tierras negrísimas, para entender cómo se las han apañado a lo largo de los dos últimos siglos para poder abastecerse. Y con buenos resultados, el vino de Lanzarote está considerado de una manera bastante notable en los circuitos vinícolas.

Monumento al Campesino en Mozaga, en el municipio de San Bartolomé

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Pese a que como digo había estado antes en la isla, uno de los rincones que no conocía era la Caleta de Famara. Nos la recomendó un amigo que viaja a menudo a Lanzarote y aparte de que para llegar recorres con el coche unos parajes preciosos, el lugar es idílico:una playa larguísima de arenas blancas flanqueada por montañas rojizas, el macizo de Famara, donde se halla el punto más alto de la isla, las Peñas de Chanche, de casi 700 metros de altura. Las pocas casas diseminadas, blancas y azules, y los surfistas, únicos que se atreven a aventurarse en estas salvajes aguas, nos constituyeron la estampa perfecta para aprovechar y quedarnos a comer al aire libre y con unas fabulosas vistas al mar. Para ello escogimos el restaurante Sol, cuya recomendación había visto en la Lonely Planet, y esta vez sí que aciertan de pleno. Comida más lanzaroteña imposible: mojo picón rojo y verde, papas arrugadas, escaldón de pescado con gofio y una suculenta parrillada con pescado local, vieja y bocinegro más concretamente. Mirad qué pinta.

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Otro de mis lugares favoritos en Lanzarote es el Jardín de Cactus, obra también, como no, de César Manrique. Para visitarlo lo que hicimos fue coger en la misma taquilla de entrada un bono que te incluye además las visitas de la Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua, que como también íbamos a ir, te ahorras algo de dinero en comparación si coges las entradas por separado.

Lo más bonito del Jardín de Cactus es que gracias a la insistencia con la que César Manrique atosigó al Cabildo de Lanzarote, se consiguió recuperar un área agrícola que se había convertido en un vertedero y se restauró el antiguo molino que mira desde lo alto a los más de 7.200 cactus que se encuentran a sus pies y que se han traído desde cientos de lugares diferentes del mundo, principalmente desde México, que es donde más abundan.

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Cuando fuimos a visitar la Cueva de los Verdes (no subo fotos porque la verdad que en interior no salían muy bien aunque se utilizara flash), que por cierto es una visita muy recomendable, un enorme tubo volcánico subterráneo, paramos a comer, también por recomendación de otro amigo, en el restaurante La Nasa en el acogedor pueblo de Arrieta. Espectaculares vistas al mar y un arroz con marisco de escándalo (súper bien de precio, 24 euros arroz para dos), asi que apuntadlo si os coge por allí cerca.

Arrieta

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Los Jameos del Agua pertenecen al mismo túnel volcánico que la Cueva de los Verdes, es uno de los más largos del mundo, con más de seis kilómetros de longitud, y desemboca en un tramo submarino de un kilómetro y medio más, el Túnel de la Atlántida. La particularidad de los Jameos del Agua es que en su interior, además, se encuentra un lago de aguas cristalinas con unos particulares moradores, los cangrejos ciegos, una especie única en el mundo (son minúsculos, albinos y ciegos, las condiciones de total oscuridad de la cueva son las que han propiciado la falta de pigmentación).

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Después de atravesar la cueva, se llega al Jameo Grande, este precioso lago natural creado por César Manrique, situado junto a un auditorio que, a la vista está, se encuentra en un paraje privilegiado.

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Haría es uno de los pueblos más antiguos de Lanzarote, se tiene constancia de asentamientos aborígenes antes de que llegaran los colonos peninsulares. Gracias a la cantidad de palmeras existentes, aquí el principal foco de la artesanía es la cestería en todas sus vertientes.

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Y las mejores imágenes para cerrar esta entrada de blog, las de las Playas de Papagayo, en mi opinión las más bonitas de toda la isla (y además nos cogían a diez minutos de nuestra casa). Aunque hay que pagar tres euros por coche si quieres acceder a ellas ya que son reserva natural y el camino es de tierra, compensa con creces, como veis merece la pena acercarse a darse un baño en estas bellísimas aguas turquesas.

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