De viaje por la región de Sobrarbe y Parque de Ordesa (Huesca)

Congosto del Entremón

Ya era hora de que fuéramos a los Piri­neos. Y es que qui­tan­do hace veinte años, cuan­do estuve en el fes­ti­val Doc­tor Music (¡ya ha llovi­do!), no había tenido la opor­tu­nidad de recor­rer una de las regiones más boni­tas de nue­stro país. Aunque más bien debería mati­zar que por unas causas o por otras había ido retrasan­do el via­je, ya que mis padres lle­van muchos años yen­do a esa zona y esta­ban har­tos de insi­s­tirme para que fuera a cono­cer­la. De hecho, ellos fueron los “cul­pa­bles” de que Juan y yo aprovecháramos que teníamos cin­co días libres para dedi­car­los a esta región espec­tac­u­lar. Menos mal que les hici­mos caso porque ha sido uno de nue­stros mejores via­jes por España.

Para ir a la región de Sobrarbe recomien­do que la escapa­da no sea infe­ri­or a cin­co días ya que entre unas cosas y otras des­de Madrid se tar­da cin­co horas en coche. Y además hay un mon­tón de cosas para ver, tan­tas que nosotros nos quedamos con la sen­sación de que en el futuro deberíamos hac­er otro via­je para dis­fru­tar de muchos rin­cones que se nos quedaron en el tin­tero. Has­ta que no estu­vi­mos allí no fuimos real­mente con­scientes del inter­minable pat­ri­mo­nio históri­co y nat­ur­al con el que cuen­ta la mar­avil­losa provin­cia de Huesca.

De camino decidi­mos hac­er una para­da en el intere­sante Monas­te­rio de Pueyo, ya que al encon­trarse con­stru­i­do a más de 600 met­ros de altura, nos per­mitía dis­fru­tar de unas panorámi­cas pre­ciosas y más en este tiem­po, que con todo lo que había llovi­do, como veis en la fotografía, los cam­pos esta­ban verdísi­mos.

Monasterio Pueyo Aragon

El Monas­te­rio de Pueyo data del siglo XIII y es una igle­sia medieval ubi­ca­da en lo alto de una mon­taña. Este san­tu­ario ha sido durante sig­los lugar de pere­gri­nación y ha vivi­do épocas con­vul­sas, como cuan­do durante la guer­ra civ­il fueron eje­cu­ta­dos casi una vein­te­na de mon­jes.

Monasterio Pueyo

El pueblo donde nos alo­jaríamos es un lugar de lo más espe­cial: Ligüerre de Cin­ca. ¿Y qué hace de él un lugar úni­co? La entrañable his­to­ria que tiene detrás. Ligüerre es un pequeño pueblo medieval, casi una aldea, que debido a la con­struc­ción del embalse de El Gra­do perdió a su escasa población, quedan­do aban­don­a­do. Pero en 1986 su gestión fue cedi­da a UGT, que se ocupó de restau­rar­lo para recu­per­ar­lo para el tur­is­mo. De esta man­era, además, se pre­tendía (y se ha logra­do con éxi­to) crear puestos de tra­ba­jo en una zona muy deprim­i­da a niv­el lab­o­ral.

Como tan­to mi padre como yo somos afil­i­a­dos de UGT de toda la vida, por este moti­vo mis padres lle­van yen­do allí tan­tos años. Para los afil­i­a­dos se nos hacen unos des­cuen­tos excep­cionales (aunque evi­den­te­mente allí se puede alo­jar todo el que lo desee) y el bun­ga­low de madera para cua­tro per­sonas se que­da en 60 euros la noche. Los bun­ga­lows de Ligüerre de Cin­ca están muy bien equipa­dos, con todos los ser­vi­cios nece­sar­ios para pasar allí unos días: coci­na, tele­visión, un porche con mesas y sil­las para dis­fru­tar de cenas al aire libre si el tiem­po acom­paña… Existe tam­bién la posi­bil­i­dad de traerte tu propia tien­da de cam­paña ya que además hay lavan­dería y duchas comunes, así como pisci­na, can­chas de tenis y balon­ces­to, un restau­rante donde el menú está de fábu­la y un cen­tro de vis­i­tantes donde te aseso­ran amable­mente acer­ca de todas las excur­siones que puedes hac­er por la zona, que no son pocas.

Ligüerre de Cinca

En Ligüerre la tarea de restau­ración ha sido com­ple­ja ya que las casas esta­ban muy dete­ri­o­radas, aunque afor­tu­nada­mente la man­zana prin­ci­pal del pueblo, asen­ta­da en roca, había logra­do resi­s­tir el paso del tiem­po, lo que facil­itó la nue­va estruc­turación urbanís­ti­ca. Las calles de la aldea sólo son tres: “la de arri­ba”, “la de aba­jo” y “la del medio”. Se han logra­do con­ser­var casas agrí­co­las como el Pajar del Fus­tero, la casa-abadía donde vivía el pár­ro­co, la ermi­ta  o la fuente munic­i­pal: al con­stru­irse las casas muy jun­tas, no eran comunes los pozos par­tic­u­lares, por lo que las fuentes eran indis­pens­ables en estas pequeñas aldeas, tan­to para abaste­cerse de agua como para dar de beber a los ani­males.

Ligüerre no es el úni­co pueblo reha­bil­i­ta­do de este área. CCOO se encar­gó por su parte de recu­per­ar el boni­to Moril­lo de Tou, que nos acer­camos a vis­i­tar: sus 18 habi­tantes tam­bién fueron expropi­a­dos en su momen­to para con­stru­ir el pan­tano Medi­ano sobre el río Cin­ca. Huesca es una de las provin­cias de España con más pueb­los deshabita­dos, por lo que esta ini­cia­ti­va nos parece fan­tás­ti­ca.

Morillo de Tou

Boni­to detalle el de dedicar una calle al inolvid­able José Anto­nio Labor­de­ta, ese escritor reivin­dica­ti­vo que tan­to luchó por los intere­ses de Aragón y que en más de una ocasión, como diputa­do de la Chunta Arag­o­nista, sacó los col­ores a los par­tidos de la derecha de este país, llamán­doles por su nom­bre: fran­quis­tas. Un héroe no sólo para mucha gente de ide­ología de izquier­das sino tam­bién para los que amamos via­jar: aún recor­damos con car­iño su pro­gra­ma de tele­visión “Un país en la mochi­la”, en el que se ded­i­ca­ba a recor­rer muchos minús­cu­los pueb­los españoles y que se con­vir­tió por dere­cho pro­pio en uno de mis pro­gra­mas de via­jes favoritos.

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La región de Sobrarbe, a niv­el nat­u­raleza, cumple todos los sueños del que quiera dis­fru­tar de la vida al aire libre. Un Par­que Nacional, dos Par­ques Nat­u­rales, una Reser­va de la Bios­fera y todo el ter­ri­to­rio en gen­er­al, que es Geop­ar­que Mundi­al de la UNESCO. Son más de un cen­te­nar de lugares inven­tari­a­dos de interés geológi­co, con más de 1.000 kilómet­ros de senderos para hac­er rutas a pie. Una de las cam­i­natas que más dis­fru­ta­mos (y que además fue la primera que hici­mos, de unas dos horas de duración) fue a la for­t­aleza de Sami­ti­er. Asegúrate de lle­var buen calza­do, flex­i­ble y cómo­do, porque todo es cues­ta arri­ba por caminos de mon­taña. Pero mira lo que te espera como rec­om­pen­sa: el fab­u­loso mirador de Mipanas, con vis­tas al embalse de El Gra­do. Cuan­do es época de sequía y las aguas bajan, se puede con­tem­plar emergien­do el cam­pa­nario del siglo XVI de la igle­sia de Medi­ano, el pueblo que se inundó para la con­struc­ción del embalse. Si os dijer­an que estáis en Canadá, os lo creeríais.

Mirador Mipanas

Mipanas era otra de las aldeas despobladas del munici­pio de La Fue­va, munici­pio que en la actu­al­i­dad cuen­ta con poco más de 600 habi­tantes. Pero a par­tir de 1986 vio cómo lle­ga­ban nuevos “pobladores” que desea­ban bus­car una vida tran­quila, ale­ja­da del bul­li­cio de las ciu­dades. Algunos de ellos eran escal­adores cata­lanes que vinieron aquí un buen día de excur­sión, se enam­oraron del paisaje y aban­donaron sus tra­ba­jos en Barcelona para resuci­tar un pueblo que llev­a­ba aban­don­a­do des­de los años 60. Las calles no tienen alum­bra­do públi­co pero ello no impi­de que los 17 habi­tantes de Mipanas con­si­gan elec­t­ri­ci­dad para sus casas gra­cias a pan­e­les solares y agua que lle­ga de una antigua pre­sa, a través de una tubería que ellos mis­mos se pre­ocu­paron de insta­lar. Los veci­nos de los pueb­los cer­canos les cono­cen car­iñosa­mente como los hip­pies, aunque estos amantes de la vida rur­al argu­men­tan que lo úni­co que han hecho ha sido bus­car una vida mejor, olvidán­dose del estrés.

Sami­ti­er (que en aragonés se conoce como Sant Miti­er) cuen­ta con dos reclam­os de lo más atrac­tivos, aunque a mitad de recor­ri­do tam­bién encon­tramos la ermi­ta románi­ca de San­ta Waldesca, que data del siglo XVI y que se salvó de la desapari­ción tras ser restau­ra­da hace veinte años. Por un lado, el castil­lo, en la rib­era del embalse Medi­ano, una for­t­aleza románi­ca de casi mil años de antigüedad que con­struyeron los cris­tianos sobre un antiguo emplaza­mien­to musul­mán. Por otro, la ermi­ta de San Eme­te­rio y San Cele­do­nio, ded­i­ca­da a dos sol­da­dos romanos que se con­virtieron en már­tires debido a su fe cris­tiana. Los his­to­ri­adores, por tan­to, no creen desca­bel­la­da la idea de que esta ermi­ta estu­viera habita­da (y defen­di­da) por mon­jes-sol­da­dos; tam­bién se cree que, como el castil­lo de Loarre, las crip­tas fueron con­stru­idas por mae­stros lom­bar­dos. La ermi­ta tam­bién tiene un mile­nio de vida, está lev­an­ta­da sobre dos crip­tas y cuen­ta con una torre hexag­o­nal y los restos de una ata­laya des­de la que se vig­i­la­ba la fron­tera.

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Des­de aquí, y en el lado opuesto del embalse de El Gra­do, ten­emos otras impac­tantes panorámi­cas, las de los abrup­tos acan­ti­la­dos sobre el cauce del río Cin­ca: es el pre­cioso Con­gos­to del Entremón. Aquí se encon­tra­ba el Puente del Dia­blo, del que cuen­ta la leyen­da que fue con­stru­i­do por Lucifer, quien se encar­gó de la obra a cam­bio de con­seguir el alma de un lugareño si el puente se con­struía antes de que can­tara el gal­lo: el campesino lo engañó al hac­er can­tar a un gal­lo ilu­minán­do­lo con un can­dil, hacien­do creer al ani­mal que había amaneci­do.

Congosto del Entremón

Nos vamos aho­ra has­ta el Muro de Roda, que debido a su situación ais­la­da, en el Total de Muro, en lo más alto de la Sier­ra de Roda, y que el día amanecía nubla­do, recor­ri­mos com­ple­ta­mente solos: casi nos sen­ti­mos unos priv­i­le­gia­dos porque ape­nas 2.000 per­sonas al año lo vis­i­tan, con­vir­tién­do­lo en un rincón casi descono­ci­do. Qué lugar más mag­ní­fi­co, ubi­ca­do en el valle de La Fue­va, fran­ca­mente espec­tac­u­lar. A más de mil met­ros de alti­tud se encuen­tra esta for­t­aleza medieval, con­sid­er­a­da una de las más boni­tas y mejor con­ser­vadas de todo Aragón. Para lle­gar has­ta aquí, un camino pedregoso, de más de seis kilómet­ros, parte des­de Tier­ran­tona, aunque podréis traer el coche (eso sí, subi­en­do muy despaci­to y con  cuida­do de no destrozar los bajos).

Valle la Fueva Aragon

El Con­da­do de Sobrarbe durante var­ios sig­los estu­vo bajo dominio musul­mán, pese a que a los antigu­os habi­tantes cris­tianos se les per­mi­tió con­ser­var sus leyes, sus propiedades y has­ta sus gob­er­nantes. Pre­cisa­mente de estas luchas de poder entre una religión y la de enfrente se cree que proviene el pro­pio nom­bre de Sobrarbe, ya que según cuen­ta la leyen­da, un noble vascón se rebeló con­tra los musul­manes y antes de acud­ir a la lla­ma­da de las armas, se le apare­ció una cruz roja sobre una enci­na (sobre arbre sig­nifi­ca “sobre el árbol”). El caso es que las guer­ras entre musul­manes y cris­tianos eran con­tin­uas en esta zona (otros ejem­p­los son Tron­ce­do o el castil­lo de Buil) y de ahí la con­struc­ción masi­va de for­t­alezas como el Muro de Roda, pre­sentes en toda la comar­ca.

Muro de Roda

En el Muro de Roda, del siglo XI, aún se con­ser­va bue­na parte de las mural­las, que lle­ga­ban a los 150 met­ros de perímetro, las ermi­tas de San­ta Bár­bara y San Bar­tolomé (esta últi­ma en una zona infe­ri­or), un claus­tro y un edi­fi­cio que sirvió como ayun­tamien­to y escuela. Pero lo mejor es la robus­ta, casi espar­tana, igle­sia de San­ta María, en la que con­trasta su sobria facha­da con su boni­to inte­ri­or, dec­o­ra­do con col­ori­das pin­turas, tan habit­uales en muchos tem­p­los del Sobrarbe.

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Hemos vis­to pocos pueb­los medievales tan mar­avil­losa­mente con­ser­va­dos en España como los dos de los que os vamos a hablar aho­ra, no obstante ambos son parte de la lista Los Pueb­los más Boni­tos de España. El primero es Aín­sa y el segun­do es Alquézar. Comen­zare­mos por Aín­sa.

Os recomen­damos que si llegáis cansa­dos después de tan­tas subidas y bajadas por mon­tañas, hagáis una para­da nada más venir aquí en el Alber­gue de Mora de Nuei, un encan­ta­dor establec­imien­to ubi­ca­do en pleno cen­tro históri­co en el que tienen una bue­na car­ta de cervezas arte­sanales. Como a nosotros nos encan­ta pro­bar las cervezas locales allí por donde pasamos, aprovechamos tam­bién para lle­varnos al bun­ga­low unas cuan­tas botel­las de Bor­da, una cerveza ecológ­i­ca que se con­fec­ciona con agua de los Piri­neos: a mí la que más me gustó fue la de jen­gi­bre. Las puedes encon­trar en el pub L’Abre­vadero.

Aín­sa, que los aragone­ses cono­cen como L’Aín­sa, es de esos típi­cos pueb­los que en cuan­to lo pisas pien­sas “no me extraña que cuan­do vienen aquí de vaca­ciones los yan­kees, se cre­an que en Europa ten­emos sitios que pare­cen saca­dos de los cuen­tos de hadas”. Con un cas­co viejo que des­de 1965 tiene el títu­lo de Con­jun­to Históri­co Artís­ti­co, es nor­mal que Aín­sa viva prác­ti­ca­mente del tur­is­mo, porque es un pueblo espec­tac­u­lar en cualquier época del año, en pri­mav­era cuan­do las mon­tañas que le rodean se cubren de verde y en invier­no cuan­do estas mis­mas son arropadas por un man­to de nieve.

Ainsa Huesca

Cuan­do lle­gas a la parte infe­ri­or de Aín­sa, la que se encuen­tra en la zona baja, la mod­er­na, ya empiezas a per­catarte de su encan­ta­dor ambi­ente de pueblo de mon­taña: restau­rantes de madera, establec­imien­tos enfo­ca­dos a los deportes de invier­no, hote­les que pare­cen saca­dos de una postal de Suiza. Pero lo real­mente boni­to está arri­ba, cuan­do subes con el coche y te das de frente con el impac­tante cas­co históri­co, des­de el que se divisa la con­flu­en­cia de los ríos Ara y Cin­ca, que en esta época, tras tan­tos días de llu­via, baja­ban con el cau­dal has­ta los topes.

No podía exi­s­tir mejor bien­veni­da a Aín­sa que la que nos dan las ruinas de su castil­lo, con­stru­i­do en el siglo XI y del que se con­ser­van partes de la mural­la y varias tor­res (otras, como las del puente levadi­zo, se han ido per­di­en­do). Algu­nas de las tor­res de la for­t­aleza hoy sir­ven como sede de la Ofic­i­na de Tur­is­mo o el Cen­tro de Inter­pretación del Geop­ar­que de Sobrarbe, donde una exposi­ción ahon­da en la his­to­ria geológ­i­ca de los Piri­neos. El amplio patio, de cien met­ros de lon­gi­tud, es un hervidero de vis­i­tantes. Pero su sem­ana grande se vive en ver­a­no, cuan­do se cel­e­bra, gen­eral­mente a primeros de Julio, un fes­ti­val en el que se dan cita músi­ca, cine y teatro.

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En este mis­mo patio podremos ver de cer­ca nabatas. Y os pre­gun­taréis ¿qué son las nabatas? Pues ni más ni menos que estas curiosas embar­ca­ciones en las que durante más de cua­tro sig­los los nabateros de Sobrarbe trans­porta­ban los tron­cos que tenían como des­ti­no Zaragoza (en otras regiones españo­las las nabatas se conocían por difer­entes nom­bres, rai en Cataluña o almadía en tier­ras navar­ras). Un ofi­cio peli­groso, que dejó dece­nas de muer­tos debido a la fuerza que alcan­z­a­ba el cau­dal, espe­cial­mente en época de deshielo: a estos meses pri­mav­erales en los que los Piri­neos expul­san con ansia el agua recogi­da durante el invier­no los aragone­ses lo cono­cen como mayen­co. Una can­ción pop­u­lar rinde hom­e­na­je a estos nave­g­antes fal­l­e­ci­dos en acto de ser­vi­cio: “Zin­ca traido­ra, Zin­ca traido­ra, as piedras amues­tras, os hom­bres afo­gas”. Muchos nabateros ni siquiera sabían nadar.

Ainsa Huesca

Durante la Guer­ra Civ­il, cuan­do tan­tas casas y edi­fi­cios ofi­ciales fueron destru­i­dos por las bom­bas, los nabateros vivieron una de sus mejores épocas, ya que la madera se hacía impre­scindible para la recon­struc­ción urbanís­ti­ca. Sin embar­go, fue entonces cuan­do el ofi­cio que había logra­do per­vivir de gen­eración en gen­eración nos dijo adiós: los años venideros traerían con­si­go una mejo­ra de las car­reteras de mon­taña y a par­tir de entonces los tron­cos se trans­portarían en camiones. El ofi­cio de nabatero pasa­ba a ser un boni­to recuer­do del pasa­do que, pese a todo, los sobrar­beños querían man­ten­er vivo. Y así, cada año a finales de Mayo, se reviv­en aque­l­los tiem­pos en el Descen­so de Nabatas que se real­iza en el río Cin­ca, en Laspuña más conc­re­ta­mente, y que se ha con­ver­tido en uno de los grandes atrac­tivos cul­tur­ales del Sobrarbe.

La Plaza May­or de Aín­sa es excep­cional­mente grande si la com­para­mos con las dimen­siones del pueblo, ya que esta fue con­stru­i­da en una época en que la vil­la era una de las más impor­tantes de la región. Sus sopor­tales hoy aco­gen las entradas a hote­les, restau­rantes y tien­das de pro­duc­tos típi­cos: nosotros aprovechamos para com­prar choco­late arte­sano y unas botel­las del vino local, el de Somon­tano. En Aín­sa hay mucha tradi­ción viní­co­la: cada mes de Diciem­bre se cel­e­bra la fies­ta del vino arte­sano, el Pun­chacubas. Como en tiem­pos pasa­dos, en la Plaza May­or aún se orga­ni­zan ferias un par de veces al año.

Las calles del cas­co históri­co son encan­ta­do­ras. Casonas de piedra con­cen­tradas en las dos calles prin­ci­pales, la Calle May­or y la Calle Pequeña, unidas por la Trav­es­era y entre las que desta­can la casa Arnal, la casa Biel­sa y la casa Latorre, hoy hog­ar del Museo de Ofi­cios y Artes Tradi­cionales. Ejem­p­los vivos de lo que supu­so el medie­vo en Aragón, así como la igle­sia de San­ta María, uno de los tem­p­los románi­cos mejor con­ser­va­dos del Sobrarbe.

Ainsa Huesca

Antes de irnos a otra pre­ciosa vil­la, Alquézar, vamos a hac­er un alto para coger el coche, meter­nos entre mon­tañas cubier­tas de niebla y apare­cer en Panil­lo. ¿Para qué hemos venido has­ta aquí? Para en plenos pre-Piri­neos, cer­ca del valle del Ésera, sen­tirnos como si estu­viéramos en las zonas más rurales de Laos o Tai­lan­dia. Porque aquí se encuen­tra el fasci­nante tem­p­lo bud­ista Dag Shang Kagÿu. Fun­da­do en 1984, es sin lugar a dudas uno de los lugares más insól­i­tos de España. A fin de cuen­tas, estas tier­ras durante sig­los han pres­en­ci­a­do la con­viven­cia entre difer­entes reli­giones como la musul­mana, la cris­tiana y la judía ¿por qué no hac­er entonces hue­co a un tem­p­lo ded­i­ca­do al bud­is­mo? Los pro­pios mon­jes ala­ban este mar­avil­loso enclave nat­ur­al, mati­zan­do que es un lugar fran­ca­mente espe­cial y donde fluye la energía.

Aquí vienen cien­tos de bud­is­tas de nue­stro país (y tam­bién de fuera) bus­can­do la paz espir­i­tu­al, el retiro en mitad de la nat­u­raleza y las prác­ti­cas de med­itación. Pero tam­bién son muchos los médi­cos y psiquia­tras que en los últi­mos tiem­pos se han acer­ca­do a apren­der algo de las enseñan­zas bud­is­tas y ver qué ben­efi­cios apor­tarían a sus pro­pios pacientes. Todos ellos se alo­jan en un alber­gue con­stru­i­do para recibir a los vis­i­tantes.

Dag Shang Kagÿu

El día que nos acer­camos al Dag Shang Kagÿu, pese a ser fes­ti­vo, nos encon­tramos con muy poca gente, por lo que el silen­cio ayud­a­ba a la comu­nión aními­ca con esa paz que bus­can sus moradores. Como era men­ester, dimos las vueltas de cir­cun­valación (siem­pre en el sen­ti­do de las agu­jas del reloj) a la estu­pa de 17 met­ros, bus­can­do esa energía pos­i­ti­va que se dice que desprende. Una fuente de feli­ci­dad que pre­tende espan­tar cualquier influ­en­cia neg­a­ti­va que esté en tu vida. Con un poco de suerte, podrás vis­i­tar el tem­p­lo cuan­do se cel­e­bra el nue­vo año tibetano, cuan­do el Dag Shang Kagÿu se ve inun­da­do por la músi­ca y los bailes.

Dag Shang Kagÿu

Y sí, ya lleg­amos a Alquézar. Aquí sí que nos encon­tramos un buen puña­do de tur­is­tas, com­pren­si­ble si aten­demos a la belleza del pueblo. A más de 600 met­ros de altura, con unas vis­tas fab­u­losas sobre el Cañón del río Vero, se encuen­tra esta mar­avil­la de orí­genes árabes que parece haberse queda­do deteni­da en el tiem­po. La leyen­da cuen­ta que el antiguo castil­lo, en el que vivía un rey moro que gob­ern­a­ba con tiranía y sin escrúpu­los a un pueblo aco­bar­da­do, fue tes­ti­go de la ges­ta de una osa­da joven, que decapitó al monar­ca con una espa­da y prop­i­ció la toma de la for­t­aleza por parte de los ejérci­tos cris­tianos. Ello no ha impe­di­do que la influ­en­cia musul­mana se siga res­pi­ran­do en cada rincón de esta vil­la medieval.

Alquezar

El enclave donde esta­ba el castil­lo Al-Qasr, que da nom­bre a Alquézar y que sig­nifi­ca “for­t­aleza”, aho­ra lo ocu­pa la Cole­gia­ta de San­ta María, en el pun­to más ele­va­do del pueblo. No perdi­mos la ocasión de vis­i­tar­la y aprovechar la visi­ta guia­da: el guía era de lo más inge­nioso y nos hizo muy ame­nas sus expli­ca­ciones. De aquel primer recin­to aún se con­ser­van los restos de una torre defen­si­va y una pequeña igle­sia. Aunque lo más boni­to, sin dudar­lo, es el acoge­dor claus­tro, que se dis­fru­ta aún más con­tem­plán­do­lo des­de las plan­tas supe­ri­ores, y la igle­sia con su deslum­brante retablo bar­ro­co. Como ya sabéis que los cris­tianos son muy de már­tires y de reliquias, comen­tar que en una capil­la aledaña se guar­da el crá­neo de San Nicós­tra­to, el patrón de Alquézar.

En el claus­tro os acon­se­jo que echéis un ojo a sus capite­les (a veces estos pequeños detalles pasan desapercibidos), ya que son muy curiosas las esce­nas esculp­i­das en ellos, como el sac­ri­fi­cio de Isaac, la Tentación y el Peca­do Orig­i­nal, el Dilu­vio Uni­ver­sal, el Ban­quete de Herodes o el nacimien­to de Adán. Muy intere­sante tam­bién el pequeño museo en el que se expo­nen piezas de arte sacro.

Colegiata Santa Maria Alquezar

Las casas de Alquézar, como era común en los pueb­los árabes, se agru­pan en for­ma de media luna. Los calle­jones (detalle curioso) tienen en muchos casos pasil­los ele­va­dos, los cal­li­zos, que los comu­ni­can y que respon­den a tác­ti­cas defen­si­vas pero tam­bién de aprovechamien­to de espa­cio: antigua­mente se decía que se podía cruzar el pueblo sin pis­ar el sue­lo. Var­ios de estos calle­jones desem­bo­can en la vie­ja plaza, donde antigua­mente una vez a la sem­ana com­er­ciantes y arte­sanos venidos de pobla­ciones veci­nas vendían sus pro­duc­tos, con­vir­tien­do a Alquézar en uno de los cen­tros com­er­ciales de la zona. Estos mer­caderes debían pagar una tasa por com­er­ciar y no se les per­mitía la entra­da cuan­do caía la noche. Cer­ca, escon­di­da en un calle­jón, reposa la Fuente de Marichigüel, del siglo XVI. Muy curioso tam­bién el lugar donde se ubi­ca la Ermi­ta de las Nieves: en las jam­bas de una puer­ta hoy cega­da, se ve el graba­do que rep­re­sen­ta la huel­la de dos zap­atos: se cree que aquí residía el zap­a­tero del pueblo.

Alquezar

Uno de los mejores sitios para dejarse empa­par por el ambi­ente medieval de Alquézar es la calle Pedro Arnal Cavero (lo que era la antigua calle May­or) y la Plaza Cruz de Buil, con su puer­ta bla­son­a­da que per­mitía el acce­so al castil­lo. Des­de aquí, toman­do la calle Baja, podemos ir al mirador O’ Bicón, para admi­rar des­de las alturas la pro­fun­di­dad del bar­ran­co cer­cano. Para los amantes de los paseos, recomen­dar la Ruta de las Pasare­las, de unas dos horas de duración. Esto per­mite obser­var la difi­cul­tad de la geografía en la que se asien­ta Alquézar, que agudizó el inge­nio de sus habi­tantes, quienes idearon la creación de ban­cales para poder cul­ti­var en las laderas. Y para los amantes de la gas­tronomía, no olvidéis catar ese dulce tan típi­co que es el dobladil­lo, a base de almen­dras, canela, anís y miel.

A sólo unos kilómet­ros de Alquézar se encuen­tra el boni­to Salto del Bierge, uno de los lugares más fasci­nantes de la Sier­ra de Guara.

Salto Bierge Aragon

Otro de los pueb­los que más nos gustó en este via­je, pese a ser un gran descono­ci­do, es Abizan­da. Una minús­cu­la aldea de poco más de cien habi­tantes que se divisa des­de la car­retera gra­cias a la torre del castil­lo, que tiene un mile­nio de vida y que estu­vi­mos recor­rien­do por den­tro: aunque no se guar­da mobil­iario, ofrece unas vis­tas pre­ciosas de la comar­ca y des­de aquí se pueden ver en la lejanía los castil­los de Escanil­la, Sami­ti­er, Clam­osa y Pano. Con sus 24 met­ros de altura, es una de las tor­res más impor­tantes de todo Aragón. Man­da­da con­stru­ir por San­cho el May­or, éste se vio asis­ti­do por los mae­stros lom­bar­dos, que en cuadrilla recor­rían Europa apli­can­do sus téc­ni­cas arqui­tec­tóni­cas. Ha podi­do con­ser­varse en tan buen esta­do gra­cias a lo ais­la­do que se encuen­tra Abizan­da.

Aunque Abizan­da se recorre en un pis pas ya que es muy chiq­ui­ti­to, a mí me pare­ció un pueblo pre­cioso. Y sus veci­nos son encan­ta­dores, ahí que nos paramos a char­lar  un rati­to con un lugareño que arregla­ba sus aper­os de labran­za acer­ca del lugar tan boni­to donde vivía. Pero si hay un lugar real­mente intere­sante en Abizan­da este es el Museo de Creen­cias y Reli­giosi­dad Pop­u­lar, que te ayu­dará a enten­der muchas de las tradi­ciones que han sobre­vivi­do al paso de los sig­los.

Abizanda Aragon

El museo ocu­pa la Casa Abadía, lo que era la res­i­den­cia del pár­ro­co. Como os digo, es súper intere­sante cono­cer por medio de esta amplia exposi­ción las prác­ti­cas mági­co-reli­giosas a las que se aferra­ban los habi­tantes de las mon­tañas aragone­sas, comen­zan­do por la pro­tec­ción de sus propias casas, en una curiosa fusión de pagan­is­mo y cris­tian­is­mo. Cuan­do se con­struían las vivien­das, siem­pre se tenía en cuen­ta incluir rep­re­senta­ciones que ahuyen­taran los males, sím­bo­los que rep­re­senta­ban las estrel­las, veg­e­tales y fig­uras aso­ci­adas con la fer­til­i­dad: gen­eral­mente se ubi­ca­ban en puer­tas, ven­tanas y chime­neas. Era muy común encon­trarse en las puer­tas lla­madores con for­mas fáli­cas. En los bal­cones se deposita­ban ramos de oli­vo para espan­tar a las enfer­medades y en todas las rep­re­senta­ciones arqui­tec­tóni­cas esta­ban muy pre­sentes los cua­tro ele­men­tos prin­ci­pales de la Nat­u­raleza: tier­ra, aire, agua y fuego.

Los primeros habi­tantes de los Piri­neos con­sid­er­a­ban a sus casas recin­tos sagra­dos que se encon­tra­ban en per­fec­ta unión con sus antepasa­dos: se creía que por la chime­nea entra­ban y salían los espíri­tus de los muer­tos pero tam­bién seres fan­tás­ti­cos como bru­jas o hadas. Las casas no sólo servían para vivir, tam­bién eran dimin­u­tos tem­p­los ded­i­ca­dos a los más diver­sos rit­uales, espe­cial­mente en Nochebue­na, cuan­do se real­iz­a­ba un rito de pro­tec­ción anu­al.

En el museo tam­bién se explo­ra cómo era la vida amorosa antaño. Los mat­ri­mo­nios no dependían de los sen­timien­tos de los con­trayentes sino de acuer­dos entre famil­ias: los enlaces eran siem­pre en sába­do, nun­ca en martes o viernes, que se aso­cia­ban a la mala suerte. Los anun­cios ofi­ciales de las bodas eran cono­ci­dos como amon­esta­ciones. En las bodas tam­bién pre­dom­ina­ban las super­sti­ciones ya que se creía que las bru­jas podían impedir el con­sumar el mat­ri­mo­nio medi­ante con­juros y hechizos, por lo que se intro­ducía una mon­e­da de pla­ta en el bol­sil­lo del novio sin que éste lo supiese y se intenta­ba invi­tar al pro­pio bru­jo del pueblo al ban­quete para evi­tar que se enfadara. En los valles de Biel­sa y Gis­taín eran habit­uales los broches con for­ma de bel­lota para pedir por la fer­til­i­dad de la novia: la bel­lota siem­pre iba lig­a­da a la sex­u­al­i­dad.

En cuan­to a la muerte, como en la may­oría de las comu­nidades, era un tema muy impor­tante a niv­el social, has­ta el pun­to de que existían las cofradías, for­madas por el sac­er­dote y los hom­bres casa­dos, que se ocu­pa­ban de orga­ni­zar vela­to­rios y entier­ros. La mujer de may­or par­entesco con el difun­to ofrecía el lla­ma­do pan de muer­to y la famil­ia daba tres vueltas alrede­dor de la igle­sia. Las tradi­ciones celtas tam­bién per­manecían en estas tier­ras, espe­cial­mente la del Samhain, la fies­ta de los muer­tos, cuan­do durante un año entero se record­a­ba cada domin­go a la per­sona que les había aban­don­a­do.

Pero tam­bién había hue­co para la ale­gría cuan­do lle­ga­ba el Car­naval y los jóvenes se enfund­a­ban den­tro de un saco, se cubrían la espal­da con piel de ove­ja y se tizn­a­ban la cara con hol­lín. El fuego era pro­tag­o­nista de diver­sas fies­tas, como en San Juan de Plan, donde se hacían car­reras con antor­chas encen­di­das (sólo hay que ver con el énfa­sis que se siguen cel­e­bran­do en España las fies­tas de San Juan, reple­tas de fogatas), y se ven­er­a­ba el agua en la Basa Mora, cuan­do se creía que una her­mosa mujer emergía de las aguas del río rodea­da de cule­bras.

Tras la visi­ta a Abizan­da, nos fuimos a hac­er una visi­ta al San­tu­ario de Tor­reci­u­dad: vaya lugar más sinie­stro. Ten­go que con­fe­sar que nos acer­camos a ver­lo por mor­bo mal­sano, ya que rep­re­sen­ta uno de los lugares de España donde mejor se puede apre­ciar el poder de las sec­tas. Y es que este opu­len­to tem­p­lo fun­da­do por el Opus Dei en hom­e­na­je a su fun­dador, el sinie­stro Escrivá de Bal­a­guer, lo del voto de pobreza como que se la trae al pairo. Nos sen­tíamos bas­tante fuera de lugar entre tan­to beato pero a niv­el arqui­tec­tóni­co el san­tu­ario bien merecía una visi­ta y las vis­tas son real­mente mag­ní­fi­cas.

Torreciudad

Torreciudad

Como hacía un día estu­pen­do, decidi­mos irnos a com­er al solecito al boni­to pueblo de Graus, donde se cree que nació el malig­no inquisidor Torque­ma­da, atrav­es­an­do el boni­to estanque de Bara­sona. Escogi­mos un restau­rante que llevábamos apun­ta­do, el Roko­la, y fue todo un acier­to: tuvi­mos suerte de que hubiera una mesa libre en la ter­raza y nos decidi­mos por la ensal­a­da de salmón ahu­ma­do y el codil­lo.

Boni­to detalle en las calles de Graus

Graus Aragon

Para bajar la comi­da dimos un paseo por el cas­co antiguo, en el que sobre­sale la coque­ta Plaza May­or, donde se ubi­ca el Ayun­tamien­to y pre­ciosas casas de fachadas dec­o­radas, y el Bar­rio de Aba­jo, con sus calle­jue­las angostas y estrechísi­mas.

Graus Plaza Mayor

Des­de allí cues­ta arri­ba has­ta la Basíli­ca de la Vir­gen de la Peña, con ese mar­avil­loso claus­tro que parecía extraí­do de “El nom­bre de la rosa”. Sobre dicho claus­tro se hal­la­ba la casa-hos­pi­tal, actu­al sede del Museo de los Iconos.

Basilica Virgen de la Peña Graus

El últi­mo día del via­je lo dedicamos a uno de los lugares más boni­tos que a niv­el nat­ur­al he dis­fru­ta­do no sólo en España sino en el mun­do: el Par­que Nat­ur­al de Orde­sa y Monte Per­di­do. Me va a costar mucho encon­trar pal­abras para describiros lo muchísi­mo que me impre­sionó: quizás lo hagan mejor que yo esas fotografías que podéis ver más aba­jo.

Torla Pirineos Huesca

Los que améis el tur­is­mo de mon­taña, creedme: Orde­sa va a cubrir todas vues­tras expec­ta­ti­vas. Es como sen­tirte en medio del Tirol (y os lo digo porque he esta­do en el Tirol y no tiene nada que envidiar­le). Nosotros para ir a Orde­sa escogi­mos hac­er­lo a través de Tor­lá, un pueblo pre­cioso que responde a la idea que ten­emos de pueblo de mon­taña ¡si te dicen que estás en Suiza, te lo crees! Aquí podrás dejar el coche en el park­ing ya que no se per­mite el acce­so de vehícu­los par­tic­u­lares (y muy bien que nos parece): hay un ser­vi­cio de auto­bus­es que fun­ciona entre Mar­zo y Octubre y que salen cada 15 min­u­tos. Además de pro­hibir la entra­da a los coches, tam­bién se limi­ta el número diario de vis­i­tantes. Es la úni­ca for­ma de garan­ti­zar que este oasis de mon­taña con­tinúe man­tenién­dose intac­to.

Ordesa Pirineos

La car­retera que sube a Orde­sa va sorte­an­do laderas que pare­cen imposi­bles a través de cer­radas cur­vas. El Par­que de Orde­sa es grandísi­mo, por lo que es recomend­able que eli­jas en qué zona te quieres cen­trar ya que por mucho que quieras no vas a poder ver­lo todo en un solo día (ni en dos ni en tres). Además, no todas las rutas son iguales, algu­nas son mucho más largas que otras, y esto debes de ten­er­lo en cuen­ta a la hora de ini­ciar el recor­ri­do. Entre los itin­er­ar­ios más intere­santes a niv­el nat­ur­al se encuen­tra el que lle­va al Cañón de Añis­clo, que cruza los ríos Aso y Bel­los, la ruta de los Llanos de Lalar­ri, que lle­van has­ta un glaciar, o la de los Miradores de Revil­la (en el que verás el Dol­men de Tel­la, de más de 4.000 años.

Ordesa

Nosotros nos decidi­mos por el sec­tor del Valle de Orde­sa, con el cau­daloso río Arazas ser­pen­te­an­do entre tupi­dos bosques y mon­tañas que alcan­zan los 3.000 met­ros de alti­tud: entre todos estos picos desta­ca el Mon­dar­ruego. Y, como no, el bel­lísi­mo y escarpa­do Tozal del Mal­lo, con sus inter­minables pare­des ver­ti­cales, una mole que no se escaló has­ta el año 1957 y que llevó a aque­l­los primeros alpin­istas france­ses nada más y nada menos que diecisi­ete horas de subi­da.

Valle Ordesa

En esta zona, yen­do para­le­los al río Arazas, tienes dos caminos, el de la izquier­da (que fue el que tomamos nosotros) y el de la derecha, cono­ci­do como la Sen­da de los Cazadores. Iríamos atrav­es­an­do un fron­doso bosque de hayas donde viv­en cien­tos de ani­males como jabalíes, zor­ros y nutrias. El camino asciende en suave pen­di­ente has­ta las boni­tas cas­cadas de la Cue­va y del Estre­cho, aunque las más boni­tas de todas son las de Arri­pas. Un fab­u­loso final para un via­je extra­or­di­nario, que nos dejó con las ganas de regre­sar en un futuro a este mar­avil­losa región de la que volvi­mos enam­ora­dos y de la que tan orgul­losos hemos de sen­tirnos: los Piri­neos.

Cascada Arripas Ordesa


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  1. Boni­to recor­ri­do

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