Recorriendo la provincia de Cáceres

Se nos echaba encima el puente de San Isidro (festividad que,curiosamente,aparte de en Madrid también se celebra en Extremadura) y decidimos escoger la provincia de Cáceres para gastarlo. Estuvimos barajando en un principio la posibilidad de incluir en el viaje Las Hurdes o el Valle del Jerte pero al final decidimos dejarlo para más adelante y disfrutar de una y otra región en dos fines de semana diferentes, visto la cantidad de lugares interesantes por recorrer y lo que nos limitaban a nivel tiempo las carreteras regionales que unen unos pueblos y otros. Asi que volvimos a organizar los planes y nos diseñamos otra ruta por la provincia igual de atractiva.

Nuestra base de operaciones sería Cáceres, a poco más de tres horas en coche desde Madrid. Antes de ir comprobamos que al ser una ciudad pequeñita (no llega a los 100.000 habitantes), muy turística y aún más en un puente, el tema del alojamiento se complicaba un poco, por lo que decidimos curarnos en salud y reservar con antelación. Al final la elección fue estupenda. El hostal Al-Qazeres (C/ Camino Llano 34), super céntrico, a sólo diez minutos de la Plaza Mayor, con un personal amabilísimo que nos dio mapas y nos recomendó rutas y restaurantes y la sorpresa añadida de abrir las puertas de las habitaciones y descubrir no sólo que eran gigantes (incluso a mis amigas las dieron una cuádruple cobrándolas como una triple) sino con todo tipo de comodidades como televisión, baño privado y wifi gratuito. El precio de la doble, 38 euros por noche. Quedamos contentísimos.

Antes de ir a Cáceres, un montón de amigos que ya habían estado me habían comentado que su casco histórico era de quitar el habla. Y vaya, no exageraban nada. El centro antiguo, lo que se conoce como la Ciudad Vieja de Cáceres, es uno de los conjuntos medievales mejor conservados y más importantes del mundo, hasta el punto de que después de los de Praga y Tallín fue declarado en el año ’68 como el Tercer Conjunto Monumental de Europa y es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1986. Como bien decía una de mis amigas, andar por sus calles significa creer que en cualquier esquina te pueda aparecer Alatriste.

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El casco antiguo de Cáceres se encuentra dividido en dos zonas, intramuros (la parte que queda delimitada dentro de la muralla) y extramuros, la zona exterior. Nosotros vamos a comenzar nuestro recorrido por la parte de intramuros, lo que se conoce como Ciudad Monumental. Para acceder a esta zona, hay que hacerlo desde la preciosa Plaza Mayor (de la que luego hablaremos), pasando bajo el antiquísimo Arco de la Estrella. Esta preciosa puerta de acceso era (y continúa siendo) la más importante de la ciudad – no obstante, aquí juraron los Reyes Católicos los fueros – y su amplitud es tal debido a que en la antigüedad debían pasar los carruajes. Se la conoce también como la Puerta Nueva ya que fue la última que se añadió a la muralla. En cuanto a su nombre original, se relaciona con la estatua de la Virgen de la Estrella que se encuentra muy cerquita.

El Arco de la Estrella es el punto de unión entre la Plaza Mayor y otra de las plazas más importantes, la de Santa María, donde se encuentra la Concatedral de Santa María, que es la iglesia más relevante de la ciudad, con la estatua a sus puertas de San Pedro de Alcántara (que había nacido no muy lejos de Cáceres, en Arenas de San Pedro). Ese mismo fin de semana se celebraba en la plaza la séptima edición del Festival de las Aves, con un montón de tenderetes y actividades dirigidas a los niños. Te recuerdo además que aquí se encuentra la Oficina de Turismo, nosotros aprovechamos para pasar y que nos dieran planos y folletos.

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Cerca de la plaza, los edificios más reseñables son el Palacio de la Diputación Provincial, el Palacio de los Golfines de Abajo (el más grande de la Ciudad Monumental y donde se alojaban los Reyes Católicos en sus visitas a Cáceres) y el Palacio de los Golfin Roco (no se sabe con exactitud si lo de golfin viene derivado del “delfin” francés o es un diminutivo de golfo, lo que eran los maleantes de la Edad Media, vocablo que ha permanecido hasta nuestros días).

Otro de los rincones más bonitos de Cáceres es la cercana plaza de San Jorge, con la iglesia de San Francisco Javier, el Palacio de Luisa Carvajal y la Casa de los Becerra, esta última de las más bonitas de la ciudad, perfectamente conservada desde que se construyera en el siglo XV e ideal exponente de lo que era la arquitectura medieval cacereña. Muy cerquita, junto a la Casa de los Cáceres-Ovando se halla la Torre de las Cigüeñas. Casi toda esta zona de la ciudad está a rebosar de antiguas mansiones de nobles (Casa de los Solís, Palacio de los Ulloa-Roda, Mansión de los Sande o Casa de los Saavedra). Y es que debemos señalar que a lo largo de la historia, Cáceres ha sido elegida como lugar de residencia de muchas familias de la aristocracia. Se suele decir que si en Castilla había un noble por cada cien campesinos, en Cáceres existía uno por cada veinte.

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En el Palacio de las Veletas, en la plaza del mismo nombre y cuyo edificio acoge el Museo de Cáceres, se halla el aljibe que construyeron los almohades en la alcazaba. Aquí aún se sigue recogiendo el agua que deja la lluvia y continúa conservando el esplendor que le otorgó ser uno de los aljibes más grandes construido en su época.

Justo al lado, en la plaza de San Mateo (donde se halla el palacio de otros Golfines, los de Arriba), si cogemos la calle Condes llegamos a los adarves, que eran los antiguos callejones adheridos a las murallas, la mayor parte de ellos en cuesta y totalmente empedrados.

El Barrio de San Antonio, en la parte alta de la zona vieja (te recordamos que el centro son cuestas, cuestas y cuestas) es uno de los más bonitos de Cáceres. En él se encontraba la antigua judería (también había otra fuera de las murallas). Aunque no se sabe con seguridad cuando llegaron los hebreos a Cáceres, se calcula que fue alrededor del siglo XIII cuando comenzaron a poblar estas calles. Hay que tener en cuenta que por aquel entonces Cáceres era una de las ciudades más permisivas con los judíos y aceptó a muchos desterrados de otras urbes (sobre todo de Écija, Córdoba, Sevilla y Cádiz). Además, la cercanía con Portugal les facilitaba poder huir al país vecino en casos de revueltas con los cristianos.

En este sentido, los judíos estuvieron mucho más cómodos en Cáceres que en otras ciudades españolas. La judería no estaba únicamente habitada por judíos sino que también vivían familias cristianas. Aun así, organizados como aljama (una institución propia de la época medieval que se ocupaba del gobierno de las comunidades judías) tenían sus propios médicos, plateros, herreros o zapateros y muchos de ellos llegaron a conseguir un alto status social. La judería de San Antonio estuvo activa hasta 1478: se calcula que entonces vivían unos 700 judíos intramuros (la población total de Cáceres era de unas 10.000 personas). Donde ahora se ubica la Ermita de San Antonio se encontraba antaño la sinagoga (la otra sinagoga, la de la Judería Nueva, se encontraba donde actualmente se ubica el Palacio de la Isla).

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Dentro de la Judería Vieja también se conserva la Torre de los Pozos, uno de los mejores ejemplos de fortaleza almohade. La verdad es que pasear por la Judería Vieja constituye un viaje en el tiempo: las casas blancas, con fachadas repletas de flores, algunas de ellas aún con la estrella de David y adaptadas de un modo imposible a la abrupta geografía cacereña, han sabido mantener intacto el aroma de épocas pasadas.

Saliendo ya del recinto amurallado, regresamos a la preciosa Plaza Mayor, que tan bien ha sabido conservar su personalidad a lo largo de los siglos. En ella se encuentra la Torre de Bujaco (quizás la imagen más conocida de Cáceres), de origen árabe y de 25 metros de altura.

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La Plaza Mayor acoge, como no, el Ayuntamiento y pese a sus enormes dimensiones, es totalmente peatonal, por lo que en cuanto el calor deja de apretar es el lugar con más vidilla de toda la ciudad. Si en el pasado era punto clave para las celebraciones de ferias y mercados, hoy continúa siendo lugar de reunión de los cacereños. Además, en sus aledaños y calles cercanas se encuentran algunos de los mejores restaurantes de la ciudad, con precios muy populares. Nosotros especialmente os recomendaremos dos. Uno, la Tapería 8º Arte (C/ General Ezponda 7), nos llevó una amiga de Plasencia y una carta espectacular, uno de los mejores lugares de Extremadura donde probar los productos más típicos, como el queso más famoso (la Torta del Casar), los morros y los ibéricos (el jamón de Extremadura es uno de los mejores de España). El otro es el Mesón Lo Nuestro en C/ Duque 10: impresionantes las migas, los huevos rotos o las tostas, especialmente la de salmón marinado con salsa de fresas ácidas. Comer en Cáceres hace honor al dicho de bueno, bonito y barato.

Tras dedicar un día entero a Cáceres, el siguiente le repartimos entre Hervás y Plasencia. De camino a Hervás paramos en Malpartida de Cáceres a tomar una cañita (y comprar de paso unos botes de crema de patatera), ya que debido al calor se han instalado más de mil paraguas de colores que den sombra y no queríamos perdernos el espectáculo. Lo cierto es que, como veis, el pueblo estaba precioso.

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Malpartida es conocido también por ser uno de los pueblos de España con mayor población de cigüeña blanca. Estas viven tanto en pleno centro urbano como en los alrededores, en Los Barruecos. Muchas de estas cigüeñas ya no emigran a África cuando llega el frío y han hecho de Malpartida su hogar permanente. Inundan los tejados con sus nidos y polluelos (los nidos de las cigüeñas pueden llegar a pesar 200 kilos) y ofrecen un espectáculo natural bellísimo.

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Para llegar a Hervás atravesamos uno de los paisajes más bonitos de todo Extremadura, el Valle del Ambroz. Y es que quien piense equivocadamente que las tierras extremeñas son áridas y desérticas, le aclaramos que el norte de Cáceres es un oasis de verdor repleto de gargantas y riachuelos.

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Hervás, sin ninguna duda, es uno de los pueblos más bonitos de nuestro país (no obstante, su judería fue escogida el Rincón más Bonito de Extremadura). A nosotros nos enamoró completamente. Pese a que se fundó en el siglo XII, hasta un siglo más tarde no comenzarían a instalarse aquí muchas familias hebreas, hasta que los Reyes Católicos los expulsaron en 1492 por el Edicto de Granada.

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Las casas han sabido mantener intacta un estilo arquitectónico de lo más peculiar que hace confluir la madera, el adobe y el granito. Las callejuelas de piedra fueron diseñadas de tal modo que, pese al calor sofocante en verano, mantienen el frescor, gracias también a su cercanía al río Ambroz. El buen estado de las caseronas originales ha sido gracias al mimo de los pobladores sucesivos y los equipos de restauración: el resultado es que si paseas por estas calles completamente solos, como nos ocurrió a nosotros, te parecerá haber dado un salto de varios siglos. Además, dentro de la judería los pocos comercios que hay se encuentran dentro de las viviendas (particulares que venden productos típicos o han creado minúsculas bodegas), por lo que el respeto a las fachadas exteriores ha sido absoluto.

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En la judería destaca la calle Rabilero, con macetas por docenas y cartelitos en las ventanas que anuncian la venta de vino y licores caseros. Se supone que cerca se encontraba la antigua sinagoga, que da nombre a otra de las calles. Y hablando de calles, aquí se encuentra la más estrecha de España: 50 centímetros en su parte más ancha.

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Os aconsejo también que en Hervás subáis al punto más alto de la villa a ver la iglesia de Santa María, ubicada donde anteriormente se encontraba un castillo templario. Prueba de ello son los restos de muralla que aún la rodean.

Para comer, ya que habíamos quedado con una amiga de Plasencia, esta aprovechó para llevarnos a un restaurante que conocía especializado en carnes a la brasa, El 60. No salimos ni a 15 euros por persona y la carne estaba espectacular, sobre todo el magret de pato. Antes de irnos, nos pasamos a comprar un par de kilos de cerezas del Jerte, consideradas las mejores de España.

Como os comentaba, se apuntó a la excursión con nosotros cuatro una amiga de Plasencia, por lo que después de comer nos fuimos a Plasencia a que nos hiciera de guía. Otra bonita ciudad con más de ocho siglos de antigüedad.

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Como veis en la foto de arriba, el centro histórico aún se encuentra rodeado por las murallas que se edificaron en su fundación. Las Puertas de Trujillo, de Coria, del Sol (¡mira,como la de Madrid!), la de Talavera, la de Berrozanas y la del Clavero aún permiten el acceso al casco antiguo.

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Plasencia, a falta de una, tiene dos catedrales, la vieja y la nueva (esta última es la de aquí abajo). la nueva merece mucho verla por dentro: las tres naves, de 26 metros de altura, son bellísimas, con retablos de los hermanos Churriguera.

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El Ayuntamiento de Plasencia, aquí abajo, Si os fijais a la izquierda de la imágen, en el campanario del reloj se encuentra la figura del Abuelo Mayorga, el personaje más querido por los locales. Con su martillo toca la campana para anunciar el cambio de hora. La verdad es que es súper entrañable.

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No desaprovechéis la ocasión de gastar un par de horas paseando por el centro histórico, está lleno de antiguos palacetes debido a que durante siglos han residido aquí muchos nobles. Puedes acabar como nosotros, dando al anochecer una vueltecita por el bonito Parque de los Pinos y tomar una cerveza para despedir el viaje.

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