Congosto del Entremón

Ya era hora de que fuéramos a los Pirineos. Y es que quitando hace veinte años, cuando estuve en el festival Doctor Music (¡ya ha llovido!), no había tenido la oportunidad de recorrer una de las regiones más bonitas de nuestro país. Aunque más bien debería matizar que por unas causas o por otras había ido retrasando el viaje, ya que mis padres llevan muchos años yendo a esa zona y estaban hartos de insistirme para que fuera a conocerla. De hecho, ellos fueron los “culpables” de que Juan y yo aprovecháramos que teníamos cinco días libres para dedicarlos a esta región espectacular. Menos mal que les hicimos caso porque ha sido uno de nuestros mejores viajes por España.

Para ir a la región de Sobrarbe recomiendo que la escapada no sea inferior a cinco días ya que entre unas cosas y otras desde Madrid se tarda cinco horas en coche. Y además hay un montón de cosas para ver, tantas que nosotros nos quedamos con la sensación de que en el futuro deberíamos hacer otro viaje para disfrutar de muchos rincones que se nos quedaron en el tintero. Hasta que no estuvimos allí no fuimos realmente conscientes del interminable patrimonio histórico y natural con el que cuenta la maravillosa provincia de Huesca.

De camino decidimos hacer una parada en el interesante Monasterio de Pueyo, ya que al encontrarse construido a más de 600 metros de altura, nos permitía disfrutar de unas panorámicas preciosas y más en este tiempo, que con todo lo que había llovido, como veis en la fotografía, los campos estaban verdísimos.

Monasterio Pueyo Aragon

El Monasterio de Pueyo data del siglo XIII y es una iglesia medieval ubicada en lo alto de una montaña. Este santuario ha sido durante siglos lugar de peregrinación y ha vivido épocas convulsas, como cuando durante la guerra civil fueron ejecutados casi una veintena de monjes.

Monasterio Pueyo

El pueblo donde nos alojaríamos es un lugar de lo más especial: Ligüerre de Cinca. ¿Y qué hace de él un lugar único? La entrañable historia que tiene detrás. Ligüerre es un pequeño pueblo medieval, casi una aldea, que debido a la construcción del embalse de El Grado perdió a su escasa población, quedando abandonado. Pero en 1986 su gestión fue cedida a UGT, que se ocupó de restaurarlo para recuperarlo para el turismo. De esta manera, además, se pretendía (y se ha logrado con éxito) crear puestos de trabajo en una zona muy deprimida a nivel laboral.

Como tanto mi padre como yo somos afiliados de UGT de toda la vida, por este motivo mis padres llevan yendo allí tantos años. Para los afiliados se nos hacen unos descuentos excepcionales (aunque evidentemente allí se puede alojar todo el que lo desee) y el bungalow de madera para cuatro personas se queda en 60 euros la noche. Los bungalows de Ligüerre de Cinca están muy bien equipados, con todos los servicios necesarios para pasar allí unos días: cocina, televisión, un porche con mesas y sillas para disfrutar de cenas al aire libre si el tiempo acompaña… Existe también la posibilidad de traerte tu propia tienda de campaña ya que además hay lavandería y duchas comunes, así como piscina, canchas de tenis y baloncesto, un restaurante donde el menú está de fábula y un centro de visitantes donde te asesoran amablemente acerca de todas las excursiones que puedes hacer por la zona, que no son pocas.

Ligüerre de Cinca

En Ligüerre la tarea de restauración ha sido compleja ya que las casas estaban muy deterioradas, aunque afortunadamente la manzana principal del pueblo, asentada en roca, había logrado resistir el paso del tiempo, lo que facilitó la nueva estructuración urbanística. Las calles de la aldea sólo son tres: “la de arriba”, “la de abajo” y “la del medio”. Se han logrado conservar casas agrícolas como el Pajar del Fustero, la casa-abadía donde vivía el párroco, la ermita  o la fuente municipal: al construirse las casas muy juntas, no eran comunes los pozos particulares, por lo que las fuentes eran indispensables en estas pequeñas aldeas, tanto para abastecerse de agua como para dar de beber a los animales.

Ligüerre no es el único pueblo rehabilitado de este área. CCOO se encargó por su parte de recuperar el bonito Morillo de Tou, que nos acercamos a visitar: sus 18 habitantes también fueron expropiados en su momento para construir el pantano Mediano sobre el río Cinca. Huesca es una de las provincias de España con más pueblos deshabitados, por lo que esta iniciativa nos parece fantástica.

Morillo de Tou

Bonito detalle el de dedicar una calle al inolvidable José Antonio Labordeta, ese escritor reivindicativo que tanto luchó por los intereses de Aragón y que en más de una ocasión, como diputado de la Chunta Aragonista, sacó los colores a los partidos de la derecha de este país, llamándoles por su nombre: franquistas. Un héroe no sólo para mucha gente de ideología de izquierdas sino también para los que amamos viajar: aún recordamos con cariño su programa de televisión “Un país en la mochila”, en el que se dedicaba a recorrer muchos minúsculos pueblos españoles y que se convirtió por derecho propio en uno de mis programas de viajes favoritos.

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La región de Sobrarbe, a nivel naturaleza, cumple todos los sueños del que quiera disfrutar de la vida al aire libre. Un Parque Nacional, dos Parques Naturales, una Reserva de la Biosfera y todo el territorio en general, que es Geoparque Mundial de la UNESCO. Son más de un centenar de lugares inventariados de interés geológico, con más de 1.000 kilómetros de senderos para hacer rutas a pie. Una de las caminatas que más disfrutamos (y que además fue la primera que hicimos, de unas dos horas de duración) fue a la fortaleza de Samitier. Asegúrate de llevar buen calzado, flexible y cómodo, porque todo es cuesta arriba por caminos de montaña. Pero mira lo que te espera como recompensa: el fabuloso mirador de Mipanas, con vistas al embalse de El Grado. Cuando es época de sequía y las aguas bajan, se puede contemplar emergiendo el campanario del siglo XVI de la iglesia de Mediano, el pueblo que se inundó para la construcción del embalse. Si os dijeran que estáis en Canadá, os lo creeríais.

Mirador Mipanas

Mipanas era otra de las aldeas despobladas del municipio de La Fueva, municipio que en la actualidad cuenta con poco más de 600 habitantes. Pero a partir de 1986 vio cómo llegaban nuevos “pobladores” que deseaban buscar una vida tranquila, alejada del bullicio de las ciudades. Algunos de ellos eran escaladores catalanes que vinieron aquí un buen día de excursión, se enamoraron del paisaje y abandonaron sus trabajos en Barcelona para resucitar un pueblo que llevaba abandonado desde los años 60. Las calles no tienen alumbrado público pero ello no impide que los 17 habitantes de Mipanas consigan electricidad para sus casas gracias a paneles solares y agua que llega de una antigua presa, a través de una tubería que ellos mismos se preocuparon de instalar. Los vecinos de los pueblos cercanos les conocen cariñosamente como los hippies, aunque estos amantes de la vida rural argumentan que lo único que han hecho ha sido buscar una vida mejor, olvidándose del estrés.

Samitier (que en aragonés se conoce como Sant Mitier) cuenta con dos reclamos de lo más atractivos, aunque a mitad de recorrido también encontramos la ermita románica de Santa Waldesca, que data del siglo XVI y que se salvó de la desaparición tras ser restaurada hace veinte años. Por un lado, el castillo, en la ribera del embalse Mediano, una fortaleza románica de casi mil años de antigüedad que construyeron los cristianos sobre un antiguo emplazamiento musulmán. Por otro, la ermita de San Emeterio y San Celedonio, dedicada a dos soldados romanos que se convirtieron en mártires debido a su fe cristiana. Los historiadores, por tanto, no creen descabellada la idea de que esta ermita estuviera habitada (y defendida) por monjes-soldados; también se cree que, como el castillo de Loarre, las criptas fueron construidas por maestros lombardos. La ermita también tiene un milenio de vida, está levantada sobre dos criptas y cuenta con una torre hexagonal y los restos de una atalaya desde la que se vigilaba la frontera.

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Desde aquí, y en el lado opuesto del embalse de El Grado, tenemos otras impactantes panorámicas, las de los abruptos acantilados sobre el cauce del río Cinca: es el precioso Congosto del Entremón. Aquí se encontraba el Puente del Diablo, del que cuenta la leyenda que fue construido por Lucifer, quien se encargó de la obra a cambio de conseguir el alma de un lugareño si el puente se construía antes de que cantara el gallo: el campesino lo engañó al hacer cantar a un gallo iluminándolo con un candil, haciendo creer al animal que había amanecido.

Congosto del Entremón

Nos vamos ahora hasta el Muro de Roda, que debido a su situación aislada, en el Total de Muro, en lo más alto de la Sierra de Roda, y que el día amanecía nublado, recorrimos completamente solos: casi nos sentimos unos privilegiados porque apenas 2.000 personas al año lo visitan, convirtiéndolo en un rincón casi desconocido. Qué lugar más magnífico, ubicado en el valle de La Fueva, francamente espectacular. A más de mil metros de altitud se encuentra esta fortaleza medieval, considerada una de las más bonitas y mejor conservadas de todo Aragón. Para llegar hasta aquí, un camino pedregoso, de más de seis kilómetros, parte desde Tierrantona, aunque podréis traer el coche (eso sí, subiendo muy despacito y con  cuidado de no destrozar los bajos).

Valle la Fueva Aragon

El Condado de Sobrarbe durante varios siglos estuvo bajo dominio musulmán, pese a que a los antiguos habitantes cristianos se les permitió conservar sus leyes, sus propiedades y hasta sus gobernantes. Precisamente de estas luchas de poder entre una religión y la de enfrente se cree que proviene el propio nombre de Sobrarbe, ya que según cuenta la leyenda, un noble vascón se rebeló contra los musulmanes y antes de acudir a la llamada de las armas, se le apareció una cruz roja sobre una encina (sobre arbre significa “sobre el árbol”). El caso es que las guerras entre musulmanes y cristianos eran continuas en esta zona (otros ejemplos son Troncedo o el castillo de Buil) y de ahí la construcción masiva de fortalezas como el Muro de Roda, presentes en toda la comarca.

Muro de Roda

En el Muro de Roda, del siglo XI, aún se conserva buena parte de las murallas, que llegaban a los 150 metros de perímetro, las ermitas de Santa Bárbara y San Bartolomé (esta última en una zona inferior), un claustro y un edificio que sirvió como ayuntamiento y escuela. Pero lo mejor es la robusta, casi espartana, iglesia de Santa María, en la que contrasta su sobria fachada con su bonito interior, decorado con coloridas pinturas, tan habituales en muchos templos del Sobrarbe.

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Hemos visto pocos pueblos medievales tan maravillosamente conservados en España como los dos de los que os vamos a hablar ahora, no obstante ambos son parte de la lista Los Pueblos más Bonitos de España. El primero es Aínsa y el segundo es Alquézar. Comenzaremos por Aínsa.

Os recomendamos que si llegáis cansados después de tantas subidas y bajadas por montañas, hagáis una parada nada más venir aquí en el Albergue de Mora de Nuei, un encantador establecimiento ubicado en pleno centro histórico en el que tienen una buena carta de cervezas artesanales. Como a nosotros nos encanta probar las cervezas locales allí por donde pasamos, aprovechamos también para llevarnos al bungalow unas cuantas botellas de Borda, una cerveza ecológica que se confecciona con agua de los Pirineos: a mí la que más me gustó fue la de jengibre. Las puedes encontrar en el pub L’Abrevadero.

Aínsa, que los aragoneses conocen como L’Aínsa, es de esos típicos pueblos que en cuanto lo pisas piensas “no me extraña que cuando vienen aquí de vacaciones los yankees, se crean que en Europa tenemos sitios que parecen sacados de los cuentos de hadas”. Con un casco viejo que desde 1965 tiene el título de Conjunto Histórico Artístico, es normal que Aínsa viva prácticamente del turismo, porque es un pueblo espectacular en cualquier época del año, en primavera cuando las montañas que le rodean se cubren de verde y en invierno cuando estas mismas son arropadas por un manto de nieve.

Ainsa Huesca

Cuando llegas a la parte inferior de Aínsa, la que se encuentra en la zona baja, la moderna, ya empiezas a percatarte de su encantador ambiente de pueblo de montaña: restaurantes de madera, establecimientos enfocados a los deportes de invierno, hoteles que parecen sacados de una postal de Suiza. Pero lo realmente bonito está arriba, cuando subes con el coche y te das de frente con el impactante casco histórico, desde el que se divisa la confluencia de los ríos Ara y Cinca, que en esta época, tras tantos días de lluvia, bajaban con el caudal hasta los topes.

No podía existir mejor bienvenida a Aínsa que la que nos dan las ruinas de su castillo, construido en el siglo XI y del que se conservan partes de la muralla y varias torres (otras, como las del puente levadizo, se han ido perdiendo). Algunas de las torres de la fortaleza hoy sirven como sede de la Oficina de Turismo o el Centro de Interpretación del Geoparque de Sobrarbe, donde una exposición ahonda en la historia geológica de los Pirineos. El amplio patio, de cien metros de longitud, es un hervidero de visitantes. Pero su semana grande se vive en verano, cuando se celebra, generalmente a primeros de Julio, un festival en el que se dan cita música, cine y teatro.

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En este mismo patio podremos ver de cerca nabatas. Y os preguntaréis ¿qué son las nabatas? Pues ni más ni menos que estas curiosas embarcaciones en las que durante más de cuatro siglos los nabateros de Sobrarbe transportaban los troncos que tenían como destino Zaragoza (en otras regiones españolas las nabatas se conocían por diferentes nombres, rai en Cataluña o almadía en tierras navarras). Un oficio peligroso, que dejó decenas de muertos debido a la fuerza que alcanzaba el caudal, especialmente en época de deshielo: a estos meses primaverales en los que los Pirineos expulsan con ansia el agua recogida durante el invierno los aragoneses lo conocen como mayenco. Una canción popular rinde homenaje a estos navegantes fallecidos en acto de servicio: “Zinca traidora, Zinca traidora, as piedras amuestras, os hombres afogas”. Muchos nabateros ni siquiera sabían nadar.

Ainsa Huesca

Durante la Guerra Civil, cuando tantas casas y edificios oficiales fueron destruidos por las bombas, los nabateros vivieron una de sus mejores épocas, ya que la madera se hacía imprescindible para la reconstrucción urbanística. Sin embargo, fue entonces cuando el oficio que había logrado pervivir de generación en generación nos dijo adiós: los años venideros traerían consigo una mejora de las carreteras de montaña y a partir de entonces los troncos se transportarían en camiones. El oficio de nabatero pasaba a ser un bonito recuerdo del pasado que, pese a todo, los sobrarbeños querían mantener vivo. Y así, cada año a finales de Mayo, se reviven aquellos tiempos en el Descenso de Nabatas que se realiza en el río Cinca, en Laspuña más concretamente, y que se ha convertido en uno de los grandes atractivos culturales del Sobrarbe.

La Plaza Mayor de Aínsa es excepcionalmente grande si la comparamos con las dimensiones del pueblo, ya que esta fue construida en una época en que la villa era una de las más importantes de la región. Sus soportales hoy acogen las entradas a hoteles, restaurantes y tiendas de productos típicos: nosotros aprovechamos para comprar chocolate artesano y unas botellas del vino local, el de Somontano. En Aínsa hay mucha tradición vinícola: cada mes de Diciembre se celebra la fiesta del vino artesano, el Punchacubas. Como en tiempos pasados, en la Plaza Mayor aún se organizan ferias un par de veces al año.

Las calles del casco histórico son encantadoras. Casonas de piedra concentradas en las dos calles principales, la Calle Mayor y la Calle Pequeña, unidas por la Travesera y entre las que destacan la casa Arnal, la casa Bielsa y la casa Latorre, hoy hogar del Museo de Oficios y Artes Tradicionales. Ejemplos vivos de lo que supuso el medievo en Aragón, así como la iglesia de Santa María, uno de los templos románicos mejor conservados del Sobrarbe.

Ainsa Huesca

Antes de irnos a otra preciosa villa, Alquézar, vamos a hacer un alto para coger el coche, meternos entre montañas cubiertas de niebla y aparecer en Panillo. ¿Para qué hemos venido hasta aquí? Para en plenos pre-Pirineos, cerca del valle del Ésera, sentirnos como si estuviéramos en las zonas más rurales de Laos o Tailandia. Porque aquí se encuentra el fascinante templo budista Dag Shang Kagÿu. Fundado en 1984, es sin lugar a dudas uno de los lugares más insólitos de España. A fin de cuentas, estas tierras durante siglos han presenciado la convivencia entre diferentes religiones como la musulmana, la cristiana y la judía ¿por qué no hacer entonces hueco a un templo dedicado al budismo? Los propios monjes alaban este maravilloso enclave natural, matizando que es un lugar francamente especial y donde fluye la energía.

Aquí vienen cientos de budistas de nuestro país (y también de fuera) buscando la paz espiritual, el retiro en mitad de la naturaleza y las prácticas de meditación. Pero también son muchos los médicos y psiquiatras que en los últimos tiempos se han acercado a aprender algo de las enseñanzas budistas y ver qué beneficios aportarían a sus propios pacientes. Todos ellos se alojan en un albergue construido para recibir a los visitantes.

Dag Shang Kagÿu

El día que nos acercamos al Dag Shang Kagÿu, pese a ser festivo, nos encontramos con muy poca gente, por lo que el silencio ayudaba a la comunión anímica con esa paz que buscan sus moradores. Como era menester, dimos las vueltas de circunvalación (siempre en el sentido de las agujas del reloj) a la estupa de 17 metros, buscando esa energía positiva que se dice que desprende. Una fuente de felicidad que pretende espantar cualquier influencia negativa que esté en tu vida. Con un poco de suerte, podrás visitar el templo cuando se celebra el nuevo año tibetano, cuando el Dag Shang Kagÿu se ve inundado por la música y los bailes.

Dag Shang Kagÿu

Y sí, ya llegamos a Alquézar. Aquí sí que nos encontramos un buen puñado de turistas, comprensible si atendemos a la belleza del pueblo. A más de 600 metros de altura, con unas vistas fabulosas sobre el Cañón del río Vero, se encuentra esta maravilla de orígenes árabes que parece haberse quedado detenida en el tiempo. La leyenda cuenta que el antiguo castillo, en el que vivía un rey moro que gobernaba con tiranía y sin escrúpulos a un pueblo acobardado, fue testigo de la gesta de una osada joven, que decapitó al monarca con una espada y propició la toma de la fortaleza por parte de los ejércitos cristianos. Ello no ha impedido que la influencia musulmana se siga respirando en cada rincón de esta villa medieval.

Alquezar

El enclave donde estaba el castillo Al-Qasr, que da nombre a Alquézar y que significa “fortaleza”, ahora lo ocupa la Colegiata de Santa María, en el punto más elevado del pueblo. No perdimos la ocasión de visitarla y aprovechar la visita guiada: el guía era de lo más ingenioso y nos hizo muy amenas sus explicaciones. De aquel primer recinto aún se conservan los restos de una torre defensiva y una pequeña iglesia. Aunque lo más bonito, sin dudarlo, es el acogedor claustro, que se disfruta aún más contemplándolo desde las plantas superiores, y la iglesia con su deslumbrante retablo barroco. Como ya sabéis que los cristianos son muy de mártires y de reliquias, comentar que en una capilla aledaña se guarda el cráneo de San Nicóstrato, el patrón de Alquézar.

En el claustro os aconsejo que echéis un ojo a sus capiteles (a veces estos pequeños detalles pasan desapercibidos), ya que son muy curiosas las escenas esculpidas en ellos, como el sacrificio de Isaac, la Tentación y el Pecado Original, el Diluvio Universal, el Banquete de Herodes o el nacimiento de Adán. Muy interesante también el pequeño museo en el que se exponen piezas de arte sacro.

Colegiata Santa Maria Alquezar

Las casas de Alquézar, como era común en los pueblos árabes, se agrupan en forma de media luna. Los callejones (detalle curioso) tienen en muchos casos pasillos elevados, los callizos, que los comunican y que responden a tácticas defensivas pero también de aprovechamiento de espacio: antiguamente se decía que se podía cruzar el pueblo sin pisar el suelo. Varios de estos callejones desembocan en la vieja plaza, donde antiguamente una vez a la semana comerciantes y artesanos venidos de poblaciones vecinas vendían sus productos, convirtiendo a Alquézar en uno de los centros comerciales de la zona. Estos mercaderes debían pagar una tasa por comerciar y no se les permitía la entrada cuando caía la noche. Cerca, escondida en un callejón, reposa la Fuente de Marichigüel, del siglo XVI. Muy curioso también el lugar donde se ubica la Ermita de las Nieves: en las jambas de una puerta hoy cegada, se ve el grabado que representa la huella de dos zapatos: se cree que aquí residía el zapatero del pueblo.

Alquezar

Uno de los mejores sitios para dejarse empapar por el ambiente medieval de Alquézar es la calle Pedro Arnal Cavero (lo que era la antigua calle Mayor) y la Plaza Cruz de Buil, con su puerta blasonada que permitía el acceso al castillo. Desde aquí, tomando la calle Baja, podemos ir al mirador O’ Bicón, para admirar desde las alturas la profundidad del barranco cercano. Para los amantes de los paseos, recomendar la Ruta de las Pasarelas, de unas dos horas de duración. Esto permite observar la dificultad de la geografía en la que se asienta Alquézar, que agudizó el ingenio de sus habitantes, quienes idearon la creación de bancales para poder cultivar en las laderas. Y para los amantes de la gastronomía, no olvidéis catar ese dulce tan típico que es el dobladillo, a base de almendras, canela, anís y miel.

A sólo unos kilómetros de Alquézar se encuentra el bonito Salto del Bierge, uno de los lugares más fascinantes de la Sierra de Guara.

Salto Bierge Aragon

Otro de los pueblos que más nos gustó en este viaje, pese a ser un gran desconocido, es Abizanda. Una minúscula aldea de poco más de cien habitantes que se divisa desde la carretera gracias a la torre del castillo, que tiene un milenio de vida y que estuvimos recorriendo por dentro: aunque no se guarda mobiliario, ofrece unas vistas preciosas de la comarca y desde aquí se pueden ver en la lejanía los castillos de Escanilla, Samitier, Clamosa y Pano. Con sus 24 metros de altura, es una de las torres más importantes de todo Aragón. Mandada construir por Sancho el Mayor, éste se vio asistido por los maestros lombardos, que en cuadrilla recorrían Europa aplicando sus técnicas arquitectónicas. Ha podido conservarse en tan buen estado gracias a lo aislado que se encuentra Abizanda.

Aunque Abizanda se recorre en un pis pas ya que es muy chiquitito, a mí me pareció un pueblo precioso. Y sus vecinos son encantadores, ahí que nos paramos a charlar  un ratito con un lugareño que arreglaba sus aperos de labranza acerca del lugar tan bonito donde vivía. Pero si hay un lugar realmente interesante en Abizanda este es el Museo de Creencias y Religiosidad Popular, que te ayudará a entender muchas de las tradiciones que han sobrevivido al paso de los siglos.

Abizanda Aragon

El museo ocupa la Casa Abadía, lo que era la residencia del párroco. Como os digo, es súper interesante conocer por medio de esta amplia exposición las prácticas mágico-religiosas a las que se aferraban los habitantes de las montañas aragonesas, comenzando por la protección de sus propias casas, en una curiosa fusión de paganismo y cristianismo. Cuando se construían las viviendas, siempre se tenía en cuenta incluir representaciones que ahuyentaran los males, símbolos que representaban las estrellas, vegetales y figuras asociadas con la fertilidad: generalmente se ubicaban en puertas, ventanas y chimeneas. Era muy común encontrarse en las puertas llamadores con formas fálicas. En los balcones se depositaban ramos de olivo para espantar a las enfermedades y en todas las representaciones arquitectónicas estaban muy presentes los cuatro elementos principales de la Naturaleza: tierra, aire, agua y fuego.

Los primeros habitantes de los Pirineos consideraban a sus casas recintos sagrados que se encontraban en perfecta unión con sus antepasados: se creía que por la chimenea entraban y salían los espíritus de los muertos pero también seres fantásticos como brujas o hadas. Las casas no sólo servían para vivir, también eran diminutos templos dedicados a los más diversos rituales, especialmente en Nochebuena, cuando se realizaba un rito de protección anual.

En el museo también se explora cómo era la vida amorosa antaño. Los matrimonios no dependían de los sentimientos de los contrayentes sino de acuerdos entre familias: los enlaces eran siempre en sábado, nunca en martes o viernes, que se asociaban a la mala suerte. Los anuncios oficiales de las bodas eran conocidos como amonestaciones. En las bodas también predominaban las supersticiones ya que se creía que las brujas podían impedir el consumar el matrimonio mediante conjuros y hechizos, por lo que se introducía una moneda de plata en el bolsillo del novio sin que éste lo supiese y se intentaba invitar al propio brujo del pueblo al banquete para evitar que se enfadara. En los valles de Bielsa y Gistaín eran habituales los broches con forma de bellota para pedir por la fertilidad de la novia: la bellota siempre iba ligada a la sexualidad.

En cuanto a la muerte, como en la mayoría de las comunidades, era un tema muy importante a nivel social, hasta el punto de que existían las cofradías, formadas por el sacerdote y los hombres casados, que se ocupaban de organizar velatorios y entierros. La mujer de mayor parentesco con el difunto ofrecía el llamado pan de muerto y la familia daba tres vueltas alrededor de la iglesia. Las tradiciones celtas también permanecían en estas tierras, especialmente la del Samhain, la fiesta de los muertos, cuando durante un año entero se recordaba cada domingo a la persona que les había abandonado.

Pero también había hueco para la alegría cuando llegaba el Carnaval y los jóvenes se enfundaban dentro de un saco, se cubrían la espalda con piel de oveja y se tiznaban la cara con hollín. El fuego era protagonista de diversas fiestas, como en San Juan de Plan, donde se hacían carreras con antorchas encendidas (sólo hay que ver con el énfasis que se siguen celebrando en España las fiestas de San Juan, repletas de fogatas), y se veneraba el agua en la Basa Mora, cuando se creía que una hermosa mujer emergía de las aguas del río rodeada de culebras.

Tras la visita a Abizanda, nos fuimos a hacer una visita al Santuario de Torreciudad: vaya lugar más siniestro. Tengo que confesar que nos acercamos a verlo por morbo malsano, ya que representa uno de los lugares de España donde mejor se puede apreciar el poder de las sectas. Y es que este opulento templo fundado por el Opus Dei en homenaje a su fundador, el siniestro Escrivá de Balaguer, lo del voto de pobreza como que se la trae al pairo. Nos sentíamos bastante fuera de lugar entre tanto beato pero a nivel arquitectónico el santuario bien merecía una visita y las vistas son realmente magníficas.

Torreciudad

Torreciudad

Como hacía un día estupendo, decidimos irnos a comer al solecito al bonito pueblo de Graus, donde se cree que nació el maligno inquisidor Torquemada, atravesando el bonito estanque de Barasona. Escogimos un restaurante que llevábamos apuntado, el Rokola, y fue todo un acierto: tuvimos suerte de que hubiera una mesa libre en la terraza y nos decidimos por la ensalada de salmón ahumado y el codillo.

Bonito detalle en las calles de Graus

Graus Aragon

Para bajar la comida dimos un paseo por el casco antiguo, en el que sobresale la coqueta Plaza Mayor, donde se ubica el Ayuntamiento y preciosas casas de fachadas decoradas, y el Barrio de Abajo, con sus callejuelas angostas y estrechísimas.

Graus Plaza Mayor

Desde allí cuesta arriba hasta la Basílica de la Virgen de la Peña, con ese maravilloso claustro que parecía extraído de “El nombre de la rosa”. Sobre dicho claustro se hallaba la casa-hospital, actual sede del Museo de los Iconos.

Basilica Virgen de la Peña Graus

El último día del viaje lo dedicamos a uno de los lugares más bonitos que a nivel natural he disfrutado no sólo en España sino en el mundo: el Parque Natural de Ordesa y Monte Perdido. Me va a costar mucho encontrar palabras para describiros lo muchísimo que me impresionó: quizás lo hagan mejor que yo esas fotografías que podéis ver más abajo.

Torla Pirineos Huesca

Los que améis el turismo de montaña, creedme: Ordesa va a cubrir todas vuestras expectativas. Es como sentirte en medio del Tirol (y os lo digo porque he estado en el Tirol y no tiene nada que envidiarle). Nosotros para ir a Ordesa escogimos hacerlo a través de Torlá, un pueblo precioso que responde a la idea que tenemos de pueblo de montaña ¡si te dicen que estás en Suiza, te lo crees! Aquí podrás dejar el coche en el parking ya que no se permite el acceso de vehículos particulares (y muy bien que nos parece): hay un servicio de autobuses que funciona entre Marzo y Octubre y que salen cada 15 minutos. Además de prohibir la entrada a los coches, también se limita el número diario de visitantes. Es la única forma de garantizar que este oasis de montaña continúe manteniéndose intacto.

Ordesa Pirineos

La carretera que sube a Ordesa va sorteando laderas que parecen imposibles a través de cerradas curvas. El Parque de Ordesa es grandísimo, por lo que es recomendable que elijas en qué zona te quieres centrar ya que por mucho que quieras no vas a poder verlo todo en un solo día (ni en dos ni en tres). Además, no todas las rutas son iguales, algunas son mucho más largas que otras, y esto debes de tenerlo en cuenta a la hora de iniciar el recorrido. Entre los itinerarios más interesantes a nivel natural se encuentra el que lleva al Cañón de Añisclo, que cruza los ríos Aso y Bellos, la ruta de los Llanos de Lalarri, que llevan hasta un glaciar, o la de los Miradores de Revilla (en el que verás el Dolmen de Tella, de más de 4.000 años.

Ordesa

Nosotros nos decidimos por el sector del Valle de Ordesa, con el caudaloso río Arazas serpenteando entre tupidos bosques y montañas que alcanzan los 3.000 metros de altitud: entre todos estos picos destaca el Mondarruego. Y, como no, el bellísimo y escarpado Tozal del Mallo, con sus interminables paredes verticales, una mole que no se escaló hasta el año 1957 y que llevó a aquellos primeros alpinistas franceses nada más y nada menos que diecisiete horas de subida.

Valle Ordesa

En esta zona, yendo paralelos al río Arazas, tienes dos caminos, el de la izquierda (que fue el que tomamos nosotros) y el de la derecha, conocido como la Senda de los Cazadores. Iríamos atravesando un frondoso bosque de hayas donde viven cientos de animales como jabalíes, zorros y nutrias. El camino asciende en suave pendiente hasta las bonitas cascadas de la Cueva y del Estrecho, aunque las más bonitas de todas son las de Arripas. Un fabuloso final para un viaje extraordinario, que nos dejó con las ganas de regresar en un futuro a este maravillosa región de la que volvimos enamorados y de la que tan orgullosos hemos de sentirnos: los Pirineos.

Cascada Arripas Ordesa

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